Organicémonos

En El Salvador hay una infinidad de necesidades. A veces, cómodos dentro de nuestras respectivas realidades ?que pueden llegar a constituir verdaderas burbujas de privilegio?, nos cuesta estar conscientes de la magnitud de la pobreza y carencias en las que sobrevive una gran cantidad de gente en nuestro país.

Estas carencias van desde la ausencia total de lo que podemos considerar servicios básicos, como electricidad, agua potable y un sistema de aguas negras adecuado, hasta desnutriciones crónicas que minan calidad de vida de familias enteras, de generación en generación.

Sin embargo, también existe una gran cantidad de presonas, entidades, organizaciones, fundaciones, que no solo son conscientes de todo esto, sino que se dedican a tratar de ayudar a mejorar la situación. ¿Cuántos de nosotros no conocemos a un grupo de personas que dedican su tiempo, recursos y esfuerzos a ayudar al prójimo de alguna manera?

En el espectro de la solidaridad encontramos desde las organizaciones más básicas que cuentan cada centavo para poder seguir trabajando, hasta aquellas que tienen años de operar y logran canalizar importantes cantidades de recursos hacia diferentes tipos de programas.

Nutrición, educación, salud, agua, derechos de la infancia, de la mujer, usted nombre el área de acción, y encontrará mucha gente trabajando para tratar de mejorar la realidad, con resultados más o menos visibles, pero con impactos innegables.

En medio de la crisis por la covid-19, toda la vulnerabilidad de nuestra población con menores oportunidades e ingresos se vio potenciada. Esta situación sin precedentes hizo que un grupo de estas organizaciones decidiera que era momento de hacer las cosas de forma distinta, y crearon una plataforma que se llama +UNIDOS SOMOS+.

De esta iniciativa me llaman la atención varias cosas. La primera, es la pluralidad de sus integrantes. La red va desde grandes fundaciones, cooperación internacional y el mismo sistema de Naciones Unidas, hasta pequeñas organizaciones que tienen su área de acción bien delimitada en zonas aisladas, de difícil acceso, y donde la necesidad es aún mayor. Han integrado a ADESCOS, ONG, grupos de iglesias, todo el que quiera ayudar, y así suman ya 140 integrantes, número que crece semana a semana.

Lo segundo, y que creo que marcará una diferencia importante en el impacto de esta red, es que han decidido sistematizarse, organizarse. La plataforma incluye un mapa de las necesidades que hay en el territorio, de los niveles de pobreza multidimensional y de lo que más se requiere en cada lugar. El mapa también integra las capacidad, áreas de especialización y de influencia de las decenas de organizaciones que se han sumado a la iniciativa. La idea es hacer ese calce entre necesidades y ayuda, para no duplicar esfuerzos y lograr abarcar la mayor cantidad de población posible.

¿Cómo se organizan? Un ejemplo fue la entrega de alimentos y otros productos de primera necesidad, que están realizando desde ya, y con las que esperan llegar a 80,000 familias. Esto involucra a unas 20 organizaciones, la mayoría, ADESCOS. Si bien el donante principal es la Fundación Gloria de Kriete, la cobertura territorial que se pretende solo puede realizarse gracias a las organizaciones más pequeñas.

Muchas cosas serían diferentes si lográramos organizarnos mejor. Esta crisis se profundiza en la medida que no alcanzamos acuerdos mínimos para avanzar, sino más bien nos concentramos en nuestras diferencias, o en anular al otro, al que no piensa como yo, al que me cae mal, al que ha sido mi enemigo desde siempre.

El covid-19 nos está costando vidas y empleos, está profundizando la pobreza y nos ha hecho retroceder décadas en cuanto a desarrollo humano, pero pasará. Sí, la crisis pasará y debemos empezar ya a pensar en cómo vamos a levantarnos, a sentar las bases de nuestra recuperación y para ello, qué mejor que comenzar a organizarnos. Lo de +UNIDOS SOMOS+ es un ejemplo que ojalá se retome en otros ámbitos.

El camino de Masferrer

Alberto Masferrer siempre será viejo. Esa es la imagen de él que ha llegado hasta nuestros días. Su estampa de un hombre de bigote frondoso, mirada triste y mayor de cincuenta años de edad. Esa imagen que está pintada en las fachadas de los centros escolares que llevan su nombre y aparece en algunas contraportadas de sus obras. Se reproduce su pinta de escritor sosegado y docente pulcro. Pareciera que Masferrer siempre fue viejo y hay pocas fotos divulgadas de sus años de intempestiva juventud.

Antes de ser Masferrer simplemente fue Alberto. Un niño que a sus trece años desafiaba a sus maestros y ya reportaba fugas de los internados de la ciudad de San Salvador donde su papá lo había inscrito. Primero del colegio de la educadora francesa Agustina Charvin y luego del colegio del maestro cubano Hildebrando Martí, como se retoma en un minucioso ensayo escrito sobre la vida del escritor por la brillante Matilde Elena López, y que recopila detalles sobre la accidentada infancia de Masferrer.

Opuesto a la rígida disciplina educativa, incluso se hirió en una de sus fugas. «Salté un tapial cuyos bordes se hallaban cubiertos de polvo y telarañas…y me destrocé la mano. Debajo de las telarañas había desgarrados y enconados vidrios, trozos de botella…fueron a un tiempo nueve heridas, de las cuales hubo que extraer puntas de vidrio, entre la sangre que salía impetuosa», escribió Masferrer, años después, sobre el episodio de aquellos años en los que no se adaptaba al modelo educativo de la época.

Desesperado, su papá lo mandó a otro internado en Guatemala, al que ya asistían dos de sus hermanos mayores del lado paterno. Pero ocurrió lo mismo y el joven Vicente Alberto terminó sin graduarse de bachillerato. ¿Cómo ocurrió que uno de los hombres que se convertiría en un escritor de referencia del país no pudo terminar su educación media? No era un problema de capacidad, sino que no encajaba en el sistema. Y tras su triste paso por las aulas, Masferrer hizo realidad el plan que pensó por años: simplemente huir.

Pasó tres años en el camino, recorriendo diversos lugares de Honduras y Nicaragua. Para sobrevivir, hizo los oficios de buhonero, escribiente e, irónicamente, se inició en la docencia. Tanto en escuelas como en un presidio en la isla de Ometepe, en el lago de Nicaragua. En esos años, Masferrer aprendió a su manera y leyó mucho. «Pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto», escribiría, años después, Arturo Ambrogi sobre él. Pero más que estar encerrado en un internado, el joven Masferrer aprendió del mundo.

Encontró su propio camino al aprendizaje y avanzó como autodidacta. Después de su viaje por la región, regresó a El Salvador convertido en docente y ensayista de la cruel realidad centroamericana. «Busca ayuda aquí y allá, pero para el padre no es más que un muchacho soñador, que prefirió vagar en vez de estudiar», escribió Matilde Elena López sobre su retorno al país. A Masferrer le tocó forjar su carrera a contracorriente, pero su juventud es un eco que resuena hasta nuestros días: en la vida hay otras formas de aprender.

Quizás nunca se había pensado tanto en la manera de enseñar/aprender como ahora, en medio de una pandemia como la del COVID-19. Una coyuntura que ha representando retos para maestros, alumnos, madres y padres. Desterrados de los centros escolares, ha habido una introspección sobre cómo enseñar y con qué herramientas hacerlo. Además de las siempre polémicas maneras de calificar. En medio de esta vorágine, el próximo 24 de julio de 2020 se cumplen 152 años del nacimiento de Alberto Masferrer, que más que una aburrida efeméride se piense un poco en los urgentes nuevos tipos de enseñanza.

Avanzando a ciegas

El Salvador reporta actualmente más de 5,000 casos confirmados de covid-19, poco más de un centenar de fallecidos, y un ritmo diario de nuevos contagios que se acerca a los 200. Estamos en lo que se puede considerar la etapa más crítica de la pandemia en el país, con una curva que sigue en crecimiento.

Pero, ¿qué tan confiables son realmente los datos oficiales? Las dudas y críticas vienen de diferentes sectores, desde alcaldes preocupados porque realizan varios entierros al día bajo protocolo covid-19, hasta expertos que afirman que los datos presentados no pasan las pruebas metodológicas para garantizar su validez, e incluso los mismos ciudadanos que están perdiendo seres queriendos debido al virus y que no ven estos fallecimientos reflejados en las cifras de los informes diarios.

El mismo ministro de Salud, Francisco Alabí, ha admitido que hay un subregistro, asegurando que es algo que sucede en todas partes. ¿Qué tan grande es la brecha entre la fotografía diaria de la situación del covid-19 en el país que nos presenta el Gobierno, y lo que realmente está sucediendo?

Hacerle frente a una pandemia de esta magnitud sin datos certeros es como avanzar en un campo minado con los ojos cerrados. Contar con información real, confiable, actualizada, permitirá tomar mejores decisiones a quienes están dirigiendo esta batalla.

Saber dónde hay más casos es básico para focalizar los esfuerzos para menguar los nuevos contagios. En El Salvador hay municipios que han logrado sortear estos 90 días sin mayor afectación, y otros, como San Salvador, que se han llevado la peor parte. Uno puede caer en el simplismo de decir que es lógico, por la densidad poblacional, pero con la información adecuada se pueden tomar las acciones pertinentes precisamente en estos lugares con mayor afectación.

Por el momento, el monopolio de esta información la tiene el Ejecutivo. La base de datos de las pruebas se encuentra en el Laboratorio Central «Dr. Max Bloch«. ¿Sería muy descabellado pedir que esta base se abra para el análisis de grupos independientes de expertos, que ayuden a validarla? ¿No sería positivo a estas alturas de la pandemia permitir que expertos apoyen en el análisis de dichos datos para enfocar mejor los ya escasos recursos de la red pública de salud? ¿Es demasiado aventurado pensar que con un poco de transparencia y colaboración se lograría salvar más vidas?

Varios gobiernos han echado ya mano de comisiones de especialistas en diferentes áreas para poder combatir mejor la pandemia. El covid-19 es una enfermedad nueva de la que no se sabía prácticamente nada, pero de la que cada día surgen nuevos descubrimientos, tanto en su diagnóstico y prevención como en su tratamiento.

Si bien los esfuerzos en el plano internacional se centran en buscar un tratamiento efectivo y una vacuna, con lo que se espera por fin frenar la pandemia, no se debe descuidar la labor de evitar más contagios e impedir el colapso definitivo de los sistemas de salud.

Nuestros médicos, enfermeros, laboratoritas y especialistas necesitan que se encienda la luz para dar una mejor batalla. Y por supuesto que necesitan además toda la protección que se les pueda ofrecer. Es realmente indignante que a estas alturas un tercio de los contagios corresponda a personal de salud, porque no contarios con el equipo de protección personal adecuado.

Pero tan importante como esto es contar con directrices adecuadas, con un liderazgo que esté a la altura, y con lineamientos basados en evidencia científica. Sus vidas, y las de los miles de salvadoreños en riesgo de contagio del covid-19, no pueden depender de la improvisación y, para esto, se necesita que los pasos a dar no sean pasos en falso, sino bien planificados sobre un escenario lo más claro posible.

Un día sin políticos

Un día sin políticos sería un día festivo. En lugar de amarguras se destacaría todo lo positivo. Algo así como: celebremos un día sin proselitismo, sin discusiones y en el que ningún político –ninguno– estuviera invitado a opinar. Se podría mercadear como un día sin falsedades. Pelear o defender a un político en este día sería tan mal visto como insultar a la madre en el día de la madre. Sería un día, tan solo 24 horas, para platicar de otra cosa: del azul del cielo, de la existencia de los pumas en las montañas de Morazán o del aroma del café en los desayunos de los domingos.

En los programas de televisión no se invitarían a analistas ni funcionarios de gobierno, sino que –todo lo contrario– a niñas y niños para que nos contaran de sus sueños y anhelos. Qué quieren que sea El Salvador y de qué escribirían un libro ilustrado si tuvieran la oportunidad. Simplemente que digan sus videos favoritos en YouTube. Un día para escuchar más que para opinar. En un día sin politiquería, no se le preguntaría su «ideología» a nadie. Tampoco hubiera bandos y mucho menos cambios de partido ni tránsfugas. De hecho, fuera un día para destacar la lealtad y evitar las promesas vacías.

En un día sin políticos sería mal visto que los políticos o cualquier funcionario de Gobierno usara sus redes sociales. Se haría un silencio oficial de su parte. Tampoco pasarían spots de su gestión en la televisión ni cuñas de radio. Muchos verían películas clásicas u organizarían caminatas a los cerros cercanos a su casa, que siempre ven, pero que no tienen tiempo para ir. Nadie competiría con otro. Habría un ejército de ciclistas en las calles de las ciudades y en los callejones polvosos de nuestros cantones y caseríos. Nadie pudiera comprar voluntades ni inventarse excusas absurdas por lo que dejó de hacer.

Un día sin políticos nunca funcionaría, porque después la gente pediría todo un mes. Algo así como un mes conmemorativo sin políticos. En esas semanas se organizarían concursos de arte y de ambiciosos proyectos para desarrollar en salud, educación, tecnología. Serían planes excelentes porque no buscarían beneficiar a un proveedor específico o a un determinado partido político ni un grupo familiar. Se escucharía a los académicos, diversas voces antes opacadas y se estudiaría la historia, desde distintas ópticas, para saber en qué nos hemos equivocado. La gente del campo iría a la ciudad y los de la ciudad al campo.

Después hubiera descontento porque ya no alcanzaría un mes. La gente pediría cuarentena eterna para los partidos políticos como los conocemos. Todo se rompería, porque las personas comenzarían a cuestionar aspectos más profundos del sistema en que vivimos. ¿Por qué hay tantas personas que sufren para llegar a fin de mes? ¿Cuál es la clave para romper la desigualdad? A más de alguno se le ocurriría fundar otros partidos y, por supuesto, que surgirían liderazgos mesiánicos, pero pocos los escucharían, porque antes se estudió la historia y se sabe que eso no lleva a nada bueno.

«El bienestar de un país no debe ser un concurso de popularidad», titularía algún medio de comunicación que también se vería obligado a cambiar. Apareciera alguien, no se, cualquiera, que diría que una clave para sacar al país adelante es dejarnos de pelear. Discutir no tiene que ser igual que atacar al otro. Que se pueden tener diferencias e igual seguir respetando a los demás. Diría que las generaciones van pasando y nosotros no pasamos de lo mismo por peleas estériles. Diría que la vida es demasiado corta, más aún, si somos incapaces de llegar a acuerdos por el bien de la mayoría.

Cierres intermitentes

El SARS-CoV-2, comunmente conocido como «coronavirus», sumió al mundo en una crisis sin precedentes. Sistemas de salud colapsaron, miles han muerto, millones han enfermado. Tras la detección de los primeros casos y con pocas nociones sobre cómo enfrentarlo, rápidamente se esparció y se convirtió en pandemia.

Mientras médicos, científicos e investigadores iniciaron jornadas maratónicas para tratar de entender el comportamiento del nuevo virus, para tratar de encontrar un tratamiento efectivo o una vacuna, las autoridades mandaron cuarentenas y cierres para tratar de contener el covid-19.

Junto a la crisis sanitaria y humana, avanzaba también la económica. Potencias mundiales reportan ya decrecimiento, hay millones de desempleados, y mientras grandes empresas reducen operaciones o anuncian quiebras, la Organización Mundial del Trabajo ha advertido que los profesionales independientes y quienes laboran en el sector informal se llevan la peor parte.

Los modelos económicos tradicionales no aplicaban para esta crisis. Todo se ha ido construyendo sobre la marcha. El combate a la pandemia ha sido una carrera contra el tiempo y en la obscuridad, en la que apenas ahora se comienzan a ver las primeras luces, con países reportando reducciones significativas en los nuevos contagios, y empresas farmacéuticas anunciando que están cercanas a encontrar una vacuna.

Ahora, gran parte de los países que cerraron sus economías para evitar una mayor propagación de la enfermedad están iniciando sus reaperturas. Al igual que con la crisis sanitaria, el nuevo reto de reactivar los aparatos productivos y tratar de impulsar las machacadas economías se ha enfrentado con vagas nociones de lo que se debería o no hacer.

La mayoría de gobiernos ha optado por esquemas en fases, dividiendo a las empresas y negocios según su importancia para la economía en su conjunto y el riesgo que enfrentan sus empleados, o incluso, como en el caso de Honduras, zonificando al país según la cantidad de habitantes y casos positivos que se han registrado. La idea generalizada, por ejemplo, en los países de Centroamérica, es que se debe abrir poco a poco, evaluando si cada fase no conlleva que se disparen los casos nuevos, y dando prioridad a los sectores que se consideran indispensables, como los alimentos y medicamentos.

En El Salvador no hay un plan de apertura, pero dos instancias académicas, el regional INCAE y la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) que elaboraron sus propuestas. De nuevo, estas se basan en aperturas graduales, en fases, determinadas por una serie de indicadores que combinan variables de salud y económicas.

El plan de la ESEN, por ejemplo, recoge el concepto de cierres intermitentes que ya ha hecho eco en el ámbito internacional: relajar medidas de contención, evaluar los efectos de ello y, de ser necesario, volver al estadio anterior de restricciones. Por ello, el modelo de la ESEN determina periodos de tres semanas entre aperturas, para tener suficiente tiempo para medir cómo estas inciden o no en nuevos contagios.

El presidente de la República, Nayib Bukele, ha dicho públicamente que las propuestas del INCAE y de la ESEN serán los insumos para el modelo de reapertura económica en El Salvador, que se espera arranque en junio, según los acuerdos que personeros del Ejecutivo y de la Asamblea Legislativa alcancen en su mesa de trabajo que, al cierre de esta columna, aún no había tenido resultados, pero que esperamos sí los tenga para cuando estas líneas sean publicadas.

Es importante que como población internalicemos ese concepto. No se puede pedir que las cosas vuelvan a ser como antes de un día para otro. Comenzar a abrir la economía significará que algunas empresas comiencen a operar de forma parcial, solo con una parte de sus trabajadores, con turnos y horarios escalonados, manteniendo en trabajo remoto los puestos cuyas funciones lo permitan, y aplicando estrictos protocoles de higiene y distanciamiento dentro de sus instalaciones.

Luego se necesitará data confiable y precisa para medir qué tanto podemos ir avanzando en la reapertura sin poner en riesgo la capacidad de atención del sistema de salud ni la reducción en la cantidad de nuevos casos. Se necesitará un seguimiento meticuloso y franco para que el levantamiento de las medidas de restricción no implique pérdida de vidas.

Esperemos que los actores involucrados en que esto sea así tengan la conciencia de lo importante que es asumir la nueva realidad. Y eso nos incluye a todos.

Guerra de desinformación

El año 1895 fue trascendental para el periodismo salvadoreño. Ese año nació el Diario del Salvador, dirigido por el escritor Román Mayorga Rivas. En sus páginas escribirían Arturo Ambrogi, David J. Guzmán, Francisco Gavidia, entre muchos otros. La publicación era diferente a lo que los lectores salvadoreños estaban acostumbrados. El Diario del Salvador emulaba al periodismo norteamericano: en formatos, imprentas y hasta en su sistema de distribución a través de niños «canillitas«. Incluso sus oficinas estuvieron ubicadas en el céntrico edificio Ambrogi, que fue, por mucho tiempo, el edificio más alto de la ciudad de San Salvador y era llamado «el primer rascacielos de Centroamérica» con sus cuatro pisos.

Irónicamente, el 1895 también sería un año bisagra para el periodismo norteamericano que se trataba de replicar en el país. Ese año, en la ciudad de Nueva York, se desató una guerra abierta entre el New York Journal y el New York World, dos de los periódicos con mayor circulación de la ciudad estadounidense. Una batalla sin cuartel que enfrentó a Joseph Pulitzer –propietario del World– con William Randolph Hearst –dueño del Journal–. Ambos se pelearon periodistas, compitieron por tener el precio más bajo por edición y su lucha por ganar lectores conllevó el nacimiento y uso sistemático del amarillismo.

Obsesionados por superar a su rival, cada edición era una lucha por contar las historias más truculentas, encontrar los personajes más bizarros y hacer las críticas más injustificadas. Hasta que todo se fue desbordando y comenzaron a inventar historias completas para sacarle ventaja a la competencia. Una guerra de desinformación en la que los lectores quedaron en el medio y sin saber distinguir entre lo que era real y lo falso. Un escenario con bastantes similitudes a lo que se vive ahora con las redes sociales y muchos «medios» que tergiversan noticias para beneficiar a determinado político, partido o Gobierno.

Y hoy, como a finales del siglo XIX, la guerra mediática llegó a su punto más álgido en medio de una crisis. Después de estar enfrascados en su particular guerra por casi tres años, Hearst usó la crisis en Cuba, en el contexto de su revolución independentista contra España, para manipular a la opinión pública y presionar a Estados Unidos a que incursionara en el conflicto. El 15 de febrero de 1898, una explosión fortuita al interior del acorazado de segunda clase Maine, que estaba en el puerto de La Habana, mató a 256 tripulantes y fue la excusa perfecta para Hearst y su New York Journal.

Aunque desde el primer momento se indicó que todo había sido un accidente, el periódico vendió la noticia falsa de que, en realidad, fue un ataque de los españoles. En los días siguientes, alimentó la teoría de una conspiración contra los Estados Unidos hasta que los norteamericanos atacaron a los europeos. Hearst pasó años presumiendo de que Estados Unidos decidió ir a la guerra por él. Era un multimillonario megalómano con un ego tan grande que incluso mandó a construirse su propio castillo. Las autoridades siempre lo desmintieron, pero él se enorgullecía de la máquina de desinformación que había creado.

Ahora, en el 2020 y en medio de una crisis como la pandemia del Covid-19, parecemos vivir en otra guerra de desinformación. Una con herramientas mucho más sofisticadas y que transcurre en el mundo digital. Tras el escándalo de Cambridge Analytica, hay gobiernos que han calificado estas estrategias en las redes sociales como armas de manipulación psicológica. La crisis por el Covid-19 ha sido solo la excusa perfecta para utilizarlas a granel. Pero su objetivo, en 1895 y 2020, siempre será el mismo: manipular a la mayor cantidad de personas posibles para cumplir sus intereses. El manual no cambia: crear enemigos, difundir miedo y entender la comunicación como una batalla. Siempre hay alguien que se beneficia del caos.

¿Hora de reactivar?

El covid-19 mantiene actualmente bajo medidas de confinamiento a una cuarta parte de la población mundial. La pandemia ha superado los 3 millones de casos confirmados, ha costado decenas de miles de vidas, y ha borrado años de crecimiento económico.

Por la alta virulencia de esta enfermedad, la principal medida de prevención es el aislamiento: millones de personas permanecen en sus casas por orden de sus respectivos gobiernos, en un intento desesperado por frenar la propagación de este nuevo tipo de coronavirus.

Como consecuencia, buena parte de la actividad económica ha parado, y algunas industrias, como la aeronáutica y el petróleo, se han llevado la peor parte. Con aeropuertos cerrados y nadie viajando, las aerolíneas han frenado sus operaciones, y con una población mundial que se transporta poco, el petróleo llegó en abril a negociarse a precios negativos, es decir, los productores llegaron a pagar porque se retirara el producto de sus almacenes.

Paralelamente, la Organización Internacional del Trabajo calcula que se perderán unos 50 millones de empleos, y que el mayor impacto -un 80 % en el caso de América Latina- se lo llevarán los trabajadores independientes. La población más pobre no ha podido salir a ganarse el sustento y la previsión global es que la desaceleración económica supera a la que se tuvo para la crisis de 2008.

Entre el temor natural por la enfermedad, y la crisis económica que han ya generado el covid-19 y las medidas de confinamiento asociadas al mismo, la gran pregunta es cuándo reabrir las economías. En Estados Unidos, el país con mayor impacto por el coronavirus, este proceso ya inició, en medio de críticas por una posible segunda ola de contagios al permitir que más gente salga a las calles para retomar las labores en industrias y comercios que, durante las últimas semanas, permanecieron cerrados.

El economista Ricardo Hausmann, director del Centro para el Desarrollo Internacional y profesor en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, fue uno de los primeros en advirtir que la pandemia tendrá serias implicaciones macroeconómicas para la mayoría de loa países. Hausmann está a favor de las medidas que lleven a aplanar la curva de contagios, como el confinamiento, pero aclara que para reducir los efectos de estas medidas sobre las empresas y el empleo, como aplicar medidas de alivio a negocios y personas.

Un punto clave, y en el que se centra actualmente el debate en el país, es cómo volver a retomar la actividad normal después de una cuarentena como la aplicada en El Salvador. El experto aboga por mantener aislados a los adultos mayores antes de levantar la cuarentena, y retomar de forma gradual las diferentes actividades económicas, y ajustar el ritmo de reapertura de las empresas a medida que se cuente con mayor información sobre la evolución de la enfermedad.

El experto sugiere movilizar todos los recursos que sean posibles hacia la lucha contra la enfermedad, aun cuando esto implique adquirir nueva deuda. La prioridad del gasto debe ser el rubro de salud, seguido por la protección de los individuos y, en tercer lugar, de las empresas.

El plan de alivio económico presentado por el Gobierno, que requiere una inversión de $1,000 millones, no aborda la reapertura de la actividad económica, sino más bien medidas para dar liquidez a las empresas, como una prórroga de plazos fiscales, préstamos a bajo interés, y un subsidio a las planillas.

El cómo y cuándo retomar la actividad económica está, por el momento, fuera de la discusión oficial, pese a que el mismo Ministerio de Trabajo ha trabajado ya, junto a gremiales como la de los industriales, protocolos para retomar los procesos productivos de forma más segura.

El covid-19 cambió la forma en la que debemos hacer las cosas. Empresas y gobiernos deben pensar en maneras creativas de reabrir las economías, sin que esto implique volver a dar especio a la pandemia.

Del paludismo al covid-19

Es la historia de un poblado que es diezmado por una enfermedad. Sus habitantes van cayendo, uno por uno, víctimas de un padecimiento que puede ser letal. Es un mal extraño que los postra rápidamente y deja a sus familias llenas de incertidumbre. El protagonista de esta historia es el pescador Marcos Vallecillos, a quien le toca ver como enferman los que lo rodean, incluyendo su esposa Eulogia. Es el cuento «Fiebre en la costa» del salvadoreño Hugo Lindo, autor nacido en La Unión en 1917, unos meses antes de que comenzara la pandemia de la gripe española que azotó el planeta.

En su texto, Lindo ilustra cómo los pobres de El Salvador se enfrentaban a las enfermedades en la primera mitad del siglo XX. Y tristemente se parece mucho a la actualidad. En este caso se enfoca en el paludismo y las penurias que se vivían para hacerle frente. Cuando la esposa de Marcos enferma, a él no solo le toca sufrir por ver a Eulogia muerta de frío, envuelta en colchas chapinas, en cama, durante los mediodías costeños; sino que saber que tiene menos de cinco colones y una olla de frijoles para sobrevivir. Una situación que lo obliga a salir a pescar a mar adentro y dejar sola a su esposa enferma.

Marcos se arriesga como se arriesga la gente que vive del día a día. Si no hay pesca, no hay nada para llenar el estómago. En las últimas semanas, hemos sido testigos de esa misma encrucijada. Miles de salvadoreños se juegan su salud y la de sus familias para tratar de sobrellevar su precaria economía en el marco de una pandemia como la de la covid-19. Salen por su misma necesidad y la de los suyos. Así son las crisis, siempre desnudan a los más pobres y se puede ver con mayor claridad el verdadero rostro del país, surcado por la precariedad y demacrado por el estrés de no tener que comer.

Y en ese contexto, el pescador –como el agricultor o el obrero– es el salvadoreño luchador por antonomasia. El que arriesga mucho por tan poco. A bordo de sus lanchas, que muchas veces son muy básicas, se enfrenta a tempestades que lo pueden hacer naufragar en cualquier momento. Todo solo para subsistir. Marcos se arriesga acompañado de su ahijado de doce años. Los dos salen a remo, al atardecer, hacia el amplio mar. De entrada, la suerte parece sonreírles, cuando pescan un enorme «boca colorada» que a duras penas logran subir al bote. El gran pez era un salvavidas económico ante la enfermedad de Eulogia.

Pero en ese momento que sabe a gloria, la enfermedad les da otro revés. A bordo del bote, el niño de doce años comienza a temblar del frío y, por el esfuerzo de la pesca, cae con fiebre en ese preciso momento. El mar se comienza a picar y Marcos rema como loco, pero no puede avanzar por la fuerte marea. Es como «una cáscara de mangle a merced de la reventazón». Cae la noche y cada vez parecen más lejos de la costa. El niño delira por la fiebre acostado junto al gran pez. Marcos llora amargamente, pero no deja de remar y, al amanecer, logra llegar a la orilla.

Cuando vuelve a casa, Eulogia se siente mejor después de ser atendida por una fortuita brigada médica que llegó a la comunidad. Pero su ahijado de 12 años está mal y muere a los pocos días por el paludismo. Los médicos no pueden hacer nada por él después de lo que pasó mar adentro. El niño fallece víctima de la enfermedad, pero también de sus circunstancias. Las mismas que no han cambiado para miles de salvadoreños que enfrentan con incertidumbre a la covid-19. En plena pandemia, aún sin tener claro el alcance de la crisis socioeconómica que conlleva, la precariedad nos sigue matando.

Quedémonos en casa

El mundo enfrenta una situación sin precedentes. En pocos meses, una enfermedad ha puesto bajo cuarentena a una cuarta de la población mundial, ha paralizado buena parte de la economía y ha cobrado decenas de miles de vidas. Cada día se reportan nuevos contagios, y pese a que la carrera por encontrar un tratamiento eficaz o una vacuna avanza a todo vapor, no se tendrá fármacos aprobados y viables hasta dentro de unos 18 meses.

El COVID-19 es la enfermedad causada por un tipo de coronavirus descubierto a finales de 2019 en China. En pocas semanas se esparció por el mundo y se convirtió en pandemia. Es altamente contagiosa, y la evidencia recabada hasta hoy muestra que un 20 % de los casos termina necesitando atención médica. La mortalidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es del 2 %.

Para una gran parte de quienes se contagian, no pasa de manifestarse como una gripe. En personas con condiciones preexistentes, como diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, males renales o incluso obesidad, suele ser más grave.

La propagación del COVID-19 se da principalmente por la exposición a pequeñas gotas de secreción que el portador del virus expulsa al estornudar o toser. El virus también puede sobrevivir en distintos tipos de superficies, principalmente sobre acero y plástico, por lo que las principales medidas de prevención que los expertos aconsejan son el lavado constante de manos y el aislamiento social.

En El Salvador se decretó cuarentena domiciliar obligatoria el pasado mes de marzo, cuando aún no se registraban muertes por la enfermedad. La medida, que generó polémica en cuanto su ejecución y el efecto que tendría sobre la economía y los ingresos de las personas, es la más acertada y la que están recurriendo cada vez más países.

No hay, por el momento, una cura probada para el coronavirus. Los casos reportados como recuperaciones van desde personas en las que los síntomas no fueron tan agudos, hasta pacientes que sí debieron estar incluso con respiración asistida por complicaciones en la neumonía que les generó el COVID-19.

En El Salvador hay, hasta este viernes 3 de abril, medio centenar de casos confirmados y tres muertes a raíz de la enfermedad. A poco más de dos semanas de haberse iniciado la cuarentena obligatoria, las cifras comienzan a despuntar y, extrañamente, la población parece más relajada, se ven más personas y vehículos circulando por la calle, pese a que las autoridades han advertido que a quien se encuentre violando la cuarentena sin una justificación válida, se le trasladará a los centros de contención, donde poco más de 4,000 salvadoreños están recluidos.

Hay varias excepciones de circulación aún, como los empleados de sectores como los alimentos y el área de salud, los medios de comunicación y los trabajadores de diferentes ámbitos del aparato estatal, así como la Corte Suprema y la Asamblea Legislativa.

La cuarentena y otras medidas aplicadas durante la emergencia están amparadas en diferentes decretos ejecutivos, que en su momento también han generado polémica. Realmente la situación es sumamente seria y grave. Más allá de estar pensando en que un decreto va a dejar de estar vigente para irme para la calle, todos deberíamos estar pensando en forma para reducir nuestras salidas al mínimo posible. El Salvador es un país con un sistema de salud con muchísimas carencias, y el gran reto debe ser reducir al máximo el riesgo de contagio, para no saturar el sistema.

El encierro es desesperante; sí, veremos reducidos nuestros ingresos económicos, sí; la economía sufrirá, sí, pero será todavía peor que no logremos reducir la propagación de la enfermedad, que nuestro sistema de salud colapse y que se dispare la cifra de fallecidos.

Más allá de los decretos y las órdenes desde el Ejecutivo, más allá de lo que apruebe el Legislativo, si le es posible, quédese en casa. Hay aún miles y miles de salvadoreños que deben seguir circulando, porque de ellos depende que aún contemos con los servicios básicos y de alimentos a disposición, pero si no es su caso, no se guíe por los legalismos, guíese por el sentido común, por la razón, por el amor a los suyos.

Lo del COVID-19 es grave y va para largo, la OMS calcula que América alcanzará el pico de casos en dos meses. Más lejana aún está la esperanza de una cura o una vacuna. Por el momento, nuestra única arma es exponernos lo menos posible. Muchos no podrán, pero los que sí, por favor, quédense en casa.

Presos del miedo

Estamos en el año 2020 y son días aciagos. Apenas van tres meses y hemos vivido largos días que van a ser difíciles de olvidar. Millones de personas en todo el mundo están en cuarentena domiciliar por la pandemia del Covid-19. Las avenidas de las ciudades lucen desoladas, como muchos guionistas visualizaron el principio del fin del mundo. Casi con exactitud a 100 años de la «gripe española» que mató a más de 20 millones de personas. Encerrados en casa, vemos las noticias que llegan de China, Italia, España y Estados Unidos; principales focos de la infección. Como si fuéramos presos que en el lugar de contar los días que faltan de la condena cuentan los contagiados y fallecidos por la enfermedad. Estos son días de incertidumbre, pero, sobre todo, son los días del miedo.

En El Salvador, la gente ya se agolpó a los supermercados y vació lo que pudo en las que llaman «compras de pánico». Empujados por el miedo a quedarse sin comida mucho antes que se hiciera oficial el primer caso de coronavirus en el país. En una prisión del norte del Perú, se esparció el rumor de que había un preso con Covid-19 y ocurrió un intento masivo de fuga que terminó con heridos que tuvieron que ser hospitalizados. En Honduras, la policía dispersó con gases lacrimógenos a personas que se comenzaban a manifestar por la falta de alimentos. En toda la región, la ansiedad crece para muchas personas que están en el sector informal de la economía y viven del día a día. Con la urgente necesidad de ganarse el sustento diario, pero con miedo a enfermar.

Y somos más vulnerables cuando sentimos miedo. Las personas están dispuestas a creer cualquier cosa que les dé un poco de tranquilidad. Incluso información falsa que circula por redes sociales. Los políticos también saben que, en el contexto de una emergencia, la población es más sensible ante los temas que conlleven su bienestar. Muchos solo tratan de aprovecharse y llevar agua para su molino. Hay quienes se visten de salvadores y otros que tratan de dar seguridad al decir que el coronavirus está bajo control y que la vida puede seguir su curso normal –como en Nicaragua o en México–. Pero en el caso de la Presidencia salvadoreña se ha buscado infundir más miedo ante la pandemia.

Incluso en cadena nacional, transmitiendo el video de un médico español al borde de las lágrimas o proyectando las gráficas del peor escenario posible de contagios. Como si el único objetivo fuera manipular a las personas a través del temor. Y los salvadoreños sabemos lo que es el miedo. Nos lo siembran desde pequeños. Hay cosas que no se pueden hacer, lugares a los que no se puede ir, personas que se deben evitar, el miedo al otro, a lo distinto, parece que la consigna es que se debe tener cierta dosis de miedo para sobrevivir. Prevenir es, en realidad, asustar. Así ha sido el manejo que se ha dado a la pandemia del Covid-19 desde el Gobierno. El temor masivo como una poderosa arma de persuasión.

Para justificar cualquier abuso que se pueda dar –ya sacaron a los militares a las calles– o cualquier millonario desembolso. El miedo siempre será un mal consejero. Dicen que las crisis pueden sacar lo mejor y lo peor de las personas. Todo en el mismo contexto: las muestras de solidaridad más genuinas o los robos a los pobres que se dan después de un desastre como un terremoto. Lo hemos vivido con anterioridad, hay que exigir que la historia no se repita. Parte de crecer es aprender a dominar el miedo, aunque este siempre nos acompañe.