Carta Editorial

Esta edición tiene mucho de otros tiempos. La escritora y columnista Jacinta Escudos, por ejemplo, lanza desde el titular de su espacio un anhelo muy grande: Me gustaría cambiar el mundo. Porque, lo que estamos viendo y oyendo es del pasado y es, como mínimo, preocupante. Y, como más, decepcionante.
Decepciona el uso en presente de conceptos como golpe de estado, represión, ataques contra la prensa y desplazamientos forzados. La censura, esta vez digital, vive aires de renovación. Mucho de ese pasado que se alarga hasta estos días se describe, también, en un texto del escritor uruguayo Mario Benedetti que la agencia EFE vuelve a publicar en el marco del próximo centenario del nacimiento de esta célebre figura de las letras.

«Porque, aunque parezca mentira, hay mucha gente que está conforme con el mundo. Y no me refiero a los muy pudientes ni a los muy poderosos (por lo corriente, ni unos ni otros están conformes, pues sus ansias de dinero y de poder son inagotables), sino más bien a cierto tipo de ciudadano medio, dueño de un mediano confort y una sobria mezquindad que ni siquiera aspira a leer, no sea que alguien lo convenza a su derecho a la osadía, o del resquicio de solidaridad que está a su alcance», escribía Benedetti para la gente de hace 28 años. Es una crítica a las masas homologadas tan vigente como entonces.

Y ese anhelo de incomodidad expresado por Jacinta parece una respuesta a esta crítica al conformismo de muchos que hacía Benedetti. Siempre ha habido quienes en el caos y la desigualdad se sienten ganadores, pero los contrapesos están ahí, son los que evitan que este mundo termine de entregarse a las injusticas. El panorama que Juan Sebastián Chamorro pinta de Nicaragua en la entrevista que presentamos hoy tiene mucho de esto.

Chamorro, director de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, habla de cómo, pese a que el gobierno ha cerrado los espacios, hay gente que sigue haciendo énfasis en la indefectible característica de diversidad que debe tener una democracia. La lucha en contra de las censuras que tan bien narraba Benedetti hace casi 30 años, no se han acabado. Sigue siendo necesaria.

Carta Editorial

El reportaje de esta edición destaca el impacto que las medidas sociales en favor de las mujeres tienen en las comunidades. Acercar la educación a ellas es una de las mejores garantías de desarrollo. No hacerlo tiene un costo muy elevado que no solo paga la generación actual, sino que también las futuras.

Personal médico del hospital Santa Gertrudis, en San Vicente, empezó a profundizar en las causas de las muertes maternas. Las hemorragias son un problema grave en las salas de parto. Pero no empiezan ahí. El trabajo técnico de los médicos consistió en establecer un protocolo que permitiera acelerar la atención. Los resultados se cuentan en vidas.

Las boletas con información de las mujeres que sufren una emergencia de este tipo, sin embargo, revelan más un problema de acceso a información y de incumplimiento de su derecho a la salud, a la elección, a la educación.

Los hospitales, como el Santa Gertrudis, pueden poner en práctica medidas muy efectivas de control de daños. Pero en problema también está en las casas. Está en las libertades que a las mujeres todavía no se les respetan.

El desarrollo no va a llegar solo cuando todos tengamos medicinas. Para alcanzar ese estado, hace falta que todos tengamos las mismas oportunidades. Hace falta que todos tengamos una voz.

Las mujeres en las comunidades rurales, como indica la información de las boletas y los expedientes médicos, todavía no la tienen. Todavía no son dueñas de sus acciones. Y esto repercute en las comunidad y llega hasta los quirófanos. El trabajo que acá hace falta hacer para cerrar un círculo virtuoso está ahí: con ellas, para ellas.

Carta Editorial

En un país que viste sus cerros de verde con cada inicio de la época lluviosa, es fácil olvidar el daño que se ha hecho y que se sigue haciendo en materia ambiental. Cada año, aún llueve una cantidad de milímetros suficiente como para abastecernos, hay ríos y todavía queda el bosque cafetero.

Los ríos, sin embargo, corren con metales pesados, ya no es tan fácil leer los patrones de lluvia y, por tanto, planificar la siembra. Y el bosque urge del Estado un escudo que dure más que un quinquenio. Ya no hay margen como para dejar el tema del medio ambiente para después.

Si de lo que se trata es de ponerlo en la clave más grave posible, hay que decir que ya se trata de una cuestión de vida o muerte. Vidas como las que se pierden en los deslaves, en las inundaciones y en cada una de las variadas manifestaciones de vulnerabilidad que se registran en el país.

Y vidas a las que cada vez se les recorta más su hábitat, como las especies en peligro de extinción. Entre ellas, la protagonista de esta edición: la lora nuca amarilla.

Desde la sociedad civil se habla mucho de la necesidad de fortalecer una cultura de conservación de los recursos naturales. Un concepto amplio que comienza con cerrar los grifos para evitar el desperdicio de agua y que se alarga hasta alcanzar a las políticas de conservación de los bosques y de todas las especies que los habitan.

Nadie puede estar al margen de esta cultura. Nadie puede ya seguir sintiéndose con el derecho de no hacer lo propio por conservar y proteger el medio ambiente. En esto, las instituciones gubernamentales guardan la gran responsabilidad de gestionar y de administrar. Pero el futuro de la lora nuca amarilla también depende de acciones individuales, como no comprar fauna exótica para no seguir alimentando un negocio que vacía los nidos.

Carta Editorial

Ún día una mujer vive en un terreno con tres casas. Pasa rodeada de nietos y de sus dos hijos que están pendientes de que tenga todo lo necesario. Menos de un año después, esta misma mujer deambula de noche por esas tres casas ya deshabitadas. La inundan la ansiedad y el miedo; nunca duerme, no come y no tiene dinero. La desaparición de una persona destroza a muchas más alrededor. Y es la lección alrededor de este delito que, como país, nos está costando reconocer.

La desaparición del hijo menor de esta mujer derivó en una serie de amenazas que hicieron huir a la nuera, con su bebé, y al otro hijo, también con su familia. Ella decidió quedarse no por una valentía hueca ni por necedad. Lo hizo porque ella sigue buscando a su hijo. Después de que las autoridades hicieran de lado su responsabilidad de investigar, ella es la única que sigue pendiente de saber en dónde está su Rodrigo.

Cuando en enero iniciamos con esta serie de publicaciones acerca de los desaparecidos, sabíamos que había mucho por decir. Incluso con esto presupuestado, a lo largo de diez entregas nos hemos encontrado con un problema de raíces profundas y muy oscuras. A la falta de delito, a la negligencia de las autoridades en la investigación, al doble discurso, y a la discriminación a la hora de abrir un proceso se suma el dolor mal contenido.

La historia que ocupa estas páginas es la de Nicola y en ella están representados muchísimos de los problemas que enfrentan los familiares de desaparecidos. Y, en esta ocasión, el periodista Stanley Luna se ha centrado en el deterioro de la salud mental que, a su vez, lleva a un declive de la salud física.
La vida que se había construido Nicola fue desbaratada. Esta clase de golpes no tiene un cierre. Y el desgaste es incalculable. Las instituciones todavía no han hecho una cuenta realista y apegada a rigor científico acerca de lo mucho que estos casos van a afectar al país a la vuelta de unos años. Nicola, como mucha gente, está rota por dentro y es necesario, justo y urgente que reciba asistencia integral.

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En este país nos podemos preocupar por muchísimos problemas. Pero muy pocos nos revelan el tamaño de la desigualdad como la desnutrición infantil. Solo en 2018, casi 9,000 niños cayeron en desnutrición, todos menores de cinco años. Simplemente no tuvieron qué comer.

En el reportaje de esta edición, la periodista Wendy Hernández llega hasta uno de esos rincones en donde todos los días se libra una batalla descomunal por hacer que la comida alcance. Hay lugares en donde esta crisis llegó para asentarse y ha pasado a convertirse en modo de vida. El municipio ahuachapaneco de Tacuba lleva por lo menos 20 años peleando por arrancarle niños a la muerte.

Esta zona fue una de las que más afectadas quedaron después de la crisis del café de inicios de los años 2000. Desde entonces, hace casi 20 años, no ha habido manera de reactivar la economía de las familias. No ha habido suficientes campañas de asistencia social ni se les ha dotado de la información básica para mejorar sus condiciones de vida. Esas familias están condenadas a alimentar a 8 o 10 hijos con un sueldo mínimo e inestable.

El hambre no se combate solo al entregar dos libras de frijol y dos de arroz. Hace falta una transformación desde lo educativo y desde las políticas de salud. No se puede seguir tratando esta crisis con la esperanza de que sean algo transitorio. Estas familias necesitan ser parte de los cambios en los modelos de convivencia y de sostenibilidad.

En zonas como Tacuba, han pasado dos décadas tratando de salvar a niños, pero hasta que el daño está hecho, hasta que ya perdieron los años más importantes del desarrollo por culpa de la falta de alimentación adecuada. Es necesario poner en práctica una estrategia de atención que, más allá de resultados a corto plazo, busque cortar de una vez por todas las causas sociales del hambre. Hace falta un cambio en la forma en la que se concibe el génesis de esta injusticia.

Carta Editorial

Los sistemas de cumplimiento de penas carcelarias no tienen como misión solo alejar de la sociedad a quienes hayan cometido delitos. Su razón de ser también es la de reintegrar, una vez cumplida las penas, a estos individuos a la misma sociedad para sean parte de ella en igualdad de derechos que los demás. Este es el deber ser, el que está manifiesto en leyes, es hacia lo que cada acción debería estar enfocada.

Pero la recuperación y rehabilitación de las personas encarceladas pasa a muy segundo plano cuando se deja sin financiamiento. Y cuando todo enfila más hacia la represión y el encierro de cada vez más personas. Este mecanismo no funciona. Esto es parte de lo que vino a decir Eddie Bocanegra, un hombre que tras pagar 14 años de cárcel, ahora maneja un fondo de 20 millones de dólares que sirven para mantener en funciones una institución que se dedica a facilitar procesos de rehabilitación social.

Bocanegra, quien vive en Estados Unidos y es hijo de mexicanos, vino a El Salvador para reunirse con un grupo de empresarios. La idea es que la integración de las personas que salen de la cárcel no sea una tarea exclusiva de instituciones gubernamentales, sino que de cada uno de los que compone la sociedad.

Ver el castigo y el sufrimiento como la única manera de restituir el daño causado es una equivocación. Genera que haya más fracturas y que se aleje la posibilidad de, algún día, eliminar la necesidad de cárceles. Y, para Eddie Bocanegra, es un mal negocio para los gobierno porque, a la larga, si el tiempo en la cárcel no sirve para rehabilitar, entonces sirve para profundizar las conductas criminales.

Devolver a la sociedad seres humanos dispuestos a edificar un mejor presente no es fácil ni es inmediato. Requiere paciencia y, sobre todo, protocolos bien identificados. Es, eso sí, una de esas soluciones integrales de las que tanto le urgen a este país.

Carta Editorial

Este pueblo migra desde siempre. Y no siempre sale bien. Llevamos décadas expulsando gente y, a estas alturas, los mecanismos para recibir a quienes no lo logran no funcionan con celeridad ni de forma universal. Mientras que a algunos los recibe una comitiva de funcionarios que hacen entrevistas, a otros no los acompaña nadie en ese complicado momento de regresar.

Entre el ya vulnerable grupo de personas que regresan después de un intento por llegar a otro país a establecerse, hay algunos cuya situación está todavía más complicada. Son las personas que han sufrido accidentes y han tenido que pasar por un proceso de amputación.

La periodista Wendy Hernández cuenta en esta edición cuál es el impacto de no tener políticas que sean funcionales para dar atención médica y en salud a quienes pasan por esto.

Las implicaciones son devastadoras. Cuando alguien es retornado a su país de origen, por lo general, los problemas por los que esta persona decidió, en un principio, migrar siguen ahí mismo, justo en donde los dejó. Esa persona, sin embargo, ya no es la misma. Aparte de la deuda, regresa con un problema más al que tener que hacerle frente.

En historias como la Gilberto se hace muy obvia la ausencia de sistemas educativos y de salud que sean inclusivos y equitativos. Se hace muy obvia la raíz de la desigualdad. Gilberto quiso alcanzar de un salto ese cielo de oportunidades, ese derecho a mejorar su vida y la de su familia y no se le hizo posible.

Las políticas sociales deberían ser lo primero a lo que se le debe poner atención ahora que este país tiene firmado con Estados Unidos un compromiso para recibir a quienes necesiten refugio.

Carta Editorial

Hace casi 30 años, la Convención Internacional de los Derechos del Niño incluyó el principio de interés superior con el que se deben tratar los temas relacionados a la niñez. Fue una forma de llamar la atención de los Estados para que garantizar los recursos de todo tipo en favor de esta población.

En El Salvador, en un par de días se celebra el Día del Niño. Y sí, el verbo que se usa es celebrar, porque en la fecha sobran las exaltaciones a esa etapa de la vida, se llenan de globos las instituciones educativas y también las redes sociales. Y no, el verbo no debería ser ese.

Este 1º de octubre debería ser aprovechado también para la difusión de los derechos que tiene la niñez. Tener a la mano esta información obligaría a otro ejercicio: el análisis de la situación en la que se desarrolla la población salvadoreña en los primeros años de vida.

Y no es la idónea. Falta educación universal y de calidad, falta acceso a la salud y le falta, a la mayoría, un entorno seguro para desarrollarse. La que presentamos ahora es la novena entrega sobre desaparecidos y está dedicada a los niños no solo de El Salvador, sino que de la región conocida como Triángulo Norte.

Este es un análisis de algo que nace de aquel principio de interés superior del niño. Las alertas tempranas por menor de edad desaparecido son un mecanismo encaminado a ampliar las redes de búsqueda desde las primeras horas del evento. Entre estos tres países tan unidos por la migración forzada y la violencia, lo que más hace falta es coordinación para, igual que el delito, no limitar con fronteras la asistencia a las víctimas.

Carta Editorial

Las consecuencias del cambio climático las notan las mimas personas de siempre. Este no es un fenómeno abstracto. Es una realidad que en este país ya es la base de una serie de problemas tangibles, como la pérdida de bosques y la alteración de la época de lluvias. A esto se suma el tema que se desarrolla en el reportaje principal de esta edición: los cambios en el nivel del mar.

Pese a la gravedad de las consecuencias, tanto sociales como económicas, ya vistas, el país aún no se mueve hacia una actitud que dé paso a la ejecución de medidas de adaptación. La razón de este poco avance también tiene que ver con las víctimas. Al Estado y a la sociedad siempre les ha costado mucho escucharlos a ellos, a los vulnerables de siempre, a los que ponen los muertos en cada tormenta.

El cambio climático no se puede detener de inmediato, pero se puede preparar a los habitantes para que el impacto no deje secuelas irreversibles. Esta es otra de las razones del atraso. La educación es una medida efectiva, pero que se lleva a cabo con tiempo y paciencia. No es una cuestión de horas y, por tanto, nunca ha sido material para una foto de campaña.

Hacer de esta una población consciente y responsable en materia medioambiental exige que haya autoridades en la misma sintonía. Aunque las distintas autoridades han comenzado a abrir cada vez más espacios a la discusión del cambio climático, los pasos que se han dado para minimizar el impacto de este fenómeno no han tenido la contundencia necesaria. La falta de recursos no puede ser siempre la excusa para posponer las acciones que lleven a resultados más sustanciales.

Las consecuencias ya las está sufriendo una parte importante de la población. Una a la que no se le puede seguir poniendo atención solo cuando las desgracias ya han sucedido.

Carta Editorial

La patria es Angélica que huye. Es ella que tuvo que enterrar en prisas a dos hijas asesinadas por pandilleros. Bajo el cielo azul y blanco al que refiere nuestra bandera, también están los otros hijos de Angélica. Ellos que apenas sobrevivieron y que ahora no tienen nada. No es una metáfora. Se quedaron sin un lugar para volver. Ahora que repitamos las imágenes del escudo, de los escolares marchando, de ese “Dios, unión, libertad”, deberíamos pensar en ella, en ellos, en todos.

Angélica es una más de las miles de víctimas de desplazamiento forzado. Ese fenómeno imparable que el gobierno anterior se negó por años a reconocer. Al hacerlo, sin embargo, tampoco desencadenó una reacción que alcanzara para que a Angélica y a sus hijos les mejorara aunque sea un poco la vida. Ellos siguen condenados a huir por siempre.

Ellos son país. Uno que no aparece en las exaltaciones del día de la independencia y que más aparece acá, en estas páginas de domingo que no siempre son la lectura relajada para este día.
Este reportaje de la periodista Wendy Hernández tuvo que ser hecho en prisas. Angélica accedió a contar todo lo que le ha pasado a ella y a su familia solo porque por fin encontró un camino para largarse y dejar todo atrás. Habló hasta pocas horas antes de decir adiós.

Así que lo que queda en estas páginas es un relato de frustración, de eso de lo que está lleno el cuerpo cuando ya no hay opciones viables para respirar. Angélica no ha sido la primera en esta ruta. Ni va a ser la última, si seguimos como hasta ahora. Angélica es una de las pocas a las que les podemos escuchar la voz solo gracias a la ausencia, a ese vacío que ya dejó. Ella ahora tiene que ser patria en otro lado.