Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Francisco Gavidia, conocido y desconocido

Gavidia le dice al hondureño Heliodoro Valle: «espero que mis obras inéditas las publique el Ministerio de Cultura; pero debo tener un poco paciencia». (Muchas de esas obras se perdieron en el asalto militar a la Universidad de El Salvador, 1972).

Recién retornado a El Salvador, con varios años en el exterior, una sobrina que estudiaba en un colegio católico de Santa Tecla me dijo que su profesora de literatura me presentaba como escritor muerto. Sí; es una creencia inocente de creer que el escritor necesita estar bajo tierra para que se estudie. Ella le aclaró a su maestra.

También hay escritores fallecidos que resulta cómodo enterrarlos en el cementerio del olvido. Excepciones: Salarrué, Alfredo Espino, Masferrer, Claudia Lars, Dalton, por lo menos no sobran dedos de la mano.

En verdad, vivo o muerto a la voz del presente hacia un futuro no se le puede negar existencia. De todas maneras sus fantasmas deambulan en sus obras.

Organizando papeles en estos aislamientos planetarios me encontré un libro con ensayos de diversos autores sobre Gavidia, sin fecha, lástima, pese a que hice el prólogo. Nunca se publicó. Tratan de la obra y personalidad del Maestro, quien nos muestra lo qué somos, o cómo deberíamos ser. Esas raíces originarias claves para hacer crecer el árbol de la vida nacional.

De Gavidia resuena su nombre: en Biblioteca Nacional, en dos teatros de San Miguel, en una universidad. Incluso muchas personas creen que la Biblioteca Nacional es de la universidad que lleva su nombre. No creo que el olvido sea intencional, pues Gavidia no le hizo mal a nadie, por el contrario, pese a su enfermedad desde joven, luchó por descubrir nuestros orígenes dedicándose sus casi cien años de vida, para demostrarnos que no somos medio vivos ni medio muertos como dice el poeta Dalton. Quizás solo congelamos la identidad, y Gavidia ayuda a resucitarla.

Porque desde el nacimiento de la República fuimos educados para olvidar. Incluso ya casi olvidamos los Acuerdos de Paz. Ejemplo emblemático de hacer del pasado la clave del desarrollo son los países asiáticos, con quienes hemos sufrido dramas y tragedias similares. Pero ellos, en el siglo XX, se enriquecieron en educación, cultura y economía, abonaron sus raíces históricas por más de dos mil años, para alimentar su desarrollo: su filosofía, su espiritualidad. No solo sobrevivieron sino que se alzaron pujantes ante guerras de exterminio y de colonización.

Pero volviendo a nuestro escritor estoy seguro que muchas instituciones han reproducido rasgos de la historia de El Salvador a partir de las investigaciones gavideanas. Aunque no se dan a conocer los proyecciones de fondo. Caso del tema indígena en la obra «Lucia Lasso«, sobre las encomiendas y los encomenderos, que fueron peor a lo conocido tradicionalmente como esclavitud. Aun más, sus secuelas se arrastran hasta las dos primeras décadas del siglo XX, no lo hemos podido superar pese a esfuerzos. Lo dice la historia. O su poemario «Kikab el Grande». Toda su temática sobre «lo histórico, lingüístico, y racial», según uno de esos ensayos que encontré de Rafael Mayorga Rivas, refiriéndose «Jupiter«, su obra más conocida.

Gavidia fue relacionado al clasicismo, una mala palabra para generaciones subsiguientes que quisimos ser vanguardistas. Hago salvedad de Roberto Armijo, un gran estudioso de lo nacional y universal quien le niega esa calificación de clásico: «Francisco Gavidia la Odisea de su Genio» (1968)

De esa compilación de ensayos mencionados, hago algunas transcripciones para conocer un poco al humanista. Por ejemplo, hay un trabajo de Eunice Odio, costarricense que vivió en El Salvador en los años de 1960, época de nuestros renacimientos descontinuados. También me alanza espacio para citar al hondureño Rafael Heliodoro Valle. Ambos centroamericanos dan a conocer a Gavidia de carne y hueso. No a su fantasma.

Veamos qué escribe la memorable y trágica y gran poeta costarricense Eunice Odio al entrevistar al Maestro: «Se sienta en el sofá: mano pequeña, y espatulada…el mechón de pelo increíblemente negro y rebelde. Su vestido azul le cubre la frágil figura…».

Gavidia le afirma: «me gustan los árboles y los pájaros, porque tienen doble música: el color de su plumaje, y de su garganta desde los árboles. Siempre debí tener una casa con pájaros». Porque «allá, en San Miguel, de la cual solo me queda la memoria viví entre árboles, hace ochenta años cuando no había escuelas edificadas». Los alumnos estudiaban a la sombra de las arboledas y los pupitres eran sus troncos. «A los diecisiete años me vine a San Salvador para cursar la carrera de abogado, no continué, no gustan los tribunales». Luego le cuenta a Eunice de cuando se infiltró al campanario de la Iglesia del Rosario para ver a una colegiala de 14 años, interna en un colegio de enfrente, con la que se casó después, por estarla viendo no se dio cuenta que cerraron el campanario. «Quedé encerrado hasta el amanecer».

Gavidia le dice al hondureño Heliodoro Valle: «espero que mis obras inéditas las publique el Ministerio de Cultura; pero debo tener un poco paciencia». (Muchas de esas obras se perdieron en el asalto militar a la Universidad de El Salvador, 1972). Continúa Valle: «Con su vestido blanco, su cabellera nigérrima, que el tiempo alisa como si resbalara sobre el ébano milenario, y ojos infantiles posados sobre las cosas, como si pretendiera escrutarlas». Al sonreír se asoma ese «tiempo sin tiempo de que hablan las teogonías mayas que tanto le obseden«. Jovial, entregado al trabajo «como a un amable deporte, pegado a su tierra de amor y de dolor… Gavidia parece escaparse de uno de esos bajorrelieves arqueológicos que la pátina enriquece con su sobrio matiz».

Heliodoro Valle está complacido de verle «en su casita como prisión cariñosa», su médico le prohíbe salir a la calle. «Todavía, a pesar de sus 79 años, el contemporáneo insigne de Darío tiene el privilegio de no sentir la horas altas de la noche. Entre¬gado a sus investigaciones, toma apuntes. Sobre la mesa de trabajo hay papeles en desorden». Aclaro: es el orden creativo.

Hasta aquí el breve resumen de la compilación encontrada entre mis documentos virtuales. Cito a dos centroamericanos insignes que lo entrevistaron. Y nos dan un Gavidia para quererlo mejor.

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  • 25 octubre, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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