Carta Editorial

“El salvadoreño es trabajador”, la frase casi siempre va relacionada a una exaltación patriótica, a algo en torno a lo cual debería crecer el orgullo colectivo. Pero la frase también abre una enorme puerta al abuso. ¿Tenemos que honrar este espíritu “trabajador incansable” en cualquier circunstancia?

En este país de improvisaciones, estamos demasiado acostumbrados a trabajar sin garantías, sin respeto a los valores básicos del empleo digno. La necesidad es grande, cierto; y hacer adaptaciones es válido, también. Pero no se puede esperar un rendimiento óptimo si antes no se ha ofrecido al empleado lo mínimo para poder ejecutar.

En esta edición, el periodista Stanley Luna nos lleva a hacer un recorrido por algunas de las instalaciones de la Policía Nacional Civil. Esta es una institución habitual en las páginas de este periódico como principal responsable de la seguridad pública desde la firma de los Acuerdos de Paz. Y también como una de las más señaladas por corrupción o por violaciones a los derechos humanos. En este caso, sin embargo, la vista se coloca en las condiciones de trabajo.

Un agente de la policía está obligado a dormir en el suelo. También puede estar obligado a hacer uso de sanitarios sucios. En una instalación policial, la burocracia es tal que para comprar papel higiénico puede ser necesario hacer un informe respaldado por un ministerio y después de eso cruzar una gran cantidad de cartas para, al final, no comprarlo de todas formas. Y se puede condenar así a un grupo de 60 agentes a resolver ellos una cuestión que la institución debería ofrecerles ya de forma sistemática.

Una estrategia de seguridad pública no debería ser solo llenar las calles de gente armada. También pasa por proteger a quienes están encargados de proteger a los demás. Si la institución no alcanza a resolver temas como tener infraestructura adecuada para sus miembros, ¿cuándo va a saber ofrecer cuestiones más complejas, como atención en salud mental? ¿Cuándo va a mejorar los mecanismos para elegir a su personal? ¿Cuándo va a funcionar tan bien como para atraer a los mejores talentos? La inmediatez es un veneno presente en muchas de las políticas nacionales.

Carta Editorial

Uno de los grandes problemas de El Salvador es la desigualdad de oportunidades. Quienes han podido, han construido sus propios mundos en donde la salud, la educación y la vivienda, por principio, están garantizados. Y el recurso que debía dedicarse a que estos tres derechos, al menos, fueran universales, se escurrieron por la alcantarilla de la corrupción o la mala inversión. Así que lo que tenemos hoy es a un país en donde la mayoría de gente todavía batalla toda la vida por alcanzar eso que otros, a unos cuantos kilómetros de distancia, tienen por piso.

Entre la basura, haciendo el último esfuerzo por evitar el descarte indiscriminado de materiales, hay un grupo de personas que han logrado establecer rutinas y cargos, entre otros, y sobre eso ha levantado un oficio, un trabajo que ahora buscan que el resto del país reconozca tanto en su importancia, como en los derechos que a quienes lo ejercen se les deben respetar.

En Cuscatancingo, un grupo de recicladores de base está armando un cambio social, uno de esos que por venir de los mismos implicados, se antoja genuino y práctico. Lo que piden es, de nuevo, eso a lo que la gente que puede le llama piso: protección social. Ellos urgen instalaciones adecuadas, cobertura médica, pensiones y también otras cosas del día a día, como guantes, para no herirse mientras manipulan materiales.

A una sociedad muy acomodada en sus propios derechos y en pensar que con perder de vista la basura es suficiente, le vendría bien, como siempre, asomarse al enorme cambio que se puede gestar ahí, en donde ya todo parece haber sido descartado.

Carta Editorial

Somos de las personas a las que el trabajo pudre por dentro.

Pasamos el día pensando en cómo contar una tragedia. En cómo hacer para que sea “atractiva”, para que interese en un país que rebalsa tragedias.

Cuando terminamos, nos vamos a casa. Pero nos vamos con plena consciencia de que esa casa es un privilegio, que llegar es un privilegio, que llegar y encontrar en esa casa a alguien querido y olerlo mientras nos abraza es un privilegio. Es uno al que las personas de las que escribimos no han tenido acceso. Y, con conocimiento pleno de la desigualdad, es difícil disfrutar. No se debe. Porque suena a ser parte de una injusticia que se perpetúa justamente en la distracción de quienes, quizá con más empatía, podrían hacer algo.

Sentir lo que sabemos nos marchita. Pero no tenemos derecho a aquejarnos. Porque lo único que debe ocuparnos es el compromiso que tenemos de contar, y bien, a todos los que, bajo riesgos que ni nos imaginamos, nos tienen la suficiente confianza de hablarnos. Estas personas se abren de alma no para generar lástima, sino que para reclamar la dignidad que les ha sido arrebatada entre delitos e impunidades.

Y acá estamos otra vez, compungidos, sin saber qué tiempo verbal usar para contar esto. ¿Pasado? Cuando no lo hemos superado. ¿Presente? Cuando hablamos de ausencias. ¿Futuro? Ojalá que no. Ojalá que no pase, que no sigamos así.

Los periodistas somos un instrumento, un medio. Intentamos cada día ejercer con la altura que merece el cargo. Pero nos pudre. Nos pudre tanto privilegio. Nos pudre seguir vivos y presentes en un país en el que se sufren tanto las ausencias y en el que la sonrisa hace rato dejó de ser una marca nacional. Ahora es ese lujo que deberíamos pensar bien en ejercer.

Hoy tenemos que presentar la octava entrega sobre las desapariciones. No es fácil seguir transitando entre pérdidas. Es necesario, sí, pero sería mejor que no lo fuera. A veces, cargados de algo parecido a la candidez, deseamos acabarnos todas las historias como estas. Y que no haya más. Pero todavía quedan tantas.

Para que se acaben, antes las tenemos que conocer a fondo. Por eso hoy nos abrazamos a las medallas de Jocelyn, a los Taz de Heriberto y a las camisas que Emilio dejó sobre la cama.

Carta Editorial

No hay apuesta por la ciencia y la investigación. Es así desde hace décadas. Esta carencia no solo nos está haciendo perder a talentosas personas que prefieren hacer sus carreras en otros países. También está afectando a nuestros recursos naturales.

Un ejemplo de esto es la laguna de Alegría, ubicada en el departamento de Usulután. Cada vez recaen sobre ella más y más amenazas sin que, hasta ahora, se haya podido hacer una investigación que busque dar con los procedimientos más adecuados para su conservación y protección.

La laguna de Alegría, como se lee en el reportaje realizado por el periodista Stanley Luna, es el corazón de una población. De ella emanan historias que se han hecho eternas en la tradición oral de los residentes de la zona. Ese cuerpo de agua verdosa es el centro de identidad, de pertenencia.

Pero toda esa importancia social, cultural y natural que tiene no ha servido para que se le dediquen los recursos económicos y humanos para investigar qué es lo que se puede hacer para que no sea vulnerable a todo lo que pasa a su alrededor. Para que no se nos muera en medio de la desidia.

La laguna es un espectáculo hermoso y también una rareza que merece atención. Dentro de los proyectos que ofrecen los gobiernos central y municipales siempre está el desarrollo del turismo. En este caso, se debería apuntar a un mecanismo que tenga por meta el equilibrio entre facilitar que más gente conozca la laguna, pero minimizando el daño que el paso de las personas suele dejar.

Urge que a la de Alegría se le otorgue el reconocimiento que desde siempre se le ha quedado a deber. Urge que se le llame valiosa y que con ello vengan amarradas las políticas de protección. Es lo básico.

Carta Editorial

Se cae por partes. Es literal, se le escapan trocitos de ser poco a poco sin que, hasta el momento, se le haya prestado atención. Es un triste símil de cómo nuestra cosa cultural va desapareciendo en el más doloso de los silencios.

El que se cae piedrita a piedrita es el Monumento a la Revolución. La gallardía con la que levanta los brazos hacia un cielo de oportunidades que se abre no le ha servido de nada. Pura pose, porque ni siquiera es necesario que tiemble para que la materia de la que está hecho se precipite y se haga más añicos en el suelo. Ya ni siquiera hay quien se anime a visitarlo. Verlo de cerca podría significar recibir un golpe.

Tampoco le ha servido la ubicación. Está el corazón de un completo cultural con teatro y museos. Lo cual es todavía más vergonzoso. No permanece expuesto él. Permanece expuesta su miseria.

“De El Salvador”, así de incluyente. Y, también, así de solitario. Porque, pertenece a todos, pero a ninguno de ese “todos” le ha dolido su actual estado lo suficiente como para prestarle tantita atención.

Hay leyes que lo protegen. Pero, sin voluntad, sin interés, y, por último, sin plata, la ley no nada más que letras sobre papel.

Lo más triste en toda esta calamidad es que no es el único. No solo se está desintegrando “el Chulón”. En esta misma situación de deconstrucción se encuentran tres piezas escultóricas que están dentro del parque Balboa, en Los Planes de Renderos. Musgo, grietas y hongos se hospedan en cada una de ellas. El tiempo, el abandono, la ignorancia nos van dejando sin referentes.

Carta Editorial

Se mide cuánto es lo que envían al mes o al año en remesas. Se sabe –más o menos– cuántos se van de aquí y cuántos llegan allá. Se ha calculado cuántos impuestos pagan allá y cuántos empleos ocupan. Lo que jamás se va a poder calcular es el miedo, la nostalgia o el dolor de la separación familiar que sufren las personas –salvadoreños, centroamericanos, mexicanos– que migran a Estados Unidos a buscar lo que en sus tierras de ninguna manera encontraron.

El que presentamos en esta edición es “Caravana”. Este es un libro del periodista vasco Alberto Pradilla, quien, cuando partió un grupo de centroamericanos con rumbo hacia Estados Unidos, residía en Guatemala. Cada vez que puede, Pradilla cuenta cómo una cobertura que en principio parecía de dos semanas, acabó prolongándose por meses. En todo ese tiempo, este periodista dio cuenta de cómo es migrar desde un país que no existe.

No existe para dar seguridad, educación, vivienda, salud. No existe para quedarse. No existe para volver. No existe para levantar la voz ante las constantes violaciones a los derechos humanos que sufren quienes huyen del horror de no tener futuro.

Pradilla caminó con ellos. Y de ese roce constante nació este libro del que hoy adelantamos un capítulo. En este texto es brutal en cuando a que describe las imbatibles ganas de la gente por irse. No importa que el camino sea peligroso ni que esté tapizado de muerte y hambre. Quedarse va a ser siempre peor. Y este el gran fracaso que nadie puede eludir.

No pocos describen a El Salvador como un país de migrantes compuesto por los que aún no han logrado encontrar la manera de irse. Cada día parten cientos de salvadoreños. Cada día desaparecen cientos de salvadoreños, cada día mueren a lo largo de la ruta, cada día son explotados o discriminados, cada día regresan deportados o en ataúdes. Y cada año en el balance económico las remesas que los que lograron llegar envían constituyen un componente indispensable en la economía nacional. Algo muy malo está pasando en este mecanismo que está convirtiendo a la gente en meros instrumentos, sin derechos, sin voz.

Esto es a lo que más le apunta Pradilla, a que la caravana no fue el inicio de nada. Fue solo la manera en la que un fenómeno silenciado reclamó de un golpe la visibilidad que le corresponde.

Carta Editorial

En periodismo no solemos permanecer. Entramos a los temas para descubrirlos y salimos de ellos llenos de testimonios y conocimientos, pero no nos quedamos. Llegamos, vemos, contamos y nos vamos. En la revista quisimos parar este mecanismo. Y durante todo el año, una vez al mes, nos hemos quedado a escuchar, con toda la atención del mundo, las historias de los desaparecidos y de sus familias.

No es lo usual, pero decidimos tomar el riesgo y caminar en este borde porque era indispensable subir el nivel del debate al tema. Lo que hemos ido descubriendo nos obliga a hacer cada vez más preguntas y nos causa muchas emociones; pero, sobre todo, nos duele.

Al margen de lo mucho que hayan avanzado las tecnologías de la información, el periodismo sigue siendo una profesión muy humanitaria. No podemos entender un fenómeno, si no trabajamos también en entender al individuo. “Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.

Solo este mes han desaparecido más de 190 personas. En todo este año, más de 1,800. Y estos son los casos que han llegado a las instituciones. En el camino ha quedado cualquier cantidad de víctimas que, para este país, no existen. No cuentan. No se investigan y no son buscadas más que por sus propias familias.

Esta es la deuda de un Estado que no ha sabido contestar con altura a las víctimas. Primero, no supo garantizarles seguridad. Y, después, no puede hacer que sus casos no caigan en impunidad. En El Salvador de casi 200 desaparecidos institucionalizados al mes, todavía estamos discutiendo cómo hacer para que la desaparición por particulares sea un delito. Estamos, aún, muy en lo que debía haber pasado hace décadas.

Esta es la séptima de nuestras entregas. Y va sobre la necesidad de contar con instituciones que ayuden no solo a aportar pruebas, sino que también a calmar angustias. Tener a un familiar de quien no se sabe nada es una muerte no dicha, no propia, no digna. Y, cada día, se suman más a esta condena.

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“De los problemas de enamorarse” es un libro escrito por Ana Escoto, una joven salvadoreña que reside en México desde hace varios años.

El libro es una recopilación de cuentos que relatan, con intensidad y gracia, ese torbellino de emociones que son las relaciones incipientes o que, en realidad, nunca comienzan.

En principio, este libro de Escoto tiene todo para ser entretenido. Pero no se queda ahí. Detrás de estos pasajes que van entre el suspenso y lo cómico, hay también una oportunidad para reflexionar acerca de cómo establecemos vínculos.

Somos de donde están nuestras “querencias”. Somos de ahí en donde haya cualquier oportunidad para tener esperanza. Entre uno y otro texto, Escoto también explora ese momento en que la ilusión, alimentada con nada, es capaz de transformarnos el entorno.

Hace rato hacía falta un abordaje así de estas generaciones a las que cada vez les calza menos el estereotipo de género y las casillas. Estos textos no son una confrontación. Son más un espejo que nos hace ver que en las rutinas hay mucho de interesante y mágico para contar.

La de Escoto es una voz nueva en la literatura de este país. Es necesaria, oxigena y se aleja de lo que estamos acostumbrados a ver nacer por acá. Hace tener muy presente que el ejercicio de escribirnos es también el ejercicio de reconocernos diversos. Es el de ampliar horizontes al mismo tiempo que nos reímos o lloramos ante las historias.

Por acá vamos a necesitar siempre referentes. Vamos a necesitar que la niñez ahora sí crezca con la idea bien clara de que el talento, indiscutiblemente, necesita de disciplina para desarrollarse. Y acá es en donde Escoto y su libro se paran firmes.

Carta Editorial

El reportaje de esta edición aborda un tema que casi siempre dejamos pasar. Nos come mucho la urgencia por centrarnos en las consecuencias y no en las raíces de los problemas.

El Área Metropolitana de San Salvador está formada por 14 municipios (AMSS). En ellos residen más de 2 millones de personas. Es alrededor de un tercio de la población de todo el país. Vivir en este territorio tiene ventajas de acceso a oportunidades laborales, de movilización, educativas y de salud, entre otras. Pero esta cercanía se paga caro.

A pesar de que somos muchos los que vivimos aquí, no deja de ser difícil que esta sociedad encuentre espacios de convergencia. Lejos de eso, el AMSS está más dividido que nunca y está más pensado para hacer esas separaciones dolorosas, que para promover la comunicación y la equidad.

Ambos conceptos son muy amplios, pero se aterrizan, por ejemplo, en contar con espacios dignos, seguros, cómodos para encontrarnos. Y no los tenemos.

En la parte del país más densamente poblada hay un déficit del 70 % de áreas verdes públicas. Y no se trata de medir esto solo en metros cuadrados. No contar con espacios para disfrutar y encontrarnos limita las oportunidades de desarrollo.

Una de las fuentes en este reportaje relaciona la falta de estos espacios abiertos y públicos con la salud mental. Ya son varias las generaciones que hemos aprendido a sentirnos seguros solo mientras estamos encerrados, cercados, alejados.

Las áreas verdes, los parques, los espacios abiertos son territorios cuya principal misión es lograr equidad. Se supone que son un piso, eso a lo que todos deberíamos tener acceso sin restricción de ningún tipo. Y, por el momento, esto no está sucediendo. Nos seguimos formando como una sociedad demasiado aficionada a los muros.

Carta Editorial

Crecer entre sombras es tortura. Vivir en un constante esfuerzo por encajar en un molde rígido que no pertenece, también. Todo lo que implique obligar a alguien a negarse a sí mismo en función de los valores morales de otros no debería considerarse correcto. La empatía, sí.

El reportaje principal de esta edición gira en torno al trabajo de otro medio de comunicación. Es una radio comunitaria que hace que un mensaje de formación e información viaje entre caminos de polvo, varas de bambú y suene en casas vecinas de la milpa.

El contraste no es gratuito. La radio comunitaria ha trabajado una relación cercana con sus oyentes. Y, de hecho, la fundación de la misma ha sido parte de un proceso de organización entre los miembros de la comunidad. Sucedió, en el proceso, que llegaron a la conclusión de que la ruta más corta y efectiva hacia el desarrollo común era la educación.

Así comenzó algo que ahora tiene a la gente hablando con datos, con estudios, con informes. Tiene a la mayor parte de los miembros de las comunidades en donde hay alcance de la radio volcados todos en contra del acoso. Entre la radio y los vecinos organizados, estos municipios han reducido el porcentaje de embarazos adolescentes, están abiertos a buscar y recibir atención psicológica cuando sea necesario y hablan sobre diversidad sexual en términos incluyentes.

Hay todavía retos. Hay detractores. El equipo de la radio no se ha salvado de amenazas. Han sido víctimas de ataques. Y solo han sabido encontrar algo de protección en la institucionalidad, es decir, al cumplir con requisitos para formar parte de organismos más grandes en donde ganan representatividad y respaldo.

Lo individual también es político. Y aunque una radio comunitaria es un ente que tiene vida en la colectividad, el impacto de este trabajo es personal. Con palabras han construido un ambiente menos tóxico para quienes más lo necesitan.