Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Salud mental

Andamos con la desesperación a flor de piel, y mientras buscamos mantener nuestra salud física a punta de mascarillas, agua, jabón y alcohol gel, por dentro nos vamos deteriorando.

¿Qué nivel de dolor debe estar atravesando alguien que decide atentar contra su propia vida? ¿Cuánto dolor se acumulado desde hace cinco meses, cuando el tiempo se detuvo y esta pandemia comenzó a sangrarnos la libertad, la estabilidad, a robarnos padres, abuelos, hermanos, amigos?

La atención en salud mental nunca ha sido un fuerte en El Salvador, ni en lo privado ni en lo público. Estigmas y falacias evitan que incluso quienes tienen la capacidad económica decidan buscar ayuda para sanar sus heridas internas. Nos cuesta mucho entender que buscar atención profesional para poder atender el los padecimientos internos es tan importante como hacerlo cuando padecemos enfermedades físicas.

Somos una población que ha pasado por mucho, demasiado. Venimos de matanzas, guerras, violencia, separaciones, desapariciones y migraciones forzadas, por mencionar algunas de las realidades que nos han formado como sociedad. Miles de personas han padecido pérdidas abruptas, robos traumáticos, intentos de secuestro, y han tratado de continuar con sus vidas como si nada hubiera pasado.

La pandemia del covid-19 y las medidas tomadas para tratar de contenerla han venido a poner un elemento adicional: la dificultad de obtener atención adecuada. Aún quienes lograron sortear los obstáculos necesarios para buscar ayuda psiquiátrica, ahora se encuentran con mayores limitaciones para conseguir una cita, o un medicamento.

Esta semana hemos tenido al menos dos noticias relacionadas con suicidios o intentos del mismo, y en al menos uno de estos casos hubo un antecedente de haber intentado pasar una consulta siquiátrica, que no estuvo disponible, y se programó para el próximo año. Todos los ojos están puestos en la pandemia, sí, pero el resto de enfermedades, del cuerpo o de la psiquis, siguen allí, y no desaparecerán porque no les pongamos atención.

Y esta es quizá la parte más visible del problema. Estamos también quienes vamos arrastrando un luto mal llevado porque perdimos a alguien víctima del covid-19 sin habernos podido despedir adecuadamente, sin haber tenido tiempo de procesar lo que pasó. Están quienes han visto reducida su calidad de vida porque perdieron un empleo, y se encuentran en medio de la desesperada situación de no tener cómo llevar sustento a sus hogares.

Están los que quizá mantienen su puesto de trabajo pero con ingresos reducidos. Otros muchos que han debido dedicarse a cualquier otra cosa para obtener un ingreso. Los que ven sufrir a sus familiares con enfermedades crónicas porque se ha limitado también la atención en una red pública casi sobrepasada por la pandemia.

Todas y cada una de estas situaciones afectan nuestra salud mental, con lo que esto implica. Infartos, hipertensión arterial, problemas de diabetes derivados del estrés que estamos viviendo. Hogares al borde de la desintegración, episodios de violencia intrafamiliar, agresiones entre vecinos. Andamos con la desesperación a flor de piel y mientras buscamos mantener nuestra salud física a punta de mascarillas, agua, jabón y alcohol gel, por dentro nos vamos deteriorando.

Una vez superada esta crisis sanitaria tendremos muchas heridas que atender, muchas lesiones que sanar y buscar cicatrizar. La mejora en la atención de la salud mental será un reto como nación, no solo desde el lado de la oferta, sino también desde la toma de conciencia de que, como sociedad, debemos decidir que queremos sanar.


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