Alfabetización, libros, pensamiento y desarrollo

Cuando se habla de suprimir el analfabetismo, las estadísticas incluyen a quienes apenas aprendieron a escribir su nombre, su firma y conocer los números. No obstante, la gente humilde es feliz.

Recuerdo que le pregunté a una señora de una comunidad, allá por La Unión (el Caulotillo): «¿Qué importancia le da al hecho de haber recibido clases para alfabetizarse?». Me respondió: «Conocer los números del teléfono y poner mi firma, pues así puedo llamar a mi gente que vive en el exterior, y eso me permite firmar por las remesas».

Por supuesto que mealfabe sentí bien con su respuesta. Pero no basta, es grato que la población rural, alejada del mundanal ruido, tenga un conocimiento elemental para sobrevivir y defenderse de la pobreza. Es un primer paso, lo peor sería no darlo. Aunque esto no basta.

Otra vez, en San Miguel, recibí una demostración del aprendizaje de una señora de un barrio de alta vulnerabilidad (Milagro de la Paz), y cuando le pregunté al alfabetizador si los alfabetizados conocían los números, pidió una voluntaria, una mujer sencilla que mientras recibía las clases sus pequeños hijos jugaban en el corredor de la escuelita. El instructor le dictó una cantidad superior al millón. Me quedé sorprendido que la señora escribió la cantidad de inmediato.

Mi asombro va más allá, cuando he conocido casos de quienes reciben educación formal en niveles más altos, inclusive superiores, que no pueden escribir de inmediato una cantidad dictada, superior al millón. Hay más ejemplos pero no quiero parecer ofensivo señalando malas prácticas de aprendizaje. Aunque eso ya es sabido: que un título no es suficiente para evaluar calidad formativa. Pero esto último es otro tema.

Sin embargo, si no hay sostenibilidad repercute en falta de oportunidades para emprender, para vencer realidades, para defenderse de la pobreza. Y lo mismo se aplica cuando hay analfabetismo funcional, quienes sabiendo leer y escribir, no alcanzan a percibir la importancia de una educación autodidacta mediante el libro y la lectura. La carencia de ese hábito, no le permite contar con medios que le lleven a beneficiarse en su vida laboral, o cae en desempleo y en dificultad para sus emprendimientos de sobrevivencia.

Además, hay alto porcentaje de analfabetos por desuso, que retroceden en su capacidad de lectura y escritura porque jamás van a tener un libro en sus manos. Incluyo el libro en los tres soportes: digital, analógico y audiolibro. En algunos de nuestros países regionales hemos descuidado el factor público de continuidad, sea por inopia, por carencia de recursos financieros para esos rubros, no obstante que contamos con recursos humanos preparados para dar la luz verde para vencer esos vacíos. Se ha avanzado, en parte, implementando programas de formación alternativa, pero se nos hace tarde para asimilarnos con efectividad al siglo XXI, y la era tecnológica. Países de otras regiones tuvieron condiciones de retraso, en las últimas cuatro décadas y sin embargo son ahora ejemplo de un desarrollo que casi pareciera inexplicable. Y cuya visión ha sido de la información tecnológica que lleva al conocimiento y a la inventiva.

Asia es el ejemplo palpable; pero igual en países pequeños europeos, que han sufrido las consecuencias de dos aterradoras guerras mundiales, tales como Finlandia, Islandia, o Países Bajos. Los conflictos bélicos y dictaduras padecidos por cuatro países de América Central, no justifica permitir la paralización. Pese, repito, a contar con recursos humanos calificados.

¿Qué faltaría? Políticas de Estado; racionalización del gasto público para que cultura, salud y educación sean prioritarios. Más aun se está volviendo una necesidad la reforma a las leyes obsoletas no adecuadas a la era tecnológica. De no ser así será difícil cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), como lo plantean las Naciones Unidas para superar todos los retrasos e inequidades. Y cultivar así una cultura de convivencia, a partir del respeto a las leyes.

En América Latina, hay por lo menos 10 países que tienen más del 98% de alfabetizados, por América Central se incluye Costa Rica en quinto lugar, después de Cuba, Chile, Uruguay y Argentina, en ese orden; pero no se trata de evaluar el hecho de leer y escribir, sino que han partido de esas acciones estratégicas para los logros educativos que incluye publicación de libros y fomento de esa industria que incluye promoción de lectura.

Si hay libros hay lectura, si no hay editoriales perdemos una base fundamental de desarrollo. México lo hace desde hace casi un siglo: publicación masiva para distribución en centros escolares.

A propósito, Alberto Fernández, presidente de Argentina, da una grata noticia: los programas educativos deben incluir la lectura de 183 libros en el año, entre ellos obras literarias. La lectura crea una cadena de resultados para favorecer el pensamiento crítico, hace comprender los problemas nacionales, y facilita la sinergia que permitirá una sociedad democrática y pacífica. Los países del mundo se fijaron una agenda de 30 años para cumplir los ODS.

Y al hablar de libros no debe hacerse distinción entre uno y otro soporte. En España, referente de desarrollo más cercano a nuestra cultura, el libro digital alcanza el primer renglón porcentual de lectura, seguido del audiolibro, y relegando a gran distancia al libro en papel, que no resta su importancia en la educación formal.

La idea es saltar la brecha que obstaculiza el camino hacia el logro del desarrollo sostenible según lo indica el PNUD. Aplicarlo en El Salvador es un compromiso para arribar a un país viable que priorice en programas hacia un país «productivo, educado, y seguro». Significa nuevo pensamiento, cambios de mentalidad hacia las limitaciones de los sectores más pobres.

Sobretodo visión de futuro, donde la calidad se valore a partir del conocimiento para adquirir habilidades creativas, valores y comprensión de la cultura contra las desigualdades; contar con agua potable, salud, educación de calidad, convivencia, igualdad de género. Son 17 objetivos planteados por las Naciones Unidas. Nuestro reto para salir del retraso secular.

La orgía más cara de la historia

El inicio de año supone un ejercicio casi obligado de repasar lo ya acontecido y pensar en lo que viene. La entrada del 2020 me hizo recordar algunos momentos culturales y sociales importantes de hace cien años y que contrastan con el tiempo actual.

En los años 20 del siglo pasado se respiraba un aire de optimismo y de celebración. La euforia generalizada por el fin de la I Guerra Mundial, provocada sobre todo por el estado de prosperidad económica que ello supuso para algunos países, sumado a los avances tecnológicos de la época, alimentaron una serie de rompimientos y propuestas considerados audaces para su tiempo.

En un artículo titulado «Ecos de la Era del Jazz», el escritor F. Scott Fitzgerald retrata el espíritu de aquella década que, para él, comenzó con el llamado «Verano rojo» de 1919. En aquel entonces ocurrieron una serie de disturbios raciales entre negros, blancos estadounidenses e inmigrantes europeos en los Estados Unidos. Dichos eventos, que comenzaron en mayo y continuaron durante prácticamente todo el año, dejaron cientos de muertos, en su mayoría hombres y mujeres afroamericanos, que fueron linchados o lapidados, sobre todo en Chicago, Washington D.C. y Elaine (Arkansas), lugares que sufrieron con más fuerza dicha violencia.

«Los acontecimientos de 1919 nos volvieron cínicos más que revolucionarios», argumenta Fitzgerald y sostiene que una característica generalizada de la década fue que no había interés alguno por la política: «Fue una época de milagros, fue una época de arte, fue una época de excesos, y fue una época de sátira. (…) Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?».

Los servicios de luz eléctrica, agua potable y aguas servidas comenzaron a masificarse, sobre todo en las ciudades. La naciente industria automotriz popularizó la compra de automóviles. Los postes del tendido telefónico permitieron la expansión de las comunicaciones. La radio se consolidó como un medio de difusión masiva. El cine mudo se popularizó como una forma de entretenimiento y tuvo su transformación definitiva cuando surgió el primer largometraje sonoro, The Jazz Singer. Charles Lindbergh y Amelia Earhart cruzarían el océano en vuelos solitarios, lo que impulsó la aviación comercial de pasajeros.

Las mujeres subieron el ruedo de sus vestidos y lograron votar, aunque muchas siguieron luchando por mejorar sus condiciones de trabajo en las fábricas. Josephine Baker bailó prácticamente desnuda en sus shows del Folies Berg¬ère en París y se convirtió en la primera afroamericana en participar en un largometraje. El ánimo de desafío contra las costumbres permitió el surgimiento de las «flappers», mujeres que llevaban el pelo corto, se pintaban la boca de rojo, bailaban, fumaban y bebían alcohol.

El charlestón, el jazz y el blues dominaban los salones de baile y las fiestas. La prohibición del alcohol (de 1920 a 1933) disminuyó la incidencia de cirrosis en la salud pública, pero el contrabando y la destilación clandestina permitieron el florecimiento del crimen organizado y la expansión de las mafias. Al Capone, Frank Costello y Lucky Luciano se convirtieron en el dolor de cabeza de las autoridades y calaron en el imaginario popular con la figura del gánster.

El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence era el libro escandaloso de su tiempo, gracias a sus descripciones sexuales consideradas como gráficas. Erich Maria Remarque contaba la desolación de la recién terminada guerra en su novela Sin novedad en el frente. El estilo arquitectónico y de diseño de la Bauhaus saltó fronteras y se expandió por el mundo. El edificio Chrysler, construido entre 1928 y 1930 en Nueva York, supuso la culminación del art déco y la ambición del ser humano por escalar los cielos construyendo edificios cada vez más altos. George Gershwin compuso en 1924 Rapsody in Blue, una pieza orquestal que funde elementos clásicos con jazz y que, para finales de 1927, había vendido un millón de copias en discos de acetato de doce pulgadas. El dadaísmo y el surrealismo rompieron la formalidad y el esnobismo estéticos, dando paso a la exploración del sinsentido y de lo subconsciente.

Ocurrieron mil cosas más, pero la estrepitosa caída de la bolsa en los Estados Unidos, el «Martes Negro» del 29 de octubre de 1929, rompió con el hechizo de euforia de la década de los 20. Cientos de personas perdieron sus fortunas y los bancos quebraron. Las consecuencias se dejaron percibir en el mundo entero y millones de personas perdieron sus trabajos, entrando en la Gran Depresión de los años 30 y que conduciría, casi como fatalidad, a la II Guerra Mundial.

El artículo de Scott Fitzgerald, escrito en 1931, termina con una reflexión nostálgica de una década que sin duda fue próspera e intensa: «… la orgía más cara de la historia se terminó (…) porque la total confianza, que era su apoyo esencial, recibió una terrible sacudida y a la endeble estructura no le llevó mucho tiempo venirse al suelo. Al cabo de dos años, la Era del Jazz parece tan lejana como los días anteriores a la guerra. Era un tiempo prestado, en cualquier caso. (…) Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. (…) Y todo eso nos parece rosado y romántico a nosotros, que entonces éramos jóvenes, porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea, nunca más».

Ahora avanzamos en el siglo XXI, a una nueva década de años 20, con un mundo que arde en llamas (literalmente), donde convivimos con lo tecnológico de maneras que hace cien años no eran ni imaginadas y con un ánimo global de rabia, agitación, insatisfacción y cinismo, con tambores y clarines de guerra sonando siempre fuerte.

¿Que se dirá de nosotros y de este tiempo dentro de cien años? Ojalá que para entonces no hayamos vuelto a la edad de piedra y que la humanidad haya podido evolucionar hacia una realidad más benévola que la del presente.

Transporte público, idea al vuelo

A finales de diciembre leí en redes sociales reclamos por el subsidio del transporte, me llamó la atención una persona con espíritu crítico que solicitaba se hicieran propuestas, no solo desahogos e insultos. Es un tema político que preferiría no tocar, pero por tratarse de educación al ciudadano presento algunas ideas. Parto de una frase del escritor clásico alemán Goethe: «Gris es toda teoría amigo mío, pero verde es el árbol florido de la vida».

Estoy casi seguro de que quienes definen el problema no conocen el interior de un bus, aunque quizás lo conocieron en su época de limitaciones económicas; pero lo olvidaron. Para comprender las quejas del transporte público deben conocerlo por dentro quienes definen las políticas públicas. Me imagino la satisfacción del usuario, el de a pie, atestiguando la presencia de quienes definen esas políticas, en especial quienes nos legislan.

Una práctica territorial, sería valedera para solucionar el problema; conocer en directo el malestar ciudadano. Inclusive sería un acto mediático favorable al político partidario.

Cuando estudiaba Derecho (significa muchísimos años), me preguntaban cómo creía que podría solucionarse el tema del transporte urbano: «¿Crees que en un futuro utópico la clave para mejorarlo sería que cada familia tuviera un automóvil, o si la clave sería mejorar el transporte público?». Caí en la trampa. Respondí: «El automóvil, por supuesto». Después de visitar varios países de América Latina y los EE.UU., y Europa, reparo que el resultado beneficioso, utópico, es el transporte público. Expongo al respecto ideas partiendo del punto de vista de Goethe: Conozcamos la realidad. El tema es complejo por circunstancias propias del país después que negociaron la paz las partes en conflicto. Por razones de espacio reduzco las ideas:

Después de 21 años de ausencia, regresé a mi país, y me llamó la atención, viajando a San Miguel, mi ciudad, el caos vehicular, en especial en el bulevar del Ejército. Reparé en la zona verde desde San Martín hasta el «reloj de flores». Entonces escribí que la solución del transporte público sería un metro elevado. Bastaban dos rutas para comenzar: San Martín-Santa Tecla; Apopa-San Jacinto. La zona verde divisoria de los carriles era propicia. Aminoraba la inversión. Por supuesto que se debía invertir para ganar espacios en el abandonado centro de San Salvador. Por la vulnerabilidad sísmica del Valle de las Hamacas un subterráneo se ve inviable.

Es que al hablar de Metro pensamos en los subterráneos de Nueva York, Londres, México; y el de Moscú, considerado como un palacio bajo tierra, con 44 estaciones declaradas patrimonio cultural. En cualquiera de estos circulan millones de personas al día.

También hay otros metros de ciudad pequeñas, como el de Medellín y Panamá, financiados con préstamos blandos y su prestigio es tal que a la gente incluso lo ha convertido en atractivo turístico. ¿Nosotros por qué no? ¿Faltó visión cuando enviamos el tren a un museo?

Volver al tren implica invertir, pero se recupera con el rendimiento y productividad. La masa laboral, no tendría que madrugar al trabajo, sin el estrés bestial de los embotellamientos, accidentes, muertes (más ahorro en hospitales y medicinas). Evitaríamos enfermedades del pulmón y cáncer. ¿Se ha tomado en cuenta que es otro subsidio cuando se hace llover humo venenoso en las calles? Solo eso ya sería ganancia: menos enfermos pulmonares, más productividad laboral. Más cultura humanitaria, menos odios y resentimientos. Más respeto a la Constitución, cuando ordena propiciar el bienestar humano.

He viajado en bus en casi todos los países que he visitado. En los años 80 visité muchas veces Holanda y Europa, viajé en trenes y buses urbanos e interurbanos, con tarifas diversas: para estudiantes, para turistas y adultos mayores. Incluso se permite que el usuario haga pago «voluntario». Pagar es deber ciudadano. El usuario marca su tarjeta mensual o semanal, o inserta la moneda sin control directo del conductor. También lo observé en San Francisco, California, este año que pasó. Se puede viajar gratis; solo con riesgo que esporádicamente suba un inspector; si no tiene registro de pago en su ticket recibe una multa.

Tuve un agente literario en Nueva York, vivía en los suburbios y por razones editoriales nos tocaba viajar a Manhattan. «Iremos en tren», me decía. En el transcurso le pregunto si no tiene auto, y me responde que sí, pero que solo la usa los fines de semana, para distancias cortas fuera de la ciudad, para paseos con la familia. «En tren llegamos en media hora; en auto llegaríamos a la cita en 4 horas, por el tráfico y por la búsqueda parqueo. Además, the time is gold. El tren nos dejaba a dos cuadras de la editorial.

A propósito de países hermanos, en Costa Rica se está preparando 45 estaciones de trenes de alta tecnología que cubrirán la gran Área Metropolitana, con proyecciones de llegar a provincias alejadas, incluye tren elevado en la ciudad, para lo cual se calcula una inversión de $52 millones. Para variar, las máquinas se están construyendo en China. ¿No contamos con nuestros impuestos para esos 52 millones, pagados a largo plazo? ¡Ah!, y el adulto mayor no paga pasaje urbano, que comprende recorridos de hasta 25 km. El ingreso se controla con ojo electrónico, sin los primitivos trompos, para evitar trato indigno al ciudadano, al discapacitado, cultura inclusiva contemplada en nuestras leyes y Constitución. Es triste ver a los niños arrasarse debajo del torno o trompo.

Transcribo palabras de un millennial costarricense: «Nosotros pagamos con gusto la tarifa urbana, pues de ese modo favorecemos a nuestros padres y abuelos, y cuando nosotros lleguemos a esa edad, habrá otros jóvenes que pagarán un precio para subsidiarnos como adultos mayores. Además, que pagamos por la comodidad y calidad del transporte». Sus palabra expresan una alta educación ciudadana.

¿Podemos alcanzar esa formación cultural y educativa? Claro que sí, pero las nuevas generaciones deben comenzar desde ya, o nos come el tigre. Sin un futuro político humanista.

Creencias curiosas de fin de año

Algunas tradiciones y creencias de fin de año que todavía se mencionan o practican en algunos países europeos, tienen su origen en tiempos pre cristianos, cuando los pueblos celebraban el solsticio y los ciclos de la siembra y la cosecha. Ni el tiempo ni las prohibiciones sociales o religiosas lograron que dichas creencias fueran borradas del imaginario colectivo. Por el contrario, muchas pervivieron por mandato popular hasta convertirse en parte del folklore de varias regiones, algunas de ellas cumpliendo un evidente propósito didáctico o de control social.
En Austria, Hungría, Croacia, así como en algunas zonas de Alemania y del norte de Italia, las familias se preparan para la llegada de San Nicolás, quien lleva regalos para los niños bien portados. Pero este personaje puede llegar acompañado de una siniestra compañía: el Krampus.

Este es un personaje con forma humana pero cuyo cuerpo está cubierto de pelo de cabra negra. Su pierna izquierda termina en una pezuña. Su rostro es el de un demonio. Su lengua es larga y puntiaguda y la enrolla y desenrolla a placer, permitiendo ver sus afilados colmillos. Su cabeza va coronada por dos grandes cuernos.

El Krampus suele llevar consigo una cadena, que hace sonar al caminar. También carga un cesto o un saco de tela en el que irá metiendo a todos los niños mal portados para llevárselos a su guarida en el infierno. Por ello, durante el año, los adultos se la pasan amonestando a los pequeños y amenazándolos con que “se los va a llevar el Krampus” si no se portan bien. En versiones menos siniestras, se dice que el Krampus no se lleva a los niños, pero les da de regalo trozos de carbón y les pega un par de nalgadas con un manojo de ramas de abedul.

En algunas localidades europeas, todavía se hacen desfiles donde la gente se disfraza con máscaras de madera que representan la cara del demonio y al que los adultos creen apaciguar ofreciéndole copas de un brandy casero hecho con frutas. Subsiste también el envío de postales con las imágenes del Krampus, metiendo en su saco a niños con rostros evidentemente aterrorizados.

En Grecia, Bulgaria, Serbia, Albania, Bosnia y zonas vecinas, se cree que los doce días de la Navidad (entre el 25 de diciembre y el 6 de enero), es el tiempo cuando aparecen los kallikantzaros, unos goblins malignos que viven todo el año bajo tierra y cuya tarea es cortar el Árbol del Mundo con una enorme sierra. Este árbol (común en varias culturas del mundo, incluida la Maya) mantiene conectados el cielo, el mundo terrenal y el inframundo. El día que los kallikantzaros terminen su tarea, terminará todo.

Pero durante los días de Navidad, los kallikantzaros se toman una pausa y suben a la tierra para causar mil y un problemas entre los humanos. La descripción física de estos seres puede variar y ser contradictoria, pero en lo que parecen coincidir es que son humanoides pequeñitos, con cola, que tienen mal olor, que les encanta comer sapos y que parecen diablitos negros. Los humanos, advertidos de su existencia, deberán aprender varias tretas para evitar a estos seres y así neutralizar el mal que puedan causar.

En Islandia subsiste la leyenda del jólakötturinn, un gato negro gigante y feroz, que va de pueblo en pueblo, comiéndose a las personas que no han estrenado ropa nueva en Navidad. Se cree que esta leyenda tomó mayor impulso en el siglo XIX, con el propósito de que los granjeros esquilaran a tiempo sus ovejas, para confeccionar con esa lana las prendas de estreno para el fin de año. Pero esta leyenda se remonta a tiempos más lejanos y forma parte de la creencia en los ogros gigantes Gryla, Leppaludi y sus hijos.

Gryla aparece como un antiguo personaje de la mitología nórdica, pero no es hasta el siglo XVII en que se le asocia directamente con la Navidad. Gryla es una mujer gigante y muy fea, que recorre los pueblos pidiendo le sean dados todos los niños mal portados, a quienes se lleva a su cueva para preparar su platillo favorito: un estofado hecho con niños traviesos y malcriados.

Leppaludi es el tercer esposo de Gryla y vive junto con ella, con el gato jólakötturinn (también conocido como gato Yule) y sus trece hijos, conocidos como los muchachos Yule. Todos son gigantes y todos son caníbales. Leppaludi es un haragán que pasa todo el día sin hacer nada pero cuando tiene hambre, se levanta a buscar niños mal portados, aunque también se dice que come adultos malvados.

En Gales subsiste la tradición del Mari Lwyd, donde una persona se disfraza de caballo. El disfraz se hace con una calavera real de caballo, a la que se le atan varias cintas de colores y cascabeles. Esta calavera se amarra a un palo y sobre el palo va una manta blanca, debajo de la cual se esconde una persona. Quien va vestido como Mari Lwyd cuenta con la asistencia de un par de gentes, que deben guiarlo en el camino.

Este pequeño séquito visita varias casas, tocan a la puerta y cantan una copla para pedir la entrada. Los dueños deberán contestar con otra copla y se establece un duelo de versos y cantos. Si los dueños de casa no saben cómo contestar las ingeniosas coplas del caballo, deben hacer pasar a toda la comitiva y darles comida y bebida, ya que se estima de mala suerte no alimentar al Mari Lwyd y sus acompañantes.

Aunque son costumbres lejanas, no es difícil relacionarlas con algunas creencias y tradiciones nuestras. La perpetua lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la bondad y la crueldad, se imponen como temas claves en estas leyendas, muchas de las cuales han funcionado como fuente de inspiración para diversas manifestaciones del arte y la literatura.
Sirvan hoy para reflexionar sobre nuestro futuro, y también para transmitirles mis mejores deseos para el nuevo año.

Nobleza obliga: cooperación y Biblioteca Nacional

Se acerca el 150 Aniversario de la Biblioteca Nacional (fundada el 05/07 de 1870), segunda institución educativa de la historia republicana, después de la Universidad de El Salvador. Amerita entonces a seguir refiriéndome a esta entidad, los pasos dados, énfasis en tecnología, pese a disponer de un presupuesto más que limitado para operar.

Si nos preguntamos cómo se logró avanzar sin tener presupuesto para operar, la respuesta es la cooperación nacional e internacional. A lo que se agrega, a finales del 2019, el paso gigante con la construcción de nuevo edificio acorde con el resguardo de la documentación histórica salvadoreña.

Nobleza obliga agradecer los apoyos de empresas privadas, amigos e instituciones diversas que apoyan nuestras acciones relacionadas con el libro, lectura, niñez, y equipos para aplicar procesos tecnológicos en los procesos. Por ahora menciono lo más reciente, el recuerdo más fresco: la inundación que tuvimos a finales de abril del corriente año. Un llamado público despertó la solidaridad que nos permitió salvar los 400 volúmenes deteriorado por el agua en abril del 2019, y permitió apreciar la sensibilidad social de personas e instituciones. Para ello es notable el apoyo inmediato de UNESCO.

La solidaridad mide el grado de conciencia de Nación de muchos salvadoreños para salvaguardar los contenidos de humanismo cultural. Gestos que fueron cubriendo los vacíos ante toda adversidad, incluyendo inclemencias de la naturaleza.

Pero años antes se dio un caso especial: a mediados del siglo pasado se logró construir un edificio de la Biblioteca Nacional de nueve plantas, en tres cuartos de manzana, que nos ha permitido pregonar con Roque Dalton que «no siempre hemos sido feos». Pero fue destruido totalmente en el terremoto de 1986.

El otro similar fue el de la cooperación española que estuvo trabajando en horario normal por casi un año para remodelar el actual edificio, lo cual se frustró debido a los dos terremotos de principios del 2001. El financiamiento español para la remodelación tuvo que desviarse por decisiones gubernamentales, para paliar la destrucción que se centró en el deslave del residencial Las Colinas de Santa Tecla. Ahí terminó la segunda pesadilla que, de no ocurrir la tragedia, se hubiera sentido orgulloso el maestro Alberto Masferrer, promotor de bibliotecas.

Es dable mencionar que a finales del siglo XX y transcurso del siglo XXI logramos apoyo de la cooperación internacional: AECI de España; la Universidad de Barcelona, la Embajada de Estados Unidos. Y otras de gran relevancia por más de ocho años consecutivos de la cooperación sueca, años 2000 al 2008, (ASDI –Cooperación Sueca- y Biblioteca Real de Suecia), apoyo que permitió iniciar en el 2005 las capacitaciones de digitalización. Este proyecto financió equipamiento tecnológico y estudios de cuatro bibliotecarios en esa rama. Se recibieron en la Universidad de Colima. Uno de ellos asistió a una pasantía en la Biblioteca Nacional de Brasil.

Dimos prioridad a libros históricos antiguos. Así, Suecia nos llevó a proyectarnos hacia la población migrante, alejada de sus signos de identidad, pese a contribuir a la economía gracias a la nostalgia, lo cual no va a repetirse con las siguientes generaciones nacidas en otros países, por eso fue necesario beneficiar a las familias lejanas para que con un clic tuvieran información nacional.

Hubo otras capacitaciones centroamericanas financiadas por ASDI y Biblioteca Real. Se agregó además la compra de estantería, equipos bibliografía, y material de conservación, también equipó con libros al Bibliobús (vehículo donado por UNESCO, 2006) aun activo. La cooperación sueca se extendió a toda América Central, de 2002 a 2008.

Se sumaron equipos de digitalización ofrecidos por la Universidad de Barcelona, incluyendo capacitaciones, punto de partida para ingresar a dos plataformas digitales. Fuimos el séptimo país en ingresar con nuestra documentación histórica en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano, lograda desde un esfuerzo de la Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas Nacionales (ABINIA), y Biblioteca Nacional de España.

Al mismo tiempo alojamos nuestros libros en REDICCES, gracias a la sinergia valiosa del Consorcio de Bibliotecas Universitarias de El Salvador (CBUES). En la plataforma de REDICCES la BN tiene 980 documentos que han sido visitados por 98,869 usuarios, superando por 35,266 visitantes a la universidad que le sigue (tiene 63,403 usuarios), y con más usuarios a diecisiete universidades restantes. Además, creamos las bases de un Sistema Informático propio (el KOHA), en ISSS y BPs.

La cooperación sueca priorizó, por sobre las Bibliotecas Nacionales, a las Bibliotecas Públicas (BPs) de América Central, financiando equipos informáticos, mueblería, estantería, colecciones infantiles y muebles. Esto nos estimuló para incorporar acciones dirigidas a la niñez con el Bibliobús (desde el 2007), cubriendo a pequeños lectores en decenas de comunidades vulnerables.

Con lo anterior recuerdo la sabiduría del filósofo chino Confucio hace más de dos mil quinientos años: «Si tu plan es para un año, siembra arroz, si es para diez años siembra árboles; pero si tu plan es para cien años educa a los niños». Se agregan otras proyecciones y promociones del libro y lectura aunque no son funciones intrínsecas de una Biblioteca Nacional, cuya prioridad es custodiar la bibliografía patrimonial, fuente de información y conocimiento y vínculo educativo de desarrollo.

Las nuevas generaciones deben prepararse y recibir formación adecuada a los nuevos tiempos, procurando proyectarse a formar mentalidades abiertas y creativas desde los primeros años de vida, para contar con jóvenes futuros que no se encadenen a los barrotes y menos que huyan en emigraciones inhumanas. La lectura y el libro significan cultura propositiva y desarrollo neuronal. El libro digital, como el audio libro, y el analógico (en papel), en ese orden, están ocupando de mayor a menor el interés de los lectores: escuchar la lectura es también «leerlo». En fin, crear una sociedad con sinergia, que sea diferente, avanzada, comprensiva a cambios, inclusiva, conviviente, democrática.

De modo que las pesadillas actuales se reviertan al sueño de Masferrer de hace ciento cuatro años. Construir un país desarrollado, emprendedor, esperanza de salvación nacional. Requerimos tecnología avanzada y voluntad política.

Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal «Dra. María Julia Hernández» denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, «La masacre ignorada del río Lempa», habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.

Bibliotecas: expresión universal de la cultura

Las Bibliotecas Nacionales son entidades existentes en cada país del mundo, una por cada país, le importan dramas históricos sin divisiones políticas, ni sesgos ideológicos. Menos de una decena de países en el globo carecen de estas «catedrales del conocimiento», como le llamaron los egipcios; o «república de las letras», como dicen los chinos. Nosotros hemos retomado el concepto de «biblioteca en la calle», que implica salir de las paredes y del escritorio hacia los usuarios que lo necesitan. Son tradición de humanismo para el desarrollo humano.

En Nínive (Siria) se edifica la primera biblioteca organizada más reconocida, con obras en tabletas de arcilla de hace 2700 años. Y luego está la de Alejandría, (Egipto, 2300 años), ahora una de las más grandes y bellas del mundo. Esa perennidad es la función patrimonial que preserva valores de identidad, conocimiento, información documental.

Con estas características las Bibliotecas Nacionales se convierten en acompañantes imprescindibles de desarrollo, brazo a abrazo con la humanidad. Y vistas en la era tecnológica se agrega como fuente adicionada a la investigación científica. En fin, son colectivos de nacionalidad, que, articulada con otras instituciones, despliega políticas de lectura promoviendo el libro como eje transversal educativo. Este gran paisaje nos lleva a pensar que una biblioteca también alfabetiza en emociones, sensibiliza, crea socialización familiar; fuente inicial para recrear ideas, y contribuir al pensamiento crítico que incide en formar sujetos propositivos y creativos. Incide en crear sensibilidad y sociedad democrática y conviviente. Es referente nacional e internacional de la producción literaria y cultural de un país.

Estas ideas parecieran nuevas, sin embargo, en El Salvador ya lo dijo un visionario del desarrollo social y la economía. ¿Qué fines tienen el libro que cultiva valores en la comunidad? Alberto Masferrer responde en su obra «Leer y Escribir» (1915): «Crea un nivel de cultura que contribuye a la democratización, a la salud y al bienestar como realidad posible, (ofrece) una extensa comunicación mental que nos vincula». De otra manera «viviremos en la anarquía de ideas y aspiraciones cada quien por su lado, sin posibilidad de transformar la Nación». Noten como este visionario autor salvadoreño incluye desde aquellas épocas salud mental y control de las emociones con el libro y la lectura.

En el caso de una Biblioteca Nacional es algo mucho más que el repositorio de obras que ofrece al usuario. Significa comunicación que humaniza con su información. Entra en contacto con la vida y con los que viven en un entorno social sin exclusiones de ningún tipo.

Y para no quedar solo en palabras, en el caso nuestro, la Biblioteca Nacional recibe jóvenes que no llegan solo por un libro, o una publicación periódica; también buscan descubrir el significado de su máxima institución bibliográfica que ofrece un diálogo con los bibliotecarios para compartir historia y libertad de pensamiento.

Porque desde ABINIA-América Central se decidió contar con funciones adicionales como la Biblioteca Móvil, destinadas a las comunidades; la Sala Infantil; promoción de la lectura y libros; y diversas formas de extensión cultural. Ofrece también un servicio adicional al usuario que necesita el diálogo para resolver limitaciones y vacíos de conocimiento, no solo tener acceso a la obra analógica o digital. Y en el caso de los niños se debe ofrecer dinámicas lúdicas para empatía y vocación por el libro y la lectura.

Porque las bibliotecas no solo deben limitarse a entregar obras para leerlas o investigar. Sino convertirse en hacedores adicionales de una civilización edificante para fortalecer la mejoría intelectiva y social desde edades tempranas.

Aprovecho para citar ideas del filósofo y escritor español Fernando Savater, quien hace un planteamiento innovador sobre libros y bibliotecas: formar seres humanos completos, ofrecer una perpetuación humanística: «Nos hacemos humanos unos a otros, repartimos humanidad a nuestro alrededor y la recibimos de los demás». Porque la Nación no es definida «por la tierra o sus componentes naturales», también se construye «por un estado de derecho, por el respeto a una Carta Fundamental y a las leyes de un país».

De modo que debemos obligarnos a educar como si cada ciudadano pueda ser un futuro gobernante. Insiste: «La educación es lo que lucha contra esa fatalidad que hace que el pobre siempre tenga hijos pobres y que el ignorante siempre tenga hijos ignorantes». Savater habla de la educación por medio del libro: «La literatura como alegría y salvación en el arte de educar para multiplicar nuestra alma». Y continúa: «La persona que sabe leer, que se aficiona a la alegría de la lectura, tiene goces extraordinarios. El mundo está lleno de diversiones caras. Cuanto más inculta es una persona, más dinero necesita para pasar los fines de semana… (pero) la riqueza que nos dan los libros es real, duradera y limpia».

Estas ideas expuestas llevan a la necesidad de apropiarnos del concepto extenso de las bibliotecas: educan, recrean, transforman mentalidades para una sociedad emocionalmente pacífica, porque significa formar en inclusión, equidad, tolerancia, solidaridad social, ética política, honestidad, como prevención de la violencia. Por eso muchos países han hecho de las bibliotecas un espacio espectacular con arquitecturas asombrosas y similares contenidos.

Cito los ocho millones de libros de la actual biblioteca de Alejandría, fundada hace dos mil años. La Nacional de China, con 31 millones de ejemplares, la más grande de Asia, «una especie de sumun del conocimiento».

Las Bibliotecas Nacionales conservan el patrimonio bibliográfico como función estratégica formativa de civilización de lo cual se ha ido apropiando en el curso de los siglos. Tal las Nacionales de Taiwán, de Irlanda, Croacia, España. Las Reales de Dinamarca y Suecia. Todas con un sistema que aúnan investigación científica y bienestar social, catedrales y repúblicas del libro. Soporte humanístico para el desarrollo integral.

Son diferentes las Bibliotecas Públicas, orientada a las comunidades con lecturas y atención a la niñez. De estas conozco espectaculares como las de Nueva York, San Francisco, Estocolmo. Pero esto es tema aparte.

Nota.- Segunda parte y final del trabajo solicitado por «Journal of Science, Technology and Society«.

Tribulaciones compartidas

La reciente publicación del libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, me dejó pensando en lo que me parece es un tipo de género literario que iremos viendo cada vez con menor frecuencia: los diarios personales.

He sido lectora de diarios de escritores desde hace años, porque busco en ellos la tribulación compartida de un oficio ingrato y poco estimado. Conocer algo de la vida o la manera de pensar y reaccionar del escritor en su entorno cotidiano, puede dar elementos para comprender o valorar aún más su obra.

Muchos escritores han ocupado sus diarios como semillero de ideas para sus textos, como ocurrió con los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir de Cesare Pavese. Los múltiples volúmenes de diarios de Anaïs Nin, permiten conocer facetas de otros artistas o escritores con los que Nin pudo relacionarse, así como las reflexiones sobre el arte y la literatura de una mujer que siempre estuvo a la vanguardia de su tiempo. Los cuadernos de Lanzarote de José Saramago, son oportunos para conocer con mayor profundidad el pensamiento del escritor, pero también para conocer la agobiante rutina de compromisos públicos a la que se mira enfrentado un autor reconocido y el cansancio que eso puede llegar a generar.

No es extraño encontrar diarios que parecen ignorar o minimizar eventos históricos y que se concentran sobre todo en los eventos privados, esos que marcan a todo ser humano y que pueden ser algo así como terremotos emocionales, que sacuden la personalidad de quien escribe, marcándole para bien o para mal. Pero como lectora de diarios de escritores, siempre encuentro que estos tienen el punto común de largas y profundas reflexiones sobre el oficio, que es lo que más me atrae de ellos.

Las dudas sobre el talento propio; las ideas que en un momento se convierten casi en obsesión y que luego, por el impedimento de desarrollarlas, pierden su importancia; la lectura de otros escritores donde se encuentran palabras o ideas mejor expresadas que las propias; la escritura como una especie de columna vertebral, de estructura que sostiene la vida y la psique del escritor, son todos elementos que siempre están ahí y que pueden servir de bálsamo y aliento para quienes nos desmotivamos con nuestro oficio en más de alguna etapa de la vida.

Ciertos escritores llevaron disciplinadamente la escritura de sus diarios con la clara intención de que, algún día serían publicados. Es el caso de los Diarios de John Cheever, quien dejó instrucciones a su familia de publicar sus diarios, como lo aclaró su hijo Benjamin, en la introducción de los mismos. La intención de publicar sus diarios no le impidió a Cheever escribir honestas confesiones sobre su bisexualidad y la lucha con su alcoholismo.

Por su parte, Ricardo Piglia, a pesar de estar enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, pasó los últimos tres años de su vida trabajando con la ayuda de su asistente, Luisa Fernández, para seleccionar el material de sus diarios, que comenzó a escribir desde que tenía 16 años. Así pudo conformar los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi. Casi puede decirse que sus diarios son el retrato de la formación de un escritor y de su visión sobre la literatura, que se fue desarrollando a lo largo de su existencia.

Para otros autores, el diario es un acompañante de vida que queda interrumpido por la muerte. Los diarios de las suicidas Silvia Plath y Alejandra Pizarnik, por ejemplo, fueron descubiertos por sus familias y editados en el peor sentido posible, es decir, censurándolos y cortándolos para dizque proteger la memoria de las fallecidas, por temas que podrían causar vergüenzas familiares. Solo el correr de los años y la magnitud que ambas escritoras alcanzaron en el concierto de la literatura universal, permitieron revisiones y nuevas ediciones íntegras del material original.

Parecerá un sinsentido que alguien que escribe textos de diferentes géneros, desde novelas hasta artículos, tenga todavía tiempo o deseos de escribir algo que no necesariamente resultará en su publicación inmediata o que, incluso, nunca será publicado. Pero la redacción de un diario, aparte de ser un desahogo o un recuento periódico de eventos y reflexiones, es un gran ejercicio de escritura, que obliga a mantener «la mano caliente». Cuando se escribe con honestidad, el diario obliga a encontrar la definición adecuada de sentimientos y sensaciones; a nombrar lo indecible ante los demás; de ejecutar descripciones de situaciones, objetos y personas o, simplemente, de mejorar las habilidades de redacción, lograr fluidez e ir al grano de lo que se quiere decir, sin rodeos o evasiones. Ejercitar dicho tipo de redacción contribuye, sin duda alguna, a la escritura de los diversos tipos de géneros literarios y a hacerlo con mayor precisión y claridad.

Es posible que, con el tiempo, los diarios de escritores se conviertan en una curiosidad que llame la atención, sobre todo para escritores incipientes, para admiradores de la obra de sus autores y para lectores que buscan algo más allá de sus lecturas acostumbradas.

La masiva utilización de las redes sociales como destinatario de desahogos y frivolidades por parte de todo tipo de personas, da la sensación de que la intimidad y la privacidad, necesarios para la escritura de un diario, son asuntos sobrevalorados e inexistentes. El ruido de las redes explota el morbo, el egocentrismo y el facilismo, dando incluso la impresión distorsionada de que lo que se redacta «es bueno» porque acumula miles de «likes», haciéndole pensar a algunos que ello los convierte en poetas o escritores, pese a no contar con un oficio regular como tal, publicaciones en papel o lo más necesario para serlo: calidad literaria y algo que decir.

Los diarios de escritores son, en ese sentido, un recordatorio vital de que la escritura no es una pose pública sino una forma de vida que, una vez asumida, encarnaremos hasta la muerte. La simbiosis entre la intimidad y el oficio, reflejada en tantos diarios literarios, así lo demuestra.

Biblioteca y patrimonio de la nación

Con el título de Biblioteca Nacional, Custodia del Patrimonio, será publicado en inglés este ensayo sobre Bibliotecas Nacionales en el «Journal Science and Technology», en contacto con otros 300 medios. Dado el trabajo que ha realizado nuestra entidad, me pareció necesario dar a conocer datos que no todos conocen. El trabajo a publicar lo leí al cumplirse el 147 Aniversario de nuestra institución como un pórtico a dos años de cumplir su siglo y medio de existencia, (julio 2020). A continuación transcribo la ponencia calificada por la publicación científica, como una investigación que se adapta a las exigencias de ese medio. Acto continuo publico una primera parte:

El papel que juega una Biblioteca Nacional amerita destacarse, más ahora que estamos por cumplir siglo y medio de existencia. El mandatario de aquel entonces (1870) compró la «Colección Lumbruschini», llamada así por haber pertenecido al cardenal Luigi Lambruschini, Secretario de Estado del Papa Gregorio XVI. Este dato es importante por la trascendencia que le dio el gobierno de aquella época para crear la segunda institución educativa de la Republica. La primera fue la Universidad de El Salvador.

Sin embargo, después de siglo y medio no nos hemos apropiado de valor institucional, entre otras cosas por los vacíos en investigación y esmero por lo patrimonial. Por ejemplo hay personas que me han preguntado cuántas bibliotecas nacionales hay en el país. La diferencia con las bibliotecas públicas, que pueden ser muchas: «Debería haber una en cada municipio», decía Masferrer refiriéndose a las públicas. Mientras las Bibliotecas Nacionales es solo una, la de cada Estado.

De manera que no es baldío insistir su papel de custodia del patrimonio bibliográfico de un país cuyo desarrollo estaría ligado a una labor educativa relacionada con las investigaciones sobre la memoria histórica. Cabe reafirmar de ellas que son «catedrales del conocimiento».

En diversas reuniones anuales que las Bibliotecas Nacionales centroamericanas tuvimos con asesoría de la Biblioteca Real de Suecia, se determinó como obligación social extender sus funciones a promover la lectura y el libro, contribuir a una alfabetización que no sea solo conocer primeras letras y dibujar la firma. Alfabetizar es crear lectura y lectores propositivos, como señaló Alberto Masferrer desde 1915.

La Biblioteca tiene funciones tradicionalmente aceptadas; pero va más allá: contribuye a formar desde sus funciones culturales con el libro y lectura. No solo recopila obras de todos los tiempos relativas a un país; o clasifica, y muestra a los lectores; debe conservarlas y preservarlas como libros antiguos, aunque no tenemos muchos si nos comparamos con los países de Europa que tienen en sus bibliotecas miles de libros tesoros, caso del Diario de Marco Polo (1300), Portugal; o los 95 tesis (1517) de Lutero sobre la Biblia, Alemania.

Al referirnos a una Biblioteca Nacional cabe hablar de tesoros patrimoniales de valores escritos. Vale decir museo del libro, con la diferencia que los objetos contenidos deben ofrecerse a los investigadores y lectores. Y en un museo solo se mira.

La preservación ha sido favorecida por la tecnología informática, por eso dimos prioridad a digitalizar las obras históricas nacionales para ofrecerlas en nuevos formatos. No digitalizamos obras contemporáneas por carecer de presupuesto para pagar derechos de autor.

Cuando se creó la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano (BDPI), en España, fuimos el 7º país de Iberoamérica en ingresar con nuestras obras patrimoniales. Nos adelantamos gracias a que fuimos equipados por la Universidad de Barcelona. Entrar a esa dimensión informática no hubiera sido posible sin el apoyo europeo, especialmente.

Actualmente contamos con 700 volúmenes en la BDPI; también nos incorporamos a la plataforma digital REDICCES (de universidades salvadoreñas), en la cual la Biblioteca fue aceptada. Aloja 800 obras. Ambos alojamientos nos dan presencia por Internet en la región de Iberoamérica (incluye Brasil, España y Portugal). Además, la BDPI está en proceso para ingresar a espacios más amplios como es el Instituto Iberoamericano de Berlín, para el acceso a otros países de Europa.

Los formatos digitales permiten a El Salvador favorecerse pues tiene casi un cuarto de su población en el extranjero que con sus remesas contribuyen al bienestar económico de familias desfavorecidas. Alojar esas obras permite al migrante facilidades de contar en su hogar con las señales de su identidad y proyectarlas a las nuevas generaciones que crecen en el exterior.

Otra asesoría que nos ofreció la Biblioteca Real de Suecia, fue crear ABINIA Centroamericana, para darle mayor representatividad en la ABINIA oficial (Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas de Iberoamérica). Se planteó entonces ofrecer servicios a niños y niñas, aunque no fuera función propia de una Biblioteca Nacional. Pero las necesidades de retrasos educativos lo requerían. Tampoco era función contar con un Bibliobús (donado por UNESCO). Además fortalecimos la Extensión Cultural.

El libro, expresión creativa de la memoria histórica, parte del ser nacional, permite conocernos, y tener mejor reconocimiento de la propia realidad.

Doy algunas cifras que pueden reflejar una idea de la importancia de esas incorporaciones. En Facebook llegamos a contar con cinco mil 300 seguidores diarios informados por esa plataforma digital. Y en Twitter sumamos 900 personas (son datos de 2018). De ese modo la Biblioteca Nacional llega a usuarios a distancia. Lo logramos en menos de dos años de promoción y divulgación por redes. Inclusive superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos en equipos de comunicación y con más años en esa ruta tecnológica. En dos años los superamos en seguidores.

A esto se agregan tres mil visitas mensuales que alcanzamos en el sitio web binaes.gob.sv para ofrecer información básica a lectores que nos buscan por Internet.

Con la divulgación de estos logros nos adelantamos a conmemorar el siglo y medio de existencia. Agrego el gran papel jugado por el equipo informático de la Biblioteca, con apoyo de algunas técnicas bibliotecarias, por sus esfuerzos de instalar un sistema informático propio de Administración Bibliotecaria, como aporte a la modernización. Todo un sueño de largo alcance.

Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión «golpe de estado», recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera «problemas». Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no solo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales solo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado.

Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no solo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman «libertad de expresión», pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no solo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, «I’d love to change the world». «Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer», dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.