¿Cuál es el plan?

Algo que la pandemia está dejando al descubierto es el diferente tipo de vulnerabilidades que padecemos los seres humanos en varios aspectos, tanto a nivel personal como a nivel institucional y gremial. En cada país o región, estas vulnerabilidades son diferentes, pero comparten puntos comunes. Uno de los sectores cuyos puntos débiles han quedado mejor evidenciados es el área cultural, un sector que genera la mayor parte de su financiamiento desde lo social y la interacción con diferentes tipos de público.

A medida que se comienzan a reabrir actividades, ministerios de cultura de diferentes países gestionan recursos y designan presupuestos para paliar las heridas económicas que han sufrido las diferentes disciplinas artísticas y culturales. Al momento de escribir esta nota, no se ha conocido ninguna propuesta ni plan similar por parte del Ministerio de Cultura de El Salvador.

Fuera de algunas ayudas asistenciales, se desconoce cuál es el plan post pandemia del Ministerio para apoyar al sector. Lo único que ha sido dado a conocer vía redes sociales es una encuesta dirigida a «personas emprendedoras y empresarias de servicios en la actividad cultural salvadoreña» que, mediante un exhaustivo cuestionario de tres páginas, se enfoca exclusivamente en contabilizar las pérdidas económicas de negocios y pequeñas empresas que trabajan desde lo que llaman «industrias creativas» (como el diseño, la publicidad, fotografía, música, edición y elaboración de audiovisuales), las artes escénicas, restaurantes, elaboración y comercialización de artesanías, museos, parques arqueológicos, teatros, salas de exposiciones e inmuebles históricos.

Esta encuesta excluye a quienes producen los insumos que son comercializados en dichas empresas. No debe olvidarse que en la base de la pirámide económica cultural están quienes producen los contenidos de la obra y que, al compartirla y ponerla disponible ante la sociedad, acuden a otros que le permiten hacerlo viable. Una galería de arte no podría funcionar si no hay pintores; sin escritores no habría editoriales publicando libros ni librerías que los vendieran, por ejemplo.

El Ministerio de Cultura viene arrastrando una serie de problemas acumulados a lo largo de varias administraciones desafortunadas, incluyendo mucha pasividad, falta de gestión, pero sobre todo promesas incumplidas que causaron frustración, desesperanza y distanciamiento de parte de muchos artistas y gestores culturales. Esto tuvo un efecto positivo a nivel social, en el sentido de que se forjaron varios colectivos independientes que han trabajado y presentado propuestas interesantes a través de las cuales, se le ha permitido a la ciudadanía reflexionar sobre su realidad y tener acceso al goce estético desde planteamientos desprendidos del discurso oficial.

Sin embargo, ese distanciamiento no es una justificación para que el Ministerio continúe funcionando nada más que para mantener el status quo que ya conocemos. Tampoco es una justificación para que la ciudadanía alimente el prejuicio de que la cultura no es necesaria y limitarla a servir de adorno o algo que debe seguir existiendo de forma meramente simbólica, porque las convenciones políticas así lo demandan. Si algo ha quedado claro durante la cuarentena es que la importancia del arte trasciende lo meramente decorativo y es imprescindible para la sobrevivencia mental y emocional de las personas.

A un año de gobierno, fuera del anuncio de un par de obras monumentales (como el proyecto cultural San Jacinto o el edificio de la nueva biblioteca, que debería ser donado por China), es poco lo que se ha conocido de la reorganización interna del ministerio o de lo que se planea hacer en el quinquenio. Más que obras monumentales, es necesario un acercamiento y un diálogo franco entre el ministerio y el gremio, así como la reactivación de una serie de instrumentos que ya existen, pero que sin una inyección económica ni voluntad política, continuarán siendo instancias que absorben presupuesto pero que no tienen alcance ni incidencia en la ciudadanía.

Un ejemplo es la Ley de Cultura que, aunque nació mutilada de la rica propuesta original (resultante de incontables horas de reuniones y estudio de parte de numerosos trabajadores culturales), sigue sin reglamentación y por lo tanto, no puede ser implementada. Dentro de la misma se encuentran las propuestas de un fondo concursable para las artes y la creación de un centro de estudios superiores de arte, que generaron gran entusiasmo pero que duermen engavetados hasta que alguien implemente su realización. El directorio nacional de artistas, la gestión de la pensión y el acceso al seguro social de los mismos también son temas abandonados.

Hace pocas semanas, la asociación de artistas escénicos Nave Cine Metro dio a conocer una carta abierta dirigida al Ministerio de Cultura. Dicha carta reflexiona sobre la situación de los artistas salvadoreños y solicita una serie de acciones para que el arte y la cultura en El Salvador sean tomados en cuenta dentro de los planes de reconstrucción económica, después de la actual coyuntura.

La carta hace notar que el sector «siempre ha funcionado desde la precariedad, ocupando un lugar inferior en el Presupuesto General de la Nación, y por tanto, en las prioridades de los gobiernos». El documento, que al momento de escribir esta columna contaba con más de 2,500 firmas, subraya que no solamente quieren ser beneficiarios de los planes de reactivación económica sino también ser parte activa de la solución.

La inesperada emergencia sanitaria debería aprovecharse para dar un golpe de timón por parte del Ministerio de Cultura y rectificar el rumbo. La crisis debería acercarnos para dialogar y escuchar, para acortar la distancia creada por años de promesas rotas y expectativas traicionadas. Se debe recordar que la cultura es un derecho humano y que el Estado salvadoreño tiene la obligación de asegurar a los habitantes de la República su goce, conservación, fomento y difusión, según los artículos uno y 53 de nuestra Constitución. Eso no puede continuar siendo letra muerta.

Las vulnerabilidades del sector cultural ya eran serias antes de la pandemia, porque hubo negligencia para solucionar los problemas del pasado. Que esta coyuntura sirva para construir soluciones y alternativas que fortalezcan y dignifiquen a nuestro gremio en la nueva normalidad que nos aguarda.

Barbarella

Era de noche. Estaba perdida. A medida que caminaba por las calles de la ciudad, sabía que me adentraba en territorios peligrosos. Eran calles oscuras, con casas malhechas y torcidas, construidas con láminas de zinc y tablas, sin ninguna armonía arquitectónica. Parecía una calle de la película El gabinete del doctor Caligari.

Caminaba por esa calle oscura, buscando el final de la misma, donde se veía algo de luz. Quería encontrar un punto de referencia que me permitiera orientarme para regresar a un lugar seguro. El silencio era absoluto. Escuchaba mis propios pasos y el crujir de la gravilla en el suelo. Tenía algo de temor, pero fingí compostura. Tenía que salir de ahí y no podía detenerme. No ahí.

De pronto, se escuchó un silbido. No vi a nadie, pero sabía que era alguien que avisaba de mi paso. Estaba siendo vigilada. Se escuchó otro silbido, más adelante, como una respuesta. Miré las ventanas y las puertas, los segundos pisos, los angostos callejones. Quería saber quién silbaba, pero sólo vi oscuridad. Mejor así, pensé, mejor no verlos ni que sepan que los he visto.

Seguí caminando. Sabía que podían golpearme, matarme, hacerme cualquier cosa. Imaginé que me vigilaban desde alguna ventana. Me visualicé a mí misma caminando con el pelo largo suelto sobre mi espalda. Mi flacucho cuerpo. Me consolé pensando que no me pasaría nada. Las mujeres mayores de 50 años tenemos el dudoso super poder de ser invisibles. Nadie nos quiere para nada.

Al fin llegué a la calle iluminada. Miré a izquierda y a derecha. El alumbrado público chorreaba una débil luz sepia sobre la fachada de las casas. No había nadie. Nada. Ni un vehículo estacionado. Ni un perro callejero. Ni gatos ni murciélagos ni insectos. Ningún ruido. Ni un televisor o radio encendido. Ninguna tos o ronquido. Ningún murmullo de voces. Ningún movimiento. Nada. Sólo casas con puertas y ventanas cerradas.

No reconocí el lugar ni tampoco las calles que se miraban más adelante, así es que caminé de regreso sobre el mismo pasaje oscuro, buscando salir a alguna calle más ancha, que estuviera mejor iluminada. Pensé que tentaba al peligro volviendo sobre mis pasos, que quienes me vigilaban no iban a tolerarlo, pero me dejaron pasar.

Encontré una arteria principal. Para llegar, tuve que saltar sobre la verja de un parque y al hacerlo vi a Jane Fonda, no como es en la actualidad, sino como era cuando actuó en Barbarella, en 1968. Sentí alegría de encontrar a alguien. Le dije, casi le grité: «¡Hola Jane Fonda… o mejor dicho, Barbarella!». Ella sonrió, con esa sonrisa que sólo los Fonda tienen. Nos abrazamos como si fuéramos viejas amigas y caminamos juntas. Nos agarramos de la mano, para no perdernos, para no separanos.

Le dije que buscaríamos un lugar conocido para ayudarla a regresar a su casa. Ella no decía nada. Sólo sonreía y asentía con la cabeza. Las calles seguían solitarias, pero sabía que nada malo me podía pasar porque iba con Barbarella de la mano.

Por fin, salimos a una calle ancha e iluminada, un boulevard que me parecía conocido, pero cuyo nombre no recordaba. Nos detuvimos frente a un edificio de paredes blancas que tenía pintado en letras azules «Iglesia evangélica». Sabía que había culto, porque se escuchaba una tenue música que surgía del interior. Pero las puertas estaban cerradas. Al otro lado de la calle, había una parada de buses y tres personas con mascarillas blancas que esperaban un autobús que nunca llegaba.

Le dije a Barbarella que siguiéramos caminando, que no reconocía esa parte de la ciudad pero que ya estábamos cerca de encontrar un lugar con tránsito normal. Seguimos sobre ese boulevard hasta que vimos un gran centro comercial. Había luces de colores, música, gente, palmeras, negocios, movimiento. No me gustaba el lugar, pero entramos.

Leí los nombres de los negocios, todos en inglés. No reconocí ninguna de las tiendas. Parecía que estábamos en una ciudad gringa y no en Centroamérica. «Esto no nos ayuda en nada», dije en voz alta. A Barbarella le dio risa mi sarcasmo.

Adentro del centro comercial, había un redondel donde los carros daban la vuelta para dejar o recoger gente. Vi un carro convertible, pequeño, de color plateado, abollado de los lados, que era usado como taxi. Corrimos hacia él. En cuanto bajó su pasajera, me aproximé para hablar con el conductor. Era un viejo, con cara de pocos amigos, que tenía la piel gris y unas pústulas verdosas en la cara. La más grande de ellas, sobre su pómulo derecho, parecía a punto de reventar. Al ver el interior del carro, noté que había mucha basura y suciedad.

Le pregunté si podía llevarnos, pero el viejo me espetó que no, que no estaba trabajando. Lo dijo enojado y se fue de inmediato. Pensé que era mejor así, que nos pudo pasar algo malo si nos íbamos con él, aunque seguíamos con el problema de no saber cómo movernos.

Entonces vi un taxi amarillo. Era lo primero que reconocía desde hacía horas. Me emocioné, porque era de la cooperativa en la que me suelo transportar. Lo detuve. Le pregunté al taxista si podía llevar a Barbarella. Me pidió la dirección. Le dije que la llevara a Lindavista Norte, la zona donde viví en Managua durante una docena de años. No supe por qué le di esa dirección, porque de lo poco que estaba segura era que no estábamos en Managua. El taxista, sonriente, me dijo que no había problema.

Abrí la puerta trasera. Le dije a Barbarella que se fuera ella primero, que yo esperaría otro taxi. Ella sonrió de nuevo, sin decir nada. Me quedé ahí, viendo cómo el taxi se iba por una salida que la terminaría llevando a la misma calle oscura y peligrosa donde yo caminaba al inicio del sueño.

Volví a estar sola. Vi el centro comercial a mi alrededor. Seguía sin reconocer nada. Seguía sin saber dónde estaba. Seguía sin saber a dónde ir.

El libro a cuidados intensivos

A medida que continúa el distanciamiento social debido a la emergencia del coronavirus, crece la incertidumbre sobre la reactivación de las actividades económicas. Para múltiples empresas de diferentes tamaños y rubros, el golpe financiero es ya un hecho del cual, se teme, costará años recuperarse. No es exagerado advertir que la industria del libro será uno de los sectores más afectados.

A pesar de la existencia del libro electrónico y de su posibilidad de compra más inmediata, muchas librerías y editoriales manifiestan apuros. Desde el cierre por bancarrota de los emprendimientos más pequeños hasta la suspensión de lanzamientos y actividades significativas (como ferias del libro o los tradicionales festejos del recién pasado Día del Libro), el sector mira con suma preocupación su futuro.

En España, la Federación de Cámaras del Libro (FEDECALI) calcula que el impacto del covid-19 tendrá en el sector del libro estará por encima de los 1.000 millones de euros. Importantes ferias latinoamericanas del libro, como la de Bogotá y Buenos Aires, han sido suspendidas. En Centroamérica, la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), que suele celebrarse en julio, se reprogramó para realizarse del 22 de octubre al 1 de noviembre. Con ella, también se reprogramó el festival literario Centroamérica Cuenta, evento que se ha convertido en itinerante por la región debido a la situación política de Nicaragua, país donde se originó dicha iniciativa.

En México, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), advirtió sobre el peligro inminente para la sobrevivencia económica de un sistema de librerías y editoriales bastante amplio. 95 % de las editoriales privadas de aquel país son micro o pequeñas empresas que, al igual que las librerías, deben seguir pagando gastos fijos, como alquileres, sueldos y servicios. La estadística semanal de Bookscan Nielsen, sobre la industria del libro mexicana, muestra un desplome de 80 % en las ventas respecto al mismo periodo del año pasado.

La búsqueda de soluciones para este sector es compleja, debido a que involucra a numerosos actores con funciones especializadas. Escritores, editores, impresores, distribuidores, libreros, traductores, correctores, diagramadores, diseñadores y agentes literarios son parte de una vasta cadena de producción que se verá afectada. Detrás de cada uno de ellos, hay familias que se han quedado sin una forma de subsistencia.

En algunos países, como España, se ensaya un tipo de compra adelantada, que permita a las librerías paliar parte de sus obligaciones. Se hace la compra durante la cuarentena y el libro se retirará cuando el establecimiento vuelva a abrir al público. En Colombia, la Cámara Colombiana del Libro (CCL) lanzó la campaña «Adopta una librería», con el fin de recaudar el dinero suficiente para pagar la nómina de 47 librerías en distintas partes de aquel país, durante dos meses.

Por otro lado, numerosas editoriales y librerías envían un mensaje insistente, a través de sus redes, para que los lectores compren sus libros directamente a las editoriales y las librerías, evitando la piratería. Varias librerías del mundo, entre las cuales se cuenta la Librería de la UCA en El Salvador, implementaron la entrega de libros a domicilio.

También se gestionan soluciones más profundas. Asociaciones y cámaras del libro de varios países abogan por una reducción en los impuestos al libro y que las compras estatales de títulos destinados a bibliotecas públicas, se hagan a librerías o editoriales, de forma directa. La Cámara Peruana del Libro (CPL) pide, por ejemplo, la ampliación de los estímulos estatales de cultura para que se entreguen recursos no reembolsables a proyectos orientados a cada uno de los componentes de la cadena del libro.

En El Salvador, es difícil valorar el impacto que el covid-19 tendrá en el sector librero. Al momento de cerrar esta nota, la Cámara Salvadoreña del Libro no ha emitido ningún tipo de declaración sobre esta problemática, por lo que se desconoce el nivel de pérdidas económicas locales de un rubro que, de por sí, trabaja con incontables limitaciones.

Preocupante es, por demás, el futuro del puñado de editoriales independientes nacionales, algunas de las cuales, como la recién fundada Falena o Los sin pisto, se quedaron con nuevos lanzamientos en la mano. Estas iniciativas, surgidas como una forma de compensar la escasa labor editorial y librera en el país, han venido trabajando de forma modesta en los últimos años, prácticamente sin ganancias económicas y bregando a contracorriente de los hábitos lectores salvadoreños, cuyas preferencias se inclinan hacia la compra de publicaciones de autores extranjeros y al pirateo de libros.

El Ministerio de Cultura se ha limitado a replicar y apoyar la entrega de ayudas económicas o asistenciales para algunos pocos miembros de la comunidad artística, pero hasta el momento no ha anunciado ningún tipo de plan, gestiones o medidas que vayan a implementarse para el rescate de los diferentes sectores culturales, incluidos el sector editorial y librero. Quizás no deba extrañarnos, ya que siempre que se habla de artistas o del gremio cultural, el ámbito literario no suele tomarse en cuenta, siendo este un sector que ha caído en un innegable descuido por parte de la administración estatal de la cultura.

Es evidente que hace falta alguna forma de asociación gremial que sea representativa del medio librero y literario nacional, que pueda gestionar de manera ágil, moderna, dinámica y oportuna, los recursos necesarios para enfrentar emergencias como la que estamos pasando, pero también para obtener facilidades que permitan una mejor producción y distribución del libro nacional.

Es difícil anticipar si las medidas que se tomarán alrededor del mundo serán útiles o suficientes para evitar la quiebra de la industria del libro. Quizás solo las grandes cadenas de librerías y los grupos editoriales que facturan millones de dólares anuales saldrán a flote.

Lo que está claro es que la inevitable depresión económica provocada por la pandemia, cobrará también otro tipo de víctimas dentro del mundo cultural. El libro, junto con toda su cadena de producción, deberá ser sometido a cuidados intensivos.

Pequeñas epifanías

A medida que se agotan mis alimentos durante esta cuarentena, pienso mucho en Magdalena.

Magdalena es una joven que todos los martes, jueves y sábados suele vender frutas y verduras en los alrededores de la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Es originaria de Cojutepeque y los días que le toca venir, sale temprano para pasar antes por el mercado La Tiendona y abastecerse de los mejores productos. Viene acompañada de su esposo y su madre. Él ayuda con la venta o llevando encargos voluminosos a vecinos de la zona que, por uno u otro motivo, no pueden llegar en persona. Su madre vende marquesote, salpores y otro tipo de panes.

Ni Magdalena ni los suyos, y quizás tampoco los vecinos que acudimos a su venta, nos damos cuenta real del valor de su servicio, que trasciende la simple compra venta. No es solamente que nos ayuda con el abastecimiento, sino que, al acercar el mercado hacia esta zona, nos ahorra el tiempo de ir por nuestra cuenta. Comprarle a ella es un mandado que los vecinos podemos resolver a pie, en menos de media hora. Pero más allá todavía, este tipo de servicios crean núcleos de comunidad. Gracias a ese encuentro en la venta, conocemos un poco a los habitantes de la zona. Aunque no sepamos nuestros nombres o el lugar exacto donde vivimos, los rostros de estos conocidos conforman parte de nuestra cotidianidad, de las rutinas de vida.

También me pregunto por otras personas de la zona y cómo estarán pasando esta emergencia: la señora morenita de pelo corto que vende los periódicos en la esquina; las dos señoras mayores que todos los días se sientan sobre el frío cemento de la acera a pedir monedas, en la calle de las Somascas; los muchachos del pan francés, el de la mañana y el de la tarde, con su pito distintivo; el que vende queso y su pregón sostenido, que alarga el sonido de la «o» final con la virtuosidad de un cantante; la señora de los tamales de elote y chipilín o la que vende la lotería en la gasolinera cercana.

Una tarde reapareció uno de los panaderos. Al escuchar su corneta, fue evidente el júbilo en la colonia. Varios salimos a buscar el pan, guardando la debida distancia, saludándonos apenas con la mirada, resignados a cierta frialdad. La llegada del panadero es otro de esos pequeños momentos de convivencia que extrañamos y que también forman comunidad. No nos vemos en la colonia, pero coincidimos a la hora del pan. Además, estos vendedores forman parte de un ritual imprescindible: la salvadoreñísima costumbre del café con pan dulce de cada tarde, y la cena o desayuno acompañados de nuestro pan francés, tan sencillo, pero tan fundamental en nuestra dieta.

Al interrumpirse este sistema de pequeños vendedores y servicios se suspende y se afecta, de manera indirecta, el sentido de comunidad de las personas. Estos pequeños hábitos e iniciativas, que forman parte de nuestras rutinas cotidianas, son lo primero en extrañarse en tiempos de emergencia. Son las rutinas, su continuidad, las que nos proporcionan una sensación de seguridad, de inalterabilidad. Sin embargo, muchas veces damos por sentado que dichos eventos cotidianos, elementales y en apariencia faltos de importancia, pervivirán por siempre. No es hasta que se interrumpen que tomamos consciencia de su verdadero y profundo valor.

Es frecuente escuchar en estos días la expresión de que «cuando volvamos a la normalidad» haremos tal o cual cosa. Posponemos el presente e imaginamos que la futura realidad será idéntica a la que teníamos cuando inició la pandemia. Nos cuesta aceptar que esto que estamos viviendo, es nuestra nueva realidad y que dejará cambios indelebles en muchos.

Ojalá dediquemos algunos momentos del encierro para examinar esa realidad y replantearla. Seguramente seguirá habiendo panaderos y vendedoras de legumbres, pero la emergencia ha situado en su justa dimensión la importancia real de algunas personas, relaciones y servicios a los que estábamos acostumbrados y ante los cuales nos terminamos insensibilizando, por pura costumbre. Cada una de estas personas tiene también una historia de vida de la cual ni nos enteramos. A veces, no sabemos ni sus nombres.

Otro decir que se escucha con mucha frecuencia es que ojalá salgamos convertidos en mejores personas después de esta emergencia, que todo lo que estamos viviendo nos ayude a resignificar y a revalorar el mundo para cambiarlo. Es un deseo noble, pero poco realista. No es la primera pandemia que sufre la humanidad. Hemos sufrido también grandes tragedias comunes como las dos guerras mundiales, las bombas atómicas en Japón y otros eventos que han conmocionado a la humanidad a lo largo de la historia. Después de que se calman las aguas de cada emergencia, la humanidad ha vuelto a hacer girar la misma rueda en la que se encuentra atrapada, como un hámster vicioso. Los sistemas económicos y políticos, que giran en torno al dinero y el poder, se encargarán de empujarnos para que retomemos nuestra vida anterior lo más pronto posible, con todas sus imperfecciones e injusticias.

La prisa por retornar a lo que llamamos «normalidad», y que hoy por hoy añoramos, a pesar de que ya antes las cosas andaban mal, nos hará olvidar esas pequeñas epifanías personales que nos han sido reveladas en medio de la suspensión de la enajenación y la rutina diaria. En pocos pervivirá la noción de lo descubierto y, con el paso del tiempo, la cuarentena será uno de esos extraños recuerdos comunes, de los que hablaremos hasta la próxima pandemia, guerra o desastre.

Pienso mucho en Magdalena durante estos días de cuarentena y me pregunto cómo se la estará pasando. ¿Qué estarán haciendo ella y su familia para sobrevivir? ¿Habrán sido beneficiados con el subsidio de los 300 dólares?

No tengo idea, pero espero que pronto podamos volver a vernos y conversarlo, entre canastos llenos de verduras y frutas, junto a los vecinos de siempre, sin miedo a ningún tipo de contagio.

La cuarentena de la cultura

Comenzó de manera imperceptible. Debido a la emergencia del coronavirus, se empezaron a cancelar numerosos eventos públicos para evitar aglomeraciones y limitar el contagio. Teatros, cines, festivales, conciertos, museos, librerías fueron de los primeros afectados, muchos con cierres indefinidos y postergación o cancelación de eventos.

Algunos músicos decidieron hacer algo para compensar al público que ya había comprado sus boletos. Comenzaron a transmitir por internet conciertos desde los teatros vacíos. A medida que la emergencia se intensificó y que la cuarentena domiciliar se incrementó, más músicos realizaron transmisiones similares desde sus propios confinamientos.

A los museos se les ocurrió entonces abrir de forma gratuita y general los contenidos por suscripción de sus páginas web. Algunos escritores regalaron sus libros en formato electrónico. Las librerías, aunque cerradas, ponían a disposición envíos domiciliares de libros.

Súbitamente, hay una gran avalancha cultural disponible de forma gratuita para millones de personas alrededor del mundo que, encerradas en sus casas y sin saber bien en qué ocupar tanto tiempo libre inesperado, encuentran una reconfortante fuente de distracción en películas, libros, música, teatro, series, juegos, etc.

Sin duda, la intención inicial de todos estos artistas e instituciones es generosa. Para muchos, hay una sensación de deber. ¿Para qué sirve el arte si no puede, entre otras cosas, ser refugio o bastón sobre el cual apoyarse? Distraerse, evadir un poco la realidad, sumergirse en otras imaginaciones son reacciones humanas necesarias para mantener la cordura en un momento de mucha angustia. Es un gesto desinteresado y humano, el de querer ayudar a otros, a darles ánimo. Mientras el mundo es todo incertidumbre, queda la certeza de que el ser humano también es capaz de crear belleza.

Trato de imaginar a los encuarentenados del mundo viendo todo ese material y leyendo todos esos libros. Temo que hasta puedan sufrir el Síndrome de Stendhal, un empacho ante la excesiva exposición de belleza artística. En el peor de los casos, quizás no todos disfrutarán esta sobre oferta, ya que como colectivo estamos viviendo una forma de duelo, que se suma a una comprensible preocupación. No todos tenemos la concentración o disposición de ánimo como para sentarnos a leer o escuchar música con serenidad.

La paralización de las diversas estructuras culturales supone un problema económico gravísimo para millones de personas, cuyos trabajos o empresas dependen de los servicios derivados de dicho segmento y que ahora se miran afectados. En la cadena de producción y distribución del libro, por ejemplo, las editoriales independientes y las librerías más pequeñas, se proyectan como los sectores más afectados. Eso sin mencionar a los escritores, quienes solemos sobrevivir de oficios relacionados con el sector editorial. Para los artistas, las presentaciones públicas (en conciertos o representaciones teatrales, por ejemplo,) suponen la mayor parte de sus ingresos económicos. También debe señalarse que dicho sector, por la naturaleza de su trabajo, pocas veces tiene garantizado un seguro médico o una pensión para los de mayor edad.

En años recientes, la inversión estatal e institucional a la cultura ha sido disminuida, de manera notoria, alrededor del mundo. Notoria es también la reducción de las carreras humanísticas en muchas universidades. Hay gobiernos que se complacen en decir que la cultura no es prioritaria frente a los acostumbrados «problemas urgentes», ya de todos conocidos, y han hecho reducciones drásticas a sus presupuestos.

La coyuntura actual supone un mal augurio para las industrias culturales. El Consejo de Cultura Alemán, por ejemplo, advirtió hace pocos días que numerosos cines, teatros, clubes y galerías de arte podrán caer en bancarrota, a pesar de los paquetes de ayuda que recibirán del gobierno. Este panorama se repite prácticamente en todos los países, donde por el momento resulta impredecible saber cuándo se retornará a una forma de normalidad, que permita cobrar taquilla por sus eventos. Las afectaciones económicas generales afectarán también la capacidad de gasto del ciudadano común. Comprar un libro o pagar entradas para un concierto será un lujo inaccesible para quienes pierdan sus empleos, como resultado de una crisis que ya manifiesta síntomas preocupantes.

El coronavirus es la emergencia más grande que nos ha tocado vivir como humanidad desde la 2ª Guerra Mundial. Los contagios se aceleran y pese a las cuarentenas (que sólo sirven para evitar la enfermedad, pero no para adquirir inmunidad), no tenemos idea de cómo el virus vaya a comportarse a futuro. Algunos expertos indican que se verán rebrotes anuales y que tendremos que aprender a convivir con dicha realidad.

Estamos viviendo semanas de mucha tensión, donde las angustias son múltiples, ya que trascienden lo estrictamente sanitario. Sin duda alguna, los diferentes productos culturales a los que hemos tenido acceso han sido útiles y necesarios para distraernos y evadir un poco la incertidumbre que este escenario tan complejo nos plantea.

Quizás ahora comprendamos que sumergirse en un libro, en una película, en una sinfonía o en otras manifestaciones del arte nos ayuda a sobrellevar no sólo estos momentos de angustia colectiva, sino también las crisis y soledades personales. Quizás esta situación nos ayude a comprender que el arte, en todas sus manifestaciones, nos hace sentir acompañados y nos ayuda a mantener la fortaleza emocional que necesitamos para poder superar etapas como la actual.

Ojalá que esta experiencia nos permita valorar y comprender cuál es la función del arte y de la literatura en la sociedad y en nuestras vidas. Es una función que se suele subestimar y hasta despreciar en épocas normales, porque damos por hecho que siempre tendremos cultura disponible. Ojalá lo recordemos cuando los artistas comencemos a pasar el sombrero para seguir sobreviviendo. Ojalá lo recordemos cuando retomemos alguna forma de cotidianidad y cuando gobiernos y financistas redistribuyan los presupuestos de cultura, sean estatales o de instituciones privadas.

Ojalá que los presupuestos culturales (y también los de salud, educación y ciencias) dejen de ser los primeros sacrificados en tiempos de crisis y que, por el contrario, reciban incrementos sustanciales que reflejen el reconocimiento de nuestras sociedades a su ilimitada importancia y valor.

Diario de pandemia

Hoy se decretó alerta roja. El país está en emergencia. Es cuestión de tiempo que el virus nos alcance. Desde hace varios días sigo las noticias al respecto. Me preocupo. Trato de no leer mucho sobre el asunto para que no me de ansiedad, pero al mismo tiempo, quiero estar informada. Hay muchas historias, muchas contradicciones y pocas certezas.

Un par de días antes hice mi compra normal de la quincena. No estoy preparada económicamente para hacer compras imprevistas, para hacer una reserva de comida que dure, por lo menos, un mes. Deberé sobrevivir con lo que tengo. Debo confiar en que seguirá habiendo alimentos y que no me contagiaré cuando salga a comprarlos. Ando muy consciente de cómo evitar tocar los objetos que han pasado por varias manos.

Sensación de vulnerabilidad o desventaja ante los demás. Me preocupa enfermar y quedar a mi suerte. El sistema de salud que tenemos no da abasto en una situación normal; mucho menos si existiera una epidemia, con un virus para el cual no hay vacuna ni tratamiento específico. Por hoy no sabemos a dónde ir y sólo tenemos un número de teléfono al cual llamar.

Toda información viene en tono de forzado optimismo, de condescendencia, con frases de cajón o con juicios de valor negativos y agresivos. El miedo saca lo peor de algunos. Hay gente mezquina que aprovecha para hacer negocio con la necesidad ajena. Gente que sigue ventilando sus discordias y fanatismos políticos. Hay gente que no sabe guardar su veneno ni en las peores circunstancias. También hay gente que, con un pequeño gesto (una mirada, una sonrisa, una palabra), te devuelve algo de fe. La conciencia de la mortalidad propia nos hace humildes.

Ciudades de España e Italia cierran sus negocios, se minimiza la actividad. En El Salvador todo sigue bastante normal. La gente confunde cuarentena o encierro en casa con vacaciones improvisadas. La carretera al Puerto está rebalsando de vehículos. Trabajo en casa desde hace casi dos décadas, así es que estar encerrada no se me hace difícil. Para mí es como si fuera un día más.

Vivo en una sensación de irrealidad. Me siento caminando en los escenarios imaginarios que tenía en mi mente cuando leí ciertos libros. Ensayo sobre la ceguera. La peste. Guerra Mundial Z. Es como si nuestras ficciones nos hubieran alcanzado. 1984. Un mundo feliz. Vivo esta realidad con la sensación permanente de que esta historia ya la leí, ya la conozco. Acaso por eso mi desasosiego. En esas novelas futuristas, que casi siempre retratan de manera brutal nuestro presente, ni los héroes se salvan. Soy leyenda.

Espero el momento en que tengamos que estar encerrados todos. Imagino escenas de pleitos por comida, como ya se da en algunas ciudades, como si esto fuera el apocalipsis. No lo puedo evitar. Soy escritora. Imaginar es mi trabajo. Imagino escenarios trágicos y cómicos. Hasta en la tragedia hay que saber reír. Nos perderíamos a nosotros mismos, como humanos, si olvidamos que aún en la desgracia es necesario reír. Saber que los otros están sintiendo la misma angustia, aunque no lo digan en voz alta. Nos preocupamos. Nos preguntamos cosas. Nos hacemos los fuertes. Se confía en lo invisible, en lo mágico, en la suerte. El ego trata de convencernos de que a nosotros no nos pasará nada.

Leo la historia de una pareja, ambos mayores de 80 años, en el parqueo de un supermercado en los Estados Unidos. Desde su carro llaman a una mujer. Desde la ranura de la ventanilla bajada al 25 %, le dan a la mujer un billete de 100 dólares y una lista de cosas a comprar. La pareja tiene miedo de entrar y contagiarse, pero necesitan comida y no tienen a quien pedir ayuda.

Leo la historia de Luca Franzese, un actor italiano que subió a las redes un video. Estaba con el cadáver de su hermana muerta, posiblemente por el coronavirus, pero las autoridades no llegaban a recoger el cuerpo y el hombre, triste y desesperado, no sabía qué hacer ni a quién pedir ayuda.

Veo videos de gente cantando su himno nacional en los balcones de Italia y bailando La Macarena en los balcones de Madrid, para darse ánimo, para divertirse un momento. Veo a un pianista clásico tocando en vivo, en internet. Veo las páginas electrónicas de los museos abrir sus colecciones, gratis.

Me causa escalofrío releer algo que escribí, antes del año 2000, en uno de mis cuentos llamado «Días del fin»: «Hay ataques de histeria en masa y la gente se abalanza hacia los comercios para abastecerse de alimentos. Los mercados económicos se tambalean y la perspectiva de lo que pasará con la economía mundial ante la súbita desaparición del mercado europeo, uno de los más fuertes del mundo, es impredecible. Los fanáticos religiosos se paran en las esquinas de las calles a predicar el tan afamado fin del mundo y a llamar a los ateos y pecadores al arrepentimiento y la conversión».

Esta vida de pandemia cambia rápido. En cualquier momento, todo puede paralizarse. No sé si tendrá sentido escribir esto, describir este momento. Escribo a sabiendas de que el ahora puede quedar desfasado en cuestión de minutos. Esta crónica sólo puede tomarse como escritura en caliente, una pieza para reconstruir la memoria del presente. Es quizás lo único que puedo hacer, registrar testimonio.

Es el tiempo en que los gestos valen más que las palabras. El contacto humano normal está alterado. Nos miramos con angustia, con afecto, con comprensión, a un metro de distancia o por videochat. Las miradas durarán lo que duran en las peores escenas de las telenovelas mexicanas.

Pienso en quienes están solos. En momentos como estos, la soledad se siente más pesada. Más dura. Más estrepitosa. Es el tiempo en que los afectos nos dan fuerza. Privilegiados quienes tienen los suyos a su lado.

Maldito virus que me impide abrazarte con todas mis fuerzas cuando más lo necesito para sobrevivir, amor mío.

Bienvenidos a la posverdad

El pasado mes de febrero se estrenó en Netflix una película llamada The Last Thing He Wanted (2020), de la directora afroamericana Dee Rees. En español, el título ha sido traducido como Su último deseo.

Basada en una novela homónima de Joan Didion, la película narra la historia de la periodista Elene McMahon (interpretada por Anne Hathaway) quien, luego de estar presente en El Salvador cubriendo la masacre de El Mozote, es asignada por su periódico a cubrir la campaña presidencial de Ronald Reagan. El padre de Elene (interpretado por Willem Defoe) cae enfermo y necesita cerrar un buen negocio: deberá hacer una entrega de armas en Centroamérica. Elene decide realizar ella misma la transacción.

La película es bastante mala y aburrida, y no me tomaría la molestia de escribir sobre ella si no fuera por algunos elementos que me resultaron inquietantes y que me dejaron pensando en lo fácil y rápido que se puede falsear la historia, a un extremo tal que los personajes de George Orwell estarían orgullosos. Curiosamente, los eventos de la película ocurren en 1984.

No he leído la novela de Didion y no sé si los errores argumentales son un problema del libro o del guión, pero uno de los motivos por los cuales la película falla es porque tiene una cantidad exagerada de incongruencias históricas, referenciales y hasta geográficas. Como escritora, comprendo muy bien las libertades que se pueden tomar desde la ficción para contar una historia real. Los eventos, tiempos y hasta nombres pueden modificarse según la necesidad narrativa. Pero aún dentro del invento, debe haber coherencia para hacer creíble la trama dentro de un contexto histórico específico.

Al inicio de la película, Elene y la foto reportera Alma Guerrero (interpretada por Rosie Pérez) son llevadas a El Mozote, donde hacen registro de la recién ocurrida masacre. Cuando van saliendo del lugar, Guerrero se monta en la tina de un pick-up. Las dos mujeres, civiles y periodistas, van vestidas de verde olivo. Pasa un camión del ejército salvadoreño y no les dicen nada. Cualquier civil que anduviera vestido de verde olivo, en esa zona y en esa época, habría pasado por guerrillero de inmediato, con las consecuencias mortales que eso implicaba.

Así se pueden enumerar varios errores más, como la confusa entrega de armas que hace Elene a los Contras en Nicaragua. Si eso ocurrió en la frontera sur, era imposible que cruzara hacia Costa Rica en jeep, sin rodear todo el lago de Nicaragua y salir por Peñas Blancas, porque no había paso por tierra desde la zona ocupada por la Contra en la orilla nicaragüense del Río San Juan. Esa vuelta al lago y llegar a San José le tomaría más de las 6 horas que dice Elene le tomó llegar, cuando habla con Guerrero por teléfono. Tampoco creo que en 1984 solo hubiera dos hoteles en la capital de Costa Rica, como menciona el organizador de la entrega de armas en una llamada telefónica, luego de localizar a Elene desde los Estados Unidos.

A pesar de que la película es confusa, el planteamiento es tedioso y está llena de situaciones predecibles, terminé de verla por disciplina y por la curiosidad de ver qué otros asuntos históricos relacionados con Centroamérica estaban mal planteados en la trama. Sus fallas me hicieron preguntarme muchas cosas.

Me llamó la atención que no se le diera importancia a la verificación de datos históricos por parte de la producción, sobre todo porque Rees es una directora que goza de mucho respeto entre su gremio. Se omitió por completo el nombre y la figura del teniente coronel Oliver North, quien fuera juzgado en los años 80 en los Estados Unidos por el escándalo Irán-Contras. North se declaró parcialmente responsable de la venta de armas a Irán (contra quien había un embargo) y de enviar el dinero resultante de la venta a la Contra, para financiar la guerra contra el régimen Sandinista. Esta cadena de compra-venta de armas es parte de la trama de la película.

Me pregunté cuántas veces habremos visto películas históricas que se han tomado grandes libertades para narrar los hechos. Por supuesto, hay eventos demasiado complejos para ser abarcados o explicados a cabalidad en una historia de dos horas, pero la congruencia es necesaria para ser fieles a la realidad.

A los pocos días de ver la película, durante la misma semana que se aprobó en la Asamblea Legislativa la llamada Ley de Justicia Transicional, Reparación y Reconciliación Nacional, se reavivaron los comentarios de quienes niegan la masacre de El Mozote o de quienes retuercen los hechos, ya confirmados por equipos forenses, antropológicos y periodísticos, de que en aquella zona se dio una matanza por parte del ejército salvadoreño en los años 80. Al igual que los terraplanistas, los anti vacunas y los negadores del holocausto, los negacionistas de El Mozote enarbolan motivos que son más emocionales que científicos o documentales.

Es abrumador darse cuenta de la facilidad con que la realidad puede ser tergiversada y convertirse en todo lo opuesto de lo que conocimos y vivimos, aunque quizás lo más impactante es la ligereza con que la mayoría de la gente se lo traga. No cabe duda que la cultura del silencio en la que hemos vivido y seguimos viviendo, empieza a cobrar su factura social.

Haber minimizado las historias de la guerra, con la absurda pretensión del perdón y el olvido; la sentencia de «ver, oír y callar»; las diferentes formas de auto censura, y el troleo en redes (que nos es más que una salvaje forma de censurar), son métodos actuales para alimentar e imponer esa cultura del silencio que permite la expansión de la ignorancia y la manipulación de la realidad histórica salvadoreña.

Bienvenidos a la posverdad, donde lo que alguna vez fue considerado verdad ahora es pintado como mentira. La buena noticia es que, en un tiempo en que todo parece vanidad y humo, leer, dialogar e informarse continúa siendo el antídoto infalible para conocer la realidad.

Nuestra mejor opción

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. No valoramos lo que tenemos hasta que algo fuera de nuestro control o de nuestra imaginación, amenaza con esa pérdida.

Lo acontecido el pasado domingo 9 de febrero provocó en muchos de nosotros el escalofrío de los malos recuerdos, los de antes de la guerra. La imagen de los militares instalados en el Salón Azul de la Asamblea Legislativa, resucitó el temor de que volveríamos a los tiempos del militarismo y del autoritarismo, cuando los derechos humanos no existían y reclamar sobre ellos era una condena de muerte, literalmente. Fue el tiempo en que miles de compatriotas iniciaron la interminable diáspora que continúa hasta el día de hoy.

Sorprendió a muchos que el actual gobierno no hiciera ningún tipo de conmemoración oficial sobre los Acuerdos de Paz y el fin de la guerra el pasado 16 de enero. Desde hace años, varios sectores políticos se han empeñado en minimizar la historia y el profundo trauma que la guerra dejó en nuestra sociedad. Algunos insisten en que debe pasarse la página y olvidar los episodios más sangrientos y crueles de nuestro pasado. Pero olvidar la historia es conveniente únicamente para quienes buscan librarse de culpa o para quienes intentan restituir fórmulas ideológicas caducas. El desconocimiento de la historia y la idealización de algunos personajes o eventos, puede hacer creer a las nuevas generaciones que los antiguos métodos de gobierno siguen siendo los mejores para un país como el nuestro. Recordemos los desconcertantes resultados de una encuesta reciente en que la mayoría de los entrevistados opinaba que el país necesita de un régimen autoritario para solucionar nuestros problemas.

Los Acuerdos de Paz de El Salvador son mencionados con frecuencia, a nivel internacional, como un ejemplo de lo que se puede lograr cuando existe el diálogo. Y aunque muchos piensen que lo logrado fue muy poco, lo que se obtuvo fue la oportunidad de reconstruir un país a partir del establecimiento de una democracia legítima, una forma de gobierno que no habíamos conocido antes.

Uno de los más grandes errores de la política nacional es que se han partidarizado las ideologías. Pensar de una u otra manera se asocia a organizaciones y no a sistemas de pensamiento internacional.

Nuestros políticos están sordos y ciegos ante la verdadera raíz de nuestra problemática: la profunda desigualdad social. Ésta originó la guerra, no fue desmontada en los últimos 28 años y continúa presente en la base de nuestra violencia actual. Es comprensible que la población esté furiosa contra los políticos que sólo se preocupan por sus bolsillos y su propio bienestar, pero que cuando les resulta conveniente, saben hacer alianzas tácticas para alcanzar objetivos mezquinos, mientras el común de la gente sobrevive y muere en condiciones desesperadas.

Los eventos del 9 de febrero deben servir como una fuerte campanada de aviso para la sociedad en su conjunto. Nadie quiere ver fracasar al actual gobierno, porque desearlo es desear que todos fracasemos. Cuando un gobierno fracasa, todo el país sufre las consecuencias y las secuelas perduran durante años. Lo que estamos viviendo es el acumulado de varios gobiernos desastrosos.

No se puede gobernar pensando que «quien no está conmigo está contra mí». Es necesario comprender y aceptar que hay un amplio sector de nuestra sociedad que está profundamente defraudado del quehacer político y que no por eso es anti patriota o «enemigo». Es normal, necesario y saludable que exista una oposición. Hacer oposición es también una forma de construir y vigilar la salud de nuestra democracia, siempre y cuando esa oposición señale errores, sustentados en argumentos sólidos y no emocionales, y que sepa presentar alternativas que favorezcan a la mayoría de la población y no a un puñado de compinches partidarios, empresariales o familiares.

Amplios sectores sociales han acumulado durante años un profundo resentimiento y furia contra los políticos de todas las tendencias ideológicas, un resentimiento comprensible enraizado no sólo en el destape de todos los actos de corrupción sino también, y sobre todo, en el abandono en el que han dejado a los sectores más afectados por la violencia pandilleril, el desempleo, los pésimos salarios y el alto costo de la vida.

La tolerancia de las mayorías está llegando a límites peligrosos. Lo vivido aquel domingo demostró que nuestras instituciones todavía son enclenques. Pero no todo está perdido. Dichas instituciones pueden robustecerse, nutrirse y consolidar sus estructuras de manera que la separación de poderes garantice los contrapesos para impedir retrocesos en nuestra frágil democracia.

El temor de volver a un pasado atroz es razonable y comprensible. Este país ha sufrido y sufre demasiado todavía como consecuencia de ello. Mientras múltiples organismos y personalidades nacionales e internacionales han manifestado su preocupación por dichos sucesos, minimizar la gravedad de los acontecimientos del 9 de febrero demuestra insensibilidad y desconocimiento de la realidad. Si no le damos la importancia debida a lo ocurrido, nos podemos arrepentir de las consecuencias de nuestra indiferencia en un futuro cercano.

Nuestra democracia sigue en construcción. Nadie dijo que iba a ser fácil ni que iba a ser rápido alcanzarla. La impaciencia y la impulsividad son malos consejeros, tanto en la vida cotidiana como en el quehacer político. Sumadas al profundo resentimiento acumulado en la población, la impaciencia y la impulsividad pueden activar una bomba de tiempo con consecuencias desastrosas e incontrolables para todos.

Así como nuestros Acuerdos de Paz fueron ejemplares, así deberá y podrá ser la construcción y la consolidación de nuestra democracia. No sigamos siendo como Sísifo quien, a punto de llegar a la cima de una montaña empujando una piedra, se le cae y vuelve a rodar al fondo para comenzar otra vez con el mismo esfuerzo. Tenemos que continuar empujando la piedra de nuestra democracia y echar el hombro todos a través del diálogo, la tolerancia, la madurez política y el respeto.

Lo de Sísifo fue un castigo. Lo nuestro es una opción: la de no dejar caer nuestra democracia.

Réquiem por un cortés blanco

Andabas en el centro comercial, haciendo tus mandados, evadiendo a las personas de la mejor manera posible, circulando por pasillos que estuvieran menos transitados. Salís a un corredor que da a la calle y te vas caminando, rumiando esa tristeza pastosa que te asalta cuando llegás a un lugar con demasiada gente y pensando en eso andás cuando ves al otro lado de la calle. El volcán y los árboles.

Te quedás viendo un rato. Sacás el teléfono porque se te hace que puede salir una buena pic y te acomodás el par de bolsas en el brazo izquierdo y te agarrás bien la cartera porque en este país cualquiera pasa corriendo y te arranca hasta el alma, si cree que robársela sirve para algo. Enfocás el volcán y te arrepentís. «A quién le importa, no la voy a postear, es para mí, es la misma imagen que todo el país ya ha tomado en su celular». Ya no enfocás, pero seguís viendo el volcán y una mancha amarilla te llama la atención, entre los árboles que están justamente enfrente. Es un cortés blanco. En plena floración. Amarillo vibrante. Amarillo martillo. Amarillo grito. Como si el color amarillo fuera el color de la felicidad y de la grandeza. Exultante, provocativo, magno, digno. Así, con las ramas extendidas y frescas, como diciendo con orgullo: «¡Mírenme, aquí estoy, fuego amarillo en este bosquecillo!».

Estaba solo, por decirlo así, el único en flor en medio de varios árboles que, a pesar de su follaje, se miraban secos y sedientos por el polvo del verano. Ese verde tostado de la falta de lluvia y de la plenitud del sol. Son las estaciones, ya se recuperarán cuando llueva, pensás. Te das cuenta que la foto es en realidad ese árbol vestido de amarillo y que el volcán puede quedar como un detalle secundario, al fondo. Es a esa majestuosidad en amarillo a la que querés retratar.

Enfocás el árbol al centro, el volcán en la esquina derecha y apretás el botón. Mirás la imagen. Tomás otro par, variando el ángulo. Y ahí la tenés, la foto del elegante cortés blanco de flores amarillas y que emana una vibración de belleza y fuerza. Un recordatorio de que la vida es de ciclos y que después de la muerte quedan siempre la vida y el renacer.

Recordás las flores del árbol de marañón japonés tapizando el suelo de rosado maravilla en la casa de Los Planes, los madrecacaos a la entrada de la finquita de la familia, las magnolias en el jardín del colegio, las pequeñas flores del laurel que estaba en el frente de la casa de infancia y que se colaban por debajo de la puerta principal, desperdigándose en el suelo de la sala. Recordás las jacarandas en México, las magnolias en Bonn, los malinches y sacuanjoches en Nicaragua.

Un año después andás de nuevo en el centro comercial. Entonces recordás la foto del árbol. El cel te avisó en la mañana que un año atrás tomaste aquella foto. El celular te obliga a recordar cosas y como los algoritmos no tienen corazón, te lanza recuerdos indiscriminados. Siempre dudás de las buenas intenciones de los algoritmos.

Desde el recordatorio de la foto del cortés blanco, tomaste la decisión de volver a tomar otra, la de «un año después», en el mismo punto, el mismo lugar, el mismo ángulo. Alguna variante habrá. La luz, el nivel de floración, las nubes, el color del volcán.

Llegás al corredor, caminás y buscás al árbol. Pensás que quizás no ha florecido todavía. Pero te extraña. Ya los maquilishuats están floreando. Ya los árboles anuncian sus flores. Entonces te das cuenta de algo. Estás en el lugar correcto. Quienes no están son todos los árboles de la foto. Ninguno. Estaban donde ahora hay un pedazo de tierra aplanado. Donde hay tractores y camiones y materiales de construcción. Donde estuvo el cortés blanco habrá ahora un edificio de lujo.

Buscás bien. No creés. Comparás. Pero es cierto. El cortés blanco ya no está. Te quedás ahí, parada, viendo el movimiento de la construcción. Quienes vengan a comer acá no verán árboles: verán ese edificio. Quienes vivan en los edificios verán a esos comensales estupefactos, envidiando a los que viven al frente.

Nadie recordará que allí hubo árboles. Que en esos árboles vivían aves e insectos. Que todos fueron sacrificados, destruidos. Que nuestra felicidad consumista está fundada sobre la muerte de otras especies vivas. Y que nos importa un ápice. Lo seguiremos haciendo, destruiremos todo porque nuestra comodidad individual no puede ser sacrificada por un árbol o un animal. Nos iremos al carajo. Pobres hijos, pobres nietos, porque de ellos será el planeta del infierno climático.

Nada se puede hacer. Caminar. Salir de allí. Lamentar de antemano la segura muerte de los árboles que están junto a la construcción. Y los que están detrás. Y todos los demás. Todo será cemento. Todo será ciudad.

Ya puesta en casa no podés dejar de pensar en el asunto. Imaginás el primer golpe del hacha o del machete. Imaginás el estremecimiento de los árboles y de los animales. Algunos habrán logrado huir. Otros quizás no. Imaginás el caer de los árboles, el crujir del tronco, el golpe de la caída, el olor del serrín, el fluir de la savia, el olor de la muerte vegetal. Imaginás cómo hicieron pedazos los troncos y cómo se los llevaron y cómo fueron aplanando el terreno y como todo fue borrado.

Observás de nuevo la foto del cortés blanco. Querés creer que otras personas también lo conocían y respiraban su amarillo majestuoso. Querés creer que hay más fotos de aquellos árboles que ya no son más. Su recuerdo queda en fotos, como el grito mudo de una belleza destruida por el peor depredador de todos.

Un cortés blanco al que nunca más volveremos a ver florecer.

Espacio de memorias

El pasado 16 de enero se hizo el prelanzamiento del Espacio de Memorias y Derechos Humanos, una plataforma web destinada a ser un memorial virtual y un punto de encuentro para arrancar un diálogo sobre los eventos de la guerra de los años 80 en El Salvador.

Bajo la consigna de «Dialogar. Dignificar. Reparar», la plataforma ha sido el resultado de algunos años de consultas y reuniones entre organismos de la sociedad civil y gubernamental que, preocupados por el rescate de la memoria salvadoreña, impulsaron este proyecto. También se espera provocar reflexión en la ciudadanía sobre la cultura de paz que necesita el país y promocionar nuevos valores para reconstruir nuestro muy averiado tejido social.

Según la información que proporciona la plataforma, en la creación del proyecto participan diferentes defensores y activistas de derechos humanos, educadores, psicólogos, estudiantes, instituciones públicas, organismos internacionales y miembros de la sociedad civil en general.

Quien visite la plataforma, que está disponible en https://www.espaciodememorias.com/, podrá encontrar testimonios en video, foto reportajes, animaciones y otros formatos. Así mismo, la página tiene una casilla de contacto y alienta a quienes así lo deseen, a compartir sus propias historias. Se plantea la recopilación de memorias como un medio para «para mostrar una visión plural del pasado y del presente en relación con el período de guerra y con aquellas problemáticas que son una amenaza para los derechos humanos». Esto ayudará a preservar el pasado, pero además servirá para comprender mejor cuáles son los procesos necesarios para lograr resarcir a las víctimas que aún no reciben justicia sobre sus casos.

El proyecto cuenta con la asesoría técnica del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, y cuenta con financiamiento del Fondo Chile, instancia del gobierno de aquel país para brindar cooperación internacional. De parte del gobierno salvadoreño participan el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Innovación.

Se espera también que la plataforma promueva el diálogo intergeneracional, un ejercicio que hace mucha falta en nuestro país. Esto resulta evidente cada vez que los más jóvenes manifiestan su tedio e incomodidad ante el tema de la guerra. Es común escuchar entre los nacidos en los años noventa, que la guerra no sirvió para nada y que ya están hartos de escuchar sobre el tema, que lo mejor es mirar hacia adelante, hacia el futuro, y olvidarse de aquello.

De alguna manera puede comprenderse dicho cansancio. Vivimos complejas formas de violencia, cuya intensidad cotidiana nos puede hacer creer que el pasado no tiene nada que ver con todo lo que anda mal hoy en día. Pero ignorar la historia reciente puede pasar una factura onerosa a las futuras generaciones.

¿Cómo reconocer los síntomas de un sistema explotador que abusa de su poder si no se conocen los motivos y los actores que definieron el rumbo del país, para bien o para mal? ¿Cómo comprender la importancia cultural de algunos sitios emblemáticos del país y del valor afectivo que encierran para la población si no sabemos qué eventos ocurrieron allí? ¿Cómo trazar una ruta para comprender nuestra salvadoreñidad, si no nos reconocemos en la versión de la historia que nos es contada?

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, poco se habló de la recuperación de la salud mental de los desmovilizados y de la reconstrucción de la confianza entre la población. Poco se habló también de cuál o cómo sería la narrativa que se propondría en las escuelas para educar a las futuras generaciones sobre esa fractura en nuestra historia, sobre ese antes y después que fue la década de los 80 en El Salvador.

Decir que su familia no fue afectada de manera directa por la guerra y que por lo tanto, no le importa saber sobre el asunto, es una muestra de insensibilidad social preocupante. Que nuestra juventud no muestre interés en ello, también obliga a revisar la incapacidad de nuestra sociedad para educar a la población en torno al respeto por un evento traumático para todo el país y cuyas consecuencias seguimos sin terminar de digerir.

El prelanzamiento de este Espacio de Memorias y Derechos Humanos implica que un lanzamiento oficial está por venir, ojalá con más componentes y con mayor participación del público. Es una iniciativa que se celebra. Que ocurra 28 años después de la firma de los Acuerdos de Paz no es más que el reflejo de lo complicados y largos que son los procesos de sanación social. También nos recuerda que estamos poco preparados como país para comprender las complejidades de la reconciliación nacional y del trauma social que significa un proceso bélico.

Una plataforma de memoria, un espacio físico como un museo o monumentos, materiales audiovisuales y narrativos, todos son importantes ejercicios en la significación que como sociedad damos a los eventos importantes de nuestra historia y a la construcción de nuestro imaginario común. Pero esos elementos, por sí solos, no podrán sanar el tejido social salvadoreño que quedó dañado hasta su médula. Para ello es imprescindible el diálogo, tener la capacidad y el deseo de escuchar las historias de quienes participaron en el conflicto y hacerlo despojados de todos nuestros prejuicios políticos.

El rescate de la memoria de la guerra no es una tarea inútil, como piensan muchos. No se trata de oficializar un culto a la guerra, ni de exaltar héroes y maldecir villanos. No se trata de idealizar causas ni tomar venganza. La guerra no es un suceso bonito y sus consecuencias perviven durante generaciones. El dolor se hereda y si no se aprende a convivir con ello, puede terminar destruyéndonos.

La refundación de la nación costó sangre y muchas lágrimas. Al reconocer ese sacrificio, al dignificar a las víctimas de la guerra, al construir una dignidad común y nueva desde el entendimiento y la tolerancia, dignificaremos al país entero.

La memoria ciudadana puede servir como punto de partida para lograrlo.