Domingos

Durante muchos años de mi vida, odié los días domingo. Me parecían días muertos, aburridos, sin sentido. La laxitud, el silencio, las obligaciones familiares, una pereza resultante del agotamiento acumulado de la semana y una abrumadora sensación de soledad, moldearon las más de las veces esos días en los que no sabía ni qué hacer.

Durante algún tiempo, intenté borrar el extraño sabor de los domingos probando diversas estrategias. Leía, escribía, escuchaba música. Eso me distraía del mal ánimo que me provocaba ese día, pero no del todo. Años después, durante un tiempo demasiado breve, los domingos fueron como una pequeña e íntima fiesta semanal que celebrábamos con Alguien, domingos en los que yo era terriblemente feliz.
Cuando era niña, los domingos familiares tenían rutinas bastante inalterables. Después del desayuno, mi padre iba a una finquita que teníamos cerca de Panchimalco. Muchas veces lo acompañaba, con tal de eludir la otra rutina casera. Ese día no se hacía limpieza, pero sí se cocinaba algo especial. Por lo general hacíamos una barbacoa. Era el almuerzo familiar de la semana. Todos sentados a la mesa. Luego la siesta de los adultos, mientras yo me quedaba en la sala, viendo las películas de Pedro Infante que pasaban en el canal 2.

Raras veces salíamos. Cuando lo hacíamos, casi siempre íbamos a la playa, a San Diego. Por lo inusual de nuestros paseos, dicho viaje adquiría dimensiones de ser un gran acontecimiento. La muy alemana de mi madre tenía toda la logística del paseo organizada con meticulosidad desde un par de días antes. Lista en mano, tenía prevista la comida, las horas de salida, el horario para levantarse, la ropa y los bolsos a llevar, con cumplimiento estricto para todo, so pena de una bofetada o por lo menos, de una buena gritada.

Mi padre manejaba siempre. Mi madre se ponía anteojos oscuros y se amarraba un pañuelo a la cabeza, como era la moda de entonces. El camino parecía largo. Todo estaba lleno de árboles. No había casas ni nada que ver más que la imagen del Cristo Negro, pocos minutos después de entrar en la carretera. Era mi indicativo mental de que el viaje apenas comenzaba. Más adelante, cuando veía los tanques de agua de ANDA, sabía que faltaba poco para terminar el viaje. Cuando llegábamos al cruce para San Diego, ya llevábamos todas las ventanillas del carro abiertas. Sentía el olor del mar, el golpe de la sal en mi rostro, el ruido de las olas, el calor pesado.

Por las tardes, al regresar, en ese mismo cruce, mi padre se detenía a comprar un par de pescados boca colorada que iban amarrados con una pita, de manera tal que se podían colgar en la antena del radio del carro, cerca de la puerta del conductor. Íbamos por la carretera y podíamos identificar a quienes también regresaban del mar, por lo pescados colgados de la antena.

No quería que el viaje de vuelta terminara nunca. Quería que pudiéramos pasar el resto de la vida en ese vehículo, sin llegar a ninguna parte, nada más manejando en silencio, viendo valles y cerros poblados de árboles, mientras caía la tarde y se modulaba la dureza de la luz del sol y las nubes se pintaban de colores. Yo iba con la piel picante por el exceso de sol. Los pies ásperos por el roce de la arena. Tenía la sensación de llevar el mar metido en el cuerpo. Esa burbuja de ensueño reventaba cuando pasábamos de nuevo frente al Cristo Negro. La ciudad estaba cerca. Volveríamos a nuestra odiada realidad.

Hace un par de años me reconcilié con los domingos y ahora es mi día más esperado. En algún momento caí en la cuenta de que pasaba semanas enteras trabajando, sin pausa alguna, error que solemos cometer quienes trabajamos por cuenta propia. A partir de entonces, me permito hacer lo que se me antoje, sin culpa alguna. Los horarios se rompen. Me levanto cuando termino de dormir. Por lo general, me paso el día en pijama o en la ropa más cómoda posible. Veo películas o leo sin parar. Paso horas mirando tonterías en internet. Como cuando siento hambre.

Pero por muy agradable que haya transcurrido el día, cuando se acerca la hora de la cena y comienza a oscurecer, me entra esa extraña sensación que producen los domingos, que sin duda es una de las mil variantes de la tristeza, esa certeza de que el día se acaba. Se me revuelve un poco el estómago al pensar en el lunes, en el regreso a la esclavitud, de tener que volver a una rutina de trabajo y a las obligaciones que nos alejan de las actividades que disfrutamos. Hasta me acuesto más temprano, como si el domingo estuviera reñido con el desvelo. Sé de mucha gente que odia este día.

Quizás lo que se odia del domingo es ese inevitable estado de ánimo, inducido por el cambio de velocidad y el quiebre de la rutina, por la obligación de estar en ciertas compañías o participar en actividades aburridas que preferiríamos no realizar. Quizás es un día en el que muchos palpan, con demasiada crudeza, el hueso de su soledad y piensan cosas angustiantes sobre el futuro, sobre las ausencias y sobre el sentido de todo. O quizás los domingos dejan al descubierto que hay mucho de nuestra vida que no nos gusta y que no sabemos cómo cambiar. Quizás, en el fondo, sí disfrutamos del domingo y lo que odiamos de él es que deba terminar.

Me pregunto si es por ese momento, por esa angustia del final del día que el domingo resulta incómodo, porque trae implícita una micro dosis de nostalgia, la melancolía anticipada de nuestra mortalidad y la certeza de que la vida y el mundo continuarán sin nosotros.
Nada puede hacerse más que vivir el día, de la mejor manera posible, y tragar con humana resignación esa gota de miel agridulce que siempre destilan los domingos.

No se culpe al lector

Hace algunos años, me tocó visitar una universidad en Tegucigalpa, Honduras, como parte de una gira de presentación de una de mis novelas. Al terminar el conversatorio, hubo un momento para firmar libros. Un estudiante me pidió autografiar una copia de Contra-corriente, mi segunda publicación. Lo firmé, pero había algo raro en el ejemplar, algo que no terminaba de detectar, por más que lo hojeara.

Se lo dije a la persona que me lo llevó, que me parecía una edición rara. Sin pena alguna, el estudiante me dijo que era un libro pirateado. Que debido a que mis libros son imposibles de encontrar en Honduras, habían conseguido un ejemplar y lo habían fotocopiado, haciéndolo parecer lo mejor posible a un original. La verdad fue que me conmovió. Pensar que había personas que querían, a toda costa, leer algo que yo hubiera escrito y que para ello se tomaran tanto trabajo, me parecía una forma de halago.

Recordé la anécdota cuando hace pocas semanas, resucitó la discusión sobre el pirateo de libros, gracias a un tweet hecho por la escritora mexicana Fernanda Melchor. Autora de la novela Temporada de huracanes (cuya lectura recomiendo), Melchor emitió un breve mensaje insultando a quienes compartían archivos en PDF de su obra. Hace cosa de un año, la escritora chilena Francisca Solar también emitió un tweet agresivo, haciendo alusión al pirateo de su obra, generando un largo y caldeado debate sobre el tema.

Cuando cada tanto tiempo sale a discusión, muchos autores insisten en que el pirateo de libros les afecta directamente, en el sentido de que es un libro menos que se vende y que, por lo tanto, no recibirá sus derechos de autor correspondientes. La preocupación es válida porque el pago de los mencionados derechos es una compensación económica que reconoce el trabajo intelectual del autor. Pero la realidad es que esa compensación es casi simbólica y su valor sólo se incrementa a medida que se venda mayor número de libros. Los derechos de autor son apenas un 10 % del precio de venta al público sobre cada libro vendido. En las matemáticas finales del mundo editorial, estos derechos no llegan a cubrir el tiempo de escritura que se dedicó a una obra, a menos que se tenga la suerte de convertirse en un bestseller. Aquí es donde cruzamos la frontera entre la realidad y la fantasía de ser escritor, entre las ambiciones y las posibilidades reales. ¿Se escribe para ganar dinero? ¿Se escribe para ser leído?

En realidad, el reclamo por la piratería debería dirigirse hacia otros sectores. Una persona que necesite leer un libro y no pueda encontrarlo disponible o carezca del dinero suficiente para comprarlo, hará lo que sea necesario para acceder al texto. Muchos de estos lectores son estudiantes universitarios, para quienes las fotocopias y copias digitales son imprescindibles y sin cuya existencia, casi cualquier carrera se torna impagable.

Vivimos en una región que, de por sí, no le da un espacio ni un valor adecuado a lo cultural. Lo vemos con el libro literario, por ejemplo, que no circula en los países de la región centroamericana. Los distribuidores no quieren arriesgar importar libros a países con bajo índice de compra de libros y hacen circular lo que consideran ventas seguras. Se le da prioridad a autores no centroamericanos, que representan super ventas internacionales.

La escasez de librerías, la situación económica nacional, los engorrosos trámites burocráticos para importar o exportar libros, tampoco nos convierten en un país atractivo para el mercado editorial. Hay cientos de títulos interesantes que jamás serán vendidos en nuestro país y que, de serlo, tendrían un costo elevado para quienes leemos. Viviendo en países con profundos índices de desigualdad social, está más que claro que alguien que quiera leer pero que no tenga los medios económicos para comprar libros, encontrará alguna alternativa para hacerlo, sobre todo si la lectura está relacionada a sus estudios.

Quienes somos lectores preferiremos siempre, sin duda, la lectura de una edición en papel. Apreciamos una buena portada, la tonalidad y el olor del papel usado, el cuidado de una buena edición. La lectura de libros pirateados no es sustitutiva de la experiencia de la lectura en papel. De hecho, leer PDF’s no es la experiencia más amable para el lector, a nivel visual.

Cuando nos gusta mucho un libro pirateado, es bastante seguro que lo terminemos comprando en formato duro, como me pasó con Claus y Lucas. El libro es una edición con tres novelas cortas de Ágota Kristof, escritora húngara cuya obra conocí mediante un archivo Word. La primera de esas novelas, El gran cuaderno, me impactó tanto que quise tenerlo en impreso. Pero estaba agotado y así permaneció durante varios años, hasta que por fin la editorial Libros del Asteroide hizo esta compilación en 2019. La compré en cuanto pude, antes de que volviera a agotarse.

Todo esto no debe tomarse como un alegato a favor de la piratería de libros. Pero de nada sirve ignorar que la piratería es una realidad y que si existe, es porque hay una necesidad y una demanda no satisfechas. En vez de condenar a los lectores que leen textos pirateados, es más útil analizar los motivos de este tipo de consumo, para comprender la situación y encontrar alternativas que beneficien tanto a los lectores como a las editoriales y los escritores.

El mundo del cine y de la música tienen años de estar evolucionando sus modelos y creando plataformas alternativas para acceder a sus productos, como Spotify y Netflix. En el mundo del libro hay un par de plataformas que prueban algo similar, donde los lectores pagan una mensualidad por tener acceso a cientos de títulos, recibiendo las editoriales y autores un porcentaje de dicha tarifa. Scribd y Bookmate son un par de ellas.

Que no se culpe al lector por piratear libros, si la sociedad y el sistema económico no le permiten mejor alternativa para acceder a ellos.

Otra forma de leer

Me encontraba picando verduras para preparar una sopa. Tenía puestos mis audífonos y estaba escuchando mi primer audiolibro. Mientras escuchaba, pensé que la experiencia era un equivalente a cuando alguien te lee o te cuenta una historia. Eso me llevó a preguntarme si escuchar un audiolibro podía considerarse una forma de lectura. A fin de cuentas, aunque el formato de acceso al texto escrito sea el oído y no los ojos, alguien te está leyendo un libro de principio a fin y, al terminar, te deja con pleno conocimiento de la obra.

Confieso que estuve negada durante años a escucharlos. Me parecía que la experiencia no sería tan satisfactoria como leer en papel o en formato digital. Pero, haciendo cuentas de las horas que invierto en los oficios domésticos, pensé que dicho tiempo podía aprovecharse de manera más agradable. Podría escuchar música, y a veces lo hago. Podría escuchar podcasts, pero sigo buscando alguno que me guste tanto como para escucharlo a diario. Durante un tiempo, intenté ver series con el celular. Pero por estar haciendo algo que requería moverme de la cocina o fijar mi atención en otra cosa, me perdía de escenas o detalles de los programas y casi que me limitaba a escucharlas. Ahí fue cuando se me ocurrió intentar con los audiolibros.

Para mi primera experiencia decidí escuchar Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero, una novela que me llamaba la atención por ser de ciencia ficción y estar ambientada a 100 años en el futuro, en España. El personaje principal es una detective, una replicante de combate llamada Bruna Husky, que investiga un caso sobre falsas memorias implantadas en la población de replicantes, quienes conviven en la tierra junto con los humanos y seres de otros planetas. Me pareció irónico escuchar esa novela con audífonos inalámbricos, en un presente donde las pantallas son nuestra cotidianidad y donde la información de toda índole es manipulada de múltiples maneras para influenciar las decisiones y conductas de los seres humanos, tal como también pasa en la novela.

Para muchas personas, el audiolibro les permite mantenerse conectados con la lectura, aunque no sea de manera tradicional. Las personas ciegas, quienes sufren de dislexia, quienes pasan por cirugías de los ojos y las personas muy mayores encuentran en ello una opción válida para continuar “leyendo”. También es útil para quienes deben manejar durante horas o que sacrifican tiempo muerto en los embotellamientos, en cuyo caso los audiolibros sirven de compañía y como elemento para disminuir la tensión.

Un rápido sondeo que hice en Twitter me sirvió para darme cuenta de que el audiolibro es un tema que despierta muchas pasiones. Como en todo, hay gustos y opiniones diferentes, así como ventajas y desventajas propias del formato. Para algunos, no es lo mismo que leer y consideran que es una actividad para “gente haragana”. Para otros, el audiolibro es una solución de lectura cuando no se tiene el tiempo, el espacio o las condiciones necesarias para tomar un libro.

Hay quienes piensan que escucharlos mientras se hacen otras tareas los desconcentra, pero igual se puede desconcentrar mientras se lee con la mirada y la mente divaga en diversos asuntos. Para otras personas, el audiolibro tiene la limitación de no poderse marcar o subrayar fragmentos interesantes. Lo cual es cierto, aunque pienso que, si un libro te gustó lo suficiente, se puede buscar después la edición en papel, para ubicar y rescatar esos fragmentos importantes.

Un par de personas comentaron que no les gusta la pronunciación del español de quien lee. En lo personal, no me molestan los diversos acentos del español, algo a lo que también estamos expuestos cuando vemos películas mexicanas, argentinas o colombianas, por decir algo. Mientras se entienda lo que hablan, no veo problema con el acento, aunque supongo que, en realidad, lo que se extraña es poder imaginar las voces a su gusto, en sus cabezas. De hecho, ése fue uno de los motivos por los cuales no me animaba a escucharlos.

Un audiolibro es mucho más que una persona leyendo. Las grandes editoriales invierten en su producción equipo y trabajo profesional de primera. Quienes graban los libros tienen entrenamiento vocal o son actores radiales, que modulan las voces de otros personajes o que incorporan a otros actores para leer los diálogos en que intervienen, de manera que quien escucha pueda distinguir claramente a cada uno, sin confundirse. Lo único que hace falta para diferenciarlo de un teatro radial son los efectos de sonido y el hecho de que las obras para radio cuentan con un guión que adapta la obra literaria, pero que no necesariamente lee todas y cada una de las palabras del texto, como sí lo hace un audiolibro.

Al terminar de escuchar Lágrimas en la lluvia, hice un balance positivo de la experiencia, no solo porque me gustó la obra, sino porque en pocos días había terminado de “leer” un libro completo, algo que seguramente me hubiera tomado más tiempo, de haberlo leído en papel o digital.

Muchas veces, nuestras labores cotidianas nos dejan agotados interiormente o nos obligan a leer muchas horas (en papel o en pantalla), de manera que ya tenemos la vista o la mente cansados cuando por fin tenemos un tiempito libre para leer los libros de nuestro interés personal. Aunque el formato es muy diferente, el proceso de análisis y de comprensión de la lectura es el mismo. De hecho, existen varios estudios que demuestran que al escuchar audiolibros o al leer visualmente, se activan las mismas redes neuronales en el cerebro, por lo cual la experiencia de escuchar el libro no debería de ser despreciada del todo.

Para quienes dicen que no leen porque nunca tienen tiempo, quizás les venga bien probar con audiolibros. No es la misma experiencia, pero por lo menos podrán acercarse a la literatura a través de las nuevas formas de leer que nos ofrece la tecnología.
Eso es mejor que no leer nada.

Adiós a la DPI

Hace un par de semanas, me enteré por casualidad de que la editorial del estado, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), ha sido reducida a una llamada «Unidad de publicaciones y fomento editorial». El Ministerio de Cultura, de quien dependía la DPI, no ha hecho ningún anuncio formal al respecto. Tampoco se nos ha avisado nada a quienes tenemos libros publicados en la mencionada editorial.

En el organigrama de la página del ministerio, este cambio aparenta estar definido desde enero de este año, según sello adjunto y la firma de la ministra Suecy Callejas. Bajo la Dirección Nacional de Bibliotecas y Archivo se encuentra una instancia escuetamente denominada «Publicaciones» que, supongo, corresponde a esta nueva unidad, de cuyo nombre tuve conocimiento en alguno de los tuits que reclamaban sobre este asunto.

A pesar de los numerosos cambios de gobierno vividos por la DPI desde su fundación en 1953, las diversas jefaturas a las que estuvo adscrita siempre le otorgaron la debida importancia. De último, había estado bajo el alero de la Dirección de Investigaciones, dirección que también ha desaparecido. Esta última estaba encargada de realizar trabajos ensayísticos sobre diversos temas históricos del país. Bajo su funcionamiento estaban además un par de revistas, entre ellas Ars, una publicación de larga data.

Si vamos a ser sinceros, el trabajo de la DPI había decaído mucho en años recientes. La editorial tuvo muchos altibajos, años de grandes aciertos, pero también años de poca actividad. De un tiempo para acá, pareció estancarse en un funcionamiento mínimo y poco atractivo. Sus publicaciones, a nivel de impresión y de materiales utilizados, dejaban mucho qué desear. Por motivos desconocidos, varias de las valiosas colecciones que logró impulsar en décadas pasadas, quedaron paralizadas, sin continuidad y nada más se reeditaban algunos de sus títulos. Su empeño reciente priorizó la edición de libros infantiles, aunque también se hacía con muchas limitaciones y deficiencias.

La Biblioteca Básica Salvadoreña (de 30 libros), así como las colecciones de Ficciones, Historia, Poesía y Orígenes (esta última, especializada en publicar obras completas de escritores considerados parte del canon literario nacional), fueron sin duda grandes aportes editoriales para la cultura del país. La DPI era, además, una de las instancias organizadoras y promotoras de los Juegos Florales que, aunque deficiente, es el único concurso literario nacional estable que tenemos. Los ganadores de los mismos eran publicados en dicha editorial, aunque también, esto ocurría de manera irregular.

Podría contar toda la historia de su funcionamiento y de los autores que publicaron en sus colecciones o en la revista Cultura. Pero nostalgias aparte, la DPI tuvo serios tropiezos de diferente índole en el último par de décadas. Jamás supo adaptarse a los cambios tecnológicos y modernizar sus publicaciones, en cuanto a diseño y línea gráfica, pero tampoco, en cuanto a constituirse en un espacio de publicación para las nuevas promesas de la literatura nacional (que las hay, y muchas). No contaba con un comité de lectura, situación con la cual justificaban la no admisión de manuscritos para ser considerados para publicación. Ni siquiera tenía una página web y la que tuvo por corto tiempo, fue desaparecida en alguno de los cambios administrativos de gobierno. La DPI tampoco se adaptó al comercio y a la difusión internacional, y nunca diseñó ni vendió versiones electrónicas de sus libros. Uno de los pocos aciertos que tuvo en años recientes fue el de abrir un local de ventas en el Museo Nacional de Antropología, un lugar de fácil acceso para nacionales y extranjeros, y que evitaba a los interesados ir hasta el centro de San Salvador a buscar sus títulos.

Con la inestable y corta vida que suelen tener las editoriales independientes nacionales, que ahora ven reducida o afectada su producción como consecuencia de la pandemia, las opciones de publicación en el país se reducen aún más con la desaparición de esta editorial.

Sería fácil señalar culpas, como suele hacerse cuando se cierra un proyecto. Pero culpar a sus directores sería injusto. A fin de cuentas, quien entraba a ocupar dicho cargo parecía hacerlo con las manos amarradas, sin las herramientas, personal o presupuesto adecuados, pero sobre todo, sin la voluntad política de las instancias superiores para permitir que la DPI se convirtiera en el núcleo de difusión literaria que el país necesita y merece. Durante años se trabajó con máquinas obsoletas y con una parte del personal más preocupado por realizar sus actividades sindicales que sus tareas laborales. Conocí a más de un director que comenzó en el cargo con gran entusiasmo y muchos planes, pero que poco a poco aterrizaba a una realidad que lo superaba, limitando el dinamismo y la capacidad de gestión independiente que requiere un puesto de dicha naturaleza.

La DPI presentaba un sinnúmero de problemas, es cierto, pero la solución a ellos no era eliminarla ni degradarla a una mínima expresión. ¿Cuáles son los nuevos planes de esta unidad de publicaciones? ¿Cuáles serán sus funciones y limitaciones? ¿Seguirá abierta la tienda del MUNA? ¿Qué ocurrirá con los libros ya publicados? ¿Se seguirán reimprimiendo las colecciones ya existentes? ¿Tendrá esta instancia capacidad organizativa dentro de los Juegos Florales? ¿Qué pasará con Cultura, Ars y las demás revistas que se publicaban? ¿Qué pasará con las instalaciones de la DPI, con la donación de maquinaria japonesa y con los libros embodegados? ¿Qué pasará con todo el personal de la DPI y con el presupuesto que tenía asignado? ¿Nos sorprenderá el ministerio con la formación de una nueva y eficiente editorial estatal, como estuvo planteado en el Plan Cuscatlán? Las preguntas son muchas, pero el hermetismo con que se ha tratado este asunto es desconcertante.

Como todas las instancias del gobierno, la DPI se mantenía con nuestros impuestos. Por lo tanto, la ciudadanía y los miembros del mundo literario salvadoreño, tenemos derecho a saber qué hay detrás de este cambio tan radical, porque tanto la acción como el silencio envían un mensaje negativo: que la literatura es un asunto sin importancia para este país.

Epifanías secretas

¿Cuál fue el libro que cambió su vida? Es una pregunta que se nos hace con frecuencia a los escritores, pero que también se hace entre lectores. ¿Qué significa exactamente eso de que un libro te cambie la vida? ¿Se dejó de creer en algo? ¿Se cambiaron hábitos de vida o maneras de hacer las cosas? ¿Se mudó de país? ¿Adoptó una nueva religión? ¿Puede un libro producir transformaciones profundas en una persona?

No sé si un libro me bastaría para hacer ese tipo de cambios. Sobre todo, no creo que ocurriría con novelas o cuentos, es decir, con libros de ficción. Quizás podría ocurrir con la lectura combinada de varios libros y con algunos hechos de la realidad que respalden las circunstancias del lector.

Pienso en libros como La Biblia, el libro más traducido y publicado en toda la historia. O en El Capital de Karl Marx, otro libro con gran número de ediciones en todo idioma y con profunda incidencia en los sistemas económicos que la humanidad ha tratado de implementar. Más recientemente, los libros de auto ayuda y ciertos ensayos, pueden influenciar a los lectores que buscan algún tipo de orientación para comprender y mejorar aspectos de su realidad con los que se sienten insatisfechos. Es posible que encuentren en alguno de ellos información de fondo, sugerencias o análisis que les ayuden a superar alguna etapa negativa de sus vidas o el estímulo necesario para lanzarse a realizar proyectos nuevos.

Sin embargo, ¿es posible que la literatura de ficción nos haga cambiar? Me atrevo a decir que sí, aunque nos impulse a otro tipo de cambios, relacionados con el oficio de escribir y no con la sobrevivencia económica ni con el oficio de vivir. O quién sabe porque, a fin de cuentas, escribir es también una forma de asumir la vida. En mi caso, dos son los libros que marcaron ese tipo de cambios.

Ya he mencionado en más de alguna ocasión cómo me impactó la lectura de Heidi, novela de la escritora suiza Johanna Spyri. Tenía 6 o 7 años y aunque había muchos libros en casa, era la primera vez que me sentaba a leer uno de principio a fin. El libro me lo regaló mi tío, antes de aprender a leer. En el colegio no se nos hacía tanto énfasis en la comprensión de la lectura como en leer de corrido y en cumplir con las pausas de puntuación.

Leer Heidi me fascinó porque fue descubrir la lectura comprensiva. La emoción que me causó fue tan profunda que cuando lo terminé, cerré la contratapa y me quedé viendo la edición con una serie de emociones y pensamientos corriendo a mil. Entendí todo, cada frase, cada párrafo. Me identifiqué con el personaje central, algo que nunca pasaba con las lecturitas que nos daba sor Ardón en el colegio. Me pareció maravilloso que existieran ese tipo de historias y que hubiera personas que las escribieran. Pensé de inmediato que eso sería algo que me gustaría hacer a futuro, escribir historias. Fue toda una epifanía.

Heidi significó el descubrimiento de una vocación, del oficio al que le he dedicado mi vida. Pero también significó el inicio de mi obsesión con los libros y la lectura, porque a partir de entonces, comencé a leer el periódico, las revistas y los libros que había en casa. Cada vez que mi padre o mi tío me preguntaban que quería de regalo, lo único que pedía era libros. Muchas veces leí cosas que no comprendía a fondo, pero no importaba. Pedí un diccionario, aprendí palabras nuevas y pensaba que, cuando fuera grande, volvería a leer todas esas partes y libros que no entendía entonces.

Otro libro que marcó un tipo de cambio personal, aunque más como escritora que como otra cosa, fue la lectura de Ulises de James Joyce. Me empeñé en leerlo por su importancia dentro de la literatura moderna pero no fue una lectura fácil ni inmediata. Intenté 2 o 3 veces leerlo y me rendía a eso de las 50 páginas, dejándolo para después. Lo intenté una cuarta vez y, no sé por qué, en esa ocasión sí me atrapó y no pude soltarlo hasta concluir.

Al igual que con Heidi, recuerdo el momento en que terminé y cerré la contratapa. El primer pensamiento que tuve, después de una sensación abrumadora de asombro, fue la convicción de que es posible hacer de todo en literatura. Joyce había retratado un día en la vida de un personaje, Leopold Bloom, con sus ires y venires, sobre todo estudiando su fluir de pensamientos, un ejercicio que tienta a muchos escritores. La ambición de retratar la cotidianidad de un personaje, siguiéndolo en detalle, pero sobre todo reconstruyendo sus procesos mentales, es un reto al que nos atrevemos en pocas estrofas o páginas, pero no en un libro de 800 páginas.

Joyce utiliza la técnica del fluir de la conciencia para cumplir el cometido. Humor, reflexión, diálogos, monólogos y hasta una pieza teatral caben dentro del mundo de Ulises. Dicha variedad de recursos es lo que le otorga riqueza, pero también complejidad a la obra, desalentando a muchos a continuar con su lectura. En lo personal, Ulises me concedió el permiso de escribir mis textos de la manera en que se me ocurrieran, aun cuando a mí misma me pareciera que tenían un formato inusual.

No todos los libros nos tocan o afectan de la misma manera. La combinación del libro que leemos junto con el momento y el estado emocional que estamos viviendo, puede permitir que una lectura nos sacuda a fondo, marcando un antes y un después muy claro en nuestras vidas.

Ese es el enigma de los libros, que pueden parecer mensajes exclusivos, dirigidos a nuestra persona, como si existiera un vínculo misterioso con alguien que escribe solamente para nosotros y que nos envía un montón de epifanías secretas, escondidas en las páginas de un libro.

Hostilidad virtual

Desde hace un tiempo, algunas redes sociales se han convertido en espacios que concentran un alto nivel de hostilidad. La violencia verbal, la superioridad moral, la arrogancia, el cinismo, las amenazas, las descalificaciones, los egos inflados y la vulgaridad, se han convertido en su lenguaje cotidiano.

Lejos de ser espacios para intercambiar ideas e información, parece ser que las redes sociales se entienden como lugares para ventilar rabias contenidas y todo tipo de bajezas. Veo esto reflejado en Twitter, uno de los pocos espacios que todavía mantengo abierto. Tener una opinión diferente a la propia parece ser el interruptor para que algunos insuficientes mentales reaccionen de manera desmedida, sobre todo cuando se trata de asuntos políticos o ideológicos, donde la agresividad se luce en todo su esplendor.

Esto lo sabemos demasiado bien en nuestro país, donde casi cualquier cosa que se postea es detonante para pleitos. Esta situación es particularmente delicada para las mujeres, ya que expresar sus opiniones o criticar algún asunto (sobre todo cuando se trata de política nacional) se convierte en una fuente de amenazas que van desde las golpizas hasta la violación y muertes violentas, que además se extienden a sus hijos y otros miembros de su familia. Cualquiera dirá que «perro que ladra no muerde», pero viviendo en un país con tan altos niveles de criminalidad y donde los asesinatos de mujeres han sido parte del esquema cultural histórico del salvadoreño, este tipo de comentarios no pueden ignorarse. Es preocupante lo gráficas que son muchas de esas amenazas, hechas por turbas cibernéticas que solo necesitan un empujoncito para inundar las secciones de comentarios con su basura y convertir todo en una cloaca apestosa.

Este no es un fenómeno estrictamente local. Ocurre en todas partes. Hace poco vi una animación satírica, no sé si inglesa o estadounidense, donde una mujer comentaba que estaba leyendo un libro en papel y se le contestaba con todo tipo de contradicciones posibles (que pobrecitos los árboles, que el libro que leía era una basura, que era una snob por mostrar lo que leía, etc.). Poco a poco los comentarios subían de tono hasta llegar a las (ya casi acostumbradas) amenazas de muerte. Pero el hecho de que sea una conducta común e internacional, no la convierte en justificable.

Una alternativa podría ser convertir la red en un espacio privado, aunque es difícil filtrar las solicitudes y saber las intenciones con las que alguien le da seguimiento a alguna cuenta. Otras personas han decidido cerrar sus redes de manera definitiva, frustrados ante la imposibilidad de establecer diálogos respetuosos y agotados por las constantes descalificaciones de sus entradas. Estas medidas contradicen el ejercicio de lo social. A fin de cuentas, muchas personas abrimos o tenemos redes para compartir información y establecer diálogos con propios y extraños.

Ante dicho problema, han surgido alternativas que están tomando algún auge y que quizás permitan filtrar mejor toda esta hostilidad virtual. Instagram es un espacio más propicio para lo visual pero que permite la opción de cerrar todo tipo de comentarios a las entradas. Puede que me equivoque, pero da la impresión de ser menos agreste que otras redes. Telegram, una aplicación de mensajería similar a Whatsapp, permite la opción de abrir «canales» a los que el usuario puede suscribirse y donde se pueden leer y compartir enlaces y todo tipo de información.

En meses recientes está tomando nuevo auge el newsletter, boletines periódicos a los que se accede por suscripción y que se reciben por correo electrónico. Los hay de diverso tipo, desde los que comparten recomendaciones de enlaces hasta los que escriben sendos artículos de opinión y textos diversos. Acaso su ventaja es que, fuera del formato o la limitación que conllevan otros espacios, el newsletter se convierte en una página en blanco desde la cual se puede hacer de todo. El descubrimiento o la sugerencia de estos boletines corre casi que de boca en boca y aunque los públicos pueden ser limitados a nivel cuantitativo, algunos llegan a ser tan populares que sus autores logran monetizarlos. Suscrita como estoy a un par de ellos, puedo decir que también limitan el acceso a comentar, que es una manera de proteger, no solamente a quien redacta el boletín, sino también a la comunidad de lectores. Nadie quiere seguir encontrando la basura de opiniones de la que se viene huyendo.

Los podcasts y las transmisiones en vivo también han proliferado en los últimos meses, pese a que requieren algo más de trabajo y condiciones técnicas para elaborarlos. Sin embargo, ofrecen la posibilidad de monitorear comentarios o silenciarlos por completo, como en Periscope. Ésta última aplicación también permite la posibilidad de nombrar a un administrador adjunto que pueda monitorear los comentarios (en caso de que se acepte tenerlos), algo que quien está realizando la transmisión tendría dificultad de hacer, sin distraerse de su filmación.

No todo está perdido en redes como Twitter, donde todavía se encuentran cuentas valiosas que han sabido tomar ventaja de los hilos para contar historias más largas, compartir ilustraciones de fotografías u obras de arte o hacer análisis interesantes sobre cine y música. Si bien es cierto Twitter creó la función de esconder respuestas desagradables o agresivas, esto supone un trabajo adicional, sobre todo cuando la cuenta es muy popular. En todo caso, el lector puede acceder a esas respuestas escondidas, así es que la funcionalidad no sirve para filtrar a los impertinentes, aunque siempre se tiene la opción de bloquear o silenciar a aquellas personas que lo único que buscan en redes es picar pleito.

Quizás estamos viviendo el fin del ciclo de vida útil de algunas redes. La agresividad permanente puede generar agotamiento, rechazo y respuestas condicionadas como la auto censura o el cierre definitivo de una cuenta. Pero también puede generar nuevas formas de hacer resistencia a la hostilidad y a la bajeza desde la creatividad y la inventiva, como alternativas para evitar hundirnos en el lodo del odio ajeno.

Nuestra nueva vida virtual

La inesperada aparición de la pandemia en nuestras vidas ha producido cambios, evidenciado vulnerabilidades e impuesto alternativas improvisadas para un sinnúmero de nuestros quehaceres cotidianos. Dentro de toda la desgracia que la situación supone, podemos sentirnos afortunados de contar con internet, una herramienta que no existía en las pandemias del pasado y que, mal que bien, representa una alternativa para sobrellevar la situación. Tratemos de imaginar lo que sería pasar las limitaciones del confinamiento sin acceso a fuentes de información o de entretenimiento.

Desde hace varios años se ha venido fomentando la conectividad por medio de servicios domiciliares y teléfonos móviles. Muchas de las actividades que hoy nos vemos obligados a hacer venían implementándose de manera muy lenta. La pandemia aceleró varios de esos procesos y nos vino a demostrar lo poco preparados que estamos en varios aspectos que, mientras no volvamos al nivel de sociabilidad anterior, continuarán siendo ejecutados desde nuestras computadoras o celulares. No estábamos listos para la educación, el trabajo o el comercio virtuales, por ejemplo. No lo estábamos en cuanto a conectividad, a equipos, a contenidos y a prácticas seguras. Tampoco lo estamos a nivel de legislación, de protección de datos ni de los derechos de los usuarios.

A pesar de que ya existían algunos servicios virtuales, sobre todo a nivel comercial, la desconfianza de los salvadoreños a hacer compras o transacciones en línea es todavía notoria. Los frecuentes casos de clonación de tarjetas de crédito o débito, han sido uno de los motivos por los cuales la ciudadanía se ha mantenido desconfiada y alejada del comercio electrónico.

A esta desconfianza natural, sumemos la calidad de los servicios de internet, que no llegan a la mayoría de la población y que a nivel técnico tiene numerosas deficiencias. Por otro lado, el acceso a internet no es gratuito ni barato y mientras más complejas son las exigencias de nuestro acceso a la web, mayor ancho de banda requeriremos, todo lo cual tiene un precio. Esta ha sido una de las enormes limitaciones a la hora de implementar actividades como la educación en línea, ya que no todos los hogares cuentan con acceso a internet o computadora ni tienen los recursos económicos para costear servicio y equipo de calidad.

En referencia a lo laboral, muchas personas han quedado sin empleo y los bancos planean otorgar créditos accesibles para pequeñas y medianas empresas, de manera que puedan afrontar el bache económico que supone la paralización de actividades de los últimos meses. Tomando en consideración que poco más de la mitad de la población se dedica al empleo informal, esta medida no será de acceso ni de beneficio general. Este tipo de préstamos no toma en cuenta a los trabajadores que, por la naturaleza de los servicios que ofrecen, trabajan de manera solitaria. Tampoco toma en consideración a quienes, buscando opciones para solventar sus necesidades económicas, han comenzado a vender productos y servicios, de manera individual.

Para quienes trabajan en diseño, redacción de textos, traducciones, etc., la posibilidad de ofrecer su labor fuera del país por medio de internet sería una opción a considerar, sobre todo si pensamos que la economía salvadoreña será una de las más golpeadas de la región por los efectos del coronavirus. Sin embargo, plataformas populares como PayPal no permiten hacer efectivo en el país el dinero que se recibe por esa vía. Esta plataforma es una de las vías más rápidas y menos engorrosas de hacer y recibir pagos, al tiempo que protege datos bancarios. Dos que tres comercios locales han comenzado a aceptar pagos por PayPal. Ojalá esta sea una manera de pago que se popularice y se acepte también entre otro tipo de negocios.

Hay empresas que a pesar de contar con aplicaciones o páginas web, y de ofrecer servicios primordiales para la población, no han sabido caminar al ritmo de la emergencia. Gestionar compras de los supermercados por medio de internet ha resultado ser una experiencia frustrante para muchos. Las compras tardan días y, aunque ya pagadas, no se entregan los pedidos completos resolviendo la falta de un producto con certificados de compra. Los supermercados se consideran un lugar de relativo riesgo para adquirir el virus y las personas suelen ir en grupo a hacer sus compras, pese a las reiteradas advertencias de que acuda solamente una persona por grupo familiar. Los supermercados deberían invertir en la agilidad de sus servicios electrónicos como una forma para prevenir el Covid.

La necesidad de abastecimiento, sobre todo de productos perecederos y abarrotes, ha promovido el surgimiento de varios pequeños servicios, con entregas a domicilio. Estos han llenado vacíos importantes, sobre todo para quienes dependemos del transporte público para movernos y para quienes queremos evitar salir lo más posible, como medida de prevención.

Ante el desempleo y las limitaciones actuales de la economía, escuchamos una frase que se ha convertido en lugar común: «hay que reinventarse». Pero la reinvención ni funciona ni se puede aplicar a todo tipo de productos y servicios, de manera idéntica. Es difícil reinventarse cuando el sistema financiero local impone trámites excesivos, con la intención de controlar cualquier eventual forma de fraude o porque desconoce la realidad de quien trabaja como free lance. También es innegable que entre los usuarios existe todavía resquemor para comprar en línea, dar números de cuenta para recibir pagos o acceder a nuevas pasarelas de pago, que todavía no son muy conocidas en el país. Estos factores son el reflejo del nivel de criminalidad al que hemos vivido sometidos durante años.

Lo cierto es que la pandemia ha acelerado nuestras formas de resolver múltiples necesidades y que, de manera inmediata, nos vemos inmersos en nuevas costumbres virtuales. Muchas de ellas seguirán siendo usadas hasta que tengamos alguna garantía de no contagiarnos en los espacios públicos.

También es posible que estos recursos a los que hemos tenido que recurrir se conviertan en prácticas permanentes y en el impulso imprescindible para la necesaria e impostergable modernización de las herramientas informáticas de nuestro país.

El pálido jinete

Es curioso que la pandemia de gripe de 1918, conocida como la gripe española, tenga tan poca presencia en la literatura o el arte de su tiempo. Se podría pensar que un evento mundial, que produjo más de 50 millones de muertos, tendría una resonancia profunda entre los artistas de aquella época. Es posible que los eventos hayan sido tan abrumadores, que no permitieron el estado de ánimo adecuado para elaborar dichos sucesos a través de la obra artística. Algunas experiencias de la época parecen confirmarlo.

El poeta estadounidense William Carlos Williams, quien además era doctor y tuvo que atender enfermos a domicilio durante la crisis, detalló que los médicos debían hacer hasta sesenta visitas diarias. «Varios de nosotros perdimos el conocimiento, uno de los jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo», contó luego en su autobiografía.

El poeta francés Guillaume Apollinaire, se contagió de la gripe española en París, mientras seguía convaleciendo de una herida de metralla que recibió en la cabeza en 1916, durante la I Guerra Mundial. Le habían trepanado el cráneo con éxito y a medida que iba mejorando, comenzó a recibir muchas visitas. Esa fue la vía de contagio para él y su esposa Amelia Kolb, con quien se había casado el 2 de mayo de 1918. Apollinaire terminó muriendo por la gripe el 9 de noviembre de 1918, a los 38 años.

F. Scott Fitzgerald también sufrió la enfermedad mientras escribía su primera novela, A este lado del paraíso. A pesar de sobrevivirla, no fue un tema predominante en su narrativa. Franz Kafka contrajo la gripe en 1918. Debió mantener cuarentena en la casa de sus padres (donde vivía), sufriendo fiebres de 40 grados. Recibió cuidados intensivos en su propia cama, ya que estaba demasiado débil como para ser trasladado a un hospital. Kafka murió años después, pero algunos biógrafos estiman que el desgaste físico que le produjo la gripe agravó la tuberculosis que ya sufría, enfermedad que lo terminó llevando a la tumba en 1924.

Hubo pintores que plasmaron la epidemia en su obra, como el austriaco Egon Schiele, quien poco antes de morir, hizo un retrato familiar nada jubiloso. Judith, la esposa de Schiele que estaba embarazada de 6 meses, murió de la gripe sin poder dar a luz. El pintor moriría tres días después, el 31 de octubre de 1918, a los 28 años. Fue Schiele quien hizo los últimos retratos del también pintor Gustav Klimt, a quien consideraba su maestro y quien había muerto ocho meses antes de una neumonía vinculada a la pandemia.

El pintor noruego Edvard Munch corrió con mejor suerte. Aunque enfermó de la gripe cuando tenía 55 años, logró sobrevivir. De la experiencia nacieron dos cuadros: «Autorretrato con la gripe española» y «Autorretrato después de la gripe española». En ambos se pintó a sí mismo con el rostro inexpresivo o desfigurado, algo común al estilo melancólico y oscuro de su pintura.

Registros médicos de la época detallan que la enfermedad tenía consecuencias neuropsiquiátricas. Los sobrevivientes pasaban períodos de decaimiento, lentitud en el pensamiento, trastornos de los sentidos, delirios, alucinaciones y depresión profunda durante varias semanas, después de ser dados de alta. Eso explicaría lo que le ocurrió al compositor húngaro Béla Bartók, a quien la enfermedad le produjo una infección grave en el oído, al punto que temió quedar sordo. Los opiáceos que le fueron recetados calmaron sus dolores, pero sufrió alucinaciones auditivas durante mucho tiempo después de superada la enfermedad.

Una de las escasas obras literarias que tiene como escenario aquella pandemia es Pálido caballo, pálido jinete, de la escritora estadounidense Katherine Anne Porter. En el otoño de 1918, cuando tenía 27 años y trabajaba como reportera del periódico The Rocky Mountain News de Colorado, ella y su novio, un teniente del ejército, enfermaron de la gripe.

La muerte de Porter parecía un hecho inevitable, al punto que su periódico tenía lista la necrológica. La fiebre que sufrió fue tan severa que su pelo negro se tornó blanco y luego se le cayó por completo. Se debilitó tanto que la primera vez que intentó sentarse, después de la enfermedad, se cayó y se rompió el brazo. Desarrolló flebitis en una de sus piernas y le dijeron que jamás volvería a caminar.

Seis meses después, sus pulmones habían sanado, su brazo y su pierna mejoraron y el pelo comenzó a crecerle de nuevo, aunque creció blanco y jamás recuperó su color original. Sin embargo, su novio, quien la cuidó durante la enfermedad y que no había desarrollado síntomas tan dramáticos, murió de la gripe.

Porter escribió la novela mencionada, cuya historia y personajes están basados en su experiencia con la enfermedad y en las visiones y pesadillas que tuvo durante sus estados febriles. La escritora llegaría a ganar más adelante el Premio Pulitzer de Ficción y el National Book Award por sus historias completas. Fue además nominada al premio Nobel de Literatura en tres ocasiones.

Un par de ensayos académicos sobre la poca mención de la pandemia en la literatura de la época, han hecho notar que su aparición se traslapó con el final de la I Guerra Mundial, un evento de por sí traumático y que dejó también una secuela de millones de muertos y excombatientes traumatizados, mutilados y asqueados de las experiencias en los campos de batalla. La presencia de la muerte continuaba en tiempos de paz, pero parecía solo haber cambiado de forma. Ante ello, una reacción natural para poder sobrellevar la situación era la evasión, ya que moral y emocionalmente, había agotamiento a nivel tanto individual como colectivo.

Los excesos de los rugientes años 20, la caída de la bolsa en 1929 y la II Guerra Mundial, terminarían arrinconando el dolor de la pandemia en la trastienda del olvido para ser recordado ahora, poco más de 100 años después, cuando el pálido jinete de la muerte vuelve a cabalgar entre nosotros.

Burbuja rota

Hay demasiadas cosas pasando al mismo tiempo, cosas de las cuales resulta difícil abstraerse. Hasta el fondo de la burbuja que cada quien ha creado para protegerse de la pandemia, llegan las noticias de otras burbujas, comunicados asépticos y fríos por la falta de un cara a cara, de la mirada no pixeleada por alguna aplicación.

Por mensajería electrónica, confesamos nuestras preocupaciones en confianza. Un amigo dice estar desesperado, ansioso por salir a la calle, abrumado por convivir tanto tiempo, todo el tiempo, con su grupo familiar. Pelean por cualquier cosa. Otro me dice que ha bajado mucho de peso, una talla completa de pantalón, para ser exactos, porque cada quien maneja sus tensiones de otra manera. Algunos comen por ansiedad. A otros se nos cierra el estómago de la preocupación.

Algunos, demasiados, se aburren con el súbito tiempo libre del cual disponen. Otros se abruman por la soledad. Hay quienes pueden abstraerse del estado de ánimo general e inventan sus propias formas de evasión, utilizando el tiempo para leer, tomar cursos, ver películas o explorar la sobre oferta de actividades en internet, pensadas para acompañar la cuarentena. Para otros, esa misma oferta nos ha terminado causando empacho.

Tres amigos han sufrido de covid-19. Una amiga en España, quien tuvo una versión leve, posiblemente porque en su infancia sufrió de tuberculosis, hecho que parece haberle dado algo de resistencia. Otro amigo en los Estados Unidos, que pasó una semana difícil, pero que se recuperó bien. Otro, acá en el país, me contó que su familia entera se vio afectada y que siguen en estupor por la rápida e inesperada muerte del padre, ellos, quienes tomaron todas las medidas necesarias para no infectarse. Siguen sin comprender cómo se les coló el virus.

A otra persona se le murió un familiar, por algo no relacionado con el covid-19. Me contó, después, que mientras esperaba en el cementerio privado pudo observar a varias personas que iban a enterrar a sus deudos muertos por coronavirus. Según el protocolo, solo podían entrar cinco personas para enterrar a gente muerta por otras causas, dos personas si el difunto era por coronavirus. A partir de ese día se nos hizo evidente que hay un subregistro en el número oficial de defunciones. En lo personal, vomito cada vez que escucho la palabra «protocolo».

Hay una desconcertante y tácita obligación de pensar que el encierro debe ocuparse en cosas útiles, que debemos ser productivos a toda costa. Circula en internet un meme que dice que si no aprendiste nada nuevo, no leíste varios libros o no comenzaste un negocio (o transformaste el actual a su versión electrónica) no fue por falta de tiempo, sino por falta de dedicación, porque sos un indisciplinado, porque te faltó inventiva. Se me hace un comentario grosero, disfrazado de positividad. Uno de nuestros principales errores es querer uniformar la experiencia humana. No entendemos que cada quien está viviendo este momento de la manera que mejor puede.

No menos abrumador resulta reconocer todas las formas de crueldad de las que somos capaces, muchas de ellas reflejadas en comentarios crueles e insensibles hacia cómo los demás vivimos el encierro y las perspectivas de futuro. Es inhóspita esa falsa forma de optimismo que insiste en que hay que innovar según los tiempos. Es cruel esa pose de que debemos salir a la calle y adaptarnos, «porque la selección natural hará lo suyo». Es violento que personas extrañas tengan la potestad de tomar la temperatura de tu cuerpo, sobre todo si son personas armadas con un fusil, como me pasó hace un par de semanas, cuando quise entrar a la tienda de una gasolinera para ir al cajero. Nuestra dignidad y privacidad son mancilladas de varias maneras en nombre del bien colectivo y de la salud pública.

También están los malditos. Los que saben hacer negocio con nuestros miedos, nuestras enfermedades y nuestra muerte. Los aprovechados. Los que comercian con la miseria ajena. Los que nos meten miedo para manipularnos a su conveniencia. Los oportunistas y los rateros sin alma, aquellos que solo buscan cómo sacarte ventaja para hacer ganancia propia, que solo te ven como material explotable y descartable. Esos que creen que el dinero lo compra y lo vende todo, que el dinero los protegerá de todo mal, incluso de la muerte. Para ellos, mi desprecio infinito.

Cada quien vive sus paranoias en íntimo secreto. ¿Ese estornudo es el virus? ¿Y esa tos? Tosemos o estornudamos a escondidas para que no nos escuche ningún vecino porque tememos ser delatados. Enfermar te convierte en paria. Todas las enfermedades han sido canceladas hasta nuevo aviso. No pueden darte alergias, rinitis, conjuntivitis, infecciones, dolor de muelas, dengue, intoxicación alimenticia, migraña, nada. Todo es sospechoso de un único virus y aunque usted conozca sus procesos corporales mejor que nadie, para otros usted es un sospechoso, potencial propagador pandémico, aliado del virus de la muerte. Nos fumigan como cucarachas.

Todo se ha tornado impredecible. Los pequeños detalles cobran un valor trascendental, imperecedero. La sonrisa que adivinamos en los ojos de alguien cubierto por una mascarilla. El «cuidate mucho, por favor», como otra manera de decir «te quiero». La pureza de nuestros compañeritos animales quienes, intuyendo nuestro desánimo, se nos arriman para el juego o la caricia.

Un virus microscópico ha sido capaz de alterar todo en nuestras vidas. Es inevitable pensar más en nuestra propia mortalidad. En la mortalidad de nuestros seres queridos. En nuestra fragilidad.

Habrá que construir una nueva realidad. Construirla mejor. Porque si hay algo que debemos aprender de la pandemia es que hemos vivido con las prioridades sociales equivocadas. Que la salud, la educación y la calidad de vida no pueden ser el privilegio de unos cuantos. Que el Estado debe ampararnos y no amedrentarnos. Que la decencia es una cualidad esencial para todos los quehaceres humanos.

Si no asimilamos eso, si no luchamos para cambiar esos valores, toda esta experiencia habrá sido en vano. No lo olvidemos.

Cuando la realidad destruye una ficción

Desde hace un par de años venía trabajando una idea para una nueva novela. No tenía definidos muchos elementos, pero sí el escenario y un par de personajes. Ocurriría en una ciudad y en un tiempo indeterminados, donde las personas se comunicarían por medios electrónicos. Cuando salieran a la calle, no hablarían, ni siquiera harían contacto visual entre sí, porque no habría necesidad ni interés en ello. El contacto humano estaría desestimulado por un estado opresor e hiper vigilante, que sancionaría toda subjetividad de los seres humanos, en particular conceptos como la amistad o el amor.

Mis dos personajes centrales serían una mujer de 50 y tantos años y su hijo de 30. Ella viviría encerrada en un apartamento con su hijo. Él sería el único que tendría posibilidad de salir, debido a que las personas mayores de 45 años estarían vedadas de andar en la calle y de tener ningún tipo de participación social. En dicha sociedad, al llegar a cierta edad, las personas debían «desaparecer» del cuadro. Se estimularía el suicidio y la eutanasia, para no tener que mantener a los mayores. Los jóvenes estarían claros de que, llegados a los 40, tendrían que ir pensando en maneras de ejecutar su propio exterminio o llevar una vida clandestina, como la mujer de mi historia, quien era mantenida oculta por su hijo. Estar vivo después de los 50 sería pura subversión.

Había muchos detalles que me faltaba completar. Sobre todo, tenía que afinar la historia de manera que no pareciera una copia mediocre de 1984 de George Orwell. Mi motivación para esta trama surgió a partir de dos inquietudes personales: la amenaza de la hipervigilancia a la que nos tienen sometidos mediante los recursos tecnológicos y las discriminaciones de diversa índole que sufrimos las personas a partir de los 40 años.

En eso comenzó el asunto de la pandemia. Se impuso la cuarentena en el mundo. El contacto físico se desestimula o limita; el uso de las mascarillas y guantes se obliga como medida de protección al interactuar fuera de casa; las personas mayores se suponen de más alto riesgo y se inventaron aplicaciones que sirven para realizar una bio vigilancia de las personas.

En China, Corea del Sur, España, Alemania e Italia, se han impulsado estas aplicaciones con un disuasivo discurso que involucra el bien común y personal. Usted, como usuario de la aplicación, puede ser advertido de la presencia de infectados con el virus, de mantener la distancia preventiva de por lo menos metro y medio entre personas y de vigilar sus propios síntomas mediante una especie de tele consulta, que sirve para descongestionar los servicios de salud y evitar que el usuario se mueva de su lugar de cuarentena. La aplicación también rastrea todo movimiento del usuario, lo que permite verificar si está cumpliendo su encierro y saber en qué lugares de posible contagio estuvo presente.

Dichas aplicaciones plantean varios problemas éticos y de derechos humanos. No se trata sólo del rastreo permanente del usuario, sino también de la disposición estatal sobre lo considerado como información privada, es decir, nuestros datos de salud. Nuestra temperatura corporal, alergias, medicamentos que tomamos y condiciones médicas pre existentes, serían parte de la información servida a estas aplicaciones. El problema se torna más preocupante en sociedades como la china, que de por sí ejerce ya varios métodos de vigilancia sobre sus ciudadanos.

En el caso de la relación entre las personas mayores y el coronavirus, la situación también es espinosa. Muchos no tienen acceso ni conocimiento del uso de teléfonos celulares o internet, por lo que es difícil controlarlos mediante una aplicación. Por ello, también a muchos se les hace difícil mantenerse informados sobre el desarrollo de la enfermedad o mantener el contacto con sus familiares y amistades. Muchos mayores, quienes ya de por sí viven vidas solitarias, se sienten deprimidos por la interrupción de sus actividades normales. Los asilos han sido graves focos de infección y mortandad, reflejando el descuido y la poca importancia que se les dio en diferentes gobiernos, desde un inicio. En países con alta mortandad por el coronavirus, los médicos se vieron obligados a decidir entre salvar la vida de una persona joven o la de un mayor, sobre todo si su cuadro clínico indicaba un mal pronóstico. Esto, para decirlo más claro, implica dejar morir a una persona.

También hubo medidas infames al respecto, como la del jefe de gobierno de la ciudad argentina de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, quien intentó imponer un permiso especial para que los adultos mayores de 70 años pudieran salir a la calle, medida que luego fue declarada inconstitucional por un juez de lo Contencioso Administrativo y Tributario. O las declaraciones de Dan Patrick, vicegobernador del estado de Texas, Estados Unidos, quien exhortó a los mayores a sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía estadounidense, animándolos a que, dado el caso, renunciaran a ser conectados a un ventilador en un hospital para darle preferencia a los jóvenes, quienes «tienen toda la vida por delante» para poder seguir trabajando en mantener vivo el llamado sueño americano.

Algo que debe preocuparnos de inmediato es la captación y difusión de nuestros datos biológicos, que cada día que pasa corren el riesgo de convertirse en propiedad estatal o empresarial, vulnerando la privacidad de la ciudadanía. También es urgente una legislación efectiva para proteger los derechos de las personas mayores y evitar que su dignidad sea despojada sin compasión social alguna, al tratarlos como seres prescindibles.

No sé si llegaré a escribir la novela que comenté al inicio. En este caso, se desvirtuaría su lectura porque podría asociarse con la pandemia, tema que no me interesa tratar. Son los gajes del oficio.

Algunas veces, las ideas creativas son como un castillo de naipes que, cuando la realidad supera a la ficción, resulta derribado de manera rotunda. Luego, con los naipes caídos, no queda más que volver a comenzar todo de nuevo.