Carta Editorial

Las migraciones le han dado a la humanidad muchas de las habilidades necesarias para sobrevivir. Han obligado transformaciones y han enriquecido culturas. Nacer en un punto y buscar desarrollo en otro es un derecho.

Pero en nuestra región, la desigualdad retuerce todo lo que toca. Y a lo que traía para ser una opción, le hemos terminado llamando “única alternativa de supervivencia”. Este es un pueblo que migra porque –de lo contrario– lo alcanza la violencia, el hambre, la enfermedad. En realidad, huye.

Todos los días se va gente. Todos los días mandan dinero producto de sus trabajos. Y acá, muy poco cambia. Mañana, otros cientos se van a tener que ir por razones casi idénticas a las que, hace 10 años, dieron los que en ese momento se fueron.

Nuestro “allá” es, por mucho, Estados Unidos (EUA). En ese allá se ha escrito otro El Salvador con sus propios desafíos. El principal, el derecho a quedarse. Pablo Alvarado es, en primer lugar, de aquí, de un cantón que queda en Usulután. Allá, en EUA, Alvarado aprendió no solo a trabajar para él, sino para una comunidad. Es codirector de la National Day Laborer Organizing Network (NDLON), conocida en español como Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras, que ya mantiene abiertos 70 centros en 22 estados.

De lo que más habla Alvarado es de lucha. Una que es por quedarse en aquel país que ha recibido cualquier cantidad de olas de inmigrantes. Él defiende que quedarse es un derecho ganado a fuerza de trabajo y de independencia; mismo que está amenazado, afirma, por un interés que en el fondo es impulsado por un sentimiento racista.

La primera integrante del Gabinete de Gobierno que presentó Nayib Bukele fue a la canciller. El cargo es de Alexandra Hill Tinoco, que en sus primeras apariciones públicas se ha referido a la relación con Estados Unidos. En esta entrevista, Alvarado les pone los pies sobre la tierra a los discursos, y elabora un análisis forjado desde quienes sufren en carne viva las políticas exteriores.
Desde ese lugar, deja al nuevo gobierno el reto de no solo tomar en cuenta los designios del Gobierno de Estados Unidos, sino también integrar los de la comunidad salvadoreña que allá no solo tiene una fuente de ingresos, sino que una vida completa.

Carta Editorial

Se registró la desaparición de 2,682 personas. Este es el dato solo de 2018. Y es una cantidad que no se puede calificar de fiable. Quizá sean más. Pero El Salvador es un país que se ha negado a reconocer esto en su justa medida, se ha negado a admitir que es un problema que afecta a demasiadas familias cada año. Ningún Gobierno ha querido acercarse a ellas con una propuesta a la altura de su dolor, de su angustia y de su vulnerabilidad.

Para empezar, ha hecho falta la creación de un delito que se ajuste a las circunstancias en las que este fenómeno ocurre en la actualidad. Lo que no se nombra no existe. En este caso, eso que carece de categoría legal no es solo un número ni es solo un proceso, son personas.

Esta falta de conciencia de parte de los poderes del Estado no solo atropella los derechos de las personas en paradero desconocido. Se lleva de encuentro también a las familias de ellas que, sin poder hacer un luto y sin poder confiar en que las autoridades hagan una investigación adecuada, tienen que, encima, encontrar energía para honrar los compromisos económicos que haya adquirido la persona de la que no se sabe nada. Quién puede vivir en medio de tanta incertidumbre.

El trámite de declarar la muerte presunta de alguien toma al menos cinco años y una cantidad de gastos que llega a ser incosteable para muchas familias. Porque en esos cinco años no tienen derecho sobre los bienes del desaparecido y están obligadas a seguir pagando por sus deudas. Y, pese a lo delicado de la situación en la que cada año caen más y más familias, el tema no es parte de las agendas institucionales.

La de hoy es la cuarta entrega que dedicamos a las personas desaparecidas y su círculo cercano. Durante 2019, hemos dedicado el último domingo de cada mes a configurar las razones por las que todo esto ha quedado excluido de la discusión de país. Van cuatro y todavía nos queda mucho dolor y mucha injusticia por cubrir.

Carta Editorial

Ellos vienen a ser como la imagen de esa flor que crece en una grieta del asfalto, y es con la que se ilustran la perseverancia y la esperanza por igual. En la edición de hoy presentamos cuatro historias de personas que han encontrado la manera de ver en las dificultades las rendijas por donde se puede hacer crecer algo bueno para la mayoría. Ellos son hijos de contextos marcados por la exclusión.

Esta palabra es la que no hay que olvidar. Excluir es mantener a un sector de la población alejado de los recursos necesarios para ejercer sus derechos. No es negar, por ejemplo, educación o salud, es colocarlos a una distancia (física o social) tan grande que sea imposible tomarlos.

Estas son las historias de cuatro personas que se han unido a otras para reducir la brecha entre sus comunidades y las letras, el baile, el escenario, el cine. Este es un esfuerzo enorme y maravilloso, no hay duda, pero también es necesario reconocer que es mucho trabajo para tan pocas manos.

En una sociedad más justa, en esa por la que todos deberíamos trabajar, las oportunidades de desarrollo deberían estar desbloqueadas para cualquiera. No es el caso de El Salvador, está claro. Pero en estas historias deberíamos saber reconocer el agrio sabor de la desigualdad y la culpa compartida.

Este es un país lleno de personas con talento y energía. Pero la mayoría está atada a contextos desfavorables en donde no hay tiempo para pensar en crear, cuando para lo que alcanza es para pensar solo en sobrevivir.
Acá está nuestra condena. Una de las consecuencias más terribles de la exclusión es que nos obliga a todos a permanecer estancados. Sin oportunidades equitativas, unos pocos no pueden vivir para siempre con privilegios, porque se van a acabar.

Nos ha tomado demasiado tiempo ver y entender que la única manera de avanzar es eliminando brechas absurdas en un país tan pequeño, tan rico, tan pobre y tan lleno al mismo tiempo. En estas páginas escritas por el periodista Stanley Luna hay gente que construye caminos cortos y transitables hacia el desarrollo.

Carta Editorial

Las muestras de personas que llegan a esta sala del Hospital San Rafael, en Santa Tecla, resume muy bien cuáles son los principales retos que tiene el país. Si de comenzar por lo obvio se trata: los hogares no son lugares seguros.

El 75 % de las agresiones sexuales se ha cometido en casa de la víctima, en ese sitio que debería significar resguardo y seguridad. Y las personas victimarias, en los casos de menores de edad, también son conocidas por la víctima. El abuso se comete en círculos de confianza.

La labor de Maritza Anaya en el San Rafael es una de las que se deberían considerar como más importantes para la población. Es psicóloga de la Unidad de Salud Mental del Hospital San Rafael. Desde ahí, se convierte en el primer contacto que, en la mayoría de casos establece una víctima. Es con ella en donde se comienza a trazar el camino hacia algún tipo de recuperación y, quizá, de justicia.

La denuncia se convierte en un reto más grande cuando el abuso se ha cometido en casa. Es ir en contra de todo lo que se conoce en la vida y, en algunas ocasiones, no se cuenta con los recursos y el conocimiento para reconocer un delito. El hospital capta a las víctimas por interconsultas. Llegan solo por lo físico, cuando lo que necesitan es una atención integral que involucre a otros miembros de familia y así mejorar el entorno.

Porque no se le puede pedir a ninguna persona que denuncie un delito cuando no se le ha formado, primero, como sujeto de plenos derechos sobre sí misma y, segundo, sobre cuáles son todas las caras con las que se puede presentar ese delito. No se le puede pedir que denuncie de manera oportuna y efectiva cuando las herramientas que se le dan para hacerlo no sirven.

En esta entrevista realizada por la periodista Valeria Guzmán, Anaya desglosa los procesos que siguen sus pacientes. Pero lo que nunca deja de sonar en medio de la plática es la precariedad en la que ella y sus colegas realizan su trabajo. Una situación que profundiza las injusticias y la violencia contra las personas más vulnerables.

Carta Editorial

Para mejorar la educación del país no solo hace falta invertir en infraestructura. Hay, antes, otro problema que es mucho más grande y complejo. Es de calidad de la docencia.

No se puede pensar en dar un salto de calidad sin revisar las condiciones en las que los docentes realizan su labor. Sus salarios han sido, por ejemplo, uno de los aspectos más criticados. Pero antes, haría falta caer en cuenta de otro aspecto que es necesario cambiar si lo que se quiere es un resultado a largo plazo: ¿quiénes y en qué circunstancias están formando a los docentes en las aulas universitarias? ¿Quién les enseña a enseñar?

Con esta pregunta entre manos, el Instituto Nacional de Formación Docente Ministerio (INFOD) realizó una encuesta cuyos resultados forman parte del reportaje que firma el periodista Stanley Luna.

Un total de 180 docentes participaron en la encuesta. Y de ellos, el 16 % respondió que vive con menos de $500 al mes, con ello, deben mantener familias numerosas. Y no se puede pasar por alto que acá se está hablando de gente que da clase en universidades, son el brazo ejecutor de la educación superior.

Preocupa todavía más que sus salarios no son producto de una sola actividad en un solo lugar. El 41 % de los docentes que participan en este estudio dicen que se ven obligados a tomar contratos por hora clase en diferentes lugares para así poder armar un salario que más o menos compita con sus gastos básicos. Más clases, más alumnos, más tiempo y nada se reconoce en justa medida, ya que estos contratos no incluyen los beneficios de ley.

Hace rato estamos asistiendo a una precarización de la docencia. Lo que se les paga y reconoce no es suficiente para el valor que tiene y lo delicado que es el trabajo que realizan con cada uno de sus estudiantes. Para subir un escalón en materia de educación, el trabajo debe comenzar por ellos.

Carta Editorial

Se metió debajo de las sábanas en un intento de sorpresa. Cuando le dije que ya la había visto, me preguntó que cómo supe dónde estaba. En la misma, se respondió ella sola algo a lo que le encontró toda la lógica que cabe en seis años de vida: “¡Ah!, es que como estuve en tu pancita, tú siempre vas a saber en dónde estoy”. Con todas las fuerzas del mundo, quise decirle que sí, que así es, que por eso siempre voy a saber en dónde y cómo hallarla. A la par de ella, quise que el amor funcionara también como localizador satelital.

Llevamos, con esta, tres entregas en las que hemos abordado diferentes aristas de la desaparición de personas en El Salvador. Y falta, falta tanto por contar. Este es un drama sin fin: no se puede decir adiós y tampoco parece correcto abandonar la esperanza de un reencuentro.

La periodista Valeria Guzmán cuenta en esta edición cuáles son las particularidades que se presentan cuando a quien se debe buscar es una mujer. Pese a que se ha creado un protocolo para agilizar las alertas, en la práctica sigue existiendo, robusto, el prejuicio. La víctima tiene que ser “intachable” para merecer atención.

A lo largo de este ejercicio que hemos puesto en práctica los últimos domingos de cada mes, ha habido un factor recurrente, grande, ineludible y pesado como lápida. Es la soledad de los que tienen que atravesar el infierno de buscar a un ser querido.

El Estado, señala una de las fuentes del reportaje, debería hacer más suya la obligación de asistir a estas víctimas de una muerte en vida. Es que caminar por hospitales, visitar la morgue, ver fotos de cadáveres, asistir a exhumaciones en cementerios clandestinos, pedir desesperadamente información en redes sociales y ver llegar cada noche sin haber encontrado ningún indicio es, en toda regla, una tortura.

Hoy, cientos de personas van a tener que intentar dormir sin haber encontrado respuestas. Este país no va a ser de humanos hasta que ponga atención a estos dolores profundos.

¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?

Hiroko Kishida sobreviviente de la bomba de Hiroshima.

Hiroko Kishida tenía seis años cuando la bomba atómica explotó a 1.5 kilómetros de la casa en la que residía. Era la Hiroshima de un Japón que el 6 de agosto de 1945 estaba a punto de ponerle nombre a una de las grandes tragedias humanas de la guerra.

Kishida es parte de un legado oral que se está extinguiendo. La media de edad de los sobrevivientes de la bomba atómica es 80 años. Aunque la salud de ella es fuerte y procura mantenerse, escucharla es, cada vez más, un privilegio.

Su voz no se quiebra ni en los pasajes más oscuros. La ha adecuado para que lo que impacte no sea la emotividad temporal, sino que la disciplina constante de un relato sin fisuras. Kishida da testimonio desde hace 10 años y lo hace a públicos distintos: desde estudiantes de primaria que repasan la guerra como parte del pénsum hasta un grupo de periodistas latinoamericanos. Desde hace tres años, la municipalidad la contactó y le pidió hacer estas charlas testimoniales ya de manera oficial.

De lo único que se ayuda durante sus relatos es de imágenes en un proyector. «Ahora estamos viendo una pintura de óleo de la cúpula del Centro de Promoción Industrial, que pintó una estudiante de secundaria superior. Voy a ir dando mi testimonio y mostrando unas pinturas que hicieron mis estudiantes de secundaria basados en lo que yo les he ido contando», resume.

La cúpula, como se le se conoce hoy, es la única estructura que, a menos de 200 metros, sobrevivió al bombardeo. Y también sobrevivió, en su momento, a una oleada de críticas de quienes manifestaron que la estructura debía ser destruida por ser un doloroso recordatorio de la guerra. Para explicar la polémica, Kishida cuenta la anécdota de una adolescente que enfermó de leucemia cuando estaba en secundaria. Ella tenía un año cuando la bomba explotó. Y escribió un ensayo en el que manifestó que «solamente la cúpula transmite el mensaje que yo quiero llevar al mundo», poco después, murió. «Los planes cambiaron después de eso. La cúpula se preservó. Yo estoy de acuerdo con que la reliquia se mantenga», cuenta.

Kishida laboró como docente. Y de ahí le ha quedado un gusto por el orden y los datos. Antes de contar cómo vivió durante y después del bombardeo, busca dar una idea de lo que sucedió en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945, cuando el soldado estadounidense Paul Tibbets pilotaba el Boeing B-29 superfortress al que bautizó «Enola Gay» en honor de su madre. Desde esa aeronave soltó a «Little Boy», la bomba.

Con la explosión, los rayos de calor y la radiación se distribuyeron en todas las direcciones. La temperatura de la superficie llegó a los 4,000 centígrados. Y las ráfagas alcanzaron una velocidad de 440 metros por segundo. «El infierno», le dice Kishida.

No se conoce con exactitud la cantidad de personas que se encontraba en Hiroshima durante el bombardeo, pero el Gobierno registraba 350 mil habitantes. «Little Boy» mató en un primer momento a 80,000. En los días posteriores se calcula que otras 140,000 personas llegaron a la zona del desastre a buscar a sus familiares o amigos. Ellos también se expusieron a la radiación. Cuando 1945 terminó, la bomba de Hiroshima había matado a cerca de 170,000 personas.

***

Yo tenía 6 años y vivía con mi abuelo, mi madre, mi hermano de ocho años y mi hermano menor, de cuatro. Mi padre estaba destacado en China, como soldado.

Ese día, a las 7 de la mañana, sonó la sirena de bombardeo. Nos fuimos al refugio antibombas. Pero, a las 7: 30, es decir, media hora después, se levantó la alarma. Todos salimos y, por eso, mi hermano mayor, que estaba en el segundo grado de primaria, se fue a la escuela.

Pasaban 15 minutos de las 8, y, entonces, mi mamá me dijo: «Qué extraño que ya se apagó la sirena, pero todavía suena un avión». Y como desde el baño se veía mejor el cielo, porque la casa tenía una forma de L, yo me metí ahí para asomarme a la ventana y ver el cielo.

El ruido del avión sí se escuchaba, pero no se veía por ningún lado. Y pensé ‘tal vez se dio vuelta y se fue a otro lado’. En ese momento me agaché y sonó un ruido muy fuerte. Y todo quedó totalmente oscuro. Me desmayé. Cuando recobré la conciencia, no sabía si estaba viva o muerta. Sacudí mi cabeza. Supe que estaba por debajo de la tierra. Mi casa estaba hecha de arcilla roja y tras la explosión, me quedé enterrada. Cada vez que sacudía la cabeza caían tierra y escombros. Grité sin pensar: ‘Mamá, socorro, ayúdame’. Y sí, mi mamá vino corriendo.

Pero fue un milagro que mi mamá pudiera rescatarme, porque casi todas las viviendas volaron debido a las ráfagas. Nuestra casa se quedó de pie sostenida solo por una columna inclinada que dejaba un espacio por debajo. Ahí se salvaron mi mamá, mi hermano menor y mi abuelo. Mi mamá acudió al baño y tuvo que escarbar para sacarme. Me llevó a la sala donde estaban mi abuelo y mi hermano.

Todavía me acuerdo de la conversación que tuvieron mi madre y mi abuelo. Mi abuelo dijo ‘huyan, no se preocupen por mí; ya va a caer otra bomba’. Mi abuelo tenía incapacidad en la mitad del cuerpo a causa de una enfermedad. Por eso estaba consciente de que no podía huir con nosotros con facilidad. Mi mamá le dijo que íbamos a volver sin falta, pero nunca pudo volver.

Salimos de la casa y fuimos caminando hacia el Norte, porque había una cola de personas huyendo en esa dirección. Una de mis estudiantes, muchos años más tarde, cuando conté esta historia, pintó esa escena. Aparecemos mi mamá, mi hermano menor y yo caminando con la mirada perdida.

En esa cola de gente, nadie llevaba zapatos. Andábamos descalzos porque salimos con mucho apuro. Caminamos pisando escombros, piedras y vidrios. Y después de andar como por 10 minutos, comenzó a llover. Eran gotas negras.

Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos.

Después de un rato, dejó de llover. Nosotros seguíamos avanzando hacia el Norte. Caminamos hasta el atardecer.

Entonces, encontramos una casa de un agricultor y ahí unas personas estaban preparando muchas bolitas de arroz para ofrecer a los refugiados, a nosotros.

Todavía me acuerdo bien del sabor tan rico de la bolita de arroz. La recuerdo como la bolita de arroz más rica del mundo. En aquel tiempo, nosotros recibíamos el racionamiento de comida y nos alcanzaba solo para dos tiempos al día. Consistía en papilla de arroz muy aguada mezclada con nabo, cebada y un tipo de grano misceláneo. Ni siquiera se podía agarrar con palillos esa comida.

En ese lugar nos juntamos muchos y recuerdo especialmente a una madre muy joven. Una estudiante también pintó esa escena. Se trató de una madre que cargaba a un bebé de unos dos años en la espalda. Y para todos era muy claro que estaba muerto, pero la madre decía que por favor alguien le diera algo de comer a su bebé. Pedía que por favor le dieran agua. Pero nosotros no podíamos hacer nada, ni nadie.

Ahí, en la casa de esos agricultores donde nos brindaron alimento, nos encontramos con una amiga de mi madre. Y ella nos dijo: ‘No sabemos qué pasó en la ciudad de Hiroshima, pero voy a una casa de un pariente’. Nos invitó a ir. Vivimos ahí durante tres años.

Desde el siguiente día que llegamos a esa casa, mi mamá comenzó a hacer viajes a Hiroshima, que nos quedaba a unos 20 kilómetros. Ella buscaba a mi hermano y a mi abuelo. Pero todavía había peligro porque quedaba el calor de los incendios. Mi mamá pudo volver a nuestra casa hasta tres días después de la explosión. Resulta que, cuando por fin llegó, solo halló ceniza. Todo había quedado en ceniza.

Por la paz. Este es el lugar en el estalló la bomba atómica el 6 de agosto de 1945, es el hipocentro. En la actualidad es el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima.

En el lugar en el que cayó la bomba, ahora está el Parque Conmemorativo de la Paz. El hipocentro es muy visitado. Quienes llegan suelen inclinar con respeto la cabeza, algunos juntan las manos ante el pecho. Colocan ofrendas, pero ninguno le da la espalda a este arco a través del cual se mira la cúpula, ubicada a 150 metros, esta fue la única estructura que, a esa distancia, se mantuvo en pie tras la explosión. El edificio es en donde funcionó el Centro de Promoción Industrial. Marcaba el lugar con más actividad de Hiroshima antes de la bomba. Para Kishida, «era en donde podía conseguir de todo, ahí nos abastecíamos». Un corazón comercial que, tras la huella de la guerra, ahora es el corazón de un ejercicio de memoria y de compromiso.

“Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos”.

***

Este parque se terminó de construir en 1954. El diseño estuvo a cargo de Tang Kenzo. Uno de los espacios que genera más emotividad es la Campana de la Paz, que cualquier visitante puede hacer sonar. Sobre la estructura que resguarda la campana fue colocada una estatua que representa a todos los niños que murieron en ese bombardeo.

El 13 de agosto, mi madre volvió cargando a mi hermano mayor.

Mi madre se enteró de que mi hermano estaba refugiado en un jardín infantil gracias a una ficha que estaba pegada en un poste. Estaba gravemente quemado. Cerca de donde estábamos refugiados había un doctor, pero se hacían colas muy largas de gente que necesitaba atención y no podíamos recibir ahí los medicamentos.

En el momento de la bomba, mi hermano estaba en la escuela a 1.8 kilómetros del centro. Y estaba sentado al lado de la ventana. Por eso sufrió una quemadura muy grave en el brazo derecho, llevaba manga corta; y en la pierna derecha, porque estaba con pantalón corto.

¿Qué que aplicábamos en la quemada en lugar de medicamento? Un agricultor que vivía cerca de donde estábamos nos regaló pepinos y nos dijo que eso era bueno para curar. Y nosotros rayamos esos pepinos y aplicamos en la herida. Tengo grabado en la memoria esa experiencia de rayar todos los días el pepino con mi hermano menor.

El pepino, cuando se aplica por cierto tiempo, ayuda que se enfríe la herida y no se siente tanto dolor. Así mi hermano se dormía y descansaba. Aunque siempre era por poco tiempo. Decía que le dolía y le picaba.

La herida supuraba, y estábamos en verano. Atraía moscas. Y las moscas ponían huevos y de ahí nacían larvas y eso sí le dolía a él. Le dolía demasiado y tuvimos que, al final, llevarlo al hospital para que pusieran desinfectante. Tuvimos que ir una vez cada 10 días, durante seis meses.

La ayuda de muchos países llegó. Y el siguiente año, pude entrar en la primaria. Empecé a ir con mi hermano a la escuela y recuerdo que sus compañeros le decían qué asco y qué fea su herida con queloides. Él creció apartado de todos, pero seguía siendo muy optimista. No se quejaba. Iba conmigo, silencioso, a la escuela.

En el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima, una llama permanece encendida. Estará así hasta que la amenaza de las armas nucleares deje de existir. Representa un anhelo de paz y de seguridad que Kishida, como sobreviviente, sigue exigiendo a su gobierno y a los gobiernos de todo el mundo.

Hace 74 años, cuando azotó el infierno, yo estaba ahí. Pero sobreviví y es por eso que siento que tengo que vivir para la abolición de las armas nucleares.

Siempre que doy charlas a los niños pregunto ‘¿qué piensan que es la paz? ¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?’

Yo pienso que la paz es una condición en que la persona brilla. La paz es que todos tengan la oportunidad para sentirse felices. Y, contrario, la guerra es una condición en que el ser humano deja de serlo y las personas que matan a otras personas permanecen impunes. Nunca debemos permitir otra guerra. Nunca debemos permitir el uso de otra bomba atómica.

Nosotros, las víctimas, sentimos mucho coraje contra el gobierno central, porque siendo el único país víctima de un bombardeo atómico, no ha firmado el acuerdo para la abolición de las armas nucleares. Y siempre que viene a Hiroshima el primer ministro, tratamos de dialogar este tema con él. Pero no se ha cambiado. El Gobierno japonés tiene un problema en ese sentido.

Yo tengo un resentimiento muy fuerte porque todavía no se ha logrado la abolición de las armas nucleares. En mi caso, más que nada quiero fortalecer más el intercambio con otros países para un logro de un mundo sin fronteras, como dice la Campana de la Paz que tenemos. Y, tal vez sería imposible, pero quiero ir dando pasos hacia el logro de ese tipo de mundo.

Sobreviviente. Hiroko Kishida da su testimonio acerca de cómo pudo sobrevivir a la bomba atómica y a la guerra misma. “Mi historia es para que no se repita la guerra”, explica.

Carta Editorial

Da un poco de pena admitirlo, pero el tema del reportaje con el que abre esta edición sorprende y mucho. Es una historia que, tristemente, no suele verse con frecuencia. Los relatos en los que se habla acerca de soluciones deberían ocuparnos más y sorprendernos menos. Así que vale este reconocimiento de culpa por no disponer más los ojos a descubrir los esfuerzos de los demás para, en medio de este caos, saber encontrar esperanza.

La periodista Valeria Guzmán cuenta cómo desde el arte y el contacto con animales se pueden restaurar tejidos físicos y emocionales a los que de otra forma no se podría llegar. Este es un país en el que, de una u otra forma, todos estamos rotos. Y desde el periodismo solemos dedicarnos mucho a ver, investigar y escuchar qué es lo que nos rompe. Pero no se nos hace habitual enfocarnos en la etapa que sigue: ¿qué podría remendarnos?

Esta entrega hace más que mostrarnos que hay menores de edad víctimas de abuso o que hay menores de edad sin acceso a los tratamientos que necesitan. Esta entrega nos muestra que hay personas dedicadas a ofrecer puentes para que el daño no se instale como permanente y no acabe ocupando un espacio que debería estar dedicado para la vida.

Exponer estas actividades es una manera de pedirles a quienes las ejecutan que, por favor, no paren. Que no se den por vencidas pese a lo malagradecidos que podemos llegar a ser. Lo que hacen es importante no solo para las personas que reciben sus terapias. Es importante para todos, porque hace falta entender que estamos conectados y el avance de un niño que antes no podía acercarse a los animales y ahora les da de comer es estimular la fe en que podemos llegar, algún día, a ser un país empático.
Gracias por seguir.

Carta Editorial

El pobre acceso a justicia que es norma en este país se construye todos los días, de a poco, en historias como las que ocupan el reportaje de esta edición. Se trata de todo lo que le sigue a la renuncia de un perito de investigación de la Policía Nacional Civil.

Este texto no va acerca de explicar una decisión personal; es acerca de un sistema para el que las renuncias de miembros de la corporación policial con comunes, y aun así no ha podido establecer un mecanismo que proteja los procesos y garantice lo básico al margen de las acciones individuales. Esto, que sucede con frecuencia, no ha generado en las instituciones involucradas ningún cambio que elimine el riesgo.

Una adolescente de 13 años fue acosada por un hombre mucho mayor que ella. Pese a que esperó un tiempo, la víctima fue apoyada para colocar una denuncia y se sometió a todos los exámenes para respaldar lo que decía. Ella hizo todo lo que debía en función de ser escuchada y validada. En el juzgado, sin embargo, la renuncia del perito que se había encargado de recolectar todo y que debía pasar a la sala como testigo se hizo sentir.

No hubo quien pudiera relatar cómo habían formado el historial telefónico de la víctima junto con el del acusado. Un elemento que era clave ante juez.

Entre el esfuerzo de una adolescente por buscar justicia, hasta la desesperación de un perito por buscar una situación laboral digna está un problema de integración, respeto y empatía que no se está atendiendo. Hay un silencio cómplice, un desorden que solo favorece a que la impunidad crezca.

Carta Editorial

En El Salvador la participación económica de los hombres es del 80 %, mientras que la de las mujeres es de 45 %, de acuerdo con datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Estos números contrastan con los que miden el promedio de años de educación, que para hombres es de 7.9 % y para mujeres es 7.4 %. Quiere decir que las mujeres y los hombres estudian casi lo mismo, pero ellos ganan casi el doble que ellas. La institución también ha difundido que así como los hombres dedican un 9.93 % de su tiempo al trabajo doméstico no remunerado, para las mujeres esto escala hasta el 21 %. En este país en el que las desigualdades son del tamaño de las montañas es que el grupo de escritoras que presentamos en esta edición nació, creció y buscó desarrollarse. Aquí, también, encontraron todo eso que después transformaron en obra.

Y esto es lo que las distingue, su capacidad de transformar el dolor, las carencias, los recuerdos o las ausencias en algo que las hace crecer a ellas y a quienes consumen lo que crean.
Entre estas nueve salvadoreñas escritoras está contada una buena parte de la historia salvadoreña. Ellas han tomado las piezas de los grandes cambios que se han vivido en colectivo y las han incorporado a sus relatos, unos que van de guerras y violencias, pero también de colores y sonrisas.

Sirvan estas páginas para hacer un reconocimiento necesario a Maura Echeverría, Carmen González Huguet, Aída Párraga, Susana Reyes, Claudia Meyer, Ana Escoto, Jeannette Cruz, Nicole Membreño Chía y Ana María Rivas. Tener un nombre en la literatura cuesta en este país más que en cualquier otro lado. No debería ser así, pero pasa. Nada de esto, sin embargo, las ha detenido.
Sus luchas nos representan y sirven de guía para muchas generaciones más.