El arte de restaurar tejidos comunales

Clown. Jónathan Marroquín tiene como personaje a Filo; un nombre inspirado en la terminación del nombre de su mejor amigo, Quiófilo. Desde 2016 es facilitador de talleres de teatro en Quezaltepeque y cuenta con un grupo, Malak-tes Teatro.

El clown que nació en una fiesta navideña

La primera vez que Jónathan Marroquín se vistió de payaso fue cuando tenía 23 años. Lo hizo para una fiesta navideña en una comunidad de Quezaltepeque, porque su mejor amigo, Quiof, se lo había pedido. Era el 25 de diciembre de 2008.

Jónathan ya sabía que quería hacer teatro, pero no había encontrado el momento para hacerlo ni sabía cómo. Su infancia y juventud las había dedicado a vender pan, ropa y reparar celulares, buscando alguna forma de generar ingresos para su casa.

Dos tíos de Quiof lo maquillaron. Le pintaron los labios y se los delinearon. Le dibujaron las chapetas en las mejillas, una lengua en la cara y le hicieron cejas coquetas. Era la primera vez que dejaba de ser él para pasar a ser un personaje.

Su amigo lo había convencido de que lo acompañara, que le siguiera el juego, que se divirtieran. El show consistió en hacer varias dinámicas, en la mayoría Jónathan le llevaba la contraria a Quiof, y eso despertaba la risa de los 200 niños que asistieron.

Diez años después, Filo es el personaje clown encarnado en Jónathan, que merodea las calles principales de Quezaltepeque esta mañana de abril. Lleva una maleta roja y negra, cuadriculada, que contrasta con su camisa. La maleta tiene plasmada la palabra «Malak-tes».Filo es un payaso elegante: viste con medias rayadas, un chaleco, un pantalón y un sombrero gastado. Lo distingue su nariz y sus chapetas en las mejillas. Su nombre proviene de la terminación de Quiófilo, la forma en que Jónathan llamaba a su amigo.

De Quiof, Filo tiene mucho, dice, el dinamismo y la aventura. Y la camisa que él lleva puesta.

“Sin él creo que no hubiera conocido el payaso o tal vez lo hubiera conocido después, pero quizá no con esa esencia del lado humano que hoy reconozco en el personaje”, se sincera.

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EL MAREO

A través de dos amigos, Jónathan llegó en 2010 al elenco de teatro de la Universidad Evangélica. Fue su primer acercamiento a la formación teatral. En cinco años con ese grupo, escribieron y montaron una obra que habla de la desesperanza de buscar a un desaparecido. Se llamaba «Después del mareo», y fue dirigida por el actor y profesor de teatro Mauricio González Nieto.

La obra fue un proceso de sanación. Quiof desapareció el 30 de julio de 2014. Jónathan lo buscó por todos lados, en el casco urbano de Quezaltepeque, en las quebradas, en zonas donde nadie se atreve a llegar así por así. Bajo el sol y la lluvia. Difundió la noticia por redes sociales, pero nunca lo encontró. Años después, confiesa que hay algo en él que le dice que estuvo a punto de hallarlo.

Cuando cuenta esto, Filo desvía la mirada, como pensando en la imagen de la lluvia cayendo una noche de agosto, cuando por primera vez salió a buscar a ese amigo que vino de Guatemala a vivir con su familia materna, cuando sus papás, una pareja de circenses, murieron. Ese amigo con el que compartió sueños y hasta una casa.

«Sin él creo que no hubiera conocido el payaso o tal vez lo hubiera conocido después, pero quizá no con esa esencia del lado humano que hoy reconozco en el personaje», se sincera.

MALAK-TES

Un año antes del montaje universitario, Jónathan intervino con un grupo de amigos varios espacios públicos en Quezaltepeque, el lugar de donde es originario. Se vistieron de clown y se apropiaron de la ciudad. El grupo se llamaba Malak-tes Clown, pero desapareció rápido. Sus integrantes se dedicaron a otras cosas, Jónathan fue terco y la propuesta volvió a surgir en 2016.

Tras abandonar el teatro universitario, comenzó a trabajar en un proyecto municipal que consiste en llevar teatro a centros escolares públicos y privados de Quezaltepeque. De esas clases nació un grupo independiente que se llama Malak-tes Teatro, conformada por 26 jóvenes que hacen clown y que constantemente realizan actividades artísticas en la ciudad.

El año pasado, parte de ese grupo, escribió y montó con Mauricio González Nieto la obra «En el cuello», que trata sobre las dificultades para superarse en El Salvador. Una temática que se acoplaba a la situación que vivían varios de los integrantes de la obra, que estaban por finalizar su bachillerato y no contaban con los recursos para seguir estudiando.

Tres de los jóvenes del elenco hoy estudian el Diplomado de Teatro en el Centro Nacional de Artes (CENAR); y uno, una carrera técnica. Todos viajan hasta San Salvador de lunes a viernes y sus gastos son patrocinados por personas que se han sumado a la iniciativa.

Uno de esos estudiantes, junto con Jónathan, también será parte del rodaje de una producción que realizará el cineasta Alfonso Quijada.

Desde el 27 de abril, Malak-tes Teatro también contará con su propio local, una casa ubicada en los alrededores del mercado de Quezaltepeque, que pretende llevar más arte a los hijos de vendedores.

Filo. Jónathan Marroquín es Filo, un clown que nació después de que en 2008 su mejor amigo lo invitara a que se vistiera de payaso para una fiesta de niños, en una comunidad de Quezaltepeque.

Malabares en Las Palmas

Lidy Serpas nació y creció en Las Palmas, una comunidad ubicada en la colonia San Benito, en San Salvador. Su vida artística había transcurrido afuera de este lugar: era parte de un colectivo de mujeres malabaristas y hacía malabares enfrente de la Universidad de El Salvador, donde inició estudios de Sociología.

Esto cambió un domingo de 2013, cuando una amiga la invitó a que asistiera a una reunión del colectivo VacilArte, una iniciativa que recién nacía y que es liderada por 11 jóvenes de la comunidad. Ahí conoció a vecinos, que como ella, estaban interesados en el arte y en enseñar a las personas de la comunidad lo que sabían hacer.

Lidy desconocía que dentro de Las Palmas había gente organizada con el fin de desarrollar proyectos, por eso decidió quedarse con ellos.

Las Palmas, pese a estar alrededor de espacios y actividades culturales, no contaba para entonces con intervenciones artísticas. Con el paso de los años, esta realidad ha cambiado. La Casa de la Cultura y la plaza Bambú, la plaza pública de la comunidad, se han vuelto puntos de reunión donde VacilArte organiza batucadas y diferentes talleres, que van desde malabares hasta serigrafía y reúne a niños, jóvenes y adultos, cuenta Lidy.

Artista. Lidy Serpas es una artista que nació y creció en la comunidad Las Palmas, en la colonia San Benito, en San Salvador. Desde 2013 pertenece al colectivo VacilArte.

Con la comunidad se han apropiado de los espacios que le pertenecen. Antes no era así, cuando el colectivo quería ensayar salían a hacerlo frente al CIFCO o en el patio de La Casa Tomada, ambos en la colonia San Benito. Una vez hablaron con la junta directiva de la comunidad y comenzó la toma de los espacios.

“No es lo mismo decir a ‘mí me gusta el arte’, viviendo en Las Palmas, que decir a ‘mí me gusta el arte viviendo aquí mismo’, al otro lado de Las Palmas”, dice Lidy, sentada en una banca de La Casa Tomada; una calle la divide de la comunidad de donde ella es originaria. A un lado tiene tres clavas con las que practica malabares.

Para Lidy, los habitantes de las comunidades creen que no tienen derecho a la cultura y al arte, porque internalizan lo que se habla alrededor de ella. Es testigo de lo que cuesta de apropiarse de los espacios artísticos. Por eso desde VacilArte han organizado otras actividades que consisten en realizar visitas guiadas con niños y jóvenes a los museos de la colonia San Benito, el Museo de Arte y el Museo Nacional de Antropología, donde han conocido sobre historia y arte.

La malabarista también se convirtió en el enlace entre La Casa Tomada y Las Palmas para un proyecto financiado por la Unión Europea, que tenía entre sus ejes llevar arte a la comunidad. Se llamó “Cultura para todos y todas”.

ROMPER LA BURBUJA
Lidy se considera una mujer privilegiada. Tiene 30 años, dos hijos y es la última de cinco hermanos. Su papá es un motorista y su mamá tiene una tienda en su casa, antes cocinaba en casas ajenas.

Sus padres tuvieron las posibilidades de pagarle el estudio en colegios privados, nunca le faltó nada. Cuando estaba en sexto grado inició estudios en el centro escolar de la comunidad, lo hizo porque ya no tenían con quién viajar al colegio y sus padres no confiaban que anduviera en bus. Sin embargo, ese momento fue para ella como romper la burbuja en la que había vivido y comenzó a conocer de cerca la realidad de Las Palmas.

“No es lo mismo decir a ‘mí me gusta el arte’, viviendo en Las Palmas, que decir a ‘mí me gusta el arte viviendo aquí mismo’, al otro lado de Las Palmas”, dice Lidy, sentada en una banca de La Casa Tomada.

Era una niña inquieta. Le interesaba el arte, pero no había nadie que la llevara al Centro Nacional de Artes (CENAR), uno de los pocos espacios formativos que conocía. Tenía un vecino que estudiaba pintura en esa institución y ella curioseaba sus trabajos. Se armó de paciencia para llegar a un proceso artístico formativo, se apaciguó cantando, bailando y dibujando.

En 2009 comenzó haciendo malabares. Recuerda que fue una idea de tres, un amigo, su pareja y ella. Se bautizaron como Los Malakalle. El amigo dejó de hacer malabares y solo quedó con su pareja. Con él hacían presentaciones frente a la UES. No era de todos los días, tampoco por varias horas. A veces era una hora antes de que entrara a clases.

“Tenés el público más difícil, porque es alguien que no te espera y que no te quiere ver. Entonces te lo tenés que ganar ensayando un buen número, haciendo buen show y mostrarle a la gente”, cuenta. Una de las formas que utilizaron para llamar la atención de ese público era hacer pases con los malabares, porque el espectáculo visual es lo que le gusta a la gente, dice.

Comenzó a estudiar Sociología en la UES, y junto con otras ocho mujeres malabaristas crearon el colectivo La Buruca Colectiva. Por la demanda de tiempo que le implicaban sus actividades artísticas, abandonó la carrera, pero quiere estudiar Antropología. Actualmente Lidy es la encargada del proyecto “Espacios”, ejecutado por la Alcaldía de San Salvador, que consiste intervenir diferentes comunidades con el arte.

Clavas. Las clavas es el tipo de malabar que Lidy, Malakalle, prefiere hacer. Dice que el público más difícil es el que está en los semáforos.

Pájaros en movimiento

Talleristas. Los talleristas en el polígono de la residencial Altavista son jóvenes originarios de la zona que buscan cambiar su realidad. La idea es crear una red nacional de teatro comunitario.

El susurro que, al moverse con el viento, provocan todos los árboles del Polideportivo de Altavista, en Tonacatepeque, apenas deja que la voz de Misael Arias sea audible. Camina en la acera, a un costado de una cancha de fútbol, sube unas gradas y llega a una cancha de básquetbol. En ese lugar lo espera su amigo de infancia, y de una de las entradas de la cancha aparecen dos jóvenes, cargan cuadros de pinturas; y uno de ellos lleva una bocina pequeña que conecta a “bluetooth” para cantar hip hop.

Misael se para a unos metros de una mesa donde han colocado las pinturas, la mayoría consisten en colaje que han hecho niños de la comunidad. A un costado hay una ceiba joven y atrás, un mural con grafitis. “Para mí siempre ha sido la educación uno de los factores más importantes de esta sociedad. Y uno de los factores de por qué esta sociedad está tan mal es porque ha sido muy maleducada”, dice.

En el lugar donde está cuenta que antes impartía talleres de formación política y nuevas masculinidades para jóvenes de Altavista. Por ahora, junto al grupo de amigos que lo espera sentado en otras de las mesas del polideportivo, atienden a un grupo de niños y jóvenes que provienen del Centro Escolar Altavista, la institución se observa al otro lado de la cancha de fútbol. Dan talleres de hip hop, danza, pintura y expresión corporal.

En el centro escolar, Misael llegó a impartir clases de artes marciales, un deporte que ha estudiado. Esto lo llevó a crear hace un mes un comité ecológico para apostarle a la educación ambiental. También le sirvió para convencer a las autoridades del centro escolar de que permitieran que por las tardes, a las 5:30, los niños asistieran a los talleres los días lunes, miércoles y jueves.

Misael cuenta que los talleres comenzaron el año pasado, en las vacaciones de fin de año para los estudiantes. Los talleres duraron dos meses y medio, y comenzaron con expresión corporal para que los niños decidieran si querían seguir aprendiendo cómo usar su cuerpo para crear arte, hacer hip hop o bailar, clases que hasta hoy imparten.

A estas iniciativas primero se le sumó Alexis Hernández, el joven que ya lo esperaba en la cancha de básquetbol cuando Misael recorría el polideportivo. Alexis es su compañero en la Compañía de Teatro del Instituto Nacional de la Juventud, y los dos forman parte del equipo de producción de “Cámara Negra”, el proyecto de la actriz Dinora Alfaro que ganó el Premio Ovación 2018 y que consiste en un canal de YouTube para hablar de teatro.

“Para mí siempre ha sido la educación uno de los factores más importantes de esta sociedad. Y uno de los factores de por qué esta sociedad está tan mal es porque ha sido muy maleducada”, dice Misael.

“Me gusta pintar, dibujar, pero yo nunca me especialicé en eso. Sí tenía ciertos conocimientos, he recibido ciertos talles acerca de tipo de dibujos y quise aprovecharlo dentro de la comunidad”, confiesa Alexis; y explica que entre las técnicas usadas por los niños para pintar está el colaje. Entre los trabajos que los jóvenes han llevado para mostrar, hay un colaje que tiene palabras de titulares de noticias pegados sobre imágenes de Michael Jackson, Shakira y la madre Teresa de Calcula. “Migrantes”, “Tijuana”, “Muere”, se lee.

OKUPA
Basados en el movimiento okupa, que consiste en intervenir lugares abandonados para ocuparlos, entre otras cosas, como espacios culturales, Misael y Alexis se apropiaron el año pasado de una casa que tenía ocho años de estar abandonada y que está aledaña al sitio donde a mediados de julio de 2016 ocurrió una masacre que dejó seis víctimas. La casa queda cerca de la escuela y se desplazaban hasta ahí con los niños para impartir los talleres.
Sin embargo, Misael cuenta que un joven intentó hacer partidario el proyecto. A esto se sumó que consideraron la zona peligrosa y desistieron de seguir utilizando ese lugar, por eso se movieron al polideportivo.

“Nosotros lo que estamos haciendo es aprovechando lo poco que nosotros sabemos e impartirle al prójimo. Lo que queremos es que la convivencia sea mutua y que vayamos creciendo poco a poco”, sostiene Gustavo Paniagua, el joven entró a la cancha de básquetbol con la grabadora. Él es estudiante de bachillerato y es el encargado de dar las clases de hip hop.

Artes marciales. El trabajo comunitario en Altavista lleva dos años. Inició cuando uno de los talleristas llegó al Centro Escolar Altavista a impartir clases de artes marciales.

Mientras que Marcos Guardado, el encargado de las clases de danza, dice que no tiene preferencia por un tipo de género musical en específico. Además de impartir talleres, Marcos se encarga de enseñar la coreografía para los 15 años que se celebran en la residencial Altavista, para este mes tenía cuatro encargos. Y toca el melófono en la banda del Centro Escolar Altavista.

“La misión es eso, alejar a los jóvenes a través de la danza, de violencia, de pandillas, cosas que no te van a llevar a nada bueno y el tiempo que ocupás para eso lo podés ocupar para danzar y expresarte”, dice alegre.
El grupo se llama Ulin Tutut, que en náhuat significa “pájaros en movimiento”. Misael espera que de este esfuerzo nazca una red nacional de teatro comunitario.


Pintar a la sombra del Chinchontepec

San Vicente. Miriam Muñoz y Julio De la O son parte de los creadores de la Fundación Casa de los Sueños, que busca llevar el arte a niños y jóvenes en la ciudad de San Vicente.

La idea nació de tres amigos que tenían gustos artísticos en común y que pretendían llevar talleres a los niños de San Vicente. Fue así que Miriam Muñoz, Mónica Valladares y Julio César De la O comenzaron a preguntar en la gobernación de esa ciudad cuáles eran los pasos para constituir una fundación. Y nació la Fundación Casa de los Sueños, que desde 2014 imparte talleres de lectura crítica, grabado, pintura y dibujo.

De momento se han enfocado en atender a 20 niños que viven en el barrio Concepción, un barrio donde 90 % de las familias son agricultoras y suben a cosechar al volcán Chinchontepec, dice Miriam. Ella es de es de ese barrio y cuenta que las familias suben al volcán a las 4 de la mañana para bajar antes de que anochezca.

En el barrio Concepción está la calle que lleva al volcán y el Centro Escolar Concepción de María. Desde esta escuela se observa el Chinchontepec. Es aquí donde todos los sábados, desde el año pasado, Miriam y Julio atienden a un grupo de 20 niños. Julio da talleres de lectura crítica y Miriam se encarga del taller de dibujo y pintura. Al proyecto le llaman “Coloreando nuestras almas”.

No es casualidad que los niños reflejen en sus creaciones a grafito la realidad en la que viven. Desde una computadora, en su taller de pintura, Miriam muestra las fotografías de dibujos donde se observa a un sol en medio de las dos elevaciones del volcán vicentino.

Material de trabajo

“No es solo irles a enseñar la técnica, sino darles algunos elementos para su desarrollo integral, y por eso es que a partir de este año incluimos el taller de lectura comprensiva”, cuenta Julio. Él es contador de profesión, pero durante un tiempo perteneció a un círculo literario que se desarrolla en la Casa de la Cultura de San Vicente y eso ha hecho que también tenga vocación para las letras.

Entre la semana trabaja en el área de Pagaduría en la Departamental de Educación de San Vicente y también da clases de contaduría en una universidad privada. Los sábados los dedica al taller. Para conocer sobre metodología y preparar las sesiones del taller, Julio asistió a un taller de educación popular y también retoma herramientas didácticas de UNICEF.

El objetivo es que también los niños conozcan de memoria histórica, señala Julio. Es por eso que otro de los ejercicios que hicieron es conocer sobre “el árbol de los lamentos” o “el árbol de los cerdos”, un árbol que está en el centro de San Vicente, contiguo a la iglesia El Santuario, y donde, según la historia, se comercializaban esclavos, aunque con el pasar del tiempo, dice Julio, se ha intentado decir que se comercializaban cerdos.

“No es solo irles a enseñar la técnica, sino darles algunos elementos para su desarrollo integral, y por eso es que a partir de este año incluimos el taller de lectura comprensiva”, cuenta Julio.

ATENCIÓN PSICOLÓGICA
“Algo que hablamos hace días es que en esa escuela, por la zona donde está, los niños son muy cohibidos”, cuenta Miriam. Sin embargo, también destaca que a medida han impartido el taller los niños comienzan a interactuar entre ellos, incluso, llevan comida para compartirla.

Es por ello que la fundación también piensa en un futuro contar con psicólogos, para que a través de los dibujos que los niños realicen puedan ir más allá e interpretar su comportamiento.

Mónica trabaja como pintora. Desde el año pasado alquila un local en San Vicente para dar clase privadas de pintura y trabajar en sus propias creaciones. Comenzó pintando por su cuenta y asistió a talleres en esa ciudad. Luego se inscribió por un año al Diplomado de Dibujo y Pintura en el Centro Nacional de Artes (CENAR), que duró dos años, y hoy estudia en un taller de grabado en esa institución.

El proyecto, dice, comenzó con talleres por cuatro meses de pintura, danza, artesanía y teatro en el Centro Escolar Victoriano Rodríguez, en el centro de San Vicente. Continuaron en el parque Antonio José Cañas, en coordinación con la Unidad de Turismo. Después pasaron a la escuela del barrio Concepción, cuyo taller estaba programado para un año, pero se extendió porque recibieron la donación de materiales de Bill Gentry, un estadounidense que pertenece a un proyecto artístico llamado Color of Cambodia.

El material les alcanza para un año más, y según Julio, Gentry también les ha propuesto que los trabajos más destacados de los niños sean subidos a una galería en línea, puedan venderse y de esa forma el niño y la fundación reciban ingresos.

La apuesta del proyecto es que se vuelva sostenible y que cuenten con un local, señala Julio, porque pretenden también involucrar más a los padres de familia. Hasta ahora, lo que hacen son reuniones con ellos para que conozcan el trabajo que realizan los niños y también confíen en lo que ellos les enseñan. Además, están recibiendo apoyo de otras personas de la ciudad, por ejemplo, se les ha acercado un grupo de trabajadores sociales recién graduados, quienes ya dieron un primer taller de violencia y cultura de paz.

Creaciones. Las creaciones que los niños que asisten al taller han realizado exponen elementos de su cotidianidad. La fundación busca que haya una atención psicológica.

De repente, Perla

Ilustración de Moris Aldana
Ilustración de Moris Aldana

Era época de zafra y por eso ardía el cañaveral. Desde aquí hasta las montañas se veía el fuego. De día flotaba la ceniza y se pegaba al pelo, al bigote, a las pestañas. Todos andábamos ennegrecidos. Al quinto día llovió. No llueve en diciembre, pero esa vez llovió tres días sin parar. Se empantanó la caña entre el lodo y la ceniza. Nadie trabajaba ya, nadie cortaba la caña. Eran días extraños. Fue entonces que nació Perla, la vaca que quería ser perro.

En mi primer dibujo de Perla la vaquita aparece de perfil. Atrás suyo todo está embarrado de ceniza; la sonrisa de Perla brilla blanca y nítida en la oscuridad. ¿Qué te parece?, le pregunté a mi hijo luego de hacerle los últimos retoques. Vio el dibujo y volteó a verme con esa cara que me recuerda a su madre: No se encariñe, dijo, es una vaca, papá. Con eso se fue a cortar la caña junto a los otros trabajadores, y yo me quedé delineando la cola con el carboncillo.

A Perla no la quiso su madre. Desde el primer día le negó la teta. Se acercaba Perla muy mansa y la madre la desalojaba con un movimiento de cadera. ¡Tas!, y la Perlita que salía despedida. Empezó a adelgazar. Yo me fijé desde el principio, la llevé con otras vacas que andaban con crías, vacas que tampoco la aceptaron. Fui a consultar con el patrón. Necesita un biberón, le dije, uno de esos biberones grandotes para darle leche tibia. Don Henrik me miró ladeado y con algo de sospecha, pero me confiaba ese patrón. A los dos días la estaba alimentando ya, dándole de mamar con un enorme biberón que chupaba a borbotones.

Rodrigo Fuentes – escritor guatemalteco

La tratamos de regresar con su resto, pero a Perla no se le daba el ganado, y al ganado no se le daba Perla. Tuvo compasión Don Henrik. Tráigamela al jardín de la hacienda, dijo, ahí la vamos criando, agregó, y fue ahí que Perla conoció a Derrepente, el perro mestizo que de repente había aparecido en la finca unos años atrás. Se hicieron cuates al instante. Pura química. Nada romántico, solo amigos. Cómo jugaban, cómo se revolcaban en ese jardín Perla y Derrepente.

Aprendió a pararse en dos patas después de tanto ver a Derrepente hacerlo. Calcado, si me pregunta a mí. Porque hasta el mismo bailecito hacía para quedarse parada, moviendo un piecito para delante y otro para atrás, uno para delante y otro para atrás. Raro ver eso, la ternera en dos patas y haciendo su equilibrio. Se la pasaban juntos todo el día, se reían juntos también. No me pregunte cómo, pero cuando me iba acercando al jardín los veía de lejos y juro que se mataban de la risa esos dos condenados.

Nuestra finca era de melón, pero todo alrededor eran extensiones de caña que pertenecían al ingenio. En esas tierras laboraba mi hijo junto a otros jornaleros. Trabajaban duro macheteando el día entero, animados con pastillas que repartía el capataz. Anfetaminas, eso les daba. Ya a la vuelta de la jornada venían con las pupilas enormes. En el dibujo Hijo, otra vez aparecen esos ojos, esas pupilas alocadas, aunque mi hijo no quedó contento con el retrato. Qué feo está, papá, mala le salió la gracia. Sostenía el papel a distancia, pellizcándole una orilla. Le dije que la culpa no era del dibujo: la culpa es mía y de tu madre, no culpés al arte. Soltó el dibujo, dejó que cayera al suelo y salió de mi ranchito sin decir palabra. Tanta pastilla le ha quitado el buen humor.

Los trabajadores del ingenio acostumbraban pasar frente a nuestra finca al final de la jornada, cuando iban de vuelta a sus champas. Así se fueron encariñando con la Perla, que se aparecía en el jardín para saludarlos. Hinchados de trabajo y de pastillas caminaban, y Perla que les movía la colita, les sonreía, se paraba en dos patas para despedirlos. Que baile, le pedían, que baile, gritaban los menos cansados, y Perla los premiaba con un pasito para delante y otro para atrás, uno para delante y otro para atrás.

Ni modo, Perla empezó a crecer. Se hizo grande en cosa de un año. Igual iba a la terraza del jardín a descansar, se echaba con las patas desparramadas, la trompa plana sobre el ladrillo, los ojos turnios del puro placer. Cómo le gustaba que le hicieran cariño detrás de la oreja, mugía quedito la Perla con esas atenciones. A la par de ella se tiraba Derrepente, iguales los dos. Seguían de cuates, pero cuando se revolcaban se veía que el perro andaba con más cuidado, amagaba ante el cuerpo de Perla. Ya poco se paraba en dos patas la vaca, muy grande estaba, pero aun así daba unos brinquitos de lo más agraciados.

El libro. “Trucha panza arriba” se puede obtener a un precio de $10. Los pedidos se coordinan por medio de la página de Facebook de la editorial Los Sin Pisto, al enviar un correo a [email protected] y también por WhatsApp al 7682-4079.

El mismo año en que Perla dejó de crecer llegaron las primeras máquinas cortadoras al ingenio. El trabajo de cien hombres lo hacían en mitad del tiempo. Cómo podaban esas desgraciadas, cómo destazaban la caña con sus aspas de acero. De un día para otro empezaron a echar a los trabajadores, pero el sindicato se plantó, y a finales de ese año se armó el relajo. Eligieron la época de zafra para dejar el machete y juntos se lanzaron a la huelga, juntos marcharon entre la caña.

Pasaron frente al jardín de la hacienda esa vez, los niños y los hombres bien alborotados, mi hijo entre la marcha y gritando con el resto. Fue ahí que Perla se lució. De un brinquito saltó el arriate para ir a meterse entre el gentío, mugiendo de lo más amigable y dejándose sobar por todo el mundo. Movía la colita, agachaba la cabeza y luego la levantaba con mugidos de pura alegría.

Quedó claro lo que ya todos presentíamos: Perla estaba con los trabajadores.

Los meses que siguieron estuvieron jodidos. La gente empezó a incendiar las máquinas cortadoras. La primera la agarraron en enero, una noche en que prendió fuego todo un bodegón del ingenio. Desde aquí se veían las llamas, se escuchaban las sirenas como si la misma caña se estuviera lamentando a gritos. Don Henrik estaba quedándose en la hacienda esa vez y salió a la terraza a ver qué pasaba. Ahí nos mantuvimos los dos muy quietos, parados en el resguardo de nuestra propia finca. Usted se me queda aquí, dijo, ni se le ocurra ir a meterse allá. No estaba yo tan viejo todavía, pero los bochinches eran cosa de otros tiempos. Ya mucho había dado yo al sindicato en la ciudad. Ahora le tocaba a mi hijo dar la lucha. Las llamas iluminaron la noche: entre la oscuridad noté la mirada brillante de Perla, sus ojos encandilados por el fuego.

Lo que vino luego era cosa de tiempo nomás. Los dueños del ingenio se trajeron a gente de oriente para patrullar el cañaveral. Malas personas eran esas. Yo con oriente no tengo riña, pero esos hombres llevaban la muerte en la jeta. Al poco tiempo empezaron a caer los sindicalistas. A dos de los principales los balearon, ahí mismo en sus ranchitos les fueron a meter plomo. A un tercero le mataron al hijo, un patojo que ya andaba metido en el asunto también. Y así parecía que el relajo tocaba fondo, porque esos golpes los dieron en cosa de unos cuantos días nada más.

Poco se mira en mis dibujos de esa época, como si el mismo carboncillo se hubiera encabronado con la hoja en blanco. Solo a Perla la tengo bien delineada o, más bien, la sonrisa y la energía de Perla, porque llamaba la atención la inquietud de la vaca, un ir y venir más de perro que de res.

Cuando apareció la Antorcha Justiciera para hacerle frente a tanto agravio, la gente ya estaba hablando de dejar la huelga y regresar al trabajo. Hacía falta la comida. Pero el rumor de la Antorcha corrió como el fuego en plena zafra: son veinte mugrientos, empezaron a decir, tal vez más, pero a pura antorcha se están cobrando una vida de afrentas.

Fantasmas, esa sensación daban. Porque los condenados corrían y corrían entre la caña, aparecían con sus antorchas y en un dos por tres se esfumaban, dejando fuego y desorden nomás. Salían los matones por un lado de la finca y la Antorcha aparecía del otro: robaron fertilizante, atrancaron las máquinas del ingenio, le prendieron fuego a las cortadoras. Buena plata perdió el ingenio esa temporada, entre tanta quema y tanto robo.

Yo supe quiénes eran por Derrepente. Ese perro tenía un par de amigos entre los cortadores de caña; supongo que así terminó enrolado en la Antorcha Justiciera él también. Leal era ese Derrepente: leal con el despelote, porque la travesura la llevaba en el alma. Era de color canela, pero en las mañanas empecé a encontrármelo negro, enlodado de cola a trompa. Solo los dientes blancos, la pura sonrisa me lanzaba el muy chistoso. Derrepente, le gritaba yo, pero antes de alcanzarlo ya se había metido entre la maleza.

Escuché su correteo una noche de luna llena. Ya le conocía los pasos al Derrepente, porque tenía una pata cuta y corría como a trompicones. Cuando salí a ver iba llegando con dos de los mugrientos, él a la cabeza: el muy canalla los había traído de vuelta a la hacienda del patrón. Me tomó un segundo darme cuenta de que uno de ellos era mijo. Directo al cobertizo donde guardábamos la leña se fueron a esconder, frente a la terraza del jardín.

Ilustraciones de Moris Aldana

Al llegar los matones ya todo era silencio; lo cierto es que la cosa no estaba para hacer presencia. Emputados venían esos hombres, con ganas de cobrarles las costillas a los malandrines. Y el patrón por ninguna parte, nadie para hacerles frente.

Derrepente más jodido, pensé. Mijo más jodido. Caña más jodida, pensé también.

Cuando salí de mi covacha los matones ya estaban cortando el alambre de la cerca, listos para entrar sus caballos a la finca. ¿Qué quieren?, salí diciendo, esto es propiedad privada. El primer matón ni se dignó a responder. De un tajazo cortó el alambre y mientras iban entrando alcanzó a decir: Si los encontramos por aquí usted también se fue feo.

Algunos le dieron la vuelta a la hacienda, pero el jefe de ellos se bajó del caballo y ahí se quedó muy quieto. Tomándose su tiempo. Y entonces se le tensó el cuerpo como un alambre de púas. Volteé a ver a donde miraba y por ahí venía Perla, de algún lugar del jardín había aparecido. Fresca y rápido avanzaba la vaca, directa hacia el hombre.

Era bonita esa bestia, no digo que no, pero bajo la luna llena refulgía como santa en pascuas. Tan blanca que brillaba. Y coqueta, amigable, con personalidad. Así era ella. Se acercó tanto y con tanta confianza que el jefe pareció desubicarse, tomó un paso para atrás. Si sus hombres no hubieran estado ahí, estoy seguro que hasta el arma desenfunda.

Pero Perla era una vaca, y ante una vaca no hay que acobardarse.

A un metro paró. Se acercaron un par de matones y la observaron. Perla lanzó un mugido al cielo y empezó a darles la vuelta la muy confianzuda. Uno de los hombres dijo algo, palabras duras, pero el resto siguió quieto, tan curiosos como yo. Porque Perla los miraba como mira una persona. No como mira una persona cualquiera: como mira una mujer, una mujer que se sabe vista por un hombre. De esas mujeres que le agarran a uno la mirada y se la cachetean de vuelta. Así miraba Perla.

¿Y aquí qué?, empezó a decir uno de los tipos.

Ni tiempo le dio de seguir. Perla dejó de caminar y lo miró de frente. Perla frente a ellos, Perla frente al mundo. Tomó un par de pasitos hacia atrás y con el mismo empuje echó todo el cuerpo hacia arriba: fácil se vio el asunto, serena la Perla poniéndose de pie. Ya en dos patas pareció equilibrarse, como asentando el peso sobre los tacones. Y entonces dio dos pasitos hacia el frente y los hombres se hicieron para atrás, abriéndole cancha. Cayó blando, Perla, como una sábana.

Vaya circo, dijo uno de ellos. Lo admito: sentí un calor en las tripas, algo sabroso que me subió por el cuerpo. Orgullo, algo así será lo que sentí.

Es su jardín, dije acercándome. El jefe me volteó a ver, volteó a ver a Perla otra vez. ¿Su jardín? Es que es especial, le dije, no le gusta que se meta gente a su jardín. El jefe escupió al suelo y le señaló a los hombres los sembradíos de melón, la hacienda, el cobertizo. Me revisan bien, dijo, y usted se me queda aquí, viejo, sea de quien sea este jardín.

Esa gente de oriente era dura, curtida. Conocían de ganado: estoy seguro que en su vida habían visto a una vaca levantarse así. Peinaron la zona y salieron del otro lado de la finca; mientras tanto, me dediqué a arreglar el alambrado de la cerca. Eché un vistazo pero mi hijo y el otro mugriento no estaban por ninguna parte. Seguro que entre tanto alboroto habían logrado salir. Ya que iba regresando a mi covacha me encontré al Derrepente a la par de Perla. Bien juntitos, como hablando estaban, y pensé en ir a darle una buena patada al perro. Pero algo me detuvo; demasiado a gusto se veían los dos, tan cuates ellos, moviendo sus colitas en círculos, como sincronizados.

El rumor me llegó al par de días: que con la Antorcha iban siempre un perro y una vaca endemoniada. El perro liderando, la otra a la retaguardia. Que se reían esos dos animales, que la pasaban a lo grande, que conocían esas tierras mejor que nadie. Carcajeándose todo el tiempo la vaca y el perro: dando brincos alrededor de las máquinas en llamas mientras se carcajeaban. Eso decía la gente.

Pues ni modo: los matones regresaron a los cuantos días por la noche.

Borrachos estaban los hombres, a mí me amarraron de un solo. Dónde está la jefa, decían, dónde está la jefa, gritaban riéndose. Pero risas agrias eran, risas maleadas. Las manos a la espalda y la trompa al suelo; así me embarraron en el lodo a la par de la hacienda. Poco pude ver, pero vi lo suficiente. El mero jefe se metió al jardín y Perla se acercó muy mansa, moviendo la colita, adormilada todavía. El hombre le rascó detrás de la oreja, le sobó el lomo, y ahí mismo dio la orden: Me la cogen, dijo, pero bien cogida. Escuché que la vaca mugía mientras le amarraban las patas. Entre tres la detuvieron, y uno de los hombres agarró un leño, del mismo cobertizo en el jardín fue a sacarlo. Me dolieron hasta el alma esos mugidos, alaridos eran, cómo me dolieron. Ya que se iban pasó uno de los tipos a darme un patadón. No se preocupe, me dijo, igualita va a quedar su yegua, nomás que ya no tan brincona.

Si no se desangró fue por milagro. Yo no sé qué sintió Perla –vaya uno a saber qué se sentirá algo así, qué sentirá un animal en un momento así–. Pero algo le mataron. Porque era coqueta, Perla, era orgullosa, y lo que hicieron fue aplastarle esa elegancia de un leñazo.

La huelga terminó a las cuantas semanas. Algunas mejoras lograron los trabajadores, una subidita al sueldo y poco más. Dejaron de traer nuevas máquinas cortadoras, que igual solo servían para terrenos planos. A veces la tierra no se aplana por mucho que le pasen el rodillo.

Nuestra finca se vino abajo al poco tiempo. Se cayó el precio del melón y Don Henrik tuvo que venderlo todo. A mí me habló, me dio las gracias, me apretó la mano con fuerza. Así es la vida, dijo. Ve pues, pensé, y yo sin enterarme hasta ahora. Al día siguiente juntó a los campesinos para agradecerles, y ahí dio el discurso de despedida. Lo escuchamos en silencio, yo y el resto de la gente. ¿Y Perla? preguntó una voz al fondo del gentío. El patrón vio para abajo, como apenado: Lo que queda del ganado tiene que irse al rastro, dijo. Hay deudas que saldar. Al fondo, en el jardín a la par de la hacienda, Perla movía su colita.

Terminé viniéndome a mi pueblo, a dos leguas nada más de donde estaba la finca. Aquí me he dedicado a mis dibujos, viera el tiempo que les meto ahora. Estoy trabajando unos retratos de Perla, aunque no me convencen todavía. Tantos intentos y siempre la pobre Perla atrapada en el dibujo, inmóvil parece. Así no era ella. En eso coincidimos con mi hijo. Hasta a la pobre Perla malogró con sus dibujos, me dijo viendo los bosquejos.

Me cuentan que Derrepente se mantuvo por ahí, yendo y viniendo entre los cañaverales, haciendo sus travesuras. De vez en cuando se aparecía por la hacienda, convertida ya entonces en un bodegón, y se echaba en la terraza del jardín. Ahí mero, en el mismo lugar donde Perla se tiraba, se echaba él con las patas desparramadas y la trompa sobre el ladrillo. Buscando compañía, me imagino, la compañía que se busca en el recuerdo. Vaya uno a saber si la encontró.

Yo digo que sí.

Ilustraciones de Moris Aldana

Niñas de pandillas enemigas se juntan en una canción

Talento

Andrea tiene 24 años, es bachiller, toca el violín, forma parte de un grupo de coreografías y quiere estudiar Diseño Gráfico. Pero quienes la ven entrar a este salón solo pueden notar algo en ella: en la mano tiene tatuajes que la relacionan con la pandilla Barrio 18.

Ella es parte de una docena de adolescentes que a las 2 de la tarde entra cargando violines, violas y cellos a este evento en la colonia Escalón. Las adolescentes, vestidas con jeans y camiseta blanca, han sido invitadas a tocar unas canciones. Las han traído en microbuses desde el Centro de Inserción Social Femenino, donde guardan prisión. A diferencia de ellas, los maestros que se graduarán de un curso de “Educación y democracia” han venido vestidos de gala al Instituto Nacional de Formación Docente.

Al grupo de muchachas lo acompaña la directora del centro junto a una orientadora y personal del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Ninguno muestra un arma visible, pero llevan, cruzada sobre el pecho, una pequeña bolsa, listos para cualquier eventualidad que perturbe la convivencia que se ha logrado entre las jóvenes.

Andrea es alta, tiene la piel y ojos claros. Cuando tenía 17 años llegó al centro por una condena de secuestro. No fue capturada sola, también su novio de la adolescencia fue enviado a prisión. Ella terminó hace dos años su educación media y se está formando en cuánto taller puede. A pesar de estar ocupada, los seis años y 10 meses que lleva presa no han pasado pronto. Este día ha salido, como el resto de sus compañeras, con el permiso de un juez a realizar una presentación de lo aprendido en sus clases de música.

El centro en el que ha pasado los últimos años se divide en dos sectores para mantener el orden y la paz entre muchachas con afinidad a la Mara Salvatrucha y al Barrio 18. Las rencillas entre las dos pandillas principales de El Salvador provocan homicidios a diario. Para un buen sector de la población, las pandillas marcan fronteras sociales y geográficas que no deben ser cruzadas.

En febrero de este año, un joven fue estrangulado por pandilleros en Ciudad Delgado porque vivía en un sector donde operaba otra pandilla. Y en junio, un joven zapatero fue asesinado en Panchimalco por el mismo motivo. Ese caso es uno de los 10 homicidios diarios que se promediaron hace un mes. El mensaje es claro. Dentro de las pandillas –y sus comunidades– es prohibido relacionarse con miembros de otras estructuras.

Las jóvenes colocan sus instrumentos detrás del escenario y entran a un salón para almorzar. La escena no es fraternal, pero llama la atención. Las internas toman asiento alrededor de la misma mesa y se reparten entre ellas la comida que les han brindado. Luego, almuerzan juntas.

El grupo parece una orquesta de colegio; solo el dispositivo de seguridad que se ha armado en el edificio demuestra que no lo es. Divididos entre las gradas del local, el parqueo y la entrada hay custodios de Centros Penales con la cara tapada y armas largas sobre el pecho dispuestos a evitar que las intérpretes de hoy escapen.

 

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¿QUIÉNES LLEGAN A ESTE CENTRO?
El proyecto de formación musical ha sido gestionado por la Asociación Tiempos Nuevos Teatro (TNT). La asociación ha tenido que sortear varios retos para que las clases que se brindan tengan fruto. Por ejemplo, “el ISNA no quería que las jóvenes tuvieran los instrumentos en los cuartos”, sostiene el encargado del programa artístico, Julio Monge.

Los maestros de música llegan al centro solo una vez a la semana. Y, como las jóvenes están en sus celdas “desde las 5 de la tarde a las 6 de la mañana”, practicar con el instrumento solo media hora no daba mayores resultados, continúa explicando Monge. Por eso, hace más de un año surgió una petición: Solicitaron al ISNA que dejara que cada interna que pertenece a la orquesta tuviera su instrumento entre sus objetos personales. La institución no estaba segura de que eso fuera una buena idea. El riesgo era que algunas partes del instrumento pudieran ser utilizadas para otro fin menos loable que la música.

“El ISNA no quería porque decía que las cuerdas se podía utilizar para armas”, asegura Monge. El programa lleva ya tres años realizándose con distintas aprendices de música. Este grupo específico de la orquesta de cuerdas lleva un semestre practicando, y ya pueden tocar el instrumento dentro de sus dormitorios en sus tiempos libres. Pero cuando una cuerda se rompe, en lugar de botarla en un cesto de basura, es necesario que esta se reporte y se entregue a las autoridades.

Este martes en la colonia Escalón, más y más invitados continúan llegando al evento. Las internas se empiezan a preparar para el concierto que brindarán. La directora del centro, Graciela Bonilla, sostiene que las niñas que están a unos metros de ella “jamás en la vida imaginaron cambiar las armas que utilizaban por un violín, por un cello, por una viola”.

“Les metemos la idea de que el centro no está dividido por pandillas, porque realmente no tengo yo niñas que sean brincadas, como ellas mismas dicen, sino que son niñas que han tenido cierta afinidad, ya sea por sus amigos, por su pareja o por su familia”, sostiene la directora. Sin embargo, las clases de la escuela, de arte y servicios religiosos, sí se hacen por sectores divididos.

“El perfil, en general, de las adolescentes que ingresan al centro es la extrema pobreza, la vulneración de sus derechos, abuso sexual, niñas regaladas, explotación, relaciones inadecuadas entre la familia, familias desintegradas. Generalmente son niñas que se han acompañado a los 13, 14 años y han salido de las casas de sus padres, ya sea por pobreza o porque andan metidas con su pareja en situaciones ilícitas”.

Si una muchacha llega por un delito común –sin vinculación a pandillas– se investiga qué pandilla controla el territorio donde ella vivía, y así se le asigna sector, explica un empleado jurídico del centro.
El ISNA cuenta con cuatro centros para la inserción social de menores que han violado la ley. Estos fueron pensados como un lugar donde se le brinde orientación a los jóvenes para redireccionar sus vidas. Pero no siempre funcionan así. El año pasado se conoció de al menos tres homicidios que ocurrieron en el penal de menores de Tonacatepeque, exclusivo para adolescentes y hombres jóvenes. La participación masculina en delitos es mayor. Por ello, tres centros de inserción social están destinados para niños y jóvenes y solo uno para menores infractoras.

La mayoría de las privadas de libertad se encuentra en esa situación por el delito de extorsión o por encontrarse vinculada a estos grupos delictivos. Pero además de haber sido condenadas en un proceso penal, de acuerdo con Graciela Bonilla, la mayoría comparte el mismo perfil socioeconómico:
“El perfil, en general, de las adolescentes que ingresan al centro es la extrema pobreza, la vulneración de sus derechos, abuso sexual, niñas regaladas, explotación, relaciones inadecuadas entre la familia, familias desintegradas. Generalmente son niñas que se han acompañado a los 13, 14 años y han salido de las casas de sus padres, ya sea por pobreza o porque andan metidas con su pareja en situaciones ilícitas”, asegura la directora.

La psicóloga del centro, Gabriela Blanco, sostiene que a través de su trabajo ha podido reconocer esos mismos patrones de vida. Además, “vienen aquí con baja escolaridad porque, aunque el Gobierno les dé para los uniformes, ellas son las que ayudan en sus casas. No son delincuentes, son señoritas a las que les hizo falta orientación”, sostiene la psicóloga.

Conforme la tarde avanza, la hora de interpretar las canciones se acerca. Al verlas, seguras como se muestran en público, es imposible sospechar que están nerviosas. Lucen concentradas. Algunas han encontrado en esto una nueva pasión. Al menos tres de ellas han expresado a sus maestros que sueñan con salir y convertirse en músicos profesionales para poder entrar a la Orquesta Sinfónica Nacional.

Con permiso de juez. Para salir del centro, las jóvenes solicitan un permiso a tribunales y, de acuerdo con su comportamiento como interna, se niega o aprueba el permiso de salida a presentaciones.

Sin embargo, para cuando ellas recuperan la libertad no hay programa gubernamental que se encargue de darle seguimiento a su aprendizaje. En las academias salvadoreñas las clases de violín personalizadas pueden costar hasta $50 cada una, según el prestigio del maestro. Y el reto no es solo conseguir el dinero para la clase, sino conseguir el instrumento. En las tiendas, un violín puede tener un costo desde $50 a $200.

Conociendo de primera mano las carencias de estas muchachas, TNT se ha propuesto darle seguimiento a las que se muestren interesadas en seguir estudiando música y una carrera profesional. Por ejemplo, se enorgullecen en decir que tienen becadas a tres jóvenes en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. La directora del centro de inserción confirma que son las organizaciones no estatales las que se están preocupando por la reinserción, una vez ellas quedan libres.

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EL PUNTO MUSICAL
La graduación de maestros avanza. Se leen decenas y decenas de nombres y los aplausos van perdiendo fuerza conforme la lista de graduados continúa. Son las 2:30 de la tarde y el aire acondicionado del lugar parece no dar abasto para toda la gente que se ha reunido acá en esta tarde de julio. Entre el calor y formalidad, las jóvenes toman asiento y se preparan para tocar su instrumento.

Julio Monge, el encargado del proyecto, se encuentra viendo a la orquesta. Se le ve emocionado. “La valoración no es tanto qué tan bien tocan, aunque hay algunas que sí sueñan con ser intérpretes, pero no es ese el objetivo. Son muchachas que llevan meses acercándose al instrumento y son jóvenes de todas las afinidades pandilleriles que tocan una sola música. Hombro con hombro. Eso queremos extrapolarlo a la sociedad salvadoreña”, dice Monge. Luego reconoce, a pesar del orgullo, que lo que han logrado acá es muy pequeño comparado con los problemas de El Salvador.

Antes de que la orquesta de cuerdas empiece a tocar, los maestros, ataviados con sus sacos y vestidos de gala, miran a las internas con distancia y de reojo. Andrea, la muchacha alta y de ojos claros, se sienta al centro de la orquesta. Pone el violín sobre su hombro y levanta la quijada con solemnidad. Pronto, la música comienza a sonar. Lee la partitura y ni el calor sofocante la desconcentra.

Disciplina. La idea es que a través de una práctica artística, las adolescentes se enfoquen en perfeccionarla y aprendan valores como la disciplina, perseverancia y respeto a jerarquías.

Después de meses practicando, la orquesta interpreta en público la primera pieza de la tarde: una canción infantil llamada “Estrellita”. Esta es la primera canción que, generalmente, se aprende en violín con el método Suzuki. El creador de este método sostuvo que el talento musical no se hereda, sino que se aprende y se desarrolla. En este contexto de reinserción social, una de las frases más famosas de Suzuki cobra un valor especial: “La enseñanza de música no es mi propósito principal. Deseo formar a buenos ciudadanos, seres humanos nobles”.

Luego, la orquesta interpreta el “Himno a la alegría”, la canción de la película “Titanic”, una pieza pop y, en quinto lugar, la canción “Imagine”, de John Lennon. Durante la intervención, una de las muchachas que tocan el violín se pone de pie y toca como solista. La orquesta la acompaña.
Ella es Patricia y tiene 20 años, es morena y muy delgada. No lleva maquillaje en la cara y es la única que no está vestida de blanco. Estuvo dos años y medio privada de libertad y condenada por extorsión. Actualmente ha vuelto a vivir con su familia. Dice que nunca fue pandillera, pero acepta que sí era cercana al grupo pandilleril dentro de su comunidad.

“Toda la vida fui marginada en la casa. Mi refugio fue afuera”, confiesa. Cuenta que cuando perdió la libertad, en un principio, no pudo extrañar su casa ni su familia, porque nunca sintió su protección antes: “Cuando eso no se tiene, a veces no importa estar en el centro”. Sigue practicando el violín en la oficina de TNT, en San Salvador, a pesar de ya haber salido del centro. Quiere ser música o psicóloga, por eso se encuentra estudiando segundo año de bachillerato y trabajando.

“Al final es una sensibilización mutua. A ellas estamos abriéndoles los ojos a la cultura, al arte. Y por otra parte también nosotros nos estamos quitando fantasmas de la cabeza”, dice Sonia Megías, una compositora española que acompaña este proyecto durante las temporadas que permanece en El Salvador.

La destreza musical de Patricia, comparada con la de sus compañeras de orquesta, es más avanzada. Y si minutos antes las personas dentro del público se mostraban distantes a la presencia de estas intérpretes, eso ya ha cambiado. Patricia termina de tocar y se escuchan gritos. “¡Bravo!” le dice un hombre en primera fila y su voz hace eco entre otros maestros que repiten lo mismo y se ponen de pie. El concierto aún no ha terminado, pero el aplauso que reciben es tan largo que da tiempo para que el resto de la orquesta se levante y también reciba la congratulación de un público que terminó de aceptarlas en el evento.

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LA VIDA EN EL CENTRO
A 13 kilómetros de este lugar, en el Centro de Inserción Social de Ilopango, está el resto de privadas de libertad bajo el cuidado del ISNA. Los lugares comunes del centro, como los salones de clase y talleres, lucen como cualquier otra escuela del interior del país. En uno de esos pequeños salones, con dos ventiladores y rejas en lugar de vidrios para las ventanas, está Fernanda y su bebé, que cumplirá un año dentro de una semana.

La joven ensaya una coreografía que presentará junto a sus otras 10 compañeras en septiembre. Ese espectáculo será la muestra final del curso de artes escénicas que imparte una vez a la semana TNT. Su hijo camina en una andadera entre las bailarinas de la última fila. La escena es, a veces, contradictoria: tierna y triste. Llegó al centro cuando era menor de edad y tenía el embarazo avanzado. Su bebé no ha conocido otra vida que no sea dentro de estas paredes.

La instructora de danza le permite salir del ensayo un rato para platicar en el patio. Debajo de un árbol y bajo la vigilancia del personal del centro, Fernanda apenas cuenta su historia. Dice que está condenada por extorsión, pero ella, a diferencia de otras compañeras del centro, asegura que no cometió el delito. Habla con timidez y frases cortas. No recibe visitas, su familia también está en prisión. Después de más de un año, no tiene idea de qué le espera para cuando recupere la libertad, “pero lo que sí sé es que voy a luchar. Y es que por mi hijo soy capaz de hacer hasta lo que no hice antes”, dice.

Después vuelve a la clase y ensaya una canción de rock and roll. Como parte de la coreografía, carga a una de sus compañeras. A los pocos segundos, la compañera se convierte en una especie de guitarra sobre la que Fernanda toca algunas cuerdas imaginarias. Las internas se ríen.

“Definitivamente ellas han tomado decisiones incorrectas”, dice Sheila Reyes, la instructora de danza dentro del centro. Llega una vez a la semana y divide su tarde y mañana entre los talleres del sector. A diferencia de la orquesta, en danza aún no han podido integrar a los dos grupos. La confianza y el contacto cuerpo a cuerpo son fundamentales para bailar y hacer cargadas.

Sheila es un huracán de energía. Llega al salón y hace el silencio entre la plática de las internas. Da indicaciones y le obedecen. La instructora afirma que la matrícula inicial a este taller fue de 35 personas, pero ese número se ha reducido. La idea es que, a través del baile, aprendan a seguir órdenes, a ser disciplinadas, a seguir un ritmo, a respetar el espacio y tiempo del otro.

“Toda la vida fui marginada en la casa. Mi refugio fue afuera”, confiesa Patricia. Luego cuenta que cuando perdió la libertad, en un principio, no pudo extrañar su casa ni su familia, porque nunca sintió su protección antes: “Cuando eso no se tiene, a veces no importa estar en el centro”.

Al inicio puede sonar descabellado que tantas cosas puedan aprenderse mientras memorizan coreografías, pero conforme el ensayo avanza, la instructora se pone seria y prueba su punto. Las jóvenes repiten canciones, llevan las cuentas y Sheila, como si se tratase de una inspección rigurosa, se acurruca, coloca los codos sobre sus propias rodillas y entrelaza las manos frente a su cara. Observa con detalle los pies de las internas. Así se da cuenta de quién duda sobre el siguiente paso que hay que dar y de quién va tarde en la cuenta. Sheila no es nada tímida al señalar qué están haciendo mal para que lo corrijan.

“Lo que uno trata de inculcarles es disciplina y perseverancia. Lo que se llevan es el respeto a una jerarquía”, indica Sheila. Después del mediodía inicia la clase con el sector 1 del centro. Aquí llevan más meses entrenando y tienen tanta energía como la instructora al bailar. Entre ellas está Andrea, la joven de 24 años que toca el violín.

Está en la primera fila de la coreografía. Baila las canciones sin equivocarse en ningún paso. Y, si en el concierto era la imagen de la elegancia y la solemnidad, aquí baila ritmos urbanos donde mueve la cadera sin parar.

“Lo que quisiera, pero quizá nunca va a pasar –dice Andrea durante un receso– es que la gente comprenda que andar en la calle tiene consecuencias y uno entiende hasta que ya está aquí. Y desde que uno cae, este es otro mundo”. Ella acepta que, de haber seguir por el camino que iba, no sería bachiller. Ahora quiere ser profesional. Pero se graduó hace dos años y, desde entonces, no ha podido continuar con su educación.

“A mí lo que me gusta, me encanta, me apasiona es la cosmetología y el Diseño Gráfico. Ya no puedo seguir estancada”, cuenta antes de regresar a la coreografía.

Por sectores. En el centro de inserción hay niñas y jóvenes con afinidad a diferentes pandillas, y la mayoría de las actividades se realizan por separado.

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LA SALIDA ES ESTRECHA
Mientras el concierto en el edificio de la colonia Escalón sigue, cuatro custodios de Centros Penales vigilan la entrada del parqueo. A las 3:30 de la tarde, la orquesta termina su intervención y el público aplaude de nuevo. Luego, guardan sus instrumentos y hacen una fila para salir. Van custodiadas por personal del centro y bajan unas gradas hasta descender a una pequeña puerta que conecta con el parqueo. Ahí hay dos microbuses esperándolas.

La fila que desciende por las escaleras es lenta. Al llegar hasta la puerta se puede ver por qué. Es la vuelta a la realidad. Si hace 5 minutos recibieron felicitaciones, gritos y aplausos, hoy sus manos reciben esposas. El sonido del metal cerrándose en sus muñecas resuena en el cajón de cemento que es el parqueo. La salida de este día ha terminado oficialmente y suben en pareja a los microbuses. Adelante de los vehículos van dos custodios. Uno de ellos lleva el arma sobresaliendo por la ventana.

A unos 3 metros de distancia, Patricia, quien pasó más de dos años interna, observa el proceso: Uno tiene “la emoción de querer salir, pero que cuando llegás a la puerta del centro te pongan las esposas, es algo bien feo. Pero tratás de disimular”, dice con una sonrisa nerviosa.

Mientras este procedimiento ocurre, entra al edificio Carlos Canjura, el ministro de Educación. Su participación estaba prevista en la agenda del evento recién terminado, pero él dice que comunicó que no podría venir por una reunión en Casa Presidencial.

Ni él sabe quiénes son las jóvenes con esposas a unos metros; ni ellas, quién es el señor que ha llegado, en apariencia, tarde. Al ministro se le cuestiona sobre cuáles son las alternativas o programas de educación para las jóvenes privadas de libertad. Durante 2 minutos, él habla de las oportunidades que el ministerio tiene, como la educación a distancia, pero no menciona nada en específico para esta población.

Si, en efecto, las privadas de libertad deciden cambiar su vida con el estudio, no hay ningún proyecto ministerial específicamente diseñado para que ellas estudien, de acuerdo con el titular del MINED. Canjura asegura que se está pensando en la posibilidad de abrir aulas virtuales en los centros del ISNA para que haya más oportunidades de aprendizaje. Pero es solo eso, una idea. No hay nada ejecutado.

*Los nombres de las internas han sido cambiados a petición del ISNA.

Menores infractoras. Quienes se encuentran en el Centro de Inserción Social son menores de edad desde los 14 años. También hay jóvenes de hasta 24 años que ingresaron al centro cuando eran adolescentes.

La marcha de las ausentes

Intervención. Sobre la base del Monumento a la Constitución se colocaron mariposas negras en representación de las mujeres asesinadas.

Larissa tenía 11 años cuando un vecino le tocó los senos que empezaban a asomarse por su pecho. Ella usaba una camisa con un estampado y su vecino, un hombre mayor, se acercó a ella con la excusa de tocar la tela. El hombre terminó manoseándola. Larissa se congeló. No supo qué hacer, pero supo que algo estaba mal. Esa vez aprendió que no estaba segura en su colonia, a metros de su casa.

Más de una década después, una mujer escucha la historia que Larissa cuenta y relata algo que la hizo sentir vulnerable cerca de su casa. Un hombre de la zona intentó meterla a la fuerza a un carro. Por anécdotas así, desde niñas aprendieron a evitar ciertas calles, ciertos vecinos y a apresurar el paso cuando están en la vía pública.

Estas historias se escuchan en el patio de un café de San Salvador. Este lunes 5 de marzo hay 14 mujeres reunidas en un círculo. Hay jóvenes y adultas, empleadas, artistas y universitarias.
“¿Quién nos convoca? Pues nosotras nos autoconvocamos”, dice Montserrat, una activista por los derechos de las mujeres con amplia trayectoria. El grupo se creó cuando en un chat, algunas de ellas plantearon el deseo de realizar una protesta nocturna. Que la actividad sea de noche tiene un motivo. Quieren caminar en la oscuridad para reclamar su derecho a movilizarse y no sentir miedo de que alguien las toque o las intente subir en un carro.

En 2016, la organización Small Arms Survey posicionó a El Salvador como el país más feminicida de América Latina. Y solo en los primeros meses de 2018, una mujer ha sido asesinada cada 19 horas, de acuerdo con las estadísticas oficiales.

“En la conmemoración del 8 de marzo no deberíamos hablar de violencia, sino de las conquistas de los derechos de nosotras, de los avances en salud y educación”, explica Enayda Argueta, investigadora social del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG) de la organización Háblame de Respeto. “Lo que pasa es que en nuestro país hemos conquistado unos derechos pero nos siguen matando”, continúa.

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LAS ORGANIZADORAS de este evento llamaron a sus amigas y conocidas y regaron la voz. Las invitaron a vestirse de luto y llevar flores y velas para una concentración en el redondel del Monumento a la Constitución, mejor conocido como La Chulona.

A las 6:50 de la noche del 7 de marzo, ya hay 50 mujeres reunidas en la rotonda. Conforme pasan los minutos, algunas de las organizadoras entregan unas mariposas negras de papel a las asistentes. Las mariposas tienen una cinta adhesiva. Luego se le explica al grupo que en algún momento de la noche esas mariposas simbolizarán a una asesinada.

“A pesar de que sentimos rabia por las mujeres que no están, lo que prima en nosotras es la alegría”, dice Vanessa Pocasangre a las 7 de la noche, antes de iniciar la marcha. Elena Salamanca, historiadora y otra de las planificadoras del evento, habla de la importancia de visibilizar el duelo en el espacio público. Lo de hacer duelo no es exageración. Frente a ella, el colectivo de mujeres transgénero ASPIDH-Arcoíris ha colocado una manta llena de nombres y fotos de sus compañeras trans asesinadas.

Diez minutos después ya hay un centenar de mujeres reunidas en el redondel. Incluso hay niñas vestidas con el uniforme del colegio. De pronto, comienza una música suave y una bailarina vestida de blanco realiza una danza. Se tira al suelo e intenta levantarse con movimientos cortados. En el piso también yace inmóvil otra mujer de vestido azul. Algunas poses se asemejan a una escena de homicidio: la mujer quieta, boca abajo, en medio de la gente. La mayoría de mujeres víctimas de homicidios ocurridos entre enero y octubre del año pasado fueron encontradas en la calle, de acuerdo con información del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG).

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios, porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”.

Performance. La bailarina Paola Lorenzana interpreta una pieza denunciando la violencia contra las mujeres en una marcha nocturna del 7 de marzo.

En medio del público, una actriz vestida de blanco empieza a leer una lista de casi 200 nombres. Esta lista fue un tema de discusión hace dos días. Quienes planificaron la protesta nocturna aseguran que se acercaron al Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) a solicitar una lista con nombres de las asesinadas durante el año pasado. Ellas sostienen que la respuesta que encontraron es que ese instituto no lleva ese registro. Séptimo Sentido consultó al respecto al instituto y, hasta el cierre de la nota, no obtuvo respuesta.

El primer nombre que se lee en esta lista, creada a partir de la revisión de noticias de periódicos, es Katya Miranda. Ella tenía nueve años cuando fue violada y asesinada en un viaje familiar a la playa en 1999. El principal sospechoso, su abuelo, fue absuelto de los cargos. Su caso se convirtió en un símbolo de la impunidad de los delitos contra las niñas. Cuando su nombre se escucha en esta concentración, hay silencio. Hasta que Montserrat grita: “¡Ausente!”.

Así se marca la dinámica de la lectura. Por cada nombre de mujer asesinada, otras 100 responden “¡ausente!”, y la partida se hace palpable. Pasan los minutos, los nombres, las páginas y las lista de asesinadas no parece tener fin.

Sobrecogida por la cantidad de muertas, una joven de 22 años llora mientras sigue gritando por las ausentes. Rápido, se seca las lágrimas y sigue respondiendo a cada nombre. Por cada mujer mencionada, las manifestantes se acercan a la base del Monumento a la Constitución y pegan una mariposa negra sobre la pared. En cuestión de minutos la pared blanca es saturada por mariposas que conforman una gran mancha oscura.

Cuando la lista se termina, las manifestantes recogen del piso una manta que han pitando con tres palabras “Caminamos sin miedo”. Todas se forman detrás de ella y salen a la calle.

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Recorrido. Las mujeres que asistieron a la marcha “Caminamos sin miedo” realizaron un circuito cerrado de 3 kilómetros en el que se leyeron los nombres de decenas de mujeres asesinadas en los últimos años.

CADA 8 DE MARZO se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Este día sirve para conmemorar su lucha por salarios justos y condiciones de trabajo dignas. El año pasado, por primera vez, se realizó el Primer Paro Internacional de Mujeres. Este año se realizó por segunda vez una huelga internacional. Pero no todas pueden hacer huelga para exigir sus derechos.

Este miércoles 7 de marzo también marchan aquellas que no pueden hacerlo de día porque pueden ser amonestadas en sus trabajos. La marcha de ahora está enfocada en mujeres, aunque en El Salvador la gran mayoría de los asesinados son hombres.
En 2017 fueron asesinados 3,954 salvadoreños. Eso mantuvo a El Salvador como el país con la tasa de homicidios más alta de Centroamérica. Las mujeres asesinadas fueron 469. La mayoría de ellas eran jóvenes.

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”, explica, a través del teléfono, Claudia Interiano, abogada experta en derechos humanos.

Para Interiano, es importante analizar los hechos de violencia desde sus causas: “Las situaciones de riesgo a las que se puede someter una mujer para que acaben con su vida son, por ejemplo, cuando se pone fin a una relación, un divorcio, al denunciar una situación de violencia y abuso sexual. Esas son las razones de riesgo por las que las matan. Y no son esas las razones por las que matan a los hombres”, comenta la experta.

Frecuencia. De acuerdo con las cifras oficiales, durante los dos primeros meses de 2018 una mujer fue asesinada cada 19 horas.

A las 7:40 de la noche, la concentración sale del redondel hacia la calle San Antonio Abad. De inmediato, aparece una patrulla policial. Un agente, tomado por sorpresa, les pregunta el motivo de la marcha. Cuando alguien le responde que es una manifestación contra la violencia, el agente comunica a través de su radio que se encargará de darle seguimiento a la actividad.

Por unos minutos, la manifestación toma la forma de una procesión religiosa y solemne. Algunas llevan velas y flores en sus manos. Con un megáfono, lámpara y listado van leyendo nombres de mujeres ya asesinadas y de manera serena, se sigue respondiendo que están ausentes. Después, la tranquilidad de la marcha se rompe y algunas comienzan a gritar en coro: “No sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”.

En octubre del año pasado, Vilma Pérez fue asesinada así: en la cara de la gente. Vilma salió con sus dos hijos hacia la subdelegación de Apopa para denunciar por maltrato intrafamiliar a su compañero de vida, José Menjívar. Él la mató antes. Le disparó en la calle, frente a sus dos hijos, de cuatro y ocho años. Menjívar huyó del lugar sin que nadie lo detuviera. Sigue prófugo.

Conforme la marcha avanza, más personas se unen a la manifestación. Hacia el final del grupo camina Frida tomada de la mano con su madre. Frida tiene siete años, estudia primer grado y a veces dice que quiere ser veterinaria. Hoy conoció a otra niña de su edad en la marcha y le ha tendido la mano para caminar junto a ella.

Natalia, la madre de Frida, dice que ha traído a su hija a la manifestación para que aprenda a luchar por ella misma, para que sepa que siempre es mejor denunciar las ofensas que guardar silencio.
El grupo llega hasta el redondel El Torogoz e inicia el camino de vuelta hacia el Monumento a la Constitución. Al llegar, quienes cargan flores y velas las colocan al pie de la base de La Chulona. Pronto se forma un altar para las asesinadas.

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8M. Concentración de mujeres en la alameda Roosevelt en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En la marcha gritaban “Ni una menos, vivas nos queremos”.

IRENE DÍAZ ha descansado poco esta mañana del 8 de marzo. Ella tiene 37 años, es editora audiovisual y tiene una hija de 11 años. En 2017 participó en un proceso de formación para defender y conocer sus derechos. Desde entonces, empezó a platicar con más mujeres y a tener claro que había que defender hasta la memoria de quienes ya no viven.

Así llegó a Ni Una Menos El Salvador, un movimiento de sociedad civil conformado por 14 mujeres que se reúnen los sábados en asambleas y empiezan a discutir temas como el derecho a la tierra, a un salario justo y la seguridad.

Ni Una Menos es un movimiento que surgió en 2015 en Argentina para exigir un alto a los feminicidios. El caso que removió la indignación colectiva fue el asesinato de Chiara Páez, una joven de 14 años golpeada hasta morir por su novio. Tras esa muerte, el movimiento logró concentrar a 300,000 personas. Entre ellas estaba Franchesca Mata, una abogada salvadoreña residente en Buenos Aires. Mata vino al país este año y empezó a convocar a mujeres a través de internet para formar la filial salvadoreña del movimiento.

Ellas no pertenecen a ninguna ONG ni tienen financiamiento de nadie. Tienen diversas profesiones y oficios y se reúnen para hablar sobre sus problemas y los de la sociedad. “Sabemos que somos nada dentro de las organizaciones”, comenta Franchesca Mata. Ella explica que lo que buscan es visibilizar la realidad a través de sus denuncias: “Ante la indignación, la acción. Estamos cansadas y salimos de la red social a conocernos”.

Irene Díaz participó en la marcha nocturna del 7 de marzo, y 12 horas después, en la mañana del Día Internacional de la Mujer, ya se encuentra en otra actividad. Ella y otras siete integrantes de Ni Una Menos El Salvador han llegado ante la Fiscalía General de la República en Santa Elena.

Pretenden colocar una pancarta en la fachada de la FGR. La manta tiene cruces pintadas y la leyenda: “469 mujeres asesinadas en 2017”. En la fachada de este edificio hay una especie de gruta en la que hay un ángel. Después de unos minutos, colocan la manta sobre la gruta.

De inmediato, aparece un policía. En su uniforme lleva el apellido Interiano, y a pesar de que en la acera solo hay mujeres, pregunta:

—Buenos días, ¿quién es el encargado de esto?

El policía les explica lo que deben hacer: “Me van a quitar de ahí la manta y la van a poner en esa pared, al lado de la escalera”. El policía hace referencia a un paredón que sirve de división entre los carriles de la calle frente a la sede fiscal.

La pancarta lleva menos de 5 minutos colocada sobre la gruta. Las integrantes de Ni Una Menos se muestran un poco reticentes. El policía les pide que la muevan, que en el lugar que él les indica, todo se verá “bonito”. Antes de quitar la tela que ellas han pintado, las mujeres le toman fotos. El policía les advierte que la Ley de Seguridad Pública establece que “es prohibido” tomarle fotos al edificio de la Fiscalía.

Hace dos años el actual alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, montó una tarima con un equipo de sonido y movilizó a más de 1,000 personas para protestar contra el fiscal general. La concentración de entonces ocurrió en esta misma calle y frente a este mismo edificio público. En ese entonces, nadie fue desalojado.

Irene Díaz se muestra fastidiada por las indicaciones policiales. Ella dice que lo que buscan es hacer hincapié en que las autoridades estatales también tienen responsabilidad en las muertes de mujeres. El policía se apresura a responderle que sí, que él la comprende porque tiene estadísticas de “270 feminicidios”. Consultado sobre la fuente de su cifra, el policía responde que no está autorizado para dar estadísticas.
Las integrantes de Ni Una Menos obedecen al policía. Horas antes, en la calle San Antonio Abad, el grupo protestó por la desaparición de la agente policial Carla Ayala, quien este domingo cumple 73 días de desaparecida. Un policía la atacó con arma de fuego tras una fiesta navideña y huyó con su cadáver.

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UN PAR DE HORAS MÁS TARDE, EN LA ALAMEDA ROOSEVELT, EN EL PARQUE CUSCATLÁN, MILES DE MUJERES Y HOMBRES SE JUNTAN PARA INICIAR LA MARCHA OFICIAL DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER. EN ESTA PARTICIPAN ORGANIZACIONES FEMINISTAS, DEFENSORAS DEL MEDIO AMBIENTE, MUJERES TRANS, UNIVERSITARIOS, ETC.
Esta marcha es distinta a la de la noche anterior. Es multitudinaria. Hay colores, música, baile y se dirige hacia la plaza Salvador del Mundo.

La marcha no despierta mucha simpatía entre los conductores y las personas que ven su tránsito afectado. Desde un bus de la ruta 30-B, un hombre ve a las asistentes y dice que estas son “viejas gritonas y sin marido”. En una intersección de la alameda Roosevelt, cuatro hombres y una mujer en motocicleta no quieren esperar a que termine de avanzar el flujo de personas. Hacen sonar los motores de sus motocicletas e insinúan avanzar entre las organizaciones. Un grupo de mujeres se coloca, desafiante, frente a ellos. Entonces los motociclistas retroceden en su estrategia para salir del tráfico y piden que, al menos, les dejen espacio para dar la vuelta y regresar por la calle que venían.

La marcha termina al mediodía. La mayoría de personas empieza a buscar una sombra después de estar de pie y bajo el sol por al menos tres horas. Irene Díaz ha realizado dos marchas en menos de 15 horas, pero no se muestra cansada. Va cantando y portando un cartel que dice “Soy la mujer de mi vida”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”.

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Estado implicado. En la marcha del 8 de marzo, cientos de personas exigieron que el caso de la policía desaparecida Carla Ayala no quede en la impunidad.

ANA RUTH RAMOS SOBRESALE entre las personas que buscan un espacio de césped para sentarse y descansar en el Salvador del Mundo. Ella es una mujer de 22 años con un hijo de tres y una bebé en brazos. Marchó en el bloque del Foro Nacional de Salud. Ana Ruth lleva un manto de tela blanca en la cabeza para cubrir su cabello. Ella se congrega en una iglesia cristiana y profética. Su hija descansa sobre una manta en la grama y su hijo corretea alrededor de ella.

Ana Ruth dice que quería estudiar y mejorar su vida. Ahora sus sueños están puestos en sus hijos. Como ella es una mujer religiosa, cuenta que a veces la critican por asistir a estos movimientos de mujeres. “Ya me han dicho varias veces que a nosotros que somos cristianos no nos conviene andar aquí, pero yo les digo que no ando haciendo nada malo”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”, explica vía telefónica el Dr. Manuel Sánchez, economista y experto en temas de desarrollo humano.

En El Salvador las mujeres tienen menos acceso a educación y salarios justos. Y esta no es una percepción, está probado estadísticamente. Por ejemplo, la tasa de analfabetismo de la población femenina es de 12.5 %, mientras que la de hombres es del 8.8%, de acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC). Además de tener menor escolaridad, las salvadoreñas ganan menos que sus contrapartes masculinas. Un ciudadano que ha estudiado más de 13 años tiene, en promedio, un salario que sobrepasa los $600, mientras que el pago que recibe una mujer con el mismo nivel de educación es de $516.33, según la DIGESTYC.

Ana Ruth no tuvo oportunidad de estudiar. Mientras se come unas pupusas, cuenta que su madre murió cuando ella era pequeña y quedó sola con su padre, quien la maltrató. Por eso, aunque era menor de edad, dejó la casa de su papá para trabajar como niñera en San Salvador.

Cuando cumplió los 18 años se acompañó con un muchacho y dejó de trabajar para empezar a criar hijos propios. Hoy dice que marcha para protestar contra el maltrato: “A nosotras siempre nos faltan al respeto. Hay hombres que se quieren aprovechar de una o los mismos padres la quieren golpear, violar. Yo ya pasé por eso y no quisiera que las demás mujeres pasen lo mismo, porque ya sufrí”.

Al lado izquierdo de Ana Ruth, a solo unos metros de donde su hija duerme, está colocada una tarima desde la cual se saluda a los últimos bloques de hombres y mujeres que llegan al final de la marcha. Por una mañana, una calle de San Salvador fue el escenario para que más de 1,000 mujeres pudieran caminar sin miedo.

Éticamente es más valioso ser periodista que escritor

Juan Villoro

El mexicano Juan Villoro aseguró que “éticamente es más valioso ser periodista que escritor” al evaluar sus dos profesiones, además de defender la importancia del oficio periodístico en “tiempos de creciente intolerancia” en el mundo.

“Un escritor puede ser tan caprichoso como le da la gana y tan mala persona como quiera, y al mismo tiempo escribir buenas novelas. El periodista no lo puede hacer porque ya estaría negando su compromiso con la verdad, con la objetividad, con los demás”, manifestó Villoro en una entrevista con dpa.

El mexicano presentó este domingo, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, su último libro, “El vértigo horizontal”, un “homenaje crítico” a la Ciudad de México, donde nació hace 62 años, que combina crónicas, reportajes y su particular mirada de la capital del país.

¿Se considera periodista?
No sé si estoy usurpando funciones. He hecho reportajes puros y duros; de hecho, en “El vértigo horizontal” hay algunos textos que considero más periodísticos, aquellos donde había realidades ajenas a mí que yo tuve que cubrir más como reportero.
También he hecho entrevistas con el afán de ser periodista, pero también tratando de mantener en ellas cierto impulso narrativo. Durante muchos años, cuando me preguntaban mi profesión, yo respondía periodista, porque me parecía pretencioso llamarme escritor. Me gusta más la humildad del periodismo, en la medida en que es un género en el que es importante que sean los demás los que tengan la razón y que sea la realidad la que te dicte los asuntos.

¿Diría que el periodismo es como nunca un pilar de la sociedad?
Vivimos en tiempos de una creciente intolerancia, no solo en México, sino en todo el mundo. Si vemos la relación de (Donald) Trump con la prensa, si vemos la importancia de las noticias falsas en redes sociales, si vemos los autoritarismos creciendo en Brasil, Hungría, Polonia, Italia… son momentos difíciles, pero precisamente la amenaza al periodismo refrenda su importancia, es una paradoja: si no quieren que se digan cosas, es por algo. Tenemos que decirlas encontrando la manera de hacerlo.

También es un momento importante para los movimientos feministas, ¿hay un ajuste de cuentas con el género femenino en el ámbito literario?
No diría que es un ajuste de cuentas, lo veo como un reconocimiento necesario de una realidad que tenemos, y es que hay extraordinarias escritoras, y no solo escritoras, sino mujeres que en todos los campos están destacando. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad patriarcal; entonces, es muy difícil que tengan la visibilidad que merecen, pero atañe a todos los campos, cada quien en su propio espacio tiene que luchar para que esto cambie.

Hay extraordinarias escritoras, y no solo escritoras, sino mujeres que en todos los campos están destacando. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad patriarcal; entonces, es muy difícil que tengan la visibilidad que merecen”.

Usted es miembro del Colegio Nacional de México, cuyo cuerpo académico se destaca por la falta de mujeres.
Tradicionalmente el Colegio Nacional no ha tenido muchas voces de mujeres. Nació a principios del siglo XX con 20 hombres. En los años 70 se duplicó y pasó a tener 40 hombres. Cuando yo ingresé, hace cuatro años había solo dos mujeres. Ahora tenemos cinco, lo cual haría pensar que si seguimos con la tendencia renovadora, en otros cuatro años habrá 12 y en cuatro años serán mayoría las mujeres. Ojalá así suceda, estamos tratando, pero es importante que se haga en todos los frentes.

El tema de su nuevo libro vuelve a insistir en una de sus obsesiones, la Ciudad de México. ¿Por qué elige volver siempre a ella?
Es un homenaje crítico, porque toda ciudad, especialmente la de México, te despierta emociones encontradas. Muchas veces he querido abandonarla, pero es como ciertas relaciones amorosas en donde piensas que no puedes seguir ya con esa persona y luego consideras que la extrañarías demasiado si te fueras. La Ciudad de México genera esta relación de amor/odio continua, y el libro es producto de eso, quizá predomina más el amor, porque finalmente me he quedado en la ciudad y es el único sitio que considero mío.

¿Le costó finalizar “El vértigo horizontal”?
Sí, uno de los grandes problemas de escribir sobre un tema tan amplio es caer en la dinámica de lo exhaustivo, tratar de ser enciclopédico. De alguna manera se volvió una expansión avasalladora que tenía que controlar de alguna forma. De broma decía que, más que un corrector de estilo, necesitaba un urbanista que lo estructurara.

¿Cómo escribió el poema que cierra el libro, que ya se había publicado unos días después del terremoto que sacudió la Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017 y que dejó saldo de 228 muertos en la capital?
Fue producto de la urgencia periodística, el terremoto ocurrió un martes y tenía que entregar mi columna un jueves. A dos días de distancia de la tragedia, no podía pensar en otra cosa, al mismo tiempo no tenía nada nuevo que decir. Se me ocurrió tratar de describir el gesto que me parecía más importante en aquellos días, el de levantar el puño para que los demás guardaran silencio y se pudiera escuchar si había gente con vida entre los escombros.

Este gesto solidario de darle prioridad al menos favorecido era lo que estaba determinando las jornadas, y yo sentía que había una poderosa fuerza simbólica en todo eso. Para volcar la emoción, podía acudir al género de la letanía, poniendo al lector como protagonista y hablándole de tú. Me quedaban dos horas para el cierre, así lo escribí, no sabía la extensión, porque no puedes calcular por líneas, lo ajustamos con los editores, y más que un género literario respondió a uno sismológico: es una réplica.

Quizás por eso mismo pude decir cosas que no sabía que podían conectar con la gente, tuvo una acogida sorprendente para mí y ya no es mío, siento que todo el mundo se lo apropió y me pareció el punto final correcto para este libro que amenazaba con no tener nunca un punto final.

¿Volverá a escribir poesía?
No me considero poeta, no considero tener esa capacidad de síntesis, quizás necesitaré de otro predicamento tan grande como el terremoto para que salga otro poema, yo no sé siquiera si es un poema, no me he preguntado al respecto.


* Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) es escritor, periodista y profesor de Literatura. En 2004 fue galardonado con el Premio Herralde por su novela “El testigo”. También ha trabajado en el teatro, ha sido guionista de cine y ha escrito relatos de viaje.

Juan Villoro

Los hijos aún quieren huir

Sara

Sara habla con voz baja desde que el problema sucedió. A veces articula las palabras, pero de su garganta no sale ningún hilo de voz. Eso pasa cuando menciona el nombre de la pandilla que amenazó a su hijo y cuando acepta que sí, que aunque ya pasó un año, aún tiene miedo.

No se llama Sara, pero la condición para dar su testimonio fue que no se revele su nombre real ni su ubicación. El problema, como ella lo llama, fue un ultimátum a Carlos, su hijo menor. A raíz de eso, perdió su trabajo y la casa que se disponía a comprar. Ahora ha vuelto al pueblo del cual salió hace años buscando una mejor vida. Desde ahí intenta sobrevivir cosiendo, pero en la zona también hay pandilleros y su hijo ha tomado una decisión: el muchacho de 19 años migrará a un país que no conoce, donde una persona –a quien tampoco conoce personalmente– le ha ofrecido casa.

El caso de esta familia es uno de tantos que no han sido denunciados ante la Policía Nacional Civil (PNC) por temor a que se filtre información. Sara solo denunció su situación ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) que, en los primeros seis meses de este año, recibió 85 denuncias de desplazamiento forzado. En esos casos, 263 personas huyeron de sus hogares.

Esa cifra, sin embargo, puede ser débil para representar la magnitud del problema. Por ejemplo, el Informe Global de Desplazamiento Interno del Consejo Noruego para los Refugiados calculó que 296,000 salvadoreños sufrieron desplazamiento debido a conflicto el año pasado.

Del fenómeno se tienen datos y cálculos, pero gubernamentalmente no se admite. La PDDH cita un estudio en el que se sostiene que el 4.9 % de los hogares salvadoreños cambiaron su lugar de residencia “como producto de la violencia e inseguridad pública” hace dos años. Beatriz Campos, la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana de dicha institución, lo resume en pocas palabras: “Para el Gobierno, reconocer que hay desplazamiento por pandillas es como decir ‘bueno, no somos suficientes para controlar el territorio, ni siquiera eso’”.

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EL ORIGEN DEL PROBLEMA

Carlos tenía 17 años, estudiaba bachillerato y tenía novia. Vivía en un municipio controlado por pandillas y, hasta entonces, no había tenido ningún problema con los pandilleros de su misma edad.

“Mi otro hijo me contó que Carlos tenía una novia. ‘Está bueno –dije yo–, está en la edad de tener novia’”, cuenta Sara, su madre. Hasta el año pasado, ella trabajaba en ventas de un negocio en San Salvador. Normalmente salía de su casa temprano y regresaba hasta pasadas las 7 de la noche. Con su trabajo, asegura, tenía ingresos de $500 mensuales.

Debido a la inseguridad de la zona, el alquiler de la casa era de $40, y la madre de familia había iniciado pláticas con la dueña para comprarla por $11,000. Sus dos hijos estudiaban bachillerato, ella descansaba los domingos y, a pesar de las pandillas en la colonia, la vida para los tres pintaba bien. “Tenía una vida bastante tranquila”, alcanza a decir antes de que se le corte la voz por el llanto.

Una noche de abril del año pasado, cuatro muchachos de la edad de sus hijos tocaron la puerta de su casa y exigieron entrar. Ella sabía que eran pandilleros. Entraron a la sala y no se fueron hasta media hora después.

Dijeron “que mi hijo andaba con la mujer de un marero… ella no se ve así, como que fuera de ellos, pero sí, quizá se relacionaba mucho con ellos. Se querían llevar a mi hijo. Yo me humillé. Negocié con ellos. Llegaron a una opción, gracias a Dios, de que teníamos que irnos o si no, lo iban a matar”, dice Sara.

A la mañana siguiente llovía, recuerda Sara. Se preparó como si fuera a trabajar, tomó su cartera y salió a las 5 de la mañana. A su lado venía Carlos, su hijo menor. Era su huida, pero no cargaba ninguna maleta. Querían aparentar normalidad. Sara subió a su hijo en un bus y le dio la instrucción de no bajarse hasta el final del recorrido. En el otro punto, la tía de Carlos lo esperó y lo acomodó en este pueblo en el que se reubicaron.

Sara llegó a su trabajo para decir que tenía que irse y volvió a su casa. Consiguió un camión y ahí metió unas camas, la ropa, la refrigeradora, la cocina, unos sillones, unos adornos y flores de plástico. Cuando ella abandonó la casa de San Salvador, cuenta, unos siete mareros de la Mara Salvatrucha estaban custodiando: “Ellos incluso hablaron con el motorista, que para dónde iba. Y él les dijo ‘va para unos pasajes más arriba’, pero era mentira. En la casa quedaron unas mesas, quedó una cama porque ya no cabía, ni modo”.

Sara se subió al camión y se propuso no volver a ese lugar. “Salimos por otra calle que siempre va a salir a la principal. Ellos están al tanto de todo lo que está pasando en la colonia. Yo sentía como que nos iban siguiendo”.

Cuando llegaron al pueblo, Sara sintió un poco de calma. Pero durante el primer mes, sus hijos decidieron encerrarse y no salir. La ilusión de encontrar la paz no ha sido duradera. Después de un año, Carlos busca huir de nuevo.

Iniciativa productiva. Sara ha sido apoyada por una organización para montar un negocio y poder tener un ingreso económico después del desplazamiento forzado.

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ORGANIZACIONES RESPONDEN ANTE UN ESTADO AUSENTE

“Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”, reconoce la procuradora adjunta para Personas Migrantes y Seguridad Ciudadana.

De acuerdo con cifras de la PDDH, desde enero hasta junio de 2018, la institución contabilizó 283 víctimas de desplazamiento forzado interno. Dentro de estas personas, el grupo que más fue desplazado fue el de mujeres adultas de 19 a 41 años. El departamento en el que más denuncias se recibieron fue San Salvador, con el 60 % del total de casos.

Sara contó su caso en la PDDH y ahí la refirieron a Cristosal. Esa organización cuenta con un programa piloto para apoyar negocios de víctimas de desplazamiento forzado. La idea es ayudar a que las personas desplazadas puedan desarrollar un sostén para integrarse a las comunidades de manera productiva.

Eloisa Lara, la coordinadora de este programa, explica que Cristosal apoya con capital semilla: “No tenemos un tiempo definido de apoyo. Medir soluciones duraderas no es algo que vamos a lograr de la noche a la mañana bajo todas las condiciones de violencia de El Salvador. Las soluciones duraderas son un proceso complejo y largo en el cual nosotros vamos acompañando a la familias por, al menos, un año”.

Sara recibió una máquina de coser y, como ya sabía usarla, le enseñó a su hijo mayor cómo hacer cojines para poder tener algún ingreso económico. Por ahora, el modelo de negocio no es suficiente para sostenerse. Por ejemplo, ahora tiene en su casa un encargo de 50 cojines celestes por los que tendrá $100 de ganancia. Ella y su hijo han trabajado un mes en ese encargo.

Sara y sus hijos huyeron de San Salvador hace un año, pero no han estado libres de la delincuencia. Además del desarraigo, el costo de la huida ha sido alto. “Voy a vender a los cantones y hace poco, en el bus, me robaron producto valorado como en $150”, cuenta. Y si el año pasado pagaba $40 de renta, el alquiler de la pequeña casa de un cuarto en la que ahora vive con sus hijos es de $110 al mes.

Cifras de la procuraduría indican que, de cada 100 personas que se encontraban trabajando al ser desplazadas, 42 se vieron obligadas a “dejar el empleo o la microempresa que tenían. Es decir, junto con la vivienda, abandonaron sus medios de vida y, como resultado, su condición económica empeoró”.

Además, el desplazamiento supuso que sus hijos dejaran de estudiar el bachillerato. El Observatorio 2017 del Ministerio de Educación reportó que, en al menos 683 centros escolares se registraron casos de estudiantes que dejaron de asistir a clases por la presencia de maras en la zona del centro de estudios.

Lo ideal sería que las instituciones del Estado actuaran, pero no. Lo que hacemos es que nos ayuda el Comité Internacional de la Cruz Roja, Cáritas, Cristosal. Ellos evalúan dónde les dan albergue inmediato. Como procuraduría, no tendríamos que activar tanto a las organizaciones, pero en la práctica se nos ha dificultado. Las organizaciones están bien posicionadas y son las que nos dan, a veces, más respuesta que el Estado”.

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CAMBIAR DE LUGAR NO ES SUFICIENTE

—¿Acá no hay problemas de pandillas? –se le pregunta a Sara en un día lluvioso.
—Fíjese que es lo mismo aquí. Carlos no salía, hasta hace poco. Pero pasó un mes en que solo en la casa pasaba, hasta que empezó a buscar trabajo porque hay que salir adelante. Tenemos presencia de pandilleros aquí cerca. Hace poco Carlos venía ya como a las 8 de la noche y ellos estaban fumando allá arriba. Lo pararon y le preguntaron que por qué no lo habían visto, y él les dijo que trabajaba en la alcaldía y le han dicho que lo van a investigar”.

Carlos dio esa respuesta porque logró ser aceptado como aprendiz en un taller de la alcaldía de ese pueblo. El muchacho no recibió amenaza, pero ese mensaje fue suficiente para que la familia se sienta vulnerable de nuevo.

“Ahí está que mi hijo me dice que se va a ir. Dice que ya no quiere estar acá. Tengo una amiga que tiene una hermana en el extranjero. Ella me lo va a recibir. Lo que más quisiera es que ellos estén bien. Poder sacarlos de acá y que ellos puedan tener libertad de decir ‘voy a ir aquí’, ‘voy a ir allá’, sin pensar que les puede pasar algo”, cuenta Sara con amargura.

“Las soluciones duraderas para personas desplazadas se alcanzan a través de su integración comunitaria”, asegura Mauricio Quijano, director de Desarrollo Comunitario de Cristosal.
Brindar “soluciones duraderas es responsabilidad del Estado. Tal responsabilidad se manifiesta a través de la presencia territorial de las instituciones estatales, proveyendo acceso a servicios. Restituir los derechos de las personas desplazadas en comunidades de acogida requiere de la promoción de ambientes favorables para el ejercicio de dichos derechos”. Un ambiente que aún no han encontrado ni Sara ni sus hijos.

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LA REUBICACIÓN QUE FALLÓ

En julio de este año, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia reconoció que el problema del desplazamiento forzado interno existe ,y ordenó al Ejecutivo que hiciera lo mismo y tomara medidas de protección para las víctimas. Esta resolución de la sala se dio tras la solicitud de un amparo en el que 33 personas de un grupo familiar dijeron haber sido víctimas de un sinfín de tipos de violencia en El Salvador.

Un hombre, identificado con la clave Demandante 2, declaró ante la Corte que los miembros de su familia vivían en un área de Ciudad Delgado dominada por pandillas.
“En 2016, la cosa se puso caliente”, se escucha decir al hombre en un video. “Extorsionaron todos los negocios, mataron al que vendía tortillas en la comunidad. Mataron al hijo del señor que vendía gas y a su papá lo balacearon. A la señora del chalet de la tienda la balacearon. De ahí mataron a un sobrino de mi primo”.

Pérdida de trabajo. Un estudio de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos indica que el 42.5 % de los desplazados se vio obligado a dejar su empleo en el período de abril de 2016 a mayo de 2017.

Luego, la violencia lo tocó de manera directa. Dos de sus familiares pertenecen al ejército y una de sus hermanas fue violada junto con su hija de 12 años. Los pandilleros, de acuerdo con la declaración, amenazaron con matarlas si no entregaban a sus hermanos militares.

Con todo esto en la cabeza, el Demandante 2 decidió coordinar el traslado de su familia hacia Berlín, Usulután. “Un mes y medio después ya habíamos hecho el rancho de lámina”, se le escucha decir. Pero el lugar al que se desplazaron se convirtió en otra estación de su vía crucis.

En el video, el hombre explica que, llegado diciembre, la comunidad organizó una fiesta frente a la casa informal que recién había construido. “Estaban enfrente de nosotros las luces, la discomóvil, todo el show y la gente contenta. Todo bello. A las 10:30 fue el parón de luces y de sonido. Pum. Y el gran caos y la gritadera”.

El Demandante 2 asegura que policías llegaron y realizaron un operativo en busca de pandilleros. Luego, su madre salió a observar qué sucedía.

“Cuando mi mamá venía saliendo, se oyeron los disparos. Mi mamá gritó y yo le dije ‘no, tranquila, mamá, no me han baleado a mí’. ‘Hijo, me balearon’, me dijo. Yo la alumbre y cuando la vi, su pantaleta blanca estaba empapada de sangre. Mi hermano la agarró. Mi papá le daba boca a boca respiración. ‘¿Qué han hecho?’, le dije yo. En el baile pregunté quién disparó. ‘Los policías dispararon’, dijeron en la comunidad”.

Este caso que ilustró la violencia de El Salvador sirvió para que la Corte Suprema de Justicia se convirtiera hace solo cuatro meses en la segunda institución pública en reconocer este fenómeno.
“No se encuentra razón para dudar del declarante, pues no se ha aportado al proceso prueba que ponga en duda su credibilidad o la confiabilidad de la información que proporcionó”, razonó la Sala de lo Constitucional al respecto.

La sentencia indicó que “los integrantes de su grupo familiar han sido víctimas de desplazamiento forzado, en un primer momento, como consecuencia del acoso y de graves atentados que pandilleros del Barrio 18 efectuaron en su contra y, en un segundo momento, por un hecho de violencia no investigado ni esclarecido que involucró a agentes de la PNC y provocó el fallecimiento de la madre del demandante”.

Las personas identificadas como víctimas y demandantes en este amparo ya lograron irse de El Salvador. Su intento de reubicación dentro de su propio país terminó en un homicidio que aún no ha sido esclarecido.

La sala estableció que la Asamblea Legislativa había fallado al no actualizar normativa para la atención de estas víctimas, así como señaló fallas del sistema policial y fiscal. Además, ordenó que se tomen medidas para proteger urgentemente a las familias que huyen por la violencia.

En la práctica, las órdenes de la Corte son solo palabras sobre papel. La procuradora Beatriz Campos lo reconoce así: “Las ONG están supliendo, aunque no debería ser así. Y ahí nuestro principio se va un poco por la borda porque queremos que el Estado asuma, pero no tiene cómo, por más recomendaciones que se hagan y por más que la sentencia esté vigente”.

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UN PROBLEMA SIN ESTADÍSTICAS CLARAS

“Hay personas que dicen claramente que no quieren denunciar ante la PNC o la Fiscalía. Pero nosotros registramos el caso”, sostiene Campos. También otras organizaciones llevan sus propias estadísticas. De enero a septiembre, Cristosal ha registrado 115 casos de desplazamiento forzado. En promedio, 12 por mes. En el 68 % de los casos, las víctimas han decidido no interponer denuncia ante el Estado.

“Existen varios factores que no hacen posible en este momento un cálculo con alto nivel de precisión del número de desplazados. Dentro de ellos se destaca el carácter invisible del desplazamiento. La visibilidad podría significar ser detectados y ser de nuevo víctimas de la violencia”, se puede leer en un informe del año pasado de la Procuraduría.

Si no hay denuncia formal, ¿cómo se sabe que los casos son reales? Cuando esto se le cuestiona a la procuradora Beatriz Campos, ella responde que las personas que llegan a la procuraduría se presentan en situación límite y, en ocasiones, en crisis nerviosas. Ella recuerda que predominan los grupos familiares en los que hay jefa de hogar con hijos y nietos. “Cuando la gente viene, no creo que estén fingiendo ni estén haciendo ninguna especie de histrionismo. Vienen con sus cosas, vienen con su grupo familiar”.

De una muestra de 138 casos de desplazamientos estudiados por la procuraduría, las principales causas para desplazarse fueron las amenazas de muerte y el intento de homicidio. A pesar de que estas acciones constituyen delitos que pueden ser denunciados ante las autoridades, las personas entrevistadas por la institución revelaron los motivos principales por los que no denuncian: por miedo a represalias y por desconfianza en las instituciones.

La desconfianza no es gratuita. “La mayoría de estos casos son provocados por pandillas, pero hay cinco denuncias de este año en los cuales las causales de desplazamiento son provocadas por agentes policiales, o sea, es una violencia institucional”, señala Campos desde su oficina en una tercera planta de San Salvador.

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LA PARTIDA

A mediados de este octubre, miles de personas salieron juntas de Honduras con destino a Estados Unidos. Los medios han nombrado al grupo de personas que avanza a pie en la Caravana de Migrantes. Se calculan entre 3,000 y 7,000 personas las que se juntaron para realizar un éxodo masivo del país centroamericano. Una página de Facebook llamada El Salvador Emigra por un Futuro Mejor ha convocado a salvadoreños a salir en grupo hacia Estados Unidos este domingo por la mañana.

Irse lejos de El Salvador es también el deseo de algunas de las personas que han sido sacadas de sus casas. Cristosal analizó 226 casos de desplazamiento forzado ocurridos entre 2016 y marzo de este año. La conclusión a la que llegaron tras el estudio es tajante: “El 89 % de las familias que entre sus miembros tienen a un niño, adolescente o joven tiene la intención de migrar”.

Entre las instituciones estatales, este no es ningún secreto. Las víctimas de este problema no cuentan con medidas de protección suficientes y algunas se ven obligadas a tomar decisiones radicales, como la migración irregular. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos afirmó el año pasado que “el Estado mantiene un rol (marginal y) omitido y pasivo en la problemática del desplazamiento interno, a pesar de que la atención a las víctimas es responsabilidad prioritariamente de los Estados en donde ocurre”.

“Vámonos, mamá, hagamos vida en otro lado”, cuenta Sara que sus hijos le han dicho. La pequeña familia ha planificado que Carlos sea el primero en partir solo.

Medio de subsistencia. Sara espera, con la venta de su producto, recuperarse económicamente después de que su hijo fue amenazado de muerte.

Restaurantes de EUA acusados de explotar a hispanos

Sin opción de denuncia. Hay restaurantes que utilizan agencias de empleo para hallar trabajadores mexicanos a quienes les pagan menos del salario mínimo y explotan con horarios que sobrepasan las normas.

Una tarde de un lunes de agosto, poco después de que el Parque Memorial Ping Tom de Chicago cerró a las 10 de la noche, un grupo de hombres se acomodaba para pasar la noche. Algunos eran de Guatemala, otros de México y había un ciudadano estadounidense. Bromeaban, debían cerveza y se relajaban, algunos recostados en colchones sin sábanas, otros tirados en muebles viejos entre varios carritos de supermercados.

Los focos de un campo de béisbol cercano iluminaban parte del campamento y permitían ver botellas y cartones. El río Chicago está a un paso y a la distancia relucían los rascacielos de la ciudad.
Escondidos entre los árboles, detrás de unas vías, cerca de un muro de cemento, viven estos hombres, “debajo del puente”. Conductores y transeúntes que pasan por allí probablemente ni se dan cuenta de que esta gente está allí, y duerme debajo de ellos, ni de que muchos de estos hombres son la misma gente que corta sus vegetales, limpia los pisos y lleva comida a los bufés de los restaurantes asiáticos del centro del país.

José Luis Ruiz, de 39 años, de Michoacán, México, descansa sobre un colchón en el que pasará la noche, jugando con su teléfono. Encontró su primer trabajo en un aviso de un diario que buscaba lavaplatos. Ofrecía vivienda.

Dijo que trabaja en restaurantes chinos de todo el centro del país, de 12 a 13 horas diarias y gana $2,000 por mes. Cada vez que consigue un nuevo trabajo, le paga una comisión a una agencia de empleo. Ruiz y otro hombre que pidió no ser identificado afirmaron que ganan menos que el sueldo mínimo y que no les pagan horas extras en los restaurantes chinos de la zona limítrofe entre Wisconsin e Illinois.

El segundo hombre, que sigue trabajando en esto, declaró durante una entrevista de finales de septiembre que le pagan en efectivo, por lo que no hay registros de los sueldos ni de las horas trabajadas. Dijo que sus supervisores lo tratan bien y le dan una vivienda decente, pero que el sueldo es muy bajo.

Durante un descanso mientras limpiaba pisos en un restaurante de Waukegan, Illinois, el individuo afirmó que los inmigrantes sin permiso de residencia no tienen muchas alternativas. “¿Qué podemos hacer?”, preguntó. No fue posible hablar con el propietario del restaurante.

Ruiz, por su parte, dijo que planeaba levantarse temprano para tomar un tren de Amtrak hacia Detroit, donde tenía una entrevista para trabajar en un restaurante.

“Este trabajo no me ha rendido”, dijo Ruiz. “Trabajamos, pero a veces nos tratan mal. No echan a patadas, pero no tenemos otras opciones”.

Describió como “miserables” las condiciones de vida que ofrecía uno de los dos restaurantes de Illinois de la demanda. Hasta 15 empleados “habitaban un departamento de tres dormitorios y un solo baño, sin muebles, con excepción de colchones sucios, que los mismos empleados encontraban en un vertedero de la zona”. Los fiscales afirman que las agencias y los restaurantes “en forma conjuntan fijaban sueldos para los empleados latinos que llegaban a los $3.50 la hora, muy por debajo del salario mínimo de Illinois, que es de $8.25 la hora”.

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AUTORIDADES TRAS LAS AGENCIAS

En 2015, la procuradora general de Illinois, Lisa Madigan, demandó a tres agencias de empleo del barrio chino de Chicago y a dos restaurantes de Illinois que habían usado sus servicios, diciendo que explotaban a los inmigrantes latinoamericanos en varios estados, incluido Wisconsin. Muchos de los trabajadores, reconocieron las agencias, no tenían permiso de residencia.

Los restaurantes usan las agencias porque les suministran “trabajadores mexicanos a los que les pagan menos que el sueldo mínimo y que son discriminados, aparentemente sin sufrir consecuencias”, de acuerdo con los fiscales.

La demanda dice que “las agencias de empleo básicamente actuaban como centros de abastecimiento para una industria de restaurantes con bufé que trataba de sacar provecho de sueldos y condiciones de empleo ilegales y de explotación… (y que) sistemáticamente seleccionaban y enviaban a trabajadores latinos vulnerables que eran expuestos a condiciones de trabajo pésimas en restaurantes dentro y fuera de Illinois”.

Describió como “miserables” las condiciones de vida que ofrecía uno de los dos restaurantes de Illinois de la demanda. Hasta 15 empleados “habitaban un departamento de tres dormitorios y un solo baño, sin muebles, con excepción de colchones sucios, que los mismos empleados encontraban en un vertedero de la zona”.

Explotación.

Los fiscales afirman que las agencias y los restaurantes “en forma conjuntan fijaban sueldos para los empleados latinos que llegaban a los $3.50 la hora, muy por debajo del salario mínimo de Illinois, que es de $8.25 la hora”.

Los dueños de tres agencias de empleo mencionadas en la demanda (Xing Ying, Jiao y la Agencia de Empleo Chinatown) negaron las acusaciones y aseguraron que los sueldos eran negociados por el empleado y el patrón, sin la participación de las agencias.

Las agencias de empleo cobraban a los restaurantes entre $120 y $220 por empleado, el cual debía reembolsar luego el dinero mediante descuentos de sus sueldos, de acuerdo con los fiscales.

Los empleados aseguran que trabajan de 12 a 14 horas diarias, seis días a la semana, sin descansos para comer. Empleados entrevistados por la oficina de la procuradora Madigan afirmaron que eran sometidos a fuertes presiones, abusos verbales y amenazas de violencia.

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LA HISTORIA DE BETO

Beto, un mexicano de Guadalajara de 27 años, dijo a periodistas del Centro para un Periodismo de Investigación (CPI) de Wisconsin y al diario Chicago Sun-Times que había sido explotado en restaurantes a los que llegó a través de agencias de empleo. Beto pidió que no se usara su apellido por temor a ser deportado y a perder su trabajo en los restaurantes. No quiso ser fotografiado. Sigue trabajando en los restaurantes, pero no usa más agencias de empleo.

En el sótano de un centro comercial del barrio chino de Chicago, sentado junto a un par de oficinas de agencias de empleo con escasos muebles, Beto relató cómo era enviado de un restaurante asiático a otro en el centro del país. Generalmente trabajaba 11 o 12 horas diarias, a menudo sin descansos.
Le mostró al CPI una recomendación de Xing Ying fechada a finales de junio de 2018, escrita para un restaurante en Oshkosh, Wisconsin, donde cobraría $2,100 mensuales. Le cobraron $100 por el transporte y una comisión de $100.

La demanda especifica que se pagaban sueldos mensuales fijos, sin tomar en cuenta las horas trabajadas y que los ingresos “generalmente estaban por debajo del sueldo mínimo por ley”.
Beto dijo que consiguió su primer empleo en Appleton, Wisconsin, a través de una agencia de empleo del barrio chino hace unos dos años.

“A veces ni sabes dónde estás. A veces te decían, ‘vas a Indianápolis’ y cuando estabas en Indianápolis, alguien te recogía y te llevaba a otro sitio, a ciudades pequeñas”, dijo. Afirmó que los empleos pueden ser algo pasajero. Una vez, relató, un patrón lo mandó de vuelta a la agencia porque no le gustaban sus tatuajes.

“Si no les caes bien a estos tipos (los dueños de los restaurantes), te mandan de vuelta, no les importa si no tienes dinero”, manifestó Beto.

Agregó que pasó el invierno en departamentos fríos o en sótanos mojados suministrados por sus empleadores. Dijo que trabajaban muchas horas comiendo solo arroz blanco.

“A veces los que cocinan para ti no quieren gastar mucho dinero en ti”, dijo. Si alguien se quejaba, afirmó, lo amenazaban con llamar a la policía para que fuera deportado. Por eso nadie se queja.

En una reciente visita de periodistas a la agencia Xing Ying para este artículo, Beto violó esa norma.
Dijo que fue despedido después de que uno de los dueños del restaurante se enteró de que había estado hablando con periodistas. Sus pertenencias fueron colocadas en un banco frente a la agencia de empleo. Acotó que también fue desalojado por otra agencia de empleo en la que planeaba pasar la noche.

Aseguró que la mayoría de los empleados en los sitios donde trabajó eran mexicanos y que había también chinos. Los mexicanos, explicó, “son más baratos”.

Insuficiente. El dinero que ganan los empleados hispanos en este tipo de agencias no alcanza para que puedan contar con una vida digna.

Zhu Ying Zhang (“Cindy” para los trabajadores) y Jun Jin Cheung son los propietarios de Xing Ying, y también manejan la empresa, que tenía licencia para operar en Chicago, pero no para funcionar como agencia de empleo, de acuerdo con los fiscales.

Durante una reciente visita, había varios colchones junto a una pared en el departamento del segundo piso. Hacia la derecha había un pasillo con varias habitaciones. Unos seis trabajadores descansaban en los colchones y varios salieron de las habitaciones del pasillo. Al preguntárseles por la demanda, Zhang dijo que no entendía la pregunta y se fue de allí.

Cheung, que la fiscalía describe en su presentación como alguien que manejaba a los empleados con amenazas y violencia, no habló, pero miró con cara de pocos amigos a los demás y fumó durante una breve entrevista. Según la demanda, Xing Ying cobraba a hasta 10 empleados $10 la noche para que durmieran en la agencia.

La justicia ordenó al restaurante Hibachi Suchi Buffet de Cicero, Illinois, que les pagara un total de $96,000 en sueldos atrasados a siete empleados y multas al estado. Hibachi Grill Buffet de Elk Grove Village fue conminado a pagar $100,000 en sueldos atrasados a cuatro empleados, más multas.

La agencia Jiao tuvo que pagar una multa de $16,500, y la Agencia de Empleo Chinatown dejó de funcionar. En agosto, las autoridades llegaron a un acuerdo con Xing Ying, pero no se han dado a conocer los detalles.

Lisa Palumbo, abogada de Inmigración de la agrupación LAF, de Chicago, ofreció ayuda legal a los inmigrantes del caso de Madigan. Dijo que los patronos pudieron permanecer en el país, pero muchos de los trabajadores fueron deportados.

Carolyn Morales, organizadora del Centro Arise de Trabajadores de Chicago, que educa a los inmigrantes y a personas nacidas en Estados Unidos acerca de sus derechos y los organiza para mejorar las condiciones de trabajo, dijo que “la explotación de los trabajadores es común”, porque estas redes suministran empleados a restaurantes del centro del país y más allá.

Beto sostuvo que los empleados no pueden salir adelante trabajando para las agencias por las comisiones y los sueldos bajos.

“Casi nadie sale ganando” aquí, manifestó. “Nosotros no ganamos nada”.

Explotación. Los empleados hispanos aceptan las terribles condiciones laborales ofrecidas por las agencias intermediarias por temor a ser denunciados ante las autoridades de Inmigración.

El náhuat, a temprana edad

Desfile. Las recientes fiestas de independencia fueron diferentes en las calles de Santo Domingo de Guzmán. Los niños de la Cuna Nahuát representaron sus costumbres y tradiciones en el desfile escolar.

“Cuando iniciamos teníamos rechazo de la comunidad a su identidad indígena. ‘No queremos que enseñen náhuat, queremos que enseñen inglés y computación’, decían los papás”, comenta el investigador y lingüista Jorge Lemus. En 2010, la Cuna Náhuat abrió sus puertas a niños en edades de entre tres a cinco años, hijos o nietos de hablantes del náhuat con el propósito de reivindicar la lengua materna.

Este centro de estudios está ubicado en el municipio de Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate, a 73 kilómetros de San Salvador. El proyecto busca la conservación de la lengua pipil a través de un relevo generacional. “Continuamos con las clases, y la gente vio que, a raíz de la Cuna, comenzaron a venir otros proyectos, la comunidad se dio a conocer”, comenta Lemus, fundador de la Cuna Náhuat y director ejecutivo del Proyecto de Revitalización del Náhuat, que impulsa la Universidad Don Bosco.

Ejemplo del éxito del proyecto es que los niños que de aquí pasan al complejo escolar obtienen mejores resultados académicos, porque ya han tenido la oportunidad de desarrollar sus habilidades psicomotoras. Por eso, las expectativas de éxito escolar son mayores que las de un niño que no ha pasado por la Cuna. “Les preparamos para el éxito escolar, esta es una ganancia extra”, sentencia Lemus.

Tradición. Santo Domingo de Guzmán es un pueblo con una fuerte herencia indígena. Durante generaciones sus habitantes se han dedicado al trabajo de la alfarería de barro. Acá uno de los niños de la Cuna Náhuat representa a un tlameme con su cacaxtle.

Actualmente, se atienden 35 infantes, quienes aprenden a desarrollar sus habilidades psicomotrices. El sonido de sus cantos y voces en una lengua nada común resaltan en las silenciosas calles del municipio tras un mural de calles empedradas y casas coloniales que se desvelan al paso de un jinete y su caballo.

“Al niño se le enseña a autodeterminarse como indígena para que, cuando llegue a su edad adolescente, no se avergüence de sus raíces, sino que lleve una identidad, sepa qué es, de dónde viene”, argumenta Rosario Álvarez, directora de la Cuna.

Las profesoras son mujeres indígenas hablantes del náhuat, a quienes se les refiere con el título de nanzin tamatxtiani (maestro). “Ellas son señoras que no fueron a la escuela, pero tienen la sabiduría de haber criado y educado a sus hijos. Es una reivindicación de la mujer indígena. Pasaron de ser alfareras, amas de casa, a maestras”, agrega.

La mayor amenaza para la extinción de la lengua náhuat es la no continuidad de la enseñanza en primaria y los grados siguientes. No se contempla en el plan de educación. Nada ni nadie garantiza la conservación de esta. Pero, el canto de aquella marimba de meninos seguirá resonando en el tímpano de quien alguna vez los escuchó cantar, gritar o hablar en náhuat: la lengua que agoniza, pero se niega a morir.

Inclusión. En Cuna Náhuat dan clase mujeres nahuablantes. Este proyecto también les ha dado a ellas la oportunidad de obtener ingresos por medio de un empleo estable.

Avances. Los niños que se integran a Cuna Náhuat tienen mayores oportunidades de obtener resultados positivos cuando pasan al sistema escolar en educación primaria. Desarrollan habilidades psicomotoras.

Cuna Náhuat
Sin seguimiento. No hay manera de garantizar la continuidad del náhuat. Los niños de esta guardería no van a seguir familiarizados con el idioma cuando pasen a primaria. Se requiere de más esfuerzos en otro nivel para seguir con el aprendizaje.
Personal. El fundador de Cuna Náhuat, Jorge Lemus (centro); y su directora, Rosario Álvarez, posan con las maestras del proyecto, mujeres nahuablantes, a quienes se les conoce como nanzin tamatxtiani, maestras.
Contraste. El calzado de moda contrasta con el colorido de huarachas hechas a mano.

Tradición en tiempos modernos. Este municipio poco a poco trata de revivir sus raíces, su lengua y sus costumbres en un mundo cada vez más invadido por la modernidad. La foto con el celular tras el desfile de parvularia para el 15 de septiembre es una mezcla de ambas corrientes.

Desde pequeños. Los niños que asisten a esta institución tienen entre tres y cinco años; la mayoría es de ascendencia indígena.

El limitado camino profesional de estudiantes con sordera

Estudiantes

En este salón de clases de la Universidad de El Salvador hay demasiado ruido. Los alumnos de primer año de la Licenciatura en Ciencias de la Educación no dejan de hablarse a gritos, las conversaciones del pasillo se cuelan en el aula y se escucha cómo retumban los sonidos de una obra de construcción que está afuera.

La catedrática de Psicología Pedagógica se ve alterada entre el bullicio, y para hacerle entender algo a Glenda, una de sus estudiantes, se le acerca y le habla al oído. Glenda la observa incrédula, hace una pausa y mira cómplice a su intérprete. Se ríe y los compañeros de clase que la rodean también se ríen. Ven a la maestra, despistada, en su intento por explicar algo a la alumna. A los pocos segundos la catedrática recuerda algo y se calla: Glenda es sorda.

Glenda Jorge tiene 19 años y quiere ser entrenadora en el Instituto Nacional de los Deportes. Para ello está estudiando la Licenciatura en Ciencias de la Educación con especialidad en educación física. Ella es una de los 20 estudiantes con sordera que cursan una carrera en la sede central de la Universidad Nacional.

Estudió bachillerato en una escuela pública para sordos y durante años nunca necesitó de intérprete para entender algo de sus clases. Todas sus materias eran impartidas en lengua de señas. Pero este año todo ha cambiado y se ha integrado al sistema de educación oyente. Aquí necesita que un intérprete asista con ella a todas sus clases y le explique toda la cátedra al mismo tiempo que el docente habla. A veces, se siente como una pérdida de independencia.

Desde un jardín de la Universidad de El Salvador expresa un poco de nostalgia por la comunidad que tenía en su centro de estudios anterior: “En la escuela Griselda Zeledón la relación era perfecta porque todas éramos personas sordas. Aquí en la UES es difícil. Primero sentía pena porque los demás estudiantes se me quedaban viendo”, expresa con las manos. Este es su segundo ciclo en la universidad y mientras signa estas oraciones, un grupo de jóvenes la observa a la distancia, todavía con curiosidad.

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SER SORDO EN LA ESCUELA PÚBLICA
Es el mediodía y un puñado de niños corre por el parqueo del Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón, en San Salvador. Todos son sordos pero ríen y gritan en el juego como lo haría cualquier grupo de niños oyentes.

Entre ese barullo, una maestra sorda intenta comunicarse con el papá de una de sus alumnas, pero él no domina el lenguaje de señas. Este mes se conmemora la independencia de la patria y la docente busca explicarle al padre de familia que la niña debe venir mañana con uniforme formal y peinada con dos colitas. Otra madre de familia, que sí signa, le interpreta la indicación al papá. Él, después de escuchar la oración en español, asiente y se va con su hija.

Así como para los oyentes que viven en El Salvador su primera lengua es el español, para los sordos, su primera lengua es la de señas. Se considera que los sordos que estudian acá son bilingües porque se enfrentan a un sistema educativo con dos idiomas a diario. Así, la clase se explica en lengua de señas y los conceptos se escriben en español.
Y aunque todos los estudiantes de este centro escolar reciben la explicación de las clases en lengua de señas, no todos los padres la conocen. Así lo reconoce Rosalba Cartagena, la madre de una estudiante no oyente de noveno grado.

Sin terminar. Este es el edificio donde reciben clases los estudiantes sordos de tercer ciclo y bachillerato del Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón. No cuenta con focos ni energía eléctrica.

“Cuando me dijeron que ella era sorda, yo sentí que el mundo se me cayó. Yo me limité a llorar y llorar. Uno piensa: ¿qué va a ser de mí con esta niña?” Luego, superó la conmoción inicial, se informó y decidió inscribir a su hija a la escuela nada más cumplió la edad necesaria. Ahora, la viene a dejar todos los días a clase y la espera sentada en una banca, excepto cuando la buscan para trabajar como intérprete en algunos eventos.

Su hija, Heysel, aún no se decide si estudiar matemáticas, contaduría o educación en la universidad. El sueño de Rosalba es que su hija sea profesional, pero a veces eso solo significa sacrificio. Viajan desde una zona rural y para venir a clases se tarda dos horas, combinando trayectos entre tres buses. Entre las dos gastan $3 en pasajes a diario, que se hacen unos $60 al mes.

El Centro Escolar Licenciada Griselda Zeledón es el único complejo educativo para sordos que abarca desde parvularia hasta bachillerato en la zona central. Se fundó hace casi 20 años con maestros que entonces no dominaban por completo la lengua de señas. Ahora sí lo hacen y tienen 141 estudiantes.

En 2017 el Observatorio de Centros Escolares del Ministerio de Educación registró que había 583 estudiantes con sordera cursando educación básica y media. Gricelda Zeledón, la profesional en honor de quien bautizaron una escuela, está convencida de que hay más infancia sorda en edad escolar que no es matriculada. “Posiblemente los padres desconocen que el sordo es educable. Por otro lado, las escuelas presentan deficiencias y los padres no ven avances significativos en sus hijos: habla y lectoescritura, por ejemplo”, expresa la experta en el tema de pedagogía.

En todo el país solo hay cinco centros escolares públicos exclusivos para sordos. Los demás están ubicados en San Miguel, Sonsonate, Santa Ana y Cuscatlán. A esta escuela de la zona central vienen a estudiar niños desde Chalatenango o San Vicente. En teoría, este centro debería estimular sus ganas de estudiar, pero a veces pasa lo contrario.

Estimaciones. Hay, al menos, 88,000 personas con discapacidad auditiva, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad presentada en 2016.

Por ejemplo, el edificio de tercer ciclo y bachillerato, donde estudia Heysel, no está terminado. Desde hace más de cuatro años la obra quedó en abandono, señala Saúl Castaneda, director del centro escolar. El edificio es gris, no tiene ventanas acabadas, solo agujeros en las paredes. Sobre estos, se han colocado unos barrotes de hierro que hacen las veces de balcón, pero no hay vidrios que impidan que se metan animales.

En este edificio tampoco hay focos, ni energía eléctrica –a excepción de unas conexiones hechizas para que maestros puedan conectar una computadora–. “No sé qué problema hubo entre la constructora”, dice Castaneda, quien afirma que un día simplemente se dejó de construir. Él dice que cuando llueve, los estudiantes deben moverse y estar sacando el agua que entra a los salones, por la falta de vidrios. Además, los maestros y estudiantes también se encargan de sacar murciélagos y palomas que, en repetidas ocasiones, eligen los salones como nido.

El presupuesto del único complejo educativo para sordos de la zona capitalina es de $5,000 anuales, de acuerdo con Castaneda. Él admite que la mayoría del tiempo logran hacer obras de infraestructura gracias a donaciones y a la mano de obra de los mismos estudiantes. “Todo lo que está acá, lo han hecho los alumnos: el portón, el lugar de estadía de los padres, los baños… con sus proyectos de soldadura”, dice mientras camina por los pasillos de su escuela.

En las áreas rurales del país, el acceso a la educación para sordos es aún más deficiente y escaso, aseguran tres profesores de esta escuela. La distancia entre la casa y el centro de estudios es un factor decisivo para la deserción escolar. Así lo afirma la maestra de Ciencias Sociales Berta Pascual: “No pueden venir por lo económico. Y los papás dicen ‘ay, no, para qué vas a ir a la escuela’”. Los $60 que Rosalba y Heysel deben gastar al mes para llegar a la escuela son una pequeña fortuna para quienes no tienen garantizado el acceso ni siquiera al salario mínimo.

Así como para los oyentes que viven en El Salvador su primera lengua es el español, para los sordos su primera lengua es la de señas. Cuando un sordo que sabe signar aprende a leer español, se vuelve bilingüe. Y aunque todos los estudiantes de este centro escolar reciben las clases en lengua de señas, no todos los padres la dominan.

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EL ROSTRO DE UNA CONDICIÓN
En el país se estiman –al menos– 88,000 personas con discapacidad auditiva, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad presentada en 2016 por el Consejo Nacional de Atención Integral a la Persona con Discapacidad (CONAIPD). Gricelda Zeledón es una de ellas. Su nombre se escribe con ‘c’, aunque la escuela que se fundó hace dos décadas en su honor se escribe con ‘s’.

En realidad, Gricelda Zeledón no se confía mucho de las encuestas y las cifras que intentan cuantificar la comunidad de personas sordas a la que pertenece. Desde su casa cuenta: “Aquí vinieron encuestando una vez y me preguntaron si había una persona con discapacidad. ‘Sí, yo’, les dije. Y me preguntaron: ‘¿Usted qué tiene?’ Respondí que soy sorda. ‘Pero usted habla y no la puedo poner porque nos dijeron que debemos registrar a los sordomudos’”. Esta última palabra es considerada ofensiva, pues ellos sí pueden articular sonidos. Con terapia y práctica, incluso pueden llegar a hablar español como Gricelda.

Gricelda Zeledón es licenciada en Psicología y tiene 70 años. Domina el español escrito, leído y hablado y además lee el inglés. El de ella es un caso excepcional. Lee los labios y articula bien las palabras. Es posible tener una conversación con ella sin necesidad de intérprete. Se expresa de manera académica y ha dedicado su vida a educar sobre la importancia de que los sordos tengan espacios donde se profesionalicen e ingresen a una vida laboral como cualquier otra persona.

En 2015 fue reconocida por la Asamblea Legislativa como “Hija meritísima de El Salvador” y se le entregó un diploma que ahora está colgado en la sala de su casa. El motivo del reconocimiento fue “su lucha constante en la inclusión de las personas sordas en la sociedad, así como por su incansable esfuerzo por brindarles una educación de calidad”.

Fue madre soltera y cuenta que la sordera no fue una barrera para instruir bien a sus hijos. Dice que cuando estaban bebés, ella topaba la cuna a su cama. Cuando los bebés lloraban, la vibración del llanto la despertaba y ella podía cargarlos y ver qué pasaba. Sus dos hijos se formaron académicamente y ahora uno de ellos es un presentador de noticias en la televisión.

Gricelda puede ver el trabajo que uno de sus hijos realiza a diario, pero es difícil que tenga compresión inmediata de las noticias porque no se usan subtítulos ni tampoco se muestra en un cuadro a un intérprete. Los mensajes en lenguaje de señas en televisión solo se dan en algunas cápsulas informativas y en las cadenas oficiales del gobierno. La psicóloga cuenta que, con su hijo, sueñan cambiar eso y que a los sordos se les cumpla su derecho a estar informados.

Referente profesional. La psicóloga Gricelda Zeledón ha sido nombrada “Hija meritísima de El Salvador” por su trabajo en pro de la población sorda y su lengua.

La lengua de señas que se habla en esta casa, en los mensajes de gobierno y en las escuelas públicas es la Lengua de Señas Salvadoreñas (LESSA). Las señas cambian de significado de país en país y la LESSA es el idioma local de la comunidad sorda. Aún está en desarrollo. Además de esta lengua, en algunas academias privadas del país se enseña la Lengua de Signos Americana (ASL, en inglés). Esta es una más estandarizada internacionalmente.

En la comunidad de sordos la preferencia por una u otra lengua es un tema un poco espinoso de tratar. A pesar de que las dos lenguas se realizan con las manos, las dos son completamente distintas. Es como hablar francés y alemán. Desde una posición oficial, El Salvador está intentando hacer crecer y desarrollar la LESSA, pues además es un símbolo de identidad salvadoreña. En cambio, en otras academias se entrena a los estudiantes en ASL. El argumento es sencillo. El ASL, al ser signado también fuera de El Salvador, puede ayudar para abrir más puertas en el exterior.

Zeledón considera que hay una carga de malinchismo en el uso constante de la Lengua de Signos Americana, cuando hay un sistema propio y local, pero que lo más importante es que a los niños sordos se les enseñe su primera lengua de señas desde que nacen. Solo así se estimulan las inteligencias necesarias para que luego la niñez se pueda comunicar e ingresar a un sistema escolar.

“Hay tres niveles de lenguaje, familiar, académico y metalingüístico. La mayoría de sordos se quedan en el nivel familiar. Los sordos necesitan lengua de señas desde que nacen. Mi nieto tiene dos años y sabe señas y nadie le ha enseñado. Viene gente con sordera de visita a platicar y él, solo viendo, aprende”, comenta.

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LENGUA DE SIGNOS AMERICANA PARA IRSE DEL PAÍS
La Fundación Manos Mágicas es una academia privada donde se le brinda refuerzo escolar a niños y se les enseña a mayor profundidad la lengua de señas. La fortaleza de Fundación Manos Mágicas es la Lengua de Signos Americana.

Aquí imparte clases Rebeca Soundy, una docente sorda graduada de una universidad privada. Ella comprende de primera mano los problemas a los que se enfrentan los estudiantes con sordera en ambientes integrados con oyentes. Algunos niños que reciben refuerzos aquí asisten diariamente a colegios privados. Ahí estudian con un intérprete al lado del maestro y, generalmente, tienen un nivel de vida mejor que aquellos estudiantes que asisten a las cinco escuelas públicas para sordos.

Rebeca asegura que, en promedio, a un intérprete se le paga $300 mensuales para que asista a clases con el estudiante. Además de eso, las familias deben pagar la cuota del colegio. A eso se le suma el pago de estos refuerzos. Para el futuro, el plan que tiene esta fundación es desarrollar un programa de padrinos para que niños sordos de escuelas públicas puedan venir a recibir refuerzo académico sin pagar.

Cuando a Soundy se le consulta sobre la controversia de qué lengua de señas es la que debe ser enseñada en El Salvador, si la local o a la americana, ella responde que las dos sirven para motivos distintos. Por ejemplo, acá se brinda clases a personas sordas que provienen de colegios bilingües y les ayuda a perfeccionar la ASL. El objetivo de algunas de estas personas es estudiar o trabajar en el exterior, en países más inclusivos.

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NO ESCUCHAR EN LA UNIVERSIDAD DE EL SALVADOR
La UES tiene 177 años de haber sido fundada, pero solo hasta 2012 empezó a llevar un registro estadístico de estudiantes con discapacidad. Ese lento despertar, aunque tarde, ha logrado que se cree la Unidad de Atención Especial a Estudiantes con Discapacidad. Así lo explica Rosario Villalta, la coordinadora de dicha dependencia.

La unidad está ubicada en un pequeño salón dentro de la biblioteca central del recinto universitario. Es la encargada de brindar atención a 113 estudiantes con discapacidad. De estos, 25 son sordos y a cada uno se le asigna un intérprete pagado por la UES. De estos alumnos, 20 estudian en San Salvador y los otros cinco en las otras sedes departamentales.

Para atender a este más de centenar de personas y apoyarlos en su desarrollo, la unidad tiene solo a dos empleados. Ellos coordinan el trabajo y los horarios con la universidad y los intérpretes.

La mayoría de estudiantes con sordera se encuentran estudiando Humanidades, aunque hay algunos en Administración de Empresas e Ingeniería, sostiene Villalta. En los últimos cinco años, ocho personas sordas han egresado de su carrera universitaria. Sin embargo –dice la coordinadora– aún hay algunas carreras como Medicina en las que no hay ninguno con discapacidad auditiva.

Y es que a pesar de que a cada estudiante sordo se le asigna un intérprete, la verdadera clase la sigue impartiendo un catedrático que maneja un lenguaje distinto. A los sordos, las clases de la carrera llegan a través de sus intérpretes, lo cual es un reto para los jóvenes que trabajan con este rol, pues, en algunos casos específicos ellos también luchan para entender, en español, lo que se explica en la cátedra.

“Algunos licenciados sí entienden y respetan, pero hay otros profesores que no”, comenta Glenda Jorge, la estudiante de Educación Física. Ella recibe sus clases durante la mañana y viene de una familia de cinco hermanas donde tres son sordas. De las tres, solo ella estudia en la universidad. Sus otras dos hermanas, a pesar de ser mayores que ella, se han dedicado a trabajar.

El ciclo pasado inscribió la carga académica completa y este también. Su intérprete es un joven llamado Geovani, de 22 años. Él también es estudiante de la UES, pero cursa sus materias de otra carrera en la tarde. De alguna manera, se podría decir que cursa dos licenciaturas. Una como trabajador y otra como alumno.

Geovani aprendió lengua de señas hace cinco años, cuando conoció a otra persona sorda en un campamento. Después de ser testigo del aislamiento que provoca no compartir un lenguaje, se preocupó por asistir y pagar sus propios cursos. Luego, cuenta, fue voluntario de la Unidad de Atención a Estudiantes Discapacitados de la UES y así fue como se dio a conocer como intérprete.
Ahora la universidad le paga por sus servicios profesionales. Por su trabajo permanece todo el día en la universidad e incurre en gastos alimenticios a diario, pero el pago de su rol como intérprete lo recibe meses después, hasta el final de cada ciclo.

Séptimo Sentido intentó consultar con otras ocho universidades privadas sobre los apoyos que brindan para sus estudiantes sordos. Se obtuvo respuesta de tres centros de estudio superior. En la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) y la Escuela de Comunicaciones Mónica Herrera, consideradas líderes en formación de economistas y comunicadores, no hay ningún estudiante con sordera inscrito. Por otro lado, la Universidad Don Bosco sí cuenta con un programa de formación en ASL para oyentes interesados. Actualmente en ese centro cursan una carrera dos estudiantes no oyentes: una alumna en Diseño Gráfico y otro estudiante en el técnico en Ingeniería Mecánica. Es decir, entre miles de futuros profesionales de esa casa de estudios, solo dos son sordos.

“Hay tres niveles de lenguaje, familiar, académico y metalingüístico. La mayoría de sordos se quedan en el nivel familiar. Los sordos necesitan lengua de señas desde que nacen. Mi nieto tiene dos años y sabe señas y nadie le ha enseñado. Viene gente con sordera de visita a platicar y él, solo viendo, aprende”, comenta Gricelda Zeledón.

Este martes 18 de septiembre, Glenda y Geovani atraviesan los pasillos del edificio de la Licenciatura en Educación Física, lleno de jóvenes con ropa deportiva. Glenda no es cohibida, sonríe amplio y tiene una relación de confianza con Geovani quien, durante el último año, se ha convertido en su puente con el mundo oyente y de cierta manera, su puente con la posibilidad de un título universitario.

Entran a un salón de clases y Glenda se sienta al frente. Geovani toma un pupitre y se coloca al lado de la catedrática. Cada vez que la docente habla, Geovani hace gestos con las manos y la cara. Además, Glenda tiene un compañero de carrera que también ya aprendió lengua de señas gracias a la amistad que han entablado. El silencio tiene sus ventajas. En un breve momento de aburrimiento de la clase, Glenda signa algo con Geovani y con su otro amigo, Moisés. Entre los tres sonríen y hacen miradas cómplices, pero nadie se entera de qué están hablando. La clase sigue con normalidad.

Glenda considera que en la universidad falta que los catedráticos realicen algunas “adaptaciones didácticas”. Su sueño es crear un “Consejo Profesional de Sordos” para discutir conceptos especializados según cada carrera universitaria. Porque, aunque los intérpretes sean buenos, hay conceptos técnicos que solo un especialista puede explicar bien.

El tema de la clase de ahora es el desarrollo infantil. “La infancia es el periodo de vida entre el nacimiento y el surgimiento del lenguaje, es decir, hasta los dos años”, se dice en la cátedra y luego se añade: “Los niños comienzan a hablar alrededor de los dos o tres años”.

Geovani le interpreta esto a Glenda, quien aún recibe malas miradas porque en esa primera infancia desarrolló un lenguaje no oral. Glenda comprende lo que se está diciendo, vuelve a ver la presentación que se proyecta en la pizarra y asiente con un gesto serio.

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DESPUÉS DEL TÍTULO
Cuando se conversa con sordos que son profesionales hay un punto de reclamo en común: Después de sobrepasar las barreras para formarse, nada se vuelve más fácil. Al contrario, a pesar de poseer un título universitario, nada les garantiza el acceso a un empleo digno y estable.

Por ejemplo, en el complejo Griselda Zeledón, hay maestros sordos que tienen trabajo, pero no un contrato de plaza. Se encuentran formando estudiantes pero su tiempo está contado pues solo están cubriendo interinatos. Al solo ser cinco escuelas a escala nacional para no oyentes, las ofertas laborales para docentes en lengua de señas no abundan. Ellos consideran que “con respeto a las personas oyentes, la persona sorda tiene su propia cultura y es el sordo quien debe impartir la lengua de señas”.

Rebeca Soundy, la maestra que da clases de refuerzo en Fundación Manos Mágicas, coincide en este punto. “La lengua de señas es parte de una cultura sorda. Vemos personas oyentes que andan dando clases de señas y no es bueno porque le quitan oportunidad laboral a otras personas. Los oyentes pueden ayudar a interpretar, pero ser maestros de lenguas de señas, no”.

La molestia se agrava con la falta de oportunidades laborales que, en general, viven las personas que presentan alguna discapacidad. Gricelda Zeledón se pregunta desde un sillón en su casa de San Salvador: “Yo conozco profesores sordos trabajando de meseros, volviendo a los oficios. ¿De qué sirve todo el sacrificio de los estudiantes universitarios? ¿Solo para que tengan un cartón?”.

Educación Superior. Glenda Jorge es estudiante de la Licenciatura de Ciencias de la Educación de la UES. Asiste a clases diariamente con un intérprete de lengua de señas.

“No puedo ir a la playa porque me siento culpable”

Hay quienes saben qué quieren hacer con sus vidas desde que son niños, y hay gente que no, como André Guttfreund. Nació de padres migrantes. Su mamá era rumana y su papá, alemán. Creció en San Salvador lleno de atenciones, pues su familia judía manejaba un negocio exitoso. Estudió en la Escuela Americana y su madre, decidida a que no fuera tan mimado, decidió enviarlo a estudiar al extranjero a los 13 años. Desde entonces, tuvo que aprender a ser independiente y entender qué significaba el privilegio con el que se crió en El Salvador.

Cuando fue la hora de estudiar en la universidad, André Guttfreund escogió Ciencias Políticas como carrera, pero no iba a las clases. Estaba más interesado en el activismo de los años sesenta. Después se inscribió en una licenciatura y maestría en teatro. Aunque le gustaba estar en el escenario, algo le hacía sentir que ese no era su lugar. Así que pensó estudiar Derecho. Estaba considerando un futuro como abogado cuando Wálter Béneke, quien entonces era el ministro de Educación, le llamó:

“He conseguido $16 millones para arrancar una televisión cultural educativa a escala nacional y tenemos dos canales. Ya es tiempo de que jóvenes como tú, a quienes el país le ha dado tanto a sus familias, le dediquen dos años a su país”, me dijo Wálter. Y yo tenía mis 22 años… entonces vine y le dije: “Wálter… yo no sé nada de televisión. He hecho teatro. Los equipos para televisión no los conozco”, y me dice: “No importa, lo que tengás que aprender, lo vas a aprender y, por lo menos, sé que no te vas a robar el pisto”.

Regresó a El Salvador y trabajó en Televisión Educativa. Ahí intentó aprender de cámaras y un poco de producción. Al mismo tiempo, siguió haciendo teatro. Esa combinación de labores, le valió un consejo que cambiaría su vida.

Un director famoso de cine italiano, Roberto Rossellini, vino a El Salvador para asesorar el proyecto de Televisión Educativa. Rossellini también fue al teatro y vio una obra que André se encontraba montando. Después de verla, el italiano le recomendó que mejor se dedicara al cine porque lo que él dirigía sobre el escenario se vería mejor en cámara. Así fue como llegó al American Film Institute y comenzó una carrera a la que le ha dedicado su vida.

Más de 40 años después de ese consejo, André va vestido de saco y camiseta en la mañana de este sábado. Son las 10 y ya salió a hacer los primeros mandados del día, hizo algunas compras y volvió a su casa listo para esta plática.

Cuenta que a él le sucedió lo improbable. La película que hizo como trabajo de graduación fue nominada directamente al Óscar, algo que muy pocos estudiantes de cine pueden decir. “Había un compañero mío, que era bastante hippie… pero rico. Él había hecho dos documentales y me dijo que quería que el trabajo de tesis lo hiciéramos juntos. Leímos un cuento por Joyce Carol Oates, nos pusimos en contacto con ella y esa es la película que nos ganó el Óscar. Nunca pensamos en premios”, comienza a narrar desde el patio de su casa en San Salvador.

¿Usted cree que el Óscar llegó demasiado pronto en su carrera?
Hay ventajas y desventajas. La ventaja era que, como ni mi compañero ni yo sabíamos negociar la industria, haber ganado el Óscar nos abrió las puertas para aprender qué es lo que funcionaba comercialmente. La película que habíamos hecho y el premio que ganamos no tenía nada que ver con la realidad de la industria. La categoría de cortometraje es la única donde la comercialidad no viene a la mente. Después de ganar el Óscar, quisimos hacer un largometraje de una de las novelas de Joyce Carol Oates y fuimos a los diferentes estudios y básicamente nos dijeron “ustedes están locos, solo porque esto les salió tan bien con este cortometraje, no quiere decir que no tienen que pensar en taquilla cuando nos traen algo para que lo hagamos por millones de dólares”. Ganar el Óscar se volvió un aprendizaje rápido y también muy efectivo en cómo sobrevivir en la industria.

En el 77, por un lado, usted estaba buscando construirse una carrera y para entonces ya estaba iniciando una debacle en la realidad de El Salvador, ¿cómo manejó esas dos cosas?
Vine una vez después del Óscar para compartir la película. Mis padres invitaron a todos, llenaron la sala de una de esas organizaciones como FUSADES y después de eso ya no se me permitió regresar por lo de los secuestros. Recibimos cartas, amenazas.

¿De quién provenían?
No se identificaron, pero tuvimos secuestros en la familia. Al primo de mi papá, que fue quien lo trajo a El Salvador, lo secuestraron y lo mataron. La familia de él no pagó lo que pidieron para liberarlo. Hasta cierto punto la gente que se lo llevó sentía que se le debía, entonces amenazaron a los socios porque había una “deuda pendiente” y entre eso, se le hizo mucho ruido a lo del Óscar y la gente que estaba aconsejando a mi padre dijo: “Absolutamente, que no venga André”.

También en Los Ángeles yo fui muy activo recaudando fondos para Rubén Zamora cuando él se lanzó para presidente. Eso no le gustó a ciertos excolegas míos de la Escuela Americana, que incluían a Fredy (Alberto) Cristiani y Bobby (Roberto) Murray, quien antes era muy pragmático, una persona con muy buena educación y se hizo más radical hacia la derecha. Entonces yo ya no tenía un grupo que me sostuviera o acogiera.

¿Ellos eran su grupo de amigos de la escuela?
Sí, sí, entonces yo hasta cierto punto me tuve que divorciar. Mis padres ya no podían quedarse aquí, tuvieron que irse a Guatemala. Ellos emigraron a Israel.

Usted se fue por primera vez a los 13 años. ¿Experimentó el desarraigo cuando vio la realidad de El Salvador o era difícil sentirlo porque estuvo fuera muy pronto?
Mi madre insistió que fuéramos a escuelas progresistas en el extranjero porque ella sabía que la manera en la que estaba estructurada la sociedad no era saludable. Hay demasiado que hacer, no puedo vacacionar. Con todo el trabajo que tenemos que no puedo ir a la playa, porque me siento culpable; porque uno ve a niños vendiendo collares y no están en la escuela. En Hawái pudiera acostarme en la playa, pero aquí, no. Y eso tiene que ver con una sociedad todavía injusta.

Así que después de trabajar profesional en Estados Unidos y en Europa –porque también dirigí televisión en España–, tuve un hijo, paré de trabajar 10 años para dedicarme a él porque ya no estábamos juntos con su mamá. Me dio mucho placer hacer los viajes de campo con mi hijo y participar en la escuela. Después regresé a trabajar y estaba de profesor, un día me vino una invitación para dar un taller en la Universidad Don Bosco. En 2007, creo. A mí me encantó esa idea, que finalmente iba a poder hacer algo con lo mío aquí. Vine y se me pidió que fuera parte del jurado para el Festival Ícaro. Y en ficción, las cosas que vi eran terribles. Te-rri-bles. Las actuaciones, la dirección, la edición… todo eso era malo. Y ahí me cayó el cinco y dije: ¿Y por qué estoy dando clases allá donde hay tanta gente que puede dar clases?

Me vine cuando estaba Héctor Samour y Astrid Bahamond en SECULTURA. Me trajeron para hacer una serie de mis talleres de ficción y ahí salieron unos cortitos y unos ejercicios que verdaderamente me emocionaron. Astrid y Héctor se portaron muy bien en el sentido de cumplir con la promesas que me hicieron para que viniera a dar esos talleres, y yo empecé a buscar a dónde podríamos encontrar algunos fonditos. En el contexto de eso vi “Cinema Libertad”. Me impresionó la habilidad de Arturo Menéndez con las cosas técnicas, pero no me gustó para nada porque era una imitación de un videoclip de rock, y Arturo me llamó y dijo que estaba muy dolido.

¿Cómo escuchó la crítica Arturo Menéndez?
Porque yo la dije en radio, entrevistas, en lo que sea. Le dije a él: lo que tenemos que hacer es juntarnos y hacer un proyecto que tenga mirada salvadoreña. Así hicimos “Malacrianza”. Luego llegó un momento donde Pablo Benítez, que es una persona muy comprometida con la gente del FMLN y que era la mano derecha de Gerson Martínez, me dijo: “Quiero que hable con Merlin Barrera (viceministra de Comercio e Industria) porque hay esta cosa de los Premios Pixels, pero nunca han dado los premios para audiovisuales”.

Eso fue hace tres, cuatro años. Merlin me dijo: “Yo nunca he visto nada que me diga que esto no es pasatiempo sino que es inversión”. Le enseñé “Cuentos que dan miedo” y “Malacrianza” y se volvió loca de entusiasmo. Al siguiente día me habló y me dijo: “Le he conseguido $750 mil. Usted me tiene que garantizar la calidad de lo que salga” y, entonces, yo le dije que con $750 mil, “tenemos a la gente para esos proyectos que sí lo puede hacer bien, yo me responsabilizo”.

Un mes más tarde, Merlin me habla que me ha conseguido otro millón y yo le dije que no tenemos suficiente gente formada para poder manejar otro millón. Y me dijo “no, no vamos a desperdiciar ese dinero. Lo vamos a hacer de todas maneras”. Entonces yo le respondí: “Si la idea es de formar industria, los jurados internacionales no solo tienen que determinar cuáles son los mejores proyectos, sino que las habilidades de los grupos que lo van a ejecutar, cuáles son sus fortalezas, cuáles son sus debilidades para que, ya que no tenemos escuela de cine, aprovechemos esos presupuestos para identificar dónde necesitan asesorías, talleres, acompañamiento”. Y me dijeron que no porque no eran el Ministerio de Educación. Pero no podemos formar industria sin gente formada. Es ahí donde yo me salí.

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En la actualidad, el Premio Pixels es un concurso nacional del Ministerio de Economía que selecciona a proyectos innovadores de animaciones digitales, videojuegos y producciones audiovisuales. El premio consiste en dinero para convertir el proyecto en realidad. Usualmente, en las producciones audiovisuales, el financiamiento cubre solo una parte del costo real y los productores deben buscar más formas de financiamiento. El premio se entrega bajo la idea de consolidar industrias creativas.

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Cuando usted trabaja así, donde sirve como un engranaje entre la gente que está creando y la gente que tiene la posibilidad de financiar, ¿es trabajo ad honorem?
Es trabajo de asesor. Y en ese momento era trabajo ad honorem. Cuando me ofrecieron un puesto era para tratar de tenerme cerca… pero era un trabajo administrativo y de hacer informes, no era para mí.

Para realizar todo el trabajo que usted hace necesita recursos. ¿Cómo hace para vivir si la mayoría de sus proyectos son ad honorem?
Hay un lugar que me paga y es la Alcaldía de San Salvador, donde estoy como asesor, una categoría de contrato independiente. Ese dinero me permite pagarle a mi asistente y a mi motorista. Ese dinero lo uso para eso. El dinero que tengo para mí, lo acumulé por mi seguro social. De ahí sale lo que necesito pagar para mi seguro de salud y lo que uso todos los meses para poder costear mis cosas. Pero no gasto mucho. Estoy trabajando todo el tiempo.

¿Ahora se desligó de los Pixels?
Me desligué de estar dentro del Ministerio de Economía supervisando todos los Pixels. Me metí con proyectos individuales. Cualquiera que quiera mi asesoría con algo, bienvenido; pero me voy a meter como productor creativo en aquellos proyectos donde sé que los directores quieren mi aporte y donde sé que van a escuchar y no se van rebelar porque, de repente, tienen dinero y el ego es todo. Me metí en cuatro: “Volar”, “Cachada”, “El último toque”, y estoy ayudando a Julio López con “La batalla del volcán”… para el lunes tengo que hacer los subtítulos. Estoy de comodín para diferentes proyectos.

Cuando Nayib Bukele estaba montando su campaña para alcalde, le presenté cinco proyectos de cine y él me dijo que si yo estaba con él, que me prometía $350 mil al año para programas de cine de la alcaldía. De ahí salió el festival de cine y de ahí salió el FOMCASS, que lo vamos a hacer en 2019. También está el cine comunitario, y cine ambulante en las calles para gente que no tiene el lujo de ir a teatros. Afortunadamente, por primera vez, entra un partido de oposición al que instaló esto y, en vez de botar todo lo que hizo el pasado, Muyshondt nos llamó y nos dijo “queremos seguir con los programas porque eso es proyecto país y no partido”. Y se portó, en ese sentido, de una manera muy madura. Seguimos con eso.

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El Fondo Concursable para la Cultura y las Artes de San Salvador (FOMCASS) es un fondo capitalino de $125,000 que, en teoría, servirá para financiar movilidad de artistas a escala nacional o internacional, productos de artes escénicas y proyectos audiovisuales. De acuerdo con lo planificado, estos fondos debían haberse desembolsado ya para que los colectivos puedan financiar su obra y cumplir con un calendario, pero eso aún no ha sucedido.

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En términos de postura política, ¿no ha habido gente que ha intentado comprometerlo políticamente a usted?
Claro.

Por ejemplo, el alcalde capitalino anterior ¿no le pedía cierto nivel de propaganda o apoyo?
Mire, yo le hice un spot, pero en el spot dije “yo voy a respaldar lo que usted está respaldando porque para eso estoy aquí, pero no voy a decir ‘Nayib Bukele’, lo que voy a decir es ‘yo respaldo a los que entienden que el cine lo merece el talento salvadoreño’”. Eso fue lo que dije.

Entiendo que el dinero de FOMCASS para audiovisuales se iba a desembolsar este año, pero ahora se les dijo a los productores que hasta 2019, ¿por qué sucedió eso?
Cuando hay un cambio de gobierno hay un montón de relajo burocrático. Entonces, en lugar de hacerlo mal, yo llamé a todos los que estaban participando y transparentemente les dijimos.

¿No estaban ejecutando los proyectos aún?
No, lo único que habíamos hecho era declarar los ganadores. Porque ese proceso fue el que soñé para los Pixels: todo el proceso va a estar acompañado, incluyendo la adaptación de cuento a guion, todo lo de dirección de arte, cámara sonido, producción, edición.

Cuando usted regresó, ¿consideró el componente político de la elección de Mauricio Funes?
Cabal. “Ahora va a ser diferente”. También yo vine para respaldar al gobierno que prometió la diferencia. Vine a respaldar aquellos que decían que tenían al pueblo salvadoreño como su prioridad y que se iban a dedicar a destruir la corrupción y a crear empleos y reformar el Ministerio de Educación… y muy desafortunadamente aprendí que la mayoría de estos querían ser como los otros. El apoyo que recibí en el principio para lo que vine fue muy bueno, pero entre más tiempo estuve aquí, más cosas empezaron a pasar. Por ejemplo, en la campaña de Sánchez Cerén, me uní a las mesas de cultura y arte, horas y horas en esas mesas, haciendo propuestas.

En las discusiones de la Ley de Cultura se hablaba de dar seguro social a los artistas. Lo veo lejano.
Sí, bueno, es que… yo no tengo ninguna seguridad ahora de que lo que hemos logrado hasta ahora va a poder continuar, porque todo depende de quien gana en 2019 y de qué compromisos tiene.

La izquierda partidaria se identificó con los artistas y dijo que les darían prioridad. Recuerdo un evento en un hotel capitalino donde se hizo la presentación del eje cultural de la presidencia de Sánchez Cerén.
Cabal, cabal. Y yo me subí al escenario y di un discurso para Sánchez Cerén. Yo me presté para eso. Porque yo verdaderamente creía, yo pequé de ingenuo. Compré todas esas cosas, el sueño. “La cultura es la prioridad principal, el eje 9 es nuestra prioridad”… toda esa cosa. Y después resultó ser pura paja. Y con eso uno dice “vaya, me voy”, o uno empieza a identificar la gente con quien uno sí puede trabajar y se dedica a crear las alternativas que el Gobierno no está presentando.

Hay cipotes ahí con talento que recibieron $100 mil para el proyecto, pero nunca se va a terminar porque no sabían cómo. No es culpa de ellos.

Y yo tengo la libertad de expresarme tal como lo siento. Cuando lo del Pixels se estaba manejando mal, yo también me expresé y para el siguiente Ministerio de Economía, tengo una presentación qué se hizo mal, cuánto dinero se desperdició. Hay cipotes ahí con talento que recibieron $100 mil para el proyecto, pero nunca se va a terminar porque no sabían cómo. No es culpa de ellos. El hecho de que decidieron por ese ego de “no somos el Ministerio de Educación. Estamos aquí para formar industria”, sin reconocer que sin gente educada no podemos formar industria, me parece una soberbia, una arrogancia y una estupidez.

Que haya productos que no se presentaron es grave… pero ¿no es la mayoría?
La mayoría no sabemos todavía, porque no sé si algunos van a conseguir dinero de otro lado para poder terminar. La situación en que estamos ahorita es que, por lo menos, una ficción y un documental vayan a festivales buenos para que el resto del mundo diga “uy, qué bonito que en El Salvador se está haciendo cine”, porque solo así lo van a creer. Porque aún la gente sofisticada y educada necesita que el resto del mundo valide nuestras cosas; y dos, que se venda. Si uno se vende a Netflix o HBO es un logro porque eso le significa algo a la empresa privada.

El cine es carísimo y el país es paupérrimo. Hace un rato dijo que no podía ir a la playa porque hasta ahí ve niños trabajando. ¿Cómo se navega entre esa dicotomía? Hay quienes no entenderían por qué invertir $1 millón en la industria del cine en lugar de invertirlos en una escuela.

Tenemos mucho malinchismo, y ese malinchismo les hace creer que el cine es para México, para Argentina, para esos países. Niegan el talento de nuestra gente. También ignoran las realidades que han creado las industrias del cine en países como República Dominicana y Panamá. Que venga gente de Dominicana y nos diga cuánto contribuye el cine al PIB, cuántos empleos directos e indirectos genera y cuántos negocios se han beneficiado con la presencia de una industria, incluyendo extranjeros que vienen a filmar ahí. Y eso está dentro de un plan quinquenal que hemos diseñado para los partidos. A ver a quienes le interesa comprometerse por eso para 2019.