El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).

Nuestra casa en llamas

Greta Thunberg, una adolescente de 16 años, se sienta todos los viernes delante del Parlamento sueco, en Estocolmo, con una pancarta que dice “huelga escolar por el clima”. Lo hace desde agosto del año pasado. El objeto de su protesta es exigir a los políticos acciones concretas contra el cambio climático.

Cuando tomó la decisión de faltar a la escuela para realizar dicha protesta, sus padres no se mostraron entusiasmados. No tenían ningún impedimento con la causa de su hija, pero no les gustó la idea de que perdiera clases para protestar. Le dijeron que era mejor que se dedicara a sus estudios y así, “cuando fuera grande”, podría hacer algo para cambiar las cosas por sí misma. Thunberg argumentó que no tenía tiempo porque estamos viviendo una emergencia climática. Argumentó que no tenía mucho sentido seguir estudiando si ni ella ni su generación tienen futuro alguno. Advirtió a sus padres que, les gustara o no, ella realizaría la protesta. Cosa que cumplió.

Las preocupaciones de Thunberg en cuanto a las consecuencias del cambio climático surgieron luego de que Suecia vivió una ola de calor tan extremo que provocó varios incendios forestales. Los incendios la hicieron llegar a la conclusión de que los políticos hacen poco para detener “el incendio de una casa en llamas”, una metáfora que Thunberg utiliza con frecuencia para ejemplificar la situación del calentamiento global y lo urgente que es ejecutar acciones concretas para evitar que siga subiendo la temperatura ambiental.

Lo que comenzó como una protesta solitaria se ha transformado en pocos meses en un movimiento global. Adolescentes de diversos países del mundo han realizado acciones similares, que tuvieron su momento de mayor visibilidad el 15 de marzo de este año, cuando se realizaron huelgas y manifestaciones en diversas ciudades del mundo para protestar contra la desidia de los políticos que no ejecutan los cambios necesarios para detener o minorizar el inevitable descalabro.

Se estima que casi un millón y medio de adolescentes se han sumado al movimiento, sobre todo en países de Norte América y Europa, aunque también hay participación en Australia, Chile, Argentina, Sudáfrica, India y China, entre otros. ¿Sus exigencias? Terminar con el uso y la explotación de los combustibles fósiles; utilizar 100 % de energía limpia y ayudar a los refugiados climáticos.

Estas movilizaciones y la edad de la mayoría de sus participantes, no debe ser visto simplemente como “una noticia curiosa”. Es en realidad la protesta de una franja de población que, aunque todavía no es considerada mayor de edad, está auténticamente preocupada por el destino que le aguarda. Algunos de los organizadores de estos grupos de protesta explicaron que los adultos no dejan de verlos y tratarlos como un grupo de encantadores chiquillos a los que se recibe por protocolo, pero cuyas demandas y acciones todavía no son tomadas en serio.
A pesar de ello, Greta Thunberg aprovecha la atención generada para difundir su mensaje. El ser vista como un tipo de interlocutor diferente, le ha permitido ser invitada a importantes foros internacionales. Sus discursos son claros y directos.

En sus palabras ante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas, celebrada en diciembre de 2018, Greta Thunberg dijo: “Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo”. En la Asamblea Anual del Foro Económico Mundial, celebrada a inicios de este año, apeló no solo a los políticos, sino a todos, en general: “Los adultos dicen: ‘Tenemos que dar esperanzas a la próxima generación’. Pero no quiero tu esperanza, ni quiero que la tengas. Quiero que entres en pánico, que sientas el miedo que yo siento todos los días, y luego quiero que actúes (…) Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque eso es lo que está pasando”.

En una entrevista reciente concedida a la BBC, al ser preguntada sobre lo que se puede hacer, Thunberg propone que los políticos escuchen a los científicos, ya que estos pueden aportar soluciones. Además, de manera individual, propone que nos informemos, que hablemos sobre la situación y cambiemos nuestros hábitos personales. Sin embargo, también está consciente de que, aunque el cambio de hábitos ayuda, los cambios de mayor impacto serán aquellos que se puedan realizar a escala nacional en cada país. “La mayor parte de las emisiones de gases de invernadero no son generadas por individuos, sino por corporaciones y Estados”, explicó Thunberg en la misma entrevista.

Para quienes todavía piensan que el cambio climático no es ni tan grave ni afectará a países como el nuestro, le sugiero que haga lo que pide Thunberg, informarse mejor. En un comunicado conjunto emitido en abril por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se informó que los extremos meteorológicos derivados del cambio climático destruyeron el año pasado más de la mitad de las cosechas en el corredor seco centroamericano. Esto ha provocado que 1.4 millones de personas necesiten asistencia alimentaria urgente en la región.

La falta de programas y asistencia adecuada para aliviar este tipo de emergencias, termina empujando a muchos de los afectados a migrar fuera de sus países. Las previsiones meteorológicas para el presente año indican que El Niño podrá prolongarse hasta octubre, lo cual derivará en sequías o inundaciones y agravará la ya de por sí problemática situación de muchos.
A primera vista, el hecho de que adolescentes en diferentes partes del mundo estén alzando sus voces para exigir cambios efectivos en las políticas ambientales parece esperanzador. Pero de nada servirán sus protestas si nosotros, los adultos, no tenemos la humildad de escuchar y actuar en consecuencia, sin retórica, intereses mezquinos ni politiquería, con la seriedad que la situación amerita.

Todavía es tiempo de evitar que nuestra casa, la Tierra, sucumba a las llamas. Toca actuar. De inmediato. Porque cada minuto cuenta.

Caperucita censurada

Hace un par de semanas se dio a conocer que la escuela Tàber de Barcelona, España, hizo una revisión de los títulos de su biblioteca infantil, destinada a menores de hasta seis años. Como resultado de dicha revisión, se decidió retirar el 30 % de los libros por considerar que su contenido es «tóxico» y que reproduce patrones sexistas.

El 60 % del resto de los libros fue «perdonado» porque se consideró que, aunque también tiene problemas, son menos graves. Concluyeron que solo un 10 % de los libros estaba escrito desde una perspectiva de género. Entre los libros retirados están «Caperucita Roja» y «La Bella Durmiente del bosque», pero también serán retirados textos de otro tipo, por ejemplo, los usados para enseñar el abecedario.

Anna Tutzó, una de las representantes de la comisión que revisó el catálogo, se negó a compartir el nombre de más títulos porque considera que «lo importante es poner el foco en el problema de fondo, que va más allá de los cuentos tradicionales». No es la única escuela española con dicha preocupación. Otras han anunciado estar haciendo análisis parecidos en sus propios centros y están dispuestas a tomar las mismas medidas. La revisión en la escuela Tàber se realizó el año pasado y este año harán lo mismo con las lecturas de primaria.

La noticia causó mucho revuelo y comentarios de todo tipo. Algunos críticos de la decisión compararon la acción con la quema de libros durante el nazismo o la lista de libros prohibidos por el Vaticano, señalados como supuestas muestras de la perversión humana. Otros lo ven como una forma de imponer un pensamiento único. Pero se pierden de vista otro par de aspectos estrictamente culturales y literarios.

Hay que recordar que muchos de los cuentos infantiles clásicos que se siguen leyendo en la actualidad tienen un antecedente mucho más antiguo y complejo. Son un rescate de diversas leyendas y tradiciones orales, que tanto los hermanos Grimm como Charles Perrault y Hans Christian Andersen retomaron y contaron a través de sus historias. Dichos libros se popularizaron por la sencillez del lenguaje, algo que facilitó su acceso a personas de toda condición social. Pero también se popularizaron entre la población por la variedad, fantasía y dureza de sus contenidos, donde la lucha del bien contra el mal y la exaltación de valores considerados universales (como la amistad, la lealtad y el sacrificio por el bien común) fueron destacados con fines didácticos y moralizantes.

Muchas de esas historias nos muestran a la vida y a los seres humanos tal cual son, sin filtros ni falsas apariencias, donde el bien y la justicia no siempre triunfan. Si dichas historias perviven hasta nuestros días, con variantes y adaptaciones de toda índole, es porque todavía nos hablan y reflejan aspectos que seguimos sin superar.

No es la primera vez que ocurre un retiro de libros de bibliotecas escolares. Hace unos años, en Estados Unidos, algunas escuelas decidieron prohibir a sus alumnos la lectura de libros como «Huckleberry Finn», «Las aventuras de Tom Sawyer», ambos de Mark Twain; y «Para matar a un ruiseñor», de Harper Lee, debido a la utilización de la palabra «nigger» para referirse a las personas afroamericanas, un término considerado ofensivo.

Sacar los libros de las bibliotecas no impedirá que los pequeños tengan acceso a esas mismas historias fuera de la escuela. Por otro lado, retirarlos y no leerlos en la escuela misma, es subestimar la inteligencia de los más pequeños y las capacidades pedagógicas del profesorado. Supone también que no se piensa en educar a individuos críticos ni analíticos, que sepan sacar sus propias conclusiones.

La búsqueda de una sociedad igualitaria donde hombres, mujeres y las diferentes identidades, etnias y creencias, podamos convivir con dignidad, respeto e igualdad, implica un cambio cultural profundo. Un cambio de tal magnitud tomará generaciones y por ende, será un proceso lentísimo. No puede ser de otra manera si lo que se busca son cambios en las actitudes y el pensamiento de los individuos, quienes a su vez, obligarán a ejecutar cambios estructurales en la sociedad.

Prohibir lecturas y censurar libros no acelerará dicho proceso ni garantizará su éxito. Por el contrario, lo prohibido siempre termina siendo atractivo. Al paso que vamos, no sería extraño que algún día, alguien del futuro lea a escondidas la «Caperucita Roja», como si se tratase de material subversivo.

Lo que hay que cambiar no es a la literatura sino a la realidad, y con ello, las relaciones entre los seres humanos. Los cambios que sufre una sociedad a lo largo de su historia terminan siempre reflejados en la literatura. Los libros, leyendas y cuentos del pasado nos hablan de nuestra propia evolución como humanidad, de cómo han ido cambiando nuestras costumbres y nuestra forma de pensar, sea para bien o para mal.

Quedan por escribirse las obras del futuro, que quizás vislumbrarán nuevos patrones de conducta, aunque eso no impedirá que la literatura continúe hablándonos de nuestras zonas oscuras, de nuestra sordidez y de nuestra capacidad de crueldad. Es la libertad que permite la escritura: el buceo íntimo y profundo en la mente y el espíritu del ser humano.

Querer enmendar la plana del pasado desde los ojos del presente no es realista. Sancionar toda la literatura del pasado y medirla de acuerdo a la corrección política actual es injusto y demuestra desconocimiento y desprecio por el oficio de la escritura.

Los cuentos infantiles (y la literatura en general) son una metáfora de la realidad, una realidad que no es perfecta ni amable, que no puede ser contenida ni controlada en una burbuja esterilizada donde solo se cuente lo bueno, lo ideal y lo conveniente.

Forzar la coherencia narrativa y la belleza estética del lenguaje en función de la corrección política en una historia podrá ser un panfleto ideológico bellamente disfrazado de cuento o novela, pero jamás llegará a ser literatura.

MeToo literatura Centroamérica

El 21 de marzo pasado, la comunicadora política Ana G. González denunció en su cuenta de Twitter que el escritor mexicano Herson Barona había golpeado, manipulado, embarazado y amenazado a más de 10 mujeres diferentes. Poco a poco, se recibieron decenas de denuncias más no solo contra Barona, sino también contra docenas de escritores y funcionarios relacionados con el medio literario mexicano, por situaciones que van desde humillaciones, insultos y acoso por vía electrónica hasta agresiones físicas y violaciones.

Eso dio origen a la etiqueta #MeTooEscritoresMexicanos,emulando el movimiento de denuncias originado en Estados Unidos contra personalidades del mundo del cine. Pronto comenzaron a abrirse grupos y «hashtags» de denuncia en México, relacionados con otros oficios como el cine, la música, el teatro y el periodismo, entre otros.

Días después, el 27 de marzo, el Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica publicó un reportaje donde 17 mujeres denunciaron al escritor costarricense Warren Ulloa Argüello por abusos, acosos y violación. Al igual que con Barona, cuando el caso de Ulloa se hizo público, varias mujeres más se atrevieron a hablar, al punto de que el periódico hizo una segunda entrega con nuevas denuncias contra la misma persona.

El caso de Ulloa es alarmante por varios motivos. Se aprovechó de visitas a colegios particulares, a donde era invitado para hablar de su obra. Ahí conseguía los números de teléfono o correos de estudiantes menores de edad, con el pretexto de enviarles información sobre sus libros y actividades. Así comenzaba el envío de insinuaciones, de preguntas íntimas, de fotografías de sus genitales o de invitaciones sexuales que terminaban en insultos y violencia verbal por parte de Ulloa, cuando sus propuestas eran rechazadas.

Parte de las denunciantes eran niñas de 14 o 15 años cuando fueron agredidas. Algunas de ellas pueden denunciar a Ulloa hasta ahora porque ya son mayores de edad y porque han pasado durante años en procesos de terapia psicológica. Otra parte de las agredidas son mujeres profesionales, relacionadas con labores editoriales o de otra índole, a quienes también agredió.

Ulloa era además un tipo que se presentaba como aliado del feminismo y que manejaba una pose dizque progresista. Lo cual deja pensando en cuántos hombres hacen lo mismo: disfrazarse para evitar conflictos. Esto lo he visto ocurrir sobre todo en hombres que tienen relaciones de pareja con feministas, hombres que han tenido conductas cuestionables en el pasado y que, de un día para otro, dicen ser aliados de la causa y hasta utilizan lenguaje inclusivo en las conversaciones, con tal de complacer a sus novias. ¿Qué tan confiables pueden ser estos sujetos si asumen un discurso como estrategia de sobrevivencia afectiva, y no como resultado de una convicción honesta?

Mientras muchos escritores nos hemos preocupado por demostrar que la literatura es un trabajo que se ejecuta con disciplina, tiempo, sobriedad y soledad, para desmontar el mito del escritor vago que solo puede escribir bajo el influjo del alcohol, la conducta de Ulloa abona al odioso estereotipo del artista o escritor «bohemio» e irresponsable.

Ulloa también aprovechó su rol como editor de la página de noticias literarias Literofilia y anfitrión del programa de radio del mismo nombre, para recibir donaciones y ayudas económicas que le permitieron realizar sus proyectos literarios. A consecuencia de todas las denuncias, las editoriales Letra Maya y Uruk (que le publicó cuatro libros) se desligaron de cualquier vínculo contractual con Ulloa. Lo mismo hizo el Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) de Costa Rica.

El surgimiento del «hashtag» mexicano hizo que se iniciara la versión #MeTooLiteraturaCA en Twitter. En Facebook se abrió una página con el mismo nombre, con el objetivo de «conversar y denunciar el tema del acoso de todo tipo en el medio literario y artístico de la región» así como para exigir «igual representación (de mujeres) en ferias, festivales y conversatorios del libro, de arte y cultura, y no ser solo el 15 o 20 % del programa total».

No es fácil, para ninguna mujer, leer este tipo de denuncias. Al hacerlo, resulta inevitable recordar nuestras propias vivencias, nuestros momentos difíciles en espacios laborales, familiares o sociales. Leer cada caso nos obliga a revivir situaciones que preferiríamos dejar en el olvido. Terminamos cuestionando experiencias, relaciones y personas cuyas verdaderas intenciones terminan puestas en duda.

Por desgracia, a medida que se dan a conocer estos casos, nos damos cuenta de que son historias más comunes de lo que nos gustaría admitir, que se repiten demasiado, en todos los ámbitos sociales, no solo el artístico y literario. Los mecanismos y las situaciones en que ocurrieron y siguen ocurriendo son odiosamente similares. Trascienden oficios, edades y geografías. Pero el hecho de que sean historias comunes no significa que deban minimizarse, obviarse ni ser tomadas como «algo normal».

Mis respetos para las mujeres que, con nombre y apellido, dan la cara y nombran a sus agresores, haciendo públicas sus historias. No es fácil y ellas lo saben. Sobre todo en una región como la nuestra, tan llena de doble moral e hipocresía, donde denunciar se revierte contra quien denuncia en forma de cuestionamientos y dudas sobre su testimonio, o donde su historia dará lugar a la morbosidad, al chisme y a las bromas de mal gusto. Por ello, no todas se animan a denunciar. No toda mujer está preparada para una exposición pública que la puede convertir en blanco fácil de más agresiones.

Como parte del gremio literario centroamericano, me resulta imposible permanecer indiferente y no decir nada ante este asunto. Me causa profunda vergüenza que la literatura de la región, ya de por sí tan menospreciada e invisibilizada, sea manchada de esta manera por un sujeto que aprovechó su notoriedad local como plataforma para practicar una conducta que, a todas luces, resulta injustificable e inaceptable.

Un tipo de conducta que debe ser denunciada sistemáticamente, sin miramientos ni excepciones, para poder pensar que un cambio de relaciones entre hombres y mujeres es posible.

La problemática del libro nacional

Cuando se piensa en la poca visibilidad que tienen los libros de autores salvadoreños, ¿dónde radica exactamente el problema? ¿Falta calidad en nuestra narrativa? ¿Se publica poca obra porque no hay suficientes editoriales o porque no hay escritores? ¿El libro nacional recibe el mismo tratamiento que un «best seller» internacional en las librerías locales? ¿Hay suficientes librerías y bibliotecas en el país? ¿Cuánto incide en esto la falta de crítica literaria y revistas culturales enfocadas en literatura salvadoreña?

Son parte de las preguntas que me quedaron zumbando en la cabeza luego de leer los resultados de una encuesta informal, lanzada a finales de febrero pasado por la revista cultural en línea Café irlandés. La revista preguntó a sus lectores sobre los lugares y formas de comprar libros escritos por autores nacionales, los medios informativos a los cuales acuden para informarse de algún título y las editoriales salvadoreñas que conocen.

Con la participación de 980 personas, los resultados de la encuesta, publicados bajo el elocuente título de «Lectores pasivos», ofrece puntos de reflexión sobre diferentes aspectos que conforman la problemática del libro nacional, en particular, el de la narrativa de ficción.

Cuando se habla de editoriales salvadoreñas, por ejemplo, las más conocidas por los participantes son instituciones con muchos años de funcionamiento, que además tienen la ventaja de editar libros que son lectura obligatoria en los programas educativos: la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Clásicos Roxsil y UCA Editores.

Por desgracia, es mayor el número de lectores que desconocen la labor que se viene haciendo desde hace años por parte de varias editoriales independientes, que trabajan con limitaciones de diversa índole, sobre todo económicas. Esas limitantes hacen que los pocos recursos disponibles sean priorizados en la producción material del libro y se releguen otras actividades como la publicidad o la distribución.

La problemática del libro salvadoreño tiene varios componentes y situaciones que, como lectores comunes, nos es fácil identificar. Los libros de narrativa nacional, para mencionar un detalle específico, no tienen un lugar privilegiado en las librerías nacionales, a menos que estén publicados por grandes editoriales. El asunto se agudiza fuera de las ciudades importantes. ¿Cuántas librerías hay, fuera de los grandes centros urbanos, que ofrezcan a sus lectores obras nacionales que no están incluidas en el pénsum escolar?

Un lector que quiera informarse de las últimas publicaciones salvadoreñas tendrá que visitar varias páginas y redes sociales de carácter cultural para obtener alguna información. Encontrar comentarios críticos o avances de obras es todavía más difícil.

Las editoriales independientes, por la misma limitación de recursos, no se han dedicado a editar libros electrónicos. Hacer ventas directas desde webs propias o plataformas como Amazon, podría servir para establecer un público internacional entre académicos e investigadores de la literatura centroamericana, así como compatriotas que viven en el exterior, que quieren conocer o estar en contacto con manifestaciones de nuestra cultura.

Sin embargo, el lector nacional, según la encuesta de la revista, prefiere los métodos tradicionales de compra y no termina de subirse al carro del comercio electrónico. De la muestra, solo un 28 % dijo comprar libros por internet. Los demás compran los libros en físico, en librerías ubicadas en centros comerciales o universidades. También se compran en ferias del libro y en presentaciones públicas con la presencia del autor.

Conocer mejor estos problemas quizás permitirá, a quienes compran libros, modificar actitudes que son parte del motivo por el cual las librerías limitan la existencia de los textos nacionales entre su oferta. Somos capaces de pagar $20, $30 y hasta más dólares por un libro editado en el extranjero, pero pensamos que un libro salvadoreño que vale más de $10 «es caro». ¿Por qué persiste esa percepción de que lo nacional vale menos, de que si es producción local no sirve o es de menor calidad? ¿Por qué no le damos una oportunidad pareja a nuestra narrativa frente a la narrativa internacional?

La existencia de editoriales independientes que vienen haciendo una labor de hormigas ha venido acompañada del surgimiento de algunas páginas web que, poco a poco, van abriendo un espacio de comentario cultural y literario. Con diversas propuestas, estas revistas culturales conforman una red informativa y alternativa al exceso de polarización política que invade los medios nacionales. Grafomaníacos, La Zebra, Distópica y la misma Café irlandés son las más conocidas.

El entramado cultural nacional, donde es notoria la falta de múltiples mecanismos de apoyo a la literatura, es el que ha producido un lector local que añora las grandes ferias del libro que ve ocurrir en el extranjero, con escritores famosos como invitados y donde pueda comprar las novedades de las editoriales que publican a nuestros autores favoritos. Pero ese mismo lector no ve el libro salvadoreño ofrecido en la librería ni lo ve reflejado en las noticias de los medios, y por lo tanto, no puede desear un libro cuya existencia desconoce o que no sabe dónde obtener.

Solucionar estos problemas serviría, de manera colateral, para estimular a los nuevos escritores que, ante el aparente letargo de las publicaciones nacionales, se cuestionan cómo continuar con el oficio literario, en un medio que ofrece raquíticas oportunidades para dar a conocer una obra.

Una sociedad que no reconoce el valor de su producción literaria y que no compra libros de manera regular es un problema que involucra a varios actores, cada cual con dinámicas específicas que contribuyen a mantener el statu quo.

Al publicar los resultados de la encuesta, Café irlandés planteó la idea de realizar una feria de editoriales independientes salvadoreñas, para enfocar la atención y la visibilidad en nuestros autores y sus publicaciones.

Esta idea sería excelente para poner en el foco de atención no solo a las publicaciones que se realizan en el país, sino también para conocer la problemática que atraviesa ese sector en específico y, ojalá, encontrar soluciones o estrategias a seguir para mejorar el panorama local de las publicaciones literarias.

Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica «Los trabajos y las noches» y «Extracción de la piedra de la locura», ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York («New York me horrorizó») y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está «desposeída de su antiguo encanto literario». Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, «está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)».

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en «La bucanera de Pernambuco» o «Hilda la polígrafa». Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama «niña monstruo».

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, «La condesa sangrienta» y «El infierno musical», donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles».

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: «Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: «No quiero ir nada más que hasta el fondo».

Lenguaje, nostalgia e identidad

Quienes migran a otros países corren con mucho problemas, riesgos y peligros que obligan a adoptar mecanismos de defensa a varios niveles. Uno de esos mecanismos es la modificación del lenguaje.

Si se emigra por tierra hacia el norte, una de las primeras recomendaciones que hacen los coyotes es hablar de “tú” y olvidar el “vos” ya que, dentro de las jerarquías migrantes, los centroamericanos somos despreciados. Tutear puede hacer pasar al centroamericano como mexicano, lo que le permitirá cruzar aquel país sin llamar demasiado la atención y evitar encuentros indeseables con las autoridades. Ya puestos en los Estados Unidos, el tuteo servirá para invisibilizar su pertenencia geográfica, que por desgracia está asociada a pandillas y violencia. Así mismo, esa invisibilización puede servir para facilitar su incorporación al mercado laboral y superar los prejuicios que los mexicanos sienten hacia nosotros.

El voseo y los localismos quedan limitados al entorno familiar o de confianza, pero la fuerza del habla y de la costumbre no evitan que, de vez en cuando, se escape algún localismo que otros hispano hablantes no comprenden y que debe ser explicado. Quienes hemos tenido que vivir fuera del país conocemos este problema muy bien. Estandarizamos el uso del español y procuramos adoptar el idioma o localismos del país anfitrión como una manera de integrarnos al medio, pero también porque resulta agotador explicar cada palabra que otros no entienden. Los localismos son intraducibles y lo mejor que se puede hacer para expresarnos es encontrar un equivalente en el idioma local, algo más fácil cuando el país donde se vive también habla español.

Hace poco más de un mes, se lanzó en Twitter e Instagram una iniciativa llamada “Guanaco To English”, un diccionario ilustrado de nuestros localismos definidos en inglés, para que nuestros compatriotas en el exterior, pero sobre todo en Estados Unidos, puedan explicar su aplicación, incluso con ejemplos. Utualito, anantes, tilinte, chambrear, zamaqueón, achís, son tan solo algunas de las palabras que han sido definidas hasta el momento.

Este proyecto ha sido acogido con entusiasmo por miles de seguidores, que además aportan ejemplos y proponen variantes u otras palabras para ser definidas. Resulta útil para explicar nuestros términos, pero sin duda, este ejercicio también cumple otra función. Para quienes viven fuera, es un elemento cargado de nostalgia que los mantiene vinculados al terruño, según puede deducirse en los comentarios de las entradas. El lenguaje es una parte esencial de nuestra identidad colectiva, como connacionales de un país, pero también de nuestra identidad individual, por ejemplo, con las palabras o expresiones que usamos entre familiares o amigos y que tienen un significado íntimo que nos relacionan con nuestros colectivos particulares.

“Guanaco To English” es también un importante esfuerzo para rescatar del olvido algunos vocablos que se escuchan cada día menos, gracias a la colonización que va sufriendo nuestro idioma frente a la globalización y la imposición cultural que ello supone. Los mismos movimientos migratorios han filtrado palabras a nuestro español, sobre todo del inglés, que han sido adaptadas a nuestro quehacer. El “spanglish” es de uso común entre las comunidades hispanas de Estados Unidos y es la alternativa dinámica de un lenguaje que busca adaptarse al lugar donde se vive pero que también insiste en darse a entender.

En El Salvador, la globalización y la migración han impuesto modificaciones al lenguaje, como la tendencia de nombrar a comercios, servicios, actividades y puestos gerenciales o administrativos con palabras o términos del inglés. Runner, food truck, catering, CEO, copy, fitness, two pack, fake news, son algunos de incontables ejemplos.
Casi cada nuevo negocio, programa o iniciativa que se abre tiene nombre en inglés, quizás por moda, pero también como una forma de infundir algún tipo de “prestigio internacional” a lo nombrado. Se comprende cuando la meta es competir con otros proyectos similares a nivel internacional, por medio de internet. Sin embargo, adoptar nombres y términos para negocios estrictamente locales en un idioma que no es el oficial, lleva implícito un menosprecio a nuestro propio lenguaje y cultura.

La población que habla inglés en El Salvador va en aumento y también tiene incidencia en el español que hablamos. Mucha de esa población que aprende inglés de manera autodidacta, sin jamás viajar a países anglo parlantes o por influencia de los familiares que se encuentran en el exterior, terminan hablando una mezcla de ambos idiomas, muchas veces sin conocer a fondo las sutilezas del uso y significado que una palabra en idioma ajeno puede tener o pronunciando de manera literal lo que se lee.

Esto supone un contraste curioso. Mientras nuestros compatriotas en el exterior tratan de aferrarse a su origen y cuidar su identidad en tierras extrañas a través del lenguaje y del rescate o recuerdo de los localismos, acá en el territorio que nos vio nacer y dentro del cual aprendimos a hablar, contaminamos y aceptamos con toda facilidad los términos no solo en inglés, sino también los localismos de otros países, sobre todo los mexicanos. Esto se debe, en parte, a la influencia cultural de la programación televisiva local, que históricamente nos ha inundado con telenovelas y programas producidos en México. No es extraño escuchar a compatriotas que hablan de rolas chidas, morritas, huey, caguamas, órale y otras.

Tomando en cuenta la extensión de América Latina y la variedad de lenguas indígenas que se hablaron y todavía se hablan, no cabe duda de que el español que nos fue impuesto a sangre y espada ha sido enriquecido y modificado hasta convertirse en una lengua expresiva y con carácter propio, que además varía de musicalidad y tono por la pronunciación particular que adquiere en cada país.

No tenemos conciencia de la riqueza, la belleza y la plasticidad de nuestro idioma hasta que nos toca vivir en un país extraño y aprender uno distinto. Quizás, si la tuviéramos, valoraríamos mejor esas expresiones locales que aprendemos desde que somos chichís y comprenderíamos que, al negar nuestros salvadoreñismos, estamos negando una parte de nuestra propia identidad.

Instapoetas

A finales de enero pasado, el periódico británico The Guardian publicó un artículo llamado «Keats is dead: How young women are changing the rules of poetry» («Keats ha muerto: Cómo jóvenes mujeres están cambiando las reglas de la poesía»). Escrito por Donna Ferguson, el artículo habla sobre diferentes casos de poetas que se han hecho populares a través de Instagram.

La notoriedad que han logrado dichas escritoras ha generado un resurgimiento del interés por la poesía en el Reino Unido. Los medidores de ello no son solo los miles de «likes» y seguidores que algunas autoras acumulan, sino también los llenos totales a eventos en que se presentan a hacer lecturas y las ventas de miles de sus poemarios, algo inaudito para el mundo editorial que siempre tiene reservas para publicar poesía, debido a sus pocas ventas.

Las llamadas «instapoetas» se dieron a conocer a través de sus redes sociales, publicando escritos personales, acompañados o no de imágenes. Los poemas, que abarcan temas tan variados como el amor y las historias cotidianas, pero también el feminismo, la menstruación, el racismo y las migraciones, suelen estar escritos y presentados en un formato sencillo, detalle que parece ser parte de su éxito y que es una característica común de la mayoría.

Una de las más conocidas es Rupi Kaur, una india de origen punjabi cuya familia migró a Canadá cuando era muy pequeña. Kaur tiene 3.4 millones de seguidores y combina sus textos con fotos de sí misma, muy consciente de su belleza física. Comenzó leyendo sus poemas en eventos comunitarios. Subió los textos a Instagram y con ellos publicó después un libro llamado «Milk and Honey» (que se publicó traducido al español con el título de «Otras maneras de usar la boca»).

El escándalo y discusión que generó la publicación en sus redes de varias fotos de ella y de su hermana en ropa interior con manchas de sangre menstrual provocaron el cierre de la cuenta por parte de la red social. En vez de tener un efecto negativo, la situación provocó curiosidad sobre la publicación de sus poemas. Hasta la fecha, el libro ha vendido 3 millones de copias y ha sido traducido a 35 idiomas.

La traducción al español la hizo su amiga Elvira Sastre, también poeta y con popularidad propia en redes sociales. Sastre, con poco más de 279 mil seguidores, utiliza la misma combinación de compartir sus textos y fotos propias en Instagram. Las entradas tienen miles de «likes». Sus libros se venden muy bien, sobre todo en Buenos Aires. Suele hacer lecturas de sus poemas y filmar videos de sí misma leyéndolos. Sus poemas comparten el mismo lenguaje sencillo de muchos de las instapoetas más populares. La idea es que la claridad permite que mayor número de personas comprendan lo que se dice. Hay gente que no gusta de la poesía porque dice no entenderla y esto permite que el género se abra a mayor número de lectores.

Nacida en 1992 en Segovia, España, Sastre se inició publicando sus textos en blogs. Hace una semana, resultó ganadora del Premio Seix Barral de Novela con su primera incursión en la narrativa, «Días sin ti». Los jurados alabaron su trabajo con mucho entusiasmo.

Estos casos llaman la atención por el potencial de usos que tienen las redes sociales para los escritores. Para quienes han crecido con medios digitales a su alcance, subir sus escritos a internet es la manera lógica de darlos a conocer. Si se tiene además la suerte de tocar un filón emotivo que conecta con miles de personas que se identifican con lo escrito o posteado, llamar la atención de una editorial no resulta difícil.

En primera instancia, esto puede verse como algo positivo. Si los libros de Harry Potter convirtieron a miles de niños alrededor del mundo en aficionados a la lectura, cabe suponer que las instapoetas podrían estimular el interés de sus seguidores para aventurarse a leer poetas con estilos diferentes y con una lírica más compleja. No es descabellado pensarlo. El artículo de The Guardian, mencionado al inicio de esta columna, asegura que el aumento en la venta de libros de poesía en el Reino Unido ha sido de un 48 % en los últimos cinco años.

Otro factor que está convirtiendo a la poesía en un género con creciente cantidad de lectores es la facilidad con que un poema puede compartirse y leerse en redes. A diferencia de un cuento o de una novela, un poema supone menos tiempo de lectura.

¿Pero a dónde queda la calidad literaria? El gusto masivo de los lectores por las instapoetas ¿significa que son escritoras de calidad? Quizás no sea esa su prioridad.

Las entrevistadas para el artículo hablan de lo auténtico de su escritura y de cómo refleja sus emociones y su visión de mundo. Eso parece ser suficiente para ellas. Elvira Sastre por su parte ha declarado en alguna ocasión que esta manera de compartir sus versos y además realizar lecturas es volver a sacar la poesía a la plaza y los mercados, como hacían los antiguos juglares y trovadores.

El artículo deja pensando no solo en el futuro de la escritura sino en la sobrevivencia de los libros que hemos considerado como clásicos literarios. ¿Será esta instaescritura la literatura del futuro? ¿Nos olvidaremos de la escritura íntima, reposada, que resuma la evolución de una visión de mundo, la búsqueda de una voz personal, la construcción de un lenguaje propio? ¿Se fusionarán géneros, surgirán nuevos? ¿Llegará algún día un post de Instagram a ser tan o más importante que el contenido de un libro impreso en papel? ¿Será indispensable la multi presencia pública del escritor y miles de «likes» para generar interés en su obra? ¿Qué es al final lo que la editorial vende: un buen libro o la figura mediática de quien lo escribe?

¿Se convertirá la poesía en algo tan común que no seremos capaces de apreciar su belleza?

Salto al vacío

Es curioso como cada campaña electoral que nos toca sufrir a los salvadoreños termina siendo calificada como “la peor, la más sucia, la más baja” de todas. Aunque nos cuesta imaginarlo en el momento, la verdad es que cada una supera a la anterior por la pésima manera en que es manejada por los diferentes partidos políticos, por los eventos que se desarrollan en torno a ella y por el tono de cada uno de los candidatos tanto por lo que dicen como por lo que dejan de decir o hacer.

Durante la presente campaña hemos visto y escuchado de todo. Destapes, acusaciones, golpes, insultos, amenazas, agresividad, populismo, “trolles”, arrogancia, evasivas, ridiculeces, todo ello mientras el panorama nacional sigue desangrándose con la violencia y con la salida del país de cientos de compatriotas que no ven otra escapatoria a la situación que vivimos. También fuimos sometidos a eventos que llamaron “debates” pero que, en la práctica, no resultaron ser más que entrevistas públicas colectivas y no un verdadero cuestionamiento de temas dudosos sobre sus eventuales formas de gobernar.

Quizás lo más indignante es que los diseñadores de las campañas políticas insultan la inteligencia de la ciudadanía pensando que basta enfocarse en el descontento generalizado para vendernos a su correspondiente candidato. Los partidos políticos no asumen como obligación hablar con claridad, pero sobre todo con objetividad sobre sus propuestas.

Hemos escuchado todo tipo de promesas que bien sabemos no van a poder cumplir, aunque tengan la buena intención. Eso si les otorgamos el beneficio de la duda. No sabemos quiénes son los eventuales funcionarios del futuro gobierno ni cómo se financiarán todos los proyectos y obras que dicen van a emprender y realizar, ni el costo ni las consecuencias que todo ello tendrá, de manera práctica, para la sociedad salvadoreña.

¿Son razonables todas esas propuestas? ¿Son realmente soluciones y no placebos o remedios cosméticos y temporales? ¿Son propuestas que se convertirán en elefantes blancos y muertos, como el puerto de La Unión? ¿Esas propuestas atacan y solucionan de raíz los problemas estructurales que venimos viviendo desde hace incontables años o se convertirán en despilfarro del fondo público y más endeudamiento nacional?

Ocupar la presidencia no es un acto de magia, no es un acto de borrón y cuenta nueva, no es una Navidad extendida donde los deseos de toda la ciudadanía se verán realizados de manera favorable para todo el país. En ese sentido, es molesta esa sensación de que se nos ofrece y dice lo que queremos escuchar y necesitamos ver cumplido, pero sin contar con un enfoque realista del país, sus problemas, sus instituciones y sus leyes.

Hay muchos temas urgentes que se tocan con paños tibios y otros que se evaden como si no existieran, porque pronunciarse con claridad sobre ellos podría costarles la simpatía de un país que vota desde sus creencias religiosas y su hígado, pero no desde la objetividad y el sentido común ni pensando en el bien general (por ejemplo, el reconocimiento del desplazamiento interno como consecuencia de los territorios controlados por las pandillas o las numerosas demandas de los grupos de mujeres y de quienes luchan por los derechos de la población LGBTQ, entre tantos otros).

Ni decir de los temas que son igualmente importantes, pero que en este país son subestimados porque la coyuntura cotidiana de violencia y debilidad económica se impone siempre como urgente sobre todo lo demás (por ejemplo, los asuntos ambientales o culturales, de los que ya hablé en una columna publicada el mes pasado, titulada “Vacíos de campaña”).

El acumulado de tanta promesa incumplida, del destape de la corrupción gubernamental, de los negocios y deudas políticas que se pagan cuando los funcionarios entran a sus cargos, ha cobrado un precio altísimo en la ciudadanía. El desencanto y la apatía son generalizados. Una porción significativa de votantes continúa sin decidir su voto porque todas las opciones (menos una) entran a la contienda electoral arrastrando el peso muerto de sus correspondientes partidos políticos, cuyo funcionamiento o personajes ya conocemos.

Aunque los candidatos se han empeñado en que los veamos desligados de dichos partidos y casi que nos han rogado para que pensemos en ellos como individuos, lo cierto es que nadie gobierna solo y que, de ganar las elecciones, el partido que los llevó a la presidencia tomará su lugar en los puestos de poder y de toma de decisiones, le guste o no al futuro presidente.

Otros votantes, quizás la mayoría, materializarán su profunda inconformidad con un voto desesperado, visceral, impulsivo, no razonado ni pensado a futuro. Este tipo de voto es preocupante porque votar no es solamente la acción de un día. Es un acto cuyos efectos tendremos que afrontar durante los próximos cinco años. Necesitamos comprender que las consecuencias de un voto de castigo no se limitan a los políticos y sus partidos, sino que impactan a todo el país, por lo que debemos estar claros de las reglas del juego que asumimos al encumbrar en el poder a alguien.

Es urgente que este país permita una mayor participación política y que la institucionalidad y los aliados del statu quo no sigan poniendo trabas y zancadillas para la formación de nuevos partidos políticos o para la participación de candidaturas independientes (como ocurrió en las elecciones legislativas pasadas). Lo es porque las opciones actuales redundan y se revuelven alrededor de los mismos actores que ya conocemos y cuya función, métodos y trabajo político no queremos repetir.

Las deficiencias de la campaña electoral obligan a la ciudadanía a informarse con profundidad y a meditar sobre las consecuencias de su voto, aunque con las opciones que tenemos, no hay demasiado que hacer. Para muchos será inevitable la sensación de que la próxima semana daremos un salto al vacío, sin saber si caeremos parados o si nos fracturaremos no solo todos los huesos, sino también las pocas esperanzas que todavía le quedan a alguno.
No me incluyo, porque las mías murieron hace años.

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folclorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín; y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.
La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folclórica, apareció muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El Gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo, hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Esto detonó las especulaciones de los lugareños.
Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del Gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no solo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.
Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos en cambiar el nombre de un cerro.