Penumbras

Todo lo que se escoge ocultar o hacer en las sombras, bajo la mesa, indefectiblemente genera sospechas. ¿Qué necesidad hay de ocultar algo que se está haciendo dentro de los límites de la legalidad, la ética y, vaya, si lo quiere agregar, de la moralidad? Si se escogen las penumbras o la oscuridad total, pocas veces es justificable.

El ámbito de la administración pública representa un ejemplo lleno de contrastes. Se trata de un aparataje amplio y complejo que funciona mayormente con los fondos que se obtienen de los tributos de toda la población, junto con préstamos que eventualmente serán igualmente pagados con impuestos de la gente. Además, las decisiones que se toman, las políticas, planes y proyectos que se definen, tienen una incidencia directa en el funcionamiento del país y en la calidad de vida de quienes lo habitan.

En la cosa pública, aunque suene a pleonasmo, no cabe lo oculto. Con contadas excepciones, como los casos en los que se alega riesgo de la seguridad nacional, el ciudadano debería poder saber cómo está operando la administración pública, qué hacen sus funcionarios, hacia dónde va el dinero, pero esto es aún, en muchos casos, una utopía.

El seguimiento a la formulación, aprobación y ejecución del presupuesto general del Estado, el instrumento de política fiscal por excelencia donde además se definen los recursos para ejecutar el resto de políticas, sigue siendo una tarea difícil.

En la fase de formulación, muy pocas personas pueden saber cuánto, cómo y por qué se asigna a cada rubro. Es hasta que el proyecto del presupuesto llega a la Asamblea que se logra una mayor difusión de este, y acceso a su contenido. Sin embargo, el proyecto presentado y el aprobado suelen diferir, y requiere un trabajo muy minucioso encontrar las diferencias.

Finalmente, el presupuesto votado y el ejecutado también varían. Las transferencias entre partidas son difíciles de seguir y rastrear. La semana recién pasada, la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) lanzó una herramienta para hacer este tipo de seguimiento que, sin embargo, presenta serias limitantes: la fuente de los datos es el mismo Gobierno, los mismos entes ejecutores, y no ha sido fácil obtener la información. Y es allí, en esos constantes movimientos entre partidas, donde pueden encontrarse los primeros indicios de mal manejo o corrupción. Hacerlo a ciegas, con la luz apagada, es casi imposible.

Luego vemos el debilitamiento al trabajo de entidades como el Instituto de Acceso a la Información Pública, cuyas órdenes y decisiones son abiertamente desobedecidas por los funcionarios, que optan por enfrentar las sanciones económicas o ampararse ante la Sala de lo Contencioso Administrativo para no tener que dar la información que el IAIP ha solicitado. Más obscuridad. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuál es el temor a la transparencia y a la rendición de cuentas?

Acá podrían agregarse ejemplos como el de los procesos abiertos a funcionarios de la Corte de Cuentas de la República, o a los casos en los que la corrupción ha enquistado al mismo poder judicial. Los obstáculos para que la luz brille se acumulan, haciendo más densa la penumbra.

En El Salvador el combate a la corrupción se sigue limitando a juzgar y procesar, en el mejor de los casos y cuando no han huído del país, a ex funcionarios, una vez han dejado sus cargos y el dinero ha desaparecido. El verdadero reto es cerrar los espacios para que se den estos malos manejos, y la mejor forma de hacerlo es con las luces encendidas.

Lo que trae el río Lempa

Sus aguas son un espejo. Nuestro espejo. Un espejo de fracasos, luchas y búsquedas. Un reflejo de lo que intentamos ser y de lo que desechamos. Hay muchos ríos grandes y caudalosos, el Magdalena, el Usumacinta, el San Juan, el río Coco, el nuestro siempre ha sido el Lempa. Casi todos los caminos parecen morir, tarde o temprano, en el río. Y de vez en cuando nos llegan noticias suyas. Las últimas dicen que hay algas que han enturbiado su cauce más de lo normal. Los que comunican las noticias lo dicen tristes, como si estuviera peor de lo que ya sabíamos que estaba.

Es grave: el Lempa nunca ha sido un problema, sino que una solución. Como una fuente de respuestas a la hora de beber, sembrar, iluminarnos, pescar o simplemente estar. Ha funcionado así desde mucho antes que El Salvador fuera nombrado de ese modo. Sus 422 kilómetros –el mayor de los ríos que desembocan en el Pacífico centroamericano– son el raquis que sostiene esta tierra. Su afluente dibuja límites administrativos del país desde que entra por Citalá, Chalatenango, después de nacer en las montañas de Chiquimula, en Guatemala, y discurrir por 31 kilómetros en Honduras.

Su cauce caprichoso está al alcance de la mano, en el celular, basta con teclear su nombre y buscar su mapa. La línea azul que serpentea entre Chalatenango y Santa Ana y llega cerca del lago de Güija, ahora lleno de algas, las mismas que, según una hipótesis de las autoridades, pudieron llegar al Lempa a través del río El Desagüe. Este fenómeno no hubiera sido de tal magnitud si río abajo no se usaran esas aguas para suplir a más de un millón y medio de personas. La planta potabilizadora de «Las Pavas», la más grande del país, no fue capaz de revertir el estado del afluente.

Casi el 50 % del agua del Gran San Salvador se tiñó de color amarillento y olor fétido. Parecía una venganza, no un sabotaje político en busca de desestabilizar al Gobierno, sino de la misma naturaleza. Por casi tres décadas, esa planta en San Pablo Tacachico, La Libertad, ha tomado agua del Lempa para llevarla a miles de hogares. ¿Qué se le regresa al río? Aguas abajo, el Lempa se encuentra con una vertiente de aguas negras que llamamos río Acelhuate y llega desde el mismo San Salvador. Es un pacto cruel con el río: nos da vida, nosotros se la quitamos de una manera ingrata.

Con el agravante que no es lo único que nos da, desde que el norteamericano George A. Fleming convenció a los gobiernos militares, a finales de los cuarenta, que era viable generar electricidad construyendo represas a lo largo del Lempa. Lo que devino en la construcción de la presa 5 de noviembre (1954), Guajoyo (1963), Cerrón Grande (1976) y la 15 de septiembre (1983). Tan icónicas del «desarrollo» que la Cerrón Grande fue estampada en los billetes de 1 colón, como si la fuerza del Lempa fuera un motivo de orgullo nacional. La energía hidroeléctrica aún alimenta a por lo menos 3 de cada 10 hogares del país.

Pero en otro revés, llegamos a una época que nunca se pensó. Hace tan solo tres años, las autoridades de Ambiente indicaban que después de temporadas lluviosas raquíticas, el caudal del Lempa había disminuido en un 60%. El mayor de nuestros 590 ríos y riachuelos se debilita. Algo que afecta directamente el modo de subsistencia de miles de familias que viven en la ribera de su cuenca media y baja, que viven de la pesca y otras actividades agrícolas que necesitan del riego. Y también amenazando a las más de 40 especies de peces que habitan en su caudal.

Los científicos han establecido que el río Lempa tiene aproximadamente 2 millones de años. Primero fue un lago que estuvo en el actual Chalatenango. Una etapa que cuesta imaginarse, rodeado de frondosa naturaleza y paz. Después llegó el hombre, fue frontera entre pipiles y lencas, y solo en el siglo XX, el río fue testigo de masacres, la guerra civil y la construcción de puentes que unieron sus orillas. El río Lempa existió mucho antes de El Salvador, pero El Salvador no puede existir sin el Lempa.

¿A qué jugamos?

Hablar de reglas del juego ya es un cliché cuando se habla de clima de negocios y ambiente para las inversiones, pero es un cliché necesario. Pocas cosas hay tan cobardes como el dinero y si la apuesta económica de un gobierno es atraerlo, debe saberse desde un principio cuál será el juego y bajo qué reglas.

A seis meses de iniciada la administración de Nayib Bukele, el tema estrella ha sido la seguridad. Recién esta semana se comenzó a hablar oficialmente de la política económica que se impulsará: el fomento a las inversiones. Hay que aclarar que esto es algo que ya habían mencionado, desde el arranque de la gestión, diferentes funcionarios, como la ministra de Economía y el comisionado presidencial para Proyectos Estratégicos. Ambos se refirieron en reiteradas ocasiones al hecho de que había varios proyectos detenidos principalmente por trabas como permisos demorados, y que se había montado una oficina en Casa Presidencial para atender estos casos.

Estos proyectos suman, según los funcionarios, entre $2,000 y $3,000 millones y, de echarse a andar, esperan que dinamicen la economía, generen empleos y ayuden a aumentar la tributación. Aunque no se ha dado a conocer en detalle la política fiscal que implementará este gobierno, la comisionada presidencial de Operaciones y Gabinete de Gobierno, Carolina Recinos, dijo que el presidente Bukele ha dado la orden de no subir impuestos, y que la apuesta es aumentar los ingresos fiscales con mayor crecimiento.

El fomento a las inversiones puede ser, y ha sido, parte de las políticas de varios gobiernos en el pasado cercano, principalmente en las que estuvieron bajo presidente del partido ARENA. La facilitación de los procesos y trámites y la mejora en lo que se denomina el clima de negocios (reducir los costos y tiempos para establecer y operar empresas) también han estado incluidas en las agendas de presidentes anteriores.

¿Qué será lo que hará diferente a la apuesta por la inversión que están haciendo el presidente Bukele y su gabinete? En su discurso del jueves, el presidente daba algunas luces y se refirió a la innovación, a la facilitación de trámites para los ciudadanos y a la apuesta por sectores específicos, como la agricultura y la construcción.

Es importante señalar que las inversiones por sí solas no son garantía de mayor crecimiento económico, y mucho menos de que esta sea inclusivo. El desarrollo humano es una gran deuda en El Salvador y este requiere reducir las enormes desigualdades en el ingreso que aún persisten, y no solo en eso, sino en aspectos como el acceso a salud, educación, servicios básicos y vivienda de calidad. Mientras grandes porciones de la población, tanto en la zona rural como en las comunidades marginales de las grandes ciudades, carezcan de servicios básicos como agua potable o un techo seguro, se seguirán requiriendo soluciones en este sentido.

La facilitación de las inversiones tampoco puede sacrificar la protección del medio ambiente, ni el equilibrio en la distribución del agua, ya escasa en varias zonas del país. La agricultura no puede limitarse a la agroindustria y si bien se requieren soluciones para sectores como el café, golpeado por bajos precios, plagas y el cambio climático, se debe hacer una apuesta seria por la seguridad alimentaria y la autonomía en granos básicos.

No basta con que venga inversión, debe buscarse inversión de calidad, que genere valor agregado y empleos mejor remunerados. El Salvador tiene un problema de baja productividad que puede corregirse a través de mayor tecnología e innovación, algo que parece tener bastante claro el presidente Bukele, así que habrá que esperar y ver cuáles son las acciones que se toman en este sentido.

Arranca 2020 y por supuesto que no estamos exigiendo que se resuelva en un par de meses problemas que ya se han vuelto estructurales, pero sí es necesario que haya mayor claridad y difusión sobre las políticas económica, fiscal, de salud, de educación, medioambiental, del agro, por mencionar algunas, porque en estas políticas veremos lo que este gobierno quiere hacer, y deben contener los planes con sus apuestas y prioridades, las que se ejecutarán a través de programas y proyectos. Necesitamos saber qué quieren hacer, a qué jugaremos, y bajo qué reglas.

Un océano de basura

Nunca en la historia hubo tanta información al alcance. Tantos datos juntos. Tantas fotos y textos, videos y mensajes escritos, notas de voz e ilustraciones, propaganda y gráficos. Gota a gota es como llenar un océano. Y sumergidos en él, la mayoría somos arrastrados por sus corrientes. Ninguna generación en la historia vivió algo que fuera parecido. Hace tan solo unas décadas atrás, en muchos pueblos de El Salvador, la comunicación se limitaba a lo que podía hacer ANTEL, un par de periódicos y la vaga señal de la televisión. La información era un lujo. Pero eso cambió y ahora, para muchos, todo un torrente de información escurre entre las manos.

Nunca en la historia hubo tanta desinformación al alcance. Si bien las falsedades siempre existieron, nunca en la proporción actual. Datos falsos que contaminan el océano de información creado. Políticos y gobiernos mentirosos siempre existieron, también medios y periodistas corruptibles, pero nunca con el alcance de hoy en día. Una carga ideológica que tiene el propósito de manipular a las mayorías. Al inicio de la era digital se acuñó el término de «navegar» por la red, pero, a 20 años del inicio del siglo, muchos naufragan en un mar de notas falsas.

Antes el problema fue el acceso a la comunicación, ahora es un exceso de los datos imprecisos. Entonces comunicar se reduce a manipular, sobre un determinado suceso o personaje. Solo son ilusiones y mitos. Pero hay algo que no cambia: el ser humano es comunicativo por excelencia. Y en este generación, no somos más ni menos comunicativos de lo que nuestros abuelos algunas vez fueron, solo contamos con las herramientas para trasmitir más información. Y más rápido, como si fuera la corriente furiosa de un río que no se detiene.

En este punto, según el libro «Fake News» del periodista Esteban Illades, el internet y las redes sociales han sido utilizados por gente cuyo negocio es la desinformación. «La idea es crear contenido –la distinción lingüística es interesante: contenido implica la descripción de un producto, no una noticia– y conseguir que éste se disperse lo más que se pueda». Esto se vincula a otro fenómeno que se conoce como el de la «cámara del eco», que se refiere a que las creencias del usuario se amplifican en la red, debido a que cada persona tiende a aprobar el contenido de otros usuarios que opinan parecido e ignorar a los que difieren de sus puntos de vista.

El problema se agudiza aún más cuando el usuario, con tal de confirmar lo que opina (sesgo de confirmación) utiliza fuentes dudosas. Aquí entran sitios que escriben notas sesgadas a favor de determinado político o partido. Dentro del sesgo de confirmación, la gente está dispuesta a creer lo que lee, así se encuentre en un sitio desconocido para ellos o un lugar que no es confiable. Ese contenido se replica y se forma un gran océano de basura. No es otra cosa que una involución de la teoría periodística que tiene al contraste de fuentes como uno de sus pilares. Escuchar dos o más versiones del mismo asunto en las notas.

Hay quien cree que todo este aparataje es obra de fanáticos políticos a favor de tal o cual bandera o personaje. En realidad, son estrategias ideadas por ellos mismos y sus equipos de trabajo. Todo es parte de un gran negocio que es guiado por la brújula de la política: la consecución y preservación del poder. Con ese objetivo, ellos son capaces de asumir cualquier papel, incluso el más ridículo.

El Salvador y el mar

La historia cuenta que el pueblo de Jucuarán fue atacado por un grupo de piratas ingleses. Los invasores asaltaron e incendiaron el poblado anclado en la actual costa de Usulután, y masacraron a muchos de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes se refugiaron en los cerros vecinos. Corría el año de 1682. La costa del Pacífico centroamericano era testigo y víctima de la incursión pirata en una ruta comercial española, que movía mercancías entre el Perú, Centroamérica y la Nueva España (actual México). La consigna para los europeos era que el que dominaba el mar –sus rutas de navegación– dominaba el mundo. Hacía menos de 15 años que Henry Morgan había saqueado Maracaibo y Panamá. Lo ocurrido en Jucuarán también parece sacado de una de las crónicas escritas por Alexandre Exquemelin.

Pasado el peligro, los jucuarenses que quedaron retornaron a su pueblo nativo, pero decidieron ya no edificar la población en el mismo lugar. Se mudaron a la ubicación actual del poblado, más alejado de la costa, en una decisión defensiva. No querían revivir su tragedia mientras los piratas merodeaban también el golfo de Fonseca. Aunque los ingleses hacían expediciones terrestres, al menos les daba más tiempo para huir. Presos del miedo, los pobladores renunciaron a estar más cerca del mar. Esta es parte de la historia sobre Jucuarán que recopiló el académico Jorge Lardé y Larín y publicó originalmente en 1957. La historia de Jucuarán ilustra bien lo que ocurrió con El Salvador y cómo le dio la espalda al mar en buena parte del siglo XX.

La zona costera del país ha estado abandonada a su suerte. Y cuando se hace esta afirmación, no se refiere a grandes obras de infraestructura moderna; sino a los problemas más básicos de aguas residuales y vías de acceso. Algo generalizado en casi todo el litoral salvadoreño, con casos como la contaminación en la bahía de Jiquilisco, por los ríos que la alimentan; la falta de acceso al agua potable de muchas comunidades cercanas al puerto de La Libertad; la escasa oferta laboral, más allá de la pesca en la mayoría del territorio, entre muchos otros. Una falta de oportunidades generalizada que, incluso, ha provocado el éxodo de generaciones completas en poblaciones como la de la playa El Tamarindo, en el departamento de La Unión.

Incapaz de dar respuesta a población en la costa, ahora el Estado, al fin, parece arrancar una intervención que puede mejorar el nivel de vida de algunas de estas comunidades. Uno de los proyectos que sería financiado con la cooperación china. Si bien es cierto que se coloca al turismo como uno de los ejes centrales para el desarrollo de la zona costera, vale hacer la acotación que en Latinoamérica hay grandes centros turísticos –como Cartagena de Indias o Cancún– rodeados por cinturones de pobreza. Se debe promover un desarrollo integral de la zona costera. Que el centro de los proyectos sea la población. Se ha dicho hasta la saciedad que el crecimiento económico no implica, en el sistema en el que vivimos, que se mejore la calidad de vida de la gente.

Actualmente, si uno recorre la costa de Jucuarán –más de 300 años después de los hechos que marcaron su cambio de ubicación– se encuentran comunidades dispersas de «mareños» con vías de acceso en mal estado, altos índices de pobreza y familias que luchan por subsistir. Es un contraste cruel. En el lugar ya hay pocos hostales y hoteles construidos en este paraje idílico que albergan, en su mayoría, a turistas europeos y norteamericanos que llegan atraídos por las olas y las playas de origen volcánico. Uno de los lugareños de la costa de Jucuarán me lo resumió tristemente: «Aquí estamos en el monte, vivimos como en los tiempos de antes».

La vigencia de Salarrué

Hace 44 noviembres que nos dejó Salarrué. Y fue como si el viejo Cuscatlán perdiera a uno de los hijos que mejor lo había retratado. Afortunadamente nos quedaron sus pinturas y letras. A él, teósofo declarado, le hubiera encantado aquello de reencarnar en su obra. Sea como sea, casi todos nos encontramos con Salarrué a la misma edad: de niños, cuando un adulto -una profesora o un padre- quiere explicarnos qué cosa es Cuscatlán. Y uno lee y relee los Cuentos de Barro. Salarrué te enseña: afuera hay un mundo tropical llenísimo de encanto y de luz, pero también plagado de crueldad.

En los Cuentos de Barro (1933) uno encuentra una narrativa rica en colores y formas. Un antiguo tronco de ceiba es como una inmensa pata de gallina; los grandes remolinos no son solo eso, sino que son tan profundos como el ombligo del diablo; en el crepúsculo, el sol «mieludo» unta los cerros con su luz; y los madrecacao se visten de encaje. La atención al entorno de un escritor que se definía más como pintor. Pero la mayoría de estos cuentos narran la desdicha de vivir en este pintoresco paraíso.

Cuentos como «La honra», que narra la violación de una muchacha a plena luz del día; doblemente herida porque, al llegar a su casa, le cuenta lo sucedido a su padre y él estalla contra ella por «dejar» que eso ocurriera y perder «su honra». Al final, es el hermano de la chica, apenas un niño, él único que se apiada de ella. El pequeño, en su inocencia, vuelve al lugar de la violación y busca la honra perdida. Entiende que es un objeto brillante que encuentra tirado en el campo y se lo entrega rápidamente al papá. Es un puñal alargado que abre el abanico de la venganza. Y así como «La honra» en los demás cuentos hay robos, asesinatos, discriminación racial, golpes.

Es una cotidianidad que llega hasta nuestros días. Si uno lo analiza solo por temática, los Cuentos de Barro se pudieron haber escrito ayer. Si se cambian los diálogos de los personajes y el ambiente natural, puede transportarse casi 100 años hasta el presente. Es verse en un espejo con un mundo de vulneraciones donde la justicia no es parte de la narrativa. En esencia, y tristemente, seguimos siendo los mismos. Una vigencia que solo engrandece -más aún, si eso es posible- la figura de Salvador Salazar Arrué en la literatura salvadoreña.

Salarrué toma el Libro del Trópico de Arturo Ambrogi (1915), del que se enamoró siendo un joven, y le da un giro. Sus textos describen la campiña y a los campesinos, pero ya no de una manera inocente. Mientras Ambrogi retrata a sus personajes en actividades cotidianas como el arreo de animales o en la pesca, Salarrué les inyecta realismo retratándolos en sus reveses y sus horas adversas. Son víctimas de sus vecinos, de sus mismos compatriotas. Adiós a la hidalguía del salvadoreño de a pie, que es frágil, tiene hambre y es perseguido por la muerte.

El 27 de este mes se conmemoran 44 años del fin de la vida terrenal de Salarrué. Nos quedan sus cuentos de barro, de los que él mismo deslizó la primera advertencia: «Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos… este salió medio rajado… dos o tres se hicieron chingaste. Pobrecitos mis cuentos de barro… nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día… pero del barro del alma están hechos… el sol se encargará de irlos tostando».

Mal presagio para 2020

Los economistas pronostican una nueva tormenta. El primer trimestre de 2020 pinta mal para la economía de El Salvador y el 90% de los países del mundo, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional. Una recesión global que iría desde las naciones más grandes a las periféricas. Muchos especialistas dan por hecho esta nueva crisis, pero no se atreven a dimensionar su envergadura. Un panorama gris y desalentador que afectaría frontalmente a una sociedad pobre como la salvadoreña. Y que hace recordar a la última crisis mundial que ocurrió en el bienio 2008 y 2009.

Esto implicaría una caída en la producción, reducción en las exportaciones y menos fuentes de empleo. Pero más allá de los fríos números económicos es de prestar particular atención a las graves implicaciones sociales que una recesión puede tener. Sea como sea, en las últimas décadas, ante cualquier crisis, El Salvador ha tenido la migración, principalmente a los Estados Unidos, como su válvula de escape. Pero ahora esa alternativa es cada vez más difícil por la política antiinmigrante de la administración de Donald Trump y los acuerdos para evitar este flujo que ha firmado con México, Guatemala, Honduras y El Salvador.

Si no hay oportunidades en el país, los salvadoreños las buscaron fuera, sobre todo en Norteamérica. La lógica siempre fue que era preferible correr el riesgo que quedarse sin la posibilidad de mejorar su condición. Pero ahora, muchas familias estarían acorraladas. Esto en un país donde, según las mismas estadísticas del Gobierno, más de medio millón de hogares sufren de pobreza y miles están en riesgo de caer en esa categoría. Con el agravante de la delicada situación que ya viven familias que dependen de sectores que tienen un estado crítico como la caficultura.

A esto se sumaría que los salvadoreños que ya están en Estados Unidos –y son un pilar de nuestra economía– también serían afectados por la recesión. El flujo de remesas bajaría porque EUA sería golpeado por su propia coyuntura. Según el FMI, uno de los detonantes de la posible crisis de 2020 es la guerra comercial que sostiene el gobierno estadounidense con China. De enero a julio de 2019, El Salvador recibió $3,228 millones en concepto de remesas y cada familia con este ingreso tuvo una remesa promedio de $266.80 al mes, en base a los datos del Banco Central de Reserva.

La disminución de este flujo, que para muchas familias sirve para sobrevivir, agravaría la situación. Un panorama que de por sí ya es delicado en el país y la región. Este 13 de octubre se cumple exactamente un año de la primera caravana de migrantes que salió desde Centroamérica hacia Estados Unidos. Un acontecimiento que ilustró con crudeza el nivel de desesperación de muchas familias por abandonar la realidad que se vive en el triángulo norte conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras.

Ojalá los economistas se equivoquen y la recesión no pase a más. Que El Salvador tan siquiera mantenga el modesto crecimiento que ha tenido en la última década. Nadie quiere escuchar frases del tipo: «Si a Estados Unidos le da gripe, a El Salvador le da neumonía». El Gobierno debe de preparar un plan ante la urgencia. Sobre todo, por las repercusiones sociales que pueda tener en las personas con menores ingresos. Al final, las familias pobres son las que más sufren.

Un prócer llamado Júpiter

Era un esclavo salvadoreño con nombre de dios romano. Pero, en lugar de estar en el panteón junto a las demás deidades, fue encontrado en las montañas de Metapán, siendo azotado cruelmente por sus propietarios. Un sacerdote llamado José Matías Delgado lo rescató y el esclavo se convirtió en su protegido. Aunque no comían en la misma mesa, el cura tuvo la osadía de enseñarle a leer y escribir. Lo trataba como si fuera una persona. Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia, ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

En el drama, un grupo reducido de criollos ideaba una cruzada para desestabilizar a las autoridades de la intendencia de San Salvador. Era un puñado de hombres sumamente reducido que más parecía una secta y que soñaba –solo soñaba– con que las ideas emancipadoras de Norteamérica llegaran al pueblo con paredes de adobe donde vivían. Solo hablaban durante las noches para no ser vistos en grupo, ni que ubicaran los lugares de reunión. Gavidia tira de la imaginación para ubicarnos entre telones de estos conspiradores. Pero los criollos rápidamente se dan cuenta de que algo no va bien.

Matías Delgado, el doctor Santiago Celis, Manuel José Arce y un par más de conjurados se reconocen como un grupo demasiado frágil para soportar la pesada carga que implica desestabilizar al gobierno colonial. Su plan necesita al pueblo, pero ninguno de ellos está dispuesto a ensuciarse las manos. Bajar a la vega del Acelhuate y convencer al vulgo de las bondades de la independencia. Entonces, al doctor Celis se le ocurre mandar al esclavo Júpiter para que convenza a los de su clase del sueño independentista. O, al menos, decirles a los pobres que tendrán menos hambre si San Salvador se separa del imperio español.

Júpiter duda al inicio, pero Celis lo seduce con la idea. Le dice que dejaría de ser esclavo y se convertiría en el único dueño de su porvenir. Embriagado por las posibilidades que eso significa, el negro se embarca en la insurrección. El simple hecho de decidir su oficio e ir donde se le antoje le parece suficiente. (Digresión: para los de abajo, la libertad de decidir siempre ha sido un privilegio con o sin independencia). Y como si fuera el mismo planeta con nombre de dios romano, todo el levantamiento comienza a gravitar entorno a él. Júpiter suma a los pobres a la insubordinación y los arma con lo que puede.

En el camino de la revuelta, el esclavo de Matías Delgado se da cuenta de que no necesita al grupo inicial de conjurados. Muchos menos seguir sus órdenes. Él tiene el apoyo popular y los contactos. Incluso, calcula que, si mandan una tropa desde la capitanía de Guatemala, sus hombres y él podrían vencerla y «como en un tablero, pongo la mano sobre toda Centroamérica». Júpiter, además, cree que, en el marco de la libertad, puede pedir la mano de la hija del doctor Celis. Una aberración para el criollo, a quien, irónicamente, el sueño de la independencia y el ideal de los hombres libres parece jugarle en contra tras descubrir la intención del esclavo.

La libertad de Júpiter ya no le parece tan conveniente a Celis. Todo se viene abajo cuando los conspiradores son descubiertos por un enviado de la corona desde Guatemala. Júpiter es torturado, vejado y muere en manos de sus captores. Muere siendo esclavo en las mazmorras del viejo San Salvador. Sin nada de lo que, por un momento, soñó tener. Pero en el drama de Gavidia, Júpiter encarna al pueblo. Siempre al borde del abismo y encandilado con la idea de cambiar su situación. Manipulable en su desesperación. Júpiter es la alegoría del prócer que no fue.

Bukele versus Funes

Hubo un tiempo en que los dos compartieron la misma bandera política. Mauricio Funes era el presidente de la república por el Frente y Nayib Bukele había sido electo como alcalde de Nuevo Cuscatlán por la coalición del FMLN y Cambio Democrático. Era 2012 y nadie preveía el meteórico ascenso del alcalde Bukele. Mucho menos la enconada y pública disputa que sostendrían ambos en la actualidad. Ahora Nayib ocupando la silla presidencial y Funes nacionalizado como nicaragüense. Los giros de la política salvadoreña parecen tener mejores guionistas que los dramas más rebuscados de Netflix.

Mucho también se recicla. En julio de 2012, el mismo Funes inició una serie de programas sabatinos titulados «Conversando con el presidente». Una plataforma en la que ministros rendían cuentas a Funes sobre su trabajo, el mandatario les exigía y buscaba ser un medio directo con la población. Una plataforma que también utilizó para señalar a la oposición y convertirse en un «foro de denuncia de los hechos de corrupción imputables a los anteriores gobiernos de ARENA», como dijo el mismo Funes. Algo en esencia bastante similar –aunque con las obvias diferencias de cada medio– a lo que leemos en la cuenta de Twitter de Bukele.

En esta última red social, todo se ha convertido en un interminable hilo de acusaciones mutuas. De dimes y diretes que se refieren hasta a la vida personal de cada quien. Como cuando las cosas se ponían tensas en las cantinas de los pueblos. Cada quien se pelea por tirar la primera piedra e ir a destruir el rancho del otro. Lo cierto es que nunca se había hablado tanto de un nicaragüense en El Salvador. Aún más cuando se acorta el plazo impuesto, por el mismo Bukele, de que en sus primeros 100 días de gestión Funes estaría en El Salvador para enfrentar las acusaciones que le imputa la Fiscalía.

La FGR ha vuelto a la carga desnudando el suntuoso estilo de vida, que acusan, llevó Funes mientras fue presidente. Zapatos finos, gastos en mascotas y otros gustos más que hacen parte de una táctica fiscal que puede ser llamativa para los medios, pero que no queda claro si será estéril en los tribunales. Lo mismo hizo el anterior fiscal, Douglas Meléndez, y no pasó de eso. Más ahora, ante el nuevo escenario de Funes como ciudadano nicaragüense y ver si podrán encontrar una «estrategia legal», como han declarado, para traerlo al país.

Sería un fracaso que el expresidente Funes no responda por casos que han representado pérdidas millonarias para el Estado como el de la fallida represa El Chaparral, la compra de terrenos a sus allegados en el programa «Casa para todos», entre otros casos vinculados al grupo de «Los amigos de Mauricio», como se hicieron llamar en su momento. No se trata de pleitos vía Twitter o cualquier otra red social. De este modo, Funes, desde Nicaragua, siente que no tiene nada que perder y continúa alimentado la polémica.

El próximo 8 de septiembre se cumplen 100 días de la gestión de Bukele. Una buena parte de la población ahora cifra sus esperanzas en su administración, como en 2009 lo hizo con Funes. El poeta de la antigua Grecia, Píndaro, escribió alguna vez que los hombres son la sombra de un sueño. Se tendría que agregar que también pueden ser sombra de una pesadilla. Todo radica en las decisiones que tomen y sus prioridades.

Más allá del paisaje

Hay pocos vínculos tan profundos como el de las letras que fraguan a la literatura salvadoreña y la naturaleza. No solo se trata de plasmar la más pura belleza escénica y descriptiva del país, sino de la relación entre la gente y su entorno. Es un registro de las creencias populares sobre remedios, animales, ríos y bosques –que en algunos casos ya no existen–. Una relación trascendental que cada vez parece más rota. Y más allá de lo contemplativo, en muchas ocasiones, busca plantear que el hombre más sabio es quien coexiste en armonía con lo natural y sabe como interpretarlo.

Los hermanos Espino son solo un ejemplo entre tantos textos. El más conocido es Alfredo por libros como «Jícaras tristes» en los que despliega el talante naturalista con el que tanto se relaciona a los literatos locales de principios del siglo XX. Sin embargo, es Miguel Ángel Espino quien en su novela «Hombres contra la muerte» ubica a sus protagonistas en la densa selva beliceña para explorar el conflicto entre el hombre y la depredación natural. La lucha contra la naturaleza como fuente de conflicto con el que se asocia al desarrollo.

El embate natural también fue elemental para Arturo Ambrogi. En sus cuentos, describe fenómenos naturales y plagas devastadoras. En el texto «Cuando brama la barra», el hijo de padre italiano y madre apopense presenta el drama de una inundación hasta las últimas consecuencias. Se narra el minuto a minuto de un diluvio –como el de la tormenta tropical 12-E, en 2011– hasta que los protagonistas del relato mueren ahogados. Mientras que en la narración «El Chapulín», Ambrogi describe una manga de langosta voladora cuando se devoran por completo los cultivos de una pareja de campesinos. A pesar de su desesperación, no pueden hacer nada ante la plaga.

El padre Ignacio Ellacuría valoró el vínculo entre la literatura local y la naturaleza para recomendar a UCA Editores la publicación de «El asma de Leviatán» de Roberto Armijo. El jesuita pocas veces recomendaba un texto. Unos meses antes de morir, en 1989, Ellacuría escribió una carta a Armijo en la que expresaba que una de las cosas que más le impresionó de su libro fue que recogía la vida del pueblo salvadoreño en cuanto a plantas, animales, costumbres.

Desde su exilio en la ciudad de París, el escritor chalateco añora todo y a orillas del Sena fantasea con el rey zope y hace un minucioso recuento de los animales –y la descripción que de ellos hacen los campesinos– que habitan los bosques del norte del país, como «el zorro de agua que en las noches viene a pescar al río Sumpul… la taltuza, animalito que arruina los cafetales y platanares; el cusuco, alimento sabroso; el tepezcuintle de carne que se corta en tasajos y se deja orear» y un largo etcétera.

Pero no solo eso, Armijo se sumerge en la mitología que rodea a animales fantásticos como la zumbadora. Una serpiente llena de magia que, si un hombre es capaz de vencer, después de un férreo combate, le otorga una piedra que lo convierte en mago. Una persona capaz de «conocer el secreto de las plantas, adivinar el canto de los pájaros y deletrear la huella de los animales, saber el paso de la muerte cuando cacarean las gallinas o canta la lechuza». Al final, el hombre sabio no es el que hace hechizos sobre los demás lugareños, sino el que sabe leer lo que dicta la naturaleza.