Aumentar condenas estaría bien si, al mismo tiempo, mejorara la capacidad de investigación, el interés, el respeto hacia las familias y las víctimas.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Ilustración de Moris Aldana Crímenes. De 2017 a la fecha, las organizaciones que promueven los derechos LGBTI registran 22 asesinatos de mujeres trans.

En menos de un mes, tres mujeres trans han sido asesinadas de manera muy violenta. Al cierre de esta edición, una más estaba desaparecida. El nivel de alarma por esta situación ya ha escalado hasta la Organización de las Naciones Unidas, que insta a las autoridades a acelerar las investigaciones, ya que el factor de transfobia es evidente en estos crímenes.

El punto acá es preguntarnos si esta atención no está llegando muy tarde. La esperanza de vida para una mujer trans es de 33 años. Sus posibilidades de educación y salud están muy por debajo del promedio. La discriminación obliga a las mujeres trans a migrar en condiciones deplorables o a permanecer en este país y aceptar ejercer trabajos en donde no se les respeta ningún derecho laboral.

Para las mujeres trans, el trabajo sexual sigue siendo prácticamente la única oportunidad de obtener ingresos. La capacitación y la posibilidad de poner un negocio llegan solo después de mucho esfuerzo, cuando ya tienen algún apoyo económico para dejar la calle. Esta es la historia de muchas. A tantas más, sin embargo, las han asesinado antes. Es el caso de Camila, cuya historia de un frustrado adiós a las calles cuenta en esta edición el periodista Stanley Luna.

En 2015, el Código Penal fue reformado para aumentar las penas e incluir el agravante de crimen de odio. No basta, sin embargo, porque este colectivo sigue siendo vulnerable en vida. Lo es cuando se le cierran las puertas de educación, salud y trabajo. Aumentar condenas estaría bien si, al mismo tiempo, mejorara la capacidad de investigación, el interés, el respeto hacia las familias y las víctimas y, con esto, bajara el índice de impunidad en los asesinatos de mujeres trans, un indicador que seguramente es altísimo, pero que, por el momento, ni siquiera se puede sacar. No hay registro.

Hay desprotección. Hay discriminación. Hay odio en distintos niveles. Falta empatía. Urge poner en marcha más medidas para visibilizar de manera integral a este colectivo y reducir así la brecha de desigualdad.

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  • 1 diciembre, 2019 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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