Carmen García es maestra desde hace 37 años. Desde que comenzó su carrera, ha trabajado con niños que viven en extrema pobreza. Ha enseñado en tiempos de guerra, terremotos y tormentas tropicales. Pero, para ella, la enseñanza nunca se había complicado tanto como en los tiempos de la Covid-19. 

«Los maestros estamos haciendo la lucha por un lado y por el otro»

Una entrevista de Doris Rosales

Fotografías de Wendy Urbina

Fotografía de Wendy Urbina

Carmen García sonríe cuando habla de sus estudiantes. Es maestra desde 1983, pero el tiempo en la profesión no le ha robado la ternura con la que se refiere a los niños. Este año, trabaja con tercer grado. Atiende las secciones A y B, mañana y tarde. En años anteriores, ha dado clases a jóvenes de tercer ciclo. Ese cambio ya le significaba un reto, era un terreno poco conocido. Pero, en marzo, con el cierre de los centros escolares, vino para ella el reto más grande: dar clases a distancia a niños sin acceso a internet y sin recursos tecnológicos.

En sus 37 años enseñando, nunca había vivido una situación parecida. Los periodos sin ver a los estudiantes habían sido cortos, usualmente, causados por las suspensiones de clases por lluvias. Por eso, el anuncio de la cuarentena nacional le resultó inmanejable. Recuerda muy bien el momento, porque estaba en el hospital, recién operada. Ahí, supo que el camino que iba a tener que recorrer junto a sus estudiantes sería complicado. Y, con los recursos que tenía a disposición, asumió el compromiso de no soltarlos.

Carmen habla en esta entrevista sobre su experiencia docente durante los meses de pandemia. Cuenta cómo se ha enfrentado a los retos educativos que se potenciaron con la Covid-19, y a los que llegaron con esta crisis sanitaria. Y explica por qué, después de dar clases a muchas generaciones, durante este año se ha sentido acorralada pedagógicamente.

¿Qué la motivó a enseñar?
Desde pequeñita me gustaba jugar a ser maestra. En ese entonces, jugaba con carbón y cartón. Hacía dibujos. Y como tenía unas muñecas, me ponía a enseñarles a ellas. Como que desde ahí ya me llamaba la atención la profesión.

¿Con cuántos estudiantes trabaja?
En total, trabajo con 58 alumnos: en una sección tengo 38 y en la otra 20. En otros años, he dado clases a tercer ciclo. Lo hice por bastante tiempo. Pero ahora que me han dado tercer grado, siento que también lo puedo desempeñar, porque me parece bien agradable trabajar con niños. Los niños pequeños son sinceros, dicen todo lo que piensan, lo que les gusta y no les gusta. Me dan confianza.

¿Cómo fue el momento en el que se enteró de la suspensión de clases presenciales?
Estaba incapacitada. En esos días, me di cuenta de que había suspensión de clases. Me sentí mal porque por mi estado de salud iba a ver menos a los niños. También me preocupaba porque las noticias eran bastante aterradoras. Decía: “Quizá ya no voy a ver a mis alumnos”. Yo venía de un hospital y me había costado recuperarme de la operación, por eso pensaba eso.

Además, fue difícil porque unos compañeros maestros se habían quedado encargados de mis niños. Ellos tenían mis libros, se los había dejado para que trabajaran con los estudiantes. Y, cuando declararon cuarentena, ya no podíamos ir a la escuela a traer los materiales. Al final, me tocó buscar información de los contenidos en internet para ir trabajando con los niños.

¿Cómo se sintió cuando comenzó a trabajar con la modalidad a distancia?
Se siente nostalgia. Quiérase o no, los niños le llenan a uno algunos momentos. A veces, me pongo a acordarme de sus caritas cuando les estaba dando las clases, de todo lo que hacían, y me hace falta. Me hace mucha falta estar con ellos. Uno se acostumbra a ese trabajo, a estarlos viendo a diario. Y, aunque parezca mentira, se siente el vacío cuando ya no los ve.

Si esto sigue, me preocupa que llegue un momento en que los niños ya no quieran estudiar, que ya no quieran continuar. Me inquieta que los papás digan: “No, mejor ya no vas seguir”. Que no nos ayuden. Porque ellos también se cansan de estar haciendo las tareas o estudiando junto a sus hijos. Eso demanda tiempo.

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¿Qué es lo que más extraña de las clases presenciales?
Íbamos trabajando bien con los estudiantes. Eso me impactó bastante porque ya no pude seguir el ritmo de lo presencial. Antes de la pandemia, estábamos trabajando de la mano con los papás y con los niños. Estábamos haciendo algo juntos. Pero, con todo esto, me sentí frustrada. Como maestra, me había forjado metas y, después, yo decía: “Ya no voy a lograr lo que me había propuesto”.

Usted trabaja con niños que viven en situación de pobreza extrema, y eso vuelve más complicado el contacto virtual. ¿Cómo ha sido su trabajo con ellos?
A veces, me siento atrapada. No encuentro qué hacer. Hay niños con los que, por la pandemia, no he tenido mucho contacto. Además, a mí me operaron a finales de febrero, entonces hubo un tiempo en el que no estuve con ellos, como 15 días. A los 15 días, se dio esto. Ahí yo me sentí peor todavía, porque los había dejado y sabía que no iba a ser fácil recuperar todo. Además, uno sabe cómo van rindiendo los alumnos, que cada uno aprende de maneras diferentes. Tenemos niños que agarran las cosas bien rápido y tenemos otros con los que se debe ir un poco más lento. Pero el esfuerzo se hace con todos. Si al niño le cuesta un poquito, uno se va acomodando a sus formas de aprender.

¿Qué alternativa le ha quedado para evitar la deserción?
Con la pandemia se ha vuelto más complicado. A mí se me hace más difícil ir a sus casas por mi problema de salud. Es riesgoso para mí. E, incluso, si yo me enfermo en el camino y llevo eso a los hogares de los niños, también es peligroso para ellos. Por eso, busqué maneras de comunicarme. Ya tenía los números de teléfono de algunos papás. El problema fue que muchos habían cambiado el número de celular o lo habían perdido, ahí la comunicación no fue tan eficiente. Por eso, unas mamás me ayudaron a recopilar los números, y con los que yo ya tenía en mi archivo, logré comunicarme. El problema más grande me lo encontré con los que no tienen teléfono.

¿Cómo se ha organizado para dar las clases virtuales o a distancia?
Con algunos nos comunicamos hablando por WhatsApp, pero desde ya hace tiempo me dicen que el teléfono no tiene mucha capacidad, que tiene poco espacio. Entonces, para recibir la clase no les alcanza. Son pocos los que se conectan a la sesión virtual. Por eso, lo que estoy haciendo es que lo que yo doy en las clases, se los mando al grupo de WhatsApp. Pero, incluso así, algunos no lo pueden recibir, por lo mismo, porque no tienen espacio.

Comencé dando las clases por Zoom. Estuve así un tiempo, luego dijeron que esa plataforma era muy pesada, y que por eso no todos se conectaban. Después, entré a Meet, que es con la que estoy ahorita. Con esa me he quedado para no estar moviéndonos de plataforma. Pero pasa lo mismo, no todos entran porque para eso hay que gastar en internet, y la gente no tiene.

Fotografía de Wendy Urbina

Además de los materiales virtuales, ¿de qué otras maneras ha intentado acercarse a los alumnos?
Con las guías impresas. Al principio, los papás venían y pagaban para que se las sacáramos. Pero, para esta tercera fase, nos enteramos de que Soleterre estaba ayudando a imprimirlas. Ahí, comencé a preguntar en el grupo que quiénes necesitaban guías. Eso les salía mejor porque no tenían que comprarlas. Así, comenzaron a anotarse, hicimos una lista y las vinieron a traer.

Empezaron bien. Luego, quizá sentían más complicado, no sé por qué, pero ni el teléfono me contestaban. Ahí estaba yo llama y llama para decirles que ya estaban las guías, y no venían a traerlas. Entonces, lo que hago ahora es que cuando viene alguien a recoger la de su hijo, y vive cerca de otros niños, le doy las guías de los que viven en su zona. Por ejemplo, si viene de Las Flores, él se las lleva todas. Lo otro que me ha tocado hacer, para los niños que sus papás no pueden venir a recoger las guías, es mandárselas en una mototaxi.

¿Por qué hace ese tipo de esfuerzos?
Porque yo me podría poner a pensar que por capricho no quieren venir a traer los materiales o no quieren entrar a la clase. Pero intento entenderlos, ponerme en sus zapatos, y sé que las situaciones que viven son complicadas. Además, puede ser que los papás no vengan porque se están cuidando del virus y están protegiendo a sus hijos.

¿Cuántos alumnos se conectan en las clases virtuales?
No son muchos, son como 10 u 11, pero no es siempre. Hay unos que reciben clases con la ONG que les reparte las guías. El día que reciben esa clase, se me conectan menos. Hay momentos que son más difíciles. Una vez, solo una niña se me conectó, pero yo seguí. Le dije: “mire, hija, por usted voy a dar la clase, porque está aquí y no la voy a dejar”. Entonces, no, no es el 100% de los niños el que recibe las clases. Lo que intento es hacerles folletos y materiales que a ellos les sirvan, porque sé que no todos pueden conectarse. Por ejemplo, para el mes de la independencia, les mandé un folletito de los símbolos patrios para que lo tuvieran, lo fueran pegando y lo estudiaran. Y como en el programa de la clase también venía eso, les salió bien. Aproveché a mandárselos de una vez con las guías.

¿Cómo han sido para usted los días en que solo se le conecta una alumna?
Me siento mal, no encuentro qué hacer, porque digo: “Bueno, y mi trabajo ¿dónde queda? ¿Cómo voy a hacer con ellos? No están aprendiendo”. Y ese es un problema que tenemos todos los educadores, porque los niños se desmotivan, se van acomodando a no hacer las cosas o sienten difícil el aprendizaje cuando no tienen a nadie que los acompañe o les esté explicando.

¿Qué pasa con los estudiantes que ya no quieren o ya no pueden seguir?
A mí se me habían ido unos estudiantes. Dijeron que ya no, y ya no. Pese a eso, yo siempre les mandaba las guías. Y una vez vino una de las mamás y me dijo: “Necesito platicar con usted, porque mi hijo sí va a seguir. Quiero que pase, no quiero que pierda el grado. Yo le voy a ayudar”. Se llevó las guías y ya fue otro niño que recuperamos. Luego, otro alumno que también me había dicho que ya no, me llamó para decirme: “Mire, voy a seguir”, y me mandó unas cositas que había hecho. Eso para mí fue un logro, porque había trabajado con pocos recursos.

Fotografía de Wendy Urbina

Los trabajos me los mandan por los grupos de WhatsApp. Ahí tengo las fotos de los trabajitos que me van compartiendo. No nos estamos comunicando tan seguido, pero cuando hay algo que explicar, me preguntan y yo les digo. También me mandan las evidencias de lo que han hecho. Por ejemplo, el otro día, les dejé de tarea que me hicieran un metro. Luego, les pedí que se midieran, que midieran la puerta y que me mandaran fotos de cómo lo habían hecho. Me compartieron fotos de ellos midiendo todo en la casa.

Teniendo en cuenta las condiciones en las que los alumnos están haciendo sus tareas, ¿cómo se siente cuando las recibe?
Me siento alegre porque, a pesar de las circunstancias, las están haciendo. Están intentando. El otro día, un niño me decía: “Es que, maestra, yo no puedo”. Y yo le daba ánimos y le decía: “Sí puede, no importa cómo lo haga. Lo que importa es que está aprendiendo”. Lo que veo como docente es su esfuerzo, eso también lo valoro. Por eso, cuando hacen algo, como sea, para mí, es un logro.

¿Qué ha sido lo más cansado de ser maestra en medio de esta crisis?
Querer alcanzar algo y verlo difícil. Es complicado luchar contra esta situación, porque no podemos avanzar como deberíamos. Estos últimos días, me ha tocado estar insistiéndoles a los papás para que vengan a traer las guías, y no han querido. Hasta les puse en un mensaje que el aprendizaje de los niños era tanto responsabilidad mía como de ellos, porque yo recibo las guías para entregarlas. Ahí vi que cambió un poco la actitud. Pero igual, se las sigo mandando en mototaxi, porque tienen que continuar. Y, además, pienso que estas guías les van a servir también el otro año, para reforzar a los niños que no dieron su porcentaje completo o que no lograron asimilar bien los contenidos.

Una vez, solo una niña se me conectó, pero yo seguí. Le dije: “mire, hija, por usted voy a dar la clase, porque está aquí y no la voy a dejar”. Entonces, no, no es el 100% de los niños el que recibe las clases. Lo que intento es hacerles folletos y materiales que a ellos les sirvan, porque sé que no todos pueden conectarse.

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¿Considera que la estrategia de clases por televisión ha sido efectiva?
No con todos, porque algunos tienen televisión y no les llega el canal 10. Les decía yo que lo podían ver por internet también, pero algunos no tienen o la red no les da para mucho. Ellos, sin embargo, intentan trabajar con lo que tienen. Unos sí estudian con lo que ven en el canal 10. Otros trabajan con las guías que yo les hago llegar. Algunas mamás fueron sinceras y me dijeron que les salía mejor que el niño se quedara con lo que dan en la televisión. Me explicaron, al principio, que les quedaba lejos aquí para recoger las guías.

¿Cómo ha hecho para poner notas a los estudiantes?
Hay unos niños que no están recibiendo las clases porque no tienen ni televisión. Viven en extrema pobreza. Tampoco tienen celular. Otros de mis alumnos están trabajando con Soleterre. Ahí yo le pregunto a la coordinadora quiénes están yendo, porque eso me va a servir para evaluarlos. En el caso de la nota del primer periodo, tomé en cuenta lo que habían hecho al principio del año, porque ellos rindieron. En los primeros meses de clases presenciales identifiqué cómo trabajaba cada niño y qué le costaba. Eso me ha ayudado bastante a la hora de evaluar.

¿Qué le preocupa si la pandemia continúa y el siguiente año no se vuelve a las clases presenciales?
Si esto sigue, me preocupa que llegue un momento en que los niños ya no quieran estudiar, que ya no quieran continuar. Me inquieta que los papás digan: “no, mejor ya no vas seguir”. Que no nos ayuden. Porque ellos también se cansan de estar haciendo las tareas o estudiando junto a sus hijos. Eso demanda tiempo. Sin embargo, algunos sí han ayudado. En esos casos, se nota el apoyo, porque los niños responden de manera diferente. También se nota cuando los estudiantes no cuentan con ayuda. Los niños se vuelven irresponsables y ya no quieren trabajar.

Sé que tenemos alumnos que, aunque quieran, no pueden seguir estudiando. Por eso los maestros estamos haciendo la lucha por un lado y por el otro, no todos de la misma forma, pero la estamos haciendo.

 


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