«Creo en la inmortalidad de las personas a través de sus ideas»

¿Piensa dedicarse de por vida a la música?

Sí, también a la educación, porque parte de las dificultades que existen para cada artista, en nuestro contexto, es que no hay muchos lugares accesibles para la educación, ni lugares formales de estudio.

¿Cómo se interesó por la música?

Siempre me ha gustado la música, desde pequeña. Cuando decidí estudiar música quería aprender piano, porque admiraba a Ray Manzarek, pero no pude por mis horarios. Después decidí, por influencias del jazz, ska y ska punk, que quería tocar trompeta.

¿Cuáles son las mayores dificultades a las que se enfrentan las mujeres jóvenes que quieren hacer música en El Salvador?

Por una parte, la aprobación de lo que es bueno o de lo que no, de parte de otros que ya se consideran profesionales en el ámbito. El contexto tampoco es favorable, porque «hay que dedicarse a lo que vaya a dejar dinero» y la música «no es una carrera». Nos enseñan a admirar a otros, pero, cuando ya se está grande, hay que buscar un trabajo en serio, tal vez casarse y tener hijos.

¿Cree en la inmortalidad del alma?

Creo que el concepto de alma puede interpretarse de diferentes maneras, pero creo en la inmortalidad de las personas a través de sus ideas y de sus aportes a la humanidad.

¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?

Dejar de trabajar y luchar por lo que se sueña, y transformarse en un cuerpo vacío y subordinado al mismo sistema que reproduce la pobreza.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Decidir dedicarme a la música y al arte.

¿Qué podría hacer que no esté haciendo?

Podría estar viajando, pero por el momento estoy haciendo cosas que me permitirán hacerlo en el futuro.

«Me enamoré de poder decir lo que quiero»

¿De dónde viene su interés por el hip hop?

Todo fue gracias a mi mejor amigo, Ramiro, él hacía freestyle. Todo comenzó cuando respondí a una de sus improvisaciones. Recuerdo que ese mismo día empecé a escribir y me interesé mucho aprender sobre el rap y el hip hop. Me enamoré de poder decir lo que quiero a través del rap. El rap me sana y eso ha hecho que me quede.

¿Cómo surge su nombre, «Queen», en la escena del hip hop?

Queen surge gracias a mis amigos, yo buscaba algo único, algo que sonara bien. Desordené mi nombre y puse mis iniciales, pero nada me gustaba. Hasta que mis amigos me dijeron «reina de las rimas». El nombre era muy largo y opté por «Queen», que significa «reina». Me considero una reina haciendo lo que hago.

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Mi mente y forma de actuar.

¿Qué significa para usted la muerte?

La ciencia nos dice que todo lo que existe es energía. No se crea ni se destruye, solo se transforma. Y esto quiere decir que nosotros somos energía, no nos creamos ni destruimos, solo nos transformamos.

Si pudiera cambiar un problema en el mundo, ¿cuál sería?

La desigualdad.

¿Qué cosas tendría que repetir para asegurarse de que en un futuro va a volver a estar exactamente en la misma situación?

Sin duda, volver a tener la amistad de personas que ya no están, tener seguridad en mí misma y esforzarme.

Actualmente, ¿cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

El talento y la belleza, muchas veces sobrevaloramos estas dos virtudes. Sin embargo, todo conlleva más que talento y belleza.

«Sobrepensar todo es un rasgo bastante común de la ansiedad»

¿Qué está soportando o tolerando actualmente que no le haga feliz?

Aquellas cosas que no puedo cambiar. Resistirse al cambio siempre tiene ese efecto.

¿Cuál es su estado mental más común?

Overthinking. Sobrepensar todo es un rasgo bastante común de la ansiedad y es, al menos, una forma positiva si se orienta a algo productivo como escribir, bocetar o conceptualizar piezas.

¿Cuándo y cómo aprendió a conceptualizar sus fotografías?

Mis conceptualizaciones derivan de reflexiones propias y de mi formación teórica holística en artes, buscando una amalgama entre idea y estética.

¿Qué es de lo que más se arrepiente?

De las inseguridades: esas cosas no son natas, permitimos que otros las creen en nosotros y nuestra mente hace las grietas más profundas, pero se trabaja en la fortaleza para cambiarlo.

¿Qué hace cuando está estresado?

Una combinación, me gusta cocinar probando alguna receta mientras escucho música: la preparación, los olores, colores, el ritmo, hacen que todo se vaya con un buen sabor.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Más allá de todo, dedicarse y poder vivir de algo que uno realmente ama en conjunto a ser un buen ser humano. Es la mejor senda que podemos trazar.

¿Qué carrera o negocio consideraría si tuviera que comenzar otra vez?

Documentalista, biólogo o veterinario.

Los ojos perdidos de Chile

“Yo perdí un ojo, pero con ese ojo veo más que lo que veía cuando tenía los dos”. Manuel Véliz, joven chileno que sufrió trauma ocular.

Desde que el 18 de octubre estalló en Chile la crisis social y política que aún afecta a ese país –con sus respectivas marchas ciudadanas–, 352 personas han resultado con traumas oculares debido a perdigones, balines y bombas lacrimógenas lanzados por la policía durante las manifestaciones. algunas de las víctimas han perdido uno o los dos ojos. Manuel Véliz, un obrero de la construcción de tan solo 21 años, es uno de esos dramáticos casos. Esta es su historia y su testimonio.

Se dio vuelta, rápido, para ver a qué distancia estaban los policías que reprimían con gases lacrimógenos y disparos a los manifestantes que corrían de un lado a otro en el centro de Santiago. Él no corría; él iba caminando. Aún masticaba el sándwich que se había comprado recién en la calle. Fue entonces que decidió girarse sobre sí mismo: quería mirar para atrás y ver dónde estaban exactamente los carabineros. Alcanzó a divisarlos apenas un segundo, situados a unos 20 metros de él. Luego no pudo ver más, porque toda la mirada se le tiñó de rojo. Un perdigón había entrado en su ojo derecho. Y Manuel Véliz (21 años), frente a la gravedad del asunto –la sangre en su rostro, en sus manos, en su ropa, en el pedazo de acera que lo rodeaba– lo supo enseguida: que había perdido la visión de ese ojo. Eso dice él. Que, en ese momento, esa certeza fue más fuerte que el dolor.

Manuel no ha sido el único que ha debido enfrentar tal realidad. Desde que el 18 de octubre estalló en Chile una crisis política y social –que aún tiene al país remecido y de la cual aún no sabe cómo salir–, los ojos chilenos han sufrido. Según el último informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), entregado el 6 de diciembre, en siete semanas 352, personas han resultado con traumas oculares producto de disparos de perdigones o de bombas lacrimógenas por parte de Carabineros, institución encargada de resguardar el orden y la seguridad. Todas las víctimas han resultado con algún grado de disminución de visión. De ellas, 21 sufrieron estallido ocular con pérdida total de alguno o ambos ojos.

Fotografías de El Tiempo

El mismo día que Manuel fue herido por la policía, el viernes 15 de noviembre, se conoció un informe de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile sobre la composición de los perdigones que usa la policía chilena para dispersar manifestantes en medio de estas protestas. Había sido encargado por la Unidad de Trauma Ocular del Hospital del Salvador, que ha recibido a la mayoría de los heridos en los ojos. El informe universitario concluyó que estos balines, al contrario de lo que afirma Carabineros sobre estas municiones que disparan con sus escopetas antidisturbios, están compuestos sólo en un 20 por ciento por goma: el 80 es de silicio, sulfato de bario y plomo. Esa composición de material mineral y metálico le da una dureza y un peso que provocan más daño. Mientras un balín de goma solo debería rebotar; este otro penetra y rompe la zona que impacta.

Pocos días después de conocido este informe, el general director de Carabineros, Mario Rozas, anunció que se suspendería el uso de balines y perdigones policiales en las manifestaciones: solo se dejarían como «medida extrema y exclusivamente para legítima defensa cuando haya peligro de muerte». Pero para entonces, mucho del daño ya estaba hecho. Había cientos de heridos por esos disparos, cifra que hoy bordea los 2.000 sólo por esta causa (los heridos por distintas causas son en total 3.449, según el INDH). Entre ellos está quien se ha convertido en un caso emblemático: el universitario Gustavo Gatica. El 8 de noviembre, este estudiante de sicología tomaba fotos en una manifestación en Plaza Baquedano -considerada la zona cero de las protestas, en el centro de Santiago-, cuando recibió perdigones en ambos ojos. Hoy, completamente ciego, se ha convertido en un símbolo de las protestas y de las denuncias de violaciones a los derechos humanos que han acompañado la actual crisis.

Distintos informes internacionales han dado cuenta de esa situación. Primero, el 21 de noviembre, fue el de Amnistía Internacional, que condenó la excesiva violencia en Chile y habló de «fuerza innecesaria y excesiva con la intención de dañar y castigar a la población que se manifiesta». Apenas cinco días después se conoció el informe de Human Rights Watch, que coincidía en ese desborde de la policía contra manifestantes y también contra quienes solo transitan por los lugares de protestas. Alertó de «graves violaciones a los derechos humanos» y llamó a una «reforma policial urgente». A principios de diciembre se pronunció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, dependiente de la OEA. En su documento llamó a las autoridades a ordenar el «cese inmediato del uso desproporcionado de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad del Estado». En Carabineros, hoy hay más de 400 sumarios en curso. Mientras, la Fiscalía Nacional investiga las muertes de 26 civiles ocurridas desde que estalló la crisis.

El Colegio Médico de Chile informó hace dos semanas que si bien la restricción del uso de balines y perdigones en las manifestaciones disminuyó de manera importante el número de personas con traumas oculares por esa causa, aumentó la cifra de quienes han sufrido lesiones en los ojos por bombas lacrimógenas. Así, el número de afectados lamentablemente sigue creciendo.

Fotografía de El Tiempo

«Esto no se detiene. Es difícil creer que haya gente tan mala». Eso dice Manuel Véliz, sentado en su casa en Cerro Navia, en el nororiente de Santiago. Es el segundo de cuatro hijos que su madre, María Isabel, ha criado sola después de que el padre los abandonó hace años. Viven juntos y apretados en una casa humilde que comparte terreno con las viviendas de sus abuelos y de sus tíos. En esta familia todos lloran al hablar del disparo que le quitó un ojo a Manuel. Todos lloran, excepto él. Él se ha armado como un hombre fuerte. Que asumió la figura paterna con sus hermanos. Que ha soportado asaltos en la calle donde lo han apaleado duro. Que se puso a trabajar apenas terminó el colegio. Que es, o más bien era, el principal apoyo económico de su madre. Trabajaba como obrero de la construcción, un oficio inestable y con bajo salario. A él, sin embargo, nunca le había faltado dónde trabajar. Hasta septiembre pasado, cuando quedó cesante. Le estaba costando encontrar un nuevo empleo como enfierrador, dice. De hecho, ese viernes 15 de noviembre en que un perdigón entró por su ojo derecho a las 7:10 de la tarde, él venía de todo un día de búsqueda de trabajo. Ni siquiera estaba participando en la manifestación.

¿Nunca había ido a las manifestaciones?

Sí, fui a varias. Estuve en protestas toda la semana antes de que me pasara esto. Hay un lugar supertranquilo un poco hacia el oriente de la Plaza Baquedano, donde hay un parque. Allí hay gente con tambores, bailando, vendiendo cosas para comer. Igual los pacos (policías) molestan. Ellos incitan a que uno les tire piedras. Siempre están provocando.

Las protestas son por una mejor educación y salud, por mejores jubilaciones, por sueldos mínimos más dignos. Para que seamos un país con menos desigualdad. ¿Apoya todo esto?

Claro. Me da impotencia. Un ejemplo: mi abuelo, que trabajó desde los 12 años en construcción, recibe una jubilación de 100.000 pesos (437.000 pesos colombianos). ¿Qué puede hacer él con eso? Solo seguir trabajando, a sus 76 años, porque su pensión no le alcanza para vivir.

El viernes 15 de noviembre es un punto de quiebre en su vida. Usted lo había destinado para buscar trabajo. Pero terminó con un estallido ocular.¿Cómo una cosa puede llevar a la otra?

¡Uf!, es un día que no voy a olvidar nunca… Salí de la casa un poco antes de las 11 de la mañana. Me fui a buscar trabajo a Tobalaba [en la zona oriente de Santiago]. Allí hay construcciones. Pregunté en varias si había trabajo. Me respondían que no. Estuve todo el día en eso, caminando, sin comer nada. Cuando decidí irme, habían cerrado el Metro, por protestas creo. Así que me puse a caminar hacia el centro, donde sí había estaciones abiertas para irme a mi casa. Como a las 6 y media de la tarde llegué a este parque que está al lado de la Plaza Baquedano. Me senté. Antes de irme me compré un completo (perro caliente) y me lo fui comiendo mientras caminaba.

Cruzó Plaza Baquedano y siguió hacia el poniente. ¿Había desórdenes?

Sí, los pacos estaban tirando lacrimógenas. A mí me salían lágrimas. Entonces un tipo que pasaba me dio unas antiparras de plástico, bien gruesas. Me las puse y seguí caminando, comiéndome el completo.

“Era tanta sangre que me salía del ojo… enseguida lo di por perdido. Fue una desesperación grande. Cerraba el ojo bueno, y ya por el otro no veía nada. Pensé en mi mamá, que me había dicho que ese día no saliera de la casa”.

 

¿Caminaba? Todo el mundo corría…

Sí, caminaba. Sentía que los pacos aún venían bastante atrás. Poco más allá, a pocas cuadras de la plaza, me di vuelta para ver dónde estaban. Entonces sentí el impacto en el ojo. También me llegaron tres bombas lacrimógenas cerca de los pies. Pero ya no le presté atención a eso ni a nada. Quizás por el dolor. Veía mi sangre chorreando en la calle.

¿Supo enseguida que era grave?

Sí. Era tanta sangre que me salía del ojo… Enseguida lo di por perdido. Fue una desesperación grande. Cerraba el ojo bueno, y ya por el otro no veía nada. Pensé en mi mamá, que me había dicho que ese día no saliera de la casa… Pero es que uno nunca se imagina que puede pasarle esto.

¿Qué sintió? ¿Miedo, rabia, angustia?

Rabia. No puede ser que esta gente te dispare a la cara.

¿Vio al carabinero que le disparó?

Cuando me di vuelta, vi al grupo de pacos. Vi al que tenía la escopeta.

¿Quién lo auxilió cuando estaba herido?

Se me acercó alguien, no me acuerdo si era hombre o mujer, y me dijo: «Hermano, ven». Me tomó del hombro.

¿Usted había caído al suelo?

No, yo estaba de pie. Sin gritar ni nada. Me dije: «Tengo que quedarme tranquilo».

¿Y qué hizo la persona que lo ayudó?

Me llevó a un sector de primeros auxilios ahí en la calle. Me echaron agua en la herida y trataron de ponerme un parche, pero la sangre lo empapaba enseguida. Después me llevaron corriendo a la acera del frente, protegido con un escudo, porque los pacos seguían disparando. Desde ahí pidieron una ambulancia.

En la ambulancia llamó a su madre. Ella me contó que le pidió perdón. ¿Por qué?

Porque ella me había dicho que no saliera… Además, porque no iba a poder trabajar ni ayudarla… Pero no le conté lo que había pasado. Solo que iba en una ambulancia. Más tarde la llamaron desde la clínica. Ella llegó allá como a la medianoche, llorando.

Esa medianoche,¿a usted ya le habían confirmado el diagnóstico?

Me habían hecho un escáner. Pero antes que el doctor me dijera los resultados, yo ya sabía que había perdido el ojo. Los médicos de la clínica no sabían cómo decírmelo, pero finalmente lo hicieron. Y yo se lo dije a mi madre cuando entró a la pieza.

¿Lloró?

No. Es que sé que si mi familia me ve llorando, va a ser peor para ellos.

¿Ha llorado después?

No.

¿No le dan ganas?

Sí, pero no frente a ellos.

Y a solas, ¿lo ha hecho?

Es que no tengo espacios solo, en la casa comparto pieza con mi hermana.

Al día siguiente de ser herido, lo trasladaron alHospital del Salvador, donde lo operaron. ¿Sabe exactamente qué le hicieron?

Me sacaron el globo ocular… Porque además del balín, tenía restos de la antiparra plástica que se había reventado también.

El 17 de noviembre le dieron de alta. ¿Qué tratamiento sigue?

Me controlan en el hospital cada martes. Ya me sacaron los puntos externos. Falta sacar los internos. Yo me hago la limpieza del ojo y me echo gotitas.

¿Le dijeron cuándo podrían ponerle la prótesis ocular?

No hay fecha. Además, en el hospital se hará un sorteo de prótesis: porque hay más heridos que prótesis. Si no sales sorteado, uno debe comprársela. Ya he estado cotizando. Me gustaría una prótesis con movimiento, no esas fijas que se ven tan mal.

¿Cómo ha hecho con los gastos de la clínica, delhospital, de los medicamentos?

Primero, en la clínica me dijeron que iba a pagar yo. Pero después que no, porque llegué allí por la Ley de Urgencia. Lo mismo el hospital. Lo mismo los remedios. Imagínate que las gotas que uso cuestan 98.000 pesos, lo mismo que la jubilación de mi abuelo.

De lo que ha vivido estos días en su casa, ¿qué hasido lo más complicado?

Depender de los demás. Sobre todo al principio. Que me limpiaran el ojo. Tener que salir con alguien porque me mareaba. Uno exige mucho la vista los primeros días y se te cansa el ojo bueno; lo único que quieres es dormir…

Debe ser difícil ver solo con un ojo. No solo porque se ve la mitad, sino que, me imagino, hay que aprender a recalcular las distancias, recontextualizarse en el espacio.

Sí, los primeros días no calculaba la distancia, pensaba que las cosas estaban muy lejos. Pero me he ido adaptando. Sí me pasa aunque a veces estoy durmiendo de lado, con el ojo bueno aplastado con la almohada, y cuando despierto no puedo ver nada.

¿Sueña?

Más en los primeros días. Soñaba, por ejemplo, que estaba peleando, no recuerdo con quién; entonces despertaba y me estaba pegando en la cabeza. Otra cosa que me ocurría era cerrar los ojos un momento y ver de inmediato el instante en que me hirieron. Ahora ya no es tanto. Lo que sí siento es que los días pasan más rápido que antes.

Fotografía de El Tiempo

¿Ha tenido apoyo sicológico?

No. Esta semana tengo una hora con el sicólogo. No estoy bien psicológicamente. Tengo mucha rabia. Si tuviera ahora un paco enfrente, no sé qué haría… Sé que no son todos iguales, pero hay mucha gente mala allí.

¿Y siente, a veces, rabia contra usted? Por haber estado en ese lugar, en ese momento, por no haber hecho las cosas de otra forma. Puede ser injusto, pero es humano autoculparse.

Cuando veía los videos de gente que le pasaba esto, me preguntaba si ellos se arrepentían de haber salido. Pero cuando me pasó a mí, me contesté: ‘yo no me arrepiento’. ¿Por qué me voy a arrepentir? Si yo andaba buscando trabajo, no le estaba haciendo mal a nadie.

¿Ha cambiado en estas tres semanas la percepción de usted mismo?

Yo siempre me sentí una persona tan protegida. Me he salvado de tantas. Un día en un asalto me dieron seis palos en la cabeza y quedé medio sordo. He tenido peleas en mis entrenamientos de artes marciales. He tenido golpes. Me sentía con suerte… pero cuando te pasa esto de un momento a otro, todo es muy diferente. A mí hoy me da mucho miedo perder el ojo que me queda.

¿Piensa en el futuro?

Pienso en que el Estado debe responderme por todo lo que me pasó.

Con su abogado interpuso una querella, que ya abrió una investigación. Cientos de personas también lo han hecho. En su caso, es por los delitos de tortura y de lesiones gravísimas. Contra todos quienes resulten responsables.

Sí. Y además de las responsabilidades de quienes corresponda, el Estado debería indemnizarme por el daño que me hizo. Con ese dinero podría ayudar a mi hermana a estudiar. Y podría estudiar yo también. Me gusta la informática; y también la construcción civil. Podría estudiar algo así.

¿Ha conocido a otros heridos por balines en los ojos? ¿Se produce empatía instantánea?

He visto muchos casos, pero no me relaciono con ellos. Yo estoy en lo mío y ellos en lo suyo. Solo con un chico, Fabián, me acerqué más, porque caímos juntos a la misma hora y en el mismo lugar. Nos llevaron en la misma ambulancia a la misma clínica, y nos fuimos a operar al mismo hospital. Tenemos el mismo abogado.

He escuchado testimonios de heridos oculares que dicen que si de todo esto sale un mejor país, haber perdido un ojo no habrá sido en vano. ¿Está de acuerdo?

Puede ser. Pero lo que sí sé es que uno puede vivir así, que te acostumbras con el tiempo. Yo no me siento discapacitado por perder el ojo. ¿Y sabes?, con un solo ojo veo más que lo que veía con los dos.

¿Cómo es eso?

Antes veía hasta donde mis ojos lo permitían; ahora veo más allá. Veo entre las personas, veo el futuro, pienso.

Fotografía de El Tiempo

Digamos que perdió visión, pero ganó mirada…

Sí. Una vez me habló un caballero. Yo tenía 18 años. Él tenía un solo ojo, el otro lo había perdido en un accidente; y me contó que él no solo veía hasta donde le permitía el ojo que le quedaba, sino más allá. Veía experiencias, aprendizajes. Yo me acordé de él ahora y de lo que me dijo. En ese tiempo, para mí era un escenario ajeno. Hoy lo entiendo. Cuando tienes que vivir así, debes pensar de otra forma. No echarse a morir por perder el ojo, sino pensar en otras cosas y ver más allá.

Gustavo Gatica, el caso símbolo en Chile, incluso dijo desde la clínica: «Regalé mis ojos para que la gente despierte».

Él ha sufrido mucho más que yo, perdió los dos ojos. Para mí, eso es una muerte en vida. No verá nunca más, dependerá toda la vida de los demás. Supongo que esa frase es para encontrarle sentido a lo que le pasó y para que la gente siga luchando.

Si pudiera enviar una frase, como lo hizo Gustavo, ¿cuál sería?

Yo perdí un ojo, pero con ese ojo veo más que lo que veía cuando tenía los dos.

La esperanza del volver a ser persona es del tamaño de un diente

Ilustración de Moris Aldana

Lo primero que extraen los arqueólogos forenses de una osamenta son los huesos de los pies. Recogen falanges, metatarsos y tarsos con la paciencia de quien arma un rompecabezas . Siguen con las tibias y los peroné, fémures, la pelvis, el sacro, las vértebras y costillas. Así, de abajo para arriba, hasta terminar con el cráneo.

Afuera, los forenses meten los huesos en una bolsa y la marcan con una serie de números y letras que indica la fecha y el lugar donde ocurrió el hallazgo. Un inventario que sirve, a veces, para identificar a esos restos.

La segunda parte del proceso, que busca dar con el nombre de la víctima y el culpable del crimen, ocurre en un laboratorio del Instituto de Medicina Legal (IML). Allí, los antropólogos retiran todo el tejido blando que pueda tener la osamenta como músculos, tendones, ligamentos y cartílago.

Y los cocinan.

«Después de que se cocinan, se secan sopladitos con el aire de un ventilador», dice Óscar Armando Quijano, jefe de Antropología Forense del IML. Un médico locuaz que suma 27 años de experiencia en recuperar huesos de fosas clandestinas o de pozos en El Salvador.

Los huesos, ya limpios, son ubicados en una mesa para formar un esqueleto desmembrado. Allí, cuenta Quijano, el proceso ocurre al contrario de la exhumación: el estudio comienza por el cráneo y termina en los pies. La razón: «Si recuperamos la pelvis y el cráneo, tenemos casi el 90 % de identificación».

Aunque eso de «identificación» es relativo en El Salvador. No todas las víctimas tienen la suerte de que sus huesos sean recuperados completos. Hay casos, en los que los arqueólogos contratan a un pocero (una persona que se dedica a dar mantenimiento a los pozos) para que descienda por el hoyo, meta en un saco los huesos que encuentre en el fondo y los suba. La mayoría de las veces, sube con lo que puede. Un pocero no se dedica a sacar huesos.

Un informe de Medicina Legal da cuenta de que, en los últimos dos años, han encontrado 161 osamentas; la mayoría, en fosas y pozos ubicados en predios baldíos. Siguen en la lista, como lugares favoritos para desaparecer cadáveres, las fincas y los lotes privados.

En la mayoría de los casos, los verdugos de las víctimas enterradas en cementerios clandestinos son pandilleros, aunque investigaciones fiscales han demostrados la existencia de grupos ilegales armados compuestos por militares y policías, en asocio con particulares, que se aliaron con el ideal de matar pandilleros; pero terminaron como sicarios a sueldo. Ellos también siguieron el guion de las pandillas de sembrar los cadáveres en fosas clandestinas.

Los cementerios clandestinos atribuidos a las pandillas aparecieron después de 2000. Aunque las autoridades reconocen que no hay estadísticas confiables que precisen cuántos cadáveres o huesos han sido recuperados desde entonces. Después de 2005, esos hallazgos aparecieron con mayor frecuencia.

Las autoridades de El Salvador coinciden en que ubicar a unas osamentas depende de la confesión de un soplón. Se trata de un verdugo que ha decido confesarle a la Fiscalía dónde están sus víctimas y, a la vez, traicionar a sus compañeros de pandilla, a cambio de obtener beneficios judiciales. La legislación salvadoreña eleva al soplón a la categoría de testigo criteriado.

Ilustración de Moris Aldana

Como ocurrió el martes 29 de enero de 2013, cuando un grupo de investigadores antipandillas sentaron a un criteriado en las raíces de un amate, cerca de un cañal, en el cantón Joya Galana, de Apopa, al norte de la capital salvadoreña. Allí, le permitieron que se empinara una botella de aguardiente hasta terminársela. Pasados unos minutos, el testigo dio con la ubicación de donde enterró a una mujer que, junto con sus compañeros de pandilla, decapitaron.

Los policías cavaron un pequeño agujero y detectaron los primeros huesos. Esperaron a que se le pasara un poco la borrachera al testigo, taparon el hoyo con hojas y raíces y avisaron a la Fiscalía que la inspección había dado resultado positivo.

Dos días después, los investigadores regresaron al cañal acompañados de Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía General de la República que se encarga de ubicar y extraer cadáveres de desaparecidos. Armado de palas y piochas, abrió una fosa hasta dar con un esqueleto decapitado en el fondo de un agujero de unos tres metros de profundidad.

Ticas se quitó un gorro, una mascarilla y unos guantes de hule celestes y salió del terreno por un pequeño espacio libre del cerco. Afuera, uno de los investigadores atizaba con un pedazo de cartón unas brasas debajo de una vieja olla en la que hervía porciones de yuca.

—Ya está listo el almuerzo ingeniero, le dijo a Ticas el hombre vestido de azul que porta una pistola en su cintura.

El criminalista se tendió en el piso terroso bajo la sombra de un pequeño árbol de mango. Alrededor suyo, se armó una rueda con los investigadores y militares que habían hecho guardia a la orilla del terreno durante el proceso de excavación. A unos metros, sobresalían las hojas de una plantación de yuca de donde habían extraído unas cuantas para ponerlas a hervir.

Uno de los agentes más viejos habló sobre el hallazgo de esos huesos que ya habían puesto a asolear unos metros más allá.

—El criteriado nos contó que el día en que decapitó a la mujer, había tomado bastante guaro, así que le metimos varios tragos para que se acordara—, decía el investigador recostado sobre las raíces.

Imaginate, casi que hemos descubierto una nueva técnica para que los criteriados puedan ubicar los cuerpos—, decía otro de los policías antipandillas. El grupo se carcajeaba, mientras masticaban porciones de yuca salcochada.

La estrategia de emborrachar al criteriado funcionó: la osamenta que encontraron era la víctima que había dicho. Fue identificada con nombre y apellido y entregada a sus familiares que la habían reportado como desaparecida meses atrás.

Solo los huesos ubicados por criteriados son sometidos a una prueba de ADN, como se le conoce al ácido desoxirribonucleico que contiene la información genética, clave para la identificación. Se trata de un trámite que ocurre exclusivamente por una orden judicial.

En la mayoría de casos, en el lugar donde el criteriado ubica a una víctima, hay más osamentas enterradas, pero para ellas no hay pruebas de ADN. Esos huesos que nadie reclama son etiquetados con el código de la escena y luego guardados en cajas de cartón.

«Nosotros no podemos hacer nada si el fiscal o el juez no lo ordena», justifica Pedro Martínez, director interino del Instituto de Medicina Legal.

Sin embargo, hay otra razón: el Instituto de Medicina Legal, adscrito a la Corte Suprema de Justicia de El Salvador, no cuenta con suficientes recursos humanos ni financieros para procesar a todas las osamentas que aparecen.

El forense Quijano calcula que tiene unos 800 conjuntos de huesos que no se sabe a quién pertenecieron. Están inventariados, desordenados, desparramados en cajas de cartón de menos de un metro, en varios estantes ubicados en uno de los últimos cuartos de Medicina Legal, al que le llaman el osario.

Para ellos ya no hay más. Son huesos de personas, pero no pueden volver a tener un nombre, una edad, un rostro, una familia, y, por último, no pueden tener ni una lápida.

 

***

Tatiana

Tatiana tiene pintado un código en cada hueso. La serie de números y letras está escrita con un marcador permanente hasta en los más pequeños, como los tarsos y carpos, que miden apenas un centímetro y medio aproximadamente. Acaba de cumplir cinco años de estar encerrada en una caja apilada en aquel estante del osario de Medicina Legal. Llegó allí una tarde de diciembre de 2014, cuando, por puro gusto del azar, asomó en el vientre lodoso y apestoso de un cementerio clandestino, en medio de una finca de Santa Ana, en el occidente de El Salvador.

Apareció en una fosa rectangular de 1.50 metros de largo por 1.25 metros de ancho, al borde de una ladera, cuando los excavadores estaban por alcanzar los tres metros de profundidad en busca de un estudiante, guiados por el verdugo convertido en testigo criteriado.

Los arqueólogos estaban a punto de tirar las herramientas, convencidos de que el soplón había mentido, cuando ocurrió: Tania apareció envuelta en sábanas, minimizada, sin ojos, sin cabello, sin piel, sin músculos ni cartílagos. Solo era un conjunto de huesos sumidos en unas sábanas, que presentaban señales de haber recibido golpes con algo contundente. Ya tenía tres años de haber sido asesinada y enterrada.

Aquello fue en 2011. Cinco pandilleros le cortaron el paso sobre la agreste calle del cantón donde vivía cuando caminaba con su hijo de cuatro meses en brazos. Los hombres la rodearon y uno de ellos le arrebató al niño para perderse entre los matorrales. El resto, la obligó a caminar a empujones durante media hora por un terreno escabroso, empinado, impresentable hasta llegar a una ladera cubierta de vegetación. La sentaron en el piso y comenzaron los gritos.

Entonces, la golpearon con una almádana hasta que dejó de gritar, de respirar. Hasta que el último músculo dejó de contraerse.

La desnudaron. Quizás la violaron antes o después de muerta. La envolvieron en dos sábanas curtidas. Y la lanzaron más allá, adentro de una profunda fosa que otros pandilleros habían cavado más temprano. Después se deshicieron en el mismo hoyo de la ropa que Tatiana llevaba puesta aquel día.

No se saben las razones. No se sabe qué hizo, dijo o dejó de hacer para que la clica Fulton Locos Salvatruchos, una de las estructuras más poderosas de la Mara Salvatrucha (MS-13), decidiera matarla y sembrarla bien hondo en esa parte de la finca que habían convertido en un cementerio clandestino.

Cuando los fiscales cuestionaron al criteriado del caso del estudiante si sabía algo de la muerte de Tatiana, contó, con desgano, que recordaba poco sobre ella. Sabía que había sido llevada a la cima y golpeada con una almádana, quizás hasta violada cuando ya estaba muerta. Confesó que había participado de su privación de libertad; pero desconocía su identidad ni el por qué sus compañeros habían ordenado y cometido el crimen.

Cuando la mataron, no hubo revuelo en las redes sociales ni apareció su rostro en las alertas de desaparecidos. Nadie buscó a Tatiana. Por eso, no hubo más preguntas al soplón. No más investigación ni ofrecimientos de beneficios extras para que diera más detalles.

Por eso, cuando los arqueólogos terminaron con lo que dice el protocolo: levantar primero los pies y finalizar con el cráneo. La embolsaron y le colocaron un código para llevarla a un cuarto frío de almacenamiento.

Después la cocinaron, limpiaron, inventariaron y la guardaron en el osario.

Ochocientos

El proceso para que Medicina Legal realice la prueba de identidad a familiares que buscan desaparecidos depende de varias coincidencias. Lo primero que debe cuadrar es que los detalles de la ropa y otros artículos como mochila, carteras, celulares y otras pertenencias, según lo declarado por los parientes cuando reportan la desaparición, aparezcan junto con la víctima.

El forense Quijano dice que, cuando eso ocurre, los fiscales le dicen a la familia que se someta a una entrevista en Medicina Legal, donde debe volver a contar los detalles de lo último que supo del desaparecido.

«Si no tenemos un familiar con quien comparar, no se puede. Eso no se lo voy a mandar al doctor (genetista), porque le voy a llenar de muestras. Yo los tengo archivados, hasta que aparece el familiar», dice Quijano.

El doctor al que se refiere Quijano es Boris Cornejo, jefe del departamento de Genética del IML. Acepta en una muestra de sinceridad que, como departamento de ADN, no tienen el presupuesto anual suficiente para comprar los reactivos que se requieren para armar un banco genético con las 800 osamentas del osario.

«Si no tenemos una persona con quien comparar, se queda en estado de tejido óseo y no se procesa. Hasta que aparezca algún pariente», reconoce Cornejo.

—¿Qué pasa si hay 30 cuerpos en una fosa clandestina donde un criteriado llevó a los investigadores por un solo cadáver?

—Vamos a esperar a que tengamos familiares-, reitera Cornejo con cierto aire de resignación.

El genetista, además, dice que como departamento tienen otras 10,000 manchas de sangre que han obtenido de cadáveres de desaparecidos: «Tenemos desaparecidos donde solo hay manchas de ADN que no hemos hecho perfil genético», señala.

Cornejo dice que si quiera ponerse al día para analizar las 10,000 manchas de sangre y los casi 800 conjuntos de huesos, necesitaría trabajar sin descanso «unos tres años». Eso y que dejen de aparecer más osamentas o cadáveres de desaparecidos.

Ilustración de Moris Aldana

***

Carmen

Los pandilleros decidieron entregar el hijo de Tatiana a Carmen, su bisabuela. Ella pasó de la sorpresa a la desesperación. Cogió al niño y minutos después, cuando estuvo sola, llamó al celular de su nieta. «Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuu. Deje su mensaje después del to…».

No hubo respuesta.

Desde ese día, Carmen comenzó una búsqueda de Tatiana a medias. No fue a la policía ni puso denuncia en la Fiscalía, solo comentaba con los vecinos su esperanza de que alguien se animara a darle alguna pista. Así fue como le contó a una de sus amigas, mientras ambas esperaban las tortillas, sobre lo que le dijeron los pandilleros aquel día en que le llevaron a su bisnieto: «No busque a la mamá de este perrito, porque ya no existe».

Un policía antipandillas, que aceptó hablar bajo anonimato, dice que las comunidades actúan, muchas veces, como cómplices involuntarias de los pandilleros, porque no cuentan nada de los crímenes que ellos cometen. «Los ven pasar con palas y piochas, saben que las utilizan para cometer delitos y desaparecer a sus víctimas; pero nadie habla, porque ya les ganaron el valor. Viven muertos de miedo».

Carmen vivió con ese miedo durante tres años, hasta que, empujada por una enfermedad que le aquejaba, encontró el valor para contarle a un investigador sobre su nieta. Le dijo cómo iba vestida el día en que desapareció y lo que los pandilleros le dijeron cuando le entregaron al niño. El policía anotó los detalles y armó un expediente en un fólder donde escribió «sobreaveriguar«.

En diciembre de 2014, el policía se enteró que un criteriado había ubicado un cementerio clandestino en la finca de Santa Ana. Dejó de ser para él un hallazgo más, cuando días después leyó en el reporte que habían desenterrado huesos envueltos en dos sábanas y la ropa de la víctima. A juzgar por las prendas, se trataba de una mujer joven.

Buscó en sus archivos y notó que la descripción de la ropa coincidía con lo que Carmen le había contado meses atrás sobre Tatiana. Con esa información, le dijo a la Fiscalía que podría tener a alguien para coincidencia de ADN y así identificar a la víctima.

El investigador fiscal recuerda que llamó al contacto que Carmen dejó el día en que visitó la delegación, pero no hubo respuesta. Entonces, fue a buscarla a la dirección que decía el expediente.

Al llegar a ese cantón en donde casi toda la gente vive muerta de miedo, se enteró de que Carmen no pudo esperar los resultados. Murió antes de saber qué había pasado con su Tatiana.

 

***

Un diente

Lo más cercano que tienen las víctimas de desaparecidos en El Salvador a una restitución digna de sus seres queridos ocurre en este salón de Medicina Legal. Este cuarto, que mide unos cuatro metros de ancho por seis de largo, tiene una esquina equipada con lo que intenta ser un altar: una repisa con un crucifijo y el salmo 23 enmarcado con un fondo verde. El forense Quijano dice que la idea de colocar el crucifijo y el salmo fue para ser equitativos con la fe que puedan profesar los parientes, protestantes o católicos, que llegan a retirar los restos que se logran identificar con el proceso de ADN.

El altar luce coronado con un lienzo negro colocado sin mucha destreza. Quijano dice que este cuarto es una idea que tuvieron como forenses desde hace unos meses y que fue posible gracias a la ayuda del director del instituto, que permitió acondicionar el salón contiguo a la entrada principal de Medicina Legal, aunque es un proceso que ha quedado a medias. La puerta principal tiene mala la cerradura, por lo que el cuarto siempre está abierto. No hay intimidad.

Adentro del mismo salón donde están los huesos de cientos de personas funcionan, también, los baños que utilizan vigilantes y los vendedores que tienen sus puestos en la fachada del instituto.

-Ha habido veces en que los familiares están adentro, orando, después de recibir los restos de sus seres queridos y los vendedores irrumpen, porque tienen ganas de utilizar el baño-, cuenta Quijano.

De las 161 osamentas que los arqueólogos han recuperado de fosas clandestinas o pozos durante los dos últimos años, solo se ha logrado identificar y restituir a sus familiares un 32 %. El otro 68 % espera en las cajas de cartón del anaquel.

Pero no todos los huesos de los desaparecidos permanecen guardados en el osario. Medicinal Legal reconoce que tuvo que enterrar varias osamentas en fosas comunes de los cementerios municipales de San Salvador y Santa Tecla, porque ya no había espacio en los estantes. Estos eran, según el forense Quijano, restos que tenían en reguardo desde 1996.

No se pudo -por tiempo, por recursos, por falta de protocolo- someter estos huesos a pruebas de identificación antes de depositarlos en la tierra. Lo que hicieron los forenses fue crear camino donde no había. De cada conjunto de huesos que antes fue una persona, se rescató un diente o un fragmento de hueso del tamaño de un diente. Y así dejaron viva la esperanza de que, algún día, en un banco de ADN en El Salvador sea posible encontrar una pista que lleve a la identificación.

Afuera, quizá, quede alguien que todavía busque. Y, quizá, todavía quiera devolver a este diente -o hueso del tamaño de diente- el nombre, el rostro, la familia, la dignidad de haber sido alguien.

Ilustración de Moris Aldana

«Mi miedo más grande es que, al morir, mi presencia no haya cambiado algo»

​​​​​​​¿Cómo te imaginabas que iba a ser tu vida?

Que a mis 29 habría fundado una empresa, una ONG, vivido en el extranjero y próxima a iniciar un matrimonio.

¿Qué está soportando o tolerando actualmente que no le haga feliz?

La falta de aguacates.

¿Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

El poder inventarnos la vida al crear nuevas oportunidades y superar retos con personas maravillosas que luchan y apuestan por un mejor país.

¿Cuál es su miedo más grande?

Vivir una vida sin sentido y que, al morir, mi presencia no haya cambiado algo.

¿Dónde y cuándo es feliz?

Al caminar y jugar de crear historias, inventando batallas épicas y esporádicas con mi perro, amigos y familia.

Para usted, ¿cuál es el impacto más visible del cambio climático en El Salvador?

La variación en la temporada lluviosa y seca.

¿Cuál es el mayor beneficio de contar con educación ambiental?

Brindar a las personas el criterio de responsabilizarse y elegir qué sucede con los recursos que usamos a diario, que nos permiten o impiden desarrollar la vida que conocemos.

La soledad de los errantes

Ilustración de Moris Aldana

Los miro siempre

Hace dos meses que solo me atrevo a salir en la madrugada. Me vengo al guanacaste a tomarme el café. Desde esta loma puedo ver todo y a todos. Nadie me mira a mí.
Allá abajo se van prendiendo como estrellas, una a una, las casas del cantón. Oigo latir a los perros a lo lejos y comienza a pasar la gente por el camino de tierra. Van para la milpa o al ingenio. Allá va también mi papá.
Ya casi no extraño las cosas que hacía antes, ni la cancha, ni los ensayos del grupo de música. Lo que sí quisiera es arriar las vacas en el terreno del peñón, donde vive mi hermana. Por ahí también vive la Silvita, la cipota de los camanances.
Mi papá sigue buscando adónde irnos. Toda la gente cree que ya me fui, pero yo vivo encerrado. En las noches no puedo pegar el ojo, me pasa siempre, estoy en la cama, vuelta y vuelta, y de día paso pegado a la ventana y a la tele: miro noticias y películas casi sin volumen, abro un poquito la cortina y los miro a ellos en este guanacaste que está a cincuenta varas de mi casa. Siempre están con los teléfonos, fumando, mirando hacia el camino de tierra. Aquí les gusta estar.
Yo los miro siempre desde la ventana, los prime-ros llegan a las seis de la mañana. Los últimos se van ya noche, como a las once, pasan por el solar de mi casa, silbando.
En este cantón amanece bonito. Antes no me fijaba. Ahora me gusta mirar cómo se va llenando el cielo de fuego y de azul. Salen de las cocinas chorros de humo y poco a poco va cayendo el día en los tejares.
«Andá a traerme un paquete al punto de buses», me decían siempre que me los encontraba. Pero yo no iba.
«Prestame el caballo», me decían. Pero no se los daba, y me iba pasando en medio de todos, agachando la cabeza.
A mis primos y a mis amigos también les gustaba pasar en este guanacaste, siempre correteábamos por aquí, porque las ramas son bajitas y frondosas, y la sombra se queda quieta todo el día. Pero algunos de ellos se tuvieron que ir, otros se brincaron. Después quedó silencio por estos lados.
Para el terreno del peñón iba yo el día en que me salió el Chino, con otros varios que andaba siempre. «Si te vuelvo a encontrar te morís, hijueputa», me dijo. Yo le iba a echar carrera al caballo cuando me bajaron. Solo de eso me acuerdo, después ya estaba en la casa con la cara hinchada, como berenjena.
Ya está aclarando. Allá abajo, por la vereda del molino, viene asomando el primero.

***

Nadie los vio llegar Llueve ceniza.

Los cañales cercanos a la casa de Rosa arden y las fibras calcinadas caen por todo el valle. El viento las mece como plumas. La mujer se limpia la cara con una manta y aprovecha para taparse la nariz, quiere descansar del tufo a muerto que le llega de la boca del hombre.
Al notar que ella se incomoda por su aliento, el visitante le regala una sonrisa amplia. Tiene la boca llena de coronas de oro y de una masa amarilla. Quiere convencerla de que le alquile la casa y el terreno en el que ella habita con su familia.
—Perdone, señor, pero esto me lo dejó mi abuelo y va a ser de mis cipotes cuando me muera. No necesitamos más. No nos queremos ir al pueblo ni a la capital —dice la mujer.
El hombre le cuenta que las demás familias del caserío han aceptado la misma oferta que le está haciendo, que algunas al inicio se negaron, pero finalmente se fueron.
Un olor a carne y a pelo quemado se mezcla con la pudrición de la boca del hombre. Rosa hace otra mueca de malestar, le da de mamar a la niña que carga en brazos, no quiere que sienta el tufo, piensa que podría enfermarla.
El marido de Rosa y sus otros dos hijos asoman por la vereda. Se ven agotados.
—¿No le dan lástima? con lo que le ofrezco ya no van a tener que andar así. Pero quizá despuesito cambie de opinión, madre. Voy a pasar otro día. Platique con su marido. Mire cómo viene el pobre —añade el hombre de la boca maloliente. Arranca su motocicleta y se va. Varios metros adelante lo comienza a seguir otra motocicleta, estuvo ahí desde el principio y Rosa no se dio cuenta.
La mujer sabe que algunos de sus vecinos se han ido. Nadie dijo nada, todos dejaron las casas de noche. Están solos.
Rosa entra, pone a su hija en la hamaca, la pequeña llora un rato, luego se duerme. La madre se apresura a servir la comida.
—Quieren que alquilemos la casa y el terreno. Pero ofrecen una nadita, Martín. El hombre ese me dijo que van a meter unos cultivos nuevos aquí y que las otras familias ya aceptaron. ¿Vos qué decís, viejo, nos vamos? —pregunta Rosa desde la hornilla.
Afuera el humo sube cada vez más negro.

***

Los cañales ardieron toda la noche.

La niña no ha dormido desde las tres de la madrugada, Rosa no cesa en sus intentos por hacerla sentir mejor. Le pasa un huevo indio, la baña con agua de hierba del susto, quema basura de cuatro esquinas en una cacerola atrás de la casa, cree que puede controlar el mal antes de tener que ir a la clínica.
El ruido de unos pasos por la vereda que baja de la loma la asusta. La sorpresa se convierte en temor cuando mira al hombre de la boca de oro cerca de ella.
—¡No ande haciendo eso! Nadie le dio permiso para meterse —recrimina Rosa casi a gritos, se agita. Nota que el hombre trae un revólver a la cintura, viene más sucio que la primera vez, parece que ha dormido en el monte.
—Andaba aquí nomasito, seño, y quise venir a verla. ¿Qué pasó, ya decidieron? mire que mucho tiempo no le voy mantener la oferta.
José, el hijo mayor de la familia, escucha a su madre, se levanta y va hasta la parte de atrás. Lleva su corvo.
—Rosita, necesitamos una respuesta. Si quiere vengo mañana a esta hora y le adelanto el camión para que vayan subiendo sus cosas.
El joven acelera el paso —Mire, a huevo que le estamos dando un buen trato, hasta mucho tiempo se han tardado. No detenga el progreso, que si no el progreso se los va a tragar.
José se interpone entre Rosa y el invasor.
—Piense en sus hijos, mire que están morros. Acá no van a tener ningún futuro. Por esta que no —se besa los dedos y hace una señal de cruz.
El chico aparta a su madre y encara al visitante, el olor de su boca le da náuseas.
—La onda es que la hemos agarrado al suave con ustedes. Decida ya: se van o se quedan. Los meros jefes son de mecha corta. La otra gente agarró el vacil rápido y se pelaron. Nadie quiere que le den la foto, va.
José empuja al hombre. Empuña con fuerza su corvo. Algo lo enceguece, cae desorientado. El visitante trata de repetir el golpe. Rosa toma el arma de su hijo, dirige la punta al atacante. Tiene miedo. No entiende el cambio, pero reconoce esa forma de hablar. Tiembla.
Unos murmullos llegan desde la vereda, es Martín y su hijo menor. Las voces cada vez se escuchan más fuertes.
—La onda está así: ¡se van a ir sin ni mierda, pero ya! —grita el visitante mientras se marcha.
El fuego avanza. La niña llora.

***

Varios trozos de ocote arden en el piso de la casa. Afuera, el monte en llamas ilumina los cerros.
Rosa guarda la ropa de la niña en una pañalera, acomoda la leche y las medicinas.
Martín y sus hijos ponen lo que pueden en sacos, también preparan un poco de comida para el viaje. No saben adónde irán.
Una luz blanca llena todo. Afuera se estacionan dos automóviles, frente a los focos de los carros se paran cuatro siluetas, traen armas. La familia pone tranca a la puerta, apagan los trozos de madera, callan.
Algo se estrella contra el techo, otro golpe suena en la puerta, uno más en la ventana. Adentro sube el calor. Una luz rojiza comienza a entrar a la casa, el humo inunda todo. El fuego se come el techo, trozos de madera caen, suena un disparo, los animales que resguardan tratan de salir, los gritos de la familia se mezclan con los chillidos de las bestias, suenan más disparos.
Rosa moja un trapo, le tapa la boca a su hija, se arrin-cona. Algo hiere la pierna del hermano menor, sangra. José lo ve, abre una ventana, saca al chico, luego a su madre con la niña.
Los disparos dan una tregua, el fuego no. Una segunda tanda de escopetazos destroza la puerta. Una voz conocida da la orden de seguir.
La familia está afuera, suena una tercera ráfaga: alcanza a José. El padre quiere volver, la madre lo detiene, vio cómo volaron los sesos del joven. Corren hacia el barranco, el hijo menor avanza apoyado en su padre. Los hombres siguen disparando.
Del cielo no les llega ayuda, de la tierra solo el plomo les sopla en el cuello. Entran en una cueva, los pasos no cesan cerca de ellos, tampoco el fuego de las armas.
La penumbra los cobija.
Los pasos paran, los disparos callan.
El adolescente muerde un trapo, su padre le cubre la pierna con su camisa. La niña comienza a llorar.
Rosa le pone el pecho para que se calme, la pequeña no quiere, el miedo también la domina. Los pasos vuelven a sonar cerca, la niña llora más. Rosa le pone nuevamente el pecho, la fuerza. Suena un tiro. La niña se queja, su llanto está ahogado pero sigue haciendo ruido. Rosa también llora, aprieta más la cabeza de su hija contra su pecho. Cree oír a alguien caminar fuera de la cueva, la aprieta aún más. El llanto de la niña cesa, también los pasos, también el plomo. El silencio se queda.
La primera luz del día llega. Rosa sale de la cueva, camina hacia el pueblo con el cuerpo de su hija en brazos.
La ceniza no deja de caer.

***

Crucifixión

Me dice que no llore, porque a donde vamos hay un montón de juguetes con los que voy a jugar. Me dice que si quiero un pan, que si me ha dado frío, que si me pasa algo, que por favor me calle, que ya estuvo bueno. Mi abuela me nalguea, para que al menos llore por algo. Mi tía va llorando a la par mía, y lloro porque ella llora.
Un hombre malo llegó a la casa cuando ella me cuidaba y estábamos solos. Él tenía los ojos rojos rojos, como los del Cadejo, y dijo cosas feas mientras me señalaba, y sentí un gran miedo. Mi tía me pidió que me fuera, y yo quería hacerle caso, pero no podía moverme. El hombre agarró a mi tía de las manos y las puso arriba de su cabeza, y ella hacía fuerzas para soltarse, pero la tenía crucificada, y la tiró al suelo, y ella gritó duro para que la ayudaran, pero él le pegó en la cara y luego en las rodillas para ponérsele encima. Yo me acuerdo que seguí quieto porque me había hecho de piedra, pero mi tía empezó a llorar porque le dolía, y el hombre malo le volvió a pegar.
Entonces me fui corriendo, pero no sabía adónde porque las lágrimas solo me dejaban ver bultos por todos lados, y me crucé la calle y seguí corriendo fuer-te, fuerte, hasta que escuché a mi abuela llamarme «¡Luisito!» y me fui a agarrar de ella para que nos sal-vara. Solo alcancé a contarle que el hombre malo le estaba pegando a mi tía, y empezó a correr como yo, pero de regreso a la casa, y la seguí.
Se puso a gritar cuando los halló, pero el hombre malo solo se levantó y se subió el pantalón mientras la miraba, y tenía los ojos rojos, y le dijo que nos iba a matar si le decíamos a alguien, y mi abuela se quedó quieta, y mi tía lloraba.
Él caminó a la puerta, y mi abuela me agarró como con miedo de que me llevara, pero solo me puso la mano en la cabeza y se fue. Sentí que esa mano esta-ba sucia, pero cuando me revisé el pelo vi que no te-nía nada.
Me alegré cuando mi abuela me contó que al hombre lo habían metido preso, por malo, pero después llegaron los amigos de él. Me acuerdo que eran tres y que llevaban pistolas. El más gordo dijo que todo era culpa de ellas, y que más les valía que sacaran a su primo o si no, nos iban a despachar. Así dijo.
Nos vamos, porque mi abuela tiene miedo. Nos vamos, porque a mi tía le duele.

***

Zopes

Donde vivíamos antes me decían «¿Don Gustavo, cómo le va?». Pero de eso ya van seis meses que no lo escucho. Aquí me miran igual que a los chuchos que andan pepenando conmigo… yo me hago el que no los veo y asunto arreglado.
Y pues sí, bien que he de apestar, pero no es por mi gusto. Me encuentro tantas cochinadas en las bolsas que ya ni mi propio tufo siento. A veces me imagino que pedacitos de la pudrición se me meten, y me paso todo el día afligido porque ando cargando adentro el tufo, ¿se figura usted? A veces, en lo que busco botellas y latas, hallo comida que todavía está buena y la guardo para mis hijos. Ayer encontré una muñeca y se la llevé a la niña. Le gustó mucho… pues sí, algo de alegría hay que llevarles, con todo lo que nos ha pasado…
Nos vinimos a la capital porque nos llegaron a decir que ya no nos querían ver. Y no es que uno pueda rezongar. Lo que dicen es y punto. Así que agarramos lo que alcanzamos y pusimos la champa cerca de donde una prima.
Todo lo malo empezó cuando mi muchacho se nos perdió. Él no se metía con nadie, pero ese fue el problema, que dicen que no quiso y pues… Lo fuimos a encontrar en un barranco, casi que en el otro cantón. Viendo a los zopes llegamos a donde estaba.
Él era igualito a mí, hasta el mismo paso teníamos. Hallármelo así, tirado como chucho, como que… y el olor… ¿Podrá usted creer que eso era la único en lo que yo podía pensar cuando lo hallé? El tufo se me había metido, y desde ese día, por más que me sueno la nariz, no tengo cómo sacarlo.
Yo lo ando cargando adentro.

***

Huir

Están solos. A esta hora de la madrugada, sus familias no saben que las ranas los levantaron, que los llevan casi desnudos caminando por veredas, descalzos, con los pulgares atados, con los pantalones abajo para que no corran.
La luz de la luna ilumina sus espaldas, llevan las suelas de las botas tatuadas con lodo y sangre seca. Los culatazos no cesan, sus pasos se acortan, la respiración honda los desnuda aún más, se pueden contar sus costillas.
Los chicos no tenían mucho de vivir en la zona. Llegaron con sus familias escapando de los bichos. Les habían dado dos caminos: colaborar o morirse. Ellos escogieron huir.
El cura de este pueblo les consiguió refugio. La clica no los encontró, pero los soldados no soportaron su juventud, su risa de hiena por las tardes en el parque, su terquedad cuando eran revisados, la resistencia de sus manos al apretarles los dedos enlazados tras la cabeza.
Los tres lamentan en silencio haberse escondido en el gallinero de la parroquia. Pensaron que la lejanía de sus casas y el ruido de los animales serían un buen escudo. La noche anterior durmieron en el cerro, en la copa de los árboles del lado más escabroso, les fue mejor.
Los sonidos de la violencia no alteran la calma de las milpas que cruzan. Los tacuazines corren des-preocupados, los perros ladran siempre a lo lejos. El pequeño universo de golpes e insultos se mueve lentamente, al ritmo de sus pasos. Nadie oye, nadie quiere oír.
Una orden llegó de arriba. Había que liberar la zona de amenazas, limpiarla de bichos, de sus amigos o de cualquiera que se pareciera a ellos. El método era lo de menos, el país estaba amenazado El parque se convirtió poco a poco en zona veda-da, los militares comenzaron a usar gorros navarones, borraron cualquier marca de identificación de sus uniformes. Los cacheos fueron más frecuentes, más violentos. Los chicos buscaron otros espacios para estar, luego casi no podían salir a la calle. Ya eran, sin serlo, la sombra de una amenaza.
Sus lenguas son tejas secas, no hay saliva en ellas, solo la sangre que llena sus bocas rotas. Desconocen su destino. Piensan en correr pero se contienen. Escapar únicamente les daría un motivo más para golpearlos, para jalar el gatillo.
Por un instante creen que eso sería lo mejor. El ruido de las balas en la madrugada no se puede ignorar como a los gritos en la calle, como a la pólvora en las ma-nos, como a los cuerpos en posición de huida, como a las marcas de tortura. Desisten, es una película que vieron ya en este pueblo, el resultado fue el silencio. Nada puede contra la voz que señala a los muertos de terroristas, de agresores del Estado, de enemigos del bien común.
A uno de sus amigos lo sacaron de madrugada. Era un operativo del Ejército. Lo subieron al mismo picap blanco que ahora los escolta. La familia pensó que en la mañana podrían llevarle comida a la bartolina. No estaba allí, tampoco en el cuartel.
Al mediodía les llegó la noticia del joven muerto. Cinco tiros en la espalda, uno en la nuca. Fue en un tiroteo, dijeron los jefes uniformados. Alguien habló de alteración de la escena, de que el arma había sido colocada, de señales de ataduras en las manos, de livideces que no concordaban con la posición del cadáver, de ejecución. Después, nada.
Días antes, el muchacho no se había dejado revisar, los soldados lo sometieron. Sus amigos intentaron ayudarlo, la punta de los fusiles los paró en seco. Las madres llegaron a tiempo, increparon a los militares. Los chicos finalmente se fueron, pero los soldados no olvidaron.
Los jóvenes comenzaron a dormir afuera de las casas tras el crimen. Cada noche buscaban un refugio nuevo, como sus padres en la guerra. Primero fue la iglesia, después la casa comunal, luego el cerro, por último el gallinero.
No escucharon al vehículo acercarse, llegó con las luces apagadas. La puerta no opuso resistencia, varias lámparas les iluminaron el rostro, los cegaron. Los golpes llegaron sin aviso. Nadie escuchó los gritos. Ni un solo hijueputa llegó a los oídos de los vecinos, ni un solo hijueputa quiso ser escuchado. Las gallinas fueron testigos del espanto, también gritaron, luego volvieron a dormir.
Uno de los muchachos cae. Un soldado lo levanta por el cuello, le da un rodillazo en el estómago. El chico se desploma nuevamente, vomita algo oscuro. El militar le pone el pie en el pecho, le orina la cara.
Los bultos en el horizonte comienzan a tomar forma de casas, no reconocen este pueblo, no es el suyo, no es el que les dio refugio. Una luz se prende y apaga a lo lejos, los jóvenes piensan que son los compañeros de los soldados, quieren creer que solo los llevarán a encerrarlos a otro lado, que mañana no estarán en un tiroteo fantasma, que verán a sus padres.
Unos números romanos pintados sobre un muro marcan una frontera, la cruzan. El terror se queda con los chicos.
—Aquí les traemos —grita el soldado al mando. De las sombras se desprenden varias siluetas.

Ilustración de Moris Aldana

Feria

Han puesto un cono a la par mía. Alguien me arregló los brazos y las piernas y me puso la mantelina en la cara. Soy un cuerpo acostado boca arriba sobre piedras incómodas. Un policía me cuida mientras van por la cinta. Eso le dijeron. «Cuidala». Pero no me mira. Hay gente sentada ahí nomasito, renegando que el bus se tarda. Una muchacha se ríe diciendo que quizá celebré demasiado porque me quedé dormida de tan borracha. Luego se calla. Se escuchan los cuetes y la bulla de la feria. Se distingue la calle solo por las luces de toda esa chorrera de carros que quiere entrar al pueblo. Nadie alcanza a ver el alambre en mi cuello morado. Mi familia no sabe que me dejaron aquí tirada.

***

Cuando se metieron a la casa, nos ordenaron que quitáramos la denuncia y nos fuéramos o nos mataban. Traté de que no me temblara la voz: «Dios no permita, hija, —le dije a la Ana— pero a ese que lo tengan preso por lo que le hizo a la niña». Y no es tanto que yo fuera valiente, la verdad es que no teníamos para dónde irnos. Nos quedamos, pero cerramos las ventanas con pasadores y trancamos la puerta. Ya ni dormía bien por imaginarme todas las formas en que podían matar a la Ana, que es salida y nunca distingue cuándo callarse la boca, y a la Karlita, que Dios sabe por qué le hicieron eso a ella y no a su nana. En la casa vivíamos las tres, nadie más. Cuando las sentía hincarse juntas, a la par de la cama, y pedir que no nos pasara nada, solo me daba la vuelta y me hacía la dormida. Hacía tiempo que se me había acabado la fe, pero no era algo que les pudiera decir.

***

Después de lo de Karlita, a la Ana le tocaba pedir permiso en el trabajo bien seguido, y al final la echaron. En esa misma semana fue que vinieron ellos y nos encerramos. Ayer, viendo que ya nos estábamos quedando sin comida, agarré unas libras de maíz y frijoles que tenía guardados y me puse a hacer unos tamales pisques. Le pedí a la vecina que les contara a los demás en la colonia, pero casi no vendí. Hoy en la mañana oí unos cuetes y me acordé de que había feria. Y cabal es la fecha en que el pueblo rebalsa de gente porque traen música y hacen la procesión. Le dije a Ana que me ayudara a llevar la mesa y los peroles al parque y se regresara. Me puse en una buena esquina. Para cuando se hizo de noche había vendido un montón y estaba bien contenta por eso. Vi a los niños jugar y me dio lástima que Karlita, con lo inquieta que es, esté ahora tan triste y encima tenga que pasársela encerrada todo el día. Pero es de esas cosas que una piensa y sabe que es por gusto, de nada sirve lamentarse. Como a las ocho ya estaba más calmada la venta porque todos andaban en el baile. Le dije al de a la par: «Cuídeme aquí en lo que voy al baño».

***

Tal vez fue porque no me hinqué a la par de mi hija y de mi nieta que me pasó lo que me pasó. Tal vez solo me tocaba. Tal vez no, pero ellos me adelantaron; ellos, los que me hallaron en el camino y me sacaron del pueblo y después me vinieron a tirar aquí, en el predio que da a la entrada. Aunque hubiera gritado, ¿quién se iba a dar cuenta entre tanta cumbia? No me acuerdo quién me arregló las manos y las piernas. No sé a quién se le ocurrió taparme. Pero le agradezco. Debe ser feo verle la muerte en la cara a una vieja como yo.

***

Escucho a Ana pedirle al policía que si las pueden acompañar a la casa, que las dejen subir un par de cosas al carro y que las lleven lejos, lejos, adonde sea. Ana nunca entendió que no se puede correr así nomás, sin saber para dónde va uno. ¿Qué va a ser de ellas? Ana empieza a gritar: «¡¿Que no ve que me la mataron?! ¡¿Que no ve que ahora nos van a matar a nosotras?!». La gente la mira desde los carros detenidos por la trabazón. El policía le pide que se calme, que está asustando a los turistas. Ana sigue llorando abrazada a la niña, pero ya no grita: «Llévenos lejos, por favor, se lo ruego, llévenos adonde no nos sigan». El policía la ignora, como me ha ignorado a mí, tal vez para él las dos estamos muertas.

«Yo vendo libros y amo hacerlo»

¿Qué le hace llorar?

Todo lo que sea hermoso. Todo el arte que logre conmover esos pellejos del alma que uno creía dormidos.

¿Cree que es importante un empleo estable?

Para mí lo es. Pero no es imprescindible. Cada uno busca la mejor manera de obtener dinero. Lo más importante es un trabajo que uno ame. Yo vendo libros y amo hacerlo, me da la satisfacción de encontrarme con libros especiales, primeras ediciones y cosas raras.

¿Quién le habría gustado ser?

Nadie más que yo, pero en otras épocas y lugares.

¿Cómo definiría a su voz poética?

Hacer poemas a partir de escombros, calcar en el papel la mano que me ha golpeado o hablarle al diablo en el espejo. Es difícil hablar de uno mismo. Prefiero no hacerlo si estoy sobrio.

¿Qué se habla, afuera, sobre la literatura que acá se está escribiendo?

Realmente no se habla mucho sobre Centroamérica y mucho menos de El Salvador, de no ser por los grandes escritores ya consagrados. Creo que se necesita trabajar más para que nuestros escritores lleguen a más países y estos encuentros son muy importantes para eso. Pero no siempre es fácil para nuestros artistas tener la capacidad de poder salir del país. A mí me costó cuatro meses de trámites horrorosos.

¿Sus poetas favoritos?

Roque, Armijo, Kijadurías, Gelman, Huidobro, Joaquín Prada. Y arriba de todos ellos, mis amigos.

¿Cómo reacciona a las críticas, si cree que son injustificadas?

Me gusta escucharlas, me ponen de buen humor.

Préstamos Gota a Gota: la esclavitud financiera de los más pobres en Latinoamérica

Por CONNECTAS

Fue a finales de los noventa en la ciudad de Medellín, cuna de uno de los mayores carteles del narcotráfico en Colombia, cuando empezó a gestarse un fenómeno económico clandestino que se conoce en varios países de Latinoamérica como ‘gota a gota’, una modalidad de préstamo que fue creada para el lavado de dinero, pero que condena a la esclavitud financiera a los más pobres del continente y que ahora está en 16 países como lo confirmó esta investigación realizada por El País de Cali en alianza con la principal plataforma que promueve el periodismo colaborativo en la región, CONNECTAS.

Blanquear todo el dinero que ingresaba a Colombia como ganancia del narcotráfico era una misión imposible. Así, empieza a aparecer la figura que hoy recorre las calles de los países de América Latina: el ‘gota a gota’, ‘chulco’ o ‘pagadiario’. Aunque es imposible precisar la dimensión de este fenómeno, un informe realizado por la Universidad Central de Bogotá revela que el ‘gota a gota’ mueve diariamente cerca de un millón de dólares, solo en Colombia.

Andrés Nieto, analista de seguridad en la Universidad, aseguró tras el estudio que “Es tanta la cantidad de dinero que mueve el ‘gota a gota’, que de alguna manera se asemeja a las ganancias del narcotráfico”. La problemática de tinte regional ya ha causado encuentros entre varios países latinoamericanos, para plantearse soluciones concretas que ayuden a combatir este modelo de préstamo ilegal.

Sus víctimas han sido vendedores callejeros, pequeños comerciantes, amas de casa, mecánicos, conductores y todas aquellas personas que no tienen acceso a un crédito bancario. El ‘gota a gota’ no detalla si la persona tiene capacidad de pago, no exige trámites ni fiadores. Basta el documento de identidad y el dinero se entrega en minutos. La intimidación y la violencia es la prenda de garantía de que no se perderá el dinero.

México, Ecuador, Perú y Brasil son los países en los que hay mayoría de colombianos detenidos por delitos afines a los cobros del ‘gota a gota’.

En diferentes países de América Latina las estructuras armadas que trabajaban para los carteles del narcotráfico salieron a la caza de ‘beneficiarios’. La necesidad llevó a la población más pobre del continente a negociar directamente con el crimen organizado.

Una vez recibido el crédito, un cobrador, muchas veces en motocicleta, llegará a la misma hora durante los próximos 20 días para recoger una cuota que en el mejor de los casos terminará pagando un interés del 20 por ciento. Por un préstamo de 100 dólares se puede cobrar una tarifa hasta de seis dólares durante 20 días. La persona terminaría pagando un total de 120 dólares.

 

Ecuador fue el primer país que importó esta modalidad en el año 2008 y posteriormente las redes de colombianos hicieron presencia con estos créditos en mercados y zonas marginales de Perú, adonde llegaron en 2009. Ya en 2010, probado el modelo exitoso en ganancias, hubo auge de esta modalidad, que empezó a colonizar a Chile y Argentina en parte debido a la migración de colombianos hacia esos países. Asimismo, esta investigación obtuvo reportes de que ese mismo año una comunidad grande de colombianos que empezó a radicarse en el sur de Bolivia y ya en 2011 estas redes rompieron la barrera del idioma y se tomaron algunos de los estados de la periferia de Brasil, llegando incluso a Sao Paulo y Río de Janeiro.

Los primeros prestamistas en llegar a México para abrir rutas lo hicieron en 2012, pero a partir de 2014, con la eliminación de la visa para los colombianos, se consolidó su accionar gracias a la alianza que lograron con bandas de crimen organizado en ese país. Posterior a esto, la conquista en Centroamérica se realizó entre 2013 y 2014, cuando los créditos sin requisitos ni fiadores se tomaron los comercios y zonas marginales de Honduras y Guatemala, donde trabajan también en alianza con las marcas salvadoreñas.

Alrededor de 300 personas, entre deudores y cobradores, han muerto en los últimos años en América Latina por retaliaciones relacionadas con ‘gota a gota’.

Aunque a comienzos de 2019 Panamá reportó el primer caso de capturas de colombianos por ‘gota a gota’, en 2015 se registró una serie de actos violentos y de muertes relacionados con esta actividad ilícita en la capital del país. Personas de nacionalidad colombiana y nicaragüenses indocumentados fueron las víctimas de estas redes.

Uruguay es el último país en el que aterrizó este fenómeno, a comienzos del 2017, y ya se tienen reportes de una persona asesinada y un cobrador colombiano desaparecido.

 

Para que desde el 2008 empezara la expansión del fenómeno del ‘gota a gota’ por América Latina fue necesario reclutar a decenas de jóvenes colombianos graduados de bachillerato, sin empleo y sin la posibilidad de continuar una carrera universitaria.

Otros factores también fueron fundamentales para la expansión de este cruel modelo de préstamo por la región: los altos índices de corrupción en los gobiernos de algunos países, la desigualdad social en el continente y la corrupción de algunas autoridades policiales en países como Colombia, Perú, Ecuador y México.

Asimismo, las organizaciones colombianas dedicadas a este tipo de delitos en el extranjero operan con la complicidad de los carteles o las bandas criminales de cada uno de esos países tal como ha ocurrido en Perú, Honduras, Brasil y México.

 

Ante una realidad evidente de expansión, representantes de los gobiernos de diez países se reunieron en agosto del 2017 en la ciudad de Puebla, en México, para firmar un acuerdo de cooperación internacional a fin de combatir la corrupción y la delincuencia organizada. En el evento, uno de los temas tratados fue el de la presencia de legiones de colombianos dedicados al préstamo ilegal de dinero, bajo el modelo de ‘cobradiario’ o ‘gota a gota’.

Dueño del capital, administradores, cajeras y cobradores, entre otros, hacen parte del negocio del ‘gota a gota’.

De acuerdo con la respuesta entregada por la Cancillería colombiana a un pedido de información para este reportaje, entre el año 2014 y julio del 2019, fueron asesinados 337 colombianos en 14 países de América Latina, en su mayoría por casos relacionados con préstamos ‘gota a gota’ y microtráfico. Hay además 152 casos más en los que las circunstancias de su muerte están ‘por determinar’.

El ‘gota a gota’ es, en últimas, la sumatoria de la desigualdad en América Latina. Salvador Guerrero, director del Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia de la Ciudad de México, dice que este no es un asunto punitivo policial, sino de política social “porque quienes necesitan el dinero como quienes lo cobran, prácticamente pertenecen al mismo segmento de población depauperada que es utilizada por las organizaciones del ‘gota a gota’ a nivel continental”.

Amplíe la información sobre el nacimiento y desarrollo del modelo ‘gota a gota’ en los diferentes países de la región acá.


* Esta historia fue realizada por Hugo Mario Cárdenas para El País de Cali, Colombia, en alianza con CONNECTAS.

Una canción presuntuosa está destinada a fracasar

¿Qué es lo que más le disgusta?

Tres cosas: la traición, la gente que bota basura en las calles y las pacayas.

¿El arte se consume o se disfruta?

En este caso, ambos términos están ligados. Uno consume lo que cree que va a disfrutar y uno disfruta lo que ya consumió y le gustó.

¿Qué hace la diferencia entre una buena canción y una que no lo es?

Definitivamente la sinceridad con la que fue compuesta. Una canción presuntuosa está destinada a fracasar. Las mejores canciones hechas son las que son transparentes en su composición y directas con lo que quieren decir o, al menos, hacer sentir.

¿Cuál es su mayor debilidad y su mayor fortaleza?

Mis ideas obsesivas son mi mayor debilidad y mi mayor fortaleza a la vez.

¿Qué hace a alguien ser bello?

Definitivamente su nivel de transparencia como ser humano.

Una canción que le alegra el día…

Hey Jude

¿Qué característica es indispensable en un músico exitoso?

Entender que está bien equivocarse, aprender de sus errores, no dejar de tocar, repetir hasta que salga y, sobretodo, nunca dejar de sentir.