Comprender el problema para cambiarlo

Escribo regularmente sobre el patriarcado. Soy como un gusano y disfruto viajando a las profundidades de un tema cuando me apasiona. Así es que me convertiré, si es que no lo soy ya, en el mosquito que incomoda al oído con este asunto. Porque, como dijo Einstein, un problema no puede ser resuelto con la misma mentalidad que lo creó.

Al patriarcado como sistema lo sostenemos todos (hombres y mujeres). Debido a ello, este ha tenido, a lo largo de los siglos, una gran capacidad para reinventarse. Para desmontarlo necesitamos comprenderlo en toda su extensión.

Las mujeres venimos, desde siempre, iniciando movimientos para salirnos de ese corsé mental, físico y emocional. Sin embargo, aún nos hace falta profundizar y reconocer que nosotras, por más que busquemos romperlo, lo llevamos dentro. Necesitamos reconocer cómo opera oprimiéndonos con creencias del tipo: «No estoy completa, si no tengo hijos», «no me respetarán, si no estoy casada o acompañada», «me acosarán, si no me visto adecuadamente», «debo hablar como ellos para que me escuchen», «debo evitar expresar mis emociones para que no me consideren histérica».

Esas creencias y otras relacionadas con la raza, el color de la piel o la clase social nos presionan a seguir «patrones» establecidos por el patriarcado y, sobre todo, por hombres blancos con poder económico, político o militar, que son los poderes que cuentan para ese sistema.

Las mujeres hemos internalizado ese modelo, aceptando el «juego» bajo esas reglas, transmitiéndolo a nuestras familias y entornos. Deshacer esa maraña de creencias es complicado, si no ejercitamos una mente flexible y somos valientes para confrontarnos a nosotras mismas y darnos cuenta de cuál ha sido nuestro rol en fortalecer, aceptar y ejercer el patriarcado.

El Foro Económico Mundial, en sus informes de 2017 y 2018 sobre la paridad de género señaló que tardaremos más de cien años en logar que «hombres y mujeres tengan la misma participación política, acceso a la educación, a la salud e igualdad económica y laboral» y que «las mujeres tendrán que esperar 217 años antes de llegar a ganar lo mismo que los hombres y tener igual representación en el trabajo». ¡Esto es inconcebible! Además, ofensivo y frustrante.

Se requiere leyes y políticas públicas diseñadas desde la comprensión de este fenómeno que lleva milenios instalado en la humanidad. Pero quienes las diseñan ¿entienden realmente el problema?, ¿han realizado un autoexamen profundo para identificar sus prejuicios ocultos acerca de esas creencias antidemocráticas y antihumanistas? o ¿simplemente diseñan programas y ofrecen discursos sobre la mujer porque el tema está de moda?

Como mujer no estoy dispuesta a esperar a que el sistema me otorgue lo que es mi derecho, no solo por mí, sino por millones de niñas y niños que son violentados y abusados diariamente. El cambio requiere que más mujeres nos volvamos conscientes de los efectos destructivos de este sistema de creencias para nosotras, las niñas y los niños, y también para los hombres.

Para mí el camino hacia la comprensión y sanidad ha sido hacia dentro. Bien temprano en mi vida me observé despreciando expresiones y actos abusivos sobre lo femenino; luego de adulta, sentí que algo no funcionaba conmigo. Y esa idea me llevó a cuestionarme acerca de lo que circulaba en mi interior que no me permitía avanzar ni experimentar plenitud.

Tomar conciencia de mi historia personal, familiar y nacional me regaló una perspectiva bastante clara acerca de esas circunstancias que me mantenían atascada y que también mantienen al país operando con un machismo cada vez más enfermo.

Nutrir mental y emocionalmente a una niña o a una mujer es sembrar de árboles frondosos el camino a la regeneración de un país claramente enfermo. Las mujeres continuaremos siendo valientes para cuestionar, confrontar y exigir lo que es nuestro derecho, no solo por un interés individual, sino principalmente por las niñas que continúan sufriendo violencia y abuso bajo este modelo.

Innovación pública: el hacer juntos

«Un laboratorio es justamente eso, un espacio para probar en pequeño, cometer errores, corregir y alcanzar un prototipo o producto mínimo viable»: dice «El método Santalab«. El laboratorio de innovación pública Santalab.

En septiembre pasado en este espacio hablamos del MediaLab Prado, en Madrid; del Laboratorio de Innovación para la Paz, en la Universidad Nacional de Colombia, y del Laboratorio de Innovación Ciudadana, en Argentina. Ahora les quiero contar del laboratorio que hay en la provincia de Santa Fe, también en el sur de nuestro continente.

Este espacio tiene que ver, por supuesto (como casi todo lo que comentamos acá), con el gobierno abierto; con datos abiertos, transparencia y rendición de cuentas de lo público. Pero también con la idea del Estado abierto de mezclar o hibridar la participación ciudadana en dos ámbitos, para que se potencialice lo que se puede hacer en lo presencial y en lo digital. Y con diálogos y esfuerzos de cocreación, de poner al común procesos de diseño y prototipado para plantear soluciones a problemáticas reales y cotidianas a partir de la puesta en práctica de la inteligencia colectiva. Resolvemos entre todos, haciendo las cosas juntos.

Con la idea de hacer innovación pública a partir de la creatividad ciudadana, desarrollan actividades de trabajo bajo tres líneas: el hacking cívico, la cultura digital y el desarrollo sostenible. La primera implica iniciativas de datos abiertos, participación digital y leyes colaborativas, por ejemplo; la segunda con la promoción del acceso al software libre y cultura libre, entre otros puntos, y el tercero con la apuesta por el reciclaje y la mejora de la movilidad urbana, por mencionar algunos puntos.

¿Qué actividades hacen en el Santalab? Conversatorios sobre acceso a la información pública, por ejemplo. Datatones para que tanto los empleados públicos como la ciudadanía aprendan a trabajar y a visualizar datos abiertos. O el desarrollo de una plataforma digital, llamada Virtuágora y hecha en software libre, para hacer presupuestos participativos en línea y para redactar las bases colaborativas de nuevas leyes.

La clave es la cocreación, lo colectivo, lo abierto. Saber que «no estamos aquí para mandar. Estamos aquí para construir las herramientas para que mande la gente», como decía Pablo Soto, concejal de participación ciudadana, transparencia y #GobiernoAbierto en el Ayuntamiento de Madrid. En ese video de Open Government Partnership, por ejemplo, hablan sobre cómo la ciudadanía se puede unir en línea (desde lo digital para cambiar lo presencial) para organizarse por un cambio legislativo. ¿Qué herramientas podríamos construir en El Salvador de 2019 para que la ciudadanía tome su parte?

Por eso creo que estas discusiones siguen siendo relevantes. La innovación en la educación pasa porque tengamos las habilidades para leer, ocupar y sacar provecho de lo digital. A partir de ahí podemos pensar en innovación en lo público: que como ciudadanía nos reunamos con otras entidades para promover espacios de reflexión que nos permitan pasar a acciones concretas de incidencia en las políticas públicas o de incidencia en nuestro espacio público inmediato. No debemos desaprovechar una oportunidad como esta, la de ocupar la tecnología en pro de lo cívico, en favor de volvernos una ciudadanía (digital) responsable y participativa.

Y bueno, como dicen las Naciones Unidas, que nadie se quede atrás: hay que pensar globalmente y actuar localmente. Y debemos aprovechar las tecnologías (cívicas y tecnopolíticas) que ponen al usuario/ciudadano al centro para ayudarnos a ello, al (re)hacer juntos para lo público.

O conmigo, o contra mí

Los llamados a la unidad son uno de los recursos más antiguos de la política. Los seres humanos, animales sociales, han desarrollado en las ciencias políticas la sistematización de sus formas de relacionarse, sus estructuras de poder y su organización.

Entonces vemos a la unidad como medio y como fin en la obra de muchos teóricos, desde filósofos políticos hasta politólogos, y por supuesto que encontramos la palabra en los discursos de líderes y políticos de todos los tiempos, con resultados variados: desde los llamados a la unidad del proletariado en el «Manifiesto comunista», hasta el afán por conformar alianzas y bloques entre países con fines similares.

¿Pero qué pasa cuando el llamado a la unidad se vuelve, a su vez, una invitación a combatir a quien no se sume a la colectividad en cuestión? Recordemos algunos casos recientes. «Quien no está con nosotros, está contra nosotros», afirmó el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush, la madrugada del 21 de septiembre de 2011, en referencia a que no podía haber medias tintas en la lucha contra el terrorismo. Efectivamente, un grupo de países, incluido El Salvador, formaron un bloque de aliados para combatir a los que se consideraban parte del eje del mal.

La misma República Popular China no admite que sus aliados reconozcan a Taiwán como un país independiente, y su política de una sola China ha puesto entre la espada y la pared a países pequeños como, de nuevo, El Salvador.

Y si bien uno puede llegar a justificar y hasta a compartir posturas como estas, en las que están en juego temas como el equilibrio geopolítico o la seguridad internacional, decir que quien no está conmigo está contra mí también puede ser desafortunado.

Ese es el clima que ahora vivimos los salvadoreños que utilizamos redes sociales: un comentario puede desatar ataques masivos que ponen a prueba la tolerancia y resistencia de cualquiera. Con mayor frecuencia se ha vuelto desafortunado emitir opiniones que pongan en entredicho al nuevo gobierno, más que todo en Twitter, que se ha vuelto la plataforma de comunicación por excelencia de la nueva administración.

Y si bien antes se pensaba que los ataques venían de grupos bien organizados para hacer ruido en las redes sociales, los denominados «troll centers», la verdad es que los ánimos se han caldeado al punto de que los insultos y el acoso vienen de ciudadanos comunes y corrientes, como usted o como yo, que simplemente se valen de la seguridad que da el estar tras un teclado y una pantalla para «poner en su lugar» a quien piensa distinto.

Leemos a dirigentes de Nuevas Ideas hacer llamados a la unidad, mientras cualquier opinión que ponga en duda a algún funcionario del Gobierno es sepultada pronto por cientos de voces prestos a defender al actual Ejecutivo. Es, cada vez más evidentemente, el imperio del odio.

Es desafortunado que se esté profundizando de esta forma la polarización política, algo que como país hemos padecido durante décadas cuando las dos fuerzas políticas preponderantes eran ARENA y el FMLN, exponentes máximos de la lucha entre derechas e izquierdas. Con la elección de Nayib Bukele se repitió una y otra vez que se había puesto fin al bipartidismo, a esa polarización que tanto daño le hizo al país, que tantas decisiones importantes frenó, y que tantas reformas necesarias retrasó.

Y sin embargo, la división continúa: o sos de los nuestros, o estás contra nosotros. ¿Será que somos incapaces de dejar a un lado las diferencias y arremangarnos para rescatar al país? ¿Será que esa lucha eterna por pertenecer al bando ganador será nuestra perdición?

Ojalá que no, y ojalá que toda esa efervescencia en redes no pase de eso, porque ahora más que nunca es que se necesita juntar esfuerzos para resolver los problemas fiscales, económicos, sociales, de seguridad y de inequidad que nos tienen en el sótano en cuanto a crecimiento, y que hacen que nuestra gente huya hacia otros países, sin importar los peligros que eso implique.

Todo pasa, menos el clan Saca

Cuando el lunes 14 de julio de 2003, el partido ARENA anunció que Elías Antonio Saca sería su candidato presidencial para las elecciones de 2004, nadie imaginó las implicaciones que eso tendría. Muchos vaticinaban su triunfo más inmediato sobre Schafik Hándal, del FMLN, pero no la influencia de Saca en las siguientes tres administraciones del Ejecutivo, más aún con su partido fuera de escena. ARENA dejó el poder, pero Saca nunca se fue. Esa es una de las sensaciones que deja parte de los funcionarios nombrados por Nayib Bukele, quien ha guardado lugar a algunos políticos que han sido vinculados con el expresidente del periodo 2004-2009, ahora preso por corrupción.

Entre los funcionarios designados por Bukele se encuentra el reciclaje, para el mismo puesto, del exdirector de Aduanas durante el gobierno de Saca, asesores y diputados del partido GANA. Si la vida fuera una partida de póquer, Tony Saca parece estar jugando dos manos a la vez. Tratando de lograr algo, incluso cuando aparentemente va perdiendo. Así lo hizo después de marzo de 2009, cuando «su candidato» Rodrigo Ávila no pudo con Mauricio Funes, y aprovechó la transición de gobierno para hablarle al oído al nuevo mandatario. Con la conformación del partido GANA sería clave en el quinquenio de Funes y mantendría su cuota de poder. Todo de la mano de su primo, Hérbert Saca.

El aporte del clan sería igual de fundamental para la administración Sánchez Cerén, que quizás ni siquiera se hubiera sentado en la silla presidencial de no ser por el movimiento Unidad, que candidateó a Antonio Saca y, en consecuencia, dividió el voto de la derecha en la primera vuelta. Independientemente de su derrota, el partido GANA siguió teniendo una alianza política con el FMLN que duraría un lustro más. Alianzas estratégicas –como la que ARENA tuvo con el PCN y el PDC en su época– que parecen darle sentido a la frase atribuida al inglés Winston Churchill de que «un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable».

Esa es la esencia que deja la «democracia» de la posguerra: intereses, no lealtades. Quizás en su hora más oscura, Saca fue detenido por un millonario desfalco al Estado en medio de la boda de uno de sus hijos. Procesado y condenado, guarda prisión en el centro penal La Esperanza. El FMLN, quien ha sido su aliado por los últimos 10 años, colapsa después de perder la elección presidencial del 3 de febrero de 2019, pero el clan Saca ya trabaja con su relevo. El presidente Bukele, tan dado a comunicar sus anécdotas de vida, debería de contar cómo nació la armoniosa relación con los otrora asesores del expresidente Saca.

Más ahora que afianzan puestos estratégicos en Casa Presidencial y en otras carteras del Estado. Ahora que la sombra de Saca parece alargarse cinco años más. El 2004, cuando Saca llegó a la presidencia, fue un año con discursos bastante similares: prometer lo que «nunca» se ha hecho desde el Gobierno, despliegues de seguridad en la madrugada. La comunicación como la punta de lanza. El presidente Saca siempre mantuvo altos índices de popularidad, eso, y sus maniobras tras bambalinas, le han permitido mantener una influencia que dura hasta hoy.

El silencio que nos define

El silenciamiento es una de las terribles consecuencias de la violencia sexual en la vida de niñas y mujeres. Aprendemos, bien pronto, a creer que el acoso y los abusos físico y sexual son responsabilidad nuestra. Y por eso callamos en una espiral de vergüenza en donde los abusadores viven libres, sin responsabilizarse de sus actos para continuar depredando a otras.

La violencia está tatuada en los cuerpos y mentes de las niñas, jóvenes y mujeres; y esa huella es transmitida a sus hijos, proyectos y sueños. La violencia permea sus vidas y las de las personas a su alrededor. Y así, construimos una sociedad que es incapaz de romper ese ciclo que se refuerza a través de las historias no contadas, del silencio y la vergüenza que colocamos sobre las víctimas.

El Fondo de las Naciones Unidas (UNFPA) a través de su publicación «¿Sin opciones?» ha dado voz a 14 jóvenes que encontraron en el suicidio una salida al abuso extremo que sufrieron en sus cortas vidas. Ellas son: Lucía, 17 años; Blanca, 19; Mirna, 16; Sandra, 15; Sonia, 20; Inés, 29; Marcela, 18; Paola, 16; María, 22; Verónica, 18; Laura, 20; Margarita, 16; Ana, 18; y Marta, 19. Todas utilizaron matarratas o pesticidas para huir del mundo hostil en el que vivieron. Todas, víctimas de abuso por familiares, jefes o pandilleros; explotadas sexualmente, violentadas, rechazadas, denigradas, aun por sus propias familias. Todas, silenciadas.

Aunque ellas ya no estén entre nosotros, contar y honrar sus historias es la única forma de resarcir, un poco, el daño que las orilló al suicidio. Y de paso reducir la distancia entre sus vidas y las nuestras.

La historia de Lucía inicia cuando huyó del maltrato de su madre, a los siete años. Vivió en diferentes casas con familiares o vecinos. De adolescente consiguió un trabajo por $3 diarios. Se suicidó sin que nadie supiera de ella. Estaba embarazada de tres meses. Su madre no fue al funeral.

Esta es solo una de las historias, pero lamentablemente representa un patrón común. Niñas maltratadas, que crecen sin posibilidades ni sueños. Que son violentadas y de esa violencia generalmente quedan embarazadas. Sin opciones. Esas 14 jovencitas creyeron que solo suicidándose tendrían salida de ese ciclo macabro. Los hombres, siempre ausentes; siempre libres.

Estas 14 historias son el presente. Pero atrás de ellas hay siglos de violencia y abuso sexual de niñas salvadoreñas. Finalmente, estamos despertando de una pesadilla que ha marcado la vida de cientos de miles, sino millones, de mujeres en el país y también en el mundo. Este flagelo permea los hogares de forma silenciosa. No conoce de clases. Pero se ensaña con niñas pobres y sin educación.

Hasta hace muy poco hemos vivido obviando lo incómodo de esas historias. Pero eso ya no es posible. Como mujer, acompaño las almas de esas 14 niñas, y no tengo miedo a llorarlas, a sentir rabia, a indignarme, a buscar profundamente en nuestra historia las razones de esa violencia extrema. Creo que solo haciéndolo avanzaremos, lentamente, hacia la sanidad mental, emocional y espiritual que tanto necesita este país.

Es urgente romper con ese patrón de violencia, con la creencia de que los hombres pueden disponer a su antojo del alma y del cuerpo de niñas, niños y mujeres. Para hacerlo necesitamos entender el impacto y la huella que la violencia sexual deja en los cuerpos y en las mentes de las personas. Reconocer el problema y acercarnos, aunque duela. Entender que esas niñas, aunque han sido rotas, permanecen intactas en su esencia; y que, con la ayuda idónea y sostenida en el tiempo pueden recuperarse y sanar. Necesitamos vernos en ellas, porque de ellas proviene la vida. Las niñas son las futuras madres, profesoras, doctoras, técnicas, políticas, emprendedoras, artistas, escritoras, soñadoras. Ellas son la vida de este país.

¿Qué podemos hacer desde la ciudadanía digital?

Esta es la versión interactiva de lo que ya habíamos comenzado a plantear hace un par de meses. Seguimos delineando qué puede ser eso de ser ciudadano digital a partir de un punto importante: qué podemos hacer desde su ejercicio. ¿Por qué esta es una versión interactiva? Porque aunque esta columna se puede ver tanto en la edición impresa como en la digital, la propuesta es dialogarlo con quienes están cerca, con este periódico, en algunas aulas, con la gente de la oficina… en persona o en las redes sociales digitales (con el «hashtag» #CiudadaníaDigital, si les parece). Pero volvemos al punto.

Pongo sobre la mesa esta idea: la ciudadanía digital implica, entre otras cosas, la libertad y la responsabilidad de crear en las redes un espacio de discusión responsable, de aprendizaje colectivo. El reconocimiento del territorio digital compartido que hay que cuidar. También pasa por reconocer que lo que hacemos, opinamos o incluso decidimos influye en un territorio geográfico que posiblemente compartimos muchos en el mundo digital y en el mundo real (dicho lo de «real» solo como opuesto a lo «virtual» o «digital»).

Desde esa lógica de la incidencia en nuestra vida, cabe hablar sobre qué podemos hacer desde su ejercicio. Esta es mi parte favorita: resulta que, como sí busca incidir en instituciones, en el entorno en donde se vive, la ciudadanía digital también implica conocer y ocupar tecnologías cívicas o plataformas tecnopolíticas. Como Decidim. Esta se define como «una plataforma digital de participación ciudadana» que ayuda a tomar decisiones, con la idea de «reprogramar la democracia», gracias a su tecnología libre y segura.

Decidim, por ejemplo, consta de seis módulos para que tanto la ciudadanía como organizaciones e instituciones de Gobierno puedan organizarse a sí mismas de manera democrática. Tienen que ver con planificación estratégica, procesos y presupuestos participativos, iniciativas y consultas ciudadanas, entre otros. Y pueden adecuarse a cada institución: se adaptan a las necesidades que puede tener una organización según su naturaleza y sus objetivos de trabajo. Esta plataforma implica la creación de la tecnología alrededor del usuario.

Arnau Monterde, coordinador de Decidim, decía hace dos años que la democracia no se sitúa solo en la toma de decisiones, sino en la gestión colectiva de algún recurso: el poder intervenir en toda la capa de discusión, de toma de decisiones. Y que eso aplica tanto a organizaciones como a movimientos ciudadanos, que pueden necesitar una reorganización interna para ver qué votaciones pueden potenciarse en tiempo real, o si hay que abrir deliberaciones de propuestas ciudadanas relevantes para la vida de la comunidad. Además, uno de los principios de Decidim es cómo hibridar la participación digital con la participación presencial.

Debemos apostar a tecnologías que, como Decidim, reconozcan que en nuestros países no todo puede hacerse únicamente en lo digital, y que nos ayuden a potenciar lo mejor de ambos mundos. Que faciliten la participación digital de quienes por distintas razones no pueden salir de sus casas o de sus municipios, pero que sí quieren ser parte de una votación o de una asamblea.

Busquemos plataformas digitales enfocadas en quienes las usamos, que protejan nuestros datos y que promuevan la transparencia de los procesos. Hay tecnologías enfocadas, por ejemplo, en la creación artística o en el seguimiento a nuestra propia salud. Hacernos cargo de estas pluralidades también es parte de sabernos ciudadanos digitales. Y, en específico, la propuesta ahora es concientizarnos sobre esas tecnologías que pueden mejorar nuestra toma de decisiones para incidir en nuestra calidad de vida. Ese es un uso político de estas herramientas. Y ahí nos acercamos a las #Redestecnopolíticas y a su aporte de la ciudadanía digital.

Altas expectativas

Las comparaciones son odiosas, pero el ambiente, el ansia de cambio y la esperanza que se respiran, solo me recuerda a junio de 2009. Salvando las distancias, el gane de Mauricio Funes significó para muchos la posibilidad de que las cosas no seguirían igual, de que la situación del país, y la suya propia, cambiarían. La alternancia había llegado finalmente a El Salvador, después de la firma de los Acuerdos de Paz, y tener en el poder al partido de las reivindicaciones sociales, con el rostro de un joven periodista que nunca temió decirles sus verdades a los poderosos, fue para cientos de miles motivo de celebración y de emoción, de alegría hasta las lágrimas.

No voy a ahondar en la decepción que fue precediendo, poco a poco, a este sentimiento de esperanza. Diez años después, cientos de miles vuelven a ver renovada la posibilidad del cambio: Nayib Bukele ganó la presidencia ofreciendo romper el bipartidismo, alejándose de las ideologías preponderantes y manteniendo un discurso en el que se satanizó a «los mismos de siempre» y lo que ellos significaban –corrupción, incapacidad, arreglos oscuros bajo la mesa–. La población le compró la oferta y ahora tenemos un presidente que, incluso dentro de su mismo Gabinete, no se casa con ninguna corriente político-partidaria.

Claro que hay cosas del nuevo presidente que preocupan a diferentes sectores. A los periodistas, por ejemplo, nos enciende las alarmas su aversión a las entrevistas y su preferencia por usar canales unilaterales, como su cuenta de Twitter, para «informar». Hay que recordar que los cuestionamientos, la contraloría social y la rendición de cuentas son elementos indispensables para que nuestra incipiente democracia funcione, pero aún es muy pronto para saber si, ya en el cargo, el gobernante finalmente se abrirá a las preguntas de los medios, sean de la tendencia que sean.

Pero en medio de todo, lo que más abunda son las altas expectativas. Nuestra gente está, de nuevo, esperanzada. Bukele es un rostro fresco que ha ofrecido hacer la diferencia y las grandes mayorías le han creído. Ahora, con estas altas expectativas, al recién asumido jefe de Estado no le queda más que trabajar para tratar de cumplirlas.

Es justo, sin embargo, aclarar que Bukele llega al Ejecutivo con un reducido margen de maniobra. ¿La razón? Falta de dinero. El presupuesto de 2019 ha sido el más alto aprobado en la historia del país, pero porque la mayor erogación que se hará será el pago de deuda: $1,400 millones, como mínimo. A esto hay que agregarle lo que los economistas llaman «rigidez presupuestaria», el dinero está allí, pero no se pueden hacer mayores cambios en su destino, porque ya hay compromisos que no se pueden desatender.

De cada $100 del presupuesto, aproximadamente $55 ya están comprometidos en gastos como las remuneraciones de los trabajadores del aparato estatal. Otras asignaciones, como el FODES para las alcaldías, y el 6 % de los ingresos corrientes para el Órgano Judicial, hacen que se reduzca la parte del pastel de la que el Ejecutivo, a través de su Ministerio de Hacienda, puede disponer para definir sus políticas.

Además, buena parte de este presupuesto ya fue ejecutada por el gobierno saliente, mientras que las necesidades siguen allí. Como ejemplo, el Ministerio de Agricultura dijo la semana pasada que solo habían comprado la mitad de la semilla mejorada que se necesita para los paquetes que entrega a los agricultores. El resto la deberá adquirir la nueva administración. Y este es apenas uno de múltiples casos que seguramente encontrará el nuevo Gabinete.

En una columna anterior hablábamos de las urgencias que encontrará el nuevo gobierno: desabastecimiento en salud, problemas en el sistema público de educación, delincuencia e inseguridad, una bomba de tiempo en las pensiones, el eterno mal del bajo crecimiento económico y todo esto, con una deteriorada situación fiscal, que requerirá que Bukele y sus funcionarios sean altamente creativos.

Más allá de si usted está o no de acuerdo con el estilo particular del presidente, nadie quiere que se repita la historia, y nadie debería desear que le vaya mal, porque si esto pasa, quienes lo pagaríamos seríamos, allí sí, los mismos de siempre.

El Chaparral, monumento al fracaso

Es como avistar un ave en peligro de extinción. El Estado rara vez aparece en áreas inhóspitas como las montañas del norte del país. Su presencia se limita a escuelas precarias y unas cuantas calles pavimentadas. Y cuando se asoma lo hace para mal, usualmente para hacer más complicada la ya complicada existencia de la gente. Eso ocurrió con el fracaso al que han denominado “El Chaparral”. El Gobierno llegó al norte del departamento de San Miguel para edificar una central hidroeléctrica. El plan implicaba reubicar gente, talar parte de un territorio boscoso y cambiar el paso del río Torola. La idea generó recelo desde el primer momento en las comunidades y en el padre Antonio Confesor Carballo. El Gobierno fue visto por los moradores de aquellas montañas como un ave de mal agüero.

Muchos los tildaron de locos por oponerse “al desarrollo” y a un “proyecto de país”. Algunos de estos pobladores ni siquiera tenían energía eléctrica en sus casas. Eran los últimos meses del año 2008. El tiempo les terminó dando la razón. Si algo ha quedado claro en la década que ha transcurrido desde que empezó el proyecto es que todo fue un fiasco. Desde los estudios previos durante las administraciones de ARENA, el inicio de la construcción en la presidencia de Antonio Saca, hasta los dos periodos consecutivos del FMLN. Un millonario fiasco que representa muy bien al Gobierno salvadoreño, sin distinción. En un inicio, la obra costaría $219 millones, pero ha terminado valorada en $400 millones, y con un caso abierto en la Fiscalía General de la República (FGR), relacionado con presuntos actos de corrupción.

La primera vez que fui al sitio donde construyen la represa era mayo de 2010. Un funcionario de la CEL decía, confiado, que El Chaparral comenzaría a funcionar a mediados de 2012. Las lluvias de la temporada comenzaban a llegar con más frecuencia a esos cerros apartados. Era un día gris y una leve llovizna inició a las 4 de la tarde. Un campesino llamado Porfirio Díaz observaba el ruidoso ir y venir de las máquinas en esas montañas donde siempre había reinado el silencio. Había algo de tristeza en su mirada. La CEL le ofreció reubicarlo y construirle una casa, pero prefirió quedarse cerca de donde vivía. Compró unos terrenos en un cerro cercano y miraba como las montañas donde había vivido eran heridas por la maquinaria.

Regresé al sitio un mes después y todo era distinto. La actividad era casi nula. Aquello era la crónica de un abandono. Un italiano fanfarrón de la empresa italiana Astaldi explicaba que el cese de obras se debía a que las fuertes lluvias de la tormenta tropical Agatha habían inundado todo y que la montaña de un margen de la presa se estaba moviendo. Un argumento que en la misma junta directiva de la CEL nunca tuvo mucha validez. Ese sería solo el comienzo de un penoso litigio que conllevó el paro de las obras, el supuesto pago de sobornos para rescindir el contrato en la administración Funes, el rediseño de El Chaparral, que el costo –ya caro desde el inicio para una generación de 66 MW– fuera incrementándose, y que más de una década después aún no exista una represa.

No hubo ni una sola mención a El Chaparral en la presentación del informe “El Salvador productivo, educado y seguro 2014-2019” del presidente Sánchez Cerén. Un fracaso no solo de esta administración sino de, por lo menos, las últimas tres. El costo final del proyecto es un insulto a la ciudadanía. En un país con tantas necesidades, con tanta hambre, se debe cuidar hasta el último de los recursos disponibles. Es una burla para los habitantes de San Antonio del Mosco, Carolina, San Luis La Reina y todo el país. Ahora se proyecta que la obra esté lista a finales de 2019. Si es que se termina algún día, El Chaparral debería de llevar una placa que ilustre que se logró su construcción a pesar del mismo Gobierno.

Un país que se silencia

Vivimos en un país que silencia sus tragedias y sus errores. Que se hunde en una violencia que inicia sutilmente con palabras y acciones que aparentemente son inofensivas, pero que se desborda y se degrada con el paso del tiempo. La violencia que nos aflige también nos avergüenza porque se origina en los hogares y es ejercida por parejas, padres, madres y parientes. En esos espacios, en donde los niños y las niñas deberían aprender de protección, amor y respeto, lamentablemente predomina el silencio y el ocultamiento.

Esa violencia inicial proviene del sistema patriarcal que domina las creencias y las formas de operar de esta sociedad y del mundo desde hace milenios. El patriarcado tiene a la base la creencia de que un hombre puede dominar la tierra, a las mujeres y a sus hijos e hijas. Esto se traduce en control, autoritarismo y violencia verbal, física y sexual; y se practica en los hogares trasladándose luego a otros ámbitos de la sociedad. Quien niegue esto no conoce la historia, ni la inmensa cantidad de personas que han sufrido trauma a causa de esta forma de ver al mundo.

En los últimos 50 años, la psicología ha realizado importantes avances acerca de cómo el trauma que no se habla y no se sana a través del cuerpo mantiene un control tóxico sobre la persona afectada y también sobre aquellos con los que se relaciona.

Frente al silencio el psiquiatra especialista en el tratamiento del trauma, Bessel Van Der Kolk manifiesta: «Creemos que podemos controlar el dolor y las aflicciones emocionales, el terror o la vergüenza permaneciendo en silencio, pero el nombrar nos ofrece la posibilidad de gestionarnos de forma diferente… Si has sido herido, necesitas reconocer y nombrar lo que te sucedió… porque mientras mantengas secretos… estarás fundamentalmente en guerra contigo mismo».

La salvadoreña es una sociedad que, por lo general, evita sentir o recordar los momentos de dolor. Y a pesar de las recomendaciones de psicólogos sociales acerca de la necesidad de reconocer y procesar las pérdidas, hemos hecho muy poco desde lo político, social y religioso, para ayudar a los ciudadanos a darle sentido a lo que hemos vivido en diferentes momentos trágicos de la historia del país. Es imposible olvidar a las víctimas y al abuso. Olvidar significaría castrar partes que, aunque dolorosas, forman la vida y experiencias de una persona.

Lamentablemente hacemos muy poco para comprender las razones personales y colectivas de la violencia y cómo esta ha carcomido la vida y el alma de buena parte de los ciudadanos. Somos una sociedad dañada, donde las heridas físicas logran sanarse, pero las marcas emocionales y mentales, que se expresan principalmente en el cuerpo con dolores y enfermedades crónicas, quedan latentes y listas a explotar a la menor provocación externa.

Los adultos nos relacionamos desde esas historias pasadas que al no ser reconocidas siguen controlando, desde la sombra, nuestras vidas. Salir de ese esquema en el que se ejerce la violencia cotidianamente, donde golpear, abusar de menores y de mujeres, irrespetar las leyes y aprovecharse de otros se perciben como símbolos de «audacia», requiere de múltiples actores y acciones en todos los niveles de la sociedad.

Necesitamos darle sentido al pasado, nombrar el dolor, los hechos y las pérdidas, hacerlos parte de la historia viva del país y de cada familia. Solo así tendremos la oportunidad de imaginar y narrar un nuevo y mejor futuro en el que podamos, en algún momento, iniciar la reducción de la violencia. Y desde el espacio externo avanzar y sanar la intimidad de los hogares. Señales claras de respeto a la dignidad de todos los salvadoreños, sin distinción, es lo que necesita este país.

Cinco peticiones al presidente electo

Hace un mes en esta columna intentamos acercarnos a la idea de la ciudadanía digital. ¿Podemos pensar en una ciudadanía desde ese ‘territorio’ sin tierras ni fronteras? ¿Podemos hablar de esto en un espacio en donde no requerimos de ningún documento de identidad que nos muestre el arraigo que tenemos por un país o algún tipo de afiliación ante algo?
La propuesta de este espacio es que sí.

A partir de ello, desde esa intención, apelo desde mi ciudadanía digital y la hilo con mi ciudadanía salvadoreña para solicitarle cinco cosas, cinco cuidados o cinco aciertos a la futura Presidencia de la República de El Salvador.
Una, la apuesta por un Estado abierto. Transparencia, rendición de cuentas, participación ciudadana y tecnología deberían ser los pilares de la manera de trabajar por parte de los tres poderes del Estado, pero también de sus diferentes instancias, más la misma manera desde las organizaciones ciudadanas, las empresas privadas y las academias. Porque es una responsabilidad colectiva. Nadie se escapa a esto y son estas tecnologías digitales que, convertidas en tecnologías cívicas, son fundamentales para lograr mayor participación, mayor contraloría y mayor incidencia en las políticas públicas de cada país.

Dos, alfabetización informativa para crecer como ciudadanos. Debemos promover espacios para educarnos en cuestiones de uso de las redes sociodigitales, de cómo podemos cuidar la privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías nos ayuden a ser más humanos; no es solamente aprender a leer (libros y periódicos), es aprender juntos a ocupar esa información que recibimos por cualquier medio para incidir en nuestra polis, en nuestra ciudad, en el espacio público (digital o no) que compartimos entre todos. Qué hay que resolver, cómo lo podemos arreglar y cuál es nuestro orden de intervención.

Tres, aprovechamiento de la tecnología para acercarnos a la cultura, al goce, al entretenimiento. Es reconocer que, aunque no todos tenemos acceso a estas redes, sí pueden funcionar para acercar murales de Camilo Minero, poesía de Roque Dalton y Claudia Lars, el Museo de la Palabra y la Imagen a nuestros 262 municipios. Reconocernos como salvadoreñas, como salvadoreños en el exterior, desde nuestras instituciones de Gobierno encargadas de la cultura, pero también desde otras iniciativas ciudadanas que pueden ser apoyadas por las instancias oficiales.

Cuatro, ética en el espacio público digital. Que nos propongamos todos cuidar lo que decimos. Que tomemos conciencia que construimos país, construimos el ambiente en que crecerán nuestros hijos y en el que vivimos nosotros también a través de lo que tuiteamos, lo que facebooqueamos o lo que instagrameamos. Que procuremos recordar que #LasPalabrasSonSemillas.

Cinco, apuesta por las #RedesTecnoPolíticas. Apostarle al diseño y la construcción de tecnologías para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de ellas; que, como ciudadanas y ciudadanos, aprovechemos un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que realmente incidan en nuestras comunidades políticas físicas, en nuestras colonias, en nuestras calles con la ayuda o la mediación de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.

Es la apuesta eterna desde este espacio por la inteligencia colectiva, la cocreación y la participación ciudadana. Es reconocer el derecho humano de que el conocimiento debe ser libre y accesible. Porque es desde ese conocimiento que podemos construir un mejor país. Porque el país lo construimos entre las voces de todos. Entre quienes tuitean y entre quienes nunca entrarán a una red sociodigital. Entre todos. Aprovechar las tecnologías digitales para un Estado abierto va más allá. ¿El nuevo gobierno apostará por algo de ello? Para mientras, yo vengo a ofrecer mi #CiudadaníaDigital.