Hostilidad virtual

Desde hace un tiempo, algunas redes sociales se han convertido en espacios que concentran un alto nivel de hostilidad. La violencia verbal, la superioridad moral, la arrogancia, el cinismo, las amenazas, las descalificaciones, los egos inflados y la vulgaridad, se han convertido en su lenguaje cotidiano.

Lejos de ser espacios para intercambiar ideas e información, parece ser que las redes sociales se entienden como lugares para ventilar rabias contenidas y todo tipo de bajezas. Veo esto reflejado en Twitter, uno de los pocos espacios que todavía mantengo abierto. Tener una opinión diferente a la propia parece ser el interruptor para que algunos insuficientes mentales reaccionen de manera desmedida, sobre todo cuando se trata de asuntos políticos o ideológicos, donde la agresividad se luce en todo su esplendor.

Esto lo sabemos demasiado bien en nuestro país, donde casi cualquier cosa que se postea es detonante para pleitos. Esta situación es particularmente delicada para las mujeres, ya que expresar sus opiniones o criticar algún asunto (sobre todo cuando se trata de política nacional) se convierte en una fuente de amenazas que van desde las golpizas hasta la violación y muertes violentas, que además se extienden a sus hijos y otros miembros de su familia. Cualquiera dirá que «perro que ladra no muerde», pero viviendo en un país con tan altos niveles de criminalidad y donde los asesinatos de mujeres han sido parte del esquema cultural histórico del salvadoreño, este tipo de comentarios no pueden ignorarse. Es preocupante lo gráficas que son muchas de esas amenazas, hechas por turbas cibernéticas que solo necesitan un empujoncito para inundar las secciones de comentarios con su basura y convertir todo en una cloaca apestosa.

Este no es un fenómeno estrictamente local. Ocurre en todas partes. Hace poco vi una animación satírica, no sé si inglesa o estadounidense, donde una mujer comentaba que estaba leyendo un libro en papel y se le contestaba con todo tipo de contradicciones posibles (que pobrecitos los árboles, que el libro que leía era una basura, que era una snob por mostrar lo que leía, etc.). Poco a poco los comentarios subían de tono hasta llegar a las (ya casi acostumbradas) amenazas de muerte. Pero el hecho de que sea una conducta común e internacional, no la convierte en justificable.

Una alternativa podría ser convertir la red en un espacio privado, aunque es difícil filtrar las solicitudes y saber las intenciones con las que alguien le da seguimiento a alguna cuenta. Otras personas han decidido cerrar sus redes de manera definitiva, frustrados ante la imposibilidad de establecer diálogos respetuosos y agotados por las constantes descalificaciones de sus entradas. Estas medidas contradicen el ejercicio de lo social. A fin de cuentas, muchas personas abrimos o tenemos redes para compartir información y establecer diálogos con propios y extraños.

Ante dicho problema, han surgido alternativas que están tomando algún auge y que quizás permitan filtrar mejor toda esta hostilidad virtual. Instagram es un espacio más propicio para lo visual pero que permite la opción de cerrar todo tipo de comentarios a las entradas. Puede que me equivoque, pero da la impresión de ser menos agreste que otras redes. Telegram, una aplicación de mensajería similar a Whatsapp, permite la opción de abrir «canales» a los que el usuario puede suscribirse y donde se pueden leer y compartir enlaces y todo tipo de información.

En meses recientes está tomando nuevo auge el newsletter, boletines periódicos a los que se accede por suscripción y que se reciben por correo electrónico. Los hay de diverso tipo, desde los que comparten recomendaciones de enlaces hasta los que escriben sendos artículos de opinión y textos diversos. Acaso su ventaja es que, fuera del formato o la limitación que conllevan otros espacios, el newsletter se convierte en una página en blanco desde la cual se puede hacer de todo. El descubrimiento o la sugerencia de estos boletines corre casi que de boca en boca y aunque los públicos pueden ser limitados a nivel cuantitativo, algunos llegan a ser tan populares que sus autores logran monetizarlos. Suscrita como estoy a un par de ellos, puedo decir que también limitan el acceso a comentar, que es una manera de proteger, no solamente a quien redacta el boletín, sino también a la comunidad de lectores. Nadie quiere seguir encontrando la basura de opiniones de la que se viene huyendo.

Los podcasts y las transmisiones en vivo también han proliferado en los últimos meses, pese a que requieren algo más de trabajo y condiciones técnicas para elaborarlos. Sin embargo, ofrecen la posibilidad de monitorear comentarios o silenciarlos por completo, como en Periscope. Ésta última aplicación también permite la posibilidad de nombrar a un administrador adjunto que pueda monitorear los comentarios (en caso de que se acepte tenerlos), algo que quien está realizando la transmisión tendría dificultad de hacer, sin distraerse de su filmación.

No todo está perdido en redes como Twitter, donde todavía se encuentran cuentas valiosas que han sabido tomar ventaja de los hilos para contar historias más largas, compartir ilustraciones de fotografías u obras de arte o hacer análisis interesantes sobre cine y música. Si bien es cierto Twitter creó la función de esconder respuestas desagradables o agresivas, esto supone un trabajo adicional, sobre todo cuando la cuenta es muy popular. En todo caso, el lector puede acceder a esas respuestas escondidas, así es que la funcionalidad no sirve para filtrar a los impertinentes, aunque siempre se tiene la opción de bloquear o silenciar a aquellas personas que lo único que buscan en redes es picar pleito.

Quizás estamos viviendo el fin del ciclo de vida útil de algunas redes. La agresividad permanente puede generar agotamiento, rechazo y respuestas condicionadas como la auto censura o el cierre definitivo de una cuenta. Pero también puede generar nuevas formas de hacer resistencia a la hostilidad y a la bajeza desde la creatividad y la inventiva, como alternativas para evitar hundirnos en el lodo del odio ajeno.

Nuestra nueva vida virtual

La inesperada aparición de la pandemia en nuestras vidas ha producido cambios, evidenciado vulnerabilidades e impuesto alternativas improvisadas para un sinnúmero de nuestros quehaceres cotidianos. Dentro de toda la desgracia que la situación supone, podemos sentirnos afortunados de contar con internet, una herramienta que no existía en las pandemias del pasado y que, mal que bien, representa una alternativa para sobrellevar la situación. Tratemos de imaginar lo que sería pasar las limitaciones del confinamiento sin acceso a fuentes de información o de entretenimiento.

Desde hace varios años se ha venido fomentando la conectividad por medio de servicios domiciliares y teléfonos móviles. Muchas de las actividades que hoy nos vemos obligados a hacer venían implementándose de manera muy lenta. La pandemia aceleró varios de esos procesos y nos vino a demostrar lo poco preparados que estamos en varios aspectos que, mientras no volvamos al nivel de sociabilidad anterior, continuarán siendo ejecutados desde nuestras computadoras o celulares. No estábamos listos para la educación, el trabajo o el comercio virtuales, por ejemplo. No lo estábamos en cuanto a conectividad, a equipos, a contenidos y a prácticas seguras. Tampoco lo estamos a nivel de legislación, de protección de datos ni de los derechos de los usuarios.

A pesar de que ya existían algunos servicios virtuales, sobre todo a nivel comercial, la desconfianza de los salvadoreños a hacer compras o transacciones en línea es todavía notoria. Los frecuentes casos de clonación de tarjetas de crédito o débito, han sido uno de los motivos por los cuales la ciudadanía se ha mantenido desconfiada y alejada del comercio electrónico.

A esta desconfianza natural, sumemos la calidad de los servicios de internet, que no llegan a la mayoría de la población y que a nivel técnico tiene numerosas deficiencias. Por otro lado, el acceso a internet no es gratuito ni barato y mientras más complejas son las exigencias de nuestro acceso a la web, mayor ancho de banda requeriremos, todo lo cual tiene un precio. Esta ha sido una de las enormes limitaciones a la hora de implementar actividades como la educación en línea, ya que no todos los hogares cuentan con acceso a internet o computadora ni tienen los recursos económicos para costear servicio y equipo de calidad.

En referencia a lo laboral, muchas personas han quedado sin empleo y los bancos planean otorgar créditos accesibles para pequeñas y medianas empresas, de manera que puedan afrontar el bache económico que supone la paralización de actividades de los últimos meses. Tomando en consideración que poco más de la mitad de la población se dedica al empleo informal, esta medida no será de acceso ni de beneficio general. Este tipo de préstamos no toma en cuenta a los trabajadores que, por la naturaleza de los servicios que ofrecen, trabajan de manera solitaria. Tampoco toma en consideración a quienes, buscando opciones para solventar sus necesidades económicas, han comenzado a vender productos y servicios, de manera individual.

Para quienes trabajan en diseño, redacción de textos, traducciones, etc., la posibilidad de ofrecer su labor fuera del país por medio de internet sería una opción a considerar, sobre todo si pensamos que la economía salvadoreña será una de las más golpeadas de la región por los efectos del coronavirus. Sin embargo, plataformas populares como PayPal no permiten hacer efectivo en el país el dinero que se recibe por esa vía. Esta plataforma es una de las vías más rápidas y menos engorrosas de hacer y recibir pagos, al tiempo que protege datos bancarios. Dos que tres comercios locales han comenzado a aceptar pagos por PayPal. Ojalá esta sea una manera de pago que se popularice y se acepte también entre otro tipo de negocios.

Hay empresas que a pesar de contar con aplicaciones o páginas web, y de ofrecer servicios primordiales para la población, no han sabido caminar al ritmo de la emergencia. Gestionar compras de los supermercados por medio de internet ha resultado ser una experiencia frustrante para muchos. Las compras tardan días y, aunque ya pagadas, no se entregan los pedidos completos resolviendo la falta de un producto con certificados de compra. Los supermercados se consideran un lugar de relativo riesgo para adquirir el virus y las personas suelen ir en grupo a hacer sus compras, pese a las reiteradas advertencias de que acuda solamente una persona por grupo familiar. Los supermercados deberían invertir en la agilidad de sus servicios electrónicos como una forma para prevenir el Covid.

La necesidad de abastecimiento, sobre todo de productos perecederos y abarrotes, ha promovido el surgimiento de varios pequeños servicios, con entregas a domicilio. Estos han llenado vacíos importantes, sobre todo para quienes dependemos del transporte público para movernos y para quienes queremos evitar salir lo más posible, como medida de prevención.

Ante el desempleo y las limitaciones actuales de la economía, escuchamos una frase que se ha convertido en lugar común: «hay que reinventarse». Pero la reinvención ni funciona ni se puede aplicar a todo tipo de productos y servicios, de manera idéntica. Es difícil reinventarse cuando el sistema financiero local impone trámites excesivos, con la intención de controlar cualquier eventual forma de fraude o porque desconoce la realidad de quien trabaja como free lance. También es innegable que entre los usuarios existe todavía resquemor para comprar en línea, dar números de cuenta para recibir pagos o acceder a nuevas pasarelas de pago, que todavía no son muy conocidas en el país. Estos factores son el reflejo del nivel de criminalidad al que hemos vivido sometidos durante años.

Lo cierto es que la pandemia ha acelerado nuestras formas de resolver múltiples necesidades y que, de manera inmediata, nos vemos inmersos en nuevas costumbres virtuales. Muchas de ellas seguirán siendo usadas hasta que tengamos alguna garantía de no contagiarnos en los espacios públicos.

También es posible que estos recursos a los que hemos tenido que recurrir se conviertan en prácticas permanentes y en el impulso imprescindible para la necesaria e impostergable modernización de las herramientas informáticas de nuestro país.

El pálido jinete

Es curioso que la pandemia de gripe de 1918, conocida como la gripe española, tenga tan poca presencia en la literatura o el arte de su tiempo. Se podría pensar que un evento mundial, que produjo más de 50 millones de muertos, tendría una resonancia profunda entre los artistas de aquella época. Es posible que los eventos hayan sido tan abrumadores, que no permitieron el estado de ánimo adecuado para elaborar dichos sucesos a través de la obra artística. Algunas experiencias de la época parecen confirmarlo.

El poeta estadounidense William Carlos Williams, quien además era doctor y tuvo que atender enfermos a domicilio durante la crisis, detalló que los médicos debían hacer hasta sesenta visitas diarias. «Varios de nosotros perdimos el conocimiento, uno de los jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo», contó luego en su autobiografía.

El poeta francés Guillaume Apollinaire, se contagió de la gripe española en París, mientras seguía convaleciendo de una herida de metralla que recibió en la cabeza en 1916, durante la I Guerra Mundial. Le habían trepanado el cráneo con éxito y a medida que iba mejorando, comenzó a recibir muchas visitas. Esa fue la vía de contagio para él y su esposa Amelia Kolb, con quien se había casado el 2 de mayo de 1918. Apollinaire terminó muriendo por la gripe el 9 de noviembre de 1918, a los 38 años.

F. Scott Fitzgerald también sufrió la enfermedad mientras escribía su primera novela, A este lado del paraíso. A pesar de sobrevivirla, no fue un tema predominante en su narrativa. Franz Kafka contrajo la gripe en 1918. Debió mantener cuarentena en la casa de sus padres (donde vivía), sufriendo fiebres de 40 grados. Recibió cuidados intensivos en su propia cama, ya que estaba demasiado débil como para ser trasladado a un hospital. Kafka murió años después, pero algunos biógrafos estiman que el desgaste físico que le produjo la gripe agravó la tuberculosis que ya sufría, enfermedad que lo terminó llevando a la tumba en 1924.

Hubo pintores que plasmaron la epidemia en su obra, como el austriaco Egon Schiele, quien poco antes de morir, hizo un retrato familiar nada jubiloso. Judith, la esposa de Schiele que estaba embarazada de 6 meses, murió de la gripe sin poder dar a luz. El pintor moriría tres días después, el 31 de octubre de 1918, a los 28 años. Fue Schiele quien hizo los últimos retratos del también pintor Gustav Klimt, a quien consideraba su maestro y quien había muerto ocho meses antes de una neumonía vinculada a la pandemia.

El pintor noruego Edvard Munch corrió con mejor suerte. Aunque enfermó de la gripe cuando tenía 55 años, logró sobrevivir. De la experiencia nacieron dos cuadros: «Autorretrato con la gripe española» y «Autorretrato después de la gripe española». En ambos se pintó a sí mismo con el rostro inexpresivo o desfigurado, algo común al estilo melancólico y oscuro de su pintura.

Registros médicos de la época detallan que la enfermedad tenía consecuencias neuropsiquiátricas. Los sobrevivientes pasaban períodos de decaimiento, lentitud en el pensamiento, trastornos de los sentidos, delirios, alucinaciones y depresión profunda durante varias semanas, después de ser dados de alta. Eso explicaría lo que le ocurrió al compositor húngaro Béla Bartók, a quien la enfermedad le produjo una infección grave en el oído, al punto que temió quedar sordo. Los opiáceos que le fueron recetados calmaron sus dolores, pero sufrió alucinaciones auditivas durante mucho tiempo después de superada la enfermedad.

Una de las escasas obras literarias que tiene como escenario aquella pandemia es Pálido caballo, pálido jinete, de la escritora estadounidense Katherine Anne Porter. En el otoño de 1918, cuando tenía 27 años y trabajaba como reportera del periódico The Rocky Mountain News de Colorado, ella y su novio, un teniente del ejército, enfermaron de la gripe.

La muerte de Porter parecía un hecho inevitable, al punto que su periódico tenía lista la necrológica. La fiebre que sufrió fue tan severa que su pelo negro se tornó blanco y luego se le cayó por completo. Se debilitó tanto que la primera vez que intentó sentarse, después de la enfermedad, se cayó y se rompió el brazo. Desarrolló flebitis en una de sus piernas y le dijeron que jamás volvería a caminar.

Seis meses después, sus pulmones habían sanado, su brazo y su pierna mejoraron y el pelo comenzó a crecerle de nuevo, aunque creció blanco y jamás recuperó su color original. Sin embargo, su novio, quien la cuidó durante la enfermedad y que no había desarrollado síntomas tan dramáticos, murió de la gripe.

Porter escribió la novela mencionada, cuya historia y personajes están basados en su experiencia con la enfermedad y en las visiones y pesadillas que tuvo durante sus estados febriles. La escritora llegaría a ganar más adelante el Premio Pulitzer de Ficción y el National Book Award por sus historias completas. Fue además nominada al premio Nobel de Literatura en tres ocasiones.

Un par de ensayos académicos sobre la poca mención de la pandemia en la literatura de la época, han hecho notar que su aparición se traslapó con el final de la I Guerra Mundial, un evento de por sí traumático y que dejó también una secuela de millones de muertos y excombatientes traumatizados, mutilados y asqueados de las experiencias en los campos de batalla. La presencia de la muerte continuaba en tiempos de paz, pero parecía solo haber cambiado de forma. Ante ello, una reacción natural para poder sobrellevar la situación era la evasión, ya que moral y emocionalmente, había agotamiento a nivel tanto individual como colectivo.

Los excesos de los rugientes años 20, la caída de la bolsa en 1929 y la II Guerra Mundial, terminarían arrinconando el dolor de la pandemia en la trastienda del olvido para ser recordado ahora, poco más de 100 años después, cuando el pálido jinete de la muerte vuelve a cabalgar entre nosotros.

Burbuja rota

Hay demasiadas cosas pasando al mismo tiempo, cosas de las cuales resulta difícil abstraerse. Hasta el fondo de la burbuja que cada quien ha creado para protegerse de la pandemia, llegan las noticias de otras burbujas, comunicados asépticos y fríos por la falta de un cara a cara, de la mirada no pixeleada por alguna aplicación.

Por mensajería electrónica, confesamos nuestras preocupaciones en confianza. Un amigo dice estar desesperado, ansioso por salir a la calle, abrumado por convivir tanto tiempo, todo el tiempo, con su grupo familiar. Pelean por cualquier cosa. Otro me dice que ha bajado mucho de peso, una talla completa de pantalón, para ser exactos, porque cada quien maneja sus tensiones de otra manera. Algunos comen por ansiedad. A otros se nos cierra el estómago de la preocupación.

Algunos, demasiados, se aburren con el súbito tiempo libre del cual disponen. Otros se abruman por la soledad. Hay quienes pueden abstraerse del estado de ánimo general e inventan sus propias formas de evasión, utilizando el tiempo para leer, tomar cursos, ver películas o explorar la sobre oferta de actividades en internet, pensadas para acompañar la cuarentena. Para otros, esa misma oferta nos ha terminado causando empacho.

Tres amigos han sufrido de covid-19. Una amiga en España, quien tuvo una versión leve, posiblemente porque en su infancia sufrió de tuberculosis, hecho que parece haberle dado algo de resistencia. Otro amigo en los Estados Unidos, que pasó una semana difícil, pero que se recuperó bien. Otro, acá en el país, me contó que su familia entera se vio afectada y que siguen en estupor por la rápida e inesperada muerte del padre, ellos, quienes tomaron todas las medidas necesarias para no infectarse. Siguen sin comprender cómo se les coló el virus.

A otra persona se le murió un familiar, por algo no relacionado con el covid-19. Me contó, después, que mientras esperaba en el cementerio privado pudo observar a varias personas que iban a enterrar a sus deudos muertos por coronavirus. Según el protocolo, solo podían entrar cinco personas para enterrar a gente muerta por otras causas, dos personas si el difunto era por coronavirus. A partir de ese día se nos hizo evidente que hay un subregistro en el número oficial de defunciones. En lo personal, vomito cada vez que escucho la palabra «protocolo».

Hay una desconcertante y tácita obligación de pensar que el encierro debe ocuparse en cosas útiles, que debemos ser productivos a toda costa. Circula en internet un meme que dice que si no aprendiste nada nuevo, no leíste varios libros o no comenzaste un negocio (o transformaste el actual a su versión electrónica) no fue por falta de tiempo, sino por falta de dedicación, porque sos un indisciplinado, porque te faltó inventiva. Se me hace un comentario grosero, disfrazado de positividad. Uno de nuestros principales errores es querer uniformar la experiencia humana. No entendemos que cada quien está viviendo este momento de la manera que mejor puede.

No menos abrumador resulta reconocer todas las formas de crueldad de las que somos capaces, muchas de ellas reflejadas en comentarios crueles e insensibles hacia cómo los demás vivimos el encierro y las perspectivas de futuro. Es inhóspita esa falsa forma de optimismo que insiste en que hay que innovar según los tiempos. Es cruel esa pose de que debemos salir a la calle y adaptarnos, «porque la selección natural hará lo suyo». Es violento que personas extrañas tengan la potestad de tomar la temperatura de tu cuerpo, sobre todo si son personas armadas con un fusil, como me pasó hace un par de semanas, cuando quise entrar a la tienda de una gasolinera para ir al cajero. Nuestra dignidad y privacidad son mancilladas de varias maneras en nombre del bien colectivo y de la salud pública.

También están los malditos. Los que saben hacer negocio con nuestros miedos, nuestras enfermedades y nuestra muerte. Los aprovechados. Los que comercian con la miseria ajena. Los que nos meten miedo para manipularnos a su conveniencia. Los oportunistas y los rateros sin alma, aquellos que solo buscan cómo sacarte ventaja para hacer ganancia propia, que solo te ven como material explotable y descartable. Esos que creen que el dinero lo compra y lo vende todo, que el dinero los protegerá de todo mal, incluso de la muerte. Para ellos, mi desprecio infinito.

Cada quien vive sus paranoias en íntimo secreto. ¿Ese estornudo es el virus? ¿Y esa tos? Tosemos o estornudamos a escondidas para que no nos escuche ningún vecino porque tememos ser delatados. Enfermar te convierte en paria. Todas las enfermedades han sido canceladas hasta nuevo aviso. No pueden darte alergias, rinitis, conjuntivitis, infecciones, dolor de muelas, dengue, intoxicación alimenticia, migraña, nada. Todo es sospechoso de un único virus y aunque usted conozca sus procesos corporales mejor que nadie, para otros usted es un sospechoso, potencial propagador pandémico, aliado del virus de la muerte. Nos fumigan como cucarachas.

Todo se ha tornado impredecible. Los pequeños detalles cobran un valor trascendental, imperecedero. La sonrisa que adivinamos en los ojos de alguien cubierto por una mascarilla. El «cuidate mucho, por favor», como otra manera de decir «te quiero». La pureza de nuestros compañeritos animales quienes, intuyendo nuestro desánimo, se nos arriman para el juego o la caricia.

Un virus microscópico ha sido capaz de alterar todo en nuestras vidas. Es inevitable pensar más en nuestra propia mortalidad. En la mortalidad de nuestros seres queridos. En nuestra fragilidad.

Habrá que construir una nueva realidad. Construirla mejor. Porque si hay algo que debemos aprender de la pandemia es que hemos vivido con las prioridades sociales equivocadas. Que la salud, la educación y la calidad de vida no pueden ser el privilegio de unos cuantos. Que el Estado debe ampararnos y no amedrentarnos. Que la decencia es una cualidad esencial para todos los quehaceres humanos.

Si no asimilamos eso, si no luchamos para cambiar esos valores, toda esta experiencia habrá sido en vano. No lo olvidemos.

Cuando la realidad destruye una ficción

Desde hace un par de años venía trabajando una idea para una nueva novela. No tenía definidos muchos elementos, pero sí el escenario y un par de personajes. Ocurriría en una ciudad y en un tiempo indeterminados, donde las personas se comunicarían por medios electrónicos. Cuando salieran a la calle, no hablarían, ni siquiera harían contacto visual entre sí, porque no habría necesidad ni interés en ello. El contacto humano estaría desestimulado por un estado opresor e hiper vigilante, que sancionaría toda subjetividad de los seres humanos, en particular conceptos como la amistad o el amor.

Mis dos personajes centrales serían una mujer de 50 y tantos años y su hijo de 30. Ella viviría encerrada en un apartamento con su hijo. Él sería el único que tendría posibilidad de salir, debido a que las personas mayores de 45 años estarían vedadas de andar en la calle y de tener ningún tipo de participación social. En dicha sociedad, al llegar a cierta edad, las personas debían «desaparecer» del cuadro. Se estimularía el suicidio y la eutanasia, para no tener que mantener a los mayores. Los jóvenes estarían claros de que, llegados a los 40, tendrían que ir pensando en maneras de ejecutar su propio exterminio o llevar una vida clandestina, como la mujer de mi historia, quien era mantenida oculta por su hijo. Estar vivo después de los 50 sería pura subversión.

Había muchos detalles que me faltaba completar. Sobre todo, tenía que afinar la historia de manera que no pareciera una copia mediocre de 1984 de George Orwell. Mi motivación para esta trama surgió a partir de dos inquietudes personales: la amenaza de la hipervigilancia a la que nos tienen sometidos mediante los recursos tecnológicos y las discriminaciones de diversa índole que sufrimos las personas a partir de los 40 años.

En eso comenzó el asunto de la pandemia. Se impuso la cuarentena en el mundo. El contacto físico se desestimula o limita; el uso de las mascarillas y guantes se obliga como medida de protección al interactuar fuera de casa; las personas mayores se suponen de más alto riesgo y se inventaron aplicaciones que sirven para realizar una bio vigilancia de las personas.

En China, Corea del Sur, España, Alemania e Italia, se han impulsado estas aplicaciones con un disuasivo discurso que involucra el bien común y personal. Usted, como usuario de la aplicación, puede ser advertido de la presencia de infectados con el virus, de mantener la distancia preventiva de por lo menos metro y medio entre personas y de vigilar sus propios síntomas mediante una especie de tele consulta, que sirve para descongestionar los servicios de salud y evitar que el usuario se mueva de su lugar de cuarentena. La aplicación también rastrea todo movimiento del usuario, lo que permite verificar si está cumpliendo su encierro y saber en qué lugares de posible contagio estuvo presente.

Dichas aplicaciones plantean varios problemas éticos y de derechos humanos. No se trata sólo del rastreo permanente del usuario, sino también de la disposición estatal sobre lo considerado como información privada, es decir, nuestros datos de salud. Nuestra temperatura corporal, alergias, medicamentos que tomamos y condiciones médicas pre existentes, serían parte de la información servida a estas aplicaciones. El problema se torna más preocupante en sociedades como la china, que de por sí ejerce ya varios métodos de vigilancia sobre sus ciudadanos.

En el caso de la relación entre las personas mayores y el coronavirus, la situación también es espinosa. Muchos no tienen acceso ni conocimiento del uso de teléfonos celulares o internet, por lo que es difícil controlarlos mediante una aplicación. Por ello, también a muchos se les hace difícil mantenerse informados sobre el desarrollo de la enfermedad o mantener el contacto con sus familiares y amistades. Muchos mayores, quienes ya de por sí viven vidas solitarias, se sienten deprimidos por la interrupción de sus actividades normales. Los asilos han sido graves focos de infección y mortandad, reflejando el descuido y la poca importancia que se les dio en diferentes gobiernos, desde un inicio. En países con alta mortandad por el coronavirus, los médicos se vieron obligados a decidir entre salvar la vida de una persona joven o la de un mayor, sobre todo si su cuadro clínico indicaba un mal pronóstico. Esto, para decirlo más claro, implica dejar morir a una persona.

También hubo medidas infames al respecto, como la del jefe de gobierno de la ciudad argentina de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, quien intentó imponer un permiso especial para que los adultos mayores de 70 años pudieran salir a la calle, medida que luego fue declarada inconstitucional por un juez de lo Contencioso Administrativo y Tributario. O las declaraciones de Dan Patrick, vicegobernador del estado de Texas, Estados Unidos, quien exhortó a los mayores a sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía estadounidense, animándolos a que, dado el caso, renunciaran a ser conectados a un ventilador en un hospital para darle preferencia a los jóvenes, quienes «tienen toda la vida por delante» para poder seguir trabajando en mantener vivo el llamado sueño americano.

Algo que debe preocuparnos de inmediato es la captación y difusión de nuestros datos biológicos, que cada día que pasa corren el riesgo de convertirse en propiedad estatal o empresarial, vulnerando la privacidad de la ciudadanía. También es urgente una legislación efectiva para proteger los derechos de las personas mayores y evitar que su dignidad sea despojada sin compasión social alguna, al tratarlos como seres prescindibles.

No sé si llegaré a escribir la novela que comenté al inicio. En este caso, se desvirtuaría su lectura porque podría asociarse con la pandemia, tema que no me interesa tratar. Son los gajes del oficio.

Algunas veces, las ideas creativas son como un castillo de naipes que, cuando la realidad supera a la ficción, resulta derribado de manera rotunda. Luego, con los naipes caídos, no queda más que volver a comenzar todo de nuevo.

¿Cuál es el plan?

Algo que la pandemia está dejando al descubierto es el diferente tipo de vulnerabilidades que padecemos los seres humanos en varios aspectos, tanto a nivel personal como a nivel institucional y gremial. En cada país o región, estas vulnerabilidades son diferentes, pero comparten puntos comunes. Uno de los sectores cuyos puntos débiles han quedado mejor evidenciados es el área cultural, un sector que genera la mayor parte de su financiamiento desde lo social y la interacción con diferentes tipos de público.

A medida que se comienzan a reabrir actividades, ministerios de cultura de diferentes países gestionan recursos y designan presupuestos para paliar las heridas económicas que han sufrido las diferentes disciplinas artísticas y culturales. Al momento de escribir esta nota, no se ha conocido ninguna propuesta ni plan similar por parte del Ministerio de Cultura de El Salvador.

Fuera de algunas ayudas asistenciales, se desconoce cuál es el plan post pandemia del Ministerio para apoyar al sector. Lo único que ha sido dado a conocer vía redes sociales es una encuesta dirigida a «personas emprendedoras y empresarias de servicios en la actividad cultural salvadoreña» que, mediante un exhaustivo cuestionario de tres páginas, se enfoca exclusivamente en contabilizar las pérdidas económicas de negocios y pequeñas empresas que trabajan desde lo que llaman «industrias creativas» (como el diseño, la publicidad, fotografía, música, edición y elaboración de audiovisuales), las artes escénicas, restaurantes, elaboración y comercialización de artesanías, museos, parques arqueológicos, teatros, salas de exposiciones e inmuebles históricos.

Esta encuesta excluye a quienes producen los insumos que son comercializados en dichas empresas. No debe olvidarse que en la base de la pirámide económica cultural están quienes producen los contenidos de la obra y que, al compartirla y ponerla disponible ante la sociedad, acuden a otros que le permiten hacerlo viable. Una galería de arte no podría funcionar si no hay pintores; sin escritores no habría editoriales publicando libros ni librerías que los vendieran, por ejemplo.

El Ministerio de Cultura viene arrastrando una serie de problemas acumulados a lo largo de varias administraciones desafortunadas, incluyendo mucha pasividad, falta de gestión, pero sobre todo promesas incumplidas que causaron frustración, desesperanza y distanciamiento de parte de muchos artistas y gestores culturales. Esto tuvo un efecto positivo a nivel social, en el sentido de que se forjaron varios colectivos independientes que han trabajado y presentado propuestas interesantes a través de las cuales, se le ha permitido a la ciudadanía reflexionar sobre su realidad y tener acceso al goce estético desde planteamientos desprendidos del discurso oficial.

Sin embargo, ese distanciamiento no es una justificación para que el Ministerio continúe funcionando nada más que para mantener el status quo que ya conocemos. Tampoco es una justificación para que la ciudadanía alimente el prejuicio de que la cultura no es necesaria y limitarla a servir de adorno o algo que debe seguir existiendo de forma meramente simbólica, porque las convenciones políticas así lo demandan. Si algo ha quedado claro durante la cuarentena es que la importancia del arte trasciende lo meramente decorativo y es imprescindible para la sobrevivencia mental y emocional de las personas.

A un año de gobierno, fuera del anuncio de un par de obras monumentales (como el proyecto cultural San Jacinto o el edificio de la nueva biblioteca, que debería ser donado por China), es poco lo que se ha conocido de la reorganización interna del ministerio o de lo que se planea hacer en el quinquenio. Más que obras monumentales, es necesario un acercamiento y un diálogo franco entre el ministerio y el gremio, así como la reactivación de una serie de instrumentos que ya existen, pero que sin una inyección económica ni voluntad política, continuarán siendo instancias que absorben presupuesto pero que no tienen alcance ni incidencia en la ciudadanía.

Un ejemplo es la Ley de Cultura que, aunque nació mutilada de la rica propuesta original (resultante de incontables horas de reuniones y estudio de parte de numerosos trabajadores culturales), sigue sin reglamentación y por lo tanto, no puede ser implementada. Dentro de la misma se encuentran las propuestas de un fondo concursable para las artes y la creación de un centro de estudios superiores de arte, que generaron gran entusiasmo pero que duermen engavetados hasta que alguien implemente su realización. El directorio nacional de artistas, la gestión de la pensión y el acceso al seguro social de los mismos también son temas abandonados.

Hace pocas semanas, la asociación de artistas escénicos Nave Cine Metro dio a conocer una carta abierta dirigida al Ministerio de Cultura. Dicha carta reflexiona sobre la situación de los artistas salvadoreños y solicita una serie de acciones para que el arte y la cultura en El Salvador sean tomados en cuenta dentro de los planes de reconstrucción económica, después de la actual coyuntura.

La carta hace notar que el sector «siempre ha funcionado desde la precariedad, ocupando un lugar inferior en el Presupuesto General de la Nación, y por tanto, en las prioridades de los gobiernos». El documento, que al momento de escribir esta columna contaba con más de 2,500 firmas, subraya que no solamente quieren ser beneficiarios de los planes de reactivación económica sino también ser parte activa de la solución.

La inesperada emergencia sanitaria debería aprovecharse para dar un golpe de timón por parte del Ministerio de Cultura y rectificar el rumbo. La crisis debería acercarnos para dialogar y escuchar, para acortar la distancia creada por años de promesas rotas y expectativas traicionadas. Se debe recordar que la cultura es un derecho humano y que el Estado salvadoreño tiene la obligación de asegurar a los habitantes de la República su goce, conservación, fomento y difusión, según los artículos uno y 53 de nuestra Constitución. Eso no puede continuar siendo letra muerta.

Las vulnerabilidades del sector cultural ya eran serias antes de la pandemia, porque hubo negligencia para solucionar los problemas del pasado. Que esta coyuntura sirva para construir soluciones y alternativas que fortalezcan y dignifiquen a nuestro gremio en la nueva normalidad que nos aguarda.

Barbarella

Era de noche. Estaba perdida. A medida que caminaba por las calles de la ciudad, sabía que me adentraba en territorios peligrosos. Eran calles oscuras, con casas malhechas y torcidas, construidas con láminas de zinc y tablas, sin ninguna armonía arquitectónica. Parecía una calle de la película El gabinete del doctor Caligari.

Caminaba por esa calle oscura, buscando el final de la misma, donde se veía algo de luz. Quería encontrar un punto de referencia que me permitiera orientarme para regresar a un lugar seguro. El silencio era absoluto. Escuchaba mis propios pasos y el crujir de la gravilla en el suelo. Tenía algo de temor, pero fingí compostura. Tenía que salir de ahí y no podía detenerme. No ahí.

De pronto, se escuchó un silbido. No vi a nadie, pero sabía que era alguien que avisaba de mi paso. Estaba siendo vigilada. Se escuchó otro silbido, más adelante, como una respuesta. Miré las ventanas y las puertas, los segundos pisos, los angostos callejones. Quería saber quién silbaba, pero sólo vi oscuridad. Mejor así, pensé, mejor no verlos ni que sepan que los he visto.

Seguí caminando. Sabía que podían golpearme, matarme, hacerme cualquier cosa. Imaginé que me vigilaban desde alguna ventana. Me visualicé a mí misma caminando con el pelo largo suelto sobre mi espalda. Mi flacucho cuerpo. Me consolé pensando que no me pasaría nada. Las mujeres mayores de 50 años tenemos el dudoso super poder de ser invisibles. Nadie nos quiere para nada.

Al fin llegué a la calle iluminada. Miré a izquierda y a derecha. El alumbrado público chorreaba una débil luz sepia sobre la fachada de las casas. No había nadie. Nada. Ni un vehículo estacionado. Ni un perro callejero. Ni gatos ni murciélagos ni insectos. Ningún ruido. Ni un televisor o radio encendido. Ninguna tos o ronquido. Ningún murmullo de voces. Ningún movimiento. Nada. Sólo casas con puertas y ventanas cerradas.

No reconocí el lugar ni tampoco las calles que se miraban más adelante, así es que caminé de regreso sobre el mismo pasaje oscuro, buscando salir a alguna calle más ancha, que estuviera mejor iluminada. Pensé que tentaba al peligro volviendo sobre mis pasos, que quienes me vigilaban no iban a tolerarlo, pero me dejaron pasar.

Encontré una arteria principal. Para llegar, tuve que saltar sobre la verja de un parque y al hacerlo vi a Jane Fonda, no como es en la actualidad, sino como era cuando actuó en Barbarella, en 1968. Sentí alegría de encontrar a alguien. Le dije, casi le grité: «¡Hola Jane Fonda… o mejor dicho, Barbarella!». Ella sonrió, con esa sonrisa que sólo los Fonda tienen. Nos abrazamos como si fuéramos viejas amigas y caminamos juntas. Nos agarramos de la mano, para no perdernos, para no separanos.

Le dije que buscaríamos un lugar conocido para ayudarla a regresar a su casa. Ella no decía nada. Sólo sonreía y asentía con la cabeza. Las calles seguían solitarias, pero sabía que nada malo me podía pasar porque iba con Barbarella de la mano.

Por fin, salimos a una calle ancha e iluminada, un boulevard que me parecía conocido, pero cuyo nombre no recordaba. Nos detuvimos frente a un edificio de paredes blancas que tenía pintado en letras azules «Iglesia evangélica». Sabía que había culto, porque se escuchaba una tenue música que surgía del interior. Pero las puertas estaban cerradas. Al otro lado de la calle, había una parada de buses y tres personas con mascarillas blancas que esperaban un autobús que nunca llegaba.

Le dije a Barbarella que siguiéramos caminando, que no reconocía esa parte de la ciudad pero que ya estábamos cerca de encontrar un lugar con tránsito normal. Seguimos sobre ese boulevard hasta que vimos un gran centro comercial. Había luces de colores, música, gente, palmeras, negocios, movimiento. No me gustaba el lugar, pero entramos.

Leí los nombres de los negocios, todos en inglés. No reconocí ninguna de las tiendas. Parecía que estábamos en una ciudad gringa y no en Centroamérica. «Esto no nos ayuda en nada», dije en voz alta. A Barbarella le dio risa mi sarcasmo.

Adentro del centro comercial, había un redondel donde los carros daban la vuelta para dejar o recoger gente. Vi un carro convertible, pequeño, de color plateado, abollado de los lados, que era usado como taxi. Corrimos hacia él. En cuanto bajó su pasajera, me aproximé para hablar con el conductor. Era un viejo, con cara de pocos amigos, que tenía la piel gris y unas pústulas verdosas en la cara. La más grande de ellas, sobre su pómulo derecho, parecía a punto de reventar. Al ver el interior del carro, noté que había mucha basura y suciedad.

Le pregunté si podía llevarnos, pero el viejo me espetó que no, que no estaba trabajando. Lo dijo enojado y se fue de inmediato. Pensé que era mejor así, que nos pudo pasar algo malo si nos íbamos con él, aunque seguíamos con el problema de no saber cómo movernos.

Entonces vi un taxi amarillo. Era lo primero que reconocía desde hacía horas. Me emocioné, porque era de la cooperativa en la que me suelo transportar. Lo detuve. Le pregunté al taxista si podía llevar a Barbarella. Me pidió la dirección. Le dije que la llevara a Lindavista Norte, la zona donde viví en Managua durante una docena de años. No supe por qué le di esa dirección, porque de lo poco que estaba segura era que no estábamos en Managua. El taxista, sonriente, me dijo que no había problema.

Abrí la puerta trasera. Le dije a Barbarella que se fuera ella primero, que yo esperaría otro taxi. Ella sonrió de nuevo, sin decir nada. Me quedé ahí, viendo cómo el taxi se iba por una salida que la terminaría llevando a la misma calle oscura y peligrosa donde yo caminaba al inicio del sueño.

Volví a estar sola. Vi el centro comercial a mi alrededor. Seguía sin reconocer nada. Seguía sin saber dónde estaba. Seguía sin saber a dónde ir.

El libro a cuidados intensivos

A medida que continúa el distanciamiento social debido a la emergencia del coronavirus, crece la incertidumbre sobre la reactivación de las actividades económicas. Para múltiples empresas de diferentes tamaños y rubros, el golpe financiero es ya un hecho del cual, se teme, costará años recuperarse. No es exagerado advertir que la industria del libro será uno de los sectores más afectados.

A pesar de la existencia del libro electrónico y de su posibilidad de compra más inmediata, muchas librerías y editoriales manifiestan apuros. Desde el cierre por bancarrota de los emprendimientos más pequeños hasta la suspensión de lanzamientos y actividades significativas (como ferias del libro o los tradicionales festejos del recién pasado Día del Libro), el sector mira con suma preocupación su futuro.

En España, la Federación de Cámaras del Libro (FEDECALI) calcula que el impacto del covid-19 tendrá en el sector del libro estará por encima de los 1.000 millones de euros. Importantes ferias latinoamericanas del libro, como la de Bogotá y Buenos Aires, han sido suspendidas. En Centroamérica, la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), que suele celebrarse en julio, se reprogramó para realizarse del 22 de octubre al 1 de noviembre. Con ella, también se reprogramó el festival literario Centroamérica Cuenta, evento que se ha convertido en itinerante por la región debido a la situación política de Nicaragua, país donde se originó dicha iniciativa.

En México, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), advirtió sobre el peligro inminente para la sobrevivencia económica de un sistema de librerías y editoriales bastante amplio. 95 % de las editoriales privadas de aquel país son micro o pequeñas empresas que, al igual que las librerías, deben seguir pagando gastos fijos, como alquileres, sueldos y servicios. La estadística semanal de Bookscan Nielsen, sobre la industria del libro mexicana, muestra un desplome de 80 % en las ventas respecto al mismo periodo del año pasado.

La búsqueda de soluciones para este sector es compleja, debido a que involucra a numerosos actores con funciones especializadas. Escritores, editores, impresores, distribuidores, libreros, traductores, correctores, diagramadores, diseñadores y agentes literarios son parte de una vasta cadena de producción que se verá afectada. Detrás de cada uno de ellos, hay familias que se han quedado sin una forma de subsistencia.

En algunos países, como España, se ensaya un tipo de compra adelantada, que permita a las librerías paliar parte de sus obligaciones. Se hace la compra durante la cuarentena y el libro se retirará cuando el establecimiento vuelva a abrir al público. En Colombia, la Cámara Colombiana del Libro (CCL) lanzó la campaña «Adopta una librería», con el fin de recaudar el dinero suficiente para pagar la nómina de 47 librerías en distintas partes de aquel país, durante dos meses.

Por otro lado, numerosas editoriales y librerías envían un mensaje insistente, a través de sus redes, para que los lectores compren sus libros directamente a las editoriales y las librerías, evitando la piratería. Varias librerías del mundo, entre las cuales se cuenta la Librería de la UCA en El Salvador, implementaron la entrega de libros a domicilio.

También se gestionan soluciones más profundas. Asociaciones y cámaras del libro de varios países abogan por una reducción en los impuestos al libro y que las compras estatales de títulos destinados a bibliotecas públicas, se hagan a librerías o editoriales, de forma directa. La Cámara Peruana del Libro (CPL) pide, por ejemplo, la ampliación de los estímulos estatales de cultura para que se entreguen recursos no reembolsables a proyectos orientados a cada uno de los componentes de la cadena del libro.

En El Salvador, es difícil valorar el impacto que el covid-19 tendrá en el sector librero. Al momento de cerrar esta nota, la Cámara Salvadoreña del Libro no ha emitido ningún tipo de declaración sobre esta problemática, por lo que se desconoce el nivel de pérdidas económicas locales de un rubro que, de por sí, trabaja con incontables limitaciones.

Preocupante es, por demás, el futuro del puñado de editoriales independientes nacionales, algunas de las cuales, como la recién fundada Falena o Los sin pisto, se quedaron con nuevos lanzamientos en la mano. Estas iniciativas, surgidas como una forma de compensar la escasa labor editorial y librera en el país, han venido trabajando de forma modesta en los últimos años, prácticamente sin ganancias económicas y bregando a contracorriente de los hábitos lectores salvadoreños, cuyas preferencias se inclinan hacia la compra de publicaciones de autores extranjeros y al pirateo de libros.

El Ministerio de Cultura se ha limitado a replicar y apoyar la entrega de ayudas económicas o asistenciales para algunos pocos miembros de la comunidad artística, pero hasta el momento no ha anunciado ningún tipo de plan, gestiones o medidas que vayan a implementarse para el rescate de los diferentes sectores culturales, incluidos el sector editorial y librero. Quizás no deba extrañarnos, ya que siempre que se habla de artistas o del gremio cultural, el ámbito literario no suele tomarse en cuenta, siendo este un sector que ha caído en un innegable descuido por parte de la administración estatal de la cultura.

Es evidente que hace falta alguna forma de asociación gremial que sea representativa del medio librero y literario nacional, que pueda gestionar de manera ágil, moderna, dinámica y oportuna, los recursos necesarios para enfrentar emergencias como la que estamos pasando, pero también para obtener facilidades que permitan una mejor producción y distribución del libro nacional.

Es difícil anticipar si las medidas que se tomarán alrededor del mundo serán útiles o suficientes para evitar la quiebra de la industria del libro. Quizás solo las grandes cadenas de librerías y los grupos editoriales que facturan millones de dólares anuales saldrán a flote.

Lo que está claro es que la inevitable depresión económica provocada por la pandemia, cobrará también otro tipo de víctimas dentro del mundo cultural. El libro, junto con toda su cadena de producción, deberá ser sometido a cuidados intensivos.

Pequeñas epifanías

A medida que se agotan mis alimentos durante esta cuarentena, pienso mucho en Magdalena.

Magdalena es una joven que todos los martes, jueves y sábados suele vender frutas y verduras en los alrededores de la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Es originaria de Cojutepeque y los días que le toca venir, sale temprano para pasar antes por el mercado La Tiendona y abastecerse de los mejores productos. Viene acompañada de su esposo y su madre. Él ayuda con la venta o llevando encargos voluminosos a vecinos de la zona que, por uno u otro motivo, no pueden llegar en persona. Su madre vende marquesote, salpores y otro tipo de panes.

Ni Magdalena ni los suyos, y quizás tampoco los vecinos que acudimos a su venta, nos damos cuenta real del valor de su servicio, que trasciende la simple compra venta. No es solamente que nos ayuda con el abastecimiento, sino que, al acercar el mercado hacia esta zona, nos ahorra el tiempo de ir por nuestra cuenta. Comprarle a ella es un mandado que los vecinos podemos resolver a pie, en menos de media hora. Pero más allá todavía, este tipo de servicios crean núcleos de comunidad. Gracias a ese encuentro en la venta, conocemos un poco a los habitantes de la zona. Aunque no sepamos nuestros nombres o el lugar exacto donde vivimos, los rostros de estos conocidos conforman parte de nuestra cotidianidad, de las rutinas de vida.

También me pregunto por otras personas de la zona y cómo estarán pasando esta emergencia: la señora morenita de pelo corto que vende los periódicos en la esquina; las dos señoras mayores que todos los días se sientan sobre el frío cemento de la acera a pedir monedas, en la calle de las Somascas; los muchachos del pan francés, el de la mañana y el de la tarde, con su pito distintivo; el que vende queso y su pregón sostenido, que alarga el sonido de la «o» final con la virtuosidad de un cantante; la señora de los tamales de elote y chipilín o la que vende la lotería en la gasolinera cercana.

Una tarde reapareció uno de los panaderos. Al escuchar su corneta, fue evidente el júbilo en la colonia. Varios salimos a buscar el pan, guardando la debida distancia, saludándonos apenas con la mirada, resignados a cierta frialdad. La llegada del panadero es otro de esos pequeños momentos de convivencia que extrañamos y que también forman comunidad. No nos vemos en la colonia, pero coincidimos a la hora del pan. Además, estos vendedores forman parte de un ritual imprescindible: la salvadoreñísima costumbre del café con pan dulce de cada tarde, y la cena o desayuno acompañados de nuestro pan francés, tan sencillo, pero tan fundamental en nuestra dieta.

Al interrumpirse este sistema de pequeños vendedores y servicios se suspende y se afecta, de manera indirecta, el sentido de comunidad de las personas. Estos pequeños hábitos e iniciativas, que forman parte de nuestras rutinas cotidianas, son lo primero en extrañarse en tiempos de emergencia. Son las rutinas, su continuidad, las que nos proporcionan una sensación de seguridad, de inalterabilidad. Sin embargo, muchas veces damos por sentado que dichos eventos cotidianos, elementales y en apariencia faltos de importancia, pervivirán por siempre. No es hasta que se interrumpen que tomamos consciencia de su verdadero y profundo valor.

Es frecuente escuchar en estos días la expresión de que «cuando volvamos a la normalidad» haremos tal o cual cosa. Posponemos el presente e imaginamos que la futura realidad será idéntica a la que teníamos cuando inició la pandemia. Nos cuesta aceptar que esto que estamos viviendo, es nuestra nueva realidad y que dejará cambios indelebles en muchos.

Ojalá dediquemos algunos momentos del encierro para examinar esa realidad y replantearla. Seguramente seguirá habiendo panaderos y vendedoras de legumbres, pero la emergencia ha situado en su justa dimensión la importancia real de algunas personas, relaciones y servicios a los que estábamos acostumbrados y ante los cuales nos terminamos insensibilizando, por pura costumbre. Cada una de estas personas tiene también una historia de vida de la cual ni nos enteramos. A veces, no sabemos ni sus nombres.

Otro decir que se escucha con mucha frecuencia es que ojalá salgamos convertidos en mejores personas después de esta emergencia, que todo lo que estamos viviendo nos ayude a resignificar y a revalorar el mundo para cambiarlo. Es un deseo noble, pero poco realista. No es la primera pandemia que sufre la humanidad. Hemos sufrido también grandes tragedias comunes como las dos guerras mundiales, las bombas atómicas en Japón y otros eventos que han conmocionado a la humanidad a lo largo de la historia. Después de que se calman las aguas de cada emergencia, la humanidad ha vuelto a hacer girar la misma rueda en la que se encuentra atrapada, como un hámster vicioso. Los sistemas económicos y políticos, que giran en torno al dinero y el poder, se encargarán de empujarnos para que retomemos nuestra vida anterior lo más pronto posible, con todas sus imperfecciones e injusticias.

La prisa por retornar a lo que llamamos «normalidad», y que hoy por hoy añoramos, a pesar de que ya antes las cosas andaban mal, nos hará olvidar esas pequeñas epifanías personales que nos han sido reveladas en medio de la suspensión de la enajenación y la rutina diaria. En pocos pervivirá la noción de lo descubierto y, con el paso del tiempo, la cuarentena será uno de esos extraños recuerdos comunes, de los que hablaremos hasta la próxima pandemia, guerra o desastre.

Pienso mucho en Magdalena durante estos días de cuarentena y me pregunto cómo se la estará pasando. ¿Qué estarán haciendo ella y su familia para sobrevivir? ¿Habrán sido beneficiados con el subsidio de los 300 dólares?

No tengo idea, pero espero que pronto podamos volver a vernos y conversarlo, entre canastos llenos de verduras y frutas, junto a los vecinos de siempre, sin miedo a ningún tipo de contagio.

La cuarentena de la cultura

Comenzó de manera imperceptible. Debido a la emergencia del coronavirus, se empezaron a cancelar numerosos eventos públicos para evitar aglomeraciones y limitar el contagio. Teatros, cines, festivales, conciertos, museos, librerías fueron de los primeros afectados, muchos con cierres indefinidos y postergación o cancelación de eventos.

Algunos músicos decidieron hacer algo para compensar al público que ya había comprado sus boletos. Comenzaron a transmitir por internet conciertos desde los teatros vacíos. A medida que la emergencia se intensificó y que la cuarentena domiciliar se incrementó, más músicos realizaron transmisiones similares desde sus propios confinamientos.

A los museos se les ocurrió entonces abrir de forma gratuita y general los contenidos por suscripción de sus páginas web. Algunos escritores regalaron sus libros en formato electrónico. Las librerías, aunque cerradas, ponían a disposición envíos domiciliares de libros.

Súbitamente, hay una gran avalancha cultural disponible de forma gratuita para millones de personas alrededor del mundo que, encerradas en sus casas y sin saber bien en qué ocupar tanto tiempo libre inesperado, encuentran una reconfortante fuente de distracción en películas, libros, música, teatro, series, juegos, etc.

Sin duda, la intención inicial de todos estos artistas e instituciones es generosa. Para muchos, hay una sensación de deber. ¿Para qué sirve el arte si no puede, entre otras cosas, ser refugio o bastón sobre el cual apoyarse? Distraerse, evadir un poco la realidad, sumergirse en otras imaginaciones son reacciones humanas necesarias para mantener la cordura en un momento de mucha angustia. Es un gesto desinteresado y humano, el de querer ayudar a otros, a darles ánimo. Mientras el mundo es todo incertidumbre, queda la certeza de que el ser humano también es capaz de crear belleza.

Trato de imaginar a los encuarentenados del mundo viendo todo ese material y leyendo todos esos libros. Temo que hasta puedan sufrir el Síndrome de Stendhal, un empacho ante la excesiva exposición de belleza artística. En el peor de los casos, quizás no todos disfrutarán esta sobre oferta, ya que como colectivo estamos viviendo una forma de duelo, que se suma a una comprensible preocupación. No todos tenemos la concentración o disposición de ánimo como para sentarnos a leer o escuchar música con serenidad.

La paralización de las diversas estructuras culturales supone un problema económico gravísimo para millones de personas, cuyos trabajos o empresas dependen de los servicios derivados de dicho segmento y que ahora se miran afectados. En la cadena de producción y distribución del libro, por ejemplo, las editoriales independientes y las librerías más pequeñas, se proyectan como los sectores más afectados. Eso sin mencionar a los escritores, quienes solemos sobrevivir de oficios relacionados con el sector editorial. Para los artistas, las presentaciones públicas (en conciertos o representaciones teatrales, por ejemplo,) suponen la mayor parte de sus ingresos económicos. También debe señalarse que dicho sector, por la naturaleza de su trabajo, pocas veces tiene garantizado un seguro médico o una pensión para los de mayor edad.

En años recientes, la inversión estatal e institucional a la cultura ha sido disminuida, de manera notoria, alrededor del mundo. Notoria es también la reducción de las carreras humanísticas en muchas universidades. Hay gobiernos que se complacen en decir que la cultura no es prioritaria frente a los acostumbrados «problemas urgentes», ya de todos conocidos, y han hecho reducciones drásticas a sus presupuestos.

La coyuntura actual supone un mal augurio para las industrias culturales. El Consejo de Cultura Alemán, por ejemplo, advirtió hace pocos días que numerosos cines, teatros, clubes y galerías de arte podrán caer en bancarrota, a pesar de los paquetes de ayuda que recibirán del gobierno. Este panorama se repite prácticamente en todos los países, donde por el momento resulta impredecible saber cuándo se retornará a una forma de normalidad, que permita cobrar taquilla por sus eventos. Las afectaciones económicas generales afectarán también la capacidad de gasto del ciudadano común. Comprar un libro o pagar entradas para un concierto será un lujo inaccesible para quienes pierdan sus empleos, como resultado de una crisis que ya manifiesta síntomas preocupantes.

El coronavirus es la emergencia más grande que nos ha tocado vivir como humanidad desde la 2ª Guerra Mundial. Los contagios se aceleran y pese a las cuarentenas (que sólo sirven para evitar la enfermedad, pero no para adquirir inmunidad), no tenemos idea de cómo el virus vaya a comportarse a futuro. Algunos expertos indican que se verán rebrotes anuales y que tendremos que aprender a convivir con dicha realidad.

Estamos viviendo semanas de mucha tensión, donde las angustias son múltiples, ya que trascienden lo estrictamente sanitario. Sin duda alguna, los diferentes productos culturales a los que hemos tenido acceso han sido útiles y necesarios para distraernos y evadir un poco la incertidumbre que este escenario tan complejo nos plantea.

Quizás ahora comprendamos que sumergirse en un libro, en una película, en una sinfonía o en otras manifestaciones del arte nos ayuda a sobrellevar no sólo estos momentos de angustia colectiva, sino también las crisis y soledades personales. Quizás esta situación nos ayude a comprender que el arte, en todas sus manifestaciones, nos hace sentir acompañados y nos ayuda a mantener la fortaleza emocional que necesitamos para poder superar etapas como la actual.

Ojalá que esta experiencia nos permita valorar y comprender cuál es la función del arte y de la literatura en la sociedad y en nuestras vidas. Es una función que se suele subestimar y hasta despreciar en épocas normales, porque damos por hecho que siempre tendremos cultura disponible. Ojalá lo recordemos cuando los artistas comencemos a pasar el sombrero para seguir sobreviviendo. Ojalá lo recordemos cuando retomemos alguna forma de cotidianidad y cuando gobiernos y financistas redistribuyan los presupuestos de cultura, sean estatales o de instituciones privadas.

Ojalá que los presupuestos culturales (y también los de salud, educación y ciencias) dejen de ser los primeros sacrificados en tiempos de crisis y que, por el contrario, reciban incrementos sustanciales que reflejen el reconocimiento de nuestras sociedades a su ilimitada importancia y valor.