Árbol de fuego

Tiempo de despedidas

En los meses más secos del año, en el oriente del país, en los departamentos de Usulután, San Miguel o La Unión, siempre hay un árbol de fuego floreando en medio de la vegetación seca. No hay canícula que lo venza. Este país es algo así.

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Periodista y comunicador institucional

Obligadamente, este ha sido un año de despedidas. Doce meses en los que hemos tenido que decir adiós a tantas cosas. Familia, amigos, compañeros, nuestras rutinas y actividades. Un año en el que parece que hemos perdido mucho, para ganar tan poco. La muerte también se ha interpuesto entre nosotros con más severidad. La pandemia vino como una furiosa tormenta tropical y se ha llevado todo.

Si este año fuera un libro ya escrito, sería Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. En un día normal, sin previo aviso, comienza una pandemia que va dejando ciegos a todos. Y en las páginas de la novela, todo transcurre con similitud a lo que hemos vivido este año: aíslan a los enfermos en improvisados centros de contención mientras el miedo cunde entre la gente por el temor a infectarse.

Es una ceguera blanca, luminosa, como si fuera «un mar de leche». Nadie entiende cómo se transmite, pero se infectan policías, doctores, taxistas y así. Con esa situación al límite, Saramago hila con maestría cómo emerge lo peor y mejor del ser humano, tanto lo bondadoso como lo miserable de las personas. El amor incondicional de la esposa de un médico que no lo abandona a pesar del riesgo de contagio.

Pero también a los que son capaces de aprovecharse de la ceguera de una persona para robarlo y agredirlo. Eso pasa, hay gente que en medio de una crisis sanitaria –algo que debería de sensibilizar las conciencias más corruptas– es capaz de robar. También ha pasado en el 2020, no es casualidad que muchos gobiernos latinoamericanos estén siendo investigados por malversar fondos en el marco de la pandemia.

Incapaces de pensar en el beneficio colectivo de una sociedad necesitada antes que en el propio. Saramago tenía razón: es como robarle a un ciego. Y estamos ante un dilema más profundo. Para El Salvador, este 2020 será un año bisagra. Demasiadas cosas han cambiado. Por las mismas circunstancias, se ha generado una incertidumbre que hace a muchos pensar que todo se va a ir al barranco en cualquier momento.

Es algo parecido a lo que ocurrió en la guerra de las cien horas de 1969. Con el colapso del Mercado Común Centroamericano, la economía salvadoreña sufrió un golpe que – sumado a la represión, la desigualdad y los problemas sociales que siempre nos han acompañado– hizo acrecentar la presión que estalló en el conflicto de los ochenta. Los gobiernos de entonces fallaron al no contener la crisis económica después del 69.

Aún está por verse a dónde nos llevarán los efectos de la crisis por la pandemia. Más con los niveles de endeudamiento que son insostenibles. Los discursos políticos pueden estar adornados con las mejores chongas, pero, al final, la economía es el viento que hace avanzar al velero. Vienen años en los que va a ser necesario hacer ajustes drásticos y que van a obligar la responsabilidad gubernamental que no hemos tenido.

En este año de despedidas cabe una más: el espacio de «Árbol de Fuego» llega a su fin con esta columna. Muchas gracias a Glenda Girón, editora de Séptimo Sentido, y Claudia Ramírez, jefa de información de La Prensa Gráfica, por este espacio. El árbol de fuego es nombrado de distintas maneras: en Colombia le dicen «acacia roja», en Argentina es «chivato», en el Caribe es «flamboyán». Su flor es la flor nacional de Haití, el país más deforestado del continente. No es para menos, el árbol de fuego es un sobreviviente que puede tolerar la sequía e incluso cierta salinidad.

En nuestro trópico es un símbolo de la resistencia. En los meses más secos del año, en el oriente del país, en los departamentos de Usulután, San Miguel o La Unión, siempre hay un árbol de fuego floreando en medio de la vegetación seca. No hay canícula que lo venza. Este país es algo así. A pesar de nuestras innumerables tragedias, un pueblo que resiste como si fuera un gran árbol de fuego.

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