Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
Periodista y comunicador institucional

Un prócer llamado Júpiter

Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia y ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

Era un esclavo salvadoreño con nombre de dios romano. Pero, en lugar de estar en el panteón junto a las demás deidades, fue encontrado en las montañas de Metapán, siendo azotado cruelmente por sus propietarios. Un sacerdote llamado José Matías Delgado lo rescató y el esclavo se convirtió en su protegido. Aunque no comían en la misma mesa, el cura tuvo la osadía de enseñarle a leer y escribir. Lo trataba como si fuera una persona. Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia, ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

En el drama, un grupo reducido de criollos ideaba una cruzada para desestabilizar a las autoridades de la intendencia de San Salvador. Era un puñado de hombres sumamente reducido que más parecía una secta y que soñaba –solo soñaba– con que las ideas emancipadoras de Norteamérica llegaran al pueblo con paredes de adobe donde vivían. Solo hablaban durante las noches para no ser vistos en grupo, ni que ubicaran los lugares de reunión. Gavidia tira de la imaginación para ubicarnos entre telones de estos conspiradores. Pero los criollos rápidamente se dan cuenta de que algo no va bien.

Matías Delgado, el doctor Santiago Celis, Manuel José Arce y un par más de conjurados se reconocen como un grupo demasiado frágil para soportar la pesada carga que implica desestabilizar al gobierno colonial. Su plan necesita al pueblo, pero ninguno de ellos está dispuesto a ensuciarse las manos. Bajar a la vega del Acelhuate y convencer al vulgo de las bondades de la independencia. Entonces, al doctor Celis se le ocurre mandar al esclavo Júpiter para que convenza a los de su clase del sueño independentista. O, al menos, decirles a los pobres que tendrán menos hambre si San Salvador se separa del imperio español.

Júpiter duda al inicio, pero Celis lo seduce con la idea. Le dice que dejaría de ser esclavo y se convertiría en el único dueño de su porvenir. Embriagado por las posibilidades que eso significa, el negro se embarca en la insurrección. El simple hecho de decidir su oficio e ir donde se le antoje le parece suficiente. (Digresión: para los de abajo, la libertad de decidir siempre ha sido un privilegio con o sin independencia). Y como si fuera el mismo planeta con nombre de dios romano, todo el levantamiento comienza a gravitar entorno a él. Júpiter suma a los pobres a la insubordinación y los arma con lo que puede.

En el camino de la revuelta, el esclavo de Matías Delgado se da cuenta de que no necesita al grupo inicial de conjurados. Muchos menos seguir sus órdenes. Él tiene el apoyo popular y los contactos. Incluso, calcula que, si mandan una tropa desde la capitanía de Guatemala, sus hombres y él podrían vencerla y «como en un tablero, pongo la mano sobre toda Centroamérica». Júpiter, además, cree que, en el marco de la libertad, puede pedir la mano de la hija del doctor Celis. Una aberración para el criollo, a quien, irónicamente, el sueño de la independencia y el ideal de los hombres libres parece jugarle en contra tras descubrir la intención del esclavo.

La libertad de Júpiter ya no le parece tan conveniente a Celis. Todo se viene abajo cuando los conspiradores son descubiertos por un enviado de la corona desde Guatemala. Júpiter es torturado, vejado y muere en manos de sus captores. Muere siendo esclavo en las mazmorras del viejo San Salvador. Sin nada de lo que, por un momento, soñó tener. Pero en el drama de Gavidia, Júpiter encarna al pueblo. Siempre al borde del abismo y encandilado con la idea de cambiar su situación. Manipulable en su desesperación. Júpiter es la alegoría del prócer que no fue.


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