El mar que traga comunidades

Fotografías de Franklin Zelaya y Ángel Gómez

José Hernández todavía se acuerda de aquella madrugada de 2015. Eran las 2 de la mañana cuando el mar pasó arrasando su casa de lámina. Desde temprano, él y sus vecinos habían visto la marea alta y las grandes olas que no les daban zozobra. Pero José, un pescador con 49 años encima y toda una vida en la costa, sabe que el mar enfurecido nunca da tiempo. Y, esa vez, tampoco lo hizo. No les dio tiempo a las 30 familias que perdieron sus casas en el fuerte oleaje que hubo en la playa El Espino.

«Cuando viene, no da chance de desarmar las casas», dice, subido en una bicicleta que tiene en la parte delantera una carreta, en la entrada del terreno que cuida y donde, al fondo, ha hecho su casa. Viste con una camisa azul y un pantalón de sastre negro. Se prepara para ir a dejar, a una actividad de la iglesia apostólica en la que se reúne, frescos y comida que esta mañana preparan seis mujeres.

Este es el mismo terreno en el que, hace cuatro años, el mar destruyó su casa. Le ha tocado a él, como a otros habitantes de la playa, retroceder unos 30 metros para vivir. Ellos han tenido que hacer una nueva calle, porque la que había, también se la comió el mar. Al igual que unos cocoteros de los que solo quedan troncos.

La nueva calle atraviesa los terrenos que dejaron de ser playa y se convirtieron en mar. El agua ya llega hasta acá, y eso, a José, le inquieta, porque no sabe cuándo volverá a pasarle lo mismo que en 2015. «Y cuando llegue allá, ¿a saber para dónde vamos a agarrar?», se pregunta, señalando hacia atrás, a su casa, a la orilla de un manglar. Antes que el mar le botara la casa de lámina, en 1998, el Mitch, al menos le dio tiempo para que desarmar otra que tenía y que era de palma.

La única barrera que protege a las personas del mar, asegura, está desplegada a dos kilómetros a la derecha. Se trata de piedras que la alcaldía de Jucuarán mandó a colocar en la parte más turística de la playa u otras que han colocado quienes han podido, pero los otros kilómetros restantes, dice, están desprotegidos.

“Ahí se perdió la playa ya. Incluso los ranchos, las viviendas de veraneo, algunas ya están cayéndose, porque el mar ha avanzado. ¿A qué se debió? Establecieron cultivos de cocoteros. Se alteró la duna que naturalmente ya existía. Y ahora las fuerzas de la naturaleza están cobrando factura y están erosionando El Espino», explica Enrique Barraza, experto en biodiversidad acuática y contaminación acuática.

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La playa El Espino es una isla barra de 11.7 kilómetros de extensión, ubicada en el municipio de Jucuarán, en Usulután, que, por sus característica, con el tiempo, puede hacerse más ancha o estrecharse. En los últimos 70 años, esta playa ha sufrido transformaciones que, además de deberse a fenómenos naturales, corresponden al impacto ambiental, los cuales ya han sido documentados por el Estado.

El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) publicó en 2012 un estudio en el que estableció que, entre 1949 y 2009, la línea costera de El Espino retrocedió 144 metros. Cada año hubo una disminución de la costa de 2.40 metros. Esto, señala, ha sido a causa de la fuerte erosión en la zona, que puede aumentar en el futuro, ya que el daño al ecosistema continuaba hasta la fecha en la que fueron difundidos los hallazgos.

El MARN dice que en la parte donde hoy rompen las olas, antes hubo asentamientos humanos. De acuerdo con los testimonios que recopiló para este estudio, las intervenciones comenzaron a mediados del siglo pasado, cuando en la playa se instalaron dos haciendas: la Chepona y la San Luis, y también fueron sustituidos los espesos bosques de mangle y la vegetación natural por cocoteros y otros cultivos agrícolas. La actividad atrajo a los pobladores para ofrecer su mano de obra. Otros fueron atraídos por la pesca.

Sin embargo, a finales del siglo pasado y principios del siglo XXI, con el incremento del turismo, iniciaron las construcciones de hoteles y restaurantes. Y con estos, siguieron los daños al ecosistema.

Erosión. La erosión en las playas ocurre cuando el mar se lleva más arena de la que trae, dejando vulnerable a las comunidades que viven en la costa.

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«Cuando yo estaba pequeño, El Espino, esta playa, estaba bien lejos. Esta isla llegaba allá, por donde se viene haciendo el primer tumbo», relata Adalberto Blandón, un hombre de 53 años que, con dos ayudantes, levanta una ramada a la orilla del nuevo camino que la comunidad ha hecho, por si hay algún turista que pase y se interese en alquilarla. Es agricultor, pero también se gana la vida de este trabajo.

Frente a él, dice, hace tiempos hubo una manzana y media de playa que el mar ya se comió. Por estos días aquí revientan los tumbos en la noche, pero adelante, a unos 10 metros de distancia, han quedado las señas de una casa, con un muro alto, que él cuidaba. Se trata de unos pedazos de pared, que no miden ni un metro de alto, y que cada vez el mar va arrastrando. Era una propiedad privada que, después de sus límites, todavía tenía más playa. Pero hace años este terreno ya cedió al mar.

La casa solo duró en pie 15 años, recuerda Adalberto, porque ocho días después de que el Mitch golpeó El Espino, el oleaje fuerte la botó. A su paso, también se llevó tres casas, incluida la suya, y aterró el estero con deslaves que empozaron el agua dulce.

El hombre, con un sombrero y una camisa de manga larga con los dos primeros botones sueltos, dice que el mar no ha parado de crecer desde hace años. Hace 26 años también se unió con el estero, que está atrás, a 60 metros de distancia; y a 40 minutos de este lugar, formó una media bocana a la que le llaman La Angostura, que no dejaba que las personas cruzaran de un lado a otro cuando se llenaba.

Cuenta que cuando el mar botó las casas que estaban a la orilla de lo que antes era playa, pidieron ayuda al alcalde de Jucuarán. Pero la ayuda no llegó hasta ahí, porque de ese lado no hay mucho turismo. Para referirse al abandono en el que, dice, están, muestra la lámpara de alumbrado público arruinada que cuelga de lado sobre un poste. Está sujeta solo por un cable y deteriorada por la sal.

Destrucción. Esta fue una de las casas afectadas por el mar de fondo de 2015, en el caserío Bola de Monte, del cantón Garita Palmera, en San Francisco Menéndez, Ahuachapán.

La organización Oikos Solidaridad, que trabaja en la zona oriental del país, señala que en El Espino hay afectación porque todo lo que baja del volcán Chaparrastique, en San Miguel, va a parar al mar. Esto incluye los desechos de los agricultores, quienes, dice, no realizan buenas prácticas, lo que contribuye a aumentar la erosión y el nivel del mar.

«Ahí se perdió la playa ya. Incluso los ranchos, las viviendas de veraneo, algunas ya están cayéndose, porque el mar ha avanzado. ¿A qué se debió? Establecieron cultivos de cocoteros. Se alteró la duna que naturalmente ya existía. Y ahora las fuerzas de la naturaleza están cobrando factura y están erosionando El Espino», explica en su oficina, en el Laboratorio de Nanotecnología del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia (UFG), Enrique Barraza.

Restos. En la playa El Espino hubo construcciones donde ahora hay mar. La fotografía corresponde a los restos de una casa a la que las olas arrebataron ocho días después del huracán Mitch, en 1998.

Barraza es investigador asociado al área de Recursos Acuáticos de la UFG. Es experto en biodiversidad acuática y contaminación acuática. Le apasiona el mar y explorar El Salvador. Lo hace en el terreno, pero esta mañana explora las costas del país a través de Google Earth. Su oficina está en la esquina de un salón. Tiene dos mesas y dos estantes. En uno, hay recipientes de crustáceos que pretende estudiar.

Sobre una de las mesas hay una linterna marina que el instituto recién acaba de comprar. Antes de comenzar a viajar online en las costas, la retira y la coloca cerca de los crustáceos. Sobre esta mesa también hay un pez de cerámica y la alfombrilla para el mouse tiene plasmada una playa. Detrás de Barraza, un afiche enmarcado en el que aparecen los peces de mayor importancia comercial en Centroamérica.

El Salvador tiene 338 kilómetros de costa. En el occidente, las playas comienzan en la desembocadura del río Paz, en la frontera con Guatemala, en Ahuachapán; y terminan en oriente, en La Unión, en el Golfo de Fonseca. La mayor parte de las playas se formó por medio de depósitos de arena que, pasados miles de años, el mar hizo en las rocas. Por esto se les conoce como barra de arena.

Protección. Para protegerse del impacto de las olas, la alcaldía, y quienes pueden, han colocado piedras alrededor de la playa El Espino y así evitar que el mar se lleve, de a poco, las construcciones.

Las playas de barra de arena, según Barraza, se caracterizan porque, al igual que las bocanas, son inestables en el tiempo. Sucede en el país y en el mundo. Para explicarlo, acude a Google Earth, se posiciona en el mapa de El Salvador y señala las líneas que dividen el mar de las playas.

Las dunas -pequeñas elevaciones de arena que están a la orilla de la playa, donde hay vegetación, y que sirven como barrera para evitar las marejadas y que el viento arrastre sedimentos- han sido destruidas en la mayor parte del litoral salvadoreño, dice.

El Espino no es la excepción, por eso está más vulnerable a mareas altas y a tormentas fuertes, como ocurrió en el huracán Mitch, cuando arrasó con las casas de los lugareños. Para el experto, esta es la playa en donde, posiblemente, está más visible la erosión en las costas del país. Más arena deja la playa y esta no es igual a la que trae el mar.

De acuerdo con el estudio realizado por el MARN, entre las causas del proceso de erosión en El Espino provocadas por el hombre están las construcciones, donde chochan las olas y extraen arena, no permitiendo que su energía corra a la cara de la playa; la deforestación de la vegetación natural, que ayudaba a retener los sedimentos -descomposición de los materiales- más finos; y la construcción de las represas del Río Lempa y sistemas de riego en el río Grande de San Miguel que, con su actividad, hacen que se pierda parte del sedimento que llegaba a la costa, sumado a que en sus cauces hay extracción de arena.

Aunque el investigador Barraza indica que la erosión en las costas es natural y que las playas están en constante cambio por el movimiento que el mar y el viento producen en los sedimentos, advierte que el cambio climático está acelerando los procesos. A esto se agregan factores como la deforestación en la cobertura boscosa alrededor de los ríos que desembocan en los mares, que provoca que ya no haya retención de las lluvias y un cauce suave, sino que puede generar hasta inundaciones.

Lo ejemplifica, en su computadora, mostrando dos fotografías satelitales de la desembocadura del río Jiboa. Son de 1957 y de 2019. En la primera se observa mayor cobertura boscosa, mientras que, en la segunda, esta ha ido disminuyendo, sustituida por cultivos y viviendas. Y además, la bocana del río desplazada más a la derecha, lo que hace que, cuando el río crece, inunde a las comunidades de la zona.

El Grupo Intergubernamental de Experto sobre el Cambio Climático, creado por la Organización Meteorológica Mundial y la Organización de las Naciones Unidas Medio Ambiente, publicó el Quinto Informe de Evaluación sobre el cambio climático en 2014, concluyendo que el ser humano es el causante del mismo.

El informe estableció que, entre 1901 y 2010, el nivel medio mundial del mar subió 19 centímetros y que los océanos se han expandido por el derretimiento de hielo. Además, determinó que, por las emisiones de gases de efecto invernadero, posiblemente la temperatura mundial -la cual entre 1800 y 2012, incrementó 0.85°- siga en aumento y con ella los océanos se calienten y el hielo continúe derritiéndose.

Por lo tanto, según las estimaciones, en 2065, el nivel medio del mar aumentará entre 24 y 30 centímetros; y en 2100, 63 centímetros, respecto a los años de referencia, que son 1986-2005.

“Hemos producido mucho CO2 en casi 40 años, casi el doble que se produce en los últimos cinco siglos, según los estudios, y esto ha llevado que el planeta se caliente, que funcione como un carro cuando lo dejás en el sol, que por dentro está hirviendo, pero por afuera los rayos se están esparciendo”, explica Gregorio Ramírez, sociólogo del Área Natural de Articulación Social y Organizativa, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES).

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Josué López no estaba en su casa el 2 de mayo de 2015. Andaba con su primo apagando un incendio a kilómetros de la playa El Botoncillo, en San Francisco Menéndez, Ahuachapán. Cuando llegó, al presidente de la Asociación de Desarrollo Comunitaria de esta comunidad, le costó reconocer el paisaje. Encontró inundado el terreno donde estaba su casa y su familia ya había sido evacuada a una escuela que sirvió de albergue en el municipio guatemalteco de Moyuca, vecino de El Salvador. Perdieron todo, y en medio de la angustia, la alcaldía del municipio ahuachapaneco les dio la espalda, dice.

Tres meses después, Josué encontró su cocina enterrada en el manglar, donde fueron a parar muchas de las cosas de las 210 familias afectadas en el caserío El Botoncillo y Bola del Monte, a quienes las olas no les dieron paz durante cuatro días.

«A esta altura nadie se puede imaginar todo lo que sufrimos y todo lo que destruyó el mar en esa fecha, porque ya del 2015 a 2019, aquí se ve como que así era», cuenta Josué a un lado de donde una vez fue su casa. La casa de ladrillo a la que le faltan paredes y no ha podido reconstruir, porque la pesca, dice, se ha puesto mala y no alcanza para pagar las deudas que tiene.

Cuando habla mira al horizonte, donde antes que el mar destruyera a la comunidad y parte de su manglar, habían más de 200 metros de playa: afuera de su casa tenía los tapescos en los que secaba el pescado, más allá había un surco de árboles de botoncillo, un bordo, un basurero y una cancha de fútbol playa. Y atrás, pozos de agua dulce, que ya son de agua salada. Todo lo cambió el mar.

Ahora, cuando la marea está alta, para evitar que las olas que impactan se lleven la arena, ha tirado basura, como palmas secas y plástico, a la par de donde están los restos de su casa y metros enfrente donde ha construido dos casas con palma, vena de coco y horcones de botoncillo. Dice que el mismo aire va enterrando la basura y esto crea una barrera.

En mayo de 2015 las costas salvadoreñas fueron afectadas por el mar de fondo, un fenómeno que ocurre entre mayo y noviembre, y que provoca olas de hasta 10 metros de altura. El fuerte oleaje se debe a las lluvias ocurridas en el Océano Índico, entre diciembre y febrero, e inicia en el Océano Pacífico cuando termina la época seca y comienza la lluviosa.

Desde esa fecha, la vida ya no es igual en la comunidad. Tras el mar de fondo, en el manglar, que se extiende hasta el cantón de Garita Palmera, el canal perdió su hondura y su anchura. Lo cuenta Rigoberto Monge, el vicepresidente de la Asociación de la Microcuenca Marino Costera de la Zona Sur de Ahuachapán y primo de Josué.

Rigoberto está frente a un canal que, dice, años atrás tenía una profundidad de un metro. Pero, cuando el mar sobrepasó la playa y entró por la bocana, comenzó a matar a los manglares. Enfrente hay palos de mangle pequeños, que fueron sembrados después que la comunidad excavó los canales, porque todo quedó aterrado de arena y lodo. También hay troncos de árboles que se secaron. Ante él saltan los camarones y los pescados conocidos como chimberitas, en el poco de agua que se niega a morir.

«Eso quedó como si no había existido estero, como si no había existido río, porque todo lo llenó de arena», relata. Y recuerda que, antes de 2015, la bocana del caserío El Botoncillo pasaba destapada de seis a cinco años, lo que permitía que el agua fluyera libremente y bañara el manglar. Ahora se tapa una o dos veces por año. A veces la alcaldía de San Francisco Menéndez les envía una máquina para extraer arena, pero, sino, la comunidad la saca con palas y azadones.

Los bosques de manglar previenen las erosiones en las costas y son barreras naturales ante las inundaciones. En ellos viven crustáceos y peces, que contribuyen a la economía de los lugareños. Para que los bosques estén vivos, necesitan 50 % de agua salada y 50 % de agua dulce, porque con los flujos de estas dos aguas, los árboles constantemente están subiendo y bajando. De lo contrario, se quedan estancados y se pudren. Y mueren los animales.

Manglares. Con el aumento del mar, también incrementa la salinidad. Esto afecta a los bosques de manglar, que necesitan que corra en sus canales 50 % de agua salada y 50 % de agua dulce.

El manglar de El Botoncillo es parte del sitio Ramsar Complejo Barra de Santiago. Estos sitios son ecosistemas de importancia internacional, por ser humedales únicos, que almacenan dióxido de carbono y que les sirven de hogar a especies migratorias.

Caminando a un lado de la bocana, donde se observan más árboles de mangle descubiertos de agua, entre la frontera de El Salvador y Guatemala, este mediodía Rigoberto lamenta que el escenario no sea el de años anteriores, con canales profundos y anchos. Que ya no lleguen a este lugar las aguas del río Paz, que evitaban la arena acumulada en la bocana y la salinidad en el estero, y que además, ayudaban a que hubiese un flujo de agua. Así, es imposible que no se acumule el agua salada en el bosque y se contamine. Antes no pasaba, con las seis horas de llenado y otras seis de vaciado.

«Hemos producido mucho CO2 en casi 40 años, casi el doble que se produce en los últimos cinco siglos, según los estudios, y esto ha llevado que el planeta se caliente, que funcione como un carro cuando lo dejás en el sol, que por dentro está hirviendo, pero por afuera los rayos se están esparciendo», explica Gregorio Ramírez, sociólogo del Área Natural de Articulación Social y Organizativa, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES).

Ramírez, el encargado de la UNES de monitorear la zona sur de Ahuachapán, indica que fenómenos hidrometeorológicos, como el mar de fondo, tienden a ser constantes por el cambio climático y esto conlleva al aumento de los niveles de mar. Sobre todo en esa parte de la zona de occidental, donde ha habido un cambio de uso de suelo y cada vez hay más monocultivo de caña.

Después de lo que ocurrió en 2015, la UNES comenzó a implementar un monitoreo hidroclimático que consiste en extraer agua de los pozos de la zona para saber cuánta agua tienen, vincular su cantidad a la sequía, a la ausencia de lluvia o la extracción para la riega de caña. También hay un monitoreo de lluvia, en conjunto con el MARN, para saber cuándo es tiempo para cultivar o reforestar el manglar; y hay un monitoreo para medir la salinidad, acidez y el oxígeno del manglar. Pero la comunidad se ve amenazada.

Un informe que el MARN y la UNES realizaron en 2016 señala que en los últimos 40 años, se ha transformado el manglar de Garita Palmera, que debería ser pantanoso y con ramificaciones hidrológica. Ha sido afectado porque la microcuenca El Aguacate, un brazo del río Paz, que lleva agua hasta el manglar, ha servido como canal de riego para cañales. Esto lo descubrieron las comunidades y comenzaron acciones contra empresarios. Pero el agua de este río, cuyo curso fue desviado por el huracán Fifi, en 1974, para el territorio guatemalteco, sigue sin llegar a la costa salvadoreña.

Ramírez sostiene que la producción de caña afecta los ecosistemas y a las poblaciones vulnerables, como El Botoncillo, y que, por ello, es necesario que el MARN y el Ministerio de Agricultura y Ganadería regulen los permisos ambientales. Ya que, con estas actividades, hay una repercusión en el aumento de los niveles del mar, sumado al cambio climático. También apunta a la necesidad de una Ley General de Aguas que garantice la sustentabilidad de las comunidades ante los intereses empresariales. Voceros oficiales de una empresa cañera dijeron a esta revista que el sector no tiene incidencia en la cuenta desde hace dos años.

En la entrada de la bocana, Rigoberto espera que, un día, los casi dos metros de arena que trajo el mar de fondo, en 2015, puedan ser drenados en donde una vez fue un estero fluyente. Aunque esto no sería suficiente para recuperar el bosque de manglar, ante un río que ya no es de ellos, de la comunidad, y un mar que va creciendo y se traga todo lo que encuentra.

Una bomba de tiempo entre las paredes de la PNC

Ilustración de La Prensa Gráfica – Fotografías cortesía

Durante los últimos cinco meses de 2014, la Unidad de Archivo Central de la Policía Nacional Civil (PNC) pasó sin papel higiénico. Así consta en un expediente del Ministerio de Trabajo y Previsión Social (MTPS).

La Dirección General de Previsión Social del MTPS hizo, el 15 de agosto de ese año, una visita técnica a esta instalación policial, ubicada sobre la 1.ª avenida norte, de San Salvador. Le dio 18 recomendaciones a cumplir, porque la PNC estaba violando la Ley General de Previsión de Riesgos en los Lugares de Trabajo. Entre las recomendaciones estaba comprar el papel higiénico, proveerles a los policías agua purificada y comprar cinco escaleras que serían utilizadas para alcanzar documentos.

Hasta el 23 de diciembre de ese año, cuando el expediente contiene la última observación del MTPS, la PNC no había comprado papel higiénico y tampoco había comprado las escaleras.

Tras la primera visita del ministerio, en un intento por solventar las infracciones a la ley, existió un intercambio de correspondencia a nivel interno de la PNC que se prolongó hasta el 24 de octubre. Pero la justificación siempre fue la misma: no había dinero para comprar papel.

Veinte días después de la visita, el 4 de septiembre, la jefa de Administración de la Unidad de Adquisiciones y Contrataciones (UAC) envió un memorándum al encargado del Fondo Circulante de la PNC en el que le pedía que compraran papel higiénico. La respuesta llegó ese día por parte de la encargada de la caja chica de la UAC que, en resumen, le dijo que los recursos no podían utilizarse para comprar bienes o servicios de carácter urgente, porque así lo establecían las normas de aplicación de fondos circulantes y montos fijos de la institución. «Por lo que la compra de papel higiénico queda sin efecto por ser un recurso planificado y no de carácter urgente», concluyó en el memorándum.

Desde agosto hasta la última página anexa al documento, fechada en diciembre, no hubo, de parte de la corporación policial, manera de hacer llegar papel higiénico a 60 de sus agentes que laboran la Unidad de Archivo Central, ubicada en la capital.

En 2019, la historia se repite. El MTPS consigna que las faltas a la Ley de Previsión de Riegos persisten, sobre todo en la carencia de un plan de emergencias y evacuación en las instalaciones policiales, algo que está regulado en el artículo 8 de la ley.

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LA CARENCIA

El olor a orín es fuerte en este baño de hombres. Hay pedazos de papel higiénico depositados en un basurero, pero no hay papel limpio para usar, solo han quedado en una pared las señas de un portarrollos. La suciedad se come la taza del inodoro azul, al que, además, le falta la tapa del tanque. Para sustituirla, alguien ha puesto una tabla pintada de verde que se ha mojado y ya tiene hongos. Alguien también ha puesto -al otro lado de la ventana de solaire, que está en la pared derecha de este cuarto- un pedazo de lámina. Es una forma de guardar la privacidad en este lugar que no mide más de dos metros cuadrados.

En la parte izquierda del baño hay un espacio para ducharse. El tragante no tiene tapadera y está en medio de nueve hileras de cerámica celeste y una hilera de ladrillos verdes en forma de L por donde avanza el sarro hasta trepar a las paredes y más en donde está la perilla para abrir el grifo.

El baño es de un puesto policial que funciona en una casa de dos plantas en Mejicanos que, si no fuera por una patrulla y dos motocicletas que esta mañana están estacionadas enfrente, de lejos pasaría como una casa más. De cerca, se distingue porque en la puerta principal tiene el letrero: Departamento de Tránsito Terrestre. Es el puesto de PNC que cubre todos los hechos relacionados con tránsito entre Mejicanos y Ciudad Delgado, el municipio vecino.

Las carencias de recursos en las instalaciones de la PNC no son nuevas y MTPS ya las ha documentado en las visitas técnicas que realiza para verificar si se cumple la Ley de Previsión de Riesgos.

Esta ley, aprobada en 2010, da parámetros de cómo deben ser las condiciones de infraestructura y salud ocupacional en las que tienen que trabajar los colaboradores de instituciones públicas y las empresas. Para su cumplimiento, en teoría, el MTPS realiza inspecciones y da recomendaciones sobre las infracciones leves, graves y muy graves a la ley. Si estas no se solventan, hay multas para el empleador que van desde los cuatro salarios mínimos hasta 28 salarios mínimos.

Revista Séptimo Sentido obtuvo, a través de la Oficina de Acceso a la Información Pública del MTPS, los informes que el ministerio ha realizado a partir de visitas a las instalaciones policiales, entre 2016 y marzo de 2019. Estos dan cuenta de las violaciones la Ley de Prevención de Riesgos, lo que también pone en peligro la salud de los policías.

Aunque las infracciones a la ley que más se repiten son las falta de papel higiénico y la falta de sillas cómodas para trabajar. El ministerio también documentó que en una División de Tránsito Terrestre no había un espacio adecuado para que el policía que trabajaba como guardia en las bartolinas descansara al finalizar su turno.

Mientras que en la delegación central de la PNC, en San Salvador, recomendó que hubiese apilamiento seguro de materiales de trabajo, como el control de evidencias. Estas son las pruebas que los investigadores recopilan en las escenas de delitos para resolver los casos judiciales y que, de dañarse, ya no sirven.

Esta revista solicitó durante un mes, y por diferentes medios, entrevistas con el ministro de Trabajo, Rolando Castro; y con un encargado de Prevención de Riesgos Ocupacionales de la PNC, para conocer qué acciones se están realizando para mejorar la salud ocupacional de los policías. Pero hasta el cierre del reportaje, los equipos de Comunicaciones de ambas instituciones no dieron respuesta.

“Al final, ya estamos acostumbrados a andar empujando los vehículos para que arranquen. Otros ya sabemos que solo dos horas pueden andar encendidos, de ahí tenemos que ir a estacionarlos y ahí esperar media hora para que el vehículo se enfríe y ya lo agarramos», dice Marvin Orellana, líder de ANPES.

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LA SANIDAD

Los policías, como para advertir que no sirve el tanque del inodoro, han puesto dentro de este una escoba y una botella partida con la que sugieren agarrar agua de la pila que está a un lado. A esta, que es la subdelegación de Rosario de Mora, al sur de San Salvador, el MTPS también le recomendó que hiciera suministro de papel higiénico. Fue en una visita hecha el 13 de noviembre de 2017, pero dos años después, en una mañana de junio, el baño sigue sin papel. Y el inodoro que una vez fue blanco, ya es amarillo.

El artículo 20 de la Ley de Prevención de Riesgos dice que los lugares de trabajo deben cumplir con condiciones de estructura (pasillos, paredes, techos, asientos, comedores, dormitorios, servicios sanitarios, instalaciones eléctricas, entre otros) que garanticen la seguridad e higiene ocupacional de los colaboradores ante riesgos de accidentes de trabajo o enfermedades.

También indica que cada institución o empresa que tenga más de 15 trabajadores, o cuando la Dirección General de Previsión Social del MTPS lo sugiera, cuente con comités de Seguridad y Salud Ocupacional, que son los encargados de prevenciones de riesgos.

La PNC, según su Unidad de Comunicaciones, tiene comités en cada una de las instalaciones. Sin embargo, en los informes consultados, el MTPS sugirió conformar estos comités a puestos con más personal policial como la División Central de Investigaciones y la División de Tránsito Terrestre.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebra cada 19 de noviembre el Día del Retrete, porque, sostiene, que este salva vidas al evitar que las heces humanas propaguen enfermedades mortales. Sin embargo, advierte que a nivel mundial hay una crisis de saneamiento. En 2017, la organización presentó el informe «Progresos en materia de agua potable, saneamiento e higiene», realizado por la Organización Mundial de la Salud y UNICEF, que reveló que 6 de cada 10 personas en el mundo no tienen un saneamiento seguro.

El informe, además, señala que la deficiencia de estos servicios y el agua tienen relación con la transmisión de enfermedades como la fiebre tifoidea, el cólera, la disentería y la hepatitis A.

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LA COSTUMBRE

Marvin Orellana es policía desde hace 22 años y es el vocero oficial de la Asociación Nacional de Policías de El Salvador (ANPES), que nació hace un año y se organiza a nivel de redes sociales para exigir los derechos del personal policial. Marvin está claro que la Constitución, en su artículo 47, le prohibe a los policías y a la Fuerza Armada el derecho a asociarse o formar sindicatos.

Él trabaja como investigador en la subdelegación policial del barrio San Jacinto, una subdelegación en la que trabajan aproximadamente 120 policías. A diferencia de otras instalaciones policiales, a simple vista, en esta las condiciones de infraestructura parecen variar: los escritorios y las sillas están en buen estado, el baño está aseado, e incluso, hay aire acondicionado. Y dentro de la delegación hay una cafetería y una dispensadora de bebidas.

La subdelegación San Jacinto cubre este barrio de la zona sur de San Salvador y su competencia llega hasta los límites de la ciudad capital con Panchimalco, San Marcos y Soyapango, y cierta parte del Centro Histórico, del lado del bulevar Venezuela. Para hacerlo tienen asignadas cinco patrullas, pero de estas, solo una «medio funciona», dice Orellana, por eso también hacen los patrullajes a pie. Otro de los problemas a los que él se refiere esta tarde de junio es que si las agentes, quienes tienen su dormitorio en la segunda planta de la subdelegación, no se bañan a las 3:30 de la mañana, no logran agarrar agua y les toca acarrearla desde la primera planta.

«Al final, ya estamos acostumbrados a andar empujando los vehículos para que arranquen. Otros ya sabemos que solo dos horas pueden andar encendidos, de ahí tenemos que ir a estacionarlos y esperar media hora para que el vehículo se enfríe y ya lo agarramos», dice.

Según Orellana, los policías no reciben un inmueble en malas condiciones para laborar, sino que el cuido depende del personal. Para él, en la institución existen otras preocupaciones, como la falta de aumentos salariales, la falta continua de ascensos a otras categorías policiales y el acceso a una pensión digna.

El último aumento que recibieron los policías fue de $50 dólares, en 2007, cuando también se incorporó a la Ley de la Carrera Policial (LCP) el escalafón que reciben cada cuatro años. La cantidad del escalafón varía según el nivel al que pertenezcan. Un policía que recién ingresa a la institución recibe un salario de $424 menos los descuentos. Según la ley, su escalafón representa el 6 % de este monto, que equivale a $28, menos descuentos.

En marzo de 2016, durante la gestión de Salvador Sánchez Cerén, los policías y soldados que realizan funciones de seguridad pública, y custodios de penales comenzaron a recibir un bono trimestral de $150, este se ha ido en aumento, de $200, $300 y hoy es de $400. Sin embargo, el problema que Orellana ve con los bonos es que estos no le dan garantía a un agente que vive entre pandillas y quiere comprar una casa en otra zona, porque el dinero no forma parte de su salario. Igual sucede, dice, con el régimen de disponibilidad, el dinero que los policías reciben para alimentación, que es entre $130 y $190.

Días antes que Nayib Bukele ganara la Presidencia, en enero, se reunió con representantes del Movimiento de Trabajadores de la Policía. El secretario general de este movimiento, Marvin Reyes, confirma la reunión y muestra dos hojas con 16 puntos que Bukele firmó. Entre estos está su compromiso con la mejora de la infraestructura de las instalaciones policiales, el aumento del salario de los policías y la promoción de ascensos. De esto, dice Reyes, aún no hay nada.

Según la Dirección General de Estadísticas y Censos, el precio de la canasta básica en El Salvador es de $200 para la zona urbana y de $144 para la zona rural. Con ingresos como los que recibe un policía en la categoría de agente, el puesto más bajo dentro de la PNC, este no puede costearse los recursos que la institución le adeuda en su trabajo, por ejemplo, papel higiénico por cinco meses.

Aunque las infracciones a la ley que más se repiten son las falta de papel higiénico y de aseo en los baños, así como la falta de sillas cómodas para trabajar y la infiltración de agua lluvia en las instalaciones policiales a causa de goteras; el ministerio de Trabajo también documentó que en una División de Tránsito Terrestre no había un espacio adecuado para que el policía que trabajaba como guardia en las bartolinas descansara al finalizar su turno.

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EL DESENCANTO

Aarón recuerda que aquel jueves 20 de junio, el día que comenzó el de Seguridad del nuevo Gobierno, el Plan de Control Territorial (PCT), lo sacaron de la subdelegación donde trabajaba y lo llevaron a una delegación policial de la zona central del país, donde se reunió con policías de otras subdelegaciones y de áreas como la Unidad de Mantenimiento del Orden, de la División de Cumplimiento de Disposiciones Judiciales y de la División de Armas y Explosivos. Antes de ese día, él no sabía nada de lo que tendría que hacer, la explicación que les dio un jefe policial fue simple: los habían llamado para formar parte del nuevo plan de seguridad, pero de una vez les advirtió que no los quería ver durmiendo en la delegación.

«Ningún ‘cuilio’ voy a permitir que duerma en la delegación», cuenta Aarón, vía teléfono, que les sentenció el jefe. No tenían dónde dormir, así que tuvieron que esperar hasta las 11:30 de la noche que un camión llevara, desde San Salvador, colchonetas. Esa noche, y durante otras dos semanas, ocuparon la casa comunal del cantón donde hoy están destacados, pero fueron sacados de ahí, dice, porque los lugareños necesitaban usarlo para otras actividades propias de la comunidad.

Desde entonces, el grupo que comenzó con 90 policías y soldados, y hoy ya sobrepasa los 100, planteó tomarse alguna casa abandonada para establecerse, también fue ilusionado por sus superiores con que la alcaldía del municipio le pagaría el alquiler de casas. Nada de eso se concretó y el personal comenzó a segresarse en subgrupos: un grupo vive en dos casas que ya eran utilizadas por la PNC, pero estaban abandonadas; otro alquila una casa que es pagada de su dinero, incluidos los recibos de agua y luz; a un tercer grupo, un señor les ha dado donde vivir sin cobrarles nada. Lo mismo sucede con el lugar donde está Aarón: una empresa les ha permitido a él y a otros cinco colegas instalarse en un cuarto con sus colchonetas.

El 4 de julio la Asamblea Legislativa le aprobó al Gobierno la reasignación de $31 millones para implementar la primera fase del PCT. La propuesta que el ministro de Hacienda, Nelson Fuentes, presentó a los diputados fue que de esa cantidad, $3 millones serían destinados para la alimentación de 2,500 policías y otros $6,048,000 para la de los 5,040 soldados que participan del plan. Cada uno tendría que recibir, mensualmente y hasta diciembre, $200 para su alimentación.

Lo que ha pasado es que, mientras los soldados reciben los $200, a los policías el Gobierno les ha dado un complemento al régimen que ya recibían. Es decir, que si recibían $130 o $190, les ha dado solo $70 o $10.

Esto lo confirman el agente Orellana y Aarón, que accedió a hablar a cambio que no se revele su nombre. A él, dice, solo le dieron $70 y todavía no sabe cuándo le darán completo el dinero que un día le prometieron.

Lejos del discurso oficial sobre la funcionalidad del PCT, los policías y soldados que fueron desplegados a la misma zona que Aarón, todavía esperan los catres que las autoridades les prometieron un día. Duermen en el suelo, sobre una colchoneta, que, de tanto usarla, se está desgastando, cuenta el policía.

Orellana dice que así como en el caso de Aarón, los policías que fueron seleccionados de delegaciones, subdelegaciones u otras áreas policiales para el PCT, llegaron a otras instalaciones en las que ya no había cupo para más personal y eso ha generado condiciones precarias, pero ellos necesitan esos espacios para dormir, bañarse y hacer sus necesidades fisiológicas.

«Es obvio que va a ser una lucha, porque no nos vamos a dejar», adelanta, desde la delegación de San Jacinto, Orellana cuando habla de violaciones laborales a las que se ven sometidos y el temor de sus colegas a organizarse por la prohibición constitucional que existe. Lo que pasa con los policías que forman parte del plan de seguridad es, dice, solo una «bomba de tiempo», porque ya hay algunos que se están quejando y que hablan de manifestarse.

El camino entre separar basura y organizar un movimiento por el trabajo digno

Cada viernes a las 7:30 de la noche, los recicladores de base de Ciudad Futura, del municipio de Cuscatancingo, se reúnen en la casa comunal para charlar sobre su jornada laboral durante la semana. Unas 30 personas, a veces más, conversan sobre los horarios que cumplen para separar y recolectar material reutilizable que, por lo general, va de 5:00 de la mañana hasta las 6 de la tarde; también estudian el manejo adecuado de los desechos sólidos, como puede reciclarse y qué puede ser tóxico; analizan los precios de compra y venta que se manejan en el mercado; y revisan los perfiles de quiénes pueden ser parte de la junta directiva para conformar el Movimiento Nacional de Recicladores.

En esos viernes, también charlan sobre por qué se hacen llamar recicladores de base y llegan a la conclusión de que el nombre dignifica su oficio, como el de cualquier otra profesión; como doctor, profesor, ingeniero o arquitecto.

Su trabajo consiste en recolectar y separar, entre los contenedores de basura, materiales que pueden reutilizarse: latas, botellas de plástico, cartones, cobre, hierro, aluminio, celulares, computadoras y comercializarse en el mercado industrial.

Desde hace dos años, los trabajadores han tomado la decisión de organizarse para mejorar sus condiciones laborales.

Entre quienes han decidido encabezar la lucha está América Sarmiento. Esta mujer de 50 años, es reconocida como la representante del incipiente Movimiento Nacional de Recicladores. «Una mañana encontré, entre los papeles que compramos, un libro que por título llevaba ‘¿Cómo ser una líder?’. Mire cómo es la vida, ese día me quedé pensando y llegué a la conclusión de que ser una buena líder es no pasarse de lista y pensar en el bien común, porque no me gustan las injusticias».

En un jueves de mediados de agosto, América Sarmiento está sentada como todas las mañanas afuera de su almacén de reciclaje en Ciudad Futura. La mujer está limpiando motores de ventiladores, les saca el cobre; también limpia botellas de plástico y las separa por colores.

«Azul, verde, transparente… de este plástico que se recoge pueden hacerse guacales, sillas, vasos, cántaros. Todo se puede reutilizar», dice América.

En Ciudad Futura, según América, hay más de 30 recicladores de base que se enfrentan a las mismas condiciones que Eduardo. No cuentan con un seguro médico, ni cotizan una pensión económica para su jubilación y mucho menos cuentan con un equipo para el manejo de residuos.

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Para América es una jornada atareada y ya son pasadas las diez de la mañana. Su almacén es un espacio donde se compra el material reciclable para luego comercializarlo con proveedores industriales.

Un señor ha llegado con unos cuantos marcos de ventana que América compra como aluminio. «Estos marcos deben limpiarse… hay que quitar todo lo que no sea del mismo material. El aluminio no puede mezclarse con el hierro porque sería tóxico para el humano. De acá pueden sacarse moldes para ollas, cacerolas», le dice,

Al rato, otro cliente, «el moreno», un reciclador de base que llega a vender dos televisores para «juntar lo del almuerzo». Dentro de la bodega de reciclaje, mientras espera por la paga, Eduardo Yanes aprovecha para platicar sobre su jornada y las pocas condiciones con las que cuenta para realizar su trabajo en los contenedores de basura de Ciudad Futura.

Eduardo hace un recuento de cuántas veces ha sufrido un accidente por no tener unos guantes y encontrar entre los desechos pedazos de vidrio o agujas de jeringas, levanta las manos y señala sus heridas, una cortada de más de 5 centímetros en su palma derecha y otras más en su brazo derecho.

A su circunstancia, le suma que carece de un espacio para guardar o separar el material, así que no le queda más que hacerlo en la calle o su hogar. Y cuando logra reunir una buena cantidad de material, su ganancia baja porque debe arreglárselas para conseguir un camión para transportar el producto.

Condiciones. La falta de un espacio digno para trabajar obliga, muchas veces, a los recicladores a almacenar material en sus hogares.

«El reciclador vive de la basura», asegura Yanes, y es que para los recicladores este oficio es una luz y un medio de subsistencia en un país con pocas oportunidades laborales. Así que, luego de 17 años de trabajar como pepenador, no le queda duda de que su labor debe ser reconocida como un empleo más.

De los televisores, Eduardo logró juntar dos dólares y centavos que ya le alcanzan para almorzar y proveer a su esposa e hijo de un plato de comida. Se despide. Y en su bicicleta regresa a los contenedores para terminar con su jornada laboral.

Luego de escuchar a su compañero, América repite una y otra vez, que es necesario que a los recicladores se les reconozca a través de políticas públicas. «El reciclaje es un empleo, es nuestra vida y fuente de ingreso. También tenemos que luchar para que los hijos de los recicladores cuenten con mejores condiciones».

En Ciudad Futura, según América, hay más de 30 recicladores de base que se enfrentan a las mismas condiciones que Eduardo. No cuentan con un seguro médico, ni cotizan una pensión económica para su jubilación y mucho menos cuentan con un equipo para el manejo de residuos.

América insiste en que es necesario cerrar el almacén y dar una vuelta por la comunidad para conocer a otros recicladores.

Entre los pasajes de Ciudad Futura 1 y 2, Victor Melgar y Aracely Orellana han hecho de su hogar una bodega de reciclaje, aunque no era su propósito. La falta de un espacio digno para trabajar, los ha obligado a acaparar material. Y es que para los pepenadores vender unas cuantas libras de plástico o material ferroso no da para sobrevivir. Así que necesitan hacerse de una gran cantidad para rondar, al menos, el salario mínimo.

Cuando Victor y Aracely ven llegar a América a su hogar, no pueden evitar preguntar sobre cómo va el tema de la planta de separación de residuos que está a unos cuantos kilómetros de Cuscatancingo.

América les asegura que una vez legalizado el Movimiento Nacional de Recicladores, lucharán porque la planta vuelva a funcionar.

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UNA PLANTA OCIOSA

A unos 20 minutos de Ciudad Futura, dentro de Cuscatancingo, hay un planta de separación de residuos que ayudaría a los recicladores a aligerar su trabajo, pero ha dejado de funcionar.

El espacio de 900 metros cuadrados está equipado con maquinaria para clasificar el material reciclable, entre ellas, tres bandas separadoras de plástico, un molino para picar este mismo material, una presa hidráulica para compactar el cartón y el papel, básculas y un camión para transportar 4.2 toneladas. Todo lo que les falta a Eduardo, a Víctor, a Aracely y a la propia América.

De funcionar, la planta ayudaría a los recicladores a reducir costos para la movilización, venta y almacenamiento de material; disminuiría su jornada laboral de más de ocho horas diarias; y sería una fuente de empleo entre los mismos pepenadores.

La planta se creó en 2013 con el proyecto «Buenas prácticas de emprendedurismo social y Ecogestión» (RESSOC). Una iniciativa del Consejo de Alcaldes y la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (COAMSS/OPAMSS), que según la OPAMSS, se estableció para fortalecer el trabajo de los recicladores en el tratamiento y venta de residuos en los municipios de Cuscatancingo, Apopa, Ayutuxtepeque, Mejicanos y el departamento de San Salvador.

Sin embargo, sobre el cierre el COAMSS/OPAMSS da poco detalle. De acuerdo con Jorge Henríquez, subdirector de Desarrollo Social y Económico de la OPAMSS, la suspensión de operaciones se debe a razones técnicas y no políticas.

«Hemos tenido que pensar en cómo mejorar los procesos de producción y ver en qué estado se encuentra la maquinaria, eso nos ha llevado tiempo. Esta es la razón porque la planta ha dejado de funcionar por un año y medio. Además estamos buscando fondos luego de que concluimos dos proyectos con la Cooperación Española», asegura Henríquez.

La planta de separación de residuos es una empresa de Economía Mixta del Área

Metropolitana de San Salvador (ECOESAMMS) que según Henríquez, está bajo el control de una parte pública, que es representada por el COAMSS y las Alcaldías de Cuscatancingo y Apopa; y una parte privada que está bajo la tutela de las cooperativas de recicladores de Cuscatancingo, Apopa, Mejicanos, Ayutuxtepeque y San Salvador. «Esta junta directiva es la que toma todas las decisiones», asegura.

Sin embargo, hasta el momento, los recicladores de Ciudad Futura desconocen a qué se debe el cierre. Como representante de los pepenadores, América manifiesta que desde la Alcaldía de Cuscatancingo también hay resistencia para abrir la planta.

Al solicitar información a la Alcaldía de Cuscatancingo sobre el paro de operaciones

de la planta, la alcaldesa Heicy Flores dijo a través de su asistente de comunicaciones que «ella no tiene mucha injerencia en el tema y que se consulte directamente con la empresa que está a cargo de la planta: ECOESAMMS».

Desde el Movimiento Nacional de Recicladores, América y sus compañeros han insistido en que la planta vuelva a funcionar. Pero lo que hace difícil esta petición, es que el movimiento aún está conformándose y no cuentan con una legitimación.

Sin planta, América cree necesario seguir organizando a los recicladores a nivel nacional para legalizar el movimiento de los pepenadores.

Plástico. América Sarmiento compra botellas de plástico que, luego, pueden ser reutilizadas para fabricar guacales o sillas.

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De vuelta en el almacén, otra clienta espera por América. Es una señora de la comunidad que pregunta de cuánto es la paga por unos trozos de acero inoxidable. De libra en libra, la mujer consigue unos cuatro dólares. Mientras pesa el material, América aprovecha la oportunidad para hablar sobre el reciclaje inclusivo.

«Mire de esto se trata el modelo de reciclaje inclusivo, de integrar, hacer parte a los recicladores de las actividades comerciales con la compra y venta de materiales reciclables. A esto le apostará el Movimiento Nacional Recicladores. Muy pronto trabajaremos de la mano con la Iniciativa Regional para el Reciclaje Inclusivo», detalla Sarmiento.

Jadira Vivanco, coordinadora de la Iniciativa Regional para el Reciclaje Inclusivo (IRR), asegura que la organización está trabajando, desde el 2011, en el reconocimiento de la labor de los recicladores en los sistemas urbanos de reciclaje, ya que han identificado que en el continente son más de dos millones de personas las que se dedican a esta labor y viven de la actividad.

«Desde la IRR es importante que los diferentes gobiernos reconozcan la labor de los recicladores de base, pues son estos trabajadores los que alimentan las cadenas de intermediación de la comercialización de los materiales, es decir, entre las empresas y sus proveedores», ilustra la coordinadora regional.

Según Vivanco, replicar el modelo en El Salvador implicaría, en términos económicos y ambientales, reducir costos operativos para la creación de rellenos

Almacén de reciclaje. En Ciudad Futura, Cuscatancingo, los recicladores cuentan con un espacio donde compran y venden material reciclable.

sanitarios, ya que, entre más se recicle, habrá menos necesidad de pensar en la creación de este servicio. Además, disminuiría los costos sociales que implica un botadero entre las comunidades y reduciría los pasivos ambientales, como la contaminación de la tierra.

Como modelo de negocio, el reciclaje inclusivo trabajaría para que las empresas produzcan menos desechos y generen mayor aprovechamiento sobre los residuos.

En cambio, Silvia Quiroa, directora Ejecutiva del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA), considera que, en el país, es necesario un programa de cero basura para reducir a gran escala la generación de desechos.

«Cuando hablamos de reciclaje, lo que estamos diciendo es ‘generemos más desechos porque ahí están las alternativas para reciclar ese tipo de material’, pero, en realidad, esto también está generando un impacto importante ambiental. Esto hay que decirlo, porque si nosotros creemos que con el reciclaje resolvemos el tema del mal manejo de los desechos sólidos», concluye Quiroa.

Colombia, uno de los países que se ha sumado a la Iniciativa Regional de Reciclaje Inclusivo, ha logrado que los recicladores de base sean reconocidos y remunerados por su trabajo. En 2016, el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio aprobó el decreto 596 que formaliza el oficio.

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El día cae y América se prepara para regresar a casa, una que hace solo cuatro meses, gracias a su trabajo como recicladora, ha podido comprar. Antes de partir, hace hincapié en que, desde los distintos sectores de la sociedad, se debe valorar el trabajo de sus compañeros y que no debe ser menospreciado.

«El siguiente paso es realizar un censo nacional para saber cuántas personas se dedican al reciclaje. Necesitamos unificar esfuerzos entre los recicladores que no están organizados para poder conformar la junta directiva del Movimiento Nacional de Recicladores. Buscaremos la legalización para poder canalizar nuestras demandas y exigir que se nos reconozca dentro del sector laboral», dice América.

El oficio también le ha ayudado a sacar adelante a sus tres hijos y pagar sus estudios de bachillerato en mecánica automotriz y desarrollo de software. América asegura que, de no ser recicladora, sería cocinera, pero de haber sido así, cree que no hubiese tenido la oportunidad de trabajar y dar a sus a sus hijos más oportunidades que las que ella tuvo.

Materiales. En el almacén de reciclaje se compran cartones, botellas de plástico, cobre, hierro. La paga varía según los precios del mercado nacional.

La ausencia entre rincones y objetos

 

LAS HISTORIAS

El hijo de una odontóloga

Goles y medallas

La colección de peluches

 

El hijo de una odontóloga

 

“Hay algunas personas que todavía, con el pasar de los tiempos –y uno bien se da cuenta a qué nivel ha llegado el trauma psicológico, psicosocial que presentan–, todavía ponen los platos de comida en sus mesas, todavía lloran el recuerdo”. German Cerros, psicólogo del Instituto de Derechos Humanos de la UCA

Viaje. Emilio Bolaños tenía 11 años cuando su madre le tomó esta foto junto a su hermana. Fue para un paseo a las ruinas de Tazumal, en Chalchuapa, Santa Ana. Emilio era el primero de tres hermanos y también padre de un niño. Patricia Rodríguez lo recuerda como un hombre amoroso.

Patricia Rodríguez limpia cada cierto tiempo el cuarto de su hijo. Lo hace, incluso, desde el 7 de marzo de 2016, cuando ya no lo volvió a ver. En este espacio, al final de la casa de una colonia de Quezaltepeque, en La Libertad, se ha quedado huérfana una biblia en una mesa de noche. Era la que hojeaba Emilio Bolaños, desaparecido cuando tenía 32 años.

Su madre conserva intactas sus prendas: cuatro pantalones y una camisa que su hijo dejó sobre su cama, sus zapatos ordenados en un mueble, una chumpa sobre una bicicleta estática y una camiseta sobre el borde de una pared. En esta pared, que la humedad y el tiempo desgastan, Emilio dejó una gorra y un armazón sin lentes que así solía usar.

“Me llena de fortaleza saber que, al menos, tengo esos recuerdos que fueron parte de su vida”, dice Patricia.

Tras la desaparición de Emilio, colegas artistas del break dance le hicieron un homenaje. En ese evento, Patricia recibió un cuadro con el rostro de Emilio. Colgarlo arriba de la cabecera de la cama es la única alteración que ha hecho en este espacio.

Emilio, un bailarín y gestor de la cultura hip hop en El Salvador y Centroamérica, era conocido en el mundo artístico como “Milo Breakstars” o “Bboy Milo”. El Breakstars hace referencia al grupo de baile que formó con amigos. Con ellos comenzó a bailar en su antigua casa, siempre en Quezaltepeque, y también practicó en el quiosco del parque de esa ciudad, el parque Roberto Argüello Morán.
Patricia ha visitado todas las morgues del país y se ha plantado atrás de la línea amarilla de las escenas de homicidio buscando a su hijo. Es odontóloga y espera reconocerlo algún día por su dentadura. “Últimamente, en estas épocas, yo lo que quiero es recoger las osamentas de él. Si es de reconocerlo, yo misma lo puedo reconocer, porque yo le arreglé sus dientes”. Mientras, seguirá limpiando el cuarto de su hijo hasta que ese día llegue.

 


 

Goles y medallas

 

 

“La Fiscalía General de la República dice que algunos familiares intentan mantenerse serenos ante una desaparición, pero recomienda que, mientras la persona no aparezca, se continúen celebrando los acontecimientos que son importantes para la familia. Aunque signifique un esfuerzo”.

Delantera. La familia de Jocelyn asistía a esta cancha a verla jugar. Este fue el primer lugar donde la vinieron a buscar el pasado 22 de mayo, en la noche.

En la cama donde una vez durmió Jocelyn Cisneros su familia tiene esta tarde parte de su ropa. Hay dos jeans doblados, una blusa blanca con puntos negros que su hermana mayor le regaló para un cumpleaños, dos camisetas con las que algún día jugó fútbol y una con el logo del Instituto Nacional General Francisco Menéndez, del que se graduó de bachiller.
También están la mochila y los cuadernos que ocupaba para ir a la Universidad de El Salvador, donde estudiaba Economía. De ahí volvía aquella noche del pasado 22 de mayo, cuando la vieron por última vez.

Alguien que ve por primera vez estas paredes no duda de la dedicación de Jocelyn. Aquí cuelgan cinco medallas que, entre 2016 y 2017, ganó jugando fútbol. Y hay dos más, estas las ganó por perseverancia como estudiante en 2015.

“Ella no quería que le celebraran los 15 años, sino que los 16, porque ella decía que no quería algo grande, sino que quería algo más sencillo. Para ella fue algo grandioso, hermoso”, dice su hermana cuando habla de otro de los recuerdos de Jocelyn que conservan. Es una muñeca color celeste, testigo de aquella celebración.
El padre de Jocelyn dice que tuvo acceso a los videos de las cámaras dentro de la UES, en los que se observa que su hija llegó a las 5:30 a la universidad. Media hora después salió a comprar con una compañera y luego estuvieron sentadas bajo un palo de conacaste. La compañera salió de la universidad a las 6 de la tarde y a los 10 minutos salió Jocelyn por la entrada de la plaza Minerva.

Es lo único que sabe porque, dice, las autoridades no colaboran.

A cuadras de esta casa ubicada al norte de San Salvador hay un parque pequeño con una cancha de cemento, encerrada entre tela metálica y oxidada. En esa cancha, hoy tapizada de hojas caídas, Jocelyn jugó fútbol con una selección de la colonia. Era delantera y goleadora. Desde la parte izquierda del parque su familia se reunió varias veces para verla jugar. Cuando desapareció, fue el primer lugar en donde la buscaron.

“Casi tres meses han pasado y no nos han dado ninguna respuesta. Uno, que está viviendo en carne propia este dolor, vive una incertidumbre”, cuenta su padre de regreso en la entrada de esta casa, donde esperan que Jocelyn vuelva.

 


 

La colección de peluches

 

“Muchos siguen buscando hasta que encuentran respuestas, aunque les lleve años. Desde su perspectiva, suspender la búsqueda antes sería como abandonar para siempre a la persona desaparecida”. Comité Internacional de la Cruz Roja.

“Aquí vi mucho sus caprichitos de niño. Vi mucho su infancia, corrimos juntos, gritábamos, nos deslizábamos juntos. Jugábamos pelota. Fue un lugar muy bonito para hacer contacto entre madre e hijo”. María Elena Larios está sentada en un borde del parque Cuscatlán. En las piernas tiene un peluche del Demonio de Tazmania que viste una camiseta blanca. Y con la mano izquierda sostiene una fotografía del rostro de Heriberto Antonio González, su hijo.

Aunque no está habilitado para el público, desde afuera de la Sala de Exposiciones Salarrué, el parque Cuscatlán es un espacio de San Salvador que le recuerda a Heriberto, a quien vio por última vez el 6 de marzo de 2010, cuando salió, solo y de 18 años, hacia Estados Unidos.

Desde entonces, María Elena conserva una colección de peluches del Demonio de Tazmania –“los Taz”, le dice ella– que dejó Heriberto. Recuerda que él, siempre que podía, compraba un peluche de ese personaje.

Esta mañana ella también carga otra foto de Heriberto. La lleva guardada en un sobre manila. El niño está parado frente a uno de los árboles del parque Cuscatlán. De eso ya han pasado 26 años. La foto tiene escrito atrás: 14 meses.

“¿Por qué cree que ando encima, encima, encima y no me gasto?”, pregunta María Elena. “Porque lo voy a encontrar», dice segura con una sonrisa. En los tres recorridos que ha hecho en México con la caravana de familiares de migrantes desaparecidos, entre 2016 y 2018, ha encontrado pistas, dice, que le dan esperanza.

 

Un espejo inestable llamado laguna de Alegría

Laguna de Alegría, Usulután

De aquella llenura quedaron secuelas: las marcas de la laguna crecida en el espacio donde hoy quedan visibles restos de azufre y las piedras, las porterías oxidadas de una antigua cancha de fútbol y una escuela que tuvo que trasladarse a una propiedad privada para seguir en funciones cuando faltaban dos meses para que terminara el año escolar. Veintiséis centímetros de agua azufrada se acumularon en esta escuela pública.

Los carros se quedaban en la entrada, no podían, como lo hacían antes, darle la vuelta al cráter del volcán Tecapa. El nivel del agua había aumentado tanto que podía cubrir la cama de un pick up. En una parte del volcán, las mesas que son ocupadas para pícnic también quedaron cubiertas de agua. Y quienes querían pasar un día en familia, cocinar y descansar debían atreverse a bordear la laguna, metiéndose en algunas partes del bosque.

La laguna de Alegría –la que una vez la poetisa chilena Gabriela Mistral bautizó como «la esmeralda de América», por el verde de sus aguas volcánicas– había crecido y todo El Salvador mantuvo, por un rato, los ojos fijos en ella. Tiempo después, la olvidó.

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La laguna con una sirena

Un brujo que mintió por venganza se enamoró de una joven que se llamó Xiri, pero ella no le correspondió. Fue por el siglo XII, cuando, cuentan, el volcán Tecapa entró en erupción. El brujo era parte de un grupo de invasores que asesinó a la familia de Xiri; enojado, fingió que predecía el futuro y que, para calmar su furia, el Tecapa necesitaba un sacrificio humano. Eligió a Xiri, quien tenía por mascota un ave, y la llevó a las laderas del volcán.

El sacrificio estaba a punto de consumarse, pero el ave comenzó a cantar y su canto fue suficiente para que el Tecapa llorara y parara su erupción. Sus lágrimas formaron la laguna de Alegría y desde entonces Xiri se convirtió en la sirena que hoy habita sus profundidades.

En 2012, dos artistas, Paola Lorenzana y Memo Araujo, que trabajaron por años proyectos culturales en Alegría, realizaron una caminata para colocar en una de las rocas del cráter una Xiri hecha y estructurada con piedras que donaron los habitantes de la ciudad. Hoy, la sirena está dañada, no tiene parte de su cara ni de sus pechos.

El nombre de Xiri, en la cultura popular, se relaciona con los hombres que se han ahogado en la laguna, pues otra de las leyendas habla de que en ese espejo de agua solo han muerto hombres jóvenes. Es Xiri la que los llama, dicen, los retiene en el fondo de la laguna y los expulsa después.

Carlos Mendoza, uno de los guarda recursos del volcán Tecapa, recuerda el caso de un joven que hace unos años subió a una de las piedras casi cubiertas por el agua, a la orilla de la laguna. Era una tarde a finales de año, volvía de cortar café de una de las fincas del volcán y decidió dar un paseo con su hermano. El joven se resbaló de la piedra y quedó pegado en el azufre bajo el agua. Así murió ahogado en minutos.

Mendoza es el presidente de la Asociación de Desarrollo Comunitario (ADESCO) del caserío Los Mendoza, uno de los cinco caseríos que pertenecen al cantón San Juan, ubicado a 2 kilómetros del casco urbano de Alegría, y donde está la laguna. Es un joven taciturno que conoce la zona, sus caminos, sus veredas, a los animales y a las plantas que conviven ahí.

“No tenemos reporte histórico, de la conquista para acá, no existe ningún escrito ni nada que nos permita decir que el volcán ha entrado en erupción. Se conoce que hace unos 700 años el volcán El Hoyón –que está en la parte oeste de la laguna de Alegría o de Tecapa, y es un pequeño cráter– tuvo un periodo eruptivo”, aclara Eduardo Gutiérrez, coordinador del Área de Vulcanología del MARN.

Esta mañana camina por una vereda que hace una semana fue a limpiar de maleza, en la ladera sur del Tecapa. Desde acá, cuando los árboles no cubren el paisaje, se ve la laguna, ese cuerpo de agua pequeño a la orilla de una zona blanca donde una vez hubo agua, pero hoy hay piedras de diferentes tamaños y marcas de azufre.

Hace cuatro años hubo un incendio que acabó con un bosque de pinos en esta ladera del volcán. El incendio, según la Alcaldía de Alegría, consumió 50 manzanas. Comenzó en las faldas del volcán y subió toda la pendiente. Comenzó a las 2 de la mañana del 2 de marzo de 2015, un día después de las elecciones de alcaldes y diputados, recuerda Mendoza. Las llamas salieron del caserío Nieto González, a 1.5 kilómetros de distancia de donde hoy lo cuenta. Desde lo alto del volcán, señala a lo lejos, una casa para ubicar que atrás de ella fue el punto de inicio.

«Al final, la naturaleza pagó algo que no debía», lamenta, porque en Alegría suponen que el culpable fue un político de un partido diferente al que en esa ocasión ganó las elecciones municipales, pero nada se investigó.

Bosque submontano. El volcán Tecapa tiene una altura de 1,600 metros sobre el nivel del mar. Al bosque que crece en este tipo de altura se le denomina submontano.

El incendio paró hasta que, a las 5 de la tarde, llegó la Fuerza Aérea a tirar agua de un helicóptero. Antes de esto, los habitantes del Nieto González subieron con cántaros para intentar apagar las llamas, que, por suerte, no dañaron sus casas.

En ese incendio, Mendoza vio morir pinos y también encontró a una mazacuata, una de las serpientes más comunes en la zona, sujeta y calcinada en un árbol. Dice que por cómo la encontró colgada, el animal daba la impresión que quería huir y no pudo.

Entre el 26 y el 30 de septiembre de 2010, El Salvador sufrió la tormenta tropical Matthew, que luego fue degradada a depresión tropical y produjo un temporal lluvioso que dejó inundaciones y deslizamientos en varias zonas del país.

La estación meteorológica ubicada en Santiago de María, en el departamento de Usulután, con la que el Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET) del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) monitorea el comportamiento de la lluvia en municipios de la zona norte de ese departamento, registró para entonces un acumulado de 253.5 milímetros de precipitación. Fue la zona donde llovió más en todo el país.

Si se parte de que el SNET determinó que el promedio histórico de lluvia fue un acumulado de 1,800 milímetros en todo el país –superados en 2010 por el paso de la tormenta–, en esa zona llovió en cada día del temporal casi tres veces más del promedio diario de toda la época lluviosa. Fue en ese año, según estudios realizados días después de la tormenta, que la laguna incrementó su nivel de agua desde abril a octubre de 1.55 a 2.35 metros. Otro estudio determinó que también había existido un incremento de agua similar en 1957.

Asentamiento. El caserío Nieto González está dentro de la zona que la Alcaldía de Alegría propuso en 2011 para que fuera declarada área natural protegida. Ahí viven unas 200 personas.

Para la geología, el volcán Tecapa es un volcán joven que fue formado hace aproximadamente 100,000 años por las grandes erupciones de un volcán que estuvo en Berlín, que hizo una caldera y dio origen al complejo volcánico Berlín-Tecapa, donde también está el volcán El Hoyón y el Cerro Pelón. Así lo dice un estudio que Jasmin Raymund, un canadiense experto en energía geotérmica e hidrología, realizó en 2001 con fines geotérmicos. Lo hizo para la LaGeo, una empresa de CEL, que extrae energía geotérmica en la zona de Alegría y Berlín.

Para el Ministerio de Medio Ambiente (MARN), lo que sucedió en octubre de 2010, cuando incrementó el nivel del agua de la laguna de Alegría, no fue que el volcán se inflara, sino que hubo una precipitación de lluvia. Esta laguna, explica Eduardo Gutiérrez, el coordinador del Área de Vulcanología de ese ministerio, no se alimenta de ningún afluente natural cercano que la llene, se alimenta de agua lluvia infiltrada, que no puede penetrar en los materiales porosos del volcán.

“Pareciera ser como si por dentro hay una corriente, como si tuvieras aquí la laguna y de pronto todo se colara, se fuera por un tubo, y toda el agua se perdió. Entonces como que está conectado a un río subterráneo y de pronto el río subterráneo disminuye de cantidad y la laguna se seca. El río aumenta y la laguna se llena. Coincide que los años que ha llovido muchísimo se desborda y llega hasta la escuela, pero en la mayoría de tiempo permanece bien pequeña”, señala el biólogo Néstor Herrera.

Desde que el MARN comenzó a monitorear la laguna de Alegría todavía no sabe cuánto tiene de profundidad, tampoco las características de su cámara magmática. Los lugareños que trabajan en la laguna hablan de 28 metros de profundidad, pero aún no hay estudios oficiales por la falta de recursos.

En uno de los edificios del MARN está el Centro Integrado de Monitoreo y Amenazas, el lugar donde se observa el comportamiento de la lluvia, los vientos, la tierra y los volcanes.

Para monitorear los volcanes, a través de equipo científico y tecnológico, hay tres personas que trabajan en conjunto con otros expertos para analizar los sismos y los deslaves.

El monitoreo volcánico consiste en detectar si hay alguna anomalía en un volcán, identificar las zonas que podría tener más impacto si existiera una erupción y en tener un sistema de alerta temprana con alcaldías y con la Dirección General de Protección Civil, por si es necesario evacuar a las personas.

«No tenemos reporte histórico, de la conquista para acá, no existe ningún escrito ni nada que nos permita decir que el volcán ha entrado en erupción. Se conoce que hace unos 700 años el volcán El Hoyón –que está en la parte oeste de la laguna de Alegría o de Tecapa, y es un pequeño cráter– tuvo un periodo eruptivo», aclara Eduardo Gutiérrez, en el espacio asignado al Área de Vulcanología, en el lado izquierdo de esta sala.

Bruja. La laguna de Alegría, según la tradición popular, es conocida como laguna bruja, ya que en época lluviosa se seca, pero en época seca se llena. Para los lugareños es un lugar misterioso.

Del equipo, el geoquímico Francisco Montalvo es el encargado de monitorear el comportamiento del volcán Tecapa y, por lo tanto, de su laguna cratérica. Esto lo hace de tres a cuatro meses por año. Montalvo es un hombre callado que está sentado frente a una computadora donde almacena gráficas y mapas que indican el comportamiento del volcán. Cuando se trata de volcanes, habla con propiedad de ese ser vivo que estudia. Lo hace sin pausas.

Antes de entrar en detalles, aclara que el comportamiento del Tecapa es similar al comportamiento del resto de volcanes activos que monitorean. Cuenta que su trabajo consiste en medir las temperaturas de la laguna, los niveles de agua y, desde hace dos años, también analiza la composición química de los gases de las fumarolas o las grietas que existe en el cráter.

Laguna de Alegría

Luego recolecta el agua, la lleva a un laboratorio y ahí analiza su nivel de cloruro, sulfato, sodio y potasio, para determinar los tipos de gases que el Tecapa está emitiendo, y así establecer si el volcán está tranquilo o si está incrementando su actividad. Al agua también le analiza su acidez (pH), que ronda entre los 1.7, 1.8 y 2.5, lo que indica que es ácida y de carácter volcánico; y su vapor, esto lo hacen con otro equipo del MARN.

Gutiérrez, por su parte, prefiere comparar la reacción del volcán cuando presenta un comportamiento fuera de lo normal con una persona que se comienza a sentir mal de salud y va donde un médico, y que al llegar al consultorio le hace saber que está irritada. El médico le hace el diagnóstico, y pese a que aún no identifique los signos que posteriormente vendrán, lo trata. El volcán es el enfermo dando señales de una posible enfermedad, los médicos son ellos.

Él muestra en una computadora una gráfica que representa las variaciones que han existido desde 2003, cuando el MARN comenzó a monitorear sistemáticamente el volcán, hasta el 29 de julio de este año, la última visita realizada. Se observan temperaturas que van desde los 50 hasta los 100 grados centígrados. El 29 de julio la temperatura fue de 72 grados.

El sulfato y el cloro son dos gases que están en el interior de la Tierra y acompañan al magma. Son los gases a los que, de acuerdo con Gutiérrez, les gusta ponerle atención, porque hacen relación entre estos y el nivel de volumen de la laguna. Las emanaciones de gases del volcán, dice, son las que aumentan el sulfato, y esto hace que la laguna tenga agua de color verde.

Laguna de Alegría

Para entender la combinación de estos gases, Gutiérrez pone otro ejemplo: si hay un vaso con agua al que se le ha mezclado una cucharada de azúcar y este se saca al sol, el agua va a comenzar a evaporarse, pero el azúcar no se va a mover. Por lo tanto, al medir nuevamente su nivel con el del agua, habrá más azúcar en relación con el agua.

Algo similar sucede con la laguna, si se comparan los niveles altos y subientes del espejo de agua se determina que la relación de dichos gases no ha cambiado. El Tecapa se mantiene dentro de un comportamiento normal de un volcán.

«Pareciera ser como si por dentro hay una corriente, como si tuvieras aquí la laguna y de pronto todo se colara, se fuera por un tubo, y toda el agua se perdió. Entonces como que está conectado a un río subterráneo y de pronto el río subterráneo disminuye de cantidad y la laguna se seca. El río aumenta y la laguna se llena. Coincide que los años que ha llovido muchísimo se desborda y llega hasta la escuela, pero en la mayoría de tiempo permanece bien pequeña», señala el biólogo Néstor Herrera, al referirse al comportamiento que históricamente ha tenido la laguna de Alegría, que forma parte del inventario de humedales del MARN.

Para la geología, el volcán Tecapa es un volcán joven que fue formado hace aproximadamente 100,000 años por las grandes erupciones de un volcán que estuvo en Berlín, que hizo una caldera y dio origen al complejo volcánico Berlín-Tecapa, donde también está el volcán El Hoyón y el Cerro Pelón. Así lo dice un estudio que Jasmin Raymund, un canadiense experto en energía geotérmica e hidrología, realizó en 2001 con fines geotérmicos.

Para Herrera, es probable que la laguna funcione así: el volcán Tecapa hizo erupción, pero hubo una roca que cerró. Los materiales de esta se hicieron impermeables y cayó el agua durante cientos de años y llegó un espejo de agua, que se hundió en un 10 %.

En una pendiente donde antes hubo cafetales y que está ubicada en la ladera externa del volcán Tecapa, cercana al casco urbano de Alegría, hay construcciones de casas en una parcelación y en una lotificación. Para hacer esas casas, asegura el coordinador de la Unidad de Medio Ambiente de la Alcaldía de Alegría, Mauricio Hernández, los dueños no solicitaron permisos.

Según Hernández, han abierto expedientes de estos casos después de recibir una alerta del MARN e inspeccionar la zona, ya que ninguna de las construcciones tiene los permisos de ese ministerio, de la alcaldía, del Ministerio de Agricultura y tampoco del Ministerio de Vivienda. Por el momento, las obras –que además están en una zona de riesgo por deslaves y en un municipio donde son frecuentes los sismos por su composición volcánica– están paralizadas.

Este tipo de construcciones, dice el biólogo Néstor Herrera, generan especulaciones, porque si más personas ven que en este sector hay casas, van a querer vivir ahí también, lo que implicaría mayor extracción de un manto acuífero que, de momento, no se sabe si está conectado con la laguna.

Él hace una comparación con un estudio que realizó en 1998 en la laguna Verde, en Apaneca, Ahuachapán, cuando había cuatro bombas que directamente le extraían agua. Veintiún años después, dice, hay seis bombas y el espejo de agua se ha reducido aproximadamente en un 30 %. De tal forma que prevé que en 20 años más, la laguna estará seca.

Planos. Este es uno de los dos planos de las construcciones que han comenzado sin autorización en las faldas del Tecapa. La zona donde ya hay inmuebles es propensa a deslaves.

Luis Castillo, experto en física y geofísica y profesor de la Universidad de El Salvador, señala que tras formarse la laguna, el espejo de agua se fue llenando con la precipitación en los diferentes ciclos hidrólogos por siglos. También comparte la idea de que esta no puede ser la única forma en que se llene, debido a que en algunos casos, un lago o una laguna cratérica tiene un sistema hidrotermal subterráneo que puede alimentarle de agua que se recicla en otros volcanes o en elevaciones cercanas, y que llegue hasta el espejo.

De acuerdo con Castillo, si en los tiempos precolombinos en la zona de Alegría hubo asentamientos es porque los habitantes buscaron condiciones mínimas para vivir, como el agua. Aunque, dice, en ese lugar no observa esto, así que posiblemente se pobló por lo fértil que es la tierra o por la siembra del café.

Actualmente la Alcaldía de Alegría y el MARN gestionan declarar la laguna y parte del volcán Tecapa como área natural protegida, tras una petición de convertir 303 hectáreas en monumento natural. En 2011, el MARN hizo una precalificación, pero todavía falta que la alcaldía compruebe a las autoridades ambientales que la laguna es propiedad municipal y falta estudiar la zona para determinar si el ecosistema encaja dentro la categoría planteada.

Con el paso de los años, los abuelos de Alegría no dejan de contar las historias acerca de la laguna y sus características. Otra de las leyendas que sobrevive al tiempo es que esta laguna, así como otras, la formó un brujo que se encargaba de robar lagunas. El hombre volaba sobre el cráter del volcán Tecapa y llevaba un huevo: en la mitad había una laguna de agua dulce y en la otra mitad agua azufrada. Por accidente, el huevo se le cayó y se quebró en el cráter del lado donde estaba el agua azufrada, y así nació aquel espejo de agua.

Sus aguas crecen en la época seca y disminuyen en la época lluviosa. Por eso en algún tiempo la llamaron la laguna bruja. Era misteriosa y lo sigue siendo. Alguien que no conozca su comportamiento desde la ciencia no se explica qué sucede con aquel espejo azufrado que se resiste a morir.

Construcciones. Estas son parte de las casas construidas sin permiso en una de las laderas del volcán Tecapa, cerca del casco urbano de Alegría.

Una revolución que se desmorona

Daño. La estructura que sostiene al “Chulón” presenta fisuras. De su base también se desprende material.

Un hombre se está desfigurando. Ya ha perdido su mano izquierda, su pie derecho. De a poco, se va quedando sin sus dedos, sin sus brazos, sin sus piernas, sin su rostro. Cada parte de su cuerpo va cayendo a pedazos, de piedra en piedra. Y a la vista pública, al final de una avenida en San Salvador, sin que nadie le preste atención, «el Chulón» –gigante del tamaño de un edificio de cinco pisos, monumento a La Revolución de 1948 y edificado en 1955– se cae.

Ni siquiera estar dentro de las instalaciones del Museo de Arte de El Salvador (MARTE) le ha servido de garantía. En los alrededores del monumento se apila la basura, las colillas de cigarros, las latas, la arena que llega de las construcciones aledañas. Y, de bajo de su estructura, donde también se construyó un templo, ahora se ha vuelto un sótano que funciona como una bodega improvisada.

«El Chulón» también está al lado del Teatro Presidente, un espacio artístico donde las personas llegan por un concierto, recital u obra. Ahí, este hombre que alza la mano en son de libertad se va quedando sin forma.

Las piedras –que forman el todo– de este hombre son retratos que develan la transición política entre 1944 y 1950. Una ola de golpes de Estado que dejó fuera a la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez y a los gobiernos de Andrés Ignacio Menéndez, Osmín Aguirre y Salinas, y Salvador Castaneda Castro.

De una revolución que se edificó con las primeras elecciones democráticas en 1950 y la llegada del coronel Óscar Osorio a la presidencia. Un presidente que dio pie a reformas constitucionales que le otorgaron a la mujer su calidad como ciudadana e incluyeron derechos sociales, culturales, de familia y salud pública. Y de un monumento que representa los cimientos de las primeras expresiones del arte salvadoreño.

A sus 64 años, el monumento a La Revolución, no es solo una obra a gran escala, también es historia. Una que los salvadoreños no la nombran como «revolución», sino más bien «el Chulón». Este mismo reconocimiento y valor histórico es lo que lo hace parte del patrimonio cultural de El Salvador sin necesidad de una declaratoria.

Aunque la misma Ley Especial para la Protección del Patrimonio Cultural en su artículo 3 dice que los bienes relacionados con la historia son considerados patrimonio cultural del país.

Daño. La estructura que sostiene al “Chulón” presenta fisuras. De su base también se desprende material.

A pesar de ello, lo que un día fue diseñado por los arquitectos Óscar Reyes y Kurt Shulzs como un espacio público; hoy, está atrapado entre cercos improvisados y lleno de rótulos que advierten que se «prohíbe el paso». Y es que la obra representa un peligro de que sobre algún desafortunado caiga una roca y le reviente la cabeza.

Sin embargo, intentos por restaurar y conservar «el Chulón» han existido. El arquitecto Rafael Alas, encargado de las exhibiciones del MARTE, dice que, en 2009, el museo realizó un diagnóstico con ingenieros, arquitectos y especialistas en restauración para evaluar los daños en el monumento luego de 54 años sin mantenimiento y el peso de dos terremotos en 2001.

Según el documento, el monumento tenía que ser reparado en cada uno de sus bordes debido a las grietas, necesitaba un reforzamiento en su estructura y la restauración del mosaico. Todo de manera urgente.

Pero en 2009, tras gestiones con el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA), hoy Ministerio de Cultura, lo único que se pudo pagar fue un reforzamiento de emergencia: dos columnas. Una al lado derecho y otra al izquierdo en la parte posterior del monumento. «No hubo fondo para más», cuenta Alas.

Aunque la Ley Especial de Protección del Patrimonio Cultural, en los artículos 5 y 30, dice que el Ministerio de Cultura debe de preservar los bienes culturales por daño o peligro inminente, las autoridades no están cumpliendo, y tampoco dan respuesta sobre cómo se reparará.

La directora nacional del Patrimonio Cultural, María Isaura Arauz, no responde a las interrogantes, y desde la Dirección de Comunicaciones dice que es muy pronto para solventar las dudas y que aún sigue adecuándose a su cargo.

Desde su experiencia en el rescate de la memoria histórica y con 23 años de estar al frente del Museo de la Palabra e Imagen (MUPI), Carlos Henríquez Consalvi cree necesario que en las comunidades y la ciudadanía se impulsen espacios para la creación de políticas públicas a favor de la conservación del patrimonio histórico.

«Entendiendo la importancia que el patrimonio cultural tiene para la conformación de nuestras identidades, el fortalecimiento del sentido de pertenencia y la comprensión de nuestra historia. Por esta razón también llamamos la atención sobre la urgencia de impulsar medidas de restauración y conservación para el mural realizado por el artista Julio Reyes, en el monumento a La Memoria y la Verdad, en el parque Cuscatlán», dice Consalvi.

En este mismo estado se encuentran tres piezas escultóricas elaboradas en 1950 y una plaza conmemorativa a Los Próceres, hecha en 1957 por el artista salvadoreño Valentín Estrada dentro del parque Balboa en Los Planes de Renderos. Musgo, grietas y hongos se hospedan en cada una de ellas.

Monumento a La Revolución
La obra solo ha sido restaurada una vez. Esto fue en 2009 cuando se realizó un reforzamiento de emergencia en la estructura.

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Entre los municipios de San Salvador, Panchimalco y San Marcos a 12 kilómetros de la capital se ubica Los Planes de Renderos, y en el corazón de este, un parque que es considerado unas de las reservas ecológicas más grandes del país, con 40 manzanas de vegetación propias de un bosque tropical: el Balboa.

Construido en 1949, el parque Balboa, el primer espacio hecho para la recreación; conserva piezas escultóricas que solo le llevan un año desde su fundación, 69 para ser exactos. Obras de las que no hay certeza sobre su proceso de conservación y restauración.

Un hombre con el poder de purificar, proveer y preservar la cosecha, Shiutetl –el nombre náhuat para el dios del fuego– está agrietado, su cara se ha partido. Cuando tiene suerte alguien de mantenimiento le limpia un panal de avispas que se niega a dejar de coexistir entre sus brazos.

Sótano. El templo que fue construido bajo el Monumento a La Revolución se ha convertido en una bodega improvisada.

En cambio, la Diosa de la Lluvia ha sido reparada para que una de sus fisuras no crezca, pero no precisamente por manos de un especialista, sino por el mismo personal de mantenimiento del parque. Una mezcla de cemento y una pequeña repellada ha sido la solución.

Entre musgo y pequeñas plantas que quieren crecer entre sus hendiduras está el Dios del Hechizo. Quizá con menos daño o a, simple vista, que solo tiene una fisura en toda la pieza.

Dios del Fuego. La escultura de Valentín Estrada está agrietada de todo el rostro. No hay registros sobre cuando fue la última vez que se restauró.

Cada obra tallada por la manos del escultor Valentín Estrada trata de sobrevivir entre la adversidad del tiempo, entre la historia que poco ha sabido valorar sobre obras que representan el rescate a la identidad y las creencias de una cultura hispanoamericana previa a la conquista española.

Sobre restaurar y regresar una obra lo más parecido a su estética, Jorge Orellana, director del Departamento de Conservación de Bienes Culturales Muebles de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural y Natural del Ministerio de Cultura, conoce muy bien el campo. Considera que para saber sobre el daño que existe en las esculturas es necesario hacer una investigación técnica con especialistas; algo que hasta el momento no se ha hecho, según Orellana.

«Sé que sonará contradictorio, pero muchas veces el musgo ayuda a que este tipo de escultura hecha de piedra reconstruida no se deteriore ante las inclemencias del tiempo. Sin embargo, el problema es que las microraíces del musgo van penetrando la piedra y estas escarban y pueden levantar los cimientos con el paso de los años», dice Orellana.

Diosa de la Lluvia. La obra ha sido reparada por personal de mantenimiento del Parque Balboa. Un repellada de cemento ha sido la solución para que la fisura no crezca.

Otra de las creaciones de Estrada que se deteriora y se oculta entre el bosque del Balboa es la plaza a Los Próceres. Los bustos de Manuel José Arce, José Matías Delgado, Nicolás Aguilar, Manuel Aguilar y Vicente Aguilar ahora son caras desfiguradas con pintura deteriorada. La fuente en forma de alberca que está al centro del monumento ahora es un espacio para expresiones de grafiti.

Estas piezas son parte del patrimonio cultural como bienes artísticos de arte estatuario y escultura, por hoy, no son un referente; pasan ante la vista indiferente de personas que llegan al Balboa y del Estado que no da pie a conservar la historia y proyectarla a sus ciudadanos.

La Ley Especial para la Protección del Patrimonio Cultural, como otras tantas leyes salvadoreñas, se queda simplemente entre la tinta y el papel. Aunque se dice que el patrimonio cultural es la herencia propia del pasado de una comunidad, en El Salvador, muchos de estos lugares con gran valor histórico son abatidos por el tiempo, se caen a pedazos y sucumben en el olvido.

«Caravana»

Ilustración de Moris Aldana
Un adelanto de libro de Alberto Pradilla

Salir de la clandestinidad y morir en la carretera

Hay policía. Allí adelante hay policía.

Kilómetro 238 de la carretera federal que une Tapachula con Huixtla, próximo destino de la Caravana.

Hay policía. Demasiada. Algo ocurre.

Sobre unos conos, la cinta amarilla. Esa maldita cinta amarilla que nos avisa que alguien ha muerto.

Y ahí está: en el carril de la izquierda, sobre el asfalto, cubierto por una sábana ensangrentada, un cadáver. Es un hombre, de entre 25 y 30 años, me dirá después un agente de la policía municipal de Tapachula, un tipo rollizo, de piel oscura y bigote, el único en la escena con ganas de hablar. Bajo la improvisada mortaja asoman unos tenis grises y unos pantalones vaqueros. Tras el rojo sucio de la sábana, una gorra.

Dicen que cayó del vehículo que lo transportaba. Nadie sabe si fue un picop, un camión o una furgoneta. Lo único seguro es que cayó y que el carro que venía después no alcanzó a frenar y lo arrolló. Dos doctoras de Médicos del Mundo que forman parte de una caravana de acompañamiento trataron de salvarlo. Pero llegaron tarde.

Pero nadie sabe bien qué sucedió más allá de esto:

Hay un muerto en la carretera.

Nadie se quedó para identificarlo.

El vehículo en el que se desplazaba siguió adelante.

El vehículo que lo remató siguió adelante.

Si la Bestia fue, por mucho tiempo, el símbolo de la migración centroamericana, los jalones son el símbolo de la Caravana. Y esta nueva Bestia no es un tren, pero igual va sobre ruedas y mata.

Hay un cuerpo sobre el asfalto y nadie ha venido a reclamarlo. Quizás el hombre viajaba solo. Quizás sus familiares estén más adelante. Puede, incluso, que viesen el cadáver cubierto por una sábana y continuasen porque podía ser cualquiera. Nunca pensamos que la tragedia va a golpearnos a nosotros.

Mientras los policías acordonan la zona, decenas de migrantes caminan por el arcén derecho. Algunos se quedan unos segundos, observan, y siguen. Otros no se detienen siquiera, mirada baja, paso apretado. La policía monta un pequeño retén y baja de los tráileres y camiones a las decenas de personas que se aferran a cualquier saliente para seguir la marcha. Tal y como viajan cargados los camiones, lo sorprendente es que no haya más cuerpos en el arcén. Acción preventiva, al menos de cara a la galería. No quieren otro muerto de hambre caído en la carretera, les echarán la culpa a ellos por no cuidarlos. Da igual. Dos o tres kilómetros después, cuando los agentes ya no estén, los vehículos volverán a llenarse de carne de viaje. Es eso o seguir caminando bajo el sol.

—Este es el sufrimiento que tenemos. Ese hombre se ha dejado la vida. Mire a mi hijo. Lleva calentura, fiebre. Está enfermo. Les pedimos que nos ayuden con transporte.

Javier Alejandro Higuera tiene 30 años, es extremadamente delgado y lleva un niño, el niño enfermo, en brazos. Avanza hacia la gasolinera Pemex ubicada justo unos metros después del cuerpo del migrante desconocido. La gasolinera es como un oasis en medio de la carretera que hierve. La caminata comenzó a mediodía. Tremendo error. El Hades debe ser más templado que este asfalto. Higuera me dice que no tiene dinero, pero que entrará a la Pemex de todos modos. Unos minutos para que el patojo aproveche el aire acondicionado. Hay muchos en su situación. Por suerte, en este lugar nadie te pide la billetera para ingresar.

Media hora después, el cadáver ya no está ahí. Los migrantes que llegan pasan por el lugar sin saber qué ocurrió. Si uno presta atención, observa una mancha de sangre en la carretera. Si uno no se fija bien, no ve más que una mancha oscura. Gasoil, pongamos. Pero es sangre. Es un muerto.

Es la una de la tarde del lunes 22 de octubre y es imposible sustraerse a que hace un calor de mierda.


Ilustración de Moris Aldana

Melvin José López Escobar

La víctima se llamaba Melvin José López Escobar; 22 años, de San Pedro Sula.

Melvin José López Escobar es el muerto en el camino. El cuerpo cubierto por la sábana y rodeado por la maldita cinta amarilla.

Hay costumbre de ver esas malditas cintas amarillas y los cuerpos cubiertos con sábanas en San Pedro Sula, en Ciudad de Guatemala, en San Salvador, en Tegucigalpa. Centroamérica es uno de los lugares más violentos del mundo. La gente convive con las escenas del crimen. De hecho, nadie quiere perderse una buena escena del crimen. Las cintas amarillas sirven para que los curiosos no terminen pisando el cadáver, o los charcos de sangre, o las huellas que dejó el asesino. Son un preanuncio de que algo pasó, para acercarse a echar un ojo y darle al chisme. Que quién es, que si alguien lo conoce, que si andaba en algo, que si no.

En este caso, sin embargo, nadie se detiene a ver el cadáver, a Melvin José López Escobar. Todos saben que es uno de ellos, intuyen que murió por sujetarse mal en un vehículo; certifican que, por pura probabilidad, cualquiera de ellos podría haber ocupado su lugar.

A nadie pareció ocurrírsele en el camino que podría morir gente por acelerar el paso. Que un auto que estaba allí para echar una mano –cobrando, sí, pero todo tiene un precio en una operación como la Caravana– podía ser portador de la muerte. Saliendo de Tapachula, muchas personas se han lanzado sobre cualquier vehículo con cuatro o más ruedas que pueda moverse. Hay carros que parecen un cajón de setas, la gente encaramada una sobre la otra. Otros se extienden todavía más hacia arriba como árboles formados por seres humanos encadenados. No hay saliente de un camión que no sea aprovechada para evitar caminar. He visto a varios jóvenes encajados en el espacio entre la cabina y el tráiler, a un tipo aferrado a la ventanilla del piloto con los pies casi colgando, adolescentes aferrados a una rueda de repuesto en los bajos de un tráiler sobrecargado.

Es una aritmética del riesgo. Han pasado por aquí cientos de camionetas, camiones y autos a reventar de gente. Pensar cuántos pasajeros permite la ley es un ejercicio académico ridículo. El peso duplica, triplica el reglamentario. Hay lugares de los vehículos en los que no está prohibido llevar pasajeros porque nunca nadie pensó que ese espacio podría usarse como cabina de transporte y que hoy no solo llevan pasajeros: van hinchados de ellos.

Las camionetas circulan con el culo tocando el piso y las ruedas delanteras casi saltando por los aires, como “low riders” de Los Ángeles.

Si Melvin José López Escobar está allí, si el muerto está ahí, cualquiera pudo estar ahí.


Ilustración de Moris Aldana

Fue esa mañana

el domingo 21 de octubre, cuando el éxodo se mostró en todas sus dimensiones. ¿De dónde salieron? Por la noche no parecían tantos. Según los datos del refugio para migrantes de Suchiate, citados por la agencia Efe, 7,125 personas cruzaron la frontera. De San Pedro Sula salieron 160 caminantes. La necesidad existía. Solo era necesaria una chispa. Puede ser que Bartolo Fuentes considere que este movimiento no concuerde con la idea original que había de la Caravana. Pero la marea sí que se adapta a la verdadera necesidad de la Centroamérica que huye: un corredor humanitario hasta la frontera de Estados Unidos formado por el único escudo del que disponen los desarrapados, sus cuerpos hechos multitud.

Es descomunal. Hombres, mujeres y niños que avanzan bajo un sol de justicia, pero sonrientes, aliviados por haber superado el primer gran obstáculo. A la altura de Metapa me subo a un puente de unos 10 metros de altura: no alcanzo a ver dónde termina la riada humana. Consigo convencer a un tuctuc para recorrer el camino inverso que transita el éxodo. Pasará media hora de ver caminantes de forma ininterrumpida hasta que desisto. No voy a ver dónde termina la Caravana. ¿Son 4, 5 mil, 7 mil? ¿O son 9, 11, 12 mil?

Entre Ciudad Hidalgo y Tapachula se ha instalado un pequeño retén policial. Hay cuatro picops de la Federal y dos o tres autobuses. ¿Pensaban meter ahí a toda la romería? Avanzo desde la frontera de Talismán, al este de Tecún Umán, y busco la cabecera. Es espectacular. Es una riada humana, cientos, miles de almas que caminan por el arcén derecho de la carretera. Ahora apenas pasan camiones o tráileres, así que hay que desgastar suela en el arcén. Los más avispados se suben en alguna de las combis que unen la frontera con Tapachula, aunque son los menos. Hay un par de gasolineras en el trayecto, pero hay desalmados o aprensivos que se han dejado llevar por los primeros mensajes xenófobos y las han cerrado por miedo a posibles saqueos. Los desmanes nunca suceden, pero el miedo y la ignorancia son atrevidos.

Es una marcha alegre, decidida, con paraguas para taparse el sol, bolsas de papas compartidas, botellas de agua que pasan de mano en mano. También es una marcha desconfiada, donde es difícil entablar conversación. Nadie se fía de un periodista. Dos días antes fueron gaseados y golpeados. La víspera desafiaron las leyes migratorias a bordo de góndolas hechas de neumáticos y trozos de madera. Hoy, expandidos e inmensos, caminan con la incertidumbre de si la Policía Federal o el INM tratarán de cortarles el paso y arrestarlos, como tantas veces ha amenazado Peña Nieto.

Pero no: nadie se va a interponer en su camino.
Hay vía libre.

Tal vez tanta visibilidad –la prensa empieza a llegar de todo el mundo– marque la diferencia e inhiba a los funcionarios. Esta gente existe. Podemos verlos. Todos pueden hacerlo. Y son muy humanos: 7 mil personas –la cifra que toda la prensa maneja de manera más o menos oficiosa– llevan varios días en tránsito, juntos, conviviendo, desde una nación en caída libre y nadie puede hablar de vandalismo, violencia, crímenes. La Caravana es bastante tranquila. Variopinta. Una Honduras –y luego también una Guatemala y El Salvador– en chiquito. Es un padre con su hijo sobre los hombros, protegido del sol por una toalla, como jugando al beduino. Un tipo que camina con una muestra de arreglos florales que trabaja con sus propias manos y que exhibe como prueba de que no es un delincuente. Es una mujer que abronca a un chavalo porque intenta colarse en el último espacio de un tráiler que hace tiempo que superó el aforo.

La Caravana ha sacado de la clandestinidad a los humildes. Parece que para ser definitivamente vista Honduras debía salir de Honduras. Honduras debía salir de su profundidad criminal a la superficie. Visibilidad.

Antes también migraban, solo que a escondidas. Hasta hace una semana, este camino se realizaba en pequeños grupos, individuos que se endeudaban para toda la vida intentando cruzar dos, tres, cuatro veces una frontera estadounidense cada vez más militarizada, fiando su vida a un coyote, a expensas del crimen organizado. Ahora, en cambio, se transita a plena luz del día, a la vista de todos. “No somos delincuentes”, se reivindican.

Este es el éxodo centroamericano en vivo y en directo, en toda su crudeza, 30 grados a la sombra.


Ilustración de Moris Aldana

La Caravana entra a Tapachula

Lenta como un gusano satisfecho. Tapachula –los vecinos– la mira desde las aceras y los jardines, por las ventanas de los autos que se detienen a observar, entre sorprendidos y extrañados. El parque Hidalgo es el destino final. Ahí comienzan a llegar los caminantes hasta que se desborda y entonces buscan otras plazas. Llegan caminando, en pequeños microbuses o en picops a los que han pedido raite. Esta palabra será clave: es la adaptación al castellano del inglés ride, paseo, y significa hacer autoestop, pedir jalón. Así llegan algunos a Tapachula, ciudad migrante, acostumbrada a los forasteros, pero que jamás vio un grupo tan grande como el que llega ahora.

Dice el largo Ayyi Collins, 23 años, de la bella isla de Roatán:
—La verdad, pienso que una parte de Centroamérica acaba de hacer algo que no se va a olvidar y que va a quedar en la historia, porque esto es internacional, todo el mundo lo está viendo y dice: alguien vino, llegó y se paró y tuvo cojones para enfrentarse a Estados Unidos, que es uno de los países más fuertes del mundo.

Dice Jonny Hernández, un grandulón de 30 años nacido y criado en Tegucigalpa:
—Esto es lo que pasa cuando se levanta una nación entera.
Le responde Ayyi:
—No solo los hondureños. Centroamérica, América Latina.

Muchas personas tienen mucha ira. Todas las personas que hay aquí, de Guatemala, El Salvador, Honduras. Todos tienen ira hacia el gobierno. Lo que estamos haciendo es bien grande, quedará en la historia.

El primero es un moreno espigado, de pómulos marcados y orejas pequeñas pero aladas. Habla mucho, tiene carisma, parece un cantante de rap con su gorro de lana calado. Jonny Hernández es oscuro, rotundo, viste camiseta negra y podría ser el guardaespaldas de su amigo rapero. Al final del intercambio, el grandote Jonny da la razón al flaco Ayyi. Los más pobres de una de las regiones más pobres e ignoradas del mundo sienten que están haciendo algo importante. Ahora sí, por fin, los están mirando. Es imposible no verlos.

Cientos, miles de seres humanos exhaustos, hambrientos, con llagas en los pies, quemados por la brasa del sol, esquivan las leyes migratorias y caminan, a pecho descubierto, por las carreteras mexicanas. La larga marcha centroamericana, ya de lleno en México, ha transitado los primeros 37 kilómetros entre Ciudad Hidalgo y Tapachula y de allí enfilado a Huixtla. Van subidos en las palanganas de los picops, en tráileres hacinados, camionetas de las que cuelgan piernas y brazos. Maleteros abiertos que llegan a albergar hasta cuatro personas. Y en el arcén, los que no alcanzaron a subirse a un vehículo. Mucha, muchísima gente. La mayoría. Lo que todos llamamos, en sí, la Caravana.

Al mediodía del domingo 21, Ayyi y Jonny caminan por una de las calles principales de Tapachula en las inmediaciones del parque Hidalgo, convertido en la nueva parada del campo de refugiados itinerante. Al trasiego habitual en la ciudad chiapaneca se le suman las gestiones vinculadas al éxodo. Hay que comprar ahora porque no sabemos cómo será el municipio en el que se acampe. Las tienditas se llenan de personas. Bienes básicos: chips, frijolitos, baterías Energizer. Llevar el celular con datos es uno de los fundamentos básicos de la Caravana, así que pronto se acaban las tarjetas SIM de Telmex. Para el resto, Dios proveerá.

Ayyi y Jonny caminan con pasos rápidos, dando saltitos. Están excitados. Preguntan por las otras caravanas. Se ha extendido el rumor de que hay más gente saliendo desde Honduras, de que otro grupo se organizó en El Salvador. Se sienten pioneros. A la caminata se le suma ahora otra de madres. Buscan a sus hijos desaparecidos mientras realizan el mismo trayecto que la romería del hambre. La caminata de madres es antigua, data de 2002, cuando un grupo de mujeres de El Progreso, en Honduras, comenzó a recorrer Centroamérica en busca de sus hijos a los que se los tragó la tierra rumbo al Norte. Esta es una ruta de sangre, levantones, secuestros, gente que salió y a la que no vuelves a ver. México es una jodida fosa común y los centroamericanos tienen un lugar reservado en sus necrológicas.

Nada es nuevo en esta ruta de la muerte. Aunque sí hay incógnitas. La tragedia, de hecho, es una.

Nunca antes un grupo tan numeroso había intentado cruzar Honduras, Guatemala y México. Conocemos los peligros habituales, pero no los que se derivan de la larga marcha de los pies doloridos.

Ajenos a esos peligros, Ayyi y Jonny siguen exhaustos pero orgullosos: han avanzado varias millas en México y la policía no los detuvo. Por ende, tampoco los deportaron: están más cerca que nunca de tocar el sueño americano con las manos. Pasar México –queda mucho, pero son entusiastas– era crítico. Y siguen aquí. A pesar de que el presidente Enrique Peña Nieto había asegurado, como si fuera un mandadero de Donald Trump, que la expulsión sería el destino de quienes entrasen de forma irregular.

—Nos conocimos en Esquipulas, Guatemala, el día en el que cruzamos la frontera. Le ayudamos a conseguir hotel al compañero.
—Venía con mi primo, pero ese jodío se me quedó atrás.
—Llegó él y, como los dos somos de color, creo que nos pudimos entender…
Los dos ríen.
—Usted ya sabe, que la sangre…
–y siguen riendo.
Tienen historias jodidas Ayyi y Jonny.
El primero lleva 13 años sin ver a su mamá, que vive en Carolina del Norte con sus seis hermanas. Trece añazos. Para un chaval de 23 años, más de la mitad de su vida consciente. A su padre lo desaparecieron en 2015. El tipo llevaba apenas seis meses en la calle después de una temporada a la sombra. No tuvo una relación muy estrecha con Ayyi. Quizás por estas carencias el joven se presenta como un tipo entregado, extrovertido y cariñoso. Se presenta como escritor, pintor y peluquero. Un puto hombre del Renacimiento.

El Norte: tercera vez que lo intenta, Ayyi. En la primera, en 2014, se volvió en Chiapas. No le quedaba una lempira, “y yo no soy de andar pidiendo”. En la segunda lo agarraron en Tamaulipas.
Todavía tenía ánimos para otro intento, este, por aquello de que a la tercera va la vencida.

Jonny comparte algarabía, aunque es más reservado que su compadre. Viene de la colonia 21 de Febrero, un arrabal de Tegucigalpa donde manda la Mara Salvatrucha. Tiene “tres cachorros” que viven en casa de la mamá de su exesposa. Ella está en España, la otra ruta del éxodo centroamericano. Su motivo para huir: económico. La violencia pesa, pero es secundaria. Tampoco es su primer intento. A mediados de 2018 fue arrestado por la policía mexicana en Ixtepec, Oaxaca, uno de los puntos donde los centroamericanos trepan a la Bestia. Las autoridades lo devolvieron de inmediato a Honduras.

Horas antes de encontrarnos, ambos abandonaban el parque de Ciudad Hidalgo cuando todavía era imposible ver nada sin linterna. El grupo había anunciado que saldría a las siete, pero a las cuatro de la madrugada la plaza ya estaba vacía. Salieron antes, dicen, por si acaso. Era un nuevo momento crítico. Desde 2006, el Convenio Centroamericano de Libre Movilidad permite a los habitantes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua transitar por estos países sin más requisito que su DPI. (Un número indeterminado de los integrantes de la caravana ni disponen de identificación ni la han tenido nunca). Pero eso servía unos kilómetros atrás, cuando aún no caminaban por México.

Ese trayecto entre Ciudad Hidalgo y Tapachula permitiría ver, por primera vez, el éxodo centroamericano desplegado en toda su extensión. Cientos, miles de personas caminando por el arcén derecho de la carretera. Una larga marcha de hombres, mujeres y niños enfrentándose al cansancio, las dudas, el hambre y el sol, que calienta como si alguien en el firmamento se divirtiese lanzando bolas de fuego.


Ilustración de Moris Aldana

Visibilidad

Lunes 21 de octubre. Diez de la mañana. Plaza Central de Tapachula. Anoche cayó una tormenta enviada por el diablo más Neptuno. La gente dormía en el piso y tuvieron que apretarse para aprovechar las áreas techadas. En la mayor parte del parque Hidalgo, como en el puente Rodolfo Robles, han surgido las improvisadas tiendas de plástico negro. Las conversaciones han variado: de explicar por qué dejaron su casa hemos pasado a preguntarnos cuál es el siguiente paso.

Estamos ante la primera conferencia de prensa de miembros de la Caravana. Los periodistas necesitamos algunas respuestas. En realidad, aunque eso no lo sabemos ahora, estamos ante una conferencia de la periferia de la Caravana. La larga marcha muta con los kilómetros. Fue una cosa entre Honduras y Guatemala. Ahora que ha entrado en México cambia su carácter. Tiene nuevos acompañantes. Es más política.
Habla Rodrigo Abeja, uno de los voluntarios. El tipo que conocí en Ciudad Hidalgo. Es un hombretón que se quiebra. Antes de que la voz se le haga pedazos tiene tiempo de relatar la historia del parque Hidalgo, donde nos encontramos. Habla de la obligación de “violentar nuestros cuerpos por un techo o un plato de comida”, los abusos sexuales que se producen en Tapachula a mujeres migrantes obligadas a prostituirse, y denuncia la responsabilidad de “criminales, policía municipal y autoridades migratorias”. No llega a terminar su discurso. Se retira entre sollozos. Todos aplauden.

Habla Elena Lourdes Urbina, una migrante hondureña con voz angustiada. Su hijo y su nieto están en alguna estación migratoria. Separados. Dice que los engañaron, que les prometieron una visa y terminaron encerrados. Pero eso es lo que dicta la ley migratoria. Quienes están en la plaza y avanzan por la carretera están rompiéndola.

Habla Denis Omar Contreras, un chaleco verde, 32 años. Contreras participó en iniciativas similares hace unos meses. Vive en Tijuana y dice haber sido deportado siete veces. Estaba en la frontera con Guatemala, megáfono en mano, arengando a la masa exhausta. También en Ciudad Hidalgo. Y en Tapachula, una localidad que conoce bien. Aquí está la Estación Migratoria Siglo XXI, la más grande de América Latina. O, hablando con más propiedad: aquí está la cárcel para migrantes más grande de América Latina.

Habla Irineo Mujica, director de Pueblo Sin Fronteras, arrestado en Ciudad Hidalgo el viernes y con prohibición expresa de abandonar el estado de Chiapas. “¿Quieren saber quién está detrás de la Caravana?”, grita. “¡El hambre y la muerte!”

Se suceden las historias terribles. “En nuestros países si nos rebelamos, nos matan”, dice Contreras. Para él, esto también es un levantamiento. Están escupiendo sobre las leyes migratorias de México.
Al margen de la Caravana, cada día entran en México cientos de migrantes centroamericanos. Antes se ocultaban. Ahora duermen en la plaza, dan ruedas de prensa, hablan con una avalancha de medios
internacionales. En esa nueva visibilidad radica su fuerza.

“¡Alerta, alerta, alerta que camina / la lucha del migrante por América Latina!”, claman. La consigna tiene mucha carga de profundidad. Tres décadas atrás, quienes coreaban una frase similar glorificaban a las guerrillas que combatieron en Centro y Suramérica: “Alerta, alerta, alerta que camina / la lucha guerrillera por América Latina”. No hace mucho el chavismo la tomó para sí –“la espada de Bolívar por…”– e incluso el feminismo –“la lucha feminista…”– y los estudiantes —“la lucha estudiantil…”–. Ahora es el propio éxodo el que se reivindica. Han dado por desahuciados a sus países.

Visibilidad, entonces. Estamos en la plaza central de Tapachula y la larga marcha se despereza. Ha tocado el mediodía. Es la peor hora que podían escoger para ponerse en marcha. Como mirar al sol a la cara y retarle con los ojos bien abiertos. Parece que los edificios fuesen a derretirse y que el olor de todos estos seres humanos obligados a enfrentarse a los elementos sin un techo o un baño haya formado un esmog ácido.

Avanza Omar Contreras con el megáfono, rodeado de caminantes. El parque Hidalgo de Tapachula se ha inundado de seres humanos con pequeñas maletas y mochilas. Veo a un grupo de menores de edad atados con un cordel, todos detrás del único hermano que supera los 18. La postal ya clásica de padres montando a sus hijos en los hombros. Jóvenes ayudando a viejos. Mujeres auxiliando a madres. De repente, una mujer se desmaya. El primer desfallecimiento de la jornada y la caminata apenas lleva 100 metros. Hay tanta gente que los servicios médicos no tienen por dónde acceder. La mujer está en el suelo y la gente pasa a su lado, sin detenerse. Nadie, absolutamente nadie, ha hecho ademán de quedarse. Solo una periodista. Pienso, extraviado, que es como la primera línea de combate en la Primera Guerra Mundial: sigue caminando; eso quiere decir que no eres uno de los caídos.

Ya en las afueras de Tapachula, la Caravana se expande. El monstruo en toda su extensión, otra vez. Son cientos, miles de hombres, mujeres y niños a lo ancho de la carretera. Provocan un caos en la circulación. No parece que los policías hayan previsto esta locura. Hay vías de acceso colapsadas y una carretera casi intransitable en la que se cuelan los camiones que serán utilizados como plataformas de transporte. Por ahora nadie se niega a dar jalón. Poco a poco, el éxodo se ordena a sí mismo. Los caminantes, por la derecha, buscando la sombra. Por la carretera, vehículos donde no cabe un alma. Siete personas en un taxi. Treinta en un picop. ¿Cuánta gente puede llegar a colonizar un camión de mercancías?


Ilustración de Moris Aldana

Unas horas de marcha

Y el calor es abrasador, apenas se ven nubes. Por la carretera, ni una sombra. El sol cae en picada como si quisiera matar a todos con hervores o con hartazgo.

Visibilidad. Caminata. El Norte como destino. El sueño. De lanzarse al “sueño americano” sabe Nerly César Padilla, 20 años, de Trujillo, un enclave turístico en el caribeño departamento de Colón, la ciudad más antigua de Honduras. El chico camina en chancletas —“Los zapatos pesan mucho, esto es más desahogado”.

Nerly no tiene un gramo de grasa y camina como si en lugar de una marcha migrante se tratase de un paseo dominguero en el Caribe. Todo tranquilo. Siempre tuvo el sueño americano en la cabeza. Una obsesión recurrente. Le ocurre a muchísimos centroamericanos. La espinita que no se quita hasta que has hecho la maleta. Nerly ya intentó cruzar al Norte hace cinco años, a los 15. No llegó: lo agarró la Migra en Sinaloa. Los niños de la crisis de 2014 son ahora jóvenes en edad de trabajar y en Honduras no tienen chamba. Así que vuelven a realizar el mismo camino, esta vez, en caravana.

—¿Cómo se siente formar parte de un movimiento que hace historia? –pregunto.
—Por una parte, decepción, porque tener que salir de su país no es muy bueno, pero ni modo, tenemos que hacerlo porque allá no podemos vivir. Echarle ganas, unirnos entre todos, darnos fuerzas, ayudarnos. Sí, la larga marcha puede ser todo lo épica que uno quiera, pero, al final, dejar atrás tu casa no es algo que le agrade a nadie.

El pobre Nerly no la pasó bien en su anterior ocasión en México. Dice que la zona estaba “caliente”. Sinaloa, nombre irremediablemente asociado con el narcotráfico, era entonces dominio de Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”, todavía al frente del mayor cartel del país. México es una sangría desde 2006, cuando el entonces presidente Felipe Calderón declaró la guerra contra el narcotráfico. Una guerra sin trincheras que sembró de cadáveres la nación. Al menos 200 mil muertos y más de 35 mil desaparecidos. Y ahí estaba Nerly, en medio de la tierra caliente.

—Vine en puro tren. Me golpearon, ¿sabe? Y me agarraron. Aún pude trabajar un mes –dice. Trabajo infantil de un niño centroamericano de 15 años a cientos de kilómetros de su casa. Trabajo infantil en tierra del narco. Muy jodidas tenían que ser las condiciones en Trujillo para que el trabajo infantil en la tierra del “Chapo” Guzmán en mitad de la guerra entre carteles y el Estado fuera mejor opción.

Me quedo con ganas de preguntarle más.
La conversación se interrumpe.
“¡Se desmayó alguien, se desmayó alguien!”
Otra mujer está desvanecida, ahora a una orilla de la carretera. Es delgada, casi pelleja, entrada en años, o eso creo. Un grupo de hombres se acerca a echar una mano. Uno la sujeta, pero su cabeza se ladea. “¡Denle aire, denle aire!” El primer desmayo del lunes había tenido lugar un minuto después de que la Caravana saliese del parque de Tapachula. Habrá muchos más. Caminar 30 y tantos kilómetros durante las horas en que más pega el sol –cuando ese disco dispara balas y no rayos sobre la cabeza– quizás no era tan buena idea.

Para el caso, tampoco lo es subirse a una camioneta repleta y acabar con el cráneo roto a la vera del camino. Pero ¿qué de todo esto es buena idea? La Caravana es lo que hay, porque todas las otras ideas –quedarse en Honduras, enfrentarse a Honduras– eran peores. Como Nerly de esclavo infantil en la Sinaloa del “Chapo”.
De hecho, no es ninguna buena idea caminar por México, una fosa común. Ni siquiera sabemos cuántos centroamericanos se han dejado la vida en el peligrosísimo tránsito hacia Estados Unidos por las carreteras de este país. Las amenazas son inenarrables: perder un miembro o dejarse la vida en la Bestia, ser asaltado, que te secuestre un grupo criminal, que un cartel te convierta en esclavo, que ese mismo cartel te ejecute, te meta en una fosa común o te haga desaparecer en ácido en alguna de las cocinas ideadas para que no quede rastro de los cuerpos.

En la Caravana he escuchado historias de levantones de 100, 200 migrantes. Pero esto es mastodóntico. Si el cartel de Sinaloa, o los Zetas, o el cartel Jalisco Nueva Generación quisiese probar un levantón general debería desplegar un ejército. No es que no lo tengan, sino que deben desplegarlo. Esta visibilidad parece una buena protección ante determinadas amenazas. Claro, no contra todas.

Melvin José López Escobar, por ejemplo, pensó que viajaría más seguro en un picop y se convirtió en el primer mártir de la Caravana.


Marvin Hernández

Camina por el arcén entre Tapachula y Huixtla empujando un carrito donde viaja sentado su hijo, Ezequiel, que pronto cumplirá tres años. Con una toalla ha improvisado un toldo para evitar que el pequeño se queme. Se le escucha llorar. Hace muchísimo calor y el niño se resiente. Normalmente, los padres que empujan carriolas con sus niños se encuentran en los parques, y no avanzando por una carretera que hierve, con la certeza de que la próxima parada será para dormir en el suelo.

Hernández repite el discurso común:
—Pedimos un camino solo para recorrer. No somos criminales, seguro que se cuelan dos que tres, pero somos personas que queremos tener derecho de sobrevivir.

El hombre, con perlas de sudor bajo la nariz, dice que existe una gran diferencia entre cómo se ha migrado hasta ahora y la Caravana, que lo ha cambiado todo.
—Aquí me siento seguro. Con coyote nos exponemos. La cantidad de dinero que ellos piden no está a nuestro alcance.

A su paso, un colectivo mexicano ha instalado una especie de mercadillo de ropa para que los migrantes agarren lo que necesitan. La gente pasa, agarra una prenda, si es que realmente la necesita, y sigue adelante. Nadie se va del mercadillo con las manos llenas. Por delante hay sol y kilómetros y es imprescindible caminar ligero. Útiles imprescindibles: paraguas, para el sol; silletas, para cargar con los niños. Ese mismo día, domingo 21 de octubre, mismo tiempo que Hernández empuja la carriola del pequeño Ezequiel, el presidente estadounidense Donald Trump incendia Twitter diciendo que en la Caravana viajan criminales y gente de Medio Oriente.

Lamentablemente, parece que la policía y los militares de México no pueden detener a la Caravana que se dirige a la frontera sur de Estados Unidos. Delincuentes y desconocidos de Oriente Medio están mezclados. He alertado a la Patrulla Fronteriza y al Ejército de que es una Emergencia Nacional. ¡Deben cambiar las leyes!

No hay un solo viajero desconocido de Medio Oriente en esta marcha. Ellos ya tienen su propio éxodo desde 2011, cuando comenzó la guerra en Siria. No necesitan llegar hasta aquí. Y también caminaron, por cientos de miles de kilómetros a través de Europa en el verano de 2015. ¿Recuerdan al pequeño Aylan, el niño de dos años ahogado en el mediterráneo? No, no hay criminales y desconocidos de Medio Oriente en la Caravana: aquí también se huye. No de las bombas, sino de la extorsión, el sicariato y el hambre, otra forma de violencia.

Hay un ejército de silletas en los arcenes de la carretera de Chiapas, eso es lo que hay.

Caminando junto con un padre abrasado que carga con su hijo y que ha dejado a otros tres en Tegucigalpa, pienso que salir de la clandestinidad es lo mejor que podía haber pasado.

Hernández, con su gorra y su paso tranquilo y una forma de expresarse tan clara, deja una reflexión universal.

—La idea de todo migrante es llegar. Sea como sea. Nos detienen y volvemos. Nos detienen y volvemos.

En esta ocasión lo hacen a la vista de todos.

Un equipo salvadoreño de Antropología Forense de papel

Ilustración de Moris Aldana

Yaneth sintió que su propia casa se convirtió en una morgue; y su habitación, en una cámara de almacenamiento de restos. Su computadora estaba llena de imágenes de cuerpos sin tejidos, osamentas, partes de vértebras, fémures, dientes, cráneos, cadáveres con rasgos faciales irreconocibles y textos que advertían que, luego de 10 días, las personas muertas comienzan a oler a carne podrida. Bastó una mañana y una búsqueda en internet para que ella se sintiera una especialista en el proceso de descomposición de un cuerpo.

Esa búsqueda la llenó de insumos, la sacó de dudas. Sobre todo, porque, de encontrar a Kevin, luego de 57 días perdido, esta sería la escena a la que se enfrentaría. Pensaba que su camisa naranja, el pantalón y las zapatillas negras que usaba el 3 de junio, cuando desapareció, ya no le servirían para identificarlo. Así que llegó a la conclusión de que solo una muestra de ácido desoxirribonucleico (ADN) le ayudaría.

Yaneth lo busca entre los muertos; entre las alertas de redes sociales que reportan cuerpos tirados en la carretera, en predios; entre las morgues de hospitales; entre las bodegas del Instituto de Medicina Legal (IML), y en terrenos baldíos que, aparte de vegetación, hospedan restos y funcionan como cementerios clandestinos.

A la petición de pruebas de Yaneth, el Estado, de momento, no puede darle una respuesta. Primero, porque el IML solo recoge muestras genéticas por la solicitud de un juez o un fiscal para la investigación de un caso específico; y, segundo, porque el país no cuenta con un banco nacional de perfiles genéticos. O bueno, sí, sí lo tiene.

El 29 de abril, la comisión de relaciones exteriores, integración centroamericana y salvadoreños en el exterior realizó una reforma en la Ley Especial para la Protección y el Desarrollo de la Persona Migrante y su familia que, entre sus cambios, propone la institucionalización de un banco de perfiles genéticos para la identificación de los desaparecidos a cargo del IML. Esto en su artículo 30, inciso A. El banco que necesita Yaneth para aumentar la posibilidad de encontrar a su sobrino existe, pero solo en papel.

Este banco de perfiles genéticos, de funcionar en este momento, serviría como un espacio para obtener, almacenar y analizar pruebas de ADN (sangre o saliva) de un familiar que busca y de los cuerpos u osamentas que se encuentran. Cada muestra podría ser conservada en un registro digital que, en el caso de encontrar coincidencias de parentesco, alertaría sobre la identificación de un desaparecido.

La Fiscalía General de la República (FGR) ha confirmado que, solo en julio, ha recibido más de 190 denuncias de personas desaparecidas. Pero este número no es un reflejo confiable del problema. Muchas personas no denuncian por temor a represalias. En este país, el banco de datos podría ofrecer la posibilidad de contar con un registro único para sistematizar los casos sin, necesariamente, enfrentar un proceso de denuncia. Podría acelerar el amargo consuelo para los familiares de desaparecidos: hallar los restos.

Los lunes

«Vivo o muerto», «vivo o muerto» se repite Yaneth cada que amenace y busca a su sobrino. En una tarde de julio, cuenta que en los últimos días se ha dedicado como una criminalista a escarbar, a mirar a personas que ya no parecen personas dentro de las morgues, y a ponerle, momentáneamente, el nombre de Kevin a cada ‘no identificado’.

Su madre también lo hace. Cada lunes, desde que Kevin no está, Elena llega a la sede del Instituto de Medicina Legal que está en el Centro de Gobierno de San Salvador. Cerca de las 8:30 de la mañana, sin falta, ella hace la misma pregunta: «¿Ha aparecido alguien con características de Kevin?» La respuesta sigue siendo la misma: «No».

En esos lunes, Yaneth narra que su madre recibe más regaños que información. La última vez, alguien en la Oficina de Personas Desaparecidas del IML le pidió «no llegar tanto», y, hasta después, le notificaron «que no había aparecido ningún joven como Kevin».

Entre aquellos lunes, mientras Estela estaba en la sede de Medicina Legal, los diputados, a unos cuantos metros, manoseaban leyes en el Palacio Legislativo. Entre las que tocaron por ese tiempo estuvo la Ley Especial para la Protección de la Persona Migrante y su Familia.

Ese 29 de abril de 2019, la ley se modificó en los artículos: 1, 2, 4, 10, 12, 27 y 30. Los diputados que firmaron los ajusten fueron: Karina Sosa, Marcela Villatoro, Numan Salgado, Reynaldo López Cardoza, José Luis Urías, Juan Manuel Cornejo, José Édgar Batarse y Alberto Romero.

José Luis Urías, del PCN, votó por la reforma, pero no la recuerda. Este día de julio está sentado en su silla, detrás de una ventanilla. Al ser cuestionado sobre el respaldo que dio a las modificaciones hace apenas un par de meses, el diputado envía a su representante de comunicaciones a buscar detalles para responder a la entrevista.

Minutos después, Urías declara por medio de su vocera que «no conoce la reforma y que, quien manejaba esa información era Reynaldo López Cardoza», su compañero de fracción dentro de la comisión.

Esta ley en realidad fue creada el 17 de marzo de 2011. Los diputados de ese entonces se pusieron de acuerdo para aprobar un instrumento que permitiera crear respuestas a las crecientes demandas de las familias de los migrantes. Y así nació con 44 artículos. El espíritu de la ley consistió en establecer programas de asistencia y protección humanitaria, un fondo especial de repatriaciones y el retorno de heridos, asistencia legal, educación y servicios en salud para la persona migrante y su familia. Con las reformas de este año se buscó que este instrumento incluyera también elementos que ampliaran su terreno de acción. Así, el banco genético no se limita a migrantes desaparecidos, sino que incluye a toda persona desaparecida.

Casi al final del documento de seis páginas en donde se hacen constar las reformas hechas en abril, están detallados los nombres de los 12 diputados que, en teoría, discutieron estas modificaciones. Entre ellos está el de Leonardo Bonilla, el diputado independiente.

Junto a su nombre, no hay firma. Y a dos meses y un poco más de aquello, tampoco recuerda qué pasó. «Desconozco la reforma», responde, y pide «un momento para hacer memoria». Sin poder lograrlo, sugiere que es mejor que se le dé el detalle a través de un mensaje de WhatsApp.

«Si es que fue en abril, como usted lo dice, ya han pasado tres meses. Escríbame y déjeme recordar». El diputado no apoyó la reforma del 29 de abril; pero, en julio, no sabe decir por qué.

Es 15 de julio, lunes. Karina Sosa diputada del FMLN, se dirige a los medios en el lobby de la Asamblea Legislativa. Se pronuncia ante la crisis de salvadoreños migrantes en la frontera sur de Estados Unidos, y exige que el gobierno entrante emita una postura ante las violaciones de los derechos humanos de la administración del presidente Donald Trump. La euforia en su discurso le dura 5 minutos. Luego, corre directo al elevador que la lleva a la reunión de la comisión de relaciones exteriores.

En el ascensor, Sosa explica que la reforma a la ley especial migrante se da en un contexto en donde los derechos humanos de la niñez son violados. «La reforma lo que buscó, concretamente, era incluir a la niñez migrante dentro de su contenido, y así brindarle la protección hacia su camino a Estados Unidos».

Antes de bajar, dice de manera apresurada que el banco de datos de perfiles genéticos «era clave para que las familias pudieran identificar con mayor precisión a quiénes… cuando anuncian que han encontrado a su familiar o estar seguro de que es la persona que decían», y sin aclarar su mensaje, la diputada se marcha.

Cuarenta minutos más tarde, con tres comunicadores que graban su llegada a la comisión, Milena Mayorga, de ARENA, se detiene y se justifica. Cuenta que, el día en que se reformó la ley especial, ella se encontraba fuera del país. Pero asegura que «estaba a favor» de las modificaciones en favor de la niñez. Dice que, en otra entrevista, previamente programada, daría declaraciones sobre el banco de perfiles genéticos.

Las diputadas hacen alusión a una de las principales reformas, específicamente, a la del artículo 2 literal E: «El Estado prestará primordial atención a las niñas, niños y adolescentes para su desarrollo físico, psicológico, moral y social para la garantía de sus derechos».

Es julio, los noticieros, los periódicos y las redes sociales se llenan de noticias sobre familiares que buscan información acerca del anuncio de que la FGR propone crear una la Unidad Especializada para casos de Personas Desaparecidas y sobre los hallazgos de dos cementerios clandestinos.

A pesar de toda esta información, los diputados de la comisión de relaciones exteriores parecen alejados de toda coyuntura. Reiteran que no recuerdan nada de una pieza clave en la investigación, como un registro nacional genético.

“Queríamos paz, pero no funcionó. La caja solo nos recuerda que Kevin está por ahí, solo, sin que lo puedan identificar. Al menos quisiera sepultarlo en la casa que yo le prometí. Deseo sus restos, enflorar su tumba, saber que él está ahí”, cuenta su tía. Los deseos de Yaneth se quedan en eso, en puros anhelos. La institución que le podría ayudar no ha sido llevada a la realidad.

***

UNA CAJA VACÍA

Sin hallazgos, sumergida en angustia y perseguida por imágenes de cuerpos en descomposición, Yaneth busca paz. Así que prepara un funeral sin los restos de Kevin.

La familia se viste de blanco, acompaña el trayecto del carro fúnebre, y realiza una ceremonia. La familia lo llora y lo entierra en una caja vacía, a la que le acompañan un par de rosas, una fotografía y una placa: Kevin Antonio Meléndez Granados (1999-2019).

«Queríamos paz, pero no funcionó. La caja solo nos recuerda que Kevin está por ahí, solo, sin que lo puedan identificar. Al menos quisiera sepultarlo en la casa que yo le prometí. Deseo sus restos, enflorar su tumba, saber que él está ahí», cuenta su tía. Los deseos de Yaneth se quedan en eso, en puros anhelos. La institución que le podría ayudar no ha sido llevada a la realidad.

Para montar el banco, el IML necesita un software adecuado para el registro de las muestras, los protocolos de atención, un equipo salvadoreño de antropólogos forenses, de más genetistas, de la especialización de peritos y de la implementación de carreras universitarias enfocadas al estudio forense.

A pesar de la falta de recursos, Doris Luz Galindo, presidenta de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y del consejo directivo del Instituto de Medicina Legal, asegura que el IML puede asumir la responsabilidad de un registro genético. Y acepta que el presupuesto aún es un factor que deben resolver.

«El IML junto con el Ministerio de Relaciones Exteriores inyectarán una parte de los fondos, y lo demás se gestionará con la cooperación internacional. Aún no se sabe cuánto y cómo, pero en los próximos días se tendrán que sostener pláticas con el nuevo gobierno para saber cómo se le dará continuidad a este proyecto», explica Galindo.

Sobre qué terreno pisar en la búsqueda de un familiar, Luis López, del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador (COFAMIDE), sabe. Lo ha prendido con el paso de los años, 18 para ser exactos, desde que su hermano migró y ya no apareció.

El tiempo a Luis lo ha convertido en vocero de familiares migrantes que reclaman más protagonismo de parte del Estado para responder a las denuncias. Quién más que una persona que ha buscado por más de una década, para conocer sobre los atropellos que cometen las instituciones al tratar con las víctimas.

Ilustración de Moris Aldana

López cree necesario que dentro del banco nacional de perfiles genéticos se incluya a los familiares de las víctimas.

«El banco no puede ser manejado solo por el IML. Las familias y las organizaciones deben fiscalizar y verificar que las cosas se hagan de la manera adecuada. No se puede atender a los familiares de las víctimas sin un enfoque humano, sin protocolos. Se debe dar prioridad a ello», concluye Luis.

Si se habla de desenterrar, decir qué pasó y hacer que los huesos recuperen su identidad, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) es un referente. Desde 1984, los antropólogos se han encargado de buscar a los desaparecidos de la dictadura argentina; y de darle nombre a los restos exhumados de la masacre de El Mozote.

Así que, cuando el EAAF fundó en 2010 el Banco de Datos Forenses de Migrantes No Localizados de El Salvador pensó en los detalles de los que habló Luis. Incluyó a COFAMIDE e integró a instituciones como el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

También pensó en protocolos de atención, en la toma de la prueba, en la notificación adecuada, en el acompañamiento de los casos, en la atención psicológica, en brindar un informe técnico detallado sobre la prueba científica y lo qué pasó con la víctima.

La experiencia de trabajar con el EAAF, según Beatriz Campos (procuradora adjunta de Migración y Seguridad Ciudadana de la PDDH), les dio insumos para recomendar a los diputados que era necesario un equipo de transición con expertos forenses.

«Vemos positivo que el Estado asuma su rol en la búsqueda de desaparecidos. Pero tenemos temor de que el IML no tenga los estándares necesarios para asumir el registro nacional de perfiles genéticos», dice Campos.

Y hace hincapié en el uso de la terminología, entre llamarlo un banco ‘genético’ y no ‘forense’. En la primera definición, Campos señala que la visión es muy reducida porque solo se enfoca en la toma de las muestras. Mientras que, la segunda, se basa en la atención integral para los familiares de las víctimas.

«Sin la debida transición, es muy aventurado que el IML asuma el banco. La atención a las víctimas y los familiares es lo primordial. Debido a esto, la PDDH ha solicitado una reunión con la comisión de relaciones exteriores de la Asamblea Legislativa. Pero hasta el momento no nos han respondido», explica Campos.

La transición de Yaneth y su familia ante la desaparición de Kevin, a los 20 años, es un proceso arbitrario. Han hecho un funeral, pero el luto no está completo. «Vivo o muerto, como sea, pero lo quiero encontrar», repite.

“El banco no puede ser manejado solo por el IML. Las familias y las organizaciones deben fiscalizar y verificar que las cosas se hagan de la manera adecuada. No se puede atender a los familiares de las víctimas sin un enfoque humano, sin protocolos. Se debe dar prioridad a ello”, Luis López, del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador (COFAMIDE).

***

UN DIPLOMA

En esta mañana de un miércoles de julio, Yaneth se encuentra en un hotel de San Salvador. Un total de 160 jóvenes están graduándose como asesores de venta, diseñadores gráficos y cocineros. Entre el listado de los graduados aparece Kevin, pero él no está.

En esta ceremonia solo está su tía. Ella recibirá el título en ausencia de Kevin. En medio de risas, fotografías, jóvenes eufóricos, padres y madres orgullosos de ver a sus hijos graduarse está Yaneth, en la primera fila, junto a una silla vacía.

En las palabras de bienvenida se recuerda a Kevin. Llaman a un minuto de aplausos en honor del joven, luego le piden a Yaneth que suba al escenario. «Reciba el título de Kevin como técnico en asesor de ventas», le dice el maestro de ceremonia.

Al bajar, Yaneth se acomoda nuevamente en su silla, observa el diploma y le toma una fotografía, la comparte con su familia y chequea sus redes sociales. Entre las publicaciones que revisa se encuentra con un tuit del fiscal general, Raúl Melara, que dice «cada persona cuenta».

«Me pregunto si, en verdad, este fiscal creará una Unidad Especializada para Personas Desaparecidas. Nosotros estuvimos pendientes de la información que dio la fiscalía sobre la fosa clandestina que se encontró en Ilopango, en Vista al Lago. Queríamos saber a quiénes habían encontrado, luego supimos que las osamentas eran de unos soldados desaparecidos por 2011. Ahí fue cuando descartamos que Kevin pudiese estar ahí», aclara Yaneth.

El 8 de julio, la FGR convocó a los medios en Vista al Lago, Ilopango, por el hallazgo de una fosa clandestina, donde se encontró 11 cuerpos. En ese cementerio clandestino, Melara se dirigió a la prensa y dijo que la institución crearía una Unidad Especializada para Personas Desaparecidas, tras registrar, al menos, siete casos por día. «Hay que ponerle cara a todas las personas que han sido desaparecidas y dar respuesta a las familias de las víctimas», decía el fiscal en la conferencia de prensa.

Antes de partir a casa, Yaneth recibe un mensaje. Un conocido le escribe para comentarle que, ayer por la mañana, la PNC encontró un cementerio clandestino, otro, en la colonia Santísima Trinidad, en el municipio de Ayutuxtepeque. Ella responde: «Inmediatamente me comunico con mi madre para que se dé una vuelta en Medicina Legal».

Hasta el momento, a pesar de que la reforma fue aprobada por el pleno legislativo, el 2 de mayo de 2019, y que el decreto entró en vigencia ocho días después, el banco de perfiles genéticos aún sigue siendo solo un proyecto.

«Si no está ahí, vamos a seguir buscándolo. Es lo que nos queda», repite Yaneth, mientras se despide con una sonrisa a medias de la ceremonia de graduación de la que Kevin no pudo sentirse orgulloso.

«De los problemas de enamorarse»

Ilustración de Moris Aldana
Portada de libro

 

 

“Wenceslao”

Wenceslao es mi hijo no nacido. O lo era. Con el avance de la defensa de la vida, una puede nombrar a sus hijos no nacidos y asentarlos en el registro civil. Un Wenceslao Escoto está esperando nomás el soplo de la vida. Para hacerlo más tangible, hice una figurita de barro. Por aquello que quiero que esté en contacto con sus raíces. Pero también quiero que tenga un poco de agencia. Porque creo un poquito en las teorías de alcance medio de la sociología. Entonces, espero y espero que llegue su soplo de vida y, con él, que cumpla mis sueños de mujer: ser madre.
Ayer nos reunimos las Madres Ideales (MI). Es un grupo de mujeres que amamos a nuestros hijos no nacidos y exigimos que se les reconozca como tales, con ganancias en el registro civil; aún nos falta que nos los acepten en las matrículas escolares. Pero la discusión se centró en que casi ningún hijo ideal tiene padre y eso nos preocupa. Verán, los padres son importantes, sobre todo en mi caso. Es niño. Y como niño, Wenceslao debe tener un modelo afectivo de varón. Alguien que le enseñe a ser un hombre, y eso solo lo puede hacer otro hombre. Discutiendo esto, le expliqué a mis cotertulianas que pensáramos cómo hacer para que los padres de los hijos no nacidos se hicieran cargo. Porque los preparativos para las vidas que aún no existen son agotadores y necesitamos ese apoyo emocional.
“Necesitamos un decreto”, dijo Josefina, madre de la no nacida Teresa. “Necesitamos una reforma agraria, además”, explicó. Yo no entendí mucho. Pero ella dijo, que así como yo tenía mi muñequito de barro, cada quien debía tener su parcelita para tener sus muñequitos y su maíz. Por aquello de esperar los milagros. Yo asentí. Mientras tanto, Aurelia, próxima madre de Joselito, explicaba que lo que necesitábamos era tener miembros hombres en el grupo.
Aurelia increpaba en este tema, pero todas reíamos. Porque los hombres no tienen mucho que ver en la producción de la vida. Quizás un momento efímero, pero hasta ahí. En eso vimos que Wenceslao empezó a moverse. Nos dijo que él también soñaba con tener hijos. Hijos no hechos de barro. Que ser de barro le molestaba un poco. Pero que seguro vivir en cuerpo humano no estaba mucho mejor. Así que le parecía una opción viable. Que de donde venía había un comité especial de padres futuros. Y que no se solucionaban las cosas. Que precisamente yo, no era la mejor madre, pero que qué se le iba a hacer.
Un poco triste, porque me gusta ser la mejor en todo, le dije que estaba bien. Que decidiera quién fuera su madre. Total, aún no ha nacido. Wenceslao me dijo que el asunto es que quería dos padres. Me sentí contenta porque, por lo menos, tendría varones a quienes admirar. Y sería doblemente hombre. Aurelia se llevó a Wenceslao, pues le dijo que tenía muchos amigos dispuestos a ser alguno de sus padres.
Josefina, por su parte, definió que mañana nos reuniremos a discutir la reforma agraria de las ciudades que queremos tener. Esa locura. Seguro no vendré.

 

“De los problemas de enamorarse de hombres que tienen bonita letra”

Un día de tantos pensé que era bueno retomar buenas costumbres. Por ejemplo, empezar a dejar notas de agradecimiento escritas de mi puño y letra. La gente se asombraba mucho cuando, después de una cena o una reunión informal, una pequeña nota en sepia –había que darle dramatismo al asunto– aparecía en sus escritorios. Algo así como una nota sacada de otra época. A mí me gustan los viajes en el tiempo, y por qué no agradecer a la gente con un poco de cuántica barata y accesible.
Así fue como me hice popular en las fiestas. Un día se me ocurrió que además de dejar notas en los escritorios ajenos podía organizar una fiesta y tener comensales. Y preparé mi casa con una selección de vinos, quesos, cervezas y demás. Un poco de música. Nada muy elaborado, pero nada muy informal. La fiesta fue un mediano éxito. La gente reía. La gente me daba abrazos al despedirse. Y al día siguiente yo tenía varios sobrecitos cuánticos encima de mi escritorio.
Entre tanto agradecimiento, logré observar una nota que decía algo tan simple como “muchas gracias, estuve encantadísimo de asistir a tu fiesta, espero se vuelva a repetir”. Pero la caligrafía era muy bonita. No femenina como de escuela de monjas, no redondeada como sacada de una versión muy horrible de la comic sans, sino más bien una letra donde las efes, las eles y las erres sobresalían; las as, las os y las des tenían una forma elíptica hacia arriba; y, lo más bonito eran las qus, las jotas, las pes, las ges y las y-griegas, con una manera de apuntar hacia abajo hermosa y un bucle que parecía casual. Me aprendí su abecedario caligráfico haciendo por lo menos tres fiestas a la semana en mi casa.
Las notas se acumulaban en mi escritorio. Yo solo buscaba la caligrafía del hombre aquél. Era terrible que mis fiestas cada vez fueran más concurridas, pues tratar de encontrar a un hombre entre un mar de gente era cada vez más complicado. Sin embargo, no podía dejar de hacer fiestas. Hasta que un día ya no recibí ninguna nota de él.
Y no hubo más fiestas.
Años después, alguien me saludó en la calle. Me preguntó por mis fiestas. Le dije que eso había pasado, sobre todo porque cuando quedé desempleada no había ánimo para festejar. Él asintió. Y dijo que lo que más recordaba de esa época eran mis notas de agradecimiento. No dije nada más, él tampoco. Pero tenía cara de tener bonita letra.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres al otro lado del andén”

Esta ciudad no es tan grande. A veces. Cuando se tiene rutas estructuradas y horarios metódicos para todo, no es tan grande. Salgo siempre a las 7:14 a. m., ni antes ni después. Y mi vecina siempre está paseando a su perro. A veces con suéter rosa, a veces con suéter azul claro. No tiene un patrón para sus atuendos pero ahí está con sus colores pasteles y con una bolsita de supermercado. Suele saludarme con la mano metida en el plástico que envolverá los excrementos caninos, me parece un extraño saludo. Asiento y sigo caminando. Continúo y está el señor que siempre intenta matarme con la manguera al regar las plantas, como parte del servicio de mantenimiento que se paga entre todos los vecinos. Siempre la manguera está en el camino y él intenta moverla. En ese baile, siempre me tropiezo. Luego, el jugo de naranja de la esquina. El mismo tono y la misma pregunta aunque pida siempre lo mismo. Sí, quiero tapa.
Solo de naranja. Nos vemos. Sonrío. Luego los policías del metro. Se turnan, creo. Son dos. A veces hay un tercero. Y llego al andén. Como todo el mundo. Con mi destino diario y mi horario diario. El reloj marca intermitente las 7:28.
Y ahí está. Del otro lado. Siempre. A la misma hora y con audífonos o con libro. O con libro y con audífonos. O con audífonos y bufanda. O con audífonos, bufanda y abrigo en la mano que se pelea por el lugar del libro. Y sonríe. Sonríe y hace un gesto de dejarme pasar, como si fuese a cruzarme los rieles. Como si pusiera su capa sobre un charco que puedo cruzar. Y llega mi tren. Sonrío y digo de alguna manera adiós. Y el día parece siempre ser mejor.
Y así de lunes a viernes. Durante todo el año. Cambiando los atuendos según las estaciones. Usando camisetas azules y grises. Usando manga larga. Pero con la sonrisa y con los gestos que ahuyentan el frío o disipan el calor o nomás acompañan a las mañanas llenas de olores de los perfumes de las mujeres que salen a trabajar apresuradas y que se maquillan juntas como en un baile coreográfico.
He pensado, por ejemplo, esperar en la entrada del metro y ver por dónde entra a la estación, para saber si vive cerca, si es mi vecino. Pero puede venir de algún cruce y hacer transbordo entre líneas. A veces he pensado hacerle un gesto de que me cruzo al otro andén. He pensado anotar mi número en un papel, con caligrafía lo suficientemente grande para que la vea desde el otro lado. A veces he pensado simplemente en llegar antes o después. A veces.
Pero esta ciudad es demasiado grande. Siempre. Y vuelvo a saludar desde el otro lado al chico del andén, como quien se levanta, saluda y toma el jugo y toma su destino, todos los días.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres con nombres no asignados a ningún personaje”

“X”, dijo. Yo asentí a sus grandes ojos que me sonreían más que su sonrisa (podría haber tenido una mejor dentadura): me pidió mi teléfono, no sé cómo. O eso creía cuando anotaba mi número borroso en un post-it fucsia, que con mis nervios hechos dedos sudorosos ya no tenía adhesivo y ya era un papelito normal y arrugado.
Los días siguientes me la pasé viendo el teléfono, esperando poder marcar a la inversa, con el solo hecho de mirar el artefacto. Cerraría los ojos y un “ring” estridente sonaría en la habitación. Después de mucho ver el aparato, noté que había una pequeñita mancha cerca de donde se pone el oído. Pensé que el pobre teléfono, al no emitir sonido, había llenado con sus propias flemas el vacío que se crea cuando no hay remitente y, por tanto, no hay destinatarios. Los teléfonos que viven del paso de mensajes se ponen tristes cuando no son utilizados. En la tristeza, les da gripe. Es algo demasiado común, pero aún más común en teléfonos viejos y pasados de moda.
Cuando le alcancé un clínex a la pobre máquina me di cuenta que la flema no era tal. Era una cosa viscosa, sí. Verde gelatinosa. Pero que adentro tenía algo más. Vi que se movía. Esperando entonces que fuera una llamada perdida o algo así, le acerqué un poquito de luz de una lamparita. Con el calorcito, la viscosidad mostró en su luminosidad y transparencia lo que ocultaba. Un hombrecito muy chiquito se chupaba el dedo y dormía. No quise despertarlo.
Me puse entonces a vigilar el teléfono. Esperando ya no a “X”, sino al hombrecito. A los dos días de tener la lamparita, empezó a salir de su capullo. Salió y floreció. Para mi sorpresa y beneplácito, con ropa. “Soy Bruno”, me dijo. Noté que se parecía excesivamente a “X”. Pero tenía, eso sí, mejor dentadura, una plática muy florida y un afán por el jazz. En su útil tamaño, Bruno cabía exactamente en mi bolsillo izquierdo, maravillándome de comentarios al tiro y que me hacían reír de manera estrepitosa mientras caminaba. Mis carcajadas se intensificaban por las cosquillas que el pequeño pasajero ocasionaba en mi seno, cuando en su afán de acompañar con ademanes exagerados sus historias movía los brazos abiertamente, y provocaba una pequeña brisa entre la camisa y el escote.
Un par de semanas después, me encontré con “X” en los pasillos de un lugar común. Levantó la mano y saludó. Yo casi no lo reconocía.
Me preguntó si mantenía el mismo número de teléfono. Que pronto me hablaría para ir por café, o para el cine, que había un festival de documentales. Yo asentí. Lo miré extrañada, porque Bruno ya no se parecía a él.
Mientras “X” me trataba de convencer sobre alguna teoría lógica según la cual las llamadas se quedan perdidas en el aire de los transistores de viejos teléfonos que no han sido vacunados contra la gripe, Bruno se trepó a mi cuello y se paró en mi hombro. Me susurró al oído “Todos son personajes hasta que se demuestre lo contrario”. Yo sonreí, “X” pensó que era por algo que él había dicho y sonrió también, con su mala dentadura.

 

 

“De los problemas de enamorarse de músicos con nombres rusos”

Cuando un hombre te escoge como su musa musical es casi imposible no viajar al mundo de sonidos abstractos. Todo comenzó por mi aguitarrado cuerpo de caderas y caminar tropical. Así fue que el músico aquel comenzó a tocarme como si fuera una fender. Más hermosa que la fender de Yngwie Malmsteen, me escribió en la servilleta del bar donde nos conocimos. Yo entonces no sabía quién era ese sueco y menos Alcatrazz (una banda ochentosa que nunca escuché). Pero a mí me había gustado la palabra fender. Y así comencé a ver al músico más seguido.
A pesar de mis caderas musicales, mi cuerpo es bastante desafinado y torpe. O así lo creía. Pero a Vladimir, nombre artístico de ascendencia comunista rusa, mi cuerpo lo hacía llegar a categoría de luthier con especialización anatómica. Yo no entendía mucho, porque además mis orgasmos no son tan sonoros y, cuando lo son, no tienen ritmo ni mucho menos suenan a alguna voz prodigiosa. Más bien son sonidos quebradizos y poco agradables. A él le parecían rupestres, cercanos al pueblo.
Entonces él creaba y me quería hacer ver cómo sus composiciones (sobre mí) eran grandes obras. A mí, que mi examen vocacional me indicó que podía hacer cualquier cosa menos lograr tener un oído musical. Porque, en mi sinestia, los sonidos parecen olores y de vez en cuando los confundo con colores.
Yo no entendía mucho, de nuevo, y no había mucho que entender más allá que asentir y dejar que hiciera su trabajo que para mí era más artesanal que artístico.
A veces llegaba a medianoche a mi cama con una gran idea, sin final. Y yo quedaba a la mitad de una sinfonía que para mí era algo tan simple como la sexualidad misma.
En cambio, él construía, como buen comunista, una revolución. Una revolución musical, donde el mismo ser humano es la nota y no hay notas superiores a otras. Todas son bellas, pero en conjunto lo son más. Se emocionaba tanto y sus ojos se llenaban de un brillo tan inocente que yo deseché la idea de que su revolución anatómica musical se refiriera a una orgía.
En el afán de componer su Gran Obra, se distanciaba cada minuto para hacer anotaciones. Él buscaba torpemente en mi cabeza la manera para afinar mis sonidos. Yo empezaba a sentirme un poco incómoda y un tanto innecesaria. Así que un buen día tomé las tijeras y corté las cuerdas que nacen de mis senos a mi pubis. Cansada de ser un guitarra, me levanté de la cama. Me sobé la cabeza. Vladimir lloró. Decía que solo hacía falta un movimiento para el gran final.

Las ciudades sin parques

Fotografía de Frederick Meza

A pocos metros de la zona centro del municipio de Ayutuxtepeque, desde hace 38 años, vive Félix Huezo. Lo hace en una de las zonas más populares. Mientras describe el municipio, comenta algo que le parece una curiosidad en la que no había caído: que en el casco de Ayutuxtepeque no existe ninguna área verde. Y concluye que es un fenómeno que, en gran parte, se debe a la sobrepoblación: «Las áreas menos pobladas son los cantones. El resto está».

Según la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC), Ayutuxtepeque cuenta con una población de 38,414 y una extensión territorial de 8.14 kilómetros cuadrados. Hasta 2018, según la mesa tripartita que incluye a la Policía Nacional Civil (PNC), Medicina Legal (ML) y a la Fiscalía General de la República (FGR), Ayutuxtepeque fue colocado como unos de los 10 municipios con mayor tasa de homicidios.

El Área Metropolitana de San Salvador se compone de 14 municipios, que no necesariamente pertenecen a un mismo departamento. Los unen más características que tienen que ver con urbanidad y también un organismo que entre sus responsabilidades está velar por la distribución del espacio. Es la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS).

Según la OPAMSS, en los 14 municipios en donde se agolpan más de 2 millones de personas, la cantidad de áreas verdes disponibles apenas llega a un 30 % de lo que se considera básico de acuerdo con cálculos internacionales.

En comunidad. De acuerdo con indicadores internacionales, los espacios públicos deben ser inclusivos. Una cancha, por ejemplo, no la utilizan todos.

La AMSS está muy lejos de alcanzar los 16 metros cuadrados por habitante que demanda la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y los nueve que establece como mínimo la Organización Mundial para la Salud (OMS). «La mayor parte de las zonas de Ayutuxtepeque no tienen áreas verdes, de hecho, no hay parque central, lo que hay es una plaza y no tiene estos espacios verdes», comenta Félix.

Félix vive en un condominio en el que hay pequeños espacios de recreación para las personas que lo habitan. Sin embargo, asegura: «Fuera de los condominios no hay espacio; es más, hasta hace poco, no había ni aceras». Al menos las dos áreas verdes que tiene el condominio donde vive son espacios utilizados por niños, jóvenes y adultos. Es una zona poblada de árboles, que son cuidados y protegidos por los habitantes de ese lugar. Hay mesas en donde comúnmente están jóvenes que se reúnen a platicar. También hay juegos, como columpios, en donde es visible el involucramiento de los niños.

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La OPAMSS determinó que Ayutuxtepeque y Cuscatancingo son los dos municipios con menos área libre por habitante. Los dos están abajo de 0.65 metros cuadrados. La abogada y gestora ambiental Alma Sánchez se hace una pregunta: «¿En dónde va a poder desarrollarse una persona con buena salud mental, si no tiene los espacios verdes necesarios para su recreación?»

Para Sánchez, que haya áreas verdes dentro de zonas residenciales, como los condominios de Félix, genera un impacto positivo, pero no cumple con la misión de integración que facilitan también los espacios comunales. «Viven en una isla que ya no interacciona con el resto de la ciudad, entonces, se vuelve una segregación espacial. Eso divide más a la sociedad, que de por sí ya está dividida».

La Ley de Urbanismo y Construcción considera que «la gran mayoría de las urbanizaciones que se han llevado a efecto en la ciudad capital lo han hecho en forma desordenada, mirando por regla general solo el beneficio de los urbanizadores y no el de las personas».

Félix recuerda que, cuando estaba pequeño, iba a cortar fruta o a dar un paseo de domingo al cerro El Carmen; era el área verde más grande de Ayutuxtepeque. Pero, hace algunos años, fue ocupado para construir viviendas. «Fue eliminado casi todo. Ahora es una zona en donde está la mayor parte de una populosa colonia», cuenta.

«Hemos encontrado en algunas colonias áreas que estaban reservadas para espacios públicos y han sido invadidas por asentamientos informales que se quedaron ahí, apropiándose de estos espacios», expone el técnico de la Unidad de Planificación Urbana de la OPAMSS, Carlos Calderón.

Sin espacio. En Mejicanos no hay espacios públicos que fomenten la interacción y el esparcimiento. Las personas ocupan, para esto, un área frente a la alcaldía municipal.

El déficit de áreas verdes no es solamente un problema del crecimiento acelerado de la población, sino también de la falta de interés por parte de las instituciones a las que compete el cuidado de estos espacios. La Política de Espacios Públicos considera que «dentro de las municipalidades las asignaciones presupuestarias son deficientes para el mantenimiento de los espacios verdes. Además, no hay asignación para la creación y el mantenimiento de los espacios públicos».

En 2015 fue cercado con tubos y malla ciclón el parque Balboa, ubicado en Los Planes de Renderos, por el Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU). En ese momento, las autoridades de la institución en su página web informaron que pretendían brindar un mejor mantenimiento e iluminación al parque.

El abogado y defensor ambiental Camilo Melara es vecino de la zona y lleva ya cinco años realizando gestiones y organizando a la comunidad para que se conserven las áreas verdes y también para que estos espacios sean accesibles para todos y gratuitos. Con los vecinos de su lugar de residencia han unido esfuerzos para hacer llegar su demanda a las autoridades. Sin embargo, hasta la fecha no ha logrado una respuesta por parte de la Asamblea Legislativa y el Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU).

Cuscatancingo es el segundo municipio con menos espacio verde del Área Metropolitana de San Salvador. Con más de 25 años de residir en este municipio, Sofía Calderón explica que el hecho de que haya pocas áreas verdes y que sean pequeñas, como el caso de su lugar de residencia, dificulta los espacios de recreación. «A lo mucho hay unas dos áreas verdes. Y no tengo entendido que la alcaldía esté ejecutando algún plan para erradicar el déficit de áreas verdes acá en el municipio», expone Calderón.

Félix, por su parte, considera que «Ayutuxtepeque también se ha vuelto un problema de sobrepoblación. Todo el espacio en el que se podría crear un área verde ya está ocupado por residenciales, incluso el mismo cerro está casi totalmente poblado».

Y aún así, este avance de la mancha urbana no ha sido suficiente para resolver otro problema. En 2018, el «Estudio sobre el Estado de la Vivienda en Centroamérica», elaborado por el Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible (CLADCS) del INCAE, reveló que el país tiene un déficit de casi 1.4 millones de viviendas dignas de las cuales 245,369 deben construirse nuevas y el 82 %, equivalente a unas 1.5 millones de las casas, debe renovarse.

«En Ayutuxtepeque, por ejemplo, hay colonias en donde las viviendas son muy accesibles para vivir», afirma Félix. La densidad poblacional de Ayutuxtepeque ascendió a los 3,373 habitantes por kilómetro cuadrado, según el último censo. El aumento en la población ha propiciado que se construyan más complejos habitacionales y se reduzca el espacio de las áreas verdes.

Según el jefe de la Unidad de Turicentros y Parques Recreativos del ISTU, Héctor Galdámez, la falta de áreas verdes en el Área Metropolitana de San Salvador es un problema de urbanismo, y adjudica al alto grado poblacional la construcción de más espacios habitacionales y menos áreas verdes.

El déficit de áreas verdes no es solamente un problema del crecimiento acelerado de la población sino también de la falta de interés por parte de las instituciones a las que compete el cuidado de estos espacios. La Política de Espacios Públicos considera que “dentro de las municipalidades las asignaciones presupuestarias son deficientes para el mantenimiento de los espacios verdes. Además, no hay una asignación para la creación y el mantenimiento de los espacios públicos”.

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A 300 metros del centro de Ayutuxtepeque vive Carlos Clará, en una residencial con un aproximado de 40 casas. En medio del bullicio que genera vivir en una de las partes más transitadas de este municipio, Clará comenta que no solo existe escasez de áreas verdes, además, las que existen no son visitadas por la crisis delincuencial que atraviesa el territorio. En 2018, LPG Datos por medio de las estadísticas brindadas por la PNC, Medicina Legal y la FGR colocó a Ayutuxtepeque como uno de los municipios más violentos del país.

«A los gobiernos centrales y municipales no les interesan los temas ambientales. Deberían poner énfasis en la seguridad, las personas no van a ir a una zona verde si a lo que pueden ir es a perder la vida. Lejos de ser lugares agradable para recrearse con la familia, se han convertido en lugares para delinquir», comenta el inspector ambiental de la Alcaldía Municipal de Mejicanos, Orlando Roque.

Según Sánchez, los espacios públicos deben ser inclusivos para que permitan democratizar y dar una dosis de sanidad mental, psicológica y física a los habitantes, que son derechos constitucionales. La Política de Espacios Públicos contempla que, al diseñar y habilitar los espacios públicos de recreación, no se ha considerado a toda la población y la diversidad de sus necesidades. Esto deja de lado a sectores que tienen limitadas oportunidades de acceso.

Libre entrada. Hay comunidades que se han organizado para exigir que los parques sean gratuitos y así facilitar a la población ejercer uno de sus derechos.

«Una cancha es lo que tradicionalmente se ha considerado un espacio público barrial, en la mayoría de los casos no ofrece todas las ofertas para todas las personas», acota el jefe del Observatorio Metropolitano de la OPAMSS, Tito Arias. Félix, el vecino de Ayutuxtepeque, comenta que el único espacio que ha sobrevivido de aquel cerro El Carmen en donde iba a recoger fruta es, justamente, una cancha.

Por su parte, Calderón considera que, por nuestra cultura, el espacio público recreativo lo concebimos y lo mezclamos con actividades deportivas, en otros países lo separan completamente. «Por eso se da el fenómeno de que cuando uno va a hacer un espacio público, lo primero que la gente pide es una cancha; en ese caso, estoy excluyendo a la otra parte de la población, a los adultos, a las mujeres y a los niños. En una cancha de fútbol, los que van a hacer uso son los 22 jugadores, pero no las demás personas», expresa Calderón.

Además, los espacios públicos deben estar dotados de áreas verdes. «Muchos alaban la revitalización urbanística del espacio público que hizo el gobierno de Nayib Bukele en su periodo como alcalde de San Salvador, en la plaza Gerardo Barrios, frente a Catedral. Es una plaza bella por la noche, pero, al mediodía, ¿quién se va a ir a sentar o interactuar a una plaza de cemento, si no hay áreas verdes?», comenta la abogada y gestora ambiental Sánchez.

Actualmente, la OPAMSS es la única institución que mide el área verde por cada habitante en la Zona Metropolitana de San Salvador. Sin embargo, este indicador no toma en cuenta la calidad del espacio público, es decir, si es accesible, si se encuentra en buen estado, si está siendo funcional, si se encuentra en desuso o si las autoridades correspondientes le brindan mantenimiento.

Además, los espacios públicos deben estar dotados de áreas verdes. “Muchos alaban la revitalización urbanística del espacio público que hizo el gobierno de Nayib Bukele en su periodo como alcalde de San Salvador, en la plaza Gerardo Barrios, frente a Catedral. Es una plaza bella por la noche, pero, al mediodía, ¿quién se va a ir a sentar o interactuar a una plaza de cemento, si no hay áreas verdes?”, comenta la abogada y gestora ambiental Sánchez.

Para sacar el indicador de cuánto espacio verde hay por cada habitante, la OPAMSS realiza las mediciones con 10 metros cuadrados por habitante, como parámetro. En 2015, se encontró que existía 3.17 metros cuadrados por habitante. En 2018, la cifra bajó a 3.14. Es decir, hay menos área verde para cada habitante.

«Si la población aumenta, debería de aumentar proporcionalmente el espacio público, pero eso no está pasando. Entonces, el déficit de áreas verdes aumenta», asegura Calderón. La Ley de Medio Ambiente plantea que debe existir un equilibrio entre los asentamientos humanos, es decir, el lugar donde se establece una persona o comunidad y las medidas de conservación del medio ambiente y de interacción de la comunidad, en este caso, las áreas verdes.

Roque considera que existe una construcción irresponsable no solo en complejos habitacionales sino también en la industria, porque se han construido empresas extranjeras, fábricas y gasolineras en zonas verdes. Expone el caso de grandes industrias que fueron ubicadas en lugares donde antes eran áreas verdes.

Ante la falta de áreas verdes, los habitantes no tienen la oportunidad de socializar con otras personas. «La carencia de estos espacios limita la convivencia con otras colonias, con otras personas, el compartir con nuestros hijos y que ellos hagan amigos. Llegamos del trabajo, nos encerramos en la casa, pero es un micromundo que podría ser más grande», comenta Clará.

Aunque, según las estadísticas de la OPAMMS, existen municipios como Antiguo Cuscatlán que cuentan con espacios verdes con los que se superan el indicador de 10 metros cuadrados por habitante. Pese a ello, la distribución de este espacio verde no es equitativa, ya que este municipio cuenta con residenciales en las que los parques están adentro y no todos tienen acceso a ellos.

«El indicador puede decir que en cuanto a número está muy bien, pero en cuanto a distribución de ese espacio público no está distribuido de la mejor manera o no es accesible para la mayoría de personas que lo visita. A parte que Antiguo Cuscatlán es un municipio con menos población que el resto de los medidos por la OPAMMS», explica Tito.

Sin embargo, en medio del déficit de áreas verdes que existe, aún hay parques que se convierten en un intento por solventar estos vacíos, entre ellos el parque Bicentenario, el parque El Recreo y el parque Satélite que son de las áreas verdes más grandes del país. Aunque existen otros 14 parques que son administrados por el ISTU, entre ellos el Cerro Verde, el parque Walter Thilo Deininger y el parque Balboa. El acceso a estos espacios verdes genera un costo.

«En otros países el acceso a espacios verdes cuesta entre $10 y $12 la entrada, en cambio en el país nosotros cobramos $1.50, que se utiliza para el mantenimiento de estas áreas naturales. También se destina a educación ambiental para prevenir que las áreas verdes no se continúen dañando», acota Galdámez. El ISTU recibe un subsidio por parte del Gobierno, el resto de los ingresos los generan a partir de las cuotas que las personas deben pagar para acceder a estos lugares naturales.

Desde Los Planes de Renderos, Camilo Melara recuerda que, una mañana, las autoridades del ISTU llegaron al parque Balboa y lo cercaron, comenzaron a cobrar una cuota por cada visitante. Lo que él considera que generó menos visitas, un declive en el comercio y un aumento de la delincuencia.

«A la hora de definir los cobros, tenían que considerar la capacidad económica de las personas, cobran $1.50 cuando el salario mínimo ni siquiera incluye recreación; es injusto», aclara Melara. Sin embargo, Galdámez considera que «el costo es mínimo y los ingresos se ocupan para el mantenimiento de las áreas verdes que se encuentran bajo nuestra responsabilidad», como el caso del parque Balboa.

Melara considera que «la Asamblea Legislativa debería interesarse en el déficit de áreas verdes y el Gobierno debe invertir en estos espacios. Es fundamental para el bienestar de la ciudadanía, porque no se está haciendo nada sobre el tema».

Entre sombras. Diseñar áreas de recreación y esparcimiento implica también hacerlas cómodas y funcionales, con árboles para que la estancia sea agradable y segura a cualquier hora del día.

El estudio «Los espacios verdes en las ciudades» establece que, desde el punto de vista social, las áreas verdes son lugares de encuentro donde se practican determinadas actividades, generalmente recreativas, que requieren de mayor espacio que el que nos ofrece una vivienda. En la actualidad es muy común observar ciudadanos que utilizan los parques y plazas como lugar de entrenamiento para correr o de aquellos que corren como actividad sana o de interacción con otros. También son utilizados para un paseo familiar o para convivir con otras personas del mismo sitio.

Según Calderón, en el país no hay lugares de sano esparcimiento. Los jóvenes, que son los más vulnerables, no tienen donde ocupar su tiempo libre en espacios de recreación. Pese a los esfuerzos que ciudadanos como Melara han realizado para lograr la conservación de las áreas verdes, en el país sigue existiendo una diferencia abismal entre los parámetros que proponen organizaciones como la OMS y lo que realmente se tiene. En lugar de que el déficit se reduzca, con el paso de los años, aumenta.

Las áreas verdes son sitios para recreación en la mayoría de las ciudades, especialmente para los habitantes con menos ingresos. Estos tienden a frecuentar más los parques, sin embargo, al tener un costo monetario, la probabilidad para acceder es menor. «Una familia de escasos recursos, de al menos cinco personas, ya no entra, para ellos significa un gasto grande», detalla Melara.

Melara expone que cuando cercaron el parque Balboa y comenzó junto con sus vecinos a hacer demandas al ISTU y a la Sala de lo Contencioso Administrativo, las autoridades no mostraron interés en responder a las solicitudes, por lo que esperan que el nuevo gobierno pueda implementar medidas ambientales que contemplen el mantenimiento y la accesibilidad de las áreas verdes como espacios libres y vitales para la recreación de los ciudadanos.