Carta Editorial

En el reportaje de esta edición, el periodista Stanley Luna cuenta cómo, gracias a la curiosidad y perseverancia de una persona, fue posible identificar áreas de pasto marino en la Bahía de Jiquilisco.

Esta vez es un pasto. Es uno marino, que tiene propiedades muy valiosas, al menos las que se pueden reconocer hasta ahora. Porque hace falta más investigación para poder otorgarle a este descubrimiento una justa dimensión. El Salvador mantiene escondidos una serie de tesoros, se podría decir. Y no, no es una frase bonita, porque significa que ha faltado voluntad o recursos para darlos a conocer al mundo. Y ha faltado, más importante aún, conocimiento para poder aprovechar lo que se tiene.

En el reportaje de esta edición, el periodista Stanley Luna cuenta cómo, gracias a la curiosidad y perseverancia de una persona, fue posible identificar áreas de pasto marino en la Bahía de Jiquilisco. Casi cada paso que se ha dado en esta investigación ha sido producto de ese mismo empuje que han tenido otros científicos que saben que están ante un descubrimiento de una gran magnitud. Ojalá el interés por la ciencia fuera masivo. Ojalá recibiera los recursos que reciben otras áreas. Ojalá aquí el foco estuviera en educar más en ciencia y no en armas.

Una educación distinta también ayudaría a acelerar mecanismos de protección que, por ahora, no se están ejecutando. Todo lo que sabemos es que en la Bahía de Jiquilisco, en El Salvador, hay pasto marino, pero hace falta hacer más estudios para determinar cómo se reproduce. Ante todo, también hace falta destinar recursos para protegerlo, porque, en la ignorancia, este hallazgo está a merced de cualquiera.

Muchas cosas cambiarían por acá si la ciencia tuviera más voz en la toma de decisiones. Si se le abrieran más espacios. Si se formara a la gente para valorarla y seguirla con entusiasmo.

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Séptimo Sentido

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