Cuando despertó, el dinosaurio estaba ahí

En la década de los ochenta fui invitado para dar un taller de literatura en el Centro Cultural de la comunidad hispana, en San Francisco; y, posteriormente, en la Universidad Estatal de California.

Uno de mis objetivos era dar a conocer la literatura centroamericana como temática general, y ofrecer prácticas de creatividad, experimentadas antes como profesor en la Universidad de Costa Rica.

En ambos cursos me dio resultado en el área creativa el cuento «El cocodrilo», del guatemalteco-mexicano Augusto Monterrosa, quien escribió el cuento más breve conocido en español: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí». ¿Será? Son apenas siete palabras.

La práctica consistía en trabajar individualmente redactando una interpretación breve (máximo una página) sobre fondo o trasfondo del cuento. En una segunda fase cada uno debía hacer un cuento corto a partir de «El dinosaurio», de acuerdo con las ideas interpretativas ofrecidas en el primer trabajo: ¿era una pesadilla, ocurrió en tiempos antediluvianos; o que el dinosaurio se comió al prójimo?

El cuento de Monterrosa revela mucho interés en el área creativa para recrearlo y ejercitar la mente. Explicaba: así como se necesita ejercicio físico para desarrollar el cuerpo en los gimnasios, en los centros educativos desde educación básica hasta educación superior se debe también ejercitar el cerebro en las diferentes áreas del conocimiento. Solo así se puede contribuir a un próximo futuro acorde con invenciones en el campo de la inteligencia artificial.

En la actualidad, no cabe duda, la tecnología se lanza y arrasa como un tsunami al revés: construyendo, no destruyendo.

Se reafirma que si queremos reordenar las deprimidas regiones del mundo, debemos cultivar la creatividad como un valor cultural, proyectar nueva cultura educativa. No importa si somos limitados en recursos. Desde esas bases trabajan los países asiáticos, la India –para ser más específicos–, con más de 300 millones de pobres extremos, pero con un desarrollo inconcebible tiene como visión eliminar esos niveles de precariedad. Igual China, con similar población en pobreza extrema. Sin embargo, ambas naciones alcanzan niveles de grandes potencias. Como sabemos los dos países suman casi tres mil millones de habitantes. Ni imaginarlo. Pero también hay crecimiento inaudito en países pequeños.

La idea sería aprovechar el cerebro de la infancia temprana, abierto, apto para desarrollar cualidades impensables. Pero también en la educación superior, que son quienes deben formar a las generaciones futuras. Como educadores o facilitadores preparados serían los encargados de orientar por la ruta de la creatividad, y la inventiva cultivando el poder de la imaginación. El desarrollo de esas habilidades cabe en toda formación profesional: desde la matemática hasta la literatura y otras ciencias humanísticas. La solución no está a las puertas, aunque siempre es tiempo de caminar para llegar a una sociedad deseable: beneficiada y actora de su progreso.

Es la salida para no despertar de una pesadilla con un dinosaurio debajo de la cama. Más aún en la fase acelerada de las nuevas tecnologías, requerimos una propuesta estratégica y creativa como política, que nos lleve a apropiarnos de una verdad indudable, reconocer que esas inventivas tecnológicas deben estar en función de un desarrollo que implicará eliminar las desigualdades extremas. No importa si se implementa por etapas; pero comenzar, saber que nos dirigimos a la superación de los problemas de las regiones marginales. Una opción sería estimular las áreas culturales y artísticas que den ese salto que supere la pesadilla del dinosaurio.

Porque la realidad no perdona las omisiones. De otra manera, cuando despertemos, advertiremos que hay otras realidades, no necesariamente de pesadilla, sino de sueños compartidos. Pensar en grande es también reconocer las pequeñas penas que, sumadas, se convierten en tragedias. Por eso necesitamos chifladuras, como les dice a los trabajos del Doctorado de Mediación Pedagógica la Universidad La Salle, de Costa Rica, para provocar la mente creativa de quienes tendrán a su cargo a la población escolar por las rutas de la creatividad.

A este propósito quisiera mencionar la Ley Naranja planteada en Colombia por cinco años, para propiciar y promover las industrias creativas: el libro, los documentales, o el cine de ficción, el teatro, la música, las artes plásticas, como elementos de desarrollo humano y económico. Evitemos así despertar cada mañana con un dinosaurio que todavía sigue ahí.

Claro, para eso necesitamos sanear las finanzas del Estado, pues esa ley exige una inversión que redundará en beneficios económicos y es aquí donde surge la necesidad de ser creativos, y propiciar los emprendimientos personales que serán bases del beneficio común.

Y es el Estado el que debe prepararse para estimular esos emprendimientos en todo quehacer, desde las artesanías hasta la robótica. De nuevo recuerdo en Costa Rica su barrio de clase media alta, Escalante, parecido a nuestra Flor Blanca. En ambos casos las residencias comenzaron a ser vaciadas por sus propietarios para buscar nuevas zonas de desarrollo urbano, lo cual implica dejar las anteriores residencias en relativo abandono esperando la plusvalía de sus terrenos, como «ahorro» futuro. No obstante, significa un estancamiento y echar a perder posibilidades de proyección económica. ¿Qué pasó en el Escalante? Ahora es un barrio turístico donde jóvenes graduados presentan proyectos de acuerdo con la planificación del área artística y comercial a desarrollar.

El barrio Escalante me hace recordar el barrio histórico La Candelaria, en Bogotá; un barrio de riesgos violentos que ha pasado a ser zona de presencia cultural y artística: teatros, galerías, restaurantes, salas de conciertos y danzas. Al visitar Bogotá es obligado conocer La Candelaria.

El recién renovado barrio Escalante, sin ser zona de riesgos, se ha convertido en zona comercial con proyectos creativos culturales y artísticos, con jóvenes empresarios. Resultados que serían irrealizables, en Bogotá o San José, sin el capital semilla otorgado por el Estado para convertirlos en zonas turísticas en ambos casos.

Se trata de integrar potencialidades creativas, reconocerlo en función del desarrollo nacional. Entre nosotros evitaríamos esas caravanas de jóvenes profesionales que al despertar ven que el dinosaurio todavía sigue ahí.

Salto al vacío

Es curioso como cada campaña electoral que nos toca sufrir a los salvadoreños termina siendo calificada como “la peor, la más sucia, la más baja” de todas. Aunque nos cuesta imaginarlo en el momento, la verdad es que cada una supera a la anterior por la pésima manera en que es manejada por los diferentes partidos políticos, por los eventos que se desarrollan en torno a ella y por el tono de cada uno de los candidatos tanto por lo que dicen como por lo que dejan de decir o hacer.

Durante la presente campaña hemos visto y escuchado de todo. Destapes, acusaciones, golpes, insultos, amenazas, agresividad, populismo, “trolles”, arrogancia, evasivas, ridiculeces, todo ello mientras el panorama nacional sigue desangrándose con la violencia y con la salida del país de cientos de compatriotas que no ven otra escapatoria a la situación que vivimos. También fuimos sometidos a eventos que llamaron “debates” pero que, en la práctica, no resultaron ser más que entrevistas públicas colectivas y no un verdadero cuestionamiento de temas dudosos sobre sus eventuales formas de gobernar.

Quizás lo más indignante es que los diseñadores de las campañas políticas insultan la inteligencia de la ciudadanía pensando que basta enfocarse en el descontento generalizado para vendernos a su correspondiente candidato. Los partidos políticos no asumen como obligación hablar con claridad, pero sobre todo con objetividad sobre sus propuestas.

Hemos escuchado todo tipo de promesas que bien sabemos no van a poder cumplir, aunque tengan la buena intención. Eso si les otorgamos el beneficio de la duda. No sabemos quiénes son los eventuales funcionarios del futuro gobierno ni cómo se financiarán todos los proyectos y obras que dicen van a emprender y realizar, ni el costo ni las consecuencias que todo ello tendrá, de manera práctica, para la sociedad salvadoreña.

¿Son razonables todas esas propuestas? ¿Son realmente soluciones y no placebos o remedios cosméticos y temporales? ¿Son propuestas que se convertirán en elefantes blancos y muertos, como el puerto de La Unión? ¿Esas propuestas atacan y solucionan de raíz los problemas estructurales que venimos viviendo desde hace incontables años o se convertirán en despilfarro del fondo público y más endeudamiento nacional?

Ocupar la presidencia no es un acto de magia, no es un acto de borrón y cuenta nueva, no es una Navidad extendida donde los deseos de toda la ciudadanía se verán realizados de manera favorable para todo el país. En ese sentido, es molesta esa sensación de que se nos ofrece y dice lo que queremos escuchar y necesitamos ver cumplido, pero sin contar con un enfoque realista del país, sus problemas, sus instituciones y sus leyes.

Hay muchos temas urgentes que se tocan con paños tibios y otros que se evaden como si no existieran, porque pronunciarse con claridad sobre ellos podría costarles la simpatía de un país que vota desde sus creencias religiosas y su hígado, pero no desde la objetividad y el sentido común ni pensando en el bien general (por ejemplo, el reconocimiento del desplazamiento interno como consecuencia de los territorios controlados por las pandillas o las numerosas demandas de los grupos de mujeres y de quienes luchan por los derechos de la población LGBTQ, entre tantos otros).

Ni decir de los temas que son igualmente importantes, pero que en este país son subestimados porque la coyuntura cotidiana de violencia y debilidad económica se impone siempre como urgente sobre todo lo demás (por ejemplo, los asuntos ambientales o culturales, de los que ya hablé en una columna publicada el mes pasado, titulada “Vacíos de campaña”).

El acumulado de tanta promesa incumplida, del destape de la corrupción gubernamental, de los negocios y deudas políticas que se pagan cuando los funcionarios entran a sus cargos, ha cobrado un precio altísimo en la ciudadanía. El desencanto y la apatía son generalizados. Una porción significativa de votantes continúa sin decidir su voto porque todas las opciones (menos una) entran a la contienda electoral arrastrando el peso muerto de sus correspondientes partidos políticos, cuyo funcionamiento o personajes ya conocemos.

Aunque los candidatos se han empeñado en que los veamos desligados de dichos partidos y casi que nos han rogado para que pensemos en ellos como individuos, lo cierto es que nadie gobierna solo y que, de ganar las elecciones, el partido que los llevó a la presidencia tomará su lugar en los puestos de poder y de toma de decisiones, le guste o no al futuro presidente.

Otros votantes, quizás la mayoría, materializarán su profunda inconformidad con un voto desesperado, visceral, impulsivo, no razonado ni pensado a futuro. Este tipo de voto es preocupante porque votar no es solamente la acción de un día. Es un acto cuyos efectos tendremos que afrontar durante los próximos cinco años. Necesitamos comprender que las consecuencias de un voto de castigo no se limitan a los políticos y sus partidos, sino que impactan a todo el país, por lo que debemos estar claros de las reglas del juego que asumimos al encumbrar en el poder a alguien.

Es urgente que este país permita una mayor participación política y que la institucionalidad y los aliados del statu quo no sigan poniendo trabas y zancadillas para la formación de nuevos partidos políticos o para la participación de candidaturas independientes (como ocurrió en las elecciones legislativas pasadas). Lo es porque las opciones actuales redundan y se revuelven alrededor de los mismos actores que ya conocemos y cuya función, métodos y trabajo político no queremos repetir.

Las deficiencias de la campaña electoral obligan a la ciudadanía a informarse con profundidad y a meditar sobre las consecuencias de su voto, aunque con las opciones que tenemos, no hay demasiado que hacer. Para muchos será inevitable la sensación de que la próxima semana daremos un salto al vacío, sin saber si caeremos parados o si nos fracturaremos no solo todos los huesos, sino también las pocas esperanzas que todavía le quedan a alguno.
No me incluyo, porque las mías murieron hace años.

Ciencia, tecnología y creatividad

Desde hace años manejo un concepto sencillo de creatividad: posibilidad de saber actuar ante realidades o acontecimientos imprevistos.

Esto implica buscar soluciones, en todos los ámbitos del conocimiento. Pero es en el arte donde más se ha usado el concepto, aunque no se contradice aplicarlo a la ciencia y la tecnología.

Respecto a lo artístico, hace muchos años, muchos, tuve un maestro español de estética y lingüística que me estimuló estudiar a Georg Lukacs, filósofo del siglo XX que estudia el fenómeno de la realidad y su percepción por los sentidos para estimular la creación en general; aunque de Lukacs me interesó más la creatividad en función del arte; quien también aporta al investigar que el conocimiento no solo se da en el área de los sentidos y su proceso cerebral, también se percibe por todo el organismo lo cual incluye también conocer por medio de las emociones: el arte, el amor, los valores, los sentimientos en general.

Clave de un buen poeta, por ejemplo es producir en el lector la misma emoción sentida por el escritor; tesis me parece que es de Octavio Paz, «no debo escribir para mí, sino pensando en los demás». Esto coincide con Lukacs, porque eso es «conocer» en arte. Otra cosa es que otros escritores sostienen que cuando escriben no piensan en el lector. Me quedo con Paz. Ejemplo: Frank Kafka escribe «Cartas a Milena» desde su emoción, o Salinger en sus «Nueve Cuentos»; igual Ana Frank cuando escribe su «Diario»; lo mismo ocurre en la música, y artes plásticas, danza. La emoción que tuvo el artista al producir su obra nos emociona.

Respecto a la tecnología, ya el sistema educativo revisa su importancia y su interacción con sus políticas. Digo algo más: de acuerdo con consultores internacionales: las aplicaciones tecnológicas no solo afectarán las conductas, sino al empleo, pues se requerirá carreras de nuevas demandas. Incluso hay peligro que desaparezca ciertas profesiones. Aunque no creo que en El Salvador sea algo emergente. Sin embargo, no se debe improvisar llegado el momento pues de todas formas, no sabemos cuándo será ese momento. ¿Diez años, quince años, veinte?

Estas consideraciones me llevan a pensar en lo necesario que se estudien las artes y la literatura como materias básicas. ¿Por qué? En primer lugar porque despiertan la creatividad. Y de acuerdo con analistas educativos del siglo XXI, al estudiar el desarrollo de las tecnologías, sostienen esa desaparición de profesiones si el profesional no es creativo. Y si queremos profesionales de este tipo, necesitamos también docentes creativos. Dicha realidad mencionada se dará de acuerdo con el desarrollo de cada país, dentro de diez años, o veinte años.

Entonces es tarea pensar ya en los niños en formación educativa. Y si bien nuestro desarrollo tecnológico es difícil se compare con países como los Estados Unidos y Europa o los asiáticos (Japón, Corea y China), la necesidad de desarrollo tecnológico llegará sin avisar, porque por ahora solo somos consumidores de sus herramientas. La estrategia para no relegarnos debe ser paso a paso, con los que ya estamos atendiendo desde la Educación Inicial (de cero a 3 años), por ejemplo; e igual con docentes ya en preparación. Hace cinco años se hablaba de estar cubriendo solo un 2.5 % de niños en dicha área. Esa proporción ha aumentado al 5.1 % en 2017 con tasa neta de 29,009 niños y niñas hasta agosto de 2017, cifras que no incluyen la educación Parvularia que cubre el 56.3 %, que sumando la Educación Inicial, hacen un total de 225,431 niñas y niños atendidos de cero a siete años (datos de 2018 del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología).

Como vemos el reto es grande pues estamos hablando del futuro del país y sus implicaciones con el desarrollo tecnológico. Tenemos entonces un reto emergente por cubrir y es lo que yo llamo la estrategia de paso a paso.

De manera que la innovación educativa en los niveles mencionados ya comenzó. Incluye la concientización del papel del arte para una educación integradora. Leer y escribir y despertar el imaginario (y emprender «la creatividad, como valor cultural o como aventura»). Esto significa ofrecer metodologías para el desarrollo de la creatividad desde los 3 años.

Fundar una «escuela» nacional encaminada a formar futuros liderazgos, fortalecer la autoestima social y la política de inclusión. Entiendo, hay limitaciones económicas, en especial en centros educativos públicos. En tal caso, la lectura en voz alta es solución, permite contar con un solo ejemplar en el aula. Insistir en la literatura, y evitar que sea arrinconada por la lingüística en centros de educación superior. Para no imponer la lectura se requiere que el docente se emocione, conozca la obra, traslade su emoción al niño o al joven. Así vamos a crear bases para formar conductas propositivas y participativas; repercutirá en el desarrollo nacional y en democracia real.

Se enseña a pescar, no a repartir los peces. De ese aprendizaje nos toca prepararnos para los pasos siguientes hacia la apropiación del desarrollo tecnológico, no conformarnos con consumir. Que la prioridad estratégica de modelos educativos beneficien la educación inicial y la superior. Urge invertir y evaluar estos dos niveles. Un modelo que suprima la repetición donde el estudiante es solo un oyente.

Veamos, entonces, lo planteado arriba, sostenido por expertos, sobre las profesiones que no tendrán futuro en un mediano plazo: médicos generales, abogados sin especialización, arquitectos diseñadores, contabilistas, «que serán sustituidos por programas de computación». Tendrán demanda «los profesionales con habilidades artísticas, cuya capacidad creativa no puede ser sustituida por una máquina ni por un robot».

El reto es trabajar a partir de los pasos ya iniciados, con lo mínimo que tenemos en ciencia y tecnología; no permitir que sea vaciada de humanismo. A este se llega con lectura, bibliotecas, libros y apropiadas metodologías de aprendizaje.

Además, incide en la prevención de violencia, con «educación, cultura y desarrollo de las capacidades juveniles» (según dice la UNESCO refiriéndose a El Salvador).

Homero en los tiempos de Twitter

El primero de enero de este año inició en Twitter la lectura colectiva de La Ilíada, el poema épico de Homero. Se leerá un canto por semana y por medio de los hashtags #Homero2019 o #Ilíada2019, se podrá comentar la lectura, compartir información, fotos de sus ediciones o anécdotas personales en referencia al libro. La lectura de La Ilíada terminará el 18 de junio y el primero de julio iniciará la lectura de La Odisea. Entre ambos libros suman 48 cantos, así es que habrá Homero para casi todo el año.

La iniciativa es promovida por Pablo Maurette, ensayista y profesor de Literatura Comparada, el mismo quien el año pasado impulsó la lectura colectiva de La Divina Comedia de Dante Alighieri. La inesperada respuesta que obtuvo la idea de leer a Dante, a la que se sumaron miles de personas de diversos lugares del mundo, lo motivó a continuar proponiendo lecturas de clásicos de la literatura. Después de terminar La Divina Comedia, los seguidores votaron entre leer el Decamerón y El Quijote, ganando este último.

Estos ejercicios de lectura colectiva iniciados desde Twitter me hicieron pensar en otras alternativas y vías de promoción de la lectura que pueden desarrollarse gracias al uso inteligente de las herramientas que las redes sociales ponen a nuestra disposición. Uno de los ejemplos más llamativos es el de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Desde su cuenta en Instagram, la Biblioteca lanzó las llamadas «instanovelas», libros en un formato visual que pueden ser leídos desde la aplicación telefónica. Cuando se publican, los libros pueden accederse desde la sección de historias y después de 24 horas quedan a disposición permanente en los «highlights». Como cada foto (o página de contenido) dura 15 segundos en pantalla, el diseño ha sido hecho de tal manera que cuenta con un espacio especial para poder colocar el pulgar y evitar que la página cambie, mientras se termina de leer el texto.

Las obras que han sido publicadas hasta ahora son Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, El tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman, El cuervo de Edgar Allan Poe y La metamorfosis de Franz Kafka. También tienen publicado un tutorial para que los lectores puedan comprender cómo moverse con facilidad por entre las páginas de los libros.

Al lanzar las instanovelas, la Biblioteca Pública de Nueva York pensó que el formato podría llamar la atención e inducir a la lectura a personas que visitan dicha red social, una de las más populares en el momento. Acompañadas de un diseño animado a manera de portada, la introducción de textos en formato de páginas fácilmente leíbles pretende también mantener vivo el interés por la lectura de largo aliento, en un mundo que pierde comprensión lectora y enfoque de atención de manera acelerada.

Otras iniciativas interesantes son las cuentas que tuitean libros enteros, como por ejemplo «El Pop Wuj en tuits» (@PopolVuh_GT), que tuiteó por primera vez el libro sagrado de los mayas en 2016. Aunque el formato de tuits es incómodo para poder leer un libro completo y en orden, el mero hecho de ver algunas de sus líneas desperdigadas en nuestro muro puede animar a buscar la obra completa.

Aunque estas iniciativas atraen a un alto número de curiosos y seguidores, es seguro que no todos leen los libros en su totalidad o que siquiera comiencen a hacerlo. Pero otras personas se animarán a hacerlo con el apoyo de herramientas y aplicaciones telefónicas que conectan a una numerosa comunidad de lectores. La diversidad de participantes brinda, sin duda alguna, nuevos enfoques y consideraciones sobre las obras que pueden servir para modificar el prejuicio de que la lectura de obras clásicas es una experiencia aburrida.

Para muchos de nosotros, el recuerdo de nuestras lecturas de colegio nos dejó una impronta desagradable. Particular dificultad presentaba la lectura de los clásicos literarios, libros que han trascendido su tiempo y su geografía para contar historias y aspectos del carácter humano, que continúan vigentes al día de hoy. Por desgracia, en la etapa de vida en que somos forzados a leer esos libros no tenemos ni la experiencia de vida ni el bagaje cultural para comprender o apreciar plenamente ni su forma ni su contenido. Es un despropósito obligar a leer ciertos títulos a estudiantes de primaria y secundaria. No solo la imposición de la lectura resulta contraproducente sino también los métodos pedagógicos seleccionados por los profesores de turno para explicar la obra y su importancia.

La lectura colegial es también impositiva sobre la individualidad. Los libros del canon escolar se suponen incuestionables y de gusto obligatorio, siendo (tanto la literatura como el gusto) dos asuntos profundamente subjetivos sobre los cuales no se puede imponer nada. Aunque la intención de graduar bachilleres con un conocimiento mínimo literario es comprensible, las obras seleccionadas y la manera de evaluar las lecturas terminan produciendo aversión e indiferencia duraderas hacia la literatura y la lectura.

Cuando se menciona a «los clásicos» sentimos que son libros escritos en tiempos y realidades tan remotos que apenas nos resultan comprensibles. Pero esta simbiosis entre tecnología y literatura puede ser útil para quienes quieren mejorar sus lecturas individuales y para quienes gustan leer desde algún dispositivo móvil. En un tiempo donde las redes sociales se han convertido en espacios llenos de agresividad, desahogos e información dudosa o superficial, iniciativas como las mencionadas se convierten en espacios agradables y necesarios para conservar un poco de cordura.

#Homero2019 me llamó la atención lo suficiente como para comprar La Ilíada por tercera vez en mi vida. No me engaño a mí misma. No creo mantener el ritmo de leer un canto por semana, pero no importa. Ha sido refrescante revisitar sus páginas y reencontrar a Aquiles, el de los pies ligeros, cuya cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos, será cantada por la diosa para los tuiteros del siglo XXI que se animen a leerla.

Escritores y acciones de vida

Aprovecho mis vacaciones de fin de año para escribir e investigar sobre la vida cotidiana del escritor. Escudriñando en mis lecturas he encontrado varios pasajes de escritores, periodistas y poetas sobre una vida que contrasta con el concepto que se tiene tradicionalmente sobre ellos, muchas veces producto de una sociedad no lectora y desde ese punto de vista inculta. Entendido el concepto como falencias en la integración con la vida, no tiene que ver si se es profesional o de escasas letras. El mejor ejemplo lo da José Saramago cuando dice que su gran maestro de sabiduría fue su abuelo analfabeto. La falta de vida origina que el calificativo de poeta se confunda con modoso, sin oficio, vagabundo, ajeno a su realidad. Prejuicio que a la larga tiene alto costo cultural.

Pero veamos unos pocos ejemplos, pues he encontrado muchos casos que ilustran lo contrario del prejuicio.

Gordon George Byron (1778-1824), poeta y escritor inglés, aristócrata, heredero de grandes propiedades. El liberalismo de su época lo llevó a involucrarse en la insurgencia de otros países, al grado de formar batallones militares para apoyar la independencia griega del imperio turco. Siguió su propósito y eso le costó la vida a los 36 años. Es considerado un clásico inglés.

William Walker (1864-1860), poeta (precisamente su preferido era Lord Byron), médico (graduado de la mejor universidad de Estados Unidos, Pensilvania), periodista, abogado, políglota y militar. Al llegar a Nicaragua con su mercenarios se entronizó como presidente por el poder de sus armas; su mira era apoderarse de Centroamérica y el Caribe. Afirmaba: «La raza mestiza es la decadencia. ¿Qué se debía hacer? A mí me tocaba americanizar Centroamérica… regenerar a las razas mestizas?» (New Herald, 7 de junio de 1857). «Acción que solo puede hacerlo un país poderoso y civilizado». Su intervención guerrera costó la muerte de un aproximado de miles de centroamericanos, sin tomar en cuenta a sus mercenarios estadounidenses y de Europa. Incluso recibió elogios del gran poeta Walt Whitman por su valentía al invadir otros países atrasados (México, Cuba), que Walker calificó de ociosos y perversos (lo dice en sus memorias de guerra).

A propósito de esa gesta independentista centroamericana contra Walker, cito al capitán y poeta Francisco Iraheta, del ejército salvadoreño (no he encontrado referencias del escritor, solo históricas); aparece un parte que da la idea de esa guerra: «Señor, nada más debo darle parte que anoche murió el último soldado de mi compañía», se dirige a su general en jefe, Ramón Belloso.

Amos Oz (escritor y periodista israelí, 1939-2018). «Novelista prolífico, laico pero con profundo conocimiento de la tradición religiosa y hondo sentido de la compasión, y controvertido pacifista en una tierra donde condenar la violencia suele considerarse traición… Su obra refleja la historia milenaria de un pueblo y el conflictivo parto de una nación contemporánea» (Armando González, Letras Libres, México). Está considerado el mejor prosista en lengua hebrea moderna, egresado de universidades de Jerusalén y Oxford. Fue oficial en el ejército israelí y participó en las guerras de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kipur (1973) (Enciclopedia en Línea).

Amos Oz habló del compromiso de un escritor desde su primera obra hasta su desarrollo total como escritor. Posteriormente se convertiría en destacado militante por la paz y simpatizante de los movimientos insurgentes de América Latina. Dedico más líneas a este escritor, que hablaba español, porque nos vimos varias veces en conferencias internacionales. Como eterno candidato al Premio Nobel, no habérselo dado –dice la crítica literaria– privó del Nobel a uno de los escritores más sobresalientes de la literatura contemporánea.

Franz Kafka (1883-1924), judío checo. Sus libros que más me influyeron fueron «Carta al padre» y «Cartas a Milena», aunque no son sus obras más representativas. Con casi todos sus libros sin publicar, en su lecho de muerte le dijo a su amigo y editor Max Brod que rompiera todos sus originales. Brod intuyó que la humanidad no podía perderse de su literatura y no le cumplió la promesa.

J. D. Salinger (1919-2010), su novela «El cazador oculto», conocida también como el «Cazador en el centeno», influyó en el asesinato de John Lennon, según lo manifestó el criminal. El hecho dio pie para hacer cine de tercera categoría de crímenes de carácter macabro.

A propósito, uno de los cuentos de Salinger, «Hace buen día para cazar el pez banana», lo leí en una revista con temas del hogar en una peluquería de quinta categoría en el Centro Histórico. El peluquero me la ofreció mientras ejercía su labor. Jamás había escuchado sobre Salinger y lo descubrí de casualidad. Este hecho trivial me anonadó e inspiró para escribir y publicar mi primera narración en 1964, titulada «El nombre» (Revista Vida Universitaria). Un hecho tan casual me tiene escribiendo hasta ahora narrativa en vez de poesía.

Un ejemplo paradigmático sobre ejercer oficios disímiles fue el de Miguel de Cervantes (1547-1616), quien como capitán peleó cinco años, de tal manera que en su tiempo fue considerado «soldado y poeta», por partes iguales en su vida. Combatió en Turquía y en Túnez. Fue prisionero y esclavo en las galeras, y casi pierde un brazo en la batalla de Lepanto.

Otro caso es la gran novela contemporánea: «Ulises«, de James Joyce (1882-1941). Sin embargo, cuando se la dieron a leer a la escritora y editora inglesa Virginia Woolf declaró que no había podido leer «semejante basura» (The Times). A propósito, años después, he tenido el honor de publicar dos novelas traducidas al inglés en esa editorial de Londres.

También pasó en España con «Cien años de soledad», rechazada por considerarla baladí, lo cual creó resentimiento en el escritor colombiano Gabriel García Márquez, pero lo superó posteriormente. España respiraba el oscurantismo fascista de Franco, pero la editorial era propiedad de editores y escritores aperturistas (Seix Barral) frente a la censura. Consideraron que esa obra como novela jamás tendría futuro en España ni en Europa. «Cosa veredes, amigo Sancho».

Un cuento de Navidad

Ebenezer Scrooge odia la Navidad. Es un tipo que no sonríe, no es benévolo ni comprensivo con nadie, ni siquiera con quienes convive a diario. Odia a los pobres y piensa que sería mejor que todos estuvieran muertos. Así se evitarían los problemas de sobrepoblación que afean tanto la ciudad de Londres. El trabajo es lo único importante para Scrooge. Para él es incomprensible que no se trabaje el día de Navidad. No hacerlo es perder dinero.

La felicidad y la ilusión de los niños que esperan regalos y golosinas para esa noche le parecen una estupidez.
Scrooge se va a casa a pasar la Nochebuena solo. No quiso aceptar la invitación de su sobrino para cenar con su familia y está molesto por haberle tenido que dar la tarde libre a Bob Cratchit, empleado de su oficina. Ya a punto de dormir, Scrooge recibe visitas.

Primero, lo visita el fantasma de su socio Jacob Marley, quien debido a su avaricia y maldad ha sido condenado a arrastrar una pesada cadena por toda la eternidad. Marley le advierte que si no enmienda su conducta en vida, correrá el mismo destino cuando le toque morir.

Después aparecen otros fantasmas que llevarán a Scrooge en viajes por el tiempo. El fantasma de la Navidad Pasada lo hará revivir la muerte de su madre; su infancia en internados; la frialdad de su padre; el matrimonio de Scrooge y el subsiguiente abandono de su esposa cuando aquel se convierte en un adicto al trabajo. Finalmente revive la muerte de su hermana, el último afecto que le quedaba. Cada uno de esos eventos dolorosos supuso el encierro en sí mismo y la dureza que Scrooge manifiesta ante los demás.

La Navidad Presente le hace darse cuenta de que Cratchit tiene un hijo, a quien llaman Tiny Tim, quien es cojo y enfermizo. El bajo salario que le paga Scrooge no es suficiente para cuidar mejor de él. La Navidad Futura le muestra la alegría, la indiferencia y el pronto olvido que causará su muerte, debido a su mezquindad y dureza de corazón.
Esa noche de visitas fantasmales impacta a Scrooge de tal manera que al día siguiente cambia de forma radical. Ayuda a Tiny Tim, el hijo de Cratchit, y celebra de nuevo una Navidad, ante el asombro y la sorpresa de quienes conocieron su amargura.

“Cuento de Navidad” es la historia de la redención de un villano. De un milagro que solamente la potencia del espíritu navideño podría consumar. El escritor inglés Charles Dickens la escribió en el transcurso de 6 semanas (entre octubre y diciembre de 1843), por varios motivos. Por un lado, quería apoyar la renovación de la celebración y tradiciones navideñas inglesas que habían caído en desuso. Dickens además era crítico del capitalismo y la industrialización. Darle a todo un valor económico había desvalorado valores como la generosidad, dando importancia a quien acumula mayor cantidad de bienes y menospreciando a quien tiene menos.

Apoyar la renovación de las tradiciones navideñas implicaba también una crítica al consumismo que el capitalismo promovía. La compra de regalos suponía una transacción económica donde predominaba el factor dinero y donde lo emocional (el nivel de importancia afectiva que tenía el receptor del regalo) determinaba el valor en metálico que se estaba dispuesto a pagar por dicho objeto.

Dickens, que por su propia infancia de niño trabajador conocía a profundidad las miserias y carencias de la clase obrera, quiso que aquella nueva narración pudiera ser leída ese mismo fin de año por todos sus lectores. Para lograrlo, debía imprimirse en forma de libro, y debería tener un precio razonable para que personas de diferentes capacidades económicas pudieran comprarlo.

En ese momento, Dickens tenía 31 años y atravesaba problemas monetarios. Pensó que, invirtiendo parte de su propio dinero para realizar la impresión de acuerdo con sus especificaciones, las ventas le permitirían recibir alguna ganancia que aliviara su situación. Trabajó la primera edición con la editorial Chapman & Hall y el libro salió publicado el 19 de diciembre de 1843, luego de descartar una primera impresión cuyo color de portada y otros detalles no dejaron satisfecho a Dickens.

La edición de 6,000 ejemplares se agotó en los cinco días siguientes de salir a la venta. Pero cuando el escritor se sentó a hacer cuentas con la editorial, al ser deducidos todos los gastos de la edición fallida y los materiales invertidos, recibió solamente 137 libras. Dickens esperaba hacer una ganancia de 1,000 libras para compensar su inversión y resolver sus asuntos. Al año siguiente se haría una nueva edición que también se agotó. Pero incluso con la venta de esa nueva edición, Dickens no logró recibir más de 726 libras.

La historia de Ebenezer Scrooge no salvó a Charles Dickens de sus problemas financieros, pero alcanzó esa ambición secreta de los escritores de que alguna de sus historias trascienda las páginas del libro e incluso, su propio tiempo. Son numerosas las representaciones teatrales, obras musicales, dibujos animados y películas que se han realizado basados en esta historia. En algunos países, la palabra “scrooge” sirve para definir a una persona que no le gustan las fiestas de fin de año y a la que le fastidian todos los ritos y costumbres que la época impone.

Por desgracia, la percepción que tenía Dickens de su tiempo, quien pensaba que el capitalismo y la revolución industrial habían mercantilizado todo y que los valores humanos estaban relegados a la invisibilidad, pervive hasta el día de hoy. Persisten la desigualdad económica y los corazones endurecidos que no se conmueven ante el dolor ajeno. Corazones tan duros que ni la visita de algunos fantasmas ni la lectura de esta u otras historias, podría ablandarlos.

A pesar de ello, seguimos soñando con que algún día, pronto, algo cambie. Es la esperanza implícita que trae cada cambio de año.

¡Ah! Si todo fuera tan fácil como en los cuentos de Navidad…

Migración, educación y habilidades blandas

Sobre los temas mencionados arriba, se hace más evidente la necesidad de comenzar a solventarlos desde ya, aunque existen algunos programas tocados con timidez. Tímidos porque se invierte con lástima pese a conocer la clave del desarrollo: la educación. Se necesita mucho más para cultivar en el tiempo una sociedad de convivencia que mitigue las tormentas sociales, incluye también desplegar iniciativas para ofrecer oportunidades a los jóvenes, a los que no tuvieron más opción que emigrar o delinquir para existir.

Esos se convierten en los eslabones de una cadena de la cual no es fácil liberarse. Y en el tema educativo, en las áreas básica y superior, se dejaron de un lado cultivar habilidades creativas. Pero la sociedad global nos fue alucinando con un pragmatismo que renunció a crear talento asertivo que permitieran enriquecernos con destrezas y talento en la formación de nuestros recursos humanos.

Lo reiteramos: cultura y educación. Entendido esto como formar en comportamientos sociales, en sensibilidad frente al otro, en proyectar conocimientos profesionales para una función pública orientada al bien de la comunidad. Es fácil plantearlo, pero necesitamos saber cómo implementarlo. Pensar a largo plazo. Si en estos momentos otros países en desarrollo lo emprenden, nosotros también podríamos lograrlo. Toda vez dejemos de vernos el ombligo en el espejo del tiempo y comencemos desde ya. Iniciemos con la niñez. Reflexionemos si el arte y la lectura son fundamentos para contar con una sociedad culta, entendido en su concepto amplio que implica respeto y convivencia, reconocimiento de derechos propios y ajenos.

Algo inmediato por fortalecer es formar a docentes que puedan recibir a los niños que ya se están por sí mismos formando en uso de medios informáticos, ofrecerles continuidad en esos aprendizajes. Toda vez no caigamos en el formalismo de currículos academicistas, para no llegar a puntos de partida del estancamiento.

Es prioritario perder el concepto del aula como encierro, y pensar que la vida está en todas partes, e interpretar esto como una forma de aprender y educarse para ser cultos. En algunos países ya se dan esos pasos relacionados con la vida presente, para lo cual se enfoca la reducción del período semanal de clases, en supresión de tareas, en la creación de espacios abiertos donde el docente comparte con el estudiante. Las investigaciones de la neurociencia educativa nos darán las respuestas acertadas si procedemos correctamente en esta búsqueda de adecuar la formación educativa acorde con las proyecciones de desarrollar las inteligencias artificiales.

Recuerdo años atrás cómo los discos duros se transportaban en vehículos pesados, y ahora podemos guardar en los bolsillos de la camisa su equivalente en información. No lucubro: hace 10 años era inconcebible ver a personas humildes de cualquier edad usando nuevas tecnologías para comunicarse. Lo veo cada día en la universidad de la calle, en humildes comerciantes informales.

Por cultura generacional, soy un aficionado al Centro Histórico, y observo con admiración a vendedoras de frutas en carretillas comunicándose con esos medios avanzados que llamamos «teléfonos inteligentes», que dentro de un par de años serán ruinas del pasado. Porque la ciencia se acerca cada día más a proyectar sus novedades tecnológicas a la velocidad de la luz.

Algunas de estas reflexiones me las despertaron al leer una noticia de Costa Rica, que pese a sus problemas fiscales, ocupa un lugar relevante en desarrollo dentro de los países de América Latina; en siete o 10 décadas emprendió una educación cultural ciudadana que no se mide solo con un título de educación superior, sino con educación y cultura socializados. Comenzó con el denominado Estado Benefactor, creado por un político distinto en su época: don Pepe Figueres.

Eso fue permitiendo cambios sociales que se manifestaron en uno de los tres mejores sistemas de salud de América Latina; agregado el tema ocupacional, que permitió reducir el desempleo formando mano de obra calificada en función de un plan nacional de desarrollo a la vez que se emprendía una formación cultural ciudadana desplegando políticas públicas para beneficio social.

La clave estaría en una educación ciudadana que pueda incidir en decisiones públicas, una ciudadanía participante no solamente para ir a colocar su voto en unas urnas. Hace unos 25 años, entre nosotros, se llegó a decir que no se necesitaba poner énfasis en la formación superior, idea que surgió porque habíamos descubierto el boom de las maquilas necesitadas de obra barata, no necesitaba habilidades calificadas. Fracasado el proyecto, se dio como por arte de magia la migración hacia los países desarrollados. Porque desde antes esa migración masiva solo buscaba a Honduras para tener los salarios de las bananeras o migraba a Guatemala en procura de una moneda equivalente al dólar en esa época.

Volviendo de nuevo a Costa Rica, hace unos 12 años visité el Tecnológico de Cartago para ofrecer una conferencia de orden cultural. Previo tuve breve charla con su rector (había sido mi alumno en la Universidad de Costa Rica, UCR), me decía que el problema en ese momento era convencer a los estudiantes de graduarse como técnicos para ingresar al mercado de trabajo y que la universidad les daría facilidades para quienes quisieran sacar con posterioridad el título de ingenieros.

Actualmente ese problema lo han resuelto con visión de desarrollo, creando una quinta universidad nacional: la Universidad Técnica Nacional. Las otras cuatro son la Universidad Nacional de Heredia, la Universidad Nacional a Distancia (por cierto, con la editorial más desarrollada de toda Centroamérica) y la Tecnológica de Cartago, tres instituciones que vi nacer en el hermano país; además de trabajar en la universidad histórica, incluida entre las mejores universidades de América Latina, la UCR.

En fin, la educación con las llamadas habilidades blandas pone énfasis en forjar a personalidades para cultivar liderazgos mediante aprendizajes centrados en estimular destrezas comunicativas y propositivas, propiciando la creatividad y disciplina como normas de aprendizaje, sin caer en la cultura gamonal o principesca de mando y obediencia, equivocado o no, ante el silencio del educando o del subalterno.

Blues del freelancer

Un día amanecés desempleado. De inmediato comenzás a buscar algo. Te hacés a la idea de trabajar para mientras, por cuenta propia, ser freelancer para poder subsistir un tiempo, porque todo está miserable y no hay trabajo ni abundante ni bien pagado y como vivís a coyol quebrado, coyol comido, no podés darte el lujo de no trabajar.

Aquello se torna en un asunto de angustia permanente. Preocupación, insomnio. Tu currículo circula en todas partes, como si fuera un virus. Se lo mandás incluso a gente que tenés años de no ver. Algunos contestan, prometen que sí, que cualquier cosa te avisan. Otros ni se dignan. Alguno te da una palmadita en la espalda. Te dicen que ni te preocupés, que con tu experiencia encontrarás algo rápido, que siempre hay trabajo para gente como vos, que saldrás adelante. Sabés que la intención es buena, pero también sabés que la realidad es otra.

Comprás periódicos, hacés listas (de gastos, de contactos, de fotocopias que hacer), llamás a Menganito y a Sutanita, tratás de no dar imagen de desesperación. Apenas has pasado un mes y 12 días sin trabajo, estás administrando con buen tino lo de tu cancelación. No podés hacer más. La información está circulando. Ya saldrá algo. Te dan un contacto para que llamés porque el amigo de un primo de un conocido avisó que hay una plaza libre en equis lugar, con un salario magro para el nivel de tareas, pero no estás para discriminar, lo agarrarías pero seguirías buscando algo mejor, algo más de acuerdo con tu experiencia, a tus estudios, a tus cualidades personales. Pero cuando llamás por el empleo, ya está tomado. Desilusión. Escuchás el ruido que hacen tus ilusiones al romperse.

Te da dolor de estómago recordar que casi es fin de mes y que hay que pagar el alquiler y que, si no conseguís dinero pronto, el próximo no vas a tener para pagar los servicios ni tu vivienda y entonces ¿qué? Pensás en la gente que te puede prestar dinero a plazo relajado porque no tenés ni (beep) idea de cuándo te vaya a salir algo y hacés cuentas, pensás qué es lo que vas a cortar. Varios caprichitos quedan suspendidos hasta nuevo aviso.

No. A ver. Tranquilidad. Keep calm y tomate otro café. Hacés cálculos de las reservas de comida que tenés, organizás los 10 pesos que te quedan, hacés un cronograma, establecés un plazo antes de entrar en plan emergencia. No sabés cuál es el plan de emergencia, pero esperás no tener que llegar a eso.

Entonces ocurre un milagro. Un trabajito. Un freelance. Lo que te pagarán apenas alcanzará para pasar un par de meses en modo monje trapense y es tedioso y la fecha de entrega es para ayer, es decir, es urgente, pero no estás para exquisiteces porque hay que comer, pagar cuentas. Volvés a fumar del puro estrés, trabajás como poseído, día y noche, picheles de café, ponés una alarma para hacer 20 sentadillas cada hora porque tenés tullidas las nalgas y las piernas de estar sobre una silla y te llama gente que nunca te busca, que mirá, vamos a tomar algo, porque creen que ser freelancer es estar en casa rascándose la panza todo el día porque estás desocupado, y vos: no men, fijate que estoy trabajando en algo urgente que debo entregar mañana.

Te quedás en casa envidiando esa vida que otros tienen, esos rostros felices del Feis, las excursiones, los paisajes, los paseos dominicales, las cervecitas y las ostras, pero concentrate, por favor, terminá el trabajo, mañana es el plazo y querés entregar antes de la hora, para impresionar, para que te recomienden, para que te vuelvan a llamar, para seguir la cadena de trabajitos freelance hasta que aparezca alguna cosa estable, con un sueldo que te permita pasar menos angustias y tener la estúpida ilusión de que algún día tendrás el dinero suficiente como para no preocuparte nunca más por plata. Jajajajaja. Eso fue tu risa histérica. Tu risa nerviosa.

Tu risa para disimular la preocupación porque ya entregaste el trabajo y están tardando mucho para pagarte y te quedan tres pesos, pero bueno, con una cora de pan francés y unos frijolitos te alcanza para un par de tiempos al día, por suerte no tenés a nadie que mantener, antojo brutal de cerveza, pero no hay pisto, cantás la canción de JLo «yo quiero, yo quiero dinero, ay».

Entrás en modo cobrador, primero escribís correos, luego llamás. Hacés notar que el trabajo fue entregado antes de tiempo y ya han pasado siete semanas y no te dicen nada del pago y sí, pero es que fíjese que falta la firma de Quien Manda, pero dicha persona se encuentra fuera del país y no vuelve hasta dentro de dos semanas. Te imaginás al tal Quien Manda en una playa de arenas blancas en la Polinesia, tomándose una piña colada y soplándose el sudor con un fajo de puros benjamines mientras vos te alegrás como un demente porque encontraste un billete de $5 en el bolsillo del pantalón, te sentís millonario, «¡soy ricooooooo!», gritás histérico, vas a estar bien, todo se va a arreglar, hiperventilás de la emoción, pensás con un positivismo que te desconocés, revisás los bolsillos de todos los pantalones para ver si hay suerte y encontrás otro billete, pero volvés a escuchar el ruido de tus ilusiones rompiéndose.

Con esos $5 podés comer y transportarte para por fin recoger el cheque que trae el descuento de impuestos (aquí emitís profusas y floridas maldiciones contra Hacienda), un cheque cuyo valor solo sirve para pagar deudas, un dinero al que no le ves ni la vuelta mientras comienza de nuevo el ciclo de buscar, preguntar, mandar currículo, hacer el trabajito, cobrar, ir a buscar el cheque, el ciclo de odiar ese calvario interminable, esa agotadora y absurda carrera de hámster, esa profesionalización de la esclavitud que llamamos «trabajo» y que dicen dignifica al ser humano.

Muros y contramuros culturales

Hace una semana leía del novelista Juan Villoro que no sabe si es periodista o novelista, y que se siente más dentro de la ética si hace periodismo. El problema es que lo ético pareciera estar más emparentado con la objetividad, y la novela, como ficción, debe inventar, le respondo. Es su gran fuerza. El periodismo es verdad cotidiana que llega a la gente en el momento puntual, aunque las hemerotecas sean grandes fuentes de historia. Pero la novela, aun siendo ficción, se convierte en verdad por encima del tiempo. De acuerdo con una frase del Premio Nobel Vargas Llosa, «la novela es una mentira verdadera».

De mi parte hago periodismo que no solo sea puntual en la cotidianidad, sino como memoria cuya principal característica es la búsqueda de sobrepasar el tiempo. Así, cuando Fedor Dostoievski escribe «Crimen y castigo», jamás imaginó que su obra sería considerada de gran aporte a la ciencia de la psicología, tan importante como los trabajos de Sigmund Freud. Y menos se imaginaría que luego de estar en las cárceles de Siberia, donde escribió su novela «El sepulcro de los vivos», continuaría siendo leído 150 años después y recordado históricamente, aunque no pretendía escribir una novela histórica que retratase a la Rusia zarista que maltrató su figura relevante en la literatura universal, porque Dostoievski representa su idioma como Cervantes el castellano. Y James Joyce, Wolfgang Goethe, Gustave Flaubert y Víctor Hugo, maestros de su idioma inglés, alemán, respectivamente, y los dos últimos del idioma francés.

Además, sus escritos representan expresiones multiculturales. Unen al mundo. Nos hacen respetar culturas diferentes, que es forma de supervivencia. Los que escribimos español debemos sentirnos orgullosos de tener el segundo idioma con más hablantes originarios, superado solo por el mandarín, con más hablantes que el inglés.

Pongo ejemplos sencillos: viajo en tren desde Francia, pasando por Suiza, hacia el Norte de Italia. En los vagones solo se oye el leve sonido de la máquina de alta velocidad, nada de bullicio, como un tren fantasma. Muchos ciclistas y personas transitan en la tarde dorada que ilumina la calle paralela. Las ventanas van cerradas. El silencio en el vagón es interrumpido por un altoparlante que anuncia la cercanía de la frontera suizo-italiana. Al entrar lentamente a Italia, la mayoría de pasajeros, en su mayoría italianos, salen de sus camarotes al pasillo y abren las ventanas que dan a la calle. Piropean con bullicio a las muchachas jóvenes. Confirmo la lección aprendida de mi abuela, «dondequiera que fueres, haz lo que vieres». Los italianos respetaron el silencio en su tránsito por Alemania y Suiza, pero al llegar a su país se convierten en italianos.

Uno de los problemas que detecté en mi reciente viaje –julio de 2007– al área de Maryland, Virginia y D. C. es que muchos salvadoreños quieren seguir siendo salvadoreños «a la salvadoreña», lo cual choca con la intolerancia actual, incluso contra el idioma español, porque después de la tragedia en Nueva York el 11 de septiembre, Estados Unidos ya no es el mismo, aunque la mayor parte de salvadoreños o centroamericanos se asimilan a nuevos modelos educativos y de conducta.

Esos modelos deben comenzar adentro, pues somos migrantes por antonomasia. He leído, en esta revista donde escribo, sobre las increíbles matanzas de civiles, incluyendo a niños menores de un año en las zonas campesinas (El Mozote, El Calabozo, Las Tres Calles, etcétera); y sobre el irrespeto a los derechos de la mujer que culmina en feminicidios, de los índices más altos en América Latina; patriarcalismo fatal que culmina en crimen e intolerancia ante las opciones sexuales.

No se puede medir qué es lo más trágico, si las matanzas o la violación de derechos humanos, que, sin una educación cultural, culminan en crimen. Tenemos que aprender de la vida, educar para aprender a asumir nuevos valores y conductas, donde impunidad y hegemonismo culminan en delitos dramáticos por insensibilidad ante los excluidos.

El tiempo nos tomó por sorpresa y de pronto nos damos cuenta de que deponemos el bien social a favor de ambiciones y privilegios; estamos asfixiándonos en las cámaras de grandes vacíos culturales. No se trata de dar lecciones a nadie, sino de hacer reflexionar sobre la importancia de conocer el curso de nuestra vida republicana que no va a comenzar mañana, sino que pronto cumplirá 200 años. Y no estamos sentados en un lecho de rosas, como decía el emperador azteca mientras los conquistadores le quemaban los pies.

Vuelvo a recordar a mi abuela –»haz lo que vieres». Recuerdo también a unos 15,000 campesinos pobres que llegaron a Costa Rica provenientes del departamento de Chalatenango y del norte de El Salvador, y con una humildad más acentuada porque huían de masacres, dejaban atrás a niños, hermanos y abuelos calcinados; sin embargo, su resiliencia vital les permitió deponer conductas «nacionales» para asimilar que cultura y educación se complementan con documentos migratorios. Luego, al final de la guerra en nuestro país, las familias refugiadas optaron por emigrar de Costa Rica a Australia y Canadá. Por experiencia sé que aquellas personas con las que trabajé, acompañado de personalidades costarricenses, transformaron la vida a su favor.

«¿Crees que la renuencia política estadounidense para apoyar la emigración sea de tipo cultural?», le pregunto a un amigo. Me responde que la persecución se centra en los latinoamericanos –centroamericanos y mexicanos en especial– no solo por ser los que más emigran en busca de oportunidades de vida o huyendo de la muerte, influye el prejuicio racial que es cultura deprimida.

Preguntémonos por qué los pueblos asiáticos han crecido en las últimas cuatro décadas después de sufrir guerras que han costado millones y millones de víctimas, casi convertida en cenizas su geografía original. Comencemos por reconocer que el problema es nuestro, sin distinciones, y que las tragedias podrían continuar si no nos abrimos y damos pensamiento a nuevas visiones y reflexiones si queremos encontrar las respuestas a la tragedia interminable.

Vacíos de campaña

Estamos a dos meses de las próximas elecciones presidenciales pero las diferentes candidaturas han planteado propuestas vagas y generales para solucionar los problemas urgentes del país. Parece que los candidatos no aprendieron nada del desencanto y el hartazgo generalizado de la ciudadanía, que ha señalado en diversos espacios las fallas de los gobiernos anteriores y las necesidades reales que tenemos.

Hay muchos temas que han quedado fuera y que deberían de tomarse en cuenta, si pretenden lograr el voto de ese amplio sector de la población que está harto de promesas no cumplidas, de abusos, sinvergüenzadas e ineptitudes. Se habla de defender el medio ambiente, por ejemplo, pero lo que dicen todos es que habrá campañas de reforestación sembrando equis cantidades de árboles, cuando el problema ambiental es mucho más complejo y grave.

En tiempos de cambio climático y de contaminación ambiental crítica, ¿cuáles son las medidas que se tomarán para reducir el impacto de los fenómenos naturales, ¿qué se le exigirá a las empresas, establecimientos comerciales y ciudadanía para reducir sustancialmente la producción y uso de plásticos y otros contaminantes?, ¿cómo se va a proteger el bosque existente en el segundo país más deforestado en América Latina, después de Haití?, ¿cómo se van a proteger las fuentes de agua de los desechos de las industrias contaminantes?, ¿qué se hará con las empresas mineras?, ¿se seguirán aprobando indiscriminadamente construcciones de edificios, carreteras, centros comerciales, campos de golf, residenciales y monumentos que destruyan las reservas naturales del país y nuestro patrimonio arqueológico?, ¿dónde están los programas de preservación de nuestra fauna?

Tampoco se escucha ninguna palabra sobre un sector poblacional con una problemática propia, como es la de las personas mayores, y no me refiero estrictamente al adulto mayor (de los 65 años en adelante), sino a la franja de personas que son despedidas a partir de los 45 años de sus empleos, porque las empresas e instituciones prefieren contratar a personal más joven.

El enfoque casi exclusivo de la solución de problemas nacionales sobre la juventud, si bien es importante, ha dejado en el descuido a una amplia franja de población que se ve obligada al autoempleo, con consecuencias económicas duras. El fracaso del plan de pensiones obliga a muchos a continuar trabajando o a buscar otras formas de ingreso económico. Gente que ganaba un sueldo promedio de $1,000 mensuales, recibe una pensión de entre $230 a $300. En otras palabras, pensionarse es sinónimo de pobreza, de degradar la calidad de vida del ciudadano, en un país con un altísimo costo de subsistencia, con servicios públicos deficientes, salarios miserables y un sistema bancario que no premia el ahorro sino que estimula el endeudamiento.

Mucho se habla de las pensiones, pero más grave es el hecho de que la mayoría de la población no cotiza ni para el seguro social ni para el retiro. Debe trabajar hasta morir. ¿Por qué nadie se preocupa por esa mayoría? ¿Por qué se le anula y expulsa de la vida económica, cuando todavía hay muchos que están en capacidad de trabajar o emprender? ¿Por qué en los discursos de gobierno esta gente es invisible y no existente? ¿Por qué no se asume que esa población no atendida está en peligro de pobreza real?

Si a esto sumamos la fragmentación familiar, heredada desde la guerra e intensificada por los fenómenos migratorios y delincuenciales que atravesamos, no se puede confiar en que las personas mayores tendrán amparo en sus familias al llegar los años finales. Fíjese cuántos están pidiendo en los semáforos o en otros lugares. Fíjese también en las ofertas de empleo, limitadas hasta los 35 años, las más generosas. ¿Quién dignifica a las personas mayores de 45 años? ¿Dónde están las organizaciones que trabajan para ellas? ¿Dónde los programas que no sean recreativos o de terapia ocupacional para un segmento de población que sigue lúcido, saludable, con necesidades y con deseos, no solo de trabajar, sino de compartir ideas y propuestas de acuerdo a su experiencia? ¿Dónde están los programas educativos y sociales que terminen con el prejuicio y el estigma de que las personas mayores son enfermas, tontas, inútiles y que todo lo que dicen y hacen es intrascendente?

Por último, aunque no por ello menos importante, ningún candidato ha hablado sobre el tema cultural. Un par lo ha mencionado de manera veloz, pero siempre con el limitado enfoque de utilizar el arte como herramienta preventiva de la violencia o como terapia ocupacional, cuando cultura es un tema transversal que impregna todo nuestro quehacer cotidiano y no se limita a lo artístico.
El tema es tanto más importante porque existen un ministerio y una ley de cultura, fundados por el gobierno actual, que si bien es cierto no han funcionado como deberían y tienen toda suerte de limitantes y carencias, están ahí y han sido resultado de los esfuerzos de un gremio que lo viene empujando y discutiendo desde hace años. Lo logrado, aunque deficiente, debe seguirse desarrollando y consolidando. No lo podemos dejar perder.

Sigue pendiente la promesa de campaña del actual presidente, de conceder seguro social y pensión para los artistas, un gremio que suele tener graves altibajos económicos. Numerosos son los casos de artistas que murieron en la pobreza y el abandono, para que después, con la hipocresía social que nos caracteriza, alabemos su obra sin habernos preocupado por ellos en vida. El patrimonio cultural (material e intangible), los pueblos indígenas, la literatura y la memoria son algunos de los muchos temas pendientes de atención en lo cultural.

El trabajo y las soluciones para estas áreas no pueden seguirse posponiendo hasta un hipotético mañana que nunca llega. Un buen gobernante debe ser capaz de comprender que el entramado de la problemática nacional es complejo y que los temas mencionados son transversales a toda nuestra realidad.

Subestimar la importancia de estos temas es como pegarle un tiro en el pie al país. Siempre andaremos cojos, caminando en desequilibrio, si no los atendemos con la prioridad que merecen.