Desaparecen las personas, no las deudas

Ilustración de Moris Aldana

Nubia Iraheta estaba orgullosa de sí misma. A los 31 años había logrado comprar dos carros a través de un préstamo. Los carros tenían algunos desperfectos pero con dinero de prestamistas y cooperativas lograba arreglarlos en el taller. Había empezado a ahorrar para la prima de la casa que le compraría al Fondo Social para la Vivienda. Ahí pensaba envejecer. Sus dos hijos entraban a la adolescencia y la vida parecía estar bien encaminada. Era 2018.

Ahora queda muy poco de aquel orgullo. Hoy, en una cafetería de Lourdes, su hermana y su madre discuten teorías que expliquen por qué no está:

—Esta no es cosa de pandillas, hoy los mareros solo agarran a la gente, la matan y la dejan por ahí tirada. Mami, ¿qué pandillero va a querer ir, matar a su hija y tomarse el trabajo de enterrarla?
—Pero ¿por qué, pues? ¿por qué no aparece una pista? Yo… ¡ay!, no sé ni qué pensar –dice la madre de Nubia, con la cara hecha un nudo.
—A esta época ya hubiera aparecido su cuerpo –le responde Yamileth, quien se encarga de repetirle a su madre que tal vez Nubia sigue con vida.

En realidad, ninguna de las mujeres de la familia Iraheta puede decir con certeza qué ha sucedido con Nubia. Ella desapareció el 19 de diciembre y desde entonces su caso se unió a los más de 2,600 reportes de personas desaparecidas que recibió la Fiscalía General de la República (FGR) en 2018.

Desde ese miércoles de diciembre, la madre de Nubia ha perdido el apetito. Pero, a veces, pasa hambre. Es la ironía de cuando el dinero no alcanza. Así lo cuenta Yamileth, hermana menor de la taxista. Alrededor de este caso solo hay incertidumbre. Su familia la busca entre vivos y muertos. Aunque Yamileth le pide a su madre que la piense bien y segura, ha guardado en su celular fotos de cadáveres encontrados por las autoridades. Las amplía para ver detalles, para encontrar alguna pista que la lleve hasta la mujer con la que creció. No tiene ninguna certeza. En cambio, las cooperativas a las que Nubia hizo préstamos sí tienen una: está en mora y alguien debe pagar ese dinero.

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LOS VACÍOS LEGALES

La desaparición causada por civiles no existe como delito en las leyes salvadoreñas. Las denuncias por desapariciones se registran como privaciones de libertad o secuestros. El Código Penal sí reconoce que existe la desaparición forzada, pero solo cuando quien la causa es un agente estatal, como un policía o militar.

En Colombia sí se entiende como desaparición forzada lo que sucede cuando un particular de un grupo armado desaparece a otra persona. En El Salvador estos casos suceden a diario, pero no hay legislación al respecto.

El año pasado, la Fiscalía General de la República recibió 51 denuncias por privación de libertad cada semana. Durante los últimos dos años, ha habido más de seis desaparecidos cada día. En 2017, las denuncias por personas privadas de libertad fueron 2,420. El año pasado la situación no mejoró. Solo en 2018, la fiscalía recibió 2,682 casos de este tipo.

Si el delito no está normado, tampoco está regulado qué pasa con los bienes, propiedades y deudas de la persona que desaparece. El desaparecido se encuentra en un limbo legal y las familias también. Ellas no pueden abrazar a su ser querido, pero tampoco pueden cobrar los seguros de vida o heredar sus propiedades.

“Mucha gente se mantiene en la etapa del shock del duelo por largo tiempo, porque anda con la esperanza de poderlo encontrar. Bajo esa lógica, dejar de buscar al ser querido es traicionarlo o no hacer lo suficiente”.

Durante los últimos meses, la madre de Nubia se ha levantado a las 3 de la madrugada de lunes a viernes para cumplir bien con un nuevo trabajo: lava el maíz, lo lleva al molino y desde las 5 de la mañana hasta las 11 no deja de hacer tortillas. Hace hasta mil por jornada y las lleva a una fábrica. Este ingreso le ha servido para intentar cancelar a tiempo un crédito que su hija sacó para pagar los dos carros con los que trabajaba.

El padre de Nubia, además, hace turnos como vigilante. El mes pasado logró ganar $160. Apartó $10 y el resto lo depositó el 1.º de abril a una cooperativa financiera. Madre y padre son los fiadores del préstamo de los autos que antes garantizaban el sustento. Al caer en mora, ellos son los obligados a pagar. Con sus trabajos han estado cubriendo solo la mitad de la cuota. Nubia abonaba más de $300 cada mes.

Hace dos semanas, la situación se complicó más cuando la madre de Nubia dejó de hacer las mil tortillas. Cuenta que es diabética hipertensa y que no soportaba la presión de no saber nada del paradero de su hija y, al mismo tiempo, sacar trabajo. La visión se le empezó a nublar y ahora ha preferido descansar durante las madrugadas. Aunque, en realidad, no siempre logra dormir. La cabeza se le enreda tratando de entender qué le pasó a su hija: “Ayer a las 2:05 de la mañana, yo le decía a mi Señor… ‘Dios, dame pensamiento claro’”.

La mayoría de los que desaparecen se encuentran en edad económicamente activa. De todas las denuncias por privación de libertad recibidas el año pasado, 1,544 se trataban de personas de entre los 18 y 50 años. De ellos, el 72 % está compuesto por hombres y el 28 % de mujeres.

Para que los cobros de los préstamos dejen de llegar a la casa de Nubia, los padres deberían presentar ante las cooperativas y los prestamistas una partida de defunción. Pero eso implica dos cosas: la primera, aceptar que su hija está muerta; la segunda, hacer este proceso legal toma –al menos– cinco años.

“Lo que proponemos es la creación de una legislación y un procedimiento especial que tenga una mayor celeridad”, explica Lissette Campos, la asesora legal del Comité Internacional de la Cruz Roja. Dicha organización trabaja sobre el tema de los desaparecidos alrededor del mundo y ha sido parte de la creación de otras leyes que protegen a las familias de estos en Latinoamérica.

En otros países latinos no es necesario declarar a una persona como muerta para proteger su patrimonio y el de sus familias. En Colombia se solicita que el Estado reconozca a dicha persona en calidad de ausente. La solicitud se puede hacer de inmediato tras la desaparición. Al ser declarada ausente, sus bienes –incluidos los que sacó a crédito– quedan protegidos y no pueden ser embargados. Además, si quien desapareció es trabajador estatal, los hijos tienen derecho a recibir el salario de su mamá o papá.

México cuenta con una ley similar. Tras la denuncia por desaparición, se debe esperar solo tres meses para iniciar el proceso de declaración de ausencia. Con esta, sus deberes económicos quedan en pausa y se fija un plazo para acceder a los bienes patrimoniales del desaparecido.
Esto sería vital para casos en los que la persona desaparecida en El Salvador tiene un crédito con el Fondo Social para la Vivienda (FSV). Al no pagar, corre el riesgo de caer en mora y que la casa se pierda. Para evitar esto, recomienda el fondo, se debe seguir pagando la cuota del préstamo con normalidad. Esta es una tarea titánica para las familias en las que quien desaparece era el sostén del hogar. Solo hasta que el deudor ha sido declarado muerto legalmente, el proceso pasa a manos de una aseguradora que le paga al fondo el resto del monto de la casa. Estas acciones tardan, como mínimo, un lustro.

No hay mecanismos de respuesta ante las desapariciones, pero el problema es más profundo. No se conocen –siquiera– las dimensiones del fenómeno. Las instituciones estatales salvadoreñas que atienden casos de desaparecidos no tienen una cifra unificada. Tampoco se lleva un seguimiento de las denuncias que permita establecer si personas reportadas en paradero desconocido han sido encontradas vivas o muertas.

 

LOS MUERTOS PRESUNTOS

Antes de declarar muerto a un desaparecido se le pide –en tres ocasiones distintas– que se presente a un juzgado. La idea es que si el desaparecido lee que su familia lo está dando por muerto, se acerque a un juez y pruebe su existencia.

Así está regulado en el Código Civil salvadoreño. Si una familia quiere obtener un acta de defunción de su ser querido desaparecido, debe esperar cuatro años antes de acercarse a un juez civil. Así, el juez le hará un citatorio tres veces en el Diario Oficial. Si la persona no da señales, el juez valorará las pruebas de desaparición que la familia y los abogados le presenten. Las pruebas pueden ser desde cartas de hospitales que expresan que no hay nadie ingresado con ese nombre hasta certificaciones de Migración que dan fe de que la persona no se encuentra en el extranjero. Solo después de examinar las pruebas se realiza una declaratoria de muerte presunta.

El año pasado hubo 241 diarios oficiales. A pesar de que los desaparecidos son miles cada año, en 2018 se hicieron diligencias de solo 47 muertes presuntas. Además, no todas son recientes. En 14 casos las personas desaparecieron en el siglo pasado y recién se les reconoce como muertos legalmente.

“Mucha gente se mantiene en la etapa del shock del duelo por largo tiempo, porque anda con la esperanza de poderlo encontrar. Bajo esa lógica dejar de buscar al ser querido es traicionarlo o no hacer lo suficiente”, explica el psicólogo Rolando Mena, quien tiene experiencia tratando a familiares de víctimas de desaparición.

Además de la carga emocional que entra en juego para declarar a alguien como muerto, el proceso suele alejar gente porque es un trámite largo. También puede llegar a ser caro.

Los citatorios y las declaratorias que se publican en el Diario Oficial tienen un precio de acuerdo con la longitud del texto. El tarifario institucional de la Imprenta Nacional específica que un texto puede costar entre $14 y $180. A esto se le debe sumar el pago de un abogado que realice las diligencias.
Solo tras haber finalizado este proceso, que toma años, los beneficiarios de un desaparecido salvadoreño pueden tener derechos provisionales de patrimonio. En el caso de la ausencia de una madre, los hijos podrán tener “propiedad” sobre la casa, pero no podrán venderla. Para ello, necesitarían ser los dueños definitivos del inmueble. Y eso se logra hasta 20 años después de la desaparición.

“El sistema de plazos de estas diligencias viene desde 1860. Esto nunca se pensó para el abordaje de una situación como la que estamos viviendo hoy”, sostiene Samuel Lizama, presidente de la Cámara Ambiental de Segunda Instancia con competencia civil.

Desde su oficina en Santa Tecla, el magistrado sostiene que, debido al alza en desapariciones, se necesita hacer modificaciones en la ley. “Esto debería de tener una reforma urgente. Adaptándolo a la realidad que viven las personas que tienen familiares que han desaparecido”, indica. Hasta ahora ningún diputado ha presentado una reforma de este tipo.

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LAS REFORMAS NUNCA PROPUESTAS
En la Asamblea Legislativa, el lugar donde se modifican y crean las leyes, poco se habla de los desaparecidos. Y si se hace, es sobre propuestas para mejorar la búsqueda de personas que podrían ser víctimas en el futuro. No se contempla cómo ayudar a las miles de familias que ya se encuentran incompletas.

Hay un diputado que asegura que en los próximos días presentará una iniciativa de ley. Osiris Luna, del partido GANA, sostiene que propondrá la Ley Nacional de Personas Desaparecidas. En teoría, su propuesta abarcaría la creación de una unidad especial dentro de la PNC para resolver las denuncias y regularía procedimientos y plazos.

Cuando a Luna se le consulta si su propuesta incluye reformas que protejan el patrimonio de los desaparecidos y agilicen los procesos de muerte presunta, el diputado asegura que no se lo ha planteado aún. “Lo he manejado de manera supletoria con el Código Civil, no he hecho ninguna modificación respecto a eso”, responde.

Y, en otro momento de la plática, acepta: “No se están viendo los temas que interesan para la población dentro de las comisiones. Este es el problema de la Asamblea Legislativa. Es por un desconocimiento del tema o… realmente no hay interés de estar legislando sobre esto”.

En enero de 2016, la diputada de ARENA Patty Valdivieso propuso la creación de una Comisión Interinstitucional para la Búsqueda de Personas Desaparecidas a causa del crimen organizado y delincuencia común. Hasta ahora, el tema no ha sido puesto en agenda. Valdivieso también ha planteado la necesidad de un banco de ADN para buscar a las personas desaparecidas. Pero al hablar sobre cómo proteger el patrimonio de los desaparecidos y sus familias, la diputada reconoce que no se ha discutido nada aún.

En otras bancadas sucede lo mismo. Damián Alegría es uno de los diputados del FMLN que más se ha pronunciado sobre los desaparecidos. Pero se enfoca en los niños desaparecidos en el conflicto armado. “Para los (desaparecidos) de hoy hay instituciones que ya se encargan de eso. Está la Fiscalía, está la PNC, está el Ministerio de Seguridad. El problema es los desaparecidos en aquel momento del conflicto armado”, sostiene.

“Puse la denuncia y yo me sentía tan mal. Lo demás no importaba para mí. Solo quería encontrarlo. El tiempo siguió pasando y las cuentas ahí estaban. Desde ese momento empezaron las llamadas del banco. Empezaron a cobrarme. Y ya empezaba yo a comentarles del caso. Y ellos me decían que necesitaban el pago lo más pronto posible”.

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CUANDO EL ESPOSO NO VUELVE
“Puse la denuncia y yo me sentía tan mal. Lo demás no importaba para mí. Solo quería encontrarlo. El tiempo siguió pasando y las cuentas ahí estaban. Desde ese momento empezaron las llamadas del banco. Empezaron a cobrarme. Y ya empezaba yo a comentarles del caso. Y ellos me decían que necesitaban el pago lo más pronto posible”, relata Raquel.

Raquel se casó con William López el mismo día en que ella cumplió 26 años. Ahora tiene 32. Esta mañana platica desde un jardín. Es una enfermera sonriente, tiene la voz dulce, como si siempre le estuviera hablando a un paciente. Frente a una taza de café cuenta que conoció a William cuando los dos estaban pequeños. Sus mamás eran amigas y siempre se supieron el uno del otro. La conversación se vuelve amarga cuando recuerda cómo desde hace un año y dos meses la vida que construyó se desmoronó.

En febrero de 2018, William salió de casa para hacer un viaje en su carro. No regresó. Ni la policía ni la fiscalía han sabido explicar qué sucedió. Ni siquiera se ha logrado localizar el automóvil. Raquel colocó pronto la denuncia y acudió a medios de comunicación para encontrar a su esposo.
No son pocas las mujeres que se encuentran en la misma situación que Raquel. En los últimos tres años, la fiscalía ha recibido la denuncia de 3,507 hombres de 18 a 60 años que han sido registrados como víctimas del delito que sí existe, que es privación de libertad.

El matrimonio tenía un negocio y vivía en San Bartolo. Ahí William había pedido un crédito al Fondo Social para la Vivienda. Estaban pagando casa propia. Además, él había decidido hacer viajes en su carro. Para comprarlo, había pedido un préstamo a un banco. La familia era de cinco miembros. Al matrimonio se le unieron los tres hijos de William, que Raquel terminó criando como propios.

De William no se supo nada. Pero de los cobros, sí. Y no venían solo del banco. También venían de una comercial donde él compró un aparato de sonido para el carro y la cama. Raquel solo ha podido seguir pagando $20 de la cama, aunque los cobradores insisten en que pague el aparato de sonido que andaba el vehículo que William, se supone, manejaba, cuando desapareció.

William cancelaba $109 mensuales al Fondo Social para la Vivienda por su casa en San Bartolo. Raquel no quiere que la vivienda que empezaron a pagar en 2013 se pierda, pero tampoco logra juntar los más de $100 cada mes. De acuerdo con el fondo, ya tiene una mora de más de $800, porque no ha pagado desde agosto de 2018. Ella asegura que pidió que le bajen la mensualidad, pero la única persona que puede solicitar revisión de su cuota es la persona que adquirió el crédito. Y de él no se sabe si vive o ha muerto.

Ahora Raquel no vive en esa casa. Regresó con sus padres a vivir en el campo. Planea ponerse al día pronto porque quiere que los hijos de William la hereden. Ahora ya no vive con los niños que crió durante seis años. Al desaparecer William, los tres niños fueron separados. Uno vive ahora con su abuela paterna, otro con la materna y otro con su madre biológica. Raquel no llora al hablar de William, pero se le quiebra la voz cuando recuerda a sus hijos de crianza. No queda nada parecido a las fotos que ella muestra en su celular. Ya no existe esa familia de cinco que sonríe a la cámara.

Pronto cumplirá 33. Le da tristeza, dice. Y también cumplirá siete años de casada con un hombre que no sabe si volverá a ver. No es viuda, pero tampoco esposa. Y este país no tiene un nombre ni para ella, ni para las demás personas en esta situación.

Como Nubia y como William, solo en 2018, 2,682 personas dejaron de dar señales de vida. La forma en la que las familias de estas personas han enfrentado las consecuencias no tiene eco en las instituciones salvadoreñas. No existe.

Ilustración de Moris Aldana

«Hemos visto chicas con intentos suicidas a raíz de abusos sexuales»

Autorreconocimiento. La artista Ariel Peña dona su tiempo en el hospital. Uno de los ejercicios se basó en hacer un árbol de familia y en este reconocer fortalezas y debilidades de los familiares y de la misma paciente. Fotografías de Melvin Rivas

La sala de espera de la Unidad de Salud Mental del Hospital San Rafael suele permanecer llena. Entre las sillas, hay personas que han sufrido violencia sexual. Hay adultos, pero también niños de dos años de edad. Para atenderlos –y brindar atención a pacientes con otros tipos de condiciones mentales– el hospital solo cuenta con tres psicólogos y tres psiquiatras. Ofrecen diferentes alternativas de terapia, pero la violenta realidad salvadoreña los confronta: no dan abasto. Maritza Anaya es una de las psicólogas del área y, después de hacer cuentas, acepta que ya ha llegado a atender hasta a 150 pacientes en un solo mes.

Para un hombre o chico es difícil venir y poder aceptar que ha sido abusado sexualmente. Ellos son encontrados cuando nosotros brindamos la atención psicológica por ansiedad, por depresión.

Maritza Anaya tiene ocho años de experiencia como psicóloga dentro del hospital. Aquí ha visto el trauma a los ojos. Ha atendido a niñas violadas por sus propios padres; y ha hablado con hombres que, tras varias sesiones, revelan que la causa de su ansiedad es un abuso que nunca pudieron denunciar.

Por la alta demanda, la solución que han encontrado los psicólogos del hospital es pedir ayuda afuera. A veces piden apoyo y donaciones para el transporte de sus pacientes, para un refrigerio o para brindarles otro tipo de terapia. Los recursos públicos que les son designados no son suficientes para responder a un país en trauma.

Desde su escritorio –en un salón pequeño donde solo caben tres personas sentadas– la psicóloga ayuda a explicar cómo brinda tratamiento a sobrevivientes de violencia sexual. Lamenta que los tiempos de espera para terapia individual se pueden llegar a extender hasta dos meses. Para mitigar la necesidad, comenta, han diseñado terapias grupales que se realizan cada 15 días. Además, sostiene que no hay un solo tipo de agresor. Los perfiles suelen ser variados: alguien de la familia, un pandillero, el pastor de la iglesia.

¿Hay signos por los cuales una familia puede intuir que su hija o hijo ha sido agredido sexualmente?

Sí, hay cambios conductuales. Ante una situación así hay una alteración de conducta. Ya sea que un niño se retraiga mucho, tenga muchos miedos, presente los típicos terrores nocturnos y el no querer acercarse a determinada persona. O todo lo contrario: muchas veces se vuelven bastante hiperactivos, agresivos y comienzan a tener conductas psicosexualizadas.

Las estadísticas dicen que el agresor suele ser cercano y que hasta el 70 % de los abusos suceden en espacios conocidos. ¿Eso coincide con la realidad de los casos que ven aquí?

Sí. Muchas veces han sido de esa forma. De hecho, ahorita el grupo que tengo que son ocho chicas más las familiares. Las mamás, muchas veces han traído un abuso sexual y nunca lo habían expresado. Es como una cadenita y ellas también están ahí dentro. Estamos hablando de 12 personas. Y los agresores han sido familiares en su mayoría: padrastro, tío, hermano, primos. Y muchas veces ya múltiples abusos sexuales.

Es decir que las historias muestran que el riesgo es del entorno cercano.

Sí, uno piensa que al ir a un lugar solo tiene más peligro. Yo creo que ahorita el peligro es que te puedan asaltar u otras situaciones… pero en cuestión de niños, que es donde más se mira, el peligro es en el entorno familiar.

¿Desde qué edad han empezado a tratar a personas por violencia sexual?

Ahorita hemos visto niños de hasta dos años que vienen con sospecha. Pero en la terapia de grupo yo tengo niños desde los cinco años hasta los 12, y otro grupo de 12 en adelante: adolescentes y adultas.

¿Cuál es la diferencia por género de los casos que ve?

De varones, en el mes estoy viendo cerca de cuatro o cinco casos y de chicas estamos hablando de cerca de 12: niñas, adolescentes y adultas. Hay muchas que lastimosamente están siendo violentadas o sufriendo y no lo logran expresar. La semana pasada vi cinco casos de violencia sexual. Tres adultas y dos niñas menores de edad. Todas mujeres.

Está marcado por género.

Es que para un hombre o chico es difícil venir y poder aceptar que ha sido abusado sexualmente. Ellos son encontrados cuando nosotros brindamos la atención psicológica por ansiedad, por depresión. Y no es como que vengan y lo expresen porque tienen miedo a que los llamen gays, a que los etiqueten. Esta sociedad tiene un machismo horrible. Entonces justo ese machismo hace que no lo puedan expresar.

Pacientes y terapistas. El hospital realizó una campaña en la que ilustra cómo las sobrevivientes de violencia sexual le ponen alto a las agresiones.

¿Hay un perfil de niños más vulnerables que otros ante los agresores?

Sí. Aquellos niños que tienen unos papás bien autoritarios y que carecen de parte afectiva. Cuando el agresor es más dadivoso, puede llegar donde ellos.

¿Se pueden identificar patrones de comportamiento entre los agresores?

Son personas que usualmente muestran ser de confianza, tienden a ser bien atentos. Generalmente intentan llegar siempre a la familia bien melosos. Hace poco tuve un caso en el que el tío llegaba donde su hermana a poderle ayudar con el agua, porque ellos viven en el campo. Pero él llegaba justo cuando las niñas estaban solas. Dos niñas: una de 12 años y la otra de ocho. Cuando sale la niña de ocho años, él se aprovecha de la de 12. Cuando esta niña es entrevistada y se le hace la evaluación, ella comenta que no había sido una sola vez, sino que todas las veces que él llegaba a ayudarle a la hermana.

Incluso dentro de los grupos familiares se puede llegar a minimizar la experiencia de abuso de la niña o adolescente. ¿Cómo explicamos esta negación dentro de los círculos de confianza?

Si ya un niño puede escribir o leer o dibujar, les aplico una prueba psicológica. Si es un niño menor, que no puede dibujar, generalmente la prueba es con terapias de juego. Si la sospecha es cierta, yo le hago conciencia al familiar de que lo que el niño está diciendo es verdad. También hay aquellas personas que se niegan, porque muchas veces ha sido su pareja la que ha abusado. Tratamos la manera de que pueda llegar a entender, ya que a veces encontramos ideas como: «ella se le metía. Ella andaba usando shorts. Ella lo provocaba. Ella tiene la culpa». Entonces buscamos a otro familiar que pueda ayudarnos en ese aspecto para que pueda concientizarse, ya que muchos de ellos también son víctimas de la misma situación.

¿Se tratan como víctimas secundarias?

Sí, les doy una tarjetita donde se les pone el nombre de la persona, el grupo de terapia a la que vienen, el día que les toca y la hora. Se les entrega tanto a las chicas como a los papás. Hay terapias en los que estamos juntos. Por ejemplo, ahorita estamos hablando sobre «mitos y realidad». Las chicas están adentro con los papás porque de esa forma también se van quitando muchas cositas que les afectan para poder salir adelante.

La mayoría de las chicas que están ahí han venido por interconsultas. Por emergencia han entrado aquí al hospital y les han hechos evaluaciones tanto médicas, ginecológicas o pediátricas, dependiendo de qué tipo de paciente sean. Entonces, posteriormente, vienen a Salud Mental donde se les da la intervención en crisis si ha sido antes de 72 horas la agresión que hayan vivido.

¿Se refiere al kit de emergencia por violación?

Sí, exacto. Se les da un kit con anticonceptivos, las terapias antirretrovirales que las reciben durante un mes y, posteriormente, estar chequeándolas por VIH durante un año.

¿Qué podemos hacer para que, si el abuso sexual sucede, los niños y las niñas denuncien?

Hacerles saber cuáles son sus partes íntimas o las partes privadas que nadie debe tocar. A veces los papás dejamos de ser amigos y comenzamos a ser solo autoridad para los chicos, entonces ahí perdemos la confianza de ellos y comienzan los miedos: «Si yo le cuento a mi papá o a mi mamá, ellos me van a regañar o se van a enojar». Hacerles conciencia de que no nos vamos a enojar si en algún momento pasara algo así. Que al contrario, los vamos a apoyar.

En ocasiones, en caso de abuso sexual, los agresores dicen que el menor dio consentimiento. ¿Esta figura puede existir en un menor de edad?

No. Lo que se da es estupro. Cuando un mayor comienza a hablarle muy bonito a una chica –generalmente son los casos que más se dan–; y la chica cede por un supuesto enamoramiento, muchas veces esto tiene que ver con la carencia afectiva familiar que ella haya tenido. Entonces ahí sí se da el caso de que el agresor comienza a decir: «Mire, pero ella accedió a tener relaciones». Pero legalmente es un estupro, un abuso, un delito.

Los agresores son personas que usualmente muestran ser de confianza, tienden a ser bien atentos. Generalmente intentan llegar siempre a la familia bien melosos. Hace poco tuve un caso en el que el tío llegaba donde su hermana a poderle ayudar con el agua porque ellos viven en el campo.

¿Qué implica el consentimiento?

Es cuando tú estás de acuerdo en poder realizar dicha actividad. Por ejemplo, tú me dices: yo necesito que me ayude en esta tarea. Entonces yo te estoy diciendo que sí, te estoy aceptando. Estoy de acuerdo en poderte ayudar. En el caso de las chicas, un consentimiento se da cuando es mayor de edad. Ahí podemos decir que están en mutuo acuerdo o en consentimiento, pero cuando son menores de edad, no. A veces no se imaginan la magnitud del daño que pueden estar recibiendo.

Tarjeta de paciente. Tanto el sobreviviente de violencia sexual como su tutor reciben esta tarjeta para asistir a las sesiones terapéuticas.

¿Qué diagnóstico suele acompañar a un niño que ha sufrido violencia sexual?

Depresión, ansiedad… ahí es cuando se da la alteración en la conducta, con déficit de atención. En cuestión de adolescentes, hemos visto muchas chicas con intento suicidas a raíz de muchos abusos sexuales, también personas que han adquirido VIH u otros tipos de enfermedades de transmisión sexual.

Además de estos cuadros clínicos, ¿los sobrevivientes de abuso sexual hablan de otros factores por los que temen denunciar?

Cuando son situaciones en las cuales las chicas han sido agredidas por pandilleros, ahí es donde suelen tener más miedo a poner denuncia, o regresar a vivir en su casa y temen por la seguridad de la familia. Por ejemplo, el año pasado tuvimos el caso de una chica que fue abusada por unos pandilleros cerca de su casa.

¿Los pandilleros eran conocidos?

Sí, ellos la conocían. Sabían quién era, dónde vive y todo. Abusaron de ella y a raíz de eso, ella quedó embarazada. Ella se quedó callada porque ellos la amenazaron: si hablaba, su familia iba a morir. Obviamente ella, sabiendo qué tipo de personas eran, se quedó en silencio. Seis meses después se sintió sumamente mal. Cuando es traída al hospital, se dan cuenta de que ella también tenía un embarazo de seis meses y lo había intentado ocultar. Había una negación rotunda ante el bebé, ante todo lo que había pasado y no quería expresar por qué estaba embarazada. En ese momento la mamá empezó a pensar que a lo mejor ella tenía novio y que por eso había quedado embarazada. Cuando se habló y se le dio la terapia, se pudo conocer el caso y ella expresó cómo había sido todo y tanto a la mamá como a la niña se les dio el apoyo psicológico. De hecho, con ella tuvimos la oportunidad de hacerle un «baby shower» y posteriormente ella ha estado bien. Hace poco vino a terapia y me comentaba que aún en la PAES, ella había salido con las mejores notas.

¿Cuántos años tiene ella?

Dieciséis. Como salió con las mejores notas, le han dado una beca. Esas son las recompensas que uno tiene.

¿Cómo llegaron a atenderla?

Ella vino porque se sintió mal. La han traído de la institución donde ella estudiaba y ha sido recibida en Emergencias. En Emergencias comienzan a ver por qué el embarazo y ella no quería hablar.

En la ley salvadoreña el delito de violación prescribe a los 10 años y alguien puede llegar a decir que 10 años es tiempo suficiente para tomar medidas legales. ¿Cómo se explica que haya gente que, a pesar del paso del tiempo, no denuncie?

Es por los mismos miedos que se tienen. Si has sido agredida por una persona que es de pandillas, existe el miedo de que vayan a agredir a tu familia y el sentimiento de culpa que si algo les pasa a ellos. También el hecho de la vergüenza. Hace unos seis meses tuvimos a una niña de 11 años a la que el pastor abusó y embarazó. Ella se encargaba de llevar las tortillas que hacía la mamá a diferentes casas y en una de esas, él se aprovechó. Esta niña sale embarazada, la mamá le reclama qué es lo que había pasado, se da cuenta que había sido por abuso y vienen las demás personas de la iglesia y comienzan a discriminarla. Que la niña era la que, de seguro, se le había metido. Esos miedos abren la puerta a decir «mejor yo no hablo. Porque si lo hago, me van a agredir, van a decir que yo me le ofrecí». A la niña le dijeron: «Ya no entrás a la iglesia, porque no sos pura».

A través del arte. Artistas salvadoreños donan su tiempo para realizar ejercicios con los grupos de sobrevivientes de violencia sexual que se organizan en el hospital.

¿Los agresores tienden a hacer chantaje emocional?

Los agresores les dicen: si tú le dices a tu mamá, tu mamá te va a castigar o le va pasar algo a tu mamá, la vamos a matar. Generalmente siempre amenazan por la mamá.

¿Qué puede hacer una persona que busque ayuda si fue abusada en el pasado?

Puede ir a una unidad de salud y pide una referencia del hospital a la Unidad de Salud Mental. Ahí debe especificarle que ha sido por abuso sexual. De esa forma vienen acá.

Aquí brindan terapia individual y grupal. ¿En qué otras alternativas se apoyan para brindar tratamiento?

En la parte terapéutica, hemos sido bastante abiertos. Tenemos la arteterapia, hay un grupo que asiste a una granja de animales. También se enseña a manejar el estrés a través de las técnicas de yoga y taichí. Esas clases las estamos dando en el Cafetalón y en el Jardín Botánico de Antiguo Cuscatlán. Siempre solicitamos a personas profesionales que nos puedan impartir ese tipo de técnicas.

Terapia grupal. Los módulos de terapias grupales usualmente toman un semestre y se realizan con un colectivo de 10 a 15 pacientes.

¿Esos profesionales donan su trabajo?

Sí. También buscamos a gente altruista que nos pueda dar para el refrigerio… para algún pasaje de la chica o alguna otra necesidad. Por ejemplo, tengo a una niña de 14 años que está en las aldeas SOS y que ha sido abusada. Tiene una bebé de un año y medio, y ella no tenía dinero para la ropa, para la leche. Y entonces ahí comenzamos a buscarle ropita. A veces, nos donan de empresas y algunas cosas las vamos gestionando.

¿Ustedes, como Unidad de Salud Mental dan abasto?

Realmente, no. Para ser francos, no. Yo tendría que ver entre cinco o seis pacientes, máximo, en la mañana. A veces, estoy viendo a 10.

¿En la unidad solo hay tres psicólogos?

Sí, y los tres psiquiatras.

Es un montón de trabajo.

Para serle así, hasta más franca, yo ya estoy citando para junio y julio. Así están los tiempos de espera en mi caso. En el caso de mis demás compañeros, pues a veces los psiquiatras están hasta ya para el otro año.

Esto sucede en las terapias individuales, ¿por eso la importancia de las grupales?

Sí. Esas se dan cada 15 días.

¿Cuánto se puede llegar a estar en espera de terapia grupal?

Dependiendo. Por ejemplo, si son pacientitas que han estado en diciembre, en enero, en febrero máximo, son las que hemos ido integrando a la terapia grupal. Entonces estamos esperando unos tres meses para la terapia grupal. Pero antes de eso, se les está dando la terapia individual.

¿Con cuánto espacio de por medio?

Unos dos meses.

¿Puede existir el perdón respecto a un abuso si no hay justicia y el agresor no acepta lo que hizo?

No. El perdón lo trabajamos cuando sienten mucha culpa ellas mismas. Se trabaja el perdón con el agresor de forma más simbólica. Es sanador para ellas porque mayormente las chicas no logran verlo a veces. Es más para sentirse bien con ellas mismas y sentir que no provocaron esta situación.

¿Hay un límite de tiempo tras una agresión sexual en el que ya no se pueda pedir ayuda?

Una situación así siempre va afectar. Es como si tú tuvieras una herida y, si no la sanas, esa herida cicatriza de una forma inadecuada. Necesitas ayuda y el medicamento. Así es la parte emocional. Si no sanas esa parte emocional, toda la vida te va a afectar y muchas veces ya lo estamos teniendo en nuestro cuerpo: dolores de cabeza, el estrés, la ansiedad, problemas de insomnio.

¿Es posible llegar a sanar?

Sí. Yo no tengo una varita mágica donde pueda decir ‘dentro de cinco sesiones ya no vas a sentir nada, vas a olvidar todo’. Vamos a tratar de minimizar ese dolor y que esa herida vaya sanando de la forma más correcta: no sintiéndome culpable, tratando la manera de fortalecer mi autoestima. Nuevamente retomando mi vida, teniendo el entorno familiar y las redes con los amigos. Siempre buscamos hacerles saber que no están solas.

Contra la violencia. Dentro del hospital se promueve una campaña para que las mujeres denuncien cualquier tipo de maltrato al que sean sometidas.

Formar a docentes desde la escasez

Fotografías de Érika Chávez

Jeannette es una maestra universitaria desde hace 21 años. Está en su cubículo en la institución de estudios superiores y califica los exámenes que horas antes le pasó a uno de los dos grupos que atiende las tardes en los días de semana. Cuenta que le gusta poner música cuando califica. Esta tarde, por ejemplo, Mozart suena desde su computadora.

El sonido del piano se confunde con las hélices de un ventilador, y una de sus alumnas llega a entregarle una tarea. Ella la ordena meticulosamente sobre una de las cuatro filas de fólderes que tiene clasificadas en su escritorio.

Jeannette no se llama Jeannette, pero prefiere que su nombre no se publique. Nunca deja de sonreír, y cuando habla lo hace como si diera una clase: le gusta explicar, hace ademanes y no descuida la expresividad de los ojos. Los tiene fijos en los ojos de su interlocutor.

Jeannette no solo se encarga de formar a futuros docentes. Por la mañana trabaja como maestra de parvularia. Atiende a niños entre tres y siete años, y para llegar todos los días a dar esas clases se levanta a las 4:45 de la mañana, de lunes a viernes. Sale de San Salvador a las 6 y regresa después del mediodía para incorporarse al turno de la tarde en una universidad de la capital en la que trabaja. Su horario en esta universidad es de 1 a 6 de la tarde.

Con dos trabajos, uno seguido del otro, dice que prefiere almorzar algo que no sea pesado, porque de lo contrario, le da sueño y no puede permitirse eso. Así que acostumbra a compensar lo que come al mediodía con otro refrigerio por las tardes.

«Yo no creo que haya alguien que ejercite la docencia sin amarla, porque no aguantaría. Y sabedores que la docencia no es una profesión que nos va a llevar a adquirir cosas materiales de primer nivel, que los carros del año, las grandes viviendas», dice convencida desde atrás del escritorio.

Antes de ser docente universitaria, Jeannette estudió en uno de los bachilleratos diversificados que El Salvador creó a finales década de 1960. Luego estudió la Licenciatura en Ciencias de la Educación y una maestría de Didáctica para la Formación de Docentes. La docencia la ha ejercido en varios colegios de la capital, desde parvularia hasta bachillerato. Y desde hace 10 años lo hace en parvularia, pero en instituciones públicas.

Ella, como toda maestra, sabe que cada grupo de alumnos que atiende es diferente y que eso la obliga a preparar siempre sus clases. Cuando es necesario, lee y lee, hasta encontrar la metodología adecuada, sin importar que ya haya planificado todo un semestre.

Jeannette es una de los 44 docentes de medio tiempo que trabajan en las 17 instituciones de Educación Superior (IES) que cuentan con carreras formadoras de docentes en El Salvador, según un registro de la Dirección de Educación Superior del Ministerio de Educación (Mined) que data de 2016. Hasta ese año, la dirección registró un total 514 docentes de futuros docentes en el país. De ellos 237 trabajan a tiempo completo y otros 233 lo hacen bajo la modalidad de hora clase.

A partir de estos datos, que no estaban actualizados para entonces, el año pasado el Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD), adscrito al Mined, seleccionó aleatoriamente a un grupo de formadores de docentes de tiempo completo y hora clase para que contestaran una encuesta. Esta la respondieron 180, ya que la participación era voluntaria. También pasó una encuesta a las 17 IES, pero de estas solo 13 la respondieron.

Así surgió la investigación «Perfil de los formadores docentes en las Instituciones de Educación Superior en El Salvador: condiciones sociales y educativas», que muestra que, lejos de gozar de un ambiente establece, los formadores de docentes sufren de carencias que no les permiten desempeñar plenamente su trabajo.

De todos los encuestados, 30 respondieron que recibían ingresos mensuales menores o iguales a $500. Con ese dinero dos docentes señalaron que tenían que mantener a una familia de siete miembros o más. A esto se suma la carga de trabajo, porque al no poder sobrevivir con ingresos de ese tipo, un 41.7 % de docentes opta por realizar labores extra.

La investigación también revela que con esos bajos ingresos, el 16 % de los docentes no tiene las condiciones económicas para convertirse en dueño de una vivienda digna, como sí pueden hacerlo otros profesionales.

«El formador de docentes está prácticamente en las mismas condiciones que el docente que está en los centros escolares. ¿Por qué? Porque el formador de docentes es un docente de centros escolares, no tuvo preparación para ser formador de docentes», señala Carlos Rodríguez, el coordinador general del INFOD.

Uno de los principales problemas de los formadores de docentes, dice Rodríguez, es que a diferencia de las Escuelas Normales, que funcionaron hasta la década de 1980 en El Salvador, el país no ha tenido una política educativa que los atienda, y la legislación educativa actual tiene vacíos que los deja desprotegidos.

Por esa razón, advierte, es que una de las consecuencias es que existe un sistema universitario para formar al magisterio nacional que está montado sobre los catedráticos hora clase, ya que hay universidades que solo cuentan con un docente de planta, que por lo general es el coordinador del área que forma a maestros.

Rodríguez tiene una explicación para esto: hay una tendencia que el graduado para dar clases en colegios o escuelas regresa como catedrático a las universidades a formar a otros formadores docentes, porque no encontró trabajo, y en algunos casos hasta se vuelve asesor de tesis.

Resalta que en la investigación detectaron que tampoco desde las universidades privadas y la Universidad de El Salvador (UES) existe claridad en su reglamento de qué es un catedrático hora clase.

“Yo no creo que haya alguien que ejercite la docencia sin amarla, porque no aguantaría. Y sabedores que la docencia no es una profesión que nos va a llevar a adquirir cosas materiales de primer nivel, que los carros del año, las grandes viviendas”, dice Jeannette convencida desde atrás del escritorio.

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EL PAGO QUE LLEGA DESPUÉS DE UN AÑO

Gustavo tenía 17 años cuando una maestra le ofreció que supliera como interino a una docente que cumplía su tiempo de maternidad. Trabajaba en un establecimiento de comida y no lo pensó dos veces. Su vocación era la docencia y para entonces ya había comenzado a estudiar la Licenciatura en Ciencias de la Educación, con especialidad en Ciencias Naturales.

Mientras hizo el interinato, la maestra que lo llevó a la escuela le pagó la universidad y también le dio viáticos. Esa fue su primera experiencia frente a alumnos.

Gustavo es catedrático universitario desde hace cinco años, pero pidió que no se mencione su nombre en este reportaje. Catorce años después de su primera clase, hoy está sentado en una cafetería del occidente del país, tiene a su lado derecho una mochila con el logo desgastado del Ministerio de Educación, donde carga su computadora, ya que dice que en la universidad privada donde trabaja como hora clase no tiene acceso a ese recurso. Ese solo es un privilegio de los docentes a tiempo completo.

Por eso aprendió a cargar su equipo, así, si su trabajo a tiempo completo no le permite llegar a su casa, sale de una vez para la universidad.

Es consultor en un proyecto educativo en el que trabaja de 7:30 de la mañana hasta las 3:30 de la tarde. Dos días a la semana, entre la tarde y la noche, da dos cátedras en una universidad privada de occidente. Los sábados le da clases a otros tres grupos, porque también trabaja en Ahuachapán, en la modalidad en línea de la UES.

Recibe $160 mensuales por las clases en la universidad privada. La UES le paga $225 al mes, y aunque en su contrato dice que el pago debe ser mensual, lo recibe acumulado hasta un año después. Hubo una ocasión en que lo recibió un año y medio después de terminado el ciclo. Entre su círculo de colegas bromean por la tardanza del pago y lo han bautizado como «el ahorro programado».

Una vez se graduó de la universidad, Gustavo comenzó a dar clases de Ciencias Naturales y Educación Física a estudiantes de primero a noveno grado de una escuela pública. No había docente de Educación Física y aceptó el cargo. Eso implicó q ue estudiara un curso de alto rendimiento, de atletismo recreativo y fútbol, y vio muchos documentales.

Dio esas dos clases por cinco años a cambio de $400 al mes. Luego trabajó como interino en otras dos escuelas públicas, hasta que entró a un proyecto para formar docentes, que le permitió estudiar tecnología educativa y mejorar sus ingresos. Durante 10 años coordinó un programa de educación, por hoy se dedica a ser consultor y a la docencia universitaria.

La universidad privada donde trabaja cuenta con laboratorios para prácticas, dice, pero no siempre hay recursos para hacer experimentos, así que ha optado por trabajar con sus alumnos con aplicaciones que descargan gratis en sus celulares.

Desde este café cuenta que para dar sus clases paga $55 al mes por un servicio de plan de datos móviles para usar las aplicaciones. Lo hace porque en su universidad internet no es bueno y porque a veces también comparte datos con aquellos estudiantes que no tienen dinero para recargar saldo.

Gustavo hace otros malabares en la docencia. Si planifica salidas con los alumnos con fines didácticos, su universidad le da permiso para que las haga, pero no le da transporte. Son los alumnos quienes tienen que buscar cómo desplazarse a las actividades, algunos de ellos viven en las afueras de la ciudad donde está ubicada la universidad y tienen que pedirles posada a sus amigos o a algún familiar.

«A esas condiciones yo les llamo condiciones mínimas, porque uno está formando a alguien que va a formar a otra persona. A uno, aparte de ser formador, le toca ser psicólogo, amigo, administrador, gestor, consejero, de todo», dice Gustavo después de terminar de desayunar. Habla con paciencia y no puede esconder las ojeras que le ha dejado la semana anterior. Es lunes, y por todos sus compromisos, apenas el día anterior ha podido descansar. Los domingos hace eso, descansa y pasa con su familia.

Trabajo no dignificado. Los formadores de docentes viven en condiciones sociales que no les permiten mayor desarrollo en su profesión. En el siglo pasado la función del docente tuvo peso social, era valorada y él también recibía ingresos acorde a su trabajo. Esto ya no es así.

Las condiciones para dar las clases en la UES tampoco varían. Aunque el Ministerio de Educación ha montado laboratorios para prácticas, Gustavo dice que a veces tiene que desplazarse con sus alumnos a Santa Ana, porque el equipo no funciona. Por esos viajes no recibe ninguna compensación.

Hasta el año pasado, las IES en El Salvador contaban con las especialidades de Matemáticas, Ciencias Naturales, Lenguaje y Literatura, Ciencias Sociales, Inglés, Teología, Educación Física y Deportes, Educación Básica, Educación Inicial y Parvularia, Educación Especial, Educación Artística y Administración Escolar.

En 2016 había 2,795 formándose como docentes en todas las áreas, pero la investigación del INFOD arrojó que Ciencias Naturales, el área en la que Gustavo se especializó, tuvo 1.16 docentes por alumno. A diferencia de especialidades como Matemática e Inglés, donde hubo 0.13 docentes para atender a alumnos.

Luis González es el coordinador de Investigaciones del INFOD, también es uno de los autores de la investigación sobre los formadores docentes, que será presentada a finales de este mes. Él dice que desde esa instancia también se investiga la oferta y la demanda por especialidades que hay en las universidades, porque hay exceso de docentes en unas áreas y en otras hay un déficit.

«Los resultados preocupantes que dio el ‘Perfil de formadores docentes’ nos han llevado plantearnos el proyecto de hacer un observatorio permanente de la formación docente para poder medir en el tiempo cómo van modificándose estas dinámicas», sostiene.

El INFOD fue creado por ley en marzo del año pasado, pero fue hasta abril cuando se formó al equipo de trabajo de 30 personas. Carlos Rodríguez dice que una de las tareas de ese instituto es realizar más investigaciones que sirvan de base para formular políticas públicas sustentadas en el conocimiento del escenario de la formación inicial de los docentes en El Salvador. Este año pretenden estudiar por qué las personas quieren seguir estudiando docencia y cuáles son las condiciones de los egresados de esta carrera.

“A esas condiciones yo les llamo condiciones mínimas, porque uno está formando a alguien que va a formar a otra persona. A uno, aparte de ser formador, le toca ser psicólogo, amigo, administrador, gestor, consejero, de todo”, dice Gustavo después de terminar de desayunar. Habla con paciencia y no puede esconder las ojeras que le ha dejado la semana anterior. Es lunes, y por todos sus compromisos, apenas el día anterior ha podido descansar.

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LA BRECHA DE GÉNERO EN LA FORMACIÓN DOCENTE

Según el INFOD, la UES es la IES que cuenta con la mayor planta de formadores de docentes en el país y es la que mejor paga el tiempo completo de trabajo. Son 20 docentes a tiempo completo, 3 de medio tiempo y entre 30 y 40 docentes hora clase, asegura el jefe del Departamento de Ciencias de la Educación de la UES, Wilman Herrera.

De todos los docentes de la Licenciatura en Ciencias de la Educación, Herrera dice que hay paridad de hombres y mujeres. No sucede lo mismo en la Licenciatura en Educación Física, donde el 70 % son hombres y el 30 % mujeres. Esto indica que existe estereotipo de género, de asumir que algunas áreas son propias de los hombres y otras propias de las mujeres, como también lo refleja la investigación.

Según el INFOD, a nivel nacional el 53 % de los formadores docentes son mujeres y el 45.6 % hombres. Aunque hay poca variación entre ambos géneros, no deja de significar una brecha. Jeannette explica que por ese mismo estereotipo es que en los grados de educación como parvularia se ven a más mujeres, y en grados superiores de educación básica, sucede lo contrario, hay más hombres.

También señala que al vivir en una sociedad machista, los mismos docentes están inmersos en una familia tradicional, por eso es que cuando los sábados hay capacitaciones, algunas docentes no pueden asistir, porque tienen que lavar, planchar o atender a su familia.

Esa brecha también se refleja, de acuerdo con el estudio, cuando el 40 % de los hombres que forman a maestros es propietario de su vivienda y esta facultad la tienen las mujeres en un 35.6 %.

Con el fin de las Escuelas Normales, la docencia en El Salvador estuvo regulada por la Ley del Magisterio, pero en 1996 se aprobó La Ley de la Carrera Docente, que entró en vigor en 1998. Dos décadas después, esta ley sigue dando el mismo trato a todos los docentes, sin hacer especificaciones de acuerdo con los niveles educativos en los que imparten clases. Es decir, regula de la misma manera el trabajo de un docente de parvularia que el trabajo de un docente universitario.

Brecha de género. Dentro del gremio que forma a maestros hay relaciones desiguales de género. Los hombres son los que más pueden pagarse una vivienda que las mujeres.

La Ley Orgánica de la UES le permite que cuente con un reglamento interno para regular los niveles de escalafón de los docentes de planta, que están relacionados con sus años de ejercer la docencia y su preparación académica. Este clasifica a los docentes como Profesor Universitario 1, 2 y 3. El 1 es el docente de planta que recién ingresa a trabajar, y que pasados al menos tres años, puede ascender a otro nivel, aunque esto también lo determina si ha cursado estudios de posgrado.

Mientras que la Ley de la Carrera Docente establece dos niveles de escalafón para los docentes: el escalafón nivel 1 y el escalafón nivel 2. Los que se gradúan del profesorado, que dura tres años, obtienen el escalafón 2, y los que cuentan con licenciatura, maestrías y posgrados el escalafón 1.

«La ley como tal fue una proyección que no se acompañó de una política pública de cómo iba a ser pensado el desarrollo de la educación superior, y prácticamente las demás universidades continuaron bajo ciertas regulaciones de ley, pero sin pensar cuál podría ser el papel de estas universidades ante el desarrollo», sostiene Wilman Herrera.

El currículum universitario, según Herrera, también debe ser pensado de forma diferente, a través de una política pública que involucre la participación del Estado, el Ministerio de Educación y las universidades, y así estas puedan acompañar a la solución de problemas sociales, porque de momento, aún no hay un análisis de cómo puede haber una contribución desde la academia al desarrollo del país.

Herrera recuerda que en 2007 la comisión de cultura y educación de la Asamblea Legislativa recibió una propuesta de reforma de la Ley de la Carrera Docente que contemplaba muchos más niveles de escalafón. Sin embargo, planteaba que fuera el gobierno, por medio de una institución especializada, el que se encargara del proceso formativo de los docentes. También presentaba la necesidad de contar con centros de prácticas para su formación.

De haberse implementado, dice, ya se podría ver resultados en temas como la calidad y la cobertura educativa a nivel nacional, y la formación del magisterio, pero el mayor problema para hacerlo fue que esto equivalía al 6 % del presupuesto nacional.

«La Ley de la Carrera Docente expresa que no hay carrera de formador de docente. Ese es el punto. Entonces hemos improvisado todo el tiempo. Claro que hay gente buena, preparada, pero no hemos formado especialmente para eso», señala Carlos Rodríguez.

Rodríguez dice que el año pasado el Consejo Nacional de Educación discutió reformar la legislación educativa del país, pero esta discusión no prosperó. Por ello desde el INFOD este tema ha comenzado a discutirse, para que exista una coordinación de las leyes y los reglamentos.

“Cualquier persona que conozca la educación superior te ha de decir lo siguiente: ‘Los estudiantes que ingresan a nuestras aulas, año con año, cada vez llegan más deficientes. Eso significa que la base está también recibiendo una formación de muy baja calidad’”, dice Fidel Nieto, el presidente de la Asociación Consejo Nacional de Rectores de El Salvador (CONARES) y rector de la Universidad Luterana Salvadoreña.

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«EL DOCENTE NO ES UN DIOS»

Jeannette está en su escritorio. Han pasado unos minutos desde que otra alumna llegó a buscarla para entregarle una tarea, y que al igual que la vez anterior, ella ubicará sobre una de las filas de fólderes que tiene ordenadas en el escritorio. Al fondo sigue sonando música clásica y ella explica, como si diera una clase, sobre la relevancia social que el docente tuvo el siglo pasado.

Por hoy, lo que dice es que es necesario dignificar esta profesión, no solo a través del salario, que sí ayudaría a que sus condiciones de vida sean diferentes y que tenga mejores oportunidades, pero también desde el ámbito social, como un día lo fue.

«Quieren que nosotros transformemos, pero muchos maestros después de que han salido no han tenido las condiciones sociales y económicas para poder desarrollar el proceso de fortalecimiento», señala.

La investigación del INFOD determinó que algunos docentes no cuentan ni con una vivienda digna ni segura. De los encuestados, hay un 1.1 % de docentes que vive en situaciones deplorables, ya que no tiene un colector de aguas residuales en las casas, y las tira al aire libre, en ríos o quebradas.

Aunque Gustavo es docente hora clase y tiene que pagar $55 mensuales por un plan de teléfono que utiliza con sus alumnos, hay un 2.2 % de docentes de medio tiempo o tiempo completo que no cuenta con teléfono.

Ante este contexto es difícil que un docente formador de docentes también realice actividades complementarias a su trabajo, como las investigaciones académicas. Gustavo, en los años que tiene de ser docente, ha realizado tres investigaciones, una es pedagógica y dos sobre química. Sin embargo, no es el caso del 52 % de los docentes que respondió al INFOD que nunca había realizado una investigación.

A esto se le suma que, según la investigación, los docentes trabajan en jornadas extenuantes. El 42.8 % dedica entre ocho a 10 horas diarias a sus labores; el 26.1 %, de cuatro a siete horas; y un 16.7 %, 11 horas o más horas.

«El docente no es un dios», apunta Jeannette cuando dice que el docente es evaluado de forma individual, pero no se evalúan sus condiciones ni las condiciones en las que se desenvuelve un estudiante que intenta formar, como la importancia de la familia en este proceso, el contexto social, político, económico y jurídico de la educación. Y luego al docente se le responsabiliza, incluso, de la construcción del pensamiento del alumno.

Política educativa. Desde las universidades lo que se propone es que exista una política educativa que dé cobertura a las necesidades del gremio que forma a los docentes.

«Cualquier persona que conozca la educación superior te ha de decir lo siguiente: ‘Los estudiantes que ingresan a nuestras aulas, año con año, cada vez llegan más deficientes. Eso significa que la base está también recibiendo una formación de muy baja calidad’», dice Fidel Nieto, presidente del Consejo Nacional de Rectores de El Salvador (CONARES) y rector de la Universidad Luterana Salvadoreña.

Nieto se remite a que puede formarse a miles de docentes, pero si no se reorienta el rumbo de la educación superior, no hay una política pública y no hay una reforma universitaria, tampoco se puede hacer mucho, porque eso conlleva a que el docente tenga bajos salarios y vuelve socialmente no atractiva la profesión para las personas. A diferencia de países como Alemania o Estados Unidos, donde los niveles de vida de los docentes son muy buenos y ellos también son valorados.

Esto también lo relaciona con que El Salvador es el país centroamericano donde es más barato obtener un grado académico de licenciatura o ingeniería. El presidente de CONARES dice que debe generarse una discusión sobre el papel de las universidades privadas, en cuanto a la relación de cuotas y el salario de los docentes. Pero para resolverlo se necesita la participación del Estado.

Mario Antonio Ruiz, el presidente de la Asociación de Universidades Privadas de El Salvador (AUPRIDES) y rector de la Universidad Francisco Gavidia, sostiene que la calidad educativa en la formación de docentes debe ser compensada con las cuotas universitarias, porque insiste en que la educación universitaria es cara.

«Debería de ser equivalente a lo que el alumno recibe, debe tener un precio. El problema es que las cuotas que cobran las universidades privadas son bien bajas y ese es un problema que debemos de tratar de resolver las universidades», señala Ruiz.

Para él, el sistema educativo debería tener inversión, y así contar con mejores maestros y que estos estén formados para aplicar las nuevas tecnologías, con métodos alternativos de enseñanza.

Mientras todo esto pasa, habrá muchos, que como Jeannette y Gustavo, se aferren, aunque sea desde la desesperanza, a seguir formando docentes desde este país que no les reconoce.

Disparidad de demanda. Las IES en El Salvador cuentan con una disparidad de demandas en especialidades. En Inglés y Matemática hay más alumnos por el número de especialistas.

«Nosotras solo íbamos a preguntar si había un cadáver»

Ilustraciones de Moris Aldana

Cuando estaban más pequeñas, Karen y Andrea Pérez jugaban a tener un negocio. Cortaban frutos y hojas de los árboles del patio y los ponían al sol. Ellas decían que cocinaban carne asada. Después, hacían tortillas con la tierra de su cantón, en un departamento de la zona central del país. Cuando crecieron, la dinámica fue cambiando. Seguían jugando en el patio, pero dedicaban más tiempo a platicar. Karen decía que, de grande, quería abrir una sala de belleza. Andrea planeaba ser doctora. Nada de eso fue posible. Desaparecieron en 2016 antes de cumplir los 15 años.

Ese año, al menos 919 mujeres y niñas salvadoreñas fueron privadas de libertad. Así lo establecen las estadísticas de la Fiscalía General de la República (FGR). Karen tenía 12 años el último día en que su familia la vio; Andrea, 14. A pesar de que cuando desaparecieron eran menores de edad, su ausencia no causó ninguna movilización a gran escala.

Su desaparición tampoco causó revuelo en medios de comunicación. No hubo ninguna campaña mediática para encontrarlas. Al buscar sus nombres en internet, lo único que existen son dos publicaciones en Facebook donde se muestran sus fotos: dos niñas pequeñas, morenas, de ojos rasgados y nariz chata.

«En las autoridades estatales recae, en primer lugar, la responsabilidad de evitar las desapariciones y de averiguar el paradero de las personas dadas por desaparecidas», señala el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Más de dos años después de que su familia las vio por última vez, aún se desconoce el paradero de la hermana mayor, Andrea. La otra menor ya fue localizada, pero cuando se le encontró, meses después de haber desaparecido, estaba muerta.

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El vaso de agua iba medio vacío

Todo comenzó con un vaso de agua. Esa es la historia que empieza a contar la abuela de las menores. Ella es una mujer pequeña, de 60 años. En su juventud trabajó haciendo oficios domésticos y de jardinería en la capital. Su cantón queda a media hora a pie desde la cafetería en la que ahora habla, pero ella prefiere platicar aquí, en medio de desconocidos y no frente a unos cuantos cercanos. Ya no sabe si puede confiar en los que la rodean.

La vida en el cantón transcurría con aparente normalidad. La madre de las menores trabajaba en una fábrica como operaria de máquina textil y pasaba todo el día fuera de casa. A su cargo estaba proveer para la crianza de sus hijas, pero solo las podía ver durante las noches.

Durante el día, la abuela era la encargada de cuidarlas. A veces las iba a dejar y a traer a la escuela. En otras ocasiones, ellas iban y venían solas. Ahí estudiaban sexto y octavo grado. La escuela del cantón no tiene teléfono, ni correo electrónico, según un informe del Ministerio de Educación. Tampoco tiene sala de cómputo, biblioteca, ni internet. El espacio de esparcimiento de los estudiantes es una cancha de fútbol y una de básquetbol.

La calma del hogar de las Pérez se rompió cuando empezaron a llegar jóvenes que no eran conocidos en la zona. La abuela sospechaba que se trataba de pandilleros y cuenta que alguna vez les vio un arma. A veces también llegaban mujeres jóvenes con ellos. Una de las muchachas «empezó a llegar a la casa y pedía que le diéramos agua para tomar y ahí se quedaba platicando con las niñas», narra.

“La desaparición es una alerta de riesgo feminicida. Por lo tanto, las acciones deben ser urgentes. No se debe esperar y segundo, no se debe asumir nada. Si fuera cierto que una mujer se fue con alguien más, la obligación es encontrarla viva”, opina la abogada Silvia Juárez.

Poco a poco, ver al grupo de muchachos cerca de la casa era lo habitual. Mientras pedían agua, se fueron ganando la confianza de las adolescentes. Les sonreían. Eran amables. Con amargura, la abuela relata: «Las niñas salían, ellas solas, a estar sentadas en un bordecito en el patio. De ahí los muchachos pasaron a sentarse por ahí. Y platicaban con ellas».

Para agosto de 2016, Karen y Andrea ya consideraban amigas a un par de mujeres que llegaban a platicar con los pandilleros, que vigilaban la zona. Eran dos veinteañeras en las que confiaban. Un día pidieron permiso para ir a bañarse a una poza junto con sus nuevas amigas. La abuela se opuso, pero las menores ya habían salido en otras ocasiones con ellas sin ningún problema. Dijeron que volverían ese mismo sábado al caer la tarde, pero no lo hicieron. La madre marcó al teléfono de Andrea, la hermana mayor, pero fue Karen quien contestó la llamada. Dijeron que llegarían al siguiente día, que estaban bien y en la casa de su amiga. Así pasaron cuatro días.

«El miércoles vino la niña más pequeña a la casa, llorando. Yo le pregunté qué le pasaba y me decía que nada. En la noche, cuando la mamá llegó, le preguntó qué había pasado. Ella estaba bien triste y no quería decirle. Hasta que dijo: ‘Mamá, a nosotras nos están pidiendo $125 y dicen que si no entregamos ese dinero no nos van a dejar regresarnos’», cuenta la abuela.

$125 es una cantidad difícil de conseguir para la familia Pérez. Es cuatro veces lo que pagan por alquilar unas tareas de tierra en la que siembran maíz y frijoles para consumo propio cada temporada. Es más de lo que ellas tenían como ahorros. El ingreso económico del hogar no era alto. La abuela de las menores cría pollos en su casa. Cada uno de los pollos blancos es vendido a $4. Para poder tener en sus manos $125, tendría que haber vendido 31 pollos de una sola vez.

#Dónde están

La madre de las niñas salió a preguntar entre los vecinos si alguien podía prestarle $125, pero no consiguió la cantidad. Karen, de 12 años, lloraba mientras se escondía debajo de una sábana, asegura la abuela. Las adultas de la casa no entendían por qué debían pagar ese dinero. Hasta hoy, solo tienen la explicación que les dio Karen: «Allá donde vamos, los pandilleros nos mandan a que vayamos a pedir comida fiada a un comedor. Y la dueña de ese comedor es la mamá de un pandillero jefe y dice que ya mucho les debemos».

Andrea cuenta, entre lágrimas, el último regaño que le dio. Le dijo que no tenía por qué fiar comida si en su casa ya tenía lo suficiente para alimentarse. «Sí, pero a nosotras nos están obligando», recuerda haber escuchado como respuesta. La niña les dijo que le habían dado pocos días para conseguir el dinero. La abuela se preocupó. En el banco tenía sus ahorros: $50. La madre logró igualar la cantidad y juntaron cien dólares. Llegó el sábado 14 de agosto y una de las nuevas amigas de las menores llegó al parque del pueblo cercano. Ahí le entregaron los $100.

Tras la entrega, Karen le dijo a su madre que volvería al lugar de donde había sido enviada. Que la condición para dejar ir a su hermana mayor era que ella misma volviera con el dinero. Prometió que regresaría al siguiente día en el bus de las 11 de la mañana.

Antes de irse, Karen se despidió de su abuela: «Perdóneme por portarme mal con usted». Después le hizo una promesa: «De aquí para allá nosotras no vamos a volver a salir y le vamos a hacer caso en todo lo que usted nos diga», recuerda. Mientras la abuela habla, se le cierra la garganta y estalla en llanto. Busca en su cartera algo para secar las lágrimas. Encuentra una toalla pequeña y amarilla. Se toma su tiempo para volver a hablar de nuevo. Respira profundo y le da un sorbo a la soda que está sobre la mesa.

Al siguiente día, las adultas de la casa esperaron el bus de las 11 de la mañana y las menores no bajaron. Poco a poco fueron llegando todos los buses de la tarde, pero ninguna de ellas bajó en la parada usual.

La madre de Andrea y Karen denunció ante la policía del municipio la privación de libertad, pero no obtuvo respuestas inmediatas. Lo único que les quedó, entonces, fue empezar a hacer viajes a la sede cercana del Instituto de Medicina Legal (IML): «Allá nosotras solo íbamos a preguntar si había un cadáver».

Lo puedo decir con solvencia. En todo el país hay cuerpos de salvadoreños inhumados.
No hay un departamento de El Salvador donde no haya cuerpos de desaparecidos”, dice Israel Ticas desde su oficina en San Salvador.

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El Salvador como cementerio

«Lo puedo decir con solvencia. En todo el país hay cuerpos de salvadoreños inhumados. No hay un departamento de El Salvador donde no haya cuerpos de desaparecidos», dice Israel Ticas desde su oficina en San Salvador. Ticas es criminólogo forense. Durante más de una década ha trabajado exhumando cadáveres. Trabaja en la Fiscalía, pero deja en claro que esta plática es a título personal y no institucional. Para comprobar que a lo largo y ancho del territorio hay cementerios clandestinos busca en su computadora un archivo. Luego, muestra un mapa de El Salvador lleno de puntos en todos los departamentos. Cada punto es una exhumación realizada.

Cada semana se denunció la desaparición de 18 niñas y mujeres, en promedio, durante 2018. Y hubo, en todo el año, 924 denuncias de privadas de libertad. Esto representó un aumento de más de cien casos en comparación con 2017, cuando se registraron 813 denuncias de este tipo en la FGR.

Ticas explica que en las escenas que él ha trabajado ha logrado identificar un tipo de violencia dirigida hacia los cuerpos de mujeres que no sucede con el sexo opuesto: «El grado de psicopatía es más avanzado cuando son cuerpos de mujer, pero va a depender de los victimarios. Hay unos que son más psicópatas que otros. He podido encontrar cuerpos a los que les han cortado los pechos, con objetos en su vagina: estacas, envases, navajas. Su vagina lacerada con cortes por arma blanca, objetos en su trasero, lo que no se ve en hombres», señala.

Ticas es un hombre efusivo. Habla como un buen orador y dispara frases tan contundentes como duras: «En El Salvador, el que desaparece está muerto», dice sin dudar, en esta mañana de marzo.

Movidos por ese temor, familiares llegan cada día a las oficinas de Medicina Legal en sus diferentes sedes en todo el país para buscar a sus seres queridos. Ivett Camacho es psicóloga forense y trabajó en ese instituto durante 16 años. Ella ayuda a entender el proceso que se lleva en Medicina Legal cuando se hace el levantamiento de un cuerpo no identificado: «Se les toma fotografía y a razón de eso se lleva un álbum fotográfico. Hay una unidad especial donde se apersona el familiar que anda buscando a alguien». Así, viendo las fotografías, los familiares ayudan a identificar a los fallecidos que están en la morgue.

La Iglesia católica conmemora el Día de los Santos Inocentes –en honor de los niños fallecidos– 1.º de noviembre. Ese día de 2016 y a las 9 de la noche, se hizo el levantamiento de un cadáver que coincidía con las características de una de las hermanas Pérez.

La madre y la abuela escucharon que un cuerpo había sido exhumado y llegaron a Medicina Legal. Ahí se les comunicó que el cuerpo coincidía con la descripción de una de las niñas que buscaban. Se trataba de Karen, la hermana menor.

El 3 de noviembre de 2016, la Unidad de Delitos Relativos a la Vida e Integridad Física de la Fiscalía giró un oficio al IML. «Determinar, mediante prueba de ADN, si la sangre correspondiente a la señora Pérez y la muestra del cadáver son compatibles con la misma, para establecer parentesco entre las mismas», se lee en el documento.

«Yo insistía en ver el cuerpo y en Medicina Legal me dijeron que no porque se encontraba en putrefacción, pero me mostraron (en fotografía) solo una parte del cráneo», cuenta la abuela, afectada. Ella explica que el resultado de la prueba de ADN fue positivo y que las autoridades le aseguraron que ese cuerpo pertenecía a su nieta. Sin embargo, años después, ella aún se aferra a creer que no se trataba de su nieta. Cree que las menores, tal vez por miedo, no vuelven a casa: «Y yo digo que no es ella. Y tengo la esperanza», sostiene.

El 25 de enero de este año recibió, junto con su hija, un citatorio para presentarse en una oficina fiscal para realizar diligencias de investigación. Este viernes 29 se inició el juicio por privación de libertad de Karen. Seguirá desarrollándose en abril. Para el caso, hay una mujer acusada. Este juicio, explica la familia, fue pospuesto en varias ocasiones: «Nos citaron para agosto y no lo hicieron, de ahí parece que en noviembre, tampoco la hicieron, después en diciembre… que andaban en capacitación», se queja la abuela. «El juicio se ha suspendido varias veces», confirma el encargado de prensa de la oficina fiscal local. La otra menor, quien ahora tendría 16 años, sigue sin aparecer.

Ilustración de Moris Aldana

La culpa y la víctima

«El primer planteamiento es culpabilizar a las víctimas. Primero las familias tienen que estar demostrando que ellas tenían un patrón regular de vida, que no tenían problemas. ¿Y quién no ha tenido problemas alguna vez?», comenta Silvia Juárez, dirigente en la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA).

Dicha organización cuenta con más de una década de experiencia analizando y monitoreando casos de violencia contra mujeres. Desde ahí, han logrado identificar que los familiares de las mujeres desaparecidas constantemente deben defender a las ausentes ante comentarios que las culpabilizan por su estado de desaparecida.

Nicole Herrera es una estudiante de Medicina, de 18 años, que no aparece desde el pasado 10 de marzo. Ese día dijo en su casa que saldría a comprar material para una tarea en el centro de Apopa. Desde hace 21 días se desconoce su paradero.

Cinco días después de que Nicole desapareció, su padre, José Herrera, se dirigió a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Ahí se quejó de no ver resultados positivos a pesar de haber denunciado la desaparición pronto. Como familia, «hasta el momento aún no tienen conocimiento del estado del caso», se puede leer en un documento de la procuraduría.

A diferencia del caso de Karen y Andrea, esta desaparición sí ha tenido atención mediática. Su padre ha hablado con varios medios de comunicación y las fotos de ella se han difundido a través de redes sociales. En un canal de televisión se entrevistó a José y se hizo un reportaje sobre la ausencia repentina de la joven. En el reportaje televisado se mencionó que, posiblemente, Nicole sostenía una relación con un miembro de pandillas.

«La desaparición es una alerta de riesgo feminicida. Por lo tanto, las acciones deben ser urgentes. No se debe esperar y segundo, no se debe asumir nada. Si fuera cierto que una mujer se fue con alguien más, la obligación es encontrarla viva», opina la abogada Silvia Juárez.

José Herrera se molestó por el tratamiento mediático que se le dio a la desaparición de su hija. Niega la acusación que se le hizo a su hija y considera que esa información pone en riesgo al resto de sus hijos. El periodista encargado de la nota en cuestión optó por no brindar un comentario ante los señalamientos del padre.

Debido a que el caso ha sido ampliamente difundido, el número de teléfono de José no deja de sonar. Él lo tiene cerca todo el tiempo. Lo llaman periodistas para entrevistarlo y hasta personas pidiéndole dinero. En su celular muestra el chat de alguien que le escribió pidiéndole $2,000 para entregarle a Nicole. Cuando José le pidió una llamada para comprobar que Nicole estaba donde decían, no recibió nada.

La madre de Nicole ha mantenido un perfil más bajo ante la desaparición. «Vivimos en un país sin respuesta. La única confianza es en Dios», dice a través de una llamada telefónica. Asegura que un día podrá platicar sobre lo que su Dios de reyes hará por ella y su hija. Por hoy, no quiere hablar al respecto. Antes de colgar la llamada se compromete a llamar de vuelta –cuando su hija aparezca– para que sea ella misma quien brinde su testimonio.

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¿Cuántas son las encontradas?

La abuela de las Pérez se aferra a la idea de que sus nietas estén vivas. Pregunta si se conoce de casos en los que, después de un buen tiempo, las personas aparecen con bien. Cuando se encuentra con una respuesta negativa, el tono de su voz se vuelve áspero.

Uno de los problemas relacionados con las desapariciones en El Salvador es que cada institución lleva un registro separado. Por lo tanto, cada organismo relacionado con el tema cuenta con estadísticas distintas sobre la cantidad de personas desaparecidas.

Además, las autoridades no llevan un registro actualizado sobre el estado de las denuncias.

Se conoce cuántas denuncias por privación de libertad se presentan en cada institución, pero no se sabe si, al cabo de unos días, dicha persona apareció. Esto a pesar de que las denuncias por desaparecidos se cuentan por miles. Solo el año pasado fueron más de

2,600.

En marzo, la Policía Nacional Civil dio una conferencia en la que presentó el Protocolo de Actuación Urgente y Estrategia de Búsqueda de Personas Desaparecidas (PAU). Este protocolo, en vigencia desde diciembre de 2018, le indica a las autoridades que no se debe esperar ni un solo día para iniciar la búsqueda de una persona reportada como desaparecida. Además, plantea la posibilidad de unificar estadísticas a través del trabajo interinstitucional de FGR, Órgano Judicial, PNC, Ministerio de Justicia y PDDH.

Cuando se le preguntó a Wálter Guillén, inspector jefe de la PNC, en cuántas ocasiones ha sido aplicado el protocolo durante el primer trimestre de este año, el funcionario respondió que no es posible brindar esa información. Tampoco se puede saber cuántas personas han sido ubicadas con éxito: «La vida es un bien tutelado y toda estadística que se genere no sobrepasa sobre este derecho. En ese sentido, y para no seguir estigmatizando este tipo de acciones, no hemos querido dar algún dato», argumentó desde las oficinas centrales de la PNC.

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La pérdida ambigua

La abuela de las Pérez lleva pocas cosas en la cartera. Entre ellas, los documentos del caso de sus nietas dentro de una bolsa plástica. Así evita que se ensucien o mojen. Tiene la billetera llena de fotos tamaño cédula de las dos menores. En dos de las fotografías las niñas aparecen con el pelo negro y la camisa blanca del uniforme escolar. Miran contentas a la cámara, pero no enseñan los dientes. En otra foto que la abuela lleva siempre consigo está «Andreíta», como ella la llama. Lleva puesto un birrete y se ríe. Su abuela la ve y también sonríe.

La desaparición «es una tragedia para la persona que desaparece, pero también para sus familiares, que viven con la esperanza constante de un milagro», sostiene el Comité Internacional de la Cruz Roja en uno de sus informes.

Nadia Guevara coincide con esta afirmación. Ella es una psicóloga que está al frente del área de salud mental del CICR. La experta ayuda a identificar el perfil de quienes buscan a sus familiares: «En su gran mayoría son mujeres las que buscan, de edad media y adultas mayores, usualmente en situación económica precaria», señala.

A ellas –continúa explicando la psicóloga– se les debe brindar terapia bajo un concepto distinto al del luto. El luto implica aceptar la pérdida final o la muerte de una persona. Y con los desaparecidos, eso puede sentirse como una traición. Como negarles la oportunidad de volver a casa.

Por ello, desde el CICR proponen que los psicólogos y psiquiatras que atienden a familiares de desaparecidos lo hagan bajo el enfoque de la pérdida ambigua: «Es la pérdida de alguien, pero hay una incertidumbre de si está vivo o está muerto. Nosotros no podemos obligar a alguien a que se despida. ¿Cómo le dice a alguien que deje de pensar en el hijo que crió, si no hay nada que le haga entender que no lo va a volver a ver?»

El enfoque propuesto consiste en acompañar psicológicamente a la persona que busca, sin imponer un cierre. Sin obligarla a vivir un luto para el que no está preparado. «Si no hay una certeza, no puede incluso llorar a su desaparecido. Llora la ausencia, pero no puede dar un cierre», considera Guevara.

Hasta la fecha, en El Salvador no hay una comisión nacional de búsqueda de personas desaparecidas por la violencia actual. No hay círculos de apoyo impulsados desde el Estado para atender a las familias de las miles de víctimas.

El criminólogo Israel Ticas se queja de esto: «Hay madres sufriendo. El Estado permite que esta gente sufra todos los días, todas las noches. Hay gente que me habla llorando a las 2 de la madrugada diciendo: ‘Estoy en el cuarto de mi hija, ¿no la ha encontrado?’ ¿Y yo qué hago? Nada. Llorar con ellas».

Nadia Guevara, la psicóloga del CICR, tiene claro el tipo de atención que se le debe dar a estas víctimas secundarias y no se está haciendo: «El apoyo que se le debe dar a las mujeres y a las niñas que quedan es un acompañamiento. Es caminar a la par de la persona». Mientras, las Pérez caminan solas hacia el juicio.

Terapeutas que sanan con arte y animales

Franklin Zelaya y Javier Aparicio

Gabriel es un niño de 12 años y de ojos claros. Últimamente admira mucho a los superhéroes. Su favorito ahora es Iron Man. Su papá, dice, es parecido a Capitán América. Repite las películas y su madre, Gabriela Mebius, ya se las sabe de memoria. Cuando Gabriel estaba cerca de cumplir los tres años le diagnosticaron con un trastorno dentro del espectro autista no identificado. Esto suele traer, entre otras cosas, dificultades en la expresión, concentración y en la habilidad de realizar más de una actividad a la vez.

Durante la mañana estudia quinto grado en un colegio privado y durante las tardes asiste a un club de tareas y terapias. Hace unos años, los doctores sugirieron medicarlo por problemas de atención. Su familia buscó entonces probar otras opciones para mejorar su concentración. Y eso lo trajo hasta Cometa, un caballo.

Cometa es un caballo café y manso. Esta mañana lo están capacitando para que siga a su guía sin necesidad de una cuerda o de una orden severa. Es miércoles y Naara Salomón se coloca frente a él y le indica hacia dónde avanzar. Ella camina y él la sigue, como si se tratara de un cachorro. La terapeuta se detiene y Cometa, también. Entonces, el caballo busca meter su cabeza debajo del brazo de la mujer. Pide una caricia. Ella lo abraza. El caballo, calmado, recibe el mimo. Cuando están con niños, forman un equipo. En algunas terapias asistidas por animales, al caballo se le conoce como un «coterapeuta«.

Naara Salomón es miembro de la Asociación Suiza de Zooterapia. En 2013 creó La Granja Pedagógica, un espacio a media hora de San Salvador donde brinda talleres colectivos y terapias individuales con animales. Atiende a personas con dificultades personales y a niños que necesitan desarrollar cierto nivel de motricidad y confianza en sí mismos y en los demás. Desde ahí, ha entrenado a animales a través de un método basado en el «liderazgo sin violencia». En la granja hay aves, gatos, burras, yeguas y caballos.

Gabriel asiste todos los fines de semana a este espacio desde hace un año y medio. Hace 18 meses tenía fobia a las gallinas y temía a los caballos. Ahora, cada sábado, acompaña a su terapeuta a alimentar a las aves. A veces habla con ellas, les cuenta sus cosas. Luego va a su terapia con Cometa. A él lo monta, lo abraza y lo cepilla. Tras un año y medio de terapia, su mamá nota los resultados: lo ve más sereno con los animales, más concentrado.

Resistir como Sirena y Capitán

La historia de esta granja comienza con el abandono. Capitán, un caballo grande y blanco, fue abandonado en la carretera que conduce hacia Chalatenango. Fue atropellado y luego recibió un balazo en la pierna. Los lugareños fueron testigos, pero no podían hacerse cargo de él. Los caballos, como los humanos, son animales sociales y pronto encontró compañía. Se le unió Sirena, una yegua que también fue abandonada en la zona. Tenía la pata dañada por haber quedado atrapada en un alambre de púas y, como en el caso de Capitán, la herida estaba infectada. Por miedo, no dejaban que ningún humano se les acercara.

Los dos caballos, desde entonces, se mantuvieron juntos. «Por haberse encontrado en la calle, encontraron solidaridad y esa solidaridad les permitió creer en la vida», asegura Naara. Capitán no caminaba bien, tenía las patas dañadas, pero aún lograba sostener su peso. Durante meses, los caballos se mantuvieron juntos hasta que fueron rescatados en mayo de 2012.

La terapeuta cuenta esta historia desde el comedor de su casa en San Salvador. Para probar cada hecho, muestra fotos en su computadora: se puede ver a los caballos que deambulaban en el monte, desnutridos. También hizo el registro de las heridas de cada uno.

Salomón llegó hasta ellos a través de una amiga que los vio al conducir por la carretera. «Éramos unas locas», dice ahora entre risas. Llegaban a la zona, preguntaban a los lugareños por dónde se habían ido los caballos e ingresaban en senderos, entre arrozales, con alimento. Así se ganaron la confianza de los animales.

Sirena y Capitán dejaron que el par de mujeres se acercara y así fueron rescatados. Los trasladaron hacia un terreno cerca de la carretera a Santa Ana. Allá, un veterinario le brindó un espacio donde podría darles cobijo mientras se recuperaban. Cuando los animales ya habían salido de peligro, Naara los entrenó para que pudieran estar rodeados de personas y seguir indicaciones.

Naara Salomón nació en Suiza. Allá tuvo su primer encuentro con un caballo a los dos años, y a los ocho ya se encontraba realizando equitación. «Desde que tomé conciencia, me costaba mucho haber nacido entre seres humanos. En la adolescencia empecé a odiar a los humanos porque odiaba la violencia», explica. Los caballos se convirtieron en su refugio. Luego empezó su formación como artista, y cuando tenía 19 años se mudó a El Salvador, donde también trabaja como actriz de teatro. En sus viajes a Europa se formó pedagógicamente como terapeuta. Actualmente es miembro de la Asociación Suiza de Zooterapia.

La granja abrió al público con su proyecto piloto en 2013. Algunas de las terapias que brinda son cobradas. Otras forman parte del trabajo que ella dona a organizaciones que tratan a niños con escasos recursos, víctimas de violencia o familias con problemas económicos cuyos hijos lo necesitan.

En esta granja los animales son curiosos e inmediatamente reciben al visitante. Buscan caricias. Hace seis años, Sirena y Capitán empezaron a recibir visitantes. Después, concibieron a Naahual, una yegua gris y parchada. Contra todo pronóstico y, a pesar de tener las patas muy dañadas, Capitán vivió varios años después de ser rescatado. Murió en junio del año pasado.

La historia de Sirena y Capitán se convirtió en una herramienta para dar a conocer el significado de la resiliencia a las personas que reciben terapia. La ‘resiliencia’ es un término de la psicología que hace referencia a la capacidad de una persona para superar experiencias traumáticas. «Contando esta historia –dice Naara– yo a veces tengo a jóvenes llorando. Nos toca porque esta puede ser nuestra historia también. Cada uno hemos vivido cosas duras y las vemos reflejadas en estos animales».

“Desde que tomé conciencia, me costaba mucho haber nacido entre seres humanos. En la adolescencia empecé a odiar a los humanos porque odiaba la violencia”, explica. Los caballos se convirtieron en su refugio. Luego empezó su formación como artista y se mudó a El Salvador, donde también trabaja como actriz de teatro”.

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PONER LOS LÍMITES

«Se mercadean libros de colorear como si fuera arteterapia, pero la arteterapia es algo que involucra diferentes técnicas artísticas, es una profesión», comienza por explicar la terapeuta Ruth Guttfreund. Su trabajo es un casamiento entre la psicología y el arte que, a veces, es difícil de entender incluso para los propios psicólogos salvadoreños.

«Algunos psicólogos no tienen experiencia artística, entonces es muy difícil para ellos entender algo que no conocen porque el país retiró el arte de la educación, no tuvieron acceso», expresa la arteterapeuta profesional.

Ella estudió Educación Especial en Israel. Mientras lo hacía, recibió una clase de Arteterapia y supo que se quería dedicar a eso. Se mudó a Inglaterra e intentó ingresar a un posgrado en Arteterapia. Ahí le indicaron que, para poder trabajar en este campo, primero tenía que formarse como artista. Para ello, se educó en el campo de las Artes Plásticas. Luego, obtuvo una Maestría en Psicología de la Terapia y Consejería.

«Cuando regresé al país, en 2003, el término ‘arteterapia’ ni se utilizaba», comenta desde CentrArte, el espacio en el que ahora brinda sus terapias a personas en diversas situaciones: desde problemas en el aprendizaje hasta personas que se encuentran en situaciones emocionalmente vulnerables. También desarrolla proyectos de impacto social con comunidades.

«Lo central en un proceso de arteterapia es hacer arte. Eso es lo que ayuda a sanar. Trabajamos con plastilina, barro, témpera, pintura acrílica, etcétera», dice la experta. Este tipo de terapia es tan poco conocido que, cuando alguien llega a la terapeuta, se realiza una plática donde se explica el proceso y sus principios. La base de la que se parte es simple: todo mundo es capaz de crear. Luego se procede a realizar pinturas o esculturas a partir de reflexiones y el reconocimiento de las emociones. Detrás de cada pieza que Ruth le pide hacer a la persona se encuentra un razonamiento y una guía emocional.

En CentrArte brinda terapias individuales. Uno de los cuartos de este lugar está lleno de materiales de arte y carpetas de las diferentes personas que reciben terapia. Ruth guarda las pinturas o dibujos que la gente va produciendo mientras trabaja en su situación. Al final del tratamiento, pueden observar su evolución a través de un recorrido gráfico.

Guttfreund también brinda talleres colectivos. Uno de los últimos talleres que guio hace unos días fue sobre el «no». Costó $20 y tuvo una duración de dos horas. «Piense en las circunstancias en las cuales ha sentido problemas de límites», le pidió Ruth a las siete mujeres que asistieron al taller el sábado pasado. En base con esas experiencias, les pidió expresar esas situaciones no con palabras, sino a través de lápices de colores, yeso pastel y otras técnicas. Pronto, revela Ruth, algunas de ellas lloraron.

Las técnicas artísticas permitieron que las talleristas se expresaran de manera libre. «Es más difícil decir no para las mujeres que para los hombres. En general, el hombre ha sido más entrenado a poder decir qué quiere y qué no quiere, y la mujer más hacia estar ahí para los demás», reflexiona Ruth desde su lugar de trabajo.

Origen de la granja. Dos caballos fueron rescatados tras haber sido abandonados con problemas de salud. Luego fueron entrenados para poder trabajar con niños y adultos.

APRENDER A DECIR NO

Un caballo –guiado por alguien más– camina lento y en línea recta hacia una niña que permanece quieta. Los caballos aunque mansos no dejan de ser imponentes ante los niños. En el juego que se realiza en La Granja Pedagógica hay un conflicto: quien dirige al caballo no puede parar aunque su compañera esté cerca. Debe avanzar con el animal hacia la niña. La menor, por su parte, no tiene que moverse. Debe gritar: «auxilio», para que alguien más llegue y cambie la dirección del caballo para evitar que los dos choquen.

La pedida de socorro, sin embargo, no puede ser cuando el caballo esté lejos, sino en un momento oportuno. Justo antes de que se acerque demasiado, la niña grita: «Auxilio». Pero ni las demás niñas ni los tutores que la acompañan llegan a desviar al caballo. Naara se dirige al caballo y le indica una nueva ruta. «¿Ven?», le dice al resto; «a veces alguien nos pide ayuda y no se la damos», afirma.

En la dinámica no se pone en peligro a nadie, pero se entrena la habilidad de pedir ayuda. Esa habilidad básica le ha sido robada a algunas niñas y necesitan practicarla en un contexto lúdico y seguro. La niña que pidió auxilio, junto al resto de niñas que la observaban, pertenece a un grupo de niñas supervivientes de violencia sexual. Reciben tratamiento psicológico en el Hospital Nacional San Rafael de Santa Tecla. Naara se preocupa de guardar sus identidades, pero accede a mostrar en video y fotos los ejercicios que realiza con niñas y adolescentes menores de 14 años.

Maritza Anaya es psicóloga del programa que atiende a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual en el Hospital San Rafael. Desde su oficina en Santa Tecla asegura que en esta área se busca brindar terapia multidisciplinar a los sobrevivientes del abuso. Una vez al mes, las niñas de este programa viajan hacia La Granja para realizar diversos ejercicios.

A veces, los ejercicios son tan simples como hacer una rueda y decir una palabra. Por ejemplo: una persona les pregunta a las niñas si les puede dar un abrazo. Las niñas deben decir «no» sin sentirse mal. Así, entrenan su habilidad de negarse a hacer algo y expresarse energéticamente a pesar del trauma que queda tras una agresión sexual.

Este grupo visita La Granja Pedagógica una vez al mes. Viaja en microbús desde el hospital, acompañado de un tutor. El transporte lo provee el hospital. «Cuando no se tiene, encontramos a personas altruistas que nos apoyan con el transporte, porque todo esto es gratuito para el paciente», sostiene Anaya.

La psicóloga indica que a través de estos ejercicios «se trabajan las emociones y cómo respetar el espacio personal». En el hospital, explica Anaya, están intentando brindar otras terapias a las niñas, además de la atención psicológica tradicional: yoga, arteterapia, y las visitas a La Granja.

Salomón afirma que mantener a un caballo en condiciones óptimas para el trabajo cuesta alrededor de $300 mensuales. Sin embargo, a diferencia de las terapias individuales, ella no cobra por el trabajo que realiza con las pacientes del Hospital San Rafael.

“Lamentablemente hay profesionales que se cierran a creer que solo (un psicólogo) puede curar a la persona. Creo que ya es tiempo de ir dando la apertura a que hay otras disciplinas o terapias que pueden aportar mucho para la salud mental de una persona. Creer en esas terapias es darle la oportunidad al paciente de que tenga más alternativas de sanación”.

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SUPERAR MIEDOS

A pesar de que hay estudios que prueban los beneficios de las terapias alternativas para las personas que pueden acceder a ellas, aún hay resistencia para aceptarlas entre los terapeutas tradicionales. Así lo explica Maritza Anaya del Hospital San Rafael.

«Lamentablemente hay profesionales que se cierran a creer que solo (un psicólogo) puede curar a la persona. Creo que ya es tiempo de ir dando la apertura a que hay otras disciplinas o terapias que pueden aportar mucho para la salud mental de una persona. Creer en esas terapias es darle la oportunidad al paciente de que tenga más alternativas de sanación».

Las historias de quienes reciben terapia alternativa para enfrentar ciertas situaciones en su vida están marcadas por pequeñas conquistas. En el caso de Gabriel, el niño de 12 años y ojos claros, la conquista ha sido lograr la calma rodeado de animales. Esa calma ha permitido mejorar su concentración, su movimiento y su seguridad.

«Ahora él hace toda la rutina, cepilla al caballo, le pone el arnés, se pone el casco, se sube al caballo y empieza a caminar y a trotar. Él ya creó el vínculo de confianza con el animal y le fascina escuchar su corazón», cuenta su madre, desde una cafetería. «Verlo a él ir logrando ciertas cosas, como darle de comer a las gallinas, es verlo como que se está graduando de algo porque sabemos lo que le ha costado».

Aprendizaje. A través de terapias alternativas se puede empezar a trabajar de manera lúdica las emociones y otras habilidades, como respetar el espacio personal propio y de otros.

El abandono de la víctima con la renuncia de un perito policial

Ilustración de Moris Aldana

Vació los mensajes de texto de dos celulares y elaboró un informe que sirvió como prueba para un juicio por acoso cibernético. En el documento dijo que los números de los teléfonos decomisados coincidían, así como los tiempos en los que ocurrió el acoso que una mamá denunció.

Esos mensajes revelaron todo lo que un hombre de 47 años le escribió a una niña de 14 años con fines sexuales. El trabajo del perito era clave, pero no estaba completo aún. Debía explicarle a una jueza, en persona, cómo fue el proceso para extraer la información y el contenido de los mensajes que encontró.

Fue citado por la Fiscalía General de la República (FGR) en calidad de testigo, pero nunca apareció. Nadie, en sustitución de él, ocupó aquella silla de la sala de audiencias del Centro Judicial Isidro Menéndez que es designada para los testigos en los juicios. El perito había renunciado a la Policía Nacional Civil (PNC), y aunque había entregado la documentación que la fiscalía le pidió, nadie podía hablar más que él, porque era el único que había trabajado la prueba que se discutiría en el juicio.

El perito hoy trabaja en la Policía Nacional Civil de otro país centroamericano. El delito sobre el que tenía que testificar ocurrió entre el lunes 22 y el miércoles 24 de mayo de 2017, según la sentencia escrita del proceso a cargo del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador.

El domingo 21, horas antes que Juan Q. enviara su primer mensaje por WhatsApp a la niña, ofició una misa en la cochera de su casa, cercana al estadio Cuscatlán. En esa misa estuvo la familia de la menor y un grupo de vecinos. Comenzó a las 4 de la tarde y terminó a las 8 de la noche.

Después de la misa, Juan preguntó a los asistentes si se querían confesar. Primero lo hicieron los vecinos y por último la familia. Una vez terminó con los vecinos, la familia decidió que las confesiones comenzaran con la niña.

La niña le contó a la fiscalía que había conocido a Juan en otra reunión religiosa, en la casa de la amiga de su abuela. El hombre se imponía como sacerdote y eso la hizo confiar en que la confesión sería como todas las confesiones: le contaría al sacerdote lo que ella consideraba pecado y esperaría recibir perdón. Pero esta duró una hora y media. En ese tiempo a solas, el hombre aprovechó para pedirle su número de teléfono. Luego confesó a toda la familia y se retiró de la casa a medianoche.

A la 1 de la mañana, según la sentencia, la niña recibió un mensaje en WhatsApp de un número desconocido. Era Juan. Le decía que quería hablar con ella. A la niña le extrañó que él le estuviera escribiendo y sobre todo a esas horas, porque se acababa de ir de su casa. Se despidió de él y Juan insistió que le escribiría ese día por la mañana. Y así fue: al mediodía que la niña revisó su teléfono, tenía más mensajes. El hombre le decía que le gustaba para una relación cualquiera.

Pasó dos días más mandándole mensajes, hasta que la mamá de la niña descubrió el acoso y denunció a Juan en la fiscalía. El hombre, señala la sentencia emitida por el tribunal, estaba suspendido de sus funciones religiosas cuando cometió el delito.

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EL TESTIMONIO FALTANTE

La fiscalía usa los informes periciales para probar técnicamente los delitos en los juicios. Los presenta bajo una modalidad de prueba a la que se le llama pericial. En ocasiones solicita que los encargados de hacerlos también expliquen qué fue lo que encontraron y cómo analizaron esa información. Esto se hace para detectar algún vacío.

La investigación en este caso de acoso quedó incompleta. El hombre de 47 años se sometió a un procedimiento abreviado que le permitió obtener una pena de tres años fuera de la cárcel. Le ordenaron pagar $1,000 en concepto de responsabilidad civil.

Aunque Juan aceptó que había enviado los mensajes a la niña y su testimonio coincidió con la acusación fiscal hubo un acuerdo entre su defensa y la fiscal Sandra Isabel Sánchez Rivas para que se sometiera a ese tipo de proceso. Una de las razones para ese acuerdo, dice una fuente de la fiscalía, fue porque no lograron que el perito viniera al país a testificar.

El procedimiento abreviado es una figura establecida en el Código Procesal Penal que consiste en que un acusado acepte un delito a cambio de una reducción de la pena. Eso permite que con su testimonio también se prescinda de otra prueba aportada en el proceso. El expresidente Elías Antonio Saca fue juzgado con esa modalidad y así evitó más de 20 años de cárcel por lavado de dinero y activos y peculado, y solo cumple una pena de 10 años.

Ilustración de Moris Aldana

El delito por el cual fue acusado Juan tiene una pena de cárcel de dos a cuatro años, cuando no es grave; si se convierte en grave es de cuatro a ochos años.

Un juez de Sentencia de San Salvador, que accedió a hablar sin que se revelara su nombre, dice que en este tipo de casos el testimonio de un perito es necesario, porque ayuda a que un juez se convenza de que la información extraída realmente provenga de los teléfonos decomisados.

El juez sostiene que en algunos casos los informes periciales son claros, pero en otros es necesario que el perito que lo realizó se presente al juicio, porque su declaración puede ser de interés a las partes o porque es necesario que solvente dudas que el documento no responde.

La legislación salvadoreña da la posibilidad a un juez para que ordene retener por 24 horas a un testigo para que se presente a una diligencia judicial. No fue el caso del perito de este proceso por acoso, que también tenía la calidad de testigo, porque trabaja en otro país.

“La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas”, reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC.

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LA DECADENCIA DE LOS PERITOS POLICIALES

La PNC, además de tener a agentes que se encarguen de labores de seguridad pública, cuenta con un grupo de peritos que analiza las evidencias que sirven para resolver delitos.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica, y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle: patrullar, custodiar escenas o realizar procedimientos de capturas.

Si esas horas extras suman 240 al mes, tienen derecho a recibir el régimen de alimentación; dinero que les sirve para comprar provisiones en sus días de turno.

Las diferencias entre ambos peritos son los salarios que reciben, según su preparación. El administrativo es un técnico que antes de trabajar en la PNC se especializó en un área específica de pericia, comúnmente fuera del país. Su salario no es menor a los $700 y puede llegar hasta los $1,500. Y el perito operativo es un agente que en su carrera recibió cursos de preparación en la Academia Nacional de Seguridad Pública para formar parte de ese grupo de policías analistas. El salario de este tipo de peritos no es mayor a los $500.

En la DCI existe una Unidad de Investigaciones de Delitos Informáticos. Los peritos de esa unidad se encargan de custodiar dispositivos electrónicos que sirvieron para cometer un delito informático, como un celular y una computadora; vaciar toda la información que encuentren y plasmar en un informe el análisis de sus hallazgos. El perito que, hoy trabaja en la Policía de otro país centroamericano, estuvo en esa unidad.

«La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas», reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC. En esta tarde de febrero acaba de reservar cita para tratarse la trombosis que padece. A él le llamaremos Vásquez, porque no autorizó hacer público su nombre.

De los 25 años que lleva como policía, Vásquez también ha trabajado como analista de huellas en el área de pericias dactiloscópicas y hoy trabaja en la Sección de Análisis y Tratamiento de la Información (SATI). Aunque desempeña labores de peritaje, fue de los primeros policías en graduarse y también cumple funciones operativas, su salario no llega ni a los $600.

Vásquez señala que uno de los principales problemas que enfrentan los peritos operativos de la PNC es que la institución no quiere reconocerlos como profesionales técnicos, por el miedo a que se conviertan en administrativos y dejen de salir a la calle a realizar funciones de seguridad pública; y porque eso significa también una nivelación salarial.

Pese a ello, dice que todos los peritos tienen que estar sometidos a la presión laboral, a una infraestructura que no cumple con requisitos para trabajar, con tecnología obsoleta y con escasos materiales químicos para los análisis. Bajo esas condiciones, es fácil que un perito se vaya de la institución buscando mejores oportunidades de trabajo, como el perito citado como testigo en el caso de acoso.

Él no es el único que ha salido de la PNC, dice un funcionario de la Fiscalía. La Unidad de la Menor y la Mujer de la Fiscalía también conoce a otros dos peritos que ya no están en la institución policial y sus testimonios son necesarios para esclarecer casos. Uno de ellos vive en México y el otro trabaja en un banco salvadoreño. Este último todavía colabora en los procesos judiciales cuando es citado a declarar, pero nadie puede retomar los análisis hechos por los otros dos.

Para que un objeto de prueba sea llevado a análisis primero tiene que haber un decomiso. El decomiso, dependiendo del delito, puede ocurrir en diferentes circunstancias. Por ejemplo, cuando el magistrado de la Cámara Tercera de lo Civil Jaime Eduardo Escalante Díaz fue detenido por presunta agresión sexual a una niña de 10 años, la PNC decomisó el carro en el que llegó hasta la residencial Altavista II, el 18 de febrero pasado.

Escalante Díaz fue desaforado y la Fiscalía tiene que acusarlo en la Cámara Primera de lo Penal de San Salvador, donde también remitirá todas las pruebas. El carro donde viajaba es una de esas pruebas, que además de tener una cadena de custodia, debe ser sometido a análisis por peritos de la PNC, para determinar científicamente que el acusado viajó en él y que el carro le había sido asignado el día de la denuncia.

Si ese carro llegara a perderse, si el perito que realizó el análisis abandona la PNC y su testimonio es necesario, y no hubiera otra forma de probar que Escalante Díaz viajó en ese carro, significaría que la Fiscalía no tendría prueba científica para establecer cómo el funcionario llegó al lugar del delito. Ya que esa prueba luego se contrastará con otra que sea aportada en el proceso de la cámara.

El ministro de Justicia y Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, acepta que una de las razones por las cuales los peritos policiales dejan la institución es por mejores oportunidades de trabajo. Sin embargo, sostiene que los casos que dejan pueden ser asumidos por otros peritos ya formados. Pero ellos no fueron los primeros en conocer las pruebas, tampoco los encargados de plasmar los hallazgos en un informe.

«Actualmente la mayoría de ellos son de carrera policial, su salario está determinado por su categoría y nivel», responde al preguntarle sobre cuánto devenga un perito informático. Ramírez Landaverde dice que a los peritos operativos también se les remunera con un sobresueldo, pero según Vásquez, el sobresueldo equivale a $53.73 y no todos lo reciben. Quienes lo reciben son aquellos peritos operativos que tienen años de trayectoria en la PNC.

Para Vásquez existe una desigualdad entre las remuneraciones por el mismo trabajo, porque si alguien comenzó a trabajar en la PNC como ordenanza, pero toma cursos y realiza trabajos de peritajes, no recibirá el pago como perito, sino como ordenanza.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle.

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UN ESTUDIO QUE ANALICE RELACIONES DE DESIGUALDAD

Durante el proceso por acoso, la víctima declaró a través de una cámara Gesell; un recurso usado en casos que involucran a menores, sobre todo en delitos sexuales, que permite que con asistencia psicológica la víctima se sienta en confianza de contar los hechos desde un cuarto en el que está solo ella.

La niña contó que conoció a Juan en un evento religioso de una amiga de su abuela. Contó que él le pidió el número y que durante tres días no dejó de acosarla. Su afectación por lo ocurrido fue plasmada en un peritaje psicológico realizado por una psicóloga de la Fiscalía el 31 de mayo de 2017.

Sin embargo, en otro peritaje y en una ampliación de este que realizó el Instituto de Medicina Legal a finales de noviembre de ese año, una psicóloga concluyó que la víctima no presentaba indicadores emocionales propios de alguien que ha estado expuesto a un abuso sexual, que el resultado de este peritaje era porque posiblemente la niña ya había recibido atención psicológica en la Fiscalía.

La fuente de la Fiscalía dice que hubo contradicción entre el testimonio que la niña dio en mayo de 2017, cuando llegó a la Fiscalía a poner la denuncia, y la declaración que dio en el tribunal. Esto, sumado a la falta del testimonio del perito, permitió un proceso abreviado.

La Fiscalía lanzó el año pasado una política de persecución penal para casos de violencia contra las mujeres. El Artículo 4 de esa política establece, entre otras, que las líneas de acción que ese tipo de procesos deben tratarse desde una perspectiva de género y bajo una lógica que permita interrelacionar varios aspectos sociales en el escenario del delito, para evitar la impunidad y la revictimización.

Silvia Juárez, de ORMUSA, dice que no es ninguna justificación que exista un solo perito para sustentar con análisis técnicos este tipo de casos, porque la Fiscalía puede auxiliarse de otras instancias, como la academia, y así acreditar en los tribunales los hechos.

Sin embargo, dice que deben haber estudios que trasciendan a analizar relaciones de desigualdad de poderes y obtener el perfil de un agresor. Desde ORMUSA, lo que Juárez propone es una auditoría para todos aquellos actores judiciales que realicen prácticas como el procedimiento abreviado, ya que sostiene que la ley es clara y muchas veces este tipo de resoluciones dependen de las interpretaciones legales.

«La Fiscalía suele utilizar figura simples, sin agravado, y las víctimas que se cansan que no les creen, que son tratadas en ambientes hostiles, finalmente desisten. Y al final lo que hacen es una audiencia para que la víctima desautoriza a la Fiscalía de seguir persiguiendo y esto queda en impunidad», señala Juárez al referirse al proceso abreviado aplicado para este caso.

Juárez no ve justificable que las partes acuerden procedimientos abreviados cuando exista una clara desigualdad de poderes: una menor de 14 años acosada por un hombre de 47, y que en medio de eso haya un fuero sistemático que proteja al agresor.

Nueve salvadoreñas que reinventan la palabra escrita

Maura Echeverría

La poeta de la memoria

Maura Echeverría escribió su primer poema a los nueve años. Era 1944, el año que el general Maximiliano Hernández Martínez fue sacado de la presidencia y el año que los hermanos de Maura comenzaron a abandonar su casa para trabajar. De eso fue su poema, de la madre triste que se queda en la casa a la espera del retorno de los suyos.
Hoy Maura tiene 84 años, una calle de Sensuntepeque lleva su nombre y sus poemas infantiles son estudiados en todas las escuelas del país. Platica rodeada de plantas en su casa, en San Salvador, bajo un palo de marañón. Dos gatos juegan en las ramas y ella habla de San Matías, el cantón de Sensuntepeque donde de niña montó a caballo, se bañó en un río y aprendió los vínculos entre los humanos y los animales.
“Estoy por publicar un libro que se titula ‘Pausas en el camino’, donde hago reminiscencias de la vida en el campo’”, cuenta emocionada. Vivió 44 años de dictadura militar, una guerra civil y atravesó las aulas de dos escuelas normalistas. Esas escuelas tuvieron como fin la formación de docentes en el país y desaparecieron en 1968. Maura se especializó en Estudios Sociales y volvió como maestra a su Sensuntepeque.
En la década de 1980, tras años de la reforma educativa impulsada por el ministro de Educación Wálter Béneke, se convirtió en titular de la Dirección de Televisión Educativa. Antes, Maura y otros intelectuales de la época estuvieron a cargo de diseñar planes de estudio y hacer guiones para impulsar un modelo educativo que acercara la televisión a las escuelas como un mecanismo de aprendizaje para reforzar contenidos.
Maura se mantiene viva con la escritura. Pasa con su hija y su nieta en San Salvador, viaja a Sensuntepeque y también hace presentaciones con Poesía y Más, el grupo de poetisas que fundó en 1995 para realizar recitales dramáticos de poesía.

Maura Echeverría

“DIME”


Dime, ciprés de la sierra,
si los pajaritos lloran
y si esa verdad que las piedras
sabiduría atesoran.

Si es que el viento que te agita
trae estrellas y oleajes
y enreda entre tus ramas
los colores de sus viajes.

Dime, ciprés de la sierra,
si en los nidos que sostienes
vas guardando las canciones
que van dejando los trenes.

Dime, ciprés de la sierra,
yo necesito saber.

 

***

Carmen González Huguet

La mujer del alma herida

En 2005 se sometió a una operación de corazón abierto y se preparó para la muerte. “Lo más doloroso fue que no me fui. Y tuve que seguir adelante con mis heridas y con mis cicatrices”, cuenta la misma que en 1979 se enfrentó a una emergencia obstétrica que le obligó un parto prematuro del que el bebé no sobrevivió.

Ese mismo año, Carmen González Huguet recién se había casado y mientras que el mundo interior se vino abajo; afuera, la guerra civil estaba en gestación. En aquel momento, ella ya solo quería aferrarse a la idea de cumplir su sueño de niña, de cuando sus papás le compraron un juego de experimentos que la enamoraron de la química.

Comenzó a estudiar esa carrera en 1977, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Un año después continuó en la Universidad de El Salvador, pero la guerra estalló y el Ejército cerró la universidad a mediados de 1980. Se tomó un año y medio para leer y pensar qué seguir estudiando. En 1982 llegó a la extinta carrera de Letras de la UCA.

“Yo quería trabajar en algo que me permitiera seguir escribiendo”, dice hoy desde su cubículo en la Universidad Doctor José Matías Delgado, donde desde hace dos décadas imparte clases de Humanidades. La niña que quería ser química hoy tiene 60 años, y es una prolífica poeta y narradora.

Espera las publicaciones de “El alma herida”, el poemario con el que en diciembre de 2017 ganó el XXXVIII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística; y una investigación compleja sobre las escritoras salvadoreñas nacidas entre los siglos 1800 y 1900.

Carmen está cansada de la vida. Lo acepta. No está satisfecha con todo lo que ha logrado hasta ahora. Lamenta que este país no valore a nadie, menos a las mujeres y a los artistas.

Carmen González Huguet

“EL TWIST DE RICKY TUTTI FRUTTI”

Era el comienzo de los años sesenta. Mi mamá, y todas las mamás del vecindario, se torturaban con rulos y secadores para dejarse la cabeza hecha un panal de laca. Las faldas oscilaban entre dos extremos: “vueludas” o “pachucas”. Los zapatos eran de ineludibles tacones altísimos. O eso me parecía a mí. Solo algunos afortunados hogares tenían televisión y nos invitaban a ver “Combate” y “El doctor Kildare” en enormes televisores en blanco y negro. En las películas de vaqueros todo el mundo sabía quién era “el tipo” y quiénes los bandidos: vivíamos en una era inocente. Como en la tele, el mundo era también en blanco y negro.
Nunca supe su nombre. Lo llamaban Ricky Tutti Frutti. Solo mucho después supe que había una canción de Little Richard con ese título (ver: https://www.youtube.com/watch?v=QFq5O2kabQo). A diferencia del Ricky original, que llevaba un copete gigante, el de mi colonia tenía el pelo cortado a lo “pato bravo” y las rodillas siempre raspadas. La vida transcurría a ritmo de twist. Pero al Ricky local todavía le faltaban algunos años para llegar a la edad de la malicia. Mascaba chicle y sabía todo sobre los vuelos Sputnik y Gémini.

Hacía piscuchas geniales, que vendía a peseta, un precio exorbitante para una época cuando las gaseosas costaban quince centavos. Su casa, en la esquina, tenía un gran árbol por el que trepaba con una agilidad imposible. Su hermana y yo jugábamos a las muñecas. No lo sabíamos, pero nuestros juegos serían hoy auténticas películas de acción. Había en ellas inundaciones, avalanchas, ataques de piratas, pirañas asesinas y demás plagas que dejaban chiquitas a las del catecismo.

Un día la mamá de Ricky Tutti Frutti dispuso celebrarle una piñata. Tuve una bronca colosal con mi mamá porque me puso un vestido ridículo con un enorme lazo en la espalda y el fustán almidonado. “Vestido de niña”. En la fiesta se me olvidó la cólera. El clímax era, por supuesto, la quiebra de la piñata. Por primera vez iba a participar de ese rito propiciatorio y mi emoción era intensa. Me vendaron los ojos y me pusieron en las manos el palo. No sé quién tuvo la idea de improvisarlo con un engalanado bate de beis.

Me dediqué repartir mandobles. Mi puntería fue certera y comenzaron a caer los dulces. Los cipotes se lanzaron en estampida a recogerlos y en una de esas la punta del bate erró y siguió su trayectoria hacia el piso. La mala suerte fue que el hueso occipital de alguien se puso en curso de colisión con el bate de beis.

De más está decir que hasta allí llegó la fiesta. Los invitados salieron en estampida. La progenitora de Ricky Tutti Frutti se lo llevó corriendo a la Cruz Roja donde le dieron doce puntadas, y mi mamá, achicadísima, se deshizo en disculpas.

A mí no se me olvidó nunca. Al día siguiente, cuando el cumpleañero reapareció con la cabeza vendada, en desagravio yo le llevé la colección de chibolas y chirolones que me había regalado mi abuelo. Ese era el mayor tesoro de mi infancia.

Y Ricky, que siempre era arisco y huraño, me correspondió con un enorme pedazo de pastel sobre el que destacaba la rosa de dulce: el bocado más perseguido, el auténtico premio Óscar de todos los cumpleaños.

Nunca volví a ver a Ricky Tutti Frutti. Un día su familia se mudó y no regresó. Pero yo guardo siempre el recuerdo de esa rosa de dulce… Y sé que, donde quiera que se encuentren, las chibolas de mi abuelo están en buenas manos.

***

Aída Párraga

La infancia entre libros y escritores

Salarrué celebró una fiesta en su casa, ella no recuerda detalles, pero sí asegura que vio a aquel hombre alto y de ojos azules que ya era un referente de la narrativa salvadoreña. La infancia de Aída Párraga pasó así, entre libros y escritores célebres.

Recuerda a su padre visitando a Hugo Lindo en su librería Altamar, a cuatro cuadras de la casa donde ella todavía vive, cerca de la avenida Olímpica. Mientras su padre, un ingeniero civil, hablaba con Lindo, Aída y su hermano revoloteaban entre los estantes de aquella librería desaparecida y fundada por el poeta.

Todo eso lo revela una mañana en un café del centro de San Salvador. Para atender esta entrevista, ha hecho tiempo entre su agenda apretada de artista, locutora e ingeniera electricista.

“En mi casa siempre hubo muchos libros”, cuenta. Tanto así que los libros se convirtieron en sus regalos de cumpleaños de infancia. A los siete años, en 1973, veía cómo a su casa llegaban cajas con colecciones de libros del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, que fue dirigido años antes por el poeta Ricardo Trigueros de León, otro amigo de su papá. Hoy a esta instancia se le llama Dirección de Publicaciones e Impresos y sigue adscrita al Ministerio de Cultura.

Una vez que Aída se enamoró de las letras, también lo hizo del teatro. En 1990 viajó al Festival Latino de Teatro en Nueva York, como parte de la Compañía Nacional de Teatro. Y hoy forma parte del elenco de la compañía Teatro Hamlet.
En 1995 reconfirmó que lo suyo era escribir, cuando ganó en la rama de ensayo el primer lugar en el Certamen Literario de Poesía Joven Femenina organizado por la UNESCO. Ese año Maura Echeverría y Claudia Herodier la invitaron a formar parte de Poesía y Más, que hasta hoy realiza recitales de poesía dramática. Por ese tiempo Aída fundó el programa “La Bohemia”, en la radio YSUCA, donde lleva a invitados destacados en el área cultural.

Aída Párraga

Yo me imagino ser

una palmera de sueltas greñas,

con el viento salado de la noche

besando la apacible desnudez

de las arenas.

Me imagino más cerca

de lo alto,

de lo dulcemente azul

que nos rodea

y contemplarlo…

Soy palmera hundiéndome en las nubes,

en la soledad de plumas nacaradas,

en el callado viento que murmura.

Historias de sangre, sal y barcos.

Soy la única palmera que subsiste,

la única sobreviviente a la sequía.

Sola, erguida en esta isla

sin más testigos que la espuma,

que la arena y que los astros.

Espiga sin voz que va arrullando

el dormirse tranquilo de las horas,

verde que sostienen las gaviotas,

verde que se estira hasta más verde

y que a veces

también llora.

***

Susana Reyes
Susana Reyes

“Crecí recolectando historias”

Una enfermera sale una mañana de su casa en San Salvador, debe viajar a su trabajo a San Juan Tepezontes, en La Paz. Afuera hay guerra. Es El Salvador de 1980. Unos minutos después de dejar la casa, la enfermera regresa. Su hija, asustada, le abre la puerta. Regresó solo para entregarle un libro que encontró en la calle.

La niña que recibió el libro se llama Susana Reyes y ese libro fue “Solo amor”, de Pedro Geoffroy Rivas.

“Crecí recolectando historias, momentos posibles de una vida”, dice en el jardín del Museo de Arte. Esas historias son sus paseos en bicicleta por las calles de aquel San Salvador sometido a los toques de queda; su abuela escuchando las homilías de Monseñor Romero, leyéndole los periódicos o recitándole a Rubén Darío; y las aventuras con una amiga de infancia a la que años después le dedicó el poemario “Postales urbanas”, para contarle cómo es ahora esa ciudad que vieron derrumbarse.

Susana nació en San Salvador, pero su familia materna es de Honduras. A los 13 años, Susana le pidió a su mamá que la matriculara en un colegio que para los ingresos de su familia y la época era caro. Se fue siguiendo a una amiga, no sin antes prometerle a su mamá que ahí conseguiría trabajo. Lo hizo, estudió Secretariado y también se enamoró del teatro, al que le dedicó tiempo hasta sus 20 años.

En septiembre de 1989 comenzó a trabajar de secretaria en la imprenta de la UCA, donde el académico y escritor Rafael Rodríguez la convenció para que estudiara la extinta carrera de Letras. “Ahí vas a ver dramaturgia”, le dijo. La dramaturgia es otra de sus pasiones. También recordaba que su mamá siempre la aconsejó que estudiara, porque el estudio era lo único que le quedaría.

Durante la carrera universitaria Susana comenzó a escribir poesía y sigue atrapada en ella. Vive con sus gatos en esta urbe que ama. La urbe que le quedó después de la guerra.

Susana Reyes

“Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores”. Jorge Luis Borges


La niña tomó sus cuadernos
puso en su cintura el viejo cincho
Cuando la abuela no veía
se colocó los chores bajo la falda
Sus manos callosas no coincidían
con el oficio del lápiz
Llevaba meses jugando a guindar la risa
en barrotes de hierro
La mañana olía a un sol eterno
y ahora recuerdo los cabellos colgando
el rojo y el amarillo
el chor celeste, el ocre, el salmón
espacio seguro
simples cómplices
De grande aprendió el nombre
de algunos de esos colores
de sus fibras en la respiración
de las agujas taladrándolos
de los horarios con que la anudaban
del recuerdo impreso en las viñetas.

***

Claudia Meyer
Claudia Meyer

La niña que acusaron de plagio

Claudia Meyer tenía seis años y estaba en segundo grado cuando fue acusada de plagio. Era 1986 y en el Colegio Belén, en Santa Tecla, le habían dejado como tarea la descripción de un lugar, pero no le indicaron el formato para presentar la tarea.
La niña había crecido entre paseos en la playa con el abuelo, quien le enseñó a amar el cine con sus visitas domingueras a los cines tecleños de antaño. En su casa siempre hubo libros y enciclopedias españolas, que a ella le gustaba hojear. Para su tarea se le ocurrió describir un prado y lo hizo con versos y en rima, pero no creyeron que ese poema era de ella.
“Me dio la satisfacción de pensar que el trabajo estaba tan bueno que creyeron que lo había copiado”, cuenta años después sentada sobre una tumba del cementerio de Santa Tecla, el lugar donde una tarde de febrero habla de cómo llegó a la poesía. En este cementerio están enterrados sus abuelos y fue el lugar donde hizo su primera sesión de fotografías, cuando entre 1999 y 2000 perteneció al taller literario Tecpán.
En 1996, Claudia era estudiante de bachillerato y tuvo otro encuentro con la poesía. A su colegio llegó un grupo de poetas para hacer un recital. Sus compañeras aprovecharon para entregarle al poeta Otoniel Guevara un cuaderno donde ella había escrito poemas. Otoniel se tomó el tiempo de hacerle observaciones a lápiz y publicó uno de estos poemas en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Co Latino. La publicación fue clave para que Claudia reconfirmara que era una poeta nata.
Años después, los poemas de aquella niña acusada de plagio han sido galardonados y también publicados a escala nacional y fuera de El Salvador. Claudia también es mercadóloga, trabaja de forma independiente, se dedica a la docencia universitaria y colabora como investigadora en la Universidad Francisco Gavidia.

Claudia Meyer


Es mía la gruta, también le pertenezco.
No permite goce ni vano sueño.
En mí le llevo, somos una,
oquedad que inhala y se ahoga en estertores.
De ti liberarme o prescindir nunca:
sin ti, mi dolor, mi herida,
no sabría reconocerme en el espejo.

***

Ana Escoto

La escritora que buscó el anonimato para publicar

A los 13 años Ana Escoto comprendió que escribir literatura era una forma de reconciliarse con ella y con el mundo, pero cuidaba que nadie viera sus escritos. A los 20, se arriesgó a publicar sus textos en foros de internet, buscando el anonimato.

“Era más anónimo y a uno le daba la idea de decir ‘bueno, probablemente si está mal, no importa, porque nadie sabe quién soy’”, relata Ana, desde Ciudad de México, país donde vive desde 2008.
Ella forma parte de la diáspora de intelectuales salvadoreños alrededor del mundo. Tiene 35 años y es una de las voces jóvenes en la narrativa nacional. En julio publica su segundo libro de cuentos, “De los problemas de enamorarse”, en el que explora las concepciones de enamoramiento que impiden acercarse y conocer a otras personas.
La lectura la llevó a la escritura. Su acercamiento a los libros fue a los nueve años en el Colegio Externado San José, cuando sus maestros la llevaban junto a sus compañeros a la biblioteca y les ponían rimeros de libros. Ahí conoció a los clásicos salvadoreños, prestó libros y los devoró.

Ana también es economista graduada de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y tiene un doctorado en Estudios de Población en el Colegio de México. Trabaja como catedrática de planta en la Facultad de Ciencias Política y Sociales de la Universidad Autónoma Nacional de México, donde imparte clases de Estadística y Demografía. Dice que a veces se siente más académica que artista.
Perteneció a la Casa del Escritor, un taller que durante nueve años fue liderado por el fallecido escritor Rafael Menjívar Ochoa. Aunque a ese taller llegó escribiendo poesía, hoy escribe narrativa. Su primer libro de cuentos fue publicado en 2008, se llama “Menguantes y otras creaturas”, en el que juega con la cotidianidad y su pesadez.

Ana Escoto

“Historia del feminismo o una carta muy cursi”

Es extraño, pero me levanté con enormes ganas de ser un champiñón. Pero no cualquier champiñón: uno resistente al frío. Y es que sí, lo acepto, me había dado por cosificarme: ser tu camisa, ser el libro que leés, ser el lápiz con el que escribís, ser el reloj azul que usás de vez en cuando. Esto quiere decir que ya salté. Evolucioné y llegué al mundo de los vivos. Quizás empezaré a respirar y compartiremos aire. Después seré un sancarlos amandarinado –del reino fungi me paso al de las plantas– y entonces fotosintetizaré el dióxido que emitís. Luego seré un lindo labrador negro –jamás un gato– que ande cerca de tu regazo. Y quizás entonces, me dé por ser parte de tus razones y pensamientos. Seré incorpórea antes de dar el gran paso: ser la mujer que soy a este lado, mi lado; a tu lado.

***

Jeannette Cruz

“Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir”

La primera vez que recuerda que escribió fue un poema a su mamá. Hoy le parece terrible, pero a sus 12 años le emocionaba. Fue por ese tiempo que su papá, que tiene un negocio en el centro de San Salvador, le regaló una colección de 20 libros de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña de la Dirección de Publicaciones e Impresos. Entre esos libros el que más recuerda es “Andanzas y malandanzas”, de Alberto Rivas Bonilla.
Jeannette Cruz estudió Comunicaciones y trabaja en una empresa de marketing. Es directa al decir que del arte no se vive. “Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir. Yo sé de gente que lo hace y encuentro que son increíblemente valientes, porque yo no podría”, sostiene desde un centro comercial a las faldas del volcán de San Salvador.
Ahora, estudia los símbolos y el sonido para un libro de 20 cuentos que está en proceso de creación. Es otra de las voces jóvenes de la literatura salvadoreña.
A sus 31 años, Jeannette ya ha publicado sus primeros textos en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura, en la antología centroamericana de narrativa “Tierra breve” y recientemente en la antología “El territorio del ciprés”, que reúne a otras voces de su generación, como producto del taller literario Palabra y Obra, a cargo de la escritora Susana Reyes.
Para esa antología trabajó 10 cuentos por años, pero de esos seleccionó tres, unidos por el tema en común de la muerte y presentando a mujeres que viven la cotidianidad salvadoreña desde sus miedos.
A ella le parece importante que haya una reforma educativa, para que desde la academia se le apueste a disciplinas holísticas y eso implique el mayor acercamiento de los niños a la lectura, sobre todo con el uso de las nuevas tecnologías.

Jeannette Cruz

“Tus brazos son dos troncos anegados”

Cuando llegué al sendero, ya empezaba el cielo a perder su anaranjado. Andaba descalza y el frío de la tierra me distraía de la bulla del corazón que me saltaba debajo de las chiches. El amate era un viejito con bordón sentado a la orilla del barranco y yo me senté con él. A mí Daniel me dijo que viniera y yo vine porque me dio miedo que se fuera sin mí. Yo esto no se lo diría a nadie porque una debe mantener la dignidad, pero te lo cuento a vos ya en confianza, de todas formas. No tenía miedo de estar sola en medio de la finca en la noche más oscura (estas noches en que, según Daniel, la diosa está hecha pedazos en el suelo). Yo tenía miedo de quedarme sola en la vida. Y Daniel es bueno. Cada noche que dormía abrazado conmigo me contaba historias que nunca había escuchado y me aullaba suavecito al oído y me decía “así le hace el Cadejo” y gruñía, de muchos modos gruñía. Yo le preguntaba de dónde sacaba todas esas voces pero no contestaba. A mí siempre me gustó dormir con él, aun sabiendo que si mi tía se enteraba me mataría. Yo sé que a estas alturas eso ya no te importa, pero hay peores muertes que la muerte, y eso no lo podés saber.

Me acuerdo de que cuando levanté los ojos ya era de noche, me había quedado dormida y Daniel no llegaba. Las flores blancas brillaban sobre los amates del camino; yo no alcanzaba ni a verme las manos. De pronto escuché un ruido de pasos y hojas, mi corazón volvió a retumbar y me quedé tan quieta que creo que dejé de respirar. Daniel me dijo: “Te voy a llevar al pozo”, y yo le pregunté que a cuál, no me contestó, como cuando le pregunto dónde vive. Me agarró de la mano y empezamos a caminar, pero ya no seguimos el sendero. Yo sabía que después de esos árboles solo había monte. Le dije que si no me contestaba no lo seguía. Él se dio la media vuelta para mirarme, supuse, no se veía nada más que los amates. Lo escuché suspirar, “ya hablamos de esto”, y yo le dije que sí, pero que me contestara, y él me pidió que por favor solo lo siguiera. Lo hice porque Daniel me quiere más a mí de lo que yo lo quiero a él, eso siempre ha sido así, la que tiene el poder de joder al otro soy yo. El pozo estaba en medio de un llano, y había una claridad azul que me dejaba distinguir la cara de Daniel del fondo del cielo. Se veía triste. Daniel me dijo que me asomara al agua y, cuando lo hice, sentí como su brazo me rodeaba la cintura desde atrás. “Quiero que sepás que esto lo hago por vos”, me dijo, y me cortó el cuello con su navaja, me dibujó una medialuna en la garganta. Yo me quedé quietecita, agarrada a las piedras del muro, el corazón ahora me palpitaba en la línea roja del cuello.

Daniel te empujó con suavidad hacia adelante. El agua ni siquiera hizo ruido al recibirte. Entonces vi como Daniel se asomó para verte desde arriba, con lástima, y suspiró “pero qué bonita sos”. Y me dio pena por él, pobrecito, las cosas que hacen los espíritus cuando son los que quieren más. Entonces me asomé yo también al pozo y vi tu brillo de flor de amate, y vi cómo el agua se apartaba de tu sangre para no ensuciarla, y vi a mis propios brazos, ahora tus brazos, dos pedazos de leña flotando abandonados, y vi tu nuca suave ofreciéndose a la luna nueva y me di cuenta de que le empezaban a nacer flores amarillas a mi espalda que ahora es tu espalda de cadáver.

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Nicole Membreño Chía

“La literatura se alinea con mis metas de activismo”

Nicole Membreño Chía escribe sobre la realidad de las mujeres en uno de los países más violentos del mundo. Escribe literatura porque es un complemento con su papel de mujer activista por la diversidad sexual. “Se alinea con mis metas de activismo”, reconoce.
Tiene 31 años, ganas de escribir y de involucrarse en cambios sociales. Dice que para prepararse tiene que salir del país, porque acá lo único que le queda es volverse autodidacta y leer mucho.
Intentó estudiar Letras en la Universidad de El Salvador, pero sus papás no la apoyaron. Así que estudió Mercadeo y hoy trabaja desde su casa con una compañía, pero también dedica tiempo a leer literatura y sobre activismo. A veces piensa que debió haber estudiado Antropología, porque aunque le cuesta interactuar con las personas, sí le gusta observar sus interacciones.
De pequeña recuerda que sus ejercicios eran escribir parodias de otros libros. Desde hace cinco años inició su formación en las letras, cuando recibió un taller con la escritora Susana Reyes. Producto del proceso creativo publicó en 2018 tres cuentos en la antología “El territorio del ciprés”. También otro de sus cuentos fue publicado en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
En su narrativa intenta reflejar cómo la ficción es parte de los componentes de El Salvador. Se dedica a reflexionar sobre la delgada línea que existe a diario entre lo increíble y lo creíble. Por ejemplo, nunca olvida que cuando terminó de depurar uno de sus cuentos, ya publicado y que trata sobre un feminicidio, fue asesinada la doctora Rosa María Vega, en Santa Ana, de una forma parecida a la que ella lo relata en su texto.

Nicole Membreño Chía

“ENTRE LOBOS”
Un cuento venezolano

Recuerdo la primera vez que te vi. Estabas tan diferente. Atrapabas un cigarro entre los labios, y el cabello caía sobre tus hombros como fuente castaña, con los jeans rotos y chaqueta negra, tan despreocupada y veinteañera como cualquier otra. Te veías dispuesta a todo, Inés, el mundo siempre fue tuyo.

Te gustaba sentarte al borde de la calle después de clases, con una arepa de carne en las manos y las mejillas grasientas de placer. Eras como una sirena encallada en el asfalto, entre edificios grises y arrecifes de personas; irradiabas magia y un aire místico que nadie en esta ciudad posee, hasta se corrían rumores de que eras gitana, de esas que hechizan de amor y leen las cartas.

Todas eran habladurías, no podías jugar ni al póquer y la única magia provenía de tus caderas, como supe mucho tiempo después, cuando finalmente accediste a la inclemencia de mis deseos, Inés.

Confieso que te observé durante mucho tiempo antes de acercarme. Una noche tus ojos de almendra me encontraron fingiendo que no te miraba, confundiéndome con los demás peces. Fue entonces que me elegiste, para un momento o dos. Yo aún no lo sabía: para mí, tú serías eterna.

Te recuerdo salvaje, tal como eras. Una criatura que emergía desde lo más profundo de la tierra, una fiera, Inés. Te recuerdo rota y remendada, ligeramente descompuesta… ni siquiera mis cuentos, ni las promesas que te hice lograron detener tus pasos errantes.

Tu inquietud se me hacía cada vez más imposible; yo rayaba en la sencillez y tus dilemas se extendían sobre mí, envolviéndome en espuma impenetrable. Tú te cansabas de mis acertijos y de mis pasos de viejo joven. No te culpo por haberte marchado.

Me gusta creer que me amaste y que te amé, y que todas esas conversaciones revolucionarias fueron más que palabras vacías. Algo más que mi anhelo por poseerte y el tuyo por ser libre. Nos parecíamos tanto y a la vez tan poco, tú siempre corriendo y yo así, despacio. Nuestro tiempo se fue demasiado rápido.

Y esta noche estás a mis pies, tan serena y lívida como nunca, con el cabello castaño derramado en todas partes. Tu rostro encendido, inmortal. Una oveja entre los lobos. Ni el ruido ni el ajetreo de los demás manifestantes te despiertan, Inés.

Estás fuera de lugar, con tu cuerpo de sirena en un mar tibio de sangre, y casi sonrío con la ironía de darme cuenta de que, de todas las noches, fue precisamente en esta en que encontraste la libertad.

***

Ana María Rivas

La noventera que escribe sus sueños

Ana María Rivas soñó que la operaban en una mesa. Ese sueño luego se convirtió en un cuento: un hombre al que operan y le extraen mariposas del estómago. Una alegoría de los sueños que el humano gesta y que el mundo los arranca.
Ana María es noventera, nació después que acabó la guerra. Lo hizo rodeada de maestras y eso le permitió tener libros a su alcance. Primero leyó las enciclopedias, y cuando comenzó a estudiar, fue atrapada por los libros de texto, sin estar consciente que parte de lo que leía era literatura.
“Parte del combustible, la materia para crear, ha surgido a partir de mis sueños”, dice a sus 24 años.
En un país sin oportunidades para la formación artística, Ana María llegó a los 13 años a la extinta Escuela de Jóvenes Talentos en Letras, un proyecto apoyado por la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD) y el Ministerio de Educación, que pretendió formar a escritores y pensadores a escala nacional, tomándolos de escuelas públicas de todo el país.
En ese espacio formativo recibió clases con escritores como Susana Reyes, Claudia Meyer, Carlos Clará y Osvaldo Hernández. Aunque para entonces escribía poesía, por un tiempo probó con la narrativa y hoy ha vuelto a la poesía.
En 2014 sus primeros textos aparecieron en la compilación literaria “Sextante”, publicada por la UJMD. Hace dos años tres poemas de su autoría también fueron publicados en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
Su tiempo para escribir lo mezcla con las artes visuales y el trabajo en una empresa. Estudia el quinto año de la Licenciatura en Artes Plástica con opción en Pintura. Ana María debe parte de sus textos a ese mundo onírico que puede confundirse con la realidad, pero por hoy tiene en mente trabajar performances que partan de sus textos.

Ana María Rivas

“MOTHER”

“Oh madre oscura, hiéreme con diez cuchillos en el corazón”. P. Neruda


Madre: ¿has escuchado tu voz los últimos años?
¿sabes acaso que has perdido
tu nombre
tu edad
y tus sueños?
Te cambiaron los ojos por dardos
los dedos por gusanos
y los pies por estacas.

Te llamo madre porque no sé decirte de otro modo.
No puedo llamarte mujer ni anciana ni monstruo.

El café desborda en la cocina
y te has quedado dormida frente al tele.
Han pasado siglos y tus huesos siguen habitando la sala,
la tierra en la boca, el veneno en tus párpados.

Madre, ¿dónde guardaste las píldoras del insomnio?
En estos días necesito
coserme los ojos y esperar la muerte.


Mi madre es un pez sin océano ni estanque,
ojos de ceniza en la habitación de mi memoria.

Ella soñó parir a muchos hombres
que postraban sus rodillas
y adoraban su vientre.

Mi madre mató a sus hijos.
Y por cada uno se clavó una aguja:
Era tan grande su estirpe
que no fue más mujer sino acero
y entre carne y sangre
se volvió una espina.

Mi madre volcó su imperio de cruces en mi falda
impuso sus manos en los hijos que aún no tengo
y les dio veneno porque odia las ratas.


Madre, cántame una canción de cuna
donde quepan las distancias del mundo
y el rostro donde se queman los espejos,
Cántame noches sin amanecer que me separen
de la fe de enterrar mis manos en los astros.

Téjeme una mortaja por vestido
hazme trenzas en el cuello
y sujétame a las vigas,
méceme, seré tu péndulo
una muñeca amplia oscilando entre los muebles.


Madre, olvidé decirte que nadie tiene una madre.

“El territorio del ciprés”

Ilustración de Moris Aldana

«Marina»

Hugo G. Sánchez

Marina despierta con el desaliento empotrado en el cuerpo, siente que le carcome los huesos y le invita cada mañana a terminar de derrumbarse. La mujer se sienta y contempla en una mesa, junto a su cama, la mecha negra y marchita de la vela que durante mucho tiempo ha iluminado el rostro de su hijo. Se apresura a sacar de su delantal una veladora nueva, una con la estampita de san Judas Tadeo, y la enciende. Su madre le enseñó que cada vela en favor de un ausente es una plegaria perenne y una guía, y que, si se apaga, este perderá el camino de regreso. Ella sabe que el cansancio y el tiempo le han comenzado a ganar la carrera y le hacen más corto el aliento; siente vergüenza y un presentimiento indescifrable le golpea el pecho, cree que con su descuido ha llamado a la desgracia.

Saca de debajo de la cama el guacal con agua limpia que llenó por la noche, moja un trozo de tela roída y comienza a limpiarse de la cara a los pies; después se humedece el cabello, lo peina, hace una bola con el pelo que queda en sus manos y la tira al suelo. Se viste con ropa limpia y comienza a preparar las prendas para la venta. Uno a uno se coloca los blúmeres, las tangas, los hilos y los cacheteros en el brazo derecho, lo copa. En el izquierdo repite el ritual con los brasieres, los de varilla, sin varilla, con relleno, con «push up» y los «strapless».

Marina sale, camina hacia el centro de San Salvador, allí se la ve casi a diario revolotear como una mariposa. Las telas de la ropa que vende le dan textura y color a sus alas. En las delegaciones de la Policía, en los hospitales y en las morgues también se la ve, pero como una mariposa triste.

Su caminar da frutos lentamente, tarda más de lo esperado en vender lo suficiente como para continuar con la búsqueda de su hijo, para pagar los pasajes para llegar hasta al lugar donde el ingeniero la ha citado. La tarde se acerca, ella se dirige al sitio con una leve esperanza, pero también con el tímido deseo de no concluir ahí su faena.

El día que el chico se ausentó, Marina estaba despierta desde las 5, se quedó en cama a la espera de que sonara la alarma del teléfono de su hijo. El aparato marcó las 6, ella se cambió de ropa para salir a la calle por dos sobres de café Listo, dos huevos, una cora de frijoles y pan. Afuera clareaba, el humo de los buses empañaba los paisajes, sus pitos golpeaban los oídos, el bullicio de la ciudad se aceleraba a cada momento como un corazón nervioso. Regresó pronto, la alarma seguía sonando, preparó la comida. El joven salió de la ducha que compartía con todos los habitantes del mesón, desayunó y vistió la camisa blanca, ya de tono amarillento, y el pantalón azul del uniforme escolar. Marina lo besó en la frente, le puso el escapulario que le regaló por sus 15 años y le pidió que se cuidara mucho. Él se limpió la saliva con el brazo, ocultó la prenda bajó la camisa y se fue.

Marina, con los brazos llenos de calzones y brasieres, se fue a vender y regresó al mesón pasadas las 11 de la mañana para esperar a su hijo con el almuerzo y retomar juntos la venta. Lo esperó hasta cerca de la 1 de la tarde, pero el chico no volvió. La mujer le dejó para almorzar una pieza de sardina, un puñado de arroz y dos tortillas. Se fue tranquila porque no era la primera vez que él se iba por la tarde a vagar. Cuando hacía esto, el muchacho la esperaba en la noche en una esquina cerca del mesón. Esta vez no fue así.

Algo sombrío se posó en la mente de Marina cuando volvió y el joven no estaba. La inundó un sentimiento de enojo, por la prolongada salida, y de temor, porque la ciudad a oscuras, San Salvador a oscuras, es tierra enemiga, aunque uno sea hijo de ese mismo concreto.

En vela esperó a que asomara la mañana. Llegada la hora en la que entraban los estudiantes a la escuela marchó para preguntar por su muchacho. Por boca de varias personas supo que el chico llegó a tiempo, que recibió clases, que salió a recreo, que se peleó con alguien, a quien nadie quiso señalar y que ante la pregunta de su nombre el silencio era la respuesta. También supo que lo dejaron castigado bajo el sol hasta el segundo recreo, que se fue a la hora de siempre. Nada más.

Trató de reconstruir los pasos de su hijo: fue a una cancha cercana, rondó el mercado Tinetti, caminó entre sus corredores. Preguntó a quién pudo y cuando se cansó de preguntar, preguntó más. A mediodía deshizo el camino andado y volvió al mesón, la esperanza de encontrarlo en casa fue vana. Dejó nuevamente un plato con comida para el chico y salió a vender.

En el centro preguntó a varias de sus compañeras de calle, algunas eran madres de otros muchachos que cursaban estudios con su hijo, pero ninguna sabía nada diferente a lo que Marina había escuchado. Una de ellas le dijo que apurara el paso, que fuera a la Policía si no llegaba esa noche, que habían rumores de que los bichos estaban limpiando la zona de los que no era brincados, que letras y números andaban en las mismas.

Cerca de las 6 de la tarde, volvió al mesón. La esquina estaba nuevamente sola. Esa noche solo el miedo la acompañó.

Los primeros rayos que entraron por la ventana le hirieron la mirada, se levantó de la cama, todo le parecía opaco, como envuelto por una niebla. Bebió un café, buscó la foto más reciente del chico, también su partida de nacimiento. Prendió una vieja radio, sonaban himnos religiosos, creyó que eso la reconfortaría, pero las voces eran tenues, lejanas, irreales. Las dejó un rato solo para sentir algo de compañía.

Volvió a la escuela, volvió a la cancha, volvió al mercado, al mediodía volvió a su cuarto y nada. En ninguna esquina nadie la aguardaba.

Marina dejó nuevamente un plato con comida, vistió sus alas y se fue a vender. Se dirigió a los chupaderos de El Zurita, era una ruta acostumbrada y que sabía que su hijo disfrutaba por la cercanía con las mujeres vestidas solo en los pechos y la entrepierna. Ella entró a varios negocios con la foto del muchacho en mano y preguntó a las encargadas, a las putas, a los lustradores, a los bolos y nadie sabía nada, parecía que en esta ciudad nadie nunca sabe nada.

La única pista que obtuvo fue en el local de la Charlotte, uno de los travestis más cotizados de la cuadra, una cliente asidua de sus hilos y tangas, y con quien sospechaba que su hijo se había desvirgado. Al ver llegar a Marina, Charlotte se apresuró a llevarla hasta el baño con el pretexto de probarse algunas prendas, ahí se encerraron.

—A su hijo lo vieron pelearse con «el Skinny» en la escuela y dicen que después se encontraron en una de las entradas del Hoyo, de ahí nadie sabe para dónde se lo llevó y no vaya a decir ni mierda de que yo le conté, que los bichos me van a batear, sino es que amanezco ensabanada en la calle –le dijo la Charlotte.

Antes de marcharse, las mujeres se congregaron alrededor suyo y en un gesto solidario algunas abonaron sus deudas, otras se quedaron con más ropa y sus cuentas en un viejo cuaderno crecieron un poco más.

Marina conocía al «Skinny», recordó que era uno de los chequeos en el barrio San Esteban y que estaba a punto de brincarse y sintió más miedo.

De la rocola salía la voz de un charro, la vida misma le dedicaba una canción a Marina: «Cuatro caminos hay en mi vida, cuál de los cuatro será el mejor, tú que me viste llorar de angustia, dime, paloma, por cuál me voy».

Esa noche prendió por primera vez una veladora frente a la foto del chico.

Ilustración de Moris Aldana

Llegó la mañana del cuarto día. Intuyó que sería un desperdicio de tiempo buscar al «Skinny» y decidió apuntar más arriba, se fue a hablar con «el Ácido», el palabrero de la zona y a quien conocía desde cipote. Lo encontró en La Barca del Olvido, un chupadero de fachada para la casa destroyer. Marina llegó hasta la mesa en la que estaba, le deslizó la foto de su hijo.

—¿Ustedes lo tienen? ¿Dónde está? –preguntó Marina sin recibir respuesta–. Lo vieron con uno de tus bichos, entregámelo y te juro que nos vamos de aquí y no nos vuelven a ver.

El hombre seguía sin pronunciar palabra, Marina lloraba, una mezcla de aflicción, impotencia y miedo le apretaba la garganta.

—Por la memoria de tu viejita ayudame, mi hijo no les ha hecho nada o por lo menos decime dónde buscar.

—Por respeto a mi jefita no le voy dar plomo, va, que aquí no se viene sin permiso aunque sea la nana de Tarzán –dijo «el Ácido» mientras colocaba un revólver junto a la foto del muchacho–, y mejor quédese quieta, madre, que si no le vamos a dar luz verde –sin respuestas, Marina volvió al camino.

No esperó a que llegara el mediodía para gastar su último cartucho, se fue a la Policía a denunciar la ausencia de su hijo, a decir lo que sabía.

—No se agite, madre, vaya a descansar que nosotros nos encargamos de buscar a su muchacho –le dijo el agente que le tomó la declaración. Después se fue al hospital y finalmente a la morgue. Así Marina comenzó el ritual que le marcaría la vida.

En su recorrido fue parando ante cada persona que encontraba para preguntar por su hijo, con sus alas variopintas subió del Castillo de la Policía por la Calle de la Amargura, en la que cada Semana Santa pasan las procesiones, viviendo su propio viacrucis, sin espectadores, sin cantos, sin penitencias de otros, hasta el mercado Central. Esa noche su cuarto fue un abismo. Esa noche, la cuarta sin el muchacho, la visitaron los bichos.

—Te vas a morir, vieja puta, por andar de bocona, callate o te vamos a partir en pedacitos y te vamos a dar de hartar a los perros –amenazó una voz tras la puerta–. Marina se hundió en el rincón más oscuro de su habitación, arropada solo por la luz de la vela.

Llegaron un par de veces más, pero con los días fue cesando el acoso, los bichos terminaron comprendiendo que no valía la pena gastar plomo en una vieja a la que nadie iba a escuchar.

Al ingeniero, un forense que coleccionaba fotos de desaparecidos y que trataba de ayudar a madres como ella, lo conoció cuando agregó los cementerios clandestinos que los bichos van dejando a la camándula de sitios que visita para dar con su muchacho.

El forense la citó en las cercanías del cerro de San Jacinto. Marina llega hasta una pronunciada cuesta, en el lugar conoce más a fondo la barbarie, el miedo la deja y la posee el dolor. Allí cree reconocer unos zapatos, una camisa, un escapulario. El ingeniero le toma muestras, le da una contraseña, le pide que tenga fe, que aguarde los resultados.

Marina baja del cerro por la Santa Marta y hace señas a un autobús, este para varios metros adelante, Marina trata de caminar rápido para subirse por la puerta trasera, siente que en ese esfuerzo se le va la vida.

Se deshace de sus alas, las mete en unas bolsas, coloca su carga en un asiento. Camina por el pasillo del viejo bus, paga los 20 centavos y cuando trata de regresar ve, con el rabillo del ojo, una camisa blanca con el cuello curtido, un olor agrio le penetra la nariz, es la mezcla de un perfume barato de lavanda y el sudor del día. Todo es tan familiar.

Un joven habla por teléfono, la voz hace que los ojos se le empañen a Marina, ruedan más lágrimas por su rostro, le toca el hombro.

—Perdone, madre, creo que se ha equivocado –le dice el pasajero tras mirarla por unos segundos y entender la mueca de su rostro.

—Perdóneme usted, lo confundí con alguien más –contesta ella y vuelve a su asiento sabiendo que a estas alturas su muchacho posiblemente no tenga retorno.

Marina llega a su cuarto, se sienta a la orilla de su cama, descarga el llanto acumulado. Se asegura de que la vela esté bien encendida, toma el retrato de su hijo, lo besa, se recuesta y trata de dormir.

La canción que sonó en el local de la Charlotte vuelve a ella, le resuena en la memoria como ese día: «Si es que te marchas, paloma blanca, alza tu vuelo poquito a poco, llévate mi alma bajo tus alas y dime adiós a pesar de todo».

Un fuerte viento entra por la ventana, la llama flaquea, las gruesas facciones del rostro del chico comienzan a desaparecer en la penumbra junto a la silueta de su madre acostada. La mariposa se marchita, la oscuridad se come todo.

Ilustración de Moris Aldana

“El territorio del ciprés” – cuento II

“El territorio del ciprés” – cuento II

Ilustración de Moris Aldana

“Itinerario”

Claudia Denisse Navas

Martes. Supe de su existencia porque nos intentó seguir. Salió de la nada y asustó a mi pequeño sobrino cuando maulló de repente, tras nuestros pasos. Posiblemente solo quería algo de comer, si es que a ese nivel de deterioro aún se puede tener hambre. Nos apresuramos para desprendernos de su súplica decadente, de su fisonomía decrépita, de su ligero olor agrio.

Miércoles. Oí un gruñido ronco y destemplado que me hizo dirigir la mirada hacia la esquina de la cuadra que yo recorría camino al trabajo. Se había plantado allí, sobre la acera, al cobijo del cesto metálico donde se acumulaban las bolsas con basura del barrio. Su pelambre parecía embadurnada de alguna sustancia húmeda y grasienta; puede que le lanzaran agua para alejarlo de las viviendas, o había dormido cerca de un desagüe. En el sitio donde debieron estar sus ojos se abrían unas cuencas carcomidas, con un centro sin brillo, color gris-pardo. Se había sentado en sus patas traseras y abría la boca al aire con intervalos pausados para dejar escapar un gorjeo agónico. Verlo era una afrenta; tenía color de suciedad y tristeza. Parecía una bolsa de basura más.

Jueves. Iba de nuevo a mi trabajo. Inevitablemente, lo busqué con la mirada. Se había movido a la esquina opuesta de donde estuvo el día anterior, y se había instalado bajo la frescura de un pequeño seto de claveles rojos, sobre el pavimento, con su pequeña cabeza apoyada contra el cordón de la cuneta, como queriendo empujarla. Estaba rígido. Su rostro tenía una mueca confusa que lo hacía parecer sonriente o muy infeliz. Lo miré durante el tiempo que duró mi trayectoria por la calle sin poder apartar mis ojos de aquella masa calamitosa y repugnante. El animal mantuvo su rigor, no se movió un milímetro, no emitió ningún sonido. Murió, me dije. Y seguí para mi trabajo.

Viernes. Allí estaba de nuevo. Lo miré con incredulidad, con terror, con asco. El animal seguía justo donde le diera por muerto el día anterior. Había cambiado de postura. Su diminuta cabeza se escondía tras sus dos patas delanteras, cubriéndose de la luz del día que debía torturarlo sin piedad aún en su agonía. El resto del cuerpo se arqueaba sobre sí mismo y, en conjunto, formaba un ovillo. Una jovencita que corría en dirección opuesta casi lo pisa; alcanzó a verlo y al saltar provocó que una leve nube de moscas se levantara y rápidamente volviera a caer sobre el animal. No se sentía pestilencia alguna, supuse que seguía vivo y me pregunté hasta cuándo duraría su suplicio.

Viernes en la noche. Regreso de mi trabajo. Morbo, lástima, curiosidad, no sé, pero bajo la luz blanca del alumbrado público escudriñé las esquinas de las calles, las cunetas, el cesto de basura, el seto de claveles. Todo limpio, todo está decentemente urbano. Llevo mi mano al pecho, sin pensarlo. Allí dentro también falta algo.


“El territorio del ciprés”

Los desaparecidos por uniformados

Ilustración de Moris Aldana

Maritza se encontraba a solo 10 pasos de William y Bryan esa mañana de miércoles. Estaba trabajando en el nuevo mercado de San Martín cuando vio cómo un grupo de soldados empezó a golpear a los dos muchachos de 17 años. Ella presenció cómo los militares les ordenaron quitarse la cintas de los zapatos. Con las pitas, les amarraron las manos por detrás de la espalda. Cuando ya los tenían sometidos, los sacaron del mercado.

El procedimiento no fue algo usual entre las ventas. En la detención hubo golpes y gritos. Maritza miró bien a los militares. Vio que dos de ellos vestían su uniforme camuflado de manera formal, mientras que otro llevaba la camisa afuera del pantalón. Observó que los uniformados llevaban boinas ocres y que estos se llevaron a William y Bryan sin explicarles por qué.

Ese miércoles de julio Bryan y William querían cortarse el pelo. Salieron de sus casas en la colonia Anémona, en San Martín, se cruzaron la carretera Panamericana y se dirigieron al nuevo mercado del municipio. Cuando estaban ahí adentro, pasaron cerca de Maritza y un grupo de militares los capturó. Este relato forma parte de un habeas corpus solicitado a la Sala de lo Constitucional.

Maritza es una de las testigos principales de esta situación. Se llama de otra forma, pero la sala decidió proteger su identidad en el documento público del caso. Durante tres años ha repetido con convicción que la Fuerza Armada desapareció a los dos adolescentes.

En El Salvador, la única circunstancia en la que legalmente se puede hablar de desaparición es cuando están involucrados los cuerpos de seguridad. Al resto de casos donde no se localiza a una persona se les llama privación de libertad. La desaparición forzada es una herencia de la guerra civil que, aunque perdió volumen, no perdió vigencia. Los cuerpos de seguridad siguen siendo acusados como victimarios.

En 2016 se recibieron 15 denuncias de este tipo; en 2017, se tuvo conocimiento de 10. Para el año pasado, la cantidad de casos conocidos de manera oficial casi igualó la de los dos años anteriores juntos: se registraron 21 casos de desaparición forzada, de acuerdo con la Oficina de Acceso a la Información Pública de la PDDH.

William y Bryan desaparecieron hace cinco años. El Estado Mayor ha negado rotundamente la participación de personal suyo en alegato de que ese día no habían soldados destacados en el mercado. La negativa no impidió que Maritza, durante más de una ocasión, señalara a la Fuerza Armada como victimaria.

***

¿A quién denunciar?

La Policía y la Fiscalía no cuentan con un sistema homologado para registrar las denuncias de los desaparecidos en El Salvador. Cada institución maneja sus propias cifras y las estadísticas, a pesar de referirse a lo mismo, difieren entre sí.

La oficina pública que recibe más denuncias de desaparición forzada es la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). En los últimos tres años, ha recolectado 46 casos de este tipo. En cambio, en la Fiscalía, durante esos mismos tres años se han recibido siete denuncias. Y en la Policía, desde enero de 2016 a octubre de 2018, solo se registraron cinco acusaciones de esta índole.

Que la Policía sea la institución que menos denuncias por desaparición forzada recibe no es coincidencia. La PNC es la fuerza estatal más señalada por desaparecer gente en los casos documentados por la procuraduría. Se le acusa en el 67 % de las denuncias.

«Esa noticia no es gratificante, obviamente, para el componente policial», dice el inspector Wálter Guillén cuando se le cuestiona sobre estas denuncias en las oficinas centrales de la PNC. «Nosotros estamos dispuestos a verificar este tipo de situaciones que necesitan un estudio, tratamiento (para) ver si necesitan un ajuste a nivel policial».

Doce días después de la desaparición de los jóvenes en San Martín, Maritza asistió a declarar a la fiscalía. Dos años después, también dio su testimonio ante un notario. Además, en diciembre de 2016 declaró lo sucedido ante la Sala de lo Constitucional. A pesar de todos los esfuerzos de la mujer por hacer lo correcto al ser testigo de un crimen, Bryan y William no aparecen. Ningún soldado ha sido acusado.

«El tema de la desaparición forzada es bastante árido y sensible», comienza por explicar detrás de su escritorio Guadalupe de Echeverría, la jefa de la Unidad Especializada Antipandillas y Delitos de Homicidio de la Fiscalía. La fiscal acepta, sin vacilar, que –mediante investigaciones– se ha logrado identificar un patrón de desapariciones y ejecuciones extrajudiciales.

Echeverría sostiene que ha tenido conocimiento de grupos conformados por soldados, policías y civiles que se dedican a desaparecer a personas. La premisa de estos grupos es matar al que consideren enemigo en una guerra entre pandillas y agentes estatales. Cuando sospechan que una persona es pandillera, la desaparecen y «proceden posteriormente a ejecutarla», menciona la fiscal en esta fresca mañana de febrero.

De acuerdo con este análisis, hay agentes estatales que desaparecen y asesinan personas porque las consideran culpables de pertenecer a pandillas, sin investigación de por medio, sin debido proceso, con base solamente en la sospecha. A pesar de que la fiscal habla de un «patrón», enfatiza en que estos casos son responsabilidad de grupos de exterminio que actúan al margen de órdenes institucionales.

Al inspector Guillén se le cuestiona si dentro de la Policía se han identificado patrones de desaparición de personas por parte de autoridades estatales. La respuesta que da es la de alguien que no se sorprende al escuchar este tipo de acusaciones. «Siempre se mencionan algunos grupos que se toman una atribución en particular, pero nos desvinculamos totalmente de esas acciones. Las funciones de un agente no lo llaman a eso», afirma.

Ilustración de Moris Aldana

Los familiares de las víctimas no confían en el trabajo policial o fiscal. Eso no es secreto dentro del aparato estatal. Echeverría sabe que eso contribuye a que la denuncia sea mínima y que el subregistro sea un factor dominante. Las familias «realmente no lo denuncian de esa manera, al menos en la Policía no lo denuncian. En Fiscalía tampoco y probablemente (el delito) existe», acepta.

A pesar de no contar con estadísticas fidedignas, ni PDDH ni Fiscalía niegan la existencia de este fenómeno.

***

«Una cifra negra»

A William y Bryan los buscaron desde el primer día en que desaparecieron. Una familiar intentó encontrarlos en el puesto militar un par de horas después de la detención, pero «se le comunicó que personal propio de esa institución no había realizado ninguna captura», de acuerdo con documentación oficial. A la Fuerza Armada solo le tomó 2 horas adoptar la postura que ha mantenido hasta ahora: negarlo todo.

El 91 % de las víctimas de las denuncias de desaparición forzada de los últimos tres años son hombres. Los desaparecidos son, por regla, de clases sin privilegios. «Los perfiles son adolescentes y adultos jóvenes desde 17 a 30 años, aproximadamente. De escasos recursos económicos, del interior del país que viven en zonas de alto riesgo de amenazas de pandillas», asegura la procuraduría.

La abogada que presentó el caso de William y Bryan ante la sala denunció que después de sacarlos del mercado, los soldados llevaron a los muchachos a la colonia Santa María, un lugar dominado por la Mara Salvatrucha. El lugar en el que vivían los jóvenes es territorio controlado por la pandilla Barrio 18. La abogada explicó que la sola presencia de ellos en un lugar «contrario» puso en riesgo su vida. Y que eso comprueba que los jóvenes fueron trasladados a ese lugar en contra de su voluntad. Un joven de zonas conflictivas sabe bien cuáles son las fronteras que no debe cruzar.

Una semana después de su detención, los padres tenían la esperanza de encontrarlos con vida. Incluso, un grupo de personas se reunió frente al puesto militar de San Martín y protestó. Exigió información. Ahora, las posibilidades de encontrarlos vivos son pocas.

Algunos familiares de desaparecidos consideran que la denuncia es inútil y que los coloca en una situación más vulnerable. «Eso es una cifra negra que nosotros tenemos porque muchos familiares, por falta de confianza no acuden a la Policía ni a la Fiscalía. Por temor a las represalias o porque no confían en el sistema. Entonces, estas personas prefieren agotar otra vía. Van al Instituto de Medicina Legal a ver si hay algún levantamiento o a los hospitales», sostiene la jefa fiscal.

Bajo esta premisa, los familiares ya no buscan culpables. Se dedican a buscar un cadáver y, en el mejor de los casos, un herido.

***

Las víctimas y la sospecha

Al caer la noche, Alexánder encontró una iglesia donde le dieron comida y resguardo. «Estaba golpeado, iba con garrapatas, llevaba pulgas en las orejas, los pies hinchados, llenos de espinas, con el brazo completamente morado e inflamado de los golpes que le habían dado con las cachas de las pistolas los policías».

Horas antes, Alexánder había ido al molino con su abuela. Prepararon la masa para los tamales y, al volver, unos policías lo detuvieron y se lo llevaron. Los agentes lo creyeron pandillero y ese fue motivo suficiente para trasladarlo a una montaña. Ahí le ordenaron correr mientras disparaban, como quien caza a un animal. Alexánder corrió y corrió entre el monte, hasta que encontró una iglesia. Este relato se puede leer en la investigación «Una reconciliación a través de las víctimas».

«Volvieron las torturas, las detenciones arbitrarias, las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales», sentencia sin rodeos, el informe final. Esta investigación fue realizada por la Maestría de Teología Latinoamericana de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Se inició hace dos años, cuando un equipo de siete investigadores se dedicó a escuchar relatos de víctimas de la violencia actual para luego sistematizarlos.

Martha Zechmeister, la coordinadora de la investigación académica, identificó que la pobreza está relacionada directamente con ser candidato a la desaparición forzada. Usualmente, las zonas más populares y comunidades obreras son el caldo de cultivo para las pandillas. Por otro lado, también, son las zonas más estigmatizadas por la autoridad.

«Un joven que nace en zonas vulnerables es ya sospechoso. Cuando habla con los policías se pone en peligro enfrente de los mareros. Están en una trampa, no hay escape: cuando no habla con los policías es sospechoso para los policías», dice Zechmeister.

La investigadora logró identificar algo que ella llama «niveles de escalada de la violencia». En el primer nivel encontró «los usos cotidianos de la violencia, como golpear a un presunto marero a partir de una sospecha. El segundo nivel es que desaparecen jóvenes: los suben a un carro y los llevan. Les aplican tortura física. Cuando la familia tiene suerte, lo encuentra».

Esta visión, proveniente de la academia, coincide con el análisis que se ha hecho en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Ahí, se ha documentado que cuando las víctimas de desaparición forzada son jóvenes de zonas controladas por pandillas, lo primero que las autoridades hacen, antes que buscarlo, es tratar de averiguar si se trata de pandilleros o no. Esto criminaliza a las víctimas.

La idea de desaparecer a sospechosos, al margen de la ley, cuenta con un gran apoyo en redes sociales. Existen páginas con miles de seguidores, como Guerreros de Sangre Azul –con información de policías– donde se suben fotografías de «pandilleros y ratas eliminadas».

Guillermo Gallegos, el diputado por GANA y expresidente de la Asamblea Legislativa, es un fiel seguidor de estas campañas en las que se promueve la violencia física y el quebranto de la ley: «Si te veo matar a un delincuente, yo no te vi», publicó en Twitter hace unas semanas. Estas frases no caen en terreno infértil. De acuerdo con las pocas denuncias, varios jóvenes han sido desaparecidos bajo la sospecha de ser delincuentes, sin un debido proceso y sin la posibilidad de defenderse.

Alexánder volvió a desaparecer dos días después de haber sido reencontrado en una iglesia evangélica. Su familia repitió y repitió a los investigadores de la UCA que él no pertenecía a ninguna red criminal. Se lo llevaron y ahora nadie se atreve a decir quién fue el culpable. Temen tanto de las pandillas como de la policía.

Algunos dicen que un marero de la colonia lo sacó en venganza por no unirse a la pandilla. Otros hablan de haberlo visto con Policías antes de que desapareciera. La familia no confía en nadie. No denunciaron.

Ilustración de Moris Aldana

***

Sin garantías

«Hay un gran déficit en manejo estatal de estos casos. ¿Qué ofrecía el Estado como protección de víctimas? Una ayuda en granos básicos y una medida de resguardo en casa de protección donde tienen a testigos criteriados», empieza por explicar el abogado Pedro Cruz, director de la Asociación Salvadoreña por los Derechos Humanos (ASDEHU).

Él habla de un déficit porque lo vio de primera mano. Como parte de su trabajo, promovió un habeas corpus a favor de otros tres muchachos de Armenia desaparecidos por la Fuerza Armada en 2014. Un grupo de jóvenes departía en una acera cuando fue interceptado por militares. Dejaron ir a dos, pero los otros tres fueron llevados hacia una zona de pandillas. No se supo nada más de ellos. El caso se judicializó, se obtuvo condena y marcó un precedente.

Pero, en la práctica, tanta denuncia no sirvió para encontrarlos. Los familiares de los jóvenes acusaron a agentes estatales ante la Policía, la Fiscalía, la PDDH, la Sala de lo Constitucional y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Aun así, no pudieron recuperar a los jóvenes.

La denuncia pública a la Fuerza Armada colocó en riesgo a las familias. Y la protección que se les ofreció no era una en la que podían confiar. Para que estuvieran tranquilos, el Estado salvadoreño les ofreció vivir en una casa de protección. En estas casas, explica el abogado Cruz, las familias deben permanecer encerradas y no tener contacto con el mundo exterior. La familia se negó. No se fiaban de las autoridades salvadoreñas. Además, habrían tenido que compartir espacio «con testigos criteriados, que son delincuentes confesos».

A pesar de que las familias siguieron al pie de letra todos los mecanismos de denuncia nacionales, incluso, elevaron el caso a escala internacional, la búsqueda no dio resultado. Para protegerse, las familias de los muchachos huyeron de El Salvador.

***

El miedo de Maritza

Días después de que William y Bryan fueron sacados del mercado, los padres de los muchachos fueron a buscar a Maritza. Le pidieron que, por favor, los acompañara al puesto militar en una zona cercana conocida como «Ex-IRA». Querían ver si ella lograba reconocer a alguno de los hombres que se llevaron a sus hijos.

Maritza accedió y cuando llegaron a los alrededores de las instalaciones, identificó a uno de los soldados que gritaba y golpeaba a los muchachos días antes. «Estaba uniformado e inmediatamente entró», dijo.

Posteriormente, Maritza fue llamada para realizar un reconocimiento de las caras de los militares. En teoría, el reconocimiento se realizaría con fotografías de 29 soldados destacados en San Martín entre julio y agosto de 2014. Maritza no llegó a la diligencia y no se logró identificar con nombre y apellido al soldado señalado.

Aunque faltó al reconocimiento, sus palabras fueron primordiales para la Corte Suprema de Justicia: «Esta sala no tiene razones para dudar del testimonio de la señora, quien narró coherentemente los hechos en su declaración testimonial pero que, además, desde la primera vez que fue entrevistada en sede fiscal, a pocos días de la privación de libertad de los favorecidos en 2014, ha insistido en que en esta se llevó a cabo por militares, quienes vestían con uniforme camuflado».

Maritza explicó que había tenido miedo, que por eso no asistió a la diligencia. Su testimonio, sumado a documentos de la PDDH y relatos de los familiares, permitió que la sala concluyera en marzo del año pasado que «los responsables de tal privación de libertad fueron agentes de la Fuerza Armada».

Pedro Cruz, un abogado de la asociación que promovió esta causa ante la sala, aclara que, aunque «el fenómeno de la desaparición, cuantitativamente, está más vinculado a las maras, que lo haga una entidad del Estado, aunque sea en pocos casos, es grave. Cualitativamente tiene una dimensión profunda».


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