Pequeños actos de resistencia

En agosto del año pasado decidí hacer un experimento: dejé de dar «me gusta» o «likes» en las pocas redes sociales que mantengo. Estaba fastidiada de ver los contenidos a los que la gente que sigo daba like y que aparecían en el TL de mi Twitter. Por lo general eran contenidos que me resultaban indiferentes o hasta desagradables. Lo peor era la sensación de ser una fisgona, una entrometida involuntaria en la privacidad ajena.

También hubo otros motivos para hacerlo. Nuestras interacciones en redes alimentan algoritmos que toman decisiones sobre lo que aparece o no en nuestros correspondientes muros o líneas de tiempo, a veces con resultados espeluznantes. No entraré en detalles, pero tuve una de esas experiencias. El algoritmo no comprende ni respeta sensibilidades ni corazones rotos y algunas veces te impone ver o enterarte de cosas que preferirías no saber.

El resultado de ello fue tan brutal que ese día cerré casi todas las redes que tenía, comenzando por Facebook y terminando por LinkedIn, una red para profesionales y que se supone puede servir para encontrar trabajo, pero que para lo único que me sirvió fue para que alguien intentara estafarme. A regañadientes mantengo Twitter, que he usado, sobre todo, como un lector de noticias y una forma de difundir esta columna, así como información cultural y las convocatorias de mis talleres literarios.

Mi experimento fue silencioso. Ni siquiera tenía claro cuánto tiempo lo haría. Simplemente dejé de ceder al impulso automático de gustar lo posteado en alguna red u otras publicaciones electrónicas. Fue algo difícil al comienzo. A fin de cuentas, un «me gusta», dentro de este contexto, puede tener varias lecturas y no siempre es literal. Muchas veces es un acuse de lectura, una muestra de apoyo, un dejar el texto marcado para leerlo más adelante, un signo de complicidad con alguien, un levantar la mano y decir «aquí estoy». Para solventar eso, sobre todo con los conocidos reales, contestaba con algún emoji o comentario.

Poco a poco comencé a ver una mejoría en el contenido del TL y los likes ajenos desaparecieron por completo. También dejé de seguir docenas de cuentas cuyo contenido en realidad nunca leía o que ya no me interesaba. Eso comenzó a darme la sensación de estar burlando un poco a los tan odiados algoritmos, de asumir un actuar más consciente en redes y no un dejarse llevar en automático por una conducta programada, que es lo que las redes quieren lograr. A cada estímulo se espera que haya una reacción determinada y mientras más reaccionemos, contarán con mejor información para engancharte y perpetuar el hábito.

Comprendo que mi experimento puede estarme dando la falsa sensación de tener algo de control sobre los contenidos de mis redes. Estoy clara de que no es así. Cada movimiento que hacemos en la web, sea desde nuestras computadoras o desde nuestros dispositivos portátiles, cada navegación, cada página visitada, guardada, comentada o eliminada, todo va siendo registrado en alguna parte. Compartimos información que pensamos no le interesa a nadie, pero resulta que, al hacerlo, regalamos a otros una materia prima con la que algunos se están haciendo millonarios y que otros están utilizando para manipular nuestras decisiones y nuestra percepción sobre temas varios, desde preferencias electorales hasta problemas globales o regionales.

Existen empresas de diferente índole que necesitan esa información, en apariencia banal e inútil, pero que, utilizada y explotada de manera adecuada, puede servir para muchos fines: desde vendernos un producto de una marca determinada hasta manipular emociones colectivas a favor o en contra de alguna causa.

En el documental de Netflix The Great Hack (2019), conocido en español como Nada es privado, los directores Karim Amer y Jehane Noujaim examinan el escándalo en torno a la empresa Cambridge Analytica, una consultora política que recopiló en secreto información de millones de usuarios de Facebook, que luego fue utilizada para influenciar los resultados de las campañas de Trump y el Brexit. De hecho, el documental comienza con la demanda del profesor universitario estadounidense David Carroll, quien exigió saber de Cambridge Analytica los datos que la empresa había recopilado sobre él, metiéndose a un larguísimo y complicado procedimiento legal para lograrlo.

Es recomendable ver dicho documental para darnos cuenta del alcance y el valor que tiene nuestra información y nuestros movimientos en la red y cómo nosotros, de manera ingenua y voluntaria, ponemos en bandeja de plata los datos que servirán para dejarnos manipular según antojos y conveniencias de terceros.

Lo que podemos hacer al respecto es poco, sobre todo en países como el nuestro donde no existen leyes que defiendan nuestros derechos digitales, entre ellos el derecho al olvido, es decir, de solicitar que información específica que circula en internet sobre nosotros sea borrada de los servidores de los grandes consorcios informáticos.

Por motivos laborales y sociales, las diferentes aplicaciones y dispositivos que utilizamos para informarnos y comunicarnos con los demás son de uso inevitable. El simple hecho de tener un teléfono, con sensores de geolocalización, cámaras y micrófonos que están emitiendo una constante serie de señales, nos hace fácilmente rastreables, ubicables y hasta predecibles. La vida actual está impregnada del quehacer por vía electrónica o digital y, aunque eliminemos todas nuestras redes sociales, la huella que dejamos por otras vías (como las tarjetas de crédito) queda registrada en varias partes.

Acaso pronto tendremos que luchar por el derecho de recuperar nuestra privacidad íntegra o recurrir a mecanismos extremos como «los desconectados», gente que ha optado por no conectarse a la red, no tener redes sociales o utilizar esos medios al mínimo.

Puede que mi pequeño experimento sea completamente inútil. Pero zafarme del movimiento automático del like es como un pequeño acto de resistencia personal, la negación a realizar la reacción esperada y, ojalá, una forma de desconcertar a los malditos algoritmos, que se supone nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

El subestimado oficio de la traducción literaria

Hace un par de meses, le pedí a alguien que viajaba a Brasil que me trajera una novela de Hilda Hilst. Había leído un artículo sobre el carácter experimental de su obra y quise leerla. Hilst es considerada una de las escritoras más importantes de aquel país. Escribió poesía, dramaturgia, ensayo y también narrativa.

Al buscar sus títulos en español no encontré ninguno. Solamente los había en inglés. Me pareció insólito que una escritora de la altura de Hilda Hilst no esté disponible en español. Aunque me causó rechazo la idea de leer a una escritora brasileña traducida al inglés, no tenía otra opción. Temí que algo de la cadencia y el ritmo del portugués se perderían en la traducción, como en efecto sentí cuanto terminé de leer With My Dog Eyes (Com meu olhos de cão en su título original). De ahí mi idea de conseguirlo en portugués, que medio leo. Aunque no lo comprendiera totalmente, podría tener una mejor percepción de su trabajo.

Esto me hizo pensar mucho en el asunto de las traducciones literarias. Si lo analizamos, buena parte de lo que leemos es traducción. Lo cual impone sobre el libro un doble trabajo: el del autor y el de quien traduce, aunque muchas veces, los traductores son casi invisibles y no reciben el crédito ni los honorarios debidos por su trabajo.

Una buena traducción termina siendo una versión del original en otro idioma. Para lograr eso, es imprescindible que el traductor comprenda no solo las palabras y significados del texto sino también las sutilezas implícitas en el tono, los juegos de palabras, las referencias culturales, el contexto de la historia y la intención del autor al usar un término específico y no alguno de sus sinónimos. A partir de ello, deberá encontrar la expresión adecuada en el idioma en el que se trabaja. Dicha búsqueda puede llegar a ser tan complicada como la escritura del libro original. Ambos, escritor y traductor, siempre buscan el término exacto que permanezca fiel al espíritu de lo que se quiere decir.

La traducción permite también presentar ante lectores de otros países libros y autores a los cuales no se podría tener acceso de otra manera. Sin embargo, las demandas del mercado editorial internacional obran como filtro para la publicación de traducciones. Es conocido que en la industria editorial estadounidense se publican poco. Lo mismo pasa con el mercado europeo. La única excepción son las editoriales con intereses y audiencias específicas que, con mucho esfuerzo, financian y encargan alguna eventual traducción para su publicación. Editoriales más grandes no arriesgan en ello a menos que el autor o su libro ya sea un éxito de ventas en su país o que la obra suscite interés por algún asunto coyuntural regional o global.

Pensando en El Salvador, la traducción literaria es un oficio poco ejercido, pese a que algunas universidades donde se estudia idiomas tienen como opción la especialidad de traducción, aunque no con énfasis en literatura. No tenemos en el país agencias de traductores literarios ni tampoco de agentes literarios, quienes serían las personas encargadas de colocar dichos trabajos en las editoriales internacionales. Los pocos autores salvadoreños que han sido traducidos lo han logrado, en su mayoría, como resultado de gestiones personales.

Cuando el amigo volvió de Brasil, no solo me trajo la novela solicitada, sino que me trajo la narrativa completa de Hilda Hilst, editada bellamente el año pasado por la editorial Companhia Das Letras de Sao Paulo, en una caja que trae dentro dos tomos con todas sus novelas y cuentos. Es la primera vez que se publica la prosa completa de Hilst y es la única manera de conseguir sus novelas, ya que no hay en existencia ediciones individuales. Las ediciones están además ilustradas con dibujos hechos por la autora. Es un auténtico tesoro.

Leerla será más bien ir estudiando el texto, pero no me desanima. Estoy consciente de que quizás no lo entenderé plenamente, por ser un idioma que no domino, pero habrá otras impresiones que me dejará su lectura y que también forma parte de una experiencia lectora válida. Hace años, por ejemplo, se me antojó comprar una edición de la poesía completa de Cesare Pavese en italiano. Algo que me sorprendió al leer sus poemas, pese a no entenderlo por completo, era el ritmo y la sonoridad que tenían gracias a la pronunciación del idioma original, un ritmo que siento no está bien logrado en algunas de sus traducciones.

Ese tipo de sutilezas solo es posible descubrirlas leyendo una obra en su idioma original. Comprender, capturar y transmitir esas percepciones en una traducción es parte del reto del oficio de la traducción literaria, para que los lectores se acerquen lo mejor posible a la concepción original de quien escribió el texto.

La traducción de obra literaria es una profesión valiosa pero muchas veces invisibilizada. No apreciamos su valor ni su importancia para el intercambio de ideas y pensamiento entre culturas, continentes y épocas diferentes. Nuestro bagaje cultural y nuestro conocimiento del mundo serían mucho más pobres sin la existencia de dicha profesión.

A finales de agosto pasado, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal de México, la traductora Edith Verónica Luna publicó un artículo titulado «Del traductor traidor al traductor autor» donde profundiza mucho sobre varias vicisitudes de este oficio, a las que ahora se suma la amenaza de que los traductores de carne y hueso sean sustituidos, en un futuro cercano, por inteligencia artificial.

Pensar que una máquina podrá ejercer un mejor trabajo haciendo una traducción literaria es algo que Luna no considera pueda ocurrir: «(…) alimentar la memoria de un traductor automático la enriquece y perfecciona, pero una máquina difícilmente será capaz de traducir una metáfora, identificar el sarcasmo, reconocer una cita o referencia de otro libro, o detectar un cambio de registro, entre otras cosas».

Esperemos que así sea, por el bien de los lectores del futuro.

Lluvia plástica

A mediados de agosto, la revista Science Advances publicó un estudio que demuestra que la contaminación por plástico está presente no solo en el fondo de los mares, sino también en los lugares más remotos e inhabitados del planeta.

Entre 2015 y 2017, un grupo de investigadores tomó muestras de nieve en tres lugares diferentes de Alemania, en los Alpes suizos y en el Ártico, que tras ser analizadas, mostraron presencia de microplásticos. Debido a su tamaño y ligereza dichas partículas pueden moverse con facilidad en la atmósfera e incluso viajar y llegar a lugares con escasa presencia humana, como el Ártico.

Los tipos de plástico encontrados en las muestras tenían diferentes orígenes y provienen de objetos como pintura, llantas, mangueras, empaques de hule y otros de uso industrial.

Por su parte, el Servicio Geológico de Estados Unidos analizó también de forma reciente muestras de agua de lluvia recolectadas en las Montañas Rocosas del estado de Colorado. Detectaron que el 90 % de las muestras tomadas tenía presencia de microplásticos. El hallazgo fue accidental, ya que lo que se buscaba era estudiar la contaminación por nitrógeno, pero al analizar las muestras, la presencia de fibras y fragmentos multicolores inusuales obligaron a investigar su origen. De la misma manera que con las muestras de nieve, se concluyó que los materiales llegaron a la lluvia porque su tamaño les permitió moverse libremente en la atmósfera.

Este tipo de contaminación, no tan evidente por su tamaño, ha puesto en alerta a la comunidad científica que desconoce los efectos que los microplásticos tendrán en la salud humana, ha medida que dicha contaminación aumente. Debido a que el plástico ya se encuentra como elemento contaminante en los océanos, una persona promedio ingiere ya alrededor de 100 partículas de plástico anuales tan solo por consumir crustáceos. Pero las investigaciones demuestran que no solo estamos comiendo plástico y absorbiéndolo a través de la piel debido al uso de numerosos productos, sino que ahora también lo estamos respirando.

Una señal de que estamos siendo abrumados por la presencia del plástico es que las empresas globales que lo producen no han reducido sus porcentajes de producción, sino más bien todo lo contrario. Diversas organizaciones estiman que en 2016 se produjeron 335 millones de toneladas de plástico. Se calcula que para el próximo 2020, la producción superará los 500 millones de toneladas anuales.

Es necesario mencionar que el plástico es prácticamente eterno y puede tardar cientos y hasta mil años en degradarse total y efectivamente. Como demuestran también los estudios citados al inicio, el plástico se termina fragmentando en partículas micro y nanoscópicas que siguen presentes y propagándose, ahora hasta en la lluvia, la nieve y el aire. También hay que mencionar que el plástico, al ser expuesto a la radiación solar emite metano y etileno, dos potentes gases que crean el efecto invernadero y que son buena parte de los culpables del actual cambio climático.

Tampoco podemos limitarnos a creer que la solución del problema es el reciclaje. Una investigación realizada por la National Geographic indicó que en los últimos 70 años se han producido 8,300 millones de toneladas métricas de plástico, la mayoría de ellas de objetos desechables. De esa cifra apenas se ha reciclado el 9 %. El resto va a parar a los rellenos sanitarios o a los océanos, donde la basura acumulada se convierte en islas flotantes o es consumida por los organismos vivos. Recordemos los numerosos casos de ballenas y otros animales muertos que aparecen en las playas con sus estómagos llenos de bolsas y otros objetos.

Por lo general, cuando se difunde este tipo de estudios, las recomendaciones finales insisten en orientarse hacia los consumidores y sugerir cambio en los hábitos de compra y consumo. Pero la verdad es que el entorno no ayuda a efectuar esos cambios de manera que tengan un impacto significativo. Si pensamos que la mayoría de productos vienen empacados, tienen componentes o están hechos totalmente de plástico, los esfuerzos individuales por minimizar su uso son bastante inocuos, sobre todo en países como el nuestro donde no existen normativas ni leyes para regular la producción, disposición y mucho menos el reciclaje de este tipo de material.

Aunque el cambio de hábitos de consumo de las personas es imprescindible para poder reducir de manera significativa este tipo de contaminación, los esfuerzos deben enfocarse también y sobre todo en negocios, empresas y grandes corporaciones que fabrican y ofrecen sus productos finales empaquetados o producidos con plásticos de diverso tipo. Los gobiernos y políticos también deben ser presionados para implementar medidas, leyes y sobre todo sanciones ejemplarizantes que impidan la creciente contaminación.

Pero dichos cambios tienen que ser, sobre todo, culturales. Es imprescindible cambiar la costumbre de lo desechable, del comprar y botar, del uso único. Se debe pensar en un regreso a otro tipo de materiales ciento por ciento biodegradables (como el papel) o reutilizables (como el vidrio y los envases metálicos). La fabricación de plástico, lejos de aumentar cada año, debe disminuir.

Para lograr estos cambios, todos deberemos hacer sacrificios, grandes y pequeños, pero ahí reside buena parte del problema. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sacrificar un poco de nuestra pequeña comodidad personal y andar cargando con pajillas de metal, bolsas de tela y otros recipientes cada vez que vayamos a comprar comida? ¿Cuándo se inaugurarán en el país supermercados y almacenes que vendan productos a granel y con cero uso de plástico? ¿Cuántos de esos grandes consorcios y corporaciones están dispuestos a modificar sus ingresos económicos y cesar o reducir al mínimo imprescindible la fabricación de plástico y su utilización como empaque para miles de productos de la vida cotidiana?

No solo los consumidores debemos cambiar nuestros hábitos. También debe cambiar el diseño de una economía que no es amigable más que para el bolsillo de unos pocos, pero que nos está matando lenta y silenciosamente a todos, personas, animales, plantas y hasta al planeta mismo

Los hermanos Romero

Una noche de enero se escucharon en la colonia maullidos de gato chiquito. Eran tan fuertes y afligidos que varios vecinos salimos a ver qué pasaba. Una gata callejera, que vive en el techo de unas casitas que están a la entrada de la colonia, había vuelto a parir. De alguna manera, uno de sus críos había llegado al pasaje. Estaba escondido entre unas macetas, en la acera de mi casa, maullando a todo pulmón. Su piel era atigrada en gris, con el pecho blanco. Tendría un par de meses de nacido.

Tres o cuatro vecinos nos apiadamos. Alguien asumió que era hembra. «Pobrecita la gatita», dijimos todos. Un par de personas le pusieron comida. Intentamos agarrarla, pero huía muerta de miedo. En los días siguientes, la gatita siguió maullando. De pronto aparecía la madre a darle teta. También aparecía el padre, un gato grande, blanco y con parches grises. Los tres se juntaban en las noches a jugar en mi parqueo. Poco a poco, la gente dejó de poner comida. Poco a poco, sus padres dejaron de llegar.

Agarré por costumbre dejarle en el jardincito de enfrente un cumbito con agua limpia. Cuando iba a cambiar el agua en las mañanas, la descubría dormida encima de un tronco redondo, despojo de una mata de huerta cortada. También se echaba en una maceta muy grande de la casa de enfrente, sobre el techo del carro de un vecino al que le presto mi cochera o en el filo de la ventana de la sala.

No he querido volver a tener animales desde 2011 cuando murió Loli, mi gata de 17 años. No quería volver a pasar por la tristeza y el vacío en la que nos deja la muerte de un animal querido. Pero ver a aquella gatita solitaria, enfrentada a los peligros del tráfico de la Panamericana (que tenemos a la orilla), los perros de la colonia y algún humano mata gatos, me hizo decidir agarrarla, mientras encontraba a quien regalarla. En mi casa correría menos riesgos. El asunto era capturarla.

Era huraña, salvaje y veloz. De solo ver a cualquiera, se escondía en un tubo de aguas lluvia que conecta con mi patio interno. No se dejaba tocar y si la mirabas demasiado, corría a esconderse. Empecé una tarea que no sé si definir como un acto de paciencia, perseverancia, disciplina u obstinación, pero me hice el propósito de ganarme su confianza.

Todos los días le daba comida. Todos los días me sentaba con ella un rato, sin hacer ni intento de agarrarla, para no asustarla más. Cada día iba acercando un poquito más el platito de comida a la puerta de mi casa, hasta que por fin lo puse adentro. La gatita se animaba a entrar, aunque huía a la calle a mi menor movimiento. Así es que ella comía y yo me sentaba a observarla, a distancia, sin moverme.

La animalita comenzó a quedarse adentro, primero dos horas, después cuatro, hasta que, al fin, se quedó del todo. La primera vez que pude acariciar su lomo, tres meses después, fue un triunfo. La acariciaba un par de veces y me mordía, suavecito, como para recordarme su rudeza, que era un animal de la calle. Pero le terminó gustando eso de los cariñitos. Ronroneaba.

La convivencia me permitió descubrir que en realidad no era hembra sino macho. No tuve duda que debía llamarse Orlando, como el personaje de la novela homónima de Virginia Woolf. Quien lea el libro, comprenderá el motivo.

Su madre era testigo de lo bien que se había puesto su crío. A veces me pedía comida y yo se la daba. Quería ganármela para ver si era posible esterilizarla y que deje de parir tanto. Ya tenía otra camada, en el techo de las casitas de enfrente. Eran dos. Podía verlos desde la ventana de mi baño. Uno de ellos me pareció gracioso porque tenía la nariz negra, en la parte blanco y gris de su carita.

Un domingo, los dos nuevos críos aparecieron en mi jardincito de enfrente. La madre gata, nada tonta, me los fue a dejar. Sabía que quedaban en buenas manos. Para Orlando, tener la compañía de sus hermanitos fue un evento jubiloso. Jugaban como desquiciados. Orlando se tiró a la calle de nuevo, con los chiquitos. Un día, uno de los nuevos desapareció. Quedó el de la nariz negra. Lo llamé Carboncito, porque tiene cara y cuerpo de que entró en un saco de carbón y salió entilado.

Orlando jaló a Carboncito dentro de la casa, lo que me pareció bien para que no corrieran peligro afuera. Estaba ya hablando con un par de gentes, a ver si los regalaba, pero al verlos jugar y lo inseparables que se habían tornado, decidí quedarme con los dos.

Carboncito vivía en casa, pero no se dejaba agarrar. Con los días, al verme acariciar a Orlando, fue tomando confianza también. Por fin, un par de meses después, se ha hecho más querendón que su hermano.

Parte de su salvaje rutina de juegos ocurre en el jardincito interior. Destruyeron la sábila, los helechos, el papiro y una maceta de begonias. Corren por el jardín y los cuartos, suben y bajan las gradas a la velocidad de un par de caballos disputándose un derbi.

Una tarde, después de sus juegos, abracé a Carboncito. Olía maravilloso, pero no distinguía el olor. Hundí mi nariz en su pelo y me di cuenta que se había frotado contra mi plantita de romero. Ahí se ganó el apellido, Carboncito Romero. Y así fue como surgieron los hermanos Romero.

Mientras los veo dormir, agotados, después de jugar, pienso en tantos animales que viven en la calle, salvajes, sin garantía de sobrevivir el día, enfermos, con hambre, donde los riesgos son permanentes y donde los humanos somos un peligro mortal. Aunque de pronto también hay gente corazón de pollo que, para un par de animalitos, podemos llegar a representar la diferencia entre la vida y la muerte.

La esquiva responsabilidad moral

Oskar Gröning era un devoto coleccionista de estampillas. En una de las reuniones anuales del club de filatelia al que pertenecía, Gröning comenzó una conversación casual con alguien que resultó ser negacionista del holocausto. Este argumentaba que era imposible que la matanza y los campos de concentración hubiesen sido reales. Al despedirse, el negacionista le prestó un libro sobre el tema. Gröning se lo devolvió, dejando un mensaje de su puño y letra en una de sus páginas: «Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí».

A partir de entonces, Gröning consideró necesario hablar de su experiencia como miembro de la SS, en particular, de los dos años que estuvo asignado como contador del campo de concentración de Auschwitz. Su función consistía en hacer inventario de todos los bienes y el dinero que portaban los judíos al arribar al Lager, y enviarlo todo a Berlín.

Pasó tres semanas escribiendo su historia en 87 páginas, que luego dio a sus hijos. Concedió una extensa entrevista a la BBC. La revista alemana Der Spiegel también habló con él. Las autoridades y los sobrevivientes del campo comenzaron a seguir su pista. En septiembre de 2014 por fin fue llevado a juicio, luego de que en Alemania se admitió como recurso legal que todo empleado en un campo de concentración podría ser juzgado como cómplice de asesinato por crímenes de lesa humanidad, aunque sus cargos fuesen burocráticos o de mantenimiento. Al momento del juicio, Gröning tenía 92 años.

El documental «El contador de Auschwitz» (2018), de Matthew Shoychet, habla sobre el juicio contra Oskar Gröning, pero también plantea puntos de reflexión importantes: ¿cuándo termina la culpa de alguien? ¿Es válido juzgar a alguien a los 90 y tantos años por crímenes cometidos cuando tenía 23? Si él obedecía a una cadena de mando, ¿estaba eximido de la responsabilidad moral que implicaba aceptar ciertas órdenes?

Juristas entrevistados para el documental coincidieron en que la edad de los acusados no debería ser obstáculo para enfrentar la justicia. Alguno también comentó que para matar a las víctimas de Auschwitz no fue tomada en consideración su edad. De hecho, los ancianos, junto con bebés de meses y niños de corta edad que llegaban al campo, eran aniquilados de inmediato por considerárseles no aptos para trabajar.

Gröning no mató a nadie directamente, pero era parte del engranaje de exterminio. Aunque solicitó su transferencia en un par de ocasiones, el cambio le fue denegado, recordándosele el juramento de lealtad y secretismo que había asumido y firmado en papel antes de ser asignado al campo. Su testimonio en el juicio y sus entrevistas para los medios de comunicación narran cosas que confirman no solo que sabía lo que ocurría, sino que lo aprobaba y asumía como algo normal. Verlo, saberlo y tratar de asumirlo con indiferencia, como una parte más de su trabajo, era acaso su mecanismo de sobrevivencia interior.

Después de escuchar a 60 testigos en el juicio, Gröning se admitió moralmente culpable de los muertos de Auschwitz. La corte debería decidir si también lo era a nivel criminal. Cosa que en efecto ocurrió. El 15 de julio de 2015, Oskar Gröning fue condenado a cuatro años de cárcel, acusado de cómplice del asesinato de por lo menos 300,000 judíos. Se hicieron un par de apelaciones, pero ambas fueron rechazadas y la sentencia ratificada. Gröning murió a los 96 años en marzo de 2018, sin haber entrado nunca a prisión.

Que Gröning hablara abiertamente de su experiencia en Auschwitz terminó siendo algo positivo y necesario. Víctimas y victimarios del holocausto tienen ya una avanzada edad y están falleciendo. Quienes menos han hablado son los responsables directos de la matanza y su testimonio resulta importante para completar la narración de los hechos.

Uno de los sobrevivientes judíos entrevistados, Bill Glied, quien falleció antes de que el documental pudiera completarse, estaba convencido de que a pesar del tiempo transcurrido y de la edad de Gröning, este debía ser juzgado. Consideraba que el juicio era importante para establecer un precedente y construir el marco legal para proteger a futuras víctimas, aunque el acusado no llegara a cumplir su sentencia.

El documental presenta varios planteamientos que sirven como detonantes de reflexión y que aplican perfectamente a nuestra realidad actual, por la discusión en la Asamblea Legislativa de la llamada ley de reconciliación nacional, pero también por la reanudación del juicio contra los militares acusados por la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Recordemos que también hay negacionistas sobre esa y otras masacres de nuestra guerra civil.

En El Salvador, la masacre de 1932 sigue siendo un evento del cual se habla con incomodidad, a pesar de lo mucho que marcó nuestro presente. Nadie fue juzgado ni acusado por aquella matanza. Todo lo contrario, se emitió «amplia e incondicional amnistía a favor de los funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar, que de alguna manera aparezcan ser responsables de infracciones a las leyes, que puedan conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión del presente año», según el Decreto Legislativo N.º 121, artículo 2, del 11 de julio de 1932. No dudemos que dicho decreto dejó establecida la impunidad que favoreció las matanzas acontecidas años después.

En nuestro país, los involucrados en diferentes eventos históricos que han marcado nuestro presente de violencia ni siquiera han tenido el gesto de reflexionar y admitir su responsabilidad moral en los hechos. Un gesto que, si demostrara ser sincero, contribuiría mucho más a una reconciliación efectiva que una ley cuya redacción podría dejar abierta la puerta para continuar la impunidad y permitir la repetición de hechos similares a futuro.

Como ciudadanía deberíamos estar más atentos a esto porque, a fin de cuentas, los más vulnerados seríamos, como siempre, nosotros.

La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.

La batalla del perdón

El documental «La batalla del volcán», del director mexicano-salvadoreño Julio López Fernández, reúne a excombatientes y exsoldados que tomaron parte en la ofensiva guerrillera Hasta el Tope, en noviembre de 1989. Casi 30 años después, revisitan los lugares de los combates en los que participaron y comparten su testimonio sobre aquellos días.

López, nacido en México en 1981, de padre guatemalteco y madre salvadoreña, sintió la fuerte necesidad de comprender qué fue lo que pasó durante la guerra civil de los años ochenta y cuya onda expansiva nos sigue afectando de múltiples maneras. El resultado ha sido este documental de 93 minutos que combina testimonios y material fílmico inédito, facilitado por el periodista mexicano Epigmenio Ibarra, quien cubrió los eventos salvadoreños de aquella década.

«La batalla del volcán» ha sido exhibida durante seis semanas en una de las cadenas de cine del país, a sala llena. Que una producción de este tipo se mantenga tanto tiempo en cartelera es de por sí un suceso. El boca a boca ha sido, sin duda, la mejor forma de propaganda para este documental de mucha calidad, que logra comprimir en poco tiempo una operación militar compleja y explicar el contexto del momento, de una manera sucinta pero comprensible.

La necesidad que tenemos los salvadoreños de hablar, no solo sobre la ofensiva, sino sobre todo el tiempo de la guerra, quedó evidenciada a raíz de las entrevistas concedidas por López como parte de la campaña de promoción del documental. Cuando Julio se presentó en un popular programa matutino de radio, los presentadores no tuvieron el suficiente tiempo para compartir la avalancha de mensajes enviados por los escuchas. Es lo mismo que vemos ocurrir cada año, cuando se produce el correspondiente aniversario. La gente que lo vivió está ávida de hablar.

Hay muchos aciertos en el documental que permiten que ese diálogo aflore. Quienes participan y dan testimonio no pertenecen a las altas jerarquías ni de la guerrilla ni del ejército. No aparece nadie cuyo rostro haya sido quemado en el ejercicio político de los últimos años. Se trata de combatientes comunes, que sin recurrir al lenguaje panfletario o a la retórica partidista, comparten sus recuerdos e impresiones. No son escenificaciones coreografiadas, sino explicaciones y anécdotas que van surgiendo a medida que el cineasta pregunta detalles a los sujetos en cuestión.

Hay silencios que todavía carga nuestra sociedad, que todavía nos agobian. Hay palabras, recuerdos y sentimientos que todavía andamos atorados entre el pecho y la garganta. Que mucho de lo vivido durante la ofensiva nunca fue hablado, queda de manifiesto cuando un hombre cuenta cómo se refugiaron en uno de los cuartos de su casa, tapando las ventanas con colchones, para poder proteger a su familia de los tiros que volaban a diestra y siniestra. «Nunca he hablado de estas cosas», dice en algún momento, acompañado de su joven hija, quien todavía se conmociona al compartir sus propias impresiones.

La guerra, como he dicho en columnas anteriores, es un trauma social de dimensiones profundas, un tipo de evento que cala hasta la raíz, no solo de la sociedad misma, sino de cada uno de sus individuos. Las afectaciones son comunes, incluso para quienes dicen no haber participado en nada. El simple hecho de haber vivido ese tiempo, de sufrir los apagones, de leer una prensa censurada, de escuchar a escondidas las radios clandestinas de la guerrilla (porque era la única manera de saber lo que estaba pasando), de salir del país por amenazas, de transitar por carreteras reventadas y no saber si se volvía con vida a casa, todos esos y muchos más eventos, grandes o pequeños, son las formas en que la guerra se convirtió en nuestra normalidad durante una docena de años.

Uno de los militares entrevistados señalaba la falta absoluta de programas de salud mental para los desmovilizados de la guerra. El tiempo ha demostrado que fue una omisión imperdonable. Todo el trauma y el dolor que viene acumulando la sociedad salvadoreña, como una bola de nieve que no para de crecer, viene también de aquellos eventos no resueltos y no atendidos, e ignorados por el común de la gente.

Hubo quienes, cuando la guerra, escogieron su camino (asumiendo con anticipación su posible desenlace) y hubo quienes nada más vieron las cosas ocurrir, tratando de continuar sus vidas de la mejor manera posible, con la guerra como telón de fondo, con el ruido de los helicópteros y las balas como parte de su «soundtrack» oficial. Pero es irreal esperar perdón y olvido en la sociedad si no hay antes reconocimiento y aceptación de la verdad. Si el ofensor no escucha al ofendido, si la ofensa no es reconocida y la responsabilidad no es aceptada. Sin ello será difícil reconciliar el país. En ese sentido, este documental provoca reacciones valiosas en la memoria individual y en la conversación colectiva.

Hay cientos, miles de historias sobre nuestro pasado que todavía no se han contado y que merecen nuestra atención. «La batalla del volcán» es por ello un detonante valioso para comenzar un diálogo que se ha relegado durante demasiado tiempo para romper silencios y para aliviar heridas de la guerra, pendientes todavía de atención.

Hay una batalla que todavía nos falta dar: la batalla del perdón. Quizás si nos tomáramos el tiempo, si realizáramos esa tarea de hablar, de contarnos la guerra, podríamos comprendernos mejor y encontrar soluciones para ese permanente estado de agresividad en el que vivimos y que manifestamos, en el día a día.

La buena noticia es que se puede iniciar en el entorno inmediato. Comencemos a dialogar entre nosotros, entre familia, amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Comencemos un diálogo intergeneracional. Compartamos historias, hagamos preguntas, escuchemos. Hagamos un intento franco por comprender, sin juzgar. Saquemos nuestras propias conclusiones. Pero no dejemos que el silencio y el miedo borren o distorsionen un evento trascendental de la historia salvadoreña, que a futuro será clave para comprender muchos asuntos de nuestra modernidad.

La literatura a futuro

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba el futuro de la literatura. Debía reflexionar sobre el tipo de prácticas o de escrituras que se generarán y cuáles son los valores actuales literarios que deberían reivindicarse. La pregunta me fue hecha para una publicación internacional, pero tenía un límite de pocas palabras que no me dejó satisfecha a la hora de plantear mi respuesta. Me quedé rumiando ideas alrededor del tema.

Aunque pensar en el futuro de la literatura me parece un ejercicio vano, estas preguntas tienen un significado particular por el momento que estamos viviendo a escala mundial. El torbellino de cambios provocados en nuestro quehacer a partir de internet, las redes sociales y las herramientas tecnológicas ocurre a una velocidad tal que no hemos terminado de digerir la aparición de algo nuevo, cuando tenemos encima lo siguiente. Hacer previsiones de cómo serán las cosas a futuro es arriesgado, aunque interesante.

Los cambios también se están dando a escala social e ideológica y sin duda están calando en nuestra forma de pensar. Las luchas feministas, el ambientalismo y el cambio climático, pero también el resurgimiento del neoliberalismo y el conservadurismo (en sus múltiples formas), están propiciando algunas variables sociales que todavía no terminan de cuajar.

En el mundo editorial, esas tendencias comienzan a notarse en cosas como el reciente surgimiento del sensitivity reader (o lectores de sensibilidad), un cargo creado en algunas editoriales de Estados Unidos y cuya función es detectar que la obra a publicarse no repita estereotipos de género, no insulte a ninguna minoría, no utilice lenguaje ofensivo ni realice lo que se conoce como «apropiación cultural». La publicación de más de algún libro ha sido detenida por las opiniones de alguno de estos lectores. En dichos casos, la editorial pide al escritor considerar una reescritura total o parcial de la obra, rectificando las partes que el sensitivity reader hace notar como no convenientes.

Otra tendencia que ya parece instalada para quedarse es privilegiar el espectáculo del escritor por sobre su propia obra o por sobre categorías literarias que parecen relegadas a un segundo plano de importancia. El lenguaje, las estructuras narrativas, la novedad de un planteamiento o historia ya no parecen ser importantes en la valoración literaria y mucho menos parecen tener resonancia o prioridad entre los lectores contemporáneos. Se privilegia el tema tratado y su potencial de ventas.

Al escritor se le obliga a ser un performer, un personaje de sí mismo. Sus redes sociales se convierten en una tribuna pública desde la cual funciona como vendedor y autopropagandista de sus propios libros, muchas veces así exigido como cláusula de contrato editorial. Hay escritores que se desenvuelven muy bien y hasta disfrutan de ese mundo de reflectores y sobreexposición pública, pero no todos tenemos talento ni interés para ello.

Por otro lado, sabemos que la atención lectora está dispersa en diversos tipos de entretenimiento, que involucran mucha lectura y escritura, pero que no necesariamente persiguen lo literario. Ya hay editoriales que se niegan a publicar obras que pasen de las 250 páginas. Algo similar ocurre con varios concursos literarios internacionales, donde se limita el número de páginas para novelas o colecciones de cuentos, de manera que no sean demasiado voluminosos. Por ello, quizás y ojalá, el cuento y la novela corta puedan ver pronto un resurgimiento, pese a que las editoriales siguen privilegiando la publicación de la novela por considerarse «un género serio».

Así mismo, la dinámica establecida por las redes sociales, donde los «me gusta» avalan propuestas como las de los llamados «instapoetas», crean la ilusión de que la aprobación general es suficiente para confirmar el talento. Muchas editoriales cuentan con personal dedicado a monitorear algunas redes y encontrar posibles propuestas editoriales. Piensan que un millón de seguidores en Facebook o Instagram no pueden estar equivocados, pese a que la calidad estrictamente literaria de sus textos sea dudosa o común.

Tomando en cuenta estas premisas, es posible que a futuro se escriba, publique y lea libros que no causarán mayor impresión en la memoria del lector. ¿Alguna de esas obras populares pasará a ser considerada Literatura, así, con L mayúscula? ¿Qué contribuciones o rescate del lenguaje harán esas obras? ¿Pervivirá el retrato de sus personajes como un diagnóstico más de la compleja naturaleza del ser humano y de los conflictos de nuestro siglo? ¿Retratarán esos personajes, en forma fidedigna y palpable, el angst de su tiempo, de manera que cien años después, la humanidad del futuro los leerá y dirá «seguimos siendo los mismos», como hacemos cuando leemos a Shakespeare?

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente. El lector continuará con su «scrolling» infinito en sus dispositivos, buscando saciar la sed de algo que no sabe nombrar ni definir. El lector del futuro será quizás un buscador solitario tratando de reencontrar su humanidad perdida en los libros.

El escritor del futuro deberá adiestrarse para asumir tareas extraliterarias como ser orador, hacer marketing efectivo, ser «community manager» y modelo fotográfico. Además de escribir libros, claro está. Su mayor reto estará en definir qué es lo que considera más importante: si complacer al público para ser popular o ser fiel a su visión de la escritura, aunque solo lo lean un puñado de gentes.

Pero también estarán los rebeldes. Porque siempre los habrá. Esos que, en vez de quemar libros, los aprenderán de memoria para preservarlos (como ocurre en la novela «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury). Confío en esos que abrirán pequeñas editoriales y que al vender un libro estarán compartiendo una dosis de su fe en la buena literatura. Las propuestas periféricas y underground que, ajenas a los focos y el ruido del espectáculo, continuarán palpando el hueso de la humanidad a través de sus historias, y viviendo el oficio de la única manera en que es posible: como un espacio de libertad plena del ser humano.

Esperando justicia

Escribo esta columna el domingo 26 de mayo. Es mediodía. Acabo de regresar de una concentración realizada en el Monumento de la Constitución. Organizaciones sociales y de derechos humanos convocaron a la población a compartir sus testimonios en la búsqueda de la justicia para desaparecidos y muertos durante la guerra civil salvadoreña. Esto en vista de las discusiones en la Asamblea Legislativa sobre una nueva ley, que eufemísticamente llaman ley de reconciliación nacional, pero cuya ejecución y práctica implicarían una nueva forma de amnistía.

Llego algo tarde pero no quise dejar de ir. Hay pocas personas. Cincuenta o 60 a lo sumo. En todo caso, somos pocos. Pensé que por ser domingo habría más gente que en otras actividades recientes realizadas en horario laboral.

Para llegar a la Constitución, pasamos antes por la zona del estadio. Hoy se juega la final de fútbol. El taxista, que es aliancista, viene hablando con entusiasmo del partido. Hablamos de los elevados precios de los boletos. Todo el mundo se quejó. Pero a las 10 de la mañana, ya la calle está llena de gente haciendo filas, de tráfico, de movimiento, para un partido que comienza dentro de 5 horas.

La ciclovía de la Constitución está funcionando, lo cual provoca tráfico lento en las calles aledañas. En el monumento, el movimiento Memoria de Futuro ofrece postales para que las personas pidan justicia por alguien en específico. Las postales serán entregadas esta semana a los diputados, previo a la sesión de discusión de la ley mencionada. “Por Monseñor Romero. Por Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Por las cuatro monjas Mariknoll. Por los muertos de El Mozote y el Sumpul”, escribo.

Una señora pega la foto de su hija en una de las postales. Se le nota afectada. Trato de imaginar lo que es pasar la vida con esa deuda, con ese pendiente, con ese dolor que nunca termina. El de un familiar muerto o desaparecido. Pienso también en esos otros dolores, que son otra consecuencia de las guerras pero que no son contabilizados, porque lo humano no es importante en las estadísticas de la destrucción. Las familias separadas sin remedio por las diferencias ideológicas. Los que se desquiciaron en los frentes de guerra. Quienes conviven con los recuerdos en silencio. El maldito silencio. Las pesadillas. Los trastornos mentales. Las depresiones. Todas esas emociones no contadas ni expresadas. El miedo, la culpa, el horror, las pérdidas. Las lágrimas no derramadas. La historia que no termina hasta que se tenga un cuerpo o una verdad. Los perdones nunca escuchados. El dolor ajeno no reconocido por los victimarios. Los perdones nunca pedidos, porque gobiernan el orgullo y la mezquindad. Ese factor humano que queda trastornado por la guerra y que tardará generaciones en sanar.

En estas últimas semanas, me sorprendí varias veces a mí misma deseando tener el don de conmover con mis palabras a los más duros de corazón. Para que por lo menos escuchen, para que lo hagan sin ponerse a la defensiva. Para que se tomen el tiempo de reflexionar. No puede ser que no tengan ni un poquito de sensibilidad como para no conmoverse ante tanta gente que ha dedicado su vida a buscar a sus deudos, a clamar por justicia, a encontrar una explicación de lo ocurrido.

Nos unen nuestros muertos. Los de ambos bandos. Eso nos vinculará por siempre como país. Porque las guerras nunca las gana nadie. Perdimos más de lo que nos damos cuenta, más de lo que queremos admitir. Todos perdimos. Y esas pérdidas son las que nos vinculan. El dolor es y ha sido grande, largo, profundo. Tanto que nos ha impedido construir una sociedad pacífica y laboriosa.
En el documental “La batalla del volcán”, del cineasta salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, hay una escena donde una exguerrillera, herida durante la ofensiva del 89, se reencuentra con una vecina que la ayudó cambiándole la ropa ensangrentada y llevándosela en una ambulancia, haciéndola pasar como familiar. La guerrillera, en palabras sencillas, da las gracias a la mujer que le salvó la vida. También pide perdón. Le explica que en ningún momento se pretendía que la población civil saliera dañada. Las mujeres se abrazan, sollozan. “La perdono”, dice la otra.

Cuando vi esa escena pensé que eso es exactamente lo que necesitamos como sociedad. Hablar. Reconocer el daño causado al otro. Reconocer el dolor, propio y ajeno. Ser sinceros. Sin retórica ideológica. Sin repetir consignas partidarias. Sin victimizarse. Sin justificarse. Sin culpar a terceros. Pedir perdón. Dar el perdón. Aceptarlo. Las heridas podrían, a partir de ello, comenzar a cicatrizar.
En mi imaginación, espero que la gente se indigne tanto contra esa mal llamada ley de reconciliación nacional, que saldrá a la calle en masa y hará sentir y valer su poder como ciudadanía. Pero sé que no ocurrirá. Toda la semana pasada me dije también eso: que en este país siempre nos quejamos de los políticos pero que, en alguna medida, nosotros somos culpables de ello. No nos hacemos escuchar. No demostramos nuestra fuerza, acaso porque no creemos en ella. No hay causa capaz de hacernos salir a la calle, en cantidades significativas, a protestar. Nos atenemos al blablabla de las redes sociales, como si eso fuera suficiente. Hace ruido, sí. Ayuda, algo. Pero no es suficiente.

Comencé este texto dando los detalles del día en que escribo porque de aquí a que se publique, no sé qué habrá pasado con la ley. Es imposible prever lo que ocurrirá. Ojalá prevalezcan la justicia y la sensatez. Ojalá la ciudadanía sea escuchada y que las víctimas sean tomadas en consideración. Ojalá encontremos el camino para conciliar nuestro pasado con nuestro presente y evitar que, en el futuro, perviva la impunidad, como ha sido siempre. Ojalá.

“Todas las personas son iguales ante la ley”, dice el marco de cemento que ampara a la figura de la justicia, en el Monumento a la Constitución. Es algo que deberíamos recordar siempre, algo que en este país se olvida con demasiada facilidad

El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).