Carta Editorial

Esta vez es un pasto. Es uno marino, que tiene propiedades muy valiosas, al menos las que se pueden reconocer hasta ahora. Porque hace falta más investigación para poder otorgarle a este descubrimiento una justa dimensión. El Salvador mantiene escondidos una serie de tesoros, se podría decir. Y no, no es una frase bonita, porque significa que ha faltado voluntad o recursos para darlos a conocer al mundo. Y ha faltado, más importante aún, conocimiento para poder aprovechar lo que se tiene.

En el reportaje de esta edición, el periodista Stanley Luna cuenta cómo, gracias a la curiosidad y perseverancia de una persona, fue posible identificar áreas de pasto marino en la Bahía de Jiquilisco. Casi cada paso que se ha dado en esta investigación ha sido producto de ese mismo empuje que han tenido otros científicos que saben que están ante un descubrimiento de una gran magnitud. Ojalá el interés por la ciencia fuera masivo. Ojalá recibiera los recursos que reciben otras áreas. Ojalá aquí el foco estuviera en educar más en ciencia y no en armas.

Una educación distinta también ayudaría a acelerar mecanismos de protección que, por ahora, no se están ejecutando. Todo lo que sabemos es que en la Bahía de Jiquilisco, en El Salvador, hay pasto marino, pero hace falta hacer más estudios para determinar cómo se reproduce. Ante todo, también hace falta destinar recursos para protegerlo, porque, en la ignorancia, este hallazgo está a merced de cualquiera.

Muchas cosas cambiarían por acá si la ciencia tuviera más voz en la toma de decisiones. Si se le abrieran más espacios. Si se formara a la gente para valorarla y seguirla con entusiasmo.

Carta Editorial

El único río de El Salvador que no ha visto adelgazar su caudal es el Acelhuate, el que pasa por el Área Metropolitana de San Salvador y arrastra aguas de todo tipo, así lo sostiene Andrés Mckinley, especialista en temas de agua y minería desde hace 15 años. Esta es la razón por la que se mantiene. El resto de ríos es un reflejo del trato que se le da.

Esta edición la abre una entrevista con Mckinley, un estadounidense que vive en El Salvador desde hace 40 años. En este tiempo, se ha dedicado a trabajar por reivindicar las exigencias de las comunidades. Entre ellas, destaca como ninguna el agua.

Tener acceso a agua de calidad es un derecho básico. Pero aquí también es un derecho minado. El agua es otra frontera: mientras unos la tienen sin restricción alguna, otros apenas la ven brotar de sus chorros y, unos más, ni chorros tienen.

Regular el acceso y la calidad , en este punto, es tan importante como regular su uso sensato y su protección. Hace falta conservar bosques para que alimenten los mantos freáticos. Hace falta evitar que los ríos se conviertan en esos cuerpos que arrastran cualquier cosa. Hace años ya, que se discute en la Asamblea Legislativa una Ley de Agua. Una norma urgente que sigue enredada.

En esta entrevista Mckiley explica por qué es importante y hacia qué debe estar enfocada esa ley. El corazón de esta, como de toda iniciativa, debe ser la protección del derecho de los más vulnerables, acá es en donde aparecen las comunidades, mismas a las que exhorta a encontrar espacios de participación para que su voz y su necesidad sean escuchadas de forma clara.

Carta Editorial

Si este país fuera en la práctica todo lo que está escrito en leyes y reglamentos, el desarrollo se hubiera asentado por acá hace rato. Pero el camino hacia el respeto de los procesos establecidos es largo, muy largo aún. En esta edición , el periodista Stanley Luna ha elaborado un reportaje que desnuda cómo de naturalizados están en las instituciones los procedimientos que violan las normas. Normas que fueron creadas para proteger a la ciudadanía.

Por años, el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) no cumplió con todos los requisitos para transportar desechos como las placentas. Esta afirmación se desprende de los varios reparos que la Corte de Cuentas de la República hizo y que el ISSS no pudo superar.

Esta es otra muestra del divorcio entre el deber ser y la práctica. Esto es el pan de cada día en instituciones en donde el problema no es solo presupuestario, sino que también de personal y de dinámicas que van sobre el resolver para hoy, sin más visión.

La corrupción no es solo desviar millones de dólares. También se nota en estas otras situaciones que, al fin y al cabo, son más difíciles de ver y de extirpar.

Durante mucho tiempo, la forma inadecuada de transporte de estos desechos puso en riesgo a una cantidad incalculable de personas. Representó la posibilidad de enfermedades y de contaminación del agua. Y, por la forma en la que se da este episodio, desafortunadamente no es descabellado pensar en que se pueden estar presentando otras situaciones similares.

Hace falta orden y disciplina, sí. Pero, sobre todo, hace falta respeto a los demás, empatía. Estas características que obligan al ser humano a pensar no solo en solventar una situación a corto plazo, sino que en ofrecer la respuesta que beneficie a la mayoría.

Carta Editorial

Esta es la última entrega sobre las desapariciones en El Salvador. A lo largo de un año, una vez al mes, nos hemos esforzado por entender y explicar un mundo que carece de sentido. Primero, hay gente con tanta fuerza como para desaparecer a otra gente. Segundo, hay gente en las instituciones públicas con tan poca fuerza que no es capaz de buscar tanto a los desaparecidos como a quienes los desaparecieron. Y, tercero, hay gente que así pasen días o años, no deja de buscar y no deja de sentir dolor ante la ausencia inexplicable de un ser querido.

En este país, esta situación no es nueva. Es una triste herencia de la guerra. Y, aunque hayan pasado casi 28 años desde la firma de los Acuerdos de Paz, aquí no se han hecho los ajustes necesarios para revestir de dignidad los procesos y brindar a los familiares de las víctimas toda la asistencia que necesitan. Ha sido solo hasta este año, y tras una intensa presión, que se creó un delito que se adecuara a la desaparición por violencia actual. Antes, ni eso.

En cada entrega, hemos sido testigos del abandono sistemático con el que se ha tratado este tema. Al margen de la formalidad de una denuncia, el común denominador es que las familias sean las únicas preocupadas en que la búsqueda se realice. No siempre piden justicia. El miedo está tan enraizado que con encontrar restos para saber a qué lugar llevar flores es suficiente. Así, la impunidad reina.

En esta entrega, la última, el periodista Ricardo Flores coloca la vista en ese lugar oscuro en el que se acumulan huesos sin nombre. Son los restos que brotan de la tierra en cementerios clandestinos sin que ninguna institución los hubiera presupuestado. Aparecen sin aviso y, por ello, no provocan abrir una investigación. Han sido encontrados, se puede decir, pero pasan a una especie de limbo de donde muy difícilmente van a salir para recuperar identidad.

La falta de recursos, aquí, se puede argumentar como razón de cualquier problema. Pero, esta vez, no se trata solo de eso. Se trata de una desigualdad hiriente, que asquea. Y que debería incomodarnos muchísimo a todos. Nosotros, como revista, cerramos hoy esta serie en la que hemos buscado, con distintas voces, elevar un grito. Falta, eso sí, muchísimo camino por recorrer a la par de los que buscan cerrarle paso al olvido.

Carta Editorial

El ambiente está lleno de alusiones a hogares cálidos en estos días. La idea de familia, esa de postal, está exacerbada y explotada. Lejos de lo que los discursos políticos y religiosos buscan promover, esta es una época muy excluyente, muy de no ver qué es lo que pasa.

Porque, lo que sucede no es siempre esa escena de la familia reunida en torno a una mesa. Ojalá así fuera. Pero aquí hay cientos de familias rotas, sin casa, sin seguridad. Hay familias que han tenido que huir con lo puesto. Y lo más injusto es que a estas familias se les ha venido a reconocer la existencia hasta hace muy poco tiempo.

El desplazamiento forzado por violencia es una violación sumaria a los derechos humanos y es, también, una de las injusticias más difíciles de medir. En un intento por explicar el dolor de las víctimas sin ponerlas en riesgo, cuatro jóvenes escritores se han reunido para levantar 14 relatos cortos que tienen como base testimonios de víctimas que todavía estaban en etapa de niñez o adolescencia cuando sufrieron este flagelo. Esto bajo la sombrilla de un asocio entre el colectivo literario La Mosca Azul y Fundación Educo.

“Con este poderoso libro estamos dejando de lado los números sobre el desplazamiento forzado interno en el país, que por supuesto son alarmantes, pero que a veces no nos dejan ver más allá de lo que pasa con las vidas de las niñas, niños, adolescentes, padres y madres que huyen de sus hogares para salvar sus vidas; con estos relatos mostramos esa parte humana, con la que esperamos haya un reflexión y sobretodo acción para este grave problema” , ha dicho Alicia Ávila, Directora de Educo El Salvador.

En esta edición hemos incluido algunos de esos relatos. Entre ellos lo que se encuentra es inocencia, frustración, dolor, impunidad, injusticia y desarraigo. Pero más que todo desigualdad. Las víctimas del desplazamiento forzado siempre han merecido más atención, más asistencia y más recursos que los que este país les ha dado hasta hoy.

Carta Editorial

Renacho Melgar es un artista que busca hacerle trampas al olvido. Quiere hacernos ser conscientes de nuestra memoria y quiere que carguemos con ella de manera responsable y auténtica.
Para lograrlo, pinta puertas, paredes. Pinta las láminas de una comunidad ubicada justo al frente de centros comerciales que representan el consumismo, a veces, demasiado voraz. Como voraz e insultante resulta también la desigualdad que desde siempre ha sido regla en este país.

«¿Cuánta gente te dice ‘no es que aquí no hay’? Sí hay, pero como los procesos del sistema educativo no te lo enseñan, como la universidad no te lo enseña y como tu mamá está tan empecinada en que tengás dinero para zapatos. Es tan rápida la vida, que no la conocés», cuenta Melgar al periodista Stanley Luna en la entrevista que entregamos en esta edición.
En otras ocasiones, Melgar ha hablado acerca de la importancia que tuvo la figura de su madre en su proceso hacia el descubrimiento de lo que quería hacer. Ha dicho que ella lo salvó al ponerle en las manos libros, al impulsarlo no a creer en una verdad prefabricada, sino que a construir la propia. Así fue como logró que su entorno, uno marcado por la violencia y la pobreza, no se lo tragara.

La más reciente intervención de Melgar está en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Es un mural con los rostros de los jesuitas y dos colaboradoras asesinados hace 30 años, hacia el final de la guerra. De esta manera, este artista vuelve a confrontarnos ya no solo con lo despreciable que es un hecho de violencia en contra de gente desarmada y sorprendida de madrugada. La obra de Melgar, más que eso, nos enfrenta a esos 30 años en los que la impunidad no ha hecho más que ponerse cómoda.

Carta Editorial

Hace un par de años, Miguel Huezo Mixco dijo en una entrevista publicada en estas páginas que pensaba que iba a morir rápido. Era parte de la guerrilla. Su jefe directo era Salvador Sánchez Cerén, el expresidente, que, para aquel tiempo, se hacía llamar Leonel. Tras la muerte de su entonces pareja, Huezo Mixco solicitó permiso para retirarse y escribir. Leonel se lo negó y lo instó a escribir desde la trinchera.

Sobrevivió a la guerra y más. Convertido en poeta y escritor, Huezo Mixco está hoy en plena promoción de Días del Olimpo, el título que cierra la trilogía que comenzó con Camino de Hormigas y La casa de Moravia. Los tres son un esfuerzo por rescatar la memoria desde un punto de vista íntimo y lleno de sentimientos que encuentran autenticidad en las acciones.

En esta edición, entregamos un adelanto de este libro que toma su nombre de un centro nocturno gay que se mantuvo en funciones durante el tiempo de la posguerra. El Salvador no es país para letras, lo hemos escuchado y lo hemos sufrido. Pero hay mucho de esperanzador en cómo este país, ingrato con sus escritores, está siendo narrado ahora. Hay, acá, una voz particular que es indicativo de que algo se hizo bien en algún punto. Huezo Mixco, por ejemplo, insistió en seguir escribiendo y se agradece.

En estos tiempos en los que la intolerancia y la polarización parecen ser las grandes conquistadoras de los espacios públicos, vale muchísimo la pena apostarle a la diversidad de discurso. Sí, la guerra ha sido contada antes, y en cada oportunidad ha habido verdad. Cada aporte ha sido valioso y desde estas páginas seguimos abriendo espacios para ganar en dos vías: difusión y conocimiento, para que saber quiénes son los escritores y para que enriquecer el criterio entre sus letras.

Carta Editorial

En menos de un mes, tres mujeres trans han sido asesinadas de manera muy violenta. Al cierre de esta edición, una más estaba desaparecida. El nivel de alarma por esta situación ya ha escalado hasta la Organización de las Naciones Unidas, que insta a las autoridades a acelerar las investigaciones, ya que el factor de transfobia es evidente en estos crímenes.

El punto acá es preguntarnos si esta atención no está llegando muy tarde. La esperanza de vida para una mujer trans es de 33 años. Sus posibilidades de educación y salud están muy por debajo del promedio. La discriminación obliga a las mujeres trans a migrar en condiciones deplorables o a permanecer en este país y aceptar ejercer trabajos en donde no se les respeta ningún derecho laboral.

Para las mujeres trans, el trabajo sexual sigue siendo prácticamente la única oportunidad de obtener ingresos. La capacitación y la posibilidad de poner un negocio llegan solo después de mucho esfuerzo, cuando ya tienen algún apoyo económico para dejar la calle. Esta es la historia de muchas. A tantas más, sin embargo, las han asesinado antes. Es el caso de Camila, cuya historia de un frustrado adiós a las calles cuenta en esta edición el periodista Stanley Luna.

En 2015, el Código Penal fue reformado para aumentar las penas e incluir el agravante de crimen de odio. No basta, sin embargo, porque este colectivo sigue siendo vulnerable en vida. Lo es cuando se le cierran las puertas de educación, salud y trabajo. Aumentar condenas estaría bien si, al mismo tiempo, mejorara la capacidad de investigación, el interés, el respeto hacia las familias y las víctimas y, con esto, bajara el índice de impunidad en los asesinatos de mujeres trans, un indicador que seguramente es altísimo, pero que, por el momento, ni siquiera se puede sacar. No hay registro.

Hay desprotección. Hay discriminación. Hay odio en distintos niveles. Falta empatía. Urge poner en marcha más medidas para visibilizar de manera integral a este colectivo y reducir así la brecha de desigualdad.

Carta Editorial

Este es el penúltimo reportaje de esta serie sobre personas desaparecidas que hemos mantenido a lo largo de todo este año. En esta ocasión, la que se escucha fuerte es la voz de Juana, la madre de un soldado que pasó tres años en la lista de los desparecidos.

Las palabras de Juana son pocas, son pausadas y son insuficientes para intentar explicar cómo un dolor no se borra con un hallazgo. Muta. Y, al hacerlo, no deja paz. Deja vacío.

En 2018, se encontraron 75 fosas clandestinas. En lo que va de 2019, 64. Para identificar estos lugares, la Fiscalía General de la República sigue dependiendo de que alguno de los que participaron en el delito acepte dar información a cambio de beneficios durante el proceso legal, un testigo criteriado.

A los procedimientos de identificación de restos, los familiares siguen llegando sin el debido acompañamiento. Y el punto acá deja de ser el respeto que todos merecemos ante un momento así. El punto es cuánta empatía les hace falta a las personas que componen las instituciones para caer en la cuenta de lo desgastante que es para alguien manejar la desaparición de un ser querido para, luego, encontrarlo enterrado en una fosa. Hay, en este cambio de estatus, un universo de emociones que deberían ser tomadas en cuenta.

Ante una experiencia como la de Juana, un Estado está obligado a ofrecer justicia, una expedita; debería ofrecer, también, acompañamiento integral, contención y, ojalá, evidencia de que se trabaja para, sobre un proceso transparente, montar mecanismos para que cada vez menos personas tengan que pasar por este calvario.

Durante este año, ha habido cambios. Se hicieron las modificaciones al Código Penal para castigar con cárcel el delito de desaparición por violencia actual y se han mantenido un interés constante por brindar datos acerca de las desapariciones. Aún así, el camino hacia la justicia y la reparación sigue siendo largo.

Carta Editorial

Esta edición tiene mucho de otros tiempos. La escritora y columnista Jacinta Escudos, por ejemplo, lanza desde el titular de su espacio un anhelo muy grande: Me gustaría cambiar el mundo. Porque, lo que estamos viendo y oyendo es del pasado y es, como mínimo, preocupante. Y, como más, decepcionante.
Decepciona el uso en presente de conceptos como golpe de estado, represión, ataques contra la prensa y desplazamientos forzados. La censura, esta vez digital, vive aires de renovación. Mucho de ese pasado que se alarga hasta estos días se describe, también, en un texto del escritor uruguayo Mario Benedetti que la agencia EFE vuelve a publicar en el marco del próximo centenario del nacimiento de esta célebre figura de las letras.

«Porque, aunque parezca mentira, hay mucha gente que está conforme con el mundo. Y no me refiero a los muy pudientes ni a los muy poderosos (por lo corriente, ni unos ni otros están conformes, pues sus ansias de dinero y de poder son inagotables), sino más bien a cierto tipo de ciudadano medio, dueño de un mediano confort y una sobria mezquindad que ni siquiera aspira a leer, no sea que alguien lo convenza a su derecho a la osadía, o del resquicio de solidaridad que está a su alcance», escribía Benedetti para la gente de hace 28 años. Es una crítica a las masas homologadas tan vigente como entonces.

Y ese anhelo de incomodidad expresado por Jacinta parece una respuesta a esta crítica al conformismo de muchos que hacía Benedetti. Siempre ha habido quienes en el caos y la desigualdad se sienten ganadores, pero los contrapesos están ahí, son los que evitan que este mundo termine de entregarse a las injusticas. El panorama que Juan Sebastián Chamorro pinta de Nicaragua en la entrevista que presentamos hoy tiene mucho de esto.

Chamorro, director de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, habla de cómo, pese a que el gobierno ha cerrado los espacios, hay gente que sigue haciendo énfasis en la indefectible característica de diversidad que debe tener una democracia. La lucha en contra de las censuras que tan bien narraba Benedetti hace casi 30 años, no se han acabado. Sigue siendo necesaria.