Todo pasa, menos el clan Saca

Cuando el lunes 14 de julio de 2003, el partido ARENA anunció que Elías Antonio Saca sería su candidato presidencial para las elecciones de 2004, nadie imaginó las implicaciones que eso tendría. Muchos vaticinaban su triunfo más inmediato sobre Schafik Hándal, del FMLN, pero no la influencia de Saca en las siguientes tres administraciones del Ejecutivo, más aún con su partido fuera de escena. ARENA dejó el poder, pero Saca nunca se fue. Esa es una de las sensaciones que deja parte de los funcionarios nombrados por Nayib Bukele, quien ha guardado lugar a algunos políticos que han sido vinculados con el expresidente del periodo 2004-2009, ahora preso por corrupción.

Entre los funcionarios designados por Bukele se encuentra el reciclaje, para el mismo puesto, del exdirector de Aduanas durante el gobierno de Saca, asesores y diputados del partido GANA. Si la vida fuera una partida de póquer, Tony Saca parece estar jugando dos manos a la vez. Tratando de lograr algo, incluso cuando aparentemente va perdiendo. Así lo hizo después de marzo de 2009, cuando «su candidato» Rodrigo Ávila no pudo con Mauricio Funes, y aprovechó la transición de gobierno para hablarle al oído al nuevo mandatario. Con la conformación del partido GANA sería clave en el quinquenio de Funes y mantendría su cuota de poder. Todo de la mano de su primo, Hérbert Saca.

El aporte del clan sería igual de fundamental para la administración Sánchez Cerén, que quizás ni siquiera se hubiera sentado en la silla presidencial de no ser por el movimiento Unidad, que candidateó a Antonio Saca y, en consecuencia, dividió el voto de la derecha en la primera vuelta. Independientemente de su derrota, el partido GANA siguió teniendo una alianza política con el FMLN que duraría un lustro más. Alianzas estratégicas –como la que ARENA tuvo con el PCN y el PDC en su época– que parecen darle sentido a la frase atribuida al inglés Winston Churchill de que «un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable».

Esa es la esencia que deja la «democracia» de la posguerra: intereses, no lealtades. Quizás en su hora más oscura, Saca fue detenido por un millonario desfalco al Estado en medio de la boda de uno de sus hijos. Procesado y condenado, guarda prisión en el centro penal La Esperanza. El FMLN, quien ha sido su aliado por los últimos 10 años, colapsa después de perder la elección presidencial del 3 de febrero de 2019, pero el clan Saca ya trabaja con su relevo. El presidente Bukele, tan dado a comunicar sus anécdotas de vida, debería de contar cómo nació la armoniosa relación con los otrora asesores del expresidente Saca.

Más ahora que afianzan puestos estratégicos en Casa Presidencial y en otras carteras del Estado. Ahora que la sombra de Saca parece alargarse cinco años más. El 2004, cuando Saca llegó a la presidencia, fue un año con discursos bastante similares: prometer lo que «nunca» se ha hecho desde el Gobierno, despliegues de seguridad en la madrugada. La comunicación como la punta de lanza. El presidente Saca siempre mantuvo altos índices de popularidad, eso, y sus maniobras tras bambalinas, le han permitido mantener una influencia que dura hasta hoy.

El Chaparral, monumento al fracaso

Es como avistar un ave en peligro de extinción. El Estado rara vez aparece en áreas inhóspitas como las montañas del norte del país. Su presencia se limita a escuelas precarias y unas cuantas calles pavimentadas. Y cuando se asoma lo hace para mal, usualmente para hacer más complicada la ya complicada existencia de la gente. Eso ocurrió con el fracaso al que han denominado “El Chaparral”. El Gobierno llegó al norte del departamento de San Miguel para edificar una central hidroeléctrica. El plan implicaba reubicar gente, talar parte de un territorio boscoso y cambiar el paso del río Torola. La idea generó recelo desde el primer momento en las comunidades y en el padre Antonio Confesor Carballo. El Gobierno fue visto por los moradores de aquellas montañas como un ave de mal agüero.

Muchos los tildaron de locos por oponerse “al desarrollo” y a un “proyecto de país”. Algunos de estos pobladores ni siquiera tenían energía eléctrica en sus casas. Eran los últimos meses del año 2008. El tiempo les terminó dando la razón. Si algo ha quedado claro en la década que ha transcurrido desde que empezó el proyecto es que todo fue un fiasco. Desde los estudios previos durante las administraciones de ARENA, el inicio de la construcción en la presidencia de Antonio Saca, hasta los dos periodos consecutivos del FMLN. Un millonario fiasco que representa muy bien al Gobierno salvadoreño, sin distinción. En un inicio, la obra costaría $219 millones, pero ha terminado valorada en $400 millones, y con un caso abierto en la Fiscalía General de la República (FGR), relacionado con presuntos actos de corrupción.

La primera vez que fui al sitio donde construyen la represa era mayo de 2010. Un funcionario de la CEL decía, confiado, que El Chaparral comenzaría a funcionar a mediados de 2012. Las lluvias de la temporada comenzaban a llegar con más frecuencia a esos cerros apartados. Era un día gris y una leve llovizna inició a las 4 de la tarde. Un campesino llamado Porfirio Díaz observaba el ruidoso ir y venir de las máquinas en esas montañas donde siempre había reinado el silencio. Había algo de tristeza en su mirada. La CEL le ofreció reubicarlo y construirle una casa, pero prefirió quedarse cerca de donde vivía. Compró unos terrenos en un cerro cercano y miraba como las montañas donde había vivido eran heridas por la maquinaria.

Regresé al sitio un mes después y todo era distinto. La actividad era casi nula. Aquello era la crónica de un abandono. Un italiano fanfarrón de la empresa italiana Astaldi explicaba que el cese de obras se debía a que las fuertes lluvias de la tormenta tropical Agatha habían inundado todo y que la montaña de un margen de la presa se estaba moviendo. Un argumento que en la misma junta directiva de la CEL nunca tuvo mucha validez. Ese sería solo el comienzo de un penoso litigio que conllevó el paro de las obras, el supuesto pago de sobornos para rescindir el contrato en la administración Funes, el rediseño de El Chaparral, que el costo –ya caro desde el inicio para una generación de 66 MW– fuera incrementándose, y que más de una década después aún no exista una represa.

No hubo ni una sola mención a El Chaparral en la presentación del informe “El Salvador productivo, educado y seguro 2014-2019” del presidente Sánchez Cerén. Un fracaso no solo de esta administración sino de, por lo menos, las últimas tres. El costo final del proyecto es un insulto a la ciudadanía. En un país con tantas necesidades, con tanta hambre, se debe cuidar hasta el último de los recursos disponibles. Es una burla para los habitantes de San Antonio del Mosco, Carolina, San Luis La Reina y todo el país. Ahora se proyecta que la obra esté lista a finales de 2019. Si es que se termina algún día, El Chaparral debería de llevar una placa que ilustre que se logró su construcción a pesar del mismo Gobierno.

El señor presidente

Estaba en todos los lugares, pero, a su vez, en muy pocos. Sus apariciones eran esporádicas y sus palabras medidas. Como si un gato esquivo gobernara al país. La gente se lo imaginaba sentado en las sombras cavilando su política y su venganza. Porque todos tenían que estar con él. Si no era de ese modo, los opuestos serían escarmentados; de preferencia, públicamente, mientras él seguía operando todo desde un lugar desconocido. Su poder era, en parte, por su propio silencio. Como casi nunca se oía su voz, la gente fue llenando ese vacío con su mito. El origen de tantísimas leyendas. Este poder omnipresente era el personaje principal de la obra “El señor presidente”, de Miguel Ángel Asturias. Inspirada en la Centroamérica del siglo pasado, pero que parece guardar tantas similitudes con la actual.

A primera instancia parecen dos mundos diferentes, pero el objetivo principal de los presidentes es el mismo: que siempre hablen de ellos. Sin importar el tema y bajo cualquier circunstancia, permanecer en la mente de los gobernados. Por supuesto que ahora el silencio ya no es una opción. Al contrario, es opinar de todo. Despojarse de cualquier actitud huraña y buscar siempre la luz de los reflectores, como si la vida fuera una perpetua puesta en escena.

Claro, Centroamérica y el mundo han cambiado en los últimos 100 años, cambió la percepción del paso del tiempo, la comunicación y los medios. Se compite por atención en un ruidoso mundo donde todos gritan por unos cuantos segundos de fama. Entonces el presidente se vuelve un producto más en el mercado de pregoneros.

No es fácil mantenerse en la cima. Siempre en disputa del último tema en boga. Al final de cuentas, la comunicación sí es más horizontal que en el pasado. Antes, como ahora, funciona apuntar enemigos, fabricar polémicas. Para los presidentes de antaño era el comunismo y los sujetos subversivos, ahora es la oposición política, periodistas independientes o cualquiera que ose llevar la contraria. Si no hay noticia, crearla.

Quejarse es una popular forma de afrontar lo que acontece en el día a día. Algo que parece sacado del libreto del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y como ha afrontado su primer mandato en la Casa Blanca. Siempre polémico y en boca de todos. Esto redunda en una permanente presencia en el espectro de los medios tradicionales y los digitales. No hace falta dictar un largo discurso cuando las frases vienen como píldoras diarias.

Para rematar, algo que hermana a los presidentes de las dos épocas: proponer grandes obras de infraestructura que en un principio parecen inalcanzables. “El señor presidente” de Asturias fue inspirado en el guatemalteco Manuel José Estrada Cabrera. Pero para los que nacimos y hemos leído la obra al oriente del río Paz, ese personaje sin rostro era Maximiliano Hernández Martínez. Un presidente que se refugiaba en su esoterismo y la búsqueda de magia mientras implementaba políticas de mano dura. Sus discursos no eran grandilocuentes ni mucho menos. Pero fue lo suficientemente hábil para tejer una red que le permitió gobernar por años.

La comunicación a cuentagotas fue parte de su estrategia, como ahora lo es copar los medios hasta con trivialidades. La única comunicación política que es funcional es la que está ligada a alcanzar o sostener el ejercicio del poder. En “El señor presidente” no hay ninguna mención a Estrada Cabrera, supongo que Asturias asumió que cuando todo se centra en una sola persona, no hace falta mencionarla.

México y su perdón

México es el hermano mayor de El Salvador y Centroamérica. Con una poderosa influencia en tantos aspectos: música, comida, gustos, casi toda la cotidianidad. La influencia mexicana siempre ha sido transversal. De las últimas noticias que llegan del hermano mayor hay una que parece querer reabrir los libros de historia: el presidente de México solicita al rey de España que pida perdón por las atrocidades contra los pueblos originarios en la conquista y la época colonial. Fue «trending topic» rápidamente. Una noticia con contexto de hace 500 años. Se vino una avalancha de burlas y reclamos por la solicitud al rey y que también se derivó a la Iglesia católica. En una época en la que las víctimas tienen más visibilidad que nunca antes, a nadie le gusta ser el victimario. Menos por algo que sucedió hace tanto tiempo.

México, con una historia tan parecida a la nuestra. Tan llena de imposiciones y repleta de frases del estilo «el fuerte siempre gana» y de «eso ya pasó». A muchos les pareció molestar que quien hiciera la solicitud de perdón no fuera un indígena sino que una persona con apellidos españoles y hablando castellano. Alguien que le debe algo a la colonia. Pero nadie está renegando de la herencia cultural. Ni México ni El Salvador, ningún país de Latinoamérica serían lo que son sin el sincretismo cultural. El mestizaje entre las distintas culturas, incluida la española, que quede claro, se le deben: las raíces del país que tanto se añora, las tradiciones de los pueblos, la comida típica. Todas tienen elementos traídos por los primeros hombres que vinieron de la península ibérica. Así como otros elementos de los esclavos africanos que ellos trajeron consigo en tiempos coloniales (África, un continente saqueado y humillado y al que nadie le ha pedido perdón).

Otros menoscabaron la petición de Andrés Manuel López Obrador indicando que posterior a la colonia, el Gobierno mexicano no ha hecho nada por reintegrar a los pueblos originarios. Algo absolutamente cierto en un país con una marcada desigualdad y un sistema de castas y clasismo que arrastran todos los países latinoamericanos. Pero el mandatario no solo habló acerca de que España y la Iglesia católica tenían que pedir perdón, sino que el Gobierno de México haría lo mismo por la desidia y marginalidad en la que han tenido a los indígenas. Dijo que esta es una época de hermandad entre pueblos pero que, antes que eso, se debía pedir perdón por el pasado. Nada de revanchismo. El perdón para dar la vuelta a la página. Reconocer los actos que ocurrieron y asumir el mal hacer.

¿Es tan complejo pedir perdón? Más cuando se tiene una historia común que se remonta a 500 años de la caída de Tenochitlán. Hay en esto tanta cercanía y familiaridad. El perdón se sigue asociando a los débiles cuando se predica el «lo hice por tu bien». Trascendió que la propuesta de México fue rechazada desde el primer momento en Europa. Nada sorprendente. Hay tantos rasgos comunes en Iberoamérica. Lo extraño hubiera sido evaluar la idea, analizar y, finalmente, reconocer los abusos a los que se ha sometido a los pueblos originarios. Así fue como se construyeron sociedades que solo se acuerdan de ellos para utilizarlos en afiches turísticos. No hay un solo responsable. Hay que dejar de lado la dicotomía de España contra Latinoamérica. Y, por primera vez, asumir un verdadero ejercicio de igualdad.

Macondo en El Salvador

Embriagado por la nostalgia, él me hizo una pregunta que, en ese momento, parecía de ciencia ficción. Me dijo si alguna vez había visto a los gitanos. Abrió bien los ojos y se inclinó un poco para esperar mi respuesta. Le dije que no. Nunca. Entonces, él se volvió a acomodar en su silla y aseguró que si hubiera una cosa en este mundo que le gustaría volver a ver sería a los gitanos. Eran altos, de tez muy blanca y solo hablaban un idioma que para él era indescifrable. Llegaban al poblado de Ereguayquín, en Usulután, y armaban su campamento. Después de unos días lo desarmaban y se largaban. Pasaron los años, la guerra, los celulares, tantas cosas, y él seguía pensando en los gitanos. Al menos esa tarde lluviosa de 2012 pensaba en ellos. Como José Arcadio Buendía, que nunca perdió la esperanza que Melquiades regresara a Macondo a pesar de que pasó años sin retornar al poblado.

Fue la primera vez que parecía encontrarme con un personaje de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (que el 6 de marzo cumpliría 92 años de su natalicio), en pleno reporteo. Tampoco sería la última. El mismo autor aseguró que perfiló a muchos de sus personajes inspirado en las pláticas que de niño tenía con sus abuelos. Un mundo donde –contrario a la actualidad– se escuchaba más antes de opinar. Y así sigue siendo en muchos de nuestros pueblos, cuando un extraño llega a preguntar sobre cualquier tema, siempre lo llevan donde un viejo. Como cuando Álvaro buscó al Tata Higinio en la obra «Pobrecito poeta que era yo», de Roque Dalton. Solo para recordar «las dos mil y dos historias de los hijos de la noche» de la boca de aquel viejito sabio que bajaba del Ilamatepec y que sabía del uso de la yerba de toro, de la flor de infundia, de la ipecacuana, del anís del monte y muchas otras hierbas medicinales.

Lo mismo me ocurrió en Metapán en 2014 –por los días en los que se anunciaba el fallecimiento del escritor colombiano–. Buscando la historia de los obrajes de hierro de la época colonial, llegué al cantón de San Miguel Ingenio, que también tiene algo del Macondo de García Márquez. Fundado por los españoles, el asentamiento pasó más de 100 años abandonado en las montañas hasta que, en 1934, se inauguró un beneficio de café y una fábrica de hielo. Ahí, el octogenario Eliseo Leal tuvo una niñez marcada por ello. Como cuando el coronel Aureliano Buendía recordó la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. La vivienda de Leal estaba empotrada en un bordo sobre el antiguo ingenio de hierro.

Ese mismo 2014 en Tejutepeque, Cabañas, Santiago Raful me habló sobre su padre, un buhonero árabe que viajaba de pueblo en pueblo hasta que se encontró con su mamá y se estableció en ese pueblo. Ella murió al dar a luz y el palestino se quedaría regentando un almacén frente al parque central del poblado. Viviendo con aquella pena bajo el calor sofocante y refunfuñando palabras en árabe. Algo así como los moros que llegaron a darle vida al asentamiento inventado por los Buendía y un puñado de familias más. Un génesis tan parecido al de tantos otros pueblos en el país, y donde sobran las historias que parecen mezclar la fantasía con la realidad.

En 2017, en un colegio tecleño, me topé con un mural en honor del escritor colombiano. Era el mes de marzo. Estaba decorado con flores y mariposas amarillas. La promoción 2014 de ese colegio fue la autora del mural. «Lo único que me duele de morir es que no sea de amor» fue la frase que eligieron para encabezarlo. También dibujaron un listón con la inscripción de Macondo, aquel pueblo del realismo mágico que parece tan cercano a El Salvador. Recordé al viejo de Ereguayquín y su añoranza de los gitanos. Mi abuela decía que uno no tiene que peinarse de noche porque se vuelve desmemoriado. Pero supongo que hay cosas en la vida que, a pesar de todo, nunca se pueden olvidar.

Votar, a pesar de todo

No solo fue la carencia de propuestas sobre cómo afrontar los graves problemas del país, el último suspiro de la carrera presidencial también dejó el sinsabor de muchas farsas. Varias y sobre los principales candidatos en la contienda. Lo que incluye sobresueldos, contratos adjudicados para amigos cercanos y negocios que contradicen el discurso manejado públicamente. Ni siquiera se necesitó que uno de los candidatos terminara de llegar a Casa Presidencial para que perdieran la máscara que llevaron durante los últimos meses.

Una vez más: la política salvadoreña no es cuestión de ideologías ni discursos, sino de intereses. Y no es un solo bando, ni dos, hay muchos y todos van enmascarados con buenas intenciones. Pertenecer a un grupo tampoco significa no poder negociar con otros tras bambalinas. Al final, nunca se sabe la cadena de favores que llevan a cuestas ni en quién pensarán al tomar decisiones cuando asuman el cargo. Esto no es más que un perpetuo déjà vu que se repite en cada elección y que hace crecer y crecer el ejército de indecisos que no saben por quién votar.

Para el ciudadano común es como estar en una de las películas de Alfred Hitchcock, esperando que un asesino salte de imprevisto desde un rincón y ataque por la espalda y a traición. Un escenario en donde lo único seguro parece ser que todos tienen algo que ocultar. Esto hace que cuatro meses de campaña abierta caigan en un sinsentido, sobre todo después de que los partidos han gastado alrededor de $20 millones en propaganda –con campaña sucia incluida–. Pero, inevitablemente, es la hora de decidir. Hay que votar.

Y de nuevo toca autoflagelarse y pensar cuál es el que menos mal le puede hacer al país. Con todo y sus vicios de origen, los grupos que los rodean. Algunas veces, vivir en El Salvador parece que es como estar a bordo del barco fantasma del cuento del alemán Wilhelm Hauff, un navío embrujado cuya tripulación está condenada a repetir el mismo trayecto una y otra vez. Navegando en una dirección durante el día y yendo en contrasentido durante la noche para terminar, básicamente, en el mismo sitio. Incapaces de llegar a ningún puerto y presos de la desazón de repetir la historia una y otra vez. Como la clase política, que parece llevarnos a ningún lado.

Ante este panorama, de entrada, hay que exigir más al nuevo inquilino de la Casa Presidencial. Dudar. Siempre dudar. No dejarse manipular y, sobre todo, que rinda cuentas. Si hay algo que ha caracterizado a los salvadoreños –de a pie– es la lucha por intentar hacer un mejor país. Nadie ha regalado nada en ese afán. Mucho menos las clases que siempre han dominado el aparato estatal. Hay que estar listos para navegar contracorriente. Está prohibido rendirse. El cambio que necesitamos como país no vendrá de cualquiera que sea elegido el 3 de febrero. Al final es la ciudadanía la que tiene la última palabra.

Antes de la tormenta

Lo conocí de niño. Siempre iba guapo, coqueto, sonriente. Era uno de los presentadores estrellas del programa infantil “Güerep”. En ese entonces, yo escribía sus guiones y lo vi repetir muchas veces nuestro eslogan “Saltando crecemos, jugando aprendemos”. Era fantástico frente a las cámaras. Un gran comunicador. Alguna vez se quedó a dormir en mi casa y jugaron hasta el amanecer con mi hijo. Eso fue hace más de 10 años y durante todo este tiempo he querido pensar que ese espacio efímero en la televisión había sido una especie de semilla que sembramos para cosechar mejores ciudadanos.

Sin embargo, la mañana del miércoles sentí de golpe un hueco infinito en el estómago y en mi corazón, el titular decía: “Pandilleros asesinaron anoche al hijo del periodista Henry Arana”. Era Darío. El niño que durante varios domingos preguntó y celebró junto a la rana Güerep su derecho a tener voz propia.

Todavía puedo escuchar los sollozos de su madre preguntando: “¿Qué hicieron con mi muñeco? ¿Por qué hacen eso a la gente buena?… Me partieron en dos. Nadie nos puede ayudar”. Tenía 22 años, solo uno más que mi hijo. Tenía una hija, una pareja, una hermana y un padre valiente que no se deja vencer por el cáncer. Todo eso y más era Darío. Pero la nota del día decía: “Según las autoridades, el martes finalizó con 23 homicidios, una de las víctimas de esta fatal jornada de asesinatos fue Darío”. Así de crudo, de fugaz, de escueto.
Lo absurdo es que murió en una ciudad militarizada. Desde el 18 de septiembre más de 50 vehículos blindados de la Fuerza Armada patrullan por las calles de San Salvador y el argumento del presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ha sido que este despliegue militar es parte del plan de fortalecimiento de la seguridad y prevención.

Pero ¿desde cuándo la presencia de los militares en la calle ha hecho sentir más seguros a los salvadoreños? Podríamos preguntar a los familiares de desaparecidos, a quienes participaron en la marcha estudiantil el 30 de julio de 1975 o a los sobrevivientes del Mozote. La otra opción sería preguntárselo al presidente, quizá él tenga una mejor explicación para eso, quizá el pueda decirnos cómo ha cambiado su percepción del ejército desde sus días de joven revolucionario y guerrillero.

El caso es que Darío ahora está muerto y para mí su ausencia reitera la absurda presencia del ejército en al menos 25 puntos de la ciudad. Antes de su asesinato y con los militares ya apostados en cualquier esquina, había 108 familias, que en un lapso de cuatro días, perdieron a sus seres queridos y la cuenta no se detiene.

Casi sin parpadear las autoridades dijeron en conferencia de prensa que “las víctimas no estaban perfiladas como pandilleros, y que incluso, sus casos se salían del parámetro de edad de homicidios contra miembros de estas estructuras, que es entre 18 y 30 años”. Como siempre están en vías de investigación, y no para hacer justicia, sino más bien para corroborar cuántos de ellos tenían parentesco con pandilleros.

Lo que quiere decir que si estas personas tenían algún parentesco merecían morir y por lo tanto, el Estado salvadoreño no debe invertir más recursos en explicaciones.

Si hay algo peor que la violencia es nuestra indiferencia. Ese postergar, ese traspapelar, esa idea de que podemos avanzar mientras caminamos sobre de los muertos. Para mí la presencia de los militares en las calles es como volver a sentir ese viento que sopla fuerte, que desbarata y desordena todo lo que encuentra a su paso, que se lleva la esperanza, las semillas y los buenos augurios. Un viento que nos presagia el inicio de otra gran tormenta. ¿Qué más estamos esperando?

Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.

El país que se repite

En estos días es bien fácil olvidar que alguna vez aquí se firmó la paz. Será porque el olor a sangre y pólvora aún sigue presente en el aire que respiramos, en el camino a casa de los que nunca llegaron, en el duelo de los hogares donde hace falta un ser querido, en el nuevo listado de huérfanos, en los cientos de salvadoreños que abandonan sus hogares para salvar sus vidas, y como si todo esto no fuera suficiente, en las amenazas que todos los días leemos hacia cualquier ciudadano que opine o desee construir un país diferente del que ya conocemos.

No hace mucho tiempo, la razón para matarnos eran las opciones políticas y los ansiados cambios sociales que aún seguimos esperando. Esas dos grandes razones bastaron para justificar la muerte y la violencia. Y aunque pareciera una cosa del pasado, a la luz del presente, la firma de la paz solo la puedo interpretar como una breve tregua que sirvió como respiro para dar paso a esta nueva guerra que, al parecer, recibió como legado de la anterior la impunidad y el autoritarismo.

Como un retrato del tiempo, otra vez los policías se reúnen en las esquinas, ansiosos, desconfiados, alertas para no ser el número 24 en la lista de agentes asesinados por pandillas. Los jóvenes siguen siendo “los siempre sospechosos de todo”. El periodismo independiente denuncia por enésima vez la existencia de grupos de exterminio dentro de la institución más simbólica de los acuerdos. Cada quien saca la amenaza más sanguinaria que aprendió en la guerra y la exhibe en las redes sociales como parte del performance de la violencia. El vicepresidente de la república, Óscar Ortiz, propone “tocar madera para que no pase algo con un periodista” como garantía de vida. Los “malos” y los “buenos” se turnan los roles.

En esta constante evocación del pasado en el presente encontré tres episodios que deseo compartir: el primero es la amenaza que circuló en redes sociales dirigida a los colegas de la Revista Factum y el periódico digital El Faro: “Los tengo que ver como Christian Poveda, muertos en manos de sus protegidos”. El segundo es una asociación de hechos que posteó el fotoperiodista Francisco Campos a partir de las declaraciones realizadas por el vicepresidente de la república: “Me acordé cuando Duarte dijo: ‘Quieren un muerto en la calle’. Un par de días después asesinaron a Herbert Anaya Sanabria, de la Comisión de Derechos Humanos”. Y el tercero: una de las amenazas que recibió la historiadora Elena Salamanca a partir de un texto publicado en 2014 alusivo al Ejército en la calle y la construcción del enemigo: “Da gracias por vivir en 2000, porque de lo contrario, estarías en el playón”.

Estas tres evocaciones no son casuales. No haber cerrado por completo el capítulo de la guerra civil recién pasada ha dejado la puerta entreabierta para que el país se repita una y otra vez en su peor versión. Ese conflicto inconcluso, por un lado, ha condicionado el desarrollo –en todo el sentido de la palabra– por la incapacidad de las dos principales fuerzas políticas para alcanzar acuerdos, y por otro, ha puesto una vez más a la clase trabajadora en medio del fuego cruzado entre policías y pandilleros. Es como vivir en medio de dos guerras, pero de manera simultánea.

El Salvador se repite no solo en el tipo de conflictos que nos enfrentan como sociedad, sino que también en los métodos que adoptamos para superar esos conflictos. Se repite como un país sordo, inmune a la muerte, a la violencia, a la injusticia, a la tragedia.

A pesar del alto costo humano, como sociedad nos resistimos a escuchar al otro y a reflexionar sobre la necesidad de romper con este molde violento que tanto luto y dolor nos provoca. Como dice el editorial de El Faro, “la labor del periodismo es poner frente a la sociedad un espejo para que se conozca y comprenda, para que se evalúe y redefina”. Me queda claro que solo entonces, cuando decidamos vernos en ese espejo, podremos refundar un país diferente.

Sanvergones

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: «Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente», «yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños», y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. «La educación sexual deben darla los padres en el hogar», me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.