“Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Sin rastro. En lo que va del año, la Fiscalía General de la República ha recibido más de 1,800 denuncias de personas desaparecidas. Foto de archivo / Moris Aldana

En periodismo no solemos permanecer. Entramos a los temas para descubrirlos y salimos de ellos llenos de testimonios y conocimientos, pero no nos quedamos. Llegamos, vemos, contamos y nos vamos. En la revista quisimos parar este mecanismo. Y durante todo el año, una vez al mes, nos hemos quedado a escuchar, con toda la atención del mundo, las historias de los desaparecidos y de sus familias.

No es lo usual, pero decidimos tomar el riesgo y caminar en este borde porque era indispensable subir el nivel del debate al tema. Lo que hemos ido descubriendo nos obliga a hacer cada vez más preguntas y nos causa muchas emociones; pero, sobre todo, nos duele.

Al margen de lo mucho que hayan avanzado las tecnologías de la información, el periodismo sigue siendo una profesión muy humanitaria. No podemos entender un fenómeno, si no trabajamos también en entender al individuo. “Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.

Solo este mes han desaparecido más de 190 personas. En todo este año, más de 1,800. Y estos son los casos que han llegado a las instituciones. En el camino ha quedado cualquier cantidad de víctimas que, para este país, no existen. No cuentan. No se investigan y no son buscadas más que por sus propias familias.

Esta es la deuda de un Estado que no ha sabido contestar con altura a las víctimas. Primero, no supo garantizarles seguridad. Y, después, no puede hacer que sus casos no caigan en impunidad. En El Salvador de casi 200 desaparecidos institucionalizados al mes, todavía estamos discutiendo cómo hacer para que la desaparición por particulares sea un delito. Estamos, aún, muy en lo que debía haber pasado hace décadas.

Esta es la séptima de nuestras entregas. Y va sobre la necesidad de contar con instituciones que ayuden no solo a aportar pruebas, sino que también a calmar angustias. Tener a un familiar de quien no se sabe nada es una muerte no dicha, no propia, no digna. Y, cada día, se suman más a esta condena.

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  • 28 julio, 2019 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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