Carta Editorial

No hay apuesta por la ciencia y la investigación. Es así desde hace décadas. Esta carencia no solo nos está haciendo perder a talentosas personas que prefieren hacer sus carreras en otros países. También está afectando a nuestros recursos naturales.

Un ejemplo de esto es la laguna de Alegría, ubicada en el departamento de Usulután. Cada vez recaen sobre ella más y más amenazas sin que, hasta ahora, se haya podido hacer una investigación que busque dar con los procedimientos más adecuados para su conservación y protección.

La laguna de Alegría, como se lee en el reportaje realizado por el periodista Stanley Luna, es el corazón de una población. De ella emanan historias que se han hecho eternas en la tradición oral de los residentes de la zona. Ese cuerpo de agua verdosa es el centro de identidad, de pertenencia.

Pero toda esa importancia social, cultural y natural que tiene no ha servido para que se le dediquen los recursos económicos y humanos para investigar qué es lo que se puede hacer para que no sea vulnerable a todo lo que pasa a su alrededor. Para que no se nos muera en medio de la desidia.

La laguna es un espectáculo hermoso y también una rareza que merece atención. Dentro de los proyectos que ofrecen los gobiernos central y municipales siempre está el desarrollo del turismo. En este caso, se debería apuntar a un mecanismo que tenga por meta el equilibrio entre facilitar que más gente conozca la laguna, pero minimizando el daño que el paso de las personas suele dejar.

Urge que a la de Alegría se le otorgue el reconocimiento que desde siempre se le ha quedado a deber. Urge que se le llame valiosa y que con ello vengan amarradas las políticas de protección. Es lo básico.

Carta Editorial

Se cae por partes. Es literal, se le escapan trocitos de ser poco a poco sin que, hasta el momento, se le haya prestado atención. Es un triste símil de cómo nuestra cosa cultural va desapareciendo en el más doloso de los silencios.

El que se cae piedrita a piedrita es el Monumento a la Revolución. La gallardía con la que levanta los brazos hacia un cielo de oportunidades que se abre no le ha servido de nada. Pura pose, porque ni siquiera es necesario que tiemble para que la materia de la que está hecho se precipite y se haga más añicos en el suelo. Ya ni siquiera hay quien se anime a visitarlo. Verlo de cerca podría significar recibir un golpe.

Tampoco le ha servido la ubicación. Está el corazón de un completo cultural con teatro y museos. Lo cual es todavía más vergonzoso. No permanece expuesto él. Permanece expuesta su miseria.

“De El Salvador”, así de incluyente. Y, también, así de solitario. Porque, pertenece a todos, pero a ninguno de ese “todos” le ha dolido su actual estado lo suficiente como para prestarle tantita atención.

Hay leyes que lo protegen. Pero, sin voluntad, sin interés, y, por último, sin plata, la ley no nada más que letras sobre papel.

Lo más triste en toda esta calamidad es que no es el único. No solo se está desintegrando “el Chulón”. En esta misma situación de deconstrucción se encuentran tres piezas escultóricas que están dentro del parque Balboa, en Los Planes de Renderos. Musgo, grietas y hongos se hospedan en cada una de ellas. El tiempo, el abandono, la ignorancia nos van dejando sin referentes.

Carta Editorial

Se mide cuánto es lo que envían al mes o al año en remesas. Se sabe –más o menos– cuántos se van de aquí y cuántos llegan allá. Se ha calculado cuántos impuestos pagan allá y cuántos empleos ocupan. Lo que jamás se va a poder calcular es el miedo, la nostalgia o el dolor de la separación familiar que sufren las personas –salvadoreños, centroamericanos, mexicanos– que migran a Estados Unidos a buscar lo que en sus tierras de ninguna manera encontraron.

El que presentamos en esta edición es “Caravana”. Este es un libro del periodista vasco Alberto Pradilla, quien, cuando partió un grupo de centroamericanos con rumbo hacia Estados Unidos, residía en Guatemala. Cada vez que puede, Pradilla cuenta cómo una cobertura que en principio parecía de dos semanas, acabó prolongándose por meses. En todo ese tiempo, este periodista dio cuenta de cómo es migrar desde un país que no existe.

No existe para dar seguridad, educación, vivienda, salud. No existe para quedarse. No existe para volver. No existe para levantar la voz ante las constantes violaciones a los derechos humanos que sufren quienes huyen del horror de no tener futuro.

Pradilla caminó con ellos. Y de ese roce constante nació este libro del que hoy adelantamos un capítulo. En este texto es brutal en cuando a que describe las imbatibles ganas de la gente por irse. No importa que el camino sea peligroso ni que esté tapizado de muerte y hambre. Quedarse va a ser siempre peor. Y este el gran fracaso que nadie puede eludir.

No pocos describen a El Salvador como un país de migrantes compuesto por los que aún no han logrado encontrar la manera de irse. Cada día parten cientos de salvadoreños. Cada día desaparecen cientos de salvadoreños, cada día mueren a lo largo de la ruta, cada día son explotados o discriminados, cada día regresan deportados o en ataúdes. Y cada año en el balance económico las remesas que los que lograron llegar envían constituyen un componente indispensable en la economía nacional. Algo muy malo está pasando en este mecanismo que está convirtiendo a la gente en meros instrumentos, sin derechos, sin voz.

Esto es a lo que más le apunta Pradilla, a que la caravana no fue el inicio de nada. Fue solo la manera en la que un fenómeno silenciado reclamó de un golpe la visibilidad que le corresponde.

Carta Editorial

En periodismo no solemos permanecer. Entramos a los temas para descubrirlos y salimos de ellos llenos de testimonios y conocimientos, pero no nos quedamos. Llegamos, vemos, contamos y nos vamos. En la revista quisimos parar este mecanismo. Y durante todo el año, una vez al mes, nos hemos quedado a escuchar, con toda la atención del mundo, las historias de los desaparecidos y de sus familias.

No es lo usual, pero decidimos tomar el riesgo y caminar en este borde porque era indispensable subir el nivel del debate al tema. Lo que hemos ido descubriendo nos obliga a hacer cada vez más preguntas y nos causa muchas emociones; pero, sobre todo, nos duele.

Al margen de lo mucho que hayan avanzado las tecnologías de la información, el periodismo sigue siendo una profesión muy humanitaria. No podemos entender un fenómeno, si no trabajamos también en entender al individuo. “Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.

Solo este mes han desaparecido más de 190 personas. En todo este año, más de 1,800. Y estos son los casos que han llegado a las instituciones. En el camino ha quedado cualquier cantidad de víctimas que, para este país, no existen. No cuentan. No se investigan y no son buscadas más que por sus propias familias.

Esta es la deuda de un Estado que no ha sabido contestar con altura a las víctimas. Primero, no supo garantizarles seguridad. Y, después, no puede hacer que sus casos no caigan en impunidad. En El Salvador de casi 200 desaparecidos institucionalizados al mes, todavía estamos discutiendo cómo hacer para que la desaparición por particulares sea un delito. Estamos, aún, muy en lo que debía haber pasado hace décadas.

Esta es la séptima de nuestras entregas. Y va sobre la necesidad de contar con instituciones que ayuden no solo a aportar pruebas, sino que también a calmar angustias. Tener a un familiar de quien no se sabe nada es una muerte no dicha, no propia, no digna. Y, cada día, se suman más a esta condena.

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“De los problemas de enamorarse” es un libro escrito por Ana Escoto, una joven salvadoreña que reside en México desde hace varios años.

El libro es una recopilación de cuentos que relatan, con intensidad y gracia, ese torbellino de emociones que son las relaciones incipientes o que, en realidad, nunca comienzan.

En principio, este libro de Escoto tiene todo para ser entretenido. Pero no se queda ahí. Detrás de estos pasajes que van entre el suspenso y lo cómico, hay también una oportunidad para reflexionar acerca de cómo establecemos vínculos.

Somos de donde están nuestras “querencias”. Somos de ahí en donde haya cualquier oportunidad para tener esperanza. Entre uno y otro texto, Escoto también explora ese momento en que la ilusión, alimentada con nada, es capaz de transformarnos el entorno.

Hace rato hacía falta un abordaje así de estas generaciones a las que cada vez les calza menos el estereotipo de género y las casillas. Estos textos no son una confrontación. Son más un espejo que nos hace ver que en las rutinas hay mucho de interesante y mágico para contar.

La de Escoto es una voz nueva en la literatura de este país. Es necesaria, oxigena y se aleja de lo que estamos acostumbrados a ver nacer por acá. Hace tener muy presente que el ejercicio de escribirnos es también el ejercicio de reconocernos diversos. Es el de ampliar horizontes al mismo tiempo que nos reímos o lloramos ante las historias.

Por acá vamos a necesitar siempre referentes. Vamos a necesitar que la niñez ahora sí crezca con la idea bien clara de que el talento, indiscutiblemente, necesita de disciplina para desarrollarse. Y acá es en donde Escoto y su libro se paran firmes.

Carta Editorial

El reportaje de esta edición aborda un tema que casi siempre dejamos pasar. Nos come mucho la urgencia por centrarnos en las consecuencias y no en las raíces de los problemas.

El Área Metropolitana de San Salvador está formada por 14 municipios (AMSS). En ellos residen más de 2 millones de personas. Es alrededor de un tercio de la población de todo el país. Vivir en este territorio tiene ventajas de acceso a oportunidades laborales, de movilización, educativas y de salud, entre otras. Pero esta cercanía se paga caro.

A pesar de que somos muchos los que vivimos aquí, no deja de ser difícil que esta sociedad encuentre espacios de convergencia. Lejos de eso, el AMSS está más dividido que nunca y está más pensado para hacer esas separaciones dolorosas, que para promover la comunicación y la equidad.

Ambos conceptos son muy amplios, pero se aterrizan, por ejemplo, en contar con espacios dignos, seguros, cómodos para encontrarnos. Y no los tenemos.

En la parte del país más densamente poblada hay un déficit del 70 % de áreas verdes públicas. Y no se trata de medir esto solo en metros cuadrados. No contar con espacios para disfrutar y encontrarnos limita las oportunidades de desarrollo.

Una de las fuentes en este reportaje relaciona la falta de estos espacios abiertos y públicos con la salud mental. Ya son varias las generaciones que hemos aprendido a sentirnos seguros solo mientras estamos encerrados, cercados, alejados.

Las áreas verdes, los parques, los espacios abiertos son territorios cuya principal misión es lograr equidad. Se supone que son un piso, eso a lo que todos deberíamos tener acceso sin restricción de ningún tipo. Y, por el momento, esto no está sucediendo. Nos seguimos formando como una sociedad demasiado aficionada a los muros.

Carta Editorial

Crecer entre sombras es tortura. Vivir en un constante esfuerzo por encajar en un molde rígido que no pertenece, también. Todo lo que implique obligar a alguien a negarse a sí mismo en función de los valores morales de otros no debería considerarse correcto. La empatía, sí.

El reportaje principal de esta edición gira en torno al trabajo de otro medio de comunicación. Es una radio comunitaria que hace que un mensaje de formación e información viaje entre caminos de polvo, varas de bambú y suene en casas vecinas de la milpa.

El contraste no es gratuito. La radio comunitaria ha trabajado una relación cercana con sus oyentes. Y, de hecho, la fundación de la misma ha sido parte de un proceso de organización entre los miembros de la comunidad. Sucedió, en el proceso, que llegaron a la conclusión de que la ruta más corta y efectiva hacia el desarrollo común era la educación.

Así comenzó algo que ahora tiene a la gente hablando con datos, con estudios, con informes. Tiene a la mayor parte de los miembros de las comunidades en donde hay alcance de la radio volcados todos en contra del acoso. Entre la radio y los vecinos organizados, estos municipios han reducido el porcentaje de embarazos adolescentes, están abiertos a buscar y recibir atención psicológica cuando sea necesario y hablan sobre diversidad sexual en términos incluyentes.

Hay todavía retos. Hay detractores. El equipo de la radio no se ha salvado de amenazas. Han sido víctimas de ataques. Y solo han sabido encontrar algo de protección en la institucionalidad, es decir, al cumplir con requisitos para formar parte de organismos más grandes en donde ganan representatividad y respaldo.

Lo individual también es político. Y aunque una radio comunitaria es un ente que tiene vida en la colectividad, el impacto de este trabajo es personal. Con palabras han construido un ambiente menos tóxico para quienes más lo necesitan.

Carta Editorial

Ayer, 29 de junio, cumplimos 11 años de la primera publicación como revista. Lo que somos ahora es el resultado de un proceso a prueba y error en el que nos hemos ido depurando para llegar hasta este lugar desde donde, creemos, hemos abierto la puerta a un periodismo urgente.

No urge porque vaya al paso de la inmediatez y el aquí y ahora. Urge por todo lo contrario. Porque en la agitación no se analiza, no se piensa, no se contextualiza ni se buscan voces distintas. Pero en la calma, ese estado mental que tanta falta nos hace como país, aparecen las respuestas que, por integrales, permanecen como verdad por más tiempo. A esto nos debemos.

Acá estamos. Acá seguimos. No porque alguien nos lo pida. No hace falta. Sabemos que el trabajo que hacemos de registrar los hechos en profundidad y lejos del lugar común que, aunque quizá tenga más para alcanzar popularidad, limita la comprensión.

A tono con este espíritu, en la edición de hoy presentamos la sexta entrega de la serie #DóndeEstán. Este es un trabajo que nos ha llevado a escuchar testimonios con los que hemos construido un tejido en el que se puede ver mejor la gran cantidad de violaciones a los derechos humanos de la que es víctima quien desaparece y también su familia.

El capítulo de hoy es una deuda añeja, la que más. Sofía es una mujer de 73 años que lleva 40 buscando a sus cuatro familiares que desaparecieron en el marco del conflicto armado. ¿Quién puede decir que esto no urge, que esto no importa? ¿Quién puede pedirle a ella que pase la página de un esposo, una hija, un sobrino y un hermano de quienes no supo más?

Nosotros seguimos aquí porque nos debemos a estas historias. Nos debemos a esta necesidad de escucharnos incluso en estas partes oscuras que muchos insisten en negar. Aquí seguiremos como seguirá Sofía, porque voluntad es lo que nos sobra.

Carta Editorial

Sergio Ramírez es una de las voces más autorizadas para hablar de la delicada situación política que envuelve a Nicaragua desde hace más de un año. Lo hace como exvicepresidente y también desde la disidencia de un partido que acabó traicionando todos los principios con los que nació.

El FSLN ahora simboliza solo el poder desmedido al que se quieren aferrar Daniel Ortega y Rosario Murillo. Lo hacen a costa de ataques directos a la población, disuelven protestas, encierran activistas, registran medios de comunicación y levantan delitos en contra de periodistas. Nicaragua ha perdido con ellos la dignidad y el respeto por los derechos humanos.

Por esto, Ramírez dice que existe un pueblo desencantado que ya no respalda la fórmula de Ortega-Murillo, sino que quiere ver elecciones libres, presos políticos liberados, el regreso de los nicaragüenses exiliados y el funcionamiento de los medios de comunicación sin trabas ni cortapisas.
“Donde el Gobierno no ha podido, el régimen no ha podido penetrar, es en los medios, en las redes sociales. Una batalla perdida. Busca cómo contrarrestar control con mentira, con redes falsas, pero ahí está la fortaleza de la difusión de noticias que el régimen quisiera no escuchar”, señala.

Esta entrevista que hemos incluido en la edición fue realizada por el periodista Stanley Luna en Costa Rica, durante el desarrollo del Centroamérica Cuenta, uno de los proyectos más representativos de Ramírez.

En una situación tan complicada como la de Nicaragua, la literatura está obligada no solo a hacer un registro, sino que también a ser un faro que ilumine las opciones correctas y democráticas. Está obligada a colocarse al lado del oprimido para defenderlo de los ataques de los que solo quieren aferrarse a un poder que, aunque tienen, hace rato no les pertenece.

Carta Editorial

El desplazamiento forzado es un fenómeno que deforma la vida de más personas cada día. Es un flagelo silenciado que el Estado apenas ha empezado a reconocer hasta el año pasado.
A estas personas se les ha fallado muchísimo. Antes de tener la necesidad de huir, se les negó la posibilidad de vivir en un lugar seguro. Se les negó el acceso a la protección de las autoridades competentes. Y en el éxodo, se les niega la asistencia institucional, porque, muy pocos de ellos llegan a existir para este Estado tan poco empático.

En el mejor de los casos, estas personas logran, por sus propios medios, reubicarse en otro lugar. Ahí están obligados a reconstruirse toda la vida. Pero esto en sí mismo, lo de sobrevivir y reinventarse, es un privilegio de pocos, porque hasta en medio de este dolor hay grados.

En otra escala de dolor, huyen y la amenaza los encuentra. Vuelven a huir y los vuelve a encontrar. Vivir huyendo sin poder acudir a nadie para encontrar consuelo y refugio viola cualquier cantidad de derechos humanos de lo más básico.

La periodista Wendy Hernández cuenta en esta edición cómo es huir. Lo que domina toda la historia, aparte de la angustia por salvar la vida, es la soledad. En el fondo, está ese reclamo por ser víctima de algo que a las autoridades no les interesa dimensionar en la medida correcta.

Para empezar, en el país no tenemos ni cómo resolver la primera urgencia, que es un albergue en donde poder encontrar algún tipo de seguridad. El gobierno anterior optó por negar el problema durante la mayor parte del tiempo. Queda para las nuevas autoridades la tarea de dar a las víctimas la dignidad que merecen.