La cuarentena de la cultura

Comenzó de manera imperceptible. Debido a la emergencia del coronavirus, se empezaron a cancelar numerosos eventos públicos para evitar aglomeraciones y limitar el contagio. Teatros, cines, festivales, conciertos, museos, librerías fueron de los primeros afectados, muchos con cierres indefinidos y postergación o cancelación de eventos.

Algunos músicos decidieron hacer algo para compensar al público que ya había comprado sus boletos. Comenzaron a transmitir por internet conciertos desde los teatros vacíos. A medida que la emergencia se intensificó y que la cuarentena domiciliar se incrementó, más músicos realizaron transmisiones similares desde sus propios confinamientos.

A los museos se les ocurrió entonces abrir de forma gratuita y general los contenidos por suscripción de sus páginas web. Algunos escritores regalaron sus libros en formato electrónico. Las librerías, aunque cerradas, ponían a disposición envíos domiciliares de libros.

Súbitamente, hay una gran avalancha cultural disponible de forma gratuita para millones de personas alrededor del mundo que, encerradas en sus casas y sin saber bien en qué ocupar tanto tiempo libre inesperado, encuentran una reconfortante fuente de distracción en películas, libros, música, teatro, series, juegos, etc.

Sin duda, la intención inicial de todos estos artistas e instituciones es generosa. Para muchos, hay una sensación de deber. ¿Para qué sirve el arte si no puede, entre otras cosas, ser refugio o bastón sobre el cual apoyarse? Distraerse, evadir un poco la realidad, sumergirse en otras imaginaciones son reacciones humanas necesarias para mantener la cordura en un momento de mucha angustia. Es un gesto desinteresado y humano, el de querer ayudar a otros, a darles ánimo. Mientras el mundo es todo incertidumbre, queda la certeza de que el ser humano también es capaz de crear belleza.

Trato de imaginar a los encuarentenados del mundo viendo todo ese material y leyendo todos esos libros. Temo que hasta puedan sufrir el Síndrome de Stendhal, un empacho ante la excesiva exposición de belleza artística. En el peor de los casos, quizás no todos disfrutarán esta sobre oferta, ya que como colectivo estamos viviendo una forma de duelo, que se suma a una comprensible preocupación. No todos tenemos la concentración o disposición de ánimo como para sentarnos a leer o escuchar música con serenidad.

La paralización de las diversas estructuras culturales supone un problema económico gravísimo para millones de personas, cuyos trabajos o empresas dependen de los servicios derivados de dicho segmento y que ahora se miran afectados. En la cadena de producción y distribución del libro, por ejemplo, las editoriales independientes y las librerías más pequeñas, se proyectan como los sectores más afectados. Eso sin mencionar a los escritores, quienes solemos sobrevivir de oficios relacionados con el sector editorial. Para los artistas, las presentaciones públicas (en conciertos o representaciones teatrales, por ejemplo,) suponen la mayor parte de sus ingresos económicos. También debe señalarse que dicho sector, por la naturaleza de su trabajo, pocas veces tiene garantizado un seguro médico o una pensión para los de mayor edad.

En años recientes, la inversión estatal e institucional a la cultura ha sido disminuida, de manera notoria, alrededor del mundo. Notoria es también la reducción de las carreras humanísticas en muchas universidades. Hay gobiernos que se complacen en decir que la cultura no es prioritaria frente a los acostumbrados «problemas urgentes», ya de todos conocidos, y han hecho reducciones drásticas a sus presupuestos.

La coyuntura actual supone un mal augurio para las industrias culturales. El Consejo de Cultura Alemán, por ejemplo, advirtió hace pocos días que numerosos cines, teatros, clubes y galerías de arte podrán caer en bancarrota, a pesar de los paquetes de ayuda que recibirán del gobierno. Este panorama se repite prácticamente en todos los países, donde por el momento resulta impredecible saber cuándo se retornará a una forma de normalidad, que permita cobrar taquilla por sus eventos. Las afectaciones económicas generales afectarán también la capacidad de gasto del ciudadano común. Comprar un libro o pagar entradas para un concierto será un lujo inaccesible para quienes pierdan sus empleos, como resultado de una crisis que ya manifiesta síntomas preocupantes.

El coronavirus es la emergencia más grande que nos ha tocado vivir como humanidad desde la 2ª Guerra Mundial. Los contagios se aceleran y pese a las cuarentenas (que sólo sirven para evitar la enfermedad, pero no para adquirir inmunidad), no tenemos idea de cómo el virus vaya a comportarse a futuro. Algunos expertos indican que se verán rebrotes anuales y que tendremos que aprender a convivir con dicha realidad.

Estamos viviendo semanas de mucha tensión, donde las angustias son múltiples, ya que trascienden lo estrictamente sanitario. Sin duda alguna, los diferentes productos culturales a los que hemos tenido acceso han sido útiles y necesarios para distraernos y evadir un poco la incertidumbre que este escenario tan complejo nos plantea.

Quizás ahora comprendamos que sumergirse en un libro, en una película, en una sinfonía o en otras manifestaciones del arte nos ayuda a sobrellevar no sólo estos momentos de angustia colectiva, sino también las crisis y soledades personales. Quizás esta situación nos ayude a comprender que el arte, en todas sus manifestaciones, nos hace sentir acompañados y nos ayuda a mantener la fortaleza emocional que necesitamos para poder superar etapas como la actual.

Ojalá que esta experiencia nos permita valorar y comprender cuál es la función del arte y de la literatura en la sociedad y en nuestras vidas. Es una función que se suele subestimar y hasta despreciar en épocas normales, porque damos por hecho que siempre tendremos cultura disponible. Ojalá lo recordemos cuando los artistas comencemos a pasar el sombrero para seguir sobreviviendo. Ojalá lo recordemos cuando retomemos alguna forma de cotidianidad y cuando gobiernos y financistas redistribuyan los presupuestos de cultura, sean estatales o de instituciones privadas.

Ojalá que los presupuestos culturales (y también los de salud, educación y ciencias) dejen de ser los primeros sacrificados en tiempos de crisis y que, por el contrario, reciban incrementos sustanciales que reflejen el reconocimiento de nuestras sociedades a su ilimitada importancia y valor.

Pandemia y cultura ciudadana

En agosto de 1970, se publicó mi primera novela «El Valle de las Hamacas». Recibí tres reseñas de diarios de Buenos Aires, una de ellos elogiosa de Camilo José Cela, muchos años después Premio Nobel, escritor español, exiliado en Argentina. Las otras dos reseñas no estuvieron de acuerdo. Entre estas, me llamó la atención la que decía: «Se nota que el escritor no tiene nada que decir». Y resulta que para cualquier país centroamericano, era decir bastante. Y, además, necesitamos decir mucho. Igual, cincuenta años después.

Todo escritor de América Latina tiene mucha responsabilidad social, el problema es cómo abordarla, qué decir y qué grado de cultura lectora hay en el entorno para dirigirse a él. En esa época éramos un país inadvertido en el Sur de nuestro continente, excepto por una publicación de la época: «La Pájara Pinta», revista literaria. Cuando muchos no sabían de la existencia de El Salvador. Ni aun los escritores.

Y esto no es parcialismo político: nos decían los poetas de «la pájara pinta», lo único que conocían del país. Dos décadas después, cuando iba rumbo a la Universidad de Stanford, me encontré con el presidente de la Unión de Escritores de Chile, y me decía de ignorar la existencia de nuestro país excepto porque a veces desde México le publicaban a Roque Dalton y entre paréntesis escribían «salvadoreño». Son verdades increíbles: ellos comenzaron a saber del país por el drama de la guerra civil.

Esta introducción me la impulsó escribir la realidad del virus global. Muchos en el primer mundo no lo creyeron, hasta que llegó la muerte. Pese a que el Viejo Continente sufrió mortandades por pandemias y pestes desde hace siglos, cuando se desconocían las causas por lo cual se atribuía a castigo de Dios. Así la Peste Negra causó en aquellos continentes la muerte de 200 millones (años 1347-1341). Se calcula que causó la muerte de la mitad de la población mundial. Más reciente, en el siglo pasado, la Gripe Española (1918-1919), causó 40 millones de muertos en dos años. Y el VIH/SIDA, desde 1981, lleva un aproximado de 30 millones de fallecidos.

En Centroamérica, la más conocida es la epidemia del cólera morbus, en 1856, comenzó con la guerra contra los filibusteros que en esos momentos se oponía luchando la fracción conservadora de Nicaragua y sobre todo los milicianos de Costa Rica, bajo la jefatura del presidente Juan Rafael Mora.

En las primeras batallas que se dieron entre costarricenses y los filibusteros, la más trágica y heroica fue en la ciudad de Rivas, Nicaragua, (1856). El jefe filibustero William Walker había invadido Costa Rica, fueron derrotados y perseguidos hasta Rivas, territorio nicaragüense en la costa del Pacífico. Y los mercenarios invasores fueron derrotados de nuevo.

Pero los costarricenses no pudieron culminar la derrota con la eliminación de Walker que dirigía el combate, y fue porque la peste del cólera comenzó a fulminar a los costarricenses que peleaban al mando de los generales José Joaquín Mora y José María Cañas (salvadoreño).

En esa batalla sobresalió el soldado Juan Santamaría, reconocido héroe de Costa Rica. Posteriormente los cuatro, incluyendo al que fuera tres veces presidente, Juanito Mora, han sido declarados en las últimas décadas héroes de la Guerra Patria Centroamericana. Aunque en esa primera batalla de Rivas aun no participaban los ejércitos de la región.

Me he extendido en ese punto porque, después de esa batalla, el ejército costarricense, al rescatar los soldados heridos y enfermos por la peste, contagió a todo el país. Así un acto de humanidad y heroico, dicho rescate», llevó la epidemia a casi toda Costa Rica causando la mortandad de la décima parte de su población. Una vez ampliada la guerra a toda Centroamérica, la epidemia causó cientos de víctimas, incluyendo el general Mariano Paredes, expresidente de Guatemala, jefe del ejército que combatía en Nicaragua.

Esa epidemia las ignoramos en El Salvador, igual otros países hermanos, a excepción de Costa Rica. Hasta hace poco ni siquiera hay placas o monumentos conmemorativos, de una épica que incluyo grandes pérdidas por la guerra y el cólera. Es el drama centroamericano del silencio, del olvido, de la ingratitud histórica.

Fueron sucesos de mediados del siglo XIX. Podemos imaginarnos el terror que se producía entre los combatientes por falta de conocimiento de las causas letales, de la que solo se conocían los efectos: una muerte dolorosa, horrible, en el mundo, era el cólera morbus.

Y en el entorno de la cuarta revolución industrial, es un pecado desconocer la trascendencia de una pandemia que por mutación tiene su origen en los años 80 del siglo pasado. Precisamente por desconocer los efectos, o cura de esa mutación, el prevenir juega un papel fundamental que evitará una mortandad incontenible, si recordamos las pestes de la Edad Media. Claro, eso implica un costo hasta ahora incalculable que afectará la economía mundial.

Y si bien es cierto que el tabaco origina 8 millones de muertes al año, es un mal conocido y depende de la voluntad de cada quien; pero el virus que nos tiene en cuarentena familiar por ser exponencial, es decir de efecto multiplicador, puede producir en pocos meses un exterminio impredecible, podemos mencionar las casi ochocientos muertos en 24 horas, en Italia, y por dos días más no bajaron de 500 fallecidos. O los más de quinientos en España, cuando escribo estas líneas.

La diferencia es que la ciencia actual puede descubrir y combatir los orígenes de toda peste, que en el pasado europeo originó millones de muertos. Para mientras se descubre la vacuna, la prevención es quedarse en casa y otras indicaciones promovidas.

No es pesimismo, ni aventura hacia lo desconocido, conocemos sus efectos. Como se dice en estos días en Italia, «calma, en la Segunda Guerra Mundial nos llamaron para partir hacia la muerte en la guerra, ahora solo previenen quedarnos en casa».

Así es, la esperanza para cualquier edad es prevenir, la vida es hoy con la responsabilidad de mañana.

Diario de pandemia

Hoy se decretó alerta roja. El país está en emergencia. Es cuestión de tiempo que el virus nos alcance. Desde hace varios días sigo las noticias al respecto. Me preocupo. Trato de no leer mucho sobre el asunto para que no me de ansiedad, pero al mismo tiempo, quiero estar informada. Hay muchas historias, muchas contradicciones y pocas certezas.

Un par de días antes hice mi compra normal de la quincena. No estoy preparada económicamente para hacer compras imprevistas, para hacer una reserva de comida que dure, por lo menos, un mes. Deberé sobrevivir con lo que tengo. Debo confiar en que seguirá habiendo alimentos y que no me contagiaré cuando salga a comprarlos. Ando muy consciente de cómo evitar tocar los objetos que han pasado por varias manos.

Sensación de vulnerabilidad o desventaja ante los demás. Me preocupa enfermar y quedar a mi suerte. El sistema de salud que tenemos no da abasto en una situación normal; mucho menos si existiera una epidemia, con un virus para el cual no hay vacuna ni tratamiento específico. Por hoy no sabemos a dónde ir y sólo tenemos un número de teléfono al cual llamar.

Toda información viene en tono de forzado optimismo, de condescendencia, con frases de cajón o con juicios de valor negativos y agresivos. El miedo saca lo peor de algunos. Hay gente mezquina que aprovecha para hacer negocio con la necesidad ajena. Gente que sigue ventilando sus discordias y fanatismos políticos. Hay gente que no sabe guardar su veneno ni en las peores circunstancias. También hay gente que, con un pequeño gesto (una mirada, una sonrisa, una palabra), te devuelve algo de fe. La conciencia de la mortalidad propia nos hace humildes.

Ciudades de España e Italia cierran sus negocios, se minimiza la actividad. En El Salvador todo sigue bastante normal. La gente confunde cuarentena o encierro en casa con vacaciones improvisadas. La carretera al Puerto está rebalsando de vehículos. Trabajo en casa desde hace casi dos décadas, así es que estar encerrada no se me hace difícil. Para mí es como si fuera un día más.

Vivo en una sensación de irrealidad. Me siento caminando en los escenarios imaginarios que tenía en mi mente cuando leí ciertos libros. Ensayo sobre la ceguera. La peste. Guerra Mundial Z. Es como si nuestras ficciones nos hubieran alcanzado. 1984. Un mundo feliz. Vivo esta realidad con la sensación permanente de que esta historia ya la leí, ya la conozco. Acaso por eso mi desasosiego. En esas novelas futuristas, que casi siempre retratan de manera brutal nuestro presente, ni los héroes se salvan. Soy leyenda.

Espero el momento en que tengamos que estar encerrados todos. Imagino escenas de pleitos por comida, como ya se da en algunas ciudades, como si esto fuera el apocalipsis. No lo puedo evitar. Soy escritora. Imaginar es mi trabajo. Imagino escenarios trágicos y cómicos. Hasta en la tragedia hay que saber reír. Nos perderíamos a nosotros mismos, como humanos, si olvidamos que aún en la desgracia es necesario reír. Saber que los otros están sintiendo la misma angustia, aunque no lo digan en voz alta. Nos preocupamos. Nos preguntamos cosas. Nos hacemos los fuertes. Se confía en lo invisible, en lo mágico, en la suerte. El ego trata de convencernos de que a nosotros no nos pasará nada.

Leo la historia de una pareja, ambos mayores de 80 años, en el parqueo de un supermercado en los Estados Unidos. Desde su carro llaman a una mujer. Desde la ranura de la ventanilla bajada al 25 %, le dan a la mujer un billete de 100 dólares y una lista de cosas a comprar. La pareja tiene miedo de entrar y contagiarse, pero necesitan comida y no tienen a quien pedir ayuda.

Leo la historia de Luca Franzese, un actor italiano que subió a las redes un video. Estaba con el cadáver de su hermana muerta, posiblemente por el coronavirus, pero las autoridades no llegaban a recoger el cuerpo y el hombre, triste y desesperado, no sabía qué hacer ni a quién pedir ayuda.

Veo videos de gente cantando su himno nacional en los balcones de Italia y bailando La Macarena en los balcones de Madrid, para darse ánimo, para divertirse un momento. Veo a un pianista clásico tocando en vivo, en internet. Veo las páginas electrónicas de los museos abrir sus colecciones, gratis.

Me causa escalofrío releer algo que escribí, antes del año 2000, en uno de mis cuentos llamado «Días del fin»: «Hay ataques de histeria en masa y la gente se abalanza hacia los comercios para abastecerse de alimentos. Los mercados económicos se tambalean y la perspectiva de lo que pasará con la economía mundial ante la súbita desaparición del mercado europeo, uno de los más fuertes del mundo, es impredecible. Los fanáticos religiosos se paran en las esquinas de las calles a predicar el tan afamado fin del mundo y a llamar a los ateos y pecadores al arrepentimiento y la conversión».

Esta vida de pandemia cambia rápido. En cualquier momento, todo puede paralizarse. No sé si tendrá sentido escribir esto, describir este momento. Escribo a sabiendas de que el ahora puede quedar desfasado en cuestión de minutos. Esta crónica sólo puede tomarse como escritura en caliente, una pieza para reconstruir la memoria del presente. Es quizás lo único que puedo hacer, registrar testimonio.

Es el tiempo en que los gestos valen más que las palabras. El contacto humano normal está alterado. Nos miramos con angustia, con afecto, con comprensión, a un metro de distancia o por videochat. Las miradas durarán lo que duran en las peores escenas de las telenovelas mexicanas.

Pienso en quienes están solos. En momentos como estos, la soledad se siente más pesada. Más dura. Más estrepitosa. Es el tiempo en que los afectos nos dan fuerza. Privilegiados quienes tienen los suyos a su lado.

Maldito virus que me impide abrazarte con todas mis fuerzas cuando más lo necesito para sobrevivir, amor mío.

Héroes, heroínas y pensamiento literario

Cuando escribí mi novela «Un Día en la Vida», novela ganadora de un premio nacional (1980), nunca imaginé que una pieza literaria salvadoreña podría tener trascendencia internacional. Eran hechos de ficción y realidad, como los que enfrentó el departamento de Chalatenango, en un marco limitado como para llamar la atención fuera de nuestras fronteras. Letras escritas sin pretensiones de impactar, excepto por la propia situación de violencia civil y represión institucional.

Una obra sin personajes heroicos, como se conoce tradicionalmente, nada de líderes y personajes con un poder ganado por acciones extraordinarias. Por el contrario, se trataba de escribir desde las voces más excluidas, sobre los que tenían lo justo para sobrevivir, los que habitaban en un rancho de palos y zacate y sobre los que aún trabajan de sol a sol, aman a sus perros, disfrutan sus humildes pertenencias. Los más vulnerable a las injusticias. En fin, los descalzos en sentido real y figurado.

Se les da voz a las mujeres que expresan, sin ocultar, los impactos de su dolor y, que, en el hombre, debe ocultarse para ser hombre. En fin, descubrirlas como actoras sin el sensacionalismo llamativo del personaje objeto.

Fue en los Países Bajos (Holanda) donde se descubrió, en 1981, una novela que, para el escritor, estaba destinada a plasmar hechos de la cotidianidad que ni siquiera podrían merecer calificación de históricos; producto de catarsis e intuición, despertadas por un sentido de compasión y rechazo al horror que golpeaba a la población civil, a aquellos que «nadie sabe de dónde son». No se necesitaba residir en El Salvador para conocer e interpretar aquellas emociones.

El escritor lo logra mediante concentración y reflexión, nacidas de una lectura humanística que se sumerge en las limitaciones nacionales y que veinte o treinta años después, comparte su mismo dolor. A veces, haberlo descubierto pareciera obra de la casualidad.

Pero en arte no hay casualidades, sino trabajo mental que desde los griegos antiguos lo asimilaron al ocio, para diferenciarlo del neg-ocio producto del trabajo predominantemente físico, sin desconocer que este es la fuente del pensamiento, y la filosofía, sin lo cual «no habría políticos ni ciudadanos», según conceptos del padre fundador de las ideas-base (vivas aún) de la cultura occidental (Aristóteles, 322 años A. de Cristo).

Para esa producción mental, ociosa, es necesario información y conocimiento de la realidad universal, que no se contradice con la nacional, incluso provinciana, pero que origina el estereotipo del arte como labor improductiva. De ahí vienen los vacíos y las carencias de interés por las expresiones artísticas en lo que llamamos: tercer mundo.

Estas ideas que expongo me hacen recordar una vieja anécdota que me gusta repetir: el escritor inglés Bernard Shaw está sentado en el porche de su casa, pasa un vecino, lo saluda y le dice: Mr. Shaw, ¿descansando?. El humanista le responde: No, trabajando. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw poda su jardín. Le pregunta ¿Mr. Shaw, trabajando?, Shaw la responde: No, descansando. Para el vecino Shaw era un iluso o un excéntrico. Pero es así como surgen los prejuicios y exclusiones sociales.

Por otro lado, el escritor que escribe con intuiciones, como decir: «adivinaciones», sin ser tales, no son resultados de conocimiento físico y emotivo. No siempre será consciente de cómo se alcanzó aquel producto. El ejemplo más conocido es Van Gogh, quien no pudo entender su pintura y no pudo vender un cuadro en su vida, y el no sabía la razón, ni su hermano que era experto vendedor de arte. Luego se descubrió la calidad de su obra.

Me pasó con «Un día en la vida», estaba de visita en Costa Rica cuando un periódico anunciaba que se iba a defender públicamente la tesis doctoral titulada «Un día en la vida y la Biblia». No quise perderme algo que ignoraba; y descubrí que no siempre se es consciente del resultado de una idea creativa.

En ese propósito me refiero a una crítica que no logró descubrir las intenciones de un escritor. Me refiero a una reseña sobre «El Coronel no tiene quien le escriba», de Gabriel García Márquez. El reseñista publicó que el gallo abrazado por el coronel, final de la obra, era el pueblo colombiano. El periodista y escritor colombiano con esa ironía letal le contradijo: «suerte tuve con el fin de esa novela pues quise terminarla degollando al gallo, ¡imagínense, hubiera quedado como un magnicida del pueblo» (cito de memoria). Y el escritor explica en sus biografía que «el gallo era gallo, pero el reseñista quiso interpretarlo ideológicamente como a él le hubiera gustado».

Sí, porque la novela es ficción desde la realidad. En la escritura creativa no se advierte la diferencia entre lo real y lo imaginario.

Por esa razón, volviendo a los Países Bajos, en una conferencia de prensa (1981) este escritor, que respondía las preguntas, hizo él preguntar a los periodistas: «Quisiera saber por qué ha gustado tanto esta obra al lector holandés». Su respuesta dio tres razones: lenguaje sencillo acorde con la sencillez de los personajes; se tomó como personaje principal a una mujer; y tercero, por provenir los contenidos de un centroamericano; la periodista se extendió sobre la fama de la cultura patriarcal de los latinoamericanos. Y agregó: «Usted descubrió una heroína donde otros no lo ven».

Nota de Duelo.- Mi pesar por un héroe de la poesía. Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta, ha partido a reunirse con el cosmos, al que cantó. Cito mi gran recuerdo cuando lo visité siendo Ministro de Cultura, lo vi sentado en la grama, bajo un árbol de la zona verde, rodeado de visitantes extranjeros. Otro recuerdo: coincidimos en el Aeropuerto de Costa Rica. Lo noté preocupado porque tenía una hora de esperar y no habían llegado por él. Lo invité para que nos fuéramos juntos. No volví a ver el esplendor creativo de su persona. Del gran heredero de Rubén Darío.

Bienvenidos a la posverdad

El pasado mes de febrero se estrenó en Netflix una película llamada The Last Thing He Wanted (2020), de la directora afroamericana Dee Rees. En español, el título ha sido traducido como Su último deseo.

Basada en una novela homónima de Joan Didion, la película narra la historia de la periodista Elene McMahon (interpretada por Anne Hathaway) quien, luego de estar presente en El Salvador cubriendo la masacre de El Mozote, es asignada por su periódico a cubrir la campaña presidencial de Ronald Reagan. El padre de Elene (interpretado por Willem Defoe) cae enfermo y necesita cerrar un buen negocio: deberá hacer una entrega de armas en Centroamérica. Elene decide realizar ella misma la transacción.

La película es bastante mala y aburrida, y no me tomaría la molestia de escribir sobre ella si no fuera por algunos elementos que me resultaron inquietantes y que me dejaron pensando en lo fácil y rápido que se puede falsear la historia, a un extremo tal que los personajes de George Orwell estarían orgullosos. Curiosamente, los eventos de la película ocurren en 1984.

No he leído la novela de Didion y no sé si los errores argumentales son un problema del libro o del guión, pero uno de los motivos por los cuales la película falla es porque tiene una cantidad exagerada de incongruencias históricas, referenciales y hasta geográficas. Como escritora, comprendo muy bien las libertades que se pueden tomar desde la ficción para contar una historia real. Los eventos, tiempos y hasta nombres pueden modificarse según la necesidad narrativa. Pero aún dentro del invento, debe haber coherencia para hacer creíble la trama dentro de un contexto histórico específico.

Al inicio de la película, Elene y la foto reportera Alma Guerrero (interpretada por Rosie Pérez) son llevadas a El Mozote, donde hacen registro de la recién ocurrida masacre. Cuando van saliendo del lugar, Guerrero se monta en la tina de un pick-up. Las dos mujeres, civiles y periodistas, van vestidas de verde olivo. Pasa un camión del ejército salvadoreño y no les dicen nada. Cualquier civil que anduviera vestido de verde olivo, en esa zona y en esa época, habría pasado por guerrillero de inmediato, con las consecuencias mortales que eso implicaba.

Así se pueden enumerar varios errores más, como la confusa entrega de armas que hace Elene a los Contras en Nicaragua. Si eso ocurrió en la frontera sur, era imposible que cruzara hacia Costa Rica en jeep, sin rodear todo el lago de Nicaragua y salir por Peñas Blancas, porque no había paso por tierra desde la zona ocupada por la Contra en la orilla nicaragüense del Río San Juan. Esa vuelta al lago y llegar a San José le tomaría más de las 6 horas que dice Elene le tomó llegar, cuando habla con Guerrero por teléfono. Tampoco creo que en 1984 solo hubiera dos hoteles en la capital de Costa Rica, como menciona el organizador de la entrega de armas en una llamada telefónica, luego de localizar a Elene desde los Estados Unidos.

A pesar de que la película es confusa, el planteamiento es tedioso y está llena de situaciones predecibles, terminé de verla por disciplina y por la curiosidad de ver qué otros asuntos históricos relacionados con Centroamérica estaban mal planteados en la trama. Sus fallas me hicieron preguntarme muchas cosas.

Me llamó la atención que no se le diera importancia a la verificación de datos históricos por parte de la producción, sobre todo porque Rees es una directora que goza de mucho respeto entre su gremio. Se omitió por completo el nombre y la figura del teniente coronel Oliver North, quien fuera juzgado en los años 80 en los Estados Unidos por el escándalo Irán-Contras. North se declaró parcialmente responsable de la venta de armas a Irán (contra quien había un embargo) y de enviar el dinero resultante de la venta a la Contra, para financiar la guerra contra el régimen Sandinista. Esta cadena de compra-venta de armas es parte de la trama de la película.

Me pregunté cuántas veces habremos visto películas históricas que se han tomado grandes libertades para narrar los hechos. Por supuesto, hay eventos demasiado complejos para ser abarcados o explicados a cabalidad en una historia de dos horas, pero la congruencia es necesaria para ser fieles a la realidad.

A los pocos días de ver la película, durante la misma semana que se aprobó en la Asamblea Legislativa la llamada Ley de Justicia Transicional, Reparación y Reconciliación Nacional, se reavivaron los comentarios de quienes niegan la masacre de El Mozote o de quienes retuercen los hechos, ya confirmados por equipos forenses, antropológicos y periodísticos, de que en aquella zona se dio una matanza por parte del ejército salvadoreño en los años 80. Al igual que los terraplanistas, los anti vacunas y los negadores del holocausto, los negacionistas de El Mozote enarbolan motivos que son más emocionales que científicos o documentales.

Es abrumador darse cuenta de la facilidad con que la realidad puede ser tergiversada y convertirse en todo lo opuesto de lo que conocimos y vivimos, aunque quizás lo más impactante es la ligereza con que la mayoría de la gente se lo traga. No cabe duda que la cultura del silencio en la que hemos vivido y seguimos viviendo, empieza a cobrar su factura social.

Haber minimizado las historias de la guerra, con la absurda pretensión del perdón y el olvido; la sentencia de «ver, oír y callar»; las diferentes formas de auto censura, y el troleo en redes (que nos es más que una salvaje forma de censurar), son métodos actuales para alimentar e imponer esa cultura del silencio que permite la expansión de la ignorancia y la manipulación de la realidad histórica salvadoreña.

Bienvenidos a la posverdad, donde lo que alguna vez fue considerado verdad ahora es pintado como mentira. La buena noticia es que, en un tiempo en que todo parece vanidad y humo, leer, dialogar e informarse continúa siendo el antídoto infalible para conocer la realidad.

Paz y prosperidad con innovación social

Siempre me ha preocupado el tema de educación como base del desarrollo integral de nuestro país, del cual nuestro país ha adquirido el compromiso de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), planteados por la ONU, que incluye el cultivo de la creatividad en todos los aspectos de la vida, a la vez de buscar innovaciones acordes con la época, y estimular conocimiento con información tecnológica. Son 17 los objetivos cuyo logro de metas se establece en la agenda al 2030. Prácticamente, es un compromiso planetario.

Dentro de la tercera generación industrial, tanto niños, adolescentes y jóvenes se han adentrado a un aprendizaje informático y digital como práctica cotidiana. Esto obliga a cambiar enfoques educativos tomando en cuenta esa realidad. Compromiso a cumplir en el plazo establecido en la Agenda. Veamos lo que dice la ONU al plantear los ODS.

«(Hacer del planeta tierra) la casa común de la humanidad». Significa encontrar soluciones asociadas para aceptar los retos de sobrevivencia, entre ellos paz y prosperidad, que se debe lograr en alianzas «entre Estado, gobierno y sociedad». Algunas metas ya tienen un avance en El Salvador (Ver Informe 2019 sobre esos compromisos y cumplimientos, Cooperación Española, 2019, AECID).

Para abordar los temas relacionados con cambio y tecnología aplicados a la educación se necesita formación especializada, y ese reto deben retomarlo las universidades prepararse para recibir «el futuro», representado por esos geniecitos de las generaciones Alpha y centenial (entre 9 y 23 años), que nacieron con el chip tecnológico incorporado. Igualmente deben prepararse las bibliotecas (4º. Objetivo), libro, lectura, investigación, y creatividad.

Cuando se pensó que cada estudiante debería tener una computadora se olvidó que gran porcentaje de la población carece de energía eléctrica y de Internet, de agua, y asistencia en salud. Son las instancias educativas y culturales las que deben prepararse para guiar al usuario planetario en el uso de las «aplicaciones» tecnológicas.

Recuerdo una frase en «Edipo Rey», Sófocles (496 a.C., y 406 a.C.): «Nada es la nave, nada la torre, sin alguien dentro que la habite» (una frase para mí inolvidable), porque bromeamos tras bambalinas en la obra presentada en el Gimnasio Nacional, entre otros con Roque Dalton, uno de los actores de la producción del «Teatro Universitario» ¿1963?), a mi persona la habían rebajado a ayudante. Del un elenco de 25 personas recuerdo a Elisa Mesa, a Orlando Castro de la Cotera, a Miguel Parada (+), a Raúl Monzón (+) a Roque Dalton (+).a Arístides Larín (+); Carmencita de Vides (+), todos fueron después profesionales y académicos.

Estas son las reflexiones a partir de mis experiencias:

1. Deponer intereses personales para formular e implementar políticas públicas en el ramo educativo para no partir de cero en cada gestión institucional. El compromiso lo tenemos con las tiernas generaciones Alpha (nacidos después del 2010), un compromiso que corresponde cumplir a las generaciones adultas sin distinción edad, pues el uso de las nuevas tecnologías, involucran a la familia.

2. ¿Cómo apropiarnos de la torre y la nave tecnológica para que sean habitadas por un cerebro creativo? E informar al mundo e informarnos. Para ello requerimos investigación, inventivas, conocimiento técnico integral de los ejecutivos, y presupuesto de inversión.

3. Casi siempre atendemos en la Biblioteca a grupos preadolescentes y adolescentes, con sus respectivos maestros. En el pasado mes de enero uno de los docentes preguntó cuáles eran los Países Bajos (yo había hecho mención por ser el holandés la primera traducción de Un Día en la Vida). Devolví la pregunta. «¿Alguien lo sabe?». Algunos profesores mencionaron varios países de Europa, incluyendo Suecia, Bélgica, Holanda, Finlandia, incluso Groenlandia. «¿Nadie sabe?»

Entonces un chico de unos once años levantó la man para responder: «Los Países Bajos es solo un país llamado Holanda». Y explicó que tiene varias provincias (doce) dos de ellas llevan el nombre de Holanda. «Perfecto», respondí. El nombre del estado soberano es Países Bajos. No Holanda. A esta estas respuestas le llamo efecto generacional.

Comparé con otro error similar cuando decimos hablar el español. En verdad es el castellano, pues en España hay seis comunidades con su propia lengua cooficial, además del castellano, idioma oficial del país.

4. Para innovar necesitamos socializar entre sectores diversos y estimular formación creatividad para que nos tome desprevenidos la cuarta generación industrial y nos convirtamos en precarios consumidores. Para ello debemos fomentar y promover la investigación, el libro, las bibliotecas, la lectura, medios de conocimiento como pueden serlo las aplicaciones tecnológicas para apoyar el aprendizaje.

5. Tenemos que apropiarnos de esa realidad digital para orientar a niños y niñas y rescatar así su futuro. El futuro de todos. No dejarles como solución las caravanas, las deserciones o los barrotes por falta de inversión estratégica.

6. Innovar las bibliotecas y la escuela en todos sus niveles, con criterio amplio, hacerlas atractivas para el nuevo usuario generacional. Sin olvidar que entre las innovaciones está la lectura y la investigación; incluye las mismas Bibliotecas Nacionales, cuyo objetivo histórico es recopilar el patrimonio bibliográfico de la Nación, organizarlo, preservarlo y ponerlo a disponibilidad.

Por su lado, las Bibliotecas Públicas (BPs), tienen función adicional de la lectura la prevención de violencia. Ejemplo es Medellín, donde se crearon jardines bibliotecarios pensando en la familia, incluyen talleres, anfiteatros, y juegos recreativos. .

En Costa Rica se informa que sus Bibliotecas Públicas cuentan con un millón de usuarios anuales, inclusive imparten sesiones de zumba gimnastica, yoga, juegos en línea, cursos de inglés (Daniela Cerdas, La Nación, 14/01/2018). Creo que debemos incorporar la prohibición de guardar silencio en una biblioteca. En fin, implementar creatividad para promover la lectura como último fin hacia el conocimiento formativo. También las bibliotecas nacionales deben contar con sus propias modalidades culturales y tecnológicas para fomentar la investigación.

Resumo: crear e Innovar con sensibilidad social. Los robots, que ya en China manejan algunos restaurantes, son producto demostrable que «nada es la torre y la nave» si adentro no hay un cerebro que la habite.

Nuestra mejor opción

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. No valoramos lo que tenemos hasta que algo fuera de nuestro control o de nuestra imaginación, amenaza con esa pérdida.

Lo acontecido el pasado domingo 9 de febrero provocó en muchos de nosotros el escalofrío de los malos recuerdos, los de antes de la guerra. La imagen de los militares instalados en el Salón Azul de la Asamblea Legislativa, resucitó el temor de que volveríamos a los tiempos del militarismo y del autoritarismo, cuando los derechos humanos no existían y reclamar sobre ellos era una condena de muerte, literalmente. Fue el tiempo en que miles de compatriotas iniciaron la interminable diáspora que continúa hasta el día de hoy.

Sorprendió a muchos que el actual gobierno no hiciera ningún tipo de conmemoración oficial sobre los Acuerdos de Paz y el fin de la guerra el pasado 16 de enero. Desde hace años, varios sectores políticos se han empeñado en minimizar la historia y el profundo trauma que la guerra dejó en nuestra sociedad. Algunos insisten en que debe pasarse la página y olvidar los episodios más sangrientos y crueles de nuestro pasado. Pero olvidar la historia es conveniente únicamente para quienes buscan librarse de culpa o para quienes intentan restituir fórmulas ideológicas caducas. El desconocimiento de la historia y la idealización de algunos personajes o eventos, puede hacer creer a las nuevas generaciones que los antiguos métodos de gobierno siguen siendo los mejores para un país como el nuestro. Recordemos los desconcertantes resultados de una encuesta reciente en que la mayoría de los entrevistados opinaba que el país necesita de un régimen autoritario para solucionar nuestros problemas.

Los Acuerdos de Paz de El Salvador son mencionados con frecuencia, a nivel internacional, como un ejemplo de lo que se puede lograr cuando existe el diálogo. Y aunque muchos piensen que lo logrado fue muy poco, lo que se obtuvo fue la oportunidad de reconstruir un país a partir del establecimiento de una democracia legítima, una forma de gobierno que no habíamos conocido antes.

Uno de los más grandes errores de la política nacional es que se han partidarizado las ideologías. Pensar de una u otra manera se asocia a organizaciones y no a sistemas de pensamiento internacional.

Nuestros políticos están sordos y ciegos ante la verdadera raíz de nuestra problemática: la profunda desigualdad social. Ésta originó la guerra, no fue desmontada en los últimos 28 años y continúa presente en la base de nuestra violencia actual. Es comprensible que la población esté furiosa contra los políticos que sólo se preocupan por sus bolsillos y su propio bienestar, pero que cuando les resulta conveniente, saben hacer alianzas tácticas para alcanzar objetivos mezquinos, mientras el común de la gente sobrevive y muere en condiciones desesperadas.

Los eventos del 9 de febrero deben servir como una fuerte campanada de aviso para la sociedad en su conjunto. Nadie quiere ver fracasar al actual gobierno, porque desearlo es desear que todos fracasemos. Cuando un gobierno fracasa, todo el país sufre las consecuencias y las secuelas perduran durante años. Lo que estamos viviendo es el acumulado de varios gobiernos desastrosos.

No se puede gobernar pensando que «quien no está conmigo está contra mí». Es necesario comprender y aceptar que hay un amplio sector de nuestra sociedad que está profundamente defraudado del quehacer político y que no por eso es anti patriota o «enemigo». Es normal, necesario y saludable que exista una oposición. Hacer oposición es también una forma de construir y vigilar la salud de nuestra democracia, siempre y cuando esa oposición señale errores, sustentados en argumentos sólidos y no emocionales, y que sepa presentar alternativas que favorezcan a la mayoría de la población y no a un puñado de compinches partidarios, empresariales o familiares.

Amplios sectores sociales han acumulado durante años un profundo resentimiento y furia contra los políticos de todas las tendencias ideológicas, un resentimiento comprensible enraizado no sólo en el destape de todos los actos de corrupción sino también, y sobre todo, en el abandono en el que han dejado a los sectores más afectados por la violencia pandilleril, el desempleo, los pésimos salarios y el alto costo de la vida.

La tolerancia de las mayorías está llegando a límites peligrosos. Lo vivido aquel domingo demostró que nuestras instituciones todavía son enclenques. Pero no todo está perdido. Dichas instituciones pueden robustecerse, nutrirse y consolidar sus estructuras de manera que la separación de poderes garantice los contrapesos para impedir retrocesos en nuestra frágil democracia.

El temor de volver a un pasado atroz es razonable y comprensible. Este país ha sufrido y sufre demasiado todavía como consecuencia de ello. Mientras múltiples organismos y personalidades nacionales e internacionales han manifestado su preocupación por dichos sucesos, minimizar la gravedad de los acontecimientos del 9 de febrero demuestra insensibilidad y desconocimiento de la realidad. Si no le damos la importancia debida a lo ocurrido, nos podemos arrepentir de las consecuencias de nuestra indiferencia en un futuro cercano.

Nuestra democracia sigue en construcción. Nadie dijo que iba a ser fácil ni que iba a ser rápido alcanzarla. La impaciencia y la impulsividad son malos consejeros, tanto en la vida cotidiana como en el quehacer político. Sumadas al profundo resentimiento acumulado en la población, la impaciencia y la impulsividad pueden activar una bomba de tiempo con consecuencias desastrosas e incontrolables para todos.

Así como nuestros Acuerdos de Paz fueron ejemplares, así deberá y podrá ser la construcción y la consolidación de nuestra democracia. No sigamos siendo como Sísifo quien, a punto de llegar a la cima de una montaña empujando una piedra, se le cae y vuelve a rodar al fondo para comenzar otra vez con el mismo esfuerzo. Tenemos que continuar empujando la piedra de nuestra democracia y echar el hombro todos a través del diálogo, la tolerancia, la madurez política y el respeto.

Lo de Sísifo fue un castigo. Lo nuestro es una opción: la de no dejar caer nuestra democracia.

Hacia una ruta histórica urbana

La naturaleza y el humano no permitieron preservar las señales de identidad en los centros urbanos, vacío que dio paso al deterioro arquitectónico, obviando así una expresión estética y a veces pérdida de patrimonio edificado. Uno de los fundadores de la Generación Comprometida dice: «En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos». Y eso produjo «una ciudad marchita, desconsolada». («Ciudad Casa de todos», MINED, 1968, Álvaro Menén Desleal).

Sin embargo, mucho se está salvando en los dos últimos gobiernos locales de San Salvador, otros en el pasado lo intentaron, pero se revirtió en triste devaluación de la riqueza edificada. Un San Salvador llamado «pequeño París de Centroamérica» terminó con el terremoto de 1915.

No solo la naturaleza, también el hombre quiso renovar provocando incendios ilegales en las década del 50 del siglo pasado. Escribí un libro con este tema de piromanía que a las nuevas generaciones lo real les parecería irreal. Pero también son experiencias para el aprendizaje. Tomando en cuenta que la humanidad no es un bebé generacional sino una anciana de sabiduría milenaria. Así, hemos perdido por inopia, la arquitectura emblemática, perdida a pausas que ha dado paso a parqueos, gasolineras. Por vacíos de planificación.

No estaríamos completos si no se diera el rescate de esos espacios de la capital, que implica darle espacio al que camina a pie en unas calles que se hicieron para que transitaran recuas de mulas (hay fotos de mulas «parqueadas» en el antiguo Palacio Nacional, finales del siglo XIX). Los vacíos urbanos provienen por no contar o no cumplir con las políticas arquitectónicas, por ejemplo no se tomó en cuenta el crecimiento de la población; además, por una descentralización urbana a raíz de las catástrofes o el desinterés.

Si queremos promover las zonas históricas debemos hacer una renovación. No retomar estos temas por pura nostalgia, sino por respeto a nuestra historia, que sea un tema que permita apropiarnos de nuestras realidades de identificación nacional, no permitir que el olvido se convierta en cien años de ingratitud (parodio a García Márquez).

En verdad, la imaginación nos permite considerar nuestro presente de modo que este día que la gente camina por las calles, o cuando escribo este trabajo, dentro de veinticuatro horas ya será historia, porque el cordón umbilical, oferente de vida, no se corta sino hasta la muerte. Esto asegura el futuro que seremos, en un tiempo que es como el río de Heráclito, que fluye en constante cambio y crecimiento, las aguas que miramos correr, en el momento de observación no son las mismas cada segundo que pasa; pero sigue siendo el mismo río.

Derruido y olvidado, es un deber rescatar lo que nos queda en esas 50 o 40 manzanas históricas de San Salvador. Y me refiero a espacios relegados. Ahí donde se desarrollaron acciones de la vida cotidiana, y que por razones de la naturaleza se cambió de localización el transcurso de esa vida. Ahí estuvieron centros escolares, lugares comerciales, sitios de recreación, instituciones gubernamentales, medios de información. Ahí se dio una práctica política limitada casi siempre por el autoritarismo.

Además, ese rescate de identidad permite generar conocimiento, y este a la vez repercute en la economía por turismo cultural. De modo que la modernización urbana o global no se contradice con el respeto a las señales históricas, como es el centro de una ciudad. Entre otras cosas, invertir en placas rememorativas, en monumentos conmemorativos relacionados con la cultura en general. No solo para salir del paso, pues algunos más parecen adefesios, excepto los que tuvieron financiamiento por razones políticas no siempre meritorias.

Es cierto, tenemos situaciones por resolver como es el deterioro económico que produjo proliferación de comercio informal, hacinamiento, inseguridad, además de la marginalidad y exclusión de gran parte de la población que produce un problema que contribuye a la depreciación del ambiente urbano.

Porque no es que todo tiempo pasado fue mejor, pero esas edificaciones son históricas por producir vida en todas sus manifestaciones. Por ejemplo se podía asistir al Teatro Nacional a presenciar obras en horarios nocturnas. O visitar restaurantes como El Migueleño, El Mercedes, el México, los panes Gutiérrez, los Frijolitos Carlota. Bares como La Praviana, El Paraíso de Adán, el Chipilín, Chalo´s, el Lutecia, el Gambrinus. Y los cafés que mencioné en trabajo anterior.

O bien sitios de disfrute familiar y restaurantes como el Mercedes, el Sorbelandia, el Bengoa, todos alrededor del Teatro Nacional o a inmediaciones de la Segunda Avenida, ahora Monseñor Romero. O bien entidades culturales como Editorial Benjamín Cisneros (ahí resurgieron la Revista Universidad, La Pájara Pinta, Vida Universitarias y las primeras colecciones literarias proyectadas al mercado(. También estuvo el Centro Social Universitario, donde salían los famosos «desfiles bufos». Agregamos cines como el Apolo, el Izalco, el París, el América, el Follies, Cinelandia, Cine Popular, Principal, todo un mapa cultural.

O librerías que comercializaron obras de editoriales extranjeras. Cito la Cultural (de don Kurt Whalen) y la Claridad de Ana Rosa Ochoa (escritora y secretaria de Alberto Masferrer). También tuvo sede el Teatro Universitario, cercano a la Rectoría y Facultad de Humanidades, contiguo a lo que fue el Colegio Sagrado Corazón (a tres cuadras al Poniente de lo que fue ANTEL). Por cierto ambos centros fueron invadidos y objeto de vandalismo, además de golpear a estudiantes, incluyendo autoridades universitarias, entre ellas el Rector Napoleón Rodríguez Ruiz, el único novelista de la época con su obra «Jaragua». Este drama político lo narro en mi obra «El Valle de las Hamacas» (Argentina, 1970: y UCA Editores, 1992). En fin, tantas cosas para no echar al olvido la historia patria

Nota.- Un saludo al cineasta Alfonso Quijada que próximamente inaugurará «Apex Studios» y presentará el rodaje de su primera obra como director de cine, «El suspiro del silencio». En el Café «Luz Negra», reunido Quijada con varios cineastas europeos y canadienses, me dio a conocer una sinopsis general de su película cuya temática es El Salvador.

Réquiem por un cortés blanco

Andabas en el centro comercial, haciendo tus mandados, evadiendo a las personas de la mejor manera posible, circulando por pasillos que estuvieran menos transitados. Salís a un corredor que da a la calle y te vas caminando, rumiando esa tristeza pastosa que te asalta cuando llegás a un lugar con demasiada gente y pensando en eso andás cuando ves al otro lado de la calle. El volcán y los árboles.

Te quedás viendo un rato. Sacás el teléfono porque se te hace que puede salir una buena pic y te acomodás el par de bolsas en el brazo izquierdo y te agarrás bien la cartera porque en este país cualquiera pasa corriendo y te arranca hasta el alma, si cree que robársela sirve para algo. Enfocás el volcán y te arrepentís. «A quién le importa, no la voy a postear, es para mí, es la misma imagen que todo el país ya ha tomado en su celular». Ya no enfocás, pero seguís viendo el volcán y una mancha amarilla te llama la atención, entre los árboles que están justamente enfrente. Es un cortés blanco. En plena floración. Amarillo vibrante. Amarillo martillo. Amarillo grito. Como si el color amarillo fuera el color de la felicidad y de la grandeza. Exultante, provocativo, magno, digno. Así, con las ramas extendidas y frescas, como diciendo con orgullo: «¡Mírenme, aquí estoy, fuego amarillo en este bosquecillo!».

Estaba solo, por decirlo así, el único en flor en medio de varios árboles que, a pesar de su follaje, se miraban secos y sedientos por el polvo del verano. Ese verde tostado de la falta de lluvia y de la plenitud del sol. Son las estaciones, ya se recuperarán cuando llueva, pensás. Te das cuenta que la foto es en realidad ese árbol vestido de amarillo y que el volcán puede quedar como un detalle secundario, al fondo. Es a esa majestuosidad en amarillo a la que querés retratar.

Enfocás el árbol al centro, el volcán en la esquina derecha y apretás el botón. Mirás la imagen. Tomás otro par, variando el ángulo. Y ahí la tenés, la foto del elegante cortés blanco de flores amarillas y que emana una vibración de belleza y fuerza. Un recordatorio de que la vida es de ciclos y que después de la muerte quedan siempre la vida y el renacer.

Recordás las flores del árbol de marañón japonés tapizando el suelo de rosado maravilla en la casa de Los Planes, los madrecacaos a la entrada de la finquita de la familia, las magnolias en el jardín del colegio, las pequeñas flores del laurel que estaba en el frente de la casa de infancia y que se colaban por debajo de la puerta principal, desperdigándose en el suelo de la sala. Recordás las jacarandas en México, las magnolias en Bonn, los malinches y sacuanjoches en Nicaragua.

Un año después andás de nuevo en el centro comercial. Entonces recordás la foto del árbol. El cel te avisó en la mañana que un año atrás tomaste aquella foto. El celular te obliga a recordar cosas y como los algoritmos no tienen corazón, te lanza recuerdos indiscriminados. Siempre dudás de las buenas intenciones de los algoritmos.

Desde el recordatorio de la foto del cortés blanco, tomaste la decisión de volver a tomar otra, la de «un año después», en el mismo punto, el mismo lugar, el mismo ángulo. Alguna variante habrá. La luz, el nivel de floración, las nubes, el color del volcán.

Llegás al corredor, caminás y buscás al árbol. Pensás que quizás no ha florecido todavía. Pero te extraña. Ya los maquilishuats están floreando. Ya los árboles anuncian sus flores. Entonces te das cuenta de algo. Estás en el lugar correcto. Quienes no están son todos los árboles de la foto. Ninguno. Estaban donde ahora hay un pedazo de tierra aplanado. Donde hay tractores y camiones y materiales de construcción. Donde estuvo el cortés blanco habrá ahora un edificio de lujo.

Buscás bien. No creés. Comparás. Pero es cierto. El cortés blanco ya no está. Te quedás ahí, parada, viendo el movimiento de la construcción. Quienes vengan a comer acá no verán árboles: verán ese edificio. Quienes vivan en los edificios verán a esos comensales estupefactos, envidiando a los que viven al frente.

Nadie recordará que allí hubo árboles. Que en esos árboles vivían aves e insectos. Que todos fueron sacrificados, destruidos. Que nuestra felicidad consumista está fundada sobre la muerte de otras especies vivas. Y que nos importa un ápice. Lo seguiremos haciendo, destruiremos todo porque nuestra comodidad individual no puede ser sacrificada por un árbol o un animal. Nos iremos al carajo. Pobres hijos, pobres nietos, porque de ellos será el planeta del infierno climático.

Nada se puede hacer. Caminar. Salir de allí. Lamentar de antemano la segura muerte de los árboles que están junto a la construcción. Y los que están detrás. Y todos los demás. Todo será cemento. Todo será ciudad.

Ya puesta en casa no podés dejar de pensar en el asunto. Imaginás el primer golpe del hacha o del machete. Imaginás el estremecimiento de los árboles y de los animales. Algunos habrán logrado huir. Otros quizás no. Imaginás el caer de los árboles, el crujir del tronco, el golpe de la caída, el olor del serrín, el fluir de la savia, el olor de la muerte vegetal. Imaginás cómo hicieron pedazos los troncos y cómo se los llevaron y cómo fueron aplanando el terreno y como todo fue borrado.

Observás de nuevo la foto del cortés blanco. Querés creer que otras personas también lo conocían y respiraban su amarillo majestuoso. Querés creer que hay más fotos de aquellos árboles que ya no son más. Su recuerdo queda en fotos, como el grito mudo de una belleza destruida por el peor depredador de todos.

Un cortés blanco al que nunca más volveremos a ver florecer.

Centro histórico, nostalgia y cultura

Una de las sorpresas que se lleva quien pertenece a las nuevas generaciones de adultos es descubrir que el Centro Histórico es la «gran casa de todos», es decir, la «sala museo» de la ciudad. Lástima que fue abandonada después del terremoto de 1986. Fue por temor a la falla tectónica del centro de San Salvador. Desde entonces, se dejó su existencia a la buena de Dios; solo apto para los que, con resignación, aceptaron quedarse.

Abandonado, es cierto, por nuestras etapas dramáticas y sociales, pero no desaparecido. Desde ese abandono, me he dedicado por dos décadas, cada día, por lo menos los laborales, a recorrerlo y a reencontrarme. Es como convivir, que es conocer. Si no conocemos resulta arduo tomar decisiones acertadas.

No obstante el trauma de años pasados, no exento de temores y explicable para nuevas y anteriores generaciones, me dio por recorrer sus calles como lo hace cualquier ciudadano para ganar el sustento diario. Como los niños que han hecho suyo el Centro Histórico, como cuando alguien carente de juguetes se encuentra uno tirado en la calle.

Sí, nos hemos fortalecido en esta zona histórica. Y, a contrario sensu, hemos ganado el derecho a sentirnos de su propiedad. No sorprenda entonces que, pese al embellecimiento actual y al atractivo despertado en los últimos tres o cuatro años, sobrevive el vendedor informal. Que no moleste esa realidad, paciencia hermanos, ya alcanzará el presupuesto para reubicaciones en centros comerciales populares. Por no llamarlos mercados.

Pese a todo lo anterior, agrego que mi vida, una vez emigrado como estudiante universitario desde San Miguel, fue también por muchos años parte de mi entorno vital. Porque aquí crecimos y nos desarrollamos en todos los sentidos, económica y culturalmente hablando. Cultura originaria, raíz donde creció ese sentimiento que algunos llaman nostalgia cuando se está fuera de su país, lejos de lo que llamamos patria, de la cual afirmamos sentirnos orgullosos.

He tenido la suerte de recorrer las locaciones que forman el Centro Histórico y puedo hablar con propiedad sobre su riqueza edificada, convertida en patrimonio de la ciudad y de la Nación. Son 50 o 40 manzanas que nos atan al fervor nacional (entendido como fervor patriótico, aunque esto no suene tan bien).

Se fue perdiendo el amor por ese espacio, pero, desde ese rechazo, ha ido surgiendo como el Ave Fénix alzar vuelo sobre un novedoso San Salvador. Libre de aprisionamiento por quienes lo prefirieron invisible, feo, destinado a la cultura de los marginales. Solamente los hados de la historia pudieron salvar el patrimonio edificado con sus muestras emblemáticas como Catedral, Teatro y Palacio Nacional, los dos portales frente a la plaza Libertad y las iglesias del Rosario y Calvario. Posteriormente llegó la Biblioteca Nacional.

Al regresar a mi país, después de décadas de ausencia, decidí congraciarme con esas 40 o 50 manzanas. Ahí donde presentábamos obras dramáticas en el Teatro Nacional, con directores como los maestros André Moureau, o Edmundo Barbero, y a teatro lleno. Pese a que las obras terminaban a las diez u once de la noche, con actores improvisados como Roque Dalton, Roberto Armijo, Hildebrando Juárez, Miguel Parada (después Rector de la UES). Este último era el único que hacía papeles principales; mi persona y otros poetas hacíamos papeles secundarios: verdugos, soldados, sirvientes, sin decir palabras; quizás un grito (solo éramos parte del marketing, pero cumplíamos con desenfado).

De esas realidades nació mi última novela publicada: «Los Poetas del Mal», o Generación Comprometida. En horas del día nos encontrábamos como periodistas cercanos las fuentes: Asamblea Legislativa y Ministerios, alojados en el Palacio Nacional. Cerca estaban los cafés para esperar las noticias: El Izalco, el Doreña, la Bella Nápoles, el Americano, y España. Ninguno de estos locales sobrevive. Como advierten, los lugares visitados lo fueron por razones de trabajo, o para departir sobre poesía alrededor de una taza de café. Los periodistas hacían lobby mientras llegaba la noticia. También eran sitios frecuentados por policías encubiertos para ver si descubrían pláticas contra el orden establecido por los gobiernos militares de turno.

Los «poetas del mal», además de escribir, también hacíamos periodismo radial. E incluso televisivo, pues uno de nosotros, Álvaro Menén Desleal, tuvo el primer telenoticiero en un edificio que retó el derrumbe del 1986 (Edificio Central), aun está ahí diagonal a Plaza Libertad, depreciado pero vivo.

Todo esto lo recupera mi nostalgia, entorno de mi vida de estudiante universitario y ciudadano especial, digo, porque fue ahí donde creció lo que la historia cultural conoce como Generación Comprometida, que ha ido dejando las señales de su presencia futura con su obra literaria.

Sobre el Centro Histórico recuerdo las palabras del investigador español Antonio Espada, quien escribió (2007) que «la parte más bella de San Salvador está en esa zona depreciada por la catástrofe del 1986». Lo demuestra con fotos publicadas en un medio digital.

Otro español, en el mismo año, exaltó a la Iglesia del Rosario como una bella escultura: «Cuando entro, dan deseos de quedarse como huésped toda la vida». Es extraño, pero las palabras de dos españoles me hicieron recapacitar en que yo pasaba todas las semana en ese lugar, después de haber vivido ausente de mi país por más de 21 años; pero fui a lo mío: mi compromiso laboral. Fueron esos dos testimonios de los europeos que me retaron a recobrar lo que fue parte de una vida intelectual, por la cual los escritores arriesgaron bienestar y beneplácitos.

Con los dos españoles comenzó la ruptura de traumas dramáticos por intolerancias y muertes. En aquellas épocas, originadas desde la institucionalidad. Y valoré las causas de quienes solo vieron fealdad: calles llenas de humo vehicular venenoso y violencia social. No por la guerra, sino por paz cotidiana. Cuando, según estadísticas de hace unas dos décadas, nuestra ciudad orgullo se había convertido en las tres más violentas del mundo. Pese a todo, «o tempora, o mores» (Catilinarias, Cicerón). Oh, dolores y amores.