Opinión

por Jacinta Escudos, Gabinete Caligari

 

Jacinta Escudos
Escritora

El pálido jinete

Franz Kafka contrajo la gripe en 1918. Debió mantener cuarentena en la casa de sus padres (donde vivía), sufriendo fiebres de 40 grados.

Es curioso que la pandemia de gripe de 1918, conocida como la gripe española, tenga tan poca presencia en la literatura o el arte de su tiempo. Se podría pensar que un evento mundial, que produjo más de 50 millones de muertos, tendría una resonancia profunda entre los artistas de aquella época. Es posible que los eventos hayan sido tan abrumadores, que no permitieron el estado de ánimo adecuado para elaborar dichos sucesos a través de la obra artística. Algunas experiencias de la época parecen confirmarlo.

El poeta estadounidense William Carlos Williams, quien además era doctor y tuvo que atender enfermos a domicilio durante la crisis, detalló que los médicos debían hacer hasta sesenta visitas diarias. «Varios de nosotros perdimos el conocimiento, uno de los jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo», contó luego en su autobiografía.

El poeta francés Guillaume Apollinaire, se contagió de la gripe española en París, mientras seguía convaleciendo de una herida de metralla que recibió en la cabeza en 1916, durante la I Guerra Mundial. Le habían trepanado el cráneo con éxito y a medida que iba mejorando, comenzó a recibir muchas visitas. Esa fue la vía de contagio para él y su esposa Amelia Kolb, con quien se había casado el 2 de mayo de 1918. Apollinaire terminó muriendo por la gripe el 9 de noviembre de 1918, a los 38 años.

F. Scott Fitzgerald también sufrió la enfermedad mientras escribía su primera novela, A este lado del paraíso. A pesar de sobrevivirla, no fue un tema predominante en su narrativa. Franz Kafka contrajo la gripe en 1918. Debió mantener cuarentena en la casa de sus padres (donde vivía), sufriendo fiebres de 40 grados. Recibió cuidados intensivos en su propia cama, ya que estaba demasiado débil como para ser trasladado a un hospital. Kafka murió años después, pero algunos biógrafos estiman que el desgaste físico que le produjo la gripe agravó la tuberculosis que ya sufría, enfermedad que lo terminó llevando a la tumba en 1924.

Hubo pintores que plasmaron la epidemia en su obra, como el austriaco Egon Schiele, quien poco antes de morir, hizo un retrato familiar nada jubiloso. Judith, la esposa de Schiele que estaba embarazada de 6 meses, murió de la gripe sin poder dar a luz. El pintor moriría tres días después, el 31 de octubre de 1918, a los 28 años. Fue Schiele quien hizo los últimos retratos del también pintor Gustav Klimt, a quien consideraba su maestro y quien había muerto ocho meses antes de una neumonía vinculada a la pandemia.

El pintor noruego Edvard Munch corrió con mejor suerte. Aunque enfermó de la gripe cuando tenía 55 años, logró sobrevivir. De la experiencia nacieron dos cuadros: «Autorretrato con la gripe española» y «Autorretrato después de la gripe española». En ambos se pintó a sí mismo con el rostro inexpresivo o desfigurado, algo común al estilo melancólico y oscuro de su pintura.

Registros médicos de la época detallan que la enfermedad tenía consecuencias neuropsiquiátricas. Los sobrevivientes pasaban períodos de decaimiento, lentitud en el pensamiento, trastornos de los sentidos, delirios, alucinaciones y depresión profunda durante varias semanas, después de ser dados de alta. Eso explicaría lo que le ocurrió al compositor húngaro Béla Bartók, a quien la enfermedad le produjo una infección grave en el oído, al punto que temió quedar sordo. Los opiáceos que le fueron recetados calmaron sus dolores, pero sufrió alucinaciones auditivas durante mucho tiempo después de superada la enfermedad.

Una de las escasas obras literarias que tiene como escenario aquella pandemia es Pálido caballo, pálido jinete, de la escritora estadounidense Katherine Anne Porter. En el otoño de 1918, cuando tenía 27 años y trabajaba como reportera del periódico The Rocky Mountain News de Colorado, ella y su novio, un teniente del ejército, enfermaron de la gripe.

La muerte de Porter parecía un hecho inevitable, al punto que su periódico tenía lista la necrológica. La fiebre que sufrió fue tan severa que su pelo negro se tornó blanco y luego se le cayó por completo. Se debilitó tanto que la primera vez que intentó sentarse, después de la enfermedad, se cayó y se rompió el brazo. Desarrolló flebitis en una de sus piernas y le dijeron que jamás volvería a caminar.

Seis meses después, sus pulmones habían sanado, su brazo y su pierna mejoraron y el pelo comenzó a crecerle de nuevo, aunque creció blanco y jamás recuperó su color original. Sin embargo, su novio, quien la cuidó durante la enfermedad y que no había desarrollado síntomas tan dramáticos, murió de la gripe.

Porter escribió la novela mencionada, cuya historia y personajes están basados en su experiencia con la enfermedad y en las visiones y pesadillas que tuvo durante sus estados febriles. La escritora llegaría a ganar más adelante el Premio Pulitzer de Ficción y el National Book Award por sus historias completas. Fue además nominada al premio Nobel de Literatura en tres ocasiones.

Un par de ensayos académicos sobre la poca mención de la pandemia en la literatura de la época, han hecho notar que su aparición se traslapó con el final de la I Guerra Mundial, un evento de por sí traumático y que dejó también una secuela de millones de muertos y excombatientes traumatizados, mutilados y asqueados de las experiencias en los campos de batalla. La presencia de la muerte continuaba en tiempos de paz, pero parecía solo haber cambiado de forma. Ante ello, una reacción natural para poder sobrellevar la situación era la evasión, ya que moral y emocionalmente, había agotamiento a nivel tanto individual como colectivo.

Los excesos de los rugientes años 20, la caída de la bolsa en 1929 y la II Guerra Mundial, terminarían arrinconando el dolor de la pandemia en la trastienda del olvido para ser recordado ahora, poco más de 100 años después, cuando el pálido jinete de la muerte vuelve a cabalgar entre nosotros.

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  • 12 julio, 2020 / Opinión de Jacinta Escudos  (SÉPTIMO SENTIDO)

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