Salvar el lago de Ilopango

Crecí escuchando un cuento sobre el lago de Ilopango. Me lo contaba mi tía abuela, a quien, a su vez, se lo habían contado siendo una niña. Era un cuento simple: hace muchísimos años, unos chinos habían llegado al pueblo de Ilopango y conocieron su lago. Recorrieron sus playas y navegaron sus aguas. Los chinos trabajaban en el pueblo, pero casi todas las tardes bajaban por una calle sinuosa para descansar en sus orillas. Desde el primer momento, se quedaron tan embelesados con él y su belleza que, inteligentes como eran, idearon un plan para robárselo. Lo iban a encapsular para llevarlo a su país. Pero el día que iban a proceder –ya tenían todo preparado– la gente de Ilopango se dio cuenta y los echaron del pueblo. De ese modo habían salvado al lago y lo teníamos que apreciar.

Años después, hablando por casualidad con jóvenes del pueblo me dijeron que sus abuelos les habían contado el mismo cuento. La historia tenía sus variaciones –no eran chinos, sino que japoneses– pero siempre guardaba la misma esencia, la gente salvando el tesoro «lagueño«. Desde pequeño asumí el grandísimo valor que esos abuelos de Ilopango daban a su lago. Algunos se ofendían si alguien hablaba mal de él. Era una especie de lugar sagrado, porque en sus recuerdos, de hace más de 70 años, era ese lugar prístino y bello donde pasaban buena parte de la semana santa, bajo una ramada, escudriñaban el cielo durante los atardeceres o simplemente donde se relajaban pescando.

No sé en que etapa ese profundo vínculo se perdió. Asumo que pudo ser con el desarrollo industrial. La zona franca, las fábricas y la creciente ciudad fueron desdibujando al viejo pueblo y también sus costumbres. Pero no solo eso, sino que también trastocó al lago. Ahora su hermosura contrasta con su contaminación. Cada temporada lluviosa es igual, los ríos que alimentan al lago crecen y su corriente arrastra toneladas de basura, desde los más variados plásticos hasta jeringas hospitalarias. La mayoría son desechos domésticos que la gente tira en las quebradas y el agua lluvia lleva hasta el lago. Mientras que, en la temporada seca, el río Chagüite se tiñe de distintos colores por los desechos de fábricas.

Y no ha habido quien salve al lago de esto. Los años nos han enseñado que nadie ha tenido que venir de un país lejano a robarlo, sino que se destruye desde aquí, por sus mismos vecinos. Pasan los Gobiernos, los distintos discursos, los ministros de Ambiente, y todo sigue igual. Ante la indolencia de las autoridades, son pocos los que han salido a defenderlo, como la Fundación Amigos del Lago (Pro Lago de Ilopango) que organiza campañas de limpieza en sus playas y desarrolla otros proyectos para los habitantes de su cuenca. El resto le ha dado la espalda al lago.

Hace poco, leyendo un texto del francés Fernand Montessus de Ballore (1851-1923), que en su paso por El Salvador escribió de efemérides sísmicas y volcánicas, me encontré que, durante la última erupción de la caldera de Ilopango en 1880, los lugareños atribuyeron el fenómeno natural a una sirena que, según las leyendas, habitaba en el fondo del lago, y que se había enojado por la introducción de un pequeño barco de vapor que operaba desde Apulo por iniciativa del presidente Rafael Zaldívar.

Cuando ocurrió la erupción, los lugareños también dijeron que el Gobierno había vendido el lago para sacar una pilastra de oro que era guardada por el ser mitológico. La leyenda versaba sobre el castigo por generar un desequilibrio en lo natural y, sobre todo, anteponer otros intereses. Era una época en la que el «desarrollo» estaba cambiando paisajes más rápido que en cualquier otro momento. Entonces aparecían esas leyendas, como si fueran mecanismo de defensa, para tratar de salvaguardar esos lugares. Para que la gente entrara en razón y supiera que era el momento de salvar al lago.

De espaldas a la democracia

En 1819, dos años antes de la independencia de Centroamérica, se fundó en España el museo del Prado. Una de las pinacotecas más importantes del mundo y que, desde sus inicios, giró, en buena parte, entorno a la obra de Diego Velázquez. Hay pocos museos como El Prado en el mundo. Y en el museo de El Prado hay pocos cuadros como Las Hilanderas de Velázquez. Una obra que retrata la versión del artista español sobre la fábula de Aracne, una mortal hilandera que trabajaba tan bien los hilos, y se tuvo tanta confianza, que osó a retar a la diosa Minerva para ver quien elaboraba el tapiz más hermoso.

Desde el hecho de ser comparada con una mortal, Minerva asumió todo como el más grande de los insultos a su condición divina. Pero cuando llegó el momento de evaluar quien había hilado mejor, no hubo mayor diferencia entre lo hecho por Aracne y Minerva. La diosa, muerta de la rabia, hechizó a la joven Aracne convirtiéndola en un insecto. La manera en la que Velázquez pintó la fábula sigue dando de que hablar: en un segundo plano la discusión entre Minerva y Aracne, y colocó, en un primer plano, a un grupo de hilanderas que seguían trabajando, sin parar, a pesar del escándalo.

El duelo entre una diosa y una prodigiosa mortal no les robaba su atención del hilo. Estaban de espaldas y con el afán de cualquier otro día. Como toda pieza de arte, se han dado miles de interpretaciones de la obra de Velázquez y su significado. Una ha sido que el arte es el único terreno donde los humanos –por el instinto creador– pueden competir con los dioses. Hay quienes piensan que Las Hilanderas son un reflejo de algo que se repite a lo largo de la historia de la humanidad, un grupo de personas, ciudadanos, de espaldas ante un hecho o acontecimiento que puede marcar lo que les rodea.

Sin ir más lejos, en El Salvador del año 2020 parece estar ocurriendo algo parecido: somos testigos de un gobierno con deseos de cambiar la Constitución del país. No es buen presagio viniendo de una administración con nula tolerancia a la crítica. Para un sector de la sociedad es preocupante porque puede representar un gran retroceso en la incipiente democracia salvadoreña. Pero en el gobierno de Bukele –con el cálculo político como su brújula desde que inició la gestión– creen que buena parte de la población los apoyará, y, en el peor de los casos, darán la espalda sin importarles si se cambia la Constitución.

Ya se ha escrito que el gobierno entiende la política como un conflicto perpetuo. Y no solo eso, asumen que la mayoría de la población tiene más preocupaciones que las discusiones sobre cualquier reforma constitucional que se plantee. Más ahora, con la crisis de ingresos, que ha provocado la pandemia del COVID-19, en miles de familias de todo el país. Esa es la apuesta del Ejecutivo: que esto sea como una función de teatro donde la gente le de la espalda al escenario. Y de paso, sumar adeptos a su causa con un discurso sobre lo poco que ha servido la actual Constitución y la democracia para la sociedad.

Saben que es el momento, elevando a la palestra cualquier tema que los ponga en ataque ante los otros poderes del Estado, de cara a las elecciones del 2021. De esta manera, seguir atizando el fuego del malestar popular contra los políticos tradicionales de los que dicen distanciarse –y a los que irónicamente se parecen cada día más con cada caso sobre el mal manejo de fondos en el marco de la emergencia–. Se viene el estudio y propuesta de reformas a la Constitución que, según lo publicado en el Diario Oficial, implica el análisis y discusión de las iniciativas de reforma. No se sabe con quienes discutirán cuando se han encargado de granjear conflictos con universidades y otras organizaciones de la sociedad civil. El Ejecutivo tensionará la democracia hasta donde pueda, ahora está por verse si la gente reaccionará o seguirá de espaldas.

Viajes y saudade

Para muchos, la vida siempre será un viaje. Es recorrer un camino hasta encontrar el mejor lugar posible o a una persona añorada. Un viaje que te puede salvar la vida o es el último recurso. Un viaje para llevar una encomienda. Muchas de las cosas en la vida comienzan así. Y nunca se le dio tanto valor y se extrañó como ahora, en medio de una pandemia global que limita esa libertad.

Ante la imposibilidad de salir de casa, muchos se han sumergido en la nostalgia. Buscando fotos viejas y recuerdos de antiguos viajes. La nostalgia ha sido un pilar de la cuarentena. La saudade, como le llaman los portugueses, a ese sentimiento difícil de definir, que es próximo a la melancolía y es estimulado por la distancia, temporal o espacial, a algo que se ama y que implica el deseo de resolver ese camino.

Dicen que un largo viaje inicia con el primer paso, para los portugueses navegar por el mundo, hace 500 años, significó el nacimiento y profundización de su saudade. Tantos años más tarde, en un contexto radicalmente opuesto, una pandemia como la del Covid-19 nos ha obligado a quedarnos en casa y comenzar a padecerla. Añorando lo de afuera y los caminos para llegar a ello.

Después de tantos días de cuarentena, para muchos solo se va profundizando. En el último siglo, se dio un esfuerzo monumental por conectar el mundo. Se construyeron carreteras y aeropuertos. Viajar se volvió un gran negocio. Y, muchas veces, ante tanta trivialidad, se pierde el afán que hubo entre los viajeros antiguos.

Hay viajes que son un descubrimiento. Como los primeros documentados en el actual territorio nacional, entre ellos el de Diego García de Palacio, quien entre 1573 y 1579 recorrió las provincias de Guatemala e hizo una minuciosa descripción de los pipiles que habitaban El Salvador en el momento de la conquista y su flora y fauna; e incluso compara los venados silvestres que encuentra en los bosques de Ataco con los de la vieja Goa, el dominio portugués en la India.

Describe emocionado a los osos hormigueros, las dantas blancas y una infinidad de árboles y hierbas. Se asusta cuando encuentra aguas termales en otra latitud de Ahuachapán. Apuntes de una tierra que ha cambiado mucho y que al leerlos es como viajar al pasado. Ya lo dejó escrito José Saramago, el pasado es como «un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si fuera una autopista, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas».

Igual con la literatura criolla que retoma viajeros y forajidos siempre en el camino, como el Siete Pañuelos de Roberto Armijo, un justiciero que vivía cabalgando entre las montañas de Chalatenango y Honduras. Huyendo del jefe expedicionario de turno que lo andaba cazando como su presa. Era un viajero perpetuo. Llevaba en bandolera sus armas y la melancolía propia de los vaqueros. Nunca estaba quieto ni tenía un lugar de residencia.

En los viajes también soñamos con llegar más lejos. Como el escritor salvadoreño Waldo Chávez Velasco, que en su cuento «La Placa» coloca a su personaje principal, Rocney, en un viaje interestelar directo al planeta Marte. Es un periodista en busca de una historia en las burbujas gigantes ideadas para albergar a las colonias humanas en ese planeta rojo. Un viaje que, en realidad, es una oportunidad para enmendar su rumbo errático en la tierra. Un viaje como el último reducto posible para madurar.

El camino de Masferrer

Alberto Masferrer siempre será viejo. Esa es la imagen de él que ha llegado hasta nuestros días. Su estampa de un hombre de bigote frondoso, mirada triste y mayor de cincuenta años de edad. Esa imagen que está pintada en las fachadas de los centros escolares que llevan su nombre y aparece en algunas contraportadas de sus obras. Se reproduce su pinta de escritor sosegado y docente pulcro. Pareciera que Masferrer siempre fue viejo y hay pocas fotos divulgadas de sus años de intempestiva juventud.

Antes de ser Masferrer simplemente fue Alberto. Un niño que a sus trece años desafiaba a sus maestros y ya reportaba fugas de los internados de la ciudad de San Salvador donde su papá lo había inscrito. Primero del colegio de la educadora francesa Agustina Charvin y luego del colegio del maestro cubano Hildebrando Martí, como se retoma en un minucioso ensayo escrito sobre la vida del escritor por la brillante Matilde Elena López, y que recopila detalles sobre la accidentada infancia de Masferrer.

Opuesto a la rígida disciplina educativa, incluso se hirió en una de sus fugas. «Salté un tapial cuyos bordes se hallaban cubiertos de polvo y telarañas…y me destrocé la mano. Debajo de las telarañas había desgarrados y enconados vidrios, trozos de botella…fueron a un tiempo nueve heridas, de las cuales hubo que extraer puntas de vidrio, entre la sangre que salía impetuosa», escribió Masferrer, años después, sobre el episodio de aquellos años en los que no se adaptaba al modelo educativo de la época.

Desesperado, su papá lo mandó a otro internado en Guatemala, al que ya asistían dos de sus hermanos mayores del lado paterno. Pero ocurrió lo mismo y el joven Vicente Alberto terminó sin graduarse de bachillerato. ¿Cómo ocurrió que uno de los hombres que se convertiría en un escritor de referencia del país no pudo terminar su educación media? No era un problema de capacidad, sino que no encajaba en el sistema. Y tras su triste paso por las aulas, Masferrer hizo realidad el plan que pensó por años: simplemente huir.

Pasó tres años en el camino, recorriendo diversos lugares de Honduras y Nicaragua. Para sobrevivir, hizo los oficios de buhonero, escribiente e, irónicamente, se inició en la docencia. Tanto en escuelas como en un presidio en la isla de Ometepe, en el lago de Nicaragua. En esos años, Masferrer aprendió a su manera y leyó mucho. «Pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto», escribiría, años después, Arturo Ambrogi sobre él. Pero más que estar encerrado en un internado, el joven Masferrer aprendió del mundo.

Encontró su propio camino al aprendizaje y avanzó como autodidacta. Después de su viaje por la región, regresó a El Salvador convertido en docente y ensayista de la cruel realidad centroamericana. «Busca ayuda aquí y allá, pero para el padre no es más que un muchacho soñador, que prefirió vagar en vez de estudiar», escribió Matilde Elena López sobre su retorno al país. A Masferrer le tocó forjar su carrera a contracorriente, pero su juventud es un eco que resuena hasta nuestros días: en la vida hay otras formas de aprender.

Quizás nunca se había pensado tanto en la manera de enseñar/aprender como ahora, en medio de una pandemia como la del COVID-19. Una coyuntura que ha representando retos para maestros, alumnos, madres y padres. Desterrados de los centros escolares, ha habido una introspección sobre cómo enseñar y con qué herramientas hacerlo. Además de las siempre polémicas maneras de calificar. En medio de esta vorágine, el próximo 24 de julio de 2020 se cumplen 152 años del nacimiento de Alberto Masferrer, que más que una aburrida efeméride se piense un poco en los urgentes nuevos tipos de enseñanza.

Un día sin políticos

Un día sin políticos sería un día festivo. En lugar de amarguras se destacaría todo lo positivo. Algo así como: celebremos un día sin proselitismo, sin discusiones y en el que ningún político –ninguno– estuviera invitado a opinar. Se podría mercadear como un día sin falsedades. Pelear o defender a un político en este día sería tan mal visto como insultar a la madre en el día de la madre. Sería un día, tan solo 24 horas, para platicar de otra cosa: del azul del cielo, de la existencia de los pumas en las montañas de Morazán o del aroma del café en los desayunos de los domingos.

En los programas de televisión no se invitarían a analistas ni funcionarios de gobierno, sino que –todo lo contrario– a niñas y niños para que nos contaran de sus sueños y anhelos. Qué quieren que sea El Salvador y de qué escribirían un libro ilustrado si tuvieran la oportunidad. Simplemente que digan sus videos favoritos en YouTube. Un día para escuchar más que para opinar. En un día sin politiquería, no se le preguntaría su «ideología» a nadie. Tampoco hubiera bandos y mucho menos cambios de partido ni tránsfugas. De hecho, fuera un día para destacar la lealtad y evitar las promesas vacías.

En un día sin políticos sería mal visto que los políticos o cualquier funcionario de Gobierno usara sus redes sociales. Se haría un silencio oficial de su parte. Tampoco pasarían spots de su gestión en la televisión ni cuñas de radio. Muchos verían películas clásicas u organizarían caminatas a los cerros cercanos a su casa, que siempre ven, pero que no tienen tiempo para ir. Nadie competiría con otro. Habría un ejército de ciclistas en las calles de las ciudades y en los callejones polvosos de nuestros cantones y caseríos. Nadie pudiera comprar voluntades ni inventarse excusas absurdas por lo que dejó de hacer.

Un día sin políticos nunca funcionaría, porque después la gente pediría todo un mes. Algo así como un mes conmemorativo sin políticos. En esas semanas se organizarían concursos de arte y de ambiciosos proyectos para desarrollar en salud, educación, tecnología. Serían planes excelentes porque no buscarían beneficiar a un proveedor específico o a un determinado partido político ni un grupo familiar. Se escucharía a los académicos, diversas voces antes opacadas y se estudiaría la historia, desde distintas ópticas, para saber en qué nos hemos equivocado. La gente del campo iría a la ciudad y los de la ciudad al campo.

Después hubiera descontento porque ya no alcanzaría un mes. La gente pediría cuarentena eterna para los partidos políticos como los conocemos. Todo se rompería, porque las personas comenzarían a cuestionar aspectos más profundos del sistema en que vivimos. ¿Por qué hay tantas personas que sufren para llegar a fin de mes? ¿Cuál es la clave para romper la desigualdad? A más de alguno se le ocurriría fundar otros partidos y, por supuesto, que surgirían liderazgos mesiánicos, pero pocos los escucharían, porque antes se estudió la historia y se sabe que eso no lleva a nada bueno.

«El bienestar de un país no debe ser un concurso de popularidad», titularía algún medio de comunicación que también se vería obligado a cambiar. Apareciera alguien, no se, cualquiera, que diría que una clave para sacar al país adelante es dejarnos de pelear. Discutir no tiene que ser igual que atacar al otro. Que se pueden tener diferencias e igual seguir respetando a los demás. Diría que las generaciones van pasando y nosotros no pasamos de lo mismo por peleas estériles. Diría que la vida es demasiado corta, más aún, si somos incapaces de llegar a acuerdos por el bien de la mayoría.

Guerra de desinformación

El año 1895 fue trascendental para el periodismo salvadoreño. Ese año nació el Diario del Salvador, dirigido por el escritor Román Mayorga Rivas. En sus páginas escribirían Arturo Ambrogi, David J. Guzmán, Francisco Gavidia, entre muchos otros. La publicación era diferente a lo que los lectores salvadoreños estaban acostumbrados. El Diario del Salvador emulaba al periodismo norteamericano: en formatos, imprentas y hasta en su sistema de distribución a través de niños «canillitas«. Incluso sus oficinas estuvieron ubicadas en el céntrico edificio Ambrogi, que fue, por mucho tiempo, el edificio más alto de la ciudad de San Salvador y era llamado «el primer rascacielos de Centroamérica» con sus cuatro pisos.

Irónicamente, el 1895 también sería un año bisagra para el periodismo norteamericano que se trataba de replicar en el país. Ese año, en la ciudad de Nueva York, se desató una guerra abierta entre el New York Journal y el New York World, dos de los periódicos con mayor circulación de la ciudad estadounidense. Una batalla sin cuartel que enfrentó a Joseph Pulitzer –propietario del World– con William Randolph Hearst –dueño del Journal–. Ambos se pelearon periodistas, compitieron por tener el precio más bajo por edición y su lucha por ganar lectores conllevó el nacimiento y uso sistemático del amarillismo.

Obsesionados por superar a su rival, cada edición era una lucha por contar las historias más truculentas, encontrar los personajes más bizarros y hacer las críticas más injustificadas. Hasta que todo se fue desbordando y comenzaron a inventar historias completas para sacarle ventaja a la competencia. Una guerra de desinformación en la que los lectores quedaron en el medio y sin saber distinguir entre lo que era real y lo falso. Un escenario con bastantes similitudes a lo que se vive ahora con las redes sociales y muchos «medios» que tergiversan noticias para beneficiar a determinado político, partido o Gobierno.

Y hoy, como a finales del siglo XIX, la guerra mediática llegó a su punto más álgido en medio de una crisis. Después de estar enfrascados en su particular guerra por casi tres años, Hearst usó la crisis en Cuba, en el contexto de su revolución independentista contra España, para manipular a la opinión pública y presionar a Estados Unidos a que incursionara en el conflicto. El 15 de febrero de 1898, una explosión fortuita al interior del acorazado de segunda clase Maine, que estaba en el puerto de La Habana, mató a 256 tripulantes y fue la excusa perfecta para Hearst y su New York Journal.

Aunque desde el primer momento se indicó que todo había sido un accidente, el periódico vendió la noticia falsa de que, en realidad, fue un ataque de los españoles. En los días siguientes, alimentó la teoría de una conspiración contra los Estados Unidos hasta que los norteamericanos atacaron a los europeos. Hearst pasó años presumiendo de que Estados Unidos decidió ir a la guerra por él. Era un multimillonario megalómano con un ego tan grande que incluso mandó a construirse su propio castillo. Las autoridades siempre lo desmintieron, pero él se enorgullecía de la máquina de desinformación que había creado.

Ahora, en el 2020 y en medio de una crisis como la pandemia del Covid-19, parecemos vivir en otra guerra de desinformación. Una con herramientas mucho más sofisticadas y que transcurre en el mundo digital. Tras el escándalo de Cambridge Analytica, hay gobiernos que han calificado estas estrategias en las redes sociales como armas de manipulación psicológica. La crisis por el Covid-19 ha sido solo la excusa perfecta para utilizarlas a granel. Pero su objetivo, en 1895 y 2020, siempre será el mismo: manipular a la mayor cantidad de personas posibles para cumplir sus intereses. El manual no cambia: crear enemigos, difundir miedo y entender la comunicación como una batalla. Siempre hay alguien que se beneficia del caos.

Del paludismo al covid-19

Es la historia de un poblado que es diezmado por una enfermedad. Sus habitantes van cayendo, uno por uno, víctimas de un padecimiento que puede ser letal. Es un mal extraño que los postra rápidamente y deja a sus familias llenas de incertidumbre. El protagonista de esta historia es el pescador Marcos Vallecillos, a quien le toca ver como enferman los que lo rodean, incluyendo su esposa Eulogia. Es el cuento «Fiebre en la costa» del salvadoreño Hugo Lindo, autor nacido en La Unión en 1917, unos meses antes de que comenzara la pandemia de la gripe española que azotó el planeta.

En su texto, Lindo ilustra cómo los pobres de El Salvador se enfrentaban a las enfermedades en la primera mitad del siglo XX. Y tristemente se parece mucho a la actualidad. En este caso se enfoca en el paludismo y las penurias que se vivían para hacerle frente. Cuando la esposa de Marcos enferma, a él no solo le toca sufrir por ver a Eulogia muerta de frío, envuelta en colchas chapinas, en cama, durante los mediodías costeños; sino que saber que tiene menos de cinco colones y una olla de frijoles para sobrevivir. Una situación que lo obliga a salir a pescar a mar adentro y dejar sola a su esposa enferma.

Marcos se arriesga como se arriesga la gente que vive del día a día. Si no hay pesca, no hay nada para llenar el estómago. En las últimas semanas, hemos sido testigos de esa misma encrucijada. Miles de salvadoreños se juegan su salud y la de sus familias para tratar de sobrellevar su precaria economía en el marco de una pandemia como la de la covid-19. Salen por su misma necesidad y la de los suyos. Así son las crisis, siempre desnudan a los más pobres y se puede ver con mayor claridad el verdadero rostro del país, surcado por la precariedad y demacrado por el estrés de no tener que comer.

Y en ese contexto, el pescador –como el agricultor o el obrero– es el salvadoreño luchador por antonomasia. El que arriesga mucho por tan poco. A bordo de sus lanchas, que muchas veces son muy básicas, se enfrenta a tempestades que lo pueden hacer naufragar en cualquier momento. Todo solo para subsistir. Marcos se arriesga acompañado de su ahijado de doce años. Los dos salen a remo, al atardecer, hacia el amplio mar. De entrada, la suerte parece sonreírles, cuando pescan un enorme «boca colorada» que a duras penas logran subir al bote. El gran pez era un salvavidas económico ante la enfermedad de Eulogia.

Pero en ese momento que sabe a gloria, la enfermedad les da otro revés. A bordo del bote, el niño de doce años comienza a temblar del frío y, por el esfuerzo de la pesca, cae con fiebre en ese preciso momento. El mar se comienza a picar y Marcos rema como loco, pero no puede avanzar por la fuerte marea. Es como «una cáscara de mangle a merced de la reventazón». Cae la noche y cada vez parecen más lejos de la costa. El niño delira por la fiebre acostado junto al gran pez. Marcos llora amargamente, pero no deja de remar y, al amanecer, logra llegar a la orilla.

Cuando vuelve a casa, Eulogia se siente mejor después de ser atendida por una fortuita brigada médica que llegó a la comunidad. Pero su ahijado de 12 años está mal y muere a los pocos días por el paludismo. Los médicos no pueden hacer nada por él después de lo que pasó mar adentro. El niño fallece víctima de la enfermedad, pero también de sus circunstancias. Las mismas que no han cambiado para miles de salvadoreños que enfrentan con incertidumbre a la covid-19. En plena pandemia, aún sin tener claro el alcance de la crisis socioeconómica que conlleva, la precariedad nos sigue matando.

Presos del miedo

Estamos en el año 2020 y son días aciagos. Apenas van tres meses y hemos vivido largos días que van a ser difíciles de olvidar. Millones de personas en todo el mundo están en cuarentena domiciliar por la pandemia del Covid-19. Las avenidas de las ciudades lucen desoladas, como muchos guionistas visualizaron el principio del fin del mundo. Casi con exactitud a 100 años de la «gripe española» que mató a más de 20 millones de personas. Encerrados en casa, vemos las noticias que llegan de China, Italia, España y Estados Unidos; principales focos de la infección. Como si fuéramos presos que en el lugar de contar los días que faltan de la condena cuentan los contagiados y fallecidos por la enfermedad. Estos son días de incertidumbre, pero, sobre todo, son los días del miedo.

En El Salvador, la gente ya se agolpó a los supermercados y vació lo que pudo en las que llaman «compras de pánico». Empujados por el miedo a quedarse sin comida mucho antes que se hiciera oficial el primer caso de coronavirus en el país. En una prisión del norte del Perú, se esparció el rumor de que había un preso con Covid-19 y ocurrió un intento masivo de fuga que terminó con heridos que tuvieron que ser hospitalizados. En Honduras, la policía dispersó con gases lacrimógenos a personas que se comenzaban a manifestar por la falta de alimentos. En toda la región, la ansiedad crece para muchas personas que están en el sector informal de la economía y viven del día a día. Con la urgente necesidad de ganarse el sustento diario, pero con miedo a enfermar.

Y somos más vulnerables cuando sentimos miedo. Las personas están dispuestas a creer cualquier cosa que les dé un poco de tranquilidad. Incluso información falsa que circula por redes sociales. Los políticos también saben que, en el contexto de una emergencia, la población es más sensible ante los temas que conlleven su bienestar. Muchos solo tratan de aprovecharse y llevar agua para su molino. Hay quienes se visten de salvadores y otros que tratan de dar seguridad al decir que el coronavirus está bajo control y que la vida puede seguir su curso normal –como en Nicaragua o en México–. Pero en el caso de la Presidencia salvadoreña se ha buscado infundir más miedo ante la pandemia.

Incluso en cadena nacional, transmitiendo el video de un médico español al borde de las lágrimas o proyectando las gráficas del peor escenario posible de contagios. Como si el único objetivo fuera manipular a las personas a través del temor. Y los salvadoreños sabemos lo que es el miedo. Nos lo siembran desde pequeños. Hay cosas que no se pueden hacer, lugares a los que no se puede ir, personas que se deben evitar, el miedo al otro, a lo distinto, parece que la consigna es que se debe tener cierta dosis de miedo para sobrevivir. Prevenir es, en realidad, asustar. Así ha sido el manejo que se ha dado a la pandemia del Covid-19 desde el Gobierno. El temor masivo como una poderosa arma de persuasión.

Para justificar cualquier abuso que se pueda dar –ya sacaron a los militares a las calles– o cualquier millonario desembolso. El miedo siempre será un mal consejero. Dicen que las crisis pueden sacar lo mejor y lo peor de las personas. Todo en el mismo contexto: las muestras de solidaridad más genuinas o los robos a los pobres que se dan después de un desastre como un terremoto. Lo hemos vivido con anterioridad, hay que exigir que la historia no se repita. Parte de crecer es aprender a dominar el miedo, aunque este siempre nos acompañe.

Desmemoria nacional

Cuando el presidente Bukele entró al Palacio Legislativo con escolta militar fue como si un sismo de alta intensidad sacudiera a la política criolla. Hubo quienes simplemente se quedaron petrificados y hubo diputados que incluso abandonaron el edificio con cara de pánico. Y como sucede cuando nos sacude un terremoto, las réplicas del 9 de febrero se han sentido por semanas. Una a una se han sumado las voces e interpretaciones que reviven lo que pasó la tarde de aquel domingo. E incluso, El Salvador volvió a figurar en los noticieros internacionales por lo sucedido. La mayoría condenaba el uso de la Fuerza Armada para intentar amedrentar al Congreso. Pero esa, como todo en la vida, no fue una postura unánime y también hubo quienes minimizaron la incursión de los militares en el salón Azul de la Asamblea.

El escenario de estas voces no fue otro que el mundo virtual, donde parece que se dirimen todas las discusiones y pleitos de hoy. Y no todos son «troles» o fanáticos del político de moda, sino que son gente común, incluidos muchos jóvenes, que en realidad creen que no hay problema en que los militares y policías se desplegaran a sus anchas, con fusiles en mano, en el Órgano Legislativo. Muchos ni siquiera habían nacido cuando terminó la guerra civil y han crecido en un país donde la clase política dominante ha decidido enterrar la historia o modificarla según su conveniencia. Entonces ven lo sucedido el 9 de febrero como la puesta en escena de una película de Hollywood. «Los diputados se lo merecen», escriben, y como en las películas gringas -y fiel a la doctrina militar- los problemas se resuelven «por la razón o por la fuerza».

Pero este no es un juego. La represión militar ha marcado la historia de El Salvador. Esa misma que ahora parece tan lejana para algunos jóvenes y que asusta tanto a los viejos. Los conflictos bélicos nos han dado nuestras principales tragedias como país. Nada bueno sale de ese pozo. Y llenar de militares el salón Azul de la Asamblea es anacrónico e innecesario. Buena parte del alto nivel de aceptación de la población hacia la Fuerza Armada es porque se ha mantenido alejada de la política después del fin del conflicto armado. El domingo, 9 de febrero primó el afán de deslumbrar y tener el apoyo de los que piensan que los uniformes verde olivo son «cool«, y que tenemos que ocupar a las filas militares para algo más que proteger la Soberanía Nacional, como lo manda la Constitución de la República.

Según LPG Datos, basados en datos de la Dirección General de Estadística y Censos, el 55% de los salvadoreños no había nacido o estaba en pañales cuando se firmó el cese al fuego entre la guerrilla y el Ejército en 1992. Una generación que ha vivido gobernada por partidos políticos que han hecho lo posible por ocultar lo que ocurrió en las décadas del conflicto armado. Han ignorado a las víctimas y minimizado su sufrimiento. Lo último fue aprobar, tan solo unas semanas después, una ley de reconciliación nacional que busca prolongar esa desmemoria y que todo siga su curso a su propia conveniencia. «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», reza el gastado dicho popular y que aplica en el círculo –que parece interminable– de la violencia salvadoreña.

Rodeado de militares, sentado en el lugar del presidente de la Asamblea Legislativa, el presidente Bukele parecía atrapado en su propio juego. Rezó, lloró y se levantó de su silla seguido por sus escoltas armados. Para los que no recordamos lo vivido en la guerra civil fue un domingo extraño. Más parecido a días que solo existen en la memoria de nuestros padres y abuelos. Pareciera que nos perdimos en el bosque de la posguerra y ahora caminamos en círculos. El poeta Dante Alighieri ideó su infierno como si fuera un gigantesco embudo en el que uno va descendiendo hasta las profundidades. Quizás no tenga importancia o quizás simbolice que no hay nada peor que estar en un lugar destinado a vivir sus tormentos una y otra vez.

Lo que trae el río Lempa

Sus aguas son un espejo. Nuestro espejo. Un espejo de fracasos, luchas y búsquedas. Un reflejo de lo que intentamos ser y de lo que desechamos. Hay muchos ríos grandes y caudalosos, el Magdalena, el Usumacinta, el San Juan, el río Coco, el nuestro siempre ha sido el Lempa. Casi todos los caminos parecen morir, tarde o temprano, en el río. Y de vez en cuando nos llegan noticias suyas. Las últimas dicen que hay algas que han enturbiado su cauce más de lo normal. Los que comunican las noticias lo dicen tristes, como si estuviera peor de lo que ya sabíamos que estaba.

Es grave: el Lempa nunca ha sido un problema, sino que una solución. Como una fuente de respuestas a la hora de beber, sembrar, iluminarnos, pescar o simplemente estar. Ha funcionado así desde mucho antes que El Salvador fuera nombrado de ese modo. Sus 422 kilómetros –el mayor de los ríos que desembocan en el Pacífico centroamericano– son el raquis que sostiene esta tierra. Su afluente dibuja límites administrativos del país desde que entra por Citalá, Chalatenango, después de nacer en las montañas de Chiquimula, en Guatemala, y discurrir por 31 kilómetros en Honduras.

Su cauce caprichoso está al alcance de la mano, en el celular, basta con teclear su nombre y buscar su mapa. La línea azul que serpentea entre Chalatenango y Santa Ana y llega cerca del lago de Güija, ahora lleno de algas, las mismas que, según una hipótesis de las autoridades, pudieron llegar al Lempa a través del río El Desagüe. Este fenómeno no hubiera sido de tal magnitud si río abajo no se usaran esas aguas para suplir a más de un millón y medio de personas. La planta potabilizadora de «Las Pavas», la más grande del país, no fue capaz de revertir el estado del afluente.

Casi el 50 % del agua del Gran San Salvador se tiñó de color amarillento y olor fétido. Parecía una venganza, no un sabotaje político en busca de desestabilizar al Gobierno, sino de la misma naturaleza. Por casi tres décadas, esa planta en San Pablo Tacachico, La Libertad, ha tomado agua del Lempa para llevarla a miles de hogares. ¿Qué se le regresa al río? Aguas abajo, el Lempa se encuentra con una vertiente de aguas negras que llamamos río Acelhuate y llega desde el mismo San Salvador. Es un pacto cruel con el río: nos da vida, nosotros se la quitamos de una manera ingrata.

Con el agravante que no es lo único que nos da, desde que el norteamericano George A. Fleming convenció a los gobiernos militares, a finales de los cuarenta, que era viable generar electricidad construyendo represas a lo largo del Lempa. Lo que devino en la construcción de la presa 5 de noviembre (1954), Guajoyo (1963), Cerrón Grande (1976) y la 15 de septiembre (1983). Tan icónicas del «desarrollo» que la Cerrón Grande fue estampada en los billetes de 1 colón, como si la fuerza del Lempa fuera un motivo de orgullo nacional. La energía hidroeléctrica aún alimenta a por lo menos 3 de cada 10 hogares del país.

Pero en otro revés, llegamos a una época que nunca se pensó. Hace tan solo tres años, las autoridades de Ambiente indicaban que después de temporadas lluviosas raquíticas, el caudal del Lempa había disminuido en un 60%. El mayor de nuestros 590 ríos y riachuelos se debilita. Algo que afecta directamente el modo de subsistencia de miles de familias que viven en la ribera de su cuenca media y baja, que viven de la pesca y otras actividades agrícolas que necesitan del riego. Y también amenazando a las más de 40 especies de peces que habitan en su caudal.

Los científicos han establecido que el río Lempa tiene aproximadamente 2 millones de años. Primero fue un lago que estuvo en el actual Chalatenango. Una etapa que cuesta imaginarse, rodeado de frondosa naturaleza y paz. Después llegó el hombre, fue frontera entre pipiles y lencas, y solo en el siglo XX, el río fue testigo de masacres, la guerra civil y la construcción de puentes que unieron sus orillas. El río Lempa existió mucho antes de El Salvador, pero El Salvador no puede existir sin el Lempa.