Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión «golpe de estado», recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera «problemas». Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no solo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales solo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado.

Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no solo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman «libertad de expresión», pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no solo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, «I’d love to change the world». «Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer», dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.

Activismo o literatura

Al concluir la 71ª Feria del Libro de Frankfurt quedó clara una cosa: los lectores contemporáneos tienen una creciente necesidad de buscar libros que puedan dar explicación sobre el presente caótico que vivimos. Ensayos, géneros de no ficción y distopías sobre el cambio climático, feminismo e historia, fueron el tipo de libros que mostraron un aumento significativo en las contrataciones internacionales realizadas. Son también el tipo de libros que han tenido un aumento significativo en sus ventas en el último año, sobre todo en Europa.

Pensada como un gran mercado editorial (donde se negocian publicaciones, traducciones y representaciones literarias), la Feria del Libro de Frankfurt suele ser un buen termómetro para comprender por dónde van las tendencias de publicación y el interés de los lectores. Recién clausurada su más reciente edición el 20 de octubre pasado, también quedó claro que hay preferencia por la novela que retrata las crisis de nuestras diferentes realidades o segmentos poblacionales. Según Pilar Beltrán, responsable literaria de Edicions 62, un sello del grupo Planeta, «se le pide a la novela que apele al presente, que aporte más pensamiento y reflexión que evasión».

Ese reflejo de la realidad en la ficción novelística parece ser también algo que se le impone a los autores, en general. Hoy en día, da la impresión que el valor de un escritor radica en sus niveles de popularidad en las redes sociales, pero también en su activismo y el apoyo manifiesto a una u otra causa. Las virtudes literarias de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Esto fue notorio este año, luego de la entrega de los premios Nobel de Literatura a la polaca Olga Tokarczuk y al austríaco Peter Handke.

En el caso de Tokarczuk, se destacó su feminismo, su compromiso con el medio ambiente y la incomodidad de su militancia de izquierda ante el gobierno de su país. Aunque a Handke se le destaca como alguien hábil para retratar «la periferia y la condición humana» (según el comunicado de adjudicación de su Nobel), ha sido imposible ocultar la amistad personal que tuvo el austríaco con Slobodan Milosevic y su negación del genocidio y los campos de concentración en Bosnia y Herzegovina.

La presión de los periodistas sobre Handke fue tal, que el flamante Nobel anunció a los pocos días de ganar su premio, que no respondería más preguntas a la prensa. «De ninguna persona que se me acerca oigo que ha leído algo de mi obra, que sabe lo que he escrito», comentó defraudado el escritor durante una rueda de prensa, agregando fuera de cámara que, a pesar del premio, ningún periodista está interesado en realidad en sus libros.

En su columna del 26 de octubre pasado, titulada «Opiniones» y publicada en el diario El País, el escritor Antonio Muñoz Molina hace un par de reflexiones importantes sobre este asunto. «A los escritores ya casi no les preguntan en las entrevistas por los libros que han escrito. Les preguntan por Cataluña, si son españoles, o por el Brexit, si son británicos, o por Donald Trump, si vienen de Estados Unidos», argumenta Muñoz desde el inicio de su texto.

Después de describir el trabajo de la novela como muy complicado, Muñoz dice: «Uno comprende que leer un libro entero puede ser fastidioso, pero quizá quien lo ha escrito, cuando va a ser entrevistado, merece la cortesía de que el entrevistador haya leído con algo de atención eso que a él, al autor, le costó tanto, y que sienta curiosidad por saber cómo se hizo».

Utiliza como ejemplo sobre su argumento novelas recién publicadas por John Le Carré, Ian McEwan y Javier Cercas, reconociendo que si bien una novela puede incluir exposiciones y debates de ideas, debe hacerse desde el pacto de la ficción, para no convertir a los personajes en meros portavoces del autor. Puede haber escritores que sientan la urgencia de denunciar algo, concluye Muñoz, pero para ello también existen el ensayo, el artículo y el panfleto. «La novela rara vez puede ser un instrumento de intervención inmediata: sus materiales proceden de una larga maduración en gran medida inconsciente, casi tan lenta como la que convierte en suelo fértil la materia vegetal en el suelo de un bosque», recuerda el autor.

La 71ª Feria del Libro de Frankfurt hizo por su parte un llamamiento a todo el sector librero: «El libro y los media tienen la responsabilidad de analizar y cuestionar críticamente los paradigmas que definen el siglo XXI: la diversidad debe ser protegida, necesitamos autores que clamen contra las injusticias y asuman riesgos y, claro, editores comprometidos con este contenido y que encuentren los formatos para ello».

Si bien es cierto los lectores buscan libros y géneros que les permita comprender el momento actual, hay quienes exaltan en demasía las opiniones y la imagen de un escritor por encima de sus textos. Lo que no debería olvidarse es que hay una diferencia entre literatura y activismo, y que este último (por muy noble y valiosa que sea la causa en lucha) no es disculpa para publicar una obra mediocre o regular ni tampoco, por el contrario, para exaltarla, a sabiendas de que es una obra oportunista cuya vigencia perecerá pronto.

Todo esto recuerda a la vieja discusión del escritor comprometido y la validez o no de obras que no estén alineadas con las exigencias del momento político o histórico que vive el autor. Sigue existiendo una expectativa de buena conducta y de calidad moral notoria sobre el escritor, como si eso fuera una garantía para escribir una obra de calidad.

Estas son decisiones que, al final del día, le corresponde tomar al escritor, quien deberá valorar si quiere escribir una obra inmediatista, para retratar las inquietudes contemporáneas urgentes y colmar así la expectativa social, o esperar al mejor momento para hacerlo, sabiendo que la literatura es un potaje de cocimiento lento, sobre todo cuando se trata de retratar una época en cuyo torbellino todavía vamos dando tumbos.

El rompecabezas de nuestra historia

Por asuntos de trabajo, me ha tocado hacer una investigación que me obliga a repasar y profundizar en la historia salvadoreña de los últimos 50 años, un período importante y determinante para el país, que involucra sucesos políticos, catástrofes naturales, la guerra y la posguerra, con todas sus causas y consecuencias.

Es un trabajo interesante pero también agotador. Es fascinante reconstruir la narrativa histórica nacional y darse cuenta de cómo las decisiones o la desidia de los gobernantes, los políticos y la sociedad en su conjunto, se fueron acumulando hasta arrastrarnos a consecuencias inimaginables. Por ejemplo, la falta de atención y reparación adecuada de los daños del terremoto de 1965 a la infraestructura afectada en aquel entonces, fue uno de los antecedentes por los cuales los daños del terremoto de 1986 en el centro de San Salvador fueron tan grandes. Estructuras viejas y averiadas, que sólo recibieron renovaciones cosméticas se desplomaron, borrando o inutilizando muchos de los edificios emblemáticos del centro de la ciudad.

No es posible dejar de conmoverse o indignarse ante varios eventos históricos y el manejo que se ha hecho de los mismos. Pero quizás lo más desconcertante es darse cuenta de la enorme cantidad de carencias de las fuentes investigativas con las que se cuenta en el país.

Quienes nos vemos en la necesidad de hacer trabajos de investigación debemos convertirnos en auténticos detectives, no sólo para cotejar y verificar fuentes y versiones, sino sobre todo para rastrear y encontrar la documentación que se necesita. Esto es alarmante si se piensa que se trata de la historia contemporánea reciente. Mientras más antiguos sean los documentos que se buscan, más compleja y extensa se torna la investigación y más brumosa se torna la realidad.

Hay grandes vacíos de información y de documentos que respalden, analicen y sirvan para comprender nuestro devenir social. Nos hemos tragado las versiones oficiales de nuestra historia, sin tomarnos la molestia de cuestionar, verificar o ahondar en ellas, poniéndonos en riesgo de ser manipulados ideológicamente, según conveniencias coyunturales.

Esto obliga al investigador a consultar numerosas fuentes para terminar con fragmentos que se deben armar, como un rompecabezas. Es parte de la tarea, claro, pero en El Salvador las dificultades para ello se multiplican. Aparte de la dispersión y escasez de fuentes, uno de los problemas es el estado de conservación del material bibliográfico y documental, archivos visuales (fotográficos o filmados) y archivos sonoros (entrevistas, discursos, programas de radio, etc.). Muchos están en deterioro y no han recibido restauración alguna, o no son mantenidos en las condiciones adecuadas, sufriendo el peligro de perderse para siempre. Vea cualquiera el video de la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec y sabrá a lo que me refiero.

Cuesta encontrar documentos en sus versiones íntegras. Ya que estamos con el ejemplo, un documento vital como los Acuerdos de Paz completos, que consta de 98 páginas, no es fácilmente localizable en internet. Lo cual nos lleva al problema del acceso y la digitalización. Hay escasas iniciativas por digitalizar el patrimonio documental y ponerlo a disposición de la población. Muchas instituciones carecen del equipo, el financiamiento y el personal para realizarlo de la mejor manera, pero también da la impresión de que hay personas que prefieren que los documentos se pierdan o los guardan con un celo mezquino incomprensible, sin tomar en consideración que la documentación histórica de un país no puede ser privilegio de unos cuantos. Dicha documentación es parte de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial y tiene un valor que trasciende lo económico y lo ideológico.

Igual de valiosas son las fuentes vivas, personas que vivieron y fueron partícipes o testigos de momentos fundamentales de nuestra historia, que guardan no sólo recuerdos importantes, sino que también, a veces, conservan objetos, recortes de periódicos, cartas, diarios y otros materiales que por ser personales se consideran subjetivos pero que pueden contribuir a complementar las narrativas oficiales o académicas y dar un color humano a los sucesos.

Dentro de este contexto, hay instituciones que llevan adelante iniciativas de carácter independiente, cuyo trabajo tampoco es valorado en toda su magnitud. El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), las bibliotecas y centros de documentación de universidades e instituciones independientes, como la UCA y FUNDASAL (que, por cierto, alberga documentación valiosa sobre uno de los temas menospreciados del país: la vivienda, y en particular, la vivienda popular y asentamientos humanos), son algunos ejemplos. Recordemos la inundación que sufrió la Biblioteca Nacional a fines de abril de este año y la afectación de cientos de periódicos y otros documentos que fueron rescatados de manera oportuna gracias a las diligencias de su director, del personal y de grupos de voluntarios que apoyaron dicha labor. Este tipo de riesgos y peligros son una amenaza real permanente a nuestro acervo cultural.

Todas estas carencias terminan reflejadas en la evidente subestimación y desprecio de la importancia de nuestra historia, de la construcción de una narrativa objetiva y equilibrada de la misma, no sólo para comprender cómo los vaivenes de nuestro quehacer a lo largo del tiempo han marcado y determinado buena parte de los eventos que nos atormentan en el tiempo presente, sino también para comprender en qué consiste y de dónde proviene lo que consideramos nuestra salvadoreñidad.

Es imprescindible pensar en fundar instituciones, desde la sociedad civil, que financien y fomenten la investigación, la preservación y digitalización del patrimonio documental, así como la redacción y publicación de estudios y ensayos que ahonden en nuestro pasado, de manera veraz, objetiva y no ideologizada.

También se necesita fomentar los estudios humanísticos a nivel universitario y de bachillerato, para crear ciudadanía crítica, pensante y con capacidad de análisis, que sepa discriminar y reconocer los vacíos, contradicciones y peligros en la narrativa manipulada de las versiones de nuestra historia, que venimos tragando pasivamente desde antes de la guerra.

Quizás así podamos tener, algún día, un cuadro realista y equilibrado de lo que por ahora continúa siendo el rompecabezas de nuestra historia nacional.

Mucho más que palabras

El 2019 fue declarado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas. Un comunicado emitido por la organización a inicios de año, detalla que el objetivo de ello es «sensibilizar a la opinión pública sobre los riesgos que enfrentan estas lenguas y su valor como vehículos de la cultura, los sistemas de conocimiento y los modos de vida».

Las lenguas indígenas son una forma de patrimonio inmaterial que va más allá de una forma de hablar, ya que cada lengua implica en sí la carga de un largo y extenso bagaje de experiencia y conocimientos humanos. Estamos hablando de sistemas de información, de formas de construir pensamiento y la comprensión y asimilación del mundo mismo. Por ello, si se piensa que de las 6.700 lenguas que se hablan en el mundo, la mitad de ellas desaparecerá antes del fin de siglo, comprenderemos que lo que se pierde es algo más profundo y complejo que un grupo de palabras, y que esas pérdidas afectan al conjunto de la humanidad.

De esas 6.700 lenguas, el 96 % son habladas por apenas el 3 % de la población mundial, en su mayoría pueblos indígenas. Precisamente el racismo al que son sometidos estos pueblos es uno de los factores por los cuales estas lenguas tienden a desaparecer. En sus comunidades, los más jóvenes prefieren aprender las lenguas dominantes, lo que les brindará ventajas al intentar integrarse a la sociedad globalizada. Eso va limitando y reduciendo al número de personas que hablan lenguas originarias, en su mayoría personas mayores.

La sobrevivencia de dichas lenguas en el tipo de sociedad que estamos viviendo lo tiene todo en su contra. El español, el inglés, el ruso y el mandarín se expanden como idiomas dominantes no sólo en amplios territorios geográficos, sino también en el mundo virtual. Se da además una penetración peligrosa que va desplazando palabras de idiomas originales como, por ejemplo, los términos en inglés que se vienen infiltrando en el español centroamericano de manera intensiva desde hace poco más de una década.

Si consideramos que cada lengua indígena implica en sí formas ancestrales de conocimiento, es posible comprender la riqueza que representan para el tejido social de una región. Esto puede comprenderse fácilmente en nuestro propio país, cuando pensamos en la herida profunda a la identidad nacional que significó la masacre de 1932. Murieron miles de indígenas, pero la persecución de los cuerpos represivos continuó después contra quienes continuaran hablando su lengua, utilizaran sus indumentarias típicas y practicaran sus ritos y tradiciones. Para sobrevivir, nuestros indígenas tuvieron que invisibilizarse, hablar su lengua a escondidas o no enseñársela a sus hijos y nietos. El atrevimiento de desobedecer podía costar la vida misma.

Melanesia, el África Subsahariana y Latinoamérica son las regiones con el mayor número de lenguas en peligro de desaparecer. En El Salvador, el náhuat pipil se encuentra en estado crítico de extinción, según la UNESCO. Sin embargo, se realizan loables esfuerzos por parte de algunas instituciones y personas, como el etnolingüista Jorge Lemus, reconocido por ello con el Premio Nacional de Cultura 2010. A pesar de lo difícil que resulta intentar difundir el habla de una lengua que no tiene un uso más expandido, el Proyecto de la Revitalización de la Lengua Náhuat, impulsado desde la Universidad Don Bosco, cosecha algunos frutos al ir enseñando la lengua en un lugar como Santo Domingo de Guzmán, donde viven la mayoría de sus hablantes. Esto permite que los estudiantes puedan practicar un poco más, en su contexto cotidiano.

En El Salvador, el Decreto Legislativo No. 528 estableció que, a partir de 2017, cada 21 de febrero se celebrará el Día Nacional de la Lengua Náhuat. La fecha coincide con la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna, proclamado por las Naciones Unidas en 1999. Esto reconoce a la lengua náhuat como parte del patrimonio cultural inmaterial salvadoreño, pero continúa siendo insuficiente como mecanismo para la sobrevivencia de uno de nuestros idiomas originarios.

Cuando muere el último hablante de una lengua y ésta se da por extinta, se pierde para siempre todo un bagaje de conocimientos y tradiciones ancestrales. Pensemos en las leyendas que contaban nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos. Pensemos en los alimentos que comían, en las canciones que cantaban, en los poemas que recitaban. Pensemos en cómo se transmitían las instrucciones de una receta o de la ejecución de un rito sagrado, palabras que nacieron para describir lo cotidiano, intentar comprender lo inexplicable o admirar con asombro y humildad la belleza del mundo.

Quién sepa algo de historia podrá comprender el valor que tienen las lenguas que lograron sobrevivir a las diferentes colonizaciones, en todos los continentes. Sabrá que, en toda colonización, se impone borrar la lengua del vencido, como una manera de imponer silencio y censura, de agredir y de borrar la identidad ajena y, por ende, de humillar, rendir, vulnerar y finalmente exterminar al caído. En nuestro continente, se impuso la lengua del hombre blanco, y con ello también se impusieron su religión, su forma de vida y sus jerarquías sociales.

Fomentar el estudio y la preservación de las lenguas indígenas es una forma de reconocimiento de nuestra diversidad como seres humanos y de comprender que no existen pueblos únicos, mejores o peores. Existe la humanidad, con todas sus formas, colores y atributos. La diversidad es, precisamente, uno de los elementos que enriquece nuestra experiencia humana. Proteger una lengua implica también protección para sus hablantes, para sus derechos humanos y para la construcción de sociedades respetuosas e inclusivas. También reafirma una continuidad lingüística y, por lo tanto, cultural.

Para leer más sobre este tema, puede visitar la página web del Año Internacional de las Lenguas Indígenas en https://es.iyil2019.org, que ofrece de manera gratuita ensayos, actividades, material didáctico e información diversa sobre cómo otros pueblos encuentran estrategias novedosas para proteger y salvar sus lenguas alrededor del mundo.

Pequeños actos de resistencia

En agosto del año pasado decidí hacer un experimento: dejé de dar «me gusta» o «likes» en las pocas redes sociales que mantengo. Estaba fastidiada de ver los contenidos a los que la gente que sigo daba like y que aparecían en el TL de mi Twitter. Por lo general eran contenidos que me resultaban indiferentes o hasta desagradables. Lo peor era la sensación de ser una fisgona, una entrometida involuntaria en la privacidad ajena.

También hubo otros motivos para hacerlo. Nuestras interacciones en redes alimentan algoritmos que toman decisiones sobre lo que aparece o no en nuestros correspondientes muros o líneas de tiempo, a veces con resultados espeluznantes. No entraré en detalles, pero tuve una de esas experiencias. El algoritmo no comprende ni respeta sensibilidades ni corazones rotos y algunas veces te impone ver o enterarte de cosas que preferirías no saber.

El resultado de ello fue tan brutal que ese día cerré casi todas las redes que tenía, comenzando por Facebook y terminando por LinkedIn, una red para profesionales y que se supone puede servir para encontrar trabajo, pero que para lo único que me sirvió fue para que alguien intentara estafarme. A regañadientes mantengo Twitter, que he usado, sobre todo, como un lector de noticias y una forma de difundir esta columna, así como información cultural y las convocatorias de mis talleres literarios.

Mi experimento fue silencioso. Ni siquiera tenía claro cuánto tiempo lo haría. Simplemente dejé de ceder al impulso automático de gustar lo posteado en alguna red u otras publicaciones electrónicas. Fue algo difícil al comienzo. A fin de cuentas, un «me gusta», dentro de este contexto, puede tener varias lecturas y no siempre es literal. Muchas veces es un acuse de lectura, una muestra de apoyo, un dejar el texto marcado para leerlo más adelante, un signo de complicidad con alguien, un levantar la mano y decir «aquí estoy». Para solventar eso, sobre todo con los conocidos reales, contestaba con algún emoji o comentario.

Poco a poco comencé a ver una mejoría en el contenido del TL y los likes ajenos desaparecieron por completo. También dejé de seguir docenas de cuentas cuyo contenido en realidad nunca leía o que ya no me interesaba. Eso comenzó a darme la sensación de estar burlando un poco a los tan odiados algoritmos, de asumir un actuar más consciente en redes y no un dejarse llevar en automático por una conducta programada, que es lo que las redes quieren lograr. A cada estímulo se espera que haya una reacción determinada y mientras más reaccionemos, contarán con mejor información para engancharte y perpetuar el hábito.

Comprendo que mi experimento puede estarme dando la falsa sensación de tener algo de control sobre los contenidos de mis redes. Estoy clara de que no es así. Cada movimiento que hacemos en la web, sea desde nuestras computadoras o desde nuestros dispositivos portátiles, cada navegación, cada página visitada, guardada, comentada o eliminada, todo va siendo registrado en alguna parte. Compartimos información que pensamos no le interesa a nadie, pero resulta que, al hacerlo, regalamos a otros una materia prima con la que algunos se están haciendo millonarios y que otros están utilizando para manipular nuestras decisiones y nuestra percepción sobre temas varios, desde preferencias electorales hasta problemas globales o regionales.

Existen empresas de diferente índole que necesitan esa información, en apariencia banal e inútil, pero que, utilizada y explotada de manera adecuada, puede servir para muchos fines: desde vendernos un producto de una marca determinada hasta manipular emociones colectivas a favor o en contra de alguna causa.

En el documental de Netflix The Great Hack (2019), conocido en español como Nada es privado, los directores Karim Amer y Jehane Noujaim examinan el escándalo en torno a la empresa Cambridge Analytica, una consultora política que recopiló en secreto información de millones de usuarios de Facebook, que luego fue utilizada para influenciar los resultados de las campañas de Trump y el Brexit. De hecho, el documental comienza con la demanda del profesor universitario estadounidense David Carroll, quien exigió saber de Cambridge Analytica los datos que la empresa había recopilado sobre él, metiéndose a un larguísimo y complicado procedimiento legal para lograrlo.

Es recomendable ver dicho documental para darnos cuenta del alcance y el valor que tiene nuestra información y nuestros movimientos en la red y cómo nosotros, de manera ingenua y voluntaria, ponemos en bandeja de plata los datos que servirán para dejarnos manipular según antojos y conveniencias de terceros.

Lo que podemos hacer al respecto es poco, sobre todo en países como el nuestro donde no existen leyes que defiendan nuestros derechos digitales, entre ellos el derecho al olvido, es decir, de solicitar que información específica que circula en internet sobre nosotros sea borrada de los servidores de los grandes consorcios informáticos.

Por motivos laborales y sociales, las diferentes aplicaciones y dispositivos que utilizamos para informarnos y comunicarnos con los demás son de uso inevitable. El simple hecho de tener un teléfono, con sensores de geolocalización, cámaras y micrófonos que están emitiendo una constante serie de señales, nos hace fácilmente rastreables, ubicables y hasta predecibles. La vida actual está impregnada del quehacer por vía electrónica o digital y, aunque eliminemos todas nuestras redes sociales, la huella que dejamos por otras vías (como las tarjetas de crédito) queda registrada en varias partes.

Acaso pronto tendremos que luchar por el derecho de recuperar nuestra privacidad íntegra o recurrir a mecanismos extremos como «los desconectados», gente que ha optado por no conectarse a la red, no tener redes sociales o utilizar esos medios al mínimo.

Puede que mi pequeño experimento sea completamente inútil. Pero zafarme del movimiento automático del like es como un pequeño acto de resistencia personal, la negación a realizar la reacción esperada y, ojalá, una forma de desconcertar a los malditos algoritmos, que se supone nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

El subestimado oficio de la traducción literaria

Hace un par de meses, le pedí a alguien que viajaba a Brasil que me trajera una novela de Hilda Hilst. Había leído un artículo sobre el carácter experimental de su obra y quise leerla. Hilst es considerada una de las escritoras más importantes de aquel país. Escribió poesía, dramaturgia, ensayo y también narrativa.

Al buscar sus títulos en español no encontré ninguno. Solamente los había en inglés. Me pareció insólito que una escritora de la altura de Hilda Hilst no esté disponible en español. Aunque me causó rechazo la idea de leer a una escritora brasileña traducida al inglés, no tenía otra opción. Temí que algo de la cadencia y el ritmo del portugués se perderían en la traducción, como en efecto sentí cuanto terminé de leer With My Dog Eyes (Com meu olhos de cão en su título original). De ahí mi idea de conseguirlo en portugués, que medio leo. Aunque no lo comprendiera totalmente, podría tener una mejor percepción de su trabajo.

Esto me hizo pensar mucho en el asunto de las traducciones literarias. Si lo analizamos, buena parte de lo que leemos es traducción. Lo cual impone sobre el libro un doble trabajo: el del autor y el de quien traduce, aunque muchas veces, los traductores son casi invisibles y no reciben el crédito ni los honorarios debidos por su trabajo.

Una buena traducción termina siendo una versión del original en otro idioma. Para lograr eso, es imprescindible que el traductor comprenda no solo las palabras y significados del texto sino también las sutilezas implícitas en el tono, los juegos de palabras, las referencias culturales, el contexto de la historia y la intención del autor al usar un término específico y no alguno de sus sinónimos. A partir de ello, deberá encontrar la expresión adecuada en el idioma en el que se trabaja. Dicha búsqueda puede llegar a ser tan complicada como la escritura del libro original. Ambos, escritor y traductor, siempre buscan el término exacto que permanezca fiel al espíritu de lo que se quiere decir.

La traducción permite también presentar ante lectores de otros países libros y autores a los cuales no se podría tener acceso de otra manera. Sin embargo, las demandas del mercado editorial internacional obran como filtro para la publicación de traducciones. Es conocido que en la industria editorial estadounidense se publican poco. Lo mismo pasa con el mercado europeo. La única excepción son las editoriales con intereses y audiencias específicas que, con mucho esfuerzo, financian y encargan alguna eventual traducción para su publicación. Editoriales más grandes no arriesgan en ello a menos que el autor o su libro ya sea un éxito de ventas en su país o que la obra suscite interés por algún asunto coyuntural regional o global.

Pensando en El Salvador, la traducción literaria es un oficio poco ejercido, pese a que algunas universidades donde se estudia idiomas tienen como opción la especialidad de traducción, aunque no con énfasis en literatura. No tenemos en el país agencias de traductores literarios ni tampoco de agentes literarios, quienes serían las personas encargadas de colocar dichos trabajos en las editoriales internacionales. Los pocos autores salvadoreños que han sido traducidos lo han logrado, en su mayoría, como resultado de gestiones personales.

Cuando el amigo volvió de Brasil, no solo me trajo la novela solicitada, sino que me trajo la narrativa completa de Hilda Hilst, editada bellamente el año pasado por la editorial Companhia Das Letras de Sao Paulo, en una caja que trae dentro dos tomos con todas sus novelas y cuentos. Es la primera vez que se publica la prosa completa de Hilst y es la única manera de conseguir sus novelas, ya que no hay en existencia ediciones individuales. Las ediciones están además ilustradas con dibujos hechos por la autora. Es un auténtico tesoro.

Leerla será más bien ir estudiando el texto, pero no me desanima. Estoy consciente de que quizás no lo entenderé plenamente, por ser un idioma que no domino, pero habrá otras impresiones que me dejará su lectura y que también forma parte de una experiencia lectora válida. Hace años, por ejemplo, se me antojó comprar una edición de la poesía completa de Cesare Pavese en italiano. Algo que me sorprendió al leer sus poemas, pese a no entenderlo por completo, era el ritmo y la sonoridad que tenían gracias a la pronunciación del idioma original, un ritmo que siento no está bien logrado en algunas de sus traducciones.

Ese tipo de sutilezas solo es posible descubrirlas leyendo una obra en su idioma original. Comprender, capturar y transmitir esas percepciones en una traducción es parte del reto del oficio de la traducción literaria, para que los lectores se acerquen lo mejor posible a la concepción original de quien escribió el texto.

La traducción de obra literaria es una profesión valiosa pero muchas veces invisibilizada. No apreciamos su valor ni su importancia para el intercambio de ideas y pensamiento entre culturas, continentes y épocas diferentes. Nuestro bagaje cultural y nuestro conocimiento del mundo serían mucho más pobres sin la existencia de dicha profesión.

A finales de agosto pasado, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal de México, la traductora Edith Verónica Luna publicó un artículo titulado «Del traductor traidor al traductor autor» donde profundiza mucho sobre varias vicisitudes de este oficio, a las que ahora se suma la amenaza de que los traductores de carne y hueso sean sustituidos, en un futuro cercano, por inteligencia artificial.

Pensar que una máquina podrá ejercer un mejor trabajo haciendo una traducción literaria es algo que Luna no considera pueda ocurrir: «(…) alimentar la memoria de un traductor automático la enriquece y perfecciona, pero una máquina difícilmente será capaz de traducir una metáfora, identificar el sarcasmo, reconocer una cita o referencia de otro libro, o detectar un cambio de registro, entre otras cosas».

Esperemos que así sea, por el bien de los lectores del futuro.

Lluvia plástica

A mediados de agosto, la revista Science Advances publicó un estudio que demuestra que la contaminación por plástico está presente no solo en el fondo de los mares, sino también en los lugares más remotos e inhabitados del planeta.

Entre 2015 y 2017, un grupo de investigadores tomó muestras de nieve en tres lugares diferentes de Alemania, en los Alpes suizos y en el Ártico, que tras ser analizadas, mostraron presencia de microplásticos. Debido a su tamaño y ligereza dichas partículas pueden moverse con facilidad en la atmósfera e incluso viajar y llegar a lugares con escasa presencia humana, como el Ártico.

Los tipos de plástico encontrados en las muestras tenían diferentes orígenes y provienen de objetos como pintura, llantas, mangueras, empaques de hule y otros de uso industrial.

Por su parte, el Servicio Geológico de Estados Unidos analizó también de forma reciente muestras de agua de lluvia recolectadas en las Montañas Rocosas del estado de Colorado. Detectaron que el 90 % de las muestras tomadas tenía presencia de microplásticos. El hallazgo fue accidental, ya que lo que se buscaba era estudiar la contaminación por nitrógeno, pero al analizar las muestras, la presencia de fibras y fragmentos multicolores inusuales obligaron a investigar su origen. De la misma manera que con las muestras de nieve, se concluyó que los materiales llegaron a la lluvia porque su tamaño les permitió moverse libremente en la atmósfera.

Este tipo de contaminación, no tan evidente por su tamaño, ha puesto en alerta a la comunidad científica que desconoce los efectos que los microplásticos tendrán en la salud humana, ha medida que dicha contaminación aumente. Debido a que el plástico ya se encuentra como elemento contaminante en los océanos, una persona promedio ingiere ya alrededor de 100 partículas de plástico anuales tan solo por consumir crustáceos. Pero las investigaciones demuestran que no solo estamos comiendo plástico y absorbiéndolo a través de la piel debido al uso de numerosos productos, sino que ahora también lo estamos respirando.

Una señal de que estamos siendo abrumados por la presencia del plástico es que las empresas globales que lo producen no han reducido sus porcentajes de producción, sino más bien todo lo contrario. Diversas organizaciones estiman que en 2016 se produjeron 335 millones de toneladas de plástico. Se calcula que para el próximo 2020, la producción superará los 500 millones de toneladas anuales.

Es necesario mencionar que el plástico es prácticamente eterno y puede tardar cientos y hasta mil años en degradarse total y efectivamente. Como demuestran también los estudios citados al inicio, el plástico se termina fragmentando en partículas micro y nanoscópicas que siguen presentes y propagándose, ahora hasta en la lluvia, la nieve y el aire. También hay que mencionar que el plástico, al ser expuesto a la radiación solar emite metano y etileno, dos potentes gases que crean el efecto invernadero y que son buena parte de los culpables del actual cambio climático.

Tampoco podemos limitarnos a creer que la solución del problema es el reciclaje. Una investigación realizada por la National Geographic indicó que en los últimos 70 años se han producido 8,300 millones de toneladas métricas de plástico, la mayoría de ellas de objetos desechables. De esa cifra apenas se ha reciclado el 9 %. El resto va a parar a los rellenos sanitarios o a los océanos, donde la basura acumulada se convierte en islas flotantes o es consumida por los organismos vivos. Recordemos los numerosos casos de ballenas y otros animales muertos que aparecen en las playas con sus estómagos llenos de bolsas y otros objetos.

Por lo general, cuando se difunde este tipo de estudios, las recomendaciones finales insisten en orientarse hacia los consumidores y sugerir cambio en los hábitos de compra y consumo. Pero la verdad es que el entorno no ayuda a efectuar esos cambios de manera que tengan un impacto significativo. Si pensamos que la mayoría de productos vienen empacados, tienen componentes o están hechos totalmente de plástico, los esfuerzos individuales por minimizar su uso son bastante inocuos, sobre todo en países como el nuestro donde no existen normativas ni leyes para regular la producción, disposición y mucho menos el reciclaje de este tipo de material.

Aunque el cambio de hábitos de consumo de las personas es imprescindible para poder reducir de manera significativa este tipo de contaminación, los esfuerzos deben enfocarse también y sobre todo en negocios, empresas y grandes corporaciones que fabrican y ofrecen sus productos finales empaquetados o producidos con plásticos de diverso tipo. Los gobiernos y políticos también deben ser presionados para implementar medidas, leyes y sobre todo sanciones ejemplarizantes que impidan la creciente contaminación.

Pero dichos cambios tienen que ser, sobre todo, culturales. Es imprescindible cambiar la costumbre de lo desechable, del comprar y botar, del uso único. Se debe pensar en un regreso a otro tipo de materiales ciento por ciento biodegradables (como el papel) o reutilizables (como el vidrio y los envases metálicos). La fabricación de plástico, lejos de aumentar cada año, debe disminuir.

Para lograr estos cambios, todos deberemos hacer sacrificios, grandes y pequeños, pero ahí reside buena parte del problema. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sacrificar un poco de nuestra pequeña comodidad personal y andar cargando con pajillas de metal, bolsas de tela y otros recipientes cada vez que vayamos a comprar comida? ¿Cuándo se inaugurarán en el país supermercados y almacenes que vendan productos a granel y con cero uso de plástico? ¿Cuántos de esos grandes consorcios y corporaciones están dispuestos a modificar sus ingresos económicos y cesar o reducir al mínimo imprescindible la fabricación de plástico y su utilización como empaque para miles de productos de la vida cotidiana?

No solo los consumidores debemos cambiar nuestros hábitos. También debe cambiar el diseño de una economía que no es amigable más que para el bolsillo de unos pocos, pero que nos está matando lenta y silenciosamente a todos, personas, animales, plantas y hasta al planeta mismo

Los hermanos Romero

Una noche de enero se escucharon en la colonia maullidos de gato chiquito. Eran tan fuertes y afligidos que varios vecinos salimos a ver qué pasaba. Una gata callejera, que vive en el techo de unas casitas que están a la entrada de la colonia, había vuelto a parir. De alguna manera, uno de sus críos había llegado al pasaje. Estaba escondido entre unas macetas, en la acera de mi casa, maullando a todo pulmón. Su piel era atigrada en gris, con el pecho blanco. Tendría un par de meses de nacido.

Tres o cuatro vecinos nos apiadamos. Alguien asumió que era hembra. «Pobrecita la gatita», dijimos todos. Un par de personas le pusieron comida. Intentamos agarrarla, pero huía muerta de miedo. En los días siguientes, la gatita siguió maullando. De pronto aparecía la madre a darle teta. También aparecía el padre, un gato grande, blanco y con parches grises. Los tres se juntaban en las noches a jugar en mi parqueo. Poco a poco, la gente dejó de poner comida. Poco a poco, sus padres dejaron de llegar.

Agarré por costumbre dejarle en el jardincito de enfrente un cumbito con agua limpia. Cuando iba a cambiar el agua en las mañanas, la descubría dormida encima de un tronco redondo, despojo de una mata de huerta cortada. También se echaba en una maceta muy grande de la casa de enfrente, sobre el techo del carro de un vecino al que le presto mi cochera o en el filo de la ventana de la sala.

No he querido volver a tener animales desde 2011 cuando murió Loli, mi gata de 17 años. No quería volver a pasar por la tristeza y el vacío en la que nos deja la muerte de un animal querido. Pero ver a aquella gatita solitaria, enfrentada a los peligros del tráfico de la Panamericana (que tenemos a la orilla), los perros de la colonia y algún humano mata gatos, me hizo decidir agarrarla, mientras encontraba a quien regalarla. En mi casa correría menos riesgos. El asunto era capturarla.

Era huraña, salvaje y veloz. De solo ver a cualquiera, se escondía en un tubo de aguas lluvia que conecta con mi patio interno. No se dejaba tocar y si la mirabas demasiado, corría a esconderse. Empecé una tarea que no sé si definir como un acto de paciencia, perseverancia, disciplina u obstinación, pero me hice el propósito de ganarme su confianza.

Todos los días le daba comida. Todos los días me sentaba con ella un rato, sin hacer ni intento de agarrarla, para no asustarla más. Cada día iba acercando un poquito más el platito de comida a la puerta de mi casa, hasta que por fin lo puse adentro. La gatita se animaba a entrar, aunque huía a la calle a mi menor movimiento. Así es que ella comía y yo me sentaba a observarla, a distancia, sin moverme.

La animalita comenzó a quedarse adentro, primero dos horas, después cuatro, hasta que, al fin, se quedó del todo. La primera vez que pude acariciar su lomo, tres meses después, fue un triunfo. La acariciaba un par de veces y me mordía, suavecito, como para recordarme su rudeza, que era un animal de la calle. Pero le terminó gustando eso de los cariñitos. Ronroneaba.

La convivencia me permitió descubrir que en realidad no era hembra sino macho. No tuve duda que debía llamarse Orlando, como el personaje de la novela homónima de Virginia Woolf. Quien lea el libro, comprenderá el motivo.

Su madre era testigo de lo bien que se había puesto su crío. A veces me pedía comida y yo se la daba. Quería ganármela para ver si era posible esterilizarla y que deje de parir tanto. Ya tenía otra camada, en el techo de las casitas de enfrente. Eran dos. Podía verlos desde la ventana de mi baño. Uno de ellos me pareció gracioso porque tenía la nariz negra, en la parte blanco y gris de su carita.

Un domingo, los dos nuevos críos aparecieron en mi jardincito de enfrente. La madre gata, nada tonta, me los fue a dejar. Sabía que quedaban en buenas manos. Para Orlando, tener la compañía de sus hermanitos fue un evento jubiloso. Jugaban como desquiciados. Orlando se tiró a la calle de nuevo, con los chiquitos. Un día, uno de los nuevos desapareció. Quedó el de la nariz negra. Lo llamé Carboncito, porque tiene cara y cuerpo de que entró en un saco de carbón y salió entilado.

Orlando jaló a Carboncito dentro de la casa, lo que me pareció bien para que no corrieran peligro afuera. Estaba ya hablando con un par de gentes, a ver si los regalaba, pero al verlos jugar y lo inseparables que se habían tornado, decidí quedarme con los dos.

Carboncito vivía en casa, pero no se dejaba agarrar. Con los días, al verme acariciar a Orlando, fue tomando confianza también. Por fin, un par de meses después, se ha hecho más querendón que su hermano.

Parte de su salvaje rutina de juegos ocurre en el jardincito interior. Destruyeron la sábila, los helechos, el papiro y una maceta de begonias. Corren por el jardín y los cuartos, suben y bajan las gradas a la velocidad de un par de caballos disputándose un derbi.

Una tarde, después de sus juegos, abracé a Carboncito. Olía maravilloso, pero no distinguía el olor. Hundí mi nariz en su pelo y me di cuenta que se había frotado contra mi plantita de romero. Ahí se ganó el apellido, Carboncito Romero. Y así fue como surgieron los hermanos Romero.

Mientras los veo dormir, agotados, después de jugar, pienso en tantos animales que viven en la calle, salvajes, sin garantía de sobrevivir el día, enfermos, con hambre, donde los riesgos son permanentes y donde los humanos somos un peligro mortal. Aunque de pronto también hay gente corazón de pollo que, para un par de animalitos, podemos llegar a representar la diferencia entre la vida y la muerte.

La esquiva responsabilidad moral

Oskar Gröning era un devoto coleccionista de estampillas. En una de las reuniones anuales del club de filatelia al que pertenecía, Gröning comenzó una conversación casual con alguien que resultó ser negacionista del holocausto. Este argumentaba que era imposible que la matanza y los campos de concentración hubiesen sido reales. Al despedirse, el negacionista le prestó un libro sobre el tema. Gröning se lo devolvió, dejando un mensaje de su puño y letra en una de sus páginas: «Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí».

A partir de entonces, Gröning consideró necesario hablar de su experiencia como miembro de la SS, en particular, de los dos años que estuvo asignado como contador del campo de concentración de Auschwitz. Su función consistía en hacer inventario de todos los bienes y el dinero que portaban los judíos al arribar al Lager, y enviarlo todo a Berlín.

Pasó tres semanas escribiendo su historia en 87 páginas, que luego dio a sus hijos. Concedió una extensa entrevista a la BBC. La revista alemana Der Spiegel también habló con él. Las autoridades y los sobrevivientes del campo comenzaron a seguir su pista. En septiembre de 2014 por fin fue llevado a juicio, luego de que en Alemania se admitió como recurso legal que todo empleado en un campo de concentración podría ser juzgado como cómplice de asesinato por crímenes de lesa humanidad, aunque sus cargos fuesen burocráticos o de mantenimiento. Al momento del juicio, Gröning tenía 92 años.

El documental «El contador de Auschwitz» (2018), de Matthew Shoychet, habla sobre el juicio contra Oskar Gröning, pero también plantea puntos de reflexión importantes: ¿cuándo termina la culpa de alguien? ¿Es válido juzgar a alguien a los 90 y tantos años por crímenes cometidos cuando tenía 23? Si él obedecía a una cadena de mando, ¿estaba eximido de la responsabilidad moral que implicaba aceptar ciertas órdenes?

Juristas entrevistados para el documental coincidieron en que la edad de los acusados no debería ser obstáculo para enfrentar la justicia. Alguno también comentó que para matar a las víctimas de Auschwitz no fue tomada en consideración su edad. De hecho, los ancianos, junto con bebés de meses y niños de corta edad que llegaban al campo, eran aniquilados de inmediato por considerárseles no aptos para trabajar.

Gröning no mató a nadie directamente, pero era parte del engranaje de exterminio. Aunque solicitó su transferencia en un par de ocasiones, el cambio le fue denegado, recordándosele el juramento de lealtad y secretismo que había asumido y firmado en papel antes de ser asignado al campo. Su testimonio en el juicio y sus entrevistas para los medios de comunicación narran cosas que confirman no solo que sabía lo que ocurría, sino que lo aprobaba y asumía como algo normal. Verlo, saberlo y tratar de asumirlo con indiferencia, como una parte más de su trabajo, era acaso su mecanismo de sobrevivencia interior.

Después de escuchar a 60 testigos en el juicio, Gröning se admitió moralmente culpable de los muertos de Auschwitz. La corte debería decidir si también lo era a nivel criminal. Cosa que en efecto ocurrió. El 15 de julio de 2015, Oskar Gröning fue condenado a cuatro años de cárcel, acusado de cómplice del asesinato de por lo menos 300,000 judíos. Se hicieron un par de apelaciones, pero ambas fueron rechazadas y la sentencia ratificada. Gröning murió a los 96 años en marzo de 2018, sin haber entrado nunca a prisión.

Que Gröning hablara abiertamente de su experiencia en Auschwitz terminó siendo algo positivo y necesario. Víctimas y victimarios del holocausto tienen ya una avanzada edad y están falleciendo. Quienes menos han hablado son los responsables directos de la matanza y su testimonio resulta importante para completar la narración de los hechos.

Uno de los sobrevivientes judíos entrevistados, Bill Glied, quien falleció antes de que el documental pudiera completarse, estaba convencido de que a pesar del tiempo transcurrido y de la edad de Gröning, este debía ser juzgado. Consideraba que el juicio era importante para establecer un precedente y construir el marco legal para proteger a futuras víctimas, aunque el acusado no llegara a cumplir su sentencia.

El documental presenta varios planteamientos que sirven como detonantes de reflexión y que aplican perfectamente a nuestra realidad actual, por la discusión en la Asamblea Legislativa de la llamada ley de reconciliación nacional, pero también por la reanudación del juicio contra los militares acusados por la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Recordemos que también hay negacionistas sobre esa y otras masacres de nuestra guerra civil.

En El Salvador, la masacre de 1932 sigue siendo un evento del cual se habla con incomodidad, a pesar de lo mucho que marcó nuestro presente. Nadie fue juzgado ni acusado por aquella matanza. Todo lo contrario, se emitió «amplia e incondicional amnistía a favor de los funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar, que de alguna manera aparezcan ser responsables de infracciones a las leyes, que puedan conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión del presente año», según el Decreto Legislativo N.º 121, artículo 2, del 11 de julio de 1932. No dudemos que dicho decreto dejó establecida la impunidad que favoreció las matanzas acontecidas años después.

En nuestro país, los involucrados en diferentes eventos históricos que han marcado nuestro presente de violencia ni siquiera han tenido el gesto de reflexionar y admitir su responsabilidad moral en los hechos. Un gesto que, si demostrara ser sincero, contribuiría mucho más a una reconciliación efectiva que una ley cuya redacción podría dejar abierta la puerta para continuar la impunidad y permitir la repetición de hechos similares a futuro.

Como ciudadanía deberíamos estar más atentos a esto porque, a fin de cuentas, los más vulnerados seríamos, como siempre, nosotros.

La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.