La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.

Reflexiones desde una literatura personal

En 1986 tuve la oportunidad de publicar en inglés la primera edición de mi novela «Cuzcatlán donde bate la mar del sur». Salió al mismo tiempo en Londres y en Nueva York y, posteriormente, en Bonn, Alemania. Algo inusual para un escritor centroamericano. Posteriormente se editó en español, en Costa Rica y Honduras. Y 12 años después se publicó en El Salvador, aunque sin mi autorización; no lo reclamo, solo señalo una paradoja, dada nuestras realidades, por lo general trágicas, por lo cual no es fácil ponderar el júbilo.

Pese a todo, debemos reconocer que los salvadoreños estamos en todas partes, y más ahora con los nuevos tiempos de cuarta y quinta generación tecnológica que el pensamiento transgrede fronteras, nos consideramos ciudadanos del mundo por capacidades propias u obligados a huir de los dramas vitales, para buscar un destino, llámese felicidad o desgracias (pienso en la niñez, pienso en Valeria y Óscar Martínez).

Esa vocación de éxodo me hace recordar en la India a dos parejas salvadoreñas con sus respectivos niños y niñas, propietarias de una escuelita en español, cuyos estudiantes y maestros me concedieron el honor de invitarme a un almuerzo. «Somos biólogos, pero la necesidad nos hizo maestros en Calcuta«, me dijeron en una visita que hice para presentar un libro en aquel país. Como vemos, nuestra gente es bella.

Pero volviendo a «Cuzcatlán donde bate la mar del sur», mi tendencia a hacer novela histórica me ha vuelto en cierta forma un privilegiado, pues por ellas despierto un afán por conocer un país pequeño y de corazón grande, pero también desfallecido por dramas y tragedias.

La obra, poco conocida en El Salvador, despertó emoción en las editoriales arriba mencionadas, incluso se produjo una película documental con apoyo de la BBC de Londres y Channel Four de Inglaterra. Se trató de una época de oro literario propiciada desde Costa Rica. Por eso decía, las diásporas (el éxodo, las huidas) producen hallazgos y tragedias. Es como jugar a la ruleta rusa, caso de las caravanas que parten de nuestro llamado Triángulo Norte.

De mi parte he aprendido a fortalecer mi espíritu regional después de descubrir la Guerra Patria Centroamericana que me llevó a escribir la novela «Así en la Tierra como en las aguas», (EUNED, 2018). En fin, los recuerdos son historia, y es una veta para el escritor. Permiten descubrir con propiedad que el pasado es presente y futuro a la vez (es el actual milagro de los pueblos asiáticos, hace poco asolados, y ahora de reconocido desarrollo). Pero hay algo más, esos recuerdos deben culminar con la búsqueda de la trascendencia social, y de ahí la importancia de la obra literaria que por lo general no tiene edad (excepto los llamados «best seller«, que pueden ser flor de un año).

Esas evocaciones me han llevado a escribir novela histórica sin proponérmelo, pues partí hacia dicho género desde mi posición de conocer la poesía desde niño. También es histórica «Caperucita en la zona roja», y una última novela que tuvo reconocimiento de trascendencia en Nueva York (2007). Libro que se mantiene inédito, dadas nuestras explicables y lastimosas penurias en el ramo de las publicaciones. Esa obra tiene que ver con los orígenes de una violencia que se vuelve difícil afrontarla por su gran permanencia en nuestra rutas siniestras de tragedias y que por eso hacen parecer la violencia como una señal arraigada de cultura nacional. Creo que no nos hemos apropiado de lo que mencioné arriba: que los tiempos pasados son los tiempos de siempre. El cohete que nos lleve al futuro no va a arrancar sin el combustible fósil del pasado y el presente.

Con esos antecedentes un amigo, maestro universitario y fundador de talleres de literatura, me aconsejó dedicarme a escribir, agradezco el consejo pero esa labor me apropié desde mis 12 años, en San Miguel, cuando en cuarto grado comencé a descubrir las claves del poema hasta llegar a la novela. Por ejemplo, esa obra mencionada de 2007, no hubiera sido posible sin escribir en mis viajes y en mis fines de semana. En otra de ellas: «Los poetas del mal», decidí cerrar con una nota final que dice: «Noches de Antigua Guatemala, aeropuertos y hoteles de Chicago, Lisboa, Managua, Panamá, Bogotá, Estocolmo, Chile, Argentina, Madrid. Y días aciagos de San Salvador, 2001-2003″. Lo escribí para mis colegas directores de Bibliotecas Nacionales por mi aparente insociabilidad, por no poder acompañarlos a las recreaciones nocturnas después de largas horas de trabajo en reuniones iberoamericanas. Dada su fraternidad, me entendieron. Gracias por comprender mis horas de trabajo literario.

Por supuesto que comprendo la sugerencia, escribo los fines de semana, asuetos, en «fiesta de guardar»; para escribir aunque sea una obra cada cinco u ocho años una obra sobre las realidades que me asombran. Por eso no es contradictorio escribir para no publicar. Hay que resguardar algo para el futuro, para que los nietos del jaguar conozcan su pasado, aunque no siempre fue mejor; pero ayuda a reconstruir en todas sus dimensiones el bien común, relacionado con el sueño de lograr una Centroamérica distinta, sin niños y niñas prisioneros en el extranjero por huir de la muerte nacional.

Reflexión primera: pese a las dificultades que tiene el oficio de escribir es importante fomentar el poder de la palabra. Poder que me permite reiterar: nunca he viajado con viáticos, ni pasaporte oficial, ni pasajes pagados por GOES. Mis gastos deben ser financiados por la entidad organizadora. Consciente de nuestras penurias culturales.

Reflexión dos: ante la tragedia de Angie Valeria y Óscar Martínez, repienso ¿qué estamos haciendo todos para dignificar a nuestra gente, niños, jóvenes o ancianos?

Reflexión tres: ¿por qué decido donar mi biblioteca para el Museo Roque Dalton? Porque él debe estar con sus hermanos de literatura, no solo mi persona sino Escobar Velado, López Vallecillos y Roberto Armijo. Todos con un lema para su vocación «no puede haber estética sin ética social». Autenticidad hasta el fin.

La batalla del perdón

El documental «La batalla del volcán», del director mexicano-salvadoreño Julio López Fernández, reúne a excombatientes y exsoldados que tomaron parte en la ofensiva guerrillera Hasta el Tope, en noviembre de 1989. Casi 30 años después, revisitan los lugares de los combates en los que participaron y comparten su testimonio sobre aquellos días.

López, nacido en México en 1981, de padre guatemalteco y madre salvadoreña, sintió la fuerte necesidad de comprender qué fue lo que pasó durante la guerra civil de los años ochenta y cuya onda expansiva nos sigue afectando de múltiples maneras. El resultado ha sido este documental de 93 minutos que combina testimonios y material fílmico inédito, facilitado por el periodista mexicano Epigmenio Ibarra, quien cubrió los eventos salvadoreños de aquella década.

«La batalla del volcán» ha sido exhibida durante seis semanas en una de las cadenas de cine del país, a sala llena. Que una producción de este tipo se mantenga tanto tiempo en cartelera es de por sí un suceso. El boca a boca ha sido, sin duda, la mejor forma de propaganda para este documental de mucha calidad, que logra comprimir en poco tiempo una operación militar compleja y explicar el contexto del momento, de una manera sucinta pero comprensible.

La necesidad que tenemos los salvadoreños de hablar, no solo sobre la ofensiva, sino sobre todo el tiempo de la guerra, quedó evidenciada a raíz de las entrevistas concedidas por López como parte de la campaña de promoción del documental. Cuando Julio se presentó en un popular programa matutino de radio, los presentadores no tuvieron el suficiente tiempo para compartir la avalancha de mensajes enviados por los escuchas. Es lo mismo que vemos ocurrir cada año, cuando se produce el correspondiente aniversario. La gente que lo vivió está ávida de hablar.

Hay muchos aciertos en el documental que permiten que ese diálogo aflore. Quienes participan y dan testimonio no pertenecen a las altas jerarquías ni de la guerrilla ni del ejército. No aparece nadie cuyo rostro haya sido quemado en el ejercicio político de los últimos años. Se trata de combatientes comunes, que sin recurrir al lenguaje panfletario o a la retórica partidista, comparten sus recuerdos e impresiones. No son escenificaciones coreografiadas, sino explicaciones y anécdotas que van surgiendo a medida que el cineasta pregunta detalles a los sujetos en cuestión.

Hay silencios que todavía carga nuestra sociedad, que todavía nos agobian. Hay palabras, recuerdos y sentimientos que todavía andamos atorados entre el pecho y la garganta. Que mucho de lo vivido durante la ofensiva nunca fue hablado, queda de manifiesto cuando un hombre cuenta cómo se refugiaron en uno de los cuartos de su casa, tapando las ventanas con colchones, para poder proteger a su familia de los tiros que volaban a diestra y siniestra. «Nunca he hablado de estas cosas», dice en algún momento, acompañado de su joven hija, quien todavía se conmociona al compartir sus propias impresiones.

La guerra, como he dicho en columnas anteriores, es un trauma social de dimensiones profundas, un tipo de evento que cala hasta la raíz, no solo de la sociedad misma, sino de cada uno de sus individuos. Las afectaciones son comunes, incluso para quienes dicen no haber participado en nada. El simple hecho de haber vivido ese tiempo, de sufrir los apagones, de leer una prensa censurada, de escuchar a escondidas las radios clandestinas de la guerrilla (porque era la única manera de saber lo que estaba pasando), de salir del país por amenazas, de transitar por carreteras reventadas y no saber si se volvía con vida a casa, todos esos y muchos más eventos, grandes o pequeños, son las formas en que la guerra se convirtió en nuestra normalidad durante una docena de años.

Uno de los militares entrevistados señalaba la falta absoluta de programas de salud mental para los desmovilizados de la guerra. El tiempo ha demostrado que fue una omisión imperdonable. Todo el trauma y el dolor que viene acumulando la sociedad salvadoreña, como una bola de nieve que no para de crecer, viene también de aquellos eventos no resueltos y no atendidos, e ignorados por el común de la gente.

Hubo quienes, cuando la guerra, escogieron su camino (asumiendo con anticipación su posible desenlace) y hubo quienes nada más vieron las cosas ocurrir, tratando de continuar sus vidas de la mejor manera posible, con la guerra como telón de fondo, con el ruido de los helicópteros y las balas como parte de su «soundtrack» oficial. Pero es irreal esperar perdón y olvido en la sociedad si no hay antes reconocimiento y aceptación de la verdad. Si el ofensor no escucha al ofendido, si la ofensa no es reconocida y la responsabilidad no es aceptada. Sin ello será difícil reconciliar el país. En ese sentido, este documental provoca reacciones valiosas en la memoria individual y en la conversación colectiva.

Hay cientos, miles de historias sobre nuestro pasado que todavía no se han contado y que merecen nuestra atención. «La batalla del volcán» es por ello un detonante valioso para comenzar un diálogo que se ha relegado durante demasiado tiempo para romper silencios y para aliviar heridas de la guerra, pendientes todavía de atención.

Hay una batalla que todavía nos falta dar: la batalla del perdón. Quizás si nos tomáramos el tiempo, si realizáramos esa tarea de hablar, de contarnos la guerra, podríamos comprendernos mejor y encontrar soluciones para ese permanente estado de agresividad en el que vivimos y que manifestamos, en el día a día.

La buena noticia es que se puede iniciar en el entorno inmediato. Comencemos a dialogar entre nosotros, entre familia, amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Comencemos un diálogo intergeneracional. Compartamos historias, hagamos preguntas, escuchemos. Hagamos un intento franco por comprender, sin juzgar. Saquemos nuestras propias conclusiones. Pero no dejemos que el silencio y el miedo borren o distorsionen un evento trascendental de la historia salvadoreña, que a futuro será clave para comprender muchos asuntos de nuestra modernidad.

Educación ambiental o no sobrevivimos

Recién regresado a El Salvador después de 21 años de ausencia, un amigo ingeniero, mientras departíamos, me confirmaba que tenía consolidado un proyecto para construir una residencial, pero que para eso tenía que botar casi cien árboles. Le dije, sin afán de aconsejarlo, que eso le dificultaría su empresa. Me dio una respuesta que no olvido: «En nuestro país esos detalles ya están incluidos en el presupuesto». Eso fue hace más de 25 años. Y por ahí han caminado las prácticas de pasar por sobre lo legal, a partir de una frase del antiguo Derecho Romano: «Inventa lege, inventa fraude» («hecha la ley, hecha la trampa»).

Por lo general no me refiero a este tipo de acciones, aunque espero que a estas alturas han ido desapareciendo poco a poco, no importa si nos tardamos dos o tres décadas para superarlo, pero es hora de continuar con fuerza desde ya, ahora que los partidos políticos plantean renovarse. En esta época de las redes de comunicación que ni los «baby boomers» (nacidos en los años 1946 al 64) y menos los anteriores que no estamos clasificados en esos grupos de cultura tecnológica podemos entender sin profunda reflexión, si no comprendemos los pasos planetarios que casi alcanzan la cuarta revolución industrial. Significa transformar la industria como aún no lo concebimos en su totalidad. Con gran papel en primer plano de la inteligencia artificial.

En «el siglo de la información y el conocimiento» no habría motivo para las sorpresas, toda vez haya lucidez formativa sin importar generaciones actuales o pasadas. Recuerdo la posición de Rita Levi Montalcini cuando le preguntaron, al cumplir 90 años, qué haría si tuviera 25. Respondió que en su edad actual, de la entrevista, hacía mucho más, «ni compararlo», afirmó. Lo explicó según sus estudios del cerebro por los que ganó el Premio Nobel.

Pero bien, siempre tengo que irme por las ramas (lo visible) para llegar a la raíz del árbol (lo esencial pero oculto). Estas notas me las inspiran el desconcierto y el asombro ante la afirmación de los pasos agigantados de la depredación planetaria: el envenenamiento de los mares por el plástico, que comienza contaminando los ríos.

Mi tristeza y asombro comenzó cuando en el verano vi convertido el río Grande de San Miguel, reducido a un riachuelo de miasmas. Donde aprendí a nadar a mis 10 años (los de mi generación recordarán el puente de Urbina en San Miguel: «la peñita», «la peña» y «la peñona»). Se aprendía a nadar lanzándose de la altura escogida según la edad. Ahora el río es un basurero. No solo de plásticos. ¿Quién ha hecho algo para salvarlo, así como no lo hemos hecho con el Acelhuate, que es más sencillo y fácil renovarlo? ¿Es porque sabemos que pasarán los años y nadie nos reclamará? o ¿porque los vacíos culturales nos hacen inimputables?

En mi última visita a Costa Rica, una amiga, por cierto exministra de Cultura de aquel país, me invitó a visitar el barrio Escalante, remodelado (algo así como la Flor Blanca), las residencias fueron ofrecidas a emprendedores jóvenes de las áreas artísticas para transformarlo en polo de desarrollo turístico. Entre cientos de cosas se ha vedado usar pajillas y utensilios plásticos. «Las víctimas inmediatas son las tortugas y los peces; las mediatas somos nosotros por contaminación con la bacteria del plástico al consumir mariscos».

Claro, si gota a gota se horada una piedra, palabra a palabra se podría instalar una «aplicación» mental. De modo que no pensemos en que tirar un vaso solo es un vaso. Error. Son millones de vasos y bolsas plásticas. La bolsa que lanzo a mi paso me hace el mayor depredador del planeta.

«La producción de plásticos a escala mundial aumenta sin medida, actualmente se consume 1 millón de botellas de plástico desechable por minuto y el 91 % de ellas no se recicla. En el caso de las pajillas, su fabricación dura 1 minuto y tardan hasta 200 años en nuestros mares», MarViva (organización ecologista tica).

La educación cultural sobre desechos contaminantes del planeta comienza desde las licencias para la proliferación industrial del plástico, continúa con falencias de formación ciudadana, al que se deja a la deriva (por comodidad pública o falta de dinero). Hace poco vi el documental de Michael Jackson «This Is It» («Es todo»). Volví a recordar «La canción de la tierra», que reitera con anáforas: «¿qué será de nosotros?» Y al exponer las imágenes repite la frase: «Dime ¿qué hay de eso». Jackson lo amplió en una entrevista: «En Brasil cada segundo se deforesta el equivalente a una cancha de fútbol». Y anunció (en 2010) el comienzo de la extinción del planeta «dentro de cuatro años», es decir, para 2014. «¿Qué será de nosotros?», canta Jackson.

Volviendo al plástico, me afecta cuando el patrimonio cultural en una biblioteca se expone a inundaciones permanentes; la última vez fue por causa de bolsas y botellas de ese material. Se encontraron cuatro barriles de desechos, recogidos solo en 300 metros. «Dime, ¿qué hay de eso?»

Lo que buscamos es «promover que el compromiso con nuestros mares no sea de un mes o un año»… «¿Qué será de nosotros?»

Alberto Quesada, asesor de la fundación MarViva, alertó sobre una «moda peligrosa», que confunde a los consumidores al hacerles creer que algo es biodegradable sin serlo. Al fabricante le basta agregar el prefijo «bio» para ocultar el problema causado con ese material. «Este tipo de productos solo hace referencia a la materia prima orgánica, pero (el elemento químico) tiene el mismo impacto negativo en el ambiente», ratificó Quesada.

«La contaminación por plásticos afecta la salud animal y humana, así como la calidad del aire, los suelos, los ríos y las aguas. Se estima que hay más de 150 millones de toneladas de desechos plásticos en los océanos y que cada año se suman entre 8 y 13 millones de toneladas más». (InformaTico, 07/06/2019). «¿Qué será de nosotros? Dígannos, ¿qué hay de eso?»

La literatura a futuro

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba el futuro de la literatura. Debía reflexionar sobre el tipo de prácticas o de escrituras que se generarán y cuáles son los valores actuales literarios que deberían reivindicarse. La pregunta me fue hecha para una publicación internacional, pero tenía un límite de pocas palabras que no me dejó satisfecha a la hora de plantear mi respuesta. Me quedé rumiando ideas alrededor del tema.

Aunque pensar en el futuro de la literatura me parece un ejercicio vano, estas preguntas tienen un significado particular por el momento que estamos viviendo a escala mundial. El torbellino de cambios provocados en nuestro quehacer a partir de internet, las redes sociales y las herramientas tecnológicas ocurre a una velocidad tal que no hemos terminado de digerir la aparición de algo nuevo, cuando tenemos encima lo siguiente. Hacer previsiones de cómo serán las cosas a futuro es arriesgado, aunque interesante.

Los cambios también se están dando a escala social e ideológica y sin duda están calando en nuestra forma de pensar. Las luchas feministas, el ambientalismo y el cambio climático, pero también el resurgimiento del neoliberalismo y el conservadurismo (en sus múltiples formas), están propiciando algunas variables sociales que todavía no terminan de cuajar.

En el mundo editorial, esas tendencias comienzan a notarse en cosas como el reciente surgimiento del sensitivity reader (o lectores de sensibilidad), un cargo creado en algunas editoriales de Estados Unidos y cuya función es detectar que la obra a publicarse no repita estereotipos de género, no insulte a ninguna minoría, no utilice lenguaje ofensivo ni realice lo que se conoce como «apropiación cultural». La publicación de más de algún libro ha sido detenida por las opiniones de alguno de estos lectores. En dichos casos, la editorial pide al escritor considerar una reescritura total o parcial de la obra, rectificando las partes que el sensitivity reader hace notar como no convenientes.

Otra tendencia que ya parece instalada para quedarse es privilegiar el espectáculo del escritor por sobre su propia obra o por sobre categorías literarias que parecen relegadas a un segundo plano de importancia. El lenguaje, las estructuras narrativas, la novedad de un planteamiento o historia ya no parecen ser importantes en la valoración literaria y mucho menos parecen tener resonancia o prioridad entre los lectores contemporáneos. Se privilegia el tema tratado y su potencial de ventas.

Al escritor se le obliga a ser un performer, un personaje de sí mismo. Sus redes sociales se convierten en una tribuna pública desde la cual funciona como vendedor y autopropagandista de sus propios libros, muchas veces así exigido como cláusula de contrato editorial. Hay escritores que se desenvuelven muy bien y hasta disfrutan de ese mundo de reflectores y sobreexposición pública, pero no todos tenemos talento ni interés para ello.

Por otro lado, sabemos que la atención lectora está dispersa en diversos tipos de entretenimiento, que involucran mucha lectura y escritura, pero que no necesariamente persiguen lo literario. Ya hay editoriales que se niegan a publicar obras que pasen de las 250 páginas. Algo similar ocurre con varios concursos literarios internacionales, donde se limita el número de páginas para novelas o colecciones de cuentos, de manera que no sean demasiado voluminosos. Por ello, quizás y ojalá, el cuento y la novela corta puedan ver pronto un resurgimiento, pese a que las editoriales siguen privilegiando la publicación de la novela por considerarse «un género serio».

Así mismo, la dinámica establecida por las redes sociales, donde los «me gusta» avalan propuestas como las de los llamados «instapoetas», crean la ilusión de que la aprobación general es suficiente para confirmar el talento. Muchas editoriales cuentan con personal dedicado a monitorear algunas redes y encontrar posibles propuestas editoriales. Piensan que un millón de seguidores en Facebook o Instagram no pueden estar equivocados, pese a que la calidad estrictamente literaria de sus textos sea dudosa o común.

Tomando en cuenta estas premisas, es posible que a futuro se escriba, publique y lea libros que no causarán mayor impresión en la memoria del lector. ¿Alguna de esas obras populares pasará a ser considerada Literatura, así, con L mayúscula? ¿Qué contribuciones o rescate del lenguaje harán esas obras? ¿Pervivirá el retrato de sus personajes como un diagnóstico más de la compleja naturaleza del ser humano y de los conflictos de nuestro siglo? ¿Retratarán esos personajes, en forma fidedigna y palpable, el angst de su tiempo, de manera que cien años después, la humanidad del futuro los leerá y dirá «seguimos siendo los mismos», como hacemos cuando leemos a Shakespeare?

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente. El lector continuará con su «scrolling» infinito en sus dispositivos, buscando saciar la sed de algo que no sabe nombrar ni definir. El lector del futuro será quizás un buscador solitario tratando de reencontrar su humanidad perdida en los libros.

El escritor del futuro deberá adiestrarse para asumir tareas extraliterarias como ser orador, hacer marketing efectivo, ser «community manager» y modelo fotográfico. Además de escribir libros, claro está. Su mayor reto estará en definir qué es lo que considera más importante: si complacer al público para ser popular o ser fiel a su visión de la escritura, aunque solo lo lean un puñado de gentes.

Pero también estarán los rebeldes. Porque siempre los habrá. Esos que, en vez de quemar libros, los aprenderán de memoria para preservarlos (como ocurre en la novela «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury). Confío en esos que abrirán pequeñas editoriales y que al vender un libro estarán compartiendo una dosis de su fe en la buena literatura. Las propuestas periféricas y underground que, ajenas a los focos y el ruido del espectáculo, continuarán palpando el hueso de la humanidad a través de sus historias, y viviendo el oficio de la única manera en que es posible: como un espacio de libertad plena del ser humano.

Centro Histórico y genética nacional

A propósito de la relevancia que ha tenido el Centro Histórico de San Salvador, desde su proyecto para revitalizarlo hasta promoverlo en lo internacional con la toma de posesión del nuevo presidente, se ha despertado mi interés por el tema de rescatar un espacio histórico, raíz de nuestra identidad. Pero también me impulsa el elemento emocional que recuerda parte de mi vida de joven universitario, transcurrido en esta zona, con todos los avatares que guardo solo para mí. Fue el espacio que me acogió desde que llegué a estudiar de San Miguel, mi patria inicial («la infancia es la patria de la poesía», cito una de mis novelas).

Son elementos intelectivos y emocionales los que me hacen escribir sobre la riqueza que tiene la ciudad capital como para merecer una crónica de la zona histórica urbana. Recordarla es acudir a sus señales de vida a lo largo de los años, y más si se testimonian sus abandonos.

Además porque a medida que nos adentramos en la modernización global los centros de valor histórico tienden a relegarse. No obstante, que es donde «se pueden advertir los genes de su verdadera identidad… donde si bien es cierto que los conquistadores construyeron nuestras ciudades con un patrón común, cada uno de ellos carga un conjunto de huellas que los hace únicos e irreproducibles… volviéndose así en los auténticos ADN de las ciudades». Es decir, que se trata de un material genético de historia viva (revista INVI. Sahady Villanueva y Felipe Gallardo. Especializada en estudios sobre hábitat residencial al referirse a temáticas históricas y urbanas de América Latina. Chile).

Parte se debe a ineptitud por apreciar el fenómeno cultural, pero también por abandono a causa de la naturaleza implacable de nuestras zonas volcánicas, que ofrecen belleza pero estremecen con sus efectos dramáticos.

Pero volviendo a la revitalización de estos espacios de historia, hemos confirmado que revitalizarlos requiere gran inversión, aunque esto se retribuye con desarrollo económico. Por ejemplo, en nuestro caso, con apenas dos sectores rescatados de sus calles, la reconversión ha despertado un interés popular que, poco a poco, crece en importancia a medida que se avanza en el rescate de las auténticas señales de identidad cultural.

«La cultura es antesala del desarrollo económico», dije en una entrevista de hace 10 años (revista del BCR. Periodista Regina Vásquez). Porque sobre cultura y desarrollo económico sobran ejemplos, como el caso de los resultados obtenidos en Panamá, Bogotá, México o en la zona histórica de La Habana que se logró por iniciativa pública. Aunque también estos emprendimientos urbanos pueden lograrse con apoyos privados, por cooperación internacional y por iniciativas asociadas.

El proyecto de revitalización demuestra que no es tarde para continuar con un rescate del valor histórico, que incluye personajes notables y empresas de todo tipo que dieron vida a esas zonas.

Si se trata de hacer un mapa de nuestra zona histórica, debemos comenzar identificando la casa donde Francisco Gavidia recibió a Rubén Darío a finales del siglo XIX, para crear así las bases del modernismo en la poesía, que dio ubicación a Centroamérica por sobre Europa. Está en la esquina donde se ubica un banco, entre av. España y 1.ª calle poniente. También aludo al lugar de nacimiento de un clásico literario guatemalteco, José Batres Montúfar: 4.ª calle poniente y av. Cuscatlán, contiguo a nuestra Biblioteca Nacional.

Es una lástima que varias casas de presidentes de la república hayan desaparecido ante la mirada de quienes tuvieron a su cargo la preservación de nuestras raíces culturales, porque no vieron en estas recuperaciones su factor de desarrollo. Aunque no se trata solo de un interés economicista, sino que es obligación del Estado preservar el patrimonio nacional, en el entendido de que «el desarrollo urbano debe apoyarse en los cimientos de la memoria para poder construir el futuro», dice un experto francés del Programa Serchel (sic), para la salvación de estos bienes patrimoniales, un programa relacionado con la UNESCO y el BID, para estos salvamentos nacionales.

Pensando en posibilidades de aperturas financieras, retomo aspectos puntuales sobre el Centro Histórico relacionado con mis experiencias emotivas que me impulsan a pelear contra los olvidos. Para un intento de mapa o rutas, como ha mencionado el periodista Juan José Dalton y el actual alcalde de San Salvador cito, no en orden de su relevancia sino por lo que dicta el recuerdo: el Café Izalco, dentro del hotel del mismo nombre cuyo edificio de arquitectura con calidad estética, aún está intacto, ahora perece por el humo de cocinas informales en su interior. Enfrente de este se ubicó la Librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, secretaria privada de Masferrer. Gracias a su calidad de librera los escritores jóvenes de la época pudimos conocer la gran literatura contemporánea del siglo XX.

Dos cuadras hacia el parque Libertad, al costado norte de la iglesia El Rosario, estaba una de las dos cafeterías de café (valga la redundancia, pues se iba agotando la práctica popular de tomar café de maíz o de cáscaras de café o el famoso café soluble): el Café Doreña, ubicado en la primera planta de la cafetalera. Y casi frente a catedral, en la avenida España, estuvo la Cafetería Americana. Ambos edificios permanecen, incluso se ha recuperado ya el edificio de la Cafetalera, Diagonal al Izalco; frente al parque San José estaba la cervecería y café La Ronda, donde se reunían poetas, periodistas y policías encubiertos en su trabajo o en espera de atender las fuentes institucionales situadas en el Palacio Nacional. Se hablaba de política y de literatura.

Cierro estas ideas con palabras del papa Francisco, dichas en Panamá: «El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos; cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido mestizar. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos». Esto vale para El Salvador.

Esperando justicia

Escribo esta columna el domingo 26 de mayo. Es mediodía. Acabo de regresar de una concentración realizada en el Monumento de la Constitución. Organizaciones sociales y de derechos humanos convocaron a la población a compartir sus testimonios en la búsqueda de la justicia para desaparecidos y muertos durante la guerra civil salvadoreña. Esto en vista de las discusiones en la Asamblea Legislativa sobre una nueva ley, que eufemísticamente llaman ley de reconciliación nacional, pero cuya ejecución y práctica implicarían una nueva forma de amnistía.

Llego algo tarde pero no quise dejar de ir. Hay pocas personas. Cincuenta o 60 a lo sumo. En todo caso, somos pocos. Pensé que por ser domingo habría más gente que en otras actividades recientes realizadas en horario laboral.

Para llegar a la Constitución, pasamos antes por la zona del estadio. Hoy se juega la final de fútbol. El taxista, que es aliancista, viene hablando con entusiasmo del partido. Hablamos de los elevados precios de los boletos. Todo el mundo se quejó. Pero a las 10 de la mañana, ya la calle está llena de gente haciendo filas, de tráfico, de movimiento, para un partido que comienza dentro de 5 horas.

La ciclovía de la Constitución está funcionando, lo cual provoca tráfico lento en las calles aledañas. En el monumento, el movimiento Memoria de Futuro ofrece postales para que las personas pidan justicia por alguien en específico. Las postales serán entregadas esta semana a los diputados, previo a la sesión de discusión de la ley mencionada. “Por Monseñor Romero. Por Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Por las cuatro monjas Mariknoll. Por los muertos de El Mozote y el Sumpul”, escribo.

Una señora pega la foto de su hija en una de las postales. Se le nota afectada. Trato de imaginar lo que es pasar la vida con esa deuda, con ese pendiente, con ese dolor que nunca termina. El de un familiar muerto o desaparecido. Pienso también en esos otros dolores, que son otra consecuencia de las guerras pero que no son contabilizados, porque lo humano no es importante en las estadísticas de la destrucción. Las familias separadas sin remedio por las diferencias ideológicas. Los que se desquiciaron en los frentes de guerra. Quienes conviven con los recuerdos en silencio. El maldito silencio. Las pesadillas. Los trastornos mentales. Las depresiones. Todas esas emociones no contadas ni expresadas. El miedo, la culpa, el horror, las pérdidas. Las lágrimas no derramadas. La historia que no termina hasta que se tenga un cuerpo o una verdad. Los perdones nunca escuchados. El dolor ajeno no reconocido por los victimarios. Los perdones nunca pedidos, porque gobiernan el orgullo y la mezquindad. Ese factor humano que queda trastornado por la guerra y que tardará generaciones en sanar.

En estas últimas semanas, me sorprendí varias veces a mí misma deseando tener el don de conmover con mis palabras a los más duros de corazón. Para que por lo menos escuchen, para que lo hagan sin ponerse a la defensiva. Para que se tomen el tiempo de reflexionar. No puede ser que no tengan ni un poquito de sensibilidad como para no conmoverse ante tanta gente que ha dedicado su vida a buscar a sus deudos, a clamar por justicia, a encontrar una explicación de lo ocurrido.

Nos unen nuestros muertos. Los de ambos bandos. Eso nos vinculará por siempre como país. Porque las guerras nunca las gana nadie. Perdimos más de lo que nos damos cuenta, más de lo que queremos admitir. Todos perdimos. Y esas pérdidas son las que nos vinculan. El dolor es y ha sido grande, largo, profundo. Tanto que nos ha impedido construir una sociedad pacífica y laboriosa.
En el documental “La batalla del volcán”, del cineasta salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, hay una escena donde una exguerrillera, herida durante la ofensiva del 89, se reencuentra con una vecina que la ayudó cambiándole la ropa ensangrentada y llevándosela en una ambulancia, haciéndola pasar como familiar. La guerrillera, en palabras sencillas, da las gracias a la mujer que le salvó la vida. También pide perdón. Le explica que en ningún momento se pretendía que la población civil saliera dañada. Las mujeres se abrazan, sollozan. “La perdono”, dice la otra.

Cuando vi esa escena pensé que eso es exactamente lo que necesitamos como sociedad. Hablar. Reconocer el daño causado al otro. Reconocer el dolor, propio y ajeno. Ser sinceros. Sin retórica ideológica. Sin repetir consignas partidarias. Sin victimizarse. Sin justificarse. Sin culpar a terceros. Pedir perdón. Dar el perdón. Aceptarlo. Las heridas podrían, a partir de ello, comenzar a cicatrizar.
En mi imaginación, espero que la gente se indigne tanto contra esa mal llamada ley de reconciliación nacional, que saldrá a la calle en masa y hará sentir y valer su poder como ciudadanía. Pero sé que no ocurrirá. Toda la semana pasada me dije también eso: que en este país siempre nos quejamos de los políticos pero que, en alguna medida, nosotros somos culpables de ello. No nos hacemos escuchar. No demostramos nuestra fuerza, acaso porque no creemos en ella. No hay causa capaz de hacernos salir a la calle, en cantidades significativas, a protestar. Nos atenemos al blablabla de las redes sociales, como si eso fuera suficiente. Hace ruido, sí. Ayuda, algo. Pero no es suficiente.

Comencé este texto dando los detalles del día en que escribo porque de aquí a que se publique, no sé qué habrá pasado con la ley. Es imposible prever lo que ocurrirá. Ojalá prevalezcan la justicia y la sensatez. Ojalá la ciudadanía sea escuchada y que las víctimas sean tomadas en consideración. Ojalá encontremos el camino para conciliar nuestro pasado con nuestro presente y evitar que, en el futuro, perviva la impunidad, como ha sido siempre. Ojalá.

“Todas las personas son iguales ante la ley”, dice el marco de cemento que ampara a la figura de la justicia, en el Monumento a la Constitución. Es algo que deberíamos recordar siempre, algo que en este país se olvida con demasiada facilidad

El Tacuscalco y el Espíritu Santo

Hablando de patrimonio cultural, esta vez me refiero al tema de Tacuscalco y a la ciudad de Corinto, departamento de Morazán, donde se encuentra la cueva del Espíritu Santo. Aludo a ellos como temas de mi vida como escritor, los dos casos. Explico: desde niño escribí poemas, y a los 28 años me pasé a la novela. Todo porque me encontré una carta de don Pedro de Alvarado dirigida a Hernán Cortés, que jamás la había visto incluso en mis estudios superiores, llamado Doctorado de Jurisprudencia y Ciencias Sociales.

En esa carta supe de Tacuscalco, que me inclinó a escribir mi primera novela: “El valle de las hamacas”, publicada en la editorial donde a García Márquez le habían aceptado publicar la primera edición de “Cien años de soledad”, cuatro años antes.

Aunque también tuvo que ver mi madre: “Verba volant scripta manent”, me decía, porque el poema despierta emociones constructivas; la palabra de la novela revela realidades cambiantes. De ahí proviene mi pesar por la destrucción de Tacuscalco, bajo silencios inexplicables.

Pero veamos la carta de Alvarado refiriéndose a Acaxual (Acajutla) y Tacuzcalco (¿Izalco?) que me introdujo al oficio de novelista. Alvarado, una personalidad sicopática, describe sus matanzas. Su mismo jefe, Hernán Cortés, lo acusó y lo envió como castigo al sur, porque había asesinado a los príncipes aztecas de Tenochtitlán, dejados bajo su custodia mientras Cortés iba a Veracruz a sofocar una rebelión.

Alvarado pasó por Guatemala para llegar a El Salvador de hoy, zona occidental y central, con tres mil años de cultura náhuat-pipil. Según escribe Alvarado, se encontró con guerreros protegidos con chalecos de algodón, pero vulnerables al guerrear con hombres a caballo, ballestas y armas de fuego. Las frases de la carta las cito entre comillas, pero recreadas para mejor comunicación del castellano de la época (contenido exacto buscarlo entre paréntesis en páginas 135 y 141 de mi novela citada).

“Ninguno salió vivo, caían al suelo, no se podían levantar debido a sus casacas de algodón que les llegaban a los pies, atacaban cargados de lanzas, flechas y arcos… caían y les era difícil levantarse; y nuestra gente los mataba a todos”. También narra el famoso flechazo que lo dejó cojo para siempre: “Me dieron un flechazo que me pasó la pierna y quedé lisiado, con una pierna más corta que la otra”. Continúa insistiendo “… ahí se hizo una gran matanza y castigo”. Luego se encaminó a Miahuaclán y después a Atehuán, y luego a Cuscatlán, donde sus señores le “enviaron mensajeros y yo les pedí que fueran mis vasallos y se pusieran al servicio de su majestad, o serían esclavizados; sin embargo, ellos me recibieron con todo el pueblo alzado, pero como conocían ya nuestros poderes se fueron a las sierra”.

Desde la sierra dijeron que “si quería avasallarlos y someterlos que ahí me esperaban con sus armas”. Continúa: “Entonces los vi como traidores y ordené dar muerte a los señores de Cuscatlán que estaban en mis manos”. Sin embargo, “nunca los pude someter, pues toda esta costa del sur es muy montosa y por eso acordé volver a Guatemala donde hay mejor condición para conquistar, pacificar y poblar”.

Este fue mi impulso para dejar el poema y optar por la novela. Tacuscalco me hizo reflexionar ¿hasta dónde desconocemos o sobreestimamos nuestras señales de identidad, nuestra historia, que para muchas sociedades son sagradas? Para muchos tiene importancia, pero la generalidad no asume esa inspiración de identidad, no se advierte el significado de valores: costumbres, pasado, dramas, para evitar que las tragedias se repitan. Porque las épicas inspiran para ser mejores, las riquezas históricas originarias sensibilizan al ciudadano.

También explico por qué aludo a la cueva del Espíritu Santo, ciudad de Corinto, departamento de Morazán, con sus pinturas rupestres como patrimonio nacional, por testimoniar más de diez mil años de existencia lenca en un área limitada con la náhuat-pipil por el río Lempa. Significa que la cultura lenca penetra el norte de Chalatenango, aunque su mayor representatividad está en la zona oriental, con sus peculiaridades, incluyendo idioma, que por nuestros vacíos casi se ha perdido; a diferencia del idioma náhuat en proceso de rescate.

Antes he dicho que comencé a escribir desde el nivel básico, cuarto grado; pero fue en el nivel medio cuando inicié el aprendizaje de la poesía tal como se expresaba en países avanzados en literatura. Mientras en mi medio, San Miguel, solo se conocía la poesía romántica de los años veinte, escrita especialmente en Colombia y México. De mi parte, como lector precoz descubrí una poesía contemporánea, de Asunción Silva, Barba Jacob, hasta conocer en segundo de bachillerato a Pablo Neruda y a García Lorca.

Estos fueron clave para escribir sin más mentores que mis lecturas mínimas, y lanzarme como escritor desde mi ciudad natal. Me atreví a competir con los poetas mayores: “Canto a Huistaluxilt”, publicado precisamente en LPG. Trata del jefe lenca que para no caer prisionero prefiere suicidarse lanzándose al cráter del volcán Chaparrastique (primer tercio del siglo XVI, San Miguel fue fundada en 1530).

Por eso en mis redes sociales escribo de las cuevas del Espíritu Santo, en Corinto, testimonio de cultura lenca milenaria, más antigua que la maya y la pipil. Y lo triste: esas pinturas están siendo borradas por el descuido, pese a que pueden compararse a las pinturas de la cueva de Altamira, España, atractivo de turismo mundial. Más que indiferencia deberíamos sentirnos desafiados a sensibilizarnos ante las señales de identidad para rebuscar nuestras raíces que de verdad nos hagan sentir orgullosos. Apelar a una formación nacional de calidad asumiendo esos valores. Tendríamos mejor inserción planetaria.

Porque en el desarrollo hacia la meta económica y política no puede estar ausente el elemento cultural, que no implica contradicción con el hecho de ser consumidores de tecnología. Con un siglo XXI, que ya nos come y carcome en estas dos primeras décadas. Valgan estas intuiciones educativas desde mi generación de compromisos incumplidos.

El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).

Biblioteca Nacional del siglo XXI

Cuando pensamos en nuevas tecnologías, pareciera paradójico que las Bibliotecas Nacionales hayan tenido la misma proyección desde hace más de 2,000 años. En función de proteger y conservar el patrimonio documental o bibliográfico de las naciones, además de facilitar la bibliografía al lector o investigador. Por eso es obligado contar con un Departamento de Conservación, porque el libro de las bibliotecas nacionales debe preservarse para subsistir cientos de años. Por eso no cabe hablar de libros viejos, sino de libros antiguos. En cierta forma una Biblioteca Nacional es un museo en que se permite tocar su contenido. Frente a ese deber es fundamental ese departamento que preserva de daños a los libros que por siglos custodian ideas y el poder de las palabras.

Fue la clave mágica que los grupos humanos descubrieron para el resguardo del pasado histórico que es presente y futuro. Porque el tiempo es uno solo, medido en milenios, en años, meses o minutos. “Todo fluye, nada permanece”, decía Heráclito hace 2,540 años. Esa característica del tiempo podría aplicarse a las Bibliotecas Nacionales: porque cambian y siguen siendo las mismas, aún cuando la tecnología nos alcance como consumidores en la etapa que estamos experimentamos para lograr una nueva era industrial, por la cual compiten Asia, China en particular, y EUA, dos potencias en la carrera por crear las redes G5, que permitirán información rápida y que tendrán aplicación, incluyendo la robotización, en todas las manifestaciones de la vida.

Significará despedirse de combustibles fósiles, que ya se avizora en el primer cuarto del siglo XXI. Incidirá en la cultura y la educación, no importa si de países de tercer o quinto desarrollo (por no decir mundo). Por ahora somos consumidores, y si negamos en que todo fluye, dejaríamos de “ser”. Y la humanidad reconoce que nada permanece, todo cambia, según propuesta visionaria de Heráclito.

Cuando me refiero a Bibliotecas Nacionales de quinto desarrollo pero en crecimiento, aludo a todas las de Iberoamérica, agrupadas en ABINIA, preparándose para crecer con inversiones educativas y culturales. En búsqueda de no paralizarnos como las bíblicas estatuas de sal.

Reitero entonces: contamos con nuestros libros históricos, al alcance de un clic de internet 640 obras en España y casi 750 en el Consorcio de Bibliotecas Universitarias (CBUES); además promovemos resultados por Twitter, Facebook, boletín electrónico, ofrecemos internet gratuito y una página web, la pobre, que no ha sido bien comprendida, pese a nuestros esfuerzos de consolidarla desde 2007, gracias a ABINIA y Suecia que facilitaron becas a cuatro de nuestros bibliotecarios, en México, en España o en Brasil

A propósito doy una primicia: en junio próximo daremos alojamiento en la biblioteca a los textos educativos desde parvularia hasta segundo año de bachillerato, gracias al apoyo de nuestros amigos que nos facilitan el equipo, así como el derecho de dichas obras, para ofrecerlas gratuitamente.

Adoptar las nuevas tecnologías, no desdice de nuestra misión de preservar el patrimonio bibliográfico por años y años, cuyos originales el tiempo los convierte en piezas de museo como ahora los vestigios arqueológicos. Por eso creemos en la perennidad del libro en papel, tiene siglos hacia adelante. Y para ser consecuentes promovemos esa realidad al sacar la Biblioteca Nacional a las comunidades (Bibliobús); y a la calle, (hablamos de vida y de libros con la gente). Porque si la montaña no viene a ti, vamos a la montaña. Eso ha hecho que tengamos cientos de jóvenes en un mes que visitan la biblioteca, no tanto para leer sino para conocerla, conversar y estimular el libro y la trascendencia bibliotecaria.

Para continuar en búsqueda de ese pequeño salto tecnológico decidimos intercambiar experiencias visitando bibliotecas del asocio bibliotecario y su red de bibliotecas, emprendimos con nuestro equipo informático de Biblioteca Nacional una búsqueda de modelos ya en funcionamiento con la idea de ofrecer servicios a las necesidades usuarias a quienes nos debemos, porque queremos facilitar información a la velocidad de la luz, como lo exigen los nuevos tiempos. En una visita nos esperaban según la cita; pero llegamos una hora antes de que la abrieran (9 de la mañana) y eso nos permitió observar, a los 5 minutos de haberse abierto (10 de la mañana), que ya estaba llena de usuarios, no de lectores de libros, pese a lo novedoso de los llamados “best seller”, sino que fueron directamente a las computadoras, gente incluso de la tercera edad (los baby boomers). Señal de nuestro tiempo, me dije.

Reflexión: para un aporte al desarrollo no nos enfocamos solo en los investigadores, como corresponde a una Biblioteca Nacional (fuente principalmente para investigadores). Nos interesa igual la lectura de los niños, sea en papel o digital.

Segunda reflexión: procedimos entonces a elaborar el proyecto “Una computadora por usuario”, que incluirá conexiones de “laptop” y recarga de teléfono, interruptores, puntos de acceso, cableado eléctrico y de datos, licencias, “firewall” adecuados, anchos de banda para acceso óptimo de internet, y otros. Inversión elevada que se recupera con creces en desarrollo integral y bienestar social.

Casi lo tenemos listo después de dos décadas en la BN, porque aunque dando bandazos corremos hacia un real siglo XXI, aprovechando experiencias de gestión nacional e internacional. De otra manera no funcionaríamos ante los exiguos presupuestos. Nos relegaríamos a mostrar libros, y hacer estadísticas anuales.

Será un legado y regalo para la Biblioteca Nacional que dentro de un año cumplirá su 150 aniversario (julio 2020). Heredaremos los proyectos y los apoyaremos para echarlos adelante. La precariedad social es fuente de grandes sueños.

Tampoco olvidamos los Objetivos del Milenio trazados por UNESCO que incluye a las bibliotecas, por dar acceso libre a la información, en los planes de desarrollo nacionales y regionales. Contribuir de esa forma al logro de una meta global a 2030 hacia el desarrollo sostenible. Estos objetivos fueron hechos suyos por la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA): identificar historias de éxito en cada país; dándoselas a los políticos cuando tengan reuniones para demostrarles la contribución de las bibliotecas a escala nacional.