Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

La literatura a futuro

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente.

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba el futuro de la literatura. Debía reflexionar sobre el tipo de prácticas o de escrituras que se generarán y cuáles son los valores actuales literarios que deberían reivindicarse. La pregunta me fue hecha para una publicación internacional, pero tenía un límite de pocas palabras que no me dejó satisfecha a la hora de plantear mi respuesta. Me quedé rumiando ideas alrededor del tema.

Aunque pensar en el futuro de la literatura me parece un ejercicio vano, estas preguntas tienen un significado particular por el momento que estamos viviendo a escala mundial. El torbellino de cambios provocados en nuestro quehacer a partir de internet, las redes sociales y las herramientas tecnológicas ocurre a una velocidad tal que no hemos terminado de digerir la aparición de algo nuevo, cuando tenemos encima lo siguiente. Hacer previsiones de cómo serán las cosas a futuro es arriesgado, aunque interesante.

Los cambios también se están dando a escala social e ideológica y sin duda están calando en nuestra forma de pensar. Las luchas feministas, el ambientalismo y el cambio climático, pero también el resurgimiento del neoliberalismo y el conservadurismo (en sus múltiples formas), están propiciando algunas variables sociales que todavía no terminan de cuajar.

En el mundo editorial, esas tendencias comienzan a notarse en cosas como el reciente surgimiento del sensitivity reader (o lectores de sensibilidad), un cargo creado en algunas editoriales de Estados Unidos y cuya función es detectar que la obra a publicarse no repita estereotipos de género, no insulte a ninguna minoría, no utilice lenguaje ofensivo ni realice lo que se conoce como «apropiación cultural». La publicación de más de algún libro ha sido detenida por las opiniones de alguno de estos lectores. En dichos casos, la editorial pide al escritor considerar una reescritura total o parcial de la obra, rectificando las partes que el sensitivity reader hace notar como no convenientes.

Otra tendencia que ya parece instalada para quedarse es privilegiar el espectáculo del escritor por sobre su propia obra o por sobre categorías literarias que parecen relegadas a un segundo plano de importancia. El lenguaje, las estructuras narrativas, la novedad de un planteamiento o historia ya no parecen ser importantes en la valoración literaria y mucho menos parecen tener resonancia o prioridad entre los lectores contemporáneos. Se privilegia el tema tratado y su potencial de ventas.

Al escritor se le obliga a ser un performer, un personaje de sí mismo. Sus redes sociales se convierten en una tribuna pública desde la cual funciona como vendedor y autopropagandista de sus propios libros, muchas veces así exigido como cláusula de contrato editorial. Hay escritores que se desenvuelven muy bien y hasta disfrutan de ese mundo de reflectores y sobreexposición pública, pero no todos tenemos talento ni interés para ello.

Por otro lado, sabemos que la atención lectora está dispersa en diversos tipos de entretenimiento, que involucran mucha lectura y escritura, pero que no necesariamente persiguen lo literario. Ya hay editoriales que se niegan a publicar obras que pasen de las 250 páginas. Algo similar ocurre con varios concursos literarios internacionales, donde se limita el número de páginas para novelas o colecciones de cuentos, de manera que no sean demasiado voluminosos. Por ello, quizás y ojalá, el cuento y la novela corta puedan ver pronto un resurgimiento, pese a que las editoriales siguen privilegiando la publicación de la novela por considerarse «un género serio».

Así mismo, la dinámica establecida por las redes sociales, donde los «me gusta» avalan propuestas como las de los llamados «instapoetas», crean la ilusión de que la aprobación general es suficiente para confirmar el talento. Muchas editoriales cuentan con personal dedicado a monitorear algunas redes y encontrar posibles propuestas editoriales. Piensan que un millón de seguidores en Facebook o Instagram no pueden estar equivocados, pese a que la calidad estrictamente literaria de sus textos sea dudosa o común.

Tomando en cuenta estas premisas, es posible que a futuro se escriba, publique y lea libros que no causarán mayor impresión en la memoria del lector. ¿Alguna de esas obras populares pasará a ser considerada Literatura, así, con L mayúscula? ¿Qué contribuciones o rescate del lenguaje harán esas obras? ¿Pervivirá el retrato de sus personajes como un diagnóstico más de la compleja naturaleza del ser humano y de los conflictos de nuestro siglo? ¿Retratarán esos personajes, en forma fidedigna y palpable, el angst de su tiempo, de manera que cien años después, la humanidad del futuro los leerá y dirá «seguimos siendo los mismos», como hacemos cuando leemos a Shakespeare?

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente. El lector continuará con su «scrolling» infinito en sus dispositivos, buscando saciar la sed de algo que no sabe nombrar ni definir. El lector del futuro será quizás un buscador solitario tratando de reencontrar su humanidad perdida en los libros.

El escritor del futuro deberá adiestrarse para asumir tareas extraliterarias como ser orador, hacer marketing efectivo, ser «community manager» y modelo fotográfico. Además de escribir libros, claro está. Su mayor reto estará en definir qué es lo que considera más importante: si complacer al público para ser popular o ser fiel a su visión de la escritura, aunque solo lo lean un puñado de gentes.

Pero también estarán los rebeldes. Porque siempre los habrá. Esos que, en vez de quemar libros, los aprenderán de memoria para preservarlos (como ocurre en la novela «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury). Confío en esos que abrirán pequeñas editoriales y que al vender un libro estarán compartiendo una dosis de su fe en la buena literatura. Las propuestas periféricas y underground que, ajenas a los focos y el ruido del espectáculo, continuarán palpando el hueso de la humanidad a través de sus historias, y viviendo el oficio de la única manera en que es posible: como un espacio de libertad plena del ser humano.

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  • 16 junio, 2019 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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