Nuestra casa en llamas

Greta Thunberg, una adolescente de 16 años, se sienta todos los viernes delante del Parlamento sueco, en Estocolmo, con una pancarta que dice “huelga escolar por el clima”. Lo hace desde agosto del año pasado. El objeto de su protesta es exigir a los políticos acciones concretas contra el cambio climático.

Cuando tomó la decisión de faltar a la escuela para realizar dicha protesta, sus padres no se mostraron entusiasmados. No tenían ningún impedimento con la causa de su hija, pero no les gustó la idea de que perdiera clases para protestar. Le dijeron que era mejor que se dedicara a sus estudios y así, “cuando fuera grande”, podría hacer algo para cambiar las cosas por sí misma. Thunberg argumentó que no tenía tiempo porque estamos viviendo una emergencia climática. Argumentó que no tenía mucho sentido seguir estudiando si ni ella ni su generación tienen futuro alguno. Advirtió a sus padres que, les gustara o no, ella realizaría la protesta. Cosa que cumplió.

Las preocupaciones de Thunberg en cuanto a las consecuencias del cambio climático surgieron luego de que Suecia vivió una ola de calor tan extremo que provocó varios incendios forestales. Los incendios la hicieron llegar a la conclusión de que los políticos hacen poco para detener “el incendio de una casa en llamas”, una metáfora que Thunberg utiliza con frecuencia para ejemplificar la situación del calentamiento global y lo urgente que es ejecutar acciones concretas para evitar que siga subiendo la temperatura ambiental.

Lo que comenzó como una protesta solitaria se ha transformado en pocos meses en un movimiento global. Adolescentes de diversos países del mundo han realizado acciones similares, que tuvieron su momento de mayor visibilidad el 15 de marzo de este año, cuando se realizaron huelgas y manifestaciones en diversas ciudades del mundo para protestar contra la desidia de los políticos que no ejecutan los cambios necesarios para detener o minorizar el inevitable descalabro.

Se estima que casi un millón y medio de adolescentes se han sumado al movimiento, sobre todo en países de Norte América y Europa, aunque también hay participación en Australia, Chile, Argentina, Sudáfrica, India y China, entre otros. ¿Sus exigencias? Terminar con el uso y la explotación de los combustibles fósiles; utilizar 100 % de energía limpia y ayudar a los refugiados climáticos.

Estas movilizaciones y la edad de la mayoría de sus participantes, no debe ser visto simplemente como “una noticia curiosa”. Es en realidad la protesta de una franja de población que, aunque todavía no es considerada mayor de edad, está auténticamente preocupada por el destino que le aguarda. Algunos de los organizadores de estos grupos de protesta explicaron que los adultos no dejan de verlos y tratarlos como un grupo de encantadores chiquillos a los que se recibe por protocolo, pero cuyas demandas y acciones todavía no son tomadas en serio.
A pesar de ello, Greta Thunberg aprovecha la atención generada para difundir su mensaje. El ser vista como un tipo de interlocutor diferente, le ha permitido ser invitada a importantes foros internacionales. Sus discursos son claros y directos.

En sus palabras ante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas, celebrada en diciembre de 2018, Greta Thunberg dijo: “Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo”. En la Asamblea Anual del Foro Económico Mundial, celebrada a inicios de este año, apeló no solo a los políticos, sino a todos, en general: “Los adultos dicen: ‘Tenemos que dar esperanzas a la próxima generación’. Pero no quiero tu esperanza, ni quiero que la tengas. Quiero que entres en pánico, que sientas el miedo que yo siento todos los días, y luego quiero que actúes (…) Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque eso es lo que está pasando”.

En una entrevista reciente concedida a la BBC, al ser preguntada sobre lo que se puede hacer, Thunberg propone que los políticos escuchen a los científicos, ya que estos pueden aportar soluciones. Además, de manera individual, propone que nos informemos, que hablemos sobre la situación y cambiemos nuestros hábitos personales. Sin embargo, también está consciente de que, aunque el cambio de hábitos ayuda, los cambios de mayor impacto serán aquellos que se puedan realizar a escala nacional en cada país. “La mayor parte de las emisiones de gases de invernadero no son generadas por individuos, sino por corporaciones y Estados”, explicó Thunberg en la misma entrevista.

Para quienes todavía piensan que el cambio climático no es ni tan grave ni afectará a países como el nuestro, le sugiero que haga lo que pide Thunberg, informarse mejor. En un comunicado conjunto emitido en abril por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se informó que los extremos meteorológicos derivados del cambio climático destruyeron el año pasado más de la mitad de las cosechas en el corredor seco centroamericano. Esto ha provocado que 1.4 millones de personas necesiten asistencia alimentaria urgente en la región.

La falta de programas y asistencia adecuada para aliviar este tipo de emergencias, termina empujando a muchos de los afectados a migrar fuera de sus países. Las previsiones meteorológicas para el presente año indican que El Niño podrá prolongarse hasta octubre, lo cual derivará en sequías o inundaciones y agravará la ya de por sí problemática situación de muchos.
A primera vista, el hecho de que adolescentes en diferentes partes del mundo estén alzando sus voces para exigir cambios efectivos en las políticas ambientales parece esperanzador. Pero de nada servirán sus protestas si nosotros, los adultos, no tenemos la humildad de escuchar y actuar en consecuencia, sin retórica, intereses mezquinos ni politiquería, con la seriedad que la situación amerita.

Todavía es tiempo de evitar que nuestra casa, la Tierra, sucumba a las llamas. Toca actuar. De inmediato. Porque cada minuto cuenta.

Tragedias letales que sobreviven

Cuando ocurrió la muerte de Roque Dalton, algunos defensores de ese crimen adujeron que no se explicaban tanto escándalo por una muerte cuando había miles de muertes. Igual sofisma podríamos pensar del Santo Óscar Romero, porque no todos los crímenes son magnicidios. Es que la lógica de los sentimientos humanos nos transporta a otra mecánica social, ya no por teoría sino por otras realidades, aunque todas las muertes sean un drama humano para quien lo sufre. De acuerdo con ese realismo de valores humanísticos Roque Dalton seguirá vivo y continúa vivo por muchos años más y admitido por nuevas, viejas, nuevas y futuras generaciones, no solo para quienes lo conocimos. Y de San Romero de América decimos que su asesinato lo convirtió en mártir eterno de fe universal.

Esos ejemplos explican por qué nos conmovió el incendio de esa medieval joya de piedra y granito que se conoce como la Catedral de Notre Dame, cuya deflagración llegó a encender las redes sociales con polémicas en pro y en contra. El mismo Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París” resaltó esa obra histórica religiosa: “Cada piedra, cada imagen, es un reflejo de las ciencias y las artes”.

Aunque puede parecer grosera o caricaturesca la comparación, no es lo mismo si se quemara el mesón rembrandtiano donde yo viví de niño, allá en San Miguel, a que se incendiase un monumento nacional como el Palacio Nacional. Son temas diferentes, pese a valores humanitarios que nos obligan a conmovernos por toda pérdida, física o humana.

Tampoco nadie va a negar la crisis deplorable de los emigrantes centroamericanos que huyen en caravanas en busca del “sueño americano”, que de pronto se convierte en pesadilla; o negar los miles de muertos por hambre de algunos países africanos, o los muertos por guerras de posesión (o de posicionamiento geopolítico). Por igual razón es humano atender las exigencias laborales de los chalecos amarillos, que llevan ya 23 enfrentamientos violentos con las fuerzas policiales de Francia (189 detenidos en una nueva y tensa jornadas de protestas en París, el Domingo de Resurrección).

¿Cuántos millones necesita el fisco francés para satisfacer esas demandas laborales, y cuánto costará renovar Notre Dame? Los ejemplos expuestos tratan dramas diferentes, nos muestran realidades que no solo se miden por lo físico, también por su valor subjetivo: las conmociones que estremecen al mundo. Una bomba que destruye dos o más ciudades milenarias, o un niño africano atisbado por un ave carroñera esperando su muerte.

En el caso de Nuestra Señora de París, las redes sociales han divulgado estas posiciones contrapuestas, mezclando temas distintos, aunque pareciera lógico. Se refieren a ciudades desaparecidas y poblaciones enteras exterminadas.

En el caso de Notre Dame no solo se trata de un incendio, como hay miles en el mundo. Son pérdidas de valores universales; como son las sufridas, entre nosotros, con Tacuscalco, pipiles o Quelepa, y Morazán. Son expresiones de cultura lenca abandonadas a la buena de Dios. Se destruyen los valores de identidad que se vuelven irrecuperables. Permitirlo, haberlo permitido, dejarlo pasar, o esperar que el olvido apague las llamas de la impunidad es tan grave como el etnocidio de comunidades originarias americanas. Antes, quizás no alcanzó trascendencia, pero gracias a la era de la información tecnológica las depredaciones salen a flote, y hace difícil la vida a los responsables de conservar el patrimonio.

Eso es lo que ha evidenciado la libre opinión expresada en las redes sociales, cuyos deliberantes sobre Notre Dame traen a cuenta la depredación ambiental; la pobreza, las injusticias. Situaciones precarias por un lado y despilfarro por otro. Hasta hacernos creer a cada quien que la sobrevivencia hay que buscarla en otras partes, no importa si a riesgo de perder la vida, como es el caso de las migraciones masivas, las caravanas de mujeres y hombres jóvenes acompañados de sus hijos incluso recién nacidos. No creo que ignoren que en esas caravanas marchan a enfrentarse con un crematorio, con el riesgo de perder la vida.

Detrás de las indiferencias existe el vacío que nos dejó el cultivo de las emociones, y reproducimos la tesis centenaria de que el hombre es el lobo del hombre. Recuerdo que en 2001, la cooperación española decidió apoyar a la remodelación de la Biblioteca Nacional, para lo cual tenía presupuestado 7 millones de dólares. Un año trabajó un ingeniero español en las oficina de la Biblioteca, supervisado por el presidente de la Asociación de Ingenieros de El Salvador. Pero, por desgracia, ocurrieron los dos terremotos de enero y febrero, y la institucionalidad no se comprometió a dar la contrapartida, pues la prioridad era solventar los problemas de reconstrucción debido a las pérdidas de los terremotos. Los sueños se esfumaron. Se construirían casas a las víctimas.

Creo que todos recordamos esas casas de media docena de láminas y cuatro postes para algunos damnificados. Láminas para las paredes y para el techo, sostenidas por cuatro postes. Los famosos hornos microondas, infierno de día, frío polar de noche. Lo dicho es solo para registro histórico. Ignoro si la cooperación española otorgó ese financiamiento. Nada de emociones frente a la tragedia, carencia absoluta de principios humanísticos, fallas de nuestro sistema educativo.

En mi caso, Notre Dame es un emblema literario de adolescencia. Carente de libros (referencias de mi madre), que hubiera querido leer, tuve que leer repetidas veces las mismas obras, en mi infancia de San Miguel. Así conocí bastante bien esa catedral a los 14 años, gracias las descripciones de su novela “Notre Dame de París”, de Víctor Hugo; la emoción privó por sobre cualquier realidad presencial.

Años después, cuando era estudiante universitario, tuve la oportunidad de entrar a la Catedral de Nuestra Señora. Las emociones de la infancia se volvieron estremecimientos al recorrer las naves centenarias. Aunque en esos momentos no sabía que cada piedra, cada vitral y cimientos, eran historia universal de las ciencias y las artes, como escribió Víctor Hugo.

Caperucita censurada

Hace un par de semanas se dio a conocer que la escuela Tàber de Barcelona, España, hizo una revisión de los títulos de su biblioteca infantil, destinada a menores de hasta seis años. Como resultado de dicha revisión, se decidió retirar el 30 % de los libros por considerar que su contenido es «tóxico» y que reproduce patrones sexistas.

El 60 % del resto de los libros fue «perdonado» porque se consideró que, aunque también tiene problemas, son menos graves. Concluyeron que solo un 10 % de los libros estaba escrito desde una perspectiva de género. Entre los libros retirados están «Caperucita Roja» y «La Bella Durmiente del bosque», pero también serán retirados textos de otro tipo, por ejemplo, los usados para enseñar el abecedario.

Anna Tutzó, una de las representantes de la comisión que revisó el catálogo, se negó a compartir el nombre de más títulos porque considera que «lo importante es poner el foco en el problema de fondo, que va más allá de los cuentos tradicionales». No es la única escuela española con dicha preocupación. Otras han anunciado estar haciendo análisis parecidos en sus propios centros y están dispuestas a tomar las mismas medidas. La revisión en la escuela Tàber se realizó el año pasado y este año harán lo mismo con las lecturas de primaria.

La noticia causó mucho revuelo y comentarios de todo tipo. Algunos críticos de la decisión compararon la acción con la quema de libros durante el nazismo o la lista de libros prohibidos por el Vaticano, señalados como supuestas muestras de la perversión humana. Otros lo ven como una forma de imponer un pensamiento único. Pero se pierden de vista otro par de aspectos estrictamente culturales y literarios.

Hay que recordar que muchos de los cuentos infantiles clásicos que se siguen leyendo en la actualidad tienen un antecedente mucho más antiguo y complejo. Son un rescate de diversas leyendas y tradiciones orales, que tanto los hermanos Grimm como Charles Perrault y Hans Christian Andersen retomaron y contaron a través de sus historias. Dichos libros se popularizaron por la sencillez del lenguaje, algo que facilitó su acceso a personas de toda condición social. Pero también se popularizaron entre la población por la variedad, fantasía y dureza de sus contenidos, donde la lucha del bien contra el mal y la exaltación de valores considerados universales (como la amistad, la lealtad y el sacrificio por el bien común) fueron destacados con fines didácticos y moralizantes.

Muchas de esas historias nos muestran a la vida y a los seres humanos tal cual son, sin filtros ni falsas apariencias, donde el bien y la justicia no siempre triunfan. Si dichas historias perviven hasta nuestros días, con variantes y adaptaciones de toda índole, es porque todavía nos hablan y reflejan aspectos que seguimos sin superar.

No es la primera vez que ocurre un retiro de libros de bibliotecas escolares. Hace unos años, en Estados Unidos, algunas escuelas decidieron prohibir a sus alumnos la lectura de libros como «Huckleberry Finn», «Las aventuras de Tom Sawyer», ambos de Mark Twain; y «Para matar a un ruiseñor», de Harper Lee, debido a la utilización de la palabra «nigger» para referirse a las personas afroamericanas, un término considerado ofensivo.

Sacar los libros de las bibliotecas no impedirá que los pequeños tengan acceso a esas mismas historias fuera de la escuela. Por otro lado, retirarlos y no leerlos en la escuela misma, es subestimar la inteligencia de los más pequeños y las capacidades pedagógicas del profesorado. Supone también que no se piensa en educar a individuos críticos ni analíticos, que sepan sacar sus propias conclusiones.

La búsqueda de una sociedad igualitaria donde hombres, mujeres y las diferentes identidades, etnias y creencias, podamos convivir con dignidad, respeto e igualdad, implica un cambio cultural profundo. Un cambio de tal magnitud tomará generaciones y por ende, será un proceso lentísimo. No puede ser de otra manera si lo que se busca son cambios en las actitudes y el pensamiento de los individuos, quienes a su vez, obligarán a ejecutar cambios estructurales en la sociedad.

Prohibir lecturas y censurar libros no acelerará dicho proceso ni garantizará su éxito. Por el contrario, lo prohibido siempre termina siendo atractivo. Al paso que vamos, no sería extraño que algún día, alguien del futuro lea a escondidas la «Caperucita Roja», como si se tratase de material subversivo.

Lo que hay que cambiar no es a la literatura sino a la realidad, y con ello, las relaciones entre los seres humanos. Los cambios que sufre una sociedad a lo largo de su historia terminan siempre reflejados en la literatura. Los libros, leyendas y cuentos del pasado nos hablan de nuestra propia evolución como humanidad, de cómo han ido cambiando nuestras costumbres y nuestra forma de pensar, sea para bien o para mal.

Quedan por escribirse las obras del futuro, que quizás vislumbrarán nuevos patrones de conducta, aunque eso no impedirá que la literatura continúe hablándonos de nuestras zonas oscuras, de nuestra sordidez y de nuestra capacidad de crueldad. Es la libertad que permite la escritura: el buceo íntimo y profundo en la mente y el espíritu del ser humano.

Querer enmendar la plana del pasado desde los ojos del presente no es realista. Sancionar toda la literatura del pasado y medirla de acuerdo a la corrección política actual es injusto y demuestra desconocimiento y desprecio por el oficio de la escritura.

Los cuentos infantiles (y la literatura en general) son una metáfora de la realidad, una realidad que no es perfecta ni amable, que no puede ser contenida ni controlada en una burbuja esterilizada donde solo se cuente lo bueno, lo ideal y lo conveniente.

Forzar la coherencia narrativa y la belleza estética del lenguaje en función de la corrección política en una historia podrá ser un panfleto ideológico bellamente disfrazado de cuento o novela, pero jamás llegará a ser literatura.

Abril y la fiesta del libro

Este mes está dedicado a las celebraciones del libro, de la propiedad intelectual, de la creatividad y la innovación. Lo celebramos con el entusiasmo que se merece. Un festejo que incluye música, artes plásticas, fotografía, clown-mimos, teatro convencional y experimental. En abril florece la primavera desde el Centro Histórico de San Salvador.

Para comenzar el mes, la Biblioteca Nacional dio un paso adelante para incorporarse, desde sus instalaciones ya patrimoniales, a los festejos de la Noche Blanca (Nuit Blanche), fiesta nocturna con música y presencia cultural y artística. Se trata de un evento colectivo promovido por la Alianza Francesa y que la Alcaldía de San Salvador retomó para el Centro Histórico. También participaron entidades del Ministerio de Cultura.

Se sumaron a la convocatoria artistas independientes, cafés culturales, comercios aledaños y entidades que le dan espacio a acciones artísticas desde esa zona renovada, ombligo de identidad, que se fortalece mediante una inédita transformación; todos dispuestos a recuperar un valor urbano que por muchos años fue disminuido, ese núcleo rico en tradición política, social e histórica.

La iniciativa de celebrar la fiesta nocturna de la Nuit Blanche se tomó desde hace tres años en las zonas del poniente de San Salvador, y realizados sus eventos en esos mismos sectores. Pero en 2019 se coordinó una interacción de visitantes de ambas zonas para reconocer las expresiones patrimoniales y de recreación. En ese concepto, desde el poniente de San Salvador miles de personas llegaron a reconocer los espacios relegados desde el terremoto de 1986 del Centro Histórico. Una oportunidad de encuentro de dos realidades bajo el júbilo de una fiesta popular.

La Biblioteca Nacional puso su Libro de Oro para ser firmado y alcanzó la cantidad de 572 firmas; aunque a veces el ingreso fue de grupos grandes que no lograron firmar. El Palacio Nacional pasó de los 2 mil visitantes; los nuevos cafés de los alrededores organizaron atractivas presentaciones artísticas y, entre todos, incluyendo La Dalia, tuvieron más de 2 mil visitantes. El museo del Banco Hipotecario recibió 900; la iglesia del Rosario registró 600; el museo del Banco Central de Reserva 2,773 visitas. De la cripta de san Óscar Romero no tengo estadísticas.

Como se demuestra, una ley naranja (arte y señas de identidad como eje turístico y por consiguiente económico) puede funcionar, como lo mencioné en un trabajo reciente. Y en esa perspectiva se recupera la zona más emblemática de San Salvador. La inversión para renovarla repercute en beneficio de la economía del país y en dignificación de la patria.

En ese marco de fiesta nocturna, la Biblioteca Nacional organizó varias exposiciones: una de carácter gráfico de Roque Dalton, facilitada por el MUPI; otra de fotografía artística de la Compañía Nacional de Danza, dos más de pintura. Se agregaron dos muestras de libros y periódicos antiguos; y una última de libros traducidos o publicados en el extranjero del director de la Biblioteca Nacional.

De ese modo las iniciativas mencionadas han dado sus primeros saltos de gigante. La biblioteca, además de su Libro de Oro, puso un cuaderno para recibir opiniones sobre los contenidos expuestos. Las opiniones son positivas y de sorpresa, pues gran parte de visitantes conocía por primera vez la Biblioteca Nacional, esa especie de museo no solo para observarlo sino para ofrecerlo al lector e investigador. Considerada la catedral del libro por ser fuente espiritual para reconocer valores; repositorio de información y conocimiento de la nación, que con sus libros digitales se traslada al mundo y asume su papel de alma mater de las bibliotecas del país, como le corresponde.

Las palabras y opiniones, además de motivadoras, confirman lo que siempre habíamos divulgado: un centro renovado de San Salvador deja de ser gueto de la informalidad para convertirse en atractivo de turismo nacional. Se rompe el gueto y se libera a su población relegada. Y emergen también el Palacio y Teatro Nacional, y la cripta sagrada de san Óscar Arnulfo Romero. Transformar esa zona hace verdadero el orgullo por la patria.

Aunque no termina ahí la fiesta de abril, que no es «el mes más cruel», como decía T. S. Eliot, el poeta de lengua inglesa más importante del siglo XX, en su libro «La tierra baldía». No, para la bibliografía nacional y la lectura, en cualquiera de sus soportes, abril es para conmemorar y dar gracias al criterio humanístico que escogió estas fechas para concelebración laica del conocimiento.

De modo que continúa la fiesta del espíritu: el 21 de abril es el Día Mundial del Libro, y el 23 se conmemora el Día Internacional del Derecho de Autor; agregamos un taller de diseño de libros el 26, Día de la Creatividad y de la Innovación. En todas esas conmemoraciones sumamos lo que hemos llamado la «Biblioteca en la calle».

Entre otras cosas, el sábado 27, apoyado por la organización civil Yancor & Coaching, hemos organizado la Caravana del Libro: desde la Biblioteca Cuscatlán hasta la plaza del Salvador del Mundo, y continuará el domingo 28 con una exposición de artesanías para estimular los emprendimientos subyacentes con las innovaciones. En este evento nos acompañan grupos de clown, mimos y artistas, amigos cercanos de la Biblioteca Nacional. También recibimos cooperación de amigos y de empresas amigas.

Sí, la «Biblioteca en la calle» revierte el concepto de abril como el mes más cruel para moldearlo como festejo público ofrecido a quienes hacen posible esta tarea colateral de la educación con el libro, los autores, editores, promotores de lectura. Convencidos todos que la lectura es la calistenia mental para fortalecer el pensamiento crítico.

Agradecemos a la Alcaldía de San Salvador por ofrecernos los espacios. Y a todos los participantes en estas acciones de llevar el aula a la calle. Nos acompañan también los espíritus benignos de Salarrué, Claudia Lars, Masferrer, Chente Rosales y Rosales, Ítalo López Vallecillos, Roque Dalton, Oswaldo Escobar Velado, amantes de la poesía y la literatura como fuente de humanidad y sabiduría.

MeToo literatura Centroamérica

El 21 de marzo pasado, la comunicadora política Ana G. González denunció en su cuenta de Twitter que el escritor mexicano Herson Barona había golpeado, manipulado, embarazado y amenazado a más de 10 mujeres diferentes. Poco a poco, se recibieron decenas de denuncias más no solo contra Barona, sino también contra docenas de escritores y funcionarios relacionados con el medio literario mexicano, por situaciones que van desde humillaciones, insultos y acoso por vía electrónica hasta agresiones físicas y violaciones.

Eso dio origen a la etiqueta #MeTooEscritoresMexicanos,emulando el movimiento de denuncias originado en Estados Unidos contra personalidades del mundo del cine. Pronto comenzaron a abrirse grupos y «hashtags» de denuncia en México, relacionados con otros oficios como el cine, la música, el teatro y el periodismo, entre otros.

Días después, el 27 de marzo, el Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica publicó un reportaje donde 17 mujeres denunciaron al escritor costarricense Warren Ulloa Argüello por abusos, acosos y violación. Al igual que con Barona, cuando el caso de Ulloa se hizo público, varias mujeres más se atrevieron a hablar, al punto de que el periódico hizo una segunda entrega con nuevas denuncias contra la misma persona.

El caso de Ulloa es alarmante por varios motivos. Se aprovechó de visitas a colegios particulares, a donde era invitado para hablar de su obra. Ahí conseguía los números de teléfono o correos de estudiantes menores de edad, con el pretexto de enviarles información sobre sus libros y actividades. Así comenzaba el envío de insinuaciones, de preguntas íntimas, de fotografías de sus genitales o de invitaciones sexuales que terminaban en insultos y violencia verbal por parte de Ulloa, cuando sus propuestas eran rechazadas.

Parte de las denunciantes eran niñas de 14 o 15 años cuando fueron agredidas. Algunas de ellas pueden denunciar a Ulloa hasta ahora porque ya son mayores de edad y porque han pasado durante años en procesos de terapia psicológica. Otra parte de las agredidas son mujeres profesionales, relacionadas con labores editoriales o de otra índole, a quienes también agredió.

Ulloa era además un tipo que se presentaba como aliado del feminismo y que manejaba una pose dizque progresista. Lo cual deja pensando en cuántos hombres hacen lo mismo: disfrazarse para evitar conflictos. Esto lo he visto ocurrir sobre todo en hombres que tienen relaciones de pareja con feministas, hombres que han tenido conductas cuestionables en el pasado y que, de un día para otro, dicen ser aliados de la causa y hasta utilizan lenguaje inclusivo en las conversaciones, con tal de complacer a sus novias. ¿Qué tan confiables pueden ser estos sujetos si asumen un discurso como estrategia de sobrevivencia afectiva, y no como resultado de una convicción honesta?

Mientras muchos escritores nos hemos preocupado por demostrar que la literatura es un trabajo que se ejecuta con disciplina, tiempo, sobriedad y soledad, para desmontar el mito del escritor vago que solo puede escribir bajo el influjo del alcohol, la conducta de Ulloa abona al odioso estereotipo del artista o escritor «bohemio» e irresponsable.

Ulloa también aprovechó su rol como editor de la página de noticias literarias Literofilia y anfitrión del programa de radio del mismo nombre, para recibir donaciones y ayudas económicas que le permitieron realizar sus proyectos literarios. A consecuencia de todas las denuncias, las editoriales Letra Maya y Uruk (que le publicó cuatro libros) se desligaron de cualquier vínculo contractual con Ulloa. Lo mismo hizo el Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) de Costa Rica.

El surgimiento del «hashtag» mexicano hizo que se iniciara la versión #MeTooLiteraturaCA en Twitter. En Facebook se abrió una página con el mismo nombre, con el objetivo de «conversar y denunciar el tema del acoso de todo tipo en el medio literario y artístico de la región» así como para exigir «igual representación (de mujeres) en ferias, festivales y conversatorios del libro, de arte y cultura, y no ser solo el 15 o 20 % del programa total».

No es fácil, para ninguna mujer, leer este tipo de denuncias. Al hacerlo, resulta inevitable recordar nuestras propias vivencias, nuestros momentos difíciles en espacios laborales, familiares o sociales. Leer cada caso nos obliga a revivir situaciones que preferiríamos dejar en el olvido. Terminamos cuestionando experiencias, relaciones y personas cuyas verdaderas intenciones terminan puestas en duda.

Por desgracia, a medida que se dan a conocer estos casos, nos damos cuenta de que son historias más comunes de lo que nos gustaría admitir, que se repiten demasiado, en todos los ámbitos sociales, no solo el artístico y literario. Los mecanismos y las situaciones en que ocurrieron y siguen ocurriendo son odiosamente similares. Trascienden oficios, edades y geografías. Pero el hecho de que sean historias comunes no significa que deban minimizarse, obviarse ni ser tomadas como «algo normal».

Mis respetos para las mujeres que, con nombre y apellido, dan la cara y nombran a sus agresores, haciendo públicas sus historias. No es fácil y ellas lo saben. Sobre todo en una región como la nuestra, tan llena de doble moral e hipocresía, donde denunciar se revierte contra quien denuncia en forma de cuestionamientos y dudas sobre su testimonio, o donde su historia dará lugar a la morbosidad, al chisme y a las bromas de mal gusto. Por ello, no todas se animan a denunciar. No toda mujer está preparada para una exposición pública que la puede convertir en blanco fácil de más agresiones.

Como parte del gremio literario centroamericano, me resulta imposible permanecer indiferente y no decir nada ante este asunto. Me causa profunda vergüenza que la literatura de la región, ya de por sí tan menospreciada e invisibilizada, sea manchada de esta manera por un sujeto que aprovechó su notoriedad local como plataforma para practicar una conducta que, a todas luces, resulta injustificable e inaceptable.

Un tipo de conducta que debe ser denunciada sistemáticamente, sin miramientos ni excepciones, para poder pensar que un cambio de relaciones entre hombres y mujeres es posible.

Lectura, creatividad y desarrollo sostenible

El fenómeno de creatividad relacionado con la expresión literaria es bastante incomprensible por los profanos, ya sea porque no han estudiado el tema o no han ejercitado la práctica de escribir literatura. Y será menos comprendida sobre su aplicación a todos los órdenes de la vida, como debe ser, que debe cultivarse en todos los niveles educativos. Se dice que el niño y la niña son creativos hasta que entran a la escuela. Posición con suficiente base. De mi parte, conozco mejor los mecanismos creativos en mi labor literaria y en las experiencias laborales: sacar como acto de magia los recursos, casi siempre míseros, en el área cultural.

Pero la destreza creativa no nace del aire, ni de seres abstractos que fecundan al artista en las diversas manifestaciones de la vida. Por ejemplo, en varios países asiáticos han logrado la magia del desarrollo porque ponen énfasis en preparar profesionales no para desempeñarse en un puesto público o privado, sino para ser creativos para lograr sus oportunidades, un medio para combatir la pobreza extrema que puede llegar a los 400 millones en la India o a los 300 millones en China. Al profesional se le educa para prever una escasa oferta laboral. Entre nosotros ya hay organizaciones civiles o instituciones con programas de innovación emprendedora.

Pero quiero centrarme en lo literario: desde mi niñez y continuando por mis lecturas; o fortaleciendo la sensibilidad con música; conociendo a escritores universales, no en los pocos ambiciosos textos escolares. Me refiero a los que me atrajeron por una formación temprana: novela francesa, rusa, norteamericana, especialmente.

Esas prácticas me permiten advertir que la palabra se enriquece con la lectura y esta, a la vez, transforma esa palabra para crear otro tipo de realidades. La lectura es fundamental para hacer sencillo el ejercicio artístico. Permite saber si un poema es un poema. La lectura da un gran sentido crítico a la efectividad literaria, sin olvidar que lo creativo es un proceso orgánico que comienza desde los sentidos, luego procesa conceptos hasta despertar emociones en el receptor de arte.

Pero la lectura, al fortalecer los alojamientos neuronales para lograr el hallazgo estético, descubre también los problemas diversos de la vida, nos permite transformar el entorno de la realidad. Y si adquirimos esa posibilidad seremos capaces de transformar con la palabra nuestra propia realidad. Entre más megas o gigabits neuronales poseamos, adquiridas por la lectura, mayor capacidad para proponer o tener respuestas ante lo imprevisto de la vida, ante lo inesperado, lo sorpresivo. Nos hace menos vulnerables para subsistir en una sociedad trágica. Si no tengo empleo, descubro con creatividad mis oportunidades.

Pero vuelvo a mi fuerte que es la lectura y lo creativo aplicado a lo literario. Comencé a leer a autores contemporáneos desde mi tercer ciclo gracias a Tarquino Argueta, mi tío, abogado; enorme lector que, al trasladarse como profesor de Matemática en San Salvador, me heredó, en San Miguel, sus libros que yo había leído en parte cuando visitaba su casa: novelas de autores universales, cuentos, filosofía, autobiografías, y revistas: Life en español; Billiken de Argentina; Carteles y Bohemia, de Cuba; Selecciones de EUA. Pronto, mi inocencia descubrió que la palabra enriquecida me daba ventajas aun sobre algunos de mis maestros. Lo cual algunas veces me dio problemas. Recuerdo que en mi 5.º grado cuando mencioné la palabra fluorescente, el profesor me reclamó, con prepotencia, que de dónde sacaba palabras inventadas. Quise explicarle, pero me interrumpió diciendo que lo correcto era fosforescente. Como niño me sentí agredido. Así caminaron mis oportunidades tempranas de manejar la palabra escrita en mi medio provinciano. Tarquino Argueta me abrió el camino que había iniciado mi madre al decirme poemas de memoria desde mi niñez.

Después le di continuidad a mi formación gracias al intercambio de experiencias con Roque Dalton, Roberto Armijo, Ítalo López Vallecillos y Oswaldo Escobar Velado, principalmente. Con Dalton fuimos inseparables desde esos 19 años; con Ítalo nos relacionamos más de cerca cuando nos dio cabida como editores en la editorial universitaria, que él dirigía; con tolerancia aceptaba nuestras sugerencias creativas sobre las publicaciones.

Roque Dalton había tenido grandes experiencias literarias aun antes de la mayoría de edad, que contrastaba con el chalateco Armijo, y el miguelense que escribe estas letras. Como estudiantes iniciales del Derecho, y por las comunes acciones culturales en esa misma universidad fui asiduo visitante de la casa de Dalton, en la reconocida tienda Royal, cuando ya era padre temprano de Roquito (muerto en la guerra civil) y de Juan José; Jorge no había nacido.

En casa de Dalton escuché por primera vez los conciertos de Rachmaninov y Tchaikovsky. A Armijo continué contactándolo en los años ochenta, en sus 30 años de residencia en París, fue la época de mis traducciones en que fui invitado varias veces por casi toda Europa. A Dalton lo perdí de vista después de su secuestro y escape en 1965. Los tres poetas de ejercicios de creatividad temprana fuimos inseparables, aunque geográficamente distantes. La amistad con Armijo lo llevó a bautizar a su segundo hijo con mi nombre (también muerto en la guerra), y este heredó dicho nombre a su nieto.

Algo más sobre innovación creativa: invertir en renovar el Centro Histórico que ha traído resultados emprendedores, como es el caso de los cinco cafés gurmé con apenas 5 manzanas recuperadas. Lo mejor: en estos espacios recuperados todas las tardes hay fiesta bajo el impulso de la dignidad recuperada. Amamos esos espacios de identidad y disfrutamos el cambio de calles calificadas de violentas a espacios que se disfrutan con música, bailes y tranquilidad. Visítenlo y lo comprobarán.

P. D. Este trabajo ha sido inspirado porque el 21 de abril es el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, designado por las Naciones Unidas que llama a celebrarlo enfocados en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La Biblioteca Nacional y organizaciones amigas nos preparamos para responder, por tercera vez, a la iniciativa mundial.

La problemática del libro nacional

Cuando se piensa en la poca visibilidad que tienen los libros de autores salvadoreños, ¿dónde radica exactamente el problema? ¿Falta calidad en nuestra narrativa? ¿Se publica poca obra porque no hay suficientes editoriales o porque no hay escritores? ¿El libro nacional recibe el mismo tratamiento que un «best seller» internacional en las librerías locales? ¿Hay suficientes librerías y bibliotecas en el país? ¿Cuánto incide en esto la falta de crítica literaria y revistas culturales enfocadas en literatura salvadoreña?

Son parte de las preguntas que me quedaron zumbando en la cabeza luego de leer los resultados de una encuesta informal, lanzada a finales de febrero pasado por la revista cultural en línea Café irlandés. La revista preguntó a sus lectores sobre los lugares y formas de comprar libros escritos por autores nacionales, los medios informativos a los cuales acuden para informarse de algún título y las editoriales salvadoreñas que conocen.

Con la participación de 980 personas, los resultados de la encuesta, publicados bajo el elocuente título de «Lectores pasivos», ofrece puntos de reflexión sobre diferentes aspectos que conforman la problemática del libro nacional, en particular, el de la narrativa de ficción.

Cuando se habla de editoriales salvadoreñas, por ejemplo, las más conocidas por los participantes son instituciones con muchos años de funcionamiento, que además tienen la ventaja de editar libros que son lectura obligatoria en los programas educativos: la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Clásicos Roxsil y UCA Editores.

Por desgracia, es mayor el número de lectores que desconocen la labor que se viene haciendo desde hace años por parte de varias editoriales independientes, que trabajan con limitaciones de diversa índole, sobre todo económicas. Esas limitantes hacen que los pocos recursos disponibles sean priorizados en la producción material del libro y se releguen otras actividades como la publicidad o la distribución.

La problemática del libro salvadoreño tiene varios componentes y situaciones que, como lectores comunes, nos es fácil identificar. Los libros de narrativa nacional, para mencionar un detalle específico, no tienen un lugar privilegiado en las librerías nacionales, a menos que estén publicados por grandes editoriales. El asunto se agudiza fuera de las ciudades importantes. ¿Cuántas librerías hay, fuera de los grandes centros urbanos, que ofrezcan a sus lectores obras nacionales que no están incluidas en el pénsum escolar?

Un lector que quiera informarse de las últimas publicaciones salvadoreñas tendrá que visitar varias páginas y redes sociales de carácter cultural para obtener alguna información. Encontrar comentarios críticos o avances de obras es todavía más difícil.

Las editoriales independientes, por la misma limitación de recursos, no se han dedicado a editar libros electrónicos. Hacer ventas directas desde webs propias o plataformas como Amazon, podría servir para establecer un público internacional entre académicos e investigadores de la literatura centroamericana, así como compatriotas que viven en el exterior, que quieren conocer o estar en contacto con manifestaciones de nuestra cultura.

Sin embargo, el lector nacional, según la encuesta de la revista, prefiere los métodos tradicionales de compra y no termina de subirse al carro del comercio electrónico. De la muestra, solo un 28 % dijo comprar libros por internet. Los demás compran los libros en físico, en librerías ubicadas en centros comerciales o universidades. También se compran en ferias del libro y en presentaciones públicas con la presencia del autor.

Conocer mejor estos problemas quizás permitirá, a quienes compran libros, modificar actitudes que son parte del motivo por el cual las librerías limitan la existencia de los textos nacionales entre su oferta. Somos capaces de pagar $20, $30 y hasta más dólares por un libro editado en el extranjero, pero pensamos que un libro salvadoreño que vale más de $10 «es caro». ¿Por qué persiste esa percepción de que lo nacional vale menos, de que si es producción local no sirve o es de menor calidad? ¿Por qué no le damos una oportunidad pareja a nuestra narrativa frente a la narrativa internacional?

La existencia de editoriales independientes que vienen haciendo una labor de hormigas ha venido acompañada del surgimiento de algunas páginas web que, poco a poco, van abriendo un espacio de comentario cultural y literario. Con diversas propuestas, estas revistas culturales conforman una red informativa y alternativa al exceso de polarización política que invade los medios nacionales. Grafomaníacos, La Zebra, Distópica y la misma Café irlandés son las más conocidas.

El entramado cultural nacional, donde es notoria la falta de múltiples mecanismos de apoyo a la literatura, es el que ha producido un lector local que añora las grandes ferias del libro que ve ocurrir en el extranjero, con escritores famosos como invitados y donde pueda comprar las novedades de las editoriales que publican a nuestros autores favoritos. Pero ese mismo lector no ve el libro salvadoreño ofrecido en la librería ni lo ve reflejado en las noticias de los medios, y por lo tanto, no puede desear un libro cuya existencia desconoce o que no sabe dónde obtener.

Solucionar estos problemas serviría, de manera colateral, para estimular a los nuevos escritores que, ante el aparente letargo de las publicaciones nacionales, se cuestionan cómo continuar con el oficio literario, en un medio que ofrece raquíticas oportunidades para dar a conocer una obra.

Una sociedad que no reconoce el valor de su producción literaria y que no compra libros de manera regular es un problema que involucra a varios actores, cada cual con dinámicas específicas que contribuyen a mantener el statu quo.

Al publicar los resultados de la encuesta, Café irlandés planteó la idea de realizar una feria de editoriales independientes salvadoreñas, para enfocar la atención y la visibilidad en nuestros autores y sus publicaciones.

Esta idea sería excelente para poner en el foco de atención no solo a las publicaciones que se realizan en el país, sino también para conocer la problemática que atraviesa ese sector en específico y, ojalá, encontrar soluciones o estrategias a seguir para mejorar el panorama local de las publicaciones literarias.

Todos los días, el día

Escribo estas notas pensando que todos los días deben ser el Día de las Mujeres. Por lo menos en lo que escribo es así. Tengo una novela autobiográfica que titulé «Siglo de o(g)ro» pero originalmente nominé «Mis cuatro mujeres», dedicada a quienes me ofrecieron una educación inicial que repercutió a mi favor en la escuela.

Esa novela cuenta mi infancia temprana, hasta mi sexto grado; aunque agregué un colofón referido a mi regreso al país, cuando voy a ver a mi madre, luego de casi 20 años sin verla. Esta, ese día, invitó a la casa a otra de mis cuatro mujeres, aún con vida.

Una de esas mujeres, por supuesto, fue mi madre. Los recuerdos de niñez inician con una diáspora de la casa familiar que había adquirido mi abuela, situada en una zona casi rural de la ciudad de San Miguel. Adelina, con dos niñas y un niño (mayor de cinco años), se escapó de la casa fingiendo un paseo vespertino. No avisó a nadie que no regresaría a la casa familiar.

Fue mi primera diáspora, que incluyó a mi hermana de tres años y a otra de año y medio, que Adelina llevaba en brazos. Nos fuimos caminando desde la casa (5.ª calle poniente, que ahora lleva mi nombre. Aunque de esta nominación solamente sabe mi familia y un exalcalde migueleño, quien tuvo la gentileza de nominarla así en una fiesta de cachiporristas y desfiles con bandas de paz, pero continúa siendo la 5.ª calle porque el presupuesto no alcanzó para rotularla con mi nombre).

La fuga encubierta como paseo se dio caminando 100 metros por la calle Manlio Argueta, doblamos hacia la Calle de la Amargura (la 9.ª avenida sur), que no tiene nada que ver con el tema religioso. Dejo a la imaginación del porqué de esa nominación.

Una amiga de Adelina le había ofrecido un cuarto para pasar la noche, que se prolongó por tres meses más. Con esas limitaciones mágicas inició mi relación con la poesía; Adelina me decía poemas en la oscuridad rembrantiana del humilde cuarto. O nos dormía con canciones de cuna. En esas circunstancias yo ni siquiera conocía qué era un libro.

Días después la abuela llegó a ver a su hija y nietos, y al retirarse me llevó a la casa que habíamos abandonado. Me hacía falta jugar con los primos. En casa de la abuela comencé a interesarme por los números. La hierba crecía en la calle no transitada por vehículos. Me tiraba boca arriba con curiosidad de ver cómo aparecían las estrellas, y me dio por contarlas según aparecían antes de oscurecer. También mi abuela me ponía a darle 10 «patadas» imaginarias al volcán, cuando por razones de niñez campestre se me inflamaban los ganglios de la ingle. Así, estrellas y ganglios iniciaron mi otra vocación: los números, hasta llegar a adulto, pues para costear mis estudios de Derecho me certifiqué como profesor de Matemática, que con la poesía fortalecía mis dos vocaciones de niño.

Al morir mi abuela, Adelina –mi otra mujer– compró el derecho a sus hermanos, y pasó a ser mi casa de infancia. En estos tiempos está situada a 200 metros de un polo de desarrollo urbano: estadio, clínicas, tribunales y el mejor hotel de la ciudad.

Pero vuelvo a mi historia central y mis cuatro mujeres. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, avisé a mi madre que iría a visitarla. Esta tomó la iniciativa de invitar a Herminia que yo no había visto desde mi infancia, mi tercera mujer que nos acompañó en las buenas y las malas. Ella se encargaba de cocinar para toda la familia, incluidos sus tres hijos; también satisfacía mis gustos gurmé. Me guisaba iguanas y tacuacines que por ser, como decía, una casa de medio rural, yo los cazaba por los alrededores o en el propio «solar» (patio grande). Los platos de cacería los departía con Herminia y sus hijos. Mi madre y mis hermanas los rechazaban.

La emoción de encontrar otra de mis mujeres, Herminia, fue doble: su hijo mayor, Miguel, con quien departí la niñez, la fue a dejar en carro; pero no quiso bajarse para verme. Mi madre me dio la noticia de que Herminia se había ganado la lotería, y eso había cambiado su situación de extrema pobreza. En esta posguerra fatal Miguel fue asesinado. Nunca volví a verlo.

Las etapas reales de mi vida han sido fundamentales para narrar historias de mis novelas, donde las mujeres con quienes he convivido en mi infancia me dan pie para darles voz.

Mi madre me dio la poesía y las novelas que había leído en su adolescencia. La abuela me dio las leyendas. Con Herminia aprendí la sabiduría de los humildes.

La cuarta mujer fue Chela, quien me despertó otras curiosidades literarias al contarme los cuentos de «Las mil y una noches», y las aventuras con sus novios; y describirme el Cadejo y el Cipitío que le salían en aquellas calles oscuras de camino a su casa. Lo mejor de ella: me contó algunas novelas ejemplares de Cervantes, y me cantaba los tangos de Gardel mientras hacía su trabajo. Me quedó el misterio de cómo una mujer sencilla, jornalera, pudo darme esa riqueza infantil. Chela ayudaba a mi madre en la elaboración de ropa para venderles a los campesinos que bajaban del volcán. Nunca la volví a ver. Toda su familia murió durante la guerra. Fue uno de mis grandes desconsuelos, pues siempre quise saber ese origen de hada mágica que alumbraba con literatura oral mis noches de oscuridades rembrantianas; porque carecíamos de las mínimas comodidades hogareñas: energía eléctrica ni agua potable, y menos libros. Mi cultura posterior de niño se alimentó de los periódicos desfasados que mi madre al ver mi afán por saber de cuentos y lecturas me los compraba por libras. Es así como esas cuatro mujeres han sido fuente de mis realizaciones literarias.

Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica «Los trabajos y las noches» y «Extracción de la piedra de la locura», ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York («New York me horrorizó») y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está «desposeída de su antiguo encanto literario». Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, «está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)».

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en «La bucanera de Pernambuco» o «Hilda la polígrafa». Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama «niña monstruo».

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, «La condesa sangrienta» y «El infierno musical», donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles».

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: «Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: «No quiero ir nada más que hasta el fondo».

Levemente odioso o gran humorista

Lo de levemente odioso lo tomo de Roque Dalton, quien tituló así un poemario de rasgos autobiográficos. En este hay un verso que más he repetido por su mensaje subliminal respecto a precarias limitaciones sociales. Dalton dice: «No siempre hemos sido feos». Lo he utilizado como lema que acompaña a una fotografía de lo que fue el complejo edificado de nueve y ocho plantas de la Biblioteca Nacional, que ocupaban tres cuartos de manzana, frente al conocido mercado ex-Cuartel, ahora espacio para ventas informales. Esa foto histórica la envío como saludo navideño: destacan los dos edificios, uno de ocho plantas; y otro de nueve, con una plaza adornada con dos grandes esculturas en piedra: de Cervantes y de Gavidia. La fotografía recuerda la década de los años sesenta, de los gobiernos militares, y muestra que no «siempre fuimos feos». Una biblioteca digna a la altura de su función, como es la de resguardar el patrimonio bibliográfico de la nación. Los edificios cayeron con el terremoto de 1986.

Esa imagen de la Biblioteca Nacional permite reflexionar sobre un pasado relativamente reciente y un presente congelado en esas épocas sin avances en nuestro ombligo urbano. Después del terremoto preferimos huir y ausentarnos de la «ciudad patria»: el Centro Histórico, y lo dejamos convertido en gueto para los sectores marginales. Al parecer zona sin esperanzas ni redención. Olvidamos que el futuro, aunque parezca un galimatías, es 24 horas después que el lector está leyendo estas líneas. Concluyo: el futuro es ya. El presente fue ayer. Y el pasado solo un pretexto para pensar en una utopía que, pese a experimentos teórico-políticos, se vuelve cada día más inalcanzable. Aunque sí existe, pues cada quien tiene la suya. Yo tengo la mía. Leer posdata al final.

La frase poética de Dalton me hace reflexionar todo lo que podríamos haber evitado si ayer y los días siguientes hubiéramos emprendido un rescate social y darle dignidad urbana a San Salvador. Quizás no existirían esas caravanas trágicas que poco a poco vamos olvidando su crisis humanitaria (la última noticia que nos llega es que ha habido más de mil niños y niñas abusados sexualmente en sus refugios de la frontera del Norte). Y lo más trágico es que se hace tan usual que nuestros compatriotas se vuelven invisibles, pese a que solo tratan de salvar sus vidas y proteger sus familias; además de contribuir al desarrollo del país por las vías de las remesas. Reflexionemos. ¿Qué seríamos en nuestro territorio sin esa diáspora de tragedia cotidiana?

Y ya en nuestro territorio tenemos riesgo de muerte futura, si no se toman medidas por las bacterias del plástico, un genocidio lento para las próximas generaciones que tendrán un alimento mortal en los sabrosos mariscos. ¿Quién prohíbe los envoltorios plásticos?, ¿cuándo vamos a escuchar los dientes afilados de las motosierras destruyendo los pocos bosques remanentes en nuestro país, miserable de bosques? «No te preocupes me decía un amigo, ingeniero civil, cuando se talan árboles en los costos va incluido un rubro para convencer a quienes creen que hecha la ley hecha la trampa».

Volviendo a Dalton hay otro libro que nadie pensó que tendría aceptación y menos una divulgación fuera de El Salvador: «Las historias prohibidas del pulgarcito», donde el poeta despliega su potencial de humor. Recuerdo que cuando lo propuse para una editorial de Costa Rica, su director, salvadoreño y amigo fraterno de Dalton, me dijo que ese libro no tendría aceptación en ese país, «ni siquiera en El Salvador», pues usaba muchas historias y el caliche propio de San Salvador, «su mercado se relegaría a esa ciudad». Estuve de acuerdo. Error: el libro fue publicado por Siglo XXI de México, y la última edición que leí hace unos 20 años llegaba casi a 30 ediciones. Error. Porque, como me decía hace un mes un amigo extranjero, en política y en la literatura no hay sorpresas, solo hay sorprendidos.

Este libro es de un humor literario que ilumina lo sombrío de las realidades aplastantes. A ese propósito quiero referirme a un relato contenido en esa obra. Su título: «Dos retratos de la patria» (Obras completas, III volumen, página 353, DPI).

En el segundo relato Dalton narra una historia real del zoológico. Del mandril que el pueblo bautizó Pavián, como nombre propio. Este quedó viudo, (pues como animales, que también somos los humanos, hay límites de vida). Bueno, para apagar los apetitos sexuales del mandril que se exhibía haciendo cosas indebidas ante niños, (usuarios sagrados de un zoológico) se decidió comprar un mandril hembra. A un matutino local, que no es este, se le ocurrió celebrar un matrimonio público de los dos mandriles, para lo cual promovió un concurso para ponerle nombre a la hembra, pues «sin nombre propio no hay matrimonio». Ganó quien envió el nombre de la canción popular del momento: «Reinalda, la de la minifalda».

Después de bautizada se convocó públicamente para el matrimonio. Según la noticia llegaron al zoológico unas 200 mil personas, algo que Dalton consideró exagerado, «pese a tener en esa época un zoológico, tan grande como cualquier zoo de América Latina», y lo comparó con el de La Habana. Dalton habla de la década del sesenta, siglo XX.

O sea que si ahora nos quedamos feos es por falta de inversión cultural. De pronto, escribe Dalton, en medio de la ceremonia matrimonial, un chusco gritó: «Se escaparon los leones». Y se armó el gran despelote que «terminó en robos, 30 violaciones, 40 heridos y hasta capturados por comunistas, cuando alguien gritó: ‘Vamos a Casa Presidencial’». Quien quiera confirmar el hecho, leer los periódicos de mayo 1969. Claro, un escritor está obligado a imaginar desde su realidad.

Posdata. Mi utopía es fundar una biblioteca-museo para escritores. Ahí está la casa donde vivió Dalton, ofrecida por unos buenos amigos propietarios. Pongo como contraparte mi biblioteca de escritor con más de 60 años de libros y lecturas.