«Lo mejor para un buen fin del mundo es un vino rico y una comida rica»

¿Cómo fue su primer día de trabajo?

Uf. Formal, formal, en 1994, octubre. Llevaba apenas medio año de Universidad. O sea, recién salido del colegio. Entré a trabajar a una radio, en la discoteca, vinculado a elegir la música que salía en las diferentes emisoras FM y AM. Se usaban discos de vinilo, cd, y tocaba memorizar la ubicación de todo en sus casilleros para tener rapidez para llevar lo que pedían los conductores. Fue el primer día de más de 12 años de aprendizajes y de muchas aventuras.

¿Qué problema deberían resolver primero las sociedades en vías de desarrollo?

Creo que hay muchos problemas a resolver. Pero uno que creo que es fundamental es el de qué hacemos con los residuos que generamos y cómo construimos una economía circular que reemplace la lineal. Si cada persona arrastrara consigo los residuos que va generando a largo de su vida, podríamos dimensionar lo impactante del tema y avanzar en lógicas de reciclaje y un consumo más sustentable.

¿Cuál es la mejor forma de iniciar el día?

Desayunar con café y alguna comidita, pasear con el perro, un ratito de yoga, y armar el mate. Garantía de satisfacción.

¿Se le ha quedado algún sueño sin presupuesto?

Creo que comprar una buena extensión de tierra para convertirla en reserva. Me gustaría algo así.

Si pudiera regalarle a América Latina algo, ¿qué sería?

Mejores democracias, limpias de corrupción.

Si el fin del mundo fuera mañana, ¿qué haría hoy?

Creo que lo mejor para un buen fin del mundo es un vino rico y una comida rica. Y, tal vez, vivirlo como si no hubiera fin del mundo. Al final de cuentas, vivimos dando por seguro que, al día siguiente, estaremos vivos. Y, visto con cierta objetividad, es como una gran apuesta diaria el creer que, al día siguiente, despertaremos y todo seguirá allí.

¿Cuál es el mejor consejo que le han dado?

Eso también pasará.

La humanidad aún no comprendió la profundidad de la crisis que se avecina y el costo de la resurrección

Jacques Attali, miembro del Consejo de Estado de Francia

Jacques Attali habla rápido y es contundente.»Están muertos», dice en varios tramos de la entrevista. Alude a varios sectores de la economía global tal y como los conocimos antes de la pandemia, del turismo a la aeronáutica, entre otros, como así también es lapidario al trazar el panorama económico de los próximos años. ¿Forma de «V» o de logo de Nike para graficar cómo serían la caída y la eventual recuperación? No, corrige, será como «una silla». Abajo, dice, luego estancamiento y, después, más abajo.

Egresado entre los primeros de su promoción en las cuatro escuelas más importantes de Francia, fuente de consulta de todos los presidentes de su país desde los tiempos de François Mitterrand, miembro del Consejo de Estado de su país y mentor de Emmanuel Macron , Attali evita los rodeos. Carga incluso contra muchos de esos mismos políticos que lo llaman cuando las papas queman. Les reprocha que callan la verdad, ilusionados con que «algo» encarrilará la situación mundial. Pero, para él, deberíamos implementar una «economía de guerra». Sí, tal y como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial.

Attali también habla de empresas «zombis» y de la oportunidad que desperdició el G-20 cuando se reunió en la Argentina . Pero no todo es lúgubre en el panorama que traza. Hay un amplio sector al que define como «economía de la vida», que augura que florecerá durante los próximos años. A esos, dice desde París, «les irá muy bien».

Dados su currículum y su experiencia, me tienta comenzar preguntándole si el impacto de esta pandemia confirmó sus ideas previas o, de algún modo, las modificó.

[Sonríe]. En algunos puntos reafirmó mis ideas y en otros las modificó. Lo que más me sorprendió es que fuera posible que más de 2500 millones de personas pasaran a trabajar a distancia, de la noche a la mañana. Sabía que el teletrabajo ocurriría, pero no estaba preparado para entender que sería tan rápido y bajo presión. Eso demuestra que la humanidad, bajo presión, puede cambiar muy rápido. También me sorprendió el hecho de que la humanidad comprendiera, bastante rápido, que estábamos ante un evento global, no algo local, y que cerrar las fronteras no ayudaría. Comprendimos que un problema en un lugar es un problema en todos lados. Pero en cuanto a la ceguera de los líderes, su tendencia a procrastinar, a demorarse en tomar decisiones y actuar, todo eso no me sorprendió.

Por lo que leí suyo de las últimas semanas, es muy crítico del individualismo exacerbado y, en términos de países, de la tendencia al aislacionismo que observó desde que irrumpió la pandemia. ¿Eso es lo que más le preocupa por estos días?

No. El hecho de que la humanidad aún no comprendió la profundidad de la crisis que se avecina y que será muy, muy profunda en términos de recesión, de desempleo, de miseria, del costo que insumirá la resurrección. Creo que aún no se comprendió realmente lo que ocurre. Quiero decir, todos los países de Occidente y muchos otros de diversas partes del mundo inyectaron tanto dinero en el mercado a través de sus bancos centrales que están «escondiendo» la realidad de la crisis. Eso permitirá «disfrazar» la crisis, en una primera etapa, posponer sus consecuencias y llevar a las personas a pensar que será de fácil solución, con la mera impresión de dinero, pero eso no es verdad.

El problema es que muchos políticos buscan cómo llegar hasta la próxima elección y confían en que después de las urnas se encontrará una solución. Pero eso es falso. Lo mismo pasa con la gente: prefiere creer que las fuerzas de la naturaleza o un mesías o Dios o cualquier otro tipo de salvador aportará una solución. No es así.

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Habiendo sido el primer presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo, usted sabe bien que si un funcionario expresa sus preocupaciones ante una crisis, puede asustar a los inversores y consumidores y agudizar esa misma crisis que busca remediar. Ambos conocemos muchos funcionarios que callan sus temores creyendo que deben alimentar las expectativas positivas.

[Asiente]. Eso es cierto y es exactamente lo que hizo el FMI [Fondo Monetario Internacional] desde que se lo creó y lo que está haciendo ahora: esconder el hecho de que la crisis es más grande y profunda de lo que parece. Usted está en lo correcto al decir que deberíamos evitar caer en la profecía autocumplida, es decir, en reforzar la crisis por anunciar la crisis. Pero incluso a puertas cerradas, en los palacios presidenciales, los funcionarios aún no han comprendido la gravedad de lo que afrontamos. Lo mismo que la industria automotriz, por ejemplo, aún no lo entendió, pero una enorme parte de ella está muerta. El sector aeronáutico tampoco lo comprendió, pero está muerto. Y muchas empresas son zombis y son financiadas como si fueran a sobrevivir. Hay empresas que incluso están organizando cursos y seminarios, y todavía encuentran forma de financiarse, ¡pero ya están muertas!

Deténgase allí. ¿Acaso los máximos referentes empresariales del mundo no «saben» lo que se avecina, siendo que los mejores economistas del mundo coinciden en que afrontaremos una recesión larga, con una recuperación muy paulatina, lejos de una forma de «V» y más con la forma del logo de Nike? Vamos.

-Bueno [sonríe]. Déjeme decirle que quizá no sea como la pipa de Nike, sino más bien con la forma de una silla [hace la forma con sus dedos]. Es decir, que la economía mundial caerá, luego se planchará durante un tiempo y luego volverá a caer.

Oh, no…

Oh, sí [risas]. Dependerá de cada sector, por supuesto. En algunos sectores, la evolución tendrá la forma de una silla, mientras que a otros les irá muy bien. A los sectores que llamo «la economía de la vida» -salud, educación, alimentación, mundo digital- les irá muy bien. Pero otros sectores serán más difíciles de gerenciar o ya están muertos. Por eso resulta difícil trazar una evaluación general y a escala global, además de que dependerá de cómo actúen los gobiernos y cuáles sean las políticas macroeconómicas que instrumenten. El problema es que muchos políticos buscan cómo llegar hasta la próxima elección y confían en que después de las urnas se encontrará una solución. Pero eso es falso. Lo mismo pasa con la gente: prefiere creer que las fuerzas de la naturaleza o un mesías o Dios o cualquier otro tipo de salvador aportará una solución. No es así.

Cero optimismo lo suyo.

Quisiera creer que con todo lo que estamos viviendo aprendimos la importancia de anticipar lo malo que puede ocurrirnos para evitarlo. Pero no es así. ¿Logramos evitar esta pandemia? ¡No! ¿Creamos las condiciones para evitar que nos golpee una segunda ola de la pandemia? ¡No! ¿Estamos listos para otra pandemia? ¡No! ¿Estamos preparándonos para la posible siguiente catástrofe que es el cambio climático? ¡No! ¡Aun si sabemos lo que se nos avecina, no hacemos demasiado hasta que lo peor nos ocurre! Los políticos, al igual que todos nosotros en nuestra vida privada, prefieren pensar que no hay problema para el que no haya una solución. Muchas veces es cierto. Pero, desafortunadamente, en muchas ocasiones no es así.

El panorama que traza explica por qué convocó a los líderes del mundo a actuar con una mentalidad de «economía de guerra», es decir, asumir un rol activo desde el Estado para coordinar las respuestas a la crisis, incluso imponiéndole al sector privado directrices de producción. ¿Qué respuestas cosechó?

¡Cero! [Risas, luego se pone muy serio]. Cero. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hablar de una economía de guerra no está de moda. En Estados Unidos y en el Reino Unido, los dos países que demostraron ser los más eficientes cuando debieron adoptar ese abordaje, luego destruyeron al Estado con políticos muy liberales, muy promercado, y tienen una visión ideológica muy contraria al concepto de «economía de guerra», además de que ahora no tienen las herramientas estatales para instrumentarla ni saben cómo impartir órdenes a las empresas. En otros países, como Alemania o Japón o China , pueden hacerlo, pero en Alemania se mostraron muy reticentes porque trae recuerdos de su pasado nazi que prefieren evitar, lo mismo que en Japón. Y en China, podrían haberlo aplicado, pero no ayuda el hecho de que sea una dictadura, porque China desconfía de otros países y sus ciudadanos se temen entre ellos.

O sea que su planteo resulta inviable.

[Arquea las cejas]. Para instrumentar una economía de guerra necesita compartir una visión, compartir la decisión de sacrificar algo, pero si vive bajo una dictadura, miente, trampea, teme. desconfía. Y déjeme decirle algo más: por un momento pensé que Estados Unidos podía instrumentar algo parecido a una economía de guerra, hasta que leí sobre sus portaaviones llenos de marinos contagiados. Entonces comprendí que incluso los estadounidenses no estaban preparados para afrontar una pandemia.

Antes de seguir avanzando, pongamos algo en claro: ¿qué números maneja para la economía mundial de los próximos años?

[Sonríe]. Mi estimación es que la economía oscilará entre -8 y -12% a nivel global, con algunos países cayendo aún más. Y no creo que volvamos al casillero uno en términos de PBI hasta 2022 o 2023, aunque también debe sumar a la ecuación el tiempo perdido y que siempre es más fácil caer que subir. También dependerá de cómo maniobre cada país, claro. Y no será lo mismo para aquellos países centrados en los sectores que florecerán, como el digital, que aquellos que se enfoquen en tratar de mantener vivos sectores que morirán en vez de ayudar al surgimiento de nuevos sectores.

Déjeme desafiarlo, ¿hay alguna razón para la esperanza?

¡Sí! ¡Muchas! Está apareciendo muchísima tecnología nueva alrededor del mundo y está floreciendo esa «economía de la vida» que le mencioné antes, enfocada en los sectores de la economía más importantes para el futuro: salud, educación, higiene, alimentación, agricultura, cultura digital, entre otras. Y, además, soy optimista al pensar que cada vez más gente comprenderá que debemos enfocarnos en estos ejes, reclamará por más salud o educación y entenderá que se fabrican demasiado plástico, demasiados químicos, demasiado petróleo, demasiados automóviles. Creo que mucha gente comprende al fin que la «economía de vida» no solo es buena para su salud, sino para evitar el cambio climático. ¿Son ya mayoría estas personas? No. Pero van en aumento.

¿Podríamos decir, acaso, que estamos en medio de un inmenso experimento de «creación destructiva», en términos schumpeterianos?

Sí. Afortunadamente, muchos países intentaron evitar o paliar este proceso de «creación destructiva» colocando barreras para proteger a sus ciudadanos más desfavorecidos, lo cual es bueno, aunque también es cierto que colocar ese tipo de barreras puede ralentizar el proceso de innovación. Tomemos un ejemplo bien prosaico: la industria aeronáutica. Creo que está muerta. Lo que ahora se necesita es una enorme capacidad industrial centrada en proveer equipamientos electrónicos para la medicina, innovación tecnológica en el área sanitaria, biomimética y tanto más. En ese contexto, si nos concentramos en mantener viva la industria aeronáutica con subsidios, habrá un montón de ingenieros aeronáuticos que no tendrán nada para hacer, en vez de pedirles que se aboquen a producir equipamientos médicos, lo que sí resultaría en un verdadero ejemplo de creación destructiva en los términos de Schumpeter. Pero para eso se requiere una «economía de guerra» que los empuje a hacerlo. Y no veo a ningún gobierno dispuesto a hacerlo.

¿Hay alguna pregunta que no le planteé y le gustaría abordar?

[Carraspea, calla unos segundos]. Fui hace dos años a la Argentina para la cumbre del G-20 y creo que deberíamos abordar por qué todo lo que estamos afrontando ahora no se discutió en aquel momento. Pudo haberse discutido. Todo estaba dado para eso y si el G-20 hubiera tomado alguna decisión allá, en Buenos Aires, o al menos alertado que no estábamos preparados para afrontar una pandemia y planteado que debíamos aprestarnos mejor, quizá nos hubiéramos encontrado en una mejor situación cuando sí nos golpeó la pandemia. Esa debería una lección para el G-20, para prepararse seriamente en el futuro.

Veo difícil que eso ocurra. No lo creo.

[Sonríe]. Yo tampoco.

«La homofobia en este país me ha pasado la factura»

¿Cuál considera que será su legado al morir?

Provengo de abuelas longevas. Mi abuela materna murió recién, en enero 2020, a sus 103 años. Tengo 49 años hoy, mi legado comienza a cuajarse. Si muriera ahora: los amigos, amigas, amigues que disfruté, las largas tertulias alrededor de chocolate, café caliente o cervezas frías. Amigos y amigas a quienes ayudé a sentirse libres con películas y anécdotas vividas.

¿Cómo y por qué comenzó a militar en el activismo LGBT?

Esa palabra militar no me agrada. Salí del closet a los 37 años. Ya era independiente económicamente, ya no me ataba mi papá, aparentemente; pero tenía miedo al qué dirán. Poco a poco fui desarrollando mi activismo en los buses, predicando los derechos de la comunidad LGBT. Por la tarde-noche, ponía en práctica los ejercicios de actuación que conocía en la escuela de teatro del CENAR. ¿Por qué? Por todos los años que estuve encerrado en un closet de muerte. Estaba muerto en vida. En mis primeros años de activismo quería comerme el mundo.

¿Qué consejo se daría?

Quien no arriesga, no gana. Disfruta tu libertad asumiendo tus propios errores.

¿Cuál considera que ha sido su peor fracaso?

Me siento afortunado de tenerme a mí mismo. De cada situación y persona he aprendido mucho. La homofobia en este país me ha pasado la factura. No tengo nada de qué arrepentirme.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Por recomendación de mi terapeuta -y para vencer el odio que sentía por mis hermanos, papá, mamá, tíos-, probé cannabis sativa.

¿Qué talento desearía tener?

Leer y traducir en otros idiomas: francés, italiano, mandarín, portugués.

¿Qué carrera o negocio consideraría si tuviera que comenzar otra vez?

En efecto, antropología está en mis planes, como quinta carrera académica. Como emprendimiento, una cadena de restaurantes en modalidad de cooperativa con socios y socias, proveedores, colaboradores, cocineras, meseras. Sería LGBT, y, a su vez, daría soporte económico a otro proyecto: una residencia de adultos mayores LGBT.

«No todo se arregla con dinero»

¿Cuál es el mejor consejo que le han dado?

Nunca irte a dormir estando peleado con alguien que amas. Nunca sabes si vas a amanecer el día siguiente para pedir perdón o perdonar.

¿Cómo se titularía un libro sobre su vida?

«A las pruebas me remito».

¿Cuál es el cambio de look más radical que ha hecho?

Dejarme la barba desde hace 4 años, y creo que nunca más me voy a rasurar por completo.

¿Qué receta lo intimida?

Las recetas muy elaboradas de la cocina clásica francesa. Me encantan, pero mi manera de cocinar es mas rústica y menos elaborada.

¿Cuál invento casero lo sigue deslumbrando?

Separar yemas de claras con una botella de plástico vacía, haciendo succión. Lo vi en internet y no sé cómo no se me había ocurrido antes.

¿Qué riesgos ha tomado?

Innovar siempre es un riesgo. Buscar un camino que nadie haya seguido y apostarle a los detalles. Soy un apasionado por los detalles.

¿Es cierto que todo tiene su precio?

La mayoría de cosas (y hasta personas) tienen su precio, pero no todo se arregla con dinero.

«El cuerpo es el instrumento y canal de comunicación»

¿Cómo se imaginaba que iba a ser su vida?

Desde mis circunstancias, lo más que aspiraba era crecer y conseguir un trabajo «formal», pero en el fondo, como una de esas ideas a las que a veces no les ponemos atención. En principio, yo quería estudiar música y cantar.

¿Cuál es su estado más común?

Cuestionamiento constante. Eso me lleva a pensar en posibles respuestas, a dialogar con otras personas, conocer otras experiencias y autocuestionarme también, porque no estoy exenta a las contradicciones, y conocer otras maneras de ver, por ejemplo, el entorno también me ayuda.

¿Cómo se encontró en el arte?

Encuentro libertad. Al comenzar los talleres de teatro, te das cuenta que implica también desarrollar una consciencia de participación y acción personal activa, para un resultado colectivo, se toman y respetan acuerdos, horarios de ensayos, trabajas con personalidades fuertes y diversas, pero hay un interés común, la voluntad de construir la pieza y trabajamos por ello.

¿Hay alguien en quién se haya inspirado para su profesión?

Terminé buscando los espacios donde me siento mejor para hacer y expresar, pero son en realidad muchas personas, de diferentes ramas del arte, quienes me inspiran y admiro por su disciplina, trabajo y sinceridad artística.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Mi cuerpo. Es el único territorio que, en verdad, nos pertenece y habitamos en su totalidad. Además, en cualquiera de las disciplinas escénicas se necesita entrenar, con mayor o menor intensidad, según las exigencias de cada disciplina, pero, igual, es fundamental el entreno físico y mental. El cuerpo es el instrumento y canal de comunicación.

Si pudiera cambiar un problema en el mundo, ¿Cuál sería?

La indiferencia.

¿Qué escribiría en su epitafio?

El territorio que habité me llevó a buscar válvulas de escape; al encontrarlas, liberaron la presión de muchas preguntas y abrieron pequeños agujeros, desde ahí, pude mirar con otras perspectivas. Qué dicha, para mí, compartir con ustedes que se atreven a luchar, decir, expresar, soñar, y aún con cicatrices, han logrado escapar de las capsulas impuestas. Gracias a quienes creemos, nos acompañamos y creamos utopías de otros mundos posibles. Ahora, en este último proceso de existencia, sin miedo, con gratitud por lo compartido y aceptando la siguiente transformación, me sumerjo en el sueño más profundo.

«Me voy por la autenticidad»

Si fuera a vivir su vida a tope, ¿de qué sería lo primero de lo que tendría que deshacerse?

Del apego, que es un estado emocional de conexiones con personas o cosas definidas, teniendo la creencia que, sin ellas, no se puede vivir.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

Es una pregunta muy compleja. Pero debe ser la convicción que tengamos con nuestra propia vida.

¿Cuál es su miedo más grande?

Vivir en una sociedad con ceguera.

¿Qué es de lo que más se arrepiente?

No haber leído un libro de Octavio Paz.

Actualmente, ¿cuál considera que es su virtud más sobrevalorada?

Me voy por la autenticidad.

¿Qué significa para usted la muerte?

Llegar al final de una aventura extraña.

¿Qué no perdonaría?

La falta de la lectura.

«Me habría gustado vivir muchas de las experiencias de vida de Quincy Jones»

¿En qué momento emprende su viaje como un músico?

En casa siempre tuve música cerca. A mis padres les gustaba mucho cantar y mi papá tocaba la guitarra. Cuando cumplí 12 años, comencé a tocar guitarra. Fue un proceso de prueba y error, porque, como muchos en El Salvador, no tuve una educación musical formal.

¿Qué lo ha inspirado a dedicarse a su profesión como guitarrista y bajista?

La inspiración viene desde adentro. Siempre he sido un poco tímido y me tomó un tiempo entender que la música me permitía conocerme y conectar mejor con las personas.

¿Cuál es la mayor reto para hacer música en el país?

El Salvador aún no ve la música como una forma de trabajo. Necesitamos cambiar este paradigma para crear una escena musical que tenga ingresos regulares. Si consumimos más producciones locales, generamos la demanda que impulsa el desarrollo de más músicos.

¿Cuál es su posesión más preciada?

La primera guitarra eléctrica que compré por mi cuenta.

¿Quién le habría gustado ser?

Me habría gustado vivir muchas de las experiencias de vida de Quincy Jones. Él persigue sus ideales a pesar de las adversidades y eso lo llevó a ser el influyente productor y compositor que es hoy en día.

¿Su músico favorito?

Admiro mucho el trabajo de Kevin Parker (Tame Impala) por su versatilidad para componer, arreglar y mezclar. Pienso que él siempre es fiel a lo que quiere expresar con su música.

Si pudiera cambiar un problema en el mundo, ¿cuál sería?

La injusticia social. El planeta tiene suficientes recursos para que todos vivamos con dignidad. No sé si los humanos podremos vivir todos como iguales, porque somos naturalmente diversos. Pero, al menos, todos deberíamos tener una buena alimentación, educación, seguridad, libertad y recreación.

«Las acciones aisladas no crean conciencia»

¿Qué lo inspiró a crear su programa educativo «Plantando América»?

Lo que me inspiró fue que en esos años, a finales de los 80, ya existía una terrible deforestación. Había una gigantesca eliminación de árboles. También me motivó, lastimosamente, la total indiferencia que veía -y que aún veo- en la ciudadanía. Fue así como me di cuenta que el cambio debía empezar por la niñez y la educación.

¿Cómo recibe la noticia de su nominación al Premio Nobel de la Paz?

La recibo con dos sentimientos: asombro y humildad. Humildad, porque veo la dimensión de anteriores personalidades que han obtenido este premio, entre ellos, Nelson Mandela, Teresa de Calcuta, gigantes de la humanidad. También pensé en la satisfacción que le estaría dando a mi país con este reconocimiento.

¿En qué debe trabajar El Salvador para fomentar una cultura ambiental?

La prioridad debe ser la educación en la niñez, no hay otra. Un educación basada en la continuidad de los procesos y no solo en una clase. Mis teorías también se basan en ello y pienso que las acciones aisladas no crean conciencia.

¿Con qué cosas cuenta para alcanzar su meta en este momento?

Cuento con 35 años de lucha. También con la cobertura de mi método educativo en América, Asia y Europa.

¿Qué resultado espera obtener con lo que está haciendo?

Espero obtener el Premio Nobel. De no recibirlo, espero seguir impulsando mi modelo en Catar.

De seguir cómo va ¿cómo cree que va a estar en 10 años?

De ganar, sería el hombre más feliz del mundo. Y de seguir como voy, con la insistencia que tengo y al no darme por vencido, en diez años, lo que me va a definir es la satisfacción.

¿Cuál es su miedo más grande?

Irme de este plano sin lograr que la humanidad tenga un acercamiento con la naturaleza.

«Me había apropiado de la guitarra de la iglesia»

¿Cómo se imaginaba que iba a ser su vida?

Desde pequeño supe que mi vida iba a estar llena de música, porque siempre sentí una gran pasión por el canto y los instrumentos.

De seguir cómo va, ¿cómo cree que va a estar en 10 años?

Me veo dando una masterclass de canto, haciendo viajes por el mundo, en especial en Europa, para compartir mi pasión en el canto. Dominando dos instrumentos musicales, ya que, por el momento, solo toco uno. Y con, al menos, dos discos con una excelente producción.

¿Qué es lo peor que le podría pasar cantando?

Cantar sin sentirlo y sin interpretar. Más allá de los errores técnicos y vocales que alguien pueda tener al ejecutar una canción, siento que el más grave es no transmitir a la gente lo que estás cantando.

¿Cómo pone sus talentos a trabajar por su meta?

Siempre me exijo más, busco la manera de dar un extra en todo lo que hago. Me gusta que las cosas sean bien hechas y, por eso, me esfuerzo en revisar minuciosamente mi trabajo al cantar, al presentarme un escenario, y en general, en todo lo que hago.

¿Cuál es su miedo más grande?

Mi miedo más grande es no dejar huella en el mundo musical. Quiero dejar un toque de mí en la música y ser recordado a través del tiempo como un exponente del pop lírico. Otro miedo que tengo es quedarme afónico durante una presentación, eso sería horrible.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Mi mayor atrevimiento ha sido lanzarme al mundo, presentarme cantando en público. Cuando era pequeño, era muy tímido e introvertido, pero ya que me gustaba tanto la música y ver a los cantantes presentarse, así que me puse el reto de que yo tenía que hacerlo y tenía que hacerlo bien.

¿Qué es lo más ilícito que ha hecho?

Me había apropiado de la guitarra de la iglesia. Fue cuando estaba aprendiendo a tocarla. Lo gracioso es que me preguntaban si sabía de la guitarra y yo siempre ponía cara de asombrado y decía que no sabía. Pero, aclaro, luego la devolví.

«El triunfo o el fracaso realmente es hipotético»

¿Cómo surge su emprendimiento ALMA?

Surge para suplir una necesidad, pues en el mercado seguíamos encontrando productos «básicos» que se resumían en camisetas. Nosotras con ALMA buscamos crear productos versátiles. Que de ser un básico diario pueda utilizarse en todos los momentos de nuestra vida, para uso en casa, trabajo, en una salida con tus amigas, pero sin dejar de sentirte cómoda.

¿Qué la motivó a llamar su emprendimiento «ALMA»?

Realmente nosotras queríamos, desde el primer momento, que nuestro proyecto pudiera ser una marca con alma, con propósito de moda sostenible, con emociones. Trabajando con cuidado cada una de nuestras piezas desde el diseño hasta la venta al cliente. Por eso el nombre es: ALMA. Algo que nosotras damos de principio a fin.

En estos momentos, ¿qué le pondría una sonrisa en la cara?

El reencuentro con mis seres queridos. El poder corroborar que cada uno está realmente bien física y emocionalmente, después de esta larga estadía en casa.

¿Cuáles son sus fortalezas o talentos?

Buscar soluciones y encontrar oportunidades, adaptarme y fluir con las situaciones. Soy una persona comprometida con mis proyectos.

Si fueras a vivir su vida a tope, ¿de qué sería lo primero de lo que tendría que deshacerse?

De pensamientos y relaciones que no suman en mí vida.

¿Qué aprendió de su peor fracaso?

Aprendí que no hay fracaso, que cada prueba o experiencia son oportunidades para reconocernos como personas, como proyectos. El triunfo o el fracaso realmente es hipotético siempre habrán diversas opiniones. Todo es aprendizaje.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Mi idea de éxito la relaciono mucho con el tema de libertad. La libertad de tener elecciones propias; libertad de estar en el lugar y con las personas que quieres, tener la capacidad para poder tomar los riesgos que desees. El éxito se presenta en uno o en varios caminos y todos tenemos la libertad de elegirlo.