El cierre de fronteras y aeropuertos por el covid-19 dejó a más de 4,000 salvadoreños varados en el exterior. Después de más de cuatro meses lejos, registros no oficializados indican que casi mil varados han vuelto por su cuenta por una ruta que comienza en México y termina entre las fronteras de El Salvador y Guatemala. Jean Carlos Portillo recorrió esa ruta: atravesó un río y recorrió 30 kilómetros con un coyote.

La única opción para volver a casa fue la auto repatriación

Un reportaje de Stanley Luna

Fotografías de archivo y cortesía

Fotografías de EFE
Fotografías de EFE

El 11 de marzo, Jean Carlos Portillo vio que la advertencia, que horas antes le había hecho la aerolínea con la que regresaba desde California a El Salvador, estaba por cumplirse: al llegar, posiblemente lo llevarían a cuarentena.

Jean, un abogado y notario, había viajado a Estados Unidos apenas cinco días antes por trabajo. Fue adonde un amigo, que, al mismo tiempo, es su cliente, porque se convertiría en su apoderado legal para tramitar documentos en El Salvador. Era una alternativa para comenzar a generar otros ingresos en su bufet. Para su amigo, significaba evitar demoras en sus planes.

Desde 2002 Jean no estaba en Estados Unidos, en aquella ocasión, solo había pasado en escala en un viaje con destino a Europa. Esta vez, se preparó comprando ropa para el invierno y aprovechó sus ratos libres para conocer California. Para entonces, el covid-19 era una enfermedad que acaparaba titulares de noticias que ocurrían en otros continentes, aún no se veía como una amenaza para América. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no lo había declarado pandemia y todavía no había ningún fallecido por el virus en el continente.

Por esto es que Jean no pensó que aquellos días eran los últimos de la cotidianidad como estaba conocida. Y menos pensó que le costaría tanto regresar a su casa.

Aquel 11 de marzo no entró al país. Su vuelo aterrizó a las 10 de la mañana y él nunca salió del Aeropuerto Internacional Monseñor San Óscar Arnulfo Romero.

Al llegar a una de las salas de terminal aérea se encontró con más de 300 salvadoreños que recibían indicaciones del personal de Migración y Extranjería sobre la cuarentena obligatoria, por 30 días, que tenían que cumplir en un centro de contención. Los buses para trasladarlos estaban afuera.

De regreso. Para pasar de México a Guatemala, el salvadoreño cruzó este río sin más asesoría que la de un coyote.

A un costado de la sala también estaban médicos del Ministerio de Salud que recopilaban las firmas para los que aceptaban ir a cuarentena. El encierro asustaba. Era un mes lejos de la familia, sumados a los días en los que varias personas habían estado afuera del país. El Gobierno impuso ese periodo, aunque la OMS advirtió que los síntomas del virus se manifestaban en 14 días.

Entre el grupo comenzó el rumor de que el destino para la cuarentena sería Jiquilisco, en Usulután. Pero había un desconocimiento de las condiciones del centro de contención. Días después, los salvadoreños que aceptaron ir al encierro comenzaron a difundir imágenes del hacinamiento y la falta de higiene en la que estuvieron sometidos.

Jean supuso lo peor. Pensó en que, al no tener compromisos familiares, le era viable regresar a California y esperar que las cosas se calmaran. Llamó a su amigo para explicarle lo que pasaba en el aeropuerto. Él le recomendó que volviera, porque, en cuestión de un mes, ya podría entrar sin problema a El Salvador.

Compró un boleto y a las 2 de la tarde del día siguiente viajó de nuevo a Estados Unidos. Dejó con la agencia de viaje dos maletas, de las que extrajo lo necesario para guardarlo en una mochila que llevó consigo.

Jean tuvo que comprar más ropa. La que había comprado para su primer viaje era de invierno, y ya necesitaba ropa para el verano, pero también su amigo le tuvo que regalar prendas, porque su estadía en Estados Unidos, al final, se extendió por cuatro meses y 10 días.

El 17 de marzo, el Gobierno decidió cerrar el aeropuerto por el covid-19 y más de 4,000 salvadoreños quedaron varados en el exterior. Ya no había forma de volver, más que esperar vuelos de repatriación, como los que enviaron varios países para sus ciudadanos varados en diferentes partes del mundo, los primeros días de anunciada la pandemia.

En el extranjero, Jean pudo avanzar redactando documentos de su bufet, pero en algún punto, imaginó, eso sería insostenible, ya que los papeles necesitarían firmas de sus clientes.

No pudo sobrellevar sus horas clases en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. El ciclo comenzó esa semana y todavía no había claridad de cómo terminarían los procesos educativos en las universidades y demás centros escolares. Reportó su situación a la universidad y decidió renunciar.

Fue un viaje de pocas palabras. “No se habla, ellos (coyotes) nunca saben el nombre de las personas ni yo tampoco supe el nombre de ellos. La advertencia que te hacen es: ‘si nos paran, quienes hablamos somos nosotros, ustedes se callan’. Y no hay nada que hablar, todo el tiempo es silencio”, recuerda.

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Los primeros días de emergencia y cuarentena por el covid-19 en El Salvador, los varados comenzaron a organizase y hacer presión en redes sociales. Armaron grupos de WhatsApp por países o zonas geográficas en las que estaban, cambiaron sus nombres o usuarios en Twitter y etiquetaban con mensajes al Ministerio de Relaciones Exteriores y a la canciller Alexandra Hill Tinoco.

Al mismo tiempo, propusieron a las embajadas, con insistencia, pagar ellos mismo su retorno y buscar aerolíneas o vuelos chárteres, para regresar. Las condiciones para ejecutar este plan -ante la falta de uno gubernamental- significaba, sin embargo, de que el Gobierno realizara gestiones diplomáticas con otros países para permitirles el tránsito en los aeropuertos y de que El Salvador abriera el Aeropuerto Internacional.

Los varados fueron escuchados hasta que trascendieron mediáticamente cuando un grupo, con ayuda de abogados salvadoreños, interpuso un amparado en la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia exigiendo su regreso.

Solo de esa manera, los formularios que muchos llenaron para diferentes embajadas pasaron de ser burocracia y el Gobierno se vio obligado a presentar un plazo de repatriación de 14 semanas, según el nivel de vulnerabilidad en el que estuvieran. Un tiempo no acorde al que los salvadoreños podían pasar afuera del país costeándose su alimentación, alquileres o, algunos, comprando la medicina que necesitaban para sus padecimientos.

Y ellos solos comenzaron a ingeniar formas de regreso.

Durante el tiempo en California, Jean tuvo casa, abrigo y comida. «Yo viví de la caridad de mi amigo, de la familia que me acogió. Estaba él y su familia, y realmente son personas súper buenas, que me han ayudado en todo. Yo, en ningún momento, puedo decir que me sentí incómodo», cuenta.

Pero comenzó a ganarle la desesperación por estar en su país, sobre todo que, pese a las decisiones de la Sala y un ineficiente plan de repatriación, el consulado de California nunca le dio una fecha de retorno. Lo mismo pasó con otros consulados y embajadas. A lo mucho, algunas ofrecían hospedajes a los varados en sus instalaciones o les proporcionaron canastas básicas.

Jean se cansó de no tener una fecha de regreso en un vuelo de repatriación y que los aeropuertos siguieran cerrados. Y le tocó recorrer una ruta que comienza en México y termina en las fronteras de El Salvador con Guatemala.

Una ruta a la que, dice, siguen recurriendo los salvadoreños varados y de la que prefiere que no se publiquen detalles por miedo a que ellos ya no puedan regresar a casa, pues hay ciudades que atravesar, donde por con el covid-19, todavía hay cuarentena y está regulado el libre tránsito.

El trayecto de Jean comenzó el 21 de julio. Tres horas en carro, su amigo lo llevó desde River Side, California, hasta la frontera de San Diego y la ciudad mexicana de Tijuana. Ahí, tomó un vuelo que salió a la 1 de la mañana para viajar a Ciudad de México para encontrarse con otra salvadoreña, y con ella viajó a Tapachula.

En Tapachula se quedaron una noche. Y, a la mañana siguiente, tomaron una tricicleta, de esas que a veces se usan de paseo, pero en este caso, se usaba como medio para hacer un tramo más en el regreso a casa.

Este viaje que han hecho ya muchas personas en una situación similar a la de Jean tiene variantes. Algunos atraviesan México en avión, otros por tierra, todo depende de las posibilidades económicas. Lo importante es llegar a las fronteras entre México y Guatemala.

De México a El Salvador, el viaje puede ser más barato si son varios los varados que retornan. Esto lo coordina un delegado de los varados, que enlaza a aquellos que quieren volver, con un coyote «de confianza» de Guatemala, dice Jean.

Entre fronteras. Jean tomó esta selfie mientras hacía el recorrido de regreso a El Salvador.

Él gastó aproximadamente $800 en su regreso. Casi la mitad de ese monto se la pagó a coyotes. Fueron dos coyotes lo que le ayudaron a él y a la otra salvadoreña a volver. El primero los esperaba en la orilla de un río y, en una balsa, los trasladó al lado de Guatemala.

De esto, Jean tiene una selfie, la publicó en su cuenta de Twitter junto a dos imágenes más, con el mensaje: «La primera foto no es mía, es de un diario de México, pero podría ser mía. La segunda tampoco, es del periódico chapín Prensa Libre, igual podría ser mía. La tercera sí es mía. A esto nos obliga el gobierno corrupto y el plan absurdo de @cancilleriasv @CancillerAleHT #VaradosSV». En la fotografía mostraba el río y, a un costado, a personas cruzando en balsa.

Jean y su compañera recorrieron Guatemala en el carro de un coyote, que los dejó a cinco kilómetros de frontera La Hachadura, en Ahuachapán. Como llevaban mochilas, para no caminar y para no levantar sospechas, tomaron otra tricicleta que los acercó.

Fue un viaje de pocas palabras. «No se habla, ellos (coyotes) nunca saben el nombre de las personas ni yo tampoco supe el nombre de ellos. La advertencia que te hacen es: ‘si nos paran, quienes hablamos somos nosotros, ustedes se callan’. Y no hay nada que hablar, todo el tiempo es silencio», recuerda.

En La Hachadura, se registraron con Migración y Extranjería, mientras que personal del Ministerio de Salud les tomó la temperatura, y al no tener ningún síntoma de covid-19, los mandó a ambos a cumplir la cuarentena en su casa.

A Jean lo llegó a recoger su hermano. Y, después de cuatro meses de pandemia, por fin pudo volver a su casa, a su destino del 11 de marzo.

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HAY UN APROXIMADO DE 945 SALVADOREÑOS que se han auto repatriado desde diferentes partes del mundo, dice Manuel Carranza, abogado que organizó la interposición del amparo en la Sala de lo Constitucional y que también regresó a El Salvador por su cuenta. Además, indica, que según formularios internos que manejan entre los varados, aún hay más de 400 afuera.

Los informes que la Cancillería de la República ha rendido a la Sala indican que, hasta el 2 de agosto, 4,346 salvadoreños han sido repatriados. Sin embargo, en muchos de los casos, los varados pagaron su boleto de regreso, cuyo monto varió de acuerdo con el país donde estuvieran. Lo que hizo el Gobierno fue facilitar el trámite con las aerolíneas y el libre tránsito en los aeropuertos.

«Lo indignante: la fuerza que tomaron los varados por el abandono, porque no es posible para ningún Estado que sus ciudadanos estén afuera, corriendo peligro, excepto en El Salvador. Hemos sido abandonados, jamás nos llegaron a traer», señala Jean.

Él está por iniciar un proceso de denuncia contra el Estado, por violaciones a sus derechos mientras estuvo afuera del país. La presentará en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y, luego, en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

La CIDH, incluso, denunció en mayo que a los salvadoreños varados se les habían violado derechos como la nacionalidad y la salud. «En el caso de El Salvador, estamos ante una negación arbitraria y temporal de entrar al país de origen», se pronunció también en su momento el director de la División de las Américas para Human Rigths Watch, José Miguel Vivanco.

A un mes de haber vuelto a casa, Jean dice que no quiere saber nada de viajes. Ha vuelto a trabajar de lleno a su bufet y prepara su denuncia con una organización.

Necesidades. Cientos de salvadoreños que quedaron varados fuera de su país tuvieron que ser muy creativos para que el dinero, la comida o la medicina alcanzaran. Y, también, lo fueron al establecer su ruta de regreso a casa.

 


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