Las mujeres que sacan adelante a sus familias y al cantón

Fotografías de Julio Umaña

A Reina Valdales la Tormenta Amanda le destruyó la mitad de su cosecha de maíz. Lo cuenta como si fuera algo habitual. Porque, en efecto, no es la primera vez que le pasa. En el Cantón San José El Naranjo, donde ella vive, ya están acostumbrados a ver cómo las tormentas acaban con sus medios de vida. Esta situación, sin embargo, no deja de representarles una tragedia.

Después de la tormenta Amanda solo le quedó maíz para el consumo familiar. Cuando las tormentas o las sequías no le destrozan la siembra, logra sacar 40 sacos de maíz. 20 para vender y 20 para su hogar. Eso le tiene que alcanzar para todo el año. Cuando el tiempo es bueno y puede recoger toda la cosecha, con lo que vende le alcanza para comprar, de vez en cuando, un poquito de pollo, carne, crema y queso para acompañar las tortillas y los frijoles. Vende, cuando se puede, a $30 el saco de maíz. Con los 20, hace $600. Es decir, $50 para vivir cada mes. Pero, como suele pasar, el saco se lo compran a $18, le dan $360 por los 20. Así, le quedan $30 mensuales. Pero, este año, no va a tener ni eso.

Hay una parte de la economía que no puede verse distante de la sostenibilidad de la vida, señala la economista Tatiana Marroquín. Es el caso de las producciones que se tienen en los espacios rurales, que son para consumo propio y para la sobrevivencia. Entonces, explica, una pérdida de esa magnitud en las cosechas afecta gravemente la vida de las familias, porque lo ocupan para alimentarse.

“Cuando vemos que ellos tienen producciones no solo para autoconsumo, sino para el consumo de las familias en las ciudades, nos damos de cuenta que también se ve impactada la economía a nivel agregado. Es decir, que si se afecta la economía de lo rural, se afecta la economía en todo su conjunto. Por eso es tan importante entender que la economía y la sostenibilidad de la vida están íntimamente ligadas”, dice Marroquín.

“Esta pérdida me va a afectar bastante. Uno a veces en el hogar necesita de un par de zapatos o de un pantalón, con eso se limita, porque ya no tiene para comprarlo. En la salud también afecta, porque si a mí se me enferma un niño, vendo un poquito de maíz de lo que he sacado de la cosecha y ya hago unos centavos para ir con el doctor. Porque aquí clínica hay, pero a uno no le dan nada. Es como que no hubiera”, explica Reina.

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PERDER LO POCO QUE SE TIENE

Para Reina, de 50 años, estos han sido días de pérdidas. Ella, que no tuvo hijos biológicos, crio a dos sobrinos desde que eran unos bebés. Y, hace dos meses, José, el mayor de ellos, enfermó. Comenzó a sentir náuseas e hipo muy fuerte. De inmediato, Reina lo llevó al médico para que lo revisara. El doctor le dijo que, aunque el niño no tenía fiebre ni gripe, parecía tener algunos síntomas de neumonía, porque la flema se le había acumulado en los pulmones. Le puso terapia respiratoria, le dio un antibiótico para aflojar la flema y les dijo que volvieran al día siguiente para evaluar su estado de salud. Así lo hicieron. El diagnóstico fue el mismo. Ese día, al regresar de la consulta, lo vio triste, ya no quiso comer ni tomar suero. Lo único que tomó fue un poquito de agua, y, dice Reina, se le murió en los brazos. Tenía 12 años.

“Aunque el año ya era difícil, con mis dos hijos aquí en la casa yo me sentía bien. Siempre he sido una persona así, bien fuerte, que no me gusta que me vean que me levanto triste. Por eso, aunque tenga algún problema siempre me rio con la gente. Pero, después de lo de mi niño, sí me he sentido mal. Incluso, he estado yendo a la clínica y me han dado un medicamento para la presión y unas pastillas para el corazón, porque, a veces, siento que me hace bien feo”, cuenta.

Monitoreo. Reina es la encargada de monitorear a diario la cantidad de agua que ha caído en la zona. Con eso, las mujeres toman decisiones sobre los momentos más oportunos para sembrar.

Reina tiene la mirada profunda y dulce. Su cabello es negro y corto, con colochos que dan vueltas sobre sí mismos. Sobre ella recaen todas las responsabilidades del hogar. Desde hace siete años, cuida a su madre, a quien varias complicaciones de salud le impiden caminar. Pasa de la cama a la silla de ruedas. Por eso, Reina, además de tener que llevar el alimento a su casa, debe también comprar todo lo que su mamá necesita para uso personal y de salud.

San José El Naranjo está ubicado en Ahuachapán, departamento que, según la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2019, es el segundo con mayor porcentaje de hogares en condición de pobreza del país. El documento también señala que Ahuachapán ocupa la misma posición en los departamentos que presentan los ingresos más bajos. Y, además, se agrega que el promedio mensual de ingresos en el área rural es casi $300 menor que en el área urbana.

La cuarentena por la pandemia de la Covid-19 llegó a agravar la situación de Reina, pues durante los meses que se mantuvo el cierre económico, ella no pudo salir a hacer su “ventecita” de ropa con la que se ayudaba para los gastos del hogar. Además, cuenta que, de alrededor de 700 familias del cantón, solo 20 recibieron el bono de $300 dólares que el gobierno prometió para las familias más necesitadas del país. Ella, que este año se vio en una situación sumamente precaria, no salió “beneficiada”. Tampoco han recibido apoyo cuando los inviernos o las sequías destruyen sus cosechas.

“El gobierno está bastante aislado de nosotros, porque como se ve, ellos solo se centran donde la gente pasa, ve y les dice “qué bonito tiene el presidente”, pero en las comunidades estamos con muchas necesidades y con nada de ayuda. Nosotros aquí estamos abandonados por parte del gobierno. Estamos abandonados por el Estado”, comenta.

Este año, para evitar atravesar temporadas de escasez económica y alimentaria, como les pasa con frecuencia, comenzaron un proyecto de huertos caseros. En marzo, recibieron las semillas y comenzaron a sembrar chiles, tomates, pepinos, berenjenas, pipianes y lechugas. Así que, cuando la pandemia se encontraba en la etapa más crítica, ellas ya estaban viendo los primeros frutos de su trabajo.

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EL CAMBIO CLIMÁTICO NO PERDONA AL CANTÓN

San José El Naranjo es un cantón caliente y húmedo. Aquí, abundan las casas de adobe, bajareque y algunas láminas. Cuando ha llovido, las grietas de las calles se llenan de lodo y caminar sin tropezar se vuelve difícil por la condición en la que se encuentran algunas sendas. Para llegar a las casas de algunos de sus pobladores, hay que pasar por un puente que atraviesa un río. Es decir, caminar es la única opción. Entre las calles deshechas y las casas a medio hacer, la vulnerabilidad del lugar es un hecho indiscutible. Y, al cantón, el cambio climático lo azota sin piedad.

“El Salvador es un país altamente expuesto a los efectos del cambio climático”, explica Enrique Merlos, coordinador de Desarrollo territorial de la Fundación Nacional para el Desarrollo (Funde). “Según las investigaciones que ha hecho el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el 88.7% del territorio se considera como una zona de riesgo, pues es propenso a inundaciones, deslizamientos y sequías. En ese 88.7% vive el 95.4% de la población. Es decir que, básicamente, casi todos los salvadoreños están expuestos a algún tipo de vulnerabilidad”, dice el experto.

En ese sentido, los inviernos suelen ser crueles para El Salvador. Elsa Ramos, investigadora y docente de la Universidad Tecnológica (UTEC), explica que durante los últimos años se ha observado que en un día puede caer la misma cantidad de agua que antes caía en una semana, en quince días o, incluso, en un mes. Y, lo que va del 2020 no ha sido la excepción: “con las tormentas tropicales Amanda y Cristóbal recibimos en ocho días la cantidad de agua que habríamos tenido que recibir prácticamente entre cuatro y seis meses. Eso fue devastador para las cosechas”, explica Ramos.

“Para nosotros este ha sido un año desastroso, porque la tormenta Amanda fue corta, pero tuvo un impacto de destrucción como de un mes. Eso no pasa todos los años, porque no siempre vienen las tormentas con huracanes. La mayoría de personas del lugar tuvo pérdidas. Algunas se quedaron casi sin nada”, cuenta Reina, mientras camina con gran destreza entre el barro que cubre algunas calles empinadas.

Agua. Las mujeres recogen agua durante la época lluviosa para poder regar sus huertos cuando vengan los días de sequía.

Durante este año, y en el contexto de la pandemia, el tema ambiental ha quedado, dice Ramos, “ni siquiera en un segundo plano. Si no tomamos medidas en este momento, la crisis climática por la que ya estamos atravesando se va a convertir en un desastre. No en un desastre natural, sino en uno social. Porque las personas necesitan tener un medioambiente sano para tener una calidad de vida digna y humana”.

Ante esta situación, indica Gregorio Ramírez, técnico de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), en El Salvador es necesaria una política de adaptación. “Con el gobierno anterior se tuvo una. Sin embargo, con este no se le ha dado seguimiento. Es importante una política que permita crear las estrategias para que el país pueda generar resiliencia, ya sea a través de proyectos concretos, como la educación ambiental para la adaptación, o a través del mejoramiento de algunos sistemas de producción”. También, dice, es necesario contar con una Ley de Cambio Climático que dé lineamientos e institucionalice el tema.

“La CEPAL dice que la recuperación de los países centroamericanos, teniendo en cuenta los impactos del Covid-19 y también el cambio climático, va a tardar en promedio de 6 a 10 años. Estamos hablando de aproximadamente una década para que nosotros podamos como país comenzar a adquirir el desarrollo que teníamos en el 2019”, agrega Ramos.

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ORGANIZACIÓN Y RESILIENCIA COMUNITARIA

Las mujeres del cantón San José El Naranjo han buscado formas de paliar las crisis que las golpean: el cambio climático y el hambre. Se han reunido, desde 2008, para hacer jornadas de limpieza y reforestación en sus comunidades. Decidieron, para ganar espacios que siempre se les habían negado, crear la Asociación de Mujeres Jujutlecas. Son 31 mujeres de 6 comunidades las que se han formado en temas de género y medio ambiente para, según cuentan, “proteger su territorio”.

Este año, para evitar atravesar temporadas de escasez económica y alimentaria, como les pasa con frecuencia, comenzaron un proyecto de huertos caseros. En marzo, recibieron las semillas y comenzaron a sembrar chiles, tomates, pepinos, berenjenas, pipianes y lechugas. Así que, cuando la pandemia se encontraba en la etapa más crítica, ellas ya estaban viendo los primeros frutos de su trabajo.

Reina, que es la presidenta de la asociación, dirige la caminata para visitar los huertos de las seis mujeres que la acompañan. Ella va al frente, con pasos firmes y largos. Y, de vez en cuando, vuelve la mirada para asegurarse que ninguna se ha quedado. Todas la siguen con naturalidad, y cuando se trata de explicar algo sobre las siembras, le ceden la palabra. Lleva tenis, jeans azules y una camiseta verde. Espera y extiende la mano cuando se cerciora de que alguien tiene problemas para subir por alguna vereda. Sonríe y dice: “hasta uno que ya está acostumbrado a andar aquí se cae a veces”.

Los huertos suelen estar ubicados en alguna esquina de los patios de las mujeres. A veces, es lo único verde que se puede ver entre los espacios llenos de tierra y barro. Están cercados con una malla ciclón que se detiene en cuatro troncos o ramas gruesas clavadas en el suelo. Cada mujer, cuando le llega el turno de mostrar su huerto, se acerca a las plantas y, como en este momento no todas tienen verduras, las señalan para explicar de qué es cada una. A pesar del tiempo, se siguen sorprendiendo con el tamaño de las berenjenas y de los pipianes, que más parecen ayotes. Cortan, aprovechando el momento, algunos tomates que ya están en su punto, y, agarrándolos con las dos manos, los muestran con orgullo. Eso les ha dado de comer durante la pandemia. Y, aunque han perdido sus cosechas y, sus familiares, los empleos, las sopas de verduras no faltaron durante estos meses.

La primera cosecha les llegó en buen momento. Ahora, muchas ya esperan con emoción la segunda y, otras, hasta la tercera. Hablan de sus huertos con ternura. Como quien se refiere a algo a lo que le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Una de ellas dice que lo trabaja junto a sus dos hijas. Ahí, cuenta, les enseña a cuidar el medioambiente y a ser responsables con la tierra.

Reina habla con seguridad y sonríe con los ojos mientras conversa. Toca, de vez en cuando, la cartera de manta que lleva en el hombro, como para asegurarse de que sigue ahí, que no la ha perdido. Cuenta, con la voz cargada de emoción, que los huertos han sido un éxito. Ella, a pesar de los riesgos de la pandemia, se ha encargado durante estos meses de visitar a las 31 mujeres que forman parte del proyecto. Asegura que, en estos tiempos de crisis, esas verduras han sido un gran alivio para su economía. Quien la ve y la escucha hablar no podría imaginarse la difícil situación que tuvo que atravesar hace apenas unas semanas.

“Hubo un día que yo les dije a las compañeras que iba a dejar todo botado. Pero ellas me animaron a seguir adelante. Por eso, he reflexionado y pienso que todo este esfuerzo tiene que valer la pena. Y seguí. Ocho días tenía de habérseme muerto el niño y yo ya andaba visitando los huertos. Cualquiera de los que me veían podía decir que yo no sentía nada. Pero no era eso, lo que pasa es que desde que acepté el compromiso con la comunidad, tengo una responsabilidad con la gente”, comenta.

Estos proyectos son importantes, dice Ramírez, porque buscan que “en las comunidades se creen capacidades e iniciativas que demuestren que, de manera sustentable, ecológica, equitativa y programática, se pueden implementar acciones que contribuyan a generar condiciones para la adaptación al cambio climático”.

Juntas. Las mujeres de la comunidad elaboran con elementos naturales los fungicidas y pesticidas que utilizan en sus huertos. Lo hacen de manera conjunta.

El objetivo de los huertos familiares, dice Reina, es siempre tener garantizado el alimento. “Durante la pandemia, las mujeres hemos comido, y lo que no nos alcanzamos a comer, lo regalamos a quienes no tienen huerto. También vendemos una parte de la cosecha. Ya con eso podemos llevar ingresos. Por ejemplo, yo saqué bastante pepino. No me lo alcancé a comer todo, entonces regalé una parte y la otra la vendí. Si logré vender $5, con eso ya tenía para comprar sal y azúcar”, cuenta.

Reina es enfática en la necesidad que tienen las mujeres de apropiarse de los espacios. Busca, entre otras cosas, que sus compañeras del cantón logren autonomía. En ese sentido, Marroquín menciona que “el empoderamiento económico es elemental para que las mujeres se puedan sentir independientes, no solo en organizarse, hablar y decir lo que piensan, sino también en que tengan la capacidad económica de estar en situaciones de libertad”.

Para esto, dice Ana Castillo, coordinadora de Soleterre, ONG que trabaja con OSC comunitarias con enfoque de Derechos Humanos, es importante que las mujeres ocupen espacios de liderazgo dentro de las comunidades, pues históricamente se ha buscado excluirlas. “Se suele pensar que las mujeres no tienen capacidades ni propuestas, cuando es al contrario. Está demostrado que ellas tienen grandes capacidades en términos organizativos, y que pueden abonar mucho a acciones de desarrollo como tal”, explica.

También agrega que, en las zonas rurales, como en gran parte de la sociedad salvadoreña, la mayoría de familias están a cargo de las mujeres. “Entonces, ellas llevan la responsabilidad de sus hijos e hijas y, por tanto, el tema de la comunidad les compete. Ahí, ellas son protagonistas”, comenta.

Reina y las mujeres de la organización trabajan sus huertos con repelentes y abonos orgánicos. Eso es parte de la lucha por mejorar las condiciones medioambientales en su cantón. Sueñan poder enseñar a otras mujeres a cosechar en huertos caseros, y que el siguiente año sean más las que se sumen a la iniciativa.

“Este proyecto nos ha ayudado psicológica y económicamente. Cuando estábamos en la cuarentena, nos dedicábamos a cuidarlos. No andábamos pensando en que nos íbamos a enfermar. Por eso, vamos a tratar la manera de trabajarlos mejor. Estamos pensando en que, cuando ya estemos bien superadas, y que ya saquemos bien adelante los huertos, vamos a abrir un mercadito para las mujeres. Esa es mi visión”, concluye Reina, y vuelve a sonreír con la mirada.

Reapertura económica: empresas endeudadas y clientes insatisfechos

Fotografía de archivo
Fotografía de archivo

Vera Mejía pagó por un servicio que no recibió. En enero, se inscribió en un nuevo gimnasio. El lugar le pareció atractivo porque le quedaba cerca de la casa. Al comenzar, pagó la membrecía anual y una promoción por tres meses. Llevaba mes y medio cuando se declaró el Estado de Emergencia Nacional y cerraron las instalaciones. Ella continúo haciendo ejercicio en su casa, con la certeza de que al reabrir la economía podría volver al gimnasio a completar el tiempo que le había quedado pendiente.

El 24 de agosto el gimnasio anunció que podían acercarse o hacer una llamada para comenzar el proceso de reingreso. Vera llamó para informarse sobre cómo iba a funcionar todo con la reapertura. Para su sorpresa, le comunicaron que tenía que pagar una nueva mensualidad, pues las que había cancelado ya no tenían vigencia. “Los meses se vencieron”, le informaron.

En casos como el de Vera, lo primero que se debe tener claro, dice Nelson Martínez, asesor jurídico del Centro para la Defensa del Consumidor (CDC), es que toda adquisición de bienes o contratación de servicios va acompañada de derechos. Entre ellos, ser protegidos de cobros por servicios no prestados. Ante estas situaciones, se debe hacer un reclamo que permita al consumidor recibir una compensación si los servicios son entregados en calidad o cantidad diferente a la ofrecida.

Martínez explica, además, que esta “situación excepcional” no solo ha afectado a los consumidores, también ha impactado a las empresas que prestan servicios, debido a la ausencia de una regulación que las proteja y apoye a los clientes. Por eso, dice, “lo importante es buscar una salida que beneficie a ambas partes”.

“Yo les pregunté: “¿cómo es que se me vencieron los meses si el gimnasio estaba cerrado, todo estaba cerrado?” Pagué por anticipado para que se me brindara el servicio, y no lo hicieron”, dice Vera.

El Informe de Coyuntura Económica mayo 2020 de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (Fusades) muestra que en marzo de este año el índice de Confianza de los Consumidores se “deterioró rápidamente”, causando un retroceso en el incremento logrado desde el 2017. “Este es otro indicador que registró la mayor reducción mensual a lo largo de la serie histórica”, dice el análisis.

Vera hizo llamadas al gimnasio y no obtuvo respuesta. Luego, optó por hacer una denuncia en Twitter. El gimnasio la bloqueó de la red social. Después de un tiempo, la desbloquearon y le pidieron disculpas. La invitaron a acercarse a las instalaciones para llegar a un acuerdo, pero la solución que le brindaron fue pagar otra promoción de tres meses y, con eso, ellos le “regalarían” 15 días más.

Ante esa situación, ella investigó si la Ley de Protección al Consumidor la defendía, y se dio cuenta de que sí. Por lo que puso una denuncia en línea en la Defensoría del Consumidor, de la que aún espera respuesta.

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SIN PODER DEVOLVER EL DINERO

Según el Informe de Análisis Económico publicado en septiembre por Fusades, el sector servicios fue el segundo más afectado durante la pandemia, después de la construcción, pues cayó en promedio -75.7 puntos. Sin embargo, en los últimos tres meses logró recuperarse un poco, llegando, en agosto, a -58.3 puntos.

Salvador Linares es dueño de un gimnasio desde hace cuatro años. Comenta que el negocio estaba teniendo un buen momento cuando comenzó la pandemia. El cierre ha sido duro para él. También lo ha sido para los dueños de los 30 gimnasios de la asociación a la que pertenece. Cuatro de ellos tuvieron que cerrar. Además, se ha dado cuenta de, al menos, otros cinco, que no pertenecen a la asociación, que también se vieron obligados a no continuar.

“Nuestro ámbito ha sido bastante afectado. En nuestro caso, muchas personas dependen totalmente de su negocio, y les ha tocado cerrar por eso mismo, pues no hay ingresos mientras no se pueda abrir. La maquinaria, el mantenimiento, el personal y el local cuestan bastante. Ha sido difícil pagar la renta. Nos ha costado incluso ahora que ya se puede abrir”, comenta.

Fotografía de archivo

Salvador no ha abierto su gimnasio. Dice que logró mantenerse los primeros dos meses del cierre, pero, luego de ese tiempo, le fue imposible. Por eso, comenzó a dar entrenamientos personalizados en casas. Él sabe que su salud corre peligro. También está consciente de que es arriesgado para los clientes. Pero, para él, esa es la única manera de sacar adelante su hogar.

La mayoría de clientes de Salvador ya habían pagado su mensualidad cuando se declaró cuarentena nacional. Ahora, no encuentra la forma de devolverles el dinero. No sabe qué va a hacer. Los clientes le han dicho que quieren reintegro, pero él no tiene la solvencia económica para hacerlo.

“Para mí es complicado porque pasamos muchos meses sin trabajar, y son varias personas las que han pagado. A todos nos ha afectado esto, creo que deberíamos agarrar parejo y no exigir que se regrese todo el dinero. Yo sé que es pérdida, pero todos hemos perdido. A mí sí se me dificulta hacer esa devolución”.

Martínez, del CDC, explica que las empresas no tienen la opción de no devolver lo que ya han recibido. Deben buscar la forma de responder a sus clientes, ya sea brindando el servicio en una fecha distinta, reintegrando de forma parcial, bajando el precio de cuotas posteriores si es una suscripción sujeta a plazo. “Los derechos de los consumidores son irrenunciables por lo que, para ambas partes, conviene solventar la situación por los Medios Alternos a la Solución de Conflictos establecidos en la Ley de Protección al Consumidor”, comenta.

Ante la ausencia de una regulación especial que ayude resolver este tipo de conflictos, Samuel Salazar, director de Proinnova de Fusades, dice que es necesario que las partes busquen alternativas. “Lo primero que se debe hacer es conversar con el cliente. Si esto se hace así, el usuario va a entender perfectamente la situación en que se encuentran. Lo que hay que buscar es algún mecanismo de solución”, explica.

Sin embargo, para esto, dice, también es necesario que se brinde un plan a las empresas, pues se requiere de asesoría para, por ejemplo, enseñar a un gimnasio cómo puede virar su negocio a ofrecer servicios en línea o dar asistencia personalizada a las personas con las que ya adquirió el pasivo. Lo importante, en estos casos, es que el cliente sepa que la empresa sigue de su lado.
Salvador hizo un sondeo para saber si sus clientes estaban dispuestos a volver, pero la mayoría le respondió que, por la situación, tiene miedo. Por eso, considera que “no sale” abrir solo para las personas que ya le habían pagado y le piden devolución de dinero. “Con eso ni siquiera sacaríamos para lo de la renta, y algunos no pagamos poco. Y no es solo eso, también hay que pagar recibos y personal”.

Diego Tovar, mercadólogo y catedrático de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), dice que, desde el inicio de la pandemia, las empresas no han recibido información clara sobre medidas de apoyo a las que pueden tener acceso. Tampoco se les ha dado la orientación que se requiere en estos casos, especialmente, porque las empresas de servicios dependen casi totalmente del contacto directo con sus clientes.

“No hubo un acercamiento de las autoridades correspondientes para guiar a estos negocios para ver cómo se hacía un plan de cierre y de reactivación. Ahí sí se ha fallado porque no hay ningún apoyo directo. No dieron capacitaciones o indicaciones a la medida de cada rubro. A muchas empresas de servicios les tocó parar completamente y no se les dijo qué hacer en esa situación”, explica.

La mayoría de clientes de Salvador ya habían pagado su mensualidad cuando se declaró cuarentena nacional. Ahora, no encuentra la forma de devolverles el dinero. No sabe qué va a hacer. Los clientes le han dicho que quieren reintegro, pero él no tiene la solvencia económica para hacerlo.

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EMPRESAS ABANDONADAS

La esperanza de Salvador, y de otros miembros de la Asociación de Gimnasios, es recibir algún tipo de apoyo del gobierno. Le escribieron una carta al presidente de la república, Nayib Bukele, solicitando su ayuda, pero no obtuvieron respuesta. También ven complicado poder acceder a créditos u otro tipo de beneficios, porque no cumplen con los requisitos que se les solicitan.

“El gobierno ayudó a la Federación de Gimnasios, pero los independientes nunca tuvimos apoyo. Sí mencionaron que iban a ayudar a las pequeñas empresas, pero piden cosas demasiado exageradas, como declaraciones de IVA, renta o seguros. Ya se sabe que muchos gimnasios pequeños no tenemos todo eso”, cuenta Salvador.

La Cámara de Comercio e Industria de El Salvador realizó, en mayo, una encuesta empresarial que reveló que el 91% de las empresas se vio afectado debido al cierre económico. En el sondeo se tuvo una participación mayoritaria de los sectores Servicios y Comercio, con el 86% de la muestra. Además, las micro, pequeñas y medianas empresas representan la mayoría de las unidades económicas participantes, con el 85% del total.

En el mismo sondeo se consultó a las empresas sobre las medidas que tomarían si el periodo de emergencia se extendía hasta mediados de junio, tal y como sucedió. Ante esa pregunta, el 33% de las empresas respondió que necesitaría solicitar un crédito.

En esta crisis, las micro y pequeñas empresas son las más vulnerables, explica Salazar. Quienes se encuentran en la informalidad son los que menos posibilidades tienen de acceder al mundo de la formalidad, en el que se encuentran los créditos. Incluso, para las micro y pequeñas empresas que están registradas también es algo difícil, explica, pues ni la banca nacional ni privada tienen recursos para apoyarlas a todas.

El 58.29% de las microempresas se vio «afectado completamente», muestra el Informe Situación de la empresa salvadoreña frente a la emergencia Covid-19, realizado por Departamento de Administración de Empresas de la UCA.

“El Estado no tiene los fondos necesarios para dar ayuda económica a las más de 300 mil micro y pequeñas empresas que hay en El Salvador, según la Encuesta 2018 de la MYPE. Los empresarios tienen que estar atentos a que den información clara, pero hoy por hoy no lo vemos a corto plazo. Entonces, lejos de estar esperando a que el Estado resuelva ese problema, las empresas deben comenzar a generar algunos mecanismos para intentar mantenerse a flote”, concluye.

Óscar Cabrera, presidente de la Fundación para El Desarrollo de Centroamérica (FUDECEN), dice que los criterios que ha definido el gobierno para que apliquen las micro y pequeñas empresas solo son para las que se encuentran en la formalidad. “Yo puedo acceder a un crédito solo si tengo una clasificación en el sistema bancario. Esto es prácticamente imposible. La última Encuesta de la Micro y Pequeña Empresa mostró que más del 90% no lleva ni registro de contabilidad”, comenta.

La Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (CONAMYPE) no cuenta con fondos para brindar apoyo de alivio económico a las empresas que lo necesitan debido a la crisis generada por la pandemia. Esa es la respuesta que se brinda en la línea de atención telefónica que han habilitado. Ahí, invitan al usuario a llamar al Banco de Desarrollo de El Salvador (Bandesal), explicando que a través de esa entidad se puede tener acceso a estos apoyos. Sin embargo, en Bandesal tampoco se encuentra una respuesta esperanzadora.

Gracia Chávez, encargada de prensa de la institución, explica que el apoyo que ellos están brindando, por el momento, es solo para sus clientes. Para acceder a los fondos que el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó para la recuperación de las MIPYMES, “BANDESAL debe gestionar la aprobación y ratificación de garantía soberana ante la Asamblea Legislativa”, dice un comunicado de la institución, con fecha 31 de agosto de 2020. Según Chávez, ese es un proceso largo.

Carmen Aída Lazo, economista y decana de la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN), dice que las medidas de ayuda económica para las empresas debieron comenzar a implementarse en marzo, junto a las medidas para proteger la salud. “Estamos en septiembre y todavía no se tiene claro quiénes pueden aplicar, quiénes no. No hay claridad en los fondos que se han asignado ni a dónde pueden acudir las empresas para buscarlos”, comenta.
Además, agrega que no solo se ha fallado en el tema de la ayuda económica, sino también en otros apoyos que podrían haberse brindado. “Era necesario acercarse a estas empresas, que requieren contacto con sus clientes, y formarlas con protocolos de bioseguridad, por ejemplo”, dice.
También, comenta que se necesita reforzar otros sectores que no se vieron tan afectados, para que los miembros de las empresas que cerraron en el sector servicios puedan integrarse a ellos. “De lo contrario, el nivel de desempleo va a aumentar de tal manera que va a ser muy difícil recuperarse. Es algo que ya estamos viviendo”.
Por eso, explica Cabrera, es grave que el gobierno no esté priorizado el destino de recursos para apoyar a estos negocios, que son la columna vertebral de la economía y del empleo. Su cierre significará un duro impacto para el país, ya que “de los 2.8 millones de ocupados que hay, dos millones pertenecen al sector informal, y estos están relacionados con las micros y pequeñas empresas”, dice.

El Informe de Coyuntura Económica de Fusades indica que, por cada empleo formal existen 2.5 empleos informales. Eso quiere decir que, si por cada persona que pierde su empleo en la formalidad, 2.5 lo pierden en la informalidad, “aproximadamente, 161 mil trabajadores en el sector informal perderían su fuente de ingresos entre abril y marzo”. Además, el informe indicaba, en marzo, que, si los trabajadores no recibían ingresos o si su ingreso se veía reducido al menos por dos meses, la pobreza pasaría de un 30.9% a un 40.7%.
“No sé si va a ser posible que muchas de estas empresas que ya cerraron puedan reabrir con el apoyo. Tampoco sé si las que lo están esperando logren mantenerse hasta que llegue. La respuesta del gobierno ha sido insuficiente y muy limitada. El común denominador en esta problemática ha sido la alta polarización política, la falta de acuerdos entre los poderes Ejecutivo y Legislativo”, dice Cabrera.
Además, agrega, esto es peligroso para el país, pues, si el apoyo no llega a las empresas, el impacto que se ha estimado en la caída de crecimiento económico de este año (-7,2%), el crecimiento en el número de pobres (600 mil personas) y la reducción de la clase media (pasar del 22% al 15%), podría ser mucho peor.

Salvador, aunque sabe que su situación es complicada, espera no tener que cerrar. “Ahorita todo es pérdida, pero estoy confiando en Dios para que me ayude. Siempre he sido bien dependiente de él, y espero lograr salir adelante con el trabajo que ando haciendo en las casas”, cuenta.

Los expertos coinciden en que hay un problema de claridad en la información sobre las medidas de apoyo económico a las que pueden acceder empresas.

¿Cómo cuidar la salud mental de los niños en medio de la pandemia?

Fotoarte LPG

Caleb tiene seis años. Es alegre, servicial y tiene la voz dulce igual que el carácter. Cuenta que antes le gustaba estudiar. Lo que más le agradaba de ir al kínder era jugar con sus amigos, a quienes ya no ha visto desde que suspendieron las clases presenciales. Tampoco se han comunicado por ningún medio. Los extraña y le hace falta compartir tiempo con ellos. Estar en casa todo el día lo hace sentir mal, aburrido y triste. Esto, en gran medida, se debe a la cantidad de tareas que le dejan, a las que, a veces, dedica hasta seis horas al día. Caleb, que este año cursa preparatoria, se pone a llorar porque, para él, la carga es desesperante.

El 11 de marzo, con una declaratoria de cuarentena nacional, fueron suspendidas las clases presenciales en todos los niveles de instituciones educativas públicas y privadas. A partir entonces, los niños, acostumbrados a asistir a los centros educativos y a convivir con sus compañeros, dejaron de hacerlo y comenzaron el esfuerzo por integrarse a la modalidad educativa que sus recursos les permitieran. La ruptura en sus rutinas y la carga de todo lo que implica la pandemia han tenido un impacto psicosocial y de salud mental significativo en sus vidas, indica el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Frente a esto, profesionales de la salud mental y ONG han incrementado los esfuerzos por llevar apoyo psicológico y emocional a la niñez salvadoreña. «Se está brindando atención, solo que ahora es en la modalidad virtual, a través de videollamadas o llamadas tradicionales. De manera que los niños, niñas y adolescentes tengan siempre este espacio para ser escuchados, orientados y para que puedan expresar sus emociones y preocupaciones», explica Yesenia Segovia, asesora nacional de protección de la niñez de Plan Internacional,

Esta, sin embargo, no ha sido una tarea fácil. María José Figueroa, coordinadora de la Clínica psicológica de Fundasil, dice que brindar atención psicológica a los niños es complejo, pues es difícil que ellos busquen apoyo por sus propios medios, y si lo hacen, el psicólogo solo los puede atender si tienen una autorización de sus encargados o cuidadores. Entonces, lo que suelen hacer es orientar a los padres para que sepan abordar a sus hijos.

Figueroa dice, además, que, con la virtualidad, la situación se complica más. Porque parte de la atención psicológica es tener control del ambiente. Y, en ese sentido, eso se vuelve difícil para el psicólogo que lo está atendiendo, pues solo puede tener acceso a una parte de la pantalla, mientras que lo demás escapa de su control. «Por eso intentamos ayudar más a los adultos, para que ellos desde un abordaje cálido, respetando sus derechos, puedan hacer más por sus hijos o por los niños que están a su cargo», explica

Yanci Valladares es madre de dos niños y una niña: Caleb, de seis, Nehemías, de 8 y Saraí, de 13. Para ella, estos han sido días difíciles, llenos de estrés y preocupaciones. Debido a la cuarentena, suspendieron su trabajo en una empresa que vende productos por catálogo. Las primeras semanas, logró sacar adelante los gastos del hogar con unos ahorros que tenía. Cuando ese dinero se acabó, comenzó a hacer comida para vender entre sus vecinos.

Desde que comenzó la pandemia, Yanci ha notado cambios en el estado de ánimo de los niños. «Ellos reaccionan distinto porque son bien diferentes. La niña, que antes era muy activa, ahora pasa mucho tiempo acostada. No se duerme, solo está ahí. El segundo niño se me pone más agresivo, por ratitos, cuando está estresado. Yo le digo «cálmese, hijo, tranquilo. Juegue, coloree, cante», pero él dice que no, que está aburrido. Al pequeño le agarra de llorar, se ha vuelto más sensible, se pone a llorar cada vez que le digo que no haga algo. Eso a uno lo desespera también», comenta.

Figueroa añade que, en el caso de los niños, ha sido frecuente ver dificultades en la conducta relacionadas con el encierro. «Se debe partir de que hay una multidimensionalidad de realidades dentro del marco de estar confinados. Hay niños que están viviendo en cuartitos chiquititos y hay otros que están viviendo en casas con jardín. Las reacciones serán distintas tomando en cuenta estas realidades en las que los niños y niñas están», explica.

La psicóloga dice que otro elemento a tomar en cuenta es que ha aumentado la cantidad de trabajo que tienen los padres, por lo que hay menos tiempo para los hijos. Entonces, hay una exigencia emocional que no está siendo suplida porque los cuidadores están ocupados en sus labores. «Esta desvinculación que se está dando es algo que tiene repercusiones en la conducta de los niños», dice Figueroa.

Yanci ha visto el impacto que ha tenido la pandemia en la vida de sus hijos. Pues, aunque no comprenden con exactitud lo que está sucediendo, se preocupan por lo que ven en la televisión, y le preguntan que «por qué ha venido un virus tan malo a matar a tantas personas inocentes». Eso los tiene alterados.

Edith Lue es psicóloga escolar. Trabaja con centros educativos del departamento de La Libertad. Ella explica que desde que comenzó la crisis por la Covid-19 ha atendido casos de niños que se han vuelto más inquietos, han mostrado cambios en su conducta y que ya no quieren estudiar.

Lue ha buscado formas para no dejar de brindar sus servicios como psicóloga escolar. Se reúne por WhatsApp, o por otras plataformas, con los estudiantes. Esto depende de los recursos con los que ellos cuenten. Puede ser que se comunique con sus padres por mensajes o, si los niños tienen acceso a una computadora e internet, lo haga a través de una videollamada. Sin embargo, por el tiempo que le demanda preparar las sesiones, su capacidad de atención ha disminuido. «Antes, atendíamos a dos niños al día, ahora atendemos solo a uno. Preparamos los materiales por la mañana y atendemos al niño por la tarde, porque mucho de nuestro material ha quedado en las escuelas», comenta.

Lazos. Los hijos de Yanci soy muy apegados a sus abuelos. Desde que no los pueden ver, han hecho un conteo de los días que llevan alejados.

En la escuela donde estudian los dos hijos mayores de Yanci, Nehemías y Saraí, hay un psicólogo que imparte charlas a través de Facebook Live para enseñar a los niños a organizar su tiempo, de manera que puedan adaptarse mejor a los cambios que han tenido. También ha sugerido hacer manualidades que les ayuden a distraerse y a sobrellevar la situación. Él ha dado su número telefónico a los padres por si los niños necesitan apoyo psicológico y emocional, pero Yanci no le ha llamado «todavía».

No todos los menores en edad escolar tienen acceso a atención psicológica en sus centros educativos. En 2018, según estadísticas del Observatorio del Ministerio de Educación (Mined), de los 589 centros escolares (C.E) ubicados en el departamento de San Salvador, solo 109 ofrecieron consulta psicológica a sus estudiantes, es decir, el 18 %. En el segundo departamento más poblado del país, La Libertad, 47 de 439 C.E realizaron este tipo de consultas, lo que corresponde a un 10.71%. En Santa Ana, el tercer departamento con más población, de 450 C.E, solo 47 brindaron este servicio de salud mental, que es igual al 10.24% de los C.E.

«Las psicólogas educativas no hemos abandonado a los estudiantes, y mucho menos el resto de organizaciones que también trabajan con ellos. Muchas escuelas no tienen psicólogas, pero hay otras instituciones que apoyan a los niños, como Save the Children o Plan Internacional, que sí están dando asistencia desde las casas. No se logra abarcar al 100 %, pero sí se les está dando atención», concluye Lue.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar y le recomiendan cuidarse mucho.

 

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DETECTANDO SEÑALES DE ALARMA

Lucia Romero, psicóloga y catedrática, dice que la salud mental para la niñez en El Salvador es un terreno abandonado, que poco a poco va sumando aliados que tienen como horizonte común la lucha por el derecho a una vida en bienestar. Desde la puesta en marcha de la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia (LEPINA), se dibuja sobre el mapa una ruta para trabajar por los derechos de la niñez salvadoreña.

Una de las principales labores de estos aliados es identificar señales de alarma en relación a abusos contra menores. En ese sentido, Save the Children realizó un diagnóstico de necesidades, en el que detectó que los niveles de estrés durante las primeras dos semanas de la pandemia aumentaron en el 75% de los hogares consultados. Y, ante esas afectaciones, no se vislumbraban en el territorio programas de atención para apoyar a la población, explica la directora de operaciones de programas y punto focal de dicha organización, Ludin Chávez.

Chávez también dice que, comúnmente, los altos niveles de estrés en las personas se deben a incertidumbres aumentadas con ira, frustración y miedos que suelen traducirse en expresiones de violencia que pueden ir creciendo en intensidad y en frecuencia. Este tipo de emociones se dirigen a las personas que, dentro del hogar, pueden tener mayor vulnerabilidad, como los niños, adolescentes y mujeres.

Según Romero, la detección de este tipo de situaciones y otros esfuerzos que realizan las ONG son un alivio en el terreno de las comunidades, pues se apuesta por la prevención desde la educación en disciplina positiva, el fortalecimiento familiar y el mejoramiento de las condiciones y recursos de las familias.

Alexandra tiene nueve años. Le gusta leer y admirar la naturaleza. Lo que más extraña de la vida sin pandemia es ver a sus amigos y visitar a sus maestras. Cuando le dijeron que ya no iba a poder salir, se sintió angustiada. Estar encerrada en el mismo lugar todo el día, todos los días, le genera estrés. Al principio, lloraba mucho. Lloraba de repente. Ahora, cuenta, ha intentado verle el lado positivo a la situación, como que puede pasar más tiempo con sus cinco mascotas: un pollo, tres patos y un conejo negro.

Por ahora, vive en el kínder donde su mamá trabajaba haciéndoles la comida a los niños. Desde que suspendieron las clases, ella ya no pudo trabajar. Alexandra se preocupa porque la ve triste. Dice que la encuentra callada y seria. Le causa angustia porque está acostumbrada a verla sonriendo y hablando. Intenta entender qué siente para ver cómo puede ayudarla. A sus nueve años, ya carga con el estrés que le ha generado la pandemia y con la responsabilidad de consolar a su madre. En su escuela no hay psicólogo. Tampoco conoce a uno que pueda acompañarla, apoyarla o escucharla durante el encierro.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar.

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NIÑEZ MÁS VULNERABLE

La Dirección de Análisis y Técnicas de investigación e Información de la Fiscalía General de la República (FGR) muestra que, del 1 de enero al 31 de julio de 2020, se identificó a 1,224 menores víctimas de violencia. Además, según los prontuarios estadísticos del ISNA, en el primer y segundo trimestre del año 2020 se han atendido un total de 2,456 casos por vulneración de derechos.

Esa es una cifra alarmante en comparación con las 2,009 atenciones que se dieron en los doce meses del año anterior. «Es un hecho histórico, sabiendo que nuestra niñez se encuentra en cuarentena, con las personas que «deberían» brindarles espacios seguros, sanos y de protección», explica Romero.

Para Figueroa, de Fundasil, el confinamiento ha expuesto a la niñez a sus agresores y le ha quitado todo el sistema de apoyo externo con el que antes contaba. «Los niños han dejado de tener la ayuda de sus factores protectores externos, que para algunos son la escuela, la profesora, los amigos, los tíos o los abuelos».

En eso coincide Patricia Velasco, psicóloga de la FGR, pues comenta que «los niños viven situaciones difíciles en los hogares, empezando por cómo se habla y se les habla. Se les grita, les dicen palabras soeces y los insultan. Eso es el pan de cada día, lo común. También pasan viendo las peleas de los padres o ven cuando hay golpes. Antes, cuando estaban en la escuela, presenciaban menos ese tipo de acciones».

Atención reactiva y no preventiva

Según datos estadísticos del Ministerio de Salud (Minsal), de enero a junio de 2020, se detectaron 56 casos de violencia física contra menores de entre 0 y 14 años, 91 casos de violencia psicológica, 200 menores víctimas de violencia sexual y 420 niños entre cero y nueve años víctimas de negligencia o abandono.

Aunque el confinamiento aumenta la vulnerabilidad de la niñez salvadoreña, el Estado parece no tener la voluntad para garantizar el respeto a sus derechos. Según el Procurador Adjunto para la Defensa de los Derechos de la Niñez y Juventud, Ulises Rivas, el país no tiene la capacidad para dar atención psicología a todos los niños que la necesitan.

«Solo se brinda atención psicológica a los niños que resultan afectados en un contexto determinado. Ni el Mined ni el Minsal tienen un programa constante para dar servicios de salud mental a la niñez. Si es un caso de divorcio o de violencia en una familia, entonces sí, se atienden. Pero no hay un programa, por ejemplo, para llevar apoyo psicológico a un niño porque cree que lo necesita. Es solo cuando ya se presenta un caso clínico», explica Rivas.

El Instituto Nacional de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) aseguró que la institución invierte un promedio de $170 mil anuales en concepto de salarios a psicólogos que trabajan en los Programas de Protección, y que, desde mayo del presente año, iniciaron un proyecto de apoyo psicosocial en centros de acogimiento de manera conjunta con Save the Children.

La mayoría de estas medidas, sin embargo, corresponde a acciones reactivas y no preventivas. Para cambiar esto, dice Yesenia Segovia, lo primero que se debe tener claro es que la salud mental es un derecho humano fundamental, como el derecho a la salud en general. Y, por lo tanto, es el Estado el ente responsable de asegurar y garantizar que la población, especialmente la niñez y la adolescencia, cuente con servicios integrales para atender la salud mental.

A pesar de los múltiples esfuerzos realizados por algunas instituciones del Estado y por las ONG en el país, todavía hace falta mucho para poder hablar de logros y avances en el tema de niñez y salud mental, concluye Romero.

Alexandra, que es muy reflexiva, intenta encontrar aprendizajes de esta situación: «Me he vuelto un poco más paciente y calmada. Me ha ayudado ver el movimiento del agua, observar cómo la brisa mueve las ramas de los árboles y escuchar el canto de los pájaros».

Hard Rock

Ilustración de Moris Aldana

Lunes 21 de enero del 2008

A pesar de que tenía mi propio carro, desde el incidente en el Santa Cecilia por el cual me expulsaron, mis padres ya no confiaron en mí. Papá decidió contratar un microbús que me llegara a traer y dejar al colegio, así él estaría seguro de que no me zafaría de clases.

El micro me dejaba al menos una hora antes del toque de entrada. Tenía tiempo de sobra para caminar por el campus mientras esperaba que sonara el timbre. Frente a una de las cafeterías del colegio, mejor conocida como La Cafe, estaban Los Ranchos. Una zona con mesas de concreto que eran ideales para tomar nuestros refrigerios o terminar tareas pendientes. Fue allí donde me encontré a Ernesto. Entre otras cosas, fue su camisa negra la que llamó mi atención. Era una camiseta alusiva a la banda Iron Maiden.

Ernesto estaba solo, escuchando música en su Ipod con los ojos cerrados, y esperando a que sonara el timbre. Parecía que, al igual que yo, evitaba acercarse al aula antes de la hora.

Cuando faltaban quince minutos para entrar a clases, observé que Ernesto se quitó la camiseta de Maiden para ponerse la del uniforme. Cualquiera que hubiera visto su físico lo hubiera confundido con un alumno de primaria. Tenía el cuerpo de un niño de diez años.

Una vez dentro del edificio de secundaria, mientras esperaba a que abrieran las puertas del salón, me quedé observando un juego de básquetbol que se desarrollaba en la cancha interna. Poco a poco la fachada del grado comenzó a llenarse de compañeros, pero ninguna señal de Ernesto.

El timbre sonó a la 1:15 de la tarde, y fue hasta entonces que lo vi asomarse. Tortugón aún no había llegado. Todos estábamos dispersos por el pasillo.

Yo seguía mirando hacia la cancha, observando cómo terminaban el juego un grupo de alumnos de noveno grado, cuando de pronto advertí la presencia de Ernesto a la par mía. Al igual que en Los Ranchos, tenía los ojos cerrados. Parecía querer concentrarse con la canción que escuchaba. Su presencia era casi tácita. Si me pude percatar de tenerlo a mi derecha, fue únicamente después de escuchar la música que sonaba de sus audífonos, tan fuerte que era probable que padeciera de sordera.

La calma se rompió cuando Alberto se aproximó a él. Con un dedo tiró de los audífonos de Ernesto para poder susurrarle al oído: «Sos maricón, ¿veá? ¿Tenés hermanos?». Ernesto se sobresaltó al escucharlo. Agitó sus hombros para advertir que no quería que lo tocara, pero eso no le importó a Alberto. Él siguió con su repertorio de preguntas. «¿Tenés hermanos? ¿Te masturbás cuando los ves desnudos?». A medida continuaba sus preguntas, estas se volvieron más grotescas. Ernesto no respondió a ninguna. Se limitó a devolver su audífono al oído, aunque Alberto volvía a quitárselo. Molesto, Ernesto intentó retirarse, pero Alberto no lo dejaba irse. Lo persiguió con su interrogatorio, cada vez con voz más alta: «¿Ya se la mamaste a tus hermanos?».

Cuando Ernesto se cansó de las bromas, se dio la vuelta y enfrentó a Alberto cara a cara gritándole que se callara, culero maricón. Con las manos le dio un empujón a Alberto que sólo consiguió hacerlo retroceder unos cuantos pasos. Pero una vez recobró el equilibrio, Alberto dibujó una sonrisa en el rostro.

«¡El profe!», gritó alguien.

Todos voltearon a ver al pasillo que conectaba con la sala de maestros. Ahí estaba Tortugón, caminando a paso lento. Alberto cesó sus preguntas. Dedicó una mirada despreocupada a Ernesto y sin decir nada más le dio la espalda.

We don’t need no education
We don ´t need no thought control
No dark sarcasm in the classroom
Teachers leave the kids alone
Hey! Teachers! Leave the kids alone!
All in all it’s just another brick in the wall.

Another Brick in the Wall Pink Floid

***

Lo primero que hicimos al entrar al salón fue rezar. Era una norma del colegio orar cada mañana para poner en manos de Dios las actividades de todos los días. Para mí eso era una pérdida de tiempo. A nadie le interesaba lo que decía la Biblia. Sólo lo hacían para perder tiempo de la primera clase.

Tomamos asiento y esperamos a que Tortugón diera las primeras indicaciones. La primera hora la tuvimos con él. Habló sobre el sistema de evaluación que usaría en su materia, los contenidos a desarrollar en esa primera unidad y las fechas de evaluación.

— Vayan pensando con quién trabajarán — dijo Tortugón para advertirnos de las tareas en grupo. Tal anuncio me preocupó. Yo aún no conocía a nadie en el aula además de Juan Carlos, pero no quería trabajar con él.

Al día siguiente, durante la clase de matemática, el profesor Rivas, mejor conocido como El Intrépido, pidió a Ernesto ponerse de pie frente a todos. La clase anterior nos hizo un examen diagnóstico, con el que pretendía evaluar nuestro dominio de los contenidos del curso pasado. Tal parecía que Ernesto sacó la peor calificación de la sección.

— Señor Amaya — se dirigió El Intrépido a Ernesto—, su nota es de uno sólo porque escribió bien su nombre. De lo contrario tendría cero.

El Intrépido era del tipo de profesores que les encantaba sentirse superiores. Se sentía muy importante sólo por haber escrito un libro de matemática que aún no publicaba.

Después de un incómodo silencio, El Intrépido le ordenó a Ernesto que resolviera uno de los ejercicios en la pizarra. A pesar de que era evidente que Ernesto no podía hacerlo, El Intrépido, en lugar de ayudarlo, se dedicó a exponer frente a todos en el aula el vacío que su alumno tenía en relación al tema. No dejó de mostrarse con aire de superioridad. «¿No conoce las reglas de los signos?», le preguntaba sin importarle convertir a su pupilo en el chiste de la clase. «Me temo —le dijo— que usted y yo no podemos estar en un mismo equipo». Fingió estar atónito ante el fracaso de su alumno. «Por favor — continuó— no vaya a decir mi nombre cuando le pregunten quién le enseña matemática, porque me daría vergüenza».

A El Intrépido no le quedó de otra que mandarlo a sentarse. Mientras Ernesto buscaba su pupitre, un silencio rodeó el aula mientras lo seguíamos con la mirada. Él no deseaba vernos. Llevaba su vista plantada en el suelo. Ahí me percaté que en su nuca comenzaba a formarse una pequeña joroba por la posición cabizbaja con la que siempre andaba.

La tercera clase de ese día era la de Tortugón. Tan pronto entró al salón nos dio la orden de formar parejas de trabajo.

Ilustración de Moris Aldana

Aquel era el momento al que más le temía. Como yo era nuevo y aún no tenía amigos, no sabía con quién trabajar. Les pregunté al menos a cuatro compañeros si podía unirme con ellos, pero todos me respondieron que ya tenían grupo. En pocos minutos todos en el aula estaban agrupados menos Ernesto y yo. Todo indicaba que seríamos compañeros. Yo no tenía problema con eso. A mí, a diferencia del resto en la promoción, no me caía mal.

Ernesto y yo nos desplazamos a una esquina del salón.

Nos entregaron la hoja con las indicaciones para la tarea, y luego escuchamos al profe leerla en voz alta para explicarla punto por punto.

«Me llamo Rodrigo», me presenté al mismo tiempo que le extendí la mano. Apenas levantó la vista de la papeleta para presentarse con un tímido apretón de manos. Tenía la mano tan delgada y suave que si yo hubiera ejercido presión en ella, seguro se la rompía.

Aunque nos costó romper el hielo, fue Maiden quien nos salvó. Después de un par de minutos en los que ninguno de los dos habló, tuve la iniciativa de preguntarle cuál era su canción de favorita de Iron Maiden, al mismo tiempo que le señalaba la pulsera de su mano derecha, donde estaba estampado el logo de la banda. La mía, le dije antes de dejarlo responder, es No more Lies. Fue hasta que pasaron unos segundos cuando se animó a contestar, siempre con un poco de reserva en la voz, que la suya era Hallowed by the Name.

Sin darnos cuenta, él y yo comenzamos a hablar de Metal. Dejamos de lado la tarea para comentar cuáles eran las bandas que más nos gustaban. Los dos coincidimos con la santísima trinidad del Metal: Iron Maiden, Black Sabbath y Judas Priest. A él le gustaban también las bandas de Symphonic Metal como Therion, Haggard, Epica y Nightwish. De hecho, me confesó, le gustaba mucho la ópera y la música clásica. Él soñaba con estudiar música. Me comentó que siempre deseó tener una banda, pero en su casa su madre se negaba a que pensara en esas tonterías porque decía que El Salvador no era país para artistas.

Llevamos nuestra charla hasta el segundo recreo. Nunca me imaginé hacer click con Ernesto, pues era muy reservado. Por momentos, al notarlo esquivo, me daba la impresión de que temía que me burlara de él.

Al toque de salida, Ernesto y yo intercambiamos correos electrónicos y números de celular para seguir planeando la tarea de química. Quedamos en reunirnos el sábado para comenzar la investigación.

Tenemos que asumirnos como una región desaparecida del mapa cultural

Jorgelina Cerritos, dramaturga y actriz

Decidió dedicarse al arte en su año de práctica como psicóloga en una unidad de salud, que coincidió con su inicio en la Escuela Arte del Actor, a cargo del ya fallecido director de teatro Filánder Funes.

Jorgelina Cerritos, ahora, se define como una mujer del teatro. En 2010, se convirtió en la primera salvadoreña en ganar el Premio Literario Casa de las Américas, en la rama teatro, por su obra Al otro lado del mar. Un premio que, acepta, le dio un reconocimiento internacional.

«Es entender que el teatro de cada país tiene su historia y desde ahí asumirnos y proponer», reflexiona, en esta entrevista, sobre la dramaturgia y el teatro centroamericano, que no figuran en un mapa cultural. Es así que cree en los talleres formativos como espacios para producir conocimiento. Bajo esta idea, desde 2018, dirige el taller de dramaturgia Didascalia.

La pandemia del covid-19 también ha paralizado el trabajo de los artistas a escala mundial. Cerritos, fundadora del colectivo teatral Los del Quinto Piso, dice que es un tiempo para repensar, como grupo, por qué hacer teatro.

Se ha hablado mucho de qué van a hacer los actores, las actrices, los grupos de teatro sin público, pero ¿no sería también válido preguntarse qué va a hacer el público sin artistas?

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El 30 de julio se conmemoró la masacre y desaparición estudiantil ocurrida en 1975. ¿Qué hemos aprendido de este pasado violento de El Salvador?

Una quisiera poder decir que hemos aprendido, en términos generales, esa lección. Pero vamos viendo que es como una frase hecha. Muchas veces se dice: «Es que no vamos a repetir las historias, pero vamos a tratar de que las nuevas historias sean lo menos parecido a la historia anterior, al menos en las partes donde amerita una transformación social, una transformación política». Sin embargo, la realidad está ahí, la realidad de nuestro país es violenta, y no hablo de esta específica, de la masacre del 75, sino de una serie. Las que se vivieron en la guerra, las que se están viviendo ahora en la post guerra, las que ahora estamos viviendo dentro de la pandemia del covid-19. Quizá el mayor aprendizaje es la necesidad de rescatar esa memoria, con la esperanza de que ese rescate nos permita transformarnos un día. Pero que quizá, creo yo, no la hemos transformado aún.

¿Qué ha significado este encierro para los y las artistas, en un país donde aún falta mucho para que se les reconozca el trabajo como creadores, en su caso específico, como creadora de la palabra y como actriz?

El arte, a nivel mundial, está atravesando una situación complicada, empezando por el hecho de que en el teatro necesitamos del encuentro realmente para que este se dé. Desde ahí, no es lo mismo la vulnerabilidad de los artistas en países desarrollados, en países europeos, que lo que estamos viviendo en el continente latinoamericano, y, aún dentro del continente latinoamericano, con toda la diversidad de situación que existe en los diferentes países, no podemos generalizar. La única generalización que creo que podemos hacer es que sí nos ha puesto en una condición precaria a los artistas del mundo, pero que esa precariedad tiene límites, colores, manifestaciones diferentes en cada lugar. La situación de la pandemia, más allá de un cierre de salas, más allá de la suspensión de temporadas, más allá de los estrenos que se congelaron, los procesos que se paralizaron, también es una cosa de sobrevivencia, es una cosa que estás junto a otros sectores de trabajadores de la sociedad preguntándote cómo vamos a hacer en esta condición económica que nos va a dejar la pandemia, en desempleos, por ejemplo, porque muchos de nosotros estamos trabajando en otros sectores que pueden estar muy alejados del tema teatral. Es un tiempo que ha servido mucho para reflexionar, para pensar, para volverte a hacer las preguntas fundamentales del teatro: ¿Por qué hacemos estos? ¿Cuál es la necesidad que tiene un país de hacer teatro? Una reflexión que tengo pendiente de hacerme y que, con El Quinto Piso, nos la planteamos. Se ha hablado mucho de qué van a hacer los actores, las actrices, los grupos de teatro sin público, pero ¿no sería también válido preguntarse qué va a hacer el público sin artistas? Porque, en teoría, tendríamos que estar preocupados por esa relación bilateral, por esa relación complementaria. Si el artista es el que nos cuenta la realidad, es el que da cuenta de nosotros como sociedad, entonces ¿cómo vamos a seguir dando cuenta de nosotros mismos como sociedad si un gremio de artistas está en esta situación de precariedad?

Jorgelina Cerritos

Usted es graduada de la Licenciatura en Psicología. ¿Alguna vez ejerció esta profesión? ¿Cómo y cuándo nace la necesidad de hacer arte?

Yo estudié psicología porque no había teatro en la universidad. Cuando estaba en el proceso de escoger carrera universitaria, a mí me hubiese gustado estudiar arte. Dentro de las opciones que yo tenía, por la misma condición familiar, era estudiar en la Nacional, ¿qué ofertas tenía? La psicología a mí siempre me gustó, de hecho, en tercer ciclo yo decía «quiero escribir, quiero actuar, quiero cantar y quiero ayudar a la gente». Y ese ayudar a la gente, allá por el séptimo grado, lo veía siendo psicóloga. Esa cosa de que te cuentan sus problemas y les das consejos, me gustaba eso, me llamaba la atención. Fue como encontrarme con lo que la Universidad Nacional ofrecía y encontré ambos caminos. En el sentido de que supe que existía Teatro Universitario y entré a estudiar la Licenciatura en Psicología. A lo largo de la carrera, a mí me gustaba, y llegué a creer en algún momento que me iba a dedicar a ambas cosas. Es, de hecho, la formación que tuvimos en la Escuela Arte del Actor, con Filánder Funes, que empezó a cuestionarme otras cosas, y decir ¿qué quiero que sea el teatro en mi vida? ¿Quiero que sea mi profesión? ¿Quiero que sea mi tiempo libre? ¿Quiero que sea un hobby? ¿Qué quiero? Y justamente yo estoy en el proceso de terminar mi último año en la universidad y haciendo mi primer año en la Escuela Arte del Actor, eso coincide con que yo me veo haciendo mis prácticas, las hice en una unidad de salud, y empecé a verme, dije: ¿Este será mi día a día todos los días de mi vida de aquí en adelante? No es esto».

Nunca ejercí la psicología, no deja un poco de hacerme como una responsabilidad fuerte, cuando me dicen «es que usted es psicóloga». Yo digo: «Estudié psicología», que es diferente. Trato de poner eso en orden en mí, decir «sí, estudié psicología», y seguramente todo ese conocimiento está, pero yo no me siento una psicóloga, yo me siento una actriz, una dramaturga, una mujer del teatro.

Entre los reconocimientos internacionales que ha recibido, es la única salvadoreña ganadora del premio Casa de las Américas, en la rama de teatro, por su obra Al otro lado del mar. ¿Marcó un antes y un después este reconocimiento? ¿Qué importancia tienen los premios de este prestigio para las y los escritores centroamericanos?

Es indiscutible que sí marca un antes y un después. Yo puedo ver eso justamente, o mayormente ahora, después de 10 años que han pasado del premio. Decís sí y que es un parteaguas. En aquel momento recuerdo que en una entrevista me preguntaban y yo decía «es como asumirte, asumir una responsabilidad mucho más grande», porque no sé, es que yo he tenido siempre la sensación de ser muy respetuosa de los oficios y de decir «no porque ya escribí una obra, tengo que decir que soy dramaturga. No porque dirigí una puesta, voy a decir que soy directora». Creo que hay que graduarse en eso para ir acumulando experiencia y que la vida misma te haga sentirte que ya sos eso. Para mí, en aquel momento, era decir «es, de una manera u otra, asumirme como dramaturga«. De hecho, yo empiezo a escribir teatro en el año 2000. Son 10 años después que aparece el Premio Casa. Hay un camino recorrido y, del 2010 para acá, hay otros 10 años. Ahora podés hacer el balance de estos 20 años y cómo estás justo a la mitad de ese camino, en dónde tu vida cambió, ¿en qué cambió? Tu dramaturgia se volvió internacional, tu nombre tiene como cierto reconocimiento no solo dentro de tu país, sino fuera del país, fuera de Centroamérica, incluso. Has estado involucrada en proyectos que no te hubieses imaginado que iban a suceder de no ser por ese posicionamiento que estás teniendo fuera de tus fronteras.

Es la oportunidad de visibilizar la región en un continente o en un mundo teatral donde esa región a la que pertenecés le es totalmente ajena y desconocida. Tenemos que asumirnos como una región desaparecida del mapa cultural. Nosotros, yo lo digo, y obviamente se dice con dolor, estamos en los seminarios, simposios, etc., donde van a hablar de violencia de género, de violencia de jóvenes, y ahí no faltan ejemplos nuestros, pero cuando hablamos del mapa cultural, Centroamérica no figura.

Si el artista es el que nos cuenta la realidad, es el que da cuenta de nosotros como sociedad, entonces, ¿cómo vamos a seguir dando cuenta de nosotros mismos como sociedad si un gremio de artistas está en esta situación de precariedad?

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¿Por qué cree que los centroamericanos no nos conocemos entre nosotros? En el prólogo del primer tomo de Cuadernos Centroamericanos de Dramaturgia –una compilación de tres obras dramáticas centroamericanas- usted también hace hincapié que la escena teatral y la dramaturgia centroamericana no trasciende a nivel latinoamericano.

En cuanto a la trascendencia a nivel latinoamericano, forzosamente tenemos que hacer un recorrido por la historia del teatro latinoamericano y entendernos que no fuimos una región que íbamos a la vanguardia de lo que estaba pasando. O sea, pensemos que, por ejemplo, Buenos Aires era el puerto de entrada de Europa a las Américas. El europeo que venía, por mucho que no fuera como los grandes señores europeos de aquel momento, traía la cultura europea y quería tener lo que allá había, aquí. Nosotros no fuimos eso, los teatros nacionales centroamericanos, como edificios, me refiero, están alrededor de los 100 años, 120 años, con relación a otros teatros que se han construido en 1800. Hay una herencia cultural que no podemos obviar.

Nuestro paso por el desarrollo teatral ha sido más lento. No me gusta pensar que vamos atrás, porque el ir atrás te pone a correr por alcanzar al que va adelante, y si nos vamos en ese sentido, Centroamérica no va a alcanzar a Argentina. Desde ahí es entender que el teatro de cada país tiene su historia y desde ahí asumirnos y proponer, porque no es entender para «bueno, ni modo, a mí me tocó ir en el último vagón y ahí voy feliz», sino que «ajá, esta es mi historia y desde ahí la comprendo y propongo».

¿Por qué nosotros dentro de Centroamérica? ¡Ah! Yo creo que ha habido mucha mirada externa, hemos tenido esa mirada hacia qué pasa afuera de Centroamérica, nuestros referentes, por decir algo, el referente de Guatemala no ha sido El Salvador, el referente de El Salvador no ha sido Honduras, nuestra mirada siempre está fuera de nuestra misma región. Eso nos hace un desconocimiento, incluso, entre estos países que bien podrían ser un solo país. Esa es otra cosa también, que de repente, como que nos damos golpes de pecho por no entendernos como países, pero es que al final somos países, lo que pasa es que somos chiquitos. Somos países en donde tenemos también nuestros propios procesos, nuestras propias políticas o no tenemos nuestras propias políticas, que nos hacen estar siempre preocupados por lo que está pasando dentro. No sé, creo que influye todo esto. Sin embargo, yo podría decir que, de un tiempo para acá, quizá del 2000 para acá, estos 20 años, en donde ha habido como mucho más interés de integrar esfuerzos teatrales centroamericanos, justamente, supongo, lo entiendo así, por esa compresión de debilidad, si somos como región débil, ¿qué no seremos como países? Esa invisibilidad nos hace (decir): «Bueno, hagamos algo junto».

Jorgelina Cerritos, dramaturga y actriz

¿Existe en usted la idea de que con el colectivo Los del Quinto Piso se complementa la necesidad de comunicar el texto dramático que ha escrito para llevarlo a la escena teatral? ¿Qué sensación le han despertado las veces en que usted ha tenido que ser público de sus obras y no actriz?

Con Los del Quinto Piso hemos encontrado esa fórmula, por decirlo así, hay todo un mundo, porque ahí tendríamos que hablar desde el mundo de la dirección, que no es mi mundo realmente. A nivel profesional, yo solamente he dirigido El Tercer Ensayo (trilogía Ensayos sobre la memoria), de ahí todo lo demás, a nivel de dirección, ha sido más juvenil, grupos de jóvenes o comunitarios.

Hay todo un mundo con respecto a la dirección, que no es mi mundo y que es como «dejo en las manos de Víctor (Candray, director de Los del Quinto Piso), la dirección de este texto». Ya sea cuando él nos ha dirigido únicamente o también cuando, como en La Audiencia de los Confines (Primer ensayo sobre la memoria), ha actuado con nosotros. Es como decir que vamos complementando el lenguaje de la palabra escrita con el lenguaje de la dramaturgia escénica, y cómo entre los dos, el texto cobra otras dimensiones, cobra otras lecturas.

Cuando me ha tocado ver las obras, creo que es algo de lo que se aprende también, porque yo recuerdo perfectamente cuando, la primera obra que se iba a montar, ajena a Los del Quinto Piso, era Al otro lado del mar, con el montaje de Roberto Salomón, y la gente me decía después: «¿Y es tu obra?». Y empiezo a enfrentarme con esa pregunta. «¿Te gustó? ¿Es tu obra?». Entonces yo empiezo a reflexionar sobre esa pregunta, que, de hecho, cuando otros directores a lo largo de este camino han montado textos míos me dicen: «A ver si te parece lo que yo he hecho con tu obra». Eso es algo que en aquel momento tenía que procesarlo y decir: «¿Cómo funciona esto en mí?». Y llegué a descubrir que cuando me preguntaban «¿es tu obra?», yo tenía que decir «no», ¿por qué? Porque mi obra es la que estaba en el texto, porque la gente hace la pregunta para saber si te ha gustado o no, pero que mi respuesta «no es mi obra», no implica que no me gusta o que sí me gusta, no es una cosa de aceptación, sino que es una cosa de «es que la puesta en escena es tu obra, eso lleva tu firma. El autor de esa puesta en escena, para bien o para mal, allá vos… es tuya». Ahora, ¿dónde encuentro yo que tu obra con la mía se encuentra? Es, si la esencia del texto, si lo que yo quería comunicar, es lo que sigue ahí. Si lo que está presente, lo que palpita en la puesta en escena y lo que logra llegar al espectador, es la esencia de lo que yo quiero decir en el texto, entonces digo «sí, es mi obra», porque, al final, cuando encontramos «no, pero es que yo le cambié el final, porque no me gustaba, porque aquí decía que no sé qué, no sé qué». Ah, bueno, desde ahí yo puedo decir, yo no le puse ese final y tendré que decir que no es mi obra.

La esperanza puesta en un tanque de oxígeno

Fotografía de La Prensa Gráfica – Archivo

En San Salvador, en la 25 avenida norte, la gente, adentro de sus carros, forma largas filas para esperar por uno, dos o más tanques de oxígeno medicinal. Serán unos 30 o 50 autos, la cantidad varía entre las primeras horas de la mañana y el mediodía, a las afueras de una empresa de equipos e insumos médicos. Ahí, como primero en la fila, está Reynaldo, un hombre calvo con una barba de candado, una calzoneta comando y una camisa negra que hace alusión a una banda de thrash metal.

Para ser el primero, Reynaldo, ha tenido que madrugar. Espera desde la cinco de la mañana para poder ser atendido a las 8:00 am. Aguarda en su carro y lo acompaña, en el asiento del pasajero, un tanque vacío de 370 pc, el cilindro de mayor cantidad, para cargar oxígeno medicinal. Su madre, una mujer de 66 años, tiene problemas para respirar. Su saturación de oxígeno, según Reynaldo, alcanza el 82% cuando esta debe rondar, al menos, entre el 95% y 100%. Ella siente, dice, algo así como un fuerte y constante «apretujón» en su pecho. Y eso la mantiene cansada y sin habla.

«Lo primero que le dio fue la fiebre de 38 grados, la tos; luego, vino el cansancio que fue de a poco. Aunque llegó un momento en que se quedó sin aire y me la tuve que traer de emergencia», cuenta Reynaldo.

La emergencia -la madrugada del 25 de Junio- obligó a Reynaldo a viajar con su madre hasta el Hospital Nacional Zacamil, en el municipio de Mejicanos, pero no fue atendida. Eran dos o tres médicos para un océano de pacientes que no alcanzaban a llegar hasta la sala de emergencia y esperaban en el parqueo del lugar. El espacio había colapsado ante el incremento de los casos por coronavirus que, según las cifras oficiales, ya alcanzan los 8,566. Y, la semana pasada, superó los 13 mil.

En una entrevista radial, Francisco Alabí, ministro de salud, aseguró que el sistema y la red de atención para el tratamiento del covid-19 «está al 100%». Esto a pesar de mantener por tres meses una declaratoria de emergencia que desembocó en una cuarentena domiciliar obligatoria desde el 21 de marzo y restricciones de movilidad que limitaban la circulación de los ciudadanos a fechas específicas, de acuerdo al número de identidad, hasta el 16 de junio.

Alabí también enfatizó en lo necesario que es conocer tratamiento y evolución de un paciente que llega con una dificultad respiratoria y necesidad de oxígeno al sistema de salud: «Los hospitales tienen el oxígeno necesario en relación a la capacidad que tienen las áreas hospitalarias, pero no para cada salvadoreño que se contagie», expresó Alabí en su momento.

En El Salvador, los pacientes con covid-19 son atendidos en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) e Intermedios. Una capacidad instalada de UCIS que a nivel nacional, de acuerdo al gobierno, ronda las 105 camas. Una cantidad que se distribuye en: 21 unidades en el Hospital Nacional Rosales, 20 en Hospital de Niños Benjamín Bloom, 15 en Hospital Militar Central, 15 en Hospital Nacional General de Neumología y Medicina Familiar Saldaña, seis en Hospital Nacional Zacamil y cuatro en el Hospital Nacional San Rafael.

Sin embargo, el Ministerio de Salud detalla que la cantidad de pacientes en estado crítico es de más de 500 personas, mientras que otras 1,000 se encuentran graves. Lo que supone un total 1,500 salvadoreños para 105 camas. Es decir, el sistema de salud tiene, de momento, una capacidad para atender menos del 10 % de estos casos.

Larga espera. La gente espera por horas para poder comprar tanques de oxígeno en la capital.

Cuando su madre no fue atendida, Reynaldo decidió instalar su propia UCI en su hogar. Preparó un cuarto para aislar a su madre con dos tanques de oxígeno de 370 pc, una cánula nasal, agua destilada, un vaso humidificador, una cama y un médico disponible por teléfono. También canceló un depósito por los cilindros por $452 y compró un regulador de aire por $250. Y paga, diariamente, por la carga de oxígeno -en cada tanque- $26.39. Un gasto que se suma a la cuenta de sus tarjetas de crédito.

“Los cilindros de oxígeno no se alquilan, como se informaba recientemente, y básicamente el procedimiento es dejar un depósito en garantía (varía el monto de acuerdo a cada presentación), ya que los cilindros son propiedad de INFRASAL y no se venden, el único que en algún momento puede comprarse es el cilindro de 23 PC (que es fácil de mover para viajes), en el caso que se tenga existencias. Por lo anterior, el depósito único (no es mensual) por cilindro será devuelto íntegramente con IVA si es antes de los tres meses, y sin IVA después de los tres meses (se paga a Hacienda)”, explica René Montiel, gerente de mercadeo y comunicaciones de Grupo Infrasal.

«En los hospitales a uno solo le avisan para ir a recoger el cuerpo. Así que me han dado todas las instrucciones para el tratamiento del covid-19 desde casa», dice Reynaldo mientras enciende su automóvil e ingresa a las instalaciones, tras cuatro horas de espera, para recargar un tanque. Un procedimiento que luego de dos semanas se ha materializado en una suma de $1,800.

La tasa de casos por coronavirus apunta un ascenso. Esto ha coincidido con el aumento de la demanda de tanques medicinales de oxígeno que rondan los precios de $6.05 por la carga del cilindro de 23 pc y un depósito de $84.75; $19.21 por un tanque de 220 pc y $226 de depósito; mientras que el de 110 pc equivale a un recargo de $11.24 y $158.26 por depósito.

“El tiempo y la creciente demanda han causado colas en la sala de venta de la Colonia Médica (ahora ya tenemos separado el servicio para particulares (esquina frente al Guadalupano), con eso hemos agilizado sustancialmente el servicio, que se suma a la aplicación de un estricto protocolo de desinfección de los cilindros para resguardar la salud de nuestros colaboradores, y la de nuestros clientes”, agrega el gerente Montiel, en nombre de Infrasal.

 

En fila de peatones está Sonia. Una mujer de 60 años que espera sentada bajo un árbol de Laurel, el único, que da un poco de sombra entre una jungla de pavimento a la que solo le adornan clínicas, farmacias y oficinas administrativas. Escondida detrás de su doble mascarilla de tela negra narra que, hace solo una semana, adquirió un tanque de oxígeno que le ayudaría asistir a su esposo luego de que el seguro privado dejó costear el tratamiento por covid-19.

En esta mañana, Sonia comenta que su esposo empezó con unas fiebres, «tosecitas» y un cansancio al andar: «En el hospital me le dijeron que era covid-19, pero no sé. No sé si le hicieron pruebas. El doctor solo me pidió un tanque de 220 pc para empezarlo a tratar en la casa, porque el tratamiento ahí era muy caro».

Con las indicaciones del médico, Sonia pudo reunir lo del depósito y la carga de oxígeno, pero no tenía para más. Así que ha vuelto por el depósito tras no utilizar el cilindro, cree que este día, podrán transferir a su esposo hacia un centro de atención del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

«No me lo pueden dar con ese cansancio. Me dijeron que este tanque le iba a durar 24 horas. No lo podía pagar. Me dijeron que me lo van a mandar para allá», susurra Sonia mientras se levanta y llega su turno para entrar.

“En los hospitales a uno solo le avisan para ir a recoger el cuerpo. Así que me han dado todas las instrucciones para el tratamiento del covid-19 desde casa”, dice Reynaldo mientras enciende su automóvil e ingresa a las instalaciones, tras cuatro horas de espera, para recargar un tanque. Un procedimiento que luego de dos semanas se ha materializado en una suma de $1,800.

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Debido al colapso del sistema de salud para la atención de pacientes bajo sospecha de covid-19, algunos enfermos han tenido que esperar, al menos, dos o cuatro días para ser atendidos en Unidades de Salud de la red pública o centro médicos del ISSS. De acuerdo a Milton Brizuela, presidente del Colegio Médico, hay pacientes con oxígeno en espacios que no son hospitalarios mientras aguardan un cupo para ser trasladados.

«Hemos sido informados de que todo el sistema está saturado. No solo son los hospitales, también son las unidades médicas del seguro social y las unidades de salud», asegura el Presidente del Colegio Médico. Entonces, ¿Con qué cuenta el gobierno para combatir la pandemia?

En cadena nacional, hace poco más de un mes, el presidente Nayib Bukele, inauguró el Hospital El Salvador. Un espacio que, de acuerdo con el mandatario, contará, de manera gradual, con 1,000 camas UCIS y otras 1,000 de cuidados intermedios. Aunque, de momento, en su primera fase, solo dispone de 400 unidades: 105 para cuidados intensivos y 295 de uso intermedio. Un número de camas que aliviaría la saturación del sistema. A pesar de ello, solo se ha recibido un «número limitado» de enfermos de covid-19 previamente referidos por los hospitales nacionales.

La idea es absorber a los pacientes que están graves en la primera etapa, aseguró Manuel Bello, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital El Salvador: «Estas 400 camas equipadas se usarán de forma gradual. No es conveniente recibir la misma cantidad de pacientes cuando se comienza un proyecto de este nivel. Tampoco cuando el personal se va adaptando a las instalaciones», explicó Bello en una entrevista televisiva.

La operatividad del Hospital El Salvador también se ha limitado al uso de las 105 camas UCIS. Esta construcción que fue agenciada por Nayib Bukele como el hospital «más grande de Latinoamérica» para atender pacientes por covid-19, tampoco da uso completo a los 14 kilómetros instalados de una red de oxígeno y aires médicos para el funcionamiento de, al menos, 1,000 unidades de cuidados intensivos. Algo que se traduce en dos tanques que ocupan 30,000 galones de oxígeno medicinal.

Antonio ha venido en caravana junto a una ambulancia de la municipalidad de Nejapa. Su peregrinación inició desde Soyapango y ha terminado en la colonia médica de San Salvador. El joven asegura que ante las filas interminables por oxígeno -en la capital- decidieron probar suerte en otra sucursal, pero el personal del establecimiento que se encuentra sobre el bulevar del Ejército le informó sobre el desabastecimiento de cilindros de 23 pc.

En busca de alivio. La demanda de tanques de oxígeno creció ante la falta de cupos en los centros asistenciales del país, que están saturados de personas con síntomas de covid-19.

Durante los últimos cinco días, su abuelo ha presentado síntomas de covid-19. «Le falta el aire por una fuerte tos», insiste Antonio. Frente a las imágenes del colapso del sistema, donde mujeres y ancianos esperan en colchonetas en los estacionamientos de los hospitales nacionales, la familia ha decidido aislar a su abuelo y atenderlo con terapias respiratorias en su hogar. Pero les ha sido imposible costear un depósito de $84.75 por el cilindro de 23 pc. Tuvieron que acudir a la clínica comunal para que les prestaran un cilindro -de esa cantidad- sin ningún costo.

Ahora su preocupación ronda en el pago de la carga diaria de oxígeno medicinal: $6.05. Y es que luego de tres meses de cuarentena domiciliar, la familia no ha podido retomar la venta de pupusas en la localidad. Ha sido uno que otro ahorro lo que los ha ayudado a subsistir. Pero se está acabando.

«Tendremos que racionar las terapias», dice Antonio. Luego repite: ¿Qué pasará cuando no haya manera de cargar el cilindro? «Solo Dios con uno».

Con la escalada de casos por coronavirus, el Ministerio de Salud ha dispuesto que la segunda fase de actividades económicas sea pospuesta. Nada más. Mientras tanto, la Asamblea Legislativa ha propuesto una cuarentena focalizada en los municipios que más reporten contagios. Que -de aprobarse- iniciaría en San Salvador, Santa Tecla y San Miguel. Ante esto, el gobierno ha reiterado que «vetará» la iniciativa del parlamento debido a que el país necesita una nueva «cuarentena total».

Néstor ha llegado «a ciegas» hasta la fila de tanques oxígeno en San Salvador. No tiene una receta médica y tampoco sabe lo que necesita para asistir a su padre con terapias respiratorias. Solo puede describir como al hombre de 55 años se le cierra garganta y se le corta el habla. En esta búsqueda por asistir su propia emergencia por covid-19, Néstor es informado por los ejecutivos de ventas que, con receta, puede conseguir tanques de oxígeno, válvulas, cánulas, agua destilada y humidificadores, pero no de reguladores, que cuestan $250. Esta vez no es por el precio, es por el desabastecimiento ante la demanda de las últimas semanas. Sin ello, le aseguran, es imposible dar una terapia.

«Debemos de resolver por nuestra cuenta. Son nuestros familiares, al final, no importa lo económico», concluye Néstor mientras busca otra opción en redes sociales para asistir a su padre.

«Yo andaba más protección que el médico que atendió a mi papi»

Fotografía LPG / Archivo

Nadie le tomó la temperatura ni le entregó gel alcohol para que se limpiara. Menos encontró una bandeja desinfectante para los zapatos. A diferencia de lo que sucede en un supermercado, en una sucursal bancaria o en casi cualquier oficina, ingresar al área de emergencias del Hospital Médico Quirúrgico del Instituto salvadoreño del Seguro Social (ISSS), en San Salvador, no supuso mayor protocolo el día en que ella llegó con su padre enfermo.

Ella conocía el estado de salud de su padre. Delicado, sí. Desde marzo, él se quejaba de un dolor en el pecho por el que ya le habían sacado placas de tórax sin que en estas apareciera algo que llamara la atención. El dolor siguió y se mezcló con la cuarentena, la medida impuesta para contener el contagio de covid-19. En el encierro, el estado emocional de este hombre de tercera edad decayó. Y el físico también se fue complicando más de lo previsto, porque, aunque la intención que la institución comunicó desde el inicio fue la de garantizar las consultas a pacientes crónicos y los exámenes a quienes tuvieran procesos impostergables, en la práctica no se cumplió.

El padre, de 84 años y quien el año pasado se sometió a una cirugía cardiovascular, perdió citas con cardiólogo, con cirujana vascular y con un urólogo. También perdió exámenes que ya estaban pautados y que pudieron ayudar a afinar el diagnóstico y el tratamiento para evitar complicaciones. Por la suspensión de las atenciones programadas, «se prevé una reducción gradual y sistemática en el volumen de atenciones brindadas», anuncia el ISSS en su informe de coyuntura del mes de junio. Todas las prestaciones de servicios marcan una variación negativa. Las consultas externas se redujeron en un 19 %, las odontológicas en un 32 % y las intervenciones quirúrgicas en un 11 %, por ejemplo.

El ISSS brinda cobertura en salud al 27 % de la población salvadoreña, que es la que cuenta con un empleo, es beneficiada por lazos de afinidad o consanguinidad, o está pensionada. Este es un servicio médico prepagado por el que se descuenta cada mes tanto al patrón como al trabajador. En plena pandemia, cuando la cuarentena mantuvo en suspenso la mayoría de actividades productivas durante 3 meses –y algunas siguen cerradas-, los números de la institución han comenzaron a bajar. Si se comparan los reportes solo del sector empleador privado de enero y de abril, la cantidad de patronos cayó en un 13 % y la de trabajadores en un 8 %. En cuatro meses, han dejado de cotizar 61,572 personas en el sector privado.

Autofinanciado. En conferencia de prensa, el Sindicato de Médicos del ISSS denunció que el personal ha tenido que comprar su propio equipo de protección durante la emergencia por covid-19.

«La reducción de las actividades productivas está afectando la capacidad de pago de los empleadores y, por tanto, es lógico esperar, en los próximos meses, una caída en la presentación de planillas al ISSS y, sobre todo, en el pago efectivo de las cotizaciones con la consecuente pérdida de ingresos para el Instituto; situación que se puede ver potenciada por la pérdida de empleos en el sector privado, producto de la contracción económica nacional e internacional», se lee en el Informe de Coyuntura que el ISSS tiene actualizado hasta junio.

El ISSS representa el 40% del gasto público en salud. En pandemia, el ISSS recibe un doble impacto. Por un lado, está obligado a responder con más recursos humanos, de infraestructura, y de servicios de emergencia ante una demanda desbordada. Por el otro, las medidas para evitar el cotagio de covid-19 mantienen suspendidas o mermadas las actividades comerciales y la industria y, con esto, cada mes percibe menos recursos. El agujero financiero que se está formando solo se ensancha.

La cantidad de dinero de las cotizaciones del sector privado, por ejemplo, bajó en un 12 % del primero al cuarto mes del año. Mientras en enero fue de $33 millones, en abril la cantidad de ingresos por cotizaciones fue de $29 millones. Son cuatro millones de dólares menos, sin contar con que, en mayo y junio, la demanda por servicios médicos escaló. El colapso que la pandemia va provocando en el ISSS se deja ver en los reportes financieros, pero se siente en los pasillos de los hospitales, como el emblemático Médico Quirúrgico (MQ), ubicado en la capital, donde a la que llamaremos acá Teresa llegó en busca de atención para su padre.

Teresa llegó a la emergencia con un fajo de exámenes bajo el brazo. Ya llevaba cinco días de rebotar por los consultorios privados de cardiólogo y nefrólogo. Y ya había dejado una buena cantidad de dinero en todas esas pruebas que indicaban que su padre tenía un cuadro de anemia, una alteración en la capacidad filtradora de los riñones y sangre oculta en heces. El viernes 25 de junio, lo llevó al consultorio privado de la cirujana vascular y, ante los resultados, la especialista fue categórica: necesitaba ser ingresado en un hospital y necesitaba, con urgencia, una transfusión sanguínea.

En El Salvador, el gasto nacional en salud representa un 7 % del Producto Interno Bruto. Es decir, alcanza los $1,937 millones de dólares al año. De esta cantidad, un 67 % es gasto público y un 33 % es gasto privado. Dentro del gasto privado, aparece la participación de las empresas comerciales de seguros médicos y también el Gasto de Bolsillo de los Hogares en Salud (GBHS). Este último es el que las personas hacen de forma directa «cuando pagan por atenciones en salud (honorarios médicos y servicios de hospitalización; compra de medicamentos, pago por servicios de apoyo diagnóstico y de laboratorio y otro gasto directo relacionado con servicios de salud)», de acuerdo con el Informe de Memoria de Labores del Ministerio de Salud del año pasado.

«Esta variable (GBHS) es de suma importancia –dice el documento-, porque revela cuánto del financiamiento en salud es soportado por los hogares en un período determinado y en la que su importancia relativa está directamente asociada al grado de equidad y protección financiera en salud de la población». Esta es la cuenta en la que se incluye todo el gasto que Teresa hizo en exámenes y en consultorios privados en un intento por evitar ir hasta uno de los colapsados hospitales. Esta es la cuenta que la pandemia ya está haciendo subir ante la incapacidad del sistema de salud público de absorber la demanda. El informe de 2019 sitúa en $523 millones este gasto que sale de los bolsillos de un privilegiado grupo que tienen cómo hacer frente.

La sugerencia que la especialista vascular le hizo a Teresa fue la de buscar un centro asistencial que contara con máquinas de diálisis, un proceso que sirve para hacer la labor de limpieza cuando los riñones presentan daño. Además, recomendó otra placa de tórax, ya que, escuchaba ruido en los pulmones y podía ser otra complicación del cuadro que ya llevaba. «Nosotros evaluamos seguir en lo privado, pero, realmente, escapaba de nuestra capacidad económica, era un gasto bárbaro», cuenta Teresa.

Sin recursos. Los tiempos de espera por una camilla se han alargado. Una usuaria esperó 12 horas para que hubiera cupo para ingresar a su padre.

No sin antes evaluar el riesgo, Teresa y su familia decidieron seguir la instrucción e ir al hospital Médico Quirúrgico. «Yo me llevé a mi papi protegido con todo lo que teníamos. A ellos (padre y madre) nosotros siempre los cuidamos, no salían, y para entrar a la casa de ellos nos desinfectábamos. Ir a los hospital fue una decisión que tomamos porque ya no había más opción, necesitaba ayuda que solo ahí le podían dar», cuenta Teresa.

Teresa y su padre llegaron al MQ a las 2:30 de la tarde del viernes 26 de junio. Ahí, le recibieron los papeles, revisaron los exámenes, y el personal médico evaluó la carta con las instrucciones enviadas por la cirujana vascular que remitía al paciente. Pero había muy poco por hacer. Ante la falta de cupo en el centro asistencial, la única opción era esperar.

Teresa acomodó a su padre en una silla de ruedas que le proporcionaron. Desde donde estaba, podía ver a la gente a la que el personal médico acomodaba bajo toldos, a la espera, como ellos, pero con signos de enfermedad respiratoria. Desde ese lugar, pudo ver que el vigilante de la emergencia recibía a la gente de las ambulancias, a los enfermos, a los familiares de los que no podía valerse solos y a todos los atendía apenas protegido con una mascarilla.

Ella misma entró y salió varias veces de Emergencias para preguntar si había cupo, si alguien podía evaluar a su padre, si podían darle algo mejor que una silla de ruedas a un hombre enfermo de más de 80 años. En todas esas veces, nunca le pidieron higienizarse. No había cómo ni con qué. Adentro, relata Teresa, la gente usaba –usa– las mascarillas que puede, unos van con tela. «Y ahí a nadie le andan ofreciendo otra mascarilla o algún otro recurso para protegerse o proteger a los demás», agrega.

Desde las 2:30 hasta las 6:30 de la tarde, el padre de Teresa estuvo en una silla de metal que tenía el respaldo roto. Si se acostó un rato, fue porque el hermano de Teresa llegó con el carro y, en el parqueo, pudieron colocarlo ahí para que descansara. Alrededor de ellos, había gente con mucho menos recursos, igual de vulnerable, emocionalmente golpeada y en una espera incierta.

En el Plan Anual de Trabajo 2020, una de las metas del ISSS era atender las emergencias en 15 minutos. Y también mejorar la satisfacción de los usuarios para llevarla más allá de una calificación de 7.5. Para cuando el documento fue redactado y publicado, la pandemia de covid-19 era solo un murmullo lejano. Teresa y su padre pasaron 12 horas esperando que hubiera una cama libre. En ese transcurso y ante la insistencia de ella, un médico le ofreció dejarlo en un carro (camilla), en el pasillo, pero le advirtió que era «área covid» y que estaría expuesto. Teresa no aceptó.

Para ese momento, Teresa había detectado una serie de riesgos de contagio en la forma en la que se maneja el flujo de pacientes en este hospital. Y de todas esas grietas, una le llamó mucho la atención. «Yo andaba más protección que el médico que atendió a mi papi«. Señala que el hecho de que diagnóstico con el que entró su padre no era covid-19, no reducía la posibilidad de contagio en un ambiente en el que no se miraba rigor ni separación de áreas.

La cantidad de dinero de las cotizaciones del sector privado, por ejemplo, bajó en un 12 % del primero al cuarto mes del año. Mientras en enero fue de $33 millones, en abril la cantidad de ingresos por cotizaciones fue de $29 millones. Son cuatro millones de dólares menos, sin contar con que, en mayo y junio, la demanda por servicios médicos escaló. El colapso que la pandemia va provocando en el ISSS se deja ver en los reportes financieros, pero se siente en los pasillos de los hospitales, como el emblemático Médico Quirúrgico (MQ).

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El 14 de julio, el Sindicato de Médicos del ISSS (SIMETRISS) hizo una conferencia en la que exigió mejores condiciones laborales para el personal médico de primera línea y, sobre todo, señaló la falta de equipo de protección. Un vocero leyó una serie de reclamos urgentes, entre los que citó la erogación de fondos y salida de insumos que se necesitan para compra de equipo de protección, medicamentos y para más contratación de personal para primera línea. Denunció, además los «errores en la planificación, tanto en la determinación de espacios geográficos adecuados, como de algoritmos de atención para los pacientes sospechosos o confirmados de la enfermedad afectando el derecho a la salud de todos los usuarios y el derecho laboral de los trabajadores».

El 14 de julio es el día del médico. El vocero, con una mascarilla blanca y acuerpado por otros colegas, leyó en el mismo tono que los «trámites engorrosos para la adquisición y distribución de los equipos de protección personal ha obligado a que sea el trabajador el que asuma el costo económico para obtenerlos». El vigilante y el médico a quienes Teresa vio mal protegidos en medio de un ambiente desordenado muy probablemente usaban mascarillas compradas por ellos mismos. Lo mismo quienes estaban en la mesa, al frente de la conferencia.

Después de varias horas, ya entrada la madrugada, el padre de Teresa fue ingresado. «Yo fui con él, desinfecté la cama, lo arrope y lo dejé acostado. Vi que una enfermera lo atendió y le colocó un catéter y le pasó suero. Lo dejé ingresado, acostadito«, explica ella. «Al día siguiente, nos llamaron para decirnos que había fallecido». No pasó ingresado ni 24 horas.

Y, entonces, empezó otro proceso que no se esperaban ni Teresa ni su familia. El hospital registró como causa de la muerte el covid-19. No hubo prueba. A Teresa se limitaron a mostrarle una placa de tórax como muestra de que había indicios de neumonía. «Mi papá tenía anemia y lo que necesitaba era una transfusión, estaba hinchado,pero me di cuenta de que ahí nunca tuvieron la mínima intención de hacerle esa transfusión de sanguínea que urgía y menos de facilitarle diálisis», indica.

Teresa hizo reclamos, pero la causa de muerte no cambió. Para la institución, el hombre de 84 años que ingresó un viernes por la tarde en busca de una transfusión de sangre y una diálisis murió el sábado a medio día por covid-19. Su cadáver, pese a esta clasificación, se mantuvo por más de cinco horas en la misma cama hospitalaria en la que Teresa lo había arropado horas antes. «Yo pasé, entré hasta ahí y lo vi, estaba solo cubierto con una sábana; y, ahí, había otros pacientes a la par», cuenta sin esconder la emoción que le provoca el recuerdo.

Ingresos. El desempleo en el sector privado significa que el ISSS recibe menos dinero. Entre enero y abril, más de 61 mil personas dejaron de cotizar.

La tasa de mortalidad del ISSS ha aumentado. El primer semestre del año pasado, la general fue de 3.3 por cada 100 mil egresos. Mientras que en este año, en el mismo periodo, fue de 3.8. Cuando se ve solo a nivel metropolitano, que abarca el hospital MQ, pasó de 4.2, en 2019, a 4.6 por cada 100 mil egresos en 2020.

A Teresa no le entregaron el cadáver de su padre ese sábado. Tampoco el domingo, ni el lunes, ni el martes. Fue hasta el miércoles que el personal del Ministerio de Salud y de la funeraria coincidieron para ejecutar el proceso bajo «protocolo covid«. En medio, Teresa conoció a otras familias con una historia plagada de carencias, como la de ella y su padre.

Que la causa de muerte haya sido covid-19 no ha implicado que se busque nexos epidemiológicos entre la familia. Teresa señala que no descarta abrir un proceso legal por la forma en la que se trató el caso de su padre: «El responsable de que todo en el hospital se haya contaminado es el Estado, el responsable de que no haya protocolos y de que el personal no tenga cómo protegerse es el Estado; esto no es por mi papi, que fue un hombre maravilloso y que ya descansa, es por todas las demás familias que no merecen que les pase los mismo que a nosotros».

En medio de la pandemia, Sara busca a Miguel

Ilustraciones de Moris Aldana y Carlos Aguirre

Miguel salió rumbo a Montelimar en el municipio de Olocuilta, departamento de La Paz, a eso de la una de la tarde luego de una llamada con un cliente que le solicitó gas propano. Su trabajo consistía en entregar productos a domicilio en la misma localidad. Ir y venir con pedidos a los barrios El Carmen, El Calvario y Cuyultitán era una tarea que, en los últimos siete meses, desarrollaba sin problemas en su motocicleta. A pesar de que debía de cruzar territorios entre una pandilla y otra, rivales, para llegar a las comunidades.

Aquella tarde del 9 de abril, Miguel recogió en el despacho de productos, ubicado en el casco urbano de Olocuilta, dos cilindros de gas de 25 libras y se dirigió hacia Montelimar. Al llegar, Miguel se detuvo en un control vehícular para limpiar las llantas de su motocicleta y ser rociado con una mezcla de alcohol y cloro en un ritual de desinfección que adoptó la comunidad para escapar del coronavirus durante la cuarentena domiciliar que inició el 21 de marzo. Ahí fue visto por última vez.

Quien cuenta esta historia es Sara, la madre de Miguel, una mujer de 40 años a la que el paso de los días, 88 para ser exactos, le ha robado la tranquilidad ante la ausencia de Miguel. Sentada en una hamaca en el pasillo del pupilaje donde vivía su hijo, un pequeño cuarto donde el joven de 21 años acuñaba una cama, unos cajones que ajustaba como ropero y una cocina de mesa, Sara suplica saber: ¿Qué pasó? ¿A dónde está?

En El Salvador, dar respuestas a las súplicas de familias que, como Sara, piden una explicación de cara a la desaparición de un hijo, una hija, un hermano, un sobrino es un terreno complejo. No existe una ley que ayude en la búsqueda ni ampare a los familiares de las víctimas ante su ausencia. Tampoco hay un sistema donde se pueda establecer un reporte -sin necesidad de iniciar una acción legal- para investigar sobre el paradero de las víctimas. Esto hace que muchas familias no se atrevan a denunciar y que las cifras oficiales no den cuenta de estos casos.

De momento, solo hay un documento interinstitucional que da luces a la Policía Nacional Civil, Fiscalía General de la República, Instituto de Medicina Legal y otras entidades para activar el Protocolo de Acción Urgente y Estrategia de Búsqueda (PAU). Lineamientos que suponen actividades inmediatas y coordinadas para la localización de las víctimas tras el reporte de su desaparición. También se cuenta con una reforma al Código Penal que incluye como delito la «desaparición de personas» con penas de cárcel que rondan los 15 a 25 años.

Ahora es la duda, la sospecha de lo que pudo pasar, la que se apodera de esta mujer de cabellos castaños, ojos café claro, piel morena y facciones simétricas. «Algunas personas dijeron que sí lo vieron entrar, pero ya no regresar», dice Sara mientras se columpia en la hamaca como quien arrulla su propia pena: «¿Quién podría querer dañar a «Miguelito«, si todos lo conocían?».

Que Miguel y su familia fueran reconocidos en los alrededores del municipio, según Sara, era la única garantía que el joven tenía para repartir pedidos en las comunidades de Olocuilta, ya que por años ella, su esposo y Miguel se ocuparon de ser zapateros en el mercado local. Miguel creció en medio de los vendedores, el comercio, las cocineras y los jóvenes de la zona. Fue un anhelo de superación y la caída del negocio lo que lo llevó a buscar otras opciones de empleo.

Sara se mece entre el llanto y la impotencia de no poder hacer mucho para encontrar a su hijo. La cuarentena domiciliar obligatoria y las restricciones de movilidad que limitaban la circulación de los ciudadanos a fechas específicas de acuerdo al número de identidad, ante la emergencia por el covid-19, la privaron de buscar.

Las medidas vigentes -hasta el 16 de junio- con el decreto ejecutivo 29, también suspendieron la marcha del transporte colectivo y sugería que el incumplimiento del confinamiento podía ser motivo para el traslado a un centro de contención. Sara tuvo pocas opciones para indagar. Así que se apoyó en una denuncia formal para encontrar a su hijo.

Esta denuncia, en paralelo a la desaparición, también supone otra pena: que el caso de su hijo no fuera relevante durante la emergencia por covid-19. «Fue hasta el 10 de abril que pudimos levantar la denuncia formal de mi hijo», explica Sara. Y es que, la misma tarde en que Miguel ya no apareció, oficiales de la PNC de Olocuilta le pidieron «esperar la noche» para ver si el joven regresaba a su hogar. En ese momento, relata Sara, los policías de turno hicieron hincapié en que solo estaban atendiendo «situaciones que eran prioridad frente a la pandemia».

Un día después, el 10 abril, tras levantar la denuncia, el PAU se activó y la PNC dio aviso a la Unidad de Vida de la FGR en el departamento de La Paz. Luego con las restricciones de movilidad por la crisis de salud, la Fiscalía quedó en llamar a Sara para realizar una entrevista y levantar el expediente. Pero fue hasta el 12 mayo, un mes después de los hechos, que la entidad solicitó su presencia en la cabecera departamental: Zacatecoluca. Esto a pesar de que el mismo PAU dicta que la primera línea de investigación para dar con el paradero es la recolección de información.

Para dar prioridad a estas denuncias, la Fiscalía General de la República creó -a inicios de julio de 2019- la Unidad Especializada de Personas Desaparecidas. La urgencia era dar respuesta a un promedio de nueve casos por día. De enero a mayo de 2020, Guadalupe Echeverría, directora de la dependencia fiscal, sostiene que esta media, de momento, se mantiene con cuatro reportes diarios. Una baja que se refleja en el consolidado de los casos durante los últimos cinco meses: 750 personas. Un 51.12 % menos comparado a las cifras de mediados de 2019.

Este consolidado también es el más bajo comparado a los datos de los últimos tres años. Para 2017, según las cifras oficiales de la FGR, las denuncias -en los primeros seis meses- alcanzaron los 1,378 casos; mientras que en 2018 fue de 1,499 y 1,467 para 2019.

Ahora es la duda, la sospecha de lo que pudo pasar, la que se apodera de esta mujer de cabellos castaños, ojos café claro, piel morena y facciones simétricas. “Algunas personas dijeron que sí lo vieron entrar, pero ya no regresar”, dice Sara mientras se columpia en la hamaca como quien arrulla su propia pena: “¿Quién podría querer dañar a “Miguelito”, si todos lo conocían?”.

***

«Nosotros somos el ente que supervisa a nivel nacional todas las acciones urgentes; generamos unas directrices técnicas para la investigación y para el abordaje. Vemos los casos más relevantes. Hay un constante monitoreo con todas las unidades fiscales y policiales para la aplicación de las acciones a nivel territorial», explica Echeverría.

De acuerdo con los datos proporcionados por la Unidad Especializada de Personas Desaparecidas, para 2020, entre enero y febrero, la tendencia de las denuncias mensuales era de 187 y 198 casos. Luego, en marzo, y abril la media rondó en 160 y 112. Pero fue en mayo cuando los reportes alcanzaron las 93 personas. ¿Qué ha provocado esta baja parcial de las denuncias?.

El confinamiento domiciliario ha tenido que ver con estos índices «tras la limitación ambulatoria restringida de las personas», asegura Guadalupe Echeverría. Es decir, los familiares no han tenido manera de movilizarse o saber cómo proceder. A pesar de ello, Echeverría, no duda en decir que las 19 oficinas fiscales, a nivel nacional, han trabajado al 100% y nadie ha dejado de operar: «Toda la necesidad que se ha requerido, se ha cumplido», enfatiza.

En una pausa, Sara da un pequeño recorrido por los objetos que aún conserva de Miguel. Muestra una camisa blanca con rayas rojas y en esta se lee un: Promo 2015- 9 «A». Ahí, entre un suéter negro y una gorra que aún cuelgan de la pared del cuarto, ella recuerda que su hijo nunca fue bueno para estudiar. Abandonó el bachillerato, pero había prometido retomar las clases para el próximo año.

«Hasta el momento, no hay buenas noticias. Yo he insistido, los he hostigado por teléfono para enterarme de cualquier novedad o, simplemente, saber cómo va todo. No dejan de repetirme, cada vez que llamo, que la Fiscal asignada no llega a trabajar por la pandemia», mantiene Sara.

Si la emergencia de salud por covid-19 incidió en una falta de operatividad para el procesamiento de las denuncias dentro de la PNC o FGR, de momento, no es algo que la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) pueda precisar, ya que la entidad no ha recibido ningún reporte con estas características.

Sin embargo, la procuradora adjunta de Migración y Seguridad Ciudadana de la PDDH, Beatriz Campos puntualiza que -en el área central- las autoridades están más conscientes de las acciones a tomar ante la desaparición de una persona y la aplicación del PAU.

«A nivel departamental -y en sus municipios- aún falta la difusión y capacitación de los trabajadores de justicia y agentes policías en cuanto al PAU. Todavía no tienen mucha conciencia de que hay que aplicarlo de inmediato sin tener que esperar horas», concluye Campos.

Por hoy es una carta de permanencia -en la oficina fiscal de Zacatecoluca- lo que certifica a Sara y a su familia sobre la ausencia de Miguel. Un documento que fue solicitado por los mismos, primero, para justificar su salida el 12 mayo y, segundo, para tener algo por escrito que diga que su hijo ya no está.

Ilustraciones de Moris Aldana / Carlos Aguirre

«Hasta el momento no nos han querido dar copia de la denuncia, ya que nos dijeron que eso lo manejan solo ellos», dice Sara. Después murmura parte de la carta: La Fiscalía de la República de Zacatecoluca, hace constar que desde las 8:30 am hasta las 15:00 pm se ha atendido a esta convocatoria.

A pesar de la disminución de las denuncias en el transcurso de la cuarentena, la Unidad Especializada de Personas Desaparecidas asegura que la efectividad en la localización de una persona -viva o muerta- es del 54.79%. Algo que se traduce en los últimos tres meses en: 200 personas localizadas y 165 sin encontrar.

Estar del otro lado -dentro del 45.21% de familias que no saben qué pasó- ha llevado a Sara a la desesperación. Come poco, casi no duerme y permanece en un estado de depresión: «Me duele que en todo este tiempo solo haya podido ir a buscar a mi hijo en dos ocasiones».

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos luego de su visita a El Salvador, para observar, en terreno, la situación de derechos humanos, ha reiterado -tras conocer repetitivas quejas de víctimas sobre el actuar de las autoridades como la FGR y PNC en cuanto a las demoras de su proceso y omisión de sus denuncias- en su informe preliminar de 2019 que: Las investigaciones por los casos de personas desaparecidas son una obligación indelegable del Estado.

«La impunidad no solamente deja sin verdad y sin justicia a las víctimas, sus familiares y a la sociedad salvadoreña en su conjunto, sino que también propicia la repetición de los hechos», perfila la CIDH en su informe.

De momento, no hay una normativa que responda a la realidad que viven los familiares de las víctimas. Una de las primeras acciones importantes que debe adoptar el país, según Lissette Campos, asesora legal del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), es que el órgano legislativo ratifique los tratados internacionales sobre este tema. Así una ley especial podrá responder a los mecanismos de búsqueda, reconocimientos de derechos y la definición de los bienes de personas desaparecidas.

Con el fin de la cuarentena domiciliar, a Sara le preocupa regresar a las labores el próximo 7 de julio. Con su trabajo como cocinera a tiempo completo -en San Salvador- le será imposible viajar hasta las oficinas de la Fiscalía en Zacatecoluca para dar cuenta o saber qué sucedió con Miguel.

«Han quedado en llamarme y avisarme cuando la fiscal asignada retome sus labores en la sede. Esperaré tres días, sino volveré a intentar», asegura Sara. Hasta la fecha, Sara, sigue sin recibir noticias.

Las casas a la orilla del río

Fotografías de Érica Chávez

Juan Antonio Martínez solía trabajar como mesero. Recibía un sueldo y propinas por servir platos de mariscos o baldes con cervezas en un restaurante. Así, pudo comprar una cocina, un camarote y un par de camas. Cada mañana, durante los últimos seis años, se levantó de una de esas camas y estuvo a menos de un metro de la borda. Entre uno y otro, apenas una lámina.

Tras ese muro, pasa el río Chilama que, a unos cuantos metros más adelante, se hace mar. Desde donde está parado Juan Antonio se alcanza a ver bien cómo ese mar recibe al río. «Hasta allá fueron a parar mis cosas», cuenta. Juan Antonio, a sus 53 años, ya no tiene camas, ropa, trastos y tampoco tiene rancho. En las primeras horas del domingo 31 de mayo, el río creció tanto, que se llevó todo. Ahora, cuando ya han pasado cuatro días desde que la lluvia cesó, se sienta sobre un pedazo de silla plástica y desde ahí mira el espacio lleno de lodo y pertrechos donde antes estaba su casa. Ahí, asomando entre escombros y lodo, está un colchón celeste, húmedo, revolcado. Cree que es donde dormía.

Juan es una de esas personas de las que habló la ministra de Vivienda, Michelle Sol, durante una cadena nacional del jueves 4 de junio en la que el gobierno dio cuenta de la emergencia provocada, en un primer momento, por la tormenta Amanda. «La causa es por vivir en la orilla del río. La misma necesidad ha hecho que la gente se asiente en lugares de riesgo. No ha habido una institución que les detenga, ni que les dé soluciones a viviendas dignas», dijo ella ante el gabinete de gobierno.

Y sí, Juan llegó aquí sin alternativa. Ya no podía seguir pagando alquiler. Además, ¿en qué casa caben siete adultos y tres niños que se pueda pagar con sueldos de meseros, pescadores o comerciantes en pequeño? En El Salvador, un 42.6 por ciento de hogares presenta hacinamiento.

Para la familia de Juan, significó una gran oportunidad venir a levantar con palos y láminas un rancho aquí, a la comunidad que lleva un nombre bien plano que suena a riesgo: Río Mar. Está habitada por 105 familias que, en el municipio de La Libertad, viven entre la ribera del Chilama y playa Punta Roca, que suele llenarse de surfistas. Entre el turismo en modo Instagram y la pobreza multidimensional hay solo unos cuantos metros.

La Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Minima (FUNDASAL) desarrolló un estudio en 32 ciudades salvadoreñas y halló, en 2007, que ya había en ellas 3,000 asentamientos entre mesones, tugurios y lotificaciones irregulares. Caludia Blanco, directora ejecutiva de esta institución, señala que, ahora, ya son más y están habitados por más gente. «En estos asentamientos hay grandes carencias de hábitat y unas violaciones a los derechos humanos muy graves. No hay agua, no hay calles, la gente no tiene dónde ir al baño, no se tiene cómo dejar ir el agua», explica. La densidad de estos asentamientos aumenta cuando los hijos forman sus hogares y, por razones económicas o por limitaciones que impone la violencia social, no se pueden mudar. Así fue como Juan llegó a tener una familia de 10.

Esa noche del 4 de junio, durante la cadena, la ministra Sol habló de 1,200 casas dañadas y de 365 que ya se daban por pérdida total debido al desborde de los ríos, los deslaves, las inundaciones. Durante la tormenta, 27 personas murieron. A dos semanas de aquello, la directora de Fundasal, la arquitecta Blanco, asegura que, con base en información recibida de las directivas comunales, tienen datos de 8,500 familias cuyas viviendas registraron severos daños debido a la tormenta.

En Río Mar, da gracias a Dios Juan, no hubo víctimas. Acusa, sin embargo, un casi milagro. Porque nadie sabía, en estas casas de lámina en medio de río y de mar, que venía una tormenta que los tomaría de frente, por El Pacífico. «Un par de horas que nos hubieran dado y alcanzamos a sacar lo más importante, pero ni eso», dice Juan frente a un rimero de seis láminas que cuida como tesoro. Esto quedó de su casa. «A chatarrera las voy a llevar, a ver si me dan algo». Las láminas están torcidas y oxidadas. Pero Juan se aferra a ellas, porque, de todos modos, no tiene nada en el bolsillo.

Juan no cree que la suya sea una pérdida que esté en las estadísticas del gobierno. Porque ahí, se habla de casas, y el de él era un rancho. Uno que levantó sobre un terreno del que no tiene título de propiedad y en el que se quedó, en 2014, apenas amparado por un papel que le dio la alcaldía, mismo que ya no tiene.

La arquitecta Blanco cita un informe de Habitat para la Humanidad para asegurar que: «El 80 por ciento de la población tiene alguna violación del derecho humano a la vivienda, ya sea falta de agua, piso, techo, paredes, derecho de propiedad de la tierra, o riesgo alto de desastre por fenómeno natural».

En línea recta de donde está Juan, unos pasos más adelante, como rumbo a donde el río se hace mar, Guadalupe Castillo también busca rescatar lo que quedó. Ella tenía una tienda, también de lámina, y también a la ribera del río. Ahora lava unos envases de soda de vidrio y los pone a secar sobre la borda. Le pueden servir, dice. Así, de entre el lodo, también sacó sus zapatos, alguna ropa, botellas con limonada. Todo lo ha ido guardando en guacales y les ha colocado encima telas para resguardarlo. Aquí no se puede dar nada por perdido, ni aunque haya sido desenterrado.

Guadalupe habla frente a una montaña de lodo de metro de alto. Es lo que ha sacado de su casa-tienda. Y falta, adentro todavía hay partes anegadas. A ella, no se le cayeron las láminas laterales ni las de arriba. Es, cree, de las 1,200 casas dañadas que mencionaba el gobierno en la cadena. Pero perdió una inversión importante en productos. Con primor, muestra unos sobres de capuchino instantáneo que pudo rescatar, quedaron, cuenta, colgados de ganchos en la parte más alta. «Vienen para dar a 50 centavos, diez se les gana, apenas».

La vulnerabilidad es alta en un país en donde el 29 por ciento de hogares está en pobreza multidimensional, de acuerdo con la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples (EHPM) de 2019. Este método se basa en el uso de 20 indicadores que, a su vez, se dividen en cinco dimensiones, una de ellas es la condición de la vivienda. Acá, de cada 100 hogares, en 20 los materiales del suelo y las paredes son inadecuados. Son madera, paja, palma, cartón material de desecho o, como en el caso de Guadalupe y Juan: pura lámina metálica.

Consecuencias. De acuerdo con datos de FUNDASAL, los hogares de 8,500 familias resultaron dañados por las tormetas Amanda y Cristóbal.

Guadalupe está decepcionada. Se tardó por lo menos ocho meses en construir un baño de letrina domiciliar. De lo que iba sacando de la tienda, compraba una bolsa de cemento, un día. Y, al otro, juntaba para arena. A veces, le abonaba al albañil. Así, terminó de pagar unos $200 por la obra. «Pero esta vez, ya rebalsó todo. Está lleno de agua, menos mal no tenía mucho uso, no porque a saber cómo estuviera todo esto», lamenta.

Ella tiene 58 años de edad y 20 años de vivir en Río Mar. Esta es la tercera vez que pierde todo. Mientras muestra los zapatitos enlodados de su nieta de menos de un año, afirma que, esta vez, si pudiera, se iría. Pero, por el momento, no tiene para pagar el préstamo con el que trabaja, no tiene cocina, no tiene ni baño y hace intentos por recuperar un ropero de madera hinchada por la inundación.

A pesar de los antecedes de desbordamiento del Chilama y de vulnerabilidad de las viviendas en Río Mar, no hubo alerta temprana. La evacuación en la zona más cercana al río, donde viven Juan y Guadalupe, se hizo entre las 4 y las 5 de la mañana y fue acompañada por funcionarios de Protección Civil y de la junta directiva de la comunidad. Se hizo hasta ese momento, incluso cuando ya había llovido por más de 12 horas de forma constante.

Río Mar no fue la única en la zona en ser evacuada así, a las prisas, con gente huyendo solo con la ropa puesta. En la carretera El Litoral, más adelante en ruta al municipio Rosario de Mora, está la comunidad Jute Esperanza. Ahí, Emelia Salmerón pasa pegada al celular. Ella es enlace comunitario con Protección Civil, con la Alcaldía de La Libertad y con entidades sanitarias. «Yo le llamé a mi capitán en la noche y mandó una cuadrilla, pero, al llegar, ellos dijeron que no iban a evacuar todavía porque el río no se había desbordado», explica frente a la maquinaria pesada que, ya bajo un brillante sol, extrae toneladas de lodo de una de las casas afectadas.

El río y el capitán del que habla Emelia son El Jute y Miguel Ángel Jiménez, alcalde de La Libertad. La lideresa comunitaria cuenta, entre palabras atropelladas, que comenzó a sacar a la gente de sus casas a los gritos y a los golpes de puerta, porque al filo de las 3 de la madrugada de ese domingo 31 de mayo, El Jute ya estaba crecido y se estaba desbordando justo en donde pasa la carretera, ahí en donde el FOVIAL trabajaba en un puente.

La lluvia intensa a esa hora amenazaba por todos lados. El río ya estaba salido de cauce y se metía a las cas de la ribera y, desde las colinas, donde también hay casas, bajaban correntadas que arrastraban todo al paso. La comunidad es eso: una calle con casas de lámina a ambos lados unas dan al río y las otras están montadas en la colina. Y no, pese a las varias horas de lluvia, a esas 65 familias no se les evacuó con el primer aviso. El alcalde Jiménez explica que la información acerca de la intensidad del fenómeno no llegó a tiempo a las municipalidades que resultaron más golpeadas. Y que, aunque les hubieran dado una alerta temprana, «a la gente no le gusta salirse de sus casas».

«Gracias a Dios no lamentamos muertes; porque, a esa hora, solo Dios con nosotros», explica Emelia. Frente a ella, Jesús de Caridad Contreras asiente y, en el mismo tono, cuenta que ella también ayudó a sacar gente. Usó un megáfono para advertir que el río venía de abajo (zona del puente), para arriba (hacia la colina). Evacuar, aquí, tampoco es ir muy lejos. Los 40 adultos y 16 niños mal durmieron en el suelo de una iglesia evangélica que está en la misma calle por donde el río venía cortando paso.

La alcaldía de La Libertad es la que ha ayudado a las familias de la zona a conseguir servicios básicos como agua y electricidad. Y es, también, la encargada de arreglar la calle. El alcalde Jiménez no es ajeno a las condiciones de las comunidades, y señala que desde hace rato cuenta con un terreno de cinco manzanas, frente a la Unidad de Salud, en donde podría reubicar a las familias. «Ojalá que esta vez sí podamos ejecutar esto, porque, le digo, a la gente no le gusta moverse», indica quien está al frente de la alcaldía desde 2015.

El riesgo en Jute Esperanza está tan normalizado que, cada año, se construye una borda en la parte alta de la comunidad. Y, todos los años, acaba destruida. «Necesitamos una borda más grande y que se arregle el mal trabajo que están haciendo en el puente de la carretera», explica Zuleyma Contreras, presidenta de la directiva de la comunidad. La reubicación no es opción. La gente que más tiempo lleva viviendo aquí ya acumula tres desbordes convertidos en destrucción.

Las evacuaciones que se hacen con el agua hasta la cintura no son inofensivas. Lo sabe Azucena Leiva, de 27 años. Esa madrugada en la que Emelia y Jesús iban a sacando gente a los gritos, ella comenzó a sangrar. Con su hija de 4 años, logró salir de la casa y ponerse a salvo. Pero el sangrado no se detuvo. Para el medio día era fuerte. Y, de la Unidad de Salud, la refirieron a un hospital que no fue el San Rafael, el que le toca como referencia de su zona por estar ubicado, en Santa Tecla, a 26 kilómetros de distancia. La llevaron en ambulancia hasta el hospital San Bartolo, en Ilopango, a 46 kilómetros.

“Una reubicación debe tener una visión de respeto por la gente. Porque las familias no son sillas. No son muebles. No es que se agarran y se van a poner a otra parte”. La arquitecta defiende el derecho de las personas a mantener contacto con sus medios de vida. Un pescador, así, no puede ser reubicado lejos del mar.

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Azucena tenía 14 semanas de embarazo. No se había hecho ecografía, pero había decidido nombrar Milton si era niño y Daniela Salomé, si era niña. Nunca le dijeron a qué se debió su aborto espontáneo. Los médicos, cuenta, se limitaron a decirle que lo iban a investigar. Ella y su pareja pasan el dolor de la pérdida refugiados en la casa de unos familiares. Ella está segura de que fue el susto, el frío, el esfuerzo, la angustia por huir.

La noche del 31 de mayo, mientras Juan y Guadalupe dormían en el albergue del Instituto Nacional de La Libertad, mientras Emelia y Zuleyma coordinaban comida y abrigo para 65 familias en dos refugios y mientras Azucena intentaba gestionar la pérdida de su embarazo, el presidente de la República Nayib Bukele dio una conferencia de prensa. Lo hizo desde la comunidad Nuevo Israel, en San Salvador, un asentamiento levantado a las orillas de la quebrada La Lechuza.

Muchos en poco espacio. En un 42.6 por ciento de casas hay hacinamiento, quiere decir que más de tres personas comparten el mismo cuarto, según la EHPM del año pasado.

Las lluvias ahí ocasionaron luto y pérdida total en algunas casas y severos daños en otras. Bukele anunció que el plan para reducir la vulnerabilidad es reubicar a las familias y entregar viviendas de un costo de $10,000. Los ministerios encargados de llevar a cabo el proyecto son Obras Públicas y el recién creado Vivienda.

La ministra Sol anunció en rueda de prensa que ya se está realizando el censo de las familias afectadas con la pérdida de su vivienda y que ya se están evaluando algunos terrenos en donde se pueden construir las casas. También presentó una proyección de cómo pueden llegar a verse las primeras 60 viviendas. Esta información se encuentra publicada en la cuenta de Twitter de la institución. En la página web, sin embargo, no hay ninguna información acerca de presupuesto. Y en el portal de Transparencia, en donde las instituciones gubernamentales deberían colocar los documentos de interés público, Vivienda mantiene vacías las carpetas de Presupuesto, Plan Operativo Anual, Estadísticas y la de Contrataciones y adquisiciones. Lo único que este ministerio ha publicado ahí está en Remuneraciones, en donde consta que le paga a un especialista ambiental $1,200 al mes y a un especialista en desarrollo territorial, $1,385. Mientras que, quien ocupa la plaza de coordinador de redes sociales de esta institución aparece con un salario de $1,730.

Es justamente en la cuenta de Twitter del ministerio de Vivienda en donde aparece colgado un video en el que la ministra Sol asegura que muchos de los posibles beneficiarios han expresado agradecimiento al gobierno, mientras que otros han señalado que el terreno se encuentra muy lejos. «Estamos buscando las opciones», agrega la ministra.

Como institución, Fundasal acumula 52 años de experiencia. Sobre eso, la directora Blanco afirma: «Una reubicación debe tener una visión de respeto por la gente. Porque las familias no son sillas. No son muebles. No es que se agarran y se van a poner a otra parte». La arquitecta defiende el derecho de las personas a mantener contacto con sus medios de vida. Un pescador, así, no puede ser reubicado lejos del mar. «Las redes son muy importantes para todas las personas, son las que nos permiten estabilizar la vida y una reubicación debe contemplar no solo la seguridad física, sino que también los mecanismos que sostienen la existencia de las personas», señala.

En Jute Esperanza, los recorridos de Emelia no han terminado. Ahora con sol, las tareas son sacar con palas el lodo de las casas y lavar, en el mismo río que se desbordó, la ropa que se pudo rescatar. Hay humedad por todos lados. «Después de estos fenómenos, la gente queda con hongos en los pies», revela como un detalle de esa parte de la historia que, casi siempre, queda sin contar. «Así es aquí -dice-, toca levantarse aunque duelan los pies».

Sin margen. Un 29 por ciento de hogares vive en pobreza multidimensional, de acuerdo con la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2019.

Con amor, desde cualquier parte del mundo Las cartas de los salvadoreños varados

Ilustración de Carlos Aguirre
Ilustración de Carlos Aguirre

Ana Carolina Vidales, varada en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Viajó por trabajo.

A mis amores Toto, Titi y Yiya, solamente recordarles: Esto también pasará, y no me refiero al virus, ese vino para quedarse. Los inteligentes estamos aprendiendo a conocerlo, manejarlo y convivir con él. Me refiero a los intereses creados, que se aprovechan del virus sin importar el dolor que causan.

Para algo nos quiere Dios en este momento, lugar y circunstancia. Superémoslo con amor, valentía y agradecimiento por los aprendizajes que enriquecen nuestras vidas. No permitamos que nada ni nadie nos robe la paz. Cada día los amo más y estoy más orgullosa de mis tres obras de arte. Mamá.

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Cristina de Lowy, varada en La Vegas, Estados Unidos. Viajó a visitar a un familiar que sufrió un accidente.

Hola querida familia:

Este día, nuevamente, he despertado con la esperanza de que con suerte pueda haber otro vuelo y me avisen que voy en él. Sé que tengo que trasladarme a otra ciudad porque, si por el momento, solo a los vulnerables nos llevan, somos pocos en esta ciudad, así que tendré que irme donde me indique el cónsul, a quien le hemos estado preguntando tanto, que ya ni nos responde, creo que lo fastidiamos con tanta preguntadera.

Cuando salimos ese miércoles con Geo, nunca nos imaginamos la pesadilla que habríamos de vivir. Ella para el Sur, por su trabajo, yo para el Norte, como un gesto solidario.

No saben cuánto anhelo estar en casa. Después de haberme perdido el cumpleaños de Gaby, 8 años, mi niña. Llorando, la felicité, y me dolió aún más cuando me dijo: «Abuela, es que yo quiero que estés aquí, me haces mucha falta». Esas palabras me dolieron mucho.

Dejarlo a usted solo mi viejo… pero que, gracias a Dios, los dos muchachos decidieron irse con usted a nuestra casa, cuando la cuarentena comenzó, para hacerle compañía, sacrificando sus hogares, y al cuidado y compañía de Fernandita, mi niña de apenas 9 años.

Su alimentación siempre ha sido mi prioridad, porque sé que siempre ha disfrutado de mi cocina.

Mi cumpleaños en esta ciudad, el 13 de abril fue muy triste. Mi familia, aquí, me preparó un desayuno, queriendo hacer el día más llevadero. ¿Cómo poder disfrutarlo si siempre lo hemos pasado al lado de ustedes y el grupo de amigos? Recuerdo la celebración de mis 65 años, una gran celebración como presagiando que este sería tan triste.

Ni recordar quiero el Día de la Madre. Cada llamada era una nostalgia de los tiempos al lado de ustedes.

Hoy pido a Dios me conceda la gracia de estar al lado de ustedes para celebrar el Día del Padre, a ese hombre que se merece toda celebración.

¿Saben lo que haremos al llegar? Abrazarnos, darles los besos que les he mandado en cada llamada telefónica, y cuando termine la cuarentena, reunir a todos los nietos y amistades y agradecer a Dios por mi retorno. Celebraremos el cumple de Geo, Cami, Carlitos y Gaby y celebraremos la vida. Tomaremos también una tarde con el grupo de matrimonios amigos para ir al cementerio y llevar flores, cantarle y despedirnos de nuestra gran amiga, que partió al cielo recientemente sin que pudiéramos verla.

Habremos de requerir de mucho tiempo para hacer los pendientes que tenemos, pero, como siempre les he dicho, quiero al lado de ustedes vivir la vida.

Les amo hasta el infinito.

***

Violeta Vergara, varada en Estados Unidos. Viajó por un contrato de trabajo de noviembre a marzo.

A mi esposo, a mis padres y demás familia, porque somos muy unidos: Los extraño demasiado, tanto como ustedes a mí. Es imposible recuperar tanto tiempo lejos, pero que al llegar vamos a pasar tiempo de calidad y a afrontar esta crisis mundial juntos.

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Yesennia Maylett López de Rodríguez, varada con su mamá, su abuela y su hija en Downey, en Los Ángeles, Estados Unidos.

A mis seres queridos en El Salvador:

Les diría lo mismo que me digo todos los días, que los designios de Dios no los entendemos, pero que él siempre busca lo mejor para nosotros. Y pronto estaremos juntos, solo recordando esto como un mal momento de nuestras vidas. 🙁

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Emy Mena, varada en México. Viajó por trabajo.

Nos abrazamos en el aeropuerto sin saber que el próximo encuentro tardaría tanto. Después de más de dos meses, hemos encontrado la manera de sentir que Tijuana y El Salvador están cerquita, desde las videollamadas diarias y en celebraciones de fechas especiales. Pero nada va a reemplazar el calor de sus besos y caricias. He preferido no ilusionarme con la fecha de cuándo estaremos juntas otra vez, pero sí que me he imaginado muchas veces cómo será ese abrazo que nos daremos cuando regrese, por fin, a El Salvador.

Como dice mi papá, las amo desde mi corazón a sus corazones.

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Tatiana Ventura, varada en México con su bebé de un año. Viajó por turismo.

Quiero que este mensaje llegue a las personas que han sido parte de mi vida, que de una u otra manera han aportado un poco para convertirme en la mujer valiente que soy: mi familia.

Yo sé que estamos en tiempos de crisis. El mundo es un caos, pero Dios ha sido fiel en este viaje, que era de una semana y, al final, se hizo de meses. Quiero que sepan que en el camino he conocido a personas buenas, entre ellos [email protected], que han sido de gran apoyo para mí y mi bebé.

Mamá, lamento mucho haberte dado esta preocupación, pero quiero que sepas que estamos bien y algún día vamos a poder regresar. Gracias a mis tías que, también, son como mis madres por estar pendientes de nosotras. Dios bendiga a El Salvador.

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Mirian de Chávez y Carlos Chávez, esposos de 71 y 76 años. Varados en Valparaíso, Chile. Viajaron por la graduación su hijo.

Hola, hija, ¿cómo estás? Nosotros acá, siempre con la desesperación de poder volver. Me preocupa que, en la trayectoria hasta llegar a casa, no lo podamos lograr.

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Alejandro Polanco, varado en Panamá. Viajó por trabajo.

Extraño mucho a mi familia, perderme el primer cumpleaños de mi hijo, sus primeros pasos. ¡Ha dolido mucho! Mucha fuerza y paciencia a mi familia. Me estoy cuidando al máximo para verlos pronto.

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Manuel y Ana de Rivera, esposo varados en Florida, Estados Unidos. Viajaron por trabajo.

Sin lugar a dudas, esta es la situación más difícil que hemos atravesado como familia. Hijos, al no haber alerta de no viajar, ningún caso de virus en el país, no fuimos capaces de prevenir esta situación a la que los hemos expuesto.

Javi, a tus 14 años, estás siendo muy fuerte, saliendo adelante, bien, en el colegio. Estamos muy orgullosos de ti. Manu, empezando tus estudios en la U y apoyando en todo a tu hermano, ahora como un tercer padre. No podemos pedir más de ustedes.

Familia extendida, gracias por su apoyo y oraciones. No perdemos la fe y confiamos pronto estaremos de regreso. Dios los bendice y protege en todo momento.

***

Diego Ramírez, 21 años, varado en Nueva York. Viajó por la muerte de su abuela.

Extraño a diario a mi familia. Cada día que pasa es más difícil poder resistir a los pensamientos negativos y a la incertidumbre de no saber cuándo volveré, pero sé que Dios no da las pruebas en vano. Tengo fe en que pronto estaré allá con ustedes Lissette, Carlos, Elsa, Lesly y todos los demás. Los extraño.

***

Neidy Rodríguez, 30 años, varada en EUA. Viajó para conocer a su sobrino.

Me siento triste. No menosprecio la ayuda de familia que me han dado, pero esta ha sido una prueba dura. Estar lejos de la tierra uno no lo valora hasta que no puede regresar. Extraño mi cama, mi casa, a mis papás, mi trabajo, a mis amigos. Extraño el calor salvadoreño. Extraño un domingo en casa viendo televisión con mi mamá, debajo de una sábana.

Todos los días me levanto con la esperanza que me llamen para regresar y cada día me acuesto con ansiedad y tristeza. Mi trabajo me genera mucha ansiedad, porque no sé cómo me pondré al día con el trabajo que han continuado haciendo los demás. Si es que la situación no se complica más y ya no lo puedo recuperar, lo único que quiero a estas alturas es regresar. No me imaginé en ningún momento que salir de viaje se convertiría en una situación tan desafortunada.

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Lupy Siu, varada en Plano, Texas, Estados Unidos. Viajó a visitar a su familia.

¡Las palabras que busco no existen, pues mi agradecimiento por todo el apoyo, cuidado, ánimo y amor que he recibido de parte de mis papás, Guille, Gaby, Fiore, mi amada Titi, Astrid, Salomé, Bea, Julio, Patty, en El Salvador, no tiene comparación! Mirna, José Luis, André, Charlie, Coco, gracias por estar conmigo en esta crisis. ¡Los amo! Hoy fue un día menos para estar con ustedes. Ya casi nos vemos. Han estado conmigo 88 días, mil gracias. Sin Dios no hubiera podido resistir hasta hoy, ha sido mi fortaleza.

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Xenia Argueta, varada en Estados Unidos. Viajó por compromisos familiares a sus 12 semanas de embarazo.

Querida familia:

Los extraño mucho. Es difícil perderme de momentos tan importantes junto a ustedes. Cómo quisiera estar ahí en estos momentos que todos necesitamos apoyarnos. También es difícil sentirse vulnerable y hasta desamparado. Te preocupas por no enfermarte y no tener claro dónde te pueden atender, o si vas a tener que pagar mucho. O en el peor de los casos, no poder pagar y necesitar que te atiendan.

Muchos en mi situación ya están cansados y desesperados. Después de casi tres meses sin tener claro cómo es el proceso que siguen las autoridades, muchos buscaron sus propios medios para retornar por tierra, yo ya lo hubiera hecho, pero por mi embarazo y el temor de cualquier emergencia, prefiero seguir esperando, aunque eso signifique tener días con mucha angustia.

Espero que pronto podamos reunirnos, ver qué podemos hacer para apoyarnos en esta crisis, y sobretodo, poder preparar todo para el nacimiento del bebé, ya en casa.

Los amo mucho y los extraño más que nunca. Cuídense mucho. Espero vernos pronto.

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Sandra Argueta de Ramírez y José Roberto Ramírez, esposos varados en Florida. Viajaron por trabajo.

Nos despedimos de nuestros hijos Ale (11) y Mateo (8) en casa. Eran normales los viajes por nuestros trabajos en aviación. Algo pasaba por la mente de nuestros hijos, quienes nos mencionaban una y otra vez que viajáramos juntos, que no querían alejarse de nosotros tanto tiempo; si hubiésemos sabido que pasarían tres meses sin poderlos ver, sin duda solicitaríamos permiso al colegio para justificar su ausencia.

Tantos cambios en este tiempo: para nosotros, estar lejos y quedarnos sin un salario y, para ellos, mudarse con sus abuelos, iniciar solos un proceso de estudio en línea, verse limitados a tantos aspectos tecnológicos que harían difícil su nuevo estilo de estudio; pero, sobre todo, estar alejados de ambos padres en una pandemia que afectaría su salud emocional.

Y llegó el cumpleaños 9 de nuestro hijo menor, el 4 de mayo, una celebración con sentimientos de felicidad y tristeza. Mis padres nos contaron que él hizo una reflexión: «No entiendo por qué mis papás no pueden estar con nosotros en esta pandemia, se supone que el COVID debe unir a las familias y nosotros estamos separados».

Cada vez que Ale preguntaba «¿cuándo regresarán?», manteníamos la esperanza y el positivismo, le decíamos que pronto sería y que no se preocupara, y pasó marzo, abril, mayo y llegamos a junio. Ahora cuando nos pregunta nuevamente, lo único que podemos contestar es: «Esperamos que no tome más tiempo». Si bien es cierto que la tecnología es de gran ayuda para mantener la comunicación, para nosotros se convirtió en la única opción y no en nuestra decisión. Es difícil sobrevivir con incertidumbre, preocupaciones, con mentiras y silencio de nuestro país.

El sueño se ha perdido, nos levantamos y acostamos viendo nuestros teléfonos, esperando un mensaje que alguien diga que podemos regresar, sin ningún indicio que pronto será, pero mantenemos la esperanza que pronto podremos abrazar a nuestros hijos y familiares. Como dice mi mamá: «No digas adiós, dinos hasta pronto». Esperamos que este pronto no tarde mucho en llegar.

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Ana Bea Lazo, varada en Ciudad de México. Viajó por vacaciones.

Mafer, Silvito y Benita:

Nos han violado el derecho a volver, pero todo pasa. Por ejemplo, el gobierno de turno.

ESTO TAMBIÉN PASARÁ.

LOS AMO, siempre suya.

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Carolina Monzón, varada en Houston, Texas, Estados Unidos. Viajó por salud.

Hasta Santa Ana. A mamá Aly:

pronto conocerás a tu nieta Lucía y podremos abrazarnos de nuevo. ¡Te amamos, mamá!

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Sthefanne Amaya, varada en Los Ángeles. Viajó hace tres meses con su madre de 50 años, una señora con hipertensión.

Querida Familia:

Sé que es difícil explicar el simple hecho de estar lejos de casa. Lejos de cada uno de ustedes, de mi hermano y sus locuras; de mi abuela y sus consejos; de mis primos y sus cariños; y el resto de cada uno, más cuando no existe ningún sentimiento que nos ayude a darnos resignación y motivación para afrontar la realidad.

En verdad, es un gran cambio en nuestras vidas y son nuevos desafíos. Sé que podemos llamarnos seguido, enviarnos mensajes para darnos motivación, para que todo esto sea más fácil y nos ayude. Pero la vida no es fácil y los días pasan demasiado de prisa, y no podemos vivir mirando al pasado.

Tomamos decisiones, que en su momento creímos acertadas, y tenemos que apostar por ellas, por lejos que nos lleven. Sin embargo, el estar en estos momentos lejos familia, de ustedes, no significa que nos hemos ido para siempre, tampoco que no nos volveremos a ver.

Los amamos y no dejamos de pensar en cada uno de ustedes, pero muy pronto sentiremos y disfrutaremos un gran abrazo de reencuentro.

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Karla Reneé (madre), Geovanni (padre) y Geovanni (hijo), varados en Los Ángeles. Viajaron a una visita familiar.

Querida familia. Nunca pensamos que salir de nuestra casa por unos cuantos días se extenderían a casi tres meses de angustia y desesperación. Han pasado los días y el vacío de estar lejos de ustedes se ha incrementado aún más.

Extrañamos todas las cenas en familia, a nuestros mejores amigos y las cosas más simples, como un beso o un abrazo. Nuestro hijo de tres años anhela estar con su hermanito Sebastián y extraña mucho a su papito (abuelo), a su abuela, a sus tías y tíos.

Ha sido un largo calvario, sin embargo, Dios ha sido bueno con nosotros y ha puesto ángeles en nuestro camino que nos han ayudado, tales como familiares, amigos y hasta personas que ni siquiera conocemos. Pero lo que más anhela nuestro corazón es poder regresar a casa con bien, regresar a nuestro amado El Salvador. Esperamos verlos muy pronto y poder abrazarlos de nuevo.

Geovanni, Karla Reneé y Geovanni René.

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Gracia Castaneda de Velásquez, varada en Miami. Viajó a visitar a su hermana y allá cumplió 35 años.

A mi esposo e hijo les quiero decir: Me duele perderme días especiales, como cumpleaños, Día de la Madre y del Padre. Me duele no poder ayudarte con tus clases virtuales en el colegio, así como también me duele no poder apoyarte en tu trabajo, el cual no has parado de realizar, ya que es esencial.

Me duele estar lejos de ustedes tanto tiempo, pero más me duele, no poderles decir cuándo voy a regresar.

Los extraño como no se imaginan y lo único que sé es que esta distancia solamente servirá para unirnos más. Los amo.

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Rebecca Muyshondt, varada en Estados Unidos. Viajó por vacaciones.

Puede resultar difícil estar lejos de nuestros seres queridos, más aún si se trata de estar separados por razones de fuerza mayor y que no podemos controlar. Ha sido un cambio drástico y retador. Con muchos sacrificios para mí, como para ustedes (mi familia). Sin embargo, hoy más que nunca agradezco las pequeñeces de la vida que uno toma por sentado.

Han sido tres meses de reflexión, de positivismo y de agradecimiento y respeto hacia la vida. Jamás olvidaré esta experiencia, creo que ningún ser humano lo hará. Es un año que marcará la vida de muchos para siempre. Solo puedo decirle a mi familia que los amo y espero abrazarlos pronto.