Cuentos de camino real y otras experiencias

En mi pequeña infancia, entre seis y siete años, ante carencias de libro, tuve un amigo narrador de cuentos de apenas diez años. Había, además, otro amigo de mi edad que podía obtener dinero de la tienda («gavetazo») de su madre para pagar un centavo de colón al amigo mayor por cada tres cuentos contados, toda vez la narración tuviera los temas que le pedíamos: «Queremos un cuento sobre un gato negro en la oscuridad». O le pedíamos de chistes colorados, o de espantos. El narrador se inventaba o recreaba el cuento, entre otros los de Pedro Urdemales, una picaresca que proviene de la edad media; o cuentos de Quevedo (¿de dónde diablos salían esos cuentos de picardía chabacana que lo homologaba a Urdemales?). Pero nuestro amigo de diez años tenía agilidad para hacer de su ingenio un medio para ganarse unos centavos.

El niño contador de cuentos se llamaba Alfredo Sánchez, de los primeros emigrantes que conocí. Siendo adolescente partió Guatemala en búsqueda de trabajo. El niño «gavetero» era Leonel quien ya no está es este mundo. Y, de mi parte, me separé de ellos para ir a «rodar tierra» por los barrios de San Miguel, alquilando una u otra casa. Poco supe de ellos en nuestra vida de adolescencia y adultez.

Las fantasías de infancia nos hacían inventar los temas que pedíamos a nuestro amigo narrador, y él era toda una antología imaginaria de cuentos, que le permitía ganar seis centavos por las noches. Los tres bañados por el polvo de las estrellas, (así le decíamos a la luz estelar que iluminaba los techos de tejas de la ciudad de colonial). La tienda de la madre de Leonel Estrada era nuestro banco saqueado por su hijo para poder pagar a Alfredo.

Nunca los olvidé. Quizás fueron ellos, uno por pagar, y el otro por contar fantasías del pequeño mundo que nos rodeaba, los que me fortalecieron a edad temprana de cultura marginal, que se logra más por lo vivido que por lo leído, una forma de encontrarse con la cultura de la realidad, contactando personas, ciudades, experiencias, deslumbramientos, emociones, y golpes de la cotidianidad. Ahí donde se esconden valores de alto contenido humano. Es de donde «surgen la bellezas del arte»: el poema, la pintura, la música. Y en especial el teatro de nuestra vidas que «van a dar al mar/ que es el morir;/ ahí van los señoríos/ …ahí los ríos caudales/ ahí los otros medianos/ y los chicos/ …los que viven por sus manos y los ricos. («Elegía a mi Padre», Jorge Manrique -1440-1479- traducción libre del español antiguo, que me influyó en mi poesía temprana).

Aquellos cuentos de cipotes en San Miguel, fueron claves para apropiarse de una vocación. Y «rodé tierra», ahora más distante, por propia voluntad o en contra de ella, ausente más de 25 años fuera de la patria natal, en realidades propias del tercer mundo. Algunos ganan, otros pierden, incluso la vida. De mi parte, tuve el privilegio de la nostalgia que me hizo aprovechar las fantasías de aquella infancia o juventud para usarla en mi poesía o narrativa. Una semilla sembrada en un barrio de San Miguel, bajo el polvo luminoso de las estrellas.

En ese rodar de tierras distantes, me encontré con un amigo compatriota, (¿dónde estarás ahora, Paco?). Abogado inteligente, peleador, desde su adolescencia había viajado con su padre, un diplomático de las alturas. En un encuentro que tuvimos hablamos de ciudades, las que nos habían impresionado. Le mencioné las primeras que me vinieron a la mente, pensé sobre todo en su arquitectura: Brujas, Amsterdam. Le pregunté a él, como viajero, cuál era su ciudad favorita. Sorpresa. Pensó un poco y me dijo: San Miguel. Este detalle al parecer simple volvió a fortalecerme para escribir dos novelas que llevaba en mente: «Siglo de O(g)ro» y «Milagro de la Paz». Descubrí la energía creativa de apreciar el pequeño mundo, con valores suficientes para homologarlos con expresiones culturales del gran mundo. Porque la globalidad cultural no admite diferencias. Resulta igual dar un conversatorio en Oxford, en Stanford, Boston o Estocolmo, u ofrecerla en el humilde cantón llamado Loma del Muerto, en Sonsonate, siempre hay un gran estímulo proveniente de niños y niñas de cuarto grado. Para un escritor, o trabajador de cultura, comparecer allá o aquí tiene igual trascendencia en la búsqueda del desarrollo humano.

A ese propósito detecté en visitas al área de Maryland, Virginia y el D.C., que muchos compatriotas quisieran seguir siendo salvadoreños, «a la salvadoreña». Algunos tienen aves domésticas en sus apartamentos, donde los cacareos de los gallos a las cuatro de la mañana parecen ruido terrorífico. O bien, venden «minutas» (o «raspados») en Langley Park, y piña y sandía tasajeada. Ese encontronazo cultural lleva a cambios evidentes, nosotros ya no somos los mismos. Sabemos del respeto a los valores étnicos, a los derechos de la mujer, y a las opciones sexuales. La inteligencia natural de nuestra gente ha pasado por tantos hitos trágicos que hacen fácil el aprendizaje, si se cumplen normas de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Hay que aprender de lo que asombra y enternece.

Pero, entonces, hubo un 11 de septiembre de 2001. Los Estados Unidos, donde emigra la mayor parte de nuestra gente, ya no es lo mismo. La destrucción de sus torres emblemáticas produjo cambios en la emotividad nacional que trascendió a la vida pública. Los impactos emotivos superan la voluntad institucional.

Describo una escena que ya no veré: temprano por la mañana, algunos duermen en el suelo en una clínica comunal; otros están sentados en el suelo, descansan a la sombra de un árbol, esperan a ser llamados para un trabajo, son las personas humildes que logran sobrevivir sin documentos. Nuestra gente que dejamos a la buena de Dios. Los tristes más tristes del mundo, nuestros compatriotas y hermanos, como dice Roque Dalton. Grabadas en piedras sus tragedias, buscan un salvavidas ante los vacíos de una patria que no pudo abrazarlos.

Las cuatro vidas de Roberto Armijo

Visité a Roberto Armijo unas cinco veces en su tercera vida. Cuando él vivía entre el barrio histórico de Montmartre (ver película «Amélie», y de Edith Piaf), a dos cuadras del Folies Bergere y el Moulin Rouge, ambos en plaza Pigalle, y a cinco cuadras de la basílica del Sagrado Corazón, cercana a la plaza de los grandes pintores, Picasso, Dalí, Matisse, que trabajaron en ese lugar (Place du Tertre). El poeta me recibió siempre con una botella de vino, el de más bajo costo entre los de calidad, el Côtes du Rhóne, acompañados con sopa de frijoles con hueso de cerdo. El poeta fue un gurmé de tercer mundo en París, donde vivió 27 años, su tercera vida.

Comentábamos su literatura y los dramas del destierro, lejano de la patria física y cultural que dejó en El Salvador. Patria que solo ofrece el refugio de los recuerdos, con nostalgias enriquecedoras; pero también tristeza por los desangramientos de la guerra. Esa que 50 años antes Salarrué asoció con terruño; pero la describe con ira en «Mi respuesta a los patriotas»: «Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza, la tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores y creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo…». Y que continúa golpeando en esta época hasta obligar a abandonarla. Así vio Roberto Armijo su patria en su tercera vida parisina.

La primera vida, testimonio de su infancia está expresada en «El Asma de Leviatán». La segunda la resume en los poemas publicados en la antología «De Aquí en Adelante», y en su poema al padre (Roque Dalton lo pone como epígrafe en su novela Pobrecito Poeta) y que comienza: «Una vez más la patria me duele dentro de mí…».

En esa primera vida ocurrió su primera muerte en Chalatenango, narrada en su novela. Nunca hablamos de esta muerte. Ocurrió cuando estudiaba la educación media. Los estudiantes del instituto, ahora llamado INFRAMEN, llegaron con coronas de flores a Chalatenango; pero los familiares salieron al encuentro de los jóvenes para que dejaran las flores en la calle, pues Roberto había «revivido».

Después de dicha resurrección comienza su segunda vida de limitaciones, grandes pobrezas, ¿cómo comprar libros para disfrutar su gran pasión de la lectura? Esa que como dije resume en poema dedicado al padre y en «De Aquí en Adelante». Entonces tuvo la suerte de encontrarse con dos personas que lo apoyaron en su temprano desarrollo intelectual. Sus maestros del INFRAMEN le dieron acceso a sus bibliotecas privadas, Alberto Rivas Bonilla y Ramón López Jiménez. Hizo otros amigos que lo apoyaron, caso Pepe Simán. También tuvo gran apoyo para paliar su enfermedad en su padrino, médico, miembro de las tantas Juntas Cívico Militares de gobierno (1961), José Francisco Valiente.

El drama juvenil de Armijo fue la dolencia de un asma cruel; y en esa época tenía tres hijos: Rabín (conocido como Claudio); Manlio (conocido por Juan, muerto en la guerra) y Roberto, abogado. También el poeta estudió Derecho. Solo hizo dos años por enfrentar las angustias económicas ante su familia temprana.

En su tercera vida de la diáspora en Francia procreó un hijo a quien conocí de tierna edad: Rodrigo Odiseas. Hay una fotografía en la Revista Cultura, número 121, 2017, junto a su madre y padre y este servidor.

Pasados los años Odiseas ya tiene tres hijos y uno de ellos se llama Manlio Armijo. Así es, el poeta Armijo proyectó ese nombre inusual al bautizar a su segundo hijo como Manlio Armijo (Juan); y éste tuvo otro Manlio Armijo, quien años más tarde nominó a su primer hijo con el mismo nombre. Creo que la patria real, y la nostálgica de la diáspora produce estas rarezas generacionales.

La muerte de Manlio, conocido como Juan, fue dolor constante del poeta Armijo, por la forma de su muerte, sus restos permanecieron varios días tendidos a campo abierto sin que nadie pudiera acercarse. Nunca lo superó su tragedia, y quiso resucitarlo en sus poemas, así como él mismo había resucitado para vivir su segunda vida.

En París, vivía rodeado de poesía. «En búsqueda de nuevos universos e historias de mundo… escuchando en sueños los bramidos de tigres y lágrimas…», leyendo los clásicos para conocer «la historia del mundo y el porvenir del universo». Los versos entrecomillados son de «La Tortuga Ecuestre», México, 1938, del poeta peruano César Moro, otro que sufrió destierro en Francia. Cito al peruano Moro, por ser de la misma nacionalidad que el poeta más amado por Armijo: César Vallejo, que murió «en París con aguacero».

Los tres poetas construyeron una patria de nostalgia, contrapuesta a esa patria terruño y dolida de Salarrué, no menos dolorosa que la patria llevada a rastras por desiertos, muros y crímenes. «Como si la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!», dice Vallejo para definir esa otra patria, que asoció a su cadáver triste, pero capaz de alzarse lentamente «para abrazar al primer hombre y echarse a andar», todos aquellos nacidos en el día «en que Dios estuvo enfermo», (Los Heraldos Negros, Lima, 1918). Versos de dos peruanos que nos rememoran resurrección y vivencias de Armijo en su primera vida.

La cuarta vida de Armijo inicia al morir, (1997), con la edición y reedición de su literatura. Por la que estaba dispuesto a ofrecer su sangre. Por esos poemas, teatro y ensayos escritos en el barrio parisino, y que ahora traspasan el tiempo, despierta para ofrecernos una cuarta vida de valores literarios.

Nuestro poeta lo percibió años antes: «Seré llevado a la muerte pero sobreviré, blandiendo mis versos, porque en ellos soy grande… y la Patria nos acogerá… como acoge un padre o madre a un hijo ciego…». Esa es la patria de la nostalgia; existente e inexistente

El valioso silencio de Francisco Gavidia

Me une con Francisco Gavidia varias circunstancias formales de la vida: ambos somos de San Miguel, y nacimos en la misma calle, apenas separadas las casas por tres cuadras. Algo más, Gavidia tuvo récord como director de la Biblioteca Nacional (13 años); en esto ya lo superé pues, pronto, si Dios es grande, como decía mi madre, cumpliré 20 años como director de la misma entidad; también ambos terminamos los estudios de Leyes, aunque nunca la ejercimos; y los dos tuvimos un padre abogado.

Aunque de don Chico Gavidia se ha escrito mucho en el pasado, me sentí confundido cuando estaba en proceso de escribir mi novela «Los poetas del mal». Esta obra de sana ironía trata de la palabra y la vida. Por eso pensé en Francisco Gavidia y en su sello más resaltante del que se nos hablaba desde niños en el sistema escolar. Me refiero a su relación con el poeta nicaragüense Rubén Darío, un hecho que más parecía una leyenda. Sin embargo, en la obra «Autobiografía», del nicaragüense, descubrí que dicha leyenda era una realidad.

En ese proceso de escribir mi libro mencionado, referido a los males que se nos atribuyen a los escritores de poemas, más por la incomprensión del receptor que por la palabra transformada, me hice la pregunta relativa al silencio del humanista por antonomasia de El Salvador. Mi respuesta afectaba a Gavidia, porque, hasta entonces, desconocía el origen de ese silencio y aislamiento (tomar nota: sin información no hay conocimiento).

No desconocía que ambos eran casi de la misma edad (dos años mayor el salvadoreño que el nicaragüense); pero, además, Gavidia murió a los 92 años (1955); y Darío, su maestro inicial, falleció a los 49 años (1916). ¿Por qué, entonces, nuestro poeta salvadoreño se había cobijado en el silencio de la palabra escrita cuando, por su poder, podía sonar como un aullido mostrando su presencia? Mientras el nicaragüense optó por gritar a un auditorio universal.

Cuando los dos eran muy jóvenes, de visita el nicaragüense en San Salvador, su amigo salvadoreño le hizo ver al visitante adolescente las nuevas métricas y la musicalidad poética, algo que los españoles no habían descubierto, pese a su gran canon literario. Darío se adelantó para mostrar la renovación poética de nuestro idioma, mientras su maestro se encerraba en sus sabias palabras.

Francisco Gavidia había recibido al poeta nicaragüense de visita en El Salvador, cuando este tenía 17 años, y Darío se encontró con un estudioso de 20 años. En esa ocasión el salvadoreño señaló al nicaragüense la ruta para una nueva poesía.

Ante eso, pensé que el descubridor se había distanciado del territorio descubierto, mientras el nicaragüense salió en búsqueda de los territorios mundiales de la literatura.

«Tienes que salir de estas tierra» –a Chile, sugirió el general y poeta Juan José Cañas. El joven Darío, pobre de bienes, abandonado por padre y madre, a diferencia de Gavidia, de padres terratenientes, le respondió a Cañas: «¿Pero, general, cómo me voy a ir a Chile si no tengo recursos?» Su consejero respondió: «Vete a nado aunque te ahogues en el camino» (Darío. 1983. «Autobiografía». pág. 34). Y luego reconoce como maestro a Gavidia, «el primero que ensayara en castellano la métrica francesa, pues dominaba muy bien el idioma francés». «De ese modo, de la lectura de los alejandrinos franceses (de Víctor Hugo) surgió en mí la idea de renovar la métrica», continúa Darío… (op. cit. pág. 47).

Darío era poeta, pero también de relevantes creaciones en prosa. Mi duda al escribir sobre Gavidia surgió del hecho de que este había vivido 41 años más que Darío, quien solo tuvo educación formal hasta cuarto grado. Por lo contrario, Gavidia fue un gran estudioso, vivía en su biblioteca escribiendo historia, poesía, narraciones, periodismo, filósofo, dramaturgo, además de manejar varios idiomas: francés, alemán, inglés, italiano, portugués, hebreo, latín y griego.

En fin, Gavidia pasó una odisea de su genio, como dicen en su obra asociada Roberto Armijo y Pepe Rodríguez Ruiz («Francisco Gavidia, la odisea de su genio». 1965). ¿Fue acaso su silencio y soledad la ruta de su odisea? Lo que no ocurrió con Darío, quien clamó por un lugar a su poesía haciéndose acompañar aun de quienes no creían en él, comenzando por escapar de Centroamérica, como le sugirió el general Juan José Cañas.

Fue ese silencio y encierro incomprensibles lo que quise expresar en «Los poetas del mal», lo cual calificaba como una aventura sumisa a las penas y dificultades adversas, comprensibles para países poco abiertos al pensamiento de la época. Porque la literatura, las expresiones culturales, poco audibles, hay que gritarlas para que surtan los efectos necesarios e incidan en el desarrollo social. En ese proceso de escribir mi novela, escuché una conferencia de Carlos Cañas Dinarte que me hizo cambiar la valoración que ya había escrito sobre Gavidia. Entonces, reparé los motivos del silencio y del encierro, comprendí las grandes dificultades para enfrentarse a una vida que está en todas partes, y para él solo estaba su buró de escritor.

Explico mejor mi revaloración: en «Autobiografía» (pág. 47) el poeta Darío escribió que «sucedió que recién llegado a París (Gavidia de 22 años) oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban… e incontinente se arrojó al río (el Sena), afortunadamente, alguien lo vio y pudo salvarlo». Gavidia explicó después que lo hizo después de leer una noticia que se condenaba a muerte a un inocente.

Sobre esto el periodista Óscar Girón, (septiembre de 2001) al hacerle entrevista a un nieto de Gavidia le confirmó que su amado abuelo sufría alucinaciones, porque joven sufrió un conato de derrame cerebral. Esto obligó a Gavidia a retirarse de las letras cuando tenía 21 años. Desde entonces, optó por un silencio para hablar con las letras. Un silencio que grita para romper los muros del tiempo y de la indiferencia.

Una novia vestida de negro

Cuando estuve asignado al Archivo General de la Nación hice gestión para construirle un edificio. Casi funciona porque se me dio la posibilidad concreta; pero se frustró la idea. Otra gestión interesante fue conseguir copia de los archivos de Consuelo Suncín, «la rosa del Principito». Por razones de celo en Francia, esas gestiones, hay un muro para llegar a dichos archivos, si se trata de un salvadoreño. Preferí no chocar, pues se arriesgaba a poner más bloques al muro, aunque mi intención era recuperar un personaje mujer protagonista de nuestra memoria histórica.

Aunque en diferentes ámbitos se aspiraba a rescatarla, como se logró rescatar al general salvadoreño José María Cañas, gracias a Costa Rica, héroe de la Guerra Patria Centroamericana, gesta heroica como para escribir «una épica homérica», como dice el filósofo tico doctor Arnoldo Mora.

La importancia de esa epopeya es haber frustrado las pretensiones de convertir a Centroamérica en zona de esclavos, tema que ahondo en la novela «Así en la tierra como en las aguas» (2018. EUNED, Costa Rica. 284 págs.). Esclavos no en sentido figurado, esclavismo de verdad, como podemos ver en el filme de Quentin Tarantino «Django sin cadenas». Pero «mejor no meneallo, Sancho».

Continúo con Consuelo Suncín. Se casó vestida de negro, y eso originó otro de los tantos rechazos sufridos por la aristocracia francesa: afirmaban que su boda con Antoine Saint Exupéry, la salvadoreña lo consideraba un día de luto, un luto que rememoraba a Enrique Gómez Carrillo, guatemalteco, de quien había quedado viuda. «Era el mejor espadachín de París y llamado ‘Príncipe de la crónica en Europa’». Muchos intelectuales europeos suspiraban para que sus libros llevaran un prólogo de Gómez Carrillo ¡Imagínense dos centroamericanos! Quien lo pensaría en estos momentos de caravanas y niños detenidos en las fronteras en condiciones deplorables. Los dos escritores centroamericanos hacen ratificar el dicho salvadoreño de que «no somos tan cinco de yuca»; pese a las tragedias vividas después de la actual posguerra en la región, denominada como Triángulo. El misterio del luto lo revela el libro que comento.

Mi esfuerzo por promover la figura de la salvadoreña partió de ¡un japonés! Sus amigos le llamamos don Yuki; y creció mi interés en la década de los noventa, cuando aquellos archivos amurallados fueron abiertos al periodista francés Alain Verdicolet, quien descubrió las «Memorias» de nuestra compatriota, publicadas simultáneamente en tres idiomas: en Nueva York, en París y en Madrid (2000). Por eso los círculos intelectuales europeos lo denominaron «año de la resurrección de Consuelo Suncín».

Insistí en pedir copia de los archivos por ser patrimonio salvadoreño. ¡Para qué lo dije! Ahora están vedados a los salvadoreños. Me guardo la razón. Pero lo importante es que después de Verdicolet se logró una nueva apertura de esos archivos, que ha permitido escribir una biografía por dos académicas francesas en 2010. Previo, mantuve contacto con una de las autoras. Aunque después reparó que su amistad con un salvadoreño estorbaba el acceso a los archivos. Y salió la biografía titulada «Une Mariee Vetue de Noir» («Una novia vestida de negro». París. 630 págs.).

Antes de 2000 Paul Webster había roto el silencio sobre la salvadoreña. Dice en su libro: «La denigración no disminuyó ni 20 años después de su muerte» (Consuelo murió en 1979). Luego Verdicolet en 2000 tuvo acceso a cartas, documentos y libros, considerado año de la resurrección de la que había sido esposa de Saint Exupéry y descubrió las «Memorias».

El descubrimiento siguió en 2010. Dicen las autoras: «Francia la olvidó mientras construía los numerosos monumentos en honor del héroe Saint-Exupéry». Esta en una entrevista opina: «La rosa es Consuelo: los tres volcanes son los volcanes de El Salvador. Los tres baobabs son las tres ceibas a la entrada del pueblo de Armenia, en El Salvador. La rosa que tose es Consuelo, que sufría de asma… Las otras cinco mil rosas pueden ser las otras mujeres de Saint-Exupéry, pero para el Principito esas rosas no valen nada, la única que vale es su rosa».

La biografía contiene fotos, documentos íntimos, cartas y grabaciones audiovisuales realizadas por Consuelo antes de morir. Y se logró ordenar y «rescatar de ese desorganizado archivo toda la parte hispana que había sido sistemáticamente ignorada», dice la autora, quien agrega que la pauta para el desarrollo de «Una novia vestida de negro» la dio Consuelo Suncín: «En 1978, sintiéndose morir, sentía escribir le era más difícil, y decide grabar sus recuerdos, contar la verdad sobre su vida», agrega mi amiga autora (Debo agradecer que mi amiga autora me envió dos ejemplares del libro).

Antes de su muerte Consuelo declaró: «Cuando nos casamos él no era famoso, sino un joven desconocido. Yo también era joven… Mi marido (Antoine) desapareció a los 44 años, (sin conocer la fama)… de eso no nos preocupábamos… (porque) una no tiene un espejo permanentemente, se trata de crecer y desarrollarse como ser humano, es lo más importante». Alguien me dijo un día: «Usted se casó con un hombre famoso», y yo le respondí: «No, yo solo escogí a un desconocido aviador… Desgraciadamente, puedo decir que si Antoine tuvo fama y éxito como escritor no pudo darse cuenta; no pudo vivir ese prestigio pues había muerto antes de alcanzarlo» («El Principito» se publicó en inglés en Nueva York [1943]), cuando Saint-Exupéry se había incorporado a la guerra como aviador. Años después, su libro es de los más traducidos en el mundo. Y no es una obra para niños, sino «de un niño». Esto me hace recordar «Cuentos de cipotes». «No se trata de un libro para niños», dice Salarrué, «sino sobre niños».

Nota bene: «Si no te gusta un libro no lo leas; si no quieres leer no lo hagas. La lectura no es una moda, es una forma de felicidad, y no debe obligarse a nadie a ser feliz», Jorge Luis Borges, poeta argentino y bibliotecario por antonomasia.

Memoria histórica y voz poética

Naciones Unidas tiene un programa (Memoria del Mundo) en el que participan la Biblioteca Nacional; bibliotecas universitarias, que suman nueve instituciones, en que se prioriza a promotores de la palabra. La memoria histórica rescata la voz literaria en tanto tiene de historia del pasado trascendente memoria de valores para conservar y recopilar documentación, visibilizar las personas que con su voz se convirtieron en testigos o protagonistas de su tiempo. Rescatarlas del olvido es fortalecer el desarrollo de los valores que sostienen una nación.

Esta vez quiero referirme a dos escritores, hermanos de la voz creativa.

Son dos escritores que conocí muy bien, aunque los ámbitos de encuentros fueron diferentes: como estudiantes en la universidad con Roque Dalton; y Escobar Velado como conversador de poesía alrededor de una taza de café. Con el primero predominaba la vocación organizativa del joven por participar como civiles en buscar soluciones sociales y políticas, al grado que ya a los 23 años se experimentaron las primeras expulsiones forzosas del país. Explico mejor para quienes no conocen esa época en la que las organizaciones partidarias eran inadmisibles, y si lo permitían, se consideraba una misión imposible, había que sustituirla por foros universitarios y expresiones públicas; porque la primera legislación sobre partidos se dio a principios de los sesenta del siglo pasado y la dictadura venía desde 1932. Escobar Velado murió en 1961, a los 42 años. No vivió esa legalidad política buscada. Antes de esos años organizar un partido político era labor de soñadores que terminaba en pesadilla.

Cuando menciono mis diferentes ámbitos de encuentro con uno y otro, lo relaciono con el hecho de que con Dalton éramos de la misma edad, mientras Escobar Velado era un abogado establecido, como hermano mayor nos duplicaba la edad. Pero ambos tuvieron como punto común que hicieron del poema una razón de vivir. Cualquier encuentro culminaba en la temática poética.

No importaba si Dalton le diera más relevancia a escribir poesía de ideas, razón por lo cual muchos críticos más de alguna vez lo han marginado cuando se refieren a poetas latinoamericanos, aun sus mismos promotores como Mario Benedetti (hizo una antología fundamental, pero no se arriesgó a hacerle un prólogo). Pienso que analizar a nuestro compatriota implica un compromiso, requiere el manejo de un entorno específico. De mi parte, por entender mejor ese entorno (tan diferente al Uruguay de Benedetti) le he prologado dos antologías. Aunque en el país hay escritores (Roberto Paz Manzano y Luis Melgar Brizuela) que han ido a fondo para descubrir el valor literario del poeta; pues hay discrepancias nacionales por parte de voces críticas, escasas, que juzgan al poeta en su contenido político.

«Lo importante en un poema es decir cosas», afirmaba Dalton al dialogar con sus hermanos de literatura. Significaba expresar una idea por sobre la estética formal; lo cual implicaba conocer las claves del lenguaje poético, por lo cual no es válido de aplicar el calificativo de poesía panfletaria.

Ese insistir en ideas lo llevaron a un final trágico, porque los jóvenes lo vieron como un competidor teórico para lo cual no tenían argumentos («Memorias de un guerrillero», de Juan Ramón Medrano). Lo acusaban de haber escrito poesía («Poemas clandestinos») para repartirlas al público y ganar notoriedad, cuando él ya la tenía con creces. «Nosotros no teníamos ni siquiera una idea cercana del enorme error político e histórico que se había cometido», dice Medrano. Similar testimonio nos da Carlos Eduardo Rico en su libro «En silencio tenía que ser, testimonio de guerra». Tanto Medrano como Rico estuvieron con la organización que cometió el crimen.

Casi tres décadas antes Escobar Velado fue expulsado de su país hacia Guatemala, Nicaragua, Costa Rica («Diccionario de autores salvadoreños», Carlos Cañas Dinarte). Pese a escribir una poesía más emocional: «lo que duele en el corazón». Pero aspiraba a multiplicar su voz más allá del poema, en búsqueda de una concientización nacional.

Sin pretender comparaciones, y en otro contexto, Alberto Masferrer y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero hicieron de su voz un medio para la redención social.

De generaciones distintas, pero de formación similar (ambos se formaron en el Externado de San José y en la universidad). Sin embargo, la voz poética de Dalton expresaba lógica formativa, quizás didáctica. Igual Escobar Velado, pero predominaba la sencillez paternal. Y así, ambos fueron víctimas propiciatorias de la realidad que quisieron cambiar. Velado partía desde su corazón; Dalton desde su intelectualidad poética y lógica. Con esas diferencias los dos poetas fueron blancos de la cultura autoritaria, porque ambos demostraron que la poesía era capaz de hacer ver los vacíos del país. El uno desde su sensibilidad emotiva. El otro convencido de que la poesía no estaba hecha solo de emociones y palabras, sino también de ideas.

Escobar Velado trazó la ruta de su poesía hacia sus ensueños (Ver «Patria exacta»). Dalton aspiraba al cambio de la realidad. Pero los dos fueron los «ciervos perseguidos», nunca perseguidores, aunque su voz aspirase a borrar mordazas de su tiempo en una sociedad de disparos y silencios. Escobar, un activista de su poesía, parte desde sus vulnerabilidades hacia la compasión, soñador al fin siguió a sus maestros trágicos de la poesía: los poetas Nazim Hikmet, el español Miguel Hernández, muerto en la cárcel; y el peruano César Vallejo, los más cercanos a la personalidad del salvadoreño. Mientras Dalton pasó de la poesía de Neruda y Vallejo a la poesía francesa, muy cercano a posiciones lógicas de la poesía.

Su compañero de organización política Juan Ramón Medrano afirma: «Varios años después… (reparé que) Dalton trascendía toda diferencia política e ideológica… al asesinarlo… (mi organización) se había inmortalizado» (op. cit.). Es así como vida y obra de Velado y Dalton son parte de nuestra memoria histórica.

Pero no basta, es imprescindible escuchar la voz de su familia para resarcir los daños y, de esa manera, completar una obra fundamental hacia la memoria del mundo. Un homenaje meritorio de su patria para los dos poetas.

Reflexiones desde una literatura personal

En 1986 tuve la oportunidad de publicar en inglés la primera edición de mi novela «Cuzcatlán donde bate la mar del sur». Salió al mismo tiempo en Londres y en Nueva York y, posteriormente, en Bonn, Alemania. Algo inusual para un escritor centroamericano. Posteriormente se editó en español, en Costa Rica y Honduras. Y 12 años después se publicó en El Salvador, aunque sin mi autorización; no lo reclamo, solo señalo una paradoja, dada nuestras realidades, por lo general trágicas, por lo cual no es fácil ponderar el júbilo.

Pese a todo, debemos reconocer que los salvadoreños estamos en todas partes, y más ahora con los nuevos tiempos de cuarta y quinta generación tecnológica que el pensamiento transgrede fronteras, nos consideramos ciudadanos del mundo por capacidades propias u obligados a huir de los dramas vitales, para buscar un destino, llámese felicidad o desgracias (pienso en la niñez, pienso en Valeria y Óscar Martínez).

Esa vocación de éxodo me hace recordar en la India a dos parejas salvadoreñas con sus respectivos niños y niñas, propietarias de una escuelita en español, cuyos estudiantes y maestros me concedieron el honor de invitarme a un almuerzo. «Somos biólogos, pero la necesidad nos hizo maestros en Calcuta«, me dijeron en una visita que hice para presentar un libro en aquel país. Como vemos, nuestra gente es bella.

Pero volviendo a «Cuzcatlán donde bate la mar del sur», mi tendencia a hacer novela histórica me ha vuelto en cierta forma un privilegiado, pues por ellas despierto un afán por conocer un país pequeño y de corazón grande, pero también desfallecido por dramas y tragedias.

La obra, poco conocida en El Salvador, despertó emoción en las editoriales arriba mencionadas, incluso se produjo una película documental con apoyo de la BBC de Londres y Channel Four de Inglaterra. Se trató de una época de oro literario propiciada desde Costa Rica. Por eso decía, las diásporas (el éxodo, las huidas) producen hallazgos y tragedias. Es como jugar a la ruleta rusa, caso de las caravanas que parten de nuestro llamado Triángulo Norte.

De mi parte he aprendido a fortalecer mi espíritu regional después de descubrir la Guerra Patria Centroamericana que me llevó a escribir la novela «Así en la Tierra como en las aguas», (EUNED, 2018). En fin, los recuerdos son historia, y es una veta para el escritor. Permiten descubrir con propiedad que el pasado es presente y futuro a la vez (es el actual milagro de los pueblos asiáticos, hace poco asolados, y ahora de reconocido desarrollo). Pero hay algo más, esos recuerdos deben culminar con la búsqueda de la trascendencia social, y de ahí la importancia de la obra literaria que por lo general no tiene edad (excepto los llamados «best seller«, que pueden ser flor de un año).

Esas evocaciones me han llevado a escribir novela histórica sin proponérmelo, pues partí hacia dicho género desde mi posición de conocer la poesía desde niño. También es histórica «Caperucita en la zona roja», y una última novela que tuvo reconocimiento de trascendencia en Nueva York (2007). Libro que se mantiene inédito, dadas nuestras explicables y lastimosas penurias en el ramo de las publicaciones. Esa obra tiene que ver con los orígenes de una violencia que se vuelve difícil afrontarla por su gran permanencia en nuestra rutas siniestras de tragedias y que por eso hacen parecer la violencia como una señal arraigada de cultura nacional. Creo que no nos hemos apropiado de lo que mencioné arriba: que los tiempos pasados son los tiempos de siempre. El cohete que nos lleve al futuro no va a arrancar sin el combustible fósil del pasado y el presente.

Con esos antecedentes un amigo, maestro universitario y fundador de talleres de literatura, me aconsejó dedicarme a escribir, agradezco el consejo pero esa labor me apropié desde mis 12 años, en San Miguel, cuando en cuarto grado comencé a descubrir las claves del poema hasta llegar a la novela. Por ejemplo, esa obra mencionada de 2007, no hubiera sido posible sin escribir en mis viajes y en mis fines de semana. En otra de ellas: «Los poetas del mal», decidí cerrar con una nota final que dice: «Noches de Antigua Guatemala, aeropuertos y hoteles de Chicago, Lisboa, Managua, Panamá, Bogotá, Estocolmo, Chile, Argentina, Madrid. Y días aciagos de San Salvador, 2001-2003″. Lo escribí para mis colegas directores de Bibliotecas Nacionales por mi aparente insociabilidad, por no poder acompañarlos a las recreaciones nocturnas después de largas horas de trabajo en reuniones iberoamericanas. Dada su fraternidad, me entendieron. Gracias por comprender mis horas de trabajo literario.

Por supuesto que comprendo la sugerencia, escribo los fines de semana, asuetos, en «fiesta de guardar»; para escribir aunque sea una obra cada cinco u ocho años una obra sobre las realidades que me asombran. Por eso no es contradictorio escribir para no publicar. Hay que resguardar algo para el futuro, para que los nietos del jaguar conozcan su pasado, aunque no siempre fue mejor; pero ayuda a reconstruir en todas sus dimensiones el bien común, relacionado con el sueño de lograr una Centroamérica distinta, sin niños y niñas prisioneros en el extranjero por huir de la muerte nacional.

Reflexión primera: pese a las dificultades que tiene el oficio de escribir es importante fomentar el poder de la palabra. Poder que me permite reiterar: nunca he viajado con viáticos, ni pasaporte oficial, ni pasajes pagados por GOES. Mis gastos deben ser financiados por la entidad organizadora. Consciente de nuestras penurias culturales.

Reflexión dos: ante la tragedia de Angie Valeria y Óscar Martínez, repienso ¿qué estamos haciendo todos para dignificar a nuestra gente, niños, jóvenes o ancianos?

Reflexión tres: ¿por qué decido donar mi biblioteca para el Museo Roque Dalton? Porque él debe estar con sus hermanos de literatura, no solo mi persona sino Escobar Velado, López Vallecillos y Roberto Armijo. Todos con un lema para su vocación «no puede haber estética sin ética social». Autenticidad hasta el fin.

Educación ambiental o no sobrevivimos

Recién regresado a El Salvador después de 21 años de ausencia, un amigo ingeniero, mientras departíamos, me confirmaba que tenía consolidado un proyecto para construir una residencial, pero que para eso tenía que botar casi cien árboles. Le dije, sin afán de aconsejarlo, que eso le dificultaría su empresa. Me dio una respuesta que no olvido: «En nuestro país esos detalles ya están incluidos en el presupuesto». Eso fue hace más de 25 años. Y por ahí han caminado las prácticas de pasar por sobre lo legal, a partir de una frase del antiguo Derecho Romano: «Inventa lege, inventa fraude» («hecha la ley, hecha la trampa»).

Por lo general no me refiero a este tipo de acciones, aunque espero que a estas alturas han ido desapareciendo poco a poco, no importa si nos tardamos dos o tres décadas para superarlo, pero es hora de continuar con fuerza desde ya, ahora que los partidos políticos plantean renovarse. En esta época de las redes de comunicación que ni los «baby boomers» (nacidos en los años 1946 al 64) y menos los anteriores que no estamos clasificados en esos grupos de cultura tecnológica podemos entender sin profunda reflexión, si no comprendemos los pasos planetarios que casi alcanzan la cuarta revolución industrial. Significa transformar la industria como aún no lo concebimos en su totalidad. Con gran papel en primer plano de la inteligencia artificial.

En «el siglo de la información y el conocimiento» no habría motivo para las sorpresas, toda vez haya lucidez formativa sin importar generaciones actuales o pasadas. Recuerdo la posición de Rita Levi Montalcini cuando le preguntaron, al cumplir 90 años, qué haría si tuviera 25. Respondió que en su edad actual, de la entrevista, hacía mucho más, «ni compararlo», afirmó. Lo explicó según sus estudios del cerebro por los que ganó el Premio Nobel.

Pero bien, siempre tengo que irme por las ramas (lo visible) para llegar a la raíz del árbol (lo esencial pero oculto). Estas notas me las inspiran el desconcierto y el asombro ante la afirmación de los pasos agigantados de la depredación planetaria: el envenenamiento de los mares por el plástico, que comienza contaminando los ríos.

Mi tristeza y asombro comenzó cuando en el verano vi convertido el río Grande de San Miguel, reducido a un riachuelo de miasmas. Donde aprendí a nadar a mis 10 años (los de mi generación recordarán el puente de Urbina en San Miguel: «la peñita», «la peña» y «la peñona»). Se aprendía a nadar lanzándose de la altura escogida según la edad. Ahora el río es un basurero. No solo de plásticos. ¿Quién ha hecho algo para salvarlo, así como no lo hemos hecho con el Acelhuate, que es más sencillo y fácil renovarlo? ¿Es porque sabemos que pasarán los años y nadie nos reclamará? o ¿porque los vacíos culturales nos hacen inimputables?

En mi última visita a Costa Rica, una amiga, por cierto exministra de Cultura de aquel país, me invitó a visitar el barrio Escalante, remodelado (algo así como la Flor Blanca), las residencias fueron ofrecidas a emprendedores jóvenes de las áreas artísticas para transformarlo en polo de desarrollo turístico. Entre cientos de cosas se ha vedado usar pajillas y utensilios plásticos. «Las víctimas inmediatas son las tortugas y los peces; las mediatas somos nosotros por contaminación con la bacteria del plástico al consumir mariscos».

Claro, si gota a gota se horada una piedra, palabra a palabra se podría instalar una «aplicación» mental. De modo que no pensemos en que tirar un vaso solo es un vaso. Error. Son millones de vasos y bolsas plásticas. La bolsa que lanzo a mi paso me hace el mayor depredador del planeta.

«La producción de plásticos a escala mundial aumenta sin medida, actualmente se consume 1 millón de botellas de plástico desechable por minuto y el 91 % de ellas no se recicla. En el caso de las pajillas, su fabricación dura 1 minuto y tardan hasta 200 años en nuestros mares», MarViva (organización ecologista tica).

La educación cultural sobre desechos contaminantes del planeta comienza desde las licencias para la proliferación industrial del plástico, continúa con falencias de formación ciudadana, al que se deja a la deriva (por comodidad pública o falta de dinero). Hace poco vi el documental de Michael Jackson «This Is It» («Es todo»). Volví a recordar «La canción de la tierra», que reitera con anáforas: «¿qué será de nosotros?» Y al exponer las imágenes repite la frase: «Dime ¿qué hay de eso». Jackson lo amplió en una entrevista: «En Brasil cada segundo se deforesta el equivalente a una cancha de fútbol». Y anunció (en 2010) el comienzo de la extinción del planeta «dentro de cuatro años», es decir, para 2014. «¿Qué será de nosotros?», canta Jackson.

Volviendo al plástico, me afecta cuando el patrimonio cultural en una biblioteca se expone a inundaciones permanentes; la última vez fue por causa de bolsas y botellas de ese material. Se encontraron cuatro barriles de desechos, recogidos solo en 300 metros. «Dime, ¿qué hay de eso?»

Lo que buscamos es «promover que el compromiso con nuestros mares no sea de un mes o un año»… «¿Qué será de nosotros?»

Alberto Quesada, asesor de la fundación MarViva, alertó sobre una «moda peligrosa», que confunde a los consumidores al hacerles creer que algo es biodegradable sin serlo. Al fabricante le basta agregar el prefijo «bio» para ocultar el problema causado con ese material. «Este tipo de productos solo hace referencia a la materia prima orgánica, pero (el elemento químico) tiene el mismo impacto negativo en el ambiente», ratificó Quesada.

«La contaminación por plásticos afecta la salud animal y humana, así como la calidad del aire, los suelos, los ríos y las aguas. Se estima que hay más de 150 millones de toneladas de desechos plásticos en los océanos y que cada año se suman entre 8 y 13 millones de toneladas más». (InformaTico, 07/06/2019). «¿Qué será de nosotros? Dígannos, ¿qué hay de eso?»

Centro Histórico y genética nacional

A propósito de la relevancia que ha tenido el Centro Histórico de San Salvador, desde su proyecto para revitalizarlo hasta promoverlo en lo internacional con la toma de posesión del nuevo presidente, se ha despertado mi interés por el tema de rescatar un espacio histórico, raíz de nuestra identidad. Pero también me impulsa el elemento emocional que recuerda parte de mi vida de joven universitario, transcurrido en esta zona, con todos los avatares que guardo solo para mí. Fue el espacio que me acogió desde que llegué a estudiar de San Miguel, mi patria inicial («la infancia es la patria de la poesía», cito una de mis novelas).

Son elementos intelectivos y emocionales los que me hacen escribir sobre la riqueza que tiene la ciudad capital como para merecer una crónica de la zona histórica urbana. Recordarla es acudir a sus señales de vida a lo largo de los años, y más si se testimonian sus abandonos.

Además porque a medida que nos adentramos en la modernización global los centros de valor histórico tienden a relegarse. No obstante, que es donde «se pueden advertir los genes de su verdadera identidad… donde si bien es cierto que los conquistadores construyeron nuestras ciudades con un patrón común, cada uno de ellos carga un conjunto de huellas que los hace únicos e irreproducibles… volviéndose así en los auténticos ADN de las ciudades». Es decir, que se trata de un material genético de historia viva (revista INVI. Sahady Villanueva y Felipe Gallardo. Especializada en estudios sobre hábitat residencial al referirse a temáticas históricas y urbanas de América Latina. Chile).

Parte se debe a ineptitud por apreciar el fenómeno cultural, pero también por abandono a causa de la naturaleza implacable de nuestras zonas volcánicas, que ofrecen belleza pero estremecen con sus efectos dramáticos.

Pero volviendo a la revitalización de estos espacios de historia, hemos confirmado que revitalizarlos requiere gran inversión, aunque esto se retribuye con desarrollo económico. Por ejemplo, en nuestro caso, con apenas dos sectores rescatados de sus calles, la reconversión ha despertado un interés popular que, poco a poco, crece en importancia a medida que se avanza en el rescate de las auténticas señales de identidad cultural.

«La cultura es antesala del desarrollo económico», dije en una entrevista de hace 10 años (revista del BCR. Periodista Regina Vásquez). Porque sobre cultura y desarrollo económico sobran ejemplos, como el caso de los resultados obtenidos en Panamá, Bogotá, México o en la zona histórica de La Habana que se logró por iniciativa pública. Aunque también estos emprendimientos urbanos pueden lograrse con apoyos privados, por cooperación internacional y por iniciativas asociadas.

El proyecto de revitalización demuestra que no es tarde para continuar con un rescate del valor histórico, que incluye personajes notables y empresas de todo tipo que dieron vida a esas zonas.

Si se trata de hacer un mapa de nuestra zona histórica, debemos comenzar identificando la casa donde Francisco Gavidia recibió a Rubén Darío a finales del siglo XIX, para crear así las bases del modernismo en la poesía, que dio ubicación a Centroamérica por sobre Europa. Está en la esquina donde se ubica un banco, entre av. España y 1.ª calle poniente. También aludo al lugar de nacimiento de un clásico literario guatemalteco, José Batres Montúfar: 4.ª calle poniente y av. Cuscatlán, contiguo a nuestra Biblioteca Nacional.

Es una lástima que varias casas de presidentes de la república hayan desaparecido ante la mirada de quienes tuvieron a su cargo la preservación de nuestras raíces culturales, porque no vieron en estas recuperaciones su factor de desarrollo. Aunque no se trata solo de un interés economicista, sino que es obligación del Estado preservar el patrimonio nacional, en el entendido de que «el desarrollo urbano debe apoyarse en los cimientos de la memoria para poder construir el futuro», dice un experto francés del Programa Serchel (sic), para la salvación de estos bienes patrimoniales, un programa relacionado con la UNESCO y el BID, para estos salvamentos nacionales.

Pensando en posibilidades de aperturas financieras, retomo aspectos puntuales sobre el Centro Histórico relacionado con mis experiencias emotivas que me impulsan a pelear contra los olvidos. Para un intento de mapa o rutas, como ha mencionado el periodista Juan José Dalton y el actual alcalde de San Salvador cito, no en orden de su relevancia sino por lo que dicta el recuerdo: el Café Izalco, dentro del hotel del mismo nombre cuyo edificio de arquitectura con calidad estética, aún está intacto, ahora perece por el humo de cocinas informales en su interior. Enfrente de este se ubicó la Librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, secretaria privada de Masferrer. Gracias a su calidad de librera los escritores jóvenes de la época pudimos conocer la gran literatura contemporánea del siglo XX.

Dos cuadras hacia el parque Libertad, al costado norte de la iglesia El Rosario, estaba una de las dos cafeterías de café (valga la redundancia, pues se iba agotando la práctica popular de tomar café de maíz o de cáscaras de café o el famoso café soluble): el Café Doreña, ubicado en la primera planta de la cafetalera. Y casi frente a catedral, en la avenida España, estuvo la Cafetería Americana. Ambos edificios permanecen, incluso se ha recuperado ya el edificio de la Cafetalera, Diagonal al Izalco; frente al parque San José estaba la cervecería y café La Ronda, donde se reunían poetas, periodistas y policías encubiertos en su trabajo o en espera de atender las fuentes institucionales situadas en el Palacio Nacional. Se hablaba de política y de literatura.

Cierro estas ideas con palabras del papa Francisco, dichas en Panamá: «El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos; cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido mestizar. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos». Esto vale para El Salvador.

El Tacuscalco y el Espíritu Santo

Hablando de patrimonio cultural, esta vez me refiero al tema de Tacuscalco y a la ciudad de Corinto, departamento de Morazán, donde se encuentra la cueva del Espíritu Santo. Aludo a ellos como temas de mi vida como escritor, los dos casos. Explico: desde niño escribí poemas, y a los 28 años me pasé a la novela. Todo porque me encontré una carta de don Pedro de Alvarado dirigida a Hernán Cortés, que jamás la había visto incluso en mis estudios superiores, llamado Doctorado de Jurisprudencia y Ciencias Sociales.

En esa carta supe de Tacuscalco, que me inclinó a escribir mi primera novela: “El valle de las hamacas”, publicada en la editorial donde a García Márquez le habían aceptado publicar la primera edición de “Cien años de soledad”, cuatro años antes.

Aunque también tuvo que ver mi madre: “Verba volant scripta manent”, me decía, porque el poema despierta emociones constructivas; la palabra de la novela revela realidades cambiantes. De ahí proviene mi pesar por la destrucción de Tacuscalco, bajo silencios inexplicables.

Pero veamos la carta de Alvarado refiriéndose a Acaxual (Acajutla) y Tacuzcalco (¿Izalco?) que me introdujo al oficio de novelista. Alvarado, una personalidad sicopática, describe sus matanzas. Su mismo jefe, Hernán Cortés, lo acusó y lo envió como castigo al sur, porque había asesinado a los príncipes aztecas de Tenochtitlán, dejados bajo su custodia mientras Cortés iba a Veracruz a sofocar una rebelión.

Alvarado pasó por Guatemala para llegar a El Salvador de hoy, zona occidental y central, con tres mil años de cultura náhuat-pipil. Según escribe Alvarado, se encontró con guerreros protegidos con chalecos de algodón, pero vulnerables al guerrear con hombres a caballo, ballestas y armas de fuego. Las frases de la carta las cito entre comillas, pero recreadas para mejor comunicación del castellano de la época (contenido exacto buscarlo entre paréntesis en páginas 135 y 141 de mi novela citada).

“Ninguno salió vivo, caían al suelo, no se podían levantar debido a sus casacas de algodón que les llegaban a los pies, atacaban cargados de lanzas, flechas y arcos… caían y les era difícil levantarse; y nuestra gente los mataba a todos”. También narra el famoso flechazo que lo dejó cojo para siempre: “Me dieron un flechazo que me pasó la pierna y quedé lisiado, con una pierna más corta que la otra”. Continúa insistiendo “… ahí se hizo una gran matanza y castigo”. Luego se encaminó a Miahuaclán y después a Atehuán, y luego a Cuscatlán, donde sus señores le “enviaron mensajeros y yo les pedí que fueran mis vasallos y se pusieran al servicio de su majestad, o serían esclavizados; sin embargo, ellos me recibieron con todo el pueblo alzado, pero como conocían ya nuestros poderes se fueron a las sierra”.

Desde la sierra dijeron que “si quería avasallarlos y someterlos que ahí me esperaban con sus armas”. Continúa: “Entonces los vi como traidores y ordené dar muerte a los señores de Cuscatlán que estaban en mis manos”. Sin embargo, “nunca los pude someter, pues toda esta costa del sur es muy montosa y por eso acordé volver a Guatemala donde hay mejor condición para conquistar, pacificar y poblar”.

Este fue mi impulso para dejar el poema y optar por la novela. Tacuscalco me hizo reflexionar ¿hasta dónde desconocemos o sobreestimamos nuestras señales de identidad, nuestra historia, que para muchas sociedades son sagradas? Para muchos tiene importancia, pero la generalidad no asume esa inspiración de identidad, no se advierte el significado de valores: costumbres, pasado, dramas, para evitar que las tragedias se repitan. Porque las épicas inspiran para ser mejores, las riquezas históricas originarias sensibilizan al ciudadano.

También explico por qué aludo a la cueva del Espíritu Santo, ciudad de Corinto, departamento de Morazán, con sus pinturas rupestres como patrimonio nacional, por testimoniar más de diez mil años de existencia lenca en un área limitada con la náhuat-pipil por el río Lempa. Significa que la cultura lenca penetra el norte de Chalatenango, aunque su mayor representatividad está en la zona oriental, con sus peculiaridades, incluyendo idioma, que por nuestros vacíos casi se ha perdido; a diferencia del idioma náhuat en proceso de rescate.

Antes he dicho que comencé a escribir desde el nivel básico, cuarto grado; pero fue en el nivel medio cuando inicié el aprendizaje de la poesía tal como se expresaba en países avanzados en literatura. Mientras en mi medio, San Miguel, solo se conocía la poesía romántica de los años veinte, escrita especialmente en Colombia y México. De mi parte, como lector precoz descubrí una poesía contemporánea, de Asunción Silva, Barba Jacob, hasta conocer en segundo de bachillerato a Pablo Neruda y a García Lorca.

Estos fueron clave para escribir sin más mentores que mis lecturas mínimas, y lanzarme como escritor desde mi ciudad natal. Me atreví a competir con los poetas mayores: “Canto a Huistaluxilt”, publicado precisamente en LPG. Trata del jefe lenca que para no caer prisionero prefiere suicidarse lanzándose al cráter del volcán Chaparrastique (primer tercio del siglo XVI, San Miguel fue fundada en 1530).

Por eso en mis redes sociales escribo de las cuevas del Espíritu Santo, en Corinto, testimonio de cultura lenca milenaria, más antigua que la maya y la pipil. Y lo triste: esas pinturas están siendo borradas por el descuido, pese a que pueden compararse a las pinturas de la cueva de Altamira, España, atractivo de turismo mundial. Más que indiferencia deberíamos sentirnos desafiados a sensibilizarnos ante las señales de identidad para rebuscar nuestras raíces que de verdad nos hagan sentir orgullosos. Apelar a una formación nacional de calidad asumiendo esos valores. Tendríamos mejor inserción planetaria.

Porque en el desarrollo hacia la meta económica y política no puede estar ausente el elemento cultural, que no implica contradicción con el hecho de ser consumidores de tecnología. Con un siglo XXI, que ya nos come y carcome en estas dos primeras décadas. Valgan estas intuiciones educativas desde mi generación de compromisos incumplidos.

Biblioteca Nacional del siglo XXI

Cuando pensamos en nuevas tecnologías, pareciera paradójico que las Bibliotecas Nacionales hayan tenido la misma proyección desde hace más de 2,000 años. En función de proteger y conservar el patrimonio documental o bibliográfico de las naciones, además de facilitar la bibliografía al lector o investigador. Por eso es obligado contar con un Departamento de Conservación, porque el libro de las bibliotecas nacionales debe preservarse para subsistir cientos de años. Por eso no cabe hablar de libros viejos, sino de libros antiguos. En cierta forma una Biblioteca Nacional es un museo en que se permite tocar su contenido. Frente a ese deber es fundamental ese departamento que preserva de daños a los libros que por siglos custodian ideas y el poder de las palabras.

Fue la clave mágica que los grupos humanos descubrieron para el resguardo del pasado histórico que es presente y futuro. Porque el tiempo es uno solo, medido en milenios, en años, meses o minutos. “Todo fluye, nada permanece”, decía Heráclito hace 2,540 años. Esa característica del tiempo podría aplicarse a las Bibliotecas Nacionales: porque cambian y siguen siendo las mismas, aún cuando la tecnología nos alcance como consumidores en la etapa que estamos experimentamos para lograr una nueva era industrial, por la cual compiten Asia, China en particular, y EUA, dos potencias en la carrera por crear las redes G5, que permitirán información rápida y que tendrán aplicación, incluyendo la robotización, en todas las manifestaciones de la vida.

Significará despedirse de combustibles fósiles, que ya se avizora en el primer cuarto del siglo XXI. Incidirá en la cultura y la educación, no importa si de países de tercer o quinto desarrollo (por no decir mundo). Por ahora somos consumidores, y si negamos en que todo fluye, dejaríamos de “ser”. Y la humanidad reconoce que nada permanece, todo cambia, según propuesta visionaria de Heráclito.

Cuando me refiero a Bibliotecas Nacionales de quinto desarrollo pero en crecimiento, aludo a todas las de Iberoamérica, agrupadas en ABINIA, preparándose para crecer con inversiones educativas y culturales. En búsqueda de no paralizarnos como las bíblicas estatuas de sal.

Reitero entonces: contamos con nuestros libros históricos, al alcance de un clic de internet 640 obras en España y casi 750 en el Consorcio de Bibliotecas Universitarias (CBUES); además promovemos resultados por Twitter, Facebook, boletín electrónico, ofrecemos internet gratuito y una página web, la pobre, que no ha sido bien comprendida, pese a nuestros esfuerzos de consolidarla desde 2007, gracias a ABINIA y Suecia que facilitaron becas a cuatro de nuestros bibliotecarios, en México, en España o en Brasil

A propósito doy una primicia: en junio próximo daremos alojamiento en la biblioteca a los textos educativos desde parvularia hasta segundo año de bachillerato, gracias al apoyo de nuestros amigos que nos facilitan el equipo, así como el derecho de dichas obras, para ofrecerlas gratuitamente.

Adoptar las nuevas tecnologías, no desdice de nuestra misión de preservar el patrimonio bibliográfico por años y años, cuyos originales el tiempo los convierte en piezas de museo como ahora los vestigios arqueológicos. Por eso creemos en la perennidad del libro en papel, tiene siglos hacia adelante. Y para ser consecuentes promovemos esa realidad al sacar la Biblioteca Nacional a las comunidades (Bibliobús); y a la calle, (hablamos de vida y de libros con la gente). Porque si la montaña no viene a ti, vamos a la montaña. Eso ha hecho que tengamos cientos de jóvenes en un mes que visitan la biblioteca, no tanto para leer sino para conocerla, conversar y estimular el libro y la trascendencia bibliotecaria.

Para continuar en búsqueda de ese pequeño salto tecnológico decidimos intercambiar experiencias visitando bibliotecas del asocio bibliotecario y su red de bibliotecas, emprendimos con nuestro equipo informático de Biblioteca Nacional una búsqueda de modelos ya en funcionamiento con la idea de ofrecer servicios a las necesidades usuarias a quienes nos debemos, porque queremos facilitar información a la velocidad de la luz, como lo exigen los nuevos tiempos. En una visita nos esperaban según la cita; pero llegamos una hora antes de que la abrieran (9 de la mañana) y eso nos permitió observar, a los 5 minutos de haberse abierto (10 de la mañana), que ya estaba llena de usuarios, no de lectores de libros, pese a lo novedoso de los llamados “best seller”, sino que fueron directamente a las computadoras, gente incluso de la tercera edad (los baby boomers). Señal de nuestro tiempo, me dije.

Reflexión: para un aporte al desarrollo no nos enfocamos solo en los investigadores, como corresponde a una Biblioteca Nacional (fuente principalmente para investigadores). Nos interesa igual la lectura de los niños, sea en papel o digital.

Segunda reflexión: procedimos entonces a elaborar el proyecto “Una computadora por usuario”, que incluirá conexiones de “laptop” y recarga de teléfono, interruptores, puntos de acceso, cableado eléctrico y de datos, licencias, “firewall” adecuados, anchos de banda para acceso óptimo de internet, y otros. Inversión elevada que se recupera con creces en desarrollo integral y bienestar social.

Casi lo tenemos listo después de dos décadas en la BN, porque aunque dando bandazos corremos hacia un real siglo XXI, aprovechando experiencias de gestión nacional e internacional. De otra manera no funcionaríamos ante los exiguos presupuestos. Nos relegaríamos a mostrar libros, y hacer estadísticas anuales.

Será un legado y regalo para la Biblioteca Nacional que dentro de un año cumplirá su 150 aniversario (julio 2020). Heredaremos los proyectos y los apoyaremos para echarlos adelante. La precariedad social es fuente de grandes sueños.

Tampoco olvidamos los Objetivos del Milenio trazados por UNESCO que incluye a las bibliotecas, por dar acceso libre a la información, en los planes de desarrollo nacionales y regionales. Contribuir de esa forma al logro de una meta global a 2030 hacia el desarrollo sostenible. Estos objetivos fueron hechos suyos por la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA): identificar historias de éxito en cada país; dándoselas a los políticos cuando tengan reuniones para demostrarles la contribución de las bibliotecas a escala nacional.