Sin identificar. Medicina Legal resguarda las oasamentas encontradas en cementerios clandestinos, para las cuales no se ha abierto una investigación. Ilustración de Moris Aldana

Esta es la última entrega sobre las desapariciones en El Salvador. A lo largo de un año, una vez al mes, nos hemos esforzado por entender y explicar un mundo que carece de sentido. Primero, hay gente con tanta fuerza como para desaparecer a otra gente. Segundo, hay gente en las instituciones públicas con tan poca fuerza que no es capaz de buscar tanto a los desaparecidos como a quienes los desaparecieron. Y, tercero, hay gente que así pasen días o años, no deja de buscar y no deja de sentir dolor ante la ausencia inexplicable de un ser querido.

En este país, esta situación no es nueva. Es una triste herencia de la guerra. Y, aunque hayan pasado casi 28 años desde la firma de los Acuerdos de Paz, aquí no se han hecho los ajustes necesarios para revestir de dignidad los procesos y brindar a los familiares de las víctimas toda la asistencia que necesitan. Ha sido solo hasta este año, y tras una intensa presión, que se creó un delito que se adecuara a la desaparición por violencia actual. Antes, ni eso.

En cada entrega, hemos sido testigos del abandono sistemático con el que se ha tratado este tema. Al margen de la formalidad de una denuncia, el común denominador es que las familias sean las únicas preocupadas en que la búsqueda se realice. No siempre piden justicia. El miedo está tan enraizado que con encontrar restos para saber a qué lugar llevar flores es suficiente. Así, la impunidad reina.

En esta entrega, la última, el periodista Ricardo Flores coloca la vista en ese lugar oscuro en el que se acumulan huesos sin nombre. Son los restos que brotan de la tierra en cementerios clandestinos sin que ninguna institución los hubiera presupuestado. Aparecen sin aviso y, por ello, no provocan abrir una investigación. Han sido encontrados, se puede decir, pero pasan a una especie de limbo de donde muy difícilmente van a salir para recuperar identidad.

La falta de recursos, aquí, se puede argumentar como razón de cualquier problema. Pero, esta vez, no se trata solo de eso. Se trata de una desigualdad hiriente, que asquea. Y que debería incomodarnos muchísimo a todos. Nosotros, como revista, cerramos hoy esta serie en la que hemos buscado, con distintas voces, elevar un grito. Falta, eso sí, muchísimo camino por recorrer a la par de los que buscan cerrarle paso al olvido.

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  • 29 diciembre, 2019 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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