Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
Periodista y comunicador institucional

La vigencia de Salarrué

Si uno lo analiza solo por temática, los Cuentos de Barro se pudieron haber escrito ayer. Si se cambian los diálogos de los personajes y el ambiente natural, puede transportarse casi 100 años hasta el presente.

Hace 44 noviembres que nos dejó Salarrué. Y fue como si el viejo Cuscatlán perdiera a uno de los hijos que mejor lo había retratado. Afortunadamente nos quedaron sus pinturas y letras. A él, teósofo declarado, le hubiera encantado aquello de reencarnar en su obra. Sea como sea, casi todos nos encontramos con Salarrué a la misma edad: de niños, cuando un adulto -una profesora o un padre- quiere explicarnos qué cosa es Cuscatlán. Y uno lee y relee los Cuentos de Barro. Salarrué te enseña: afuera hay un mundo tropical llenísimo de encanto y de luz, pero también plagado de crueldad.

En los Cuentos de Barro (1933) uno encuentra una narrativa rica en colores y formas. Un antiguo tronco de ceiba es como una inmensa pata de gallina; los grandes remolinos no son solo eso, sino que son tan profundos como el ombligo del diablo; en el crepúsculo, el sol «mieludo» unta los cerros con su luz; y los madrecacao se visten de encaje. La atención al entorno de un escritor que se definía más como pintor. Pero la mayoría de estos cuentos narran la desdicha de vivir en este pintoresco paraíso.

Cuentos como «La honra», que narra la violación de una muchacha a plena luz del día; doblemente herida porque, al llegar a su casa, le cuenta lo sucedido a su padre y él estalla contra ella por «dejar» que eso ocurriera y perder «su honra». Al final, es el hermano de la chica, apenas un niño, él único que se apiada de ella. El pequeño, en su inocencia, vuelve al lugar de la violación y busca la honra perdida. Entiende que es un objeto brillante que encuentra tirado en el campo y se lo entrega rápidamente al papá. Es un puñal alargado que abre el abanico de la venganza. Y así como «La honra» en los demás cuentos hay robos, asesinatos, discriminación racial, golpes.

Es una cotidianidad que llega hasta nuestros días. Si uno lo analiza solo por temática, los Cuentos de Barro se pudieron haber escrito ayer. Si se cambian los diálogos de los personajes y el ambiente natural, puede transportarse casi 100 años hasta el presente. Es verse en un espejo con un mundo de vulneraciones donde la justicia no es parte de la narrativa. En esencia, y tristemente, seguimos siendo los mismos. Una vigencia que solo engrandece -más aún, si eso es posible- la figura de Salvador Salazar Arrué en la literatura salvadoreña.

Salarrué toma el Libro del Trópico de Arturo Ambrogi (1915), del que se enamoró siendo un joven, y le da un giro. Sus textos describen la campiña y a los campesinos, pero ya no de una manera inocente. Mientras Ambrogi retrata a sus personajes en actividades cotidianas como el arreo de animales o en la pesca, Salarrué les inyecta realismo retratándolos en sus reveses y sus horas adversas. Son víctimas de sus vecinos, de sus mismos compatriotas. Adiós a la hidalguía del salvadoreño de a pie, que es frágil, tiene hambre y es perseguido por la muerte.

El 27 de este mes se conmemoran 44 años del fin de la vida terrenal de Salarrué. Nos quedan sus cuentos de barro, de los que él mismo deslizó la primera advertencia: «Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos… este salió medio rajado… dos o tres se hicieron chingaste. Pobrecitos mis cuentos de barro… nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día… pero del barro del alma están hechos… el sol se encargará de irlos tostando».


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