«Pienso que reírse mucho está bien»

¿Cuál es su estado mental más común?

El entusiasmo, la alegría, el jolgorio, el júbilo. Básicamente, mi estado mental está siempre enfocado en lo positivo.

¿Le aburre hacer el mismo trabajo una y otra vez?

Sí, me aburre hacer el mismo trabajo. Necesito cambiar constantemente, por eso me gusta la cocina, porque de alguna manera se hacen mil cosas al mismo tiempo y es muy versátil.

¿Cuál es su lema?

No tengo un lema en especial. Pienso que reírse mucho está bien, y eso más que un lema es una filosofía de vida.

Si pudiera hacer otra cosa, ¿qué haría?

Viajar por el mundo cocinando. Pronto lo haré.

¿Para usted qué es un buen insulto?

No sé, la diplomacia supongo. No elegir insultar. La verdad no soy una persona conflictiva.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Emprender y creer en sí mismo.

¿Hay alguien en quien se haya inspirado en su profesión?

Me inspira la gente que, a pesar de las adversidades, trabaja duro para tener comidita, una vida plena y feliz. Cada profesión tiene personas así.

«Hay mucha gente que duda de lo que hacés»

1) ¿Quién es Ana Cortez en la escena teatral?

Alguien que quiere construir su propia forma de hacer y ver el teatro, hacerme de mi propio lenguaje uno que yo maneje y que pueda compartir.

2) ¿A qué se enfrenta la mujer joven que quiere hacer teatro en El Salvador?

Se enfrenta a retos que van desde elegir un lugar en donde ir a entrenarse actoralmente, hasta los estereotipos que existen que te dicen qué y cómo debe ser una «actriz». Creo también que hay mucha gente que duda de lo que hacés o piensa que tus procesos no son lo suficiente como para irte a ver al teatro.

3) ¿Qué le gustaría que dijera su epitafio?

No me había puesto a pensar esto nunca… quizás: «Luna, cuando vuelva hazme volar con el viento».

4) ¿Qué significa para usted la muerte?

Un paso inevitable de la vida, una transición que debemos aceptar. La muerte es una dama a la que respeto.

5) ¿Qué le cuesta trabajo en el teatro?

Lograr llegar sin gripe, alergia u otra enfermedad a las temporadas, últimamente ha sido un martirio.

6) ¿Qué consejo se daría?

Siempre carga tus hierbas para hacerte tés antes de función. Y tranquila, todo saldrá bien, confía en tu trabajo.

7) ¿Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

Mi familia, el amor y el trabajo con los colectivos teatrales.

«Caravana»

Ilustración de Moris Aldana
Un adelanto de libro de Alberto Pradilla

Salir de la clandestinidad y morir en la carretera

Hay policía. Allí adelante hay policía.

Kilómetro 238 de la carretera federal que une Tapachula con Huixtla, próximo destino de la Caravana.

Hay policía. Demasiada. Algo ocurre.

Sobre unos conos, la cinta amarilla. Esa maldita cinta amarilla que nos avisa que alguien ha muerto.

Y ahí está: en el carril de la izquierda, sobre el asfalto, cubierto por una sábana ensangrentada, un cadáver. Es un hombre, de entre 25 y 30 años, me dirá después un agente de la policía municipal de Tapachula, un tipo rollizo, de piel oscura y bigote, el único en la escena con ganas de hablar. Bajo la improvisada mortaja asoman unos tenis grises y unos pantalones vaqueros. Tras el rojo sucio de la sábana, una gorra.

Dicen que cayó del vehículo que lo transportaba. Nadie sabe si fue un picop, un camión o una furgoneta. Lo único seguro es que cayó y que el carro que venía después no alcanzó a frenar y lo arrolló. Dos doctoras de Médicos del Mundo que forman parte de una caravana de acompañamiento trataron de salvarlo. Pero llegaron tarde.

Pero nadie sabe bien qué sucedió más allá de esto:

Hay un muerto en la carretera.

Nadie se quedó para identificarlo.

El vehículo en el que se desplazaba siguió adelante.

El vehículo que lo remató siguió adelante.

Si la Bestia fue, por mucho tiempo, el símbolo de la migración centroamericana, los jalones son el símbolo de la Caravana. Y esta nueva Bestia no es un tren, pero igual va sobre ruedas y mata.

Hay un cuerpo sobre el asfalto y nadie ha venido a reclamarlo. Quizás el hombre viajaba solo. Quizás sus familiares estén más adelante. Puede, incluso, que viesen el cadáver cubierto por una sábana y continuasen porque podía ser cualquiera. Nunca pensamos que la tragedia va a golpearnos a nosotros.

Mientras los policías acordonan la zona, decenas de migrantes caminan por el arcén derecho. Algunos se quedan unos segundos, observan, y siguen. Otros no se detienen siquiera, mirada baja, paso apretado. La policía monta un pequeño retén y baja de los tráileres y camiones a las decenas de personas que se aferran a cualquier saliente para seguir la marcha. Tal y como viajan cargados los camiones, lo sorprendente es que no haya más cuerpos en el arcén. Acción preventiva, al menos de cara a la galería. No quieren otro muerto de hambre caído en la carretera, les echarán la culpa a ellos por no cuidarlos. Da igual. Dos o tres kilómetros después, cuando los agentes ya no estén, los vehículos volverán a llenarse de carne de viaje. Es eso o seguir caminando bajo el sol.

—Este es el sufrimiento que tenemos. Ese hombre se ha dejado la vida. Mire a mi hijo. Lleva calentura, fiebre. Está enfermo. Les pedimos que nos ayuden con transporte.

Javier Alejandro Higuera tiene 30 años, es extremadamente delgado y lleva un niño, el niño enfermo, en brazos. Avanza hacia la gasolinera Pemex ubicada justo unos metros después del cuerpo del migrante desconocido. La gasolinera es como un oasis en medio de la carretera que hierve. La caminata comenzó a mediodía. Tremendo error. El Hades debe ser más templado que este asfalto. Higuera me dice que no tiene dinero, pero que entrará a la Pemex de todos modos. Unos minutos para que el patojo aproveche el aire acondicionado. Hay muchos en su situación. Por suerte, en este lugar nadie te pide la billetera para ingresar.

Media hora después, el cadáver ya no está ahí. Los migrantes que llegan pasan por el lugar sin saber qué ocurrió. Si uno presta atención, observa una mancha de sangre en la carretera. Si uno no se fija bien, no ve más que una mancha oscura. Gasoil, pongamos. Pero es sangre. Es un muerto.

Es la una de la tarde del lunes 22 de octubre y es imposible sustraerse a que hace un calor de mierda.


Ilustración de Moris Aldana

Melvin José López Escobar

La víctima se llamaba Melvin José López Escobar; 22 años, de San Pedro Sula.

Melvin José López Escobar es el muerto en el camino. El cuerpo cubierto por la sábana y rodeado por la maldita cinta amarilla.

Hay costumbre de ver esas malditas cintas amarillas y los cuerpos cubiertos con sábanas en San Pedro Sula, en Ciudad de Guatemala, en San Salvador, en Tegucigalpa. Centroamérica es uno de los lugares más violentos del mundo. La gente convive con las escenas del crimen. De hecho, nadie quiere perderse una buena escena del crimen. Las cintas amarillas sirven para que los curiosos no terminen pisando el cadáver, o los charcos de sangre, o las huellas que dejó el asesino. Son un preanuncio de que algo pasó, para acercarse a echar un ojo y darle al chisme. Que quién es, que si alguien lo conoce, que si andaba en algo, que si no.

En este caso, sin embargo, nadie se detiene a ver el cadáver, a Melvin José López Escobar. Todos saben que es uno de ellos, intuyen que murió por sujetarse mal en un vehículo; certifican que, por pura probabilidad, cualquiera de ellos podría haber ocupado su lugar.

A nadie pareció ocurrírsele en el camino que podría morir gente por acelerar el paso. Que un auto que estaba allí para echar una mano –cobrando, sí, pero todo tiene un precio en una operación como la Caravana– podía ser portador de la muerte. Saliendo de Tapachula, muchas personas se han lanzado sobre cualquier vehículo con cuatro o más ruedas que pueda moverse. Hay carros que parecen un cajón de setas, la gente encaramada una sobre la otra. Otros se extienden todavía más hacia arriba como árboles formados por seres humanos encadenados. No hay saliente de un camión que no sea aprovechada para evitar caminar. He visto a varios jóvenes encajados en el espacio entre la cabina y el tráiler, a un tipo aferrado a la ventanilla del piloto con los pies casi colgando, adolescentes aferrados a una rueda de repuesto en los bajos de un tráiler sobrecargado.

Es una aritmética del riesgo. Han pasado por aquí cientos de camionetas, camiones y autos a reventar de gente. Pensar cuántos pasajeros permite la ley es un ejercicio académico ridículo. El peso duplica, triplica el reglamentario. Hay lugares de los vehículos en los que no está prohibido llevar pasajeros porque nunca nadie pensó que ese espacio podría usarse como cabina de transporte y que hoy no solo llevan pasajeros: van hinchados de ellos.

Las camionetas circulan con el culo tocando el piso y las ruedas delanteras casi saltando por los aires, como “low riders” de Los Ángeles.

Si Melvin José López Escobar está allí, si el muerto está ahí, cualquiera pudo estar ahí.


Ilustración de Moris Aldana

Fue esa mañana

el domingo 21 de octubre, cuando el éxodo se mostró en todas sus dimensiones. ¿De dónde salieron? Por la noche no parecían tantos. Según los datos del refugio para migrantes de Suchiate, citados por la agencia Efe, 7,125 personas cruzaron la frontera. De San Pedro Sula salieron 160 caminantes. La necesidad existía. Solo era necesaria una chispa. Puede ser que Bartolo Fuentes considere que este movimiento no concuerde con la idea original que había de la Caravana. Pero la marea sí que se adapta a la verdadera necesidad de la Centroamérica que huye: un corredor humanitario hasta la frontera de Estados Unidos formado por el único escudo del que disponen los desarrapados, sus cuerpos hechos multitud.

Es descomunal. Hombres, mujeres y niños que avanzan bajo un sol de justicia, pero sonrientes, aliviados por haber superado el primer gran obstáculo. A la altura de Metapa me subo a un puente de unos 10 metros de altura: no alcanzo a ver dónde termina la riada humana. Consigo convencer a un tuctuc para recorrer el camino inverso que transita el éxodo. Pasará media hora de ver caminantes de forma ininterrumpida hasta que desisto. No voy a ver dónde termina la Caravana. ¿Son 4, 5 mil, 7 mil? ¿O son 9, 11, 12 mil?

Entre Ciudad Hidalgo y Tapachula se ha instalado un pequeño retén policial. Hay cuatro picops de la Federal y dos o tres autobuses. ¿Pensaban meter ahí a toda la romería? Avanzo desde la frontera de Talismán, al este de Tecún Umán, y busco la cabecera. Es espectacular. Es una riada humana, cientos, miles de almas que caminan por el arcén derecho de la carretera. Ahora apenas pasan camiones o tráileres, así que hay que desgastar suela en el arcén. Los más avispados se suben en alguna de las combis que unen la frontera con Tapachula, aunque son los menos. Hay un par de gasolineras en el trayecto, pero hay desalmados o aprensivos que se han dejado llevar por los primeros mensajes xenófobos y las han cerrado por miedo a posibles saqueos. Los desmanes nunca suceden, pero el miedo y la ignorancia son atrevidos.

Es una marcha alegre, decidida, con paraguas para taparse el sol, bolsas de papas compartidas, botellas de agua que pasan de mano en mano. También es una marcha desconfiada, donde es difícil entablar conversación. Nadie se fía de un periodista. Dos días antes fueron gaseados y golpeados. La víspera desafiaron las leyes migratorias a bordo de góndolas hechas de neumáticos y trozos de madera. Hoy, expandidos e inmensos, caminan con la incertidumbre de si la Policía Federal o el INM tratarán de cortarles el paso y arrestarlos, como tantas veces ha amenazado Peña Nieto.

Pero no: nadie se va a interponer en su camino.
Hay vía libre.

Tal vez tanta visibilidad –la prensa empieza a llegar de todo el mundo– marque la diferencia e inhiba a los funcionarios. Esta gente existe. Podemos verlos. Todos pueden hacerlo. Y son muy humanos: 7 mil personas –la cifra que toda la prensa maneja de manera más o menos oficiosa– llevan varios días en tránsito, juntos, conviviendo, desde una nación en caída libre y nadie puede hablar de vandalismo, violencia, crímenes. La Caravana es bastante tranquila. Variopinta. Una Honduras –y luego también una Guatemala y El Salvador– en chiquito. Es un padre con su hijo sobre los hombros, protegido del sol por una toalla, como jugando al beduino. Un tipo que camina con una muestra de arreglos florales que trabaja con sus propias manos y que exhibe como prueba de que no es un delincuente. Es una mujer que abronca a un chavalo porque intenta colarse en el último espacio de un tráiler que hace tiempo que superó el aforo.

La Caravana ha sacado de la clandestinidad a los humildes. Parece que para ser definitivamente vista Honduras debía salir de Honduras. Honduras debía salir de su profundidad criminal a la superficie. Visibilidad.

Antes también migraban, solo que a escondidas. Hasta hace una semana, este camino se realizaba en pequeños grupos, individuos que se endeudaban para toda la vida intentando cruzar dos, tres, cuatro veces una frontera estadounidense cada vez más militarizada, fiando su vida a un coyote, a expensas del crimen organizado. Ahora, en cambio, se transita a plena luz del día, a la vista de todos. “No somos delincuentes”, se reivindican.

Este es el éxodo centroamericano en vivo y en directo, en toda su crudeza, 30 grados a la sombra.


Ilustración de Moris Aldana

La Caravana entra a Tapachula

Lenta como un gusano satisfecho. Tapachula –los vecinos– la mira desde las aceras y los jardines, por las ventanas de los autos que se detienen a observar, entre sorprendidos y extrañados. El parque Hidalgo es el destino final. Ahí comienzan a llegar los caminantes hasta que se desborda y entonces buscan otras plazas. Llegan caminando, en pequeños microbuses o en picops a los que han pedido raite. Esta palabra será clave: es la adaptación al castellano del inglés ride, paseo, y significa hacer autoestop, pedir jalón. Así llegan algunos a Tapachula, ciudad migrante, acostumbrada a los forasteros, pero que jamás vio un grupo tan grande como el que llega ahora.

Dice el largo Ayyi Collins, 23 años, de la bella isla de Roatán:
—La verdad, pienso que una parte de Centroamérica acaba de hacer algo que no se va a olvidar y que va a quedar en la historia, porque esto es internacional, todo el mundo lo está viendo y dice: alguien vino, llegó y se paró y tuvo cojones para enfrentarse a Estados Unidos, que es uno de los países más fuertes del mundo.

Dice Jonny Hernández, un grandulón de 30 años nacido y criado en Tegucigalpa:
—Esto es lo que pasa cuando se levanta una nación entera.
Le responde Ayyi:
—No solo los hondureños. Centroamérica, América Latina.

Muchas personas tienen mucha ira. Todas las personas que hay aquí, de Guatemala, El Salvador, Honduras. Todos tienen ira hacia el gobierno. Lo que estamos haciendo es bien grande, quedará en la historia.

El primero es un moreno espigado, de pómulos marcados y orejas pequeñas pero aladas. Habla mucho, tiene carisma, parece un cantante de rap con su gorro de lana calado. Jonny Hernández es oscuro, rotundo, viste camiseta negra y podría ser el guardaespaldas de su amigo rapero. Al final del intercambio, el grandote Jonny da la razón al flaco Ayyi. Los más pobres de una de las regiones más pobres e ignoradas del mundo sienten que están haciendo algo importante. Ahora sí, por fin, los están mirando. Es imposible no verlos.

Cientos, miles de seres humanos exhaustos, hambrientos, con llagas en los pies, quemados por la brasa del sol, esquivan las leyes migratorias y caminan, a pecho descubierto, por las carreteras mexicanas. La larga marcha centroamericana, ya de lleno en México, ha transitado los primeros 37 kilómetros entre Ciudad Hidalgo y Tapachula y de allí enfilado a Huixtla. Van subidos en las palanganas de los picops, en tráileres hacinados, camionetas de las que cuelgan piernas y brazos. Maleteros abiertos que llegan a albergar hasta cuatro personas. Y en el arcén, los que no alcanzaron a subirse a un vehículo. Mucha, muchísima gente. La mayoría. Lo que todos llamamos, en sí, la Caravana.

Al mediodía del domingo 21, Ayyi y Jonny caminan por una de las calles principales de Tapachula en las inmediaciones del parque Hidalgo, convertido en la nueva parada del campo de refugiados itinerante. Al trasiego habitual en la ciudad chiapaneca se le suman las gestiones vinculadas al éxodo. Hay que comprar ahora porque no sabemos cómo será el municipio en el que se acampe. Las tienditas se llenan de personas. Bienes básicos: chips, frijolitos, baterías Energizer. Llevar el celular con datos es uno de los fundamentos básicos de la Caravana, así que pronto se acaban las tarjetas SIM de Telmex. Para el resto, Dios proveerá.

Ayyi y Jonny caminan con pasos rápidos, dando saltitos. Están excitados. Preguntan por las otras caravanas. Se ha extendido el rumor de que hay más gente saliendo desde Honduras, de que otro grupo se organizó en El Salvador. Se sienten pioneros. A la caminata se le suma ahora otra de madres. Buscan a sus hijos desaparecidos mientras realizan el mismo trayecto que la romería del hambre. La caminata de madres es antigua, data de 2002, cuando un grupo de mujeres de El Progreso, en Honduras, comenzó a recorrer Centroamérica en busca de sus hijos a los que se los tragó la tierra rumbo al Norte. Esta es una ruta de sangre, levantones, secuestros, gente que salió y a la que no vuelves a ver. México es una jodida fosa común y los centroamericanos tienen un lugar reservado en sus necrológicas.

Nada es nuevo en esta ruta de la muerte. Aunque sí hay incógnitas. La tragedia, de hecho, es una.

Nunca antes un grupo tan numeroso había intentado cruzar Honduras, Guatemala y México. Conocemos los peligros habituales, pero no los que se derivan de la larga marcha de los pies doloridos.

Ajenos a esos peligros, Ayyi y Jonny siguen exhaustos pero orgullosos: han avanzado varias millas en México y la policía no los detuvo. Por ende, tampoco los deportaron: están más cerca que nunca de tocar el sueño americano con las manos. Pasar México –queda mucho, pero son entusiastas– era crítico. Y siguen aquí. A pesar de que el presidente Enrique Peña Nieto había asegurado, como si fuera un mandadero de Donald Trump, que la expulsión sería el destino de quienes entrasen de forma irregular.

—Nos conocimos en Esquipulas, Guatemala, el día en el que cruzamos la frontera. Le ayudamos a conseguir hotel al compañero.
—Venía con mi primo, pero ese jodío se me quedó atrás.
—Llegó él y, como los dos somos de color, creo que nos pudimos entender…
Los dos ríen.
—Usted ya sabe, que la sangre…
–y siguen riendo.
Tienen historias jodidas Ayyi y Jonny.
El primero lleva 13 años sin ver a su mamá, que vive en Carolina del Norte con sus seis hermanas. Trece añazos. Para un chaval de 23 años, más de la mitad de su vida consciente. A su padre lo desaparecieron en 2015. El tipo llevaba apenas seis meses en la calle después de una temporada a la sombra. No tuvo una relación muy estrecha con Ayyi. Quizás por estas carencias el joven se presenta como un tipo entregado, extrovertido y cariñoso. Se presenta como escritor, pintor y peluquero. Un puto hombre del Renacimiento.

El Norte: tercera vez que lo intenta, Ayyi. En la primera, en 2014, se volvió en Chiapas. No le quedaba una lempira, “y yo no soy de andar pidiendo”. En la segunda lo agarraron en Tamaulipas.
Todavía tenía ánimos para otro intento, este, por aquello de que a la tercera va la vencida.

Jonny comparte algarabía, aunque es más reservado que su compadre. Viene de la colonia 21 de Febrero, un arrabal de Tegucigalpa donde manda la Mara Salvatrucha. Tiene “tres cachorros” que viven en casa de la mamá de su exesposa. Ella está en España, la otra ruta del éxodo centroamericano. Su motivo para huir: económico. La violencia pesa, pero es secundaria. Tampoco es su primer intento. A mediados de 2018 fue arrestado por la policía mexicana en Ixtepec, Oaxaca, uno de los puntos donde los centroamericanos trepan a la Bestia. Las autoridades lo devolvieron de inmediato a Honduras.

Horas antes de encontrarnos, ambos abandonaban el parque de Ciudad Hidalgo cuando todavía era imposible ver nada sin linterna. El grupo había anunciado que saldría a las siete, pero a las cuatro de la madrugada la plaza ya estaba vacía. Salieron antes, dicen, por si acaso. Era un nuevo momento crítico. Desde 2006, el Convenio Centroamericano de Libre Movilidad permite a los habitantes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua transitar por estos países sin más requisito que su DPI. (Un número indeterminado de los integrantes de la caravana ni disponen de identificación ni la han tenido nunca). Pero eso servía unos kilómetros atrás, cuando aún no caminaban por México.

Ese trayecto entre Ciudad Hidalgo y Tapachula permitiría ver, por primera vez, el éxodo centroamericano desplegado en toda su extensión. Cientos, miles de personas caminando por el arcén derecho de la carretera. Una larga marcha de hombres, mujeres y niños enfrentándose al cansancio, las dudas, el hambre y el sol, que calienta como si alguien en el firmamento se divirtiese lanzando bolas de fuego.


Ilustración de Moris Aldana

Visibilidad

Lunes 21 de octubre. Diez de la mañana. Plaza Central de Tapachula. Anoche cayó una tormenta enviada por el diablo más Neptuno. La gente dormía en el piso y tuvieron que apretarse para aprovechar las áreas techadas. En la mayor parte del parque Hidalgo, como en el puente Rodolfo Robles, han surgido las improvisadas tiendas de plástico negro. Las conversaciones han variado: de explicar por qué dejaron su casa hemos pasado a preguntarnos cuál es el siguiente paso.

Estamos ante la primera conferencia de prensa de miembros de la Caravana. Los periodistas necesitamos algunas respuestas. En realidad, aunque eso no lo sabemos ahora, estamos ante una conferencia de la periferia de la Caravana. La larga marcha muta con los kilómetros. Fue una cosa entre Honduras y Guatemala. Ahora que ha entrado en México cambia su carácter. Tiene nuevos acompañantes. Es más política.
Habla Rodrigo Abeja, uno de los voluntarios. El tipo que conocí en Ciudad Hidalgo. Es un hombretón que se quiebra. Antes de que la voz se le haga pedazos tiene tiempo de relatar la historia del parque Hidalgo, donde nos encontramos. Habla de la obligación de “violentar nuestros cuerpos por un techo o un plato de comida”, los abusos sexuales que se producen en Tapachula a mujeres migrantes obligadas a prostituirse, y denuncia la responsabilidad de “criminales, policía municipal y autoridades migratorias”. No llega a terminar su discurso. Se retira entre sollozos. Todos aplauden.

Habla Elena Lourdes Urbina, una migrante hondureña con voz angustiada. Su hijo y su nieto están en alguna estación migratoria. Separados. Dice que los engañaron, que les prometieron una visa y terminaron encerrados. Pero eso es lo que dicta la ley migratoria. Quienes están en la plaza y avanzan por la carretera están rompiéndola.

Habla Denis Omar Contreras, un chaleco verde, 32 años. Contreras participó en iniciativas similares hace unos meses. Vive en Tijuana y dice haber sido deportado siete veces. Estaba en la frontera con Guatemala, megáfono en mano, arengando a la masa exhausta. También en Ciudad Hidalgo. Y en Tapachula, una localidad que conoce bien. Aquí está la Estación Migratoria Siglo XXI, la más grande de América Latina. O, hablando con más propiedad: aquí está la cárcel para migrantes más grande de América Latina.

Habla Irineo Mujica, director de Pueblo Sin Fronteras, arrestado en Ciudad Hidalgo el viernes y con prohibición expresa de abandonar el estado de Chiapas. “¿Quieren saber quién está detrás de la Caravana?”, grita. “¡El hambre y la muerte!”

Se suceden las historias terribles. “En nuestros países si nos rebelamos, nos matan”, dice Contreras. Para él, esto también es un levantamiento. Están escupiendo sobre las leyes migratorias de México.
Al margen de la Caravana, cada día entran en México cientos de migrantes centroamericanos. Antes se ocultaban. Ahora duermen en la plaza, dan ruedas de prensa, hablan con una avalancha de medios
internacionales. En esa nueva visibilidad radica su fuerza.

“¡Alerta, alerta, alerta que camina / la lucha del migrante por América Latina!”, claman. La consigna tiene mucha carga de profundidad. Tres décadas atrás, quienes coreaban una frase similar glorificaban a las guerrillas que combatieron en Centro y Suramérica: “Alerta, alerta, alerta que camina / la lucha guerrillera por América Latina”. No hace mucho el chavismo la tomó para sí –“la espada de Bolívar por…”– e incluso el feminismo –“la lucha feminista…”– y los estudiantes —“la lucha estudiantil…”–. Ahora es el propio éxodo el que se reivindica. Han dado por desahuciados a sus países.

Visibilidad, entonces. Estamos en la plaza central de Tapachula y la larga marcha se despereza. Ha tocado el mediodía. Es la peor hora que podían escoger para ponerse en marcha. Como mirar al sol a la cara y retarle con los ojos bien abiertos. Parece que los edificios fuesen a derretirse y que el olor de todos estos seres humanos obligados a enfrentarse a los elementos sin un techo o un baño haya formado un esmog ácido.

Avanza Omar Contreras con el megáfono, rodeado de caminantes. El parque Hidalgo de Tapachula se ha inundado de seres humanos con pequeñas maletas y mochilas. Veo a un grupo de menores de edad atados con un cordel, todos detrás del único hermano que supera los 18. La postal ya clásica de padres montando a sus hijos en los hombros. Jóvenes ayudando a viejos. Mujeres auxiliando a madres. De repente, una mujer se desmaya. El primer desfallecimiento de la jornada y la caminata apenas lleva 100 metros. Hay tanta gente que los servicios médicos no tienen por dónde acceder. La mujer está en el suelo y la gente pasa a su lado, sin detenerse. Nadie, absolutamente nadie, ha hecho ademán de quedarse. Solo una periodista. Pienso, extraviado, que es como la primera línea de combate en la Primera Guerra Mundial: sigue caminando; eso quiere decir que no eres uno de los caídos.

Ya en las afueras de Tapachula, la Caravana se expande. El monstruo en toda su extensión, otra vez. Son cientos, miles de hombres, mujeres y niños a lo ancho de la carretera. Provocan un caos en la circulación. No parece que los policías hayan previsto esta locura. Hay vías de acceso colapsadas y una carretera casi intransitable en la que se cuelan los camiones que serán utilizados como plataformas de transporte. Por ahora nadie se niega a dar jalón. Poco a poco, el éxodo se ordena a sí mismo. Los caminantes, por la derecha, buscando la sombra. Por la carretera, vehículos donde no cabe un alma. Siete personas en un taxi. Treinta en un picop. ¿Cuánta gente puede llegar a colonizar un camión de mercancías?


Ilustración de Moris Aldana

Unas horas de marcha

Y el calor es abrasador, apenas se ven nubes. Por la carretera, ni una sombra. El sol cae en picada como si quisiera matar a todos con hervores o con hartazgo.

Visibilidad. Caminata. El Norte como destino. El sueño. De lanzarse al “sueño americano” sabe Nerly César Padilla, 20 años, de Trujillo, un enclave turístico en el caribeño departamento de Colón, la ciudad más antigua de Honduras. El chico camina en chancletas —“Los zapatos pesan mucho, esto es más desahogado”.

Nerly no tiene un gramo de grasa y camina como si en lugar de una marcha migrante se tratase de un paseo dominguero en el Caribe. Todo tranquilo. Siempre tuvo el sueño americano en la cabeza. Una obsesión recurrente. Le ocurre a muchísimos centroamericanos. La espinita que no se quita hasta que has hecho la maleta. Nerly ya intentó cruzar al Norte hace cinco años, a los 15. No llegó: lo agarró la Migra en Sinaloa. Los niños de la crisis de 2014 son ahora jóvenes en edad de trabajar y en Honduras no tienen chamba. Así que vuelven a realizar el mismo camino, esta vez, en caravana.

—¿Cómo se siente formar parte de un movimiento que hace historia? –pregunto.
—Por una parte, decepción, porque tener que salir de su país no es muy bueno, pero ni modo, tenemos que hacerlo porque allá no podemos vivir. Echarle ganas, unirnos entre todos, darnos fuerzas, ayudarnos. Sí, la larga marcha puede ser todo lo épica que uno quiera, pero, al final, dejar atrás tu casa no es algo que le agrade a nadie.

El pobre Nerly no la pasó bien en su anterior ocasión en México. Dice que la zona estaba “caliente”. Sinaloa, nombre irremediablemente asociado con el narcotráfico, era entonces dominio de Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”, todavía al frente del mayor cartel del país. México es una sangría desde 2006, cuando el entonces presidente Felipe Calderón declaró la guerra contra el narcotráfico. Una guerra sin trincheras que sembró de cadáveres la nación. Al menos 200 mil muertos y más de 35 mil desaparecidos. Y ahí estaba Nerly, en medio de la tierra caliente.

—Vine en puro tren. Me golpearon, ¿sabe? Y me agarraron. Aún pude trabajar un mes –dice. Trabajo infantil de un niño centroamericano de 15 años a cientos de kilómetros de su casa. Trabajo infantil en tierra del narco. Muy jodidas tenían que ser las condiciones en Trujillo para que el trabajo infantil en la tierra del “Chapo” Guzmán en mitad de la guerra entre carteles y el Estado fuera mejor opción.

Me quedo con ganas de preguntarle más.
La conversación se interrumpe.
“¡Se desmayó alguien, se desmayó alguien!”
Otra mujer está desvanecida, ahora a una orilla de la carretera. Es delgada, casi pelleja, entrada en años, o eso creo. Un grupo de hombres se acerca a echar una mano. Uno la sujeta, pero su cabeza se ladea. “¡Denle aire, denle aire!” El primer desmayo del lunes había tenido lugar un minuto después de que la Caravana saliese del parque de Tapachula. Habrá muchos más. Caminar 30 y tantos kilómetros durante las horas en que más pega el sol –cuando ese disco dispara balas y no rayos sobre la cabeza– quizás no era tan buena idea.

Para el caso, tampoco lo es subirse a una camioneta repleta y acabar con el cráneo roto a la vera del camino. Pero ¿qué de todo esto es buena idea? La Caravana es lo que hay, porque todas las otras ideas –quedarse en Honduras, enfrentarse a Honduras– eran peores. Como Nerly de esclavo infantil en la Sinaloa del “Chapo”.
De hecho, no es ninguna buena idea caminar por México, una fosa común. Ni siquiera sabemos cuántos centroamericanos se han dejado la vida en el peligrosísimo tránsito hacia Estados Unidos por las carreteras de este país. Las amenazas son inenarrables: perder un miembro o dejarse la vida en la Bestia, ser asaltado, que te secuestre un grupo criminal, que un cartel te convierta en esclavo, que ese mismo cartel te ejecute, te meta en una fosa común o te haga desaparecer en ácido en alguna de las cocinas ideadas para que no quede rastro de los cuerpos.

En la Caravana he escuchado historias de levantones de 100, 200 migrantes. Pero esto es mastodóntico. Si el cartel de Sinaloa, o los Zetas, o el cartel Jalisco Nueva Generación quisiese probar un levantón general debería desplegar un ejército. No es que no lo tengan, sino que deben desplegarlo. Esta visibilidad parece una buena protección ante determinadas amenazas. Claro, no contra todas.

Melvin José López Escobar, por ejemplo, pensó que viajaría más seguro en un picop y se convirtió en el primer mártir de la Caravana.


Marvin Hernández

Camina por el arcén entre Tapachula y Huixtla empujando un carrito donde viaja sentado su hijo, Ezequiel, que pronto cumplirá tres años. Con una toalla ha improvisado un toldo para evitar que el pequeño se queme. Se le escucha llorar. Hace muchísimo calor y el niño se resiente. Normalmente, los padres que empujan carriolas con sus niños se encuentran en los parques, y no avanzando por una carretera que hierve, con la certeza de que la próxima parada será para dormir en el suelo.

Hernández repite el discurso común:
—Pedimos un camino solo para recorrer. No somos criminales, seguro que se cuelan dos que tres, pero somos personas que queremos tener derecho de sobrevivir.

El hombre, con perlas de sudor bajo la nariz, dice que existe una gran diferencia entre cómo se ha migrado hasta ahora y la Caravana, que lo ha cambiado todo.
—Aquí me siento seguro. Con coyote nos exponemos. La cantidad de dinero que ellos piden no está a nuestro alcance.

A su paso, un colectivo mexicano ha instalado una especie de mercadillo de ropa para que los migrantes agarren lo que necesitan. La gente pasa, agarra una prenda, si es que realmente la necesita, y sigue adelante. Nadie se va del mercadillo con las manos llenas. Por delante hay sol y kilómetros y es imprescindible caminar ligero. Útiles imprescindibles: paraguas, para el sol; silletas, para cargar con los niños. Ese mismo día, domingo 21 de octubre, mismo tiempo que Hernández empuja la carriola del pequeño Ezequiel, el presidente estadounidense Donald Trump incendia Twitter diciendo que en la Caravana viajan criminales y gente de Medio Oriente.

Lamentablemente, parece que la policía y los militares de México no pueden detener a la Caravana que se dirige a la frontera sur de Estados Unidos. Delincuentes y desconocidos de Oriente Medio están mezclados. He alertado a la Patrulla Fronteriza y al Ejército de que es una Emergencia Nacional. ¡Deben cambiar las leyes!

No hay un solo viajero desconocido de Medio Oriente en esta marcha. Ellos ya tienen su propio éxodo desde 2011, cuando comenzó la guerra en Siria. No necesitan llegar hasta aquí. Y también caminaron, por cientos de miles de kilómetros a través de Europa en el verano de 2015. ¿Recuerdan al pequeño Aylan, el niño de dos años ahogado en el mediterráneo? No, no hay criminales y desconocidos de Medio Oriente en la Caravana: aquí también se huye. No de las bombas, sino de la extorsión, el sicariato y el hambre, otra forma de violencia.

Hay un ejército de silletas en los arcenes de la carretera de Chiapas, eso es lo que hay.

Caminando junto con un padre abrasado que carga con su hijo y que ha dejado a otros tres en Tegucigalpa, pienso que salir de la clandestinidad es lo mejor que podía haber pasado.

Hernández, con su gorra y su paso tranquilo y una forma de expresarse tan clara, deja una reflexión universal.

—La idea de todo migrante es llegar. Sea como sea. Nos detienen y volvemos. Nos detienen y volvemos.

En esta ocasión lo hacen a la vista de todos.

«Tenés que aprender a ser autónomo con tu hacer»

​​​​​​​¿Qué es lo que necesita en este momento?

Un deseo. Que el ser humano aprenda del ser humano.

Actualmente, ¿cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

La honestidad.

¿Qué obstáculos ha encontrado en su camino?

Conocerme a mí, descubrir cómo soy y seguir intentando descubrir quién soy.

¿Qué consejo se daría?

«Tenés que aprender a ser autónomo con tu hacer, desprenderte de comportamientos conformistas, con pobreza mental y emocional, para seguir construyendo tu camino».

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Sigue siendo cada día apostar por lo que anhelo realizar, arte.

¿Cuál es su posesión más preciada?

El conocimiento que día a día voy adquiriendo de mi realidad y la realidad que me rodea.

¿Cuál es su miedo más grande?

Que mi mente y cuerpo me falten.

«Liderar una orquesta no había estado en mi lista de propósitos para el futuro»

​​​​​​​¿Qué es lo difícil de hacer música en El Salvador?

En el sentido de tocar un instrumento, cantar o interpretar una serie de sonidos coordinados en el tiempo es relativamente fácil, lo difícil es llegar hasta allí y tener una audiencia que aprecie lo que estás haciendo.

¿Años atrás se veía formando una orquesta con personas de su generación?

Inicialmente, liderar una orquesta no había estado en mi lista de propósitos para el futuro.

¿Hay algo que de tener más/menos marcaría alguna diferencia en su vida?

Me encantaría tener mucho más tiempo para trabajar más por la música y seguir expandiendo el legado de nuestros artistas por todo el país.

¿Cree que es importante tener un empleo estable?

Por supuesto. Aunque todos tenemos sueños y metas por cumplir es importante tener una base firme y una fuente de ingresos para construir el camino hacia donde queremos llegar.

¿Su músico favorito?

El maestro Esteban Servellón.

Actualmente, ¿cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

Dentro del contexto de la música creo que la virtud más sobrevalorada es el nivel técnico del músico.

Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?

Su capacidad para cuestionar al mundo y detenerse a encontrar lo bello hasta en las cosas más pequeñas.

Trabajo le abre las puertas a personas con autismo: estas son sus historias

En su último trabajo, Kevin Berrocal fue despedido a la semana de haber empezado. Era en un centro de llamadas y dice que la causa de su separación fue por «problemas de comunicación con las personas». Él tenía 17 años, cuatro antes lo diagnosticaron con autismo.

«Cuando supe que estaba dentro del espectro autista fue muy raro, en mi mente colegial pensaba que iba a tener ayudas y que mi vida iba a ser más fácil. Luego, me di cuenta de que no era así. Ese orgullo se convirtió en vergüenza y yo quería esconderlo. Eso me pasó en mi trabajo pasado, sabía que tenía deficiencias a la hora de hablar y socializar; trabajar con personas enojadas en un teléfono, me hizo pensar que no era capaz de mucho», cuenta Kevin, quien tuvo su primera experiencia laboral al salir de un colegio técnico, hace tres años.

Desde hace cinco meses, Kevin, de 20 años, es parte de la planilla laboral de Procter & Gamble (P&G). Él y cinco jóvenes más, todos dentro del espectro autista, fueron contratados para trabajar en el departamento de Tecnologías de la Información.

«En esta empresa volví a recuperar la confianza en mí mismo dentro de mi propia condición. Mi experiencia es preciosa. Nunca me había sentido tan querido en toda mi vida. (…) Uno se siente apreciado y que puede generar valor. No nos sentimos que estamos por mero programa de diversidad o para llamar la atención, sino que aprovechan nuestras habilidades para generar valor a la empresa», admite el estudiante de ingeniería informática.

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición caracterizada por un desorden del desarrollo de las funciones del cerebro. Quienes la presentan tienen una interacción social limitada y problemas con la comunicación verbal y no verbal, aunque algunas personas logran mayores desarrollos sociales que otras. Los síntomas usualmente comienzan a presentarse en los primeros dos años de vida.

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) estiman que en el mundo hay más de 70 millones de personas con TEA. En Costa Rica no hay datos oficiales, pero se habla de unas 64,000 personas, publicó La Nación en el artículo Tras la genética del autismo: no solo se trata de cuáles genes se tienen, también de cuáles están ‘trabajando’.

“Mi mamá siempre tuvo la impresión de que conmigo pasaba algo distinto. Yo no era igual a mis hermanas. A mí me diagnosticaron a los 17 años, a las mujeres cuesta más diagnosticarlas; cuando recibí la noticia fue una extraña confirmación de que yo tenía algo de aquello que había leído (un artículo acerca de autismo) cuando tenía 15 años”, dice Caterina, hoy con 26 años. “Durante los primeros tres años del diagnóstico, no me gustaba ser diferente”, añade.

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GANAR-GANAR

De los 1,500 colaboradores que P&G tiene en Costa Rica, seis de ellos son personas con autismo. Fernando Calderón, gerente de comunicaciones de esta compañía, dice que emplear a estos hombres y mujeres es parte de «los esfuerzos corporativos de diversidad e inclusión» de la empresa, aunque es honesto al afirmar que para la compañía existe un interés adicional por las habilidades específicas de estos chicos.

«Nos interesamos en personas dentro del espectro autista básicamente porque es un tema de reconocer las destrezas que estas personas aportan al lugar de trabajo. Es superinteresante cuando se analiza y se sienta a ver el tipo de habilidades que tienen, hacen muchísimo sentido con el trabajo que nosotros desempeñamos en el centro de servicio», cuenta Calderón.

El gerente de comunicaciones dice que los nuevos empleados de la compañía son personas enfocadas y analíticas. Agrega que esta última destreza es, actualmente, muy buscada a nivel corporativo.

«Tienen una apreciación muy especial por los sistemas, por la tecnología y por los patrones. Son personas que pueden ver un proceso y analizarlo; tienen un potencial inmenso. Entonces ahí hay un interés de negocio, es un ganar-ganar, estas personas verdaderamente están creando valor para el negocio», explicó Calderón.

Sin embargo, más allá de la política de diversidad e inclusión, hay un importante detalle en el nacimiento de esta práctica: Laura Becker, gerente de todos los servicios globales de P&G, es madre de un adolescente con autismo. Ella envió una carta a los centros de servicios con la propuesta y Costa Rica alzó la mano para asumir este proyecto, explica Marcela Lizano, directora del recién implementado programa de neurodiversidad de P&G.

Lizano comentó que para implementar este proyecto «se lanzaron al agua», ya que no conocían demasiado sobre el autismo. «Conocer más de autismo rompe barreras, 25 personas de la empresa, quienes no tienen ninguna relación afectiva con personas con autismo, se unieron a este programa de la compañía. Hay cultura de inclusión en la empresa; de nada sirve contratarlos si el resto de la compañía no está alineada», afirma.

Agregó que «se ha normalizado» que las personas dentro del espectro autista no pasen entrevistas de trabajo, ya que algunos postulantes «no hacen contacto visual o se les dificulta hablar de situaciones futuras». Por esa razón, P&G contrató a Specialisterne, una empresa de reclutamiento especializada en inserción laboral de personas que están dentro del espectro autista.

«El proceso consistió en hacer una prueba con lego, ellos tenían que armarlo y programarlo. Veíamos cómo pedían ayuda, cómo interactuaban. Luego se hizo una pequeña entrevista, pero esa no era la base. Era para conocerlos. El proyecto inició como plan piloto de contratar cinco chicos, al final contratamos seis», explicó Lizano, quien asegura que el plan es contratar, en los próximos tres años, unas 15 personas con autismo, lo que significaría el 1 % de su planilla actual.

Lazos. En cinco meses, los jóvenes han forjado una relación estrecha. Todos los días almuerzan juntos y se apoyan entre sí.

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CATERINA

Caterina Carboni encontró en los vistosos accesorios de gatos o animes la forma para comunicar su personalidad. Tres años después de ser diagnosticada con autismo, al fin pudo ser ella misma.

«Mi mamá siempre tuvo la impresión de que conmigo pasaba algo distinto. Yo no era igual a mis hermanas. A mí me diagnosticaron a los 17 años, a las mujeres cuesta más diagnosticarlas; cuando recibí la noticia fue una extraña confirmación de que yo tenía algo de aquello que había leído (un artículo acerca de autismo) cuando tenía 15 años», dice Caterina, hoy con 26 años. «Durante los primeros tres años del diagnóstico, no me gustaba ser diferente», añade.

Hoy Caterina se siente bien. Utiliza vistosos accesorios, como el gran gato que cubre su celular. Esta estudiante de ingeniería en informática se muestra tal cual. Es risueña y divertida.

Caterina es una de las personas dentro del espectro autista que entró a trabajar en el proyecto de P&G. En este lugar se siente cómoda porque puede ser auténtica. Siempre.

«Me suelto y dejo que mis cosas salgan. Yo antes las escondía. Me he hecho amiga de bastante gente de aquí. Ven mi taza de gato y se acercan a hablarme. Antes trabajé en un call center y no fue bonito. Esa situación social no es buena para nosotros los autistas. Era vivir constantemente con presión. Eso me deterioró un poco», dice.

En casa, Caterina encuentra comprensión de su mamá y hermanas. Hay un vínculo con su padre muy fuerte, pues ambos se comprenden del todo, ya que él también está dentro del espectro autista. Luego de que Caterina fue diagnosticada, él también (en ese momento tenía 50 años).

«Mi trastorno tiene que ver con genética. El doctor me lo explicó y nos dimos cuenta de que venía de mi papá. Sin saberlo, mi papá y yo ya teníamos ese vínculo y la gente decía que nos parecemos. Él sin saberlo pasó cosas que yo estoy pasando ahorita y me dice: ‘vos entendés’».

Caterina destaca que las personas con autismo «son como todo el mundo», con facilidades para unas situaciones y dificultades para otras. Su padre es abogado y ejerció, ella pronto se graduará como ingeniera.

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JOSÉ PABLO

José Pablo Abarca no es «creído ni grosero». Tampoco es «poco inteligente». Este muchacho, de 27 años, hace la salvedad porque, por su forma de ser, muchas veces le han juzgado de manera errónea. Es alto, amable y educado.

«Como no soy fluido hablando, asocian eso a que no soy inteligente. Mi cerebro funciona más rápido que mi boca. Tengo que pensar cómo decir lo que ya estoy pensando e ir pensando en lo siguiente mientras lo voy diciendo. Las personas con autismo no somos groseras ni creídas. Solamente a algunos nos incomoda un poco socializar, pero no es por ser groseros», cuenta.

José Pablo fue diagnosticado con autismo a los 14 años. Sus papás notaron que «no socializaba como los demás». Él y su familia vivieron por más de una década en Estados Unidos, pero fue en Costa Rica donde un especialista le dijo al entonces adolescente que tenía Asperger, condición que está catalogada como un trastorno dentro del espectro autista.

«Yo siempre entendí quién era yo. Quería que mis padres comprendieran por qué yo no era como los demás, mi forma de ser no era por mi propia decisión, es algo con lo que nací; luego, ellos comprendieron y respetaban mis características y me apoyaban», cuenta.

José Pablo estudió informática empresarial en la Universidad de Costa Rica. El año anterior buscando trabajo topó con la oferta de P&G y decidió inscribirse. Gracias a su rol diario, José Pablo ha desarrollado más la lógica de programación a escenarios de la vida real. Se siente cómodo con su equipo y en el entorno laboral.

«Las personas son respetuosas, me gusta. No se escucha el lenguaje de la calle. Aquí me han tratado bien. No socializo mucho, pero si necesitan que interactúe me dicen, si necesito alguien que me acompañe, siempre hay alguien. Con los compañeros de autismo me siento más cómodo. Tengo más confianza. Con los demás empleados ellos son respetuosos, yo no soy muy bueno hablando, entonces, cuando no sé cómo expresarme de alguna forma, mis compañeros me ayudan a hacerlo», comentó.

Socializar no es su más grande virtud, pero de ello, José Pablo ha sacado un provecho: se ha enfocado en los estudios y dice que tiene habilidades en lógica y matemática.

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NATALIE

Natalie Meza pasó casi 30 años de su vida cuestionándose qué pasaba con ella. Hasta el año anterior la diagnosticaron con Asperger (condición dentro del espectro autista) y comprendió por qué durante tanto tiempo se le dificultó tanto «interactuar con los demás».

«Ya con un diagnóstico empecé a entender qué pasaba conmigo. Ni mi familia ni yo entendíamos, ahora que se sabe mucha gente es más comprensiva, ya se entiende por qué soy de una manera», dice.

Natalie estudió ingeniería en sistemas y diseño gráfico. Todo el año anterior estuvo buscando trabajo y no halló. Antes estuvo en un centro de llamadas y la experiencia no fue buena, también tuvo empleos en los que no fue remunerada.

«Creo que no encontraba nada por mi condición. Estuve en un call center y me despidieron rápido. No tenían paciencia con la condición de uno. A este nuevo trabajo (en P&G) me he ido adaptando. Nos tratan bien. No hay groserías ni discriminación. Uno se siente bien. Cada uno tiene su espacio. No soy de hablar mucho, pero me gusta el hecho de que eso lo respetan. Aquí me ayudan a aprender. Sin apoyo uno se siente solo y es difícil», explica la colaboradora, de 31 años.

Natalie invita a la población a interesarse más en temas relacionados con el espectro autista para que así «no tengan prejuicios ni ideas». Ella también destaca que quienes tienen esta condición «son personas, seres iguales a los demás y con las mismas capacidades de hacer lo mismo que cualquier otro».

“Se ha normalizado” que las personas dentro del espectro autista no pasen entrevistas de trabajo, ya que algunos postulantes “no hacen contacto visual o se les dificulta hablar de situaciones futuras”. Por esa razón, P&G contrató a Specialisterne, una empresa de reclutamiento especializada en inserción laboral de personas que están dentro del espectro autista.

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JORGE

Para Jorge Monge su condición no es una desventaja, como «muchos lo pueden llegar a creer». «La gente escucha autismo y de inmediato brincan a un estereotipo», dice. Él tiene 20 años y sobresaliente oratoria. Esta feliz de trabajar en un lugar en el que «es tratado igual que los demás».

«Uno de esos estereotipos dice que las personas autistas son tan exageradas como el personaje de Sheldon Cooper (de la serie The Big Bang Theory y con características de personas dentro del espectro autista) y muchos creen que nosotros somos así. Dicen que somos raritos, que nos volvemos locos si nos salimos de la rutina, hay quienes dicen que somos agresivos, me he encontrado con personas que dicen que somos retrasados», relata.

Jorge ha estudiado ingeniería informática, ingeniería aplicada a la mecánica y actualmente cursa animación digital. Se considera una persona elocuente y le gusta mucho socializar, característica que, él resalta, no es muy común dentro del espectro.

En su trabajo en P&G, Jorge ha destacado por ser muy enfocado en sus objetivos. También dice que le gusta ser «un tipo de puente» para que exista una comunicación más eficaz entre sus compañeros de equipo y los neurotípicos.

Jorge fue diagnosticado a los cuatro años, desde entonces sus padres se enfocaron en darle una enseñanza basada en la adaptación. «En mi casa nunca vimos esto como enfermedad, sino como algo extra».

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JUAN JOSÉ

A los 25 años, Juan José Sibaja olvidó cómo caminar. Hoy tiene 35 y recuerda cómo durante su vida siempre «tuvo diferencias, problemas y maneras de ver el mundo». Prefiere no entrar en muchos detalles, no obstante, cuenta que había «muchas cosas que no controlaba». Hace algunos meses lo diagnosticaron dentro del espectro autista.

«Cuando cumplí 25 años empecé a estar más depresivo y ansioso, siempre he sido así pero se empezó a ver más. Quise ir a verme con un doctor una vez que se me olvidó caminar, en esa época fui con conocidos, amigos de infancia, uno me dijo que podía tener Asperger, eso fue en 2011, en ese tiempo se le llamaba así a la condición que hoy está incluida dentro del espectro autista. Ya el año pasado pude hacer las pruebas para confirmarlo, yo necesitaba algo oficial», cuenta.

Juan José es productor audiovisual y el año anterior se quedó sin trabajo; dice que «la mente ya no le estaba funcionando» para su labor y en eso conoció la posibilidad de postularse para trabajar en P&G. En este proceso ha aprendido rápido y «hace lo que tiene que hacer», siente afinidad por las tecnologías de la información, un factor importante pues dice que «obligarse a hacer algo con lo que no haga clic» es contraproducente para la salud mental de cualquier persona.

«Nunca había estado interactuando con otras personas dentro del espectro; muchas veces, cuando uno crece dentro del espectro sin saberlo, hace cosas para poder encajar en ‘lo normal’ de la sociedad, uno bloquea cosas que uno tiende a hacer para tranquilizarse (solo para encajar), por ejemplo, uno (las personas dentro del espectro autista) tienen mucha energía, es clásico que dicen que los autistas mueven la mano, y es básicamente para liberar energía que está sobrando. O mover la pierna porque se está ansioso. Yo antes bloqueaba eso, ahora no tanto», dice.

Hoy Juan José se siente «más libre». Poco a poco ha dejado lo que llama «una máscara de (persona) normal» y se da permiso de hacer lo que le gusta.

Una firma con apertura. La firma P&G está ubicada en Forum 1, en Santa Ana, Costa Rica. / Espacios. Natalie Meza prefiere tener un espacio personal para trabajar, gracias a ello se concentra mejor. / Especialización. Los jóvenes con diagnóstico de autismo trabajan en el Área de Smart Automation (Automatización Inteligente).

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LÍDER CON ESTRELLA

Vernon Hilarion es el líder, o como lo llama su equipo, el mánager de los colaboradores con autismo. Ellos resaltan la labor de su jefe, quien presta cuidado incluso a detalles que puedan alterar la rutina de los chicos, como el hecho de permitirles que rechacen una reunión cuando se convoca a la hora en la que ellos tienen programado su almuerzo.

«En el grupo, recibimos solicitudes de automatización de procesos y desarrollamos la ejecución. Para mí, no existe ninguna diferencia en cuanto a cada uno de los individuos. Ellos están dentro de un espectro, pero hay personas que tienen mil situaciones en su vida, también hay que entenderlos y dar un liderazgo diferente dependiendo de la situación en la que se encuentren. Ellos seis son diferentes entre sí. Se les asignan tareas o se les da el feedback (retroalimentación) de manera diferente a cada uno», cuenta.

El mánager de TI (tecnologías de la información) dice que su equipo tiene capacidades muy buenas, entre ellas, la concentración y la forma en la que prestan atención. Incluso los cataloga como empleados «perfectos», pues llegan, ejecutan su tarea y se van.

«Difícilmente se quejen por algo. Ser mánager de ellos es muy fácil porque usted va a esperar la verdad de ellos. El feedback va a ser transparente. No tengo que preocuparme de que hablen a mis espaldas. Si una instrucción no es clara, ellos se aseguran de haberla entendido antes de ejecutarla. Todos somos seres humanos, siempre es importante que haya inclusión general. Este es un equipo de personas neurodiversas, liderado por un afrodescendiente y con dos mujeres ingenieras que cuesta conseguir».

«De los problemas de enamorarse»

Ilustración de Moris Aldana
Portada de libro

 

 

“Wenceslao”

Wenceslao es mi hijo no nacido. O lo era. Con el avance de la defensa de la vida, una puede nombrar a sus hijos no nacidos y asentarlos en el registro civil. Un Wenceslao Escoto está esperando nomás el soplo de la vida. Para hacerlo más tangible, hice una figurita de barro. Por aquello que quiero que esté en contacto con sus raíces. Pero también quiero que tenga un poco de agencia. Porque creo un poquito en las teorías de alcance medio de la sociología. Entonces, espero y espero que llegue su soplo de vida y, con él, que cumpla mis sueños de mujer: ser madre.
Ayer nos reunimos las Madres Ideales (MI). Es un grupo de mujeres que amamos a nuestros hijos no nacidos y exigimos que se les reconozca como tales, con ganancias en el registro civil; aún nos falta que nos los acepten en las matrículas escolares. Pero la discusión se centró en que casi ningún hijo ideal tiene padre y eso nos preocupa. Verán, los padres son importantes, sobre todo en mi caso. Es niño. Y como niño, Wenceslao debe tener un modelo afectivo de varón. Alguien que le enseñe a ser un hombre, y eso solo lo puede hacer otro hombre. Discutiendo esto, le expliqué a mis cotertulianas que pensáramos cómo hacer para que los padres de los hijos no nacidos se hicieran cargo. Porque los preparativos para las vidas que aún no existen son agotadores y necesitamos ese apoyo emocional.
“Necesitamos un decreto”, dijo Josefina, madre de la no nacida Teresa. “Necesitamos una reforma agraria, además”, explicó. Yo no entendí mucho. Pero ella dijo, que así como yo tenía mi muñequito de barro, cada quien debía tener su parcelita para tener sus muñequitos y su maíz. Por aquello de esperar los milagros. Yo asentí. Mientras tanto, Aurelia, próxima madre de Joselito, explicaba que lo que necesitábamos era tener miembros hombres en el grupo.
Aurelia increpaba en este tema, pero todas reíamos. Porque los hombres no tienen mucho que ver en la producción de la vida. Quizás un momento efímero, pero hasta ahí. En eso vimos que Wenceslao empezó a moverse. Nos dijo que él también soñaba con tener hijos. Hijos no hechos de barro. Que ser de barro le molestaba un poco. Pero que seguro vivir en cuerpo humano no estaba mucho mejor. Así que le parecía una opción viable. Que de donde venía había un comité especial de padres futuros. Y que no se solucionaban las cosas. Que precisamente yo, no era la mejor madre, pero que qué se le iba a hacer.
Un poco triste, porque me gusta ser la mejor en todo, le dije que estaba bien. Que decidiera quién fuera su madre. Total, aún no ha nacido. Wenceslao me dijo que el asunto es que quería dos padres. Me sentí contenta porque, por lo menos, tendría varones a quienes admirar. Y sería doblemente hombre. Aurelia se llevó a Wenceslao, pues le dijo que tenía muchos amigos dispuestos a ser alguno de sus padres.
Josefina, por su parte, definió que mañana nos reuniremos a discutir la reforma agraria de las ciudades que queremos tener. Esa locura. Seguro no vendré.

 

“De los problemas de enamorarse de hombres que tienen bonita letra”

Un día de tantos pensé que era bueno retomar buenas costumbres. Por ejemplo, empezar a dejar notas de agradecimiento escritas de mi puño y letra. La gente se asombraba mucho cuando, después de una cena o una reunión informal, una pequeña nota en sepia –había que darle dramatismo al asunto– aparecía en sus escritorios. Algo así como una nota sacada de otra época. A mí me gustan los viajes en el tiempo, y por qué no agradecer a la gente con un poco de cuántica barata y accesible.
Así fue como me hice popular en las fiestas. Un día se me ocurrió que además de dejar notas en los escritorios ajenos podía organizar una fiesta y tener comensales. Y preparé mi casa con una selección de vinos, quesos, cervezas y demás. Un poco de música. Nada muy elaborado, pero nada muy informal. La fiesta fue un mediano éxito. La gente reía. La gente me daba abrazos al despedirse. Y al día siguiente yo tenía varios sobrecitos cuánticos encima de mi escritorio.
Entre tanto agradecimiento, logré observar una nota que decía algo tan simple como “muchas gracias, estuve encantadísimo de asistir a tu fiesta, espero se vuelva a repetir”. Pero la caligrafía era muy bonita. No femenina como de escuela de monjas, no redondeada como sacada de una versión muy horrible de la comic sans, sino más bien una letra donde las efes, las eles y las erres sobresalían; las as, las os y las des tenían una forma elíptica hacia arriba; y, lo más bonito eran las qus, las jotas, las pes, las ges y las y-griegas, con una manera de apuntar hacia abajo hermosa y un bucle que parecía casual. Me aprendí su abecedario caligráfico haciendo por lo menos tres fiestas a la semana en mi casa.
Las notas se acumulaban en mi escritorio. Yo solo buscaba la caligrafía del hombre aquél. Era terrible que mis fiestas cada vez fueran más concurridas, pues tratar de encontrar a un hombre entre un mar de gente era cada vez más complicado. Sin embargo, no podía dejar de hacer fiestas. Hasta que un día ya no recibí ninguna nota de él.
Y no hubo más fiestas.
Años después, alguien me saludó en la calle. Me preguntó por mis fiestas. Le dije que eso había pasado, sobre todo porque cuando quedé desempleada no había ánimo para festejar. Él asintió. Y dijo que lo que más recordaba de esa época eran mis notas de agradecimiento. No dije nada más, él tampoco. Pero tenía cara de tener bonita letra.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres al otro lado del andén”

Esta ciudad no es tan grande. A veces. Cuando se tiene rutas estructuradas y horarios metódicos para todo, no es tan grande. Salgo siempre a las 7:14 a. m., ni antes ni después. Y mi vecina siempre está paseando a su perro. A veces con suéter rosa, a veces con suéter azul claro. No tiene un patrón para sus atuendos pero ahí está con sus colores pasteles y con una bolsita de supermercado. Suele saludarme con la mano metida en el plástico que envolverá los excrementos caninos, me parece un extraño saludo. Asiento y sigo caminando. Continúo y está el señor que siempre intenta matarme con la manguera al regar las plantas, como parte del servicio de mantenimiento que se paga entre todos los vecinos. Siempre la manguera está en el camino y él intenta moverla. En ese baile, siempre me tropiezo. Luego, el jugo de naranja de la esquina. El mismo tono y la misma pregunta aunque pida siempre lo mismo. Sí, quiero tapa.
Solo de naranja. Nos vemos. Sonrío. Luego los policías del metro. Se turnan, creo. Son dos. A veces hay un tercero. Y llego al andén. Como todo el mundo. Con mi destino diario y mi horario diario. El reloj marca intermitente las 7:28.
Y ahí está. Del otro lado. Siempre. A la misma hora y con audífonos o con libro. O con libro y con audífonos. O con audífonos y bufanda. O con audífonos, bufanda y abrigo en la mano que se pelea por el lugar del libro. Y sonríe. Sonríe y hace un gesto de dejarme pasar, como si fuese a cruzarme los rieles. Como si pusiera su capa sobre un charco que puedo cruzar. Y llega mi tren. Sonrío y digo de alguna manera adiós. Y el día parece siempre ser mejor.
Y así de lunes a viernes. Durante todo el año. Cambiando los atuendos según las estaciones. Usando camisetas azules y grises. Usando manga larga. Pero con la sonrisa y con los gestos que ahuyentan el frío o disipan el calor o nomás acompañan a las mañanas llenas de olores de los perfumes de las mujeres que salen a trabajar apresuradas y que se maquillan juntas como en un baile coreográfico.
He pensado, por ejemplo, esperar en la entrada del metro y ver por dónde entra a la estación, para saber si vive cerca, si es mi vecino. Pero puede venir de algún cruce y hacer transbordo entre líneas. A veces he pensado hacerle un gesto de que me cruzo al otro andén. He pensado anotar mi número en un papel, con caligrafía lo suficientemente grande para que la vea desde el otro lado. A veces he pensado simplemente en llegar antes o después. A veces.
Pero esta ciudad es demasiado grande. Siempre. Y vuelvo a saludar desde el otro lado al chico del andén, como quien se levanta, saluda y toma el jugo y toma su destino, todos los días.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres con nombres no asignados a ningún personaje”

“X”, dijo. Yo asentí a sus grandes ojos que me sonreían más que su sonrisa (podría haber tenido una mejor dentadura): me pidió mi teléfono, no sé cómo. O eso creía cuando anotaba mi número borroso en un post-it fucsia, que con mis nervios hechos dedos sudorosos ya no tenía adhesivo y ya era un papelito normal y arrugado.
Los días siguientes me la pasé viendo el teléfono, esperando poder marcar a la inversa, con el solo hecho de mirar el artefacto. Cerraría los ojos y un “ring” estridente sonaría en la habitación. Después de mucho ver el aparato, noté que había una pequeñita mancha cerca de donde se pone el oído. Pensé que el pobre teléfono, al no emitir sonido, había llenado con sus propias flemas el vacío que se crea cuando no hay remitente y, por tanto, no hay destinatarios. Los teléfonos que viven del paso de mensajes se ponen tristes cuando no son utilizados. En la tristeza, les da gripe. Es algo demasiado común, pero aún más común en teléfonos viejos y pasados de moda.
Cuando le alcancé un clínex a la pobre máquina me di cuenta que la flema no era tal. Era una cosa viscosa, sí. Verde gelatinosa. Pero que adentro tenía algo más. Vi que se movía. Esperando entonces que fuera una llamada perdida o algo así, le acerqué un poquito de luz de una lamparita. Con el calorcito, la viscosidad mostró en su luminosidad y transparencia lo que ocultaba. Un hombrecito muy chiquito se chupaba el dedo y dormía. No quise despertarlo.
Me puse entonces a vigilar el teléfono. Esperando ya no a “X”, sino al hombrecito. A los dos días de tener la lamparita, empezó a salir de su capullo. Salió y floreció. Para mi sorpresa y beneplácito, con ropa. “Soy Bruno”, me dijo. Noté que se parecía excesivamente a “X”. Pero tenía, eso sí, mejor dentadura, una plática muy florida y un afán por el jazz. En su útil tamaño, Bruno cabía exactamente en mi bolsillo izquierdo, maravillándome de comentarios al tiro y que me hacían reír de manera estrepitosa mientras caminaba. Mis carcajadas se intensificaban por las cosquillas que el pequeño pasajero ocasionaba en mi seno, cuando en su afán de acompañar con ademanes exagerados sus historias movía los brazos abiertamente, y provocaba una pequeña brisa entre la camisa y el escote.
Un par de semanas después, me encontré con “X” en los pasillos de un lugar común. Levantó la mano y saludó. Yo casi no lo reconocía.
Me preguntó si mantenía el mismo número de teléfono. Que pronto me hablaría para ir por café, o para el cine, que había un festival de documentales. Yo asentí. Lo miré extrañada, porque Bruno ya no se parecía a él.
Mientras “X” me trataba de convencer sobre alguna teoría lógica según la cual las llamadas se quedan perdidas en el aire de los transistores de viejos teléfonos que no han sido vacunados contra la gripe, Bruno se trepó a mi cuello y se paró en mi hombro. Me susurró al oído “Todos son personajes hasta que se demuestre lo contrario”. Yo sonreí, “X” pensó que era por algo que él había dicho y sonrió también, con su mala dentadura.

 

 

“De los problemas de enamorarse de músicos con nombres rusos”

Cuando un hombre te escoge como su musa musical es casi imposible no viajar al mundo de sonidos abstractos. Todo comenzó por mi aguitarrado cuerpo de caderas y caminar tropical. Así fue que el músico aquel comenzó a tocarme como si fuera una fender. Más hermosa que la fender de Yngwie Malmsteen, me escribió en la servilleta del bar donde nos conocimos. Yo entonces no sabía quién era ese sueco y menos Alcatrazz (una banda ochentosa que nunca escuché). Pero a mí me había gustado la palabra fender. Y así comencé a ver al músico más seguido.
A pesar de mis caderas musicales, mi cuerpo es bastante desafinado y torpe. O así lo creía. Pero a Vladimir, nombre artístico de ascendencia comunista rusa, mi cuerpo lo hacía llegar a categoría de luthier con especialización anatómica. Yo no entendía mucho, porque además mis orgasmos no son tan sonoros y, cuando lo son, no tienen ritmo ni mucho menos suenan a alguna voz prodigiosa. Más bien son sonidos quebradizos y poco agradables. A él le parecían rupestres, cercanos al pueblo.
Entonces él creaba y me quería hacer ver cómo sus composiciones (sobre mí) eran grandes obras. A mí, que mi examen vocacional me indicó que podía hacer cualquier cosa menos lograr tener un oído musical. Porque, en mi sinestia, los sonidos parecen olores y de vez en cuando los confundo con colores.
Yo no entendía mucho, de nuevo, y no había mucho que entender más allá que asentir y dejar que hiciera su trabajo que para mí era más artesanal que artístico.
A veces llegaba a medianoche a mi cama con una gran idea, sin final. Y yo quedaba a la mitad de una sinfonía que para mí era algo tan simple como la sexualidad misma.
En cambio, él construía, como buen comunista, una revolución. Una revolución musical, donde el mismo ser humano es la nota y no hay notas superiores a otras. Todas son bellas, pero en conjunto lo son más. Se emocionaba tanto y sus ojos se llenaban de un brillo tan inocente que yo deseché la idea de que su revolución anatómica musical se refiriera a una orgía.
En el afán de componer su Gran Obra, se distanciaba cada minuto para hacer anotaciones. Él buscaba torpemente en mi cabeza la manera para afinar mis sonidos. Yo empezaba a sentirme un poco incómoda y un tanto innecesaria. Así que un buen día tomé las tijeras y corté las cuerdas que nacen de mis senos a mi pubis. Cansada de ser un guitarra, me levanté de la cama. Me sobé la cabeza. Vladimir lloró. Decía que solo hacía falta un movimiento para el gran final.

«A mis 23 años puedo decir que tengo el empleo perfecto»

¿Cuál es el carácter histórico que más rechaza?

La impunidad a todo nivel.

¿Quién le habría gustado ser?

Sin pensarlo dos veces diré que Aquiles, el de los pies ligeros.

¿Qué es lo peor que le podría pasar?

Darme cuenta de que he luchado en vano por las causas que considero correctas.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

A mis 23 años puedo decirte que tengo el empleo perfecto. Trabajo en mi propia empresa y hago lo que me apasiona.

Mencione tres libros que haya leído en los últimos seis meses.

«La cabaña», de Paul Young; «El principito«, de Antoine de Saint-Exupéry; y el libro que es mentor en todas mis áreas: la biblia.

¿Cuál es su estado mental más común?

Definitivamente el creativo, constantemente estoy creando o replanteando ideas para llevarlas a la práctica.

Si tuviera que ser un animal, ¿cuál sería?

Sin duda sería un águila, me identifico con sus habilidades de caza, su destreza y la forma en la que se reinventa de forma autónoma. Eso hace que tengamos similitudes.

Los olvidados de Machu Picchu

Machu Picchu

Amenos de una hora en tren y alejado de las comodidades que encuentran los turistas en los lujosos alojamientos cercanos a la ciudadela de Machu Picchu, el agricultor Francisco Silva Uscamayta (62) detalla su rutina en las tierras de Mesada, uno de los 10 centros poblados ubicados en los alrededores del distrito turístico más visitado y conocido del Perú.

En la zona rural del distrito de Machu Picchu conviven más de 800 personas. El 88 % de ellas no cuenta con alumbrado eléctrico en sus viviendas y solo el 17.5% dispone de agua potable durante toda la semana, según las cifras del último censo del Instituto de Estadística e Informática (INEI). Mientras que en el sector urbano, los servicios turísticos son la actividad económica más importante, en comunidades como las de Francisco Silva Uscamayta la agricultura es la principal fuente de subsistencia.

La precariedad en el acceso a los servicios básicos en estos sectores se contradice con los millonarios ingresos que percibe el distrito por turismo: solo en 2018, los recaudos por boletos de ingreso a la ciudadela inca superaron los 189 millones de soles ($57 millones). De este total, el 10 % va a las arcas de la municipalidad distrital con el fin de que se destine a obras públicas, de acuerdo con un decreto legislativo vigente desde 2010, pero un recorrido realizado por Ojo-Publico.com por los centros poblados ubicados alrededor del centro arqueológico revela el abandono del Estado hacia estos sectores rurales.

Centros poblados ubicados alrededor del centro arqueológico revela el abandono del Estado hacia estos sectores rurales.
“Nadie tiene un trabajo permanente, ni seguro. No hay eso. Puede ser con la municipalidad o el Ministerio de Cultura, pero son temporales, por proyectos de cuatro o cinco meses. Y si no hay, te quedas sin trabajo”, señala Dionicia Rigra, exsecretaria del centro poblado de Qorihuayrachina.

Para llegar a Mesada, la tierra de Francisco Silva, se parte de la ciudad del Cusco en tren y se desciende en la estación llamada Hidroeléctrica, el penúltimo paradero antes de llegar a Machu Picchu. La angosta ruta en la que apenas caben un par de autos es rocosa y el período de lluvia de inicios de año es intenso, pasadas las 5 de la tarde.

El primer centro poblado que se atraviesa camino a Mesada es Ccollpani, ubicado a las orillas del río Urubamba y donde viven alrededor de 30 familias. En esta zona, los lugareños cuentan con una capilla, los restos de un cementerio destruido hace casi una década por el desborde del río, un pequeño salón comunal y una losa deportiva donde detrás de sus arcos los pobladores han ubicado maderas usadas para prender sus cocinas caseras.

Desde este punto se caminan unos minutos más, a través de una trocha improvisada y sin electricidad, salpicada de pequeñas casas de piedra. Francisco, con machete en mano y sombrero para cubrirse de la lluvia, da la bienvenida a menos de 10 metros de distancia.

Ojo-Publico.com, en el marco de una alianza con la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las AméricasCONNECTAS, llegó a la zona para conocer la situación de los centros poblados vecinos al destino turístico que más ingresos económicos genera en el país.

Abandono. Los habitantes de Huayllabamba no reciben ningún pago por ceder sus jardines a visitantes de paso o trabajadores de agencias turísticas. El Estado peruano, como a muchas de las zonas aledañas al Machu Picchu, los tiene en abandono.

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Un lugar para los mangos

Mesada pertenece al distrito de Machu Picchu, que se encuentra en la provincia cusqueña de Urubamba a poco más de 2,400 metros sobre el nivel del mar. Sus habitantes aprovechan los alrededores de sus viviendas para dedicarse a la agricultura. Allí cultivan mangos, plátanos y yucas.

Pero la bucólica atmósfera contrasta con el olor a podrido que proviene del suelo. Francisco Silva nos lleva a su campo de cultivo. La mitad de los frutos de los árboles está malogrado y ha caído al piso convertido estos días por la lluvia en una alfombra de barro.

El desconocimiento de los lugareños en técnicas de fumigación para enfrentar a los insectos ha dado paso a que estos infecten las pocas cosechas, usadas en su mayoría para el consumo propio. En la región, según datos del Censo Nacional Agropecuario, personas como Francisco –entre los 45 y 64 años y con secundaria completa– representan al 31.4 % de los agricultores. Quienes no culminaron la secundaria corresponden al 36.5 %.

Francisco Silva también comparte sus preocupaciones diarias. «Lo que me falta es un ingeniero agrónomo que me oriente con qué abonar. Por ejemplo, para mí esto es mala rama», señala. Al mismo tiempo, muestra algunos de sus frutos malogrados y cuestiona la poca colaboración de sus vecinos en enfrentar el problema de los insectos. «Todos debemos unirnos y poner las trampas. Así podemos prevenir, pero nadie toma empeño», agrega.

En la última década, frente a las dificultades, las autoridades de Machu Picchu no han podido sostener algún proyecto para el desarrollo económico de la población de Mesada.

Precariedad. A diferencia del área urbana del distrito de Machu Picchu, en la zona rural, más de 800 familias residentes no cuentan con los servicios básicos. Esto contradice los millones de ingresos que recibe el distrito por el turismo.

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Obras y promesas pendientes

«Cuando estoy enfermo no viene la ambulancia. No sabemos qué nos puede pasar en cualquier rato. Hasta en la chacra me puede dar cualquier enfermedad. Yo tengo esa emergencia», relata con preocupación Francisco Silva Uscamayta, quien nació en Mesada en julio de 1957 y hoy se le complica la asistencia médica por la falta del puente que antes conectaba su localidad con el distrito de Santa Teresa.

En Ccollpani, centro poblado vecino de Mesada y donde viven cerca de 50 familias, llama la atención un monumento ubicado en la entrada del lugar. Una base de piedra decorada por dos animales, conserva la placa del entonces alcalde David Gayoso García –cuyo mandato culminó el 31 de diciembre de 2018– y recuerda que entre sus obras solo destacaron instalaciones como la estatua del ingreso. Sin embargo, no se conocen proyectos para reconstruir el puente, que impide a la población de Ccollpani y Mesada trasladarse con facilidad y la obliga a invertir 2 horas adicionales en sus actividades diarias –como llevar a sus hijos al colegio– por la falta de esta construcción.

Desde 2010, cuando el desborde del río Urubamba hizo colapsar al puente, ninguna de las gestiones municipales ha priorizado la construcción de esta infraestructura que era usada a diario por los habitantes de Ccollpani y de Mesada.

La ausencia del puente afecta a cerca de un centenar de familias que deben desplazarse de manera directa hacia Santa Teresa, distrito vecino de Machu Picchu y donde se ubican las escuelas a las que asisten los adolescentes de los centros poblados nombrados. La educación ofrecida en Ccollpani y Mesada solo llega al nivel primario.

A la falta de un puente, se suma una carretera inconclusa que estaba destinada a crear una ruta alterna hacia Santa Teresa. Como evidencian las fotografías capturadas por Ojo-Publico.com a inicios de enero, los avances se encontraban tan estancados como las inmensas piedras regadas en el camino.

«Nosotros no queremos que nos den casas. Ellos (las autoridades) deberían preocuparse por las vías, por la comunicación, por los puentes. La municipalidad nunca se preocupa por esas cosas», señala Lucio Ramírez Román, vecino del centro poblado de Ccollpani.

Uno de los pocos acercamientos que ha tenido la municipalidad con los centros poblados de Ccollpani y Mesada se dio en 2016 cuando, como parte de un proyecto para mejorar los ingresos económicos de los agricultores con actividades productivas, otorgó equipos para procesar granos de café. Pero no hubo asistencia técnica, y a la fecha los equipos no han podido ser utilizados.

Estas máquinas tampoco contaban con un sistema adecuado de electricidad para ponerlas en funcionamiento. Han pasado más de tres años y hoy siguen inoperativas pese a la inversión inicial de 63,900 soles (unos $18,000) que destinó el municipio. Los agricultores continúan con un trabajo artesanal y su producción no les genera las ganancias que desearían para incrementar sus ingresos económicos.

Poblado. Ccollpani es el primer centro poblado que se atraviesa camino a Mesada. Ahí están los restos de un cementerio destruido hace casi una década por el desborde de un río.

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Gestión renovada

La nueva administración municipal del distrito de Machu Picchu, cuyo alcalde es Darwin Baca León (35) del Frente Amplio, consideró en su plan de gobierno varios puntos que incluyen los centros poblados. Entre ellos, la promoción y creación de hospedajes comunitarios y el turismo vivencial, el mejoramiento en el suministro del agua para el consumo humano y la mejora en los accesos peatonales hacia la estación de tren llamada Hidroeléctrica con el fin de generar mayor cantidad de visitas en la ruta hacia Machu Picchu. Sin embargo, a cinco meses de iniciado el cargo, aún los proyectos no se han concretado.

Las cifras generales revisadas para el presente reportaje indican que los proyectos de los alcaldes de turno –algunos cuestionados por manejos irregulares durante su gestión– se han centrado en el sector de Aguas Calientes (Machu Picchu Pueblo), una zona de paso obligatorio para los más de 3,000 turistas que se dirigen a la ciudadela inca cada día. El comercio abunda en esta zona del distrito de Machu Picchu, así como las obras construidas en los alrededores de la plaza de armas.

Un recorrido por el centro del distrito muestra no solo un imponente edificio municipal –con una construcción que demandó más de 4 millones de soles (poco más de $1,300,000)–, sino también modernas esculturas inauguradas a fines del año pasado. El paisaje es completado por un pequeño e inoperativo centro médico ubicado al lado de la estación del tren.

Ojo-Publico.com también accedió a una publicación institucional en la que se evidencian los principales proyectos ejecutados por el municipio en el periodo 2013-2018 y encontró que en ninguna de las más de 50 páginas se menciona a alguno de los centros poblados como parte de alguna de las obras destacadas por el exalcalde David Gayoso García, de Alianza para el Progreso. En la lista, sin embargo, se menciona un edificio que llama la atención sobre todo por el lugar donde está ubicado y por su uso.

Se trata de la denominada Casa del Pueblo de Machu Picchu, una obra levantada en el distrito cusqueño de Wanchaq, destinada a actividades culturales y deportivas. Para construirla se ejecutaron más de 4 millones de soles (poco más de $1,300,000), parte de los cuales fue aportado por Consettur, consorcio integrado por la empresa municipal Tramusa, S. A. y encargado del transporte de turistas desde Aguas Calientes a la entrada de la ciudadela de Machu Picchu.

Al ser consultado sobre la construcción, el exalcalde Gayoso indicó que era uno de los compromisos de campaña a favor de las personas oriundas de Machu Picchu que vivían en la capital de Cusco.

Respecto a la falta de reconstrucción del puente de Ccollpani, el exburgomaestre dijo a Ojo-Publico.com que no iniciaron la obra porque la empresa eléctrica que iba a ejecutar el proyecto, bajo la modalidad de obras por impuestos, desistió de hacer la inversión de 15 millones de soles, monto que la municipalidad tampoco pudo asumir de acuerdo con la versión de Gayoso.

Al mismo tiempo, Ojo-Publico.com consultó sobre la gestión municipal a representantes de la región Cusco de la Contraloría General de la República –institución que investiga presuntas irregularidades en el desempeño de funcionarios públicos del país–. Sin embargo, evitaron declarar sobre si habían iniciado en los últimos meses investigaciones contra funcionarios de la municipalidad de Machu Picchu.

En una búsqueda en la plataforma que contiene el registro de control de esta entidad fiscalizadora aparecieron dos informes administrativos realizados al municipio. Uno, emitido en 2003, contenía recomendaciones para un manejo adecuado de la gestión ambiental del distrito. Mientras que el otro, generado en 2011, incluía observaciones sobre la prevención de desastres y el tratamiento del agua.

Como se evidencia, ninguno ha estado enfocado en el manejo presupuestal del distrito y la falta de inversiones a favor de los centros poblados.

Inconclusa. Esta es una carretera inconclusa, aledaña a Ccollpani y Mesada, que impide el tránsito para una ruta alterna hacia el distrito vecino de Santa Teresa.

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Progreso trunco

A menos de una hora de Ccollpani y Mesada se encuentra otro grupo de centros poblados que también cuestionan la falta de obras y proyectos de la municipalidad. El recorrido en esta zona empezó en Qorihuayrachina, donde no viven más de 40 familias y cuya principal demanda es que el municipio realice las gestiones necesarias para promover el turismo en su zona. Apenas dos pequeñas tiendas de abarrotes son todo lo que ofrece a los turistas que llegan como parte de la ruta hacia el camino inca.

«Nadie tiene un trabajo permanente, ni seguro. No hay eso. Puede ser con la municipalidad o el Ministerio de Cultura, pero son temporales, por proyectos de cuatro o cinco meses. Y si no hay, te quedas sin trabajo», señala Dionicia Rigra, exsecretaria del centro poblado de Qorihuayrachina.

La red de alcantarillado y el sistema de agua recién se terminaron de instalar en diciembre del año pasado. La conexión telefónica solo permite el acceso a una de las cuatro compañías que brinda este servicio en la región. El resto se encuentra incomunicado.

La mayoría de familias del lugar se dedica a la agricultura para consumo propio. Otras deben trasladarse a diario en tren hacia la zona de Aguas Calientes para trabajar en el sector construcción. En Machu Picchu Pueblo –como también se le conoce a Aguas Calientes– se concentra la oferta hotelera, la presencia de la actividad comercial del distrito y la municipalidad tiene su sede. En la zona, a menos de 10 minutos por un camino empinado, también se ubican unos baños termales para los turistas que deciden descansar antes de dirigirse a la ciudadela inca.

En los últimos cinco años la población de Huayllabamba, centro poblado donde viven cerca de 200 familias, ha notado bajas en las ventas de sus productos para los turistas que recorren el camino inca. El motivo: las agencias de turismo ya proveen, como parte de sus paquetes, los alimentos y bebidas que los acompañarán en la ruta y no hay necesidad de que compren sus provisiones a la población de Huayllabamba.

«Nosotros debemos arrendarles nuestros terrenos para el campamento, pero las agencias dicen que están pagando al Ministerio de Cultura y a nosotros no nos dan nada», señala Juan de Dios Surco del centro poblado de Huayllabamba.

La visita de las autoridades municipales también ha estado ausente y por ahora los pobladores locales no tienen forma de enfrentar a las agencias que incluso usan algunas zonas de Huayllabamba para que turistas, extranjeros en la mayor parte, acampen y en otras oportunidades pernocten. Por su parte, los pobladores no reciben algún beneficio económico por el uso de las áreas de su comunidad como hoteles de paso.

Al cierre de este reportaje, a pesar de los reiterados pedidos y comunicaciones con la municipalidad, ninguna de las solicitudes de información sobre la ejecución detallada del presupuesto, ingresadas por Ojo-Publico.com a finales de 2018, fueron atendidas. Tampoco respondieron ante el pedido de entrevistas personales o por vía telefónica. Los datos en el portal de transparencia del municipio también están desactualizados.

La precariedad en el acceso a los servicios básicos en estos sectores se contradice con los millonarios ingresos que percibe el distrito por turismo: solo en 2018, los recaudos por boletos de ingreso a la ciudadela inca superaron los 189 millones de soles ($57 millones). De este total, el 10 % va a las arcas de la municipalidad distrital con el fin de que se destinen a obras públicas, de acuerdo con un decreto legislativo vigente desde 2010, pero un recorrido realizado por Ojo-Publico.com por los

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Cuestionadas gestiones

En 2015, el entonces alcalde de Machu Picchu (2014- 2018), David Gayoso García, fue investigado como cómplice por el presunto delito de peculado doloso en agravio del Estado. Las indagaciones fiscales, recogidas por la prensa local, detectaron al menos 2 millones de soles destinados de manera sospechosa para celebraciones y aniversarios.

Otro de los procesos contra el exburgomaestre estuvo enfocado a altos pagos por asesorías municipales, así como la probable existencia de trabajadores que recibieron honorarios sin, aparentemente, haber realizado trabajo alguno. Gayoso García indicó a Ojo-Publico.com que culminó su gestión con las investigaciones archivadas.

En tanto, en septiembre de 2012, Óscar Valencia Aucca fue destituido del cargo máximo en Machu Picchu luego de un estrecho margen en las votaciones que decidieron su vacancia. El exalcalde, que ingresó al municipio en enero de 2011, fue acusado de haber incurrido en nepotismo al presuntamente haber dado trabajo a sus familiares en el consorcio de transporte donde la municipalidad era accionista.

Años más tarde, en octubre de 2014, la fiscalía de Machu Picchu inició indagaciones contra Valencia Aucca, aunque a la fecha no se ha formalizado investigación alguna en su contra. Incluso el exburgomaestre tentó nuevamente la alcaldía en las elecciones 2018, y ocupó el segundo lugar en los comicios distritales.

Las investigaciones por corrupción no han frenado el auge del turismo, sin embargo, la riqueza de Aguas Calientes no alcanza a los agricultores que habitan en las comunidades ubicadas alrededor de la zona arqueológica más visitada del país.


*Este reportaje es realizado por Aramis Castro para Ojo-Publico.com y difundido gracias a un acuerdo de republicación de contenidos con CONNECTAS.

«Siempre imaginé mi vida llena de colores»

​​​​​​​¿Cómo imaginaba que iba a ser su vida?

Llena de colores. Siempre imaginé mi vida llena de colores.

¿Qué le cuesta trabajo?

Hacer algo que no me haga feliz.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Apostarle al arte.

¿A qué persona viva admira?

A mi madre.

¿Cuál es la palabra que más usa?

Desaprender.

¿Qué le hace falta para estar lista?

Levantarme.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

Mi empleo perfecto es el que realizo.