Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Azul pintado de cielo

Hace unos nueve años escribí sobre el libro «Puntero apuntado con apuntes breves», atribuido al salvadoreño Juan de Dios del Cid, el primer libro editado en territorio ahora centroamericano, posiblemente en 1741 (aunque existe el original que vi en la Biblioteca Nacional de Chile con fecha 1641, pero el 6 está tachado). Hay un debate sobre el autor y la fecha; aunque yo sabía de él desde que estudiaba en San Miguel el sexto grado. Bueno, tiene tantos años el libro que se ha creado un enigma. Pero lo importante es su contenido y su grafía («tipos» de letras hechos a mano en madera que ofrece una estética admirable).

Algo aún más real: es un tesoro de identidad cultural salvadoreña y regional. Hay una edición facsimilar de Concultura (1999; con un interesante estudio de una española (Isabel Cassin) que me visitó como editor universitario, llegó con su esposo ex jesuita Santiago Montes, pero la toma de la UES, (1972) retrasó la edición.

Agrego que acabo de descubrir en mis anaqueles un libro publicado por Concultura (DPI, 2003) titulado «Pintando el mundo de azul» (José Antonio Fernández, costarricense). Su lectura, bajo el asedio planetario, me hizo recordar mi niñez. Vivía en un barrio sub urbano (en aquel tiempo, ahora es diferente: Avenida Roosevelt, Estadio Charlaix, Clínicas, Hospitales). Recuerdo que descubrí, o me hizo descubrir mi abuela, que en la calle había muchas matas de añil (nombre universal del jiquilite) y que se podía hacer tinta.

Aunque ya nunca volví a ver esas plantas las tengo en mi memoria, pues me puse a hacer tinta, y me gustaba ver sus frutitas en forma de racimos de guineo, fruta que se cultivaba en el patio. Todo esto fue antes de mi primer grado, pero yo sabía de las tintas por conocer el tintero de un tío que fue como mi padre. Entonces me ponía a jugar haciendo tinta como lo hace un niño en nivel de inicial. Y como he dicho otras veces, que la patria de la poesía es la infancia, es para no olvidarlo.

Claro, nunca conocí «El Puntero…», manual de fabricación de tinta añil, su proceso para fabricarla, y que llegó a ser en siglos XVI al XVIII principal producto de exportación. También me hizo recordar que en mi barrio sub urbano abundaba el árbol de tihuilote, y descubrí que esa «frutilla», como racimos de uva, en forma parecida a perlas, de textura pegajosa, era insumo para fabricar la tinta.

Fue en Costa Rica donde descubrí «El Puntero Apuntado…» por lo que hice referencia en mi novela que presenté en Alemania en la Deutsche Welle (DW): Cuzcatlán donde bate la Mar del Sur. Y ellos sabían del añil.

Cuando regresé a El Salvador me propuse buscar el libro. Sorpresa, encontré varios ejemplares, y el precio: ochenta centavos de colón, un equivalente a diez centavos de dólar. Me fui de bolsa gastando el equivalente a un dólar y adquirí diez ejemplares para regalar a los amigos, pues antes había hecho un pequeño sondeo si lo habían leído, y me di cuenta que no, más o menos conocían el nombre. Y me emocionaba que en el Instituto Centroamericano de la Universidad de Costa Rica descubrí una crónica de un barco llegando al puerto de Rotterdam a finales del siglo XVII (1690) desde Sonsonate, era Acajutla, o Acaxual de esas épocas, con un cargamento de tabletas de añil, porque se exportaba en forma de bloques, o ladrillos. Era el azul cielo de nuestras tierras con el que pintaban las telas del naciente industrialismo en Europa.

Antes de ese descubrimiento pensaba que los colorantes que iban hacia Europa solo procedían de la región centroamericana, y de las islas caribeñas colonizadas por países europeos. Pensaba que la caída del añil fue por el descubrimiento de los colorantes sintéticos a finales del siglo XIX, y eso nos había impulsado a producir el café.

El libro que ya mencioné «Pintando el mundo de azul», producto de investigación, me sacó de las dudas en estos meses. El declive de los colorantes naturales (el rojo o índigo o carmín en Guatemala y Perú, sacado del insecto cochinilla; y nuestro azul sacado de la planta jiquilite) no provino de ese descubrimiento químico, sino de que también Asia producía el azul; solo que el producto centroamericano era nueve veces de mayor rendimiento y calidad que el producido en la India, debido a que mezclaban con otros elementos extraños para hacerlo abundar. Pero, por cantidad de producción, jamás íbamos a superar al país asiático. De modo que nuestra exportación de añil continuó con limitaciones hasta finales del siglo XIX, aunque los europeos prefirieron el azúcar y el cacao como producto de explotación y exportación desde las islas colonizadas, como las Antillas Menores y Jamaica. Porque ya existían los colorantes sintéticos.

Lo precioso de «El Puntero apuntado…, es que contempla hasta la modalidad de cómo los cortadores (pueblo originarios) debían transportar la planta hacia los obrajes («fábricas», dice el libro), el tiempo de corta, y el permanecer en las pilas con agua donde se lanzaba las plantas, y como debía removerse el agua para producir un colorante de calidad que diera diferentes matices del azul. Pero la mortandad de los indígenas produjo la necesidad de traer a El Salvador mano de obra esclava de África, de ahí nuestra ascendencia africana.

Para sorpresa, pese a la tecnología del siglo XXI, el añil tiene demanda para colorear ropa de la gran moda. Nuestro azul no muere, pese a sus quinientos años de existencia y los avances químicos. Su eternidad no es por el color pintado de cielo. No muere por valor de identidad: porque tuvimos «fábricas de tinta» tres siglos atrás.

Metáforas aparte, me interesa divulgar nuestros tesoros. Pueden encontrarlo digitalizado en REDICCES, buscar «Biblioteca Nacional» o Biblioteca del Patrimonio Digital Iberoamericano. Como dice el prólogo: deben leerlo las nuevas generaciones por su estética y para ir al encuentro de nuestra identidad cultural.

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  • 13 septiembre, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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