Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Hacia una ruta histórica urbana

Si queremos promover las zonas históricas debemos hacer una renovación. No retomar estos temas por pura nostalgia, sino por respeto a nuestra historia.

La naturaleza y el humano no permitieron preservar las señales de identidad en los centros urbanos, vacío que dio paso al deterioro arquitectónico, obviando así una expresión estética y a veces pérdida de patrimonio edificado. Uno de los fundadores de la Generación Comprometida dice: «En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos». Y eso produjo «una ciudad marchita, desconsolada». («Ciudad Casa de todos», MINED, 1968, Álvaro Menén Desleal).

Sin embargo, mucho se está salvando en los dos últimos gobiernos locales de San Salvador, otros en el pasado lo intentaron, pero se revirtió en triste devaluación de la riqueza edificada. Un San Salvador llamado «pequeño París de Centroamérica» terminó con el terremoto de 1915.

No solo la naturaleza, también el hombre quiso renovar provocando incendios ilegales en las década del 50 del siglo pasado. Escribí un libro con este tema de piromanía que a las nuevas generaciones lo real les parecería irreal. Pero también son experiencias para el aprendizaje. Tomando en cuenta que la humanidad no es un bebé generacional sino una anciana de sabiduría milenaria. Así, hemos perdido por inopia, la arquitectura emblemática, perdida a pausas que ha dado paso a parqueos, gasolineras. Por vacíos de planificación.

No estaríamos completos si no se diera el rescate de esos espacios de la capital, que implica darle espacio al que camina a pie en unas calles que se hicieron para que transitaran recuas de mulas (hay fotos de mulas «parqueadas» en el antiguo Palacio Nacional, finales del siglo XIX). Los vacíos urbanos provienen por no contar o no cumplir con las políticas arquitectónicas, por ejemplo no se tomó en cuenta el crecimiento de la población; además, por una descentralización urbana a raíz de las catástrofes o el desinterés.

Si queremos promover las zonas históricas debemos hacer una renovación. No retomar estos temas por pura nostalgia, sino por respeto a nuestra historia, que sea un tema que permita apropiarnos de nuestras realidades de identificación nacional, no permitir que el olvido se convierta en cien años de ingratitud (parodio a García Márquez).

En verdad, la imaginación nos permite considerar nuestro presente de modo que este día que la gente camina por las calles, o cuando escribo este trabajo, dentro de veinticuatro horas ya será historia, porque el cordón umbilical, oferente de vida, no se corta sino hasta la muerte. Esto asegura el futuro que seremos, en un tiempo que es como el río de Heráclito, que fluye en constante cambio y crecimiento, las aguas que miramos correr, en el momento de observación no son las mismas cada segundo que pasa; pero sigue siendo el mismo río.

Derruido y olvidado, es un deber rescatar lo que nos queda en esas 50 o 40 manzanas históricas de San Salvador. Y me refiero a espacios relegados. Ahí donde se desarrollaron acciones de la vida cotidiana, y que por razones de la naturaleza se cambió de localización el transcurso de esa vida. Ahí estuvieron centros escolares, lugares comerciales, sitios de recreación, instituciones gubernamentales, medios de información. Ahí se dio una práctica política limitada casi siempre por el autoritarismo.

Además, ese rescate de identidad permite generar conocimiento, y este a la vez repercute en la economía por turismo cultural. De modo que la modernización urbana o global no se contradice con el respeto a las señales históricas, como es el centro de una ciudad. Entre otras cosas, invertir en placas rememorativas, en monumentos conmemorativos relacionados con la cultura en general. No solo para salir del paso, pues algunos más parecen adefesios, excepto los que tuvieron financiamiento por razones políticas no siempre meritorias.

Es cierto, tenemos situaciones por resolver como es el deterioro económico que produjo proliferación de comercio informal, hacinamiento, inseguridad, además de la marginalidad y exclusión de gran parte de la población que produce un problema que contribuye a la depreciación del ambiente urbano.

Porque no es que todo tiempo pasado fue mejor, pero esas edificaciones son históricas por producir vida en todas sus manifestaciones. Por ejemplo se podía asistir al Teatro Nacional a presenciar obras en horarios nocturnas. O visitar restaurantes como El Migueleño, El Mercedes, el México, los panes Gutiérrez, los Frijolitos Carlota. Bares como La Praviana, El Paraíso de Adán, el Chipilín, Chalo´s, el Lutecia, el Gambrinus. Y los cafés que mencioné en trabajo anterior.

O bien sitios de disfrute familiar y restaurantes como el Mercedes, el Sorbelandia, el Bengoa, todos alrededor del Teatro Nacional o a inmediaciones de la Segunda Avenida, ahora Monseñor Romero. O bien entidades culturales como Editorial Benjamín Cisneros (ahí resurgieron la Revista Universidad, La Pájara Pinta, Vida Universitarias y las primeras colecciones literarias proyectadas al mercado(. También estuvo el Centro Social Universitario, donde salían los famosos «desfiles bufos». Agregamos cines como el Apolo, el Izalco, el París, el América, el Follies, Cinelandia, Cine Popular, Principal, todo un mapa cultural.

O librerías que comercializaron obras de editoriales extranjeras. Cito la Cultural (de don Kurt Whalen) y la Claridad de Ana Rosa Ochoa (escritora y secretaria de Alberto Masferrer). También tuvo sede el Teatro Universitario, cercano a la Rectoría y Facultad de Humanidades, contiguo a lo que fue el Colegio Sagrado Corazón (a tres cuadras al Poniente de lo que fue ANTEL). Por cierto ambos centros fueron invadidos y objeto de vandalismo, además de golpear a estudiantes, incluyendo autoridades universitarias, entre ellas el Rector Napoleón Rodríguez Ruiz, el único novelista de la época con su obra «Jaragua». Este drama político lo narro en mi obra «El Valle de las Hamacas» (Argentina, 1970: y UCA Editores, 1992). En fin, tantas cosas para no echar al olvido la historia patria

Nota.- Un saludo al cineasta Alfonso Quijada que próximamente inaugurará «Apex Studios» y presentará el rodaje de su primera obra como director de cine, «El suspiro del silencio». En el Café «Luz Negra», reunido Quijada con varios cineastas europeos y canadienses, me dio a conocer una sinopsis general de su película cuya temática es El Salvador.

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  • 16 febrero, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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