La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.

La batalla del perdón

El documental «La batalla del volcán», del director mexicano-salvadoreño Julio López Fernández, reúne a excombatientes y exsoldados que tomaron parte en la ofensiva guerrillera Hasta el Tope, en noviembre de 1989. Casi 30 años después, revisitan los lugares de los combates en los que participaron y comparten su testimonio sobre aquellos días.

López, nacido en México en 1981, de padre guatemalteco y madre salvadoreña, sintió la fuerte necesidad de comprender qué fue lo que pasó durante la guerra civil de los años ochenta y cuya onda expansiva nos sigue afectando de múltiples maneras. El resultado ha sido este documental de 93 minutos que combina testimonios y material fílmico inédito, facilitado por el periodista mexicano Epigmenio Ibarra, quien cubrió los eventos salvadoreños de aquella década.

«La batalla del volcán» ha sido exhibida durante seis semanas en una de las cadenas de cine del país, a sala llena. Que una producción de este tipo se mantenga tanto tiempo en cartelera es de por sí un suceso. El boca a boca ha sido, sin duda, la mejor forma de propaganda para este documental de mucha calidad, que logra comprimir en poco tiempo una operación militar compleja y explicar el contexto del momento, de una manera sucinta pero comprensible.

La necesidad que tenemos los salvadoreños de hablar, no solo sobre la ofensiva, sino sobre todo el tiempo de la guerra, quedó evidenciada a raíz de las entrevistas concedidas por López como parte de la campaña de promoción del documental. Cuando Julio se presentó en un popular programa matutino de radio, los presentadores no tuvieron el suficiente tiempo para compartir la avalancha de mensajes enviados por los escuchas. Es lo mismo que vemos ocurrir cada año, cuando se produce el correspondiente aniversario. La gente que lo vivió está ávida de hablar.

Hay muchos aciertos en el documental que permiten que ese diálogo aflore. Quienes participan y dan testimonio no pertenecen a las altas jerarquías ni de la guerrilla ni del ejército. No aparece nadie cuyo rostro haya sido quemado en el ejercicio político de los últimos años. Se trata de combatientes comunes, que sin recurrir al lenguaje panfletario o a la retórica partidista, comparten sus recuerdos e impresiones. No son escenificaciones coreografiadas, sino explicaciones y anécdotas que van surgiendo a medida que el cineasta pregunta detalles a los sujetos en cuestión.

Hay silencios que todavía carga nuestra sociedad, que todavía nos agobian. Hay palabras, recuerdos y sentimientos que todavía andamos atorados entre el pecho y la garganta. Que mucho de lo vivido durante la ofensiva nunca fue hablado, queda de manifiesto cuando un hombre cuenta cómo se refugiaron en uno de los cuartos de su casa, tapando las ventanas con colchones, para poder proteger a su familia de los tiros que volaban a diestra y siniestra. «Nunca he hablado de estas cosas», dice en algún momento, acompañado de su joven hija, quien todavía se conmociona al compartir sus propias impresiones.

La guerra, como he dicho en columnas anteriores, es un trauma social de dimensiones profundas, un tipo de evento que cala hasta la raíz, no solo de la sociedad misma, sino de cada uno de sus individuos. Las afectaciones son comunes, incluso para quienes dicen no haber participado en nada. El simple hecho de haber vivido ese tiempo, de sufrir los apagones, de leer una prensa censurada, de escuchar a escondidas las radios clandestinas de la guerrilla (porque era la única manera de saber lo que estaba pasando), de salir del país por amenazas, de transitar por carreteras reventadas y no saber si se volvía con vida a casa, todos esos y muchos más eventos, grandes o pequeños, son las formas en que la guerra se convirtió en nuestra normalidad durante una docena de años.

Uno de los militares entrevistados señalaba la falta absoluta de programas de salud mental para los desmovilizados de la guerra. El tiempo ha demostrado que fue una omisión imperdonable. Todo el trauma y el dolor que viene acumulando la sociedad salvadoreña, como una bola de nieve que no para de crecer, viene también de aquellos eventos no resueltos y no atendidos, e ignorados por el común de la gente.

Hubo quienes, cuando la guerra, escogieron su camino (asumiendo con anticipación su posible desenlace) y hubo quienes nada más vieron las cosas ocurrir, tratando de continuar sus vidas de la mejor manera posible, con la guerra como telón de fondo, con el ruido de los helicópteros y las balas como parte de su «soundtrack» oficial. Pero es irreal esperar perdón y olvido en la sociedad si no hay antes reconocimiento y aceptación de la verdad. Si el ofensor no escucha al ofendido, si la ofensa no es reconocida y la responsabilidad no es aceptada. Sin ello será difícil reconciliar el país. En ese sentido, este documental provoca reacciones valiosas en la memoria individual y en la conversación colectiva.

Hay cientos, miles de historias sobre nuestro pasado que todavía no se han contado y que merecen nuestra atención. «La batalla del volcán» es por ello un detonante valioso para comenzar un diálogo que se ha relegado durante demasiado tiempo para romper silencios y para aliviar heridas de la guerra, pendientes todavía de atención.

Hay una batalla que todavía nos falta dar: la batalla del perdón. Quizás si nos tomáramos el tiempo, si realizáramos esa tarea de hablar, de contarnos la guerra, podríamos comprendernos mejor y encontrar soluciones para ese permanente estado de agresividad en el que vivimos y que manifestamos, en el día a día.

La buena noticia es que se puede iniciar en el entorno inmediato. Comencemos a dialogar entre nosotros, entre familia, amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Comencemos un diálogo intergeneracional. Compartamos historias, hagamos preguntas, escuchemos. Hagamos un intento franco por comprender, sin juzgar. Saquemos nuestras propias conclusiones. Pero no dejemos que el silencio y el miedo borren o distorsionen un evento trascendental de la historia salvadoreña, que a futuro será clave para comprender muchos asuntos de nuestra modernidad.

La literatura a futuro

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba el futuro de la literatura. Debía reflexionar sobre el tipo de prácticas o de escrituras que se generarán y cuáles son los valores actuales literarios que deberían reivindicarse. La pregunta me fue hecha para una publicación internacional, pero tenía un límite de pocas palabras que no me dejó satisfecha a la hora de plantear mi respuesta. Me quedé rumiando ideas alrededor del tema.

Aunque pensar en el futuro de la literatura me parece un ejercicio vano, estas preguntas tienen un significado particular por el momento que estamos viviendo a escala mundial. El torbellino de cambios provocados en nuestro quehacer a partir de internet, las redes sociales y las herramientas tecnológicas ocurre a una velocidad tal que no hemos terminado de digerir la aparición de algo nuevo, cuando tenemos encima lo siguiente. Hacer previsiones de cómo serán las cosas a futuro es arriesgado, aunque interesante.

Los cambios también se están dando a escala social e ideológica y sin duda están calando en nuestra forma de pensar. Las luchas feministas, el ambientalismo y el cambio climático, pero también el resurgimiento del neoliberalismo y el conservadurismo (en sus múltiples formas), están propiciando algunas variables sociales que todavía no terminan de cuajar.

En el mundo editorial, esas tendencias comienzan a notarse en cosas como el reciente surgimiento del sensitivity reader (o lectores de sensibilidad), un cargo creado en algunas editoriales de Estados Unidos y cuya función es detectar que la obra a publicarse no repita estereotipos de género, no insulte a ninguna minoría, no utilice lenguaje ofensivo ni realice lo que se conoce como «apropiación cultural». La publicación de más de algún libro ha sido detenida por las opiniones de alguno de estos lectores. En dichos casos, la editorial pide al escritor considerar una reescritura total o parcial de la obra, rectificando las partes que el sensitivity reader hace notar como no convenientes.

Otra tendencia que ya parece instalada para quedarse es privilegiar el espectáculo del escritor por sobre su propia obra o por sobre categorías literarias que parecen relegadas a un segundo plano de importancia. El lenguaje, las estructuras narrativas, la novedad de un planteamiento o historia ya no parecen ser importantes en la valoración literaria y mucho menos parecen tener resonancia o prioridad entre los lectores contemporáneos. Se privilegia el tema tratado y su potencial de ventas.

Al escritor se le obliga a ser un performer, un personaje de sí mismo. Sus redes sociales se convierten en una tribuna pública desde la cual funciona como vendedor y autopropagandista de sus propios libros, muchas veces así exigido como cláusula de contrato editorial. Hay escritores que se desenvuelven muy bien y hasta disfrutan de ese mundo de reflectores y sobreexposición pública, pero no todos tenemos talento ni interés para ello.

Por otro lado, sabemos que la atención lectora está dispersa en diversos tipos de entretenimiento, que involucran mucha lectura y escritura, pero que no necesariamente persiguen lo literario. Ya hay editoriales que se niegan a publicar obras que pasen de las 250 páginas. Algo similar ocurre con varios concursos literarios internacionales, donde se limita el número de páginas para novelas o colecciones de cuentos, de manera que no sean demasiado voluminosos. Por ello, quizás y ojalá, el cuento y la novela corta puedan ver pronto un resurgimiento, pese a que las editoriales siguen privilegiando la publicación de la novela por considerarse «un género serio».

Así mismo, la dinámica establecida por las redes sociales, donde los «me gusta» avalan propuestas como las de los llamados «instapoetas», crean la ilusión de que la aprobación general es suficiente para confirmar el talento. Muchas editoriales cuentan con personal dedicado a monitorear algunas redes y encontrar posibles propuestas editoriales. Piensan que un millón de seguidores en Facebook o Instagram no pueden estar equivocados, pese a que la calidad estrictamente literaria de sus textos sea dudosa o común.

Tomando en cuenta estas premisas, es posible que a futuro se escriba, publique y lea libros que no causarán mayor impresión en la memoria del lector. ¿Alguna de esas obras populares pasará a ser considerada Literatura, así, con L mayúscula? ¿Qué contribuciones o rescate del lenguaje harán esas obras? ¿Pervivirá el retrato de sus personajes como un diagnóstico más de la compleja naturaleza del ser humano y de los conflictos de nuestro siglo? ¿Retratarán esos personajes, en forma fidedigna y palpable, el angst de su tiempo, de manera que cien años después, la humanidad del futuro los leerá y dirá «seguimos siendo los mismos», como hacemos cuando leemos a Shakespeare?

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente. El lector continuará con su «scrolling» infinito en sus dispositivos, buscando saciar la sed de algo que no sabe nombrar ni definir. El lector del futuro será quizás un buscador solitario tratando de reencontrar su humanidad perdida en los libros.

El escritor del futuro deberá adiestrarse para asumir tareas extraliterarias como ser orador, hacer marketing efectivo, ser «community manager» y modelo fotográfico. Además de escribir libros, claro está. Su mayor reto estará en definir qué es lo que considera más importante: si complacer al público para ser popular o ser fiel a su visión de la escritura, aunque solo lo lean un puñado de gentes.

Pero también estarán los rebeldes. Porque siempre los habrá. Esos que, en vez de quemar libros, los aprenderán de memoria para preservarlos (como ocurre en la novela «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury). Confío en esos que abrirán pequeñas editoriales y que al vender un libro estarán compartiendo una dosis de su fe en la buena literatura. Las propuestas periféricas y underground que, ajenas a los focos y el ruido del espectáculo, continuarán palpando el hueso de la humanidad a través de sus historias, y viviendo el oficio de la única manera en que es posible: como un espacio de libertad plena del ser humano.

Esperando justicia

Escribo esta columna el domingo 26 de mayo. Es mediodía. Acabo de regresar de una concentración realizada en el Monumento de la Constitución. Organizaciones sociales y de derechos humanos convocaron a la población a compartir sus testimonios en la búsqueda de la justicia para desaparecidos y muertos durante la guerra civil salvadoreña. Esto en vista de las discusiones en la Asamblea Legislativa sobre una nueva ley, que eufemísticamente llaman ley de reconciliación nacional, pero cuya ejecución y práctica implicarían una nueva forma de amnistía.

Llego algo tarde pero no quise dejar de ir. Hay pocas personas. Cincuenta o 60 a lo sumo. En todo caso, somos pocos. Pensé que por ser domingo habría más gente que en otras actividades recientes realizadas en horario laboral.

Para llegar a la Constitución, pasamos antes por la zona del estadio. Hoy se juega la final de fútbol. El taxista, que es aliancista, viene hablando con entusiasmo del partido. Hablamos de los elevados precios de los boletos. Todo el mundo se quejó. Pero a las 10 de la mañana, ya la calle está llena de gente haciendo filas, de tráfico, de movimiento, para un partido que comienza dentro de 5 horas.

La ciclovía de la Constitución está funcionando, lo cual provoca tráfico lento en las calles aledañas. En el monumento, el movimiento Memoria de Futuro ofrece postales para que las personas pidan justicia por alguien en específico. Las postales serán entregadas esta semana a los diputados, previo a la sesión de discusión de la ley mencionada. “Por Monseñor Romero. Por Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Por las cuatro monjas Mariknoll. Por los muertos de El Mozote y el Sumpul”, escribo.

Una señora pega la foto de su hija en una de las postales. Se le nota afectada. Trato de imaginar lo que es pasar la vida con esa deuda, con ese pendiente, con ese dolor que nunca termina. El de un familiar muerto o desaparecido. Pienso también en esos otros dolores, que son otra consecuencia de las guerras pero que no son contabilizados, porque lo humano no es importante en las estadísticas de la destrucción. Las familias separadas sin remedio por las diferencias ideológicas. Los que se desquiciaron en los frentes de guerra. Quienes conviven con los recuerdos en silencio. El maldito silencio. Las pesadillas. Los trastornos mentales. Las depresiones. Todas esas emociones no contadas ni expresadas. El miedo, la culpa, el horror, las pérdidas. Las lágrimas no derramadas. La historia que no termina hasta que se tenga un cuerpo o una verdad. Los perdones nunca escuchados. El dolor ajeno no reconocido por los victimarios. Los perdones nunca pedidos, porque gobiernan el orgullo y la mezquindad. Ese factor humano que queda trastornado por la guerra y que tardará generaciones en sanar.

En estas últimas semanas, me sorprendí varias veces a mí misma deseando tener el don de conmover con mis palabras a los más duros de corazón. Para que por lo menos escuchen, para que lo hagan sin ponerse a la defensiva. Para que se tomen el tiempo de reflexionar. No puede ser que no tengan ni un poquito de sensibilidad como para no conmoverse ante tanta gente que ha dedicado su vida a buscar a sus deudos, a clamar por justicia, a encontrar una explicación de lo ocurrido.

Nos unen nuestros muertos. Los de ambos bandos. Eso nos vinculará por siempre como país. Porque las guerras nunca las gana nadie. Perdimos más de lo que nos damos cuenta, más de lo que queremos admitir. Todos perdimos. Y esas pérdidas son las que nos vinculan. El dolor es y ha sido grande, largo, profundo. Tanto que nos ha impedido construir una sociedad pacífica y laboriosa.
En el documental “La batalla del volcán”, del cineasta salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, hay una escena donde una exguerrillera, herida durante la ofensiva del 89, se reencuentra con una vecina que la ayudó cambiándole la ropa ensangrentada y llevándosela en una ambulancia, haciéndola pasar como familiar. La guerrillera, en palabras sencillas, da las gracias a la mujer que le salvó la vida. También pide perdón. Le explica que en ningún momento se pretendía que la población civil saliera dañada. Las mujeres se abrazan, sollozan. “La perdono”, dice la otra.

Cuando vi esa escena pensé que eso es exactamente lo que necesitamos como sociedad. Hablar. Reconocer el daño causado al otro. Reconocer el dolor, propio y ajeno. Ser sinceros. Sin retórica ideológica. Sin repetir consignas partidarias. Sin victimizarse. Sin justificarse. Sin culpar a terceros. Pedir perdón. Dar el perdón. Aceptarlo. Las heridas podrían, a partir de ello, comenzar a cicatrizar.
En mi imaginación, espero que la gente se indigne tanto contra esa mal llamada ley de reconciliación nacional, que saldrá a la calle en masa y hará sentir y valer su poder como ciudadanía. Pero sé que no ocurrirá. Toda la semana pasada me dije también eso: que en este país siempre nos quejamos de los políticos pero que, en alguna medida, nosotros somos culpables de ello. No nos hacemos escuchar. No demostramos nuestra fuerza, acaso porque no creemos en ella. No hay causa capaz de hacernos salir a la calle, en cantidades significativas, a protestar. Nos atenemos al blablabla de las redes sociales, como si eso fuera suficiente. Hace ruido, sí. Ayuda, algo. Pero no es suficiente.

Comencé este texto dando los detalles del día en que escribo porque de aquí a que se publique, no sé qué habrá pasado con la ley. Es imposible prever lo que ocurrirá. Ojalá prevalezcan la justicia y la sensatez. Ojalá la ciudadanía sea escuchada y que las víctimas sean tomadas en consideración. Ojalá encontremos el camino para conciliar nuestro pasado con nuestro presente y evitar que, en el futuro, perviva la impunidad, como ha sido siempre. Ojalá.

“Todas las personas son iguales ante la ley”, dice el marco de cemento que ampara a la figura de la justicia, en el Monumento a la Constitución. Es algo que deberíamos recordar siempre, algo que en este país se olvida con demasiada facilidad

El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).

Nuestra casa en llamas

Greta Thunberg, una adolescente de 16 años, se sienta todos los viernes delante del Parlamento sueco, en Estocolmo, con una pancarta que dice “huelga escolar por el clima”. Lo hace desde agosto del año pasado. El objeto de su protesta es exigir a los políticos acciones concretas contra el cambio climático.

Cuando tomó la decisión de faltar a la escuela para realizar dicha protesta, sus padres no se mostraron entusiasmados. No tenían ningún impedimento con la causa de su hija, pero no les gustó la idea de que perdiera clases para protestar. Le dijeron que era mejor que se dedicara a sus estudios y así, “cuando fuera grande”, podría hacer algo para cambiar las cosas por sí misma. Thunberg argumentó que no tenía tiempo porque estamos viviendo una emergencia climática. Argumentó que no tenía mucho sentido seguir estudiando si ni ella ni su generación tienen futuro alguno. Advirtió a sus padres que, les gustara o no, ella realizaría la protesta. Cosa que cumplió.

Las preocupaciones de Thunberg en cuanto a las consecuencias del cambio climático surgieron luego de que Suecia vivió una ola de calor tan extremo que provocó varios incendios forestales. Los incendios la hicieron llegar a la conclusión de que los políticos hacen poco para detener “el incendio de una casa en llamas”, una metáfora que Thunberg utiliza con frecuencia para ejemplificar la situación del calentamiento global y lo urgente que es ejecutar acciones concretas para evitar que siga subiendo la temperatura ambiental.

Lo que comenzó como una protesta solitaria se ha transformado en pocos meses en un movimiento global. Adolescentes de diversos países del mundo han realizado acciones similares, que tuvieron su momento de mayor visibilidad el 15 de marzo de este año, cuando se realizaron huelgas y manifestaciones en diversas ciudades del mundo para protestar contra la desidia de los políticos que no ejecutan los cambios necesarios para detener o minorizar el inevitable descalabro.

Se estima que casi un millón y medio de adolescentes se han sumado al movimiento, sobre todo en países de Norte América y Europa, aunque también hay participación en Australia, Chile, Argentina, Sudáfrica, India y China, entre otros. ¿Sus exigencias? Terminar con el uso y la explotación de los combustibles fósiles; utilizar 100 % de energía limpia y ayudar a los refugiados climáticos.

Estas movilizaciones y la edad de la mayoría de sus participantes, no debe ser visto simplemente como “una noticia curiosa”. Es en realidad la protesta de una franja de población que, aunque todavía no es considerada mayor de edad, está auténticamente preocupada por el destino que le aguarda. Algunos de los organizadores de estos grupos de protesta explicaron que los adultos no dejan de verlos y tratarlos como un grupo de encantadores chiquillos a los que se recibe por protocolo, pero cuyas demandas y acciones todavía no son tomadas en serio.
A pesar de ello, Greta Thunberg aprovecha la atención generada para difundir su mensaje. El ser vista como un tipo de interlocutor diferente, le ha permitido ser invitada a importantes foros internacionales. Sus discursos son claros y directos.

En sus palabras ante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas, celebrada en diciembre de 2018, Greta Thunberg dijo: “Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo”. En la Asamblea Anual del Foro Económico Mundial, celebrada a inicios de este año, apeló no solo a los políticos, sino a todos, en general: “Los adultos dicen: ‘Tenemos que dar esperanzas a la próxima generación’. Pero no quiero tu esperanza, ni quiero que la tengas. Quiero que entres en pánico, que sientas el miedo que yo siento todos los días, y luego quiero que actúes (…) Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque eso es lo que está pasando”.

En una entrevista reciente concedida a la BBC, al ser preguntada sobre lo que se puede hacer, Thunberg propone que los políticos escuchen a los científicos, ya que estos pueden aportar soluciones. Además, de manera individual, propone que nos informemos, que hablemos sobre la situación y cambiemos nuestros hábitos personales. Sin embargo, también está consciente de que, aunque el cambio de hábitos ayuda, los cambios de mayor impacto serán aquellos que se puedan realizar a escala nacional en cada país. “La mayor parte de las emisiones de gases de invernadero no son generadas por individuos, sino por corporaciones y Estados”, explicó Thunberg en la misma entrevista.

Para quienes todavía piensan que el cambio climático no es ni tan grave ni afectará a países como el nuestro, le sugiero que haga lo que pide Thunberg, informarse mejor. En un comunicado conjunto emitido en abril por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se informó que los extremos meteorológicos derivados del cambio climático destruyeron el año pasado más de la mitad de las cosechas en el corredor seco centroamericano. Esto ha provocado que 1.4 millones de personas necesiten asistencia alimentaria urgente en la región.

La falta de programas y asistencia adecuada para aliviar este tipo de emergencias, termina empujando a muchos de los afectados a migrar fuera de sus países. Las previsiones meteorológicas para el presente año indican que El Niño podrá prolongarse hasta octubre, lo cual derivará en sequías o inundaciones y agravará la ya de por sí problemática situación de muchos.
A primera vista, el hecho de que adolescentes en diferentes partes del mundo estén alzando sus voces para exigir cambios efectivos en las políticas ambientales parece esperanzador. Pero de nada servirán sus protestas si nosotros, los adultos, no tenemos la humildad de escuchar y actuar en consecuencia, sin retórica, intereses mezquinos ni politiquería, con la seriedad que la situación amerita.

Todavía es tiempo de evitar que nuestra casa, la Tierra, sucumba a las llamas. Toca actuar. De inmediato. Porque cada minuto cuenta.

Caperucita censurada

Hace un par de semanas se dio a conocer que la escuela Tàber de Barcelona, España, hizo una revisión de los títulos de su biblioteca infantil, destinada a menores de hasta seis años. Como resultado de dicha revisión, se decidió retirar el 30 % de los libros por considerar que su contenido es «tóxico» y que reproduce patrones sexistas.

El 60 % del resto de los libros fue «perdonado» porque se consideró que, aunque también tiene problemas, son menos graves. Concluyeron que solo un 10 % de los libros estaba escrito desde una perspectiva de género. Entre los libros retirados están «Caperucita Roja» y «La Bella Durmiente del bosque», pero también serán retirados textos de otro tipo, por ejemplo, los usados para enseñar el abecedario.

Anna Tutzó, una de las representantes de la comisión que revisó el catálogo, se negó a compartir el nombre de más títulos porque considera que «lo importante es poner el foco en el problema de fondo, que va más allá de los cuentos tradicionales». No es la única escuela española con dicha preocupación. Otras han anunciado estar haciendo análisis parecidos en sus propios centros y están dispuestas a tomar las mismas medidas. La revisión en la escuela Tàber se realizó el año pasado y este año harán lo mismo con las lecturas de primaria.

La noticia causó mucho revuelo y comentarios de todo tipo. Algunos críticos de la decisión compararon la acción con la quema de libros durante el nazismo o la lista de libros prohibidos por el Vaticano, señalados como supuestas muestras de la perversión humana. Otros lo ven como una forma de imponer un pensamiento único. Pero se pierden de vista otro par de aspectos estrictamente culturales y literarios.

Hay que recordar que muchos de los cuentos infantiles clásicos que se siguen leyendo en la actualidad tienen un antecedente mucho más antiguo y complejo. Son un rescate de diversas leyendas y tradiciones orales, que tanto los hermanos Grimm como Charles Perrault y Hans Christian Andersen retomaron y contaron a través de sus historias. Dichos libros se popularizaron por la sencillez del lenguaje, algo que facilitó su acceso a personas de toda condición social. Pero también se popularizaron entre la población por la variedad, fantasía y dureza de sus contenidos, donde la lucha del bien contra el mal y la exaltación de valores considerados universales (como la amistad, la lealtad y el sacrificio por el bien común) fueron destacados con fines didácticos y moralizantes.

Muchas de esas historias nos muestran a la vida y a los seres humanos tal cual son, sin filtros ni falsas apariencias, donde el bien y la justicia no siempre triunfan. Si dichas historias perviven hasta nuestros días, con variantes y adaptaciones de toda índole, es porque todavía nos hablan y reflejan aspectos que seguimos sin superar.

No es la primera vez que ocurre un retiro de libros de bibliotecas escolares. Hace unos años, en Estados Unidos, algunas escuelas decidieron prohibir a sus alumnos la lectura de libros como «Huckleberry Finn», «Las aventuras de Tom Sawyer», ambos de Mark Twain; y «Para matar a un ruiseñor», de Harper Lee, debido a la utilización de la palabra «nigger» para referirse a las personas afroamericanas, un término considerado ofensivo.

Sacar los libros de las bibliotecas no impedirá que los pequeños tengan acceso a esas mismas historias fuera de la escuela. Por otro lado, retirarlos y no leerlos en la escuela misma, es subestimar la inteligencia de los más pequeños y las capacidades pedagógicas del profesorado. Supone también que no se piensa en educar a individuos críticos ni analíticos, que sepan sacar sus propias conclusiones.

La búsqueda de una sociedad igualitaria donde hombres, mujeres y las diferentes identidades, etnias y creencias, podamos convivir con dignidad, respeto e igualdad, implica un cambio cultural profundo. Un cambio de tal magnitud tomará generaciones y por ende, será un proceso lentísimo. No puede ser de otra manera si lo que se busca son cambios en las actitudes y el pensamiento de los individuos, quienes a su vez, obligarán a ejecutar cambios estructurales en la sociedad.

Prohibir lecturas y censurar libros no acelerará dicho proceso ni garantizará su éxito. Por el contrario, lo prohibido siempre termina siendo atractivo. Al paso que vamos, no sería extraño que algún día, alguien del futuro lea a escondidas la «Caperucita Roja», como si se tratase de material subversivo.

Lo que hay que cambiar no es a la literatura sino a la realidad, y con ello, las relaciones entre los seres humanos. Los cambios que sufre una sociedad a lo largo de su historia terminan siempre reflejados en la literatura. Los libros, leyendas y cuentos del pasado nos hablan de nuestra propia evolución como humanidad, de cómo han ido cambiando nuestras costumbres y nuestra forma de pensar, sea para bien o para mal.

Quedan por escribirse las obras del futuro, que quizás vislumbrarán nuevos patrones de conducta, aunque eso no impedirá que la literatura continúe hablándonos de nuestras zonas oscuras, de nuestra sordidez y de nuestra capacidad de crueldad. Es la libertad que permite la escritura: el buceo íntimo y profundo en la mente y el espíritu del ser humano.

Querer enmendar la plana del pasado desde los ojos del presente no es realista. Sancionar toda la literatura del pasado y medirla de acuerdo a la corrección política actual es injusto y demuestra desconocimiento y desprecio por el oficio de la escritura.

Los cuentos infantiles (y la literatura en general) son una metáfora de la realidad, una realidad que no es perfecta ni amable, que no puede ser contenida ni controlada en una burbuja esterilizada donde solo se cuente lo bueno, lo ideal y lo conveniente.

Forzar la coherencia narrativa y la belleza estética del lenguaje en función de la corrección política en una historia podrá ser un panfleto ideológico bellamente disfrazado de cuento o novela, pero jamás llegará a ser literatura.

MeToo literatura Centroamérica

El 21 de marzo pasado, la comunicadora política Ana G. González denunció en su cuenta de Twitter que el escritor mexicano Herson Barona había golpeado, manipulado, embarazado y amenazado a más de 10 mujeres diferentes. Poco a poco, se recibieron decenas de denuncias más no solo contra Barona, sino también contra docenas de escritores y funcionarios relacionados con el medio literario mexicano, por situaciones que van desde humillaciones, insultos y acoso por vía electrónica hasta agresiones físicas y violaciones.

Eso dio origen a la etiqueta #MeTooEscritoresMexicanos,emulando el movimiento de denuncias originado en Estados Unidos contra personalidades del mundo del cine. Pronto comenzaron a abrirse grupos y «hashtags» de denuncia en México, relacionados con otros oficios como el cine, la música, el teatro y el periodismo, entre otros.

Días después, el 27 de marzo, el Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica publicó un reportaje donde 17 mujeres denunciaron al escritor costarricense Warren Ulloa Argüello por abusos, acosos y violación. Al igual que con Barona, cuando el caso de Ulloa se hizo público, varias mujeres más se atrevieron a hablar, al punto de que el periódico hizo una segunda entrega con nuevas denuncias contra la misma persona.

El caso de Ulloa es alarmante por varios motivos. Se aprovechó de visitas a colegios particulares, a donde era invitado para hablar de su obra. Ahí conseguía los números de teléfono o correos de estudiantes menores de edad, con el pretexto de enviarles información sobre sus libros y actividades. Así comenzaba el envío de insinuaciones, de preguntas íntimas, de fotografías de sus genitales o de invitaciones sexuales que terminaban en insultos y violencia verbal por parte de Ulloa, cuando sus propuestas eran rechazadas.

Parte de las denunciantes eran niñas de 14 o 15 años cuando fueron agredidas. Algunas de ellas pueden denunciar a Ulloa hasta ahora porque ya son mayores de edad y porque han pasado durante años en procesos de terapia psicológica. Otra parte de las agredidas son mujeres profesionales, relacionadas con labores editoriales o de otra índole, a quienes también agredió.

Ulloa era además un tipo que se presentaba como aliado del feminismo y que manejaba una pose dizque progresista. Lo cual deja pensando en cuántos hombres hacen lo mismo: disfrazarse para evitar conflictos. Esto lo he visto ocurrir sobre todo en hombres que tienen relaciones de pareja con feministas, hombres que han tenido conductas cuestionables en el pasado y que, de un día para otro, dicen ser aliados de la causa y hasta utilizan lenguaje inclusivo en las conversaciones, con tal de complacer a sus novias. ¿Qué tan confiables pueden ser estos sujetos si asumen un discurso como estrategia de sobrevivencia afectiva, y no como resultado de una convicción honesta?

Mientras muchos escritores nos hemos preocupado por demostrar que la literatura es un trabajo que se ejecuta con disciplina, tiempo, sobriedad y soledad, para desmontar el mito del escritor vago que solo puede escribir bajo el influjo del alcohol, la conducta de Ulloa abona al odioso estereotipo del artista o escritor «bohemio» e irresponsable.

Ulloa también aprovechó su rol como editor de la página de noticias literarias Literofilia y anfitrión del programa de radio del mismo nombre, para recibir donaciones y ayudas económicas que le permitieron realizar sus proyectos literarios. A consecuencia de todas las denuncias, las editoriales Letra Maya y Uruk (que le publicó cuatro libros) se desligaron de cualquier vínculo contractual con Ulloa. Lo mismo hizo el Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) de Costa Rica.

El surgimiento del «hashtag» mexicano hizo que se iniciara la versión #MeTooLiteraturaCA en Twitter. En Facebook se abrió una página con el mismo nombre, con el objetivo de «conversar y denunciar el tema del acoso de todo tipo en el medio literario y artístico de la región» así como para exigir «igual representación (de mujeres) en ferias, festivales y conversatorios del libro, de arte y cultura, y no ser solo el 15 o 20 % del programa total».

No es fácil, para ninguna mujer, leer este tipo de denuncias. Al hacerlo, resulta inevitable recordar nuestras propias vivencias, nuestros momentos difíciles en espacios laborales, familiares o sociales. Leer cada caso nos obliga a revivir situaciones que preferiríamos dejar en el olvido. Terminamos cuestionando experiencias, relaciones y personas cuyas verdaderas intenciones terminan puestas en duda.

Por desgracia, a medida que se dan a conocer estos casos, nos damos cuenta de que son historias más comunes de lo que nos gustaría admitir, que se repiten demasiado, en todos los ámbitos sociales, no solo el artístico y literario. Los mecanismos y las situaciones en que ocurrieron y siguen ocurriendo son odiosamente similares. Trascienden oficios, edades y geografías. Pero el hecho de que sean historias comunes no significa que deban minimizarse, obviarse ni ser tomadas como «algo normal».

Mis respetos para las mujeres que, con nombre y apellido, dan la cara y nombran a sus agresores, haciendo públicas sus historias. No es fácil y ellas lo saben. Sobre todo en una región como la nuestra, tan llena de doble moral e hipocresía, donde denunciar se revierte contra quien denuncia en forma de cuestionamientos y dudas sobre su testimonio, o donde su historia dará lugar a la morbosidad, al chisme y a las bromas de mal gusto. Por ello, no todas se animan a denunciar. No toda mujer está preparada para una exposición pública que la puede convertir en blanco fácil de más agresiones.

Como parte del gremio literario centroamericano, me resulta imposible permanecer indiferente y no decir nada ante este asunto. Me causa profunda vergüenza que la literatura de la región, ya de por sí tan menospreciada e invisibilizada, sea manchada de esta manera por un sujeto que aprovechó su notoriedad local como plataforma para practicar una conducta que, a todas luces, resulta injustificable e inaceptable.

Un tipo de conducta que debe ser denunciada sistemáticamente, sin miramientos ni excepciones, para poder pensar que un cambio de relaciones entre hombres y mujeres es posible.

La problemática del libro nacional

Cuando se piensa en la poca visibilidad que tienen los libros de autores salvadoreños, ¿dónde radica exactamente el problema? ¿Falta calidad en nuestra narrativa? ¿Se publica poca obra porque no hay suficientes editoriales o porque no hay escritores? ¿El libro nacional recibe el mismo tratamiento que un «best seller» internacional en las librerías locales? ¿Hay suficientes librerías y bibliotecas en el país? ¿Cuánto incide en esto la falta de crítica literaria y revistas culturales enfocadas en literatura salvadoreña?

Son parte de las preguntas que me quedaron zumbando en la cabeza luego de leer los resultados de una encuesta informal, lanzada a finales de febrero pasado por la revista cultural en línea Café irlandés. La revista preguntó a sus lectores sobre los lugares y formas de comprar libros escritos por autores nacionales, los medios informativos a los cuales acuden para informarse de algún título y las editoriales salvadoreñas que conocen.

Con la participación de 980 personas, los resultados de la encuesta, publicados bajo el elocuente título de «Lectores pasivos», ofrece puntos de reflexión sobre diferentes aspectos que conforman la problemática del libro nacional, en particular, el de la narrativa de ficción.

Cuando se habla de editoriales salvadoreñas, por ejemplo, las más conocidas por los participantes son instituciones con muchos años de funcionamiento, que además tienen la ventaja de editar libros que son lectura obligatoria en los programas educativos: la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Clásicos Roxsil y UCA Editores.

Por desgracia, es mayor el número de lectores que desconocen la labor que se viene haciendo desde hace años por parte de varias editoriales independientes, que trabajan con limitaciones de diversa índole, sobre todo económicas. Esas limitantes hacen que los pocos recursos disponibles sean priorizados en la producción material del libro y se releguen otras actividades como la publicidad o la distribución.

La problemática del libro salvadoreño tiene varios componentes y situaciones que, como lectores comunes, nos es fácil identificar. Los libros de narrativa nacional, para mencionar un detalle específico, no tienen un lugar privilegiado en las librerías nacionales, a menos que estén publicados por grandes editoriales. El asunto se agudiza fuera de las ciudades importantes. ¿Cuántas librerías hay, fuera de los grandes centros urbanos, que ofrezcan a sus lectores obras nacionales que no están incluidas en el pénsum escolar?

Un lector que quiera informarse de las últimas publicaciones salvadoreñas tendrá que visitar varias páginas y redes sociales de carácter cultural para obtener alguna información. Encontrar comentarios críticos o avances de obras es todavía más difícil.

Las editoriales independientes, por la misma limitación de recursos, no se han dedicado a editar libros electrónicos. Hacer ventas directas desde webs propias o plataformas como Amazon, podría servir para establecer un público internacional entre académicos e investigadores de la literatura centroamericana, así como compatriotas que viven en el exterior, que quieren conocer o estar en contacto con manifestaciones de nuestra cultura.

Sin embargo, el lector nacional, según la encuesta de la revista, prefiere los métodos tradicionales de compra y no termina de subirse al carro del comercio electrónico. De la muestra, solo un 28 % dijo comprar libros por internet. Los demás compran los libros en físico, en librerías ubicadas en centros comerciales o universidades. También se compran en ferias del libro y en presentaciones públicas con la presencia del autor.

Conocer mejor estos problemas quizás permitirá, a quienes compran libros, modificar actitudes que son parte del motivo por el cual las librerías limitan la existencia de los textos nacionales entre su oferta. Somos capaces de pagar $20, $30 y hasta más dólares por un libro editado en el extranjero, pero pensamos que un libro salvadoreño que vale más de $10 «es caro». ¿Por qué persiste esa percepción de que lo nacional vale menos, de que si es producción local no sirve o es de menor calidad? ¿Por qué no le damos una oportunidad pareja a nuestra narrativa frente a la narrativa internacional?

La existencia de editoriales independientes que vienen haciendo una labor de hormigas ha venido acompañada del surgimiento de algunas páginas web que, poco a poco, van abriendo un espacio de comentario cultural y literario. Con diversas propuestas, estas revistas culturales conforman una red informativa y alternativa al exceso de polarización política que invade los medios nacionales. Grafomaníacos, La Zebra, Distópica y la misma Café irlandés son las más conocidas.

El entramado cultural nacional, donde es notoria la falta de múltiples mecanismos de apoyo a la literatura, es el que ha producido un lector local que añora las grandes ferias del libro que ve ocurrir en el extranjero, con escritores famosos como invitados y donde pueda comprar las novedades de las editoriales que publican a nuestros autores favoritos. Pero ese mismo lector no ve el libro salvadoreño ofrecido en la librería ni lo ve reflejado en las noticias de los medios, y por lo tanto, no puede desear un libro cuya existencia desconoce o que no sabe dónde obtener.

Solucionar estos problemas serviría, de manera colateral, para estimular a los nuevos escritores que, ante el aparente letargo de las publicaciones nacionales, se cuestionan cómo continuar con el oficio literario, en un medio que ofrece raquíticas oportunidades para dar a conocer una obra.

Una sociedad que no reconoce el valor de su producción literaria y que no compra libros de manera regular es un problema que involucra a varios actores, cada cual con dinámicas específicas que contribuyen a mantener el statu quo.

Al publicar los resultados de la encuesta, Café irlandés planteó la idea de realizar una feria de editoriales independientes salvadoreñas, para enfocar la atención y la visibilidad en nuestros autores y sus publicaciones.

Esta idea sería excelente para poner en el foco de atención no solo a las publicaciones que se realizan en el país, sino también para conocer la problemática que atraviesa ese sector en específico y, ojalá, encontrar soluciones o estrategias a seguir para mejorar el panorama local de las publicaciones literarias.

Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica «Los trabajos y las noches» y «Extracción de la piedra de la locura», ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York («New York me horrorizó») y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está «desposeída de su antiguo encanto literario». Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, «está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)».

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en «La bucanera de Pernambuco» o «Hilda la polígrafa». Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama «niña monstruo».

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, «La condesa sangrienta» y «El infierno musical», donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles».

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: «Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: «No quiero ir nada más que hasta el fondo».