Las personas que quedaron varadas han sufrido daños emocionales y sociales que, difícilmente, las autoridades puedan, siquiera, calcular.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Medidas desesperadas. Una persona que quedó varada en Estados Unidos cuenta cómo tuvo de trazar sus propia ruta para regresar a El Salvador. Foto de EFE

Acerca de la improvisación del gobierno salvadoreño en el abordaje de la pandemia por covid-19 hay muchos ejemplos. Pero pocos consiguen ser tan masivos como el de todas las personas que, tras el cierre del Aeropuerto Internacional Monseñor Oscar Arnulfo Romero quedaron varadas lejos de sus hogares.

La forma en la que cada persona tuvo que hacer frente a esta difícil situación tiene como factor común que ninguno encontró el apoyo que esperaba de parte de las instituciones gubernamentales. A unos les faltó ropa, a otros les faltó medicina. Muchos hallaron consuelo en la caridad o en el cariño de amigos o familiares. Otros, menos afortunados, cuentan cómo se quedaron hasta sin comer. Y todo lo vivieron de forma paralela al ascenso de las crisis sanitaria, económica y social derivadas de la pandemia.

Las personas que quedaron varadas han sufrido daños emocionales y sociales que, difícilmente, las autoridades puedan, siquiera, calcular. Afuera, después de cinco meses, todavía hay gente que no ha encontrado la manera de regresar.

El objetivo de las medidas tomadas fue el evitar el contagio de la población y, con eso, proteger la vida de los más vulnerables. En el camino para conseguir esa meta, sin embargo, se vulneró una gran cantidad de derechos que nunca les tuvieron que ser restringidos los salvadoreños que estaban fuera del país. A ellos se les debió proteger más y se les debió dar más garantías por, para empezar, una mera cuestión humanitaria.

El reportaje de esta edición recoge el testimonio de una de esas personas que quedaron varadas. Fueron muchas las gestiones y solicitudes que hizo, pero, cada día, cada semana, cada mes que transcurrió sin que se abriera la posibilidad de volver obligó a este hombre a tomar una decisión extrema. Él, como muchos otros, hizo su propia ruta y regresó al país atravesando fronteras a pie y en balsa. Necesitaba, por encima de cualquier cosa, estar en casa.

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  • 30 agosto, 2020 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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