Prioridades

El Salvador ha logrado bajar sus altísimas cifras de homicidios. La reducción ha sido marcada desde que Nayib Bukele asumió como presidente de la República. El mismo presidente y su gabinete de seguridad afirman que esto es resultado del Plan Control Territorial, del cual se han anunciado tres etapas: una de recuperación de territorios, aplicada a ciertos municipios considerados de mayor peligrosidad; una segunda que tiene que ver más con la reconstrucción del tejido social, y para la cual el Ejecutivo ha solicitado a los diputados que le aprueben un préstamo de $91 millones, y una tercera, que implica el uso de mejor tecnología al combate al crimen, y a la que el ministro de la Defensa atribuye la necesidad del aumento en la partida presupuestaria para su cartera durante 2020.

Aunque muchos dudan de que esta reducción en los promedios diarios de homicidios se deban únicamente al plan del Ejecutivo, y la relacionan con causas que van desde algún tipo de trato con las pandillas, hasta una señal de «buena voluntad» por parte de estas, las cifras son impactantes: De 11 homicidios diarios en 2017, en octubre se cerró con un promedio de 3.6.

Pero mientras los esfuerzos mediáticos y logísticos de la actual administración se centran en la parte de seguridad, otras áreas bastante sensibles para la población siguen requiriendo atención. Dos de las más importantes son la salud y la generación de empleo.

Por un lado, el presupuesto general del Estado para 2020 incluye aumentos en las partidas para salud y educación, pero los recursos se quedan cortos para la cantidad de urgencias que existen en ambas áreas. En salud, y pese a que hace algunas semanas las autoridades afirmaron que la red estaba totalmente abastecida, las carencias persisten, no solo en medicamentos, sino también en camas y otros recursos.

En educación, miles de docentes han detenido sus trámites de jubilación debido a que se les ofrecen pensiones muy bajas. Y mientras los maestros de mayor edad se aferran a sus plazas como única posibilidad de mantener un ingreso digno, otros miles salen graduados cada año sin encontrar posibilidad de ingresar al sistema.

En la parte económica, hay un ambiente de optimismo entre el empresariado. Las diferentes gremiales del sector privado han aplaudido la intención de cercanía del actual Gobierno, y el discurso que este ha mantenido en cuanto a la mejora del clima de negocios. Pero en la práctica, tenemos un Índice de Volumen de la Actividad Económica (IVAE) —un indicador que se aproxima al Producto Interno Bruto (PIB) —, que cerró a septiembre de 2019 en 1.6, cuando en 2018 era de 2.76, según datos del Banco Central de Reserva (BCR).

Y mientras tanto, se siguen perdiendo empleos. Septiembre cerró con 728,538 cotizantes al Sistema de Ahorro para Pensiones, es decir, 7,159 menos que el pasado mes agosto, y 1,528 menos que en septiembre del año pasado, según datos de LPG Datos, unidad de investigación del Grupo LPG. La población cotizante es un indicador de la salud del empleo formal en el país.

¿Qué pasa en un país con más de 6 millones de habitantes, con 4 millones aptos para trabajar, pero donde solo unos 700,000 están cotizando? ¿Cómo coincide eso con una cifra oficial de desempleo que se mantiene en el 7 %? Si solo 700,000 están cotizando, esa es la cifra de los empleos formales con protección social y previsional. Al resto de ocupados los absorbe la economía informal o el autoempleo, y esto tiene implicaciones tremendas.

En los países con tales niveles de informalidad hay problemas sociales —ingresos bajos, precariedad laboral, no se ahorra para la vejez ni se tiene acceso al seguro social—, económicos —menor ingreso de los individuos merma el consumo, la actividad económica sufre en su conjunto—, y fiscales —son las mismas empresas y los mismos asalariados quienes pagan los impuestos—, sin mencionar el efecto en el desarrollo humano de la población, en la distribución del ingreso y en las perspectivas de progreso social.

La lista de prioridades es grande, y aún estamos a la espera de conocer las grandes políticas que se aplicarán en estas áreas. Porque lo que hemos visto hasta hoy han sido acciones aisladas, que requieren de una articulación para convertirse en programas, y estos, a su vez, deben emanar de políticas basadas en información, en resultados, y en modelos, que aún no han sido anunciadas ni publicadas.

La vigencia de Salarrué

Hace 44 noviembres que nos dejó Salarrué. Y fue como si el viejo Cuscatlán perdiera a uno de los hijos que mejor lo había retratado. Afortunadamente nos quedaron sus pinturas y letras. A él, teósofo declarado, le hubiera encantado aquello de reencarnar en su obra. Sea como sea, casi todos nos encontramos con Salarrué a la misma edad: de niños, cuando un adulto -una profesora o un padre- quiere explicarnos qué cosa es Cuscatlán. Y uno lee y relee los Cuentos de Barro. Salarrué te enseña: afuera hay un mundo tropical llenísimo de encanto y de luz, pero también plagado de crueldad.

En los Cuentos de Barro (1933) uno encuentra una narrativa rica en colores y formas. Un antiguo tronco de ceiba es como una inmensa pata de gallina; los grandes remolinos no son solo eso, sino que son tan profundos como el ombligo del diablo; en el crepúsculo, el sol «mieludo» unta los cerros con su luz; y los madrecacao se visten de encaje. La atención al entorno de un escritor que se definía más como pintor. Pero la mayoría de estos cuentos narran la desdicha de vivir en este pintoresco paraíso.

Cuentos como «La honra», que narra la violación de una muchacha a plena luz del día; doblemente herida porque, al llegar a su casa, le cuenta lo sucedido a su padre y él estalla contra ella por «dejar» que eso ocurriera y perder «su honra». Al final, es el hermano de la chica, apenas un niño, él único que se apiada de ella. El pequeño, en su inocencia, vuelve al lugar de la violación y busca la honra perdida. Entiende que es un objeto brillante que encuentra tirado en el campo y se lo entrega rápidamente al papá. Es un puñal alargado que abre el abanico de la venganza. Y así como «La honra» en los demás cuentos hay robos, asesinatos, discriminación racial, golpes.

Es una cotidianidad que llega hasta nuestros días. Si uno lo analiza solo por temática, los Cuentos de Barro se pudieron haber escrito ayer. Si se cambian los diálogos de los personajes y el ambiente natural, puede transportarse casi 100 años hasta el presente. Es verse en un espejo con un mundo de vulneraciones donde la justicia no es parte de la narrativa. En esencia, y tristemente, seguimos siendo los mismos. Una vigencia que solo engrandece -más aún, si eso es posible- la figura de Salvador Salazar Arrué en la literatura salvadoreña.

Salarrué toma el Libro del Trópico de Arturo Ambrogi (1915), del que se enamoró siendo un joven, y le da un giro. Sus textos describen la campiña y a los campesinos, pero ya no de una manera inocente. Mientras Ambrogi retrata a sus personajes en actividades cotidianas como el arreo de animales o en la pesca, Salarrué les inyecta realismo retratándolos en sus reveses y sus horas adversas. Son víctimas de sus vecinos, de sus mismos compatriotas. Adiós a la hidalguía del salvadoreño de a pie, que es frágil, tiene hambre y es perseguido por la muerte.

El 27 de este mes se conmemoran 44 años del fin de la vida terrenal de Salarrué. Nos quedan sus cuentos de barro, de los que él mismo deslizó la primera advertencia: «Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos… este salió medio rajado… dos o tres se hicieron chingaste. Pobrecitos mis cuentos de barro… nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día… pero del barro del alma están hechos… el sol se encargará de irlos tostando».

La normalización del abuso sexual

En El Salvador, según datos del Observatorio de violencia de Ormusa, solo entre enero y abril de 2019 se reportaron 822 casos de violaciones en niñas y mujeres cometidos, en su mayoría, por padres, hermanos, tíos, abuelos y padrastros. El 79% de esos abusos fueron contra menores de 19 años. Dentro de ese esquema de abuso sexual normalizado, un reportaje de Univisión y el Centro Pulitzer, señala que hay muchas niñas que se quitan la vida y las víctimas son «…cada vez más pequeñas… se envenenan y cortan los brazos para evadir el dolor de tanta impunidad y silencio cotidiano…».

Somos testigos de una epidemia de violaciones en menores, adolescentes y mujeres que ha sucedido siempre, pero que hemos ignorado por vergüenza, miedo o desconocimiento de los impactos mentales, emocionales y espirituales que permanecen en las vidas de niñas y niños víctimas de abuso sexual; así como por sistemas judiciales corruptos y obsoletos que protegen a los victimarios por ignorancia, conveniencia o simplemente desidia.

Solo para tener un ejemplo de lo que sucede a diario aquí, el jueves pasado, La Prensa Gráfica reportó que ante la acusación por agresión sexual contra el magistrado Jaime Escalante, quien fue descubierto en aparente estado de ebriedad tocando a una menor de 10 años de edad, la Cámara Tercera de lo Civil de la Corte Suprema de Justicia resolvió que esa acción no constituía un «delito» sino solo una «falta». Y el defensor del magistrado agregó que el tocamiento no ponía «en riesgo la intimidad o libertad sexual de la persona».

¿Quién se responsabilizará entonces para reparar el daño emocional y físico hecho contra la niña y su familia? ¿Quién atenderá el trauma generado por el abuso? La mayoría de las personas creerá que como no hubo penetración «no pasó nada», que a la niña se le olvidará y que quedará como un acto «incómodo» en una sociedad machista y enferma que naturaliza el abuso y la violencia.

El trauma generado por el abuso sexual, independientemente de si es tocamiento, exposición o penetración, es permanente e impacta en la forma en cómo las víctimas se perciben a sí mismas y en cómo se relacionan con otros.

De acuerdo con la psiquiatra Kelly Brogan, «debido a que no somos típicamente conscientes de las emociones fuertes generadas en la infancia y que dirigen nuestros comportamientos de adultos, vivimos en un estado de represión y proyección, imaginando que lo malo proviene de afuera de nosotros en lugar de nuestras partes rechazadas, abusadas y abandonadas… todos poseemos una sombra, pero no todos la conocemos. Y ese grado de desconocimiento de nuestras partes más oscuras es lo que nos influencia, nos controla y dirige nuestras vidas».

En El Salvador hemos normalizado la violencia y el abuso sexual y, en la mayoría de los casos, solemos depositar la culpa y la vergüenza en la víctima. Al hacerlo contribuimos a dejar en la impunidad a los principales perpetradores de esos crímenes, que en su mayoría son hombres que se encuentran en el círculo íntimo de las víctimas y a un sistema machista y patriarcal que evita cuestionarse a sí mismo, así como las pautas sociales, mentales y económicas que abonan a la violencia en esta sociedad.

Las víctimas necesitan apoyo y refuerzo emocional para que eviten creer que hicieron algo malo o que tienen que avergonzarse por algo que no provocaron. Además, necesitan de una sociedad que se concientice que el abuso sexual es un delito y que se debe castigar al responsable sin importar la vinculación familiar con la víctima o su relevancia social o económica. Necesitamos convertirnos en ciudadanos que dejemos de justificar y normalizar el abuso sexual.

Alfabetización para hacer ciudadanía

Sonia Livingstone me cambió la vida con un artículo de trece páginas. «Concepciones convergentes sobre alfabetización» es un texto de esta sicóloga social inglesa que expone las diferencias que pueden verse entre distintos autores o entidades que trabajan estas temáticas. Ella contrasta cómo suele estudiarse la alfabetización mediática, dirigida a maneras de comprender, analizar y crear materiales para diversos formatos (referidos a medios de comunicación), con la alfabetización informativa, que le suma a lo anterior el uso o comunicación de la información que se ha extraído para abordar problemas o situaciones.

Si vamos más despacio, la alfabetización es el aprendizaje a leer y escribir; por ello puede asociarse a procesos de entender críticamente un texto, de relacionar una novela con un contexto cultural o de interpretar una poesía. Algunos tuvimos la fortuna de que también nos pusieran a trabajar con textos informativos. Y bueno, algunos estudiamos esto antes de Internet… ¿cambia algo la llegada de esta red y de algunos nuevos formatos?

Sí, sí cambia. Hay dos cuestiones que veo fundamentales: debemos aprender nuevas maneras de comunicarnos (hashtags o emojis) y debemos aprender a producir nuestro propio contenido (YouTube, Instagram, Flickr). Saber no solamente cómo descargar una aplicación en el teléfono o en otro dispositivo, o cómo crear un usuario, sino cómo sacarle el mayor provecho posible a esa plataforma.

En esta sociedad de la información y del conocimiento, nos hemos vuelto prosumidores: consumimos lo que los medios o estas redes sociodigitales nos muestran, pero también contamos con herramientas para crear nuestro propio contenido. Y he aquí la cuestión: ¿estamos capacitados para recoger información y producir contenido? ¿Recogemos información de manera crítica y producimos contenido útil?

Retomo de nuevo a Livingstone: «La alfabetización informativa considera la información como una herramienta con la que actuar sobre el mundo». Es decir, volvernos conscientes de lo que leemos en Twitter, lo que «decimos» a través de la foto que subimos a Flickr, lo que dice el video que compartimos en una historia Instagram. No solo de lo que leo o veo, sino de lo que yo produzco, comparto, subo a estas redes o a un blog personal o a una página web (incluso si es institucional o empresarial).

Toda esa información que vamos «subiendo» a Internet es esa herramienta con la cual podremos actuar sobre el mundo. Y por eso la Alfabetización Mediática e Informativa (AMI) es fundamental. Es, parafraseando a Livingstone, lo que nos permite reubicarnos como usuarios activos de los medios de comunicación: nos hace parte de la ciudadanía, en tanto nos hacemos cargo de nuestra incidencia en el ambiente que nos rodea.

Si vemos pasar algún taller o encuesta en estos días de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y la Escuela de Comunicación Mónica Herrera (ECMH) vayamos o llenémosla. Julio César Mateus, comunicador peruano, dio una conferencia como parte del #CampusAMI de la DW Akademie donde la relacionó con una interacción crítica con los medios de comunicación: acceso a medios, qué consumimos en ellos y cuánto estamos expuestos a estos y a los medios sociales.

Y eso, para estas reflexiones tecnopolíticas, nos permite elegir cuáles medios nos aportan «herramientas con las que actuar sobre el mundo», como diría Livingstone. Y esa toma de conciencia y de acción es lo que nos convierte en ciudadanía, que debería integrar tanto el ejercicio en el mundo físico como en el espacio digital. Por eso, dice Mateus, no puede ser una competencia de comunicadores y expertos, sino de todas las personas. Todas las que, eso sí, queramos hacer ciudadanía.

¿Entonces, nos alfabetizamos?

De precios y gobiernos

No siempre es fácil entender cómo se determinan los precios de los bienes y servicios que consumimos. No siempre es simple oferta y demanda, o la voluntad de quien los vende. La cantidad de factores que influyen puede llegar a ser grande, y los mecanismos para calcular los precios, bastante complejos.

En El Salvador impera, con sus bemoles, un libre mercado. No hay control de precios, a excepción de productos puntuales como el gas propano. Para el resto, es el mercado el que determina los precios, según, como decíamos al principio, por una variedad de factores.

Por ejemplo, no es el Ministerio de Economía el que fija los precios de los combustibles, pese a que cada 15 días publica una tabla con precios de referencia. Son nada más eso: referencias. Estos valores los obtiene con una fórmula que toma en cuenta los costos de los diferentes eslabones de la cadena de los hidrocarburos, hasta que la gasolina o el diésel están puestos en bomba en las estaciones de servicio. Y no son de obligatorio cumplimiento, no se puede multar a una gasolinera por no acatarlos. Sirven, al menos en teoría, para orientar a los consumidores y que busquen abastecerse en lugares que no vendan por arriba de estas referencias.

Con la energía eléctrica pasa algo similar. Las tarifas se calculan con una fórmula que tiene en cuenta toda la cadena de generación, comercialización, interconexión, importaciones, distribución, y son precisamente las distribuidoras las que arman los pliegos, que luego son presentados a la Superintendencia General de Electricidad y Telecomunicaciones (SIGET), para que esta las avale y publique. La base es el costo de la energía el trimestre previo, y se cambian los días 15 de enero, abril, julio y octubre de cada año.

En periodos secos, el precio tiende a subir porque se depende más de generación térmica, que es más cara: se obtiene de motores que queman búnker, un derivado del petróleo. Por ello, cuando ha habido alzas fuertes en el petróleo, sube también el costo de la energía eléctrica.

Por otro lado, en periodos con lluvias copiosas, la tarifa tiende a bajar porque las presas que opera la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL) tienden a generar más, a un costo menor que las térmicas. Tras meses con mucha lluvia, la energía es más barata.

Los gobiernos tienden a anunciar con mucha pompa las bajas en los precios de estos y otros productos y servicios, y a ser muy precavidos o guardar silencio cuando hay alzas, pese a que poco pueden hacer para controlar estas variaciones.

En el caso de los combustibles, lo que sí tiene una incidencia importante es la cantidad de impuestos que se recargan a su precio. En El Salvador pagamos varios cada vez que compramos un galón de combustible, desde el Fondo de Conservación Vial, hasta el FEFE, aún conocido como «impuesto de guerra», que sirve para financiar el subsidio al gas propano.

El gas es otro producto cuyo precio varía cada mes, allí sí, según anuncio de la Dirección de Hidrocarburos y Minas. El Gobierno además entrega un subsidio de alrededor de $5 mensuales a poco más de un millón de hogares, para que lo compren más barato.

Y es a través, finalmente, de subsidios como este, que el Gobierno sí puede tener incidencia en el costo de la energía para los hogares. De hecho, quienes tienen consumos debajo de 99 kilovatios/hora al mes, aún reciben una tarifa preferencial, que es subsidiada por el Estado.

Pero más allá de quitar o poner impuestos, o aplicar o eliminar subsidios, gobiernos de países como El Salvador poco pueden hacer para influir de forma significativa en las variaciones que tienen los precios de productos como la gasolina, o servicios como la energía eléctrica, principalmente porque somos consumidores netos de hidrocarburos, y los movimientos en los precios de estos, que son los que sí tienen peso para mover la balanza, los determinan fenómenos climáticos y geopolíticos ante los cuales muy poco podemos hacer.

Mal presagio para 2020

Los economistas pronostican una nueva tormenta. El primer trimestre de 2020 pinta mal para la economía de El Salvador y el 90% de los países del mundo, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional. Una recesión global que iría desde las naciones más grandes a las periféricas. Muchos especialistas dan por hecho esta nueva crisis, pero no se atreven a dimensionar su envergadura. Un panorama gris y desalentador que afectaría frontalmente a una sociedad pobre como la salvadoreña. Y que hace recordar a la última crisis mundial que ocurrió en el bienio 2008 y 2009.

Esto implicaría una caída en la producción, reducción en las exportaciones y menos fuentes de empleo. Pero más allá de los fríos números económicos es de prestar particular atención a las graves implicaciones sociales que una recesión puede tener. Sea como sea, en las últimas décadas, ante cualquier crisis, El Salvador ha tenido la migración, principalmente a los Estados Unidos, como su válvula de escape. Pero ahora esa alternativa es cada vez más difícil por la política antiinmigrante de la administración de Donald Trump y los acuerdos para evitar este flujo que ha firmado con México, Guatemala, Honduras y El Salvador.

Si no hay oportunidades en el país, los salvadoreños las buscaron fuera, sobre todo en Norteamérica. La lógica siempre fue que era preferible correr el riesgo que quedarse sin la posibilidad de mejorar su condición. Pero ahora, muchas familias estarían acorraladas. Esto en un país donde, según las mismas estadísticas del Gobierno, más de medio millón de hogares sufren de pobreza y miles están en riesgo de caer en esa categoría. Con el agravante de la delicada situación que ya viven familias que dependen de sectores que tienen un estado crítico como la caficultura.

A esto se sumaría que los salvadoreños que ya están en Estados Unidos –y son un pilar de nuestra economía– también serían afectados por la recesión. El flujo de remesas bajaría porque EUA sería golpeado por su propia coyuntura. Según el FMI, uno de los detonantes de la posible crisis de 2020 es la guerra comercial que sostiene el gobierno estadounidense con China. De enero a julio de 2019, El Salvador recibió $3,228 millones en concepto de remesas y cada familia con este ingreso tuvo una remesa promedio de $266.80 al mes, en base a los datos del Banco Central de Reserva.

La disminución de este flujo, que para muchas familias sirve para sobrevivir, agravaría la situación. Un panorama que de por sí ya es delicado en el país y la región. Este 13 de octubre se cumple exactamente un año de la primera caravana de migrantes que salió desde Centroamérica hacia Estados Unidos. Un acontecimiento que ilustró con crudeza el nivel de desesperación de muchas familias por abandonar la realidad que se vive en el triángulo norte conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras.

Ojalá los economistas se equivoquen y la recesión no pase a más. Que El Salvador tan siquiera mantenga el modesto crecimiento que ha tenido en la última década. Nadie quiere escuchar frases del tipo: «Si a Estados Unidos le da gripe, a El Salvador le da neumonía». El Gobierno debe de preparar un plan ante la urgencia. Sobre todo, por las repercusiones sociales que pueda tener en las personas con menores ingresos. Al final, las familias pobres son las que más sufren.

Naturaleza, descanso y renovación para el individuo

Vivimos en una cultura que promueve la obsesión por el consumo y el hacer. Estas son formas de escape de la realidad personal y también funcionan como formas de control. Porque inducir al consumo a un individuo que no se conoce, dado que no tiene tiempo para conectarse consigo mismo y para reconocer los espacios en donde ejercer su poder personal, es más fácil. Ese tipo de personas son más influenciables y responden desde el miedo y la búsqueda de seguridad externa, volviéndose presas fáciles de la manipulación consumista o política.

Un individuo que no se conoce, que cree que el hacer y el trabajo, la posición social o los títulos son los que le dan valor está a merced de las condiciones externas y cuando aparecen los problemas y los desafíos, generalmente, su respuesta es hacer más y consumir más, en un intento por escapar de momentos de silencio y reflexión que lo llevarían a confrontarse y, sobre todo, a tomar decisiones.

Al vivir en esa vorágine de actividad y consumo, observamos a nuestros cuerpos como máquinas que no requieren cuidado ni descanso. Tan desconectados estamos de la naturaleza que nos cuesta entender que el mundo natural y sus ciclos de actividad-descanso-renovación también son útiles para el bienestar de cualquier individuo. La simplicidad y la perfección de lo que sucede allá afuera, en el cielo abierto, pasa desapercibido para quienes viven en ambientes artificiales, con aires acondicionados, cemento y hierro en donde la tierra, los árboles y lo verde han sido eliminados para dar paso a humanos que, como robots, han adormecido el gusto por la calma y la paz que ofrece la naturaleza.

Los humanos, al igual que otras especies, necesitamos jugar, descansar, recibir el sol, respirar aire natural, parar y también una cierta dosis de desafíos para ser efectivos en el mundo. Esto no es un deseo utópico, es una realidad científicamente demostrada en la que una persona que vive en armonía y equilibrio reduce la intoxicación química en su cuerpo producto del estrés excesivo y permanente.

Hace millones de años el estrés provenía de la intensa actividad sísmica y de la megafauna, y de forma controlada e intermitente servía para la sobrevivencia. Ahora, son los ambientes corporativos ultraexigentes, la sequía, la lluvia excesiva o las tierras degradas, que no producen constantemente, lo que nos evita pensar en la necesidad y en las ventajas que ofrece el descanso y la renovación. Vivimos bajo una cultura del miedo. Miedo a no tener aprobación, comida, protección, trabajo o estatus.

Sufrimos y somos testigos de la epidemia de estrés que afecta a millones de personas en el mundo entero. Según cálculos del Foro Económico Mundial, solo en Estados Unidos este tiene un costo para los empleadores de $300 mil millones al año y las muertes anuales relacionadas con el mismo ascienden a unas 120 mil.

En el informe preparado por el Instituto de Trabajo, Salud y Organizaciones de la Universidad de Nottingham, centro colaborador de la OMS para la salud ocupacional, y por el Centro Temático de la Agencia Europea sobre Estrés Laboral, se detalla que «un trabajador estresado suele ser más enfermizo, estar poco motivado, ser menos productivo y tener menos seguridad laboral; además, la entidad para la que trabaja suele tener peores perspectivas de éxito en un mercado competitivo».

Nos encontramos en una época de cambios de paradigmas y uno de ellos es el equilibrio entre trabajo y descanso, y la necesidad del mundo natural en la vida de cualquier persona para alcanzar la «salud» en los términos que la OMS define: «…un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

Inteligencia colectiva

Era 1994 y un filósofo tunecino llamado Pierre Levy publicó un libro que sigue cobrando relevancia en las reflexiones de las tecnologías digitales y la ciudadanía. «La inteligencia colectiva. Por una antropología del ciberespacio» nos hablaba de ese conocimiento repartido en todas partes que busca «el enriquecimiento mutuo de las personas». Explicaba que en realidad la inteligencia colectiva es la habilidad humana de pasar nuestros saberes de generación en generación, que se había hecho de manera bastante estable hasta estos tiempos hiperconectados, cuando gracias a herramientas como Internet, podemos ver cambios en estos saberes en una sola generación por la puesta en común de nuestras habilidades y competencias en tiempo real y sin distinción de fronteras geográficas.

Las reflexiones de Levy pasan por considerar las redes como espacios que pueden potenciar visiones de las problemáticas que, a partir de particularidades de distintas culturas y experiencias, puedan permitir encontrar mejores soluciones. Y es en este sentido que funciona el Centro de Inteligencia Colectiva del MIT. En este espacio creen que la cuestión es cómo podemos conectar personas y computadoras para que, de manera colectiva, actúen (trabajen, resuelvan problemáticas) de manera más inteligente de lo que lo hubiera hecho cualquier persona, computadora o grupo por separado.

En enero de este año, en el Congreso Futuro en Chile y dentro del panel de Ciudadanía Digital, Malone reflexionó sobre nuestra esencia como seres sociales, de cómo la mayor parte de nuestros logros como especie han sido producto del trabajo en grupo, incluso algunos que han superado las barreras espacio-temporales. Nuestros medios de transporte, nuestras maneras de comunicarnos, la diversidad de oferta de ocio y comida: lo que hacemos, usamos, disfrutamos hoy suele ser una evolución de lo que se hacía, se usaba y se disfrutaba unas décadas (o siglos) atrás.

Considera que se piensa mucho sobre la inteligencia artificial y cómo las máquinas irán sustituyendo a las personas. Sin embargo, cree que aún no hemos pasado suficiente tiempo pensando en lo que pueden hacer personas y computadoras juntas que no se había podido hacer antes. ¿Ejemplos? Wikipedia, la enciclopedia más grande del mundo que resulta del trabajo y voluntariado de cientos de personas, y Polymath Project, donde docenas de matemáticos trabajan en línea para resolver teoremas complejos que no habían sido probados.

Uno de sus ejemplos es el Climate CoLab, un proyecto del Centro de Inteligencia Colectiva del MIT, que usa el crowdfoundig para proponer qué hacer ante el cambio climático: esta comunidad en línea reúne a más de 120 mil personas, entre expertos, científicos, estudiantes, empresarios y demás. Ahí se desarrollan propuestas sobre energía, movilidad y otros. Estos niveles de conectividad, sostiene Malone, deberían permitirnos como humanidad alcanzar decisiones y acciones que no solo sean inteligentes sino sabias.

Otro ejemplo de la aplicación de esta puesta en común del conocimiento son los laboratorios cívicos, que Domenico di Siena los define como espacios de trabajo colaborativos que generan infraestructuras, redes de relaciones, protocolos de trabajo y conocimientos que permiten a una comunidad la mejora de su territorio a través de sus dinámicas particulares de inteligencia colectiva.

A veinticinco años de que Levy nos planteara esto de la inteligencia colectiva, estas apuestas de trabajo multidisciplinario para mejorar nuestro entorno me parecen cada vez más humanas y más urgentes. Y creo que hay pocas cosas tan tecnopolíticas y humanizadoras como esta. Actúo con inteligencia colectiva, por tanto existo.

¿Periodismo? ¿Para qué?

Para nadie es un secreto que los medios de comunicación están en crisis. Más bien, el modelo de negocios, sobre todo de los medios escritos, está en crisis. Lejos quedaron los tiempos en los que los periódicos tenían un cierto monopolio en cuanto a la difusión de la información, y muchos no han logrado aún encontrar la ruta.

Aún así, soy una fiel convencida de que el periodismo de calidad sí vende. Quizá hemos fallado en recordarles a nuestras sociedades el verdadero papel de los periodistas y de los medios de comunicación en nuestras democracias. Mucha gente incluso cree que los medios tradicionales ya no son necesarios, porque eligen informarse en redes sociales, sin reparar mucho en quién les está presentando esta información.

Sin embargo, aunque los soportes cambien y los medios electrónicos despunten cada vez más, el método del buen periodismo no cambia. Periodismo no es repetir como lorito lo que un funcionario o un empresario dice, ni tomarlo como la verdad absoluta. El periodista recolecta datos, busca información, contrasta fuentes y sabe que, mientras más se esmere en esta búsqueda, más se acercará a la verdad. Como si cada persona con la que se hablara y cada documento que se consultara constituyeran pequeñas presas de un gran rompecabezas, seguir el método periodístico de investigar, contrastar, contextualizar y explicar permite ir armando una fotografía lo más parecida posible a la realidad.

Y, claro que cada medio tiene una agenda, los propietarios tienen sus propios intereses e ideologías, y los mismos periodistas tienen una carga importante de subjetividad, como todo ser humano pero, al final, es el método el que nos permite ofrecer un trabajo del que podamos sentirnos orgullosos. Y a usted, el consumidor de la información, se le presenta un abanico de medios de todos los colores y tendencias, para que usted mismo sea capaz de ir viendo los diferentes enfoques de la realidad que cada uno le presenta.

Recientemente, en El Salvador se ha vuelto común que a los periodistas se nos confunda con inspectores, policías o fiscales. «Si tanto saben, ¿por qué no van a la FGR? ¿Por qué no los denuncian ustedes?». Y sí, lo hacemos. Lo hacemos desde nuestras notas, desde nuestros reportajes, en nuestros minutos al aire, incluso en nuestras columnas de opinión.

Por el papel del periodista no es el mismo de un policía o de un abogado. En el siglo pasado se nos llamaba los «perros guardianes», los vigilantes del poder, los encargados de encender la luz para que la sociedad vea lo que realmente sucede, sobre todo en los ámbitos de poder político o económico.

Nuestro trabajo es la denuncia pública, para que usted, como ciudadano, esté armado con el enorme poder que otorga la información, para que tenga herramientas para tomar mejores decisiones, para indignarse, para reclamar y, ¿por qué no? Para que las entidades encargadas de las investigaciones administrativas y judiciales hagan lo suyo.

Los medios son necesarios en las democracias en su papel de vigilantes, para apuntar los reflectores y señalar el dedo hacia lo que requiere ser señalado. El periodismo de calidad es básico para que los sectores poderosos no abusen de los que están abajo, para pedir cuentas a la administración pública, para hacer eco de las voces de quienes sufren por los problemas sociales, económicos, políticos y humanitarios.

El buen periodismo, hoy más que nunca, se debe defender, apoyar y promover.

Un prócer llamado Júpiter

Era un esclavo salvadoreño con nombre de dios romano. Pero, en lugar de estar en el panteón junto a las demás deidades, fue encontrado en las montañas de Metapán, siendo azotado cruelmente por sus propietarios. Un sacerdote llamado José Matías Delgado lo rescató y el esclavo se convirtió en su protegido. Aunque no comían en la misma mesa, el cura tuvo la osadía de enseñarle a leer y escribir. Lo trataba como si fuera una persona. Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia, ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

En el drama, un grupo reducido de criollos ideaba una cruzada para desestabilizar a las autoridades de la intendencia de San Salvador. Era un puñado de hombres sumamente reducido que más parecía una secta y que soñaba –solo soñaba– con que las ideas emancipadoras de Norteamérica llegaran al pueblo con paredes de adobe donde vivían. Solo hablaban durante las noches para no ser vistos en grupo, ni que ubicaran los lugares de reunión. Gavidia tira de la imaginación para ubicarnos entre telones de estos conspiradores. Pero los criollos rápidamente se dan cuenta de que algo no va bien.

Matías Delgado, el doctor Santiago Celis, Manuel José Arce y un par más de conjurados se reconocen como un grupo demasiado frágil para soportar la pesada carga que implica desestabilizar al gobierno colonial. Su plan necesita al pueblo, pero ninguno de ellos está dispuesto a ensuciarse las manos. Bajar a la vega del Acelhuate y convencer al vulgo de las bondades de la independencia. Entonces, al doctor Celis se le ocurre mandar al esclavo Júpiter para que convenza a los de su clase del sueño independentista. O, al menos, decirles a los pobres que tendrán menos hambre si San Salvador se separa del imperio español.

Júpiter duda al inicio, pero Celis lo seduce con la idea. Le dice que dejaría de ser esclavo y se convertiría en el único dueño de su porvenir. Embriagado por las posibilidades que eso significa, el negro se embarca en la insurrección. El simple hecho de decidir su oficio e ir donde se le antoje le parece suficiente. (Digresión: para los de abajo, la libertad de decidir siempre ha sido un privilegio con o sin independencia). Y como si fuera el mismo planeta con nombre de dios romano, todo el levantamiento comienza a gravitar entorno a él. Júpiter suma a los pobres a la insubordinación y los arma con lo que puede.

En el camino de la revuelta, el esclavo de Matías Delgado se da cuenta de que no necesita al grupo inicial de conjurados. Muchos menos seguir sus órdenes. Él tiene el apoyo popular y los contactos. Incluso, calcula que, si mandan una tropa desde la capitanía de Guatemala, sus hombres y él podrían vencerla y «como en un tablero, pongo la mano sobre toda Centroamérica». Júpiter, además, cree que, en el marco de la libertad, puede pedir la mano de la hija del doctor Celis. Una aberración para el criollo, a quien, irónicamente, el sueño de la independencia y el ideal de los hombres libres parece jugarle en contra tras descubrir la intención del esclavo.

La libertad de Júpiter ya no le parece tan conveniente a Celis. Todo se viene abajo cuando los conspiradores son descubiertos por un enviado de la corona desde Guatemala. Júpiter es torturado, vejado y muere en manos de sus captores. Muere siendo esclavo en las mazmorras del viejo San Salvador. Sin nada de lo que, por un momento, soñó tener. Pero en el drama de Gavidia, Júpiter encarna al pueblo. Siempre al borde del abismo y encandilado con la idea de cambiar su situación. Manipulable en su desesperación. Júpiter es la alegoría del prócer que no fue.