De espaldas a la democracia

En 1819, dos años antes de la independencia de Centroamérica, se fundó en España el museo del Prado. Una de las pinacotecas más importantes del mundo y que, desde sus inicios, giró, en buena parte, entorno a la obra de Diego Velázquez. Hay pocos museos como El Prado en el mundo. Y en el museo de El Prado hay pocos cuadros como Las Hilanderas de Velázquez. Una obra que retrata la versión del artista español sobre la fábula de Aracne, una mortal hilandera que trabajaba tan bien los hilos, y se tuvo tanta confianza, que osó a retar a la diosa Minerva para ver quien elaboraba el tapiz más hermoso.

Desde el hecho de ser comparada con una mortal, Minerva asumió todo como el más grande de los insultos a su condición divina. Pero cuando llegó el momento de evaluar quien había hilado mejor, no hubo mayor diferencia entre lo hecho por Aracne y Minerva. La diosa, muerta de la rabia, hechizó a la joven Aracne convirtiéndola en un insecto. La manera en la que Velázquez pintó la fábula sigue dando de que hablar: en un segundo plano la discusión entre Minerva y Aracne, y colocó, en un primer plano, a un grupo de hilanderas que seguían trabajando, sin parar, a pesar del escándalo.

El duelo entre una diosa y una prodigiosa mortal no les robaba su atención del hilo. Estaban de espaldas y con el afán de cualquier otro día. Como toda pieza de arte, se han dado miles de interpretaciones de la obra de Velázquez y su significado. Una ha sido que el arte es el único terreno donde los humanos –por el instinto creador– pueden competir con los dioses. Hay quienes piensan que Las Hilanderas son un reflejo de algo que se repite a lo largo de la historia de la humanidad, un grupo de personas, ciudadanos, de espaldas ante un hecho o acontecimiento que puede marcar lo que les rodea.

Sin ir más lejos, en El Salvador del año 2020 parece estar ocurriendo algo parecido: somos testigos de un gobierno con deseos de cambiar la Constitución del país. No es buen presagio viniendo de una administración con nula tolerancia a la crítica. Para un sector de la sociedad es preocupante porque puede representar un gran retroceso en la incipiente democracia salvadoreña. Pero en el gobierno de Bukele –con el cálculo político como su brújula desde que inició la gestión– creen que buena parte de la población los apoyará, y, en el peor de los casos, darán la espalda sin importarles si se cambia la Constitución.

Ya se ha escrito que el gobierno entiende la política como un conflicto perpetuo. Y no solo eso, asumen que la mayoría de la población tiene más preocupaciones que las discusiones sobre cualquier reforma constitucional que se plantee. Más ahora, con la crisis de ingresos, que ha provocado la pandemia del COVID-19, en miles de familias de todo el país. Esa es la apuesta del Ejecutivo: que esto sea como una función de teatro donde la gente le de la espalda al escenario. Y de paso, sumar adeptos a su causa con un discurso sobre lo poco que ha servido la actual Constitución y la democracia para la sociedad.

Saben que es el momento, elevando a la palestra cualquier tema que los ponga en ataque ante los otros poderes del Estado, de cara a las elecciones del 2021. De esta manera, seguir atizando el fuego del malestar popular contra los políticos tradicionales de los que dicen distanciarse –y a los que irónicamente se parecen cada día más con cada caso sobre el mal manejo de fondos en el marco de la emergencia–. Se viene el estudio y propuesta de reformas a la Constitución que, según lo publicado en el Diario Oficial, implica el análisis y discusión de las iniciativas de reforma. No se sabe con quienes discutirán cuando se han encargado de granjear conflictos con universidades y otras organizaciones de la sociedad civil. El Ejecutivo tensionará la democracia hasta donde pueda, ahora está por verse si la gente reaccionará o seguirá de espaldas.

Conversaciones difíciles

¿Cuántas conversaciones difíciles has tenido en tu vida? o quizás debería preguntarte ¿cuántas conversaciones reales y honestas, aunque difíciles, te hubiera gustado tener en tu vida?

Solemos -no digo que sea tu caso, pero el mío ciertamente lo fue- evitar, obviar, posponer, esas conversaciones que por su importancia nos generan emociones complejas, temores e incomodidades.

Por ejemplo, el manejo del dinero en la pareja o algo que dice o hace alguien importante y nos duele, pero no nos atrevemos a ponerlo sobre la mesa, pedir disculpas por algo que hicimos mal y que lo sabemos claramente, decirle a alguien importante que lo amamos, pero por orgullo no lo hacemos. El listado me daría para escribir horas y horas o para llenar cientos de páginas.

Existen dos razones principales por las que no nos atrevemos a expresar lo que verdaderamente sentimos.

La primera surge cuando no tenemos claridad de qué es lo que nos molesta o lo que deseamos y por lo tanto no sabemos cómo expresarlo. La segunda aparece cuando las emociones, que nos genera ese tema o esa persona con la que desearíamos conversar y plantearle lo que sentimos, son tan fuertes que preferimos obviarlas por miedo.

Ambas razones están íntimamente relacionadas con una desconexión con nosotras mismas, que genera falta de claridad en nuestra comunicación y una pobre o nula gestión de nuestras emociones.

La comunicación es fundamental en la vida de cualquier persona, así como lo son las emociones. No podemos desarrollarnos ni alcanzar progreso sin esos dos elementos.

La comunicación es como la tierra, el fundamento, en el que sembramos nuestras ideas, ilusiones, proyectos y relaciones. Pero esa tierra necesita limpieza y preparación para recibir la semilla y ofrecer los nutrientes necesarios para que (relación o proyecto) germine.

Las emociones, por otro lado, son esas semillas que con la adecuada atención crecen fuertes, profundas y saludables.

Lo que intento comunicarte es que necesitas atenderte a ti primero, comprenderte, conocer tus impulsos y motivaciones y también tus temores y dolores, para conectar y comunicar claramente con otros.

La comunicación inicia contigo. Adentro.

Y la gestión emocional es una tarea obligatoria para cualquier persona adulta responsable de ella misma y de sus resultados.

Solemos creer que no tenemos control. Y ciertamente no lo tenemos sobre un sin fin de situaciones (la pandemia, lo que los demás piensan, sienten y hacen y un largo etcétera.)

Pero te aseguro que sí tienes control sobre una infinidad de aspectos relacionados contigo. Solo contigo.

– Lo que piensas o en lo que decides enfocar a tu mente.

– Lo que decides creer acerca de una situación o persona.

– Lo que decides sentir.

– Lo que decides hacer.

– Las personas con las que decides relacionarte.

– Las situaciones a las que decides darle tu energía y enfoque.

Si lees nuevamente la lista, es tanto lo que sí puedes controlar y en lo que te puedes enfocar que no te alcanzarían todas las horas de un día para atender eso que está bajo tu control.

Considero que para sostener conversaciones profundas, de esas que transforman y construyen relaciones que valen la pena, es importante comprender que esos intercambios siempre generarán incomodidad y emociones que son complejas de experimentar.

Aceptar esa incomodidad y, a pesar de ella, comunicar, inicia adentro de cada una, asumiendo y gestionando lo que sí está bajo nuestro control; y a partir de ese espacio avanzar, intentar, ajustar y continuar.

Memoria para no olvidar, justicia para no repetir, verdad para sanar

«Si el juez nos pide de la A a la F, nosotros vamos a hacer hasta la Z. No es que necesitemos una orden judicial para hacerlo (…) creemos que la única forma de sanar las heridas del pasado, es que se sepa la verdad». Esta fue la respuesta del presidente Nayib Bukele el 1 de noviembre de 2019, tras la pregunta de un periodista quién le increpó si acataría la orden del juez Jorge Guzmán de abrir los archivos militares.

A casi un año de que el presidente brindara estas palabras a la prensa, las víctimas del conflicto armado aún no conocen la verdad. Las víctimas fallecen sin conocer justicia; y los victimarios, fallecen sin ser juzgados. A casi un año de que el presidente expresara con tanta firmeza su compromiso con la verdad, los archivos militares permanecen ocultos al escrutinio.

No obstante, no todo es responsabilidad de la actual administración. Y, si de repartir culpas se trata, tanto ARENA como el FMLN tienen responsabilidad al mantener todo en la opacidad. En lugar de apoyar a las víctimas y fomentar la memoria histórica, bloquearon la verdad, necesaria para una verdadera justicia. Y, contrario a los Acuerdos de Paz, devolvieron protagonismo a las Fuerzas Armadas. Continuaron idolatrando a militares implicados en crímenes de lesa humanidad.

Tampoco la responsabilidad es enteramente del Órgano Ejecutivo. Por ejemplo, en la Asamblea Legislativa, aprobaron una Ley de Amnistía de facto en febrero de este año, que posteriormente fue vetada. Actualmente, el decreto 575 duerme el sueño de los justos, ya que el veto no ha sido superado; y la Sala de lo Constitucional, debe darle seguimiento a la Sentencia 44-2013.

La falta de justicia, el bloqueo a la verdad, y la supresión de la memoria histórica han abonado al ejercicio autoritario del poder de un presidente que no se somete a los fallos de la Sala de lo Constitucional, que no respeta la separación de poderes, que glorifica a las Fuerzas Armadas y hace uso de ellas de forma desproporcionada. El 8 y 9 de febrero son una prueba fehaciente de que, como sociedad, no debemos olvidar todo lo que sucedió en el conflicto armado. Olvidar, nos lleva a repetir.

La sociedad salvadoreña es una sociedad herida y resquebrajada. Como diría el poeta: «Deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño». Algunas ocurrieron en 1932, otras en 1975, 1980, 1989…. Ninguna de estas heridas han sanado, ya que no se ha esclarecido lo que sucedió, y ningún caso ha llegado a la etapa de sentencia. Pero, en medio de tanta oscuridad, hay luces de esperanza. Tanto el trabajo del juez de instrucción Jorge Guzmán, como el juicio en Madrid del coronel Montano, abren una ventana de oportunidad para una sociedad a la que no dejan sanar, y que viven continuamente lastimando.

Salud mental

¿Qué nivel de dolor debe estar atravesando alguien que decide atentar contra su propia vida? ¿Cuánto dolor se acumulado desde hace cinco meses, cuando el tiempo se detuvo y esta pandemia comenzó a sangrarnos la libertad, la estabilidad, a robarnos padres, abuelos, hermanos, amigos?

La atención en salud mental nunca ha sido un fuerte en El Salvador, ni en lo privado ni en lo público. Estigmas y falacias evitan que incluso quienes tienen la capacidad económica decidan buscar ayuda para sanar sus heridas internas. Nos cuesta mucho entender que buscar atención profesional para poder atender el los padecimientos internos es tan importante como hacerlo cuando padecemos enfermedades físicas.

Somos una población que ha pasado por mucho, demasiado. Venimos de matanzas, guerras, violencia, separaciones, desapariciones y migraciones forzadas, por mencionar algunas de las realidades que nos han formado como sociedad. Miles de personas han padecido pérdidas abruptas, robos traumáticos, intentos de secuestro, y han tratado de continuar con sus vidas como si nada hubiera pasado.

La pandemia del covid-19 y las medidas tomadas para tratar de contenerla han venido a poner un elemento adicional: la dificultad de obtener atención adecuada. Aún quienes lograron sortear los obstáculos necesarios para buscar ayuda psiquiátrica, ahora se encuentran con mayores limitaciones para conseguir una cita, o un medicamento.

Esta semana hemos tenido al menos dos noticias relacionadas con suicidios o intentos del mismo, y en al menos uno de estos casos hubo un antecedente de haber intentado pasar una consulta siquiátrica, que no estuvo disponible, y se programó para el próximo año. Todos los ojos están puestos en la pandemia, sí, pero el resto de enfermedades, del cuerpo o de la psiquis, siguen allí, y no desaparecerán porque no les pongamos atención.

Y esta es quizá la parte más visible del problema. Estamos también quienes vamos arrastrando un luto mal llevado porque perdimos a alguien víctima del covid-19 sin habernos podido despedir adecuadamente, sin haber tenido tiempo de procesar lo que pasó. Están quienes han visto reducida su calidad de vida porque perdieron un empleo, y se encuentran en medio de la desesperada situación de no tener cómo llevar sustento a sus hogares.

Están los que quizá mantienen su puesto de trabajo pero con ingresos reducidos. Otros muchos que han debido dedicarse a cualquier otra cosa para obtener un ingreso. Los que ven sufrir a sus familiares con enfermedades crónicas porque se ha limitado también la atención en una red pública casi sobrepasada por la pandemia.

Todas y cada una de estas situaciones afectan nuestra salud mental, con lo que esto implica. Infartos, hipertensión arterial, problemas de diabetes derivados del estrés que estamos viviendo. Hogares al borde de la desintegración, episodios de violencia intrafamiliar, agresiones entre vecinos. Andamos con la desesperación a flor de piel y mientras buscamos mantener nuestra salud física a punta de mascarillas, agua, jabón y alcohol gel, por dentro nos vamos deteriorando.

Una vez superada esta crisis sanitaria tendremos muchas heridas que atender, muchas lesiones que sanar y buscar cicatrizar. La mejora en la atención de la salud mental será un reto como nación, no solo desde el lado de la oferta, sino también desde la toma de conciencia de que, como sociedad, debemos decidir que queremos sanar.

Viajes y saudade

Para muchos, la vida siempre será un viaje. Es recorrer un camino hasta encontrar el mejor lugar posible o a una persona añorada. Un viaje que te puede salvar la vida o es el último recurso. Un viaje para llevar una encomienda. Muchas de las cosas en la vida comienzan así. Y nunca se le dio tanto valor y se extrañó como ahora, en medio de una pandemia global que limita esa libertad.

Ante la imposibilidad de salir de casa, muchos se han sumergido en la nostalgia. Buscando fotos viejas y recuerdos de antiguos viajes. La nostalgia ha sido un pilar de la cuarentena. La saudade, como le llaman los portugueses, a ese sentimiento difícil de definir, que es próximo a la melancolía y es estimulado por la distancia, temporal o espacial, a algo que se ama y que implica el deseo de resolver ese camino.

Dicen que un largo viaje inicia con el primer paso, para los portugueses navegar por el mundo, hace 500 años, significó el nacimiento y profundización de su saudade. Tantos años más tarde, en un contexto radicalmente opuesto, una pandemia como la del Covid-19 nos ha obligado a quedarnos en casa y comenzar a padecerla. Añorando lo de afuera y los caminos para llegar a ello.

Después de tantos días de cuarentena, para muchos solo se va profundizando. En el último siglo, se dio un esfuerzo monumental por conectar el mundo. Se construyeron carreteras y aeropuertos. Viajar se volvió un gran negocio. Y, muchas veces, ante tanta trivialidad, se pierde el afán que hubo entre los viajeros antiguos.

Hay viajes que son un descubrimiento. Como los primeros documentados en el actual territorio nacional, entre ellos el de Diego García de Palacio, quien entre 1573 y 1579 recorrió las provincias de Guatemala e hizo una minuciosa descripción de los pipiles que habitaban El Salvador en el momento de la conquista y su flora y fauna; e incluso compara los venados silvestres que encuentra en los bosques de Ataco con los de la vieja Goa, el dominio portugués en la India.

Describe emocionado a los osos hormigueros, las dantas blancas y una infinidad de árboles y hierbas. Se asusta cuando encuentra aguas termales en otra latitud de Ahuachapán. Apuntes de una tierra que ha cambiado mucho y que al leerlos es como viajar al pasado. Ya lo dejó escrito José Saramago, el pasado es como «un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si fuera una autopista, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas».

Igual con la literatura criolla que retoma viajeros y forajidos siempre en el camino, como el Siete Pañuelos de Roberto Armijo, un justiciero que vivía cabalgando entre las montañas de Chalatenango y Honduras. Huyendo del jefe expedicionario de turno que lo andaba cazando como su presa. Era un viajero perpetuo. Llevaba en bandolera sus armas y la melancolía propia de los vaqueros. Nunca estaba quieto ni tenía un lugar de residencia.

En los viajes también soñamos con llegar más lejos. Como el escritor salvadoreño Waldo Chávez Velasco, que en su cuento «La Placa» coloca a su personaje principal, Rocney, en un viaje interestelar directo al planeta Marte. Es un periodista en busca de una historia en las burbujas gigantes ideadas para albergar a las colonias humanas en ese planeta rojo. Un viaje que, en realidad, es una oportunidad para enmendar su rumbo errático en la tierra. Un viaje como el último reducto posible para madurar.

¿Te das permiso de sentir?

Hace más de diez años me encontraba en uno de mis múltiples procesos de transformación. Había construido mi identidad alrededor de la profesión que ejercía y eso limitaba mis posibilidades para crear e innovar en mi vida personal.

Empecé a contemplar la idea de emprender, llevaba en el mundo corporativo por lo menos 15 años. El primer paso fue buscar en Google un modelo de plan de negocios y utilizar la herramienta de autoconocimiento que me ha acompañado buena parte de mi vida: escribir a mano.

Recuerdo haber llegado a un punto en el que estaba lista, pero el miedo era una emoción permanente y paralizante que había aprendido a esconder porque mostrarlo, en ciertos ámbitos, era percibido como un signo de debilidad. Pero la sabia en mí, esa voz suave que siempre ofrece la indicación correcta me dijo que debía acercarme al miedo y conversar con él.

El miedo se comunicó claramente. Me urgió a preparar un fondo de emergencia para los primeros meses de operación, pagar la mayor parte de las deudas contraídas y buscar opiniones de potenciales clientes para validar mi idea.

Una vez lo escuché perdió fuerza y la parálisis desapareció.

Huimos de las emociones incómodas y nos asusta la fuerza que traen consigo. Porque, ¿quién no ha experimentado la energía de la rabia que moviliza todo a su paso o la sensación de congelamiento cuando la tristeza se estaciona en nuestra vida?

Marc Brackett, director del Instituto de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, señala en su libro «Permiso para sentir» que hace 40 años la mayoría de los psicólogos veían a las emociones como si fueran «ruido extraño, estática inútil».

Fue hasta1990, hace apenas 30 años, que el término Inteligencia Emocional fue introducido por Peter Salovey, profesor de psicología y actual presidente de la Universidad de Yale, y Jack Mayer, profesor de psicología de la Universidad de New Hampshire; y tan solo 25 años atrás que Daniel Goleman publicó su libro «Inteligencia Emocional» y popularizó el concepto.

Brackett y los estudios realizados por el Instituto que dirige señalan que «las emociones y los estados emocionales juegan un rol esencial en los procesos de pensamiento, juicio y comportamiento».

Además, el autor indica que nuestras emociones impactan en cinco áreas, principalmente: en la determinación de hacia dónde dirigimos nuestra atención «qué recordamos y qué aprendemos»; en la toma de decisiones; en nuestras relaciones sociales; en nuestra salud; y finalmente en «la creatividad, la efectividad y el desempeño»

Hemos sido educados para creer que las emociones son un estorbo o que una persona «muy emocional» no es confiable y además es poco productiva. Muchos todavía creen que las emociones «son cosa de mujeres». He escuchado a hombres expresar que «las mujeres están diseñadas para ser el sostén emocional y los hombres el sostén económico», afirmación que les evita asumir la responsabilidad de su vida emocional y la conexión con sus principales relaciones.

Ahora es reconocido entre científicos de las neurociencias, psicólogos e investigadores de las inteligencias humanas, que las emociones y el buen juicio o cognición trabajan de la mano para generar procesos sofisticados de creación de información y toma de decisiones efectivas.

La crisis de deshumanización o esa incapacidad de experimentar empatía proviene precisamente de evadir las emociones y las sensaciones asociadas a ellas. Al hacerlo nos disociamos de la realidad y de la vida, dificultando la posibilidad de conectar con otros. Y al no hacerlo nuestra comunicación es inefectiva y por lo tanto también lo es nuestro liderazgo.

Bracket es enfático al concluir que las emociones «poseen un propósito extremadamente práctico: aseguran nuestra sobrevivencia. Nos hacen más inteligentes. Si no las necesitáramos ellas no existirían».

¿Los hombres tenemos privilegios?

Empecemos por algo básico: Todos los hombres, solo por el hecho de serlo, tenemos privilegios. La visión androcéntrica bajo la cual se ha constituido esta sociedad, nos ha posicionado en una escala jerárquica más elevada que a las mujeres. Y los valores machistas bajo los que nos han educado han normalizado esta situación.

Hablando desde mi experiencia, a mí nunca se me han increpado por la forma en cómo me visto, tampoco he recibido acoso callejero, mucho menos mi integridad física o psicológica ha sido violentada por una mujer. Si me enojo, o ando de malhumor, nadie me dirá que es por culpa de la menstruación. Si consigo un empleo, o un ascenso, nadie pensará que ha sido porque me encamé con mi jefe.

Un hombre heterosexual jamás recibirá discriminación o ataques de odio por su heterosexualidad. La vida de un hombre heterosexual jamás estará en peligro por amar a una mujer. La vida de un hombre heterosexual no correrá peligro simplemente por ser quien es. ¿Por qué? Porque hay un sistema heteronormativo y patriarcal que ha impuesto relaciones heterosexuales y excluye a la población LGBTIQ+. Debido a esto, se reproducen patrones y conductas de discriminación y odio que pueden ir desde la negación de su identidad, hasta poner en peligro su integridad física. Y, así, hay una larga lista de privilegios que los hombres tenemos y que muchas veces ignoramos tener.

De por sí, las mujeres, solo por el hecho de serlo, tienen obstáculos en diferentes ámbitos, como el laboral, político, familiar. No obstante, existen otros factores de discriminación que aumentan su vulnerabilidad. Nos quedaríamos cortos si pretendiéramos analizar las desigualdades y abordar sus soluciones tomando en cuenta solo una arista. En un país tan desigual como El Salvador, existen estructuras de dominación que generan desigualdad de género, etnia, clase social, religión, edad, entre otros. Entender y analizar estos problemas de desigualdad, conlleva el realizar un análisis desde la interseccionalidad.

Es decir, entender las desventajas que tiene una persona o una población específica no se puede hacer de forma aislada (especialmente, cuando son desigualdades sistémicas). Diferentes estructuras de poder se interrelacionan y generan exclusión: el patriarcado, androcentrismo, colonialismo, xenofobia, racismo, el capitalismo, entre otros. Así, por ejemplo, las ventajas sociales que pueda tener un hombre, blanco, heterosexual, y clase alta, no serán las mismas que pueda tener una mujer trans, indígena, lesbiana, y clase baja.

Admitir y reconocer estos privilegios puede que no sea un proceso fácil, sobre todo, cuando nos beneficiamos de ellos. De hecho, está tan normalizado que cuando se nos increpa, automáticamente nos defendemos y buscamos de alguna forma victimizarnos. El privilegio «per sé» no es malo, el problema está en mantenernos dentro de esa burbuja de ecpatía y pasividad. El problema está en no querer hacer nada con nuestros privilegios. No basta con ser solidario, también implica empatía y acciones acordes a la forma en cómo pensamos.

Organicémonos

En El Salvador hay una infinidad de necesidades. A veces, cómodos dentro de nuestras respectivas realidades ?que pueden llegar a constituir verdaderas burbujas de privilegio?, nos cuesta estar conscientes de la magnitud de la pobreza y carencias en las que sobrevive una gran cantidad de gente en nuestro país.

Estas carencias van desde la ausencia total de lo que podemos considerar servicios básicos, como electricidad, agua potable y un sistema de aguas negras adecuado, hasta desnutriciones crónicas que minan calidad de vida de familias enteras, de generación en generación.

Sin embargo, también existe una gran cantidad de presonas, entidades, organizaciones, fundaciones, que no solo son conscientes de todo esto, sino que se dedican a tratar de ayudar a mejorar la situación. ¿Cuántos de nosotros no conocemos a un grupo de personas que dedican su tiempo, recursos y esfuerzos a ayudar al prójimo de alguna manera?

En el espectro de la solidaridad encontramos desde las organizaciones más básicas que cuentan cada centavo para poder seguir trabajando, hasta aquellas que tienen años de operar y logran canalizar importantes cantidades de recursos hacia diferentes tipos de programas.

Nutrición, educación, salud, agua, derechos de la infancia, de la mujer, usted nombre el área de acción, y encontrará mucha gente trabajando para tratar de mejorar la realidad, con resultados más o menos visibles, pero con impactos innegables.

En medio de la crisis por la covid-19, toda la vulnerabilidad de nuestra población con menores oportunidades e ingresos se vio potenciada. Esta situación sin precedentes hizo que un grupo de estas organizaciones decidiera que era momento de hacer las cosas de forma distinta, y crearon una plataforma que se llama +UNIDOS SOMOS+.

De esta iniciativa me llaman la atención varias cosas. La primera, es la pluralidad de sus integrantes. La red va desde grandes fundaciones, cooperación internacional y el mismo sistema de Naciones Unidas, hasta pequeñas organizaciones que tienen su área de acción bien delimitada en zonas aisladas, de difícil acceso, y donde la necesidad es aún mayor. Han integrado a ADESCOS, ONG, grupos de iglesias, todo el que quiera ayudar, y así suman ya 140 integrantes, número que crece semana a semana.

Lo segundo, y que creo que marcará una diferencia importante en el impacto de esta red, es que han decidido sistematizarse, organizarse. La plataforma incluye un mapa de las necesidades que hay en el territorio, de los niveles de pobreza multidimensional y de lo que más se requiere en cada lugar. El mapa también integra las capacidad, áreas de especialización y de influencia de las decenas de organizaciones que se han sumado a la iniciativa. La idea es hacer ese calce entre necesidades y ayuda, para no duplicar esfuerzos y lograr abarcar la mayor cantidad de población posible.

¿Cómo se organizan? Un ejemplo fue la entrega de alimentos y otros productos de primera necesidad, que están realizando desde ya, y con las que esperan llegar a 80,000 familias. Esto involucra a unas 20 organizaciones, la mayoría, ADESCOS. Si bien el donante principal es la Fundación Gloria de Kriete, la cobertura territorial que se pretende solo puede realizarse gracias a las organizaciones más pequeñas.

Muchas cosas serían diferentes si lográramos organizarnos mejor. Esta crisis se profundiza en la medida que no alcanzamos acuerdos mínimos para avanzar, sino más bien nos concentramos en nuestras diferencias, o en anular al otro, al que no piensa como yo, al que me cae mal, al que ha sido mi enemigo desde siempre.

El covid-19 nos está costando vidas y empleos, está profundizando la pobreza y nos ha hecho retroceder décadas en cuanto a desarrollo humano, pero pasará. Sí, la crisis pasará y debemos empezar ya a pensar en cómo vamos a levantarnos, a sentar las bases de nuestra recuperación y para ello, qué mejor que comenzar a organizarnos. Lo de +UNIDOS SOMOS+ es un ejemplo que ojalá se retome en otros ámbitos.

El camino de Masferrer

Alberto Masferrer siempre será viejo. Esa es la imagen de él que ha llegado hasta nuestros días. Su estampa de un hombre de bigote frondoso, mirada triste y mayor de cincuenta años de edad. Esa imagen que está pintada en las fachadas de los centros escolares que llevan su nombre y aparece en algunas contraportadas de sus obras. Se reproduce su pinta de escritor sosegado y docente pulcro. Pareciera que Masferrer siempre fue viejo y hay pocas fotos divulgadas de sus años de intempestiva juventud.

Antes de ser Masferrer simplemente fue Alberto. Un niño que a sus trece años desafiaba a sus maestros y ya reportaba fugas de los internados de la ciudad de San Salvador donde su papá lo había inscrito. Primero del colegio de la educadora francesa Agustina Charvin y luego del colegio del maestro cubano Hildebrando Martí, como se retoma en un minucioso ensayo escrito sobre la vida del escritor por la brillante Matilde Elena López, y que recopila detalles sobre la accidentada infancia de Masferrer.

Opuesto a la rígida disciplina educativa, incluso se hirió en una de sus fugas. «Salté un tapial cuyos bordes se hallaban cubiertos de polvo y telarañas…y me destrocé la mano. Debajo de las telarañas había desgarrados y enconados vidrios, trozos de botella…fueron a un tiempo nueve heridas, de las cuales hubo que extraer puntas de vidrio, entre la sangre que salía impetuosa», escribió Masferrer, años después, sobre el episodio de aquellos años en los que no se adaptaba al modelo educativo de la época.

Desesperado, su papá lo mandó a otro internado en Guatemala, al que ya asistían dos de sus hermanos mayores del lado paterno. Pero ocurrió lo mismo y el joven Vicente Alberto terminó sin graduarse de bachillerato. ¿Cómo ocurrió que uno de los hombres que se convertiría en un escritor de referencia del país no pudo terminar su educación media? No era un problema de capacidad, sino que no encajaba en el sistema. Y tras su triste paso por las aulas, Masferrer hizo realidad el plan que pensó por años: simplemente huir.

Pasó tres años en el camino, recorriendo diversos lugares de Honduras y Nicaragua. Para sobrevivir, hizo los oficios de buhonero, escribiente e, irónicamente, se inició en la docencia. Tanto en escuelas como en un presidio en la isla de Ometepe, en el lago de Nicaragua. En esos años, Masferrer aprendió a su manera y leyó mucho. «Pocas veces he visto un lector tan tremendo como Alberto», escribiría, años después, Arturo Ambrogi sobre él. Pero más que estar encerrado en un internado, el joven Masferrer aprendió del mundo.

Encontró su propio camino al aprendizaje y avanzó como autodidacta. Después de su viaje por la región, regresó a El Salvador convertido en docente y ensayista de la cruel realidad centroamericana. «Busca ayuda aquí y allá, pero para el padre no es más que un muchacho soñador, que prefirió vagar en vez de estudiar», escribió Matilde Elena López sobre su retorno al país. A Masferrer le tocó forjar su carrera a contracorriente, pero su juventud es un eco que resuena hasta nuestros días: en la vida hay otras formas de aprender.

Quizás nunca se había pensado tanto en la manera de enseñar/aprender como ahora, en medio de una pandemia como la del COVID-19. Una coyuntura que ha representando retos para maestros, alumnos, madres y padres. Desterrados de los centros escolares, ha habido una introspección sobre cómo enseñar y con qué herramientas hacerlo. Además de las siempre polémicas maneras de calificar. En medio de esta vorágine, el próximo 24 de julio de 2020 se cumplen 152 años del nacimiento de Alberto Masferrer, que más que una aburrida efeméride se piense un poco en los urgentes nuevos tipos de enseñanza.

Sumas y restas

El encierro comenzó en marzo. Llevamos casi cuatro meses de estira y encoge sin precedentes para cualquiera de nosotros: desde las luchas intestinas de la política local, pasando por la desinformación, la confusión y el miedo como herramientas de manipulación de la ciudadanía, hasta la falta de atención para quienes cuidan de nuestra salud y de nuestra seguridad. Una espiral a la que se han agregado además las pérdidas más dolorosas, las de nuestros familiares, amigos y conocidos.

A muchos salvadoreños nos tocó sumarnos a miles y miles que ya vivían en condiciones de precariedad, enrollarnos las mangas y simple y sencillamente sobrevivir un día a la vez.

Cualquier sensación o idea de control se fue por un tubo o se la llevó la corriente de la tormenta Amanda, que vino a recordarnos lo vulnerable que somos como país y como sociedad a causa de la corrupción instalada por quienes, en algún momento del pasado y del presente, han llegado a dirigir los destinos políticos y económicos del país.

No voy a escribir sobre ningún político. Desde hace muchísimos años perdí la fe en esas falsas figuras todopoderosas, porque al convertirme en adulta entendí que de esos espacios no surgirán las soluciones, porque a la gestión política muchos llegan a aprovecharse de nuestros impuestos, a beneficiar amigos y familiares o cuidar a patrocinadores. No tengo ni una tan sola palabra positiva acerca de los políticos salvadoreños. Y pensar en ellos me genera agruras. Así es que intencionalmente los evitaré.

De lo que sí quiero escribir es acerca de que no podemos obviar la realidad que nos rodea y mucho menos evadir el dolor de las pérdidas, porque son demasiadas y muy importantes. Familiares, amigos, conocidos, proyectos, trabajos, mucho se ha perdido y no podremos recuperarlo jamás. Y por ello no podemos huir ni ignorar la frustración y la pena que vienen con las pérdidas; más bien nos toca honrar la vida, la energía y los sueños de todo lo que se fue.

Porque descubrimos la sabiduría y las lecciones que surgen del caos y que suelen revelarse cuando nos detenemos, observamos y escuchamos la manifestación de la vida en un constante fluir de sumas y restas.

En diferente medida nos ha tocado soltar sin opción. En ese dejar ir hay mucho pesar por las pérdidas humanas, y también por situaciones y relaciones que no daban para más, que operaban en obsolescencia, que nos robaban energía y que, a pesar de que aún no lo entendemos completamente, han tocado punto final.

Dejar ir las agendas llenas, una relación o varias, ciertos proyectos o ideas que permanecían estancados ocupando espacios que ahora están libres para permitir el ingreso de aire fresco y nuevos impulsos, suma.

También al abrazar el dolor hemos reconocido que estamos llenos de emociones que no teníamos idea que éramos capaces de experimentar. Ellas nos muestran fibras humanas inexploradas, que nos impulsan a manifestar lo mejor que poseemos, la unidad y la ayuda desinteresada, acompañar en silencio. Estar presente para los demás.

Todavía es pronto para sacar conclusiones. Aún no sabemos en dónde terminará y dónde terminaremos. Aún es tiempo de duelo y también momento para cultivar la esperanza y para reconocer que cada día es una nueva oportunidad para continuar, para crear, para acompañar, para conversar, para cambiar.