Centro Histórico y genética nacional

A propósito de la relevancia que ha tenido el Centro Histórico de San Salvador, desde su proyecto para revitalizarlo hasta promoverlo en lo internacional con la toma de posesión del nuevo presidente, se ha despertado mi interés por el tema de rescatar un espacio histórico, raíz de nuestra identidad. Pero también me impulsa el elemento emocional que recuerda parte de mi vida de joven universitario, transcurrido en esta zona, con todos los avatares que guardo solo para mí. Fue el espacio que me acogió desde que llegué a estudiar de San Miguel, mi patria inicial («la infancia es la patria de la poesía», cito una de mis novelas).

Son elementos intelectivos y emocionales los que me hacen escribir sobre la riqueza que tiene la ciudad capital como para merecer una crónica de la zona histórica urbana. Recordarla es acudir a sus señales de vida a lo largo de los años, y más si se testimonian sus abandonos.

Además porque a medida que nos adentramos en la modernización global los centros de valor histórico tienden a relegarse. No obstante, que es donde «se pueden advertir los genes de su verdadera identidad… donde si bien es cierto que los conquistadores construyeron nuestras ciudades con un patrón común, cada uno de ellos carga un conjunto de huellas que los hace únicos e irreproducibles… volviéndose así en los auténticos ADN de las ciudades». Es decir, que se trata de un material genético de historia viva (revista INVI. Sahady Villanueva y Felipe Gallardo. Especializada en estudios sobre hábitat residencial al referirse a temáticas históricas y urbanas de América Latina. Chile).

Parte se debe a ineptitud por apreciar el fenómeno cultural, pero también por abandono a causa de la naturaleza implacable de nuestras zonas volcánicas, que ofrecen belleza pero estremecen con sus efectos dramáticos.

Pero volviendo a la revitalización de estos espacios de historia, hemos confirmado que revitalizarlos requiere gran inversión, aunque esto se retribuye con desarrollo económico. Por ejemplo, en nuestro caso, con apenas dos sectores rescatados de sus calles, la reconversión ha despertado un interés popular que, poco a poco, crece en importancia a medida que se avanza en el rescate de las auténticas señales de identidad cultural.

«La cultura es antesala del desarrollo económico», dije en una entrevista de hace 10 años (revista del BCR. Periodista Regina Vásquez). Porque sobre cultura y desarrollo económico sobran ejemplos, como el caso de los resultados obtenidos en Panamá, Bogotá, México o en la zona histórica de La Habana que se logró por iniciativa pública. Aunque también estos emprendimientos urbanos pueden lograrse con apoyos privados, por cooperación internacional y por iniciativas asociadas.

El proyecto de revitalización demuestra que no es tarde para continuar con un rescate del valor histórico, que incluye personajes notables y empresas de todo tipo que dieron vida a esas zonas.

Si se trata de hacer un mapa de nuestra zona histórica, debemos comenzar identificando la casa donde Francisco Gavidia recibió a Rubén Darío a finales del siglo XIX, para crear así las bases del modernismo en la poesía, que dio ubicación a Centroamérica por sobre Europa. Está en la esquina donde se ubica un banco, entre av. España y 1.ª calle poniente. También aludo al lugar de nacimiento de un clásico literario guatemalteco, José Batres Montúfar: 4.ª calle poniente y av. Cuscatlán, contiguo a nuestra Biblioteca Nacional.

Es una lástima que varias casas de presidentes de la república hayan desaparecido ante la mirada de quienes tuvieron a su cargo la preservación de nuestras raíces culturales, porque no vieron en estas recuperaciones su factor de desarrollo. Aunque no se trata solo de un interés economicista, sino que es obligación del Estado preservar el patrimonio nacional, en el entendido de que «el desarrollo urbano debe apoyarse en los cimientos de la memoria para poder construir el futuro», dice un experto francés del Programa Serchel (sic), para la salvación de estos bienes patrimoniales, un programa relacionado con la UNESCO y el BID, para estos salvamentos nacionales.

Pensando en posibilidades de aperturas financieras, retomo aspectos puntuales sobre el Centro Histórico relacionado con mis experiencias emotivas que me impulsan a pelear contra los olvidos. Para un intento de mapa o rutas, como ha mencionado el periodista Juan José Dalton y el actual alcalde de San Salvador cito, no en orden de su relevancia sino por lo que dicta el recuerdo: el Café Izalco, dentro del hotel del mismo nombre cuyo edificio de arquitectura con calidad estética, aún está intacto, ahora perece por el humo de cocinas informales en su interior. Enfrente de este se ubicó la Librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, secretaria privada de Masferrer. Gracias a su calidad de librera los escritores jóvenes de la época pudimos conocer la gran literatura contemporánea del siglo XX.

Dos cuadras hacia el parque Libertad, al costado norte de la iglesia El Rosario, estaba una de las dos cafeterías de café (valga la redundancia, pues se iba agotando la práctica popular de tomar café de maíz o de cáscaras de café o el famoso café soluble): el Café Doreña, ubicado en la primera planta de la cafetalera. Y casi frente a catedral, en la avenida España, estuvo la Cafetería Americana. Ambos edificios permanecen, incluso se ha recuperado ya el edificio de la Cafetalera, Diagonal al Izalco; frente al parque San José estaba la cervecería y café La Ronda, donde se reunían poetas, periodistas y policías encubiertos en su trabajo o en espera de atender las fuentes institucionales situadas en el Palacio Nacional. Se hablaba de política y de literatura.

Cierro estas ideas con palabras del papa Francisco, dichas en Panamá: «El mañana exige respetar el presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros pueblos; cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido mestizar. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y espiritual de vuestros pueblos». Esto vale para El Salvador.

Esperando justicia

Escribo esta columna el domingo 26 de mayo. Es mediodía. Acabo de regresar de una concentración realizada en el Monumento de la Constitución. Organizaciones sociales y de derechos humanos convocaron a la población a compartir sus testimonios en la búsqueda de la justicia para desaparecidos y muertos durante la guerra civil salvadoreña. Esto en vista de las discusiones en la Asamblea Legislativa sobre una nueva ley, que eufemísticamente llaman ley de reconciliación nacional, pero cuya ejecución y práctica implicarían una nueva forma de amnistía.

Llego algo tarde pero no quise dejar de ir. Hay pocas personas. Cincuenta o 60 a lo sumo. En todo caso, somos pocos. Pensé que por ser domingo habría más gente que en otras actividades recientes realizadas en horario laboral.

Para llegar a la Constitución, pasamos antes por la zona del estadio. Hoy se juega la final de fútbol. El taxista, que es aliancista, viene hablando con entusiasmo del partido. Hablamos de los elevados precios de los boletos. Todo el mundo se quejó. Pero a las 10 de la mañana, ya la calle está llena de gente haciendo filas, de tráfico, de movimiento, para un partido que comienza dentro de 5 horas.

La ciclovía de la Constitución está funcionando, lo cual provoca tráfico lento en las calles aledañas. En el monumento, el movimiento Memoria de Futuro ofrece postales para que las personas pidan justicia por alguien en específico. Las postales serán entregadas esta semana a los diputados, previo a la sesión de discusión de la ley mencionada. “Por Monseñor Romero. Por Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Por las cuatro monjas Mariknoll. Por los muertos de El Mozote y el Sumpul”, escribo.

Una señora pega la foto de su hija en una de las postales. Se le nota afectada. Trato de imaginar lo que es pasar la vida con esa deuda, con ese pendiente, con ese dolor que nunca termina. El de un familiar muerto o desaparecido. Pienso también en esos otros dolores, que son otra consecuencia de las guerras pero que no son contabilizados, porque lo humano no es importante en las estadísticas de la destrucción. Las familias separadas sin remedio por las diferencias ideológicas. Los que se desquiciaron en los frentes de guerra. Quienes conviven con los recuerdos en silencio. El maldito silencio. Las pesadillas. Los trastornos mentales. Las depresiones. Todas esas emociones no contadas ni expresadas. El miedo, la culpa, el horror, las pérdidas. Las lágrimas no derramadas. La historia que no termina hasta que se tenga un cuerpo o una verdad. Los perdones nunca escuchados. El dolor ajeno no reconocido por los victimarios. Los perdones nunca pedidos, porque gobiernan el orgullo y la mezquindad. Ese factor humano que queda trastornado por la guerra y que tardará generaciones en sanar.

En estas últimas semanas, me sorprendí varias veces a mí misma deseando tener el don de conmover con mis palabras a los más duros de corazón. Para que por lo menos escuchen, para que lo hagan sin ponerse a la defensiva. Para que se tomen el tiempo de reflexionar. No puede ser que no tengan ni un poquito de sensibilidad como para no conmoverse ante tanta gente que ha dedicado su vida a buscar a sus deudos, a clamar por justicia, a encontrar una explicación de lo ocurrido.

Nos unen nuestros muertos. Los de ambos bandos. Eso nos vinculará por siempre como país. Porque las guerras nunca las gana nadie. Perdimos más de lo que nos damos cuenta, más de lo que queremos admitir. Todos perdimos. Y esas pérdidas son las que nos vinculan. El dolor es y ha sido grande, largo, profundo. Tanto que nos ha impedido construir una sociedad pacífica y laboriosa.
En el documental “La batalla del volcán”, del cineasta salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, hay una escena donde una exguerrillera, herida durante la ofensiva del 89, se reencuentra con una vecina que la ayudó cambiándole la ropa ensangrentada y llevándosela en una ambulancia, haciéndola pasar como familiar. La guerrillera, en palabras sencillas, da las gracias a la mujer que le salvó la vida. También pide perdón. Le explica que en ningún momento se pretendía que la población civil saliera dañada. Las mujeres se abrazan, sollozan. “La perdono”, dice la otra.

Cuando vi esa escena pensé que eso es exactamente lo que necesitamos como sociedad. Hablar. Reconocer el daño causado al otro. Reconocer el dolor, propio y ajeno. Ser sinceros. Sin retórica ideológica. Sin repetir consignas partidarias. Sin victimizarse. Sin justificarse. Sin culpar a terceros. Pedir perdón. Dar el perdón. Aceptarlo. Las heridas podrían, a partir de ello, comenzar a cicatrizar.
En mi imaginación, espero que la gente se indigne tanto contra esa mal llamada ley de reconciliación nacional, que saldrá a la calle en masa y hará sentir y valer su poder como ciudadanía. Pero sé que no ocurrirá. Toda la semana pasada me dije también eso: que en este país siempre nos quejamos de los políticos pero que, en alguna medida, nosotros somos culpables de ello. No nos hacemos escuchar. No demostramos nuestra fuerza, acaso porque no creemos en ella. No hay causa capaz de hacernos salir a la calle, en cantidades significativas, a protestar. Nos atenemos al blablabla de las redes sociales, como si eso fuera suficiente. Hace ruido, sí. Ayuda, algo. Pero no es suficiente.

Comencé este texto dando los detalles del día en que escribo porque de aquí a que se publique, no sé qué habrá pasado con la ley. Es imposible prever lo que ocurrirá. Ojalá prevalezcan la justicia y la sensatez. Ojalá la ciudadanía sea escuchada y que las víctimas sean tomadas en consideración. Ojalá encontremos el camino para conciliar nuestro pasado con nuestro presente y evitar que, en el futuro, perviva la impunidad, como ha sido siempre. Ojalá.

“Todas las personas son iguales ante la ley”, dice el marco de cemento que ampara a la figura de la justicia, en el Monumento a la Constitución. Es algo que deberíamos recordar siempre, algo que en este país se olvida con demasiada facilidad

El Tacuscalco y el Espíritu Santo

Hablando de patrimonio cultural, esta vez me refiero al tema de Tacuscalco y a la ciudad de Corinto, departamento de Morazán, donde se encuentra la cueva del Espíritu Santo. Aludo a ellos como temas de mi vida como escritor, los dos casos. Explico: desde niño escribí poemas, y a los 28 años me pasé a la novela. Todo porque me encontré una carta de don Pedro de Alvarado dirigida a Hernán Cortés, que jamás la había visto incluso en mis estudios superiores, llamado Doctorado de Jurisprudencia y Ciencias Sociales.

En esa carta supe de Tacuscalco, que me inclinó a escribir mi primera novela: “El valle de las hamacas”, publicada en la editorial donde a García Márquez le habían aceptado publicar la primera edición de “Cien años de soledad”, cuatro años antes.

Aunque también tuvo que ver mi madre: “Verba volant scripta manent”, me decía, porque el poema despierta emociones constructivas; la palabra de la novela revela realidades cambiantes. De ahí proviene mi pesar por la destrucción de Tacuscalco, bajo silencios inexplicables.

Pero veamos la carta de Alvarado refiriéndose a Acaxual (Acajutla) y Tacuzcalco (¿Izalco?) que me introdujo al oficio de novelista. Alvarado, una personalidad sicopática, describe sus matanzas. Su mismo jefe, Hernán Cortés, lo acusó y lo envió como castigo al sur, porque había asesinado a los príncipes aztecas de Tenochtitlán, dejados bajo su custodia mientras Cortés iba a Veracruz a sofocar una rebelión.

Alvarado pasó por Guatemala para llegar a El Salvador de hoy, zona occidental y central, con tres mil años de cultura náhuat-pipil. Según escribe Alvarado, se encontró con guerreros protegidos con chalecos de algodón, pero vulnerables al guerrear con hombres a caballo, ballestas y armas de fuego. Las frases de la carta las cito entre comillas, pero recreadas para mejor comunicación del castellano de la época (contenido exacto buscarlo entre paréntesis en páginas 135 y 141 de mi novela citada).

“Ninguno salió vivo, caían al suelo, no se podían levantar debido a sus casacas de algodón que les llegaban a los pies, atacaban cargados de lanzas, flechas y arcos… caían y les era difícil levantarse; y nuestra gente los mataba a todos”. También narra el famoso flechazo que lo dejó cojo para siempre: “Me dieron un flechazo que me pasó la pierna y quedé lisiado, con una pierna más corta que la otra”. Continúa insistiendo “… ahí se hizo una gran matanza y castigo”. Luego se encaminó a Miahuaclán y después a Atehuán, y luego a Cuscatlán, donde sus señores le “enviaron mensajeros y yo les pedí que fueran mis vasallos y se pusieran al servicio de su majestad, o serían esclavizados; sin embargo, ellos me recibieron con todo el pueblo alzado, pero como conocían ya nuestros poderes se fueron a las sierra”.

Desde la sierra dijeron que “si quería avasallarlos y someterlos que ahí me esperaban con sus armas”. Continúa: “Entonces los vi como traidores y ordené dar muerte a los señores de Cuscatlán que estaban en mis manos”. Sin embargo, “nunca los pude someter, pues toda esta costa del sur es muy montosa y por eso acordé volver a Guatemala donde hay mejor condición para conquistar, pacificar y poblar”.

Este fue mi impulso para dejar el poema y optar por la novela. Tacuscalco me hizo reflexionar ¿hasta dónde desconocemos o sobreestimamos nuestras señales de identidad, nuestra historia, que para muchas sociedades son sagradas? Para muchos tiene importancia, pero la generalidad no asume esa inspiración de identidad, no se advierte el significado de valores: costumbres, pasado, dramas, para evitar que las tragedias se repitan. Porque las épicas inspiran para ser mejores, las riquezas históricas originarias sensibilizan al ciudadano.

También explico por qué aludo a la cueva del Espíritu Santo, ciudad de Corinto, departamento de Morazán, con sus pinturas rupestres como patrimonio nacional, por testimoniar más de diez mil años de existencia lenca en un área limitada con la náhuat-pipil por el río Lempa. Significa que la cultura lenca penetra el norte de Chalatenango, aunque su mayor representatividad está en la zona oriental, con sus peculiaridades, incluyendo idioma, que por nuestros vacíos casi se ha perdido; a diferencia del idioma náhuat en proceso de rescate.

Antes he dicho que comencé a escribir desde el nivel básico, cuarto grado; pero fue en el nivel medio cuando inicié el aprendizaje de la poesía tal como se expresaba en países avanzados en literatura. Mientras en mi medio, San Miguel, solo se conocía la poesía romántica de los años veinte, escrita especialmente en Colombia y México. De mi parte, como lector precoz descubrí una poesía contemporánea, de Asunción Silva, Barba Jacob, hasta conocer en segundo de bachillerato a Pablo Neruda y a García Lorca.

Estos fueron clave para escribir sin más mentores que mis lecturas mínimas, y lanzarme como escritor desde mi ciudad natal. Me atreví a competir con los poetas mayores: “Canto a Huistaluxilt”, publicado precisamente en LPG. Trata del jefe lenca que para no caer prisionero prefiere suicidarse lanzándose al cráter del volcán Chaparrastique (primer tercio del siglo XVI, San Miguel fue fundada en 1530).

Por eso en mis redes sociales escribo de las cuevas del Espíritu Santo, en Corinto, testimonio de cultura lenca milenaria, más antigua que la maya y la pipil. Y lo triste: esas pinturas están siendo borradas por el descuido, pese a que pueden compararse a las pinturas de la cueva de Altamira, España, atractivo de turismo mundial. Más que indiferencia deberíamos sentirnos desafiados a sensibilizarnos ante las señales de identidad para rebuscar nuestras raíces que de verdad nos hagan sentir orgullosos. Apelar a una formación nacional de calidad asumiendo esos valores. Tendríamos mejor inserción planetaria.

Porque en el desarrollo hacia la meta económica y política no puede estar ausente el elemento cultural, que no implica contradicción con el hecho de ser consumidores de tecnología. Con un siglo XXI, que ya nos come y carcome en estas dos primeras décadas. Valgan estas intuiciones educativas desde mi generación de compromisos incumplidos.

El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).

Biblioteca Nacional del siglo XXI

Cuando pensamos en nuevas tecnologías, pareciera paradójico que las Bibliotecas Nacionales hayan tenido la misma proyección desde hace más de 2,000 años. En función de proteger y conservar el patrimonio documental o bibliográfico de las naciones, además de facilitar la bibliografía al lector o investigador. Por eso es obligado contar con un Departamento de Conservación, porque el libro de las bibliotecas nacionales debe preservarse para subsistir cientos de años. Por eso no cabe hablar de libros viejos, sino de libros antiguos. En cierta forma una Biblioteca Nacional es un museo en que se permite tocar su contenido. Frente a ese deber es fundamental ese departamento que preserva de daños a los libros que por siglos custodian ideas y el poder de las palabras.

Fue la clave mágica que los grupos humanos descubrieron para el resguardo del pasado histórico que es presente y futuro. Porque el tiempo es uno solo, medido en milenios, en años, meses o minutos. “Todo fluye, nada permanece”, decía Heráclito hace 2,540 años. Esa característica del tiempo podría aplicarse a las Bibliotecas Nacionales: porque cambian y siguen siendo las mismas, aún cuando la tecnología nos alcance como consumidores en la etapa que estamos experimentamos para lograr una nueva era industrial, por la cual compiten Asia, China en particular, y EUA, dos potencias en la carrera por crear las redes G5, que permitirán información rápida y que tendrán aplicación, incluyendo la robotización, en todas las manifestaciones de la vida.

Significará despedirse de combustibles fósiles, que ya se avizora en el primer cuarto del siglo XXI. Incidirá en la cultura y la educación, no importa si de países de tercer o quinto desarrollo (por no decir mundo). Por ahora somos consumidores, y si negamos en que todo fluye, dejaríamos de “ser”. Y la humanidad reconoce que nada permanece, todo cambia, según propuesta visionaria de Heráclito.

Cuando me refiero a Bibliotecas Nacionales de quinto desarrollo pero en crecimiento, aludo a todas las de Iberoamérica, agrupadas en ABINIA, preparándose para crecer con inversiones educativas y culturales. En búsqueda de no paralizarnos como las bíblicas estatuas de sal.

Reitero entonces: contamos con nuestros libros históricos, al alcance de un clic de internet 640 obras en España y casi 750 en el Consorcio de Bibliotecas Universitarias (CBUES); además promovemos resultados por Twitter, Facebook, boletín electrónico, ofrecemos internet gratuito y una página web, la pobre, que no ha sido bien comprendida, pese a nuestros esfuerzos de consolidarla desde 2007, gracias a ABINIA y Suecia que facilitaron becas a cuatro de nuestros bibliotecarios, en México, en España o en Brasil

A propósito doy una primicia: en junio próximo daremos alojamiento en la biblioteca a los textos educativos desde parvularia hasta segundo año de bachillerato, gracias al apoyo de nuestros amigos que nos facilitan el equipo, así como el derecho de dichas obras, para ofrecerlas gratuitamente.

Adoptar las nuevas tecnologías, no desdice de nuestra misión de preservar el patrimonio bibliográfico por años y años, cuyos originales el tiempo los convierte en piezas de museo como ahora los vestigios arqueológicos. Por eso creemos en la perennidad del libro en papel, tiene siglos hacia adelante. Y para ser consecuentes promovemos esa realidad al sacar la Biblioteca Nacional a las comunidades (Bibliobús); y a la calle, (hablamos de vida y de libros con la gente). Porque si la montaña no viene a ti, vamos a la montaña. Eso ha hecho que tengamos cientos de jóvenes en un mes que visitan la biblioteca, no tanto para leer sino para conocerla, conversar y estimular el libro y la trascendencia bibliotecaria.

Para continuar en búsqueda de ese pequeño salto tecnológico decidimos intercambiar experiencias visitando bibliotecas del asocio bibliotecario y su red de bibliotecas, emprendimos con nuestro equipo informático de Biblioteca Nacional una búsqueda de modelos ya en funcionamiento con la idea de ofrecer servicios a las necesidades usuarias a quienes nos debemos, porque queremos facilitar información a la velocidad de la luz, como lo exigen los nuevos tiempos. En una visita nos esperaban según la cita; pero llegamos una hora antes de que la abrieran (9 de la mañana) y eso nos permitió observar, a los 5 minutos de haberse abierto (10 de la mañana), que ya estaba llena de usuarios, no de lectores de libros, pese a lo novedoso de los llamados “best seller”, sino que fueron directamente a las computadoras, gente incluso de la tercera edad (los baby boomers). Señal de nuestro tiempo, me dije.

Reflexión: para un aporte al desarrollo no nos enfocamos solo en los investigadores, como corresponde a una Biblioteca Nacional (fuente principalmente para investigadores). Nos interesa igual la lectura de los niños, sea en papel o digital.

Segunda reflexión: procedimos entonces a elaborar el proyecto “Una computadora por usuario”, que incluirá conexiones de “laptop” y recarga de teléfono, interruptores, puntos de acceso, cableado eléctrico y de datos, licencias, “firewall” adecuados, anchos de banda para acceso óptimo de internet, y otros. Inversión elevada que se recupera con creces en desarrollo integral y bienestar social.

Casi lo tenemos listo después de dos décadas en la BN, porque aunque dando bandazos corremos hacia un real siglo XXI, aprovechando experiencias de gestión nacional e internacional. De otra manera no funcionaríamos ante los exiguos presupuestos. Nos relegaríamos a mostrar libros, y hacer estadísticas anuales.

Será un legado y regalo para la Biblioteca Nacional que dentro de un año cumplirá su 150 aniversario (julio 2020). Heredaremos los proyectos y los apoyaremos para echarlos adelante. La precariedad social es fuente de grandes sueños.

Tampoco olvidamos los Objetivos del Milenio trazados por UNESCO que incluye a las bibliotecas, por dar acceso libre a la información, en los planes de desarrollo nacionales y regionales. Contribuir de esa forma al logro de una meta global a 2030 hacia el desarrollo sostenible. Estos objetivos fueron hechos suyos por la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA): identificar historias de éxito en cada país; dándoselas a los políticos cuando tengan reuniones para demostrarles la contribución de las bibliotecas a escala nacional.

Nuestra casa en llamas

Greta Thunberg, una adolescente de 16 años, se sienta todos los viernes delante del Parlamento sueco, en Estocolmo, con una pancarta que dice “huelga escolar por el clima”. Lo hace desde agosto del año pasado. El objeto de su protesta es exigir a los políticos acciones concretas contra el cambio climático.

Cuando tomó la decisión de faltar a la escuela para realizar dicha protesta, sus padres no se mostraron entusiasmados. No tenían ningún impedimento con la causa de su hija, pero no les gustó la idea de que perdiera clases para protestar. Le dijeron que era mejor que se dedicara a sus estudios y así, “cuando fuera grande”, podría hacer algo para cambiar las cosas por sí misma. Thunberg argumentó que no tenía tiempo porque estamos viviendo una emergencia climática. Argumentó que no tenía mucho sentido seguir estudiando si ni ella ni su generación tienen futuro alguno. Advirtió a sus padres que, les gustara o no, ella realizaría la protesta. Cosa que cumplió.

Las preocupaciones de Thunberg en cuanto a las consecuencias del cambio climático surgieron luego de que Suecia vivió una ola de calor tan extremo que provocó varios incendios forestales. Los incendios la hicieron llegar a la conclusión de que los políticos hacen poco para detener “el incendio de una casa en llamas”, una metáfora que Thunberg utiliza con frecuencia para ejemplificar la situación del calentamiento global y lo urgente que es ejecutar acciones concretas para evitar que siga subiendo la temperatura ambiental.

Lo que comenzó como una protesta solitaria se ha transformado en pocos meses en un movimiento global. Adolescentes de diversos países del mundo han realizado acciones similares, que tuvieron su momento de mayor visibilidad el 15 de marzo de este año, cuando se realizaron huelgas y manifestaciones en diversas ciudades del mundo para protestar contra la desidia de los políticos que no ejecutan los cambios necesarios para detener o minorizar el inevitable descalabro.

Se estima que casi un millón y medio de adolescentes se han sumado al movimiento, sobre todo en países de Norte América y Europa, aunque también hay participación en Australia, Chile, Argentina, Sudáfrica, India y China, entre otros. ¿Sus exigencias? Terminar con el uso y la explotación de los combustibles fósiles; utilizar 100 % de energía limpia y ayudar a los refugiados climáticos.

Estas movilizaciones y la edad de la mayoría de sus participantes, no debe ser visto simplemente como “una noticia curiosa”. Es en realidad la protesta de una franja de población que, aunque todavía no es considerada mayor de edad, está auténticamente preocupada por el destino que le aguarda. Algunos de los organizadores de estos grupos de protesta explicaron que los adultos no dejan de verlos y tratarlos como un grupo de encantadores chiquillos a los que se recibe por protocolo, pero cuyas demandas y acciones todavía no son tomadas en serio.
A pesar de ello, Greta Thunberg aprovecha la atención generada para difundir su mensaje. El ser vista como un tipo de interlocutor diferente, le ha permitido ser invitada a importantes foros internacionales. Sus discursos son claros y directos.

En sus palabras ante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas, celebrada en diciembre de 2018, Greta Thunberg dijo: “Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo”. En la Asamblea Anual del Foro Económico Mundial, celebrada a inicios de este año, apeló no solo a los políticos, sino a todos, en general: “Los adultos dicen: ‘Tenemos que dar esperanzas a la próxima generación’. Pero no quiero tu esperanza, ni quiero que la tengas. Quiero que entres en pánico, que sientas el miedo que yo siento todos los días, y luego quiero que actúes (…) Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque eso es lo que está pasando”.

En una entrevista reciente concedida a la BBC, al ser preguntada sobre lo que se puede hacer, Thunberg propone que los políticos escuchen a los científicos, ya que estos pueden aportar soluciones. Además, de manera individual, propone que nos informemos, que hablemos sobre la situación y cambiemos nuestros hábitos personales. Sin embargo, también está consciente de que, aunque el cambio de hábitos ayuda, los cambios de mayor impacto serán aquellos que se puedan realizar a escala nacional en cada país. “La mayor parte de las emisiones de gases de invernadero no son generadas por individuos, sino por corporaciones y Estados”, explicó Thunberg en la misma entrevista.

Para quienes todavía piensan que el cambio climático no es ni tan grave ni afectará a países como el nuestro, le sugiero que haga lo que pide Thunberg, informarse mejor. En un comunicado conjunto emitido en abril por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se informó que los extremos meteorológicos derivados del cambio climático destruyeron el año pasado más de la mitad de las cosechas en el corredor seco centroamericano. Esto ha provocado que 1.4 millones de personas necesiten asistencia alimentaria urgente en la región.

La falta de programas y asistencia adecuada para aliviar este tipo de emergencias, termina empujando a muchos de los afectados a migrar fuera de sus países. Las previsiones meteorológicas para el presente año indican que El Niño podrá prolongarse hasta octubre, lo cual derivará en sequías o inundaciones y agravará la ya de por sí problemática situación de muchos.
A primera vista, el hecho de que adolescentes en diferentes partes del mundo estén alzando sus voces para exigir cambios efectivos en las políticas ambientales parece esperanzador. Pero de nada servirán sus protestas si nosotros, los adultos, no tenemos la humildad de escuchar y actuar en consecuencia, sin retórica, intereses mezquinos ni politiquería, con la seriedad que la situación amerita.

Todavía es tiempo de evitar que nuestra casa, la Tierra, sucumba a las llamas. Toca actuar. De inmediato. Porque cada minuto cuenta.

Tragedias letales que sobreviven

Cuando ocurrió la muerte de Roque Dalton, algunos defensores de ese crimen adujeron que no se explicaban tanto escándalo por una muerte cuando había miles de muertes. Igual sofisma podríamos pensar del Santo Óscar Romero, porque no todos los crímenes son magnicidios. Es que la lógica de los sentimientos humanos nos transporta a otra mecánica social, ya no por teoría sino por otras realidades, aunque todas las muertes sean un drama humano para quien lo sufre. De acuerdo con ese realismo de valores humanísticos Roque Dalton seguirá vivo y continúa vivo por muchos años más y admitido por nuevas, viejas, nuevas y futuras generaciones, no solo para quienes lo conocimos. Y de San Romero de América decimos que su asesinato lo convirtió en mártir eterno de fe universal.

Esos ejemplos explican por qué nos conmovió el incendio de esa medieval joya de piedra y granito que se conoce como la Catedral de Notre Dame, cuya deflagración llegó a encender las redes sociales con polémicas en pro y en contra. El mismo Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París” resaltó esa obra histórica religiosa: “Cada piedra, cada imagen, es un reflejo de las ciencias y las artes”.

Aunque puede parecer grosera o caricaturesca la comparación, no es lo mismo si se quemara el mesón rembrandtiano donde yo viví de niño, allá en San Miguel, a que se incendiase un monumento nacional como el Palacio Nacional. Son temas diferentes, pese a valores humanitarios que nos obligan a conmovernos por toda pérdida, física o humana.

Tampoco nadie va a negar la crisis deplorable de los emigrantes centroamericanos que huyen en caravanas en busca del “sueño americano”, que de pronto se convierte en pesadilla; o negar los miles de muertos por hambre de algunos países africanos, o los muertos por guerras de posesión (o de posicionamiento geopolítico). Por igual razón es humano atender las exigencias laborales de los chalecos amarillos, que llevan ya 23 enfrentamientos violentos con las fuerzas policiales de Francia (189 detenidos en una nueva y tensa jornadas de protestas en París, el Domingo de Resurrección).

¿Cuántos millones necesita el fisco francés para satisfacer esas demandas laborales, y cuánto costará renovar Notre Dame? Los ejemplos expuestos tratan dramas diferentes, nos muestran realidades que no solo se miden por lo físico, también por su valor subjetivo: las conmociones que estremecen al mundo. Una bomba que destruye dos o más ciudades milenarias, o un niño africano atisbado por un ave carroñera esperando su muerte.

En el caso de Nuestra Señora de París, las redes sociales han divulgado estas posiciones contrapuestas, mezclando temas distintos, aunque pareciera lógico. Se refieren a ciudades desaparecidas y poblaciones enteras exterminadas.

En el caso de Notre Dame no solo se trata de un incendio, como hay miles en el mundo. Son pérdidas de valores universales; como son las sufridas, entre nosotros, con Tacuscalco, pipiles o Quelepa, y Morazán. Son expresiones de cultura lenca abandonadas a la buena de Dios. Se destruyen los valores de identidad que se vuelven irrecuperables. Permitirlo, haberlo permitido, dejarlo pasar, o esperar que el olvido apague las llamas de la impunidad es tan grave como el etnocidio de comunidades originarias americanas. Antes, quizás no alcanzó trascendencia, pero gracias a la era de la información tecnológica las depredaciones salen a flote, y hace difícil la vida a los responsables de conservar el patrimonio.

Eso es lo que ha evidenciado la libre opinión expresada en las redes sociales, cuyos deliberantes sobre Notre Dame traen a cuenta la depredación ambiental; la pobreza, las injusticias. Situaciones precarias por un lado y despilfarro por otro. Hasta hacernos creer a cada quien que la sobrevivencia hay que buscarla en otras partes, no importa si a riesgo de perder la vida, como es el caso de las migraciones masivas, las caravanas de mujeres y hombres jóvenes acompañados de sus hijos incluso recién nacidos. No creo que ignoren que en esas caravanas marchan a enfrentarse con un crematorio, con el riesgo de perder la vida.

Detrás de las indiferencias existe el vacío que nos dejó el cultivo de las emociones, y reproducimos la tesis centenaria de que el hombre es el lobo del hombre. Recuerdo que en 2001, la cooperación española decidió apoyar a la remodelación de la Biblioteca Nacional, para lo cual tenía presupuestado 7 millones de dólares. Un año trabajó un ingeniero español en las oficina de la Biblioteca, supervisado por el presidente de la Asociación de Ingenieros de El Salvador. Pero, por desgracia, ocurrieron los dos terremotos de enero y febrero, y la institucionalidad no se comprometió a dar la contrapartida, pues la prioridad era solventar los problemas de reconstrucción debido a las pérdidas de los terremotos. Los sueños se esfumaron. Se construirían casas a las víctimas.

Creo que todos recordamos esas casas de media docena de láminas y cuatro postes para algunos damnificados. Láminas para las paredes y para el techo, sostenidas por cuatro postes. Los famosos hornos microondas, infierno de día, frío polar de noche. Lo dicho es solo para registro histórico. Ignoro si la cooperación española otorgó ese financiamiento. Nada de emociones frente a la tragedia, carencia absoluta de principios humanísticos, fallas de nuestro sistema educativo.

En mi caso, Notre Dame es un emblema literario de adolescencia. Carente de libros (referencias de mi madre), que hubiera querido leer, tuve que leer repetidas veces las mismas obras, en mi infancia de San Miguel. Así conocí bastante bien esa catedral a los 14 años, gracias las descripciones de su novela “Notre Dame de París”, de Víctor Hugo; la emoción privó por sobre cualquier realidad presencial.

Años después, cuando era estudiante universitario, tuve la oportunidad de entrar a la Catedral de Nuestra Señora. Las emociones de la infancia se volvieron estremecimientos al recorrer las naves centenarias. Aunque en esos momentos no sabía que cada piedra, cada vitral y cimientos, eran historia universal de las ciencias y las artes, como escribió Víctor Hugo.

Caperucita censurada

Hace un par de semanas se dio a conocer que la escuela Tàber de Barcelona, España, hizo una revisión de los títulos de su biblioteca infantil, destinada a menores de hasta seis años. Como resultado de dicha revisión, se decidió retirar el 30 % de los libros por considerar que su contenido es «tóxico» y que reproduce patrones sexistas.

El 60 % del resto de los libros fue «perdonado» porque se consideró que, aunque también tiene problemas, son menos graves. Concluyeron que solo un 10 % de los libros estaba escrito desde una perspectiva de género. Entre los libros retirados están «Caperucita Roja» y «La Bella Durmiente del bosque», pero también serán retirados textos de otro tipo, por ejemplo, los usados para enseñar el abecedario.

Anna Tutzó, una de las representantes de la comisión que revisó el catálogo, se negó a compartir el nombre de más títulos porque considera que «lo importante es poner el foco en el problema de fondo, que va más allá de los cuentos tradicionales». No es la única escuela española con dicha preocupación. Otras han anunciado estar haciendo análisis parecidos en sus propios centros y están dispuestas a tomar las mismas medidas. La revisión en la escuela Tàber se realizó el año pasado y este año harán lo mismo con las lecturas de primaria.

La noticia causó mucho revuelo y comentarios de todo tipo. Algunos críticos de la decisión compararon la acción con la quema de libros durante el nazismo o la lista de libros prohibidos por el Vaticano, señalados como supuestas muestras de la perversión humana. Otros lo ven como una forma de imponer un pensamiento único. Pero se pierden de vista otro par de aspectos estrictamente culturales y literarios.

Hay que recordar que muchos de los cuentos infantiles clásicos que se siguen leyendo en la actualidad tienen un antecedente mucho más antiguo y complejo. Son un rescate de diversas leyendas y tradiciones orales, que tanto los hermanos Grimm como Charles Perrault y Hans Christian Andersen retomaron y contaron a través de sus historias. Dichos libros se popularizaron por la sencillez del lenguaje, algo que facilitó su acceso a personas de toda condición social. Pero también se popularizaron entre la población por la variedad, fantasía y dureza de sus contenidos, donde la lucha del bien contra el mal y la exaltación de valores considerados universales (como la amistad, la lealtad y el sacrificio por el bien común) fueron destacados con fines didácticos y moralizantes.

Muchas de esas historias nos muestran a la vida y a los seres humanos tal cual son, sin filtros ni falsas apariencias, donde el bien y la justicia no siempre triunfan. Si dichas historias perviven hasta nuestros días, con variantes y adaptaciones de toda índole, es porque todavía nos hablan y reflejan aspectos que seguimos sin superar.

No es la primera vez que ocurre un retiro de libros de bibliotecas escolares. Hace unos años, en Estados Unidos, algunas escuelas decidieron prohibir a sus alumnos la lectura de libros como «Huckleberry Finn», «Las aventuras de Tom Sawyer», ambos de Mark Twain; y «Para matar a un ruiseñor», de Harper Lee, debido a la utilización de la palabra «nigger» para referirse a las personas afroamericanas, un término considerado ofensivo.

Sacar los libros de las bibliotecas no impedirá que los pequeños tengan acceso a esas mismas historias fuera de la escuela. Por otro lado, retirarlos y no leerlos en la escuela misma, es subestimar la inteligencia de los más pequeños y las capacidades pedagógicas del profesorado. Supone también que no se piensa en educar a individuos críticos ni analíticos, que sepan sacar sus propias conclusiones.

La búsqueda de una sociedad igualitaria donde hombres, mujeres y las diferentes identidades, etnias y creencias, podamos convivir con dignidad, respeto e igualdad, implica un cambio cultural profundo. Un cambio de tal magnitud tomará generaciones y por ende, será un proceso lentísimo. No puede ser de otra manera si lo que se busca son cambios en las actitudes y el pensamiento de los individuos, quienes a su vez, obligarán a ejecutar cambios estructurales en la sociedad.

Prohibir lecturas y censurar libros no acelerará dicho proceso ni garantizará su éxito. Por el contrario, lo prohibido siempre termina siendo atractivo. Al paso que vamos, no sería extraño que algún día, alguien del futuro lea a escondidas la «Caperucita Roja», como si se tratase de material subversivo.

Lo que hay que cambiar no es a la literatura sino a la realidad, y con ello, las relaciones entre los seres humanos. Los cambios que sufre una sociedad a lo largo de su historia terminan siempre reflejados en la literatura. Los libros, leyendas y cuentos del pasado nos hablan de nuestra propia evolución como humanidad, de cómo han ido cambiando nuestras costumbres y nuestra forma de pensar, sea para bien o para mal.

Quedan por escribirse las obras del futuro, que quizás vislumbrarán nuevos patrones de conducta, aunque eso no impedirá que la literatura continúe hablándonos de nuestras zonas oscuras, de nuestra sordidez y de nuestra capacidad de crueldad. Es la libertad que permite la escritura: el buceo íntimo y profundo en la mente y el espíritu del ser humano.

Querer enmendar la plana del pasado desde los ojos del presente no es realista. Sancionar toda la literatura del pasado y medirla de acuerdo a la corrección política actual es injusto y demuestra desconocimiento y desprecio por el oficio de la escritura.

Los cuentos infantiles (y la literatura en general) son una metáfora de la realidad, una realidad que no es perfecta ni amable, que no puede ser contenida ni controlada en una burbuja esterilizada donde solo se cuente lo bueno, lo ideal y lo conveniente.

Forzar la coherencia narrativa y la belleza estética del lenguaje en función de la corrección política en una historia podrá ser un panfleto ideológico bellamente disfrazado de cuento o novela, pero jamás llegará a ser literatura.

Abril y la fiesta del libro

Este mes está dedicado a las celebraciones del libro, de la propiedad intelectual, de la creatividad y la innovación. Lo celebramos con el entusiasmo que se merece. Un festejo que incluye música, artes plásticas, fotografía, clown-mimos, teatro convencional y experimental. En abril florece la primavera desde el Centro Histórico de San Salvador.

Para comenzar el mes, la Biblioteca Nacional dio un paso adelante para incorporarse, desde sus instalaciones ya patrimoniales, a los festejos de la Noche Blanca (Nuit Blanche), fiesta nocturna con música y presencia cultural y artística. Se trata de un evento colectivo promovido por la Alianza Francesa y que la Alcaldía de San Salvador retomó para el Centro Histórico. También participaron entidades del Ministerio de Cultura.

Se sumaron a la convocatoria artistas independientes, cafés culturales, comercios aledaños y entidades que le dan espacio a acciones artísticas desde esa zona renovada, ombligo de identidad, que se fortalece mediante una inédita transformación; todos dispuestos a recuperar un valor urbano que por muchos años fue disminuido, ese núcleo rico en tradición política, social e histórica.

La iniciativa de celebrar la fiesta nocturna de la Nuit Blanche se tomó desde hace tres años en las zonas del poniente de San Salvador, y realizados sus eventos en esos mismos sectores. Pero en 2019 se coordinó una interacción de visitantes de ambas zonas para reconocer las expresiones patrimoniales y de recreación. En ese concepto, desde el poniente de San Salvador miles de personas llegaron a reconocer los espacios relegados desde el terremoto de 1986 del Centro Histórico. Una oportunidad de encuentro de dos realidades bajo el júbilo de una fiesta popular.

La Biblioteca Nacional puso su Libro de Oro para ser firmado y alcanzó la cantidad de 572 firmas; aunque a veces el ingreso fue de grupos grandes que no lograron firmar. El Palacio Nacional pasó de los 2 mil visitantes; los nuevos cafés de los alrededores organizaron atractivas presentaciones artísticas y, entre todos, incluyendo La Dalia, tuvieron más de 2 mil visitantes. El museo del Banco Hipotecario recibió 900; la iglesia del Rosario registró 600; el museo del Banco Central de Reserva 2,773 visitas. De la cripta de san Óscar Romero no tengo estadísticas.

Como se demuestra, una ley naranja (arte y señas de identidad como eje turístico y por consiguiente económico) puede funcionar, como lo mencioné en un trabajo reciente. Y en esa perspectiva se recupera la zona más emblemática de San Salvador. La inversión para renovarla repercute en beneficio de la economía del país y en dignificación de la patria.

En ese marco de fiesta nocturna, la Biblioteca Nacional organizó varias exposiciones: una de carácter gráfico de Roque Dalton, facilitada por el MUPI; otra de fotografía artística de la Compañía Nacional de Danza, dos más de pintura. Se agregaron dos muestras de libros y periódicos antiguos; y una última de libros traducidos o publicados en el extranjero del director de la Biblioteca Nacional.

De ese modo las iniciativas mencionadas han dado sus primeros saltos de gigante. La biblioteca, además de su Libro de Oro, puso un cuaderno para recibir opiniones sobre los contenidos expuestos. Las opiniones son positivas y de sorpresa, pues gran parte de visitantes conocía por primera vez la Biblioteca Nacional, esa especie de museo no solo para observarlo sino para ofrecerlo al lector e investigador. Considerada la catedral del libro por ser fuente espiritual para reconocer valores; repositorio de información y conocimiento de la nación, que con sus libros digitales se traslada al mundo y asume su papel de alma mater de las bibliotecas del país, como le corresponde.

Las palabras y opiniones, además de motivadoras, confirman lo que siempre habíamos divulgado: un centro renovado de San Salvador deja de ser gueto de la informalidad para convertirse en atractivo de turismo nacional. Se rompe el gueto y se libera a su población relegada. Y emergen también el Palacio y Teatro Nacional, y la cripta sagrada de san Óscar Arnulfo Romero. Transformar esa zona hace verdadero el orgullo por la patria.

Aunque no termina ahí la fiesta de abril, que no es «el mes más cruel», como decía T. S. Eliot, el poeta de lengua inglesa más importante del siglo XX, en su libro «La tierra baldía». No, para la bibliografía nacional y la lectura, en cualquiera de sus soportes, abril es para conmemorar y dar gracias al criterio humanístico que escogió estas fechas para concelebración laica del conocimiento.

De modo que continúa la fiesta del espíritu: el 21 de abril es el Día Mundial del Libro, y el 23 se conmemora el Día Internacional del Derecho de Autor; agregamos un taller de diseño de libros el 26, Día de la Creatividad y de la Innovación. En todas esas conmemoraciones sumamos lo que hemos llamado la «Biblioteca en la calle».

Entre otras cosas, el sábado 27, apoyado por la organización civil Yancor & Coaching, hemos organizado la Caravana del Libro: desde la Biblioteca Cuscatlán hasta la plaza del Salvador del Mundo, y continuará el domingo 28 con una exposición de artesanías para estimular los emprendimientos subyacentes con las innovaciones. En este evento nos acompañan grupos de clown, mimos y artistas, amigos cercanos de la Biblioteca Nacional. También recibimos cooperación de amigos y de empresas amigas.

Sí, la «Biblioteca en la calle» revierte el concepto de abril como el mes más cruel para moldearlo como festejo público ofrecido a quienes hacen posible esta tarea colateral de la educación con el libro, los autores, editores, promotores de lectura. Convencidos todos que la lectura es la calistenia mental para fortalecer el pensamiento crítico.

Agradecemos a la Alcaldía de San Salvador por ofrecernos los espacios. Y a todos los participantes en estas acciones de llevar el aula a la calle. Nos acompañan también los espíritus benignos de Salarrué, Claudia Lars, Masferrer, Chente Rosales y Rosales, Ítalo López Vallecillos, Roque Dalton, Oswaldo Escobar Velado, amantes de la poesía y la literatura como fuente de humanidad y sabiduría.

MeToo literatura Centroamérica

El 21 de marzo pasado, la comunicadora política Ana G. González denunció en su cuenta de Twitter que el escritor mexicano Herson Barona había golpeado, manipulado, embarazado y amenazado a más de 10 mujeres diferentes. Poco a poco, se recibieron decenas de denuncias más no solo contra Barona, sino también contra docenas de escritores y funcionarios relacionados con el medio literario mexicano, por situaciones que van desde humillaciones, insultos y acoso por vía electrónica hasta agresiones físicas y violaciones.

Eso dio origen a la etiqueta #MeTooEscritoresMexicanos,emulando el movimiento de denuncias originado en Estados Unidos contra personalidades del mundo del cine. Pronto comenzaron a abrirse grupos y «hashtags» de denuncia en México, relacionados con otros oficios como el cine, la música, el teatro y el periodismo, entre otros.

Días después, el 27 de marzo, el Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica publicó un reportaje donde 17 mujeres denunciaron al escritor costarricense Warren Ulloa Argüello por abusos, acosos y violación. Al igual que con Barona, cuando el caso de Ulloa se hizo público, varias mujeres más se atrevieron a hablar, al punto de que el periódico hizo una segunda entrega con nuevas denuncias contra la misma persona.

El caso de Ulloa es alarmante por varios motivos. Se aprovechó de visitas a colegios particulares, a donde era invitado para hablar de su obra. Ahí conseguía los números de teléfono o correos de estudiantes menores de edad, con el pretexto de enviarles información sobre sus libros y actividades. Así comenzaba el envío de insinuaciones, de preguntas íntimas, de fotografías de sus genitales o de invitaciones sexuales que terminaban en insultos y violencia verbal por parte de Ulloa, cuando sus propuestas eran rechazadas.

Parte de las denunciantes eran niñas de 14 o 15 años cuando fueron agredidas. Algunas de ellas pueden denunciar a Ulloa hasta ahora porque ya son mayores de edad y porque han pasado durante años en procesos de terapia psicológica. Otra parte de las agredidas son mujeres profesionales, relacionadas con labores editoriales o de otra índole, a quienes también agredió.

Ulloa era además un tipo que se presentaba como aliado del feminismo y que manejaba una pose dizque progresista. Lo cual deja pensando en cuántos hombres hacen lo mismo: disfrazarse para evitar conflictos. Esto lo he visto ocurrir sobre todo en hombres que tienen relaciones de pareja con feministas, hombres que han tenido conductas cuestionables en el pasado y que, de un día para otro, dicen ser aliados de la causa y hasta utilizan lenguaje inclusivo en las conversaciones, con tal de complacer a sus novias. ¿Qué tan confiables pueden ser estos sujetos si asumen un discurso como estrategia de sobrevivencia afectiva, y no como resultado de una convicción honesta?

Mientras muchos escritores nos hemos preocupado por demostrar que la literatura es un trabajo que se ejecuta con disciplina, tiempo, sobriedad y soledad, para desmontar el mito del escritor vago que solo puede escribir bajo el influjo del alcohol, la conducta de Ulloa abona al odioso estereotipo del artista o escritor «bohemio» e irresponsable.

Ulloa también aprovechó su rol como editor de la página de noticias literarias Literofilia y anfitrión del programa de radio del mismo nombre, para recibir donaciones y ayudas económicas que le permitieron realizar sus proyectos literarios. A consecuencia de todas las denuncias, las editoriales Letra Maya y Uruk (que le publicó cuatro libros) se desligaron de cualquier vínculo contractual con Ulloa. Lo mismo hizo el Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) de Costa Rica.

El surgimiento del «hashtag» mexicano hizo que se iniciara la versión #MeTooLiteraturaCA en Twitter. En Facebook se abrió una página con el mismo nombre, con el objetivo de «conversar y denunciar el tema del acoso de todo tipo en el medio literario y artístico de la región» así como para exigir «igual representación (de mujeres) en ferias, festivales y conversatorios del libro, de arte y cultura, y no ser solo el 15 o 20 % del programa total».

No es fácil, para ninguna mujer, leer este tipo de denuncias. Al hacerlo, resulta inevitable recordar nuestras propias vivencias, nuestros momentos difíciles en espacios laborales, familiares o sociales. Leer cada caso nos obliga a revivir situaciones que preferiríamos dejar en el olvido. Terminamos cuestionando experiencias, relaciones y personas cuyas verdaderas intenciones terminan puestas en duda.

Por desgracia, a medida que se dan a conocer estos casos, nos damos cuenta de que son historias más comunes de lo que nos gustaría admitir, que se repiten demasiado, en todos los ámbitos sociales, no solo el artístico y literario. Los mecanismos y las situaciones en que ocurrieron y siguen ocurriendo son odiosamente similares. Trascienden oficios, edades y geografías. Pero el hecho de que sean historias comunes no significa que deban minimizarse, obviarse ni ser tomadas como «algo normal».

Mis respetos para las mujeres que, con nombre y apellido, dan la cara y nombran a sus agresores, haciendo públicas sus historias. No es fácil y ellas lo saben. Sobre todo en una región como la nuestra, tan llena de doble moral e hipocresía, donde denunciar se revierte contra quien denuncia en forma de cuestionamientos y dudas sobre su testimonio, o donde su historia dará lugar a la morbosidad, al chisme y a las bromas de mal gusto. Por ello, no todas se animan a denunciar. No toda mujer está preparada para una exposición pública que la puede convertir en blanco fácil de más agresiones.

Como parte del gremio literario centroamericano, me resulta imposible permanecer indiferente y no decir nada ante este asunto. Me causa profunda vergüenza que la literatura de la región, ya de por sí tan menospreciada e invisibilizada, sea manchada de esta manera por un sujeto que aprovechó su notoriedad local como plataforma para practicar una conducta que, a todas luces, resulta injustificable e inaceptable.

Un tipo de conducta que debe ser denunciada sistemáticamente, sin miramientos ni excepciones, para poder pensar que un cambio de relaciones entre hombres y mujeres es posible.