Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Quizás habré tenido unos nueve años, en segundo grado, escuela pública «Antonio Rosales», de San Miguel, cuando llegaba a conversar a la barbería «La flor»; a unas cuatro cuadras frente al parque del cementerio. Además, el barbero tenía los periódicos para servicio de sus clientes, yo era uno de ellos, y a él le gustaba conversar conmigo. En ese entonces ya leía los diarios en una venta de granos cerca del mercado. El propietario, don Chico Estrada, me permitía pasar por su negocio a leer, los días de semana, al regresar de la escuela a mi casa. De modo que, a esa edad ya estaba informado en temas de mi interés, tiras cómicas en primer lugar. Todo un paraíso para un niño que podía defenderse solo en la calle, ¿Edad de Oro de la época?

Al barbero don Saúl le interesaban las noticias internacionales. «Y a vos cipote, ¿qué clase de noticias te gusta leer?». Le respondía que las nacionales porque las internacionales eran noticias muy lejanas. Yo le repreguntaba «¿Y a usted porqué le gustan las internacionales?». Me respondía que los barberos usaban instrumentos fabricados en Alemania, y en tiempos de guerra (Segunda Guerra Mundial), era difícil conseguir navajas y tijeras, marca Solingen. «Son las mejores del mundo», me decía.

Reflexionando sobre uno de los elementos de mi trabajo humanista, como es el periodismo cultural, he tenido tiempo de reflexionar sobre la vocación no solo de la lectura, sino la de estar informado. Gracias a ello quise conocer la realidad desde chiquillo, pude experimentar escritura creativa a temprana edad, y alternar con mayores.

Sin información es difícil adivinar, pese a profundidades teóricas: se debe convivir con las realidades terrestres. Conocer y formarse con libros, informarse con periódicos, analógicos o digitales, incluso con redes sociales, todo es viable para la lectura. Por ella se conocen desánimos, pasiones, ira social; para descubrir la otra realidad del pensamiento creativo, no dogmático, sin prejuicios.

Todos esos medios formativos propician diferentes grados de conocimiento: se reflexiona para fortalecer el espíritu crítico, que conlleva proponer ideas constructivas. Aunque en los primeros veinte años de paz, pocos ocupamos los espacios reflexivos para sanar las iras sociales, provenientes de lesiones físicas o sicológicas, propio de un país con tantas tragedias históricas.

Y por lo general, esas limitaciones del pasado reciente se revierten en negativismo para la convivencia; dichos vacíos producen animosidades muchas veces injustificadas: problemas sicológicos producto de exclusiones e inequidad que afectan la convivencia y la paz social.

La información, que tiene como fuente todo tipo de lectura, podría reconstruir nuestros sistemas biológicos, incluyendo defensas inmunológicas, porque recrea, y produce actitudes sensibles, importantes para adquirir una cultura de reconstrucción. Con lo cual ganamos porque podemos disfrutar de buen ánimo, incluso alegría, para anteponerse a la ira, a ansiedades y al estrés que destruye el sistema inmunológico, explicables por los vacíos que tenemos a lo largo de la historia. La idea es neutralizar el círculo sin fin que afecta nuestro bienestar físico y psíquico.

Recuerdo que leí en el Washington Post (mediados de los años 80) sobre una visita hecha por psicólogos norteamericanos que conocieron la zona de guerra en Guazapa, decía la nota que «de no parar el conflicto en estos momentos, El Salvador sufrirá graves consecuencias por las tres generaciones futuras». La prisa por cubrir grandes vacíos institucionales no permitió atender las secuelas. Como consecuencia, el costo ha sido trágico en los últimos treinta años.

¿Qué podemos decir ahora que nos asola una guerra global como una pandemia asintomática hasta presentar resultados impredecibles? Si con una guerra tradicional ya no fuimos los mismos, desde ese punto de vista anímico, ¿que podría suceder con un virus inesperado, destructivo en sus efectos inmediatos, al grado que analistas internacionales lo asimilan a una tercera guerra mundial? Por esa razón el mundo está obligado a ganarla juntos. Los humanos la transmitimos, los humanos estamos obligados a ganarla. Todos formamos parte de esas «fuerzas aliadas». Por eso, ahora más que nunca requerimos solidaridad planetaria.

Es la hora de crear pensamiento efectivo que nos lleve a las renovaciones que nunca fueron posibles a cabalidad, un esfuerzo intelectual (concepto tan detestado), cuya bandera concilie todos los matices. Somos pasajeros asociados de un planeta que se expande al futuro.

Sabemos que subsisten otras tres pandemias que provocan hasta tres millones de muertes anuales: la tuberculosis, la malaria y el VIH; pero la característica de la actual, que muchos minimizaron como una gripe agravada, es la velocidad con que afecta al mundo antes de reacomodarnos para combatirla. Todo pareciera impredecible, y la incertidumbre se vuelve negativa para el buen ánimo defensivo.

La preocupación en nuestro país tiene dos frentes sensibles: el comercio informal, que responde a pobreza centenaria (hace cien años lo escribió Alberto Masferrer y murió por intentar resolverla); y las remesas. Ante eso vamos a requerir madurez participativa y sensibilidad hacia los demás. Si queremos salir de la crisis hacia la renovación social y económica del país futuro, debemos cultivar motivaciones, y sueños con el deseo de vivir.

Economía y educación: estructuran el bienestar de las naciones, mantienen la armonía social. El teórico de la economía capitalista Adam Smith en su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» (1759), afirma: «Por más egoísta que parezcamos los humanos, hay elementos que nos hace interesarnos en la felicidad de los otros (…) ni el mayor malhechor, o transgresor de las leyes carece del todo de estos sentimientos». Son palabras maestras para darnos aliento. Pensamientos, algunos milenarios, dirigidos a la humanidad con gran intuición para remontarse sobre los siglos. Palabras y advertencias base de la cultura occidental.

Veámoslo si no con Salomón, (hace unos 6 mil años): donde figura la frase conocida: «Nihil novum sub soli», es decir: «¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol», Libro del Eclesiastés. Demos gracias entonces a la vida. Quedemos en casa. Socialicemos con tecnología.

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  • 12 abril, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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