Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión «golpe de estado», recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera «problemas». Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no solo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales solo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado.

Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no solo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman «libertad de expresión», pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no solo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, «I’d love to change the world». «Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer», dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.

Premio Nobel escribe novela centroamericana

El consejo que doy a escritores noveles, incluso jóvenes de educación media, que aspiran a escribir poesía o narrativa, es el de leer, leer y leer. Y les recuerdo la frase del poeta-bibliotecario por antonomasia, el argentino Jorge Luis Borges: «Me siento orgulloso de los libros leídos, más que de mis libros publicados». Y, por supuesto, se debe escribir y escribir. No pensar lo que se desea narrar, sino ponerse frente del teclado y escribir lo que se piensa.

Pongo de ejemplo al Premio Nobel Mario Vargas Llosa (Perú, 1936), quien ganó sus primeros premios internacionales a temprana edad. Y ahora, en el 2019, publica su novela histórica sobre Guatemala de 1951-1954 y las repercusiones actuales en los últimos treinta años de ignominias vividas por Centroamérica. Su Título es «Tiempos Recios» (Editorial Alfaguara, Madrid, 2019).

Siempre me llamó la atención la narrativa de este Nobel de Literatura. En su vida ciudadana es un exponente de ideas ultra liberales, y calificado como gran individualista. Sin embargo sus obras las orienta hacia temáticas sociales realistas relacionadas con el historial trágico arrastrado al siglo XXI hacia nuestros países.

Otro ejemplo de sus novelas es «La Fiesta del Chivo», narrativa sobre la satrapía de Leonidas Trujillo, a quien sus arrogancias enfermizas lo llevaron a bautizar la capital de República Dominicana como Ciudad Trujillo. Además, el sátrapa tuvo mucho que ver con lo ocurrido en Guatemala (1954), y las repercusiones actuales centradas en las desigualdades conocidas.

Hay una novela anterior del Nobel peruano: «El Sueño del Celta». Trata del negocio y cacería europea en África para establecer el mercado de esclavos que necesitaban los países en búsqueda de su desarrollo. Y su misma novela autobiográfica «La Ciudad y los Perros» (premiada en España, a sus 25 años), una obra social sobre los adolescentes «light» de la burguesía peruana.

«Tiempos Recios» se refiere a la invasión que sufrió Guatemala cuando Juan Jacobo Árbenz (gobernante de1951-54) dio continuidad a las reformas sociales iniciadas por el mejor presidente que ha tenido ese país, el educador y filósofo Juan José Arévalo (gobernó en 1945 a 1951). El gran pecado de ambos fue proponerse una reforma agraria que afectaría el dominio feudal ejercido por la empresa United Fruit Company, que con el banano y su infraestructura había convertido un gran imperio en Centroamérica. Por eso, en esa época, éramos considerados como «repúblicas bananeras». Espero no lo sigamos siendo con similares modalidades.

Además de Arévalo y Árbenz, el Nobel peruano agrega dos personajes inteligentes y perversos, Samuel Zemurray, de Nueva Orleans, conocido como «Hombre Banano», gerente de dicha empresa; y el publicista de Nueva York Edward Barneys, artífice de las manipulaciones políticas que dieron origen a la invasión a Guatemala, con mercenarios entrenados en Honduras y Nicaragua, dirigidos por el coronel guatemalteco Carlos Castillo Armas. A Barneys se le ocurrió que para deshacerse de las ideas modernizantes de Arévalo y Árbenz había que inventarse el peligro comunista que estos representaban, pese a ser declarados anticomunistas; pero sus gobiernos parecían poner el peligro los privilegios que le concedían los dictadores a la United. Según la prensa norteamericana de la época el gobierno de Árbenz ponía en peligro a los EUA, por su cercanía a Washington, y a dos horas del Canal de Panamá, en esa época propiedad norteamericana.

La paradoja fue que Árbenz y Arévalo tenían como modelo para Guatemala la democracia de los EUA, sacarla del feudalismo y de las injusticias que sufrían los trabajadores del banano carentes de los mínimos derechos. Aunque Costa Rica se salvó de esas dictaduras impuestas por la United, y sus socios de la geopolítica; su dominio se basaba en sostener un modelo feudal en las bananeras. Se describe en la novela testimonial «Mamita Yunai» (1940), del costarricense Carlos Luis Fallas.

«Tiempos Recios» se adentra a la histórica tragedia de Guatemala de 1954, que culminó años después en genocidios que golpearon a toda Centroamérica, y cuyos efectos aun se viven manifestadas en emigraciones dramáticas, desempleo e inequidades sin límites. Un dato interesante que agrega Vargas Llosa es el papel que juega la salvadoreña, esposa del derrotado Jacobo Árbenz, a quien tenía como asesora, «una talentosa, adinerada y culta salvadoreña, educada en los EUA: María Cristina Vilanova, de las famosas catorce familias», dice. Ella también aspiraba, como Arévalo y su marido, al modelo de democracia similar a los Estados Unidos.

Samuel Zemurray, como alto ejecutivo de la United Fruit Company, conocido como «Banano man», contrata al hábil y manipulador publicista (Edward Bernays), para evitar que en Guatemala se realizara una reforma agraria que perjudicaría al imperio bananero.

Para lograr esos fines Bernays propuso, una campaña mediática que evitaría la pérdida de los privilegios de «Mamita Yunai», incluyendo su poder para imponer las dictaduras militares en Centroamérica. De modo que promovió en la gran prensa norteamericana que Guatemala había caído «en las garras de las grandes potencias comunistas». Vargas Llosa hace un registro magistral de los personajes reales Barneys y Zemurray, quienes triunfaron en sus intenciones perversas. Para ello organizaron la invasión a Guatemala desde Honduras y Nicaragua, con sus gobiernos títeres, Lozano y Somoza, protagonistas necesarios para apoyar la invasión.

Barneys, empleado de Zemurray, manipuló a los periódicos progresistas y prestigiosos de los EUA. «Si lo hacemos en periódicos conservadores no van a creernos», decía. Y creó la histeria mediática en las alturas políticas de los Estados Unidos.

El otro personaje ya mencionado es el militar guatemalteco reclutado para dirigir la invasión. Este, a la vez fue asesinado por sus promotores por desviarse de las políticas corruptas. La gloria del coronel Carlos Castillo Armas solo duró cuatro años. Impuesto como presidente fue asesinado en la casa presidencial de Guatemala por los organizadores de la patraña.

La guillotina cayó sobre Centroamérica: genocidios, desempleo, injusticias desde el poder; que ahora repercute en desempleo y caravanas de sobrevivencia. Además, Vargas Llosa demuestra que las «fake news», no son nada nuevas.

Activismo o literatura

Al concluir la 71ª Feria del Libro de Frankfurt quedó clara una cosa: los lectores contemporáneos tienen una creciente necesidad de buscar libros que puedan dar explicación sobre el presente caótico que vivimos. Ensayos, géneros de no ficción y distopías sobre el cambio climático, feminismo e historia, fueron el tipo de libros que mostraron un aumento significativo en las contrataciones internacionales realizadas. Son también el tipo de libros que han tenido un aumento significativo en sus ventas en el último año, sobre todo en Europa.

Pensada como un gran mercado editorial (donde se negocian publicaciones, traducciones y representaciones literarias), la Feria del Libro de Frankfurt suele ser un buen termómetro para comprender por dónde van las tendencias de publicación y el interés de los lectores. Recién clausurada su más reciente edición el 20 de octubre pasado, también quedó claro que hay preferencia por la novela que retrata las crisis de nuestras diferentes realidades o segmentos poblacionales. Según Pilar Beltrán, responsable literaria de Edicions 62, un sello del grupo Planeta, «se le pide a la novela que apele al presente, que aporte más pensamiento y reflexión que evasión».

Ese reflejo de la realidad en la ficción novelística parece ser también algo que se le impone a los autores, en general. Hoy en día, da la impresión que el valor de un escritor radica en sus niveles de popularidad en las redes sociales, pero también en su activismo y el apoyo manifiesto a una u otra causa. Las virtudes literarias de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Esto fue notorio este año, luego de la entrega de los premios Nobel de Literatura a la polaca Olga Tokarczuk y al austríaco Peter Handke.

En el caso de Tokarczuk, se destacó su feminismo, su compromiso con el medio ambiente y la incomodidad de su militancia de izquierda ante el gobierno de su país. Aunque a Handke se le destaca como alguien hábil para retratar «la periferia y la condición humana» (según el comunicado de adjudicación de su Nobel), ha sido imposible ocultar la amistad personal que tuvo el austríaco con Slobodan Milosevic y su negación del genocidio y los campos de concentración en Bosnia y Herzegovina.

La presión de los periodistas sobre Handke fue tal, que el flamante Nobel anunció a los pocos días de ganar su premio, que no respondería más preguntas a la prensa. «De ninguna persona que se me acerca oigo que ha leído algo de mi obra, que sabe lo que he escrito», comentó defraudado el escritor durante una rueda de prensa, agregando fuera de cámara que, a pesar del premio, ningún periodista está interesado en realidad en sus libros.

En su columna del 26 de octubre pasado, titulada «Opiniones» y publicada en el diario El País, el escritor Antonio Muñoz Molina hace un par de reflexiones importantes sobre este asunto. «A los escritores ya casi no les preguntan en las entrevistas por los libros que han escrito. Les preguntan por Cataluña, si son españoles, o por el Brexit, si son británicos, o por Donald Trump, si vienen de Estados Unidos», argumenta Muñoz desde el inicio de su texto.

Después de describir el trabajo de la novela como muy complicado, Muñoz dice: «Uno comprende que leer un libro entero puede ser fastidioso, pero quizá quien lo ha escrito, cuando va a ser entrevistado, merece la cortesía de que el entrevistador haya leído con algo de atención eso que a él, al autor, le costó tanto, y que sienta curiosidad por saber cómo se hizo».

Utiliza como ejemplo sobre su argumento novelas recién publicadas por John Le Carré, Ian McEwan y Javier Cercas, reconociendo que si bien una novela puede incluir exposiciones y debates de ideas, debe hacerse desde el pacto de la ficción, para no convertir a los personajes en meros portavoces del autor. Puede haber escritores que sientan la urgencia de denunciar algo, concluye Muñoz, pero para ello también existen el ensayo, el artículo y el panfleto. «La novela rara vez puede ser un instrumento de intervención inmediata: sus materiales proceden de una larga maduración en gran medida inconsciente, casi tan lenta como la que convierte en suelo fértil la materia vegetal en el suelo de un bosque», recuerda el autor.

La 71ª Feria del Libro de Frankfurt hizo por su parte un llamamiento a todo el sector librero: «El libro y los media tienen la responsabilidad de analizar y cuestionar críticamente los paradigmas que definen el siglo XXI: la diversidad debe ser protegida, necesitamos autores que clamen contra las injusticias y asuman riesgos y, claro, editores comprometidos con este contenido y que encuentren los formatos para ello».

Si bien es cierto los lectores buscan libros y géneros que les permita comprender el momento actual, hay quienes exaltan en demasía las opiniones y la imagen de un escritor por encima de sus textos. Lo que no debería olvidarse es que hay una diferencia entre literatura y activismo, y que este último (por muy noble y valiosa que sea la causa en lucha) no es disculpa para publicar una obra mediocre o regular ni tampoco, por el contrario, para exaltarla, a sabiendas de que es una obra oportunista cuya vigencia perecerá pronto.

Todo esto recuerda a la vieja discusión del escritor comprometido y la validez o no de obras que no estén alineadas con las exigencias del momento político o histórico que vive el autor. Sigue existiendo una expectativa de buena conducta y de calidad moral notoria sobre el escritor, como si eso fuera una garantía para escribir una obra de calidad.

Estas son decisiones que, al final del día, le corresponde tomar al escritor, quien deberá valorar si quiere escribir una obra inmediatista, para retratar las inquietudes contemporáneas urgentes y colmar así la expectativa social, o esperar al mejor momento para hacerlo, sabiendo que la literatura es un potaje de cocimiento lento, sobre todo cuando se trata de retratar una época en cuyo torbellino todavía vamos dando tumbos.

Literatura: periferia y mujer en la novela

En las entrevistas que me piden los jóvenes y docentes hay dos preguntas que nunca faltan, una es sobre la «Generación Comprometida». Y la otra, sobre el papel de las mujeres como personajes en mi narrativa. Dejo lo de la «Generación» para otra oportunidad y retomo al compromiso de dar voz a la mujer desde sus espacios de vida. De lo que estoy seguro es de que ambos temas tienen que ver con el proceso de desarrollo cultural. Y quizás eso le pone un acento didáctico a mis libros, pese a que todo escritor rechaza cualquier didactismo en su obra literaria.

En verdad, si acaso hay algo de didáctico, el mostrar una faceta de la mujer como agente cambiante de vida, no solamente un ser sin voz, o madre sacrificada que acepta que los otros decidan por ella, sino activa y participante, de acuerdo a las aguas del río social que no deja de fluir. Incluso en la madre hay transformaciones que implican una presencia más visible.

Al este respeto, tengo un poema titulado «Mamá» (publicado por 1978), en el que me gusta cómo queda completo con un epígrafe de mi buen compañero de letras el periodista, historiador, poeta y fundador de editoriales Ítalo López Vallecillos: «Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país, ellas son sin duda la Patria ofendida». Frase de Ítalo que motivó posteriores personajes mujer en mi obra narrativa.

Dicho epígrafe me pareció muy apropiado al poema, y posteriores novelas: la mujer que simboliza la patria. Así, a la vez que inspiré a Ítalo al mencionar mujer y patria para referirse al poema, del cual ofrezco a mis lectores los primeros versos: «Mamá querida, oración por todos./Llena eres de gracia como las primeras lluvias que originan las primeras milpas». Esto como reconocimiento a quien alimenta desde sus senos, y con ello incide en salud, y rendimiento escolar. La madre a quien, pese a todo, se le impone una carga injusta de exclusiones.

Retomando el hilo, como se hace en Twitter, ya no me referiría a la mujer sacrificada, «o mujer maléfica», «ligera de faldas» (como la cultura patriarcal nominó. A la rosa de El Principito, Consuelo Suncín). Pienso en esa «patria ofendida» y que para compensar, por lo menos en los países del Triángulo Centroamericano, merecería cambiarse el nombre Patria por Matria, las humilladas en sus limitaciones, las que con modestias económicas, han hecho sobrevivir la población en esos países.

En resumen, aspiro a proyectar a la mujer en la historia, no como heroína de inventiva; y menos objeto de intereses ofensivos, sino como la mujer en el tiempo dentro de una sociedad que se distinguió siempre por el prejuicio y la desigualdad.

Se trata de manejar lo literario relacionándolo con un proceso de ubicación, un reconocimiento a las necesidades e intereses de la mujer en sus particularidades como persona, como agente de transformación social, y no el ser objeto para atraer una atención sesgada, sino participante directa en la vida social, económica y política. Tampoco se trata del ser despechado, o la madre sufrida, la mujer «mártir».

La mujer debe estar donde le toca estar, empoderada o empoderándose en sus decisiones. A los demás nos toca avanzar en cultura para garantizar espacios incluyentes.

Conozco mujeres que en su rol de madres concilian la vida familia con la vida laboral, no importa si son criticadas hasta por la misma familia extendida; ellas rompen con paradigmas, cumplen con las exigencias del trabajo y a su vez garantizan el bienestar de sus hijos e hijas haciéndose acompañar de ellos en sus labores. En fin de cuentas la mujer orienta en la formación inicial, sin edad límite para comenzar su función, puede ser desde el vientre materno o desde sus primeros meses. Es la que asume las obligaciones vitales, aunque la cultura tradicional le resulta difícil reconocerlo con hechos. De esta manera de educar hay frutos, en mágica conciliación entre trabajo y responsabilidad familiar. Es otro diferente caso cuando la mujer trabaja en casa sin percibir salario sin reconocimiento a su aporte en la productividad del país, no obstante que las labores hogareñas hacen que cada quien tome sus responsabilidades ocupacionales aunque la madre no se devengue sueldo.

Además, tiene la ventaja histórica y función orgánica natural, y privilegio maravilloso, de procrear, en el mal nominado «producto» o embarazo, toda una ventaja de la naturaleza, aunque tanto hombre como la mujer son los que resultan embarazados. Otra cosa es que la cultura patriarcal solo atribuya el embarazo a la madre y la responsabilice si dicho «producto» no llega a feliz término. Al respecto, les invito a leer «Los poetas del mal», mi novela con temática de la mujer arraigada y desarraigada de su entorno social que me permitió destejer sus emociones de historia personal y colectiva. ¡Una reedición, please! Además, tiene otro privilegio de la naturaleza consistente en que solo ella tiene otro privilegio de darle un futuro de sanidad temprana, como es el hecho de amamantar, el acto más humano en el desarrollo de salud integral futura.

De modo que si la narrativa es pasión, debe ser pasión por visibilizarla en su historia íntima de necesidades e intereses comunes, en su participación para el cambio social, lo que da la pauta al crecimiento, incluyendo sensibilización y salud preventiva al nuevo ser, cuando con su calor compartido por el cuerpo materno otorga uno de los valores más fundamentales de la humanidad: la sensibilidad fortalece una vida digna. La cultura tecnológica debe promover ese proceso que previene las desviaciones violentas y las depredaciones sin sentido.

Nota.- Agradezco a docentes universitarios de los EUA por sus invitaciones este año y el próximo que me permiten conmemorar cuarenta años de «Un día en la vida», semilla germinativa literaria donde la mujer es personaje de la sociedad en transformación.

El rompecabezas de nuestra historia

Por asuntos de trabajo, me ha tocado hacer una investigación que me obliga a repasar y profundizar en la historia salvadoreña de los últimos 50 años, un período importante y determinante para el país, que involucra sucesos políticos, catástrofes naturales, la guerra y la posguerra, con todas sus causas y consecuencias.

Es un trabajo interesante pero también agotador. Es fascinante reconstruir la narrativa histórica nacional y darse cuenta de cómo las decisiones o la desidia de los gobernantes, los políticos y la sociedad en su conjunto, se fueron acumulando hasta arrastrarnos a consecuencias inimaginables. Por ejemplo, la falta de atención y reparación adecuada de los daños del terremoto de 1965 a la infraestructura afectada en aquel entonces, fue uno de los antecedentes por los cuales los daños del terremoto de 1986 en el centro de San Salvador fueron tan grandes. Estructuras viejas y averiadas, que sólo recibieron renovaciones cosméticas se desplomaron, borrando o inutilizando muchos de los edificios emblemáticos del centro de la ciudad.

No es posible dejar de conmoverse o indignarse ante varios eventos históricos y el manejo que se ha hecho de los mismos. Pero quizás lo más desconcertante es darse cuenta de la enorme cantidad de carencias de las fuentes investigativas con las que se cuenta en el país.

Quienes nos vemos en la necesidad de hacer trabajos de investigación debemos convertirnos en auténticos detectives, no sólo para cotejar y verificar fuentes y versiones, sino sobre todo para rastrear y encontrar la documentación que se necesita. Esto es alarmante si se piensa que se trata de la historia contemporánea reciente. Mientras más antiguos sean los documentos que se buscan, más compleja y extensa se torna la investigación y más brumosa se torna la realidad.

Hay grandes vacíos de información y de documentos que respalden, analicen y sirvan para comprender nuestro devenir social. Nos hemos tragado las versiones oficiales de nuestra historia, sin tomarnos la molestia de cuestionar, verificar o ahondar en ellas, poniéndonos en riesgo de ser manipulados ideológicamente, según conveniencias coyunturales.

Esto obliga al investigador a consultar numerosas fuentes para terminar con fragmentos que se deben armar, como un rompecabezas. Es parte de la tarea, claro, pero en El Salvador las dificultades para ello se multiplican. Aparte de la dispersión y escasez de fuentes, uno de los problemas es el estado de conservación del material bibliográfico y documental, archivos visuales (fotográficos o filmados) y archivos sonoros (entrevistas, discursos, programas de radio, etc.). Muchos están en deterioro y no han recibido restauración alguna, o no son mantenidos en las condiciones adecuadas, sufriendo el peligro de perderse para siempre. Vea cualquiera el video de la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec y sabrá a lo que me refiero.

Cuesta encontrar documentos en sus versiones íntegras. Ya que estamos con el ejemplo, un documento vital como los Acuerdos de Paz completos, que consta de 98 páginas, no es fácilmente localizable en internet. Lo cual nos lleva al problema del acceso y la digitalización. Hay escasas iniciativas por digitalizar el patrimonio documental y ponerlo a disposición de la población. Muchas instituciones carecen del equipo, el financiamiento y el personal para realizarlo de la mejor manera, pero también da la impresión de que hay personas que prefieren que los documentos se pierdan o los guardan con un celo mezquino incomprensible, sin tomar en consideración que la documentación histórica de un país no puede ser privilegio de unos cuantos. Dicha documentación es parte de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial y tiene un valor que trasciende lo económico y lo ideológico.

Igual de valiosas son las fuentes vivas, personas que vivieron y fueron partícipes o testigos de momentos fundamentales de nuestra historia, que guardan no sólo recuerdos importantes, sino que también, a veces, conservan objetos, recortes de periódicos, cartas, diarios y otros materiales que por ser personales se consideran subjetivos pero que pueden contribuir a complementar las narrativas oficiales o académicas y dar un color humano a los sucesos.

Dentro de este contexto, hay instituciones que llevan adelante iniciativas de carácter independiente, cuyo trabajo tampoco es valorado en toda su magnitud. El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), las bibliotecas y centros de documentación de universidades e instituciones independientes, como la UCA y FUNDASAL (que, por cierto, alberga documentación valiosa sobre uno de los temas menospreciados del país: la vivienda, y en particular, la vivienda popular y asentamientos humanos), son algunos ejemplos. Recordemos la inundación que sufrió la Biblioteca Nacional a fines de abril de este año y la afectación de cientos de periódicos y otros documentos que fueron rescatados de manera oportuna gracias a las diligencias de su director, del personal y de grupos de voluntarios que apoyaron dicha labor. Este tipo de riesgos y peligros son una amenaza real permanente a nuestro acervo cultural.

Todas estas carencias terminan reflejadas en la evidente subestimación y desprecio de la importancia de nuestra historia, de la construcción de una narrativa objetiva y equilibrada de la misma, no sólo para comprender cómo los vaivenes de nuestro quehacer a lo largo del tiempo han marcado y determinado buena parte de los eventos que nos atormentan en el tiempo presente, sino también para comprender en qué consiste y de dónde proviene lo que consideramos nuestra salvadoreñidad.

Es imprescindible pensar en fundar instituciones, desde la sociedad civil, que financien y fomenten la investigación, la preservación y digitalización del patrimonio documental, así como la redacción y publicación de estudios y ensayos que ahonden en nuestro pasado, de manera veraz, objetiva y no ideologizada.

También se necesita fomentar los estudios humanísticos a nivel universitario y de bachillerato, para crear ciudadanía crítica, pensante y con capacidad de análisis, que sepa discriminar y reconocer los vacíos, contradicciones y peligros en la narrativa manipulada de las versiones de nuestra historia, que venimos tragando pasivamente desde antes de la guerra.

Quizás así podamos tener, algún día, un cuadro realista y equilibrado de lo que por ahora continúa siendo el rompecabezas de nuestra historia nacional.

Novela histórica y sus héroes

¿Por qué es importante conocer memoria histórica de los héroes? ¿Qué es un héroe, qué cualidad es necesaria para ser declarado tal? Una razón principal sería para que su ejemplo de sacrificio y vida digna quede grabada en la conciencia de la nación.

Hay dos héroes inobjetables en América Latina, Simón Bolívar, que en once años liberó del imperio español a cinco países: Bolivia, Perú, Ecuador Colombia, Venezuela. Si pensamos en las distancias geográficas, nos damos cuenta de su proeza. Se dice que recorrió en caballo el equivalente a darle dos vueltas al planeta. Pese a todo, murió en la mayor pobreza, vejado. Y Martí, si bien cierto no fue un guerrero, fue el pensador de la independencia de su país, y considerado el apóstol de la independencia de Cuba, asegurando un gobierno con base popular. Desde niño, y muy joven, sufrió cárceles, incluso trabajos forzosos bajo las autoridades españolas.

Una búsqueda de heroísmo similar en nuestras luchas regionales fue la que me llevó al interés de la guerra centroamericana que tuvo como campo de batalla Nicaragua y Costa Rica, con participación de los cinco ejércitos regionales: «En defensa de la soberanía y la independencia», declararon los presidentes de Honduras, Guatemala y El Salvado. Walker fue vencido en 1857 haciéndolo retornar a su país por barcos norteamericanos que vieron sería derrotado con ignominia. En 1860 invade, nuevamente, Centroamérica por Honduras. Fue capturado y fusilado (1860).

La idea de Walker era imponer la esclavitud, para lo cual se había declarado presidente de Nicaragua, por la fuerza de sus armas y del ejército invasor. La historia lo conoce como el filibustero, un invasor de territorios, diferente a los piratas que asaltan mar adentro. Walker se consideraba un civilizador de países atrasados. Al proclamarse presidente de Nicaragua, su primer decreto fue establecer la esclavitud que desde 1824 se había abolido proclamándolo José Simeón Cañas, para Centroamérica. Para Walker la base de civilización era la agricultura y la esclavitud.

Sin apoyo oficial de sus gobiernos organizaba ejércitos privados que tenía como base la doctrina predominante en el Sur de ese país: racismo, y dominio total incluyendo México, Centroamérica y el Caribe. William Walker, era abogado, periodista, médico y poeta, y dejó un libro de memorias donde expresa su idea de invadir México y Centroamérica una territorio de retaguardia para sus fines civilizatorios. La guerra de Secesión estaba a las puertas. Siete meses antes de comenzar esa guerra, donde murieron casi ochocientos mil personas norteamericanos. Abraham Lincoln encabezó el ejército contra los esclavistas.

Volviendo a la guerra de malos nicaragüenses que se aliaron a los mercenarios de Walker, me pareció atinente hacer una investigación literaria de una guerra desconocida, darla a conocer a lectores diversos. Así surgió mi libro «Así en las Aguas como en la Tierra». Una novela histórica que sigue los pasos creativos conservando los datos fidedignos. Tres frases me indicaron de inmediato la dimensión de la épica centroamericana; fueron el impulso de escribir la obra.

Una de esas frases fue la del capitán y poeta salvadoreño Francisco Iraheta, al informar a su jefe general Ramón Belloso: «Señor, en mi compañía no hay más novedad que anoche murió el último». Se refiere a batallas cerca del lago de Granada. Otra frase: «El general Walker tiene la sabiduría de Dios y la valentía del demonio», dicha por el oficial favorito Timothy Crocker, hombre de varias guerras en Europa y México, gran experto en artillería.

La tercera frase es la siguiente: «La tronazón de cañones y fusilería parecía un infierno». Parte de guerra dirigida a Juan Rafal Mora, presidente de Costas Rica, y artífice de la alianza regional, y participante directo. En los últimos años ha sido proclamado, Héroe de la Patria Centroamericana, junto al salvadoreño general José María Cañas.

También están los héroes desconocidos, los soldados, los oficiales y funcionarios públicos caídos y que los anales de los países centroamericanos, lo han ido relegado al olvido. Los intelectuales en el poder del siglo XIX optaron por callar, debido a las diferencias ideológicas en una región que estaba por dividirse. Los muertos quedaron en las montañas y las ciudades, y las ideologías fueron enterradas a conveniencia. Eso me hace recordar un poema que, de niño, me decía mi madre: «No son los muertos los que en dulce calma/ la paz disfrutan de la tumba fría/, muertos son los que tienen muerta el alma/Y aun viven todavía». (Antonio Muñoz Feijoo 1851-1890, Colombia).

Terminada la guerra, al presidente Juan Rafael Mora le dieron un golpe de Estado los mismos militares que pelearon a sus órdenes., pero que vendieron su lealtad. El golpe de Estado expulsó a Mora y Cañas, quienes se asilaron en El Salvador, Santa Tecla. Era presidente Gerardo Barrios, amigo de los desterrados.

Comencé a escribir desconociendo el exilio de los dos héroes en nuestro país. Al conocer ese hecho vi que me faltaba el elemento mujer que siempre está presente en mis novelas. Reparé que sus parejas los habían acompañado al exilio, incluyendo sus hijos pequeños, Guadalupe, hermana del ex presidente Mora, estaba casada con Cañas; e Inesita, casada con Juan Rafael Mora.

En Santa Tecla llegó la hora que los dos héroes debían regresar vía Puntarenas, convencidos por sus asesores dentro de Costa Rica, fue el punto emotivo de la historia. Ambas estaban embarazadas, por lo cual su dolor e incertidumbre les hacía compartir la tragedia de la partida hacia un encuentro impensable de sus compañeros con la muerte. Que sucedió semanas después. Fueron capturados y pasados por las armas, fuera de todo proceso, por lo cual se considera un crimen de Estado.

En otra invasión de Walker a Honduras (1860) este fue capturado y ejecutado. La paradoja: seis meses después comenzó la Guerra de Secesión: del Sur contra el Norte (1861-1865). La sociedad industrial derrotó a los esclavistas. Y los héroes Cañas y Mora pasaron a figurar como los protagonistas de la épica más gloriosa de Centroamérica.

Mucho más que palabras

El 2019 fue declarado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas. Un comunicado emitido por la organización a inicios de año, detalla que el objetivo de ello es «sensibilizar a la opinión pública sobre los riesgos que enfrentan estas lenguas y su valor como vehículos de la cultura, los sistemas de conocimiento y los modos de vida».

Las lenguas indígenas son una forma de patrimonio inmaterial que va más allá de una forma de hablar, ya que cada lengua implica en sí la carga de un largo y extenso bagaje de experiencia y conocimientos humanos. Estamos hablando de sistemas de información, de formas de construir pensamiento y la comprensión y asimilación del mundo mismo. Por ello, si se piensa que de las 6.700 lenguas que se hablan en el mundo, la mitad de ellas desaparecerá antes del fin de siglo, comprenderemos que lo que se pierde es algo más profundo y complejo que un grupo de palabras, y que esas pérdidas afectan al conjunto de la humanidad.

De esas 6.700 lenguas, el 96 % son habladas por apenas el 3 % de la población mundial, en su mayoría pueblos indígenas. Precisamente el racismo al que son sometidos estos pueblos es uno de los factores por los cuales estas lenguas tienden a desaparecer. En sus comunidades, los más jóvenes prefieren aprender las lenguas dominantes, lo que les brindará ventajas al intentar integrarse a la sociedad globalizada. Eso va limitando y reduciendo al número de personas que hablan lenguas originarias, en su mayoría personas mayores.

La sobrevivencia de dichas lenguas en el tipo de sociedad que estamos viviendo lo tiene todo en su contra. El español, el inglés, el ruso y el mandarín se expanden como idiomas dominantes no sólo en amplios territorios geográficos, sino también en el mundo virtual. Se da además una penetración peligrosa que va desplazando palabras de idiomas originales como, por ejemplo, los términos en inglés que se vienen infiltrando en el español centroamericano de manera intensiva desde hace poco más de una década.

Si consideramos que cada lengua indígena implica en sí formas ancestrales de conocimiento, es posible comprender la riqueza que representan para el tejido social de una región. Esto puede comprenderse fácilmente en nuestro propio país, cuando pensamos en la herida profunda a la identidad nacional que significó la masacre de 1932. Murieron miles de indígenas, pero la persecución de los cuerpos represivos continuó después contra quienes continuaran hablando su lengua, utilizaran sus indumentarias típicas y practicaran sus ritos y tradiciones. Para sobrevivir, nuestros indígenas tuvieron que invisibilizarse, hablar su lengua a escondidas o no enseñársela a sus hijos y nietos. El atrevimiento de desobedecer podía costar la vida misma.

Melanesia, el África Subsahariana y Latinoamérica son las regiones con el mayor número de lenguas en peligro de desaparecer. En El Salvador, el náhuat pipil se encuentra en estado crítico de extinción, según la UNESCO. Sin embargo, se realizan loables esfuerzos por parte de algunas instituciones y personas, como el etnolingüista Jorge Lemus, reconocido por ello con el Premio Nacional de Cultura 2010. A pesar de lo difícil que resulta intentar difundir el habla de una lengua que no tiene un uso más expandido, el Proyecto de la Revitalización de la Lengua Náhuat, impulsado desde la Universidad Don Bosco, cosecha algunos frutos al ir enseñando la lengua en un lugar como Santo Domingo de Guzmán, donde viven la mayoría de sus hablantes. Esto permite que los estudiantes puedan practicar un poco más, en su contexto cotidiano.

En El Salvador, el Decreto Legislativo No. 528 estableció que, a partir de 2017, cada 21 de febrero se celebrará el Día Nacional de la Lengua Náhuat. La fecha coincide con la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna, proclamado por las Naciones Unidas en 1999. Esto reconoce a la lengua náhuat como parte del patrimonio cultural inmaterial salvadoreño, pero continúa siendo insuficiente como mecanismo para la sobrevivencia de uno de nuestros idiomas originarios.

Cuando muere el último hablante de una lengua y ésta se da por extinta, se pierde para siempre todo un bagaje de conocimientos y tradiciones ancestrales. Pensemos en las leyendas que contaban nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos. Pensemos en los alimentos que comían, en las canciones que cantaban, en los poemas que recitaban. Pensemos en cómo se transmitían las instrucciones de una receta o de la ejecución de un rito sagrado, palabras que nacieron para describir lo cotidiano, intentar comprender lo inexplicable o admirar con asombro y humildad la belleza del mundo.

Quién sepa algo de historia podrá comprender el valor que tienen las lenguas que lograron sobrevivir a las diferentes colonizaciones, en todos los continentes. Sabrá que, en toda colonización, se impone borrar la lengua del vencido, como una manera de imponer silencio y censura, de agredir y de borrar la identidad ajena y, por ende, de humillar, rendir, vulnerar y finalmente exterminar al caído. En nuestro continente, se impuso la lengua del hombre blanco, y con ello también se impusieron su religión, su forma de vida y sus jerarquías sociales.

Fomentar el estudio y la preservación de las lenguas indígenas es una forma de reconocimiento de nuestra diversidad como seres humanos y de comprender que no existen pueblos únicos, mejores o peores. Existe la humanidad, con todas sus formas, colores y atributos. La diversidad es, precisamente, uno de los elementos que enriquece nuestra experiencia humana. Proteger una lengua implica también protección para sus hablantes, para sus derechos humanos y para la construcción de sociedades respetuosas e inclusivas. También reafirma una continuidad lingüística y, por lo tanto, cultural.

Para leer más sobre este tema, puede visitar la página web del Año Internacional de las Lenguas Indígenas en https://es.iyil2019.org, que ofrece de manera gratuita ensayos, actividades, material didáctico e información diversa sobre cómo otros pueblos encuentran estrategias novedosas para proteger y salvar sus lenguas alrededor del mundo.

Reflexiones en la Biblioteca Humana

En mi práctica de lo que se llama Biblioteca Humana, dirigido en especial a jóvenes, los escritores futuros, alguien me pregunta: «¿Puede decirme cómo lograr calidad en lo que se escribe, en cuento y novela?». Le doy la respuesta usual: «Primero, leer; segundo, leer; tercero, disciplina». Otro repregunta sobre lecturas recomendadas. Le doy cinco nombres con los cuales yo comencé a aprender narrativa. Basta leer un solo libro de Horacio Quiroga: «Cuentos de Amor, Locura y Muerte»; otro de Juan Rulfo, «El Llano en llamas»; y uno de J. D. Salinger, «Nueve Cuentos». Culmino afirmando que de ser posible, leer todos los cuentos de Julio Cortázar, de Edgar Allan Poe y de Antón Chéjov . El joven no los conocía y se dedica a cuentos de fantasía, misterio y horror. Claro, se trata de chicos de la generación de centennials, menos de veinte años.

Otro pregunta. «¿Por qué es importante la lectura?» Le repetí las palabras del peruano Premio Nobel Vargas Llosa: «Leer para no ser engañados… (para) que la lectura siga viva o el mundo será más pobre». Insiste: «¿Y para qué escribir?». Reitero con el mismo escritor peruano: «La época vive un drama y los escritores estamos moralmente obligados a darle a la literatura la presencia crítica que siempre ha tenido… la democracia no podría vivir sin ese espíritu».

Un joven me pide recomendación de un novelista revolucionario. Le digo que es un escritor conservador, pero un gran novelista transforma, eso es revolución. Menciono sus cuatro noveles que, además de recrear proporciona, conocimiento histórico: «La Guerra del Fin del Mundo», «Cinco Esquinas», «La Ciudad y los Perros» y «El Sueño del Celta».

Una joven pregunta si es negativo leer en el teléfono. Por supuesto que le dije que no, aunque hay diferencias, pero los beneficios de la lectura son los mismos. Excepto por sus letras pequeñas, algo que se compensa por contar con una biblioteca privada de bolsillo. Medité un poco esta respuesta. Pese a que no soy sino un pre-baby boomers, un don nadie de la tecnología, aunque usuario de ella, agregué la diferencia entre lectura con soporte en papel y la digital. Depende cómo uno se sienta cómodo leyendo.

Otra joven me pregunta sobre poesía, si debía preocuparse por no tener lectores y de ser una profesión sin porvenir. Di el ejemplo de otro Nobel, el mexicano Octavio Paz, también conservador pero lúcido ensayista, y buen poeta, quien al referirse a los pocos adeptos de la poesía, dijo que a él le bastaba cien lectores para sentirse realizado, porque estos cien se comunicarán de manera constructiva e innovadora con otras personas que podrán adquirir similares valores, sea que tengan oportunidad o no la tengan de un libro de poemas o de cualquier otro género. De mi parte agrego que la poesía debe ser un quinto elemento más que debe promoverse en la vida, al igual que la música instrumental. No hay límites de edad o de generaciones en el universo.

Luego, le cité al poeta argentino y universal, bibliotecario por antonomasia Jorge Luis Borges: «La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz… El libro es el único cuerpo inerte que posee alma… ni la poesía, ni la literatura cambian la sociedad, ni las vidas en el término filosófico. Pero puede cambiar la conducta del individuo, factor de la sociedad, su participación como oyente (o lector) lo forma en el gusto estético que repercutirá en otros». Coincide con Paz.

Varias repreguntas: ¿Habría una manera de sistematizar las artes, y con ellas la poesía en el sistema educativo? ¿O es locura utópica por la inversión? ¿O solo pensarlo es una bobería? ¿Qué dirían los políticos que aprueban los presupuestos?

Otra joven se refiere a las distracciones de la tecnología. «¿Cómo serán los educadores que nos recibirán cuando entremos a la universidad?». Le respondo con las ideas de la educadora Emilia Ferreiro: Que el sistema escolar es de evolución lenta; ha sido muy poco permeable a cambios que la afectan con la tradicionalidad de siglos. Y le menciono un ejemplo que Ferreiro alude: «Cuando apareció el birome (así llaman los argentinos al bolígrafo), la primera reacción del sistema educativo fue «eso no va a entrar acá porque arruina la letra; y la escuela le hizo la guerra a ese instrumento: una guerra perdida de antemano (…)». Lo mismo sucedió cuando aparecieron las calculadoras de bolsillo, se dijo: «Eso va a arruinar el cálculo escolar y no van a entrar»; pero entraron con mucha dificultad, hasta que en algunos lugares descubrieron el uso inteligente de la máquina de calcular. Reafirma: «La institución escolar siempre ha sido muy resistente a las novedades que no fueron generadas por ella».

De acuerdo con Ferreiro, le digo a la joven, los cambios son demasiado lentos, por eso es difícil percibirlos, una evolución lenta de ideas se convierten en añejas ante las nuevas generaciones. Es seguro que nos quedaremos sin la escuela que ahora conocemos.

A ese propósito, digo, el argentino Borges, hace más de medio siglo, intuyó un planteamiento innovador como docente de literatura: «Nunca hice una pregunta en el aula… tengo ese orgullo, uno de los pocos de mi vida, de no hacer preguntas. Yo solía decirles a mis estudiantes: …háblenos de Shakespeare, háblenos de Oscar Wilde, háblenos de Bernard Shaw». Decían lo que pensaban, y no les interrumpía. «No preguntaba una sola fecha, pues yo mismo no las sé… y los alumnos siempre dieron buenos exámenes, porque se interesaban por el tema».

Finalizo la sesión de la Biblioteca Humana: ustedes deben preguntar al docente lo que desean saber de Salarrué, o de Claudia Lars, de Masferrer, Gavidia, Ambrogi, o de Dalton. Que el estudiante comprenda el drama de la humanidad a través de sus escritores es una cultura que será útil en las proyecciones sociales del profesional, sensibles ante los otros. Deben ser los buenos pastores de una sociedad distinta, no rebaño.

Pequeños actos de resistencia

En agosto del año pasado decidí hacer un experimento: dejé de dar «me gusta» o «likes» en las pocas redes sociales que mantengo. Estaba fastidiada de ver los contenidos a los que la gente que sigo daba like y que aparecían en el TL de mi Twitter. Por lo general eran contenidos que me resultaban indiferentes o hasta desagradables. Lo peor era la sensación de ser una fisgona, una entrometida involuntaria en la privacidad ajena.

También hubo otros motivos para hacerlo. Nuestras interacciones en redes alimentan algoritmos que toman decisiones sobre lo que aparece o no en nuestros correspondientes muros o líneas de tiempo, a veces con resultados espeluznantes. No entraré en detalles, pero tuve una de esas experiencias. El algoritmo no comprende ni respeta sensibilidades ni corazones rotos y algunas veces te impone ver o enterarte de cosas que preferirías no saber.

El resultado de ello fue tan brutal que ese día cerré casi todas las redes que tenía, comenzando por Facebook y terminando por LinkedIn, una red para profesionales y que se supone puede servir para encontrar trabajo, pero que para lo único que me sirvió fue para que alguien intentara estafarme. A regañadientes mantengo Twitter, que he usado, sobre todo, como un lector de noticias y una forma de difundir esta columna, así como información cultural y las convocatorias de mis talleres literarios.

Mi experimento fue silencioso. Ni siquiera tenía claro cuánto tiempo lo haría. Simplemente dejé de ceder al impulso automático de gustar lo posteado en alguna red u otras publicaciones electrónicas. Fue algo difícil al comienzo. A fin de cuentas, un «me gusta», dentro de este contexto, puede tener varias lecturas y no siempre es literal. Muchas veces es un acuse de lectura, una muestra de apoyo, un dejar el texto marcado para leerlo más adelante, un signo de complicidad con alguien, un levantar la mano y decir «aquí estoy». Para solventar eso, sobre todo con los conocidos reales, contestaba con algún emoji o comentario.

Poco a poco comencé a ver una mejoría en el contenido del TL y los likes ajenos desaparecieron por completo. También dejé de seguir docenas de cuentas cuyo contenido en realidad nunca leía o que ya no me interesaba. Eso comenzó a darme la sensación de estar burlando un poco a los tan odiados algoritmos, de asumir un actuar más consciente en redes y no un dejarse llevar en automático por una conducta programada, que es lo que las redes quieren lograr. A cada estímulo se espera que haya una reacción determinada y mientras más reaccionemos, contarán con mejor información para engancharte y perpetuar el hábito.

Comprendo que mi experimento puede estarme dando la falsa sensación de tener algo de control sobre los contenidos de mis redes. Estoy clara de que no es así. Cada movimiento que hacemos en la web, sea desde nuestras computadoras o desde nuestros dispositivos portátiles, cada navegación, cada página visitada, guardada, comentada o eliminada, todo va siendo registrado en alguna parte. Compartimos información que pensamos no le interesa a nadie, pero resulta que, al hacerlo, regalamos a otros una materia prima con la que algunos se están haciendo millonarios y que otros están utilizando para manipular nuestras decisiones y nuestra percepción sobre temas varios, desde preferencias electorales hasta problemas globales o regionales.

Existen empresas de diferente índole que necesitan esa información, en apariencia banal e inútil, pero que, utilizada y explotada de manera adecuada, puede servir para muchos fines: desde vendernos un producto de una marca determinada hasta manipular emociones colectivas a favor o en contra de alguna causa.

En el documental de Netflix The Great Hack (2019), conocido en español como Nada es privado, los directores Karim Amer y Jehane Noujaim examinan el escándalo en torno a la empresa Cambridge Analytica, una consultora política que recopiló en secreto información de millones de usuarios de Facebook, que luego fue utilizada para influenciar los resultados de las campañas de Trump y el Brexit. De hecho, el documental comienza con la demanda del profesor universitario estadounidense David Carroll, quien exigió saber de Cambridge Analytica los datos que la empresa había recopilado sobre él, metiéndose a un larguísimo y complicado procedimiento legal para lograrlo.

Es recomendable ver dicho documental para darnos cuenta del alcance y el valor que tiene nuestra información y nuestros movimientos en la red y cómo nosotros, de manera ingenua y voluntaria, ponemos en bandeja de plata los datos que servirán para dejarnos manipular según antojos y conveniencias de terceros.

Lo que podemos hacer al respecto es poco, sobre todo en países como el nuestro donde no existen leyes que defiendan nuestros derechos digitales, entre ellos el derecho al olvido, es decir, de solicitar que información específica que circula en internet sobre nosotros sea borrada de los servidores de los grandes consorcios informáticos.

Por motivos laborales y sociales, las diferentes aplicaciones y dispositivos que utilizamos para informarnos y comunicarnos con los demás son de uso inevitable. El simple hecho de tener un teléfono, con sensores de geolocalización, cámaras y micrófonos que están emitiendo una constante serie de señales, nos hace fácilmente rastreables, ubicables y hasta predecibles. La vida actual está impregnada del quehacer por vía electrónica o digital y, aunque eliminemos todas nuestras redes sociales, la huella que dejamos por otras vías (como las tarjetas de crédito) queda registrada en varias partes.

Acaso pronto tendremos que luchar por el derecho de recuperar nuestra privacidad íntegra o recurrir a mecanismos extremos como «los desconectados», gente que ha optado por no conectarse a la red, no tener redes sociales o utilizar esos medios al mínimo.

Puede que mi pequeño experimento sea completamente inútil. Pero zafarme del movimiento automático del like es como un pequeño acto de resistencia personal, la negación a realizar la reacción esperada y, ojalá, una forma de desconcertar a los malditos algoritmos, que se supone nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

Cuentos de camino real y otras experiencias

En mi pequeña infancia, entre seis y siete años, ante carencias de libro, tuve un amigo narrador de cuentos de apenas diez años. Había, además, otro amigo de mi edad que podía obtener dinero de la tienda («gavetazo») de su madre para pagar un centavo de colón al amigo mayor por cada tres cuentos contados, toda vez la narración tuviera los temas que le pedíamos: «Queremos un cuento sobre un gato negro en la oscuridad». O le pedíamos de chistes colorados, o de espantos. El narrador se inventaba o recreaba el cuento, entre otros los de Pedro Urdemales, una picaresca que proviene de la edad media; o cuentos de Quevedo (¿de dónde diablos salían esos cuentos de picardía chabacana que lo homologaba a Urdemales?). Pero nuestro amigo de diez años tenía agilidad para hacer de su ingenio un medio para ganarse unos centavos.

El niño contador de cuentos se llamaba Alfredo Sánchez, de los primeros emigrantes que conocí. Siendo adolescente partió Guatemala en búsqueda de trabajo. El niño «gavetero» era Leonel quien ya no está es este mundo. Y, de mi parte, me separé de ellos para ir a «rodar tierra» por los barrios de San Miguel, alquilando una u otra casa. Poco supe de ellos en nuestra vida de adolescencia y adultez.

Las fantasías de infancia nos hacían inventar los temas que pedíamos a nuestro amigo narrador, y él era toda una antología imaginaria de cuentos, que le permitía ganar seis centavos por las noches. Los tres bañados por el polvo de las estrellas, (así le decíamos a la luz estelar que iluminaba los techos de tejas de la ciudad de colonial). La tienda de la madre de Leonel Estrada era nuestro banco saqueado por su hijo para poder pagar a Alfredo.

Nunca los olvidé. Quizás fueron ellos, uno por pagar, y el otro por contar fantasías del pequeño mundo que nos rodeaba, los que me fortalecieron a edad temprana de cultura marginal, que se logra más por lo vivido que por lo leído, una forma de encontrarse con la cultura de la realidad, contactando personas, ciudades, experiencias, deslumbramientos, emociones, y golpes de la cotidianidad. Ahí donde se esconden valores de alto contenido humano. Es de donde «surgen la bellezas del arte»: el poema, la pintura, la música. Y en especial el teatro de nuestra vidas que «van a dar al mar/ que es el morir;/ ahí van los señoríos/ …ahí los ríos caudales/ ahí los otros medianos/ y los chicos/ …los que viven por sus manos y los ricos. («Elegía a mi Padre», Jorge Manrique -1440-1479- traducción libre del español antiguo, que me influyó en mi poesía temprana).

Aquellos cuentos de cipotes en San Miguel, fueron claves para apropiarse de una vocación. Y «rodé tierra», ahora más distante, por propia voluntad o en contra de ella, ausente más de 25 años fuera de la patria natal, en realidades propias del tercer mundo. Algunos ganan, otros pierden, incluso la vida. De mi parte, tuve el privilegio de la nostalgia que me hizo aprovechar las fantasías de aquella infancia o juventud para usarla en mi poesía o narrativa. Una semilla sembrada en un barrio de San Miguel, bajo el polvo luminoso de las estrellas.

En ese rodar de tierras distantes, me encontré con un amigo compatriota, (¿dónde estarás ahora, Paco?). Abogado inteligente, peleador, desde su adolescencia había viajado con su padre, un diplomático de las alturas. En un encuentro que tuvimos hablamos de ciudades, las que nos habían impresionado. Le mencioné las primeras que me vinieron a la mente, pensé sobre todo en su arquitectura: Brujas, Amsterdam. Le pregunté a él, como viajero, cuál era su ciudad favorita. Sorpresa. Pensó un poco y me dijo: San Miguel. Este detalle al parecer simple volvió a fortalecerme para escribir dos novelas que llevaba en mente: «Siglo de O(g)ro» y «Milagro de la Paz». Descubrí la energía creativa de apreciar el pequeño mundo, con valores suficientes para homologarlos con expresiones culturales del gran mundo. Porque la globalidad cultural no admite diferencias. Resulta igual dar un conversatorio en Oxford, en Stanford, Boston o Estocolmo, u ofrecerla en el humilde cantón llamado Loma del Muerto, en Sonsonate, siempre hay un gran estímulo proveniente de niños y niñas de cuarto grado. Para un escritor, o trabajador de cultura, comparecer allá o aquí tiene igual trascendencia en la búsqueda del desarrollo humano.

A ese propósito detecté en visitas al área de Maryland, Virginia y el D.C., que muchos compatriotas quisieran seguir siendo salvadoreños, «a la salvadoreña». Algunos tienen aves domésticas en sus apartamentos, donde los cacareos de los gallos a las cuatro de la mañana parecen ruido terrorífico. O bien, venden «minutas» (o «raspados») en Langley Park, y piña y sandía tasajeada. Ese encontronazo cultural lleva a cambios evidentes, nosotros ya no somos los mismos. Sabemos del respeto a los valores étnicos, a los derechos de la mujer, y a las opciones sexuales. La inteligencia natural de nuestra gente ha pasado por tantos hitos trágicos que hacen fácil el aprendizaje, si se cumplen normas de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Hay que aprender de lo que asombra y enternece.

Pero, entonces, hubo un 11 de septiembre de 2001. Los Estados Unidos, donde emigra la mayor parte de nuestra gente, ya no es lo mismo. La destrucción de sus torres emblemáticas produjo cambios en la emotividad nacional que trascendió a la vida pública. Los impactos emotivos superan la voluntad institucional.

Describo una escena que ya no veré: temprano por la mañana, algunos duermen en el suelo en una clínica comunal; otros están sentados en el suelo, descansan a la sombra de un árbol, esperan a ser llamados para un trabajo, son las personas humildes que logran sobrevivir sin documentos. Nuestra gente que dejamos a la buena de Dios. Los tristes más tristes del mundo, nuestros compatriotas y hermanos, como dice Roque Dalton. Grabadas en piedras sus tragedias, buscan un salvavidas ante los vacíos de una patria que no pudo abrazarlos.