El hambre no se combate solo al entregar dos libras de frijol y dos de arroz. Hace falta una transformación desde lo educativo y desde las políticas de salud.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Contaminación. El Lago Maracaibo, en Venezuela, está contaminado con petróleo. Según especialistas, la contaminación comenzó en la década de 1930. Foto de AP

En este país nos podemos preocupar por muchísimos problemas. Pero muy pocos nos revelan el tamaño de la desigualdad como la desnutrición infantil. Solo en 2018, casi 9,000 niños cayeron en desnutrición, todos menores de cinco años. Simplemente no tuvieron qué comer.

En el reportaje de esta edición, la periodista Wendy Hernández llega hasta uno de esos rincones en donde todos los días se libra una batalla descomunal por hacer que la comida alcance. Hay lugares en donde esta crisis llegó para asentarse y ha pasado a convertirse en modo de vida. El municipio ahuachapaneco de Tacuba lleva por lo menos 20 años peleando por arrancarle niños a la muerte.

Esta zona fue una de las que más afectadas quedaron después de la crisis del café de inicios de los años 2000. Desde entonces, hace casi 20 años, no ha habido manera de reactivar la economía de las familias. No ha habido suficientes campañas de asistencia social ni se les ha dotado de la información básica para mejorar sus condiciones de vida. Esas familias están condenadas a alimentar a 8 o 10 hijos con un sueldo mínimo e inestable.

El hambre no se combate solo al entregar dos libras de frijol y dos de arroz. Hace falta una transformación desde lo educativo y desde las políticas de salud. No se puede seguir tratando esta crisis con la esperanza de que sean algo transitorio. Estas familias necesitan ser parte de los cambios en los modelos de convivencia y de sostenibilidad.

En zonas como Tacuba, han pasado dos décadas tratando de salvar a niños, pero hasta que el daño está hecho, hasta que ya perdieron los años más importantes del desarrollo por culpa de la falta de alimentación adecuada. Es necesario poner en práctica una estrategia de atención que, más allá de resultados a corto plazo, busque cortar de una vez por todas las causas sociales del hambre. Hace falta un cambio en la forma en la que se concibe el génesis de esta injusticia.

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  • 20 octubre, 2019 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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