Nuestra mejor opción

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. No valoramos lo que tenemos hasta que algo fuera de nuestro control o de nuestra imaginación, amenaza con esa pérdida.

Lo acontecido el pasado domingo 9 de febrero provocó en muchos de nosotros el escalofrío de los malos recuerdos, los de antes de la guerra. La imagen de los militares instalados en el Salón Azul de la Asamblea Legislativa, resucitó el temor de que volveríamos a los tiempos del militarismo y del autoritarismo, cuando los derechos humanos no existían y reclamar sobre ellos era una condena de muerte, literalmente. Fue el tiempo en que miles de compatriotas iniciaron la interminable diáspora que continúa hasta el día de hoy.

Sorprendió a muchos que el actual gobierno no hiciera ningún tipo de conmemoración oficial sobre los Acuerdos de Paz y el fin de la guerra el pasado 16 de enero. Desde hace años, varios sectores políticos se han empeñado en minimizar la historia y el profundo trauma que la guerra dejó en nuestra sociedad. Algunos insisten en que debe pasarse la página y olvidar los episodios más sangrientos y crueles de nuestro pasado. Pero olvidar la historia es conveniente únicamente para quienes buscan librarse de culpa o para quienes intentan restituir fórmulas ideológicas caducas. El desconocimiento de la historia y la idealización de algunos personajes o eventos, puede hacer creer a las nuevas generaciones que los antiguos métodos de gobierno siguen siendo los mejores para un país como el nuestro. Recordemos los desconcertantes resultados de una encuesta reciente en que la mayoría de los entrevistados opinaba que el país necesita de un régimen autoritario para solucionar nuestros problemas.

Los Acuerdos de Paz de El Salvador son mencionados con frecuencia, a nivel internacional, como un ejemplo de lo que se puede lograr cuando existe el diálogo. Y aunque muchos piensen que lo logrado fue muy poco, lo que se obtuvo fue la oportunidad de reconstruir un país a partir del establecimiento de una democracia legítima, una forma de gobierno que no habíamos conocido antes.

Uno de los más grandes errores de la política nacional es que se han partidarizado las ideologías. Pensar de una u otra manera se asocia a organizaciones y no a sistemas de pensamiento internacional.

Nuestros políticos están sordos y ciegos ante la verdadera raíz de nuestra problemática: la profunda desigualdad social. Ésta originó la guerra, no fue desmontada en los últimos 28 años y continúa presente en la base de nuestra violencia actual. Es comprensible que la población esté furiosa contra los políticos que sólo se preocupan por sus bolsillos y su propio bienestar, pero que cuando les resulta conveniente, saben hacer alianzas tácticas para alcanzar objetivos mezquinos, mientras el común de la gente sobrevive y muere en condiciones desesperadas.

Los eventos del 9 de febrero deben servir como una fuerte campanada de aviso para la sociedad en su conjunto. Nadie quiere ver fracasar al actual gobierno, porque desearlo es desear que todos fracasemos. Cuando un gobierno fracasa, todo el país sufre las consecuencias y las secuelas perduran durante años. Lo que estamos viviendo es el acumulado de varios gobiernos desastrosos.

No se puede gobernar pensando que «quien no está conmigo está contra mí». Es necesario comprender y aceptar que hay un amplio sector de nuestra sociedad que está profundamente defraudado del quehacer político y que no por eso es anti patriota o «enemigo». Es normal, necesario y saludable que exista una oposición. Hacer oposición es también una forma de construir y vigilar la salud de nuestra democracia, siempre y cuando esa oposición señale errores, sustentados en argumentos sólidos y no emocionales, y que sepa presentar alternativas que favorezcan a la mayoría de la población y no a un puñado de compinches partidarios, empresariales o familiares.

Amplios sectores sociales han acumulado durante años un profundo resentimiento y furia contra los políticos de todas las tendencias ideológicas, un resentimiento comprensible enraizado no sólo en el destape de todos los actos de corrupción sino también, y sobre todo, en el abandono en el que han dejado a los sectores más afectados por la violencia pandilleril, el desempleo, los pésimos salarios y el alto costo de la vida.

La tolerancia de las mayorías está llegando a límites peligrosos. Lo vivido aquel domingo demostró que nuestras instituciones todavía son enclenques. Pero no todo está perdido. Dichas instituciones pueden robustecerse, nutrirse y consolidar sus estructuras de manera que la separación de poderes garantice los contrapesos para impedir retrocesos en nuestra frágil democracia.

El temor de volver a un pasado atroz es razonable y comprensible. Este país ha sufrido y sufre demasiado todavía como consecuencia de ello. Mientras múltiples organismos y personalidades nacionales e internacionales han manifestado su preocupación por dichos sucesos, minimizar la gravedad de los acontecimientos del 9 de febrero demuestra insensibilidad y desconocimiento de la realidad. Si no le damos la importancia debida a lo ocurrido, nos podemos arrepentir de las consecuencias de nuestra indiferencia en un futuro cercano.

Nuestra democracia sigue en construcción. Nadie dijo que iba a ser fácil ni que iba a ser rápido alcanzarla. La impaciencia y la impulsividad son malos consejeros, tanto en la vida cotidiana como en el quehacer político. Sumadas al profundo resentimiento acumulado en la población, la impaciencia y la impulsividad pueden activar una bomba de tiempo con consecuencias desastrosas e incontrolables para todos.

Así como nuestros Acuerdos de Paz fueron ejemplares, así deberá y podrá ser la construcción y la consolidación de nuestra democracia. No sigamos siendo como Sísifo quien, a punto de llegar a la cima de una montaña empujando una piedra, se le cae y vuelve a rodar al fondo para comenzar otra vez con el mismo esfuerzo. Tenemos que continuar empujando la piedra de nuestra democracia y echar el hombro todos a través del diálogo, la tolerancia, la madurez política y el respeto.

Lo de Sísifo fue un castigo. Lo nuestro es una opción: la de no dejar caer nuestra democracia.

Réquiem por un cortés blanco

Andabas en el centro comercial, haciendo tus mandados, evadiendo a las personas de la mejor manera posible, circulando por pasillos que estuvieran menos transitados. Salís a un corredor que da a la calle y te vas caminando, rumiando esa tristeza pastosa que te asalta cuando llegás a un lugar con demasiada gente y pensando en eso andás cuando ves al otro lado de la calle. El volcán y los árboles.

Te quedás viendo un rato. Sacás el teléfono porque se te hace que puede salir una buena pic y te acomodás el par de bolsas en el brazo izquierdo y te agarrás bien la cartera porque en este país cualquiera pasa corriendo y te arranca hasta el alma, si cree que robársela sirve para algo. Enfocás el volcán y te arrepentís. «A quién le importa, no la voy a postear, es para mí, es la misma imagen que todo el país ya ha tomado en su celular». Ya no enfocás, pero seguís viendo el volcán y una mancha amarilla te llama la atención, entre los árboles que están justamente enfrente. Es un cortés blanco. En plena floración. Amarillo vibrante. Amarillo martillo. Amarillo grito. Como si el color amarillo fuera el color de la felicidad y de la grandeza. Exultante, provocativo, magno, digno. Así, con las ramas extendidas y frescas, como diciendo con orgullo: «¡Mírenme, aquí estoy, fuego amarillo en este bosquecillo!».

Estaba solo, por decirlo así, el único en flor en medio de varios árboles que, a pesar de su follaje, se miraban secos y sedientos por el polvo del verano. Ese verde tostado de la falta de lluvia y de la plenitud del sol. Son las estaciones, ya se recuperarán cuando llueva, pensás. Te das cuenta que la foto es en realidad ese árbol vestido de amarillo y que el volcán puede quedar como un detalle secundario, al fondo. Es a esa majestuosidad en amarillo a la que querés retratar.

Enfocás el árbol al centro, el volcán en la esquina derecha y apretás el botón. Mirás la imagen. Tomás otro par, variando el ángulo. Y ahí la tenés, la foto del elegante cortés blanco de flores amarillas y que emana una vibración de belleza y fuerza. Un recordatorio de que la vida es de ciclos y que después de la muerte quedan siempre la vida y el renacer.

Recordás las flores del árbol de marañón japonés tapizando el suelo de rosado maravilla en la casa de Los Planes, los madrecacaos a la entrada de la finquita de la familia, las magnolias en el jardín del colegio, las pequeñas flores del laurel que estaba en el frente de la casa de infancia y que se colaban por debajo de la puerta principal, desperdigándose en el suelo de la sala. Recordás las jacarandas en México, las magnolias en Bonn, los malinches y sacuanjoches en Nicaragua.

Un año después andás de nuevo en el centro comercial. Entonces recordás la foto del árbol. El cel te avisó en la mañana que un año atrás tomaste aquella foto. El celular te obliga a recordar cosas y como los algoritmos no tienen corazón, te lanza recuerdos indiscriminados. Siempre dudás de las buenas intenciones de los algoritmos.

Desde el recordatorio de la foto del cortés blanco, tomaste la decisión de volver a tomar otra, la de «un año después», en el mismo punto, el mismo lugar, el mismo ángulo. Alguna variante habrá. La luz, el nivel de floración, las nubes, el color del volcán.

Llegás al corredor, caminás y buscás al árbol. Pensás que quizás no ha florecido todavía. Pero te extraña. Ya los maquilishuats están floreando. Ya los árboles anuncian sus flores. Entonces te das cuenta de algo. Estás en el lugar correcto. Quienes no están son todos los árboles de la foto. Ninguno. Estaban donde ahora hay un pedazo de tierra aplanado. Donde hay tractores y camiones y materiales de construcción. Donde estuvo el cortés blanco habrá ahora un edificio de lujo.

Buscás bien. No creés. Comparás. Pero es cierto. El cortés blanco ya no está. Te quedás ahí, parada, viendo el movimiento de la construcción. Quienes vengan a comer acá no verán árboles: verán ese edificio. Quienes vivan en los edificios verán a esos comensales estupefactos, envidiando a los que viven al frente.

Nadie recordará que allí hubo árboles. Que en esos árboles vivían aves e insectos. Que todos fueron sacrificados, destruidos. Que nuestra felicidad consumista está fundada sobre la muerte de otras especies vivas. Y que nos importa un ápice. Lo seguiremos haciendo, destruiremos todo porque nuestra comodidad individual no puede ser sacrificada por un árbol o un animal. Nos iremos al carajo. Pobres hijos, pobres nietos, porque de ellos será el planeta del infierno climático.

Nada se puede hacer. Caminar. Salir de allí. Lamentar de antemano la segura muerte de los árboles que están junto a la construcción. Y los que están detrás. Y todos los demás. Todo será cemento. Todo será ciudad.

Ya puesta en casa no podés dejar de pensar en el asunto. Imaginás el primer golpe del hacha o del machete. Imaginás el estremecimiento de los árboles y de los animales. Algunos habrán logrado huir. Otros quizás no. Imaginás el caer de los árboles, el crujir del tronco, el golpe de la caída, el olor del serrín, el fluir de la savia, el olor de la muerte vegetal. Imaginás cómo hicieron pedazos los troncos y cómo se los llevaron y cómo fueron aplanando el terreno y como todo fue borrado.

Observás de nuevo la foto del cortés blanco. Querés creer que otras personas también lo conocían y respiraban su amarillo majestuoso. Querés creer que hay más fotos de aquellos árboles que ya no son más. Su recuerdo queda en fotos, como el grito mudo de una belleza destruida por el peor depredador de todos.

Un cortés blanco al que nunca más volveremos a ver florecer.

Espacio de memorias

El pasado 16 de enero se hizo el prelanzamiento del Espacio de Memorias y Derechos Humanos, una plataforma web destinada a ser un memorial virtual y un punto de encuentro para arrancar un diálogo sobre los eventos de la guerra de los años 80 en El Salvador.

Bajo la consigna de «Dialogar. Dignificar. Reparar», la plataforma ha sido el resultado de algunos años de consultas y reuniones entre organismos de la sociedad civil y gubernamental que, preocupados por el rescate de la memoria salvadoreña, impulsaron este proyecto. También se espera provocar reflexión en la ciudadanía sobre la cultura de paz que necesita el país y promocionar nuevos valores para reconstruir nuestro muy averiado tejido social.

Según la información que proporciona la plataforma, en la creación del proyecto participan diferentes defensores y activistas de derechos humanos, educadores, psicólogos, estudiantes, instituciones públicas, organismos internacionales y miembros de la sociedad civil en general.

Quien visite la plataforma, que está disponible en https://www.espaciodememorias.com/, podrá encontrar testimonios en video, foto reportajes, animaciones y otros formatos. Así mismo, la página tiene una casilla de contacto y alienta a quienes así lo deseen, a compartir sus propias historias. Se plantea la recopilación de memorias como un medio para «para mostrar una visión plural del pasado y del presente en relación con el período de guerra y con aquellas problemáticas que son una amenaza para los derechos humanos». Esto ayudará a preservar el pasado, pero además servirá para comprender mejor cuáles son los procesos necesarios para lograr resarcir a las víctimas que aún no reciben justicia sobre sus casos.

El proyecto cuenta con la asesoría técnica del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, y cuenta con financiamiento del Fondo Chile, instancia del gobierno de aquel país para brindar cooperación internacional. De parte del gobierno salvadoreño participan el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Innovación.

Se espera también que la plataforma promueva el diálogo intergeneracional, un ejercicio que hace mucha falta en nuestro país. Esto resulta evidente cada vez que los más jóvenes manifiestan su tedio e incomodidad ante el tema de la guerra. Es común escuchar entre los nacidos en los años noventa, que la guerra no sirvió para nada y que ya están hartos de escuchar sobre el tema, que lo mejor es mirar hacia adelante, hacia el futuro, y olvidarse de aquello.

De alguna manera puede comprenderse dicho cansancio. Vivimos complejas formas de violencia, cuya intensidad cotidiana nos puede hacer creer que el pasado no tiene nada que ver con todo lo que anda mal hoy en día. Pero ignorar la historia reciente puede pasar una factura onerosa a las futuras generaciones.

¿Cómo reconocer los síntomas de un sistema explotador que abusa de su poder si no se conocen los motivos y los actores que definieron el rumbo del país, para bien o para mal? ¿Cómo comprender la importancia cultural de algunos sitios emblemáticos del país y del valor afectivo que encierran para la población si no sabemos qué eventos ocurrieron allí? ¿Cómo trazar una ruta para comprender nuestra salvadoreñidad, si no nos reconocemos en la versión de la historia que nos es contada?

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, poco se habló de la recuperación de la salud mental de los desmovilizados y de la reconstrucción de la confianza entre la población. Poco se habló también de cuál o cómo sería la narrativa que se propondría en las escuelas para educar a las futuras generaciones sobre esa fractura en nuestra historia, sobre ese antes y después que fue la década de los 80 en El Salvador.

Decir que su familia no fue afectada de manera directa por la guerra y que por lo tanto, no le importa saber sobre el asunto, es una muestra de insensibilidad social preocupante. Que nuestra juventud no muestre interés en ello, también obliga a revisar la incapacidad de nuestra sociedad para educar a la población en torno al respeto por un evento traumático para todo el país y cuyas consecuencias seguimos sin terminar de digerir.

El prelanzamiento de este Espacio de Memorias y Derechos Humanos implica que un lanzamiento oficial está por venir, ojalá con más componentes y con mayor participación del público. Es una iniciativa que se celebra. Que ocurra 28 años después de la firma de los Acuerdos de Paz no es más que el reflejo de lo complicados y largos que son los procesos de sanación social. También nos recuerda que estamos poco preparados como país para comprender las complejidades de la reconciliación nacional y del trauma social que significa un proceso bélico.

Una plataforma de memoria, un espacio físico como un museo o monumentos, materiales audiovisuales y narrativos, todos son importantes ejercicios en la significación que como sociedad damos a los eventos importantes de nuestra historia y a la construcción de nuestro imaginario común. Pero esos elementos, por sí solos, no podrán sanar el tejido social salvadoreño que quedó dañado hasta su médula. Para ello es imprescindible el diálogo, tener la capacidad y el deseo de escuchar las historias de quienes participaron en el conflicto y hacerlo despojados de todos nuestros prejuicios políticos.

El rescate de la memoria de la guerra no es una tarea inútil, como piensan muchos. No se trata de oficializar un culto a la guerra, ni de exaltar héroes y maldecir villanos. No se trata de idealizar causas ni tomar venganza. La guerra no es un suceso bonito y sus consecuencias perviven durante generaciones. El dolor se hereda y si no se aprende a convivir con ello, puede terminar destruyéndonos.

La refundación de la nación costó sangre y muchas lágrimas. Al reconocer ese sacrificio, al dignificar a las víctimas de la guerra, al construir una dignidad común y nueva desde el entendimiento y la tolerancia, dignificaremos al país entero.

La memoria ciudadana puede servir como punto de partida para lograrlo.

La orgía más cara de la historia

El inicio de año supone un ejercicio casi obligado de repasar lo ya acontecido y pensar en lo que viene. La entrada del 2020 me hizo recordar algunos momentos culturales y sociales importantes de hace cien años y que contrastan con el tiempo actual.

En los años 20 del siglo pasado se respiraba un aire de optimismo y de celebración. La euforia generalizada por el fin de la I Guerra Mundial, provocada sobre todo por el estado de prosperidad económica que ello supuso para algunos países, sumado a los avances tecnológicos de la época, alimentaron una serie de rompimientos y propuestas considerados audaces para su tiempo.

En un artículo titulado «Ecos de la Era del Jazz», el escritor F. Scott Fitzgerald retrata el espíritu de aquella década que, para él, comenzó con el llamado «Verano rojo» de 1919. En aquel entonces ocurrieron una serie de disturbios raciales entre negros, blancos estadounidenses e inmigrantes europeos en los Estados Unidos. Dichos eventos, que comenzaron en mayo y continuaron durante prácticamente todo el año, dejaron cientos de muertos, en su mayoría hombres y mujeres afroamericanos, que fueron linchados o lapidados, sobre todo en Chicago, Washington D.C. y Elaine (Arkansas), lugares que sufrieron con más fuerza dicha violencia.

«Los acontecimientos de 1919 nos volvieron cínicos más que revolucionarios», argumenta Fitzgerald y sostiene que una característica generalizada de la década fue que no había interés alguno por la política: «Fue una época de milagros, fue una época de arte, fue una época de excesos, y fue una época de sátira. (…) Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?».

Los servicios de luz eléctrica, agua potable y aguas servidas comenzaron a masificarse, sobre todo en las ciudades. La naciente industria automotriz popularizó la compra de automóviles. Los postes del tendido telefónico permitieron la expansión de las comunicaciones. La radio se consolidó como un medio de difusión masiva. El cine mudo se popularizó como una forma de entretenimiento y tuvo su transformación definitiva cuando surgió el primer largometraje sonoro, The Jazz Singer. Charles Lindbergh y Amelia Earhart cruzarían el océano en vuelos solitarios, lo que impulsó la aviación comercial de pasajeros.

Las mujeres subieron el ruedo de sus vestidos y lograron votar, aunque muchas siguieron luchando por mejorar sus condiciones de trabajo en las fábricas. Josephine Baker bailó prácticamente desnuda en sus shows del Folies Berg¬ère en París y se convirtió en la primera afroamericana en participar en un largometraje. El ánimo de desafío contra las costumbres permitió el surgimiento de las «flappers», mujeres que llevaban el pelo corto, se pintaban la boca de rojo, bailaban, fumaban y bebían alcohol.

El charlestón, el jazz y el blues dominaban los salones de baile y las fiestas. La prohibición del alcohol (de 1920 a 1933) disminuyó la incidencia de cirrosis en la salud pública, pero el contrabando y la destilación clandestina permitieron el florecimiento del crimen organizado y la expansión de las mafias. Al Capone, Frank Costello y Lucky Luciano se convirtieron en el dolor de cabeza de las autoridades y calaron en el imaginario popular con la figura del gánster.

El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence era el libro escandaloso de su tiempo, gracias a sus descripciones sexuales consideradas como gráficas. Erich Maria Remarque contaba la desolación de la recién terminada guerra en su novela Sin novedad en el frente. El estilo arquitectónico y de diseño de la Bauhaus saltó fronteras y se expandió por el mundo. El edificio Chrysler, construido entre 1928 y 1930 en Nueva York, supuso la culminación del art déco y la ambición del ser humano por escalar los cielos construyendo edificios cada vez más altos. George Gershwin compuso en 1924 Rapsody in Blue, una pieza orquestal que funde elementos clásicos con jazz y que, para finales de 1927, había vendido un millón de copias en discos de acetato de doce pulgadas. El dadaísmo y el surrealismo rompieron la formalidad y el esnobismo estéticos, dando paso a la exploración del sinsentido y de lo subconsciente.

Ocurrieron mil cosas más, pero la estrepitosa caída de la bolsa en los Estados Unidos, el «Martes Negro» del 29 de octubre de 1929, rompió con el hechizo de euforia de la década de los 20. Cientos de personas perdieron sus fortunas y los bancos quebraron. Las consecuencias se dejaron percibir en el mundo entero y millones de personas perdieron sus trabajos, entrando en la Gran Depresión de los años 30 y que conduciría, casi como fatalidad, a la II Guerra Mundial.

El artículo de Scott Fitzgerald, escrito en 1931, termina con una reflexión nostálgica de una década que sin duda fue próspera e intensa: «… la orgía más cara de la historia se terminó (…) porque la total confianza, que era su apoyo esencial, recibió una terrible sacudida y a la endeble estructura no le llevó mucho tiempo venirse al suelo. Al cabo de dos años, la Era del Jazz parece tan lejana como los días anteriores a la guerra. Era un tiempo prestado, en cualquier caso. (…) Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. (…) Y todo eso nos parece rosado y romántico a nosotros, que entonces éramos jóvenes, porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea, nunca más».

Ahora avanzamos en el siglo XXI, a una nueva década de años 20, con un mundo que arde en llamas (literalmente), donde convivimos con lo tecnológico de maneras que hace cien años no eran ni imaginadas y con un ánimo global de rabia, agitación, insatisfacción y cinismo, con tambores y clarines de guerra sonando siempre fuerte.

¿Que se dirá de nosotros y de este tiempo dentro de cien años? Ojalá que para entonces no hayamos vuelto a la edad de piedra y que la humanidad haya podido evolucionar hacia una realidad más benévola que la del presente.

Creencias curiosas de fin de año

Algunas tradiciones y creencias de fin de año que todavía se mencionan o practican en algunos países europeos, tienen su origen en tiempos pre cristianos, cuando los pueblos celebraban el solsticio y los ciclos de la siembra y la cosecha. Ni el tiempo ni las prohibiciones sociales o religiosas lograron que dichas creencias fueran borradas del imaginario colectivo. Por el contrario, muchas pervivieron por mandato popular hasta convertirse en parte del folklore de varias regiones, algunas de ellas cumpliendo un evidente propósito didáctico o de control social.
En Austria, Hungría, Croacia, así como en algunas zonas de Alemania y del norte de Italia, las familias se preparan para la llegada de San Nicolás, quien lleva regalos para los niños bien portados. Pero este personaje puede llegar acompañado de una siniestra compañía: el Krampus.

Este es un personaje con forma humana pero cuyo cuerpo está cubierto de pelo de cabra negra. Su pierna izquierda termina en una pezuña. Su rostro es el de un demonio. Su lengua es larga y puntiaguda y la enrolla y desenrolla a placer, permitiendo ver sus afilados colmillos. Su cabeza va coronada por dos grandes cuernos.

El Krampus suele llevar consigo una cadena, que hace sonar al caminar. También carga un cesto o un saco de tela en el que irá metiendo a todos los niños mal portados para llevárselos a su guarida en el infierno. Por ello, durante el año, los adultos se la pasan amonestando a los pequeños y amenazándolos con que “se los va a llevar el Krampus” si no se portan bien. En versiones menos siniestras, se dice que el Krampus no se lleva a los niños, pero les da de regalo trozos de carbón y les pega un par de nalgadas con un manojo de ramas de abedul.

En algunas localidades europeas, todavía se hacen desfiles donde la gente se disfraza con máscaras de madera que representan la cara del demonio y al que los adultos creen apaciguar ofreciéndole copas de un brandy casero hecho con frutas. Subsiste también el envío de postales con las imágenes del Krampus, metiendo en su saco a niños con rostros evidentemente aterrorizados.

En Grecia, Bulgaria, Serbia, Albania, Bosnia y zonas vecinas, se cree que los doce días de la Navidad (entre el 25 de diciembre y el 6 de enero), es el tiempo cuando aparecen los kallikantzaros, unos goblins malignos que viven todo el año bajo tierra y cuya tarea es cortar el Árbol del Mundo con una enorme sierra. Este árbol (común en varias culturas del mundo, incluida la Maya) mantiene conectados el cielo, el mundo terrenal y el inframundo. El día que los kallikantzaros terminen su tarea, terminará todo.

Pero durante los días de Navidad, los kallikantzaros se toman una pausa y suben a la tierra para causar mil y un problemas entre los humanos. La descripción física de estos seres puede variar y ser contradictoria, pero en lo que parecen coincidir es que son humanoides pequeñitos, con cola, que tienen mal olor, que les encanta comer sapos y que parecen diablitos negros. Los humanos, advertidos de su existencia, deberán aprender varias tretas para evitar a estos seres y así neutralizar el mal que puedan causar.

En Islandia subsiste la leyenda del jólakötturinn, un gato negro gigante y feroz, que va de pueblo en pueblo, comiéndose a las personas que no han estrenado ropa nueva en Navidad. Se cree que esta leyenda tomó mayor impulso en el siglo XIX, con el propósito de que los granjeros esquilaran a tiempo sus ovejas, para confeccionar con esa lana las prendas de estreno para el fin de año. Pero esta leyenda se remonta a tiempos más lejanos y forma parte de la creencia en los ogros gigantes Gryla, Leppaludi y sus hijos.

Gryla aparece como un antiguo personaje de la mitología nórdica, pero no es hasta el siglo XVII en que se le asocia directamente con la Navidad. Gryla es una mujer gigante y muy fea, que recorre los pueblos pidiendo le sean dados todos los niños mal portados, a quienes se lleva a su cueva para preparar su platillo favorito: un estofado hecho con niños traviesos y malcriados.

Leppaludi es el tercer esposo de Gryla y vive junto con ella, con el gato jólakötturinn (también conocido como gato Yule) y sus trece hijos, conocidos como los muchachos Yule. Todos son gigantes y todos son caníbales. Leppaludi es un haragán que pasa todo el día sin hacer nada pero cuando tiene hambre, se levanta a buscar niños mal portados, aunque también se dice que come adultos malvados.

En Gales subsiste la tradición del Mari Lwyd, donde una persona se disfraza de caballo. El disfraz se hace con una calavera real de caballo, a la que se le atan varias cintas de colores y cascabeles. Esta calavera se amarra a un palo y sobre el palo va una manta blanca, debajo de la cual se esconde una persona. Quien va vestido como Mari Lwyd cuenta con la asistencia de un par de gentes, que deben guiarlo en el camino.

Este pequeño séquito visita varias casas, tocan a la puerta y cantan una copla para pedir la entrada. Los dueños deberán contestar con otra copla y se establece un duelo de versos y cantos. Si los dueños de casa no saben cómo contestar las ingeniosas coplas del caballo, deben hacer pasar a toda la comitiva y darles comida y bebida, ya que se estima de mala suerte no alimentar al Mari Lwyd y sus acompañantes.

Aunque son costumbres lejanas, no es difícil relacionarlas con algunas creencias y tradiciones nuestras. La perpetua lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la bondad y la crueldad, se imponen como temas claves en estas leyendas, muchas de las cuales han funcionado como fuente de inspiración para diversas manifestaciones del arte y la literatura.
Sirvan hoy para reflexionar sobre nuestro futuro, y también para transmitirles mis mejores deseos para el nuevo año.

Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal «Dra. María Julia Hernández» denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, «La masacre ignorada del río Lempa», habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.

Tribulaciones compartidas

La reciente publicación del libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, me dejó pensando en lo que me parece es un tipo de género literario que iremos viendo cada vez con menor frecuencia: los diarios personales.

He sido lectora de diarios de escritores desde hace años, porque busco en ellos la tribulación compartida de un oficio ingrato y poco estimado. Conocer algo de la vida o la manera de pensar y reaccionar del escritor en su entorno cotidiano, puede dar elementos para comprender o valorar aún más su obra.

Muchos escritores han ocupado sus diarios como semillero de ideas para sus textos, como ocurrió con los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir de Cesare Pavese. Los múltiples volúmenes de diarios de Anaïs Nin, permiten conocer facetas de otros artistas o escritores con los que Nin pudo relacionarse, así como las reflexiones sobre el arte y la literatura de una mujer que siempre estuvo a la vanguardia de su tiempo. Los cuadernos de Lanzarote de José Saramago, son oportunos para conocer con mayor profundidad el pensamiento del escritor, pero también para conocer la agobiante rutina de compromisos públicos a la que se mira enfrentado un autor reconocido y el cansancio que eso puede llegar a generar.

No es extraño encontrar diarios que parecen ignorar o minimizar eventos históricos y que se concentran sobre todo en los eventos privados, esos que marcan a todo ser humano y que pueden ser algo así como terremotos emocionales, que sacuden la personalidad de quien escribe, marcándole para bien o para mal. Pero como lectora de diarios de escritores, siempre encuentro que estos tienen el punto común de largas y profundas reflexiones sobre el oficio, que es lo que más me atrae de ellos.

Las dudas sobre el talento propio; las ideas que en un momento se convierten casi en obsesión y que luego, por el impedimento de desarrollarlas, pierden su importancia; la lectura de otros escritores donde se encuentran palabras o ideas mejor expresadas que las propias; la escritura como una especie de columna vertebral, de estructura que sostiene la vida y la psique del escritor, son todos elementos que siempre están ahí y que pueden servir de bálsamo y aliento para quienes nos desmotivamos con nuestro oficio en más de alguna etapa de la vida.

Ciertos escritores llevaron disciplinadamente la escritura de sus diarios con la clara intención de que, algún día serían publicados. Es el caso de los Diarios de John Cheever, quien dejó instrucciones a su familia de publicar sus diarios, como lo aclaró su hijo Benjamin, en la introducción de los mismos. La intención de publicar sus diarios no le impidió a Cheever escribir honestas confesiones sobre su bisexualidad y la lucha con su alcoholismo.

Por su parte, Ricardo Piglia, a pesar de estar enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, pasó los últimos tres años de su vida trabajando con la ayuda de su asistente, Luisa Fernández, para seleccionar el material de sus diarios, que comenzó a escribir desde que tenía 16 años. Así pudo conformar los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi. Casi puede decirse que sus diarios son el retrato de la formación de un escritor y de su visión sobre la literatura, que se fue desarrollando a lo largo de su existencia.

Para otros autores, el diario es un acompañante de vida que queda interrumpido por la muerte. Los diarios de las suicidas Silvia Plath y Alejandra Pizarnik, por ejemplo, fueron descubiertos por sus familias y editados en el peor sentido posible, es decir, censurándolos y cortándolos para dizque proteger la memoria de las fallecidas, por temas que podrían causar vergüenzas familiares. Solo el correr de los años y la magnitud que ambas escritoras alcanzaron en el concierto de la literatura universal, permitieron revisiones y nuevas ediciones íntegras del material original.

Parecerá un sinsentido que alguien que escribe textos de diferentes géneros, desde novelas hasta artículos, tenga todavía tiempo o deseos de escribir algo que no necesariamente resultará en su publicación inmediata o que, incluso, nunca será publicado. Pero la redacción de un diario, aparte de ser un desahogo o un recuento periódico de eventos y reflexiones, es un gran ejercicio de escritura, que obliga a mantener «la mano caliente». Cuando se escribe con honestidad, el diario obliga a encontrar la definición adecuada de sentimientos y sensaciones; a nombrar lo indecible ante los demás; de ejecutar descripciones de situaciones, objetos y personas o, simplemente, de mejorar las habilidades de redacción, lograr fluidez e ir al grano de lo que se quiere decir, sin rodeos o evasiones. Ejercitar dicho tipo de redacción contribuye, sin duda alguna, a la escritura de los diversos tipos de géneros literarios y a hacerlo con mayor precisión y claridad.

Es posible que, con el tiempo, los diarios de escritores se conviertan en una curiosidad que llame la atención, sobre todo para escritores incipientes, para admiradores de la obra de sus autores y para lectores que buscan algo más allá de sus lecturas acostumbradas.

La masiva utilización de las redes sociales como destinatario de desahogos y frivolidades por parte de todo tipo de personas, da la sensación de que la intimidad y la privacidad, necesarios para la escritura de un diario, son asuntos sobrevalorados e inexistentes. El ruido de las redes explota el morbo, el egocentrismo y el facilismo, dando incluso la impresión distorsionada de que lo que se redacta «es bueno» porque acumula miles de «likes», haciéndole pensar a algunos que ello los convierte en poetas o escritores, pese a no contar con un oficio regular como tal, publicaciones en papel o lo más necesario para serlo: calidad literaria y algo que decir.

Los diarios de escritores son, en ese sentido, un recordatorio vital de que la escritura no es una pose pública sino una forma de vida que, una vez asumida, encarnaremos hasta la muerte. La simbiosis entre la intimidad y el oficio, reflejada en tantos diarios literarios, así lo demuestra.

Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión «golpe de estado», recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera «problemas». Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no solo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales solo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado.

Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no solo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman «libertad de expresión», pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no solo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, «I’d love to change the world». «Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer», dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.

Activismo o literatura

Al concluir la 71ª Feria del Libro de Frankfurt quedó clara una cosa: los lectores contemporáneos tienen una creciente necesidad de buscar libros que puedan dar explicación sobre el presente caótico que vivimos. Ensayos, géneros de no ficción y distopías sobre el cambio climático, feminismo e historia, fueron el tipo de libros que mostraron un aumento significativo en las contrataciones internacionales realizadas. Son también el tipo de libros que han tenido un aumento significativo en sus ventas en el último año, sobre todo en Europa.

Pensada como un gran mercado editorial (donde se negocian publicaciones, traducciones y representaciones literarias), la Feria del Libro de Frankfurt suele ser un buen termómetro para comprender por dónde van las tendencias de publicación y el interés de los lectores. Recién clausurada su más reciente edición el 20 de octubre pasado, también quedó claro que hay preferencia por la novela que retrata las crisis de nuestras diferentes realidades o segmentos poblacionales. Según Pilar Beltrán, responsable literaria de Edicions 62, un sello del grupo Planeta, «se le pide a la novela que apele al presente, que aporte más pensamiento y reflexión que evasión».

Ese reflejo de la realidad en la ficción novelística parece ser también algo que se le impone a los autores, en general. Hoy en día, da la impresión que el valor de un escritor radica en sus niveles de popularidad en las redes sociales, pero también en su activismo y el apoyo manifiesto a una u otra causa. Las virtudes literarias de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Esto fue notorio este año, luego de la entrega de los premios Nobel de Literatura a la polaca Olga Tokarczuk y al austríaco Peter Handke.

En el caso de Tokarczuk, se destacó su feminismo, su compromiso con el medio ambiente y la incomodidad de su militancia de izquierda ante el gobierno de su país. Aunque a Handke se le destaca como alguien hábil para retratar «la periferia y la condición humana» (según el comunicado de adjudicación de su Nobel), ha sido imposible ocultar la amistad personal que tuvo el austríaco con Slobodan Milosevic y su negación del genocidio y los campos de concentración en Bosnia y Herzegovina.

La presión de los periodistas sobre Handke fue tal, que el flamante Nobel anunció a los pocos días de ganar su premio, que no respondería más preguntas a la prensa. «De ninguna persona que se me acerca oigo que ha leído algo de mi obra, que sabe lo que he escrito», comentó defraudado el escritor durante una rueda de prensa, agregando fuera de cámara que, a pesar del premio, ningún periodista está interesado en realidad en sus libros.

En su columna del 26 de octubre pasado, titulada «Opiniones» y publicada en el diario El País, el escritor Antonio Muñoz Molina hace un par de reflexiones importantes sobre este asunto. «A los escritores ya casi no les preguntan en las entrevistas por los libros que han escrito. Les preguntan por Cataluña, si son españoles, o por el Brexit, si son británicos, o por Donald Trump, si vienen de Estados Unidos», argumenta Muñoz desde el inicio de su texto.

Después de describir el trabajo de la novela como muy complicado, Muñoz dice: «Uno comprende que leer un libro entero puede ser fastidioso, pero quizá quien lo ha escrito, cuando va a ser entrevistado, merece la cortesía de que el entrevistador haya leído con algo de atención eso que a él, al autor, le costó tanto, y que sienta curiosidad por saber cómo se hizo».

Utiliza como ejemplo sobre su argumento novelas recién publicadas por John Le Carré, Ian McEwan y Javier Cercas, reconociendo que si bien una novela puede incluir exposiciones y debates de ideas, debe hacerse desde el pacto de la ficción, para no convertir a los personajes en meros portavoces del autor. Puede haber escritores que sientan la urgencia de denunciar algo, concluye Muñoz, pero para ello también existen el ensayo, el artículo y el panfleto. «La novela rara vez puede ser un instrumento de intervención inmediata: sus materiales proceden de una larga maduración en gran medida inconsciente, casi tan lenta como la que convierte en suelo fértil la materia vegetal en el suelo de un bosque», recuerda el autor.

La 71ª Feria del Libro de Frankfurt hizo por su parte un llamamiento a todo el sector librero: «El libro y los media tienen la responsabilidad de analizar y cuestionar críticamente los paradigmas que definen el siglo XXI: la diversidad debe ser protegida, necesitamos autores que clamen contra las injusticias y asuman riesgos y, claro, editores comprometidos con este contenido y que encuentren los formatos para ello».

Si bien es cierto los lectores buscan libros y géneros que les permita comprender el momento actual, hay quienes exaltan en demasía las opiniones y la imagen de un escritor por encima de sus textos. Lo que no debería olvidarse es que hay una diferencia entre literatura y activismo, y que este último (por muy noble y valiosa que sea la causa en lucha) no es disculpa para publicar una obra mediocre o regular ni tampoco, por el contrario, para exaltarla, a sabiendas de que es una obra oportunista cuya vigencia perecerá pronto.

Todo esto recuerda a la vieja discusión del escritor comprometido y la validez o no de obras que no estén alineadas con las exigencias del momento político o histórico que vive el autor. Sigue existiendo una expectativa de buena conducta y de calidad moral notoria sobre el escritor, como si eso fuera una garantía para escribir una obra de calidad.

Estas son decisiones que, al final del día, le corresponde tomar al escritor, quien deberá valorar si quiere escribir una obra inmediatista, para retratar las inquietudes contemporáneas urgentes y colmar así la expectativa social, o esperar al mejor momento para hacerlo, sabiendo que la literatura es un potaje de cocimiento lento, sobre todo cuando se trata de retratar una época en cuyo torbellino todavía vamos dando tumbos.

El rompecabezas de nuestra historia

Por asuntos de trabajo, me ha tocado hacer una investigación que me obliga a repasar y profundizar en la historia salvadoreña de los últimos 50 años, un período importante y determinante para el país, que involucra sucesos políticos, catástrofes naturales, la guerra y la posguerra, con todas sus causas y consecuencias.

Es un trabajo interesante pero también agotador. Es fascinante reconstruir la narrativa histórica nacional y darse cuenta de cómo las decisiones o la desidia de los gobernantes, los políticos y la sociedad en su conjunto, se fueron acumulando hasta arrastrarnos a consecuencias inimaginables. Por ejemplo, la falta de atención y reparación adecuada de los daños del terremoto de 1965 a la infraestructura afectada en aquel entonces, fue uno de los antecedentes por los cuales los daños del terremoto de 1986 en el centro de San Salvador fueron tan grandes. Estructuras viejas y averiadas, que sólo recibieron renovaciones cosméticas se desplomaron, borrando o inutilizando muchos de los edificios emblemáticos del centro de la ciudad.

No es posible dejar de conmoverse o indignarse ante varios eventos históricos y el manejo que se ha hecho de los mismos. Pero quizás lo más desconcertante es darse cuenta de la enorme cantidad de carencias de las fuentes investigativas con las que se cuenta en el país.

Quienes nos vemos en la necesidad de hacer trabajos de investigación debemos convertirnos en auténticos detectives, no sólo para cotejar y verificar fuentes y versiones, sino sobre todo para rastrear y encontrar la documentación que se necesita. Esto es alarmante si se piensa que se trata de la historia contemporánea reciente. Mientras más antiguos sean los documentos que se buscan, más compleja y extensa se torna la investigación y más brumosa se torna la realidad.

Hay grandes vacíos de información y de documentos que respalden, analicen y sirvan para comprender nuestro devenir social. Nos hemos tragado las versiones oficiales de nuestra historia, sin tomarnos la molestia de cuestionar, verificar o ahondar en ellas, poniéndonos en riesgo de ser manipulados ideológicamente, según conveniencias coyunturales.

Esto obliga al investigador a consultar numerosas fuentes para terminar con fragmentos que se deben armar, como un rompecabezas. Es parte de la tarea, claro, pero en El Salvador las dificultades para ello se multiplican. Aparte de la dispersión y escasez de fuentes, uno de los problemas es el estado de conservación del material bibliográfico y documental, archivos visuales (fotográficos o filmados) y archivos sonoros (entrevistas, discursos, programas de radio, etc.). Muchos están en deterioro y no han recibido restauración alguna, o no son mantenidos en las condiciones adecuadas, sufriendo el peligro de perderse para siempre. Vea cualquiera el video de la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec y sabrá a lo que me refiero.

Cuesta encontrar documentos en sus versiones íntegras. Ya que estamos con el ejemplo, un documento vital como los Acuerdos de Paz completos, que consta de 98 páginas, no es fácilmente localizable en internet. Lo cual nos lleva al problema del acceso y la digitalización. Hay escasas iniciativas por digitalizar el patrimonio documental y ponerlo a disposición de la población. Muchas instituciones carecen del equipo, el financiamiento y el personal para realizarlo de la mejor manera, pero también da la impresión de que hay personas que prefieren que los documentos se pierdan o los guardan con un celo mezquino incomprensible, sin tomar en consideración que la documentación histórica de un país no puede ser privilegio de unos cuantos. Dicha documentación es parte de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial y tiene un valor que trasciende lo económico y lo ideológico.

Igual de valiosas son las fuentes vivas, personas que vivieron y fueron partícipes o testigos de momentos fundamentales de nuestra historia, que guardan no sólo recuerdos importantes, sino que también, a veces, conservan objetos, recortes de periódicos, cartas, diarios y otros materiales que por ser personales se consideran subjetivos pero que pueden contribuir a complementar las narrativas oficiales o académicas y dar un color humano a los sucesos.

Dentro de este contexto, hay instituciones que llevan adelante iniciativas de carácter independiente, cuyo trabajo tampoco es valorado en toda su magnitud. El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), las bibliotecas y centros de documentación de universidades e instituciones independientes, como la UCA y FUNDASAL (que, por cierto, alberga documentación valiosa sobre uno de los temas menospreciados del país: la vivienda, y en particular, la vivienda popular y asentamientos humanos), son algunos ejemplos. Recordemos la inundación que sufrió la Biblioteca Nacional a fines de abril de este año y la afectación de cientos de periódicos y otros documentos que fueron rescatados de manera oportuna gracias a las diligencias de su director, del personal y de grupos de voluntarios que apoyaron dicha labor. Este tipo de riesgos y peligros son una amenaza real permanente a nuestro acervo cultural.

Todas estas carencias terminan reflejadas en la evidente subestimación y desprecio de la importancia de nuestra historia, de la construcción de una narrativa objetiva y equilibrada de la misma, no sólo para comprender cómo los vaivenes de nuestro quehacer a lo largo del tiempo han marcado y determinado buena parte de los eventos que nos atormentan en el tiempo presente, sino también para comprender en qué consiste y de dónde proviene lo que consideramos nuestra salvadoreñidad.

Es imprescindible pensar en fundar instituciones, desde la sociedad civil, que financien y fomenten la investigación, la preservación y digitalización del patrimonio documental, así como la redacción y publicación de estudios y ensayos que ahonden en nuestro pasado, de manera veraz, objetiva y no ideologizada.

También se necesita fomentar los estudios humanísticos a nivel universitario y de bachillerato, para crear ciudadanía crítica, pensante y con capacidad de análisis, que sepa discriminar y reconocer los vacíos, contradicciones y peligros en la narrativa manipulada de las versiones de nuestra historia, que venimos tragando pasivamente desde antes de la guerra.

Quizás así podamos tener, algún día, un cuadro realista y equilibrado de lo que por ahora continúa siendo el rompecabezas de nuestra historia nacional.