La normalización del abuso sexual

En El Salvador, según datos del Observatorio de violencia de Ormusa, solo entre enero y abril de 2019 se reportaron 822 casos de violaciones en niñas y mujeres cometidos, en su mayoría, por padres, hermanos, tíos, abuelos y padrastros. El 79% de esos abusos fueron contra menores de 19 años. Dentro de ese esquema de abuso sexual normalizado, un reportaje de Univisión y el Centro Pulitzer, señala que hay muchas niñas que se quitan la vida y las víctimas son «…cada vez más pequeñas… se envenenan y cortan los brazos para evadir el dolor de tanta impunidad y silencio cotidiano…».

Somos testigos de una epidemia de violaciones en menores, adolescentes y mujeres que ha sucedido siempre, pero que hemos ignorado por vergüenza, miedo o desconocimiento de los impactos mentales, emocionales y espirituales que permanecen en las vidas de niñas y niños víctimas de abuso sexual; así como por sistemas judiciales corruptos y obsoletos que protegen a los victimarios por ignorancia, conveniencia o simplemente desidia.

Solo para tener un ejemplo de lo que sucede a diario aquí, el jueves pasado, La Prensa Gráfica reportó que ante la acusación por agresión sexual contra el magistrado Jaime Escalante, quien fue descubierto en aparente estado de ebriedad tocando a una menor de 10 años de edad, la Cámara Tercera de lo Civil de la Corte Suprema de Justicia resolvió que esa acción no constituía un «delito» sino solo una «falta». Y el defensor del magistrado agregó que el tocamiento no ponía «en riesgo la intimidad o libertad sexual de la persona».

¿Quién se responsabilizará entonces para reparar el daño emocional y físico hecho contra la niña y su familia? ¿Quién atenderá el trauma generado por el abuso? La mayoría de las personas creerá que como no hubo penetración «no pasó nada», que a la niña se le olvidará y que quedará como un acto «incómodo» en una sociedad machista y enferma que naturaliza el abuso y la violencia.

El trauma generado por el abuso sexual, independientemente de si es tocamiento, exposición o penetración, es permanente e impacta en la forma en cómo las víctimas se perciben a sí mismas y en cómo se relacionan con otros.

De acuerdo con la psiquiatra Kelly Brogan, «debido a que no somos típicamente conscientes de las emociones fuertes generadas en la infancia y que dirigen nuestros comportamientos de adultos, vivimos en un estado de represión y proyección, imaginando que lo malo proviene de afuera de nosotros en lugar de nuestras partes rechazadas, abusadas y abandonadas… todos poseemos una sombra, pero no todos la conocemos. Y ese grado de desconocimiento de nuestras partes más oscuras es lo que nos influencia, nos controla y dirige nuestras vidas».

En El Salvador hemos normalizado la violencia y el abuso sexual y, en la mayoría de los casos, solemos depositar la culpa y la vergüenza en la víctima. Al hacerlo contribuimos a dejar en la impunidad a los principales perpetradores de esos crímenes, que en su mayoría son hombres que se encuentran en el círculo íntimo de las víctimas y a un sistema machista y patriarcal que evita cuestionarse a sí mismo, así como las pautas sociales, mentales y económicas que abonan a la violencia en esta sociedad.

Las víctimas necesitan apoyo y refuerzo emocional para que eviten creer que hicieron algo malo o que tienen que avergonzarse por algo que no provocaron. Además, necesitan de una sociedad que se concientice que el abuso sexual es un delito y que se debe castigar al responsable sin importar la vinculación familiar con la víctima o su relevancia social o económica. Necesitamos convertirnos en ciudadanos que dejemos de justificar y normalizar el abuso sexual.

Naturaleza, descanso y renovación para el individuo

Vivimos en una cultura que promueve la obsesión por el consumo y el hacer. Estas son formas de escape de la realidad personal y también funcionan como formas de control. Porque inducir al consumo a un individuo que no se conoce, dado que no tiene tiempo para conectarse consigo mismo y para reconocer los espacios en donde ejercer su poder personal, es más fácil. Ese tipo de personas son más influenciables y responden desde el miedo y la búsqueda de seguridad externa, volviéndose presas fáciles de la manipulación consumista o política.

Un individuo que no se conoce, que cree que el hacer y el trabajo, la posición social o los títulos son los que le dan valor está a merced de las condiciones externas y cuando aparecen los problemas y los desafíos, generalmente, su respuesta es hacer más y consumir más, en un intento por escapar de momentos de silencio y reflexión que lo llevarían a confrontarse y, sobre todo, a tomar decisiones.

Al vivir en esa vorágine de actividad y consumo, observamos a nuestros cuerpos como máquinas que no requieren cuidado ni descanso. Tan desconectados estamos de la naturaleza que nos cuesta entender que el mundo natural y sus ciclos de actividad-descanso-renovación también son útiles para el bienestar de cualquier individuo. La simplicidad y la perfección de lo que sucede allá afuera, en el cielo abierto, pasa desapercibido para quienes viven en ambientes artificiales, con aires acondicionados, cemento y hierro en donde la tierra, los árboles y lo verde han sido eliminados para dar paso a humanos que, como robots, han adormecido el gusto por la calma y la paz que ofrece la naturaleza.

Los humanos, al igual que otras especies, necesitamos jugar, descansar, recibir el sol, respirar aire natural, parar y también una cierta dosis de desafíos para ser efectivos en el mundo. Esto no es un deseo utópico, es una realidad científicamente demostrada en la que una persona que vive en armonía y equilibrio reduce la intoxicación química en su cuerpo producto del estrés excesivo y permanente.

Hace millones de años el estrés provenía de la intensa actividad sísmica y de la megafauna, y de forma controlada e intermitente servía para la sobrevivencia. Ahora, son los ambientes corporativos ultraexigentes, la sequía, la lluvia excesiva o las tierras degradas, que no producen constantemente, lo que nos evita pensar en la necesidad y en las ventajas que ofrece el descanso y la renovación. Vivimos bajo una cultura del miedo. Miedo a no tener aprobación, comida, protección, trabajo o estatus.

Sufrimos y somos testigos de la epidemia de estrés que afecta a millones de personas en el mundo entero. Según cálculos del Foro Económico Mundial, solo en Estados Unidos este tiene un costo para los empleadores de $300 mil millones al año y las muertes anuales relacionadas con el mismo ascienden a unas 120 mil.

En el informe preparado por el Instituto de Trabajo, Salud y Organizaciones de la Universidad de Nottingham, centro colaborador de la OMS para la salud ocupacional, y por el Centro Temático de la Agencia Europea sobre Estrés Laboral, se detalla que «un trabajador estresado suele ser más enfermizo, estar poco motivado, ser menos productivo y tener menos seguridad laboral; además, la entidad para la que trabaja suele tener peores perspectivas de éxito en un mercado competitivo».

Nos encontramos en una época de cambios de paradigmas y uno de ellos es el equilibrio entre trabajo y descanso, y la necesidad del mundo natural en la vida de cualquier persona para alcanzar la «salud» en los términos que la OMS define: «…un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

«Un mensaje urgente a las mujeres»

La psiquiatra junguiana Jean Shinoda Bolen escribió, en 2006, el libro «Un mensaje urgente a las mujeres». En él hace referencia a la importancia de los círculos de mujeres como una forma de conexión que, al establecerse y ampliarse, crean una masa crítica que enciende una era en la que mujeres, conectadas con la potencia del principio femenino y de la naturaleza, contribuyen conscientemente a construir una paz sostenida a nivel global.

Bolen dice que este mensaje no será escuchado por todas las mujeres, sobre todo no será atendido por aquellas que son aliadas del patriarcado, «cuyas identidades y cuya valía nacen de sus relaciones con los hombres y con las instituciones hechas por los hombres». A pesar de esa frase contundente, la autora también se refiere a mujeres desconectadas de lo femenino y a hombres empáticos y amorosos. Ella no está en contra de los hombres, porque promueve la idea de un «ser humano completo».

Y frente a esta idea señala: «Es posible ser una persona completa cuando las cualidades humanas, generalmente consideradas… masculinas y femeninas, se ven como parte del espectro de todo ser humano». Es decir, cuando «se concede importancia a ambos, se desarrollan ambos lados de la personalidad, y se utilizan ambos hemisferios del cerebro», declara la psiquiatra.

La violencia en contra de las mujeres y los feminicidios son, lamentablemente, temas permanentes en nuestra sociedad. Y necesitamos, aunque sea doloroso e incómodo, visitarlos una y otra vez para alcanzar entendimiento acerca de sus raíces, y poder así limpiarlas, nutrirlas y construir una sociedad más saludable y con mayor capacidad de generar ciudadanos felices y prósperos desde la estabilidad emocional y mental, y no solo desde un concepto puramente económico y material.

Haciendo eco de este mensaje urgente a las mujeres, deseo hacer un llamado a quienes se expresan con desprecio y hasta odio acerca de niñas y jóvenes que han sufrido pérdidas de embarazos producidos por violadores que en muchos de los casos son o bien pandilleros o los mismos padres, padrastros, hermanos o tíos de la víctima.

Lamentablemente, en las voces y expresiones de estas personas se observa cero empatía y entendimiento acerca de las condiciones que originan esos abortos. Los comentarios, de hecho, no deberían estar centrados en las víctimas sino en los victimarios y en las razones de por qué un hombre cree tener el derecho de violentar a una niña o a una mujer.

Esas niñas y adolescentes, a las que la sociedad les pone todo el peso, en realidad son las primeras víctimas de un sistema violento y abusador que genera familias disfuncionales que, generalmente, crecen en entornos de pobreza, falta de oportunidades y educación, y sin ninguna red de apoyo en donde buscar ayuda amorosa, compasiva y educación sexual.

Bolen señala que la base psicológica de estas familias disfuncionales es un modelo en donde una de las personas es narcisista y la otra, codependiente, y señala que «cuando el padre de una familia o el padre de un país es un dictador, los defectos del modelo son más que evidentes, y los demás pagan por ello con su sufrimiento». Es lógico pensar que también las mujeres pueden comportarse de esta manera, pero la autora afirma que «…no es la regla general, y no es el patrón que la sociedad fomenta».

Creo profundamente que una niña y una mujer, su sexualidad y la posibilidad de generar vida dentro de sus cuerpos, son sagradas y deberían ser consideradas así por toda la sociedad. Porque solo desde un respeto y una reverencia profundos acerca de esas almas y cuerpos con capacidad para originar vida podremos desaprender creencias tóxicas y valorar y cuidar la vida de niñas y mujeres.

«Porque solo cuando las madres sean fuertes de espíritu, de mente y de cuerpo, habrá posibilidad de que los niños y niñas sean queridos y estén alimentados y a salvo», cierra Bolen.

La vida en un papel

¿Podrías señalar cuáles son las actividades que conscientemente realizas para obtener bienestar? Yo escribo diariamente. Lo hago para alinearme con mis ciclos personales, para planificar mis días y mis talleres, para establecer prioridades y organizar mi año. Lo hago en papeles de todo tipo, cuadernos, cartapacios, páginas de colores, diarios. Mi vida se manifiesta a través de lo que escribo en un papel.

Recuerdo hace algunos años que fui de vacaciones a Ataco dos días antes de mi cumpleaños; mi hermana, mi sobrino, mi mamá y mi esposo se unirían para celebrar esa fecha conmigo. La mañana de mi cumpleaños me había levantado temprano con la intención de disfrutar del silencio que reina en el pueblo cuando aún no llegan los turistas del fin de semana, y había encontrado un pequeño restaurante frente al parque para tomarme un café y desayunar. Llevaba conmigo un cuaderno, un libro y varios lapiceros de colores.

Mientras esperaba un café recibí en mi teléfono el mensaje de una amiga en el que me decía que había amanecido pensando en mí y que si algo me sucedía que no dudara en llamarla. Ese inocente mensaje fue suficiente para dispararme una serie de pensamientos desastrosos. Mi cuerpo empezó a sacudirse con ideas acerca de la posibilidad de un accidente en la carretera. Empecé a cuestionarme el porqué se me había ocurrido celebrar tan lejos y a reprocharme el hecho de que por mi idea una parte de mi familia se movilizaría hasta ese pueblo.

Entré en un estado de preocupación profundo que borró por completo de mi percepción el fuerte sonido del agua cayendo sobre el piso de la fuente del parque de Ataco. De repente la que iba a ser una mañana tranquila se tornó en un momento de oscuridad interminable. No sabía qué hacer, entré en pánico y mi mente se aceleraba con pensamientos sobre cómo evitar que mi familia viajara a encontrarme.

En ese estado de desesperación en el que mi mente se había hundido, tuve un chispazo que me hizo darme cuenta de que debía hacer algo para cortar la espiral de pensamientos que amenazaba con salirse de control. Decidí entonces vaciar en mi cuaderno la preocupación que me agobiaba en ese momento.

No recuerdo durante cuánto tiempo escribí, pero en mi memoria quedó grabado el momento preciso en el que sentí como si un velo se movía de mi cabeza y mis sentidos empezaron a normalizarse. La preocupación había desaparecido entre la tinta y el cuaderno, percibí una suave brisa, luego la luz de la mañana y el cielo azul. Y, finalmente, empecé a escuchar el sonido del agua de la fuente que, lentamente, alcanzó su volumen habitual.

Ese día todo salió como previsto. Celebramos con las luces de la noche en ese pueblo hermoso.

En esa y en múltiples ocasiones, la escritura me ha ayudado a darle perspectiva a situaciones y relaciones. A través de los años escribir se ha vuelto un hábito que me ofrece auto reflexión y auto observación, además de contribuir a reducir mi estrés. Y, sobre todo, me ha permitido sacar de mi sistema temores, ideas, planes, y observar con detenimiento, desde la distancia que ofrece el papel, cualquier tema que deseo evaluar. La escritura me ha acompañado en el proceso de observar mi vida y mis decisiones.

Vivimos de prisa, creyendo que el tiempo no nos alcanza, que entre más ocupados estamos más importantes somos. Y así se nos pasa la vida, sin ejercer nuestra capacidad de reflexión, de detenernos y evaluar las rutas que hemos tomado, las decisiones, las relaciones; asumiendo que lo que hacemos es lo único posible por hacer. La escritura me ofrece bienestar y es para mí la pausa diaria y necesaria para tomar el control de mi vida.

Comprender el problema para cambiarlo

Escribo regularmente sobre el patriarcado. Soy como un gusano y disfruto viajando a las profundidades de un tema cuando me apasiona. Así es que me convertiré, si es que no lo soy ya, en el mosquito que incomoda al oído con este asunto. Porque, como dijo Einstein, un problema no puede ser resuelto con la misma mentalidad que lo creó.

Al patriarcado como sistema lo sostenemos todos (hombres y mujeres). Debido a ello, este ha tenido, a lo largo de los siglos, una gran capacidad para reinventarse. Para desmontarlo necesitamos comprenderlo en toda su extensión.

Las mujeres venimos, desde siempre, iniciando movimientos para salirnos de ese corsé mental, físico y emocional. Sin embargo, aún nos hace falta profundizar y reconocer que nosotras, por más que busquemos romperlo, lo llevamos dentro. Necesitamos reconocer cómo opera oprimiéndonos con creencias del tipo: «No estoy completa, si no tengo hijos», «no me respetarán, si no estoy casada o acompañada», «me acosarán, si no me visto adecuadamente», «debo hablar como ellos para que me escuchen», «debo evitar expresar mis emociones para que no me consideren histérica».

Esas creencias y otras relacionadas con la raza, el color de la piel o la clase social nos presionan a seguir «patrones» establecidos por el patriarcado y, sobre todo, por hombres blancos con poder económico, político o militar, que son los poderes que cuentan para ese sistema.

Las mujeres hemos internalizado ese modelo, aceptando el «juego» bajo esas reglas, transmitiéndolo a nuestras familias y entornos. Deshacer esa maraña de creencias es complicado, si no ejercitamos una mente flexible y somos valientes para confrontarnos a nosotras mismas y darnos cuenta de cuál ha sido nuestro rol en fortalecer, aceptar y ejercer el patriarcado.

El Foro Económico Mundial, en sus informes de 2017 y 2018 sobre la paridad de género señaló que tardaremos más de cien años en logar que «hombres y mujeres tengan la misma participación política, acceso a la educación, a la salud e igualdad económica y laboral» y que «las mujeres tendrán que esperar 217 años antes de llegar a ganar lo mismo que los hombres y tener igual representación en el trabajo». ¡Esto es inconcebible! Además, ofensivo y frustrante.

Se requiere leyes y políticas públicas diseñadas desde la comprensión de este fenómeno que lleva milenios instalado en la humanidad. Pero quienes las diseñan ¿entienden realmente el problema?, ¿han realizado un autoexamen profundo para identificar sus prejuicios ocultos acerca de esas creencias antidemocráticas y antihumanistas? o ¿simplemente diseñan programas y ofrecen discursos sobre la mujer porque el tema está de moda?

Como mujer no estoy dispuesta a esperar a que el sistema me otorgue lo que es mi derecho, no solo por mí, sino por millones de niñas y niños que son violentados y abusados diariamente. El cambio requiere que más mujeres nos volvamos conscientes de los efectos destructivos de este sistema de creencias para nosotras, las niñas y los niños, y también para los hombres.

Para mí el camino hacia la comprensión y sanidad ha sido hacia dentro. Bien temprano en mi vida me observé despreciando expresiones y actos abusivos sobre lo femenino; luego de adulta, sentí que algo no funcionaba conmigo. Y esa idea me llevó a cuestionarme acerca de lo que circulaba en mi interior que no me permitía avanzar ni experimentar plenitud.

Tomar conciencia de mi historia personal, familiar y nacional me regaló una perspectiva bastante clara acerca de esas circunstancias que me mantenían atascada y que también mantienen al país operando con un machismo cada vez más enfermo.

Nutrir mental y emocionalmente a una niña o a una mujer es sembrar de árboles frondosos el camino a la regeneración de un país claramente enfermo. Las mujeres continuaremos siendo valientes para cuestionar, confrontar y exigir lo que es nuestro derecho, no solo por un interés individual, sino principalmente por las niñas que continúan sufriendo violencia y abuso bajo este modelo.

El silencio que nos define

El silenciamiento es una de las terribles consecuencias de la violencia sexual en la vida de niñas y mujeres. Aprendemos, bien pronto, a creer que el acoso y los abusos físico y sexual son responsabilidad nuestra. Y por eso callamos en una espiral de vergüenza en donde los abusadores viven libres, sin responsabilizarse de sus actos para continuar depredando a otras.

La violencia está tatuada en los cuerpos y mentes de las niñas, jóvenes y mujeres; y esa huella es transmitida a sus hijos, proyectos y sueños. La violencia permea sus vidas y las de las personas a su alrededor. Y así, construimos una sociedad que es incapaz de romper ese ciclo que se refuerza a través de las historias no contadas, del silencio y la vergüenza que colocamos sobre las víctimas.

El Fondo de las Naciones Unidas (UNFPA) a través de su publicación «¿Sin opciones?» ha dado voz a 14 jóvenes que encontraron en el suicidio una salida al abuso extremo que sufrieron en sus cortas vidas. Ellas son: Lucía, 17 años; Blanca, 19; Mirna, 16; Sandra, 15; Sonia, 20; Inés, 29; Marcela, 18; Paola, 16; María, 22; Verónica, 18; Laura, 20; Margarita, 16; Ana, 18; y Marta, 19. Todas utilizaron matarratas o pesticidas para huir del mundo hostil en el que vivieron. Todas, víctimas de abuso por familiares, jefes o pandilleros; explotadas sexualmente, violentadas, rechazadas, denigradas, aun por sus propias familias. Todas, silenciadas.

Aunque ellas ya no estén entre nosotros, contar y honrar sus historias es la única forma de resarcir, un poco, el daño que las orilló al suicidio. Y de paso reducir la distancia entre sus vidas y las nuestras.

La historia de Lucía inicia cuando huyó del maltrato de su madre, a los siete años. Vivió en diferentes casas con familiares o vecinos. De adolescente consiguió un trabajo por $3 diarios. Se suicidó sin que nadie supiera de ella. Estaba embarazada de tres meses. Su madre no fue al funeral.

Esta es solo una de las historias, pero lamentablemente representa un patrón común. Niñas maltratadas, que crecen sin posibilidades ni sueños. Que son violentadas y de esa violencia generalmente quedan embarazadas. Sin opciones. Esas 14 jovencitas creyeron que solo suicidándose tendrían salida de ese ciclo macabro. Los hombres, siempre ausentes; siempre libres.

Estas 14 historias son el presente. Pero atrás de ellas hay siglos de violencia y abuso sexual de niñas salvadoreñas. Finalmente, estamos despertando de una pesadilla que ha marcado la vida de cientos de miles, sino millones, de mujeres en el país y también en el mundo. Este flagelo permea los hogares de forma silenciosa. No conoce de clases. Pero se ensaña con niñas pobres y sin educación.

Hasta hace muy poco hemos vivido obviando lo incómodo de esas historias. Pero eso ya no es posible. Como mujer, acompaño las almas de esas 14 niñas, y no tengo miedo a llorarlas, a sentir rabia, a indignarme, a buscar profundamente en nuestra historia las razones de esa violencia extrema. Creo que solo haciéndolo avanzaremos, lentamente, hacia la sanidad mental, emocional y espiritual que tanto necesita este país.

Es urgente romper con ese patrón de violencia, con la creencia de que los hombres pueden disponer a su antojo del alma y del cuerpo de niñas, niños y mujeres. Para hacerlo necesitamos entender el impacto y la huella que la violencia sexual deja en los cuerpos y en las mentes de las personas. Reconocer el problema y acercarnos, aunque duela. Entender que esas niñas, aunque han sido rotas, permanecen intactas en su esencia; y que, con la ayuda idónea y sostenida en el tiempo pueden recuperarse y sanar. Necesitamos vernos en ellas, porque de ellas proviene la vida. Las niñas son las futuras madres, profesoras, doctoras, técnicas, políticas, emprendedoras, artistas, escritoras, soñadoras. Ellas son la vida de este país.

Un país que se silencia

Vivimos en un país que silencia sus tragedias y sus errores. Que se hunde en una violencia que inicia sutilmente con palabras y acciones que aparentemente son inofensivas, pero que se desborda y se degrada con el paso del tiempo. La violencia que nos aflige también nos avergüenza porque se origina en los hogares y es ejercida por parejas, padres, madres y parientes. En esos espacios, en donde los niños y las niñas deberían aprender de protección, amor y respeto, lamentablemente predomina el silencio y el ocultamiento.

Esa violencia inicial proviene del sistema patriarcal que domina las creencias y las formas de operar de esta sociedad y del mundo desde hace milenios. El patriarcado tiene a la base la creencia de que un hombre puede dominar la tierra, a las mujeres y a sus hijos e hijas. Esto se traduce en control, autoritarismo y violencia verbal, física y sexual; y se practica en los hogares trasladándose luego a otros ámbitos de la sociedad. Quien niegue esto no conoce la historia, ni la inmensa cantidad de personas que han sufrido trauma a causa de esta forma de ver al mundo.

En los últimos 50 años, la psicología ha realizado importantes avances acerca de cómo el trauma que no se habla y no se sana a través del cuerpo mantiene un control tóxico sobre la persona afectada y también sobre aquellos con los que se relaciona.

Frente al silencio el psiquiatra especialista en el tratamiento del trauma, Bessel Van Der Kolk manifiesta: «Creemos que podemos controlar el dolor y las aflicciones emocionales, el terror o la vergüenza permaneciendo en silencio, pero el nombrar nos ofrece la posibilidad de gestionarnos de forma diferente… Si has sido herido, necesitas reconocer y nombrar lo que te sucedió… porque mientras mantengas secretos… estarás fundamentalmente en guerra contigo mismo».

La salvadoreña es una sociedad que, por lo general, evita sentir o recordar los momentos de dolor. Y a pesar de las recomendaciones de psicólogos sociales acerca de la necesidad de reconocer y procesar las pérdidas, hemos hecho muy poco desde lo político, social y religioso, para ayudar a los ciudadanos a darle sentido a lo que hemos vivido en diferentes momentos trágicos de la historia del país. Es imposible olvidar a las víctimas y al abuso. Olvidar significaría castrar partes que, aunque dolorosas, forman la vida y experiencias de una persona.

Lamentablemente hacemos muy poco para comprender las razones personales y colectivas de la violencia y cómo esta ha carcomido la vida y el alma de buena parte de los ciudadanos. Somos una sociedad dañada, donde las heridas físicas logran sanarse, pero las marcas emocionales y mentales, que se expresan principalmente en el cuerpo con dolores y enfermedades crónicas, quedan latentes y listas a explotar a la menor provocación externa.

Los adultos nos relacionamos desde esas historias pasadas que al no ser reconocidas siguen controlando, desde la sombra, nuestras vidas. Salir de ese esquema en el que se ejerce la violencia cotidianamente, donde golpear, abusar de menores y de mujeres, irrespetar las leyes y aprovecharse de otros se perciben como símbolos de «audacia», requiere de múltiples actores y acciones en todos los niveles de la sociedad.

Necesitamos darle sentido al pasado, nombrar el dolor, los hechos y las pérdidas, hacerlos parte de la historia viva del país y de cada familia. Solo así tendremos la oportunidad de imaginar y narrar un nuevo y mejor futuro en el que podamos, en algún momento, iniciar la reducción de la violencia. Y desde el espacio externo avanzar y sanar la intimidad de los hogares. Señales claras de respeto a la dignidad de todos los salvadoreños, sin distinción, es lo que necesita este país.

Diálogos interiores

La inteligencia positiva (PQ) es un concepto creado por el psicólogo y profesor de la Universidad de Stanford, Shirzad Chamine, resultado de su trabajo de más de 20 años acerca de la relación entre el cerebro sobreviviente (racional y responsable del mecanismo del estrés) versus el cerebro creativo (evolucionado e inteligente). Chamine estableció que la inteligencia positiva es un indicador del «control que una persona tiene sobre su mente y qué tanto trabaja para su bienestar y no para sabotearla».

El psicólogo explica cómo el cerebro sobreviviente pretende protegernos de los peligros del entorno; mientras que el creativo busca ofrecernos alternativas constructivas a los desafíos que enfrentamos. Para comprender esta relación, desarrolló una tipología de 10 saboteadores que habitan en el cerebro sobreviviente, así como la voz sabia que se desarrolla en la parte creativa y evolucionada.

Los saboteadores se presentan en forma de «diálogos internos» autogenerados que nos hacen juzgarnos a nosotros y a los demás de formas rígidas e inflexibles, o que nos llevan a buscar el control y el perfeccionismo, a complacer constantemente y sin capacidad de establecer límites a otros, a hiperracionalizar lo que nos sucede, a buscar logros de forma excesiva y a la hiperresponsabilidad. Las intenciones de esas voces, en principio, son positivas porque buscan obtener la aceptación de las primeras relaciones, fundamentales en la vida de un menor, y protegernos frente a los retos que generan las relaciones con los demás. Lamentablemente aparecen cuando aún no somos maduros emocionalmente y, si bien nos protegen en nuestros primeros años de vida, cuando alcanzamos la edad adulta se transforman en mecanismos de defensa, difíciles de reconocer, que bloquean la potencialidad de las personas.

Generalmente, esos diálogos nos llevan por rutas poco saludables de exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás, contribuyendo a complicar las relaciones y a drenar nuestra energía. El cerebro, que representa el 2 % del peso corporal de un individuo, utiliza el 20 % de la energía que se produce en el cuerpo y, muchas veces, esta se desperdicia cuando no se puede reducir ese incesante diálogo de la mente sobreviviente que busca activamente peligros y amenazas, reales o imaginadas.

En un mundo que constantemente se presenta amenazador, en el que se cree que lo más importante es «hacer» y «tener», y en donde el concepto del tiempo se percibe como un recurso limitado, la mayoría de las personas observan la vida a través de los lentes del cerebro sobreviviente, que las lleva a permanecer con altos niveles de estrés y en modo de lucha o de huida; silenciando, además, al cerebro creativo que tiene mejores herramientas para responder a los desafíos.

En la actualidad, disponemos de estudios científicos y psicológicos que facilitan la comprensión de estos mecanismos; así como la conexión entre las diferentes partes que conforman nuestra esencia humana. El desarrollo de la inteligencia positiva, tal como lo propone Chamine, requiere de una atención plena y de la respiración consciente que facilitan a la persona adulta observar y reducir el diálogo tóxico del cerebro sobreviviente; aumentando, en cambio, esa voz sabia y evolucionada del cerebro creativo, que responde desde un lugar de recursos e innovación.

Para conseguirlo es fundamental detenerse, dar un paso atrás, observarse y reconocer esas voces saboteadoras que han dirigido la vida de los individuos y de la civilización en la que vivimos, que frente a las amenazas responde con guerras y violencia. Es relevante aceptar la existencia de esos viejos mecanismos para sobrevivir, y abrazar consciente y activamente las posibilidades constructivas y pacíficas que también posee nuestro cerebro.

Poder y equilibrio

La mayoría de salvadoreños nacimos y crecimos en ambientes machistas. Esa ha sido y aún es la estructura social predominante en la que muchos aprendemos un modelo de relaciones que ha demostrado no solo que está obsoleto, sino que es extremadamente peligroso porque cultiva vínculos violentos en los que el poder está desequilibrado.

Personalmente, fue a partir de los 35 años cuando algunos eventos me llevaron a tomar consciencia de dónde había crecido, a recordar cómo desde muy pequeña había rechazado expresiones y prácticas sobre lo que significaba ser niña o mujer y que había observado en ese espacio inicial de mi vida. Reconozco que tuve que vivir, integrar y cambiar muchas de las enseñanzas de papá y mamá. El primero, repetía a sus hijas mujeres: «Tienen que trabajar, ser responsables y profesionales. Ser las primeras en llegar y las últimas en retirarse. Pero sobre todo no deben remover las aguas». Esto último significaba mantenerse calladas, sin cuestionar, y comportarse «suavemente». Luego mamá tuvo su oportunidad para sembrar sus ideas. Recuerdo que me decía que debía tener autosuficiencia económica y jamás depender de un hombre.

Estos mensajes sellaron muchos de mis comportamientos y dirigieron buena parte de mi vida. Me convertí en una profesional que trabajó durante muchísimos años hasta el agotamiento extremo, tratando de demostrar, a través de ello, mi valor y buscando no depender jamás de nadie, ni en lo económico ni en lo emocional.

Mi esfuerzo por convertirme en una profesional y alcanzar independencia económica rindieron algunos frutos. Sin embargo, llevé estos comportamientos hasta un lugar en el que nada ni nadie era más importante que el trabajo y la independencia. Esta fue la primera ruptura de ese sistema, que, aunque me permitía trabajar, me ceñía a ciertos comportamientos «aceptables» para una mujer. Al convertirme en adulta busqué desaprender, equilibrar e integrar nuevas formas de percibir mi valor como persona, así como los significados de éxito y de poder bajo mis propios términos.

Muchas cosas han cambiado desde esos primeros aprendizajes y rupturas. Ahora, cada vez más las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, ganando nuevas y mejores posiciones, generando excelentes resultados en las áreas en las que nos desempeñamos, emprendiendo de acuerdo con nuestros deseos y necesidades, y modificando el concepto tradicional de poder en las familias y en los negocios.

Vivimos un cambio de época y muchos cuestionamos el sistema de creencias alrededor de varios temas como la vida en pareja, la independencia económica de las mujeres y su rol de cuidadoras de la familia; un proceso que nos confronta y que hace sentir, principalmente a las mujeres, culpa, desequilibrio y frustración, entre un amplio arco iris de emociones que muchas veces nos cuesta digerir y comunicar abiertamente.

Los cambios nunca son fáciles de transitar, ni a escala personal ni social. Pero estos llegan por más que nos resistamos. Necesitamos modificar esos convencionalismos sobre los roles de lo masculino y lo femenino; así como el poder unidireccional y autoritario, y las relaciones opresivas que surgen de este.

La gran ventaja de estos procesos de cambio es que nuestras relaciones se vuelven más reales y honestas; establecemos modelos más saludables para vincularnos y sobre todo que ayudamos a mostrar con el ejemplo a las nuevas generaciones, para que ellas a su vez reconozcan su capacidad, sus derechos, y establezcan límites sanos.

Todo esto nos deja como resultado un concepto de poder más amplio; uno que viene de adentro, más equilibrado, fluido y menos opresor.

La herida de la que estamos hechos

El Salvador está roto. Roto desde hace demasiado tiempo. No hemos querido explorar esa herida de la que está hecho este país. Muy pocos nos interesamos por ella, y los que lo hacemos intuimos que es por ahí, en ese espacio de dolor, vergüenza y culpa, donde están muchas de las claves para salir del infierno en el que diariamente viven miles y miles de salvadoreños.

En esa herida profunda, podrida y descuidada, nacen y crecen niños y niñas, cada día, que se convierten en miles cada año y en millones a lo largo del tiempo. Una buena parte ha fallecido víctima del abandono y de la violencia, otros han huido o viven como esclavos de redes de trata y prostitución. Algunos logran insertarse en algún espacio laboral y otros intentan reconstruir sus vidas fuera de esta tierra; mientras algunos se convierten en delincuentes.

Lo más increíble de este pequeño país es que todos los días podemos ser testigos de la fortaleza de esas miles de personas que, a pesar de las duras circunstancias, deciden sobrevivir, levantarse y hacer lo que tengan que hacer –aunque eso signifique ir en contra de su misma gente– para darle sentido a sus vidas.

Vivimos distraídos de la realidad de los otros. Nos creemos diferentes y algunos piensan que “son los buenos” y el resto los malos. Pero esas diferencias pasan únicamente por cuánto dinero se tiene, por los títulos o cargos obtenidos o por la zona en la que viven y, también, por el color de la piel. Diferencias ridículas en un país tan pequeño, pero que hacen muchísimo daño al tejido social, a la construcción de confianza que debería existir en un lugar con una historia tan común, tan clara y transparente que muestra que todos, indistintamente, tenemos cuotas de responsabilidad, unos más que otros, por lo que hemos construido.

En El Salvador, los paradigmas acerca del trabajo, el dinero, los indígenas, izquierdas y derechas, la vida y la muerte, el color de la piel, entre otros, están presentes en cada uno de nosotros; y los vivimos la mayoría de las veces sin hacernos conscientes de lo que decimos, de las decisiones que tomamos y de cómo estas afectan directa y profundamente a otros. Los salvadoreños nos tomamos a pecho las ideologías y hemos sido y aún somos capaces de matar en nombre de esas “creencias” tóxicas con las que hemos construido el ideario de “nación”.

Los salvadoreños nos distraemos pensando en exceso, hablando en exceso, sin reflexionar, sin evaluar, sin intentar observar, mucho menos comprender la realidad de otros, esos que consideramos tan diferentes y que juzgamos tan fácilmente.

Gritamos que deseamos paz, seguridad y trabajo. Pero nos olvidamos que esas tres aspiraciones son imposibles si para obtenerlas tenemos que aprovecharnos de los demás; si tenemos que sacrificar a muchos para el beneficio de pocos. Si construimos muros y barreras para creer que así estaremos seguros, cuando en realidad lo que hacemos es aislarnos.

¿Cómo nos humanizamos? ¿Cómo entendemos en profundidad que detrás de cada persona, cada empleado, cada socio, colaborador o aliado hay historias personales de dolor, de lucha, de ilusiones? ¿Cómo entendemos que detrás de cada mujer y de cada hombre, con los que entramos en algún tipo de relación, existen hijos, familias que requieren atención, tiempo, compañía y respeto, y que sin esa dedicación las familias se diluyen y se dañan, y con ese daño estamos sembrando más dolor en esta sociedad? ¿Cómo entendemos de una vez por todas que solo el trabajo y solo el dinero no construyen tejido social, no alimentan las buenas relaciones, si detrás de ellos está el estrés, el esfuerzo extremo, el maltrato y el irrespeto?

¿Cómo reconstruimos a esta nación?