Con historias como las de ellos, los adultos nos asomamos al país que hemos construido: uno que secuestra infancias.

Carta Editorial

por Glenda Girón, Editora

Éxito en redes. El Gran Luigi, de 11 años, tiene una canción sonando en la radio. Espera continuar desarrollándose en esa área. Foto de Franklin Zelaya y Archivo.

La suerte es una gran aliada. Pero no deja de ser arbitraria, indomable. Y desarrollar un talento no debería depender solo de ella. En El Salvador, sin ninguna red que ayude a hacer equitativas las oportunidades, en tener suerte se basan mucho las esperanzas.

Luis es un niño salvadoreño de 11 años con una historia marcada por la marginación económica. Reside a pocas cuadras de la Universidad de El Salvador, pero así como iba su vida hasta hace unos meses, difícilmente iba a poder atravesar las puertas de esa institución como un alumno. Pero se topó con la suerte y acabó convertido en un fenómeno viral. Ahora, él y su madre han podido dejar de vender dulces en los buses porque han encontrado herramientas para que Luis, ahora Gran Luigi, desarrolle su talento, para que, al fin de cuentas, haga lo que le gusta. Eso a lo que todos deberíamos tener derecho.

Samuel, un niño con una edad y unas circunstancias de vida muy similares a las de Luis, es protagonista de una nota diferente. A él, esta semana, una bala le cayó en el pecho. Lo mató. Y pasó mientras estaba con amigos a poca distancia de su casa. Pasaba un momento de dispersión, algo a lo que todo niño en este país debería tener derecho.

Las historias de Samuel y de Luis se han escrito en municipios del Área Metropolitana de San Salvador, una ventaja con respecto a los miles que crecen físicamente alejados de servicios de salud y educación. Pero para excluir no hace falta solo poner distancia. Basta con reducir los accesos a las oportunidades de crecimiento para que casi ningún niño como Samuel y Luis las atraviesen. Con historias como las de ellos, los adultos nos asomamos al país que hemos construido: uno que secuestra infancias.

Pasado mañana es Navidad. En la casa de Samuel lo van a extrañar con un dolor indescriptible. Y nadie debería poder abrazar a los suyos sin ponerse a pensar que en la casa de este niño van a quedar brazos vacíos. Pero nadie se va a detener. La campaña electoral va a continuar sin que la muerte que un niño de 10 años encuentra a metros de su casa obligue a hacer un alto o, al menos, un giro para responder cómo es que se van a recuperar territorios para que la niñez juegue sin peligro de balas.

Al Gran Luigi ojalá la suerte lo siga guardando. Ojalá pueda transformar este exabrupto en una mejoría permanente en la calidad de vida de él y de su familia. Ojalá que con disciplina y esfuerzo logre erguirse como ese ejemplo de todo el talento que se pierde por falta de estructuras que ayuden a explotarlo. Desearle suerte es lo único que se puede si este país sigue sin ver que la desigualdad no solo impide que los niños vivan su sueño. La desigualdad los mata.

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  • 23 diciembre, 2018 / Carta Editorial de Glenda Girón  (SÉPTIMO SENTIDO)

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