Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Cerebro y corazón

Me recriminó diciéndome cómo era posible que un humanista, como yo, hablara de acostumbrarse a la muerte. Y quien me lo decía era alguien que había sufrido la dictadura sanguinaria de Pinochet.

Sin duda, muy pocos, con esta pandemia están exentos del drama o tragedias sufridas en su propia persona, o familiares cercanos, amigos o colegas de salud tan admirados. Aunque no debería ser necesario sufrirlo directamente para sensibilizarse ante un virus planetario que no admite oponente ni siquiera a países de alto desarrollo científico. Se apareció tan imprevisto que nadie estuvo preparado, incluso se recibió con mofa, que una gripecita, que bastaba un desinfectante, y tantas cosas por un virus desconocido en sus efectos y contagios. Incluso se aseguró que lo mejor era dejar que la gente se contagiara para adquirir inmunidad. Fuera de esos errores, a veces institucionales, la población percibe con sabiduría que debe salvar su vida y la de los demás.

Ver escenas dantescas en Perú y Ecuador, no ha sido suficiente para hacernos reflexionar sobre el significado de las pérdidas humanas. Supongo porque lo hemos experimentado por una guerra sucia y genocidios. Recuerdo una vez camino a la Universidad de Stanford, cometí un desliz con un escritor chileno. Le dije que los salvadoreños estábamos acostumbrados a la muerte. No me hice entender por mi amigo. Me interpretó con el cerebro y yo le hablaba con el corazón. Me recriminó diciéndome cómo era posible que un humanista, como yo, hablara de acostumbrarse a la muerte. Y quien me lo decía era alguien que había sufrido la dictadura sanguinaria de Pinochet.

Respecto a eso de acostumbrarse a la muerte un académico de la Universidad de Ohio, en estos días de julio, me envió tres de mis poemas traducidos al inglés y su versión en español. Me pidió que los revise pues saldrán en Washington en una selección de poesía latinoamericana. Leer mis poemas escritos en los años 1968 y 1976 me llevó a pensar si acaso ver la muerte de frente se nos hizo costumbre. No es que la realidad histórica nos haya impuesto un sello de insensibilidad; sino porque nuestros corazones han sido fuertes para aceptar lo peor de tantas tragedias sociales. Transcribo algunos versos de dos poemas («Post Card», «Mamá» y «Los Garrobos»). Escritos en épocas democráticas, cuando me dedicaba más a la poesía. Pueden leerse completos en Internet.

«Mi país, tierra de lagos y montañas/pero no venga a él, si deseas conservar la vida/ Puede morderte una culebra/ Puede comerte un tigre, nada de mi país te gustará». (Post Card, 1968). Otro titulado «Mamá» (1976) de este prefiero citar la frase escrita por un poeta hermano que hizo una reseña: «Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país… ellas son, sin duda, la patria ofendida» (Italo López Vallecillos). El tercer poema dice: «Los garrobos crecían en los árboles/ pero llegaron los venenos/ a destruirlo todo. Llegaron/ con ganas de matar./ Los aviones vuelan sobre los árboles./ De los garrobos solo quedan sus huesecillos de madera». (1990, «Los Garrobos»).

Mi amigo académico de Ohio University me preguntó por mi salud, y le conté que a treinta días de cuarentena tuve una reacción extraña. Le escribí: «Consulté los síntomas por guassap, con una amiga médica con postgrado en el exterior; me dijo que no me preocupara, ‘lee ese documento de una Clínica de Rochester, coincide con tus síntomas’». Y terminé contándole al académico que la doctora me había recomendado conversar con mi cerebro. «Acepté su receta, pero le agregué algo más: también hablaría al corazón. Por ahora, adiós dolencia», escribí.

Una excelente idea para los que no logramos entender, o no admitimos la tragedia mundial. Consultar con el cerebro y con los sentimientos, entre ellos la compasión, el amor a las personas.

Todo esto me hizo recordar cuando pasé la materia Instrucción Criminal en la Facultad de Derecho, que me daba legalidad para litigar (aunque nunca pude hacerlo); al mes me estaba llegando de la Corte Suprema el nombramiento de Juez Ejecutor para un Habeas Corpus. No recuerdo muy bien el caso, pero me presenté en lo que llamábamos el Palacio Negro (por tétrico; ahora, estéticamente remodelado, podría ser edificio para un museo de arte). Me presenté para «intimar» al Director de la Policía. Su respuesta inmediata fue: «No, solo no voy a presentarte al reo, sino que, si no te retirás de inmediato, la próxima exhibición personal será para vos». Hasta ahí llegué como Juez, culpa de un coronel Rodezno. Me fui con mi nombramiento entre las patas. Y pensar que la voz pública afirmaba que vivíamos una democracia. Me atragantó el trago amargo.

Otra vez estuve de huésped involuntario del general Somoza con dos poetas más de la Generación Comprometida. Una vez liberados del «hospedaje» forzoso visitamos las librerías, y la inmensa sorpresa fue cuando vimos libros expuestos en la vitrina que daba a la calle, libros que con solo tenerlos en El Salvador significaba seguro secuestro institucional sin dar razón ante un Habeas Corpus, ni nada.

Le pregunté al corazón: «¿Por qué si Somoza siendo un gran dictador permite la venta de estos libros, y entre nosotros es pecado mortal? ¿Por qué con el tirano Somoza el libro no era perseguido mientras para nosotros en democracia ese mismo libro costaba prisión y exilio?»

Dudé si yo entendería las leyes como me habían explicado mis maestros del Derecho, la Filosofía y las Ciencias Sociales. Pero terco y tenaz hice cinco años más para finalizar los estudios, pese a ser ya un escritor reconocido.

Y me apropié de sus enseñanzas. Los notables maestros del doctorado me fortalecieron en la ética sagrada del derecho: defender lo justo. Decidir según su espíritu

Solo recuerdo el título de mi tesis no presentada: «Integración y Desintegración Cultural en Centroamérica». Pese a mi renuencia a ejercer el Derecho recibí gran solidaridad de mis compañeros de estudios, e igual de mis maestros, insistentes siempre en la doctrina del Derecho. Ir más allá de las ley escrita, apropiarnos de que «lo esencial es invisible a los ojos» (El Principito). Decidir con cerebro y corazón.

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  • 19 julio, 2020 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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