Nuevas formas de hacer las cosas

En pleno siglo XXI uno podría pensar que la transformación digital ya no es una necesidad, que es algo inherente al quehacer humano pues lo que antes denominábamos «nuevas tecnologías» son ahora parte del día a día.

Sin embargo, esta es una visión bastante alejada de la realidad, sobre todo en países como El Salvador, donde un 80 % de los hogares no cuenta con una computadora, una cantidad similar no tiene servicio de internet, y donde la pobreza —que muerde los talones de cerca de la mitad de la población— es en sí misma un obstáculo para el acceso a la educación y al desarrollo.

En este contexto, la pandemia del covid-19 se volvió un catalizador para que cientos de miles de personas dieran el paso: encerrados en los hogares, muchos trabajadores debieron adaptarse al teletrabajo, y mientras que para niños y jóvenes la continuidad educativa significó buscar la manera de conectarse a clases en línea.

Es también cierto que las tecnologías son herramientas que pueden ayudar a cerrar esas brechas de pobreza y falta de recursos y oportunidades que, en principio, limitan la transformación digital de las personas, de los hogares, de las sociedades, la cuestión es facilitar el acceso a estas a quienes por sus propios medios no podrían tenerlas.

Un caso ejemplar del que no se habla mucho es la plataforma Capacítate para el empleo, disponible en línea desde junio del año pasado, y que contiene cerca de 300 cursos en diferentes áreas del saber, desde estilismo hasta programación. No hay requisitos para inscribirse, los cursos son gratuitos, y se puede tener acceso a plataforma desde cualquier dispositivo con acceso a internet.
Los cursos son gratuitos. Adicionalmente, quienes completan el proceso pueden certificarse a través del Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP), también de forma gratuita, e incluir estas credenciales en sus hojas de vida.

En poco más de un año, más de 80,000 personas han aprovechado esta plataforma, pero podrían ser muchas más. Se trata de un recurso gratuito, accesible y que se adapta a las necesidades de cada quien. Al entrar a la página capacitateparaelempleo.org, se encuentra con que los cursos están agrupados según la visión que uno tenga: autoempleo, crear una empresa, acceder a un empleo en determinada área, ampliar un negocio, e incluso hay formación para empleados públicos.

La pandemia del covid-19 ha significado un boom en los sitios que ofrecen formación en línea, y en países como China la denominada nueva normalidad implica ahora una fusión entre las clases presenciales y las que se toman a distancia.

En El Salvador, la Fundación Gloria de Kriete, que desarrolla el programa Capacítate para el empleo, reporta que los jóvenes son los principales usuarios de la plataforma, pero también hay una mezcla importante de otros grupos de edad. Aunque poco menos de la mitad de quienes se han certificado son mujeres, sí reportan una buena presencia de ellas en carreras técnicas.

La formación en línea es un campo al que cada país ha incursionado a su propio ritmo. En lo que respecta a El Salvador, es innegable la presión que significó la pandemia y las medidas de contención aplicadas para tratar de reducir los contagios. Solo en Capacítate para el empleo aumentaron los usuarios un 86 %.

Los recursos en línea y las acciones para aumentar el acceso a estos, sin importar el nivel socioeconómico de la población, son un elemento fundamental para impulsar el desarrollo. La educación en su acepción tradicional se va quedando corta ante los nuevos retos y necesidades que se han enfrentado en contextos como el de la actual pandemia, y la transformación digital es una de las respuestas que han que fortalecer.

Salvar el lago de Ilopango

Crecí escuchando un cuento sobre el lago de Ilopango. Me lo contaba mi tía abuela, a quien, a su vez, se lo habían contado siendo una niña. Era un cuento simple: hace muchísimos años, unos chinos habían llegado al pueblo de Ilopango y conocieron su lago. Recorrieron sus playas y navegaron sus aguas. Los chinos trabajaban en el pueblo, pero casi todas las tardes bajaban por una calle sinuosa para descansar en sus orillas. Desde el primer momento, se quedaron tan embelesados con él y su belleza que, inteligentes como eran, idearon un plan para robárselo. Lo iban a encapsular para llevarlo a su país. Pero el día que iban a proceder –ya tenían todo preparado– la gente de Ilopango se dio cuenta y los echaron del pueblo. De ese modo habían salvado al lago y lo teníamos que apreciar.

Años después, hablando por casualidad con jóvenes del pueblo me dijeron que sus abuelos les habían contado el mismo cuento. La historia tenía sus variaciones –no eran chinos, sino que japoneses– pero siempre guardaba la misma esencia, la gente salvando el tesoro «lagueño«. Desde pequeño asumí el grandísimo valor que esos abuelos de Ilopango daban a su lago. Algunos se ofendían si alguien hablaba mal de él. Era una especie de lugar sagrado, porque en sus recuerdos, de hace más de 70 años, era ese lugar prístino y bello donde pasaban buena parte de la semana santa, bajo una ramada, escudriñaban el cielo durante los atardeceres o simplemente donde se relajaban pescando.

No sé en que etapa ese profundo vínculo se perdió. Asumo que pudo ser con el desarrollo industrial. La zona franca, las fábricas y la creciente ciudad fueron desdibujando al viejo pueblo y también sus costumbres. Pero no solo eso, sino que también trastocó al lago. Ahora su hermosura contrasta con su contaminación. Cada temporada lluviosa es igual, los ríos que alimentan al lago crecen y su corriente arrastra toneladas de basura, desde los más variados plásticos hasta jeringas hospitalarias. La mayoría son desechos domésticos que la gente tira en las quebradas y el agua lluvia lleva hasta el lago. Mientras que, en la temporada seca, el río Chagüite se tiñe de distintos colores por los desechos de fábricas.

Y no ha habido quien salve al lago de esto. Los años nos han enseñado que nadie ha tenido que venir de un país lejano a robarlo, sino que se destruye desde aquí, por sus mismos vecinos. Pasan los Gobiernos, los distintos discursos, los ministros de Ambiente, y todo sigue igual. Ante la indolencia de las autoridades, son pocos los que han salido a defenderlo, como la Fundación Amigos del Lago (Pro Lago de Ilopango) que organiza campañas de limpieza en sus playas y desarrolla otros proyectos para los habitantes de su cuenca. El resto le ha dado la espalda al lago.

Hace poco, leyendo un texto del francés Fernand Montessus de Ballore (1851-1923), que en su paso por El Salvador escribió de efemérides sísmicas y volcánicas, me encontré que, durante la última erupción de la caldera de Ilopango en 1880, los lugareños atribuyeron el fenómeno natural a una sirena que, según las leyendas, habitaba en el fondo del lago, y que se había enojado por la introducción de un pequeño barco de vapor que operaba desde Apulo por iniciativa del presidente Rafael Zaldívar.

Cuando ocurrió la erupción, los lugareños también dijeron que el Gobierno había vendido el lago para sacar una pilastra de oro que era guardada por el ser mitológico. La leyenda versaba sobre el castigo por generar un desequilibrio en lo natural y, sobre todo, anteponer otros intereses. Era una época en la que el «desarrollo» estaba cambiando paisajes más rápido que en cualquier otro momento. Entonces aparecían esas leyendas, como si fueran mecanismo de defensa, para tratar de salvaguardar esos lugares. Para que la gente entrara en razón y supiera que era el momento de salvar al lago.

¿Y el presupuesto?

La sociedad salvadoreña se involucra muy poco, por no decir nada, en el proceso de elaboración del presupuesto del Estado. Ránkings internacionales sobre transparencia presupuestaria señalan que en general no hay tampoco acceso a la información en esta etapa de «pre budget«, hay poco en la de discusión y aprobación, y limitado durante la de ejecución.

Aún así, periodistas y organizaciones no gubernamentales tratamos de conseguir datos sobre la etapa embrionaria del presupuesto para darla a conocer a la población. Conocer cómo se está elaborando el presupuesto es importante, porque al ver dónde la administración gubernamental está poniendo el dinero, se conocen sus prioridades.

En El Salvador, periodistas y analistas lo hacemos a través de los denominados techos presupuestarios, que Hacienda comunica a cada entidad para indicarle que en su propuesto no puede pasarse de esa cantidad. Así, en años pasados hemos podido reportar cuando los gobiernos planeaban reducir o estancar los recursos asignados a salud o educación, mientras se aumentaban los de Presidencia o seguridad.

En esa etapa, idealmente la sociedad debería poder opinar e incidir sobre este tipo de decisiones. A veces, la presión social después de una de estas publicaciones ha logrado que haya cambios en el proyecto de presupuesto que finalmente se ha entregado a la Asamblea Legislativa.

Este año, sin embargo, esa vía de fiscalización ha estado cerrada. Al solicitar la información sobre los techos presupuestarios se nos ha contestado que aún no los tienen.

Esto es preocupante, porque el 30 de septiembre es la última fecha para que el Ejecutivo, a través de Hacienda, presente el proyecto de Presupuesto General del Estado para que los diputados lo analicen, discutan y aprueben.

El panorama es por demás complicado: los problemas estructurales en las finanzas estatales, que han incluido un déficit perenne que ronda los $700 millones, más el impacto de la pandemia del covid-19 en el país, han hecho que los niveles de endeudamiento crezcan a magnitudes difícilmente manejables.

El gobierno de Nayib Bukele requerirá de recursos para impulsar la reactivación de la economía en 2021, y contará con recursos limitados para hacerlo, puesto que varios meses de cierre total y el propio impacto de la pandemia nos han llevado a recesión.

El presupuesto 2021 nos revelará muchos aspectos claves de cómo el presidente pretende sortear la situación, pero al parecer tendremos que esperar a finales de mes para conocerlo.

De espaldas a la democracia

En 1819, dos años antes de la independencia de Centroamérica, se fundó en España el museo del Prado. Una de las pinacotecas más importantes del mundo y que, desde sus inicios, giró, en buena parte, entorno a la obra de Diego Velázquez. Hay pocos museos como El Prado en el mundo. Y en el museo de El Prado hay pocos cuadros como Las Hilanderas de Velázquez. Una obra que retrata la versión del artista español sobre la fábula de Aracne, una mortal hilandera que trabajaba tan bien los hilos, y se tuvo tanta confianza, que osó a retar a la diosa Minerva para ver quien elaboraba el tapiz más hermoso.

Desde el hecho de ser comparada con una mortal, Minerva asumió todo como el más grande de los insultos a su condición divina. Pero cuando llegó el momento de evaluar quien había hilado mejor, no hubo mayor diferencia entre lo hecho por Aracne y Minerva. La diosa, muerta de la rabia, hechizó a la joven Aracne convirtiéndola en un insecto. La manera en la que Velázquez pintó la fábula sigue dando de que hablar: en un segundo plano la discusión entre Minerva y Aracne, y colocó, en un primer plano, a un grupo de hilanderas que seguían trabajando, sin parar, a pesar del escándalo.

El duelo entre una diosa y una prodigiosa mortal no les robaba su atención del hilo. Estaban de espaldas y con el afán de cualquier otro día. Como toda pieza de arte, se han dado miles de interpretaciones de la obra de Velázquez y su significado. Una ha sido que el arte es el único terreno donde los humanos –por el instinto creador– pueden competir con los dioses. Hay quienes piensan que Las Hilanderas son un reflejo de algo que se repite a lo largo de la historia de la humanidad, un grupo de personas, ciudadanos, de espaldas ante un hecho o acontecimiento que puede marcar lo que les rodea.

Sin ir más lejos, en El Salvador del año 2020 parece estar ocurriendo algo parecido: somos testigos de un gobierno con deseos de cambiar la Constitución del país. No es buen presagio viniendo de una administración con nula tolerancia a la crítica. Para un sector de la sociedad es preocupante porque puede representar un gran retroceso en la incipiente democracia salvadoreña. Pero en el gobierno de Bukele –con el cálculo político como su brújula desde que inició la gestión– creen que buena parte de la población los apoyará, y, en el peor de los casos, darán la espalda sin importarles si se cambia la Constitución.

Ya se ha escrito que el gobierno entiende la política como un conflicto perpetuo. Y no solo eso, asumen que la mayoría de la población tiene más preocupaciones que las discusiones sobre cualquier reforma constitucional que se plantee. Más ahora, con la crisis de ingresos, que ha provocado la pandemia del COVID-19, en miles de familias de todo el país. Esa es la apuesta del Ejecutivo: que esto sea como una función de teatro donde la gente le de la espalda al escenario. Y de paso, sumar adeptos a su causa con un discurso sobre lo poco que ha servido la actual Constitución y la democracia para la sociedad.

Saben que es el momento, elevando a la palestra cualquier tema que los ponga en ataque ante los otros poderes del Estado, de cara a las elecciones del 2021. De esta manera, seguir atizando el fuego del malestar popular contra los políticos tradicionales de los que dicen distanciarse –y a los que irónicamente se parecen cada día más con cada caso sobre el mal manejo de fondos en el marco de la emergencia–. Se viene el estudio y propuesta de reformas a la Constitución que, según lo publicado en el Diario Oficial, implica el análisis y discusión de las iniciativas de reforma. No se sabe con quienes discutirán cuando se han encargado de granjear conflictos con universidades y otras organizaciones de la sociedad civil. El Ejecutivo tensionará la democracia hasta donde pueda, ahora está por verse si la gente reaccionará o seguirá de espaldas.

Salud mental

¿Qué nivel de dolor debe estar atravesando alguien que decide atentar contra su propia vida? ¿Cuánto dolor se acumulado desde hace cinco meses, cuando el tiempo se detuvo y esta pandemia comenzó a sangrarnos la libertad, la estabilidad, a robarnos padres, abuelos, hermanos, amigos?

La atención en salud mental nunca ha sido un fuerte en El Salvador, ni en lo privado ni en lo público. Estigmas y falacias evitan que incluso quienes tienen la capacidad económica decidan buscar ayuda para sanar sus heridas internas. Nos cuesta mucho entender que buscar atención profesional para poder atender el los padecimientos internos es tan importante como hacerlo cuando padecemos enfermedades físicas.

Somos una población que ha pasado por mucho, demasiado. Venimos de matanzas, guerras, violencia, separaciones, desapariciones y migraciones forzadas, por mencionar algunas de las realidades que nos han formado como sociedad. Miles de personas han padecido pérdidas abruptas, robos traumáticos, intentos de secuestro, y han tratado de continuar con sus vidas como si nada hubiera pasado.

La pandemia del covid-19 y las medidas tomadas para tratar de contenerla han venido a poner un elemento adicional: la dificultad de obtener atención adecuada. Aún quienes lograron sortear los obstáculos necesarios para buscar ayuda psiquiátrica, ahora se encuentran con mayores limitaciones para conseguir una cita, o un medicamento.

Esta semana hemos tenido al menos dos noticias relacionadas con suicidios o intentos del mismo, y en al menos uno de estos casos hubo un antecedente de haber intentado pasar una consulta siquiátrica, que no estuvo disponible, y se programó para el próximo año. Todos los ojos están puestos en la pandemia, sí, pero el resto de enfermedades, del cuerpo o de la psiquis, siguen allí, y no desaparecerán porque no les pongamos atención.

Y esta es quizá la parte más visible del problema. Estamos también quienes vamos arrastrando un luto mal llevado porque perdimos a alguien víctima del covid-19 sin habernos podido despedir adecuadamente, sin haber tenido tiempo de procesar lo que pasó. Están quienes han visto reducida su calidad de vida porque perdieron un empleo, y se encuentran en medio de la desesperada situación de no tener cómo llevar sustento a sus hogares.

Están los que quizá mantienen su puesto de trabajo pero con ingresos reducidos. Otros muchos que han debido dedicarse a cualquier otra cosa para obtener un ingreso. Los que ven sufrir a sus familiares con enfermedades crónicas porque se ha limitado también la atención en una red pública casi sobrepasada por la pandemia.

Todas y cada una de estas situaciones afectan nuestra salud mental, con lo que esto implica. Infartos, hipertensión arterial, problemas de diabetes derivados del estrés que estamos viviendo. Hogares al borde de la desintegración, episodios de violencia intrafamiliar, agresiones entre vecinos. Andamos con la desesperación a flor de piel y mientras buscamos mantener nuestra salud física a punta de mascarillas, agua, jabón y alcohol gel, por dentro nos vamos deteriorando.

Una vez superada esta crisis sanitaria tendremos muchas heridas que atender, muchas lesiones que sanar y buscar cicatrizar. La mejora en la atención de la salud mental será un reto como nación, no solo desde el lado de la oferta, sino también desde la toma de conciencia de que, como sociedad, debemos decidir que queremos sanar.

Viajes y saudade

Para muchos, la vida siempre será un viaje. Es recorrer un camino hasta encontrar el mejor lugar posible o a una persona añorada. Un viaje que te puede salvar la vida o es el último recurso. Un viaje para llevar una encomienda. Muchas de las cosas en la vida comienzan así. Y nunca se le dio tanto valor y se extrañó como ahora, en medio de una pandemia global que limita esa libertad.

Ante la imposibilidad de salir de casa, muchos se han sumergido en la nostalgia. Buscando fotos viejas y recuerdos de antiguos viajes. La nostalgia ha sido un pilar de la cuarentena. La saudade, como le llaman los portugueses, a ese sentimiento difícil de definir, que es próximo a la melancolía y es estimulado por la distancia, temporal o espacial, a algo que se ama y que implica el deseo de resolver ese camino.

Dicen que un largo viaje inicia con el primer paso, para los portugueses navegar por el mundo, hace 500 años, significó el nacimiento y profundización de su saudade. Tantos años más tarde, en un contexto radicalmente opuesto, una pandemia como la del Covid-19 nos ha obligado a quedarnos en casa y comenzar a padecerla. Añorando lo de afuera y los caminos para llegar a ello.

Después de tantos días de cuarentena, para muchos solo se va profundizando. En el último siglo, se dio un esfuerzo monumental por conectar el mundo. Se construyeron carreteras y aeropuertos. Viajar se volvió un gran negocio. Y, muchas veces, ante tanta trivialidad, se pierde el afán que hubo entre los viajeros antiguos.

Hay viajes que son un descubrimiento. Como los primeros documentados en el actual territorio nacional, entre ellos el de Diego García de Palacio, quien entre 1573 y 1579 recorrió las provincias de Guatemala e hizo una minuciosa descripción de los pipiles que habitaban El Salvador en el momento de la conquista y su flora y fauna; e incluso compara los venados silvestres que encuentra en los bosques de Ataco con los de la vieja Goa, el dominio portugués en la India.

Describe emocionado a los osos hormigueros, las dantas blancas y una infinidad de árboles y hierbas. Se asusta cuando encuentra aguas termales en otra latitud de Ahuachapán. Apuntes de una tierra que ha cambiado mucho y que al leerlos es como viajar al pasado. Ya lo dejó escrito José Saramago, el pasado es como «un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si fuera una autopista, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas».

Igual con la literatura criolla que retoma viajeros y forajidos siempre en el camino, como el Siete Pañuelos de Roberto Armijo, un justiciero que vivía cabalgando entre las montañas de Chalatenango y Honduras. Huyendo del jefe expedicionario de turno que lo andaba cazando como su presa. Era un viajero perpetuo. Llevaba en bandolera sus armas y la melancolía propia de los vaqueros. Nunca estaba quieto ni tenía un lugar de residencia.

En los viajes también soñamos con llegar más lejos. Como el escritor salvadoreño Waldo Chávez Velasco, que en su cuento «La Placa» coloca a su personaje principal, Rocney, en un viaje interestelar directo al planeta Marte. Es un periodista en busca de una historia en las burbujas gigantes ideadas para albergar a las colonias humanas en ese planeta rojo. Un viaje que, en realidad, es una oportunidad para enmendar su rumbo errático en la tierra. Un viaje como el último reducto posible para madurar.

Organicémonos

En El Salvador hay una infinidad de necesidades. A veces, cómodos dentro de nuestras respectivas realidades ?que pueden llegar a constituir verdaderas burbujas de privilegio?, nos cuesta estar conscientes de la magnitud de la pobreza y carencias en las que sobrevive una gran cantidad de gente en nuestro país.

Estas carencias van desde la ausencia total de lo que podemos considerar servicios básicos, como electricidad, agua potable y un sistema de aguas negras adecuado, hasta desnutriciones crónicas que minan calidad de vida de familias enteras, de generación en generación.

Sin embargo, también existe una gran cantidad de presonas, entidades, organizaciones, fundaciones, que no solo son conscientes de todo esto, sino que se dedican a tratar de ayudar a mejorar la situación. ¿Cuántos de nosotros no conocemos a un grupo de personas que dedican su tiempo, recursos y esfuerzos a ayudar al prójimo de alguna manera?

En el espectro de la solidaridad encontramos desde las organizaciones más básicas que cuentan cada centavo para poder seguir trabajando, hasta aquellas que tienen años de operar y logran canalizar importantes cantidades de recursos hacia diferentes tipos de programas.

Nutrición, educación, salud, agua, derechos de la infancia, de la mujer, usted nombre el área de acción, y encontrará mucha gente trabajando para tratar de mejorar la realidad, con resultados más o menos visibles, pero con impactos innegables.

En medio de la crisis por la covid-19, toda la vulnerabilidad de nuestra población con menores oportunidades e ingresos se vio potenciada. Esta situación sin precedentes hizo que un grupo de estas organizaciones decidiera que era momento de hacer las cosas de forma distinta, y crearon una plataforma que se llama +UNIDOS SOMOS+.

De esta iniciativa me llaman la atención varias cosas. La primera, es la pluralidad de sus integrantes. La red va desde grandes fundaciones, cooperación internacional y el mismo sistema de Naciones Unidas, hasta pequeñas organizaciones que tienen su área de acción bien delimitada en zonas aisladas, de difícil acceso, y donde la necesidad es aún mayor. Han integrado a ADESCOS, ONG, grupos de iglesias, todo el que quiera ayudar, y así suman ya 140 integrantes, número que crece semana a semana.

Lo segundo, y que creo que marcará una diferencia importante en el impacto de esta red, es que han decidido sistematizarse, organizarse. La plataforma incluye un mapa de las necesidades que hay en el territorio, de los niveles de pobreza multidimensional y de lo que más se requiere en cada lugar. El mapa también integra las capacidad, áreas de especialización y de influencia de las decenas de organizaciones que se han sumado a la iniciativa. La idea es hacer ese calce entre necesidades y ayuda, para no duplicar esfuerzos y lograr abarcar la mayor cantidad de población posible.

¿Cómo se organizan? Un ejemplo fue la entrega de alimentos y otros productos de primera necesidad, que están realizando desde ya, y con las que esperan llegar a 80,000 familias. Esto involucra a unas 20 organizaciones, la mayoría, ADESCOS. Si bien el donante principal es la Fundación Gloria de Kriete, la cobertura territorial que se pretende solo puede realizarse gracias a las organizaciones más pequeñas.

Muchas cosas serían diferentes si lográramos organizarnos mejor. Esta crisis se profundiza en la medida que no alcanzamos acuerdos mínimos para avanzar, sino más bien nos concentramos en nuestras diferencias, o en anular al otro, al que no piensa como yo, al que me cae mal, al que ha sido mi enemigo desde siempre.

El covid-19 nos está costando vidas y empleos, está profundizando la pobreza y nos ha hecho retroceder décadas en cuanto a desarrollo humano, pero pasará. Sí, la crisis pasará y debemos empezar ya a pensar en cómo vamos a levantarnos, a sentar las bases de nuestra recuperación y para ello, qué mejor que comenzar a organizarnos. Lo de +UNIDOS SOMOS+ es un ejemplo que ojalá se retome en otros ámbitos.

El camino de Masferrer

Alberto Masferrer siempre será viejo. Esa es la imagen de él que ha llegado hasta nuestros días. Su estampa de un hombre de bigote frondoso, mirada triste y mayor de cincuenta años de edad. Esa imagen que está pintada en las fachadas de los centros escolares que llevan su nombre y aparece en algunas contraportadas de sus obras. Se reproduce su pinta de escritor sosegado y docente pulcro. Pareciera que Masferrer siempre fue viejo y hay pocas fotos divulgadas de sus años de intempestiva juventud.

Antes de ser Masferrer simplemente fue Alberto. Un niño que a sus trece años desafiaba a sus maestros y ya reportaba fugas de los internados de la ciudad de San Salvador donde su papá lo había inscrito. Primero del colegio de la educadora francesa Agustina Charvin y luego del colegio del maestro cubano Hildebrando Martí, como se retoma en un minucioso ensayo escrito sobre la vida del escritor por la brillante Matilde Elena López, y que recopila detalles sobre la accidentada infancia de Masferrer.

Opuesto a la rígida disciplina educativa, incluso se hirió en una de sus fugas. «Salté un tapial cuyos bordes se hallaban cubiertos de polvo y telarañas…y me destrocé la mano. Debajo de las telarañas había desgarrados y enconados vidrios, trozos de botella…fueron a un tiempo nueve heridas, de las cuales hubo que extraer puntas de vidrio, entre la sangre que salía impetuosa», escribió Masferrer, años después, sobre el episodio de aquellos años en los que no se adaptaba al modelo educativo de la época.

Desesperado, su papá lo mandó a otro internado en Guatemala, al que ya asistían dos de sus hermanos mayores del lado paterno. Pero ocurrió lo mismo y el joven Vicente Alberto terminó sin graduarse de bachillerato. ¿Cómo ocurrió que uno de los hombres que se convertiría en un escritor de referencia del país no pudo terminar su educación media? No era un problema de capacidad, sino que no encajaba en el sistema. Y tras su triste paso por las aulas, Masferrer hizo realidad el plan que pensó por años: simplemente huir.

Pasó tres años en el camino, recorriendo diversos lugares de Honduras y Nicaragua. Para sobrevivir, hizo los oficios de buhonero, escribiente e, irónicamente, se inició en la docencia. Tanto en escuelas como en un presidio en la isla de Ometepe, en el lago de Nicaragua. En esos años, Masferrer aprendió a su manera y leyó mucho. «Pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto», escribiría, años después, Arturo Ambrogi sobre él. Pero más que estar encerrado en un internado, el joven Masferrer aprendió del mundo.

Encontró su propio camino al aprendizaje y avanzó como autodidacta. Después de su viaje por la región, regresó a El Salvador convertido en docente y ensayista de la cruel realidad centroamericana. «Busca ayuda aquí y allá, pero para el padre no es más que un muchacho soñador, que prefirió vagar en vez de estudiar», escribió Matilde Elena López sobre su retorno al país. A Masferrer le tocó forjar su carrera a contracorriente, pero su juventud es un eco que resuena hasta nuestros días: en la vida hay otras formas de aprender.

Quizás nunca se había pensado tanto en la manera de enseñar/aprender como ahora, en medio de una pandemia como la del COVID-19. Una coyuntura que ha representando retos para maestros, alumnos, madres y padres. Desterrados de los centros escolares, ha habido una introspección sobre cómo enseñar y con qué herramientas hacerlo. Además de las siempre polémicas maneras de calificar. En medio de esta vorágine, el próximo 24 de julio de 2020 se cumplen 152 años del nacimiento de Alberto Masferrer, que más que una aburrida efeméride se piense un poco en los urgentes nuevos tipos de enseñanza.

Avanzando a ciegas

El Salvador reporta actualmente más de 5,000 casos confirmados de covid-19, poco más de un centenar de fallecidos, y un ritmo diario de nuevos contagios que se acerca a los 200. Estamos en lo que se puede considerar la etapa más crítica de la pandemia en el país, con una curva que sigue en crecimiento.

Pero, ¿qué tan confiables son realmente los datos oficiales? Las dudas y críticas vienen de diferentes sectores, desde alcaldes preocupados porque realizan varios entierros al día bajo protocolo covid-19, hasta expertos que afirman que los datos presentados no pasan las pruebas metodológicas para garantizar su validez, e incluso los mismos ciudadanos que están perdiendo seres queriendos debido al virus y que no ven estos fallecimientos reflejados en las cifras de los informes diarios.

El mismo ministro de Salud, Francisco Alabí, ha admitido que hay un subregistro, asegurando que es algo que sucede en todas partes. ¿Qué tan grande es la brecha entre la fotografía diaria de la situación del covid-19 en el país que nos presenta el Gobierno, y lo que realmente está sucediendo?

Hacerle frente a una pandemia de esta magnitud sin datos certeros es como avanzar en un campo minado con los ojos cerrados. Contar con información real, confiable, actualizada, permitirá tomar mejores decisiones a quienes están dirigiendo esta batalla.

Saber dónde hay más casos es básico para focalizar los esfuerzos para menguar los nuevos contagios. En El Salvador hay municipios que han logrado sortear estos 90 días sin mayor afectación, y otros, como San Salvador, que se han llevado la peor parte. Uno puede caer en el simplismo de decir que es lógico, por la densidad poblacional, pero con la información adecuada se pueden tomar las acciones pertinentes precisamente en estos lugares con mayor afectación.

Por el momento, el monopolio de esta información la tiene el Ejecutivo. La base de datos de las pruebas se encuentra en el Laboratorio Central «Dr. Max Bloch«. ¿Sería muy descabellado pedir que esta base se abra para el análisis de grupos independientes de expertos, que ayuden a validarla? ¿No sería positivo a estas alturas de la pandemia permitir que expertos apoyen en el análisis de dichos datos para enfocar mejor los ya escasos recursos de la red pública de salud? ¿Es demasiado aventurado pensar que con un poco de transparencia y colaboración se lograría salvar más vidas?

Varios gobiernos han echado ya mano de comisiones de especialistas en diferentes áreas para poder combatir mejor la pandemia. El covid-19 es una enfermedad nueva de la que no se sabía prácticamente nada, pero de la que cada día surgen nuevos descubrimientos, tanto en su diagnóstico y prevención como en su tratamiento.

Si bien los esfuerzos en el plano internacional se centran en buscar un tratamiento efectivo y una vacuna, con lo que se espera por fin frenar la pandemia, no se debe descuidar la labor de evitar más contagios e impedir el colapso definitivo de los sistemas de salud.

Nuestros médicos, enfermeros, laboratoritas y especialistas necesitan que se encienda la luz para dar una mejor batalla. Y por supuesto que necesitan además toda la protección que se les pueda ofrecer. Es realmente indignante que a estas alturas un tercio de los contagios corresponda a personal de salud, porque no contarios con el equipo de protección personal adecuado.

Pero tan importante como esto es contar con directrices adecuadas, con un liderazgo que esté a la altura, y con lineamientos basados en evidencia científica. Sus vidas, y las de los miles de salvadoreños en riesgo de contagio del covid-19, no pueden depender de la improvisación y, para esto, se necesita que los pasos a dar no sean pasos en falso, sino bien planificados sobre un escenario lo más claro posible.

Un día sin políticos

Un día sin políticos sería un día festivo. En lugar de amarguras se destacaría todo lo positivo. Algo así como: celebremos un día sin proselitismo, sin discusiones y en el que ningún político –ninguno– estuviera invitado a opinar. Se podría mercadear como un día sin falsedades. Pelear o defender a un político en este día sería tan mal visto como insultar a la madre en el día de la madre. Sería un día, tan solo 24 horas, para platicar de otra cosa: del azul del cielo, de la existencia de los pumas en las montañas de Morazán o del aroma del café en los desayunos de los domingos.

En los programas de televisión no se invitarían a analistas ni funcionarios de gobierno, sino que –todo lo contrario– a niñas y niños para que nos contaran de sus sueños y anhelos. Qué quieren que sea El Salvador y de qué escribirían un libro ilustrado si tuvieran la oportunidad. Simplemente que digan sus videos favoritos en YouTube. Un día para escuchar más que para opinar. En un día sin politiquería, no se le preguntaría su «ideología» a nadie. Tampoco hubiera bandos y mucho menos cambios de partido ni tránsfugas. De hecho, fuera un día para destacar la lealtad y evitar las promesas vacías.

En un día sin políticos sería mal visto que los políticos o cualquier funcionario de Gobierno usara sus redes sociales. Se haría un silencio oficial de su parte. Tampoco pasarían spots de su gestión en la televisión ni cuñas de radio. Muchos verían películas clásicas u organizarían caminatas a los cerros cercanos a su casa, que siempre ven, pero que no tienen tiempo para ir. Nadie competiría con otro. Habría un ejército de ciclistas en las calles de las ciudades y en los callejones polvosos de nuestros cantones y caseríos. Nadie pudiera comprar voluntades ni inventarse excusas absurdas por lo que dejó de hacer.

Un día sin políticos nunca funcionaría, porque después la gente pediría todo un mes. Algo así como un mes conmemorativo sin políticos. En esas semanas se organizarían concursos de arte y de ambiciosos proyectos para desarrollar en salud, educación, tecnología. Serían planes excelentes porque no buscarían beneficiar a un proveedor específico o a un determinado partido político ni un grupo familiar. Se escucharía a los académicos, diversas voces antes opacadas y se estudiaría la historia, desde distintas ópticas, para saber en qué nos hemos equivocado. La gente del campo iría a la ciudad y los de la ciudad al campo.

Después hubiera descontento porque ya no alcanzaría un mes. La gente pediría cuarentena eterna para los partidos políticos como los conocemos. Todo se rompería, porque las personas comenzarían a cuestionar aspectos más profundos del sistema en que vivimos. ¿Por qué hay tantas personas que sufren para llegar a fin de mes? ¿Cuál es la clave para romper la desigualdad? A más de alguno se le ocurriría fundar otros partidos y, por supuesto, que surgirían liderazgos mesiánicos, pero pocos los escucharían, porque antes se estudió la historia y se sabe que eso no lleva a nada bueno.

«El bienestar de un país no debe ser un concurso de popularidad», titularía algún medio de comunicación que también se vería obligado a cambiar. Apareciera alguien, no se, cualquiera, que diría que una clave para sacar al país adelante es dejarnos de pelear. Discutir no tiene que ser igual que atacar al otro. Que se pueden tener diferencias e igual seguir respetando a los demás. Diría que las generaciones van pasando y nosotros no pasamos de lo mismo por peleas estériles. Diría que la vida es demasiado corta, más aún, si somos incapaces de llegar a acuerdos por el bien de la mayoría.