Como una metamorfosis, estos artistas se han transformado y hoy intentan transformar la vida de sus comunidades. En medio de la desesperanza, ven al arte como esa luz que genera cambios sociales, como esa arma para reivindicar derechos que les pertenecen a todos. Esta es la experiencia de cuatro iniciativas comunitarias que intervienen lugares, donde quizá un niño nunca imaginó estar en un escenario, en una película o crear una pintura.

El arte de restaurar tejidos comunales

Un Reportaje de Stanley Luna

Fotografías de Franklin Zelaya, Javier Aparicio y Ángel Gómez

Clown. Jónathan Marroquín tiene como personaje a Filo; un nombre inspirado en la terminación del nombre de su mejor amigo, Quiófilo. Desde 2016 es facilitador de talleres de teatro en Quezaltepeque y cuenta con un grupo, Malak-tes Teatro.

El clown que nació en una fiesta navideña

La primera vez que Jónathan Marroquín se vistió de payaso fue cuando tenía 23 años. Lo hizo para una fiesta navideña en una comunidad de Quezaltepeque, porque su mejor amigo, Quiof, se lo había pedido. Era el 25 de diciembre de 2008.

Jónathan ya sabía que quería hacer teatro, pero no había encontrado el momento para hacerlo ni sabía cómo. Su infancia y juventud las había dedicado a vender pan, ropa y reparar celulares, buscando alguna forma de generar ingresos para su casa.

Dos tíos de Quiof lo maquillaron. Le pintaron los labios y se los delinearon. Le dibujaron las chapetas en las mejillas, una lengua en la cara y le hicieron cejas coquetas. Era la primera vez que dejaba de ser él para pasar a ser un personaje.

Su amigo lo había convencido de que lo acompañara, que le siguiera el juego, que se divirtieran. El show consistió en hacer varias dinámicas, en la mayoría Jónathan le llevaba la contraria a Quiof, y eso despertaba la risa de los 200 niños que asistieron.

Diez años después, Filo es el personaje clown encarnado en Jónathan, que merodea las calles principales de Quezaltepeque esta mañana de abril. Lleva una maleta roja y negra, cuadriculada, que contrasta con su camisa. La maleta tiene plasmada la palabra «Malak-tes».Filo es un payaso elegante: viste con medias rayadas, un chaleco, un pantalón y un sombrero gastado. Lo distingue su nariz y sus chapetas en las mejillas. Su nombre proviene de la terminación de Quiófilo, la forma en que Jónathan llamaba a su amigo.

De Quiof, Filo tiene mucho, dice, el dinamismo y la aventura. Y la camisa que él lleva puesta.

“Sin él creo que no hubiera conocido el payaso o tal vez lo hubiera conocido después, pero quizá no con esa esencia del lado humano que hoy reconozco en el personaje”, se sincera.

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EL MAREO

A través de dos amigos, Jónathan llegó en 2010 al elenco de teatro de la Universidad Evangélica. Fue su primer acercamiento a la formación teatral. En cinco años con ese grupo, escribieron y montaron una obra que habla de la desesperanza de buscar a un desaparecido. Se llamaba «Después del mareo», y fue dirigida por el actor y profesor de teatro Mauricio González Nieto.

La obra fue un proceso de sanación. Quiof desapareció el 30 de julio de 2014. Jónathan lo buscó por todos lados, en el casco urbano de Quezaltepeque, en las quebradas, en zonas donde nadie se atreve a llegar así por así. Bajo el sol y la lluvia. Difundió la noticia por redes sociales, pero nunca lo encontró. Años después, confiesa que hay algo en él que le dice que estuvo a punto de hallarlo.

Cuando cuenta esto, Filo desvía la mirada, como pensando en la imagen de la lluvia cayendo una noche de agosto, cuando por primera vez salió a buscar a ese amigo que vino de Guatemala a vivir con su familia materna, cuando sus papás, una pareja de circenses, murieron. Ese amigo con el que compartió sueños y hasta una casa.

«Sin él creo que no hubiera conocido el payaso o tal vez lo hubiera conocido después, pero quizá no con esa esencia del lado humano que hoy reconozco en el personaje», se sincera.

MALAK-TES

Un año antes del montaje universitario, Jónathan intervino con un grupo de amigos varios espacios públicos en Quezaltepeque, el lugar de donde es originario. Se vistieron de clown y se apropiaron de la ciudad. El grupo se llamaba Malak-tes Clown, pero desapareció rápido. Sus integrantes se dedicaron a otras cosas, Jónathan fue terco y la propuesta volvió a surgir en 2016.

Tras abandonar el teatro universitario, comenzó a trabajar en un proyecto municipal que consiste en llevar teatro a centros escolares públicos y privados de Quezaltepeque. De esas clases nació un grupo independiente que se llama Malak-tes Teatro, conformada por 26 jóvenes que hacen clown y que constantemente realizan actividades artísticas en la ciudad.

El año pasado, parte de ese grupo, escribió y montó con Mauricio González Nieto la obra «En el cuello», que trata sobre las dificultades para superarse en El Salvador. Una temática que se acoplaba a la situación que vivían varios de los integrantes de la obra, que estaban por finalizar su bachillerato y no contaban con los recursos para seguir estudiando.

Tres de los jóvenes del elenco hoy estudian el Diplomado de Teatro en el Centro Nacional de Artes (CENAR); y uno, una carrera técnica. Todos viajan hasta San Salvador de lunes a viernes y sus gastos son patrocinados por personas que se han sumado a la iniciativa.

Uno de esos estudiantes, junto con Jónathan, también será parte del rodaje de una producción que realizará el cineasta Alfonso Quijada.

Desde el 27 de abril, Malak-tes Teatro también contará con su propio local, una casa ubicada en los alrededores del mercado de Quezaltepeque, que pretende llevar más arte a los hijos de vendedores.

Filo. Jónathan Marroquín es Filo, un clown que nació después de que en 2008 su mejor amigo lo invitara a que se vistiera de payaso para una fiesta de niños, en una comunidad de Quezaltepeque.

Malabares en Las Palmas

Lidy Serpas nació y creció en Las Palmas, una comunidad ubicada en la colonia San Benito, en San Salvador. Su vida artística había transcurrido afuera de este lugar: era parte de un colectivo de mujeres malabaristas y hacía malabares enfrente de la Universidad de El Salvador, donde inició estudios de Sociología.

Esto cambió un domingo de 2013, cuando una amiga la invitó a que asistiera a una reunión del colectivo VacilArte, una iniciativa que recién nacía y que es liderada por 11 jóvenes de la comunidad. Ahí conoció a vecinos, que como ella, estaban interesados en el arte y en enseñar a las personas de la comunidad lo que sabían hacer.

Lidy desconocía que dentro de Las Palmas había gente organizada con el fin de desarrollar proyectos, por eso decidió quedarse con ellos.

Las Palmas, pese a estar alrededor de espacios y actividades culturales, no contaba para entonces con intervenciones artísticas. Con el paso de los años, esta realidad ha cambiado. La Casa de la Cultura y la plaza Bambú, la plaza pública de la comunidad, se han vuelto puntos de reunión donde VacilArte organiza batucadas y diferentes talleres, que van desde malabares hasta serigrafía y reúne a niños, jóvenes y adultos, cuenta Lidy.

Artista. Lidy Serpas es una artista que nació y creció en la comunidad Las Palmas, en la colonia San Benito, en San Salvador. Desde 2013 pertenece al colectivo VacilArte.

Con la comunidad se han apropiado de los espacios que le pertenecen. Antes no era así, cuando el colectivo quería ensayar salían a hacerlo frente al CIFCO o en el patio de La Casa Tomada, ambos en la colonia San Benito. Una vez hablaron con la junta directiva de la comunidad y comenzó la toma de los espacios.

“No es lo mismo decir a ‘mí me gusta el arte’, viviendo en Las Palmas, que decir a ‘mí me gusta el arte viviendo aquí mismo’, al otro lado de Las Palmas”, dice Lidy, sentada en una banca de La Casa Tomada; una calle la divide de la comunidad de donde ella es originaria. A un lado tiene tres clavas con las que practica malabares.

Para Lidy, los habitantes de las comunidades creen que no tienen derecho a la cultura y al arte, porque internalizan lo que se habla alrededor de ella. Es testigo de lo que cuesta de apropiarse de los espacios artísticos. Por eso desde VacilArte han organizado otras actividades que consisten en realizar visitas guiadas con niños y jóvenes a los museos de la colonia San Benito, el Museo de Arte y el Museo Nacional de Antropología, donde han conocido sobre historia y arte.

La malabarista también se convirtió en el enlace entre La Casa Tomada y Las Palmas para un proyecto financiado por la Unión Europea, que tenía entre sus ejes llevar arte a la comunidad. Se llamó “Cultura para todos y todas”.

ROMPER LA BURBUJA
Lidy se considera una mujer privilegiada. Tiene 30 años, dos hijos y es la última de cinco hermanos. Su papá es un motorista y su mamá tiene una tienda en su casa, antes cocinaba en casas ajenas.

Sus padres tuvieron las posibilidades de pagarle el estudio en colegios privados, nunca le faltó nada. Cuando estaba en sexto grado inició estudios en el centro escolar de la comunidad, lo hizo porque ya no tenían con quién viajar al colegio y sus padres no confiaban que anduviera en bus. Sin embargo, ese momento fue para ella como romper la burbuja en la que había vivido y comenzó a conocer de cerca la realidad de Las Palmas.

“No es lo mismo decir a ‘mí me gusta el arte’, viviendo en Las Palmas, que decir a ‘mí me gusta el arte viviendo aquí mismo’, al otro lado de Las Palmas”, dice Lidy, sentada en una banca de La Casa Tomada.

Era una niña inquieta. Le interesaba el arte, pero no había nadie que la llevara al Centro Nacional de Artes (CENAR), uno de los pocos espacios formativos que conocía. Tenía un vecino que estudiaba pintura en esa institución y ella curioseaba sus trabajos. Se armó de paciencia para llegar a un proceso artístico formativo, se apaciguó cantando, bailando y dibujando.

En 2009 comenzó haciendo malabares. Recuerda que fue una idea de tres, un amigo, su pareja y ella. Se bautizaron como Los Malakalle. El amigo dejó de hacer malabares y solo quedó con su pareja. Con él hacían presentaciones frente a la UES. No era de todos los días, tampoco por varias horas. A veces era una hora antes de que entrara a clases.

“Tenés el público más difícil, porque es alguien que no te espera y que no te quiere ver. Entonces te lo tenés que ganar ensayando un buen número, haciendo buen show y mostrarle a la gente”, cuenta. Una de las formas que utilizaron para llamar la atención de ese público era hacer pases con los malabares, porque el espectáculo visual es lo que le gusta a la gente, dice.

Comenzó a estudiar Sociología en la UES, y junto con otras ocho mujeres malabaristas crearon el colectivo La Buruca Colectiva. Por la demanda de tiempo que le implicaban sus actividades artísticas, abandonó la carrera, pero quiere estudiar Antropología. Actualmente Lidy es la encargada del proyecto “Espacios”, ejecutado por la Alcaldía de San Salvador, que consiste intervenir diferentes comunidades con el arte.

Clavas. Las clavas es el tipo de malabar que Lidy, Malakalle, prefiere hacer. Dice que el público más difícil es el que está en los semáforos.

Pájaros en movimiento

Talleristas. Los talleristas en el polígono de la residencial Altavista son jóvenes originarios de la zona que buscan cambiar su realidad. La idea es crear una red nacional de teatro comunitario.

El susurro que, al moverse con el viento, provocan todos los árboles del Polideportivo de Altavista, en Tonacatepeque, apenas deja que la voz de Misael Arias sea audible. Camina en la acera, a un costado de una cancha de fútbol, sube unas gradas y llega a una cancha de básquetbol. En ese lugar lo espera su amigo de infancia, y de una de las entradas de la cancha aparecen dos jóvenes, cargan cuadros de pinturas; y uno de ellos lleva una bocina pequeña que conecta a “bluetooth” para cantar hip hop.

Misael se para a unos metros de una mesa donde han colocado las pinturas, la mayoría consisten en colaje que han hecho niños de la comunidad. A un costado hay una ceiba joven y atrás, un mural con grafitis. “Para mí siempre ha sido la educación uno de los factores más importantes de esta sociedad. Y uno de los factores de por qué esta sociedad está tan mal es porque ha sido muy maleducada”, dice.

En el lugar donde está cuenta que antes impartía talleres de formación política y nuevas masculinidades para jóvenes de Altavista. Por ahora, junto al grupo de amigos que lo espera sentado en otras de las mesas del polideportivo, atienden a un grupo de niños y jóvenes que provienen del Centro Escolar Altavista, la institución se observa al otro lado de la cancha de fútbol. Dan talleres de hip hop, danza, pintura y expresión corporal.

En el centro escolar, Misael llegó a impartir clases de artes marciales, un deporte que ha estudiado. Esto lo llevó a crear hace un mes un comité ecológico para apostarle a la educación ambiental. También le sirvió para convencer a las autoridades del centro escolar de que permitieran que por las tardes, a las 5:30, los niños asistieran a los talleres los días lunes, miércoles y jueves.

Misael cuenta que los talleres comenzaron el año pasado, en las vacaciones de fin de año para los estudiantes. Los talleres duraron dos meses y medio, y comenzaron con expresión corporal para que los niños decidieran si querían seguir aprendiendo cómo usar su cuerpo para crear arte, hacer hip hop o bailar, clases que hasta hoy imparten.

A estas iniciativas primero se le sumó Alexis Hernández, el joven que ya lo esperaba en la cancha de básquetbol cuando Misael recorría el polideportivo. Alexis es su compañero en la Compañía de Teatro del Instituto Nacional de la Juventud, y los dos forman parte del equipo de producción de “Cámara Negra”, el proyecto de la actriz Dinora Alfaro que ganó el Premio Ovación 2018 y que consiste en un canal de YouTube para hablar de teatro.

“Para mí siempre ha sido la educación uno de los factores más importantes de esta sociedad. Y uno de los factores de por qué esta sociedad está tan mal es porque ha sido muy maleducada”, dice Misael.

“Me gusta pintar, dibujar, pero yo nunca me especialicé en eso. Sí tenía ciertos conocimientos, he recibido ciertos talles acerca de tipo de dibujos y quise aprovecharlo dentro de la comunidad”, confiesa Alexis; y explica que entre las técnicas usadas por los niños para pintar está el colaje. Entre los trabajos que los jóvenes han llevado para mostrar, hay un colaje que tiene palabras de titulares de noticias pegados sobre imágenes de Michael Jackson, Shakira y la madre Teresa de Calcula. “Migrantes”, “Tijuana”, “Muere”, se lee.

OKUPA
Basados en el movimiento okupa, que consiste en intervenir lugares abandonados para ocuparlos, entre otras cosas, como espacios culturales, Misael y Alexis se apropiaron el año pasado de una casa que tenía ocho años de estar abandonada y que está aledaña al sitio donde a mediados de julio de 2016 ocurrió una masacre que dejó seis víctimas. La casa queda cerca de la escuela y se desplazaban hasta ahí con los niños para impartir los talleres.
Sin embargo, Misael cuenta que un joven intentó hacer partidario el proyecto. A esto se sumó que consideraron la zona peligrosa y desistieron de seguir utilizando ese lugar, por eso se movieron al polideportivo.

“Nosotros lo que estamos haciendo es aprovechando lo poco que nosotros sabemos e impartirle al prójimo. Lo que queremos es que la convivencia sea mutua y que vayamos creciendo poco a poco”, sostiene Gustavo Paniagua, el joven entró a la cancha de básquetbol con la grabadora. Él es estudiante de bachillerato y es el encargado de dar las clases de hip hop.

Artes marciales. El trabajo comunitario en Altavista lleva dos años. Inició cuando uno de los talleristas llegó al Centro Escolar Altavista a impartir clases de artes marciales.

Mientras que Marcos Guardado, el encargado de las clases de danza, dice que no tiene preferencia por un tipo de género musical en específico. Además de impartir talleres, Marcos se encarga de enseñar la coreografía para los 15 años que se celebran en la residencial Altavista, para este mes tenía cuatro encargos. Y toca el melófono en la banda del Centro Escolar Altavista.

“La misión es eso, alejar a los jóvenes a través de la danza, de violencia, de pandillas, cosas que no te van a llevar a nada bueno y el tiempo que ocupás para eso lo podés ocupar para danzar y expresarte”, dice alegre.
El grupo se llama Ulin Tutut, que en náhuat significa “pájaros en movimiento”. Misael espera que de este esfuerzo nazca una red nacional de teatro comunitario.


Pintar a la sombra del Chinchontepec

San Vicente. Miriam Muñoz y Julio De la O son parte de los creadores de la Fundación Casa de los Sueños, que busca llevar el arte a niños y jóvenes en la ciudad de San Vicente.

La idea nació de tres amigos que tenían gustos artísticos en común y que pretendían llevar talleres a los niños de San Vicente. Fue así que Miriam Muñoz, Mónica Valladares y Julio César De la O comenzaron a preguntar en la gobernación de esa ciudad cuáles eran los pasos para constituir una fundación. Y nació la Fundación Casa de los Sueños, que desde 2014 imparte talleres de lectura crítica, grabado, pintura y dibujo.

De momento se han enfocado en atender a 20 niños que viven en el barrio Concepción, un barrio donde 90 % de las familias son agricultoras y suben a cosechar al volcán Chinchontepec, dice Miriam. Ella es de es de ese barrio y cuenta que las familias suben al volcán a las 4 de la mañana para bajar antes de que anochezca.

En el barrio Concepción está la calle que lleva al volcán y el Centro Escolar Concepción de María. Desde esta escuela se observa el Chinchontepec. Es aquí donde todos los sábados, desde el año pasado, Miriam y Julio atienden a un grupo de 20 niños. Julio da talleres de lectura crítica y Miriam se encarga del taller de dibujo y pintura. Al proyecto le llaman “Coloreando nuestras almas”.

No es casualidad que los niños reflejen en sus creaciones a grafito la realidad en la que viven. Desde una computadora, en su taller de pintura, Miriam muestra las fotografías de dibujos donde se observa a un sol en medio de las dos elevaciones del volcán vicentino.

Material de trabajo

“No es solo irles a enseñar la técnica, sino darles algunos elementos para su desarrollo integral, y por eso es que a partir de este año incluimos el taller de lectura comprensiva”, cuenta Julio. Él es contador de profesión, pero durante un tiempo perteneció a un círculo literario que se desarrolla en la Casa de la Cultura de San Vicente y eso ha hecho que también tenga vocación para las letras.

Entre la semana trabaja en el área de Pagaduría en la Departamental de Educación de San Vicente y también da clases de contaduría en una universidad privada. Los sábados los dedica al taller. Para conocer sobre metodología y preparar las sesiones del taller, Julio asistió a un taller de educación popular y también retoma herramientas didácticas de UNICEF.

El objetivo es que también los niños conozcan de memoria histórica, señala Julio. Es por eso que otro de los ejercicios que hicieron es conocer sobre “el árbol de los lamentos” o “el árbol de los cerdos”, un árbol que está en el centro de San Vicente, contiguo a la iglesia El Santuario, y donde, según la historia, se comercializaban esclavos, aunque con el pasar del tiempo, dice Julio, se ha intentado decir que se comercializaban cerdos.

“No es solo irles a enseñar la técnica, sino darles algunos elementos para su desarrollo integral, y por eso es que a partir de este año incluimos el taller de lectura comprensiva”, cuenta Julio.

ATENCIÓN PSICOLÓGICA
“Algo que hablamos hace días es que en esa escuela, por la zona donde está, los niños son muy cohibidos”, cuenta Miriam. Sin embargo, también destaca que a medida han impartido el taller los niños comienzan a interactuar entre ellos, incluso, llevan comida para compartirla.

Es por ello que la fundación también piensa en un futuro contar con psicólogos, para que a través de los dibujos que los niños realicen puedan ir más allá e interpretar su comportamiento.

Mónica trabaja como pintora. Desde el año pasado alquila un local en San Vicente para dar clase privadas de pintura y trabajar en sus propias creaciones. Comenzó pintando por su cuenta y asistió a talleres en esa ciudad. Luego se inscribió por un año al Diplomado de Dibujo y Pintura en el Centro Nacional de Artes (CENAR), que duró dos años, y hoy estudia en un taller de grabado en esa institución.

El proyecto, dice, comenzó con talleres por cuatro meses de pintura, danza, artesanía y teatro en el Centro Escolar Victoriano Rodríguez, en el centro de San Vicente. Continuaron en el parque Antonio José Cañas, en coordinación con la Unidad de Turismo. Después pasaron a la escuela del barrio Concepción, cuyo taller estaba programado para un año, pero se extendió porque recibieron la donación de materiales de Bill Gentry, un estadounidense que pertenece a un proyecto artístico llamado Color of Cambodia.

El material les alcanza para un año más, y según Julio, Gentry también les ha propuesto que los trabajos más destacados de los niños sean subidos a una galería en línea, puedan venderse y de esa forma el niño y la fundación reciban ingresos.

La apuesta del proyecto es que se vuelva sostenible y que cuenten con un local, señala Julio, porque pretenden también involucrar más a los padres de familia. Hasta ahora, lo que hacen son reuniones con ellos para que conozcan el trabajo que realizan los niños y también confíen en lo que ellos les enseñan. Además, están recibiendo apoyo de otras personas de la ciudad, por ejemplo, se les ha acercado un grupo de trabajadores sociales recién graduados, quienes ya dieron un primer taller de violencia y cultura de paz.

Creaciones. Las creaciones que los niños que asisten al taller han realizado exponen elementos de su cotidianidad. La fundación busca que haya una atención psicológica.

 


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