Una agenda legislativa a favor de los derechos humanos

Estamos a escasos cinco meses de las próximas elecciones legislativas, y los diferentes partidos políticos y sus candidatos deberán presentar sus propuestas muy pronto. Dentro de la oposición, abundan los candidatos y las candidatas cuya única carta de presentación es ser eso: «oposición». Genera preocupación que, dentro de este grupo heterogéneo, hay voces que ven la protección a los derechos humanos en un segundo plano. Pareciera que lo único que les califica para obtener una diputación es evitar una «dictadura», o el control total de la Asamblea Legislativa por parte del oficialismo. Demostrando así, una visión muy cortoplacista y sin objetivos.

Pese a que es muy temprano para exigir propuestas, sí es un buen momento para demandar a los partidos políticos que no pierdan el enfoque. Esta legislatura (al igual que sus antecesoras), ha prolongado el debate para proteger derechos humanos fundamentales. Aunque la actual legislatura finaliza en mayo de 2021, la coyuntura electoral podría frenar cualquier discusión.

Entre los temas pendientes de legislar, figura la protección de derechos de los pueblos indígenas, que aseguraría sus derechos económicos, sociales y políticos. Igualmente, se ha prorrogado la aprobación de una Ley de Identidad de Género para personas Transgénero y Transexuales. Esta falta de reconocimiento incide en la exclusión del sistema escolar, acceso a salud, e inclusive, en generar impunidad en crímenes de odio basados en la orientación sexual e identidad de género.

Asimismo, la protección de las personas defensoras de derechos humanos y de periodistas, permanecen siendo temas pendientes en materia legislativa. Esto preocupa aún más en un contexto en el que los ataques desde el oficialismo a activistas de derechos humanos y periodistas están incrementando. Por otro lado, no retomar la discusión sobre la Ley de Justicia Transicional, Reparación y Reconciliación Nacional, mantiene en la impunidad muchas violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el conflicto armado, permitiendo la falta de acceso a justicia y verdad.

De igual forma, los derechos de la población salvadoreña más empobrecida permanecen siendo violentados ante la falta de legislación que regule el acceso a agua potable y alimentación de calidad. Parte de este problema, es que el agua y la alimentación no son vistos como un derecho, sino como un negocio. Por último, permanece pendiente la reforma del artículo 133 del Código Penal que salvaguardaría el derecho a la salud reproductiva y la vida de las niñas, adolescentes y mujeres salvadoreñas.

La falta de visión en muchos candidatos de la «oposición» se traduce en propuestas populistas, irrealizables, y sin una ideología clara; mientras la población salvadoreña más desprotegida, continúa sufriendo diferentes estigmas. Ante la eventual incapacidad de la actual Asamblea Legislativa por retomar estos temas, los candidatos deberán demostrar su compromiso con la aprobación de esta legislación.

Es importante mantener el sistema de pesos y contrapesos, y el rol fiscalizador de la Asamblea Legislativa, pero esto no es excluyente de protección de derechos humanos, que es uno de los elementos de un Estado Democrático de Derecho. No podemos vivir en democracia si no aseguramos los derechos de gran parte de la población salvadoreña que ha vivido excluida y violentada. La oposición debe tener una postura clara y fuerte en cuanto a asegurar los derechos de la población salvadoreña. Creer que los derechos humanos no son prioritarios, también atenta contra nuestro mismo sistema democrático.

Nuevas formas de hacer las cosas

En pleno siglo XXI uno podría pensar que la transformación digital ya no es una necesidad, que es algo inherente al quehacer humano pues lo que antes denominábamos «nuevas tecnologías» son ahora parte del día a día.

Sin embargo, esta es una visión bastante alejada de la realidad, sobre todo en países como El Salvador, donde un 80 % de los hogares no cuenta con una computadora, una cantidad similar no tiene servicio de internet, y donde la pobreza —que muerde los talones de cerca de la mitad de la población— es en sí misma un obstáculo para el acceso a la educación y al desarrollo.

En este contexto, la pandemia del covid-19 se volvió un catalizador para que cientos de miles de personas dieran el paso: encerrados en los hogares, muchos trabajadores debieron adaptarse al teletrabajo, y mientras que para niños y jóvenes la continuidad educativa significó buscar la manera de conectarse a clases en línea.

Es también cierto que las tecnologías son herramientas que pueden ayudar a cerrar esas brechas de pobreza y falta de recursos y oportunidades que, en principio, limitan la transformación digital de las personas, de los hogares, de las sociedades, la cuestión es facilitar el acceso a estas a quienes por sus propios medios no podrían tenerlas.

Un caso ejemplar del que no se habla mucho es la plataforma Capacítate para el empleo, disponible en línea desde junio del año pasado, y que contiene cerca de 300 cursos en diferentes áreas del saber, desde estilismo hasta programación. No hay requisitos para inscribirse, los cursos son gratuitos, y se puede tener acceso a plataforma desde cualquier dispositivo con acceso a internet.
Los cursos son gratuitos. Adicionalmente, quienes completan el proceso pueden certificarse a través del Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP), también de forma gratuita, e incluir estas credenciales en sus hojas de vida.

En poco más de un año, más de 80,000 personas han aprovechado esta plataforma, pero podrían ser muchas más. Se trata de un recurso gratuito, accesible y que se adapta a las necesidades de cada quien. Al entrar a la página capacitateparaelempleo.org, se encuentra con que los cursos están agrupados según la visión que uno tenga: autoempleo, crear una empresa, acceder a un empleo en determinada área, ampliar un negocio, e incluso hay formación para empleados públicos.

La pandemia del covid-19 ha significado un boom en los sitios que ofrecen formación en línea, y en países como China la denominada nueva normalidad implica ahora una fusión entre las clases presenciales y las que se toman a distancia.

En El Salvador, la Fundación Gloria de Kriete, que desarrolla el programa Capacítate para el empleo, reporta que los jóvenes son los principales usuarios de la plataforma, pero también hay una mezcla importante de otros grupos de edad. Aunque poco menos de la mitad de quienes se han certificado son mujeres, sí reportan una buena presencia de ellas en carreras técnicas.

La formación en línea es un campo al que cada país ha incursionado a su propio ritmo. En lo que respecta a El Salvador, es innegable la presión que significó la pandemia y las medidas de contención aplicadas para tratar de reducir los contagios. Solo en Capacítate para el empleo aumentaron los usuarios un 86 %.

Los recursos en línea y las acciones para aumentar el acceso a estos, sin importar el nivel socioeconómico de la población, son un elemento fundamental para impulsar el desarrollo. La educación en su acepción tradicional se va quedando corta ante los nuevos retos y necesidades que se han enfrentado en contextos como el de la actual pandemia, y la transformación digital es una de las respuestas que han que fortalecer.

Salvar el lago de Ilopango

Crecí escuchando un cuento sobre el lago de Ilopango. Me lo contaba mi tía abuela, a quien, a su vez, se lo habían contado siendo una niña. Era un cuento simple: hace muchísimos años, unos chinos habían llegado al pueblo de Ilopango y conocieron su lago. Recorrieron sus playas y navegaron sus aguas. Los chinos trabajaban en el pueblo, pero casi todas las tardes bajaban por una calle sinuosa para descansar en sus orillas. Desde el primer momento, se quedaron tan embelesados con él y su belleza que, inteligentes como eran, idearon un plan para robárselo. Lo iban a encapsular para llevarlo a su país. Pero el día que iban a proceder –ya tenían todo preparado– la gente de Ilopango se dio cuenta y los echaron del pueblo. De ese modo habían salvado al lago y lo teníamos que apreciar.

Años después, hablando por casualidad con jóvenes del pueblo me dijeron que sus abuelos les habían contado el mismo cuento. La historia tenía sus variaciones –no eran chinos, sino que japoneses– pero siempre guardaba la misma esencia, la gente salvando el tesoro «lagueño«. Desde pequeño asumí el grandísimo valor que esos abuelos de Ilopango daban a su lago. Algunos se ofendían si alguien hablaba mal de él. Era una especie de lugar sagrado, porque en sus recuerdos, de hace más de 70 años, era ese lugar prístino y bello donde pasaban buena parte de la semana santa, bajo una ramada, escudriñaban el cielo durante los atardeceres o simplemente donde se relajaban pescando.

No sé en que etapa ese profundo vínculo se perdió. Asumo que pudo ser con el desarrollo industrial. La zona franca, las fábricas y la creciente ciudad fueron desdibujando al viejo pueblo y también sus costumbres. Pero no solo eso, sino que también trastocó al lago. Ahora su hermosura contrasta con su contaminación. Cada temporada lluviosa es igual, los ríos que alimentan al lago crecen y su corriente arrastra toneladas de basura, desde los más variados plásticos hasta jeringas hospitalarias. La mayoría son desechos domésticos que la gente tira en las quebradas y el agua lluvia lleva hasta el lago. Mientras que, en la temporada seca, el río Chagüite se tiñe de distintos colores por los desechos de fábricas.

Y no ha habido quien salve al lago de esto. Los años nos han enseñado que nadie ha tenido que venir de un país lejano a robarlo, sino que se destruye desde aquí, por sus mismos vecinos. Pasan los Gobiernos, los distintos discursos, los ministros de Ambiente, y todo sigue igual. Ante la indolencia de las autoridades, son pocos los que han salido a defenderlo, como la Fundación Amigos del Lago (Pro Lago de Ilopango) que organiza campañas de limpieza en sus playas y desarrolla otros proyectos para los habitantes de su cuenca. El resto le ha dado la espalda al lago.

Hace poco, leyendo un texto del francés Fernand Montessus de Ballore (1851-1923), que en su paso por El Salvador escribió de efemérides sísmicas y volcánicas, me encontré que, durante la última erupción de la caldera de Ilopango en 1880, los lugareños atribuyeron el fenómeno natural a una sirena que, según las leyendas, habitaba en el fondo del lago, y que se había enojado por la introducción de un pequeño barco de vapor que operaba desde Apulo por iniciativa del presidente Rafael Zaldívar.

Cuando ocurrió la erupción, los lugareños también dijeron que el Gobierno había vendido el lago para sacar una pilastra de oro que era guardada por el ser mitológico. La leyenda versaba sobre el castigo por generar un desequilibrio en lo natural y, sobre todo, anteponer otros intereses. Era una época en la que el «desarrollo» estaba cambiando paisajes más rápido que en cualquier otro momento. Entonces aparecían esas leyendas, como si fueran mecanismo de defensa, para tratar de salvaguardar esos lugares. Para que la gente entrara en razón y supiera que era el momento de salvar al lago.

La herida y la esperanza del 2020

2020 no ha dejado piedra sin remover. Este tiempo, transformador y cuestionador, me ha dejado el regalo de participar en diversos círculos de mujeres en los que hemos conectado con las historias personales y las de quienes nos antecedieron.

El común denominador en las memorias de esas mujeres han sido hombres ausentes y en muchas ocasiones presentes, pero violentos y abusadores. Madres, múltiples hijos, hombres alcohólicos y frases como: «Me violó mi papá», «abusó de mí mi tío», «lo hizo mi abuelo», «mi hija también fue víctima», han sido la antesala para reconocer el dolor y romper el silencio que abre una puerta hacia la herida y la medicina que la acompaña.

Son mujeres que decidieron reconocer, valientemente, sus historias personales, familiares y colectivas para atravesar su herida, quemar el victimismo y dar paso a un poder real que nace dentro de ellas. Viven con autenticidad y consciencia.

«El amor es sólido» declara una. «Es lo que sostiene al mundo» enfatiza cuando discutimos cómo sanar, perdonar y continuar. Porque se requiere mucho amor para hurgar dentro y en el pasado.

El mundo evoluciona y nos impulsa. Y, de tiempo en tiempo, volvemos, consciente o inconscientemente, a la herida interna que sana lentamente.

Si somos conscientes observamos y sentimos la herida y, aunque duela física, emocional y espiritualmente, la sanidad llega con mayor fuerza en cada intento. Si no lo somos, observamos la vida a través de los ojos de la víctima que sufre sin entender que existen puertas que otras mujeres atravesaron y abrieron para ella.

Lo que escribo no es simple retórica.

La ciencia de la Epigenética ha demostrado cómo nuestras historias y las de nuestros ancestros son trasladas de generación en generación a través del ADN. Ese código heredado no solo determina el color de nuestros ojos y cabello, sino que también nos traduce las posibilidades y los traumas de quienes vivieron antes; así como nosotros lo haremos con quienes llegarán después.

Cuando deseamos realizar cambios y obtener resultados diferentes, es necesario enfocarnos y trabajar en dos ámbitos. El externo y el interno.

En lo externo, necesitamos establecer con claridad un objetivo y concretar un plan de acción para llegar a ese lugar deseado.

Pero el trabajo más relevante y desafiante se produce cuando intentamos ordenar nuestro mundo interior.

Ese proceso se complejiza porque no acostumbramos a observarnos con detenimiento y porque es más cómodo creer que son solo las circunstancias externas las que nos definen, colocándonos automáticamente en estado de víctima.

Y ese estado evita que asumamos la responsabilidad que nos corresponde, como adultos, para modificar una situación que no es placentera, adecuada o correcta.

Sin duda que las circunstancias externas inciden en las posibilidades de un individuo, sobre todo en un mundo en donde aún se clasifica a las personas a través de los lentes de clase, raza, género, religión y posición social, y donde la balanza tiene claras inclinaciones que favorecen a los privilegiados versus quienes nacen en la periferia del sistema que hoy por hoy rige al mundo.

Reconocer nuestras historias pasadas para inspirarnos con el sacrificio y el liderazgo, también implica confrontar las partes menos luminosas de quienes nos precedieron. Porque ocultar las historias personales y familiares por mantener una «imagen» de los ancestros, especialmente los hombres de la familia, «héroes y proveedores», nos atasca en el presente y bloquea nuestro desarrollo futuro.

Para sanar, considero que no hay otro camino que ir hacia adentro en un proceso individual que inevitablemente impacta al colectivo.

Es a través de la consciencia plena de esas historias que logramos asumir la responsabilidad de nuestra vida y nuestra sanidad mental, emocional y espiritual. Y cuando lo hacemos nos regalamos una medicina para el presente e impactamos en la construcción del futuro.

Incoherencias de la A hasta la Z

Estamos a unos meses que se cumplan 40 años de una de las peores masacres ocurridas en Latinoamérica. Durante la Operación Rescate, soldados del Batallón Atlacatl masacraron a 1,725 personas del cantón El Mozote y lugares aledaños. La mayoría de las víctimas fueron niños y niñas. Casi 40 años después de ese fatídico diciembre de 1981, el Estado salvadoreño no ha tenido un verdadero compromiso contra la impunidad.

De las administraciones de ARENA nunca se esperó mucho. Su rol de encubrimiento y protección a criminales de guerra estuvo siempre claro. El FMLN, que se proyectó como un cambio, se jactó de pedir perdón y reconocer la responsabilidad del Estado en la masacre. Pero, más allá de derramar lágrimas en El Mozote, continuó la negativa de revelar los archivos militares. Si bien es cierto este compromiso lo tuvieron que asumir las administraciones pasadas, ahora esta responsabilidad recae sobre el gobierno de turno. Y, en este caso, la administración de GANA ha sido, cuanto menos, incoherente y ha manejado un doble discurso.

En sus primeros días, el presidente ordenó eliminar el nombre del coronel Domingo Monterrosa del Cuartel de la Tercera Brigada de Infantería. Pero, al mismo tiempo, eliminaron la Secretaría Técnica y la Secretaría de Inclusión Social, encargadas de coordinar las medidas de reparación hacia las víctimas. Para evitar críticas a esa medida, el presidente sostuvo una reunión con las víctimas de la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Sin embargo, el presidente nombró viceministro de Defensa al apoderado legal de acusados en la masacre de El Mozote. Posteriormente, el presidente expresó su compromiso con la verdad, al prometer abrir los archivos militares «de la A hasta la Z».

Cuando llegó el momento de la verdad, el Gobierno ya no se adhirió a sus compromisos. En marzo, el Estado Mayor negó el ingreso de las comisionadas del Instituto de Acceso a la Información Pública, quienes llegaron a realizar una diligencia administrativa para conocer archivos militares relacionados con la masacre estudiantil del 30 de julio de 1975. Y más recientemente, desobedeciendo una orden judicial, se bloqueó la inspección de archivos militares que podrían esclarecer la masacre de El Mozote.

Este último hecho es el que preocupa, ya que la negativa del Gobierno no solo viola la independencia judicial, también podría incurrir en posibles delitos penales. Es preocupante también el rol que la Fuerza Armada está teniendo, la cual no se apega a su mandato constitucional o a un poder civil. Existía un mito según el cual esta era la institución que más había cumplido los Acuerdos de Paz, pero esta administración, no solo le ha brindado mayor protagonismo, también le ha regresado su rol intervencionista en la toma de decisiones, desmitificando lo que se creía.

El falso compromiso de esta administración es un menosprecio hacia las víctimas, a quienes se les engañó de la manera más burda. Cuando el presidente vetó la Ley de Justicia Transicional, dijo que era absurdo que las víctimas del conflicto armado esperaran 40 años por justicia. Negarse a abrir los archivos militares solo confirma su compromiso con la impunidad, y si el presidente continúa negándose, los años se irán sumando. En este punto es válido preguntarse, ¿a qué intereses responde el presidente? ¿Quién gobierna el país, las Fuerzas Armadas o el presidente de la República?

¿Y el presupuesto?

La sociedad salvadoreña se involucra muy poco, por no decir nada, en el proceso de elaboración del presupuesto del Estado. Ránkings internacionales sobre transparencia presupuestaria señalan que en general no hay tampoco acceso a la información en esta etapa de «pre budget«, hay poco en la de discusión y aprobación, y limitado durante la de ejecución.

Aún así, periodistas y organizaciones no gubernamentales tratamos de conseguir datos sobre la etapa embrionaria del presupuesto para darla a conocer a la población. Conocer cómo se está elaborando el presupuesto es importante, porque al ver dónde la administración gubernamental está poniendo el dinero, se conocen sus prioridades.

En El Salvador, periodistas y analistas lo hacemos a través de los denominados techos presupuestarios, que Hacienda comunica a cada entidad para indicarle que en su propuesto no puede pasarse de esa cantidad. Así, en años pasados hemos podido reportar cuando los gobiernos planeaban reducir o estancar los recursos asignados a salud o educación, mientras se aumentaban los de Presidencia o seguridad.

En esa etapa, idealmente la sociedad debería poder opinar e incidir sobre este tipo de decisiones. A veces, la presión social después de una de estas publicaciones ha logrado que haya cambios en el proyecto de presupuesto que finalmente se ha entregado a la Asamblea Legislativa.

Este año, sin embargo, esa vía de fiscalización ha estado cerrada. Al solicitar la información sobre los techos presupuestarios se nos ha contestado que aún no los tienen.

Esto es preocupante, porque el 30 de septiembre es la última fecha para que el Ejecutivo, a través de Hacienda, presente el proyecto de Presupuesto General del Estado para que los diputados lo analicen, discutan y aprueben.

El panorama es por demás complicado: los problemas estructurales en las finanzas estatales, que han incluido un déficit perenne que ronda los $700 millones, más el impacto de la pandemia del covid-19 en el país, han hecho que los niveles de endeudamiento crezcan a magnitudes difícilmente manejables.

El gobierno de Nayib Bukele requerirá de recursos para impulsar la reactivación de la economía en 2021, y contará con recursos limitados para hacerlo, puesto que varios meses de cierre total y el propio impacto de la pandemia nos han llevado a recesión.

El presupuesto 2021 nos revelará muchos aspectos claves de cómo el presidente pretende sortear la situación, pero al parecer tendremos que esperar a finales de mes para conocerlo.

De espaldas a la democracia

En 1819, dos años antes de la independencia de Centroamérica, se fundó en España el museo del Prado. Una de las pinacotecas más importantes del mundo y que, desde sus inicios, giró, en buena parte, entorno a la obra de Diego Velázquez. Hay pocos museos como El Prado en el mundo. Y en el museo de El Prado hay pocos cuadros como Las Hilanderas de Velázquez. Una obra que retrata la versión del artista español sobre la fábula de Aracne, una mortal hilandera que trabajaba tan bien los hilos, y se tuvo tanta confianza, que osó a retar a la diosa Minerva para ver quien elaboraba el tapiz más hermoso.

Desde el hecho de ser comparada con una mortal, Minerva asumió todo como el más grande de los insultos a su condición divina. Pero cuando llegó el momento de evaluar quien había hilado mejor, no hubo mayor diferencia entre lo hecho por Aracne y Minerva. La diosa, muerta de la rabia, hechizó a la joven Aracne convirtiéndola en un insecto. La manera en la que Velázquez pintó la fábula sigue dando de que hablar: en un segundo plano la discusión entre Minerva y Aracne, y colocó, en un primer plano, a un grupo de hilanderas que seguían trabajando, sin parar, a pesar del escándalo.

El duelo entre una diosa y una prodigiosa mortal no les robaba su atención del hilo. Estaban de espaldas y con el afán de cualquier otro día. Como toda pieza de arte, se han dado miles de interpretaciones de la obra de Velázquez y su significado. Una ha sido que el arte es el único terreno donde los humanos –por el instinto creador– pueden competir con los dioses. Hay quienes piensan que Las Hilanderas son un reflejo de algo que se repite a lo largo de la historia de la humanidad, un grupo de personas, ciudadanos, de espaldas ante un hecho o acontecimiento que puede marcar lo que les rodea.

Sin ir más lejos, en El Salvador del año 2020 parece estar ocurriendo algo parecido: somos testigos de un gobierno con deseos de cambiar la Constitución del país. No es buen presagio viniendo de una administración con nula tolerancia a la crítica. Para un sector de la sociedad es preocupante porque puede representar un gran retroceso en la incipiente democracia salvadoreña. Pero en el gobierno de Bukele –con el cálculo político como su brújula desde que inició la gestión– creen que buena parte de la población los apoyará, y, en el peor de los casos, darán la espalda sin importarles si se cambia la Constitución.

Ya se ha escrito que el gobierno entiende la política como un conflicto perpetuo. Y no solo eso, asumen que la mayoría de la población tiene más preocupaciones que las discusiones sobre cualquier reforma constitucional que se plantee. Más ahora, con la crisis de ingresos, que ha provocado la pandemia del COVID-19, en miles de familias de todo el país. Esa es la apuesta del Ejecutivo: que esto sea como una función de teatro donde la gente le de la espalda al escenario. Y de paso, sumar adeptos a su causa con un discurso sobre lo poco que ha servido la actual Constitución y la democracia para la sociedad.

Saben que es el momento, elevando a la palestra cualquier tema que los ponga en ataque ante los otros poderes del Estado, de cara a las elecciones del 2021. De esta manera, seguir atizando el fuego del malestar popular contra los políticos tradicionales de los que dicen distanciarse –y a los que irónicamente se parecen cada día más con cada caso sobre el mal manejo de fondos en el marco de la emergencia–. Se viene el estudio y propuesta de reformas a la Constitución que, según lo publicado en el Diario Oficial, implica el análisis y discusión de las iniciativas de reforma. No se sabe con quienes discutirán cuando se han encargado de granjear conflictos con universidades y otras organizaciones de la sociedad civil. El Ejecutivo tensionará la democracia hasta donde pueda, ahora está por verse si la gente reaccionará o seguirá de espaldas.

Conversaciones difíciles

¿Cuántas conversaciones difíciles has tenido en tu vida? o quizás debería preguntarte ¿cuántas conversaciones reales y honestas, aunque difíciles, te hubiera gustado tener en tu vida?

Solemos -no digo que sea tu caso, pero el mío ciertamente lo fue- evitar, obviar, posponer, esas conversaciones que por su importancia nos generan emociones complejas, temores e incomodidades.

Por ejemplo, el manejo del dinero en la pareja o algo que dice o hace alguien importante y nos duele, pero no nos atrevemos a ponerlo sobre la mesa, pedir disculpas por algo que hicimos mal y que lo sabemos claramente, decirle a alguien importante que lo amamos, pero por orgullo no lo hacemos. El listado me daría para escribir horas y horas o para llenar cientos de páginas.

Existen dos razones principales por las que no nos atrevemos a expresar lo que verdaderamente sentimos.

La primera surge cuando no tenemos claridad de qué es lo que nos molesta o lo que deseamos y por lo tanto no sabemos cómo expresarlo. La segunda aparece cuando las emociones, que nos genera ese tema o esa persona con la que desearíamos conversar y plantearle lo que sentimos, son tan fuertes que preferimos obviarlas por miedo.

Ambas razones están íntimamente relacionadas con una desconexión con nosotras mismas, que genera falta de claridad en nuestra comunicación y una pobre o nula gestión de nuestras emociones.

La comunicación es fundamental en la vida de cualquier persona, así como lo son las emociones. No podemos desarrollarnos ni alcanzar progreso sin esos dos elementos.

La comunicación es como la tierra, el fundamento, en el que sembramos nuestras ideas, ilusiones, proyectos y relaciones. Pero esa tierra necesita limpieza y preparación para recibir la semilla y ofrecer los nutrientes necesarios para que (relación o proyecto) germine.

Las emociones, por otro lado, son esas semillas que con la adecuada atención crecen fuertes, profundas y saludables.

Lo que intento comunicarte es que necesitas atenderte a ti primero, comprenderte, conocer tus impulsos y motivaciones y también tus temores y dolores, para conectar y comunicar claramente con otros.

La comunicación inicia contigo. Adentro.

Y la gestión emocional es una tarea obligatoria para cualquier persona adulta responsable de ella misma y de sus resultados.

Solemos creer que no tenemos control. Y ciertamente no lo tenemos sobre un sin fin de situaciones (la pandemia, lo que los demás piensan, sienten y hacen y un largo etcétera.)

Pero te aseguro que sí tienes control sobre una infinidad de aspectos relacionados contigo. Solo contigo.

– Lo que piensas o en lo que decides enfocar a tu mente.

– Lo que decides creer acerca de una situación o persona.

– Lo que decides sentir.

– Lo que decides hacer.

– Las personas con las que decides relacionarte.

– Las situaciones a las que decides darle tu energía y enfoque.

Si lees nuevamente la lista, es tanto lo que sí puedes controlar y en lo que te puedes enfocar que no te alcanzarían todas las horas de un día para atender eso que está bajo tu control.

Considero que para sostener conversaciones profundas, de esas que transforman y construyen relaciones que valen la pena, es importante comprender que esos intercambios siempre generarán incomodidad y emociones que son complejas de experimentar.

Aceptar esa incomodidad y, a pesar de ella, comunicar, inicia adentro de cada una, asumiendo y gestionando lo que sí está bajo nuestro control; y a partir de ese espacio avanzar, intentar, ajustar y continuar.

Memoria para no olvidar, justicia para no repetir, verdad para sanar

«Si el juez nos pide de la A a la F, nosotros vamos a hacer hasta la Z. No es que necesitemos una orden judicial para hacerlo (…) creemos que la única forma de sanar las heridas del pasado, es que se sepa la verdad». Esta fue la respuesta del presidente Nayib Bukele el 1 de noviembre de 2019, tras la pregunta de un periodista quién le increpó si acataría la orden del juez Jorge Guzmán de abrir los archivos militares.

A casi un año de que el presidente brindara estas palabras a la prensa, las víctimas del conflicto armado aún no conocen la verdad. Las víctimas fallecen sin conocer justicia; y los victimarios, fallecen sin ser juzgados. A casi un año de que el presidente expresara con tanta firmeza su compromiso con la verdad, los archivos militares permanecen ocultos al escrutinio.

No obstante, no todo es responsabilidad de la actual administración. Y, si de repartir culpas se trata, tanto ARENA como el FMLN tienen responsabilidad al mantener todo en la opacidad. En lugar de apoyar a las víctimas y fomentar la memoria histórica, bloquearon la verdad, necesaria para una verdadera justicia. Y, contrario a los Acuerdos de Paz, devolvieron protagonismo a las Fuerzas Armadas. Continuaron idolatrando a militares implicados en crímenes de lesa humanidad.

Tampoco la responsabilidad es enteramente del Órgano Ejecutivo. Por ejemplo, en la Asamblea Legislativa, aprobaron una Ley de Amnistía de facto en febrero de este año, que posteriormente fue vetada. Actualmente, el decreto 575 duerme el sueño de los justos, ya que el veto no ha sido superado; y la Sala de lo Constitucional, debe darle seguimiento a la Sentencia 44-2013.

La falta de justicia, el bloqueo a la verdad, y la supresión de la memoria histórica han abonado al ejercicio autoritario del poder de un presidente que no se somete a los fallos de la Sala de lo Constitucional, que no respeta la separación de poderes, que glorifica a las Fuerzas Armadas y hace uso de ellas de forma desproporcionada. El 8 y 9 de febrero son una prueba fehaciente de que, como sociedad, no debemos olvidar todo lo que sucedió en el conflicto armado. Olvidar, nos lleva a repetir.

La sociedad salvadoreña es una sociedad herida y resquebrajada. Como diría el poeta: «Deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño». Algunas ocurrieron en 1932, otras en 1975, 1980, 1989…. Ninguna de estas heridas han sanado, ya que no se ha esclarecido lo que sucedió, y ningún caso ha llegado a la etapa de sentencia. Pero, en medio de tanta oscuridad, hay luces de esperanza. Tanto el trabajo del juez de instrucción Jorge Guzmán, como el juicio en Madrid del coronel Montano, abren una ventana de oportunidad para una sociedad a la que no dejan sanar, y que viven continuamente lastimando.

Salud mental

¿Qué nivel de dolor debe estar atravesando alguien que decide atentar contra su propia vida? ¿Cuánto dolor se acumulado desde hace cinco meses, cuando el tiempo se detuvo y esta pandemia comenzó a sangrarnos la libertad, la estabilidad, a robarnos padres, abuelos, hermanos, amigos?

La atención en salud mental nunca ha sido un fuerte en El Salvador, ni en lo privado ni en lo público. Estigmas y falacias evitan que incluso quienes tienen la capacidad económica decidan buscar ayuda para sanar sus heridas internas. Nos cuesta mucho entender que buscar atención profesional para poder atender el los padecimientos internos es tan importante como hacerlo cuando padecemos enfermedades físicas.

Somos una población que ha pasado por mucho, demasiado. Venimos de matanzas, guerras, violencia, separaciones, desapariciones y migraciones forzadas, por mencionar algunas de las realidades que nos han formado como sociedad. Miles de personas han padecido pérdidas abruptas, robos traumáticos, intentos de secuestro, y han tratado de continuar con sus vidas como si nada hubiera pasado.

La pandemia del covid-19 y las medidas tomadas para tratar de contenerla han venido a poner un elemento adicional: la dificultad de obtener atención adecuada. Aún quienes lograron sortear los obstáculos necesarios para buscar ayuda psiquiátrica, ahora se encuentran con mayores limitaciones para conseguir una cita, o un medicamento.

Esta semana hemos tenido al menos dos noticias relacionadas con suicidios o intentos del mismo, y en al menos uno de estos casos hubo un antecedente de haber intentado pasar una consulta siquiátrica, que no estuvo disponible, y se programó para el próximo año. Todos los ojos están puestos en la pandemia, sí, pero el resto de enfermedades, del cuerpo o de la psiquis, siguen allí, y no desaparecerán porque no les pongamos atención.

Y esta es quizá la parte más visible del problema. Estamos también quienes vamos arrastrando un luto mal llevado porque perdimos a alguien víctima del covid-19 sin habernos podido despedir adecuadamente, sin haber tenido tiempo de procesar lo que pasó. Están quienes han visto reducida su calidad de vida porque perdieron un empleo, y se encuentran en medio de la desesperada situación de no tener cómo llevar sustento a sus hogares.

Están los que quizá mantienen su puesto de trabajo pero con ingresos reducidos. Otros muchos que han debido dedicarse a cualquier otra cosa para obtener un ingreso. Los que ven sufrir a sus familiares con enfermedades crónicas porque se ha limitado también la atención en una red pública casi sobrepasada por la pandemia.

Todas y cada una de estas situaciones afectan nuestra salud mental, con lo que esto implica. Infartos, hipertensión arterial, problemas de diabetes derivados del estrés que estamos viviendo. Hogares al borde de la desintegración, episodios de violencia intrafamiliar, agresiones entre vecinos. Andamos con la desesperación a flor de piel y mientras buscamos mantener nuestra salud física a punta de mascarillas, agua, jabón y alcohol gel, por dentro nos vamos deteriorando.

Una vez superada esta crisis sanitaria tendremos muchas heridas que atender, muchas lesiones que sanar y buscar cicatrizar. La mejora en la atención de la salud mental será un reto como nación, no solo desde el lado de la oferta, sino también desde la toma de conciencia de que, como sociedad, debemos decidir que queremos sanar.