Hacia una ruta histórica urbana

La naturaleza y el humano no permitieron preservar las señales de identidad en los centros urbanos, vacío que dio paso al deterioro arquitectónico, obviando así una expresión estética y a veces pérdida de patrimonio edificado. Uno de los fundadores de la Generación Comprometida dice: «En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos». Y eso produjo «una ciudad marchita, desconsolada». («Ciudad Casa de todos», MINED, 1968, Álvaro Menén Desleal).

Sin embargo, mucho se está salvando en los dos últimos gobiernos locales de San Salvador, otros en el pasado lo intentaron, pero se revirtió en triste devaluación de la riqueza edificada. Un San Salvador llamado «pequeño París de Centroamérica» terminó con el terremoto de 1915.

No solo la naturaleza, también el hombre quiso renovar provocando incendios ilegales en las década del 50 del siglo pasado. Escribí un libro con este tema de piromanía que a las nuevas generaciones lo real les parecería irreal. Pero también son experiencias para el aprendizaje. Tomando en cuenta que la humanidad no es un bebé generacional sino una anciana de sabiduría milenaria. Así, hemos perdido por inopia, la arquitectura emblemática, perdida a pausas que ha dado paso a parqueos, gasolineras. Por vacíos de planificación.

No estaríamos completos si no se diera el rescate de esos espacios de la capital, que implica darle espacio al que camina a pie en unas calles que se hicieron para que transitaran recuas de mulas (hay fotos de mulas «parqueadas» en el antiguo Palacio Nacional, finales del siglo XIX). Los vacíos urbanos provienen por no contar o no cumplir con las políticas arquitectónicas, por ejemplo no se tomó en cuenta el crecimiento de la población; además, por una descentralización urbana a raíz de las catástrofes o el desinterés.

Si queremos promover las zonas históricas debemos hacer una renovación. No retomar estos temas por pura nostalgia, sino por respeto a nuestra historia, que sea un tema que permita apropiarnos de nuestras realidades de identificación nacional, no permitir que el olvido se convierta en cien años de ingratitud (parodio a García Márquez).

En verdad, la imaginación nos permite considerar nuestro presente de modo que este día que la gente camina por las calles, o cuando escribo este trabajo, dentro de veinticuatro horas ya será historia, porque el cordón umbilical, oferente de vida, no se corta sino hasta la muerte. Esto asegura el futuro que seremos, en un tiempo que es como el río de Heráclito, que fluye en constante cambio y crecimiento, las aguas que miramos correr, en el momento de observación no son las mismas cada segundo que pasa; pero sigue siendo el mismo río.

Derruido y olvidado, es un deber rescatar lo que nos queda en esas 50 o 40 manzanas históricas de San Salvador. Y me refiero a espacios relegados. Ahí donde se desarrollaron acciones de la vida cotidiana, y que por razones de la naturaleza se cambió de localización el transcurso de esa vida. Ahí estuvieron centros escolares, lugares comerciales, sitios de recreación, instituciones gubernamentales, medios de información. Ahí se dio una práctica política limitada casi siempre por el autoritarismo.

Además, ese rescate de identidad permite generar conocimiento, y este a la vez repercute en la economía por turismo cultural. De modo que la modernización urbana o global no se contradice con el respeto a las señales históricas, como es el centro de una ciudad. Entre otras cosas, invertir en placas rememorativas, en monumentos conmemorativos relacionados con la cultura en general. No solo para salir del paso, pues algunos más parecen adefesios, excepto los que tuvieron financiamiento por razones políticas no siempre meritorias.

Es cierto, tenemos situaciones por resolver como es el deterioro económico que produjo proliferación de comercio informal, hacinamiento, inseguridad, además de la marginalidad y exclusión de gran parte de la población que produce un problema que contribuye a la depreciación del ambiente urbano.

Porque no es que todo tiempo pasado fue mejor, pero esas edificaciones son históricas por producir vida en todas sus manifestaciones. Por ejemplo se podía asistir al Teatro Nacional a presenciar obras en horarios nocturnas. O visitar restaurantes como El Migueleño, El Mercedes, el México, los panes Gutiérrez, los Frijolitos Carlota. Bares como La Praviana, El Paraíso de Adán, el Chipilín, Chalo´s, el Lutecia, el Gambrinus. Y los cafés que mencioné en trabajo anterior.

O bien sitios de disfrute familiar y restaurantes como el Mercedes, el Sorbelandia, el Bengoa, todos alrededor del Teatro Nacional o a inmediaciones de la Segunda Avenida, ahora Monseñor Romero. O bien entidades culturales como Editorial Benjamín Cisneros (ahí resurgieron la Revista Universidad, La Pájara Pinta, Vida Universitarias y las primeras colecciones literarias proyectadas al mercado(. También estuvo el Centro Social Universitario, donde salían los famosos «desfiles bufos». Agregamos cines como el Apolo, el Izalco, el París, el América, el Follies, Cinelandia, Cine Popular, Principal, todo un mapa cultural.

O librerías que comercializaron obras de editoriales extranjeras. Cito la Cultural (de don Kurt Whalen) y la Claridad de Ana Rosa Ochoa (escritora y secretaria de Alberto Masferrer). También tuvo sede el Teatro Universitario, cercano a la Rectoría y Facultad de Humanidades, contiguo a lo que fue el Colegio Sagrado Corazón (a tres cuadras al Poniente de lo que fue ANTEL). Por cierto ambos centros fueron invadidos y objeto de vandalismo, además de golpear a estudiantes, incluyendo autoridades universitarias, entre ellas el Rector Napoleón Rodríguez Ruiz, el único novelista de la época con su obra «Jaragua». Este drama político lo narro en mi obra «El Valle de las Hamacas» (Argentina, 1970: y UCA Editores, 1992). En fin, tantas cosas para no echar al olvido la historia patria

Nota.- Un saludo al cineasta Alfonso Quijada que próximamente inaugurará «Apex Studios» y presentará el rodaje de su primera obra como director de cine, «El suspiro del silencio». En el Café «Luz Negra», reunido Quijada con varios cineastas europeos y canadienses, me dio a conocer una sinopsis general de su película cuya temática es El Salvador.

Réquiem por un cortés blanco

Andabas en el centro comercial, haciendo tus mandados, evadiendo a las personas de la mejor manera posible, circulando por pasillos que estuvieran menos transitados. Salís a un corredor que da a la calle y te vas caminando, rumiando esa tristeza pastosa que te asalta cuando llegás a un lugar con demasiada gente y pensando en eso andás cuando ves al otro lado de la calle. El volcán y los árboles.

Te quedás viendo un rato. Sacás el teléfono porque se te hace que puede salir una buena pic y te acomodás el par de bolsas en el brazo izquierdo y te agarrás bien la cartera porque en este país cualquiera pasa corriendo y te arranca hasta el alma, si cree que robársela sirve para algo. Enfocás el volcán y te arrepentís. «A quién le importa, no la voy a postear, es para mí, es la misma imagen que todo el país ya ha tomado en su celular». Ya no enfocás, pero seguís viendo el volcán y una mancha amarilla te llama la atención, entre los árboles que están justamente enfrente. Es un cortés blanco. En plena floración. Amarillo vibrante. Amarillo martillo. Amarillo grito. Como si el color amarillo fuera el color de la felicidad y de la grandeza. Exultante, provocativo, magno, digno. Así, con las ramas extendidas y frescas, como diciendo con orgullo: «¡Mírenme, aquí estoy, fuego amarillo en este bosquecillo!».

Estaba solo, por decirlo así, el único en flor en medio de varios árboles que, a pesar de su follaje, se miraban secos y sedientos por el polvo del verano. Ese verde tostado de la falta de lluvia y de la plenitud del sol. Son las estaciones, ya se recuperarán cuando llueva, pensás. Te das cuenta que la foto es en realidad ese árbol vestido de amarillo y que el volcán puede quedar como un detalle secundario, al fondo. Es a esa majestuosidad en amarillo a la que querés retratar.

Enfocás el árbol al centro, el volcán en la esquina derecha y apretás el botón. Mirás la imagen. Tomás otro par, variando el ángulo. Y ahí la tenés, la foto del elegante cortés blanco de flores amarillas y que emana una vibración de belleza y fuerza. Un recordatorio de que la vida es de ciclos y que después de la muerte quedan siempre la vida y el renacer.

Recordás las flores del árbol de marañón japonés tapizando el suelo de rosado maravilla en la casa de Los Planes, los madrecacaos a la entrada de la finquita de la familia, las magnolias en el jardín del colegio, las pequeñas flores del laurel que estaba en el frente de la casa de infancia y que se colaban por debajo de la puerta principal, desperdigándose en el suelo de la sala. Recordás las jacarandas en México, las magnolias en Bonn, los malinches y sacuanjoches en Nicaragua.

Un año después andás de nuevo en el centro comercial. Entonces recordás la foto del árbol. El cel te avisó en la mañana que un año atrás tomaste aquella foto. El celular te obliga a recordar cosas y como los algoritmos no tienen corazón, te lanza recuerdos indiscriminados. Siempre dudás de las buenas intenciones de los algoritmos.

Desde el recordatorio de la foto del cortés blanco, tomaste la decisión de volver a tomar otra, la de «un año después», en el mismo punto, el mismo lugar, el mismo ángulo. Alguna variante habrá. La luz, el nivel de floración, las nubes, el color del volcán.

Llegás al corredor, caminás y buscás al árbol. Pensás que quizás no ha florecido todavía. Pero te extraña. Ya los maquilishuats están floreando. Ya los árboles anuncian sus flores. Entonces te das cuenta de algo. Estás en el lugar correcto. Quienes no están son todos los árboles de la foto. Ninguno. Estaban donde ahora hay un pedazo de tierra aplanado. Donde hay tractores y camiones y materiales de construcción. Donde estuvo el cortés blanco habrá ahora un edificio de lujo.

Buscás bien. No creés. Comparás. Pero es cierto. El cortés blanco ya no está. Te quedás ahí, parada, viendo el movimiento de la construcción. Quienes vengan a comer acá no verán árboles: verán ese edificio. Quienes vivan en los edificios verán a esos comensales estupefactos, envidiando a los que viven al frente.

Nadie recordará que allí hubo árboles. Que en esos árboles vivían aves e insectos. Que todos fueron sacrificados, destruidos. Que nuestra felicidad consumista está fundada sobre la muerte de otras especies vivas. Y que nos importa un ápice. Lo seguiremos haciendo, destruiremos todo porque nuestra comodidad individual no puede ser sacrificada por un árbol o un animal. Nos iremos al carajo. Pobres hijos, pobres nietos, porque de ellos será el planeta del infierno climático.

Nada se puede hacer. Caminar. Salir de allí. Lamentar de antemano la segura muerte de los árboles que están junto a la construcción. Y los que están detrás. Y todos los demás. Todo será cemento. Todo será ciudad.

Ya puesta en casa no podés dejar de pensar en el asunto. Imaginás el primer golpe del hacha o del machete. Imaginás el estremecimiento de los árboles y de los animales. Algunos habrán logrado huir. Otros quizás no. Imaginás el caer de los árboles, el crujir del tronco, el golpe de la caída, el olor del serrín, el fluir de la savia, el olor de la muerte vegetal. Imaginás cómo hicieron pedazos los troncos y cómo se los llevaron y cómo fueron aplanando el terreno y como todo fue borrado.

Observás de nuevo la foto del cortés blanco. Querés creer que otras personas también lo conocían y respiraban su amarillo majestuoso. Querés creer que hay más fotos de aquellos árboles que ya no son más. Su recuerdo queda en fotos, como el grito mudo de una belleza destruida por el peor depredador de todos.

Un cortés blanco al que nunca más volveremos a ver florecer.

Centro histórico, nostalgia y cultura

Una de las sorpresas que se lleva quien pertenece a las nuevas generaciones de adultos es descubrir que el Centro Histórico es la «gran casa de todos», es decir, la «sala museo» de la ciudad. Lástima que fue abandonada después del terremoto de 1986. Fue por temor a la falla tectónica del centro de San Salvador. Desde entonces, se dejó su existencia a la buena de Dios; solo apto para los que, con resignación, aceptaron quedarse.

Abandonado, es cierto, por nuestras etapas dramáticas y sociales, pero no desaparecido. Desde ese abandono, me he dedicado por dos décadas, cada día, por lo menos los laborales, a recorrerlo y a reencontrarme. Es como convivir, que es conocer. Si no conocemos resulta arduo tomar decisiones acertadas.

No obstante el trauma de años pasados, no exento de temores y explicable para nuevas y anteriores generaciones, me dio por recorrer sus calles como lo hace cualquier ciudadano para ganar el sustento diario. Como los niños que han hecho suyo el Centro Histórico, como cuando alguien carente de juguetes se encuentra uno tirado en la calle.

Sí, nos hemos fortalecido en esta zona histórica. Y, a contrario sensu, hemos ganado el derecho a sentirnos de su propiedad. No sorprenda entonces que, pese al embellecimiento actual y al atractivo despertado en los últimos tres o cuatro años, sobrevive el vendedor informal. Que no moleste esa realidad, paciencia hermanos, ya alcanzará el presupuesto para reubicaciones en centros comerciales populares. Por no llamarlos mercados.

Pese a todo lo anterior, agrego que mi vida, una vez emigrado como estudiante universitario desde San Miguel, fue también por muchos años parte de mi entorno vital. Porque aquí crecimos y nos desarrollamos en todos los sentidos, económica y culturalmente hablando. Cultura originaria, raíz donde creció ese sentimiento que algunos llaman nostalgia cuando se está fuera de su país, lejos de lo que llamamos patria, de la cual afirmamos sentirnos orgullosos.

He tenido la suerte de recorrer las locaciones que forman el Centro Histórico y puedo hablar con propiedad sobre su riqueza edificada, convertida en patrimonio de la ciudad y de la Nación. Son 50 o 40 manzanas que nos atan al fervor nacional (entendido como fervor patriótico, aunque esto no suene tan bien).

Se fue perdiendo el amor por ese espacio, pero, desde ese rechazo, ha ido surgiendo como el Ave Fénix alzar vuelo sobre un novedoso San Salvador. Libre de aprisionamiento por quienes lo prefirieron invisible, feo, destinado a la cultura de los marginales. Solamente los hados de la historia pudieron salvar el patrimonio edificado con sus muestras emblemáticas como Catedral, Teatro y Palacio Nacional, los dos portales frente a la plaza Libertad y las iglesias del Rosario y Calvario. Posteriormente llegó la Biblioteca Nacional.

Al regresar a mi país, después de décadas de ausencia, decidí congraciarme con esas 40 o 50 manzanas. Ahí donde presentábamos obras dramáticas en el Teatro Nacional, con directores como los maestros André Moureau, o Edmundo Barbero, y a teatro lleno. Pese a que las obras terminaban a las diez u once de la noche, con actores improvisados como Roque Dalton, Roberto Armijo, Hildebrando Juárez, Miguel Parada (después Rector de la UES). Este último era el único que hacía papeles principales; mi persona y otros poetas hacíamos papeles secundarios: verdugos, soldados, sirvientes, sin decir palabras; quizás un grito (solo éramos parte del marketing, pero cumplíamos con desenfado).

De esas realidades nació mi última novela publicada: «Los Poetas del Mal», o Generación Comprometida. En horas del día nos encontrábamos como periodistas cercanos las fuentes: Asamblea Legislativa y Ministerios, alojados en el Palacio Nacional. Cerca estaban los cafés para esperar las noticias: El Izalco, el Doreña, la Bella Nápoles, el Americano, y España. Ninguno de estos locales sobrevive. Como advierten, los lugares visitados lo fueron por razones de trabajo, o para departir sobre poesía alrededor de una taza de café. Los periodistas hacían lobby mientras llegaba la noticia. También eran sitios frecuentados por policías encubiertos para ver si descubrían pláticas contra el orden establecido por los gobiernos militares de turno.

Los «poetas del mal», además de escribir, también hacíamos periodismo radial. E incluso televisivo, pues uno de nosotros, Álvaro Menén Desleal, tuvo el primer telenoticiero en un edificio que retó el derrumbe del 1986 (Edificio Central), aun está ahí diagonal a Plaza Libertad, depreciado pero vivo.

Todo esto lo recupera mi nostalgia, entorno de mi vida de estudiante universitario y ciudadano especial, digo, porque fue ahí donde creció lo que la historia cultural conoce como Generación Comprometida, que ha ido dejando las señales de su presencia futura con su obra literaria.

Sobre el Centro Histórico recuerdo las palabras del investigador español Antonio Espada, quien escribió (2007) que «la parte más bella de San Salvador está en esa zona depreciada por la catástrofe del 1986». Lo demuestra con fotos publicadas en un medio digital.

Otro español, en el mismo año, exaltó a la Iglesia del Rosario como una bella escultura: «Cuando entro, dan deseos de quedarse como huésped toda la vida». Es extraño, pero las palabras de dos españoles me hicieron recapacitar en que yo pasaba todas las semana en ese lugar, después de haber vivido ausente de mi país por más de 21 años; pero fui a lo mío: mi compromiso laboral. Fueron esos dos testimonios de los europeos que me retaron a recobrar lo que fue parte de una vida intelectual, por la cual los escritores arriesgaron bienestar y beneplácitos.

Con los dos españoles comenzó la ruptura de traumas dramáticos por intolerancias y muertes. En aquellas épocas, originadas desde la institucionalidad. Y valoré las causas de quienes solo vieron fealdad: calles llenas de humo vehicular venenoso y violencia social. No por la guerra, sino por paz cotidiana. Cuando, según estadísticas de hace unas dos décadas, nuestra ciudad orgullo se había convertido en las tres más violentas del mundo. Pese a todo, «o tempora, o mores» (Catilinarias, Cicerón). Oh, dolores y amores.

Espacio de memorias

El pasado 16 de enero se hizo el prelanzamiento del Espacio de Memorias y Derechos Humanos, una plataforma web destinada a ser un memorial virtual y un punto de encuentro para arrancar un diálogo sobre los eventos de la guerra de los años 80 en El Salvador.

Bajo la consigna de «Dialogar. Dignificar. Reparar», la plataforma ha sido el resultado de algunos años de consultas y reuniones entre organismos de la sociedad civil y gubernamental que, preocupados por el rescate de la memoria salvadoreña, impulsaron este proyecto. También se espera provocar reflexión en la ciudadanía sobre la cultura de paz que necesita el país y promocionar nuevos valores para reconstruir nuestro muy averiado tejido social.

Según la información que proporciona la plataforma, en la creación del proyecto participan diferentes defensores y activistas de derechos humanos, educadores, psicólogos, estudiantes, instituciones públicas, organismos internacionales y miembros de la sociedad civil en general.

Quien visite la plataforma, que está disponible en https://www.espaciodememorias.com/, podrá encontrar testimonios en video, foto reportajes, animaciones y otros formatos. Así mismo, la página tiene una casilla de contacto y alienta a quienes así lo deseen, a compartir sus propias historias. Se plantea la recopilación de memorias como un medio para «para mostrar una visión plural del pasado y del presente en relación con el período de guerra y con aquellas problemáticas que son una amenaza para los derechos humanos». Esto ayudará a preservar el pasado, pero además servirá para comprender mejor cuáles son los procesos necesarios para lograr resarcir a las víctimas que aún no reciben justicia sobre sus casos.

El proyecto cuenta con la asesoría técnica del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, y cuenta con financiamiento del Fondo Chile, instancia del gobierno de aquel país para brindar cooperación internacional. De parte del gobierno salvadoreño participan el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Innovación.

Se espera también que la plataforma promueva el diálogo intergeneracional, un ejercicio que hace mucha falta en nuestro país. Esto resulta evidente cada vez que los más jóvenes manifiestan su tedio e incomodidad ante el tema de la guerra. Es común escuchar entre los nacidos en los años noventa, que la guerra no sirvió para nada y que ya están hartos de escuchar sobre el tema, que lo mejor es mirar hacia adelante, hacia el futuro, y olvidarse de aquello.

De alguna manera puede comprenderse dicho cansancio. Vivimos complejas formas de violencia, cuya intensidad cotidiana nos puede hacer creer que el pasado no tiene nada que ver con todo lo que anda mal hoy en día. Pero ignorar la historia reciente puede pasar una factura onerosa a las futuras generaciones.

¿Cómo reconocer los síntomas de un sistema explotador que abusa de su poder si no se conocen los motivos y los actores que definieron el rumbo del país, para bien o para mal? ¿Cómo comprender la importancia cultural de algunos sitios emblemáticos del país y del valor afectivo que encierran para la población si no sabemos qué eventos ocurrieron allí? ¿Cómo trazar una ruta para comprender nuestra salvadoreñidad, si no nos reconocemos en la versión de la historia que nos es contada?

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, poco se habló de la recuperación de la salud mental de los desmovilizados y de la reconstrucción de la confianza entre la población. Poco se habló también de cuál o cómo sería la narrativa que se propondría en las escuelas para educar a las futuras generaciones sobre esa fractura en nuestra historia, sobre ese antes y después que fue la década de los 80 en El Salvador.

Decir que su familia no fue afectada de manera directa por la guerra y que por lo tanto, no le importa saber sobre el asunto, es una muestra de insensibilidad social preocupante. Que nuestra juventud no muestre interés en ello, también obliga a revisar la incapacidad de nuestra sociedad para educar a la población en torno al respeto por un evento traumático para todo el país y cuyas consecuencias seguimos sin terminar de digerir.

El prelanzamiento de este Espacio de Memorias y Derechos Humanos implica que un lanzamiento oficial está por venir, ojalá con más componentes y con mayor participación del público. Es una iniciativa que se celebra. Que ocurra 28 años después de la firma de los Acuerdos de Paz no es más que el reflejo de lo complicados y largos que son los procesos de sanación social. También nos recuerda que estamos poco preparados como país para comprender las complejidades de la reconciliación nacional y del trauma social que significa un proceso bélico.

Una plataforma de memoria, un espacio físico como un museo o monumentos, materiales audiovisuales y narrativos, todos son importantes ejercicios en la significación que como sociedad damos a los eventos importantes de nuestra historia y a la construcción de nuestro imaginario común. Pero esos elementos, por sí solos, no podrán sanar el tejido social salvadoreño que quedó dañado hasta su médula. Para ello es imprescindible el diálogo, tener la capacidad y el deseo de escuchar las historias de quienes participaron en el conflicto y hacerlo despojados de todos nuestros prejuicios políticos.

El rescate de la memoria de la guerra no es una tarea inútil, como piensan muchos. No se trata de oficializar un culto a la guerra, ni de exaltar héroes y maldecir villanos. No se trata de idealizar causas ni tomar venganza. La guerra no es un suceso bonito y sus consecuencias perviven durante generaciones. El dolor se hereda y si no se aprende a convivir con ello, puede terminar destruyéndonos.

La refundación de la nación costó sangre y muchas lágrimas. Al reconocer ese sacrificio, al dignificar a las víctimas de la guerra, al construir una dignidad común y nueva desde el entendimiento y la tolerancia, dignificaremos al país entero.

La memoria ciudadana puede servir como punto de partida para lograrlo.

Alfabetización, libros, pensamiento y desarrollo

Cuando se habla de suprimir el analfabetismo, las estadísticas incluyen a quienes apenas aprendieron a escribir su nombre, su firma y conocer los números. No obstante, la gente humilde es feliz.

Recuerdo que le pregunté a una señora de una comunidad, allá por La Unión (el Caulotillo): «¿Qué importancia le da al hecho de haber recibido clases para alfabetizarse?». Me respondió: «Conocer los números del teléfono y poner mi firma, pues así puedo llamar a mi gente que vive en el exterior, y eso me permite firmar por las remesas».

Por supuesto que mealfabe sentí bien con su respuesta. Pero no basta, es grato que la población rural, alejada del mundanal ruido, tenga un conocimiento elemental para sobrevivir y defenderse de la pobreza. Es un primer paso, lo peor sería no darlo. Aunque esto no basta.

Otra vez, en San Miguel, recibí una demostración del aprendizaje de una señora de un barrio de alta vulnerabilidad (Milagro de la Paz), y cuando le pregunté al alfabetizador si los alfabetizados conocían los números, pidió una voluntaria, una mujer sencilla que mientras recibía las clases sus pequeños hijos jugaban en el corredor de la escuelita. El instructor le dictó una cantidad superior al millón. Me quedé sorprendido que la señora escribió la cantidad de inmediato.

Mi asombro va más allá, cuando he conocido casos de quienes reciben educación formal en niveles más altos, inclusive superiores, que no pueden escribir de inmediato una cantidad dictada, superior al millón. Hay más ejemplos pero no quiero parecer ofensivo señalando malas prácticas de aprendizaje. Aunque eso ya es sabido: que un título no es suficiente para evaluar calidad formativa. Pero esto último es otro tema.

Sin embargo, si no hay sostenibilidad repercute en falta de oportunidades para emprender, para vencer realidades, para defenderse de la pobreza. Y lo mismo se aplica cuando hay analfabetismo funcional, quienes sabiendo leer y escribir, no alcanzan a percibir la importancia de una educación autodidacta mediante el libro y la lectura. La carencia de ese hábito, no le permite contar con medios que le lleven a beneficiarse en su vida laboral, o cae en desempleo y en dificultad para sus emprendimientos de sobrevivencia.

Además, hay alto porcentaje de analfabetos por desuso, que retroceden en su capacidad de lectura y escritura porque jamás van a tener un libro en sus manos. Incluyo el libro en los tres soportes: digital, analógico y audiolibro. En algunos de nuestros países regionales hemos descuidado el factor público de continuidad, sea por inopia, por carencia de recursos financieros para esos rubros, no obstante que contamos con recursos humanos preparados para dar la luz verde para vencer esos vacíos. Se ha avanzado, en parte, implementando programas de formación alternativa, pero se nos hace tarde para asimilarnos con efectividad al siglo XXI, y la era tecnológica. Países de otras regiones tuvieron condiciones de retraso, en las últimas cuatro décadas y sin embargo son ahora ejemplo de un desarrollo que casi pareciera inexplicable. Y cuya visión ha sido de la información tecnológica que lleva al conocimiento y a la inventiva.

Asia es el ejemplo palpable; pero igual en países pequeños europeos, que han sufrido las consecuencias de dos aterradoras guerras mundiales, tales como Finlandia, Islandia, o Países Bajos. Los conflictos bélicos y dictaduras padecidos por cuatro países de América Central, no justifica permitir la paralización. Pese, repito, a contar con recursos humanos calificados.

¿Qué faltaría? Políticas de Estado; racionalización del gasto público para que cultura, salud y educación sean prioritarios. Más aun se está volviendo una necesidad la reforma a las leyes obsoletas no adecuadas a la era tecnológica. De no ser así será difícil cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), como lo plantean las Naciones Unidas para superar todos los retrasos e inequidades. Y cultivar así una cultura de convivencia, a partir del respeto a las leyes.

En América Latina, hay por lo menos 10 países que tienen más del 98% de alfabetizados, por América Central se incluye Costa Rica en quinto lugar, después de Cuba, Chile, Uruguay y Argentina, en ese orden; pero no se trata de evaluar el hecho de leer y escribir, sino que han partido de esas acciones estratégicas para los logros educativos que incluye publicación de libros y fomento de esa industria que incluye promoción de lectura.

Si hay libros hay lectura, si no hay editoriales perdemos una base fundamental de desarrollo. México lo hace desde hace casi un siglo: publicación masiva para distribución en centros escolares.

A propósito, Alberto Fernández, presidente de Argentina, da una grata noticia: los programas educativos deben incluir la lectura de 183 libros en el año, entre ellos obras literarias. La lectura crea una cadena de resultados para favorecer el pensamiento crítico, hace comprender los problemas nacionales, y facilita la sinergia que permitirá una sociedad democrática y pacífica. Los países del mundo se fijaron una agenda de 30 años para cumplir los ODS.

Y al hablar de libros no debe hacerse distinción entre uno y otro soporte. En España, referente de desarrollo más cercano a nuestra cultura, el libro digital alcanza el primer renglón porcentual de lectura, seguido del audiolibro, y relegando a gran distancia al libro en papel, que no resta su importancia en la educación formal.

La idea es saltar la brecha que obstaculiza el camino hacia el logro del desarrollo sostenible según lo indica el PNUD. Aplicarlo en El Salvador es un compromiso para arribar a un país viable que priorice en programas hacia un país «productivo, educado, y seguro». Significa nuevo pensamiento, cambios de mentalidad hacia las limitaciones de los sectores más pobres.

Sobretodo visión de futuro, donde la calidad se valore a partir del conocimiento para adquirir habilidades creativas, valores y comprensión de la cultura contra las desigualdades; contar con agua potable, salud, educación de calidad, convivencia, igualdad de género. Son 17 objetivos planteados por las Naciones Unidas. Nuestro reto para salir del retraso secular.

La orgía más cara de la historia

El inicio de año supone un ejercicio casi obligado de repasar lo ya acontecido y pensar en lo que viene. La entrada del 2020 me hizo recordar algunos momentos culturales y sociales importantes de hace cien años y que contrastan con el tiempo actual.

En los años 20 del siglo pasado se respiraba un aire de optimismo y de celebración. La euforia generalizada por el fin de la I Guerra Mundial, provocada sobre todo por el estado de prosperidad económica que ello supuso para algunos países, sumado a los avances tecnológicos de la época, alimentaron una serie de rompimientos y propuestas considerados audaces para su tiempo.

En un artículo titulado «Ecos de la Era del Jazz», el escritor F. Scott Fitzgerald retrata el espíritu de aquella década que, para él, comenzó con el llamado «Verano rojo» de 1919. En aquel entonces ocurrieron una serie de disturbios raciales entre negros, blancos estadounidenses e inmigrantes europeos en los Estados Unidos. Dichos eventos, que comenzaron en mayo y continuaron durante prácticamente todo el año, dejaron cientos de muertos, en su mayoría hombres y mujeres afroamericanos, que fueron linchados o lapidados, sobre todo en Chicago, Washington D.C. y Elaine (Arkansas), lugares que sufrieron con más fuerza dicha violencia.

«Los acontecimientos de 1919 nos volvieron cínicos más que revolucionarios», argumenta Fitzgerald y sostiene que una característica generalizada de la década fue que no había interés alguno por la política: «Fue una época de milagros, fue una época de arte, fue una época de excesos, y fue una época de sátira. (…) Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?».

Los servicios de luz eléctrica, agua potable y aguas servidas comenzaron a masificarse, sobre todo en las ciudades. La naciente industria automotriz popularizó la compra de automóviles. Los postes del tendido telefónico permitieron la expansión de las comunicaciones. La radio se consolidó como un medio de difusión masiva. El cine mudo se popularizó como una forma de entretenimiento y tuvo su transformación definitiva cuando surgió el primer largometraje sonoro, The Jazz Singer. Charles Lindbergh y Amelia Earhart cruzarían el océano en vuelos solitarios, lo que impulsó la aviación comercial de pasajeros.

Las mujeres subieron el ruedo de sus vestidos y lograron votar, aunque muchas siguieron luchando por mejorar sus condiciones de trabajo en las fábricas. Josephine Baker bailó prácticamente desnuda en sus shows del Folies Berg¬ère en París y se convirtió en la primera afroamericana en participar en un largometraje. El ánimo de desafío contra las costumbres permitió el surgimiento de las «flappers», mujeres que llevaban el pelo corto, se pintaban la boca de rojo, bailaban, fumaban y bebían alcohol.

El charlestón, el jazz y el blues dominaban los salones de baile y las fiestas. La prohibición del alcohol (de 1920 a 1933) disminuyó la incidencia de cirrosis en la salud pública, pero el contrabando y la destilación clandestina permitieron el florecimiento del crimen organizado y la expansión de las mafias. Al Capone, Frank Costello y Lucky Luciano se convirtieron en el dolor de cabeza de las autoridades y calaron en el imaginario popular con la figura del gánster.

El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence era el libro escandaloso de su tiempo, gracias a sus descripciones sexuales consideradas como gráficas. Erich Maria Remarque contaba la desolación de la recién terminada guerra en su novela Sin novedad en el frente. El estilo arquitectónico y de diseño de la Bauhaus saltó fronteras y se expandió por el mundo. El edificio Chrysler, construido entre 1928 y 1930 en Nueva York, supuso la culminación del art déco y la ambición del ser humano por escalar los cielos construyendo edificios cada vez más altos. George Gershwin compuso en 1924 Rapsody in Blue, una pieza orquestal que funde elementos clásicos con jazz y que, para finales de 1927, había vendido un millón de copias en discos de acetato de doce pulgadas. El dadaísmo y el surrealismo rompieron la formalidad y el esnobismo estéticos, dando paso a la exploración del sinsentido y de lo subconsciente.

Ocurrieron mil cosas más, pero la estrepitosa caída de la bolsa en los Estados Unidos, el «Martes Negro» del 29 de octubre de 1929, rompió con el hechizo de euforia de la década de los 20. Cientos de personas perdieron sus fortunas y los bancos quebraron. Las consecuencias se dejaron percibir en el mundo entero y millones de personas perdieron sus trabajos, entrando en la Gran Depresión de los años 30 y que conduciría, casi como fatalidad, a la II Guerra Mundial.

El artículo de Scott Fitzgerald, escrito en 1931, termina con una reflexión nostálgica de una década que sin duda fue próspera e intensa: «… la orgía más cara de la historia se terminó (…) porque la total confianza, que era su apoyo esencial, recibió una terrible sacudida y a la endeble estructura no le llevó mucho tiempo venirse al suelo. Al cabo de dos años, la Era del Jazz parece tan lejana como los días anteriores a la guerra. Era un tiempo prestado, en cualquier caso. (…) Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. (…) Y todo eso nos parece rosado y romántico a nosotros, que entonces éramos jóvenes, porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea, nunca más».

Ahora avanzamos en el siglo XXI, a una nueva década de años 20, con un mundo que arde en llamas (literalmente), donde convivimos con lo tecnológico de maneras que hace cien años no eran ni imaginadas y con un ánimo global de rabia, agitación, insatisfacción y cinismo, con tambores y clarines de guerra sonando siempre fuerte.

¿Que se dirá de nosotros y de este tiempo dentro de cien años? Ojalá que para entonces no hayamos vuelto a la edad de piedra y que la humanidad haya podido evolucionar hacia una realidad más benévola que la del presente.

Transporte público, idea al vuelo

A finales de diciembre leí en redes sociales reclamos por el subsidio del transporte, me llamó la atención una persona con espíritu crítico que solicitaba se hicieran propuestas, no solo desahogos e insultos. Es un tema político que preferiría no tocar, pero por tratarse de educación al ciudadano presento algunas ideas. Parto de una frase del escritor clásico alemán Goethe: «Gris es toda teoría amigo mío, pero verde es el árbol florido de la vida».

Estoy casi seguro de que quienes definen el problema no conocen el interior de un bus, aunque quizás lo conocieron en su época de limitaciones económicas; pero lo olvidaron. Para comprender las quejas del transporte público deben conocerlo por dentro quienes definen las políticas públicas. Me imagino la satisfacción del usuario, el de a pie, atestiguando la presencia de quienes definen esas políticas, en especial quienes nos legislan.

Una práctica territorial, sería valedera para solucionar el problema; conocer en directo el malestar ciudadano. Inclusive sería un acto mediático favorable al político partidario.

Cuando estudiaba Derecho (significa muchísimos años), me preguntaban cómo creía que podría solucionarse el tema del transporte urbano: «¿Crees que en un futuro utópico la clave para mejorarlo sería que cada familia tuviera un automóvil, o si la clave sería mejorar el transporte público?». Caí en la trampa. Respondí: «El automóvil, por supuesto». Después de visitar varios países de América Latina y los EE.UU., y Europa, reparo que el resultado beneficioso, utópico, es el transporte público. Expongo al respecto ideas partiendo del punto de vista de Goethe: Conozcamos la realidad. El tema es complejo por circunstancias propias del país después que negociaron la paz las partes en conflicto. Por razones de espacio reduzco las ideas:

Después de 21 años de ausencia, regresé a mi país, y me llamó la atención, viajando a San Miguel, mi ciudad, el caos vehicular, en especial en el bulevar del Ejército. Reparé en la zona verde desde San Martín hasta el «reloj de flores». Entonces escribí que la solución del transporte público sería un metro elevado. Bastaban dos rutas para comenzar: San Martín-Santa Tecla; Apopa-San Jacinto. La zona verde divisoria de los carriles era propicia. Aminoraba la inversión. Por supuesto que se debía invertir para ganar espacios en el abandonado centro de San Salvador. Por la vulnerabilidad sísmica del Valle de las Hamacas un subterráneo se ve inviable.

Es que al hablar de Metro pensamos en los subterráneos de Nueva York, Londres, México; y el de Moscú, considerado como un palacio bajo tierra, con 44 estaciones declaradas patrimonio cultural. En cualquiera de estos circulan millones de personas al día.

También hay otros metros de ciudad pequeñas, como el de Medellín y Panamá, financiados con préstamos blandos y su prestigio es tal que a la gente incluso lo ha convertido en atractivo turístico. ¿Nosotros por qué no? ¿Faltó visión cuando enviamos el tren a un museo?

Volver al tren implica invertir, pero se recupera con el rendimiento y productividad. La masa laboral, no tendría que madrugar al trabajo, sin el estrés bestial de los embotellamientos, accidentes, muertes (más ahorro en hospitales y medicinas). Evitaríamos enfermedades del pulmón y cáncer. ¿Se ha tomado en cuenta que es otro subsidio cuando se hace llover humo venenoso en las calles? Solo eso ya sería ganancia: menos enfermos pulmonares, más productividad laboral. Más cultura humanitaria, menos odios y resentimientos. Más respeto a la Constitución, cuando ordena propiciar el bienestar humano.

He viajado en bus en casi todos los países que he visitado. En los años 80 visité muchas veces Holanda y Europa, viajé en trenes y buses urbanos e interurbanos, con tarifas diversas: para estudiantes, para turistas y adultos mayores. Incluso se permite que el usuario haga pago «voluntario». Pagar es deber ciudadano. El usuario marca su tarjeta mensual o semanal, o inserta la moneda sin control directo del conductor. También lo observé en San Francisco, California, este año que pasó. Se puede viajar gratis; solo con riesgo que esporádicamente suba un inspector; si no tiene registro de pago en su ticket recibe una multa.

Tuve un agente literario en Nueva York, vivía en los suburbios y por razones editoriales nos tocaba viajar a Manhattan. «Iremos en tren», me decía. En el transcurso le pregunto si no tiene auto, y me responde que sí, pero que solo la usa los fines de semana, para distancias cortas fuera de la ciudad, para paseos con la familia. «En tren llegamos en media hora; en auto llegaríamos a la cita en 4 horas, por el tráfico y por la búsqueda parqueo. Además, the time is gold. El tren nos dejaba a dos cuadras de la editorial.

A propósito de países hermanos, en Costa Rica se está preparando 45 estaciones de trenes de alta tecnología que cubrirán la gran Área Metropolitana, con proyecciones de llegar a provincias alejadas, incluye tren elevado en la ciudad, para lo cual se calcula una inversión de $52 millones. Para variar, las máquinas se están construyendo en China. ¿No contamos con nuestros impuestos para esos 52 millones, pagados a largo plazo? ¡Ah!, y el adulto mayor no paga pasaje urbano, que comprende recorridos de hasta 25 km. El ingreso se controla con ojo electrónico, sin los primitivos trompos, para evitar trato indigno al ciudadano, al discapacitado, cultura inclusiva contemplada en nuestras leyes y Constitución. Es triste ver a los niños arrasarse debajo del torno o trompo.

Transcribo palabras de un millennial costarricense: «Nosotros pagamos con gusto la tarifa urbana, pues de ese modo favorecemos a nuestros padres y abuelos, y cuando nosotros lleguemos a esa edad, habrá otros jóvenes que pagarán un precio para subsidiarnos como adultos mayores. Además, que pagamos por la comodidad y calidad del transporte». Sus palabra expresan una alta educación ciudadana.

¿Podemos alcanzar esa formación cultural y educativa? Claro que sí, pero las nuevas generaciones deben comenzar desde ya, o nos come el tigre. Sin un futuro político humanista.

Creencias curiosas de fin de año

Algunas tradiciones y creencias de fin de año que todavía se mencionan o practican en algunos países europeos, tienen su origen en tiempos pre cristianos, cuando los pueblos celebraban el solsticio y los ciclos de la siembra y la cosecha. Ni el tiempo ni las prohibiciones sociales o religiosas lograron que dichas creencias fueran borradas del imaginario colectivo. Por el contrario, muchas pervivieron por mandato popular hasta convertirse en parte del folklore de varias regiones, algunas de ellas cumpliendo un evidente propósito didáctico o de control social.
En Austria, Hungría, Croacia, así como en algunas zonas de Alemania y del norte de Italia, las familias se preparan para la llegada de San Nicolás, quien lleva regalos para los niños bien portados. Pero este personaje puede llegar acompañado de una siniestra compañía: el Krampus.

Este es un personaje con forma humana pero cuyo cuerpo está cubierto de pelo de cabra negra. Su pierna izquierda termina en una pezuña. Su rostro es el de un demonio. Su lengua es larga y puntiaguda y la enrolla y desenrolla a placer, permitiendo ver sus afilados colmillos. Su cabeza va coronada por dos grandes cuernos.

El Krampus suele llevar consigo una cadena, que hace sonar al caminar. También carga un cesto o un saco de tela en el que irá metiendo a todos los niños mal portados para llevárselos a su guarida en el infierno. Por ello, durante el año, los adultos se la pasan amonestando a los pequeños y amenazándolos con que “se los va a llevar el Krampus” si no se portan bien. En versiones menos siniestras, se dice que el Krampus no se lleva a los niños, pero les da de regalo trozos de carbón y les pega un par de nalgadas con un manojo de ramas de abedul.

En algunas localidades europeas, todavía se hacen desfiles donde la gente se disfraza con máscaras de madera que representan la cara del demonio y al que los adultos creen apaciguar ofreciéndole copas de un brandy casero hecho con frutas. Subsiste también el envío de postales con las imágenes del Krampus, metiendo en su saco a niños con rostros evidentemente aterrorizados.

En Grecia, Bulgaria, Serbia, Albania, Bosnia y zonas vecinas, se cree que los doce días de la Navidad (entre el 25 de diciembre y el 6 de enero), es el tiempo cuando aparecen los kallikantzaros, unos goblins malignos que viven todo el año bajo tierra y cuya tarea es cortar el Árbol del Mundo con una enorme sierra. Este árbol (común en varias culturas del mundo, incluida la Maya) mantiene conectados el cielo, el mundo terrenal y el inframundo. El día que los kallikantzaros terminen su tarea, terminará todo.

Pero durante los días de Navidad, los kallikantzaros se toman una pausa y suben a la tierra para causar mil y un problemas entre los humanos. La descripción física de estos seres puede variar y ser contradictoria, pero en lo que parecen coincidir es que son humanoides pequeñitos, con cola, que tienen mal olor, que les encanta comer sapos y que parecen diablitos negros. Los humanos, advertidos de su existencia, deberán aprender varias tretas para evitar a estos seres y así neutralizar el mal que puedan causar.

En Islandia subsiste la leyenda del jólakötturinn, un gato negro gigante y feroz, que va de pueblo en pueblo, comiéndose a las personas que no han estrenado ropa nueva en Navidad. Se cree que esta leyenda tomó mayor impulso en el siglo XIX, con el propósito de que los granjeros esquilaran a tiempo sus ovejas, para confeccionar con esa lana las prendas de estreno para el fin de año. Pero esta leyenda se remonta a tiempos más lejanos y forma parte de la creencia en los ogros gigantes Gryla, Leppaludi y sus hijos.

Gryla aparece como un antiguo personaje de la mitología nórdica, pero no es hasta el siglo XVII en que se le asocia directamente con la Navidad. Gryla es una mujer gigante y muy fea, que recorre los pueblos pidiendo le sean dados todos los niños mal portados, a quienes se lleva a su cueva para preparar su platillo favorito: un estofado hecho con niños traviesos y malcriados.

Leppaludi es el tercer esposo de Gryla y vive junto con ella, con el gato jólakötturinn (también conocido como gato Yule) y sus trece hijos, conocidos como los muchachos Yule. Todos son gigantes y todos son caníbales. Leppaludi es un haragán que pasa todo el día sin hacer nada pero cuando tiene hambre, se levanta a buscar niños mal portados, aunque también se dice que come adultos malvados.

En Gales subsiste la tradición del Mari Lwyd, donde una persona se disfraza de caballo. El disfraz se hace con una calavera real de caballo, a la que se le atan varias cintas de colores y cascabeles. Esta calavera se amarra a un palo y sobre el palo va una manta blanca, debajo de la cual se esconde una persona. Quien va vestido como Mari Lwyd cuenta con la asistencia de un par de gentes, que deben guiarlo en el camino.

Este pequeño séquito visita varias casas, tocan a la puerta y cantan una copla para pedir la entrada. Los dueños deberán contestar con otra copla y se establece un duelo de versos y cantos. Si los dueños de casa no saben cómo contestar las ingeniosas coplas del caballo, deben hacer pasar a toda la comitiva y darles comida y bebida, ya que se estima de mala suerte no alimentar al Mari Lwyd y sus acompañantes.

Aunque son costumbres lejanas, no es difícil relacionarlas con algunas creencias y tradiciones nuestras. La perpetua lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la bondad y la crueldad, se imponen como temas claves en estas leyendas, muchas de las cuales han funcionado como fuente de inspiración para diversas manifestaciones del arte y la literatura.
Sirvan hoy para reflexionar sobre nuestro futuro, y también para transmitirles mis mejores deseos para el nuevo año.

Nobleza obliga: cooperación y Biblioteca Nacional

Se acerca el 150 Aniversario de la Biblioteca Nacional (fundada el 05/07 de 1870), segunda institución educativa de la historia republicana, después de la Universidad de El Salvador. Amerita entonces a seguir refiriéndome a esta entidad, los pasos dados, énfasis en tecnología, pese a disponer de un presupuesto más que limitado para operar.

Si nos preguntamos cómo se logró avanzar sin tener presupuesto para operar, la respuesta es la cooperación nacional e internacional. A lo que se agrega, a finales del 2019, el paso gigante con la construcción de nuevo edificio acorde con el resguardo de la documentación histórica salvadoreña.

Nobleza obliga agradecer los apoyos de empresas privadas, amigos e instituciones diversas que apoyan nuestras acciones relacionadas con el libro, lectura, niñez, y equipos para aplicar procesos tecnológicos en los procesos. Por ahora menciono lo más reciente, el recuerdo más fresco: la inundación que tuvimos a finales de abril del corriente año. Un llamado público despertó la solidaridad que nos permitió salvar los 400 volúmenes deteriorado por el agua en abril del 2019, y permitió apreciar la sensibilidad social de personas e instituciones. Para ello es notable el apoyo inmediato de UNESCO.

La solidaridad mide el grado de conciencia de Nación de muchos salvadoreños para salvaguardar los contenidos de humanismo cultural. Gestos que fueron cubriendo los vacíos ante toda adversidad, incluyendo inclemencias de la naturaleza.

Pero años antes se dio un caso especial: a mediados del siglo pasado se logró construir un edificio de la Biblioteca Nacional de nueve plantas, en tres cuartos de manzana, que nos ha permitido pregonar con Roque Dalton que «no siempre hemos sido feos». Pero fue destruido totalmente en el terremoto de 1986.

El otro similar fue el de la cooperación española que estuvo trabajando en horario normal por casi un año para remodelar el actual edificio, lo cual se frustró debido a los dos terremotos de principios del 2001. El financiamiento español para la remodelación tuvo que desviarse por decisiones gubernamentales, para paliar la destrucción que se centró en el deslave del residencial Las Colinas de Santa Tecla. Ahí terminó la segunda pesadilla que, de no ocurrir la tragedia, se hubiera sentido orgulloso el maestro Alberto Masferrer, promotor de bibliotecas.

Es dable mencionar que a finales del siglo XX y transcurso del siglo XXI logramos apoyo de la cooperación internacional: AECI de España; la Universidad de Barcelona, la Embajada de Estados Unidos. Y otras de gran relevancia por más de ocho años consecutivos de la cooperación sueca, años 2000 al 2008, (ASDI –Cooperación Sueca- y Biblioteca Real de Suecia), apoyo que permitió iniciar en el 2005 las capacitaciones de digitalización. Este proyecto financió equipamiento tecnológico y estudios de cuatro bibliotecarios en esa rama. Se recibieron en la Universidad de Colima. Uno de ellos asistió a una pasantía en la Biblioteca Nacional de Brasil.

Dimos prioridad a libros históricos antiguos. Así, Suecia nos llevó a proyectarnos hacia la población migrante, alejada de sus signos de identidad, pese a contribuir a la economía gracias a la nostalgia, lo cual no va a repetirse con las siguientes generaciones nacidas en otros países, por eso fue necesario beneficiar a las familias lejanas para que con un clic tuvieran información nacional.

Hubo otras capacitaciones centroamericanas financiadas por ASDI y Biblioteca Real. Se agregó además la compra de estantería, equipos bibliografía, y material de conservación, también equipó con libros al Bibliobús (vehículo donado por UNESCO, 2006) aun activo. La cooperación sueca se extendió a toda América Central, de 2002 a 2008.

Se sumaron equipos de digitalización ofrecidos por la Universidad de Barcelona, incluyendo capacitaciones, punto de partida para ingresar a dos plataformas digitales. Fuimos el séptimo país en ingresar con nuestra documentación histórica en la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano, lograda desde un esfuerzo de la Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas Nacionales (ABINIA), y Biblioteca Nacional de España.

Al mismo tiempo alojamos nuestros libros en REDICCES, gracias a la sinergia valiosa del Consorcio de Bibliotecas Universitarias de El Salvador (CBUES). En la plataforma de REDICCES la BN tiene 980 documentos que han sido visitados por 98,869 usuarios, superando por 35,266 visitantes a la universidad que le sigue (tiene 63,403 usuarios), y con más usuarios a diecisiete universidades restantes. Además, creamos las bases de un Sistema Informático propio (el KOHA), en ISSS y BPs.

La cooperación sueca priorizó, por sobre las Bibliotecas Nacionales, a las Bibliotecas Públicas (BPs) de América Central, financiando equipos informáticos, mueblería, estantería, colecciones infantiles y muebles. Esto nos estimuló para incorporar acciones dirigidas a la niñez con el Bibliobús (desde el 2007), cubriendo a pequeños lectores en decenas de comunidades vulnerables.

Con lo anterior recuerdo la sabiduría del filósofo chino Confucio hace más de dos mil quinientos años: «Si tu plan es para un año, siembra arroz, si es para diez años siembra árboles; pero si tu plan es para cien años educa a los niños». Se agregan otras proyecciones y promociones del libro y lectura aunque no son funciones intrínsecas de una Biblioteca Nacional, cuya prioridad es custodiar la bibliografía patrimonial, fuente de información y conocimiento y vínculo educativo de desarrollo.

Las nuevas generaciones deben prepararse y recibir formación adecuada a los nuevos tiempos, procurando proyectarse a formar mentalidades abiertas y creativas desde los primeros años de vida, para contar con jóvenes futuros que no se encadenen a los barrotes y menos que huyan en emigraciones inhumanas. La lectura y el libro significan cultura propositiva y desarrollo neuronal. El libro digital, como el audio libro, y el analógico (en papel), en ese orden, están ocupando de mayor a menor el interés de los lectores: escuchar la lectura es también «leerlo». En fin, crear una sociedad con sinergia, que sea diferente, avanzada, comprensiva a cambios, inclusiva, conviviente, democrática.

De modo que las pesadillas actuales se reviertan al sueño de Masferrer de hace ciento cuatro años. Construir un país desarrollado, emprendedor, esperanza de salvación nacional. Requerimos tecnología avanzada y voluntad política.

Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal «Dra. María Julia Hernández» denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, «La masacre ignorada del río Lempa», habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.