Carta Editorial

La Enfermedad Renal Crónica (ERC) ha estado mermando a las familias centroamericanas desde hace décadas. Este es un flagelo que tiene implicaciones sociales, económicas, laborales y emocionales de altísimo impacto. Y, pese a que es un fenómeno extendido por toda la costa centroamericana del Océano Pacífico, las poblaciones afectadas todavía no han recibido suficiente atención.

Por ahora, es imposible calcular con exactitud la cantidad de muertes relacionadas con esta enfermedad. Los sistemas sanitarios de los países apenas se están preparando para poder elaborar registros que discriminen entre enfermedad renal tradicional, que es la que tiene de base padecimientos como la diabetes y la hipertensión. De la otra, de la que se ensaña con las comunidades agrícolas y que viene dando señales desde hace unos 30 años.

Esta, la no tradicional, tiene un fuerte componente geográfico y social. Está relacionada con dónde y cómo trabaja y reside la gente que termina presentando daños en la función renal. Para el caso, los segmentos en donde más se acumulan casos son pobres. La falta de dinero reduce cualquier posibilidad de eliminar riesgos. Ellos no se pueden mudar para alejarse de condiciones adversas. Tampoco tienen demasiadas opciones de empleo. El acceso al agua potable no está garantizado y los tratamientos médicos siempre están a una distancia importante del lugar en el que viven. Están, prácticamente, cercados.

Esta es la segunda entrega de una serie de cinco reportajes que se enfoca en hacer visible esta epidemia. Hay en Costa Rica, en toda Centroamérica, una cantidad importante de personas a las que no se les está protegiendo y no se les está respetando su derecho a la salud. Caen por montones en una enfermedad que es demandante y degenerativa; lo hacen con el mínimo de recursos y, lo más cruel de todo, bajo un grueso manto de silencio.

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La historia debe ser tratada con delicadeza. Nunca esto ha sido más cierto como cuando esa historia está escrita en papel y es tan antigua como la misma república. El Archivo General de la Nación es la institución encargada de velar por el acervo documental de este país. La responsabilidad otorgada está clara. Lo que no aparece por ningún lados es el recurso humano y material que necesario para ejecutar.
La Ley del Archivo General de la Nación detalla que la institución es la encargada de la conservación de manuscritos históricos y administrativos del gobierno central y municipal desde 1660. Pero conservar es una ciencia cuya práctica exige materiales. Y en el Archivo Genera de esta nación no hay papel, cuchillas, estampadoras o guillotinas. No hay cómo ejercer.

No es raro que a este país se le pase por alto la conservación. Ya en esta revista hemos hablado de los monumentos que a la vista de todos se desmorona más por la desidia que por el paso del tiempo. Si esos que son grandes y están expuestos no han tenido cómo llamar la atención, peor suerte pueden correr documentos importantes para la historia que permanecen ocultos en uno de los edificios del centro histórico que, ironía aparte, más se fotografían.

En el reportaje nacional de esta edición, la periodista Wendy Hernández hace un acercamiento a esas páginas amarillentas en las que está escrito este país y que se van desintegrando sin que haya llegado aquí una forma distinta de política pública que otorgue la importancia debida a las lecciones del pasado. Mientras, vamos sin rumbo.

Carta Editorial

El talento necesita un ambiente favorable y los recursos básicos para que alcance el desarrollo. Sin eso, las posibilidades de alcanzar plenitud se reducen de forma drástica. En el país, no se duda de la capacidad de los individuos que aparecen incluso en los lugares más insospechados. Pero los obstáculos que se le imponen a cualquiera que se atreva a soñar con pulir esos dones aquí mismo son, a veces, demasiado.

El daño causado por décadas de políticas raquíticas en el arte y la cultura es, a estas alturas, enorme. Lo grave es que no parece que la dirección de esas políticas vaya a tomar el giro que se necesita. El Centro Nacional de Artes (CENAR) está hace rato en una espiral de desidia y deterioro. Este reportaje del periodista Stanley Luna es una radiografía de cómo funciona ese ente con apenas el mínimo de recursos.

Y no se trata de una cuestión solamente presupuestaria. Se trata de un desprecio sistemático a las ramas artísticas. Lejos de encumbrar sus virtudes como reparadoras naturales de los tejidos sociales, se ha tendido a verlas como cuna de ideas políticas, de compadrazgos revolucionarios, y ahí se les ha dejado, para que se sequen.

Una generación de artistas aporta identidad. Acá se han perdido ya muchas en el laberinto de intentar hallar instrucción y acompañamiento para desarrollarse. Se han perdido otras más en el esfuerzo gigante por conseguir rentabilidad. El del CENAR es un ejemplo muy doloroso de una iniciativa bien intencionada que se extravió en la burocracia y en lo limitado del pensamiento de a quienes les ha tocado trazar las directrices presupuestarias y administrativas. Ese lugar pudo haberse convertido en el corazón vibrante de una capital muy sedienta de figuras ejemplares.

Cuesta tener esperanza, pero ojalá aún no sea demasiado tarde para rescatar lo que queda.

Carta Editorial

El acceso oportuno a un servicio de calidad en salud es un derecho de lo más básico. A partir del cumplimiento de esto, se construyen otros aspectos del desarrollo. Si se está sano, en el concepto más amplio posible, se puede estudiar, trabajar y, con suficiente apoyo, soñar.

Por increíble que parezca, en los 21 mil kilómetros que forman El Salvador, hay zonas a las que el sistema público de salud no se ha podido instalar. Ahí, las personas se ven obligadas a recorrer cualquier cantidad de kilómetros para poder ellas acercarse a lo que por derecho les corresponde.

Un sistema que obliga a las personas más vulnerables a hacer tantos esfuerzos para tener acceso a algo que debe estar garantizado es, a todas luces, un sistema violento. Es un sistema que perpetúa la inequidad y mantiene vivas unas barreras económicas y sociales que lo único que hace es daño a un tejido ya muy lastimado.

La salud en las zonas más castigadas tiene que ser una prioridad para el gobierno y para la sociedad en general. No se puede postergar y tampoco se puede retroceder. El tema que la periodista Wendy Hernández ha construido para esta edición da cuenta de cómo un cambio que puede tener argumentos administrativos termina siendo una cuestión de carácter vital entre personas a las que el sistema, por tradición, ha marginado. El verdadero impacto del cierre de 11 centros de salud a cargo de Equipos Comunitarios de Salud Familiar (ECOSF), a finales del año pasado, es algo que no solamente se mide en números. Una clínica abierta por más horas, un profesional de la medicina que llega hasta la comunidad y no a la inversa, un lote de medicamentos, todo tiene un valor que se magnifica en la vulnerabilidad de los beneficiarios.

Ninguna explicación aquí es suficiente para justificar que una mujer con un embarazo de riesgo sea obligada a hacer un recorrido más largo para encontrar lo que ella y la criatura en su vientre tienen que tener asegurado: salud.

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La enfermedad renal crónica lleva décadas instalada en las casas de los agricultores. Y acá no importa si hablamos de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica o El Salvador. Esta enfermedad ha demostrado que no conoce fronteras. De lo que sí da cuenta es de desigualdad y silencio.

En esta edición, arranca una serie de reportajes que busca, de la mano de los datos y los hallazgos científicos, contar las enormes dimensiones que ha llegado a tener este problema para las familias marcadas por la escasez de recursos para hacerle frente al escenario tan complejo que impone esta enfermedad.

Con el apoyo de la Fundación Bertha, con sede en Londres, Inglaterra, como un socio externo para hacer posible la investigación, en estas publicaciones el principal objetivo es el de hacer la tarea de llegar a dar voz a las personas a las que les ha tocado apostar el cuerpo en función de que la tierra produzca tanto como pueda y, con ellos, crezca la productividad de los países. Así, han terminado siendo consumidos por una dinámica injusta en la que han sido los que más han perdido. Han acabado como protagonistas de una historia cruel de pobreza y enfermedad.

En contraste, los gobiernos y todos los que han reportados ganancias basadas en el esfuerzo campesino, no han hecho lo que les correspondía para atajar las consecuencias de esta epidemia. La desidia ha derivado en que el drama de miles de personas afectadas por la enfermedad ha sido silenciado, pese a las evidentes características sociales que unen a los diagnosticados y que la ciencia ya se ha encargado de delimitar bien.

Lo que sucede en la costa del Océano Pacífico de Centroamérica es, en toda regla, un caso grave de discriminación. La gente está sufriendo un serio daño en los riñones y ha faltado quien ponga atención a este flagelo colectivo.

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Esta vez es un pasto. Es uno marino, que tiene propiedades muy valiosas, al menos las que se pueden reconocer hasta ahora. Porque hace falta más investigación para poder otorgarle a este descubrimiento una justa dimensión. El Salvador mantiene escondidos una serie de tesoros, se podría decir. Y no, no es una frase bonita, porque significa que ha faltado voluntad o recursos para darlos a conocer al mundo. Y ha faltado, más importante aún, conocimiento para poder aprovechar lo que se tiene.

En el reportaje de esta edición, el periodista Stanley Luna cuenta cómo, gracias a la curiosidad y perseverancia de una persona, fue posible identificar áreas de pasto marino en la Bahía de Jiquilisco. Casi cada paso que se ha dado en esta investigación ha sido producto de ese mismo empuje que han tenido otros científicos que saben que están ante un descubrimiento de una gran magnitud. Ojalá el interés por la ciencia fuera masivo. Ojalá recibiera los recursos que reciben otras áreas. Ojalá aquí el foco estuviera en educar más en ciencia y no en armas.

Una educación distinta también ayudaría a acelerar mecanismos de protección que, por ahora, no se están ejecutando. Todo lo que sabemos es que en la Bahía de Jiquilisco, en El Salvador, hay pasto marino, pero hace falta hacer más estudios para determinar cómo se reproduce. Ante todo, también hace falta destinar recursos para protegerlo, porque, en la ignorancia, este hallazgo está a merced de cualquiera.

Muchas cosas cambiarían por acá si la ciencia tuviera más voz en la toma de decisiones. Si se le abrieran más espacios. Si se formara a la gente para valorarla y seguirla con entusiasmo.

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El único río de El Salvador que no ha visto adelgazar su caudal es el Acelhuate, el que pasa por el Área Metropolitana de San Salvador y arrastra aguas de todo tipo, así lo sostiene Andrés Mckinley, especialista en temas de agua y minería desde hace 15 años. Esta es la razón por la que se mantiene. El resto de ríos es un reflejo del trato que se le da.

Esta edición la abre una entrevista con Mckinley, un estadounidense que vive en El Salvador desde hace 40 años. En este tiempo, se ha dedicado a trabajar por reivindicar las exigencias de las comunidades. Entre ellas, destaca como ninguna el agua.

Tener acceso a agua de calidad es un derecho básico. Pero aquí también es un derecho minado. El agua es otra frontera: mientras unos la tienen sin restricción alguna, otros apenas la ven brotar de sus chorros y, unos más, ni chorros tienen.

Regular el acceso y la calidad , en este punto, es tan importante como regular su uso sensato y su protección. Hace falta conservar bosques para que alimenten los mantos freáticos. Hace falta evitar que los ríos se conviertan en esos cuerpos que arrastran cualquier cosa. Hace años ya, que se discute en la Asamblea Legislativa una Ley de Agua. Una norma urgente que sigue enredada.

En esta entrevista Mckiley explica por qué es importante y hacia qué debe estar enfocada esa ley. El corazón de esta, como de toda iniciativa, debe ser la protección del derecho de los más vulnerables, acá es en donde aparecen las comunidades, mismas a las que exhorta a encontrar espacios de participación para que su voz y su necesidad sean escuchadas de forma clara.

Carta Editorial

Si este país fuera en la práctica todo lo que está escrito en leyes y reglamentos, el desarrollo se hubiera asentado por acá hace rato. Pero el camino hacia el respeto de los procesos establecidos es largo, muy largo aún. En esta edición , el periodista Stanley Luna ha elaborado un reportaje que desnuda cómo de naturalizados están en las instituciones los procedimientos que violan las normas. Normas que fueron creadas para proteger a la ciudadanía.

Por años, el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) no cumplió con todos los requisitos para transportar desechos como las placentas. Esta afirmación se desprende de los varios reparos que la Corte de Cuentas de la República hizo y que el ISSS no pudo superar.

Esta es otra muestra del divorcio entre el deber ser y la práctica. Esto es el pan de cada día en instituciones en donde el problema no es solo presupuestario, sino que también de personal y de dinámicas que van sobre el resolver para hoy, sin más visión.

La corrupción no es solo desviar millones de dólares. También se nota en estas otras situaciones que, al fin y al cabo, son más difíciles de ver y de extirpar.

Durante mucho tiempo, la forma inadecuada de transporte de estos desechos puso en riesgo a una cantidad incalculable de personas. Representó la posibilidad de enfermedades y de contaminación del agua. Y, por la forma en la que se da este episodio, desafortunadamente no es descabellado pensar en que se pueden estar presentando otras situaciones similares.

Hace falta orden y disciplina, sí. Pero, sobre todo, hace falta respeto a los demás, empatía. Estas características que obligan al ser humano a pensar no solo en solventar una situación a corto plazo, sino que en ofrecer la respuesta que beneficie a la mayoría.

Carta Editorial

Esta es la última entrega sobre las desapariciones en El Salvador. A lo largo de un año, una vez al mes, nos hemos esforzado por entender y explicar un mundo que carece de sentido. Primero, hay gente con tanta fuerza como para desaparecer a otra gente. Segundo, hay gente en las instituciones públicas con tan poca fuerza que no es capaz de buscar tanto a los desaparecidos como a quienes los desaparecieron. Y, tercero, hay gente que así pasen días o años, no deja de buscar y no deja de sentir dolor ante la ausencia inexplicable de un ser querido.

En este país, esta situación no es nueva. Es una triste herencia de la guerra. Y, aunque hayan pasado casi 28 años desde la firma de los Acuerdos de Paz, aquí no se han hecho los ajustes necesarios para revestir de dignidad los procesos y brindar a los familiares de las víctimas toda la asistencia que necesitan. Ha sido solo hasta este año, y tras una intensa presión, que se creó un delito que se adecuara a la desaparición por violencia actual. Antes, ni eso.

En cada entrega, hemos sido testigos del abandono sistemático con el que se ha tratado este tema. Al margen de la formalidad de una denuncia, el común denominador es que las familias sean las únicas preocupadas en que la búsqueda se realice. No siempre piden justicia. El miedo está tan enraizado que con encontrar restos para saber a qué lugar llevar flores es suficiente. Así, la impunidad reina.

En esta entrega, la última, el periodista Ricardo Flores coloca la vista en ese lugar oscuro en el que se acumulan huesos sin nombre. Son los restos que brotan de la tierra en cementerios clandestinos sin que ninguna institución los hubiera presupuestado. Aparecen sin aviso y, por ello, no provocan abrir una investigación. Han sido encontrados, se puede decir, pero pasan a una especie de limbo de donde muy difícilmente van a salir para recuperar identidad.

La falta de recursos, aquí, se puede argumentar como razón de cualquier problema. Pero, esta vez, no se trata solo de eso. Se trata de una desigualdad hiriente, que asquea. Y que debería incomodarnos muchísimo a todos. Nosotros, como revista, cerramos hoy esta serie en la que hemos buscado, con distintas voces, elevar un grito. Falta, eso sí, muchísimo camino por recorrer a la par de los que buscan cerrarle paso al olvido.

Carta Editorial

El ambiente está lleno de alusiones a hogares cálidos en estos días. La idea de familia, esa de postal, está exacerbada y explotada. Lejos de lo que los discursos políticos y religiosos buscan promover, esta es una época muy excluyente, muy de no ver qué es lo que pasa.

Porque, lo que sucede no es siempre esa escena de la familia reunida en torno a una mesa. Ojalá así fuera. Pero aquí hay cientos de familias rotas, sin casa, sin seguridad. Hay familias que han tenido que huir con lo puesto. Y lo más injusto es que a estas familias se les ha venido a reconocer la existencia hasta hace muy poco tiempo.

El desplazamiento forzado por violencia es una violación sumaria a los derechos humanos y es, también, una de las injusticias más difíciles de medir. En un intento por explicar el dolor de las víctimas sin ponerlas en riesgo, cuatro jóvenes escritores se han reunido para levantar 14 relatos cortos que tienen como base testimonios de víctimas que todavía estaban en etapa de niñez o adolescencia cuando sufrieron este flagelo. Esto bajo la sombrilla de un asocio entre el colectivo literario La Mosca Azul y Fundación Educo.

“Con este poderoso libro estamos dejando de lado los números sobre el desplazamiento forzado interno en el país, que por supuesto son alarmantes, pero que a veces no nos dejan ver más allá de lo que pasa con las vidas de las niñas, niños, adolescentes, padres y madres que huyen de sus hogares para salvar sus vidas; con estos relatos mostramos esa parte humana, con la que esperamos haya un reflexión y sobretodo acción para este grave problema” , ha dicho Alicia Ávila, Directora de Educo El Salvador.

En esta edición hemos incluido algunos de esos relatos. Entre ellos lo que se encuentra es inocencia, frustración, dolor, impunidad, injusticia y desarraigo. Pero más que todo desigualdad. Las víctimas del desplazamiento forzado siempre han merecido más atención, más asistencia y más recursos que los que este país les ha dado hasta hoy.