Guerra de desinformación

El año 1895 fue trascendental para el periodismo salvadoreño. Ese año nació el Diario del Salvador, dirigido por el escritor Román Mayorga Rivas. En sus páginas escribirían Arturo Ambrogi, David J. Guzmán, Francisco Gavidia, entre muchos otros. La publicación era diferente a lo que los lectores salvadoreños estaban acostumbrados. El Diario del Salvador emulaba al periodismo norteamericano: en formatos, imprentas y hasta en su sistema de distribución a través de niños «canillitas«. Incluso sus oficinas estuvieron ubicadas en el céntrico edificio Ambrogi, que fue, por mucho tiempo, el edificio más alto de la ciudad de San Salvador y era llamado «el primer rascacielos de Centroamérica» con sus cuatro pisos.

Irónicamente, el 1895 también sería un año bisagra para el periodismo norteamericano que se trataba de replicar en el país. Ese año, en la ciudad de Nueva York, se desató una guerra abierta entre el New York Journal y el New York World, dos de los periódicos con mayor circulación de la ciudad estadounidense. Una batalla sin cuartel que enfrentó a Joseph Pulitzer –propietario del World– con William Randolph Hearst –dueño del Journal–. Ambos se pelearon periodistas, compitieron por tener el precio más bajo por edición y su lucha por ganar lectores conllevó el nacimiento y uso sistemático del amarillismo.

Obsesionados por superar a su rival, cada edición era una lucha por contar las historias más truculentas, encontrar los personajes más bizarros y hacer las críticas más injustificadas. Hasta que todo se fue desbordando y comenzaron a inventar historias completas para sacarle ventaja a la competencia. Una guerra de desinformación en la que los lectores quedaron en el medio y sin saber distinguir entre lo que era real y lo falso. Un escenario con bastantes similitudes a lo que se vive ahora con las redes sociales y muchos «medios» que tergiversan noticias para beneficiar a determinado político, partido o Gobierno.

Y hoy, como a finales del siglo XIX, la guerra mediática llegó a su punto más álgido en medio de una crisis. Después de estar enfrascados en su particular guerra por casi tres años, Hearst usó la crisis en Cuba, en el contexto de su revolución independentista contra España, para manipular a la opinión pública y presionar a Estados Unidos a que incursionara en el conflicto. El 15 de febrero de 1898, una explosión fortuita al interior del acorazado de segunda clase Maine, que estaba en el puerto de La Habana, mató a 256 tripulantes y fue la excusa perfecta para Hearst y su New York Journal.

Aunque desde el primer momento se indicó que todo había sido un accidente, el periódico vendió la noticia falsa de que, en realidad, fue un ataque de los españoles. En los días siguientes, alimentó la teoría de una conspiración contra los Estados Unidos hasta que los norteamericanos atacaron a los europeos. Hearst pasó años presumiendo de que Estados Unidos decidió ir a la guerra por él. Era un multimillonario megalómano con un ego tan grande que incluso mandó a construirse su propio castillo. Las autoridades siempre lo desmintieron, pero él se enorgullecía de la máquina de desinformación que había creado.

Ahora, en el 2020 y en medio de una crisis como la pandemia del Covid-19, parecemos vivir en otra guerra de desinformación. Una con herramientas mucho más sofisticadas y que transcurre en el mundo digital. Tras el escándalo de Cambridge Analytica, hay gobiernos que han calificado estas estrategias en las redes sociales como armas de manipulación psicológica. La crisis por el Covid-19 ha sido solo la excusa perfecta para utilizarlas a granel. Pero su objetivo, en 1895 y 2020, siempre será el mismo: manipular a la mayor cantidad de personas posibles para cumplir sus intereses. El manual no cambia: crear enemigos, difundir miedo y entender la comunicación como una batalla. Siempre hay alguien que se beneficia del caos.

Del paludismo al covid-19

Es la historia de un poblado que es diezmado por una enfermedad. Sus habitantes van cayendo, uno por uno, víctimas de un padecimiento que puede ser letal. Es un mal extraño que los postra rápidamente y deja a sus familias llenas de incertidumbre. El protagonista de esta historia es el pescador Marcos Vallecillos, a quien le toca ver como enferman los que lo rodean, incluyendo su esposa Eulogia. Es el cuento «Fiebre en la costa» del salvadoreño Hugo Lindo, autor nacido en La Unión en 1917, unos meses antes de que comenzara la pandemia de la gripe española que azotó el planeta.

En su texto, Lindo ilustra cómo los pobres de El Salvador se enfrentaban a las enfermedades en la primera mitad del siglo XX. Y tristemente se parece mucho a la actualidad. En este caso se enfoca en el paludismo y las penurias que se vivían para hacerle frente. Cuando la esposa de Marcos enferma, a él no solo le toca sufrir por ver a Eulogia muerta de frío, envuelta en colchas chapinas, en cama, durante los mediodías costeños; sino que saber que tiene menos de cinco colones y una olla de frijoles para sobrevivir. Una situación que lo obliga a salir a pescar a mar adentro y dejar sola a su esposa enferma.

Marcos se arriesga como se arriesga la gente que vive del día a día. Si no hay pesca, no hay nada para llenar el estómago. En las últimas semanas, hemos sido testigos de esa misma encrucijada. Miles de salvadoreños se juegan su salud y la de sus familias para tratar de sobrellevar su precaria economía en el marco de una pandemia como la de la covid-19. Salen por su misma necesidad y la de los suyos. Así son las crisis, siempre desnudan a los más pobres y se puede ver con mayor claridad el verdadero rostro del país, surcado por la precariedad y demacrado por el estrés de no tener que comer.

Y en ese contexto, el pescador –como el agricultor o el obrero– es el salvadoreño luchador por antonomasia. El que arriesga mucho por tan poco. A bordo de sus lanchas, que muchas veces son muy básicas, se enfrenta a tempestades que lo pueden hacer naufragar en cualquier momento. Todo solo para subsistir. Marcos se arriesga acompañado de su ahijado de doce años. Los dos salen a remo, al atardecer, hacia el amplio mar. De entrada, la suerte parece sonreírles, cuando pescan un enorme «boca colorada» que a duras penas logran subir al bote. El gran pez era un salvavidas económico ante la enfermedad de Eulogia.

Pero en ese momento que sabe a gloria, la enfermedad les da otro revés. A bordo del bote, el niño de doce años comienza a temblar del frío y, por el esfuerzo de la pesca, cae con fiebre en ese preciso momento. El mar se comienza a picar y Marcos rema como loco, pero no puede avanzar por la fuerte marea. Es como «una cáscara de mangle a merced de la reventazón». Cae la noche y cada vez parecen más lejos de la costa. El niño delira por la fiebre acostado junto al gran pez. Marcos llora amargamente, pero no deja de remar y, al amanecer, logra llegar a la orilla.

Cuando vuelve a casa, Eulogia se siente mejor después de ser atendida por una fortuita brigada médica que llegó a la comunidad. Pero su ahijado de 12 años está mal y muere a los pocos días por el paludismo. Los médicos no pueden hacer nada por él después de lo que pasó mar adentro. El niño fallece víctima de la enfermedad, pero también de sus circunstancias. Las mismas que no han cambiado para miles de salvadoreños que enfrentan con incertidumbre a la covid-19. En plena pandemia, aún sin tener claro el alcance de la crisis socioeconómica que conlleva, la precariedad nos sigue matando.

Presos del miedo

Estamos en el año 2020 y son días aciagos. Apenas van tres meses y hemos vivido largos días que van a ser difíciles de olvidar. Millones de personas en todo el mundo están en cuarentena domiciliar por la pandemia del Covid-19. Las avenidas de las ciudades lucen desoladas, como muchos guionistas visualizaron el principio del fin del mundo. Casi con exactitud a 100 años de la «gripe española» que mató a más de 20 millones de personas. Encerrados en casa, vemos las noticias que llegan de China, Italia, España y Estados Unidos; principales focos de la infección. Como si fuéramos presos que en el lugar de contar los días que faltan de la condena cuentan los contagiados y fallecidos por la enfermedad. Estos son días de incertidumbre, pero, sobre todo, son los días del miedo.

En El Salvador, la gente ya se agolpó a los supermercados y vació lo que pudo en las que llaman «compras de pánico». Empujados por el miedo a quedarse sin comida mucho antes que se hiciera oficial el primer caso de coronavirus en el país. En una prisión del norte del Perú, se esparció el rumor de que había un preso con Covid-19 y ocurrió un intento masivo de fuga que terminó con heridos que tuvieron que ser hospitalizados. En Honduras, la policía dispersó con gases lacrimógenos a personas que se comenzaban a manifestar por la falta de alimentos. En toda la región, la ansiedad crece para muchas personas que están en el sector informal de la economía y viven del día a día. Con la urgente necesidad de ganarse el sustento diario, pero con miedo a enfermar.

Y somos más vulnerables cuando sentimos miedo. Las personas están dispuestas a creer cualquier cosa que les dé un poco de tranquilidad. Incluso información falsa que circula por redes sociales. Los políticos también saben que, en el contexto de una emergencia, la población es más sensible ante los temas que conlleven su bienestar. Muchos solo tratan de aprovecharse y llevar agua para su molino. Hay quienes se visten de salvadores y otros que tratan de dar seguridad al decir que el coronavirus está bajo control y que la vida puede seguir su curso normal –como en Nicaragua o en México–. Pero en el caso de la Presidencia salvadoreña se ha buscado infundir más miedo ante la pandemia.

Incluso en cadena nacional, transmitiendo el video de un médico español al borde de las lágrimas o proyectando las gráficas del peor escenario posible de contagios. Como si el único objetivo fuera manipular a las personas a través del temor. Y los salvadoreños sabemos lo que es el miedo. Nos lo siembran desde pequeños. Hay cosas que no se pueden hacer, lugares a los que no se puede ir, personas que se deben evitar, el miedo al otro, a lo distinto, parece que la consigna es que se debe tener cierta dosis de miedo para sobrevivir. Prevenir es, en realidad, asustar. Así ha sido el manejo que se ha dado a la pandemia del Covid-19 desde el Gobierno. El temor masivo como una poderosa arma de persuasión.

Para justificar cualquier abuso que se pueda dar –ya sacaron a los militares a las calles– o cualquier millonario desembolso. El miedo siempre será un mal consejero. Dicen que las crisis pueden sacar lo mejor y lo peor de las personas. Todo en el mismo contexto: las muestras de solidaridad más genuinas o los robos a los pobres que se dan después de un desastre como un terremoto. Lo hemos vivido con anterioridad, hay que exigir que la historia no se repita. Parte de crecer es aprender a dominar el miedo, aunque este siempre nos acompañe.

Desmemoria nacional

Cuando el presidente Bukele entró al Palacio Legislativo con escolta militar fue como si un sismo de alta intensidad sacudiera a la política criolla. Hubo quienes simplemente se quedaron petrificados y hubo diputados que incluso abandonaron el edificio con cara de pánico. Y como sucede cuando nos sacude un terremoto, las réplicas del 9 de febrero se han sentido por semanas. Una a una se han sumado las voces e interpretaciones que reviven lo que pasó la tarde de aquel domingo. E incluso, El Salvador volvió a figurar en los noticieros internacionales por lo sucedido. La mayoría condenaba el uso de la Fuerza Armada para intentar amedrentar al Congreso. Pero esa, como todo en la vida, no fue una postura unánime y también hubo quienes minimizaron la incursión de los militares en el salón Azul de la Asamblea.

El escenario de estas voces no fue otro que el mundo virtual, donde parece que se dirimen todas las discusiones y pleitos de hoy. Y no todos son «troles» o fanáticos del político de moda, sino que son gente común, incluidos muchos jóvenes, que en realidad creen que no hay problema en que los militares y policías se desplegaran a sus anchas, con fusiles en mano, en el Órgano Legislativo. Muchos ni siquiera habían nacido cuando terminó la guerra civil y han crecido en un país donde la clase política dominante ha decidido enterrar la historia o modificarla según su conveniencia. Entonces ven lo sucedido el 9 de febrero como la puesta en escena de una película de Hollywood. «Los diputados se lo merecen», escriben, y como en las películas gringas -y fiel a la doctrina militar- los problemas se resuelven «por la razón o por la fuerza».

Pero este no es un juego. La represión militar ha marcado la historia de El Salvador. Esa misma que ahora parece tan lejana para algunos jóvenes y que asusta tanto a los viejos. Los conflictos bélicos nos han dado nuestras principales tragedias como país. Nada bueno sale de ese pozo. Y llenar de militares el salón Azul de la Asamblea es anacrónico e innecesario. Buena parte del alto nivel de aceptación de la población hacia la Fuerza Armada es porque se ha mantenido alejada de la política después del fin del conflicto armado. El domingo, 9 de febrero primó el afán de deslumbrar y tener el apoyo de los que piensan que los uniformes verde olivo son «cool«, y que tenemos que ocupar a las filas militares para algo más que proteger la Soberanía Nacional, como lo manda la Constitución de la República.

Según LPG Datos, basados en datos de la Dirección General de Estadística y Censos, el 55% de los salvadoreños no había nacido o estaba en pañales cuando se firmó el cese al fuego entre la guerrilla y el Ejército en 1992. Una generación que ha vivido gobernada por partidos políticos que han hecho lo posible por ocultar lo que ocurrió en las décadas del conflicto armado. Han ignorado a las víctimas y minimizado su sufrimiento. Lo último fue aprobar, tan solo unas semanas después, una ley de reconciliación nacional que busca prolongar esa desmemoria y que todo siga su curso a su propia conveniencia. «El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», reza el gastado dicho popular y que aplica en el círculo –que parece interminable– de la violencia salvadoreña.

Rodeado de militares, sentado en el lugar del presidente de la Asamblea Legislativa, el presidente Bukele parecía atrapado en su propio juego. Rezó, lloró y se levantó de su silla seguido por sus escoltas armados. Para los que no recordamos lo vivido en la guerra civil fue un domingo extraño. Más parecido a días que solo existen en la memoria de nuestros padres y abuelos. Pareciera que nos perdimos en el bosque de la posguerra y ahora caminamos en círculos. El poeta Dante Alighieri ideó su infierno como si fuera un gigantesco embudo en el que uno va descendiendo hasta las profundidades. Quizás no tenga importancia o quizás simbolice que no hay nada peor que estar en un lugar destinado a vivir sus tormentos una y otra vez.

Lo que trae el río Lempa

Sus aguas son un espejo. Nuestro espejo. Un espejo de fracasos, luchas y búsquedas. Un reflejo de lo que intentamos ser y de lo que desechamos. Hay muchos ríos grandes y caudalosos, el Magdalena, el Usumacinta, el San Juan, el río Coco, el nuestro siempre ha sido el Lempa. Casi todos los caminos parecen morir, tarde o temprano, en el río. Y de vez en cuando nos llegan noticias suyas. Las últimas dicen que hay algas que han enturbiado su cauce más de lo normal. Los que comunican las noticias lo dicen tristes, como si estuviera peor de lo que ya sabíamos que estaba.

Es grave: el Lempa nunca ha sido un problema, sino que una solución. Como una fuente de respuestas a la hora de beber, sembrar, iluminarnos, pescar o simplemente estar. Ha funcionado así desde mucho antes que El Salvador fuera nombrado de ese modo. Sus 422 kilómetros –el mayor de los ríos que desembocan en el Pacífico centroamericano– son el raquis que sostiene esta tierra. Su afluente dibuja límites administrativos del país desde que entra por Citalá, Chalatenango, después de nacer en las montañas de Chiquimula, en Guatemala, y discurrir por 31 kilómetros en Honduras.

Su cauce caprichoso está al alcance de la mano, en el celular, basta con teclear su nombre y buscar su mapa. La línea azul que serpentea entre Chalatenango y Santa Ana y llega cerca del lago de Güija, ahora lleno de algas, las mismas que, según una hipótesis de las autoridades, pudieron llegar al Lempa a través del río El Desagüe. Este fenómeno no hubiera sido de tal magnitud si río abajo no se usaran esas aguas para suplir a más de un millón y medio de personas. La planta potabilizadora de «Las Pavas», la más grande del país, no fue capaz de revertir el estado del afluente.

Casi el 50 % del agua del Gran San Salvador se tiñó de color amarillento y olor fétido. Parecía una venganza, no un sabotaje político en busca de desestabilizar al Gobierno, sino de la misma naturaleza. Por casi tres décadas, esa planta en San Pablo Tacachico, La Libertad, ha tomado agua del Lempa para llevarla a miles de hogares. ¿Qué se le regresa al río? Aguas abajo, el Lempa se encuentra con una vertiente de aguas negras que llamamos río Acelhuate y llega desde el mismo San Salvador. Es un pacto cruel con el río: nos da vida, nosotros se la quitamos de una manera ingrata.

Con el agravante que no es lo único que nos da, desde que el norteamericano George A. Fleming convenció a los gobiernos militares, a finales de los cuarenta, que era viable generar electricidad construyendo represas a lo largo del Lempa. Lo que devino en la construcción de la presa 5 de noviembre (1954), Guajoyo (1963), Cerrón Grande (1976) y la 15 de septiembre (1983). Tan icónicas del «desarrollo» que la Cerrón Grande fue estampada en los billetes de 1 colón, como si la fuerza del Lempa fuera un motivo de orgullo nacional. La energía hidroeléctrica aún alimenta a por lo menos 3 de cada 10 hogares del país.

Pero en otro revés, llegamos a una época que nunca se pensó. Hace tan solo tres años, las autoridades de Ambiente indicaban que después de temporadas lluviosas raquíticas, el caudal del Lempa había disminuido en un 60%. El mayor de nuestros 590 ríos y riachuelos se debilita. Algo que afecta directamente el modo de subsistencia de miles de familias que viven en la ribera de su cuenca media y baja, que viven de la pesca y otras actividades agrícolas que necesitan del riego. Y también amenazando a las más de 40 especies de peces que habitan en su caudal.

Los científicos han establecido que el río Lempa tiene aproximadamente 2 millones de años. Primero fue un lago que estuvo en el actual Chalatenango. Una etapa que cuesta imaginarse, rodeado de frondosa naturaleza y paz. Después llegó el hombre, fue frontera entre pipiles y lencas, y solo en el siglo XX, el río fue testigo de masacres, la guerra civil y la construcción de puentes que unieron sus orillas. El río Lempa existió mucho antes de El Salvador, pero El Salvador no puede existir sin el Lempa.

Un océano de basura

Nunca en la historia hubo tanta información al alcance. Tantos datos juntos. Tantas fotos y textos, videos y mensajes escritos, notas de voz e ilustraciones, propaganda y gráficos. Gota a gota es como llenar un océano. Y sumergidos en él, la mayoría somos arrastrados por sus corrientes. Ninguna generación en la historia vivió algo que fuera parecido. Hace tan solo unas décadas atrás, en muchos pueblos de El Salvador, la comunicación se limitaba a lo que podía hacer ANTEL, un par de periódicos y la vaga señal de la televisión. La información era un lujo. Pero eso cambió y ahora, para muchos, todo un torrente de información escurre entre las manos.

Nunca en la historia hubo tanta desinformación al alcance. Si bien las falsedades siempre existieron, nunca en la proporción actual. Datos falsos que contaminan el océano de información creado. Políticos y gobiernos mentirosos siempre existieron, también medios y periodistas corruptibles, pero nunca con el alcance de hoy en día. Una carga ideológica que tiene el propósito de manipular a las mayorías. Al inicio de la era digital se acuñó el término de «navegar» por la red, pero, a 20 años del inicio del siglo, muchos naufragan en un mar de notas falsas.

Antes el problema fue el acceso a la comunicación, ahora es un exceso de los datos imprecisos. Entonces comunicar se reduce a manipular, sobre un determinado suceso o personaje. Solo son ilusiones y mitos. Pero hay algo que no cambia: el ser humano es comunicativo por excelencia. Y en este generación, no somos más ni menos comunicativos de lo que nuestros abuelos algunas vez fueron, solo contamos con las herramientas para trasmitir más información. Y más rápido, como si fuera la corriente furiosa de un río que no se detiene.

En este punto, según el libro «Fake News» del periodista Esteban Illades, el internet y las redes sociales han sido utilizados por gente cuyo negocio es la desinformación. «La idea es crear contenido –la distinción lingüística es interesante: contenido implica la descripción de un producto, no una noticia– y conseguir que éste se disperse lo más que se pueda». Esto se vincula a otro fenómeno que se conoce como el de la «cámara del eco», que se refiere a que las creencias del usuario se amplifican en la red, debido a que cada persona tiende a aprobar el contenido de otros usuarios que opinan parecido e ignorar a los que difieren de sus puntos de vista.

El problema se agudiza aún más cuando el usuario, con tal de confirmar lo que opina (sesgo de confirmación) utiliza fuentes dudosas. Aquí entran sitios que escriben notas sesgadas a favor de determinado político o partido. Dentro del sesgo de confirmación, la gente está dispuesta a creer lo que lee, así se encuentre en un sitio desconocido para ellos o un lugar que no es confiable. Ese contenido se replica y se forma un gran océano de basura. No es otra cosa que una involución de la teoría periodística que tiene al contraste de fuentes como uno de sus pilares. Escuchar dos o más versiones del mismo asunto en las notas.

Hay quien cree que todo este aparataje es obra de fanáticos políticos a favor de tal o cual bandera o personaje. En realidad, son estrategias ideadas por ellos mismos y sus equipos de trabajo. Todo es parte de un gran negocio que es guiado por la brújula de la política: la consecución y preservación del poder. Con ese objetivo, ellos son capaces de asumir cualquier papel, incluso el más ridículo.

El Salvador y el mar

La historia cuenta que el pueblo de Jucuarán fue atacado por un grupo de piratas ingleses. Los invasores asaltaron e incendiaron el poblado anclado en la actual costa de Usulután, y masacraron a muchos de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes se refugiaron en los cerros vecinos. Corría el año de 1682. La costa del Pacífico centroamericano era testigo y víctima de la incursión pirata en una ruta comercial española, que movía mercancías entre el Perú, Centroamérica y la Nueva España (actual México). La consigna para los europeos era que el que dominaba el mar –sus rutas de navegación– dominaba el mundo. Hacía menos de 15 años que Henry Morgan había saqueado Maracaibo y Panamá. Lo ocurrido en Jucuarán también parece sacado de una de las crónicas escritas por Alexandre Exquemelin.

Pasado el peligro, los jucuarenses que quedaron retornaron a su pueblo nativo, pero decidieron ya no edificar la población en el mismo lugar. Se mudaron a la ubicación actual del poblado, más alejado de la costa, en una decisión defensiva. No querían revivir su tragedia mientras los piratas merodeaban también el golfo de Fonseca. Aunque los ingleses hacían expediciones terrestres, al menos les daba más tiempo para huir. Presos del miedo, los pobladores renunciaron a estar más cerca del mar. Esta es parte de la historia sobre Jucuarán que recopiló el académico Jorge Lardé y Larín y publicó originalmente en 1957. La historia de Jucuarán ilustra bien lo que ocurrió con El Salvador y cómo le dio la espalda al mar en buena parte del siglo XX.

La zona costera del país ha estado abandonada a su suerte. Y cuando se hace esta afirmación, no se refiere a grandes obras de infraestructura moderna; sino a los problemas más básicos de aguas residuales y vías de acceso. Algo generalizado en casi todo el litoral salvadoreño, con casos como la contaminación en la bahía de Jiquilisco, por los ríos que la alimentan; la falta de acceso al agua potable de muchas comunidades cercanas al puerto de La Libertad; la escasa oferta laboral, más allá de la pesca en la mayoría del territorio, entre muchos otros. Una falta de oportunidades generalizada que, incluso, ha provocado el éxodo de generaciones completas en poblaciones como la de la playa El Tamarindo, en el departamento de La Unión.

Incapaz de dar respuesta a población en la costa, ahora el Estado, al fin, parece arrancar una intervención que puede mejorar el nivel de vida de algunas de estas comunidades. Uno de los proyectos que sería financiado con la cooperación china. Si bien es cierto que se coloca al turismo como uno de los ejes centrales para el desarrollo de la zona costera, vale hacer la acotación que en Latinoamérica hay grandes centros turísticos –como Cartagena de Indias o Cancún– rodeados por cinturones de pobreza. Se debe promover un desarrollo integral de la zona costera. Que el centro de los proyectos sea la población. Se ha dicho hasta la saciedad que el crecimiento económico no implica, en el sistema en el que vivimos, que se mejore la calidad de vida de la gente.

Actualmente, si uno recorre la costa de Jucuarán –más de 300 años después de los hechos que marcaron su cambio de ubicación– se encuentran comunidades dispersas de «mareños» con vías de acceso en mal estado, altos índices de pobreza y familias que luchan por subsistir. Es un contraste cruel. En el lugar ya hay pocos hostales y hoteles construidos en este paraje idílico que albergan, en su mayoría, a turistas europeos y norteamericanos que llegan atraídos por las olas y las playas de origen volcánico. Uno de los lugareños de la costa de Jucuarán me lo resumió tristemente: «Aquí estamos en el monte, vivimos como en los tiempos de antes».

La vigencia de Salarrué

Hace 44 noviembres que nos dejó Salarrué. Y fue como si el viejo Cuscatlán perdiera a uno de los hijos que mejor lo había retratado. Afortunadamente nos quedaron sus pinturas y letras. A él, teósofo declarado, le hubiera encantado aquello de reencarnar en su obra. Sea como sea, casi todos nos encontramos con Salarrué a la misma edad: de niños, cuando un adulto -una profesora o un padre- quiere explicarnos qué cosa es Cuscatlán. Y uno lee y relee los Cuentos de Barro. Salarrué te enseña: afuera hay un mundo tropical llenísimo de encanto y de luz, pero también plagado de crueldad.

En los Cuentos de Barro (1933) uno encuentra una narrativa rica en colores y formas. Un antiguo tronco de ceiba es como una inmensa pata de gallina; los grandes remolinos no son solo eso, sino que son tan profundos como el ombligo del diablo; en el crepúsculo, el sol «mieludo» unta los cerros con su luz; y los madrecacao se visten de encaje. La atención al entorno de un escritor que se definía más como pintor. Pero la mayoría de estos cuentos narran la desdicha de vivir en este pintoresco paraíso.

Cuentos como «La honra», que narra la violación de una muchacha a plena luz del día; doblemente herida porque, al llegar a su casa, le cuenta lo sucedido a su padre y él estalla contra ella por «dejar» que eso ocurriera y perder «su honra». Al final, es el hermano de la chica, apenas un niño, él único que se apiada de ella. El pequeño, en su inocencia, vuelve al lugar de la violación y busca la honra perdida. Entiende que es un objeto brillante que encuentra tirado en el campo y se lo entrega rápidamente al papá. Es un puñal alargado que abre el abanico de la venganza. Y así como «La honra» en los demás cuentos hay robos, asesinatos, discriminación racial, golpes.

Es una cotidianidad que llega hasta nuestros días. Si uno lo analiza solo por temática, los Cuentos de Barro se pudieron haber escrito ayer. Si se cambian los diálogos de los personajes y el ambiente natural, puede transportarse casi 100 años hasta el presente. Es verse en un espejo con un mundo de vulneraciones donde la justicia no es parte de la narrativa. En esencia, y tristemente, seguimos siendo los mismos. Una vigencia que solo engrandece -más aún, si eso es posible- la figura de Salvador Salazar Arrué en la literatura salvadoreña.

Salarrué toma el Libro del Trópico de Arturo Ambrogi (1915), del que se enamoró siendo un joven, y le da un giro. Sus textos describen la campiña y a los campesinos, pero ya no de una manera inocente. Mientras Ambrogi retrata a sus personajes en actividades cotidianas como el arreo de animales o en la pesca, Salarrué les inyecta realismo retratándolos en sus reveses y sus horas adversas. Son víctimas de sus vecinos, de sus mismos compatriotas. Adiós a la hidalguía del salvadoreño de a pie, que es frágil, tiene hambre y es perseguido por la muerte.

El 27 de este mes se conmemoran 44 años del fin de la vida terrenal de Salarrué. Nos quedan sus cuentos de barro, de los que él mismo deslizó la primera advertencia: «Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos… este salió medio rajado… dos o tres se hicieron chingaste. Pobrecitos mis cuentos de barro… nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día… pero del barro del alma están hechos… el sol se encargará de irlos tostando».

Mal presagio para 2020

Los economistas pronostican una nueva tormenta. El primer trimestre de 2020 pinta mal para la economía de El Salvador y el 90% de los países del mundo, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional. Una recesión global que iría desde las naciones más grandes a las periféricas. Muchos especialistas dan por hecho esta nueva crisis, pero no se atreven a dimensionar su envergadura. Un panorama gris y desalentador que afectaría frontalmente a una sociedad pobre como la salvadoreña. Y que hace recordar a la última crisis mundial que ocurrió en el bienio 2008 y 2009.

Esto implicaría una caída en la producción, reducción en las exportaciones y menos fuentes de empleo. Pero más allá de los fríos números económicos es de prestar particular atención a las graves implicaciones sociales que una recesión puede tener. Sea como sea, en las últimas décadas, ante cualquier crisis, El Salvador ha tenido la migración, principalmente a los Estados Unidos, como su válvula de escape. Pero ahora esa alternativa es cada vez más difícil por la política antiinmigrante de la administración de Donald Trump y los acuerdos para evitar este flujo que ha firmado con México, Guatemala, Honduras y El Salvador.

Si no hay oportunidades en el país, los salvadoreños las buscaron fuera, sobre todo en Norteamérica. La lógica siempre fue que era preferible correr el riesgo que quedarse sin la posibilidad de mejorar su condición. Pero ahora, muchas familias estarían acorraladas. Esto en un país donde, según las mismas estadísticas del Gobierno, más de medio millón de hogares sufren de pobreza y miles están en riesgo de caer en esa categoría. Con el agravante de la delicada situación que ya viven familias que dependen de sectores que tienen un estado crítico como la caficultura.

A esto se sumaría que los salvadoreños que ya están en Estados Unidos –y son un pilar de nuestra economía– también serían afectados por la recesión. El flujo de remesas bajaría porque EUA sería golpeado por su propia coyuntura. Según el FMI, uno de los detonantes de la posible crisis de 2020 es la guerra comercial que sostiene el gobierno estadounidense con China. De enero a julio de 2019, El Salvador recibió $3,228 millones en concepto de remesas y cada familia con este ingreso tuvo una remesa promedio de $266.80 al mes, en base a los datos del Banco Central de Reserva.

La disminución de este flujo, que para muchas familias sirve para sobrevivir, agravaría la situación. Un panorama que de por sí ya es delicado en el país y la región. Este 13 de octubre se cumple exactamente un año de la primera caravana de migrantes que salió desde Centroamérica hacia Estados Unidos. Un acontecimiento que ilustró con crudeza el nivel de desesperación de muchas familias por abandonar la realidad que se vive en el triángulo norte conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras.

Ojalá los economistas se equivoquen y la recesión no pase a más. Que El Salvador tan siquiera mantenga el modesto crecimiento que ha tenido en la última década. Nadie quiere escuchar frases del tipo: «Si a Estados Unidos le da gripe, a El Salvador le da neumonía». El Gobierno debe de preparar un plan ante la urgencia. Sobre todo, por las repercusiones sociales que pueda tener en las personas con menores ingresos. Al final, las familias pobres son las que más sufren.

Un prócer llamado Júpiter

Era un esclavo salvadoreño con nombre de dios romano. Pero, en lugar de estar en el panteón junto a las demás deidades, fue encontrado en las montañas de Metapán, siendo azotado cruelmente por sus propietarios. Un sacerdote llamado José Matías Delgado lo rescató y el esclavo se convirtió en su protegido. Aunque no comían en la misma mesa, el cura tuvo la osadía de enseñarle a leer y escribir. Lo trataba como si fuera una persona. Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia, ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

En el drama, un grupo reducido de criollos ideaba una cruzada para desestabilizar a las autoridades de la intendencia de San Salvador. Era un puñado de hombres sumamente reducido que más parecía una secta y que soñaba –solo soñaba– con que las ideas emancipadoras de Norteamérica llegaran al pueblo con paredes de adobe donde vivían. Solo hablaban durante las noches para no ser vistos en grupo, ni que ubicaran los lugares de reunión. Gavidia tira de la imaginación para ubicarnos entre telones de estos conspiradores. Pero los criollos rápidamente se dan cuenta de que algo no va bien.

Matías Delgado, el doctor Santiago Celis, Manuel José Arce y un par más de conjurados se reconocen como un grupo demasiado frágil para soportar la pesada carga que implica desestabilizar al gobierno colonial. Su plan necesita al pueblo, pero ninguno de ellos está dispuesto a ensuciarse las manos. Bajar a la vega del Acelhuate y convencer al vulgo de las bondades de la independencia. Entonces, al doctor Celis se le ocurre mandar al esclavo Júpiter para que convenza a los de su clase del sueño independentista. O, al menos, decirles a los pobres que tendrán menos hambre si San Salvador se separa del imperio español.

Júpiter duda al inicio, pero Celis lo seduce con la idea. Le dice que dejaría de ser esclavo y se convertiría en el único dueño de su porvenir. Embriagado por las posibilidades que eso significa, el negro se embarca en la insurrección. El simple hecho de decidir su oficio e ir donde se le antoje le parece suficiente. (Digresión: para los de abajo, la libertad de decidir siempre ha sido un privilegio con o sin independencia). Y como si fuera el mismo planeta con nombre de dios romano, todo el levantamiento comienza a gravitar entorno a él. Júpiter suma a los pobres a la insubordinación y los arma con lo que puede.

En el camino de la revuelta, el esclavo de Matías Delgado se da cuenta de que no necesita al grupo inicial de conjurados. Muchos menos seguir sus órdenes. Él tiene el apoyo popular y los contactos. Incluso, calcula que, si mandan una tropa desde la capitanía de Guatemala, sus hombres y él podrían vencerla y «como en un tablero, pongo la mano sobre toda Centroamérica». Júpiter, además, cree que, en el marco de la libertad, puede pedir la mano de la hija del doctor Celis. Una aberración para el criollo, a quien, irónicamente, el sueño de la independencia y el ideal de los hombres libres parece jugarle en contra tras descubrir la intención del esclavo.

La libertad de Júpiter ya no le parece tan conveniente a Celis. Todo se viene abajo cuando los conspiradores son descubiertos por un enviado de la corona desde Guatemala. Júpiter es torturado, vejado y muere en manos de sus captores. Muere siendo esclavo en las mazmorras del viejo San Salvador. Sin nada de lo que, por un momento, soñó tener. Pero en el drama de Gavidia, Júpiter encarna al pueblo. Siempre al borde del abismo y encandilado con la idea de cambiar su situación. Manipulable en su desesperación. Júpiter es la alegoría del prócer que no fue.