Por quién doblan las campanas

Esta mañana recordé al novelista norteamericano Ernest Hemingway. Ante esa duda responde: «Doblan por ti, porque la muerte afecta a la humanidad». Lo que pasa ahora es peor: doblan por el planeta. Recordé al novelista, porque cada amanecer escucho las campanas de la iglesia cercana, en el popular Zacamil. Un día de estos, le pregunté por esos sonidos tristes a una vecina que vive en la zona desde hace treinta y cinco años.

Me respondió: «Es por los muertos, pero, en tiempos de la guerra, lo que sonaba eran las bombas desde aviones y helicópteros; mi esposo era visitador médico, salía por la mañana y regresaba por la tarde; un día, no regresó, me quedé con mis tres hijas pequeñas». La empresa le ayudó con dos becas para terminar la primaria. «En esa época no había ayuda, cada quien enfrentaba la muerte a su manera». Cambió la conversación y me dijo: «Usted tuvo suerte, porque no vivía aquí». Me emocioné, porque estas historias son mi patria literaria, lo que vivifica. Porque patria somos todos incluyendo la naturaleza, como dice Salarrué, los vivos y los muertos.

Por muchos años, mi vecina esperó que llegara el padre de sus hijos. «Nunca regresó, y, aunque el dolor se mitiga, es difícil neutralizar la emoción». El problema eran sus niñas. Se puso triste. «Las cuatro lo esperábamos todos los días a la hora de la cena». Ella presentía lo peor, por primera vez no llegaba a la hora. Han pasado casi treinta años, ya no esperan nada. «Uno se acostumbra, la mente tiene el poder de borrar los recuerdos hasta convertirlos en resignación».

Esa plática me inspiró a escribir estas líneas.

Porque el recuerdo es historia. Y si vivimos una historia, o la conocemos, nos apropiamos de emociones constructivas. Entre ellas, la compasión, que implica comprender el dolor ajeno, incluso asimilar ofensas, si sabemos que quien ofende podría tener una razón; entender las emociones reactivas de quien sufrió heridas sin que nadie se preocupara. «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», me dijo la mujer, parte de esa patria ofendida.

La compasión nos permite empatía. Y esta es generadora de paz interior, la ruta más corta para la convivencia. Es un valor que inhibe la pena propia, para entender el dolor de los demás. Y esto lleva a la tolerancia social. Mitiga los odios, lo cual favorece la felicidad íntima y nacional. Comprendiendo las reacciones de los ofendidos. Esa empatía generada produce convivencia.

Cuando mi vecina me habla de tiroteos terrestres y aéreos, se me vienen a la mente los documentales de la Segunda Guerra Mundial. El bombardeo a Conventry, en Inglaterra, acción bélicaa la que los alemanes dieron un nombre poético: «Sonata a la luz de la luna», nominación estética tenebrosa. Pero la respuesta posterior contra Alemania fue más apocalíptica: en Berlin, Hamburgo, Kassel, Dresde, borradas del mapa por «tormentas de fuego». Los niños y mujeres corriendo al sonido de las sirenas, obligados ante la emergencia a resguardarse en refugios, bajo el pánico producido por las sirenas que anunciaban el próximo bombardeo. Mientras, los hombres, en los campos de batalla, defendían las últimas migajas de un nazismo utópico que se les había vendido como milenario. Conozco esas ciudades, ahora son pujantes. Porque la esperanza no muere.

Aquellas sirenas que producían terror equivalen a las informaciones preventivas de ahora para defenderse del virus letal. De cuidarnos, sonarán menos las campanas anunciadoras de muerte. Las prevenciones salvan vidas. Y más, si se trata de un enemigo invisible que no avisa cuándo y cómo aparece, y que obliga a refugiarse como única defensa. Y no hay sirenas que me permitan saber que el dolor se acerca. Aunque sabemos que está a un paso.

Es un enemigo similar al parásito, porque no tiene vida propia y busca encontrar vida en las células humanas. Contra su guerra declarada solo vale la voluntad de las mismas víctimas propicias. Por paradoja, nosotros mismos somos el enemigo de los otros, como sujetos activos y pasivos de esta «batalla planetaria». Cada uno es el muro de defensa. Y a la vez el que victimiza al otro. De esta irrealidad no se salvan ni siquiera las grandes economías.

Pero así como las dos guerras mundiales del siglo XX terminaron rescatando las ciudades y economías, la humanidad actual tiene las fortalezas para derrotar al virus. Pero, para eso, necesitamos cultivar estados de ánimo positivo. Implica compasión, convivencia y sobrevivencia. No basta comprar terrenos para abrir fosos e instalar crematorios. Los hospitales colapsan y el personal ronda ya el martirio.

Hay pesimismo creado por las incertidumbres, pero no debemos olvidar las lecciones de humanidad que nos ha dado el mundo. La historia nos da certeza de que las guerras no terminan con los pueblos. El SARS-CoV-2 no vencerá.

En esta batalla, como dice mi amigo entomólogo e investigador, el costarricense Luko Hilje: «La inteligencia vencerá nuestros errores de irrespeto a la naturaleza». Pero debemos vencer al enemigo que llevamos por dentro; nuestros estados de ánimo y terquedades que incluyen indisciplina, ausencia de realismo para no deponer intereses personales que, sin proponerse, inhiben las alianzas contra el enemigo común.

Ante las debilidades pesa la mentalidad creativa que permite aislar al enemigo. Solo requiere la fortaleza de la voluntad, de la inteligencia, artificial o natural. También salvaremos golpes económicos, como sucedió en Japón, víctima del bombardeo atómico; o los alemanes que terminaron buscando comida en los basureros, y, ahora, son naciones pujantes. Los jerarcas nazis pagaron en Nuremberg con la horca o se suicidaron; aunque las mortandades son irreversibles.

Ahora, pese a difíciles batallas sanitarias, económicas y anímicas no hay criminales de guerra. Como metáfora comparo con guerra el asedio del SARS 2. Ya casi vencimos al VIH, la tuberculosis, la fiebre amarilla. ¿Entonces?

No me alineo con lo apocalíptico, ni con la consejería. Trato de mitigar un estado de ánimo ante las campanas doblando al amanecer. Mientras un sol emerge para ofrecernos vida.

Hostilidad virtual

Desde hace un tiempo, algunas redes sociales se han convertido en espacios que concentran un alto nivel de hostilidad. La violencia verbal, la superioridad moral, la arrogancia, el cinismo, las amenazas, las descalificaciones, los egos inflados y la vulgaridad, se han convertido en su lenguaje cotidiano.

Lejos de ser espacios para intercambiar ideas e información, parece ser que las redes sociales se entienden como lugares para ventilar rabias contenidas y todo tipo de bajezas. Veo esto reflejado en Twitter, uno de los pocos espacios que todavía mantengo abierto. Tener una opinión diferente a la propia parece ser el interruptor para que algunos insuficientes mentales reaccionen de manera desmedida, sobre todo cuando se trata de asuntos políticos o ideológicos, donde la agresividad se luce en todo su esplendor.

Esto lo sabemos demasiado bien en nuestro país, donde casi cualquier cosa que se postea es detonante para pleitos. Esta situación es particularmente delicada para las mujeres, ya que expresar sus opiniones o criticar algún asunto (sobre todo cuando se trata de política nacional) se convierte en una fuente de amenazas que van desde las golpizas hasta la violación y muertes violentas, que además se extienden a sus hijos y otros miembros de su familia. Cualquiera dirá que «perro que ladra no muerde», pero viviendo en un país con tan altos niveles de criminalidad y donde los asesinatos de mujeres han sido parte del esquema cultural histórico del salvadoreño, este tipo de comentarios no pueden ignorarse. Es preocupante lo gráficas que son muchas de esas amenazas, hechas por turbas cibernéticas que solo necesitan un empujoncito para inundar las secciones de comentarios con su basura y convertir todo en una cloaca apestosa.

Este no es un fenómeno estrictamente local. Ocurre en todas partes. Hace poco vi una animación satírica, no sé si inglesa o estadounidense, donde una mujer comentaba que estaba leyendo un libro en papel y se le contestaba con todo tipo de contradicciones posibles (que pobrecitos los árboles, que el libro que leía era una basura, que era una snob por mostrar lo que leía, etc.). Poco a poco los comentarios subían de tono hasta llegar a las (ya casi acostumbradas) amenazas de muerte. Pero el hecho de que sea una conducta común e internacional, no la convierte en justificable.

Una alternativa podría ser convertir la red en un espacio privado, aunque es difícil filtrar las solicitudes y saber las intenciones con las que alguien le da seguimiento a alguna cuenta. Otras personas han decidido cerrar sus redes de manera definitiva, frustrados ante la imposibilidad de establecer diálogos respetuosos y agotados por las constantes descalificaciones de sus entradas. Estas medidas contradicen el ejercicio de lo social. A fin de cuentas, muchas personas abrimos o tenemos redes para compartir información y establecer diálogos con propios y extraños.

Ante dicho problema, han surgido alternativas que están tomando algún auge y que quizás permitan filtrar mejor toda esta hostilidad virtual. Instagram es un espacio más propicio para lo visual pero que permite la opción de cerrar todo tipo de comentarios a las entradas. Puede que me equivoque, pero da la impresión de ser menos agreste que otras redes. Telegram, una aplicación de mensajería similar a Whatsapp, permite la opción de abrir «canales» a los que el usuario puede suscribirse y donde se pueden leer y compartir enlaces y todo tipo de información.

En meses recientes está tomando nuevo auge el newsletter, boletines periódicos a los que se accede por suscripción y que se reciben por correo electrónico. Los hay de diverso tipo, desde los que comparten recomendaciones de enlaces hasta los que escriben sendos artículos de opinión y textos diversos. Acaso su ventaja es que, fuera del formato o la limitación que conllevan otros espacios, el newsletter se convierte en una página en blanco desde la cual se puede hacer de todo. El descubrimiento o la sugerencia de estos boletines corre casi que de boca en boca y aunque los públicos pueden ser limitados a nivel cuantitativo, algunos llegan a ser tan populares que sus autores logran monetizarlos. Suscrita como estoy a un par de ellos, puedo decir que también limitan el acceso a comentar, que es una manera de proteger, no solamente a quien redacta el boletín, sino también a la comunidad de lectores. Nadie quiere seguir encontrando la basura de opiniones de la que se viene huyendo.

Los podcasts y las transmisiones en vivo también han proliferado en los últimos meses, pese a que requieren algo más de trabajo y condiciones técnicas para elaborarlos. Sin embargo, ofrecen la posibilidad de monitorear comentarios o silenciarlos por completo, como en Periscope. Ésta última aplicación también permite la posibilidad de nombrar a un administrador adjunto que pueda monitorear los comentarios (en caso de que se acepte tenerlos), algo que quien está realizando la transmisión tendría dificultad de hacer, sin distraerse de su filmación.

No todo está perdido en redes como Twitter, donde todavía se encuentran cuentas valiosas que han sabido tomar ventaja de los hilos para contar historias más largas, compartir ilustraciones de fotografías u obras de arte o hacer análisis interesantes sobre cine y música. Si bien es cierto Twitter creó la función de esconder respuestas desagradables o agresivas, esto supone un trabajo adicional, sobre todo cuando la cuenta es muy popular. En todo caso, el lector puede acceder a esas respuestas escondidas, así es que la funcionalidad no sirve para filtrar a los impertinentes, aunque siempre se tiene la opción de bloquear o silenciar a aquellas personas que lo único que buscan en redes es picar pleito.

Quizás estamos viviendo el fin del ciclo de vida útil de algunas redes. La agresividad permanente puede generar agotamiento, rechazo y respuestas condicionadas como la auto censura o el cierre definitivo de una cuenta. Pero también puede generar nuevas formas de hacer resistencia a la hostilidad y a la bajeza desde la creatividad y la inventiva, como alternativas para evitar hundirnos en el lodo del odio ajeno.

Pandemia, jefe Seattle y Salarrué

No sé si los lectores han notado los efectos positivos que causa la suspensión del servicio público urbano en estos tiempos de crisis pandémica. Entre otras cosas, se ha borrado, por unos meses, el estruendo desde las cuatro y media de la mañana de los viejos buses urbanos corriendo como en autopista. Es ensordecedor para los que tienen la mala suerte de vivir en las calles céntricas. Ahora, hay silencio y es como volver al pasado, aunque no todo pasado sea mejor. Pero, además, se recalca el papel nocivo que juegan los gases para las enfermedades pulmonares. Estos son por falta de control institucional sobre despido de gases y por desconsideraciones humanas.

Según datos de Vigilancia Sanitaria de El Salvador, antes de comenzar la cuarentena por la pandemia (mediados de marzo) hubo 441,132 casos de Infecciones Respiratorias, 94,488 más con respecto al mismo período de 2019. Resulta un incremento del 27%. Y todo porque se ha ignorado, por intereses específicos, que se debe controlar la polución en general, en especial de los automotores. Esto pese a que existen leyes y reglamentos de tiempos atrás. Pero hecha la ley, bienvenida la corruptela.

El daño ambiental es un problema secular, hasta parecer casi irreversible el deterioro. No solo entre nosotros, sino a nivel planetario.

La actual pandemia, con su encierro, ha sido causante de angustias, depresiones y ánimos negativos, todo esto es explicable. El temor es mundial. Y estos resultados me han hecho reflexionar sobre dos cartas conocidas. Una es la del jefe indio Seattle, escrita en 1854, cuando era presidente de los Estados Unidos el esclavista y expansionista Franklin Pierce (apoyó a William Walker cuando este quiso imponer la esclavitud en Centroamérica). Pierce se propuso comprar los territorios donde la tribu originaria Suwamish tenía su hogar por siglos. El jefe de la tribu respondió a la fría propuesta de compra con una carta poética de contenido insuperable, señalando el daño que se iba a producir: hizo un llamado al presidente Pierce sobre la conexión primordial del hombre con la naturaleza. Defendió su tierra con sabiduría, señalando su belleza ecológica y los resultados destructivos. Además, su venta era imposible.

«¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?». Si los originarios habían sido «dueños de la frescura del aire o del resplandor del agua, ¿cómo nos lo pueden ustedes comprar?». Y luego expresa que cada «brillante espina de pino, cada orilla arenosa, cada rincón del oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto, es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente». Y recalca que quienes representan la civilización, no entienden sus costumbres. Para ustedes «la tierra no es su hermana, sino su enemigo, y cuando la han conquistado siguen adelante». Agrega más: «La tierra no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella».

Esa carta profética me hace recordar «Mi respuesta a los patriotas», de Salarrué, ochenta años después (1930), de la carta del jefe Suwamish.

Sus amigos reclaman Salarrué según les escribe: «Tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos qué ves y cómo lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez… ». «Y mis amigos se han echado a reír», escribe el escritor. Y canta sus verdades: «Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infundimos los locos pacíficos, en parte en serio, y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático…Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta a estos patriotas sin nombre…».

Y continúa recriminándolos: «Yo no tengo patria, yo no sé qué es patria: ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración… Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). Tengo a Cuscatlán, una región del mundo…Yo amo a Cuscatlán… Me pedís que descienda a vuestra realidad y no sé dónde poner el pie; pues por todos lados encuentro arena movediza.».

Luego, inusual en el maestro, con aguda ironía, pero sin perder la tranquilidad ni la sencillez de su estilo, señala: «Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas, también emprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional; la prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra».

El jefe Seattle como Salarrué coinciden en su apreciación sobre el amor a la naturaleza, que ambos nominan Tierra. Ahora sabemos que un amor odio origina epidemias y continuarán cada vez más desconocidas depredando a la humanidad, produciendo, según expertos sanitarios mundiales, enfermedades desconocidas originadas por la degradación ambiental: deforestación de los bosques que destruyen el hábitat; por uso de combustibles fósiles que envenenan ciudades, por prácticas indebidas en cultivos, como los venenos para proteger el algodón en el pasado; o la caña de azúcar con sus insecticidas y quemas (El Salvador), el cultivo de la soya (Sur América). Agreguemos la incultura de la corruptela.

Para investigadores de los Estados Unidos, la depredación del planeta provoca el descontrol de bacterias y virus, más del 75 por ciento de las enfermedades que afectan a los humanos, provienen del cambio climático por abusos medio ambientales.

A las nuevas generaciones solo tienen una esperanza: que la inteligencia artificial sustituya los insumos dañinos medio ambientales.

Nuestra nueva vida virtual

La inesperada aparición de la pandemia en nuestras vidas ha producido cambios, evidenciado vulnerabilidades e impuesto alternativas improvisadas para un sinnúmero de nuestros quehaceres cotidianos. Dentro de toda la desgracia que la situación supone, podemos sentirnos afortunados de contar con internet, una herramienta que no existía en las pandemias del pasado y que, mal que bien, representa una alternativa para sobrellevar la situación. Tratemos de imaginar lo que sería pasar las limitaciones del confinamiento sin acceso a fuentes de información o de entretenimiento.

Desde hace varios años se ha venido fomentando la conectividad por medio de servicios domiciliares y teléfonos móviles. Muchas de las actividades que hoy nos vemos obligados a hacer venían implementándose de manera muy lenta. La pandemia aceleró varios de esos procesos y nos vino a demostrar lo poco preparados que estamos en varios aspectos que, mientras no volvamos al nivel de sociabilidad anterior, continuarán siendo ejecutados desde nuestras computadoras o celulares. No estábamos listos para la educación, el trabajo o el comercio virtuales, por ejemplo. No lo estábamos en cuanto a conectividad, a equipos, a contenidos y a prácticas seguras. Tampoco lo estamos a nivel de legislación, de protección de datos ni de los derechos de los usuarios.

A pesar de que ya existían algunos servicios virtuales, sobre todo a nivel comercial, la desconfianza de los salvadoreños a hacer compras o transacciones en línea es todavía notoria. Los frecuentes casos de clonación de tarjetas de crédito o débito, han sido uno de los motivos por los cuales la ciudadanía se ha mantenido desconfiada y alejada del comercio electrónico.

A esta desconfianza natural, sumemos la calidad de los servicios de internet, que no llegan a la mayoría de la población y que a nivel técnico tiene numerosas deficiencias. Por otro lado, el acceso a internet no es gratuito ni barato y mientras más complejas son las exigencias de nuestro acceso a la web, mayor ancho de banda requeriremos, todo lo cual tiene un precio. Esta ha sido una de las enormes limitaciones a la hora de implementar actividades como la educación en línea, ya que no todos los hogares cuentan con acceso a internet o computadora ni tienen los recursos económicos para costear servicio y equipo de calidad.

En referencia a lo laboral, muchas personas han quedado sin empleo y los bancos planean otorgar créditos accesibles para pequeñas y medianas empresas, de manera que puedan afrontar el bache económico que supone la paralización de actividades de los últimos meses. Tomando en consideración que poco más de la mitad de la población se dedica al empleo informal, esta medida no será de acceso ni de beneficio general. Este tipo de préstamos no toma en cuenta a los trabajadores que, por la naturaleza de los servicios que ofrecen, trabajan de manera solitaria. Tampoco toma en consideración a quienes, buscando opciones para solventar sus necesidades económicas, han comenzado a vender productos y servicios, de manera individual.

Para quienes trabajan en diseño, redacción de textos, traducciones, etc., la posibilidad de ofrecer su labor fuera del país por medio de internet sería una opción a considerar, sobre todo si pensamos que la economía salvadoreña será una de las más golpeadas de la región por los efectos del coronavirus. Sin embargo, plataformas populares como PayPal no permiten hacer efectivo en el país el dinero que se recibe por esa vía. Esta plataforma es una de las vías más rápidas y menos engorrosas de hacer y recibir pagos, al tiempo que protege datos bancarios. Dos que tres comercios locales han comenzado a aceptar pagos por PayPal. Ojalá esta sea una manera de pago que se popularice y se acepte también entre otro tipo de negocios.

Hay empresas que a pesar de contar con aplicaciones o páginas web, y de ofrecer servicios primordiales para la población, no han sabido caminar al ritmo de la emergencia. Gestionar compras de los supermercados por medio de internet ha resultado ser una experiencia frustrante para muchos. Las compras tardan días y, aunque ya pagadas, no se entregan los pedidos completos resolviendo la falta de un producto con certificados de compra. Los supermercados se consideran un lugar de relativo riesgo para adquirir el virus y las personas suelen ir en grupo a hacer sus compras, pese a las reiteradas advertencias de que acuda solamente una persona por grupo familiar. Los supermercados deberían invertir en la agilidad de sus servicios electrónicos como una forma para prevenir el Covid.

La necesidad de abastecimiento, sobre todo de productos perecederos y abarrotes, ha promovido el surgimiento de varios pequeños servicios, con entregas a domicilio. Estos han llenado vacíos importantes, sobre todo para quienes dependemos del transporte público para movernos y para quienes queremos evitar salir lo más posible, como medida de prevención.

Ante el desempleo y las limitaciones actuales de la economía, escuchamos una frase que se ha convertido en lugar común: «hay que reinventarse». Pero la reinvención ni funciona ni se puede aplicar a todo tipo de productos y servicios, de manera idéntica. Es difícil reinventarse cuando el sistema financiero local impone trámites excesivos, con la intención de controlar cualquier eventual forma de fraude o porque desconoce la realidad de quien trabaja como free lance. También es innegable que entre los usuarios existe todavía resquemor para comprar en línea, dar números de cuenta para recibir pagos o acceder a nuevas pasarelas de pago, que todavía no son muy conocidas en el país. Estos factores son el reflejo del nivel de criminalidad al que hemos vivido sometidos durante años.

Lo cierto es que la pandemia ha acelerado nuestras formas de resolver múltiples necesidades y que, de manera inmediata, nos vemos inmersos en nuevas costumbres virtuales. Muchas de ellas seguirán siendo usadas hasta que tengamos alguna garantía de no contagiarnos en los espacios públicos.

También es posible que estos recursos a los que hemos tenido que recurrir se conviertan en prácticas permanentes y en el impulso imprescindible para la necesaria e impostergable modernización de las herramientas informáticas de nuestro país.

Cerebro y corazón

Sin duda, muy pocos, con esta pandemia están exentos del drama o tragedias sufridas en su propia persona, o familiares cercanos, amigos o colegas de salud tan admirados. Aunque no debería ser necesario sufrirlo directamente para sensibilizarse ante un virus planetario que no admite oponente ni siquiera a países de alto desarrollo científico. Se apareció tan imprevisto que nadie estuvo preparado, incluso se recibió con mofa, que una gripecita, que bastaba un desinfectante, y tantas cosas por un virus desconocido en sus efectos y contagios. Incluso se aseguró que lo mejor era dejar que la gente se contagiara para adquirir inmunidad. Fuera de esos errores, a veces institucionales, la población percibe con sabiduría que debe salvar su vida y la de los demás.

Ver escenas dantescas en Perú y Ecuador, no ha sido suficiente para hacernos reflexionar sobre el significado de las pérdidas humanas. Supongo porque lo hemos experimentado por una guerra sucia y genocidios. Recuerdo una vez camino a la Universidad de Stanford, cometí un desliz con un escritor chileno. Le dije que los salvadoreños estábamos acostumbrados a la muerte. No me hice entender por mi amigo. Me interpretó con el cerebro y yo le hablaba con el corazón. Me recriminó diciéndome cómo era posible que un humanista, como yo, hablara de acostumbrarse a la muerte. Y quien me lo decía era alguien que había sufrido la dictadura sanguinaria de Pinochet.

Respecto a eso de acostumbrarse a la muerte un académico de la Universidad de Ohio, en estos días de julio, me envió tres de mis poemas traducidos al inglés y su versión en español. Me pidió que los revise pues saldrán en Washington en una selección de poesía latinoamericana. Leer mis poemas escritos en los años 1968 y 1976 me llevó a pensar si acaso ver la muerte de frente se nos hizo costumbre. No es que la realidad histórica nos haya impuesto un sello de insensibilidad; sino porque nuestros corazones han sido fuertes para aceptar lo peor de tantas tragedias sociales. Transcribo algunos versos de dos poemas («Post Card», «Mamá» y «Los Garrobos»). Escritos en épocas democráticas, cuando me dedicaba más a la poesía. Pueden leerse completos en Internet.

«Mi país, tierra de lagos y montañas/pero no venga a él, si deseas conservar la vida/ Puede morderte una culebra/ Puede comerte un tigre, nada de mi país te gustará». (Post Card, 1968). Otro titulado «Mamá» (1976) de este prefiero citar la frase escrita por un poeta hermano que hizo una reseña: «Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país… ellas son, sin duda, la patria ofendida» (Italo López Vallecillos). El tercer poema dice: «Los garrobos crecían en los árboles/ pero llegaron los venenos/ a destruirlo todo. Llegaron/ con ganas de matar./ Los aviones vuelan sobre los árboles./ De los garrobos solo quedan sus huesecillos de madera». (1990, «Los Garrobos»).

Mi amigo académico de Ohio University me preguntó por mi salud, y le conté que a treinta días de cuarentena tuve una reacción extraña. Le escribí: «Consulté los síntomas por guassap, con una amiga médica con postgrado en el exterior; me dijo que no me preocupara, ‘lee ese documento de una Clínica de Rochester, coincide con tus síntomas’». Y terminé contándole al académico que la doctora me había recomendado conversar con mi cerebro. «Acepté su receta, pero le agregué algo más: también hablaría al corazón. Por ahora, adiós dolencia», escribí.

Una excelente idea para los que no logramos entender, o no admitimos la tragedia mundial. Consultar con el cerebro y con los sentimientos, entre ellos la compasión, el amor a las personas.

Todo esto me hizo recordar cuando pasé la materia Instrucción Criminal en la Facultad de Derecho, que me daba legalidad para litigar (aunque nunca pude hacerlo); al mes me estaba llegando de la Corte Suprema el nombramiento de Juez Ejecutor para un Habeas Corpus. No recuerdo muy bien el caso, pero me presenté en lo que llamábamos el Palacio Negro (por tétrico; ahora, estéticamente remodelado, podría ser edificio para un museo de arte). Me presenté para «intimar» al Director de la Policía. Su respuesta inmediata fue: «No, solo no voy a presentarte al reo, sino que, si no te retirás de inmediato, la próxima exhibición personal será para vos». Hasta ahí llegué como Juez, culpa de un coronel Rodezno. Me fui con mi nombramiento entre las patas. Y pensar que la voz pública afirmaba que vivíamos una democracia. Me atragantó el trago amargo.

Otra vez estuve de huésped involuntario del general Somoza con dos poetas más de la Generación Comprometida. Una vez liberados del «hospedaje» forzoso visitamos las librerías, y la inmensa sorpresa fue cuando vimos libros expuestos en la vitrina que daba a la calle, libros que con solo tenerlos en El Salvador significaba seguro secuestro institucional sin dar razón ante un Habeas Corpus, ni nada.

Le pregunté al corazón: «¿Por qué si Somoza siendo un gran dictador permite la venta de estos libros, y entre nosotros es pecado mortal? ¿Por qué con el tirano Somoza el libro no era perseguido mientras para nosotros en democracia ese mismo libro costaba prisión y exilio?»

Dudé si yo entendería las leyes como me habían explicado mis maestros del Derecho, la Filosofía y las Ciencias Sociales. Pero terco y tenaz hice cinco años más para finalizar los estudios, pese a ser ya un escritor reconocido.

Y me apropié de sus enseñanzas. Los notables maestros del doctorado me fortalecieron en la ética sagrada del derecho: defender lo justo. Decidir según su espíritu

Solo recuerdo el título de mi tesis no presentada: «Integración y Desintegración Cultural en Centroamérica». Pese a mi renuencia a ejercer el Derecho recibí gran solidaridad de mis compañeros de estudios, e igual de mis maestros, insistentes siempre en la doctrina del Derecho. Ir más allá de las ley escrita, apropiarnos de que «lo esencial es invisible a los ojos» (El Principito). Decidir con cerebro y corazón.

El pálido jinete

Es curioso que la pandemia de gripe de 1918, conocida como la gripe española, tenga tan poca presencia en la literatura o el arte de su tiempo. Se podría pensar que un evento mundial, que produjo más de 50 millones de muertos, tendría una resonancia profunda entre los artistas de aquella época. Es posible que los eventos hayan sido tan abrumadores, que no permitieron el estado de ánimo adecuado para elaborar dichos sucesos a través de la obra artística. Algunas experiencias de la época parecen confirmarlo.

El poeta estadounidense William Carlos Williams, quien además era doctor y tuvo que atender enfermos a domicilio durante la crisis, detalló que los médicos debían hacer hasta sesenta visitas diarias. «Varios de nosotros perdimos el conocimiento, uno de los jóvenes murió, otros se contagiaron y no teníamos nada que fuera eficaz para controlar ese potente veneno que se estaba propagando por el mundo», contó luego en su autobiografía.

El poeta francés Guillaume Apollinaire, se contagió de la gripe española en París, mientras seguía convaleciendo de una herida de metralla que recibió en la cabeza en 1916, durante la I Guerra Mundial. Le habían trepanado el cráneo con éxito y a medida que iba mejorando, comenzó a recibir muchas visitas. Esa fue la vía de contagio para él y su esposa Amelia Kolb, con quien se había casado el 2 de mayo de 1918. Apollinaire terminó muriendo por la gripe el 9 de noviembre de 1918, a los 38 años.

F. Scott Fitzgerald también sufrió la enfermedad mientras escribía su primera novela, A este lado del paraíso. A pesar de sobrevivirla, no fue un tema predominante en su narrativa. Franz Kafka contrajo la gripe en 1918. Debió mantener cuarentena en la casa de sus padres (donde vivía), sufriendo fiebres de 40 grados. Recibió cuidados intensivos en su propia cama, ya que estaba demasiado débil como para ser trasladado a un hospital. Kafka murió años después, pero algunos biógrafos estiman que el desgaste físico que le produjo la gripe agravó la tuberculosis que ya sufría, enfermedad que lo terminó llevando a la tumba en 1924.

Hubo pintores que plasmaron la epidemia en su obra, como el austriaco Egon Schiele, quien poco antes de morir, hizo un retrato familiar nada jubiloso. Judith, la esposa de Schiele que estaba embarazada de 6 meses, murió de la gripe sin poder dar a luz. El pintor moriría tres días después, el 31 de octubre de 1918, a los 28 años. Fue Schiele quien hizo los últimos retratos del también pintor Gustav Klimt, a quien consideraba su maestro y quien había muerto ocho meses antes de una neumonía vinculada a la pandemia.

El pintor noruego Edvard Munch corrió con mejor suerte. Aunque enfermó de la gripe cuando tenía 55 años, logró sobrevivir. De la experiencia nacieron dos cuadros: «Autorretrato con la gripe española» y «Autorretrato después de la gripe española». En ambos se pintó a sí mismo con el rostro inexpresivo o desfigurado, algo común al estilo melancólico y oscuro de su pintura.

Registros médicos de la época detallan que la enfermedad tenía consecuencias neuropsiquiátricas. Los sobrevivientes pasaban períodos de decaimiento, lentitud en el pensamiento, trastornos de los sentidos, delirios, alucinaciones y depresión profunda durante varias semanas, después de ser dados de alta. Eso explicaría lo que le ocurrió al compositor húngaro Béla Bartók, a quien la enfermedad le produjo una infección grave en el oído, al punto que temió quedar sordo. Los opiáceos que le fueron recetados calmaron sus dolores, pero sufrió alucinaciones auditivas durante mucho tiempo después de superada la enfermedad.

Una de las escasas obras literarias que tiene como escenario aquella pandemia es Pálido caballo, pálido jinete, de la escritora estadounidense Katherine Anne Porter. En el otoño de 1918, cuando tenía 27 años y trabajaba como reportera del periódico The Rocky Mountain News de Colorado, ella y su novio, un teniente del ejército, enfermaron de la gripe.

La muerte de Porter parecía un hecho inevitable, al punto que su periódico tenía lista la necrológica. La fiebre que sufrió fue tan severa que su pelo negro se tornó blanco y luego se le cayó por completo. Se debilitó tanto que la primera vez que intentó sentarse, después de la enfermedad, se cayó y se rompió el brazo. Desarrolló flebitis en una de sus piernas y le dijeron que jamás volvería a caminar.

Seis meses después, sus pulmones habían sanado, su brazo y su pierna mejoraron y el pelo comenzó a crecerle de nuevo, aunque creció blanco y jamás recuperó su color original. Sin embargo, su novio, quien la cuidó durante la enfermedad y que no había desarrollado síntomas tan dramáticos, murió de la gripe.

Porter escribió la novela mencionada, cuya historia y personajes están basados en su experiencia con la enfermedad y en las visiones y pesadillas que tuvo durante sus estados febriles. La escritora llegaría a ganar más adelante el Premio Pulitzer de Ficción y el National Book Award por sus historias completas. Fue además nominada al premio Nobel de Literatura en tres ocasiones.

Un par de ensayos académicos sobre la poca mención de la pandemia en la literatura de la época, han hecho notar que su aparición se traslapó con el final de la I Guerra Mundial, un evento de por sí traumático y que dejó también una secuela de millones de muertos y excombatientes traumatizados, mutilados y asqueados de las experiencias en los campos de batalla. La presencia de la muerte continuaba en tiempos de paz, pero parecía solo haber cambiado de forma. Ante ello, una reacción natural para poder sobrellevar la situación era la evasión, ya que moral y emocionalmente, había agotamiento a nivel tanto individual como colectivo.

Los excesos de los rugientes años 20, la caída de la bolsa en 1929 y la II Guerra Mundial, terminarían arrinconando el dolor de la pandemia en la trastienda del olvido para ser recordado ahora, poco más de 100 años después, cuando el pálido jinete de la muerte vuelve a cabalgar entre nosotros.

Frases maestras que fortalecen

En estos momentos de acontecimientos impredecibles, además de leer por entretenimiento, o por acceso a conocimientos, me gustaría comentar algunas lecturas de actualidad, frases que nos enseñan a comportarnos en esta escabrosa marcha mundial. Leo referencias sobre importancia de la literatura, no solo para recrearse y conocer sino para fortalecer el cerebro en valores humanos. Prevalece el protocolo de salvar la propia vida y las ajenas por el distanciamiento social. O muero o mato, ese riesgo de convertimos en suicidas y en victimarios, sin intención. Un virus que hasta ahora los científicos ignoran hasta dónde va a llegar. La idea «no es solo mantenerse vivo sino ser humanos», dice George Orwell.

A propósito de humanos, rememoro, no para revivir tragedias, sino porque siento pena por los riesgos de personas necesitadas aglomerándose en los espacios del Centro Histórico. Esa parte de la ciudad que desde el terremoto de 1986 fue convertido en gueto de los pobres, aunque poco a poco se ha ido recuperando. Ya antes escribí sobre las funciones de teatro en el Teatro Nacional que terminaban a las once de la noche, cuando los poetas fuimos actores (Dalton, Armijo, Argueta, Hildebrando Juárez, Saúl Monzón, Miguel Parada, ninguno está ya con nosotros); pero los recordamos en momentos gratos y en tiempos difíciles. Éramos actores de primera, o de segunda categoría. Los amigos y vecinos de esos barrios iban a vernos en «Edipo rey», de Sófocles; «La alondra», de Jean Anouilh, «La cantante calva», de Becket; o «Un enemigo del Pueblo», de Ibsen.

Pero fuera nostalgias y veamos frases puntuales. Comienzo con Oscar Wilde: «Lo que nos parecen pruebas amargas pueden ser muchas veces bendiciones». Entiendo como bendiciones las oportunidades que surgen tras toda crisis, como la trágica actual. Donde el virus exige educación para mantenerse a distancia o acaba con familias enteras. Solo en un día, viernes pasado, más de 55,000 contagiados en el país más rico del mundo.

Necesitamos intuiciones, creatividad, aventurarse a triunfar sobre la tragedia. Y esto me trae a la mente otra frase de UNESCO, desde CERLALC: Leer para producir buen ánimo involucrándonos con los personajes, los diálogos, disfrutando el impacto narrativo de un cuento, la interiorización por la poesía; la emoción de una novela. Es como hablarle a nuestro cerebro. «Mírame, estoy vivo porque me cuido y al cuidarme no me convierto en amenaza para mi familia, hijos, amigos, y aun para quienes ni siquiera conozco».

Leer literatura de calidad, dice UNESCO. Sí, porque como afirma un profesor de George Washington University, «la pandemia va para largo, es posible que en noviembre y diciembre se duplique». No basta la educación para lograr el distanciamiento social, el virus tiene mucho espacio que le dan las prácticas culturales: ir a la playa, celebrar fiestas, salir sin necesidad.

Muchos se sorprenden porque en todo el Primer Mundo, (disculpas por anterior concepto y el ejemplo de fútbol). «El virus nos llegó en el segundo tiempo, y no nos preparamos, fue difícil hacer creer en la prevención. Caso de Italia, y casi toda Europa. Y en el continente americano nos llegó en el tiempo complementario del segundo tiempo, pero no creímos que íbamos a perder. Perder vidas. Y en estos momentos nuestro continente es asolado por el virus, al grado que no se sabe, el mes del año se logrará dominar los contagios. No creímos en lo que estábamos viendo: fue triste en Ecuador y Perú, pero cerramos los ojos y la mente. Pese a las escenas apocalípticas.

Nuestra cultura occidental despreció los llamados de alerta, dice un científico norteamericano. Y pone los casos de los países asiáticos que jugaron el primer tiempo, y permitieron examinar las jugadas, caso de Corea, Japón, Singapur, China, incluso la India, con sus cuatro mil millones de habitantes. Y ahora duplicamos los fallecidos y contagiados.

En otra frase de científicos epidemiológicos del primer mundo, leo que la diferencia está en la cultura ancestral. La influencia de las enseñanzas de Confucio (551 años a. de C): creó grandes enseñanzas que influyo un cultura milenaria, de comportamientos apropiados, «ver al humano como ser social» («íntegros, intuitivos, sabios y tenaces»).

¿Será posible que nuestra cultura occidental se haya acostumbrado a ver los efectos pandémicos en los países del Quinto Mundo? Africa, Asia, América Latina. Pero el virus confundió con sus efectos impredecibles.

Pero para no irnos tan lejos en el tiempo, cito a Steve Jobs genio creador del Apple y del iPhone que nos tiene navegando en el mar tempestuoso o apacible de las redes sociales: «No tengas miedo, atrévete, sé fuerte, no seas conformista, y haz todo lo que puedas hacer sin importar lo que otros piensen de ti, sé auténtico, y único, aventúrate a hacer lo que otros no se atreverán a hacer jamás».

A la lectura debe acompañarse por la educación superior y media. En unidades básicas vamos bien. Cito frase que se relaciona con Centroamérica, la propuesta presentada por la Universidad de Costa Rica ante la Asamblea: «La Universidad, del presente y del futuro debe cultivar la ciencia, las artes y la cultura, sin predominio de una sobre otras». Esto sería una oportunidad o bendiciones, los cambios que podría producir una crisis.

Hay una verdad sobre guardar las prevenciones. Cito a Tedros Adhanom, Director de la Organización Mundial de la Salud: «prevenir hasta estar todos a salvo, porque ningún país puede él solo combatir la pandemia… esto no termina, y hemos perdido mucho, pero no la esperanza, necesitamos solidaridad mundial».

Nota. Este día la Biblioteca Nacional de El Salvador, cumple su 150 Aniversario, la fundó el presidente Francisco Dueñas (05 de julio de 1870). Así, el 2020 es aun año de honor para el libro, la educación, la cultura, para el patrimonio bibliográfico nacional. Refresquémonos leyendo, investigando en línea nuestras raíces de identidad: libros y revistas antiguas (finales del siglo XIX), Diario Patria donde Masferrer hizo su labor social y educativa. Visitemos: www.redicces.org.sv (CBUES) O la «Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano», desde Google.

Burbuja rota

Hay demasiadas cosas pasando al mismo tiempo, cosas de las cuales resulta difícil abstraerse. Hasta el fondo de la burbuja que cada quien ha creado para protegerse de la pandemia, llegan las noticias de otras burbujas, comunicados asépticos y fríos por la falta de un cara a cara, de la mirada no pixeleada por alguna aplicación.

Por mensajería electrónica, confesamos nuestras preocupaciones en confianza. Un amigo dice estar desesperado, ansioso por salir a la calle, abrumado por convivir tanto tiempo, todo el tiempo, con su grupo familiar. Pelean por cualquier cosa. Otro me dice que ha bajado mucho de peso, una talla completa de pantalón, para ser exactos, porque cada quien maneja sus tensiones de otra manera. Algunos comen por ansiedad. A otros se nos cierra el estómago de la preocupación.

Algunos, demasiados, se aburren con el súbito tiempo libre del cual disponen. Otros se abruman por la soledad. Hay quienes pueden abstraerse del estado de ánimo general e inventan sus propias formas de evasión, utilizando el tiempo para leer, tomar cursos, ver películas o explorar la sobre oferta de actividades en internet, pensadas para acompañar la cuarentena. Para otros, esa misma oferta nos ha terminado causando empacho.

Tres amigos han sufrido de covid-19. Una amiga en España, quien tuvo una versión leve, posiblemente porque en su infancia sufrió de tuberculosis, hecho que parece haberle dado algo de resistencia. Otro amigo en los Estados Unidos, que pasó una semana difícil, pero que se recuperó bien. Otro, acá en el país, me contó que su familia entera se vio afectada y que siguen en estupor por la rápida e inesperada muerte del padre, ellos, quienes tomaron todas las medidas necesarias para no infectarse. Siguen sin comprender cómo se les coló el virus.

A otra persona se le murió un familiar, por algo no relacionado con el covid-19. Me contó, después, que mientras esperaba en el cementerio privado pudo observar a varias personas que iban a enterrar a sus deudos muertos por coronavirus. Según el protocolo, solo podían entrar cinco personas para enterrar a gente muerta por otras causas, dos personas si el difunto era por coronavirus. A partir de ese día se nos hizo evidente que hay un subregistro en el número oficial de defunciones. En lo personal, vomito cada vez que escucho la palabra «protocolo».

Hay una desconcertante y tácita obligación de pensar que el encierro debe ocuparse en cosas útiles, que debemos ser productivos a toda costa. Circula en internet un meme que dice que si no aprendiste nada nuevo, no leíste varios libros o no comenzaste un negocio (o transformaste el actual a su versión electrónica) no fue por falta de tiempo, sino por falta de dedicación, porque sos un indisciplinado, porque te faltó inventiva. Se me hace un comentario grosero, disfrazado de positividad. Uno de nuestros principales errores es querer uniformar la experiencia humana. No entendemos que cada quien está viviendo este momento de la manera que mejor puede.

No menos abrumador resulta reconocer todas las formas de crueldad de las que somos capaces, muchas de ellas reflejadas en comentarios crueles e insensibles hacia cómo los demás vivimos el encierro y las perspectivas de futuro. Es inhóspita esa falsa forma de optimismo que insiste en que hay que innovar según los tiempos. Es cruel esa pose de que debemos salir a la calle y adaptarnos, «porque la selección natural hará lo suyo». Es violento que personas extrañas tengan la potestad de tomar la temperatura de tu cuerpo, sobre todo si son personas armadas con un fusil, como me pasó hace un par de semanas, cuando quise entrar a la tienda de una gasolinera para ir al cajero. Nuestra dignidad y privacidad son mancilladas de varias maneras en nombre del bien colectivo y de la salud pública.

También están los malditos. Los que saben hacer negocio con nuestros miedos, nuestras enfermedades y nuestra muerte. Los aprovechados. Los que comercian con la miseria ajena. Los que nos meten miedo para manipularnos a su conveniencia. Los oportunistas y los rateros sin alma, aquellos que solo buscan cómo sacarte ventaja para hacer ganancia propia, que solo te ven como material explotable y descartable. Esos que creen que el dinero lo compra y lo vende todo, que el dinero los protegerá de todo mal, incluso de la muerte. Para ellos, mi desprecio infinito.

Cada quien vive sus paranoias en íntimo secreto. ¿Ese estornudo es el virus? ¿Y esa tos? Tosemos o estornudamos a escondidas para que no nos escuche ningún vecino porque tememos ser delatados. Enfermar te convierte en paria. Todas las enfermedades han sido canceladas hasta nuevo aviso. No pueden darte alergias, rinitis, conjuntivitis, infecciones, dolor de muelas, dengue, intoxicación alimenticia, migraña, nada. Todo es sospechoso de un único virus y aunque usted conozca sus procesos corporales mejor que nadie, para otros usted es un sospechoso, potencial propagador pandémico, aliado del virus de la muerte. Nos fumigan como cucarachas.

Todo se ha tornado impredecible. Los pequeños detalles cobran un valor trascendental, imperecedero. La sonrisa que adivinamos en los ojos de alguien cubierto por una mascarilla. El «cuidate mucho, por favor», como otra manera de decir «te quiero». La pureza de nuestros compañeritos animales quienes, intuyendo nuestro desánimo, se nos arriman para el juego o la caricia.

Un virus microscópico ha sido capaz de alterar todo en nuestras vidas. Es inevitable pensar más en nuestra propia mortalidad. En la mortalidad de nuestros seres queridos. En nuestra fragilidad.

Habrá que construir una nueva realidad. Construirla mejor. Porque si hay algo que debemos aprender de la pandemia es que hemos vivido con las prioridades sociales equivocadas. Que la salud, la educación y la calidad de vida no pueden ser el privilegio de unos cuantos. Que el Estado debe ampararnos y no amedrentarnos. Que la decencia es una cualidad esencial para todos los quehaceres humanos.

Si no asimilamos eso, si no luchamos para cambiar esos valores, toda esta experiencia habrá sido en vano. No lo olvidemos.

Más anécdotas sobre la lectura

En mi trabajo anterior mencioné los vacíos abismales relacionados con lectura y libros. Para no abundar, dejé para nuevas ocasiones otras anécdotas con esos vacíos. Aclaro, todas las historias son del período de paz; demostrando que superar costumbres, hábitos o «idiosincrasias» no necesariamente responde a disposiciones, no. Más que todo son temas de educación y cultura cuyos cambios se consolidan con el tiempo.

Continúo: fui invitado a San Miguel a una fiesta familiar. Ahí me encontré con un jovencito, ahora un analista político. Por sus palabras, lo noté con una militancia política: «Yo tengo una ideología muy firme, pero con Roque Dalton y vos, no lo tomo en cuenta. A ustedes les respeto por su obra». Sus palabras me llamaron la atención, porque quien las decía no era escritor (los del mismo oficio nos perdonamos ciertos pecados).

De esa visita surgió la propuesta de invitarme a una charla literaria en mi ciudad, a la que tenía más de veinte años de no visitar. Concertamos la invitación: «¿Podrías venir a dar una charla sobre lectura en el Teatro Nacional?». Como a ese tema no digo que no, acordamos fecha. «Nosotros nos encargaremos de la promoción por radio y mantas». En ese entonces, no había ni twitter, ni TV en mi ciudad natal. Era el año 2001.

Llegó la fecha, me fui directo a San Salvador, Teatro Nacional, mi familia llegaría por su lado. La charla sería a la mera hora del calor en la ciudad, a la que mi abuela le decía «la hora del diablo». Así fue. Ese día el parquecito frente al Teatro Nacional estaba fresco y había unas 50 personas sentadas en la grama del parque, esperando la charla, más mujeres que hombres. Me dicen que son maestras y que vienen a escuchar mi conferencia. Les aclaro que yo converso, no doy conferencias, aunque casi es lo mismo. La conferencia es más magistral. Les digo coloquialmente: «Pese a la hora caliente, veo que han venido muchas personas». Responden: «Y hubieran venido más docentes, pero les dio miedo». Tuve un sobresalto y pensé: y eso que mis amigos me consideran de carácter más que suave.

«¿Miedo?». Me dicen: «Usted debe saber que en San Miguel los maestros fueron los que más sufrimos en tiempo de pre guerra». Yo lo sabía, muchas muertes de maestros antes de 1980. Hechos de gran conmoción, algo inusitado en la historia miguelense. Aunque estuve 20 años fuera del país, mis hermanas fueron maestras en esa ciudad. Ellas me cuentan: «En la zona paracentral y occidental fueron los campesinos, estudiantes y campesinos los más sufridos».

Ese día de la conferencia, el Teatro Nacional estaba cerrado. No veía a mis familiares ni al joven político que me había invitado, solo los maestros y una hermana. «Algo habrá pasado», dije después de casi media hora esperando que llegara mi anfitrión. Algunas maestras me dijeron: «Imagínese y hemos pagado dos colones para gastos de local, para propaganda y por escucharlo». Les muestro extrañeza que no lleguen los organizadores. Alguien detectó una puertecita a un costado del teatro que podía estar abierta. Fui a ver y reparé que era una puerta mal cerrada con una cadena, sin candado, y les dije: «Miren, ustedes han pagado para venir a escucharme, no a verme, ¿qué les parece si hacemos un intento de entrar?».

En el parque daba mucho el sol para dar la charla. Todos de acuerdo. Fuimos a la puertecita y «cabal dijo Varela, y le faltaron cien mil pesos» (este es un dicho migueleño). Logramos abrir y entramos a la segunda planta que ya estaba preparada con una mesa, agua y sillas.

«Bien, comenzamos, porque ustedes han pagado». A los veinte minutos de iniciada la charla mi joven anfitrión llegó agitado y molesto. Hice una pausa mientras se acercaba a la mesa. «Discúlpame he estado peleándome con el comandante departamental, no permitían abrir el teatro». El joven anfitrión le dijo al comandante que él sabía del evento. «Lo anunciamos por radio y con mantas en el parque». Pero él le respondió: «Sí, pero a última hora me llegó orden de no abrir el teatro». Al fin, convenció al coronel y llegó corriendo. «Te disculpo, conozco mi país», le digo.

Calmé al joven y admirable amigo. «No te preocupes, ya tengo 20 minutos de charla». Continué con los maestros.

Semanas después recibí invitación del centro escolar más grande de mi ciudad. Terco hasta el absurdo cuando se trata de hablar de literatura; y luego de 20 años, de no visitar San Miguel, de dar giras por universidades de Europa y los Estados Unidos, doy prioridad a visitar comunidades de El Salvador. La terquedad puede ser explicable. En todo caso es un honor visitar mi ciudad natal.

Para aquella visita al centro escolar, llegué, pero me encontré con el portón cerrado. Por una ventanilla le dije al vigilante que era un invitado y me respondió que no sabía. Le digo que si esa es la escuela tal por cual, y me dice que sí. Luego abre el portón.»Dígale al director que soy el escritor invitado». Regresa: «Dice que no sabe nada, quizá lo sepa la profesora de literatura». Sin más, me abro paso y le digo que voy a buscarla. Me dirigí a las zonas de bachilleratos. Encuentro a la profesora, nos habíamos conocido en el Teatro Nacional. Azorada, me expresa de inmediato: «Disculpe, la directora no se opone a la charla, pero me pidió discreción, por eso no salimos a su encuentro».

Aprendí una lección, como abogado sin abogar, sé que las leyes no bastan, ni los sagrados Acuerdos de Paz. Obedecer instructivos, cumplirlos, requiere de prácticas culturales y costumbres que pueden tomarse como leyes no escritas. Pero las buenas prácticas y la disciplina social están relacionadas con educación íntegra. Los cambios no son automáticos, menos en situaciones impredecibles.

Se puede pasar por universidades y centros educativos, se puede ganar un pergamino. Pero no significa que podamos apropiarnos de la sensibilidad social, respeto al interés comunitario, en fin, de humanismo. Un cultivo de la creatividad, de ser mejores personas, justos y solidarios.

Cuando la realidad destruye una ficción

Desde hace un par de años venía trabajando una idea para una nueva novela. No tenía definidos muchos elementos, pero sí el escenario y un par de personajes. Ocurriría en una ciudad y en un tiempo indeterminados, donde las personas se comunicarían por medios electrónicos. Cuando salieran a la calle, no hablarían, ni siquiera harían contacto visual entre sí, porque no habría necesidad ni interés en ello. El contacto humano estaría desestimulado por un estado opresor e hiper vigilante, que sancionaría toda subjetividad de los seres humanos, en particular conceptos como la amistad o el amor.

Mis dos personajes centrales serían una mujer de 50 y tantos años y su hijo de 30. Ella viviría encerrada en un apartamento con su hijo. Él sería el único que tendría posibilidad de salir, debido a que las personas mayores de 45 años estarían vedadas de andar en la calle y de tener ningún tipo de participación social. En dicha sociedad, al llegar a cierta edad, las personas debían «desaparecer» del cuadro. Se estimularía el suicidio y la eutanasia, para no tener que mantener a los mayores. Los jóvenes estarían claros de que, llegados a los 40, tendrían que ir pensando en maneras de ejecutar su propio exterminio o llevar una vida clandestina, como la mujer de mi historia, quien era mantenida oculta por su hijo. Estar vivo después de los 50 sería pura subversión.

Había muchos detalles que me faltaba completar. Sobre todo, tenía que afinar la historia de manera que no pareciera una copia mediocre de 1984 de George Orwell. Mi motivación para esta trama surgió a partir de dos inquietudes personales: la amenaza de la hipervigilancia a la que nos tienen sometidos mediante los recursos tecnológicos y las discriminaciones de diversa índole que sufrimos las personas a partir de los 40 años.

En eso comenzó el asunto de la pandemia. Se impuso la cuarentena en el mundo. El contacto físico se desestimula o limita; el uso de las mascarillas y guantes se obliga como medida de protección al interactuar fuera de casa; las personas mayores se suponen de más alto riesgo y se inventaron aplicaciones que sirven para realizar una bio vigilancia de las personas.

En China, Corea del Sur, España, Alemania e Italia, se han impulsado estas aplicaciones con un disuasivo discurso que involucra el bien común y personal. Usted, como usuario de la aplicación, puede ser advertido de la presencia de infectados con el virus, de mantener la distancia preventiva de por lo menos metro y medio entre personas y de vigilar sus propios síntomas mediante una especie de tele consulta, que sirve para descongestionar los servicios de salud y evitar que el usuario se mueva de su lugar de cuarentena. La aplicación también rastrea todo movimiento del usuario, lo que permite verificar si está cumpliendo su encierro y saber en qué lugares de posible contagio estuvo presente.

Dichas aplicaciones plantean varios problemas éticos y de derechos humanos. No se trata sólo del rastreo permanente del usuario, sino también de la disposición estatal sobre lo considerado como información privada, es decir, nuestros datos de salud. Nuestra temperatura corporal, alergias, medicamentos que tomamos y condiciones médicas pre existentes, serían parte de la información servida a estas aplicaciones. El problema se torna más preocupante en sociedades como la china, que de por sí ejerce ya varios métodos de vigilancia sobre sus ciudadanos.

En el caso de la relación entre las personas mayores y el coronavirus, la situación también es espinosa. Muchos no tienen acceso ni conocimiento del uso de teléfonos celulares o internet, por lo que es difícil controlarlos mediante una aplicación. Por ello, también a muchos se les hace difícil mantenerse informados sobre el desarrollo de la enfermedad o mantener el contacto con sus familiares y amistades. Muchos mayores, quienes ya de por sí viven vidas solitarias, se sienten deprimidos por la interrupción de sus actividades normales. Los asilos han sido graves focos de infección y mortandad, reflejando el descuido y la poca importancia que se les dio en diferentes gobiernos, desde un inicio. En países con alta mortandad por el coronavirus, los médicos se vieron obligados a decidir entre salvar la vida de una persona joven o la de un mayor, sobre todo si su cuadro clínico indicaba un mal pronóstico. Esto, para decirlo más claro, implica dejar morir a una persona.

También hubo medidas infames al respecto, como la del jefe de gobierno de la ciudad argentina de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, quien intentó imponer un permiso especial para que los adultos mayores de 70 años pudieran salir a la calle, medida que luego fue declarada inconstitucional por un juez de lo Contencioso Administrativo y Tributario. O las declaraciones de Dan Patrick, vicegobernador del estado de Texas, Estados Unidos, quien exhortó a los mayores a sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía estadounidense, animándolos a que, dado el caso, renunciaran a ser conectados a un ventilador en un hospital para darle preferencia a los jóvenes, quienes «tienen toda la vida por delante» para poder seguir trabajando en mantener vivo el llamado sueño americano.

Algo que debe preocuparnos de inmediato es la captación y difusión de nuestros datos biológicos, que cada día que pasa corren el riesgo de convertirse en propiedad estatal o empresarial, vulnerando la privacidad de la ciudadanía. También es urgente una legislación efectiva para proteger los derechos de las personas mayores y evitar que su dignidad sea despojada sin compasión social alguna, al tratarlos como seres prescindibles.

No sé si llegaré a escribir la novela que comenté al inicio. En este caso, se desvirtuaría su lectura porque podría asociarse con la pandemia, tema que no me interesa tratar. Son los gajes del oficio.

Algunas veces, las ideas creativas son como un castillo de naipes que, cuando la realidad supera a la ficción, resulta derribado de manera rotunda. Luego, con los naipes caídos, no queda más que volver a comenzar todo de nuevo.