En salud, el asunto está más parejo: no hay para nadie. Pero en educación, la brecha no ha hecho más que crecer y crecer.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Nuevas rutinas. Niños de Latinoamérica dibujaron cómo se ven inmersos en un proceso de educación virtual.

La situación de la pandemia ha desnudado las desigualdades, sin duda. No se trata solo de tener o no tener dinero. Se trata de que por décadas perpetuamos un sistema en el que tener dinero ha significado también tener salud, educación, servicios básicos y, en toda regla, oportunidades para mejorar la calidad de vida.

Al no atender las alertas, al no hacer que estos derechos estuvieran al alcance de todos, sembramos la semilla de problemas mayúsculos. Aquí nunca se pensó en una estrategia que tratara a la salud, por ejemplo, como algo que no le puede faltar a nadie desde el momento en que nace hasta que muere. Contrario a eso, se fragmentó el sistema y se cultivó la idea de que lo privado es de mayor calidad. Y con la educación sucedió lo mismo. Lo privado se convirtió en algo no solo aspiracional, sino que, efectivamente, más conveniente también. Pero, ¿y quienes no lo pueden pagar?

Ahora, la pandemia colapsó hospitales y cerró instituciones educativas. En salud, el asunto está más parejo: no hay para nadie. Pero en educación, la brecha no ha hecho más que crecer y crecer. Los estudiantes que más tienen sufren el encierro y el estrés, pero se sientan frente a la computadora con un internet veloz a seguir, como se pueda, el proceso de enseñanza. Los que no tienen, y nunca han tenido, se han visto obligados a ver qué se puede lograr con celulares viejos o guías educativas impresas. Algunos definitivamente suspendieron y otro más se aferran con esperanza a los programas de la televisión educativa. Pero la desigualdad está. Es enorme. Es penosa. Y hay que reconocerla en todo su esplendor.

En la edición de hoy hay un repaso por cómo la región ha iniciado una carrera para adaptar los procesos educativos a esta nueva realidad. Esta en la que los niños ya no aprenden en un espacio homogéneo y colectivo con aulas y canchas. Ahora se acomodan en algún lugar de casa que, para nada, es igual o parecido al que pueda tener el resto de sus compañeros. En un proceso de aprendizaje, cada detalle importa. Y queda mucho por delante para evitar, a toda costa, que la educación termine de transformarse en un privilegio.

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  • 9 agosto, 2020 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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