Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

Adiós a la DPI

Nostalgias aparte, la DPI tuvo serios tropiezos de diferente índole en el último par de décadas. Jamás supo adaptarse a los cambios tecnológicos y modernizar sus publicaciones.

Hace un par de semanas, me enteré por casualidad de que la editorial del estado, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), ha sido reducida a una llamada «Unidad de publicaciones y fomento editorial». El Ministerio de Cultura, de quien dependía la DPI, no ha hecho ningún anuncio formal al respecto. Tampoco se nos ha avisado nada a quienes tenemos libros publicados en la mencionada editorial.

En el organigrama de la página del ministerio, este cambio aparenta estar definido desde enero de este año, según sello adjunto y la firma de la ministra Suecy Callejas. Bajo la Dirección Nacional de Bibliotecas y Archivo se encuentra una instancia escuetamente denominada «Publicaciones» que, supongo, corresponde a esta nueva unidad, de cuyo nombre tuve conocimiento en alguno de los tuits que reclamaban sobre este asunto.

A pesar de los numerosos cambios de gobierno vividos por la DPI desde su fundación en 1953, las diversas jefaturas a las que estuvo adscrita siempre le otorgaron la debida importancia. De último, había estado bajo el alero de la Dirección de Investigaciones, dirección que también ha desaparecido. Esta última estaba encargada de realizar trabajos ensayísticos sobre diversos temas históricos del país. Bajo su funcionamiento estaban además un par de revistas, entre ellas Ars, una publicación de larga data.

Si vamos a ser sinceros, el trabajo de la DPI había decaído mucho en años recientes. La editorial tuvo muchos altibajos, años de grandes aciertos, pero también años de poca actividad. De un tiempo para acá, pareció estancarse en un funcionamiento mínimo y poco atractivo. Sus publicaciones, a nivel de impresión y de materiales utilizados, dejaban mucho qué desear. Por motivos desconocidos, varias de las valiosas colecciones que logró impulsar en décadas pasadas, quedaron paralizadas, sin continuidad y nada más se reeditaban algunos de sus títulos. Su empeño reciente priorizó la edición de libros infantiles, aunque también se hacía con muchas limitaciones y deficiencias.

La Biblioteca Básica Salvadoreña (de 30 libros), así como las colecciones de Ficciones, Historia, Poesía y Orígenes (esta última, especializada en publicar obras completas de escritores considerados parte del canon literario nacional), fueron sin duda grandes aportes editoriales para la cultura del país. La DPI era, además, una de las instancias organizadoras y promotoras de los Juegos Florales que, aunque deficiente, es el único concurso literario nacional estable que tenemos. Los ganadores de los mismos eran publicados en dicha editorial, aunque también, esto ocurría de manera irregular.

Podría contar toda la historia de su funcionamiento y de los autores que publicaron en sus colecciones o en la revista Cultura. Pero nostalgias aparte, la DPI tuvo serios tropiezos de diferente índole en el último par de décadas. Jamás supo adaptarse a los cambios tecnológicos y modernizar sus publicaciones, en cuanto a diseño y línea gráfica, pero tampoco, en cuanto a constituirse en un espacio de publicación para las nuevas promesas de la literatura nacional (que las hay, y muchas). No contaba con un comité de lectura, situación con la cual justificaban la no admisión de manuscritos para ser considerados para publicación. Ni siquiera tenía una página web y la que tuvo por corto tiempo, fue desaparecida en alguno de los cambios administrativos de gobierno. La DPI tampoco se adaptó al comercio y a la difusión internacional, y nunca diseñó ni vendió versiones electrónicas de sus libros. Uno de los pocos aciertos que tuvo en años recientes fue el de abrir un local de ventas en el Museo Nacional de Antropología, un lugar de fácil acceso para nacionales y extranjeros, y que evitaba a los interesados ir hasta el centro de San Salvador a buscar sus títulos.

Con la inestable y corta vida que suelen tener las editoriales independientes nacionales, que ahora ven reducida o afectada su producción como consecuencia de la pandemia, las opciones de publicación en el país se reducen aún más con la desaparición de esta editorial.

Sería fácil señalar culpas, como suele hacerse cuando se cierra un proyecto. Pero culpar a sus directores sería injusto. A fin de cuentas, quien entraba a ocupar dicho cargo parecía hacerlo con las manos amarradas, sin las herramientas, personal o presupuesto adecuados, pero sobre todo, sin la voluntad política de las instancias superiores para permitir que la DPI se convirtiera en el núcleo de difusión literaria que el país necesita y merece. Durante años se trabajó con máquinas obsoletas y con una parte del personal más preocupado por realizar sus actividades sindicales que sus tareas laborales. Conocí a más de un director que comenzó en el cargo con gran entusiasmo y muchos planes, pero que poco a poco aterrizaba a una realidad que lo superaba, limitando el dinamismo y la capacidad de gestión independiente que requiere un puesto de dicha naturaleza.

La DPI presentaba un sinnúmero de problemas, es cierto, pero la solución a ellos no era eliminarla ni degradarla a una mínima expresión. ¿Cuáles son los nuevos planes de esta unidad de publicaciones? ¿Cuáles serán sus funciones y limitaciones? ¿Seguirá abierta la tienda del MUNA? ¿Qué ocurrirá con los libros ya publicados? ¿Se seguirán reimprimiendo las colecciones ya existentes? ¿Tendrá esta instancia capacidad organizativa dentro de los Juegos Florales? ¿Qué pasará con Cultura, Ars y las demás revistas que se publicaban? ¿Qué pasará con las instalaciones de la DPI, con la donación de maquinaria japonesa y con los libros embodegados? ¿Qué pasará con todo el personal de la DPI y con el presupuesto que tenía asignado? ¿Nos sorprenderá el ministerio con la formación de una nueva y eficiente editorial estatal, como estuvo planteado en el Plan Cuscatlán? Las preguntas son muchas, pero el hermetismo con que se ha tratado este asunto es desconcertante.

Como todas las instancias del gobierno, la DPI se mantenía con nuestros impuestos. Por lo tanto, la ciudadanía y los miembros del mundo literario salvadoreño, tenemos derecho a saber qué hay detrás de este cambio tan radical, porque tanto la acción como el silencio envían un mensaje negativo: que la literatura es un asunto sin importancia para este país.

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  • 6 septiembre, 2020 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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