Gracias al apoyo de la fundación Bertha ha sido posible ir hasta donde ha sido necesario para escuchar y amplificar las voces de quienes son un monumento a la resistencia.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Tras el caos. La academia arquitectónica empieza a formular preguntas acerca de cómo reordenar las ciudades en una etapa postcovid.

Centroamérica es una región en donde las injusticias son tantas y de tan larga data, que terminan por ser “lo normal”. Nos acostumbramos, como sociedad, a soportar y hasta a justificar que ciertos sectores simplemente se queden sin acceso a derechos; llámense estos educación, justicia o salud. El resultado de esta rutina es el silencio y, en ese silencio, las desigualdades no hacen más que crecerse.

La Enfermedad Renal Crónica de causas no tradicionales (ERCnt) lleva décadas afectando con especial dedicatoria a las personas que residen en las comunidades agrícolas. Después de una variedad de estudios, la coincidencia más clara entre ellos es que es una enfermedad de causas múltiples y todas tienen como base un aspecto: pobreza.

Los habitantes de las comunidades agrícolas llevan por lo menos dos décadas sufriendo los estragos de esta enfermedad que es progresiva, que los incapacita, que no se cura y que los amarra a terapias de desintoxicación que, a la vez, demandan mucho tiempo, dinero y trabajo.

Pese a que sus historias de vida son auténticas tragedias humanas, la atención que se las ha puesto ha sido insuficiente. Y no se trata de hablar por hablar. Es visibilizar sus necesidades particulares de un colectivo para que las políticas de salud y educación lo tenga en cuenta.
El reportaje que abre esta edición es el último de una serie de cinco que comenzó a ser publicada en enero. Gracias al apoyo de la fundación Bertha, ha sido posible ir hasta donde ha sido necesario para escuchar y amplificar las voces de quienes son un monumento a la resistencia. Están en Guatemala, pero también en El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

Estas familias viven en casas que no merecen ese nombre. Son apenas materiales colocados juntos para que el sol y la lluvia no calen tanto. Ellos no cuentan con agua potable, electricidad, salud o educación. Mientras, a su alrededor se extienden enormes extensiones de cultivos que se transforman en ganancias para muchas personas, pero no para ellos.

Un país lo es en la medida en que proteja a los más vulnerables. La costa del Pacífico centroamericano está llena de ellos.

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  • 31 mayo, 2020 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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