Premio Nobel escribe novela centroamericana

El consejo que doy a escritores noveles, incluso jóvenes de educación media, que aspiran a escribir poesía o narrativa, es el de leer, leer y leer. Y les recuerdo la frase del poeta-bibliotecario por antonomasia, el argentino Jorge Luis Borges: «Me siento orgulloso de los libros leídos, más que de mis libros publicados». Y, por supuesto, se debe escribir y escribir. No pensar lo que se desea narrar, sino ponerse frente del teclado y escribir lo que se piensa.

Pongo de ejemplo al Premio Nobel Mario Vargas Llosa (Perú, 1936), quien ganó sus primeros premios internacionales a temprana edad. Y ahora, en el 2019, publica su novela histórica sobre Guatemala de 1951-1954 y las repercusiones actuales en los últimos treinta años de ignominias vividas por Centroamérica. Su Título es «Tiempos Recios» (Editorial Alfaguara, Madrid, 2019).

Siempre me llamó la atención la narrativa de este Nobel de Literatura. En su vida ciudadana es un exponente de ideas ultra liberales, y calificado como gran individualista. Sin embargo sus obras las orienta hacia temáticas sociales realistas relacionadas con el historial trágico arrastrado al siglo XXI hacia nuestros países.

Otro ejemplo de sus novelas es «La Fiesta del Chivo», narrativa sobre la satrapía de Leonidas Trujillo, a quien sus arrogancias enfermizas lo llevaron a bautizar la capital de República Dominicana como Ciudad Trujillo. Además, el sátrapa tuvo mucho que ver con lo ocurrido en Guatemala (1954), y las repercusiones actuales centradas en las desigualdades conocidas.

Hay una novela anterior del Nobel peruano: «El Sueño del Celta». Trata del negocio y cacería europea en África para establecer el mercado de esclavos que necesitaban los países en búsqueda de su desarrollo. Y su misma novela autobiográfica «La Ciudad y los Perros» (premiada en España, a sus 25 años), una obra social sobre los adolescentes «light» de la burguesía peruana.

«Tiempos Recios» se refiere a la invasión que sufrió Guatemala cuando Juan Jacobo Árbenz (gobernante de1951-54) dio continuidad a las reformas sociales iniciadas por el mejor presidente que ha tenido ese país, el educador y filósofo Juan José Arévalo (gobernó en 1945 a 1951). El gran pecado de ambos fue proponerse una reforma agraria que afectaría el dominio feudal ejercido por la empresa United Fruit Company, que con el banano y su infraestructura había convertido un gran imperio en Centroamérica. Por eso, en esa época, éramos considerados como «repúblicas bananeras». Espero no lo sigamos siendo con similares modalidades.

Además de Arévalo y Árbenz, el Nobel peruano agrega dos personajes inteligentes y perversos, Samuel Zemurray, de Nueva Orleans, conocido como «Hombre Banano», gerente de dicha empresa; y el publicista de Nueva York Edward Barneys, artífice de las manipulaciones políticas que dieron origen a la invasión a Guatemala, con mercenarios entrenados en Honduras y Nicaragua, dirigidos por el coronel guatemalteco Carlos Castillo Armas. A Barneys se le ocurrió que para deshacerse de las ideas modernizantes de Arévalo y Árbenz había que inventarse el peligro comunista que estos representaban, pese a ser declarados anticomunistas; pero sus gobiernos parecían poner el peligro los privilegios que le concedían los dictadores a la United. Según la prensa norteamericana de la época el gobierno de Árbenz ponía en peligro a los EUA, por su cercanía a Washington, y a dos horas del Canal de Panamá, en esa época propiedad norteamericana.

La paradoja fue que Árbenz y Arévalo tenían como modelo para Guatemala la democracia de los EUA, sacarla del feudalismo y de las injusticias que sufrían los trabajadores del banano carentes de los mínimos derechos. Aunque Costa Rica se salvó de esas dictaduras impuestas por la United, y sus socios de la geopolítica; su dominio se basaba en sostener un modelo feudal en las bananeras. Se describe en la novela testimonial «Mamita Yunai» (1940), del costarricense Carlos Luis Fallas.

«Tiempos Recios» se adentra a la histórica tragedia de Guatemala de 1954, que culminó años después en genocidios que golpearon a toda Centroamérica, y cuyos efectos aun se viven manifestadas en emigraciones dramáticas, desempleo e inequidades sin límites. Un dato interesante que agrega Vargas Llosa es el papel que juega la salvadoreña, esposa del derrotado Jacobo Árbenz, a quien tenía como asesora, «una talentosa, adinerada y culta salvadoreña, educada en los EUA: María Cristina Vilanova, de las famosas catorce familias», dice. Ella también aspiraba, como Arévalo y su marido, al modelo de democracia similar a los Estados Unidos.

Samuel Zemurray, como alto ejecutivo de la United Fruit Company, conocido como «Banano man», contrata al hábil y manipulador publicista (Edward Bernays), para evitar que en Guatemala se realizara una reforma agraria que perjudicaría al imperio bananero.

Para lograr esos fines Bernays propuso, una campaña mediática que evitaría la pérdida de los privilegios de «Mamita Yunai», incluyendo su poder para imponer las dictaduras militares en Centroamérica. De modo que promovió en la gran prensa norteamericana que Guatemala había caído «en las garras de las grandes potencias comunistas». Vargas Llosa hace un registro magistral de los personajes reales Barneys y Zemurray, quienes triunfaron en sus intenciones perversas. Para ello organizaron la invasión a Guatemala desde Honduras y Nicaragua, con sus gobiernos títeres, Lozano y Somoza, protagonistas necesarios para apoyar la invasión.

Barneys, empleado de Zemurray, manipuló a los periódicos progresistas y prestigiosos de los EUA. «Si lo hacemos en periódicos conservadores no van a creernos», decía. Y creó la histeria mediática en las alturas políticas de los Estados Unidos.

El otro personaje ya mencionado es el militar guatemalteco reclutado para dirigir la invasión. Este, a la vez fue asesinado por sus promotores por desviarse de las políticas corruptas. La gloria del coronel Carlos Castillo Armas solo duró cuatro años. Impuesto como presidente fue asesinado en la casa presidencial de Guatemala por los organizadores de la patraña.

La guillotina cayó sobre Centroamérica: genocidios, desempleo, injusticias desde el poder; que ahora repercute en desempleo y caravanas de sobrevivencia. Además, Vargas Llosa demuestra que las «fake news», no son nada nuevas.

Literatura: periferia y mujer en la novela

En las entrevistas que me piden los jóvenes y docentes hay dos preguntas que nunca faltan, una es sobre la «Generación Comprometida». Y la otra, sobre el papel de las mujeres como personajes en mi narrativa. Dejo lo de la «Generación» para otra oportunidad y retomo al compromiso de dar voz a la mujer desde sus espacios de vida. De lo que estoy seguro es de que ambos temas tienen que ver con el proceso de desarrollo cultural. Y quizás eso le pone un acento didáctico a mis libros, pese a que todo escritor rechaza cualquier didactismo en su obra literaria.

En verdad, si acaso hay algo de didáctico, el mostrar una faceta de la mujer como agente cambiante de vida, no solamente un ser sin voz, o madre sacrificada que acepta que los otros decidan por ella, sino activa y participante, de acuerdo a las aguas del río social que no deja de fluir. Incluso en la madre hay transformaciones que implican una presencia más visible.

Al este respeto, tengo un poema titulado «Mamá» (publicado por 1978), en el que me gusta cómo queda completo con un epígrafe de mi buen compañero de letras el periodista, historiador, poeta y fundador de editoriales Ítalo López Vallecillos: «Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país, ellas son sin duda la Patria ofendida». Frase de Ítalo que motivó posteriores personajes mujer en mi obra narrativa.

Dicho epígrafe me pareció muy apropiado al poema, y posteriores novelas: la mujer que simboliza la patria. Así, a la vez que inspiré a Ítalo al mencionar mujer y patria para referirse al poema, del cual ofrezco a mis lectores los primeros versos: «Mamá querida, oración por todos./Llena eres de gracia como las primeras lluvias que originan las primeras milpas». Esto como reconocimiento a quien alimenta desde sus senos, y con ello incide en salud, y rendimiento escolar. La madre a quien, pese a todo, se le impone una carga injusta de exclusiones.

Retomando el hilo, como se hace en Twitter, ya no me referiría a la mujer sacrificada, «o mujer maléfica», «ligera de faldas» (como la cultura patriarcal nominó. A la rosa de El Principito, Consuelo Suncín). Pienso en esa «patria ofendida» y que para compensar, por lo menos en los países del Triángulo Centroamericano, merecería cambiarse el nombre Patria por Matria, las humilladas en sus limitaciones, las que con modestias económicas, han hecho sobrevivir la población en esos países.

En resumen, aspiro a proyectar a la mujer en la historia, no como heroína de inventiva; y menos objeto de intereses ofensivos, sino como la mujer en el tiempo dentro de una sociedad que se distinguió siempre por el prejuicio y la desigualdad.

Se trata de manejar lo literario relacionándolo con un proceso de ubicación, un reconocimiento a las necesidades e intereses de la mujer en sus particularidades como persona, como agente de transformación social, y no el ser objeto para atraer una atención sesgada, sino participante directa en la vida social, económica y política. Tampoco se trata del ser despechado, o la madre sufrida, la mujer «mártir».

La mujer debe estar donde le toca estar, empoderada o empoderándose en sus decisiones. A los demás nos toca avanzar en cultura para garantizar espacios incluyentes.

Conozco mujeres que en su rol de madres concilian la vida familia con la vida laboral, no importa si son criticadas hasta por la misma familia extendida; ellas rompen con paradigmas, cumplen con las exigencias del trabajo y a su vez garantizan el bienestar de sus hijos e hijas haciéndose acompañar de ellos en sus labores. En fin de cuentas la mujer orienta en la formación inicial, sin edad límite para comenzar su función, puede ser desde el vientre materno o desde sus primeros meses. Es la que asume las obligaciones vitales, aunque la cultura tradicional le resulta difícil reconocerlo con hechos. De esta manera de educar hay frutos, en mágica conciliación entre trabajo y responsabilidad familiar. Es otro diferente caso cuando la mujer trabaja en casa sin percibir salario sin reconocimiento a su aporte en la productividad del país, no obstante que las labores hogareñas hacen que cada quien tome sus responsabilidades ocupacionales aunque la madre no se devengue sueldo.

Además, tiene la ventaja histórica y función orgánica natural, y privilegio maravilloso, de procrear, en el mal nominado «producto» o embarazo, toda una ventaja de la naturaleza, aunque tanto hombre como la mujer son los que resultan embarazados. Otra cosa es que la cultura patriarcal solo atribuya el embarazo a la madre y la responsabilice si dicho «producto» no llega a feliz término. Al respecto, les invito a leer «Los poetas del mal», mi novela con temática de la mujer arraigada y desarraigada de su entorno social que me permitió destejer sus emociones de historia personal y colectiva. ¡Una reedición, please! Además, tiene otro privilegio de la naturaleza consistente en que solo ella tiene otro privilegio de darle un futuro de sanidad temprana, como es el hecho de amamantar, el acto más humano en el desarrollo de salud integral futura.

De modo que si la narrativa es pasión, debe ser pasión por visibilizarla en su historia íntima de necesidades e intereses comunes, en su participación para el cambio social, lo que da la pauta al crecimiento, incluyendo sensibilización y salud preventiva al nuevo ser, cuando con su calor compartido por el cuerpo materno otorga uno de los valores más fundamentales de la humanidad: la sensibilidad fortalece una vida digna. La cultura tecnológica debe promover ese proceso que previene las desviaciones violentas y las depredaciones sin sentido.

Nota.- Agradezco a docentes universitarios de los EUA por sus invitaciones este año y el próximo que me permiten conmemorar cuarenta años de «Un día en la vida», semilla germinativa literaria donde la mujer es personaje de la sociedad en transformación.

Novela histórica y sus héroes

¿Por qué es importante conocer memoria histórica de los héroes? ¿Qué es un héroe, qué cualidad es necesaria para ser declarado tal? Una razón principal sería para que su ejemplo de sacrificio y vida digna quede grabada en la conciencia de la nación.

Hay dos héroes inobjetables en América Latina, Simón Bolívar, que en once años liberó del imperio español a cinco países: Bolivia, Perú, Ecuador Colombia, Venezuela. Si pensamos en las distancias geográficas, nos damos cuenta de su proeza. Se dice que recorrió en caballo el equivalente a darle dos vueltas al planeta. Pese a todo, murió en la mayor pobreza, vejado. Y Martí, si bien cierto no fue un guerrero, fue el pensador de la independencia de su país, y considerado el apóstol de la independencia de Cuba, asegurando un gobierno con base popular. Desde niño, y muy joven, sufrió cárceles, incluso trabajos forzosos bajo las autoridades españolas.

Una búsqueda de heroísmo similar en nuestras luchas regionales fue la que me llevó al interés de la guerra centroamericana que tuvo como campo de batalla Nicaragua y Costa Rica, con participación de los cinco ejércitos regionales: «En defensa de la soberanía y la independencia», declararon los presidentes de Honduras, Guatemala y El Salvado. Walker fue vencido en 1857 haciéndolo retornar a su país por barcos norteamericanos que vieron sería derrotado con ignominia. En 1860 invade, nuevamente, Centroamérica por Honduras. Fue capturado y fusilado (1860).

La idea de Walker era imponer la esclavitud, para lo cual se había declarado presidente de Nicaragua, por la fuerza de sus armas y del ejército invasor. La historia lo conoce como el filibustero, un invasor de territorios, diferente a los piratas que asaltan mar adentro. Walker se consideraba un civilizador de países atrasados. Al proclamarse presidente de Nicaragua, su primer decreto fue establecer la esclavitud que desde 1824 se había abolido proclamándolo José Simeón Cañas, para Centroamérica. Para Walker la base de civilización era la agricultura y la esclavitud.

Sin apoyo oficial de sus gobiernos organizaba ejércitos privados que tenía como base la doctrina predominante en el Sur de ese país: racismo, y dominio total incluyendo México, Centroamérica y el Caribe. William Walker, era abogado, periodista, médico y poeta, y dejó un libro de memorias donde expresa su idea de invadir México y Centroamérica una territorio de retaguardia para sus fines civilizatorios. La guerra de Secesión estaba a las puertas. Siete meses antes de comenzar esa guerra, donde murieron casi ochocientos mil personas norteamericanos. Abraham Lincoln encabezó el ejército contra los esclavistas.

Volviendo a la guerra de malos nicaragüenses que se aliaron a los mercenarios de Walker, me pareció atinente hacer una investigación literaria de una guerra desconocida, darla a conocer a lectores diversos. Así surgió mi libro «Así en las Aguas como en la Tierra». Una novela histórica que sigue los pasos creativos conservando los datos fidedignos. Tres frases me indicaron de inmediato la dimensión de la épica centroamericana; fueron el impulso de escribir la obra.

Una de esas frases fue la del capitán y poeta salvadoreño Francisco Iraheta, al informar a su jefe general Ramón Belloso: «Señor, en mi compañía no hay más novedad que anoche murió el último». Se refiere a batallas cerca del lago de Granada. Otra frase: «El general Walker tiene la sabiduría de Dios y la valentía del demonio», dicha por el oficial favorito Timothy Crocker, hombre de varias guerras en Europa y México, gran experto en artillería.

La tercera frase es la siguiente: «La tronazón de cañones y fusilería parecía un infierno». Parte de guerra dirigida a Juan Rafal Mora, presidente de Costas Rica, y artífice de la alianza regional, y participante directo. En los últimos años ha sido proclamado, Héroe de la Patria Centroamericana, junto al salvadoreño general José María Cañas.

También están los héroes desconocidos, los soldados, los oficiales y funcionarios públicos caídos y que los anales de los países centroamericanos, lo han ido relegado al olvido. Los intelectuales en el poder del siglo XIX optaron por callar, debido a las diferencias ideológicas en una región que estaba por dividirse. Los muertos quedaron en las montañas y las ciudades, y las ideologías fueron enterradas a conveniencia. Eso me hace recordar un poema que, de niño, me decía mi madre: «No son los muertos los que en dulce calma/ la paz disfrutan de la tumba fría/, muertos son los que tienen muerta el alma/Y aun viven todavía». (Antonio Muñoz Feijoo 1851-1890, Colombia).

Terminada la guerra, al presidente Juan Rafael Mora le dieron un golpe de Estado los mismos militares que pelearon a sus órdenes., pero que vendieron su lealtad. El golpe de Estado expulsó a Mora y Cañas, quienes se asilaron en El Salvador, Santa Tecla. Era presidente Gerardo Barrios, amigo de los desterrados.

Comencé a escribir desconociendo el exilio de los dos héroes en nuestro país. Al conocer ese hecho vi que me faltaba el elemento mujer que siempre está presente en mis novelas. Reparé que sus parejas los habían acompañado al exilio, incluyendo sus hijos pequeños, Guadalupe, hermana del ex presidente Mora, estaba casada con Cañas; e Inesita, casada con Juan Rafael Mora.

En Santa Tecla llegó la hora que los dos héroes debían regresar vía Puntarenas, convencidos por sus asesores dentro de Costa Rica, fue el punto emotivo de la historia. Ambas estaban embarazadas, por lo cual su dolor e incertidumbre les hacía compartir la tragedia de la partida hacia un encuentro impensable de sus compañeros con la muerte. Que sucedió semanas después. Fueron capturados y pasados por las armas, fuera de todo proceso, por lo cual se considera un crimen de Estado.

En otra invasión de Walker a Honduras (1860) este fue capturado y ejecutado. La paradoja: seis meses después comenzó la Guerra de Secesión: del Sur contra el Norte (1861-1865). La sociedad industrial derrotó a los esclavistas. Y los héroes Cañas y Mora pasaron a figurar como los protagonistas de la épica más gloriosa de Centroamérica.

Reflexiones en la Biblioteca Humana

En mi práctica de lo que se llama Biblioteca Humana, dirigido en especial a jóvenes, los escritores futuros, alguien me pregunta: «¿Puede decirme cómo lograr calidad en lo que se escribe, en cuento y novela?». Le doy la respuesta usual: «Primero, leer; segundo, leer; tercero, disciplina». Otro repregunta sobre lecturas recomendadas. Le doy cinco nombres con los cuales yo comencé a aprender narrativa. Basta leer un solo libro de Horacio Quiroga: «Cuentos de Amor, Locura y Muerte»; otro de Juan Rulfo, «El Llano en llamas»; y uno de J. D. Salinger, «Nueve Cuentos». Culmino afirmando que de ser posible, leer todos los cuentos de Julio Cortázar, de Edgar Allan Poe y de Antón Chéjov . El joven no los conocía y se dedica a cuentos de fantasía, misterio y horror. Claro, se trata de chicos de la generación de centennials, menos de veinte años.

Otro pregunta. «¿Por qué es importante la lectura?» Le repetí las palabras del peruano Premio Nobel Vargas Llosa: «Leer para no ser engañados… (para) que la lectura siga viva o el mundo será más pobre». Insiste: «¿Y para qué escribir?». Reitero con el mismo escritor peruano: «La época vive un drama y los escritores estamos moralmente obligados a darle a la literatura la presencia crítica que siempre ha tenido… la democracia no podría vivir sin ese espíritu».

Un joven me pide recomendación de un novelista revolucionario. Le digo que es un escritor conservador, pero un gran novelista transforma, eso es revolución. Menciono sus cuatro noveles que, además de recrear proporciona, conocimiento histórico: «La Guerra del Fin del Mundo», «Cinco Esquinas», «La Ciudad y los Perros» y «El Sueño del Celta».

Una joven pregunta si es negativo leer en el teléfono. Por supuesto que le dije que no, aunque hay diferencias, pero los beneficios de la lectura son los mismos. Excepto por sus letras pequeñas, algo que se compensa por contar con una biblioteca privada de bolsillo. Medité un poco esta respuesta. Pese a que no soy sino un pre-baby boomers, un don nadie de la tecnología, aunque usuario de ella, agregué la diferencia entre lectura con soporte en papel y la digital. Depende cómo uno se sienta cómodo leyendo.

Otra joven me pregunta sobre poesía, si debía preocuparse por no tener lectores y de ser una profesión sin porvenir. Di el ejemplo de otro Nobel, el mexicano Octavio Paz, también conservador pero lúcido ensayista, y buen poeta, quien al referirse a los pocos adeptos de la poesía, dijo que a él le bastaba cien lectores para sentirse realizado, porque estos cien se comunicarán de manera constructiva e innovadora con otras personas que podrán adquirir similares valores, sea que tengan oportunidad o no la tengan de un libro de poemas o de cualquier otro género. De mi parte agrego que la poesía debe ser un quinto elemento más que debe promoverse en la vida, al igual que la música instrumental. No hay límites de edad o de generaciones en el universo.

Luego, le cité al poeta argentino y universal, bibliotecario por antonomasia Jorge Luis Borges: «La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz… El libro es el único cuerpo inerte que posee alma… ni la poesía, ni la literatura cambian la sociedad, ni las vidas en el término filosófico. Pero puede cambiar la conducta del individuo, factor de la sociedad, su participación como oyente (o lector) lo forma en el gusto estético que repercutirá en otros». Coincide con Paz.

Varias repreguntas: ¿Habría una manera de sistematizar las artes, y con ellas la poesía en el sistema educativo? ¿O es locura utópica por la inversión? ¿O solo pensarlo es una bobería? ¿Qué dirían los políticos que aprueban los presupuestos?

Otra joven se refiere a las distracciones de la tecnología. «¿Cómo serán los educadores que nos recibirán cuando entremos a la universidad?». Le respondo con las ideas de la educadora Emilia Ferreiro: Que el sistema escolar es de evolución lenta; ha sido muy poco permeable a cambios que la afectan con la tradicionalidad de siglos. Y le menciono un ejemplo que Ferreiro alude: «Cuando apareció el birome (así llaman los argentinos al bolígrafo), la primera reacción del sistema educativo fue «eso no va a entrar acá porque arruina la letra; y la escuela le hizo la guerra a ese instrumento: una guerra perdida de antemano (…)». Lo mismo sucedió cuando aparecieron las calculadoras de bolsillo, se dijo: «Eso va a arruinar el cálculo escolar y no van a entrar»; pero entraron con mucha dificultad, hasta que en algunos lugares descubrieron el uso inteligente de la máquina de calcular. Reafirma: «La institución escolar siempre ha sido muy resistente a las novedades que no fueron generadas por ella».

De acuerdo con Ferreiro, le digo a la joven, los cambios son demasiado lentos, por eso es difícil percibirlos, una evolución lenta de ideas se convierten en añejas ante las nuevas generaciones. Es seguro que nos quedaremos sin la escuela que ahora conocemos.

A ese propósito, digo, el argentino Borges, hace más de medio siglo, intuyó un planteamiento innovador como docente de literatura: «Nunca hice una pregunta en el aula… tengo ese orgullo, uno de los pocos de mi vida, de no hacer preguntas. Yo solía decirles a mis estudiantes: …háblenos de Shakespeare, háblenos de Oscar Wilde, háblenos de Bernard Shaw». Decían lo que pensaban, y no les interrumpía. «No preguntaba una sola fecha, pues yo mismo no las sé… y los alumnos siempre dieron buenos exámenes, porque se interesaban por el tema».

Finalizo la sesión de la Biblioteca Humana: ustedes deben preguntar al docente lo que desean saber de Salarrué, o de Claudia Lars, de Masferrer, Gavidia, Ambrogi, o de Dalton. Que el estudiante comprenda el drama de la humanidad a través de sus escritores es una cultura que será útil en las proyecciones sociales del profesional, sensibles ante los otros. Deben ser los buenos pastores de una sociedad distinta, no rebaño.

Cuentos de camino real y otras experiencias

En mi pequeña infancia, entre seis y siete años, ante carencias de libro, tuve un amigo narrador de cuentos de apenas diez años. Había, además, otro amigo de mi edad que podía obtener dinero de la tienda («gavetazo») de su madre para pagar un centavo de colón al amigo mayor por cada tres cuentos contados, toda vez la narración tuviera los temas que le pedíamos: «Queremos un cuento sobre un gato negro en la oscuridad». O le pedíamos de chistes colorados, o de espantos. El narrador se inventaba o recreaba el cuento, entre otros los de Pedro Urdemales, una picaresca que proviene de la edad media; o cuentos de Quevedo (¿de dónde diablos salían esos cuentos de picardía chabacana que lo homologaba a Urdemales?). Pero nuestro amigo de diez años tenía agilidad para hacer de su ingenio un medio para ganarse unos centavos.

El niño contador de cuentos se llamaba Alfredo Sánchez, de los primeros emigrantes que conocí. Siendo adolescente partió Guatemala en búsqueda de trabajo. El niño «gavetero» era Leonel quien ya no está es este mundo. Y, de mi parte, me separé de ellos para ir a «rodar tierra» por los barrios de San Miguel, alquilando una u otra casa. Poco supe de ellos en nuestra vida de adolescencia y adultez.

Las fantasías de infancia nos hacían inventar los temas que pedíamos a nuestro amigo narrador, y él era toda una antología imaginaria de cuentos, que le permitía ganar seis centavos por las noches. Los tres bañados por el polvo de las estrellas, (así le decíamos a la luz estelar que iluminaba los techos de tejas de la ciudad de colonial). La tienda de la madre de Leonel Estrada era nuestro banco saqueado por su hijo para poder pagar a Alfredo.

Nunca los olvidé. Quizás fueron ellos, uno por pagar, y el otro por contar fantasías del pequeño mundo que nos rodeaba, los que me fortalecieron a edad temprana de cultura marginal, que se logra más por lo vivido que por lo leído, una forma de encontrarse con la cultura de la realidad, contactando personas, ciudades, experiencias, deslumbramientos, emociones, y golpes de la cotidianidad. Ahí donde se esconden valores de alto contenido humano. Es de donde «surgen la bellezas del arte»: el poema, la pintura, la música. Y en especial el teatro de nuestra vidas que «van a dar al mar/ que es el morir;/ ahí van los señoríos/ …ahí los ríos caudales/ ahí los otros medianos/ y los chicos/ …los que viven por sus manos y los ricos. («Elegía a mi Padre», Jorge Manrique -1440-1479- traducción libre del español antiguo, que me influyó en mi poesía temprana).

Aquellos cuentos de cipotes en San Miguel, fueron claves para apropiarse de una vocación. Y «rodé tierra», ahora más distante, por propia voluntad o en contra de ella, ausente más de 25 años fuera de la patria natal, en realidades propias del tercer mundo. Algunos ganan, otros pierden, incluso la vida. De mi parte, tuve el privilegio de la nostalgia que me hizo aprovechar las fantasías de aquella infancia o juventud para usarla en mi poesía o narrativa. Una semilla sembrada en un barrio de San Miguel, bajo el polvo luminoso de las estrellas.

En ese rodar de tierras distantes, me encontré con un amigo compatriota, (¿dónde estarás ahora, Paco?). Abogado inteligente, peleador, desde su adolescencia había viajado con su padre, un diplomático de las alturas. En un encuentro que tuvimos hablamos de ciudades, las que nos habían impresionado. Le mencioné las primeras que me vinieron a la mente, pensé sobre todo en su arquitectura: Brujas, Amsterdam. Le pregunté a él, como viajero, cuál era su ciudad favorita. Sorpresa. Pensó un poco y me dijo: San Miguel. Este detalle al parecer simple volvió a fortalecerme para escribir dos novelas que llevaba en mente: «Siglo de O(g)ro» y «Milagro de la Paz». Descubrí la energía creativa de apreciar el pequeño mundo, con valores suficientes para homologarlos con expresiones culturales del gran mundo. Porque la globalidad cultural no admite diferencias. Resulta igual dar un conversatorio en Oxford, en Stanford, Boston o Estocolmo, u ofrecerla en el humilde cantón llamado Loma del Muerto, en Sonsonate, siempre hay un gran estímulo proveniente de niños y niñas de cuarto grado. Para un escritor, o trabajador de cultura, comparecer allá o aquí tiene igual trascendencia en la búsqueda del desarrollo humano.

A ese propósito detecté en visitas al área de Maryland, Virginia y el D.C., que muchos compatriotas quisieran seguir siendo salvadoreños, «a la salvadoreña». Algunos tienen aves domésticas en sus apartamentos, donde los cacareos de los gallos a las cuatro de la mañana parecen ruido terrorífico. O bien, venden «minutas» (o «raspados») en Langley Park, y piña y sandía tasajeada. Ese encontronazo cultural lleva a cambios evidentes, nosotros ya no somos los mismos. Sabemos del respeto a los valores étnicos, a los derechos de la mujer, y a las opciones sexuales. La inteligencia natural de nuestra gente ha pasado por tantos hitos trágicos que hacen fácil el aprendizaje, si se cumplen normas de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Hay que aprender de lo que asombra y enternece.

Pero, entonces, hubo un 11 de septiembre de 2001. Los Estados Unidos, donde emigra la mayor parte de nuestra gente, ya no es lo mismo. La destrucción de sus torres emblemáticas produjo cambios en la emotividad nacional que trascendió a la vida pública. Los impactos emotivos superan la voluntad institucional.

Describo una escena que ya no veré: temprano por la mañana, algunos duermen en el suelo en una clínica comunal; otros están sentados en el suelo, descansan a la sombra de un árbol, esperan a ser llamados para un trabajo, son las personas humildes que logran sobrevivir sin documentos. Nuestra gente que dejamos a la buena de Dios. Los tristes más tristes del mundo, nuestros compatriotas y hermanos, como dice Roque Dalton. Grabadas en piedras sus tragedias, buscan un salvavidas ante los vacíos de una patria que no pudo abrazarlos.

Las cuatro vidas de Roberto Armijo

Visité a Roberto Armijo unas cinco veces en su tercera vida. Cuando él vivía entre el barrio histórico de Montmartre (ver película «Amélie», y de Edith Piaf), a dos cuadras del Folies Bergere y el Moulin Rouge, ambos en plaza Pigalle, y a cinco cuadras de la basílica del Sagrado Corazón, cercana a la plaza de los grandes pintores, Picasso, Dalí, Matisse, que trabajaron en ese lugar (Place du Tertre). El poeta me recibió siempre con una botella de vino, el de más bajo costo entre los de calidad, el Côtes du Rhóne, acompañados con sopa de frijoles con hueso de cerdo. El poeta fue un gurmé de tercer mundo en París, donde vivió 27 años, su tercera vida.

Comentábamos su literatura y los dramas del destierro, lejano de la patria física y cultural que dejó en El Salvador. Patria que solo ofrece el refugio de los recuerdos, con nostalgias enriquecedoras; pero también tristeza por los desangramientos de la guerra. Esa que 50 años antes Salarrué asoció con terruño; pero la describe con ira en «Mi respuesta a los patriotas»: «Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza, la tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores y creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo…». Y que continúa golpeando en esta época hasta obligar a abandonarla. Así vio Roberto Armijo su patria en su tercera vida parisina.

La primera vida, testimonio de su infancia está expresada en «El Asma de Leviatán». La segunda la resume en los poemas publicados en la antología «De Aquí en Adelante», y en su poema al padre (Roque Dalton lo pone como epígrafe en su novela Pobrecito Poeta) y que comienza: «Una vez más la patria me duele dentro de mí…».

En esa primera vida ocurrió su primera muerte en Chalatenango, narrada en su novela. Nunca hablamos de esta muerte. Ocurrió cuando estudiaba la educación media. Los estudiantes del instituto, ahora llamado INFRAMEN, llegaron con coronas de flores a Chalatenango; pero los familiares salieron al encuentro de los jóvenes para que dejaran las flores en la calle, pues Roberto había «revivido».

Después de dicha resurrección comienza su segunda vida de limitaciones, grandes pobrezas, ¿cómo comprar libros para disfrutar su gran pasión de la lectura? Esa que como dije resume en poema dedicado al padre y en «De Aquí en Adelante». Entonces tuvo la suerte de encontrarse con dos personas que lo apoyaron en su temprano desarrollo intelectual. Sus maestros del INFRAMEN le dieron acceso a sus bibliotecas privadas, Alberto Rivas Bonilla y Ramón López Jiménez. Hizo otros amigos que lo apoyaron, caso Pepe Simán. También tuvo gran apoyo para paliar su enfermedad en su padrino, médico, miembro de las tantas Juntas Cívico Militares de gobierno (1961), José Francisco Valiente.

El drama juvenil de Armijo fue la dolencia de un asma cruel; y en esa época tenía tres hijos: Rabín (conocido como Claudio); Manlio (conocido por Juan, muerto en la guerra) y Roberto, abogado. También el poeta estudió Derecho. Solo hizo dos años por enfrentar las angustias económicas ante su familia temprana.

En su tercera vida de la diáspora en Francia procreó un hijo a quien conocí de tierna edad: Rodrigo Odiseas. Hay una fotografía en la Revista Cultura, número 121, 2017, junto a su madre y padre y este servidor.

Pasados los años Odiseas ya tiene tres hijos y uno de ellos se llama Manlio Armijo. Así es, el poeta Armijo proyectó ese nombre inusual al bautizar a su segundo hijo como Manlio Armijo (Juan); y éste tuvo otro Manlio Armijo, quien años más tarde nominó a su primer hijo con el mismo nombre. Creo que la patria real, y la nostálgica de la diáspora produce estas rarezas generacionales.

La muerte de Manlio, conocido como Juan, fue dolor constante del poeta Armijo, por la forma de su muerte, sus restos permanecieron varios días tendidos a campo abierto sin que nadie pudiera acercarse. Nunca lo superó su tragedia, y quiso resucitarlo en sus poemas, así como él mismo había resucitado para vivir su segunda vida.

En París, vivía rodeado de poesía. «En búsqueda de nuevos universos e historias de mundo… escuchando en sueños los bramidos de tigres y lágrimas…», leyendo los clásicos para conocer «la historia del mundo y el porvenir del universo». Los versos entrecomillados son de «La Tortuga Ecuestre», México, 1938, del poeta peruano César Moro, otro que sufrió destierro en Francia. Cito al peruano Moro, por ser de la misma nacionalidad que el poeta más amado por Armijo: César Vallejo, que murió «en París con aguacero».

Los tres poetas construyeron una patria de nostalgia, contrapuesta a esa patria terruño y dolida de Salarrué, no menos dolorosa que la patria llevada a rastras por desiertos, muros y crímenes. «Como si la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!», dice Vallejo para definir esa otra patria, que asoció a su cadáver triste, pero capaz de alzarse lentamente «para abrazar al primer hombre y echarse a andar», todos aquellos nacidos en el día «en que Dios estuvo enfermo», (Los Heraldos Negros, Lima, 1918). Versos de dos peruanos que nos rememoran resurrección y vivencias de Armijo en su primera vida.

La cuarta vida de Armijo inicia al morir, (1997), con la edición y reedición de su literatura. Por la que estaba dispuesto a ofrecer su sangre. Por esos poemas, teatro y ensayos escritos en el barrio parisino, y que ahora traspasan el tiempo, despierta para ofrecernos una cuarta vida de valores literarios.

Nuestro poeta lo percibió años antes: «Seré llevado a la muerte pero sobreviré, blandiendo mis versos, porque en ellos soy grande… y la Patria nos acogerá… como acoge un padre o madre a un hijo ciego…». Esa es la patria de la nostalgia; existente e inexistente

El valioso silencio de Francisco Gavidia

Me une con Francisco Gavidia varias circunstancias formales de la vida: ambos somos de San Miguel, y nacimos en la misma calle, apenas separadas las casas por tres cuadras. Algo más, Gavidia tuvo récord como director de la Biblioteca Nacional (13 años); en esto ya lo superé pues, pronto, si Dios es grande, como decía mi madre, cumpliré 20 años como director de la misma entidad; también ambos terminamos los estudios de Leyes, aunque nunca la ejercimos; y los dos tuvimos un padre abogado.

Aunque de don Chico Gavidia se ha escrito mucho en el pasado, me sentí confundido cuando estaba en proceso de escribir mi novela «Los poetas del mal». Esta obra de sana ironía trata de la palabra y la vida. Por eso pensé en Francisco Gavidia y en su sello más resaltante del que se nos hablaba desde niños en el sistema escolar. Me refiero a su relación con el poeta nicaragüense Rubén Darío, un hecho que más parecía una leyenda. Sin embargo, en la obra «Autobiografía», del nicaragüense, descubrí que dicha leyenda era una realidad.

En ese proceso de escribir mi libro mencionado, referido a los males que se nos atribuyen a los escritores de poemas, más por la incomprensión del receptor que por la palabra transformada, me hice la pregunta relativa al silencio del humanista por antonomasia de El Salvador. Mi respuesta afectaba a Gavidia, porque, hasta entonces, desconocía el origen de ese silencio y aislamiento (tomar nota: sin información no hay conocimiento).

No desconocía que ambos eran casi de la misma edad (dos años mayor el salvadoreño que el nicaragüense); pero, además, Gavidia murió a los 92 años (1955); y Darío, su maestro inicial, falleció a los 49 años (1916). ¿Por qué, entonces, nuestro poeta salvadoreño se había cobijado en el silencio de la palabra escrita cuando, por su poder, podía sonar como un aullido mostrando su presencia? Mientras el nicaragüense optó por gritar a un auditorio universal.

Cuando los dos eran muy jóvenes, de visita el nicaragüense en San Salvador, su amigo salvadoreño le hizo ver al visitante adolescente las nuevas métricas y la musicalidad poética, algo que los españoles no habían descubierto, pese a su gran canon literario. Darío se adelantó para mostrar la renovación poética de nuestro idioma, mientras su maestro se encerraba en sus sabias palabras.

Francisco Gavidia había recibido al poeta nicaragüense de visita en El Salvador, cuando este tenía 17 años, y Darío se encontró con un estudioso de 20 años. En esa ocasión el salvadoreño señaló al nicaragüense la ruta para una nueva poesía.

Ante eso, pensé que el descubridor se había distanciado del territorio descubierto, mientras el nicaragüense salió en búsqueda de los territorios mundiales de la literatura.

«Tienes que salir de estas tierra» –a Chile, sugirió el general y poeta Juan José Cañas. El joven Darío, pobre de bienes, abandonado por padre y madre, a diferencia de Gavidia, de padres terratenientes, le respondió a Cañas: «¿Pero, general, cómo me voy a ir a Chile si no tengo recursos?» Su consejero respondió: «Vete a nado aunque te ahogues en el camino» (Darío. 1983. «Autobiografía». pág. 34). Y luego reconoce como maestro a Gavidia, «el primero que ensayara en castellano la métrica francesa, pues dominaba muy bien el idioma francés». «De ese modo, de la lectura de los alejandrinos franceses (de Víctor Hugo) surgió en mí la idea de renovar la métrica», continúa Darío… (op. cit. pág. 47).

Darío era poeta, pero también de relevantes creaciones en prosa. Mi duda al escribir sobre Gavidia surgió del hecho de que este había vivido 41 años más que Darío, quien solo tuvo educación formal hasta cuarto grado. Por lo contrario, Gavidia fue un gran estudioso, vivía en su biblioteca escribiendo historia, poesía, narraciones, periodismo, filósofo, dramaturgo, además de manejar varios idiomas: francés, alemán, inglés, italiano, portugués, hebreo, latín y griego.

En fin, Gavidia pasó una odisea de su genio, como dicen en su obra asociada Roberto Armijo y Pepe Rodríguez Ruiz («Francisco Gavidia, la odisea de su genio». 1965). ¿Fue acaso su silencio y soledad la ruta de su odisea? Lo que no ocurrió con Darío, quien clamó por un lugar a su poesía haciéndose acompañar aun de quienes no creían en él, comenzando por escapar de Centroamérica, como le sugirió el general Juan José Cañas.

Fue ese silencio y encierro incomprensibles lo que quise expresar en «Los poetas del mal», lo cual calificaba como una aventura sumisa a las penas y dificultades adversas, comprensibles para países poco abiertos al pensamiento de la época. Porque la literatura, las expresiones culturales, poco audibles, hay que gritarlas para que surtan los efectos necesarios e incidan en el desarrollo social. En ese proceso de escribir mi novela, escuché una conferencia de Carlos Cañas Dinarte que me hizo cambiar la valoración que ya había escrito sobre Gavidia. Entonces, reparé los motivos del silencio y del encierro, comprendí las grandes dificultades para enfrentarse a una vida que está en todas partes, y para él solo estaba su buró de escritor.

Explico mejor mi revaloración: en «Autobiografía» (pág. 47) el poeta Darío escribió que «sucedió que recién llegado a París (Gavidia de 22 años) oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban… e incontinente se arrojó al río (el Sena), afortunadamente, alguien lo vio y pudo salvarlo». Gavidia explicó después que lo hizo después de leer una noticia que se condenaba a muerte a un inocente.

Sobre esto el periodista Óscar Girón, (septiembre de 2001) al hacerle entrevista a un nieto de Gavidia le confirmó que su amado abuelo sufría alucinaciones, porque joven sufrió un conato de derrame cerebral. Esto obligó a Gavidia a retirarse de las letras cuando tenía 21 años. Desde entonces, optó por un silencio para hablar con las letras. Un silencio que grita para romper los muros del tiempo y de la indiferencia.

Una novia vestida de negro

Cuando estuve asignado al Archivo General de la Nación hice gestión para construirle un edificio. Casi funciona porque se me dio la posibilidad concreta; pero se frustró la idea. Otra gestión interesante fue conseguir copia de los archivos de Consuelo Suncín, «la rosa del Principito». Por razones de celo en Francia, esas gestiones, hay un muro para llegar a dichos archivos, si se trata de un salvadoreño. Preferí no chocar, pues se arriesgaba a poner más bloques al muro, aunque mi intención era recuperar un personaje mujer protagonista de nuestra memoria histórica.

Aunque en diferentes ámbitos se aspiraba a rescatarla, como se logró rescatar al general salvadoreño José María Cañas, gracias a Costa Rica, héroe de la Guerra Patria Centroamericana, gesta heroica como para escribir «una épica homérica», como dice el filósofo tico doctor Arnoldo Mora.

La importancia de esa epopeya es haber frustrado las pretensiones de convertir a Centroamérica en zona de esclavos, tema que ahondo en la novela «Así en la tierra como en las aguas» (2018. EUNED, Costa Rica. 284 págs.). Esclavos no en sentido figurado, esclavismo de verdad, como podemos ver en el filme de Quentin Tarantino «Django sin cadenas». Pero «mejor no meneallo, Sancho».

Continúo con Consuelo Suncín. Se casó vestida de negro, y eso originó otro de los tantos rechazos sufridos por la aristocracia francesa: afirmaban que su boda con Antoine Saint Exupéry, la salvadoreña lo consideraba un día de luto, un luto que rememoraba a Enrique Gómez Carrillo, guatemalteco, de quien había quedado viuda. «Era el mejor espadachín de París y llamado ‘Príncipe de la crónica en Europa’». Muchos intelectuales europeos suspiraban para que sus libros llevaran un prólogo de Gómez Carrillo ¡Imagínense dos centroamericanos! Quien lo pensaría en estos momentos de caravanas y niños detenidos en las fronteras en condiciones deplorables. Los dos escritores centroamericanos hacen ratificar el dicho salvadoreño de que «no somos tan cinco de yuca»; pese a las tragedias vividas después de la actual posguerra en la región, denominada como Triángulo. El misterio del luto lo revela el libro que comento.

Mi esfuerzo por promover la figura de la salvadoreña partió de ¡un japonés! Sus amigos le llamamos don Yuki; y creció mi interés en la década de los noventa, cuando aquellos archivos amurallados fueron abiertos al periodista francés Alain Verdicolet, quien descubrió las «Memorias» de nuestra compatriota, publicadas simultáneamente en tres idiomas: en Nueva York, en París y en Madrid (2000). Por eso los círculos intelectuales europeos lo denominaron «año de la resurrección de Consuelo Suncín».

Insistí en pedir copia de los archivos por ser patrimonio salvadoreño. ¡Para qué lo dije! Ahora están vedados a los salvadoreños. Me guardo la razón. Pero lo importante es que después de Verdicolet se logró una nueva apertura de esos archivos, que ha permitido escribir una biografía por dos académicas francesas en 2010. Previo, mantuve contacto con una de las autoras. Aunque después reparó que su amistad con un salvadoreño estorbaba el acceso a los archivos. Y salió la biografía titulada «Une Mariee Vetue de Noir» («Una novia vestida de negro». París. 630 págs.).

Antes de 2000 Paul Webster había roto el silencio sobre la salvadoreña. Dice en su libro: «La denigración no disminuyó ni 20 años después de su muerte» (Consuelo murió en 1979). Luego Verdicolet en 2000 tuvo acceso a cartas, documentos y libros, considerado año de la resurrección de la que había sido esposa de Saint Exupéry y descubrió las «Memorias».

El descubrimiento siguió en 2010. Dicen las autoras: «Francia la olvidó mientras construía los numerosos monumentos en honor del héroe Saint-Exupéry». Esta en una entrevista opina: «La rosa es Consuelo: los tres volcanes son los volcanes de El Salvador. Los tres baobabs son las tres ceibas a la entrada del pueblo de Armenia, en El Salvador. La rosa que tose es Consuelo, que sufría de asma… Las otras cinco mil rosas pueden ser las otras mujeres de Saint-Exupéry, pero para el Principito esas rosas no valen nada, la única que vale es su rosa».

La biografía contiene fotos, documentos íntimos, cartas y grabaciones audiovisuales realizadas por Consuelo antes de morir. Y se logró ordenar y «rescatar de ese desorganizado archivo toda la parte hispana que había sido sistemáticamente ignorada», dice la autora, quien agrega que la pauta para el desarrollo de «Una novia vestida de negro» la dio Consuelo Suncín: «En 1978, sintiéndose morir, sentía escribir le era más difícil, y decide grabar sus recuerdos, contar la verdad sobre su vida», agrega mi amiga autora (Debo agradecer que mi amiga autora me envió dos ejemplares del libro).

Antes de su muerte Consuelo declaró: «Cuando nos casamos él no era famoso, sino un joven desconocido. Yo también era joven… Mi marido (Antoine) desapareció a los 44 años, (sin conocer la fama)… de eso no nos preocupábamos… (porque) una no tiene un espejo permanentemente, se trata de crecer y desarrollarse como ser humano, es lo más importante». Alguien me dijo un día: «Usted se casó con un hombre famoso», y yo le respondí: «No, yo solo escogí a un desconocido aviador… Desgraciadamente, puedo decir que si Antoine tuvo fama y éxito como escritor no pudo darse cuenta; no pudo vivir ese prestigio pues había muerto antes de alcanzarlo» («El Principito» se publicó en inglés en Nueva York [1943]), cuando Saint-Exupéry se había incorporado a la guerra como aviador. Años después, su libro es de los más traducidos en el mundo. Y no es una obra para niños, sino «de un niño». Esto me hace recordar «Cuentos de cipotes». «No se trata de un libro para niños», dice Salarrué, «sino sobre niños».

Nota bene: «Si no te gusta un libro no lo leas; si no quieres leer no lo hagas. La lectura no es una moda, es una forma de felicidad, y no debe obligarse a nadie a ser feliz», Jorge Luis Borges, poeta argentino y bibliotecario por antonomasia.

Memoria histórica y voz poética

Naciones Unidas tiene un programa (Memoria del Mundo) en el que participan la Biblioteca Nacional; bibliotecas universitarias, que suman nueve instituciones, en que se prioriza a promotores de la palabra. La memoria histórica rescata la voz literaria en tanto tiene de historia del pasado trascendente memoria de valores para conservar y recopilar documentación, visibilizar las personas que con su voz se convirtieron en testigos o protagonistas de su tiempo. Rescatarlas del olvido es fortalecer el desarrollo de los valores que sostienen una nación.

Esta vez quiero referirme a dos escritores, hermanos de la voz creativa.

Son dos escritores que conocí muy bien, aunque los ámbitos de encuentros fueron diferentes: como estudiantes en la universidad con Roque Dalton; y Escobar Velado como conversador de poesía alrededor de una taza de café. Con el primero predominaba la vocación organizativa del joven por participar como civiles en buscar soluciones sociales y políticas, al grado que ya a los 23 años se experimentaron las primeras expulsiones forzosas del país. Explico mejor para quienes no conocen esa época en la que las organizaciones partidarias eran inadmisibles, y si lo permitían, se consideraba una misión imposible, había que sustituirla por foros universitarios y expresiones públicas; porque la primera legislación sobre partidos se dio a principios de los sesenta del siglo pasado y la dictadura venía desde 1932. Escobar Velado murió en 1961, a los 42 años. No vivió esa legalidad política buscada. Antes de esos años organizar un partido político era labor de soñadores que terminaba en pesadilla.

Cuando menciono mis diferentes ámbitos de encuentro con uno y otro, lo relaciono con el hecho de que con Dalton éramos de la misma edad, mientras Escobar Velado era un abogado establecido, como hermano mayor nos duplicaba la edad. Pero ambos tuvieron como punto común que hicieron del poema una razón de vivir. Cualquier encuentro culminaba en la temática poética.

No importaba si Dalton le diera más relevancia a escribir poesía de ideas, razón por lo cual muchos críticos más de alguna vez lo han marginado cuando se refieren a poetas latinoamericanos, aun sus mismos promotores como Mario Benedetti (hizo una antología fundamental, pero no se arriesgó a hacerle un prólogo). Pienso que analizar a nuestro compatriota implica un compromiso, requiere el manejo de un entorno específico. De mi parte, por entender mejor ese entorno (tan diferente al Uruguay de Benedetti) le he prologado dos antologías. Aunque en el país hay escritores (Roberto Paz Manzano y Luis Melgar Brizuela) que han ido a fondo para descubrir el valor literario del poeta; pues hay discrepancias nacionales por parte de voces críticas, escasas, que juzgan al poeta en su contenido político.

«Lo importante en un poema es decir cosas», afirmaba Dalton al dialogar con sus hermanos de literatura. Significaba expresar una idea por sobre la estética formal; lo cual implicaba conocer las claves del lenguaje poético, por lo cual no es válido de aplicar el calificativo de poesía panfletaria.

Ese insistir en ideas lo llevaron a un final trágico, porque los jóvenes lo vieron como un competidor teórico para lo cual no tenían argumentos («Memorias de un guerrillero», de Juan Ramón Medrano). Lo acusaban de haber escrito poesía («Poemas clandestinos») para repartirlas al público y ganar notoriedad, cuando él ya la tenía con creces. «Nosotros no teníamos ni siquiera una idea cercana del enorme error político e histórico que se había cometido», dice Medrano. Similar testimonio nos da Carlos Eduardo Rico en su libro «En silencio tenía que ser, testimonio de guerra». Tanto Medrano como Rico estuvieron con la organización que cometió el crimen.

Casi tres décadas antes Escobar Velado fue expulsado de su país hacia Guatemala, Nicaragua, Costa Rica («Diccionario de autores salvadoreños», Carlos Cañas Dinarte). Pese a escribir una poesía más emocional: «lo que duele en el corazón». Pero aspiraba a multiplicar su voz más allá del poema, en búsqueda de una concientización nacional.

Sin pretender comparaciones, y en otro contexto, Alberto Masferrer y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero hicieron de su voz un medio para la redención social.

De generaciones distintas, pero de formación similar (ambos se formaron en el Externado de San José y en la universidad). Sin embargo, la voz poética de Dalton expresaba lógica formativa, quizás didáctica. Igual Escobar Velado, pero predominaba la sencillez paternal. Y así, ambos fueron víctimas propiciatorias de la realidad que quisieron cambiar. Velado partía desde su corazón; Dalton desde su intelectualidad poética y lógica. Con esas diferencias los dos poetas fueron blancos de la cultura autoritaria, porque ambos demostraron que la poesía era capaz de hacer ver los vacíos del país. El uno desde su sensibilidad emotiva. El otro convencido de que la poesía no estaba hecha solo de emociones y palabras, sino también de ideas.

Escobar Velado trazó la ruta de su poesía hacia sus ensueños (Ver «Patria exacta»). Dalton aspiraba al cambio de la realidad. Pero los dos fueron los «ciervos perseguidos», nunca perseguidores, aunque su voz aspirase a borrar mordazas de su tiempo en una sociedad de disparos y silencios. Escobar, un activista de su poesía, parte desde sus vulnerabilidades hacia la compasión, soñador al fin siguió a sus maestros trágicos de la poesía: los poetas Nazim Hikmet, el español Miguel Hernández, muerto en la cárcel; y el peruano César Vallejo, los más cercanos a la personalidad del salvadoreño. Mientras Dalton pasó de la poesía de Neruda y Vallejo a la poesía francesa, muy cercano a posiciones lógicas de la poesía.

Su compañero de organización política Juan Ramón Medrano afirma: «Varios años después… (reparé que) Dalton trascendía toda diferencia política e ideológica… al asesinarlo… (mi organización) se había inmortalizado» (op. cit.). Es así como vida y obra de Velado y Dalton son parte de nuestra memoria histórica.

Pero no basta, es imprescindible escuchar la voz de su familia para resarcir los daños y, de esa manera, completar una obra fundamental hacia la memoria del mundo. Un homenaje meritorio de su patria para los dos poetas.

Reflexiones desde una literatura personal

En 1986 tuve la oportunidad de publicar en inglés la primera edición de mi novela «Cuzcatlán donde bate la mar del sur». Salió al mismo tiempo en Londres y en Nueva York y, posteriormente, en Bonn, Alemania. Algo inusual para un escritor centroamericano. Posteriormente se editó en español, en Costa Rica y Honduras. Y 12 años después se publicó en El Salvador, aunque sin mi autorización; no lo reclamo, solo señalo una paradoja, dada nuestras realidades, por lo general trágicas, por lo cual no es fácil ponderar el júbilo.

Pese a todo, debemos reconocer que los salvadoreños estamos en todas partes, y más ahora con los nuevos tiempos de cuarta y quinta generación tecnológica que el pensamiento transgrede fronteras, nos consideramos ciudadanos del mundo por capacidades propias u obligados a huir de los dramas vitales, para buscar un destino, llámese felicidad o desgracias (pienso en la niñez, pienso en Valeria y Óscar Martínez).

Esa vocación de éxodo me hace recordar en la India a dos parejas salvadoreñas con sus respectivos niños y niñas, propietarias de una escuelita en español, cuyos estudiantes y maestros me concedieron el honor de invitarme a un almuerzo. «Somos biólogos, pero la necesidad nos hizo maestros en Calcuta«, me dijeron en una visita que hice para presentar un libro en aquel país. Como vemos, nuestra gente es bella.

Pero volviendo a «Cuzcatlán donde bate la mar del sur», mi tendencia a hacer novela histórica me ha vuelto en cierta forma un privilegiado, pues por ellas despierto un afán por conocer un país pequeño y de corazón grande, pero también desfallecido por dramas y tragedias.

La obra, poco conocida en El Salvador, despertó emoción en las editoriales arriba mencionadas, incluso se produjo una película documental con apoyo de la BBC de Londres y Channel Four de Inglaterra. Se trató de una época de oro literario propiciada desde Costa Rica. Por eso decía, las diásporas (el éxodo, las huidas) producen hallazgos y tragedias. Es como jugar a la ruleta rusa, caso de las caravanas que parten de nuestro llamado Triángulo Norte.

De mi parte he aprendido a fortalecer mi espíritu regional después de descubrir la Guerra Patria Centroamericana que me llevó a escribir la novela «Así en la Tierra como en las aguas», (EUNED, 2018). En fin, los recuerdos son historia, y es una veta para el escritor. Permiten descubrir con propiedad que el pasado es presente y futuro a la vez (es el actual milagro de los pueblos asiáticos, hace poco asolados, y ahora de reconocido desarrollo). Pero hay algo más, esos recuerdos deben culminar con la búsqueda de la trascendencia social, y de ahí la importancia de la obra literaria que por lo general no tiene edad (excepto los llamados «best seller«, que pueden ser flor de un año).

Esas evocaciones me han llevado a escribir novela histórica sin proponérmelo, pues partí hacia dicho género desde mi posición de conocer la poesía desde niño. También es histórica «Caperucita en la zona roja», y una última novela que tuvo reconocimiento de trascendencia en Nueva York (2007). Libro que se mantiene inédito, dadas nuestras explicables y lastimosas penurias en el ramo de las publicaciones. Esa obra tiene que ver con los orígenes de una violencia que se vuelve difícil afrontarla por su gran permanencia en nuestra rutas siniestras de tragedias y que por eso hacen parecer la violencia como una señal arraigada de cultura nacional. Creo que no nos hemos apropiado de lo que mencioné arriba: que los tiempos pasados son los tiempos de siempre. El cohete que nos lleve al futuro no va a arrancar sin el combustible fósil del pasado y el presente.

Con esos antecedentes un amigo, maestro universitario y fundador de talleres de literatura, me aconsejó dedicarme a escribir, agradezco el consejo pero esa labor me apropié desde mis 12 años, en San Miguel, cuando en cuarto grado comencé a descubrir las claves del poema hasta llegar a la novela. Por ejemplo, esa obra mencionada de 2007, no hubiera sido posible sin escribir en mis viajes y en mis fines de semana. En otra de ellas: «Los poetas del mal», decidí cerrar con una nota final que dice: «Noches de Antigua Guatemala, aeropuertos y hoteles de Chicago, Lisboa, Managua, Panamá, Bogotá, Estocolmo, Chile, Argentina, Madrid. Y días aciagos de San Salvador, 2001-2003″. Lo escribí para mis colegas directores de Bibliotecas Nacionales por mi aparente insociabilidad, por no poder acompañarlos a las recreaciones nocturnas después de largas horas de trabajo en reuniones iberoamericanas. Dada su fraternidad, me entendieron. Gracias por comprender mis horas de trabajo literario.

Por supuesto que comprendo la sugerencia, escribo los fines de semana, asuetos, en «fiesta de guardar»; para escribir aunque sea una obra cada cinco u ocho años una obra sobre las realidades que me asombran. Por eso no es contradictorio escribir para no publicar. Hay que resguardar algo para el futuro, para que los nietos del jaguar conozcan su pasado, aunque no siempre fue mejor; pero ayuda a reconstruir en todas sus dimensiones el bien común, relacionado con el sueño de lograr una Centroamérica distinta, sin niños y niñas prisioneros en el extranjero por huir de la muerte nacional.

Reflexión primera: pese a las dificultades que tiene el oficio de escribir es importante fomentar el poder de la palabra. Poder que me permite reiterar: nunca he viajado con viáticos, ni pasaporte oficial, ni pasajes pagados por GOES. Mis gastos deben ser financiados por la entidad organizadora. Consciente de nuestras penurias culturales.

Reflexión dos: ante la tragedia de Angie Valeria y Óscar Martínez, repienso ¿qué estamos haciendo todos para dignificar a nuestra gente, niños, jóvenes o ancianos?

Reflexión tres: ¿por qué decido donar mi biblioteca para el Museo Roque Dalton? Porque él debe estar con sus hermanos de literatura, no solo mi persona sino Escobar Velado, López Vallecillos y Roberto Armijo. Todos con un lema para su vocación «no puede haber estética sin ética social». Autenticidad hasta el fin.