Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

La patria centroamericana en éxodo

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida, desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala, a la guerra civil en El Salvador.

El éxodo de los tres países llamados Triángulo Norte, aún no termina ni está en la voluntad de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños ponerle punto final, por considerarlo cuestión de vivir o morir; o vivir muriendo. No quiero ser dramático. Pero solo veamos las fotografías en los medios de prensa que nos hace ver hasta dónde llega la desesperación de la gente para buscar oportunidades. Algo que en 25 años de pacificación regional no se pudo prever pese a que, caso de El Salvador, tuvimos emigraciones desde el primer tercio del siglo XX hacia Honduras, con graves consecuencias, pues culminó en una guerra entre hermanos. Fue menos dramática hacia Guatemala.

Ahora nos toca ver impávidos las fotografías que nos trae la prensa diaria, incluyendo llamados en México a que los carteles actúen con sus sicarios para acabar con el éxodo centroamericano, o amenazar con disparar a nuestra gente si osa cruzar las fronteras. Aunque la sensibilidad humana nos dice que eso no va a suceder. Sin embargo, el escarnio y el trato indigno ofende la razón de ser de la nación centroamericana, en especial Honduras, El Salvador y Guatemala. Las fotografías de la prensa diaria nos dicen de la desesperación ante una desesperanza ingrata. Y ello incluye niños de brazos, hombres y mujeres jóvenes. Saltan desde los puentes al río, evaden bardas, se exasperan. Lo cual justifica que se les llame personas violentas e incluso criminales. Ignoran que el éxodo busca la vida aun enfrentado la muerte.

Ante todo esto cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Culparemos solo al país que construyó su riqueza con emigrantes europeos? Ellos que ya cubrieron sus necesidades históricas huyendo de las devastaciones y miserias producidas por la guerra o por los exterminios étnicos y por buscar oportunidades ante los cataclismos europeos.

Ante esa realidad reiteremos con cuatro preguntas lo que recalcan los medios mundiales. Primero, ¿quién sufraga estas caravanas? Entre varias explicaciones se llegó a decir que el financista era un multimillonario (un originario de Hungría que llegó a Estados Unidos al huir del nazismo que pretendía el predominio étnico por mil años); ahora opositor del actual presidente de Estados Unidos, también descendiente de emigrante en busca de oportunidades. De modo que si nos liberamos de prejuicios, la migración no es pecado mortal, por el contrario, llegar a América fue la bendición para el europeo deprimido.

Segundo, ¿violan las leyes los migrantes y se les debe exigir legalidad para entrar al país que los recibe? Tercero, ha habido un engaño delincuencial que ofreció facilidades de entrar a Estados Unidos. Cuarto, ¿Hubo fallas de políticas públicas de ofrecer una educación orientada hacia el desarrollo del país? O bien no la hubo, o fue muy precaria. Países pequeños que no pudimos salir de nuestras limitaciones económicas, pese a haber sido grandes luchadores a lo largo de su historia.

Para homologar, no puedo dejar de referirme a la presidenta de Finlandia, un país con un poco más de 5 millones de habitantes. Le preguntan a ella el «milagro» de tener un desarrollo mundial avanzado en la producción de tecnología informática. La presidenta responde que hay tres grandes razones: «educación, educación, educación». Milagro que está en nuestras manos realizar como se ha repetido tantas veces. Claro, educación en el sentido amplio que incluye desarrollo cultural. El siglo de la información y del conocimiento nos dice que desarrollo económico implica tener una sociedad culta, preparada. Es aquí donde cojea la mesa de cuatro patas. El milagro lo han experimentado también países asiáticos que en menos de 40 años están a la cabeza del desarrollo. Menciono solamente dos para no sobreabundar: Corea (51.5 millones de habitantes) que resurgió de una guerra que implicó millones de muertos el siglo pasado y que ahora hasta coopera con los países deprimidos; y Singapur (5.7 millones) con inesperados saltos desde la pobreza y que ahora sorprende al mundo.

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida; desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala a la guerra civil en El Salvador, en la medida que no se encontraron las salidas justas para superar las desigualdades. Honduras no se salvó de estas tragedias genocidas, menos dramáticas aunque más constantes hasta nuestro tiempo, como una gota de agua que horada la piedra. La paradoja está en que los tres países anunciamos estar a las puertas de la abundancia, pues el fin de los conflictos dictatoriales implicaba democratización, equidad y bienestar integral.

Reflexiono un caso de El Salvador: han salido unos 80 mil bachilleres promedio en los últimos 10 años, de ellos solo 40 mil pueden entrar a estudios superiores. Ingresan unos 10 mil a la Universidad de El Salvador. El resto entra a universidades privadas. Si ponemos un período desde 2008 a 2018 han quedado en el aire 400 mil jóvenes con menos de 30 años de edad. Y entre los que lograron graduarse, gran porcentaje, por no recibir orientaciones vocacionales, sacan un título y quedan en la calle. Muchos de esos graduados se han sumado al actual éxodo.

El fenómeno no es nuevo, y eso nos obliga a preocuparnos y buscar salidas en cada país.

En 1990, 1,300 centroamericanos emigraron para huir de la pobreza o la guerra. La paradoja fue que al fin del conflicto se aumentó en un millón más (a 2000). En 2006, el éxodo se incrementó en millón y medio. Al 2010 subió en medio millón más. En 2015 el total de emigrados centroamericanos es de 3,385,000, de los cuales El Salvador contribuye al éxodo con 40 %. Guatemala tiene 27.4 %. y Honduras 17.7, continúa en porcentajes Nicaragua, con 7.6; Panamá, 3.1; y Costa Rica, 2.7 %, esto según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Frente a esa irrealidad, nadie está exento de ofrecer luces, proponer políticas públicas educativas y culturales. O podría arrasarnos un maremágnum de tragedias irreversibles.

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  • 25 noviembre, 2018 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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