Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Más anécdotas sobre la lectura

En mi trabajo anterior mencioné los vacíos abismales relacionados con lectura y libros. Para no abundar, dejé para nuevas ocasiones otras anécdotas con esos vacíos. Aclaro, todas las historias son del período de paz; demostrando que superar costumbres, hábitos o «idiosincrasias» no necesariamente responde a disposiciones, no. Más que todo son temas de educación y cultura cuyos cambios se consolidan con el tiempo.

Continúo: fui invitado a San Miguel a una fiesta familiar. Ahí me encontré con un jovencito, ahora un analista político. Por sus palabras, lo noté con una militancia política: «Yo tengo una ideología muy firme, pero con Roque Dalton y vos, no lo tomo en cuenta. A ustedes les respeto por su obra». Sus palabras me llamaron la atención, porque quien las decía no era escritor (los del mismo oficio nos perdonamos ciertos pecados).

De esa visita surgió la propuesta de invitarme a una charla literaria en mi ciudad, a la que tenía más de veinte años de no visitar. Concertamos la invitación: «¿Podrías venir a dar una charla sobre lectura en el Teatro Nacional?». Como a ese tema no digo que no, acordamos fecha. «Nosotros nos encargaremos de la promoción por radio y mantas». En ese entonces, no había ni twitter, ni TV en mi ciudad natal. Era el año 2001.

Llegó la fecha, me fui directo a San Salvador, Teatro Nacional, mi familia llegaría por su lado. La charla sería a la mera hora del calor en la ciudad, a la que mi abuela le decía «la hora del diablo». Así fue. Ese día el parquecito frente al Teatro Nacional estaba fresco y había unas 50 personas sentadas en la grama del parque, esperando la charla, más mujeres que hombres. Me dicen que son maestras y que vienen a escuchar mi conferencia. Les aclaro que yo converso, no doy conferencias, aunque casi es lo mismo. La conferencia es más magistral. Les digo coloquialmente: «Pese a la hora caliente, veo que han venido muchas personas». Responden: «Y hubieran venido más docentes, pero les dio miedo». Tuve un sobresalto y pensé: y eso que mis amigos me consideran de carácter más que suave.

«¿Miedo?». Me dicen: «Usted debe saber que en San Miguel los maestros fueron los que más sufrimos en tiempo de pre guerra». Yo lo sabía, muchas muertes de maestros antes de 1980. Hechos de gran conmoción, algo inusitado en la historia miguelense. Aunque estuve 20 años fuera del país, mis hermanas fueron maestras en esa ciudad. Ellas me cuentan: «En la zona paracentral y occidental fueron los campesinos, estudiantes y campesinos los más sufridos».

Ese día de la conferencia, el Teatro Nacional estaba cerrado. No veía a mis familiares ni al joven político que me había invitado, solo los maestros y una hermana. «Algo habrá pasado», dije después de casi media hora esperando que llegara mi anfitrión. Algunas maestras me dijeron: «Imagínese y hemos pagado dos colones para gastos de local, para propaganda y por escucharlo». Les muestro extrañeza que no lleguen los organizadores. Alguien detectó una puertecita a un costado del teatro que podía estar abierta. Fui a ver y reparé que era una puerta mal cerrada con una cadena, sin candado, y les dije: «Miren, ustedes han pagado para venir a escucharme, no a verme, ¿qué les parece si hacemos un intento de entrar?».

En el parque daba mucho el sol para dar la charla. Todos de acuerdo. Fuimos a la puertecita y «cabal dijo Varela, y le faltaron cien mil pesos» (este es un dicho migueleño). Logramos abrir y entramos a la segunda planta que ya estaba preparada con una mesa, agua y sillas.

«Bien, comenzamos, porque ustedes han pagado». A los veinte minutos de iniciada la charla mi joven anfitrión llegó agitado y molesto. Hice una pausa mientras se acercaba a la mesa. «Discúlpame he estado peleándome con el comandante departamental, no permitían abrir el teatro». El joven anfitrión le dijo al comandante que él sabía del evento. «Lo anunciamos por radio y con mantas en el parque». Pero él le respondió: «Sí, pero a última hora me llegó orden de no abrir el teatro». Al fin, convenció al coronel y llegó corriendo. «Te disculpo, conozco mi país», le digo.

Calmé al joven y admirable amigo. «No te preocupes, ya tengo 20 minutos de charla». Continué con los maestros.

Semanas después recibí invitación del centro escolar más grande de mi ciudad. Terco hasta el absurdo cuando se trata de hablar de literatura; y luego de 20 años, de no visitar San Miguel, de dar giras por universidades de Europa y los Estados Unidos, doy prioridad a visitar comunidades de El Salvador. La terquedad puede ser explicable. En todo caso es un honor visitar mi ciudad natal.

Para aquella visita al centro escolar, llegué, pero me encontré con el portón cerrado. Por una ventanilla le dije al vigilante que era un invitado y me respondió que no sabía. Le digo que si esa es la escuela tal por cual, y me dice que sí. Luego abre el portón.»Dígale al director que soy el escritor invitado». Regresa: «Dice que no sabe nada, quizá lo sepa la profesora de literatura». Sin más, me abro paso y le digo que voy a buscarla. Me dirigí a las zonas de bachilleratos. Encuentro a la profesora, nos habíamos conocido en el Teatro Nacional. Azorada, me expresa de inmediato: «Disculpe, la directora no se opone a la charla, pero me pidió discreción, por eso no salimos a su encuentro».

Aprendí una lección, como abogado sin abogar, sé que las leyes no bastan, ni los sagrados Acuerdos de Paz. Obedecer instructivos, cumplirlos, requiere de prácticas culturales y costumbres que pueden tomarse como leyes no escritas. Pero las buenas prácticas y la disciplina social están relacionadas con educación íntegra. Los cambios no son automáticos, menos en situaciones impredecibles.

Se puede pasar por universidades y centros educativos, se puede ganar un pergamino. Pero no significa que podamos apropiarnos de la sensibilidad social, respeto al interés comunitario, en fin, de humanismo. Un cultivo de la creatividad, de ser mejores personas, justos y solidarios.

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  • 21 junio, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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