¿Cuál es el plan?

Algo que la pandemia está dejando al descubierto es el diferente tipo de vulnerabilidades que padecemos los seres humanos en varios aspectos, tanto a nivel personal como a nivel institucional y gremial. En cada país o región, estas vulnerabilidades son diferentes, pero comparten puntos comunes. Uno de los sectores cuyos puntos débiles han quedado mejor evidenciados es el área cultural, un sector que genera la mayor parte de su financiamiento desde lo social y la interacción con diferentes tipos de público.

A medida que se comienzan a reabrir actividades, ministerios de cultura de diferentes países gestionan recursos y designan presupuestos para paliar las heridas económicas que han sufrido las diferentes disciplinas artísticas y culturales. Al momento de escribir esta nota, no se ha conocido ninguna propuesta ni plan similar por parte del Ministerio de Cultura de El Salvador.

Fuera de algunas ayudas asistenciales, se desconoce cuál es el plan post pandemia del Ministerio para apoyar al sector. Lo único que ha sido dado a conocer vía redes sociales es una encuesta dirigida a «personas emprendedoras y empresarias de servicios en la actividad cultural salvadoreña» que, mediante un exhaustivo cuestionario de tres páginas, se enfoca exclusivamente en contabilizar las pérdidas económicas de negocios y pequeñas empresas que trabajan desde lo que llaman «industrias creativas» (como el diseño, la publicidad, fotografía, música, edición y elaboración de audiovisuales), las artes escénicas, restaurantes, elaboración y comercialización de artesanías, museos, parques arqueológicos, teatros, salas de exposiciones e inmuebles históricos.

Esta encuesta excluye a quienes producen los insumos que son comercializados en dichas empresas. No debe olvidarse que en la base de la pirámide económica cultural están quienes producen los contenidos de la obra y que, al compartirla y ponerla disponible ante la sociedad, acuden a otros que le permiten hacerlo viable. Una galería de arte no podría funcionar si no hay pintores; sin escritores no habría editoriales publicando libros ni librerías que los vendieran, por ejemplo.

El Ministerio de Cultura viene arrastrando una serie de problemas acumulados a lo largo de varias administraciones desafortunadas, incluyendo mucha pasividad, falta de gestión, pero sobre todo promesas incumplidas que causaron frustración, desesperanza y distanciamiento de parte de muchos artistas y gestores culturales. Esto tuvo un efecto positivo a nivel social, en el sentido de que se forjaron varios colectivos independientes que han trabajado y presentado propuestas interesantes a través de las cuales, se le ha permitido a la ciudadanía reflexionar sobre su realidad y tener acceso al goce estético desde planteamientos desprendidos del discurso oficial.

Sin embargo, ese distanciamiento no es una justificación para que el Ministerio continúe funcionando nada más que para mantener el status quo que ya conocemos. Tampoco es una justificación para que la ciudadanía alimente el prejuicio de que la cultura no es necesaria y limitarla a servir de adorno o algo que debe seguir existiendo de forma meramente simbólica, porque las convenciones políticas así lo demandan. Si algo ha quedado claro durante la cuarentena es que la importancia del arte trasciende lo meramente decorativo y es imprescindible para la sobrevivencia mental y emocional de las personas.

A un año de gobierno, fuera del anuncio de un par de obras monumentales (como el proyecto cultural San Jacinto o el edificio de la nueva biblioteca, que debería ser donado por China), es poco lo que se ha conocido de la reorganización interna del ministerio o de lo que se planea hacer en el quinquenio. Más que obras monumentales, es necesario un acercamiento y un diálogo franco entre el ministerio y el gremio, así como la reactivación de una serie de instrumentos que ya existen, pero que sin una inyección económica ni voluntad política, continuarán siendo instancias que absorben presupuesto pero que no tienen alcance ni incidencia en la ciudadanía.

Un ejemplo es la Ley de Cultura que, aunque nació mutilada de la rica propuesta original (resultante de incontables horas de reuniones y estudio de parte de numerosos trabajadores culturales), sigue sin reglamentación y por lo tanto, no puede ser implementada. Dentro de la misma se encuentran las propuestas de un fondo concursable para las artes y la creación de un centro de estudios superiores de arte, que generaron gran entusiasmo pero que duermen engavetados hasta que alguien implemente su realización. El directorio nacional de artistas, la gestión de la pensión y el acceso al seguro social de los mismos también son temas abandonados.

Hace pocas semanas, la asociación de artistas escénicos Nave Cine Metro dio a conocer una carta abierta dirigida al Ministerio de Cultura. Dicha carta reflexiona sobre la situación de los artistas salvadoreños y solicita una serie de acciones para que el arte y la cultura en El Salvador sean tomados en cuenta dentro de los planes de reconstrucción económica, después de la actual coyuntura.

La carta hace notar que el sector «siempre ha funcionado desde la precariedad, ocupando un lugar inferior en el Presupuesto General de la Nación, y por tanto, en las prioridades de los gobiernos». El documento, que al momento de escribir esta columna contaba con más de 2,500 firmas, subraya que no solamente quieren ser beneficiarios de los planes de reactivación económica sino también ser parte activa de la solución.

La inesperada emergencia sanitaria debería aprovecharse para dar un golpe de timón por parte del Ministerio de Cultura y rectificar el rumbo. La crisis debería acercarnos para dialogar y escuchar, para acortar la distancia creada por años de promesas rotas y expectativas traicionadas. Se debe recordar que la cultura es un derecho humano y que el Estado salvadoreño tiene la obligación de asegurar a los habitantes de la República su goce, conservación, fomento y difusión, según los artículos uno y 53 de nuestra Constitución. Eso no puede continuar siendo letra muerta.

Las vulnerabilidades del sector cultural ya eran serias antes de la pandemia, porque hubo negligencia para solucionar los problemas del pasado. Que esta coyuntura sirva para construir soluciones y alternativas que fortalezcan y dignifiquen a nuestro gremio en la nueva normalidad que nos aguarda.

Formación educativa y las generaciones

Mi infancia se desarrolló en un barrio suburbano de San Miguel, lo que me permitió estar cerca de la fauna y flora vernáculas, escuela indisoluble de mí infancia. Con el auge del algodón dijimos adiós a pájaros, garrobos y tacuacines. El algodón representó un «boom» de ingresos a las familias algodoneras, pero los plaguicidas asolaron el edén vegetal. Después llegó el auge de las remesas, el espacio suburbano se revirtió en progreso: Avenida Roosevelt, tránsito y contaminación, construcciones, comercios, residenciales. Transformación y progreso, éxito urbano.

Pero la casa de mi infancia con calle de tierra y sus flores silvestres, las mariposas, desaparecieron, incluyendo árboles, jardín de rosas, y los pájaros del patio solariego. Lo que mi madre nos cultivó junto al amor por la poesía.

Me pregunto si, con los cambios post pandemia anunciados por expertos, será posible que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de hermanarse con la tierra y su entorno. Si será posible reapropiarnos de ello.

También pienso en el río Grande de San Miguel, en cuyas pozas aprendí a nadar, convertido ahora en arroyo de miasmas y venenos. El precio del progreso es caro cuando no hay gratitud por los frutos que otorga la naturaleza.

Me pregunto si una quinta generación industrial eliminará poluciones venenosas y gases de efecto invernadero que ya cuecen el planeta. Si los intereses se revertirán hacia las energías renovables. O si solo seremos consumidores y focos de epidemias, como respuesta de la naturaleza a las ofensas humanas, no como castigo sino por no respetar el ambiente y su desarrollo. Porque la modernidad ha optado por la auto flagelación, pese a la tecnología, con posibilidades de interponerse al deterioro climático.

Pero sigo con la educación en estilo de relato: fui a una escuela pública cuyo local había sido cuartel. En segundo grado teníamos a compañero de mayor edad, niño también, fornido, ante la mayoría enclenque de sus compañeros. De sobrenombre le decíamos «Churchill«. De modo que estábamos informados de la existencia de ese personaje mundial. La escuela, ex cuartel, tenía una celda en donde Churchill aprovechaba para encerrarnos: «Si no pagan, les toca cárcel». Y lo más que cargábamos los niños eran tres centavos de colón. Nunca le pagué, porque me ingenié el mejor escondite para cuando nos «bolseaba«. Preferí perder libertad recreativa al capital que facilitaba humildes golosinas. Ese escondite lo revelo en la novela sobre mi niñez: Siglo de O(g)ro.

Desde antes del segundo grado ya escuchaba poesía dicha de memoria por mi madre, aunque no teníamos libros, por razones económicas. Su memoria fue mi biblioteca de novelas y poemas. Además, ella había descubierto mi pasión de leer desde que saqué la parvularia y me procuraba periódicos de segunda mano donde mi mentalidad infantil tuvo sus primeras informaciones y formación intelectual. Era mi laptop.

No, no todo tiempo pasado es mejor. Pero todo tiempo pasado emula con el presente, en educación y cultura que no se miden por generaciones, pues se trata de procesos continuos y acumulables en la mentalidad.

La mente es capaz de desarrollarse pese a las limitaciones o carencia de recursos. En el tiempo pasado o el presente. Para el cerebro no hay etapas superiores en el transcurso del tiempo. Pese a grandes diferencias entre el caduco pizarrón y la tiza, y los medios tecnológicos actuales.

Y pasando a estos tiempos mágicos de la tecnología, me pregunto si los videos juegos de ahora equivaldrían a los juegos de ayer en cuanto a resultados formativos. Si la pelota de trapo, el trompo, el capirucho, los «arranca cebolla» y el «ladrón librado» puedan compararse, en sus efectos neuronales, a los videos juegos. No sabemos, pese a disímiles análisis técnicos. Pero juego es juego.

Cierro con las evaluaciones de estudiantes a nivel internacional (PISA), en edades entre quince y dieciséis años, de ochenta países, donde Finlandia ha ocupado el primer lugar, seguidos por los asiáticos, sin ser grandes potencias. Es un oasis de ejemplo pensar en Finlandia (5 y medio millón de habitantes, medio millón más que Costa Rica y millón menos que Nicaragua): el horario de clases, de lunes a viernes, es de cinco horas, la mitad de esas horas es para que los niños jueguen. Se agrega que la prioridad curricular se enfoca en la lectura y la matemática; pero todos los docentes practican una disciplina artística; además no hay tareas.

Lo anterior choca con la tradición, pero si hablamos de cambios, comencemos por los educativos, por la formación integral de los estudiantes, que de seguro repercutirá en bienestar económico y formativo, significa que los adultos debemos cambiar de enfoque, especialmente el cuerpo directivo y docente. Y de políticas públicas, por supuesto.

Aludir estos temas pareciera atreverse a tocar el cielo con las manos contaminadas. Pese a saber que la educación repercute en la conciencia necesaria para vencer al actual enemigo pandémico, donde disciplina y educación redundan en salvar vidas y riesgos de contagio.

No es fácil, pero tampoco imposible si el cambio favorece la fortaleza sinérgica con equidad, pese al sacrificio, sin importar diferencias políticas ante objetivos comunes en defensa del bienestar social. En fin, es ganarse el respeto nuestro y de los otros. Los analistas hablan de cambios post pandemia, otros ya los iniciaron, para asegurar el presente y futuro del soberano. Un futuro que ya nos golpea la cara.

Retomo mi relato personal: pese a las dificultades logré diez años de estudios de Jurisprudencia y Ciencias Sociales (aunque no era mi vocación). Para ello me acredité a los diecinueve años como profesor de matemática e impulsaba lectura en el aula. Intuía ya la vinculación de lecturas tempranas de literatura con la creatividad y plasticidad neuronal.

Muchos años después, un niño se mira en el espejo de Finlandia, sus políticas educativas que priorizan lectura y matemática. Sí, las generaciones cambian, pero girando alrededor de un eje: el tiempo, en espiral, hacia la infinitud.

Nota. Mi reconocimiento a docentes y familias que con limitaciones tecnológicas e incertidumbres trabajan educando al niño, al joven y adultos.

Barbarella

Era de noche. Estaba perdida. A medida que caminaba por las calles de la ciudad, sabía que me adentraba en territorios peligrosos. Eran calles oscuras, con casas malhechas y torcidas, construidas con láminas de zinc y tablas, sin ninguna armonía arquitectónica. Parecía una calle de la película El gabinete del doctor Caligari.

Caminaba por esa calle oscura, buscando el final de la misma, donde se veía algo de luz. Quería encontrar un punto de referencia que me permitiera orientarme para regresar a un lugar seguro. El silencio era absoluto. Escuchaba mis propios pasos y el crujir de la gravilla en el suelo. Tenía algo de temor, pero fingí compostura. Tenía que salir de ahí y no podía detenerme. No ahí.

De pronto, se escuchó un silbido. No vi a nadie, pero sabía que era alguien que avisaba de mi paso. Estaba siendo vigilada. Se escuchó otro silbido, más adelante, como una respuesta. Miré las ventanas y las puertas, los segundos pisos, los angostos callejones. Quería saber quién silbaba, pero sólo vi oscuridad. Mejor así, pensé, mejor no verlos ni que sepan que los he visto.

Seguí caminando. Sabía que podían golpearme, matarme, hacerme cualquier cosa. Imaginé que me vigilaban desde alguna ventana. Me visualicé a mí misma caminando con el pelo largo suelto sobre mi espalda. Mi flacucho cuerpo. Me consolé pensando que no me pasaría nada. Las mujeres mayores de 50 años tenemos el dudoso super poder de ser invisibles. Nadie nos quiere para nada.

Al fin llegué a la calle iluminada. Miré a izquierda y a derecha. El alumbrado público chorreaba una débil luz sepia sobre la fachada de las casas. No había nadie. Nada. Ni un vehículo estacionado. Ni un perro callejero. Ni gatos ni murciélagos ni insectos. Ningún ruido. Ni un televisor o radio encendido. Ninguna tos o ronquido. Ningún murmullo de voces. Ningún movimiento. Nada. Sólo casas con puertas y ventanas cerradas.

No reconocí el lugar ni tampoco las calles que se miraban más adelante, así es que caminé de regreso sobre el mismo pasaje oscuro, buscando salir a alguna calle más ancha, que estuviera mejor iluminada. Pensé que tentaba al peligro volviendo sobre mis pasos, que quienes me vigilaban no iban a tolerarlo, pero me dejaron pasar.

Encontré una arteria principal. Para llegar, tuve que saltar sobre la verja de un parque y al hacerlo vi a Jane Fonda, no como es en la actualidad, sino como era cuando actuó en Barbarella, en 1968. Sentí alegría de encontrar a alguien. Le dije, casi le grité: «¡Hola Jane Fonda… o mejor dicho, Barbarella!». Ella sonrió, con esa sonrisa que sólo los Fonda tienen. Nos abrazamos como si fuéramos viejas amigas y caminamos juntas. Nos agarramos de la mano, para no perdernos, para no separanos.

Le dije que buscaríamos un lugar conocido para ayudarla a regresar a su casa. Ella no decía nada. Sólo sonreía y asentía con la cabeza. Las calles seguían solitarias, pero sabía que nada malo me podía pasar porque iba con Barbarella de la mano.

Por fin, salimos a una calle ancha e iluminada, un boulevard que me parecía conocido, pero cuyo nombre no recordaba. Nos detuvimos frente a un edificio de paredes blancas que tenía pintado en letras azules «Iglesia evangélica». Sabía que había culto, porque se escuchaba una tenue música que surgía del interior. Pero las puertas estaban cerradas. Al otro lado de la calle, había una parada de buses y tres personas con mascarillas blancas que esperaban un autobús que nunca llegaba.

Le dije a Barbarella que siguiéramos caminando, que no reconocía esa parte de la ciudad pero que ya estábamos cerca de encontrar un lugar con tránsito normal. Seguimos sobre ese boulevard hasta que vimos un gran centro comercial. Había luces de colores, música, gente, palmeras, negocios, movimiento. No me gustaba el lugar, pero entramos.

Leí los nombres de los negocios, todos en inglés. No reconocí ninguna de las tiendas. Parecía que estábamos en una ciudad gringa y no en Centroamérica. «Esto no nos ayuda en nada», dije en voz alta. A Barbarella le dio risa mi sarcasmo.

Adentro del centro comercial, había un redondel donde los carros daban la vuelta para dejar o recoger gente. Vi un carro convertible, pequeño, de color plateado, abollado de los lados, que era usado como taxi. Corrimos hacia él. En cuanto bajó su pasajera, me aproximé para hablar con el conductor. Era un viejo, con cara de pocos amigos, que tenía la piel gris y unas pústulas verdosas en la cara. La más grande de ellas, sobre su pómulo derecho, parecía a punto de reventar. Al ver el interior del carro, noté que había mucha basura y suciedad.

Le pregunté si podía llevarnos, pero el viejo me espetó que no, que no estaba trabajando. Lo dijo enojado y se fue de inmediato. Pensé que era mejor así, que nos pudo pasar algo malo si nos íbamos con él, aunque seguíamos con el problema de no saber cómo movernos.

Entonces vi un taxi amarillo. Era lo primero que reconocía desde hacía horas. Me emocioné, porque era de la cooperativa en la que me suelo transportar. Lo detuve. Le pregunté al taxista si podía llevar a Barbarella. Me pidió la dirección. Le dije que la llevara a Lindavista Norte, la zona donde viví en Managua durante una docena de años. No supe por qué le di esa dirección, porque de lo poco que estaba segura era que no estábamos en Managua. El taxista, sonriente, me dijo que no había problema.

Abrí la puerta trasera. Le dije a Barbarella que se fuera ella primero, que yo esperaría otro taxi. Ella sonrió de nuevo, sin decir nada. Me quedé ahí, viendo cómo el taxi se iba por una salida que la terminaría llevando a la misma calle oscura y peligrosa donde yo caminaba al inicio del sueño.

Volví a estar sola. Vi el centro comercial a mi alrededor. Seguía sin reconocer nada. Seguía sin saber dónde estaba. Seguía sin saber a dónde ir.

Dios mío, ¿qué estaremos pagando?

El título es una frase de mi madre en las diferentes etapas difíciles que algunas veces pasábamos. Momentos en los que su principal preocupación era cómo mantener nuestras vidas, escuela, alimentación, enfermedades, infecciones y desparasitaciones, para lo cual solo tenía sus manos y cabeza para sortear las dificultades. A propósito de desparasitaciones, mi madre designaba un día al año para esos efectos, el único día del año que no salía a trabajar.

Por supuesto que la tal desparasitación era una tortura por sus pócimas aceitosas y malolientes. Si la vomitábamos la amenaza era que había que tomar otra vez la medicina. Me hace traer a la mente protocolo de la actual pandemia: quien viola la cuarentena, incrementa los días. Parece lógico. De niños lo entendíamos y hacíamos esfuerzos para evitar el vómito para no repetir el mal momento. En estos días, ese mal momento es perder la vida y hacerla perder a otros, como únicos transmisores que somos del virus.

Con esas prevenciones anuales mi madre nos salvó la vida, pues nuestras condiciones que nunca fueron privilegiadas, excepto porque ella nos decía de memoria los poemas que se había aprendido en su juventud. Sin duda nos despertó cierta sensibilidad hacia los demás. Sin proponérselo nos despertaba valores sociales. Y sembraba la semilla de mi mundo literario, con sentimientos de generosidad, alegría, gratitud, y acción como nos recomiendan los neurocientíficos.

Todos estamos lastimados en diferentes grados, porque la pandemia es global; pero también los valores arriba mencionados, son un idioma entendible por todo el mundo. Pese a las limitaciones e inequidades, es importante no duplicar nosotros mismos los maltratos de la vida.

A propósito de gratitud recuerdo al poeta chicano Francisco Alarcón (QEPD), quien nos acompañó por ocho años, desde Estados Unidos, en el Festival de Literatura Infantil. Catedrático de una universidad californiana, se hospedaba en un lugar sencillo del Barrio San Jacinto, que ofrecía Jorge Argueta, donde se cocinaba para alimentar a los poetas visitantes que venían de los Estados Unidos a apoyarnos.

Pancho Alarcón era un excelente gourmet de comida popular, sabía las limitaciones de insumos alimenticios; un año nos trajo a un chef graduado para que con insumos alimenticios sencillos pudiera desplegar su creatividad cocinando platos variados. Tenía sus ocurrencias ingeniosas, por ejemplo le gustaba estar en San Jacinto porque no necesitaba usar teléfono para pedir delicatesen modalidad «delivery«. «A domicilio pasan vendiendo tortillas, pupusas, empanadas, tamales, elotes. ¡Qué rico!». Lo decía con una carcajada feliz.

Hemos aprendido mucho en esta pandemia, no solo recordar como expresión de gratitud, generosidad y disfrute, también a nivel global me ha gustado algunas frases aleccionadoras. Un profesor italiano: «En la Segunda Guerra Mundial, nos enviaban a morir en las trincheras, ahora con esta Tercera Guerra Planetaria nos ordenan guardarnos en casas, ante un enemigo invisible y asintomático».

También tiene gran riqueza esta frase de Aristóteles: «La esperanza es el sueño de los hombres (y mujeres) despierta(o)s», Sí, hay que estar despiertos para apoyar a la población sanitaria y de servicios diversos que se expone pese a naturales ansiedades y miedos. Nadie debería reaccionar con indiferencia ante los cuadros «dantescos» (así califica CNN) de Perú y Nueva York).

También hay hechos y frases constructivas. Un médico costarricense, cuando le preguntan sobre el éxito para combatir la pandemia, responde: «Cultura, educación, y sobre todo disciplina». Contar también, agrega con un buen sistema de salud.

La crisis golpea a todos, incluyo mi proyección de vida: los libros de la cotidianidad. También los representativos del patrimonio cultural, para lo cual ya se preparan protocolos relacionados con muebles e inmuebles. Sobre el libro analógico (en papel) de lectura recreativa o formativa, el hogar y la escuela los necesitará como necesidad básica, esto se aplica a cualquier modalidad que se adopte post pandemia. Atender en línea con los vacíos tecnológicos, cobertura y brecha digital, requerirá del libro como compañero fiel de apoyo solo para los estudiantes, sino para la población, a la que debemos hacer lectora para llenar vacíos educativos incluso de disciplina y cubrir vacíos de sensibilización social que incluye apropiamiento de la realidad, comportamientos y actitudes creativas.

La educación en línea no se contradice con el libro analógico. Está comprobado que ese tipo de educación requiere del libro, hay ejemplos de universidades a distancia cuyas editoriales superan a las tradicionales en la producción de obras. Esto deberá asimilarse a todos los niveles de grado escolar. Aun más, sería gran oportunidad, como ocurre en la crisis, aplicar cinco minutos para leer un libro literario en todas las asignaturas. El libro es el sueño despierto, la esperanza como dijo Aristóteles hace dos mil años.

En la formación de valores influye mucho la obra literaria. Mayor percepción y apropiamiento de la sinergia para resolver un problema no solo nacional sino mundial. Apoyo a la convivencia y la solidaridad. Respeto a quienes se sacrifican por mantenernos sanos: personal de salud, de seguridad, y servicios para cubrir necesidades varias.

Respecto a lo que podríamos estar pagando, según han dicho los expertos desde hace años, y reiterado con la actual pandemia, estamos recibiendo respuesta al maltrato de la naturaleza, y de los animales. La tierra, el agua no pueden ser vengativas; pero el deterioro ambiental y no reducción del cambio climático, están dando su respuesta global. De modo que esa esperanza aristotélica debe ser otro gran logro de los cambios que se anuncian post pandemia. Pero para lograr el sueño despierto, debemos tomar conciencia que cada contagiado, y peor el asintomático, es algo más que una bomba de tiempo si no se logra el distanciamiento social. o la cuarentena. Impulsemos entonces la educación y disciplina en casa.

Nota.- La salud mental preserva el sistema inmunológico, una defensa del convid-19: «Si sientes miedo, tristeza, enojos, o te sientes vulnerable y falta de control». El ISSS, ofrece dos teléfonos: lunes a viernes de 7 a.m. a 3 p.m. 2591-6522. Y las veinticuatro horas todos los días, llamar al 2591-6557

El libro a cuidados intensivos

A medida que continúa el distanciamiento social debido a la emergencia del coronavirus, crece la incertidumbre sobre la reactivación de las actividades económicas. Para múltiples empresas de diferentes tamaños y rubros, el golpe financiero es ya un hecho del cual, se teme, costará años recuperarse. No es exagerado advertir que la industria del libro será uno de los sectores más afectados.

A pesar de la existencia del libro electrónico y de su posibilidad de compra más inmediata, muchas librerías y editoriales manifiestan apuros. Desde el cierre por bancarrota de los emprendimientos más pequeños hasta la suspensión de lanzamientos y actividades significativas (como ferias del libro o los tradicionales festejos del recién pasado Día del Libro), el sector mira con suma preocupación su futuro.

En España, la Federación de Cámaras del Libro (FEDECALI) calcula que el impacto del covid-19 tendrá en el sector del libro estará por encima de los 1.000 millones de euros. Importantes ferias latinoamericanas del libro, como la de Bogotá y Buenos Aires, han sido suspendidas. En Centroamérica, la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), que suele celebrarse en julio, se reprogramó para realizarse del 22 de octubre al 1 de noviembre. Con ella, también se reprogramó el festival literario Centroamérica Cuenta, evento que se ha convertido en itinerante por la región debido a la situación política de Nicaragua, país donde se originó dicha iniciativa.

En México, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), advirtió sobre el peligro inminente para la sobrevivencia económica de un sistema de librerías y editoriales bastante amplio. 95 % de las editoriales privadas de aquel país son micro o pequeñas empresas que, al igual que las librerías, deben seguir pagando gastos fijos, como alquileres, sueldos y servicios. La estadística semanal de Bookscan Nielsen, sobre la industria del libro mexicana, muestra un desplome de 80 % en las ventas respecto al mismo periodo del año pasado.

La búsqueda de soluciones para este sector es compleja, debido a que involucra a numerosos actores con funciones especializadas. Escritores, editores, impresores, distribuidores, libreros, traductores, correctores, diagramadores, diseñadores y agentes literarios son parte de una vasta cadena de producción que se verá afectada. Detrás de cada uno de ellos, hay familias que se han quedado sin una forma de subsistencia.

En algunos países, como España, se ensaya un tipo de compra adelantada, que permita a las librerías paliar parte de sus obligaciones. Se hace la compra durante la cuarentena y el libro se retirará cuando el establecimiento vuelva a abrir al público. En Colombia, la Cámara Colombiana del Libro (CCL) lanzó la campaña «Adopta una librería», con el fin de recaudar el dinero suficiente para pagar la nómina de 47 librerías en distintas partes de aquel país, durante dos meses.

Por otro lado, numerosas editoriales y librerías envían un mensaje insistente, a través de sus redes, para que los lectores compren sus libros directamente a las editoriales y las librerías, evitando la piratería. Varias librerías del mundo, entre las cuales se cuenta la Librería de la UCA en El Salvador, implementaron la entrega de libros a domicilio.

También se gestionan soluciones más profundas. Asociaciones y cámaras del libro de varios países abogan por una reducción en los impuestos al libro y que las compras estatales de títulos destinados a bibliotecas públicas, se hagan a librerías o editoriales, de forma directa. La Cámara Peruana del Libro (CPL) pide, por ejemplo, la ampliación de los estímulos estatales de cultura para que se entreguen recursos no reembolsables a proyectos orientados a cada uno de los componentes de la cadena del libro.

En El Salvador, es difícil valorar el impacto que el covid-19 tendrá en el sector librero. Al momento de cerrar esta nota, la Cámara Salvadoreña del Libro no ha emitido ningún tipo de declaración sobre esta problemática, por lo que se desconoce el nivel de pérdidas económicas locales de un rubro que, de por sí, trabaja con incontables limitaciones.

Preocupante es, por demás, el futuro del puñado de editoriales independientes nacionales, algunas de las cuales, como la recién fundada Falena o Los sin pisto, se quedaron con nuevos lanzamientos en la mano. Estas iniciativas, surgidas como una forma de compensar la escasa labor editorial y librera en el país, han venido trabajando de forma modesta en los últimos años, prácticamente sin ganancias económicas y bregando a contracorriente de los hábitos lectores salvadoreños, cuyas preferencias se inclinan hacia la compra de publicaciones de autores extranjeros y al pirateo de libros.

El Ministerio de Cultura se ha limitado a replicar y apoyar la entrega de ayudas económicas o asistenciales para algunos pocos miembros de la comunidad artística, pero hasta el momento no ha anunciado ningún tipo de plan, gestiones o medidas que vayan a implementarse para el rescate de los diferentes sectores culturales, incluidos el sector editorial y librero. Quizás no deba extrañarnos, ya que siempre que se habla de artistas o del gremio cultural, el ámbito literario no suele tomarse en cuenta, siendo este un sector que ha caído en un innegable descuido por parte de la administración estatal de la cultura.

Es evidente que hace falta alguna forma de asociación gremial que sea representativa del medio librero y literario nacional, que pueda gestionar de manera ágil, moderna, dinámica y oportuna, los recursos necesarios para enfrentar emergencias como la que estamos pasando, pero también para obtener facilidades que permitan una mejor producción y distribución del libro nacional.

Es difícil anticipar si las medidas que se tomarán alrededor del mundo serán útiles o suficientes para evitar la quiebra de la industria del libro. Quizás solo las grandes cadenas de librerías y los grupos editoriales que facturan millones de dólares anuales saldrán a flote.

Lo que está claro es que la inevitable depresión económica provocada por la pandemia, cobrará también otro tipo de víctimas dentro del mundo cultural. El libro, junto con toda su cadena de producción, deberá ser sometido a cuidados intensivos.

Ante pandemia, respuesta global

Cuando he mencionado la frase de la biblia: «No hay nada nuevo bajo el sol», es porque las pandemias nos han azotado desde siglos, con millones de muertos en Europa y millones de la población americana. Muchos desaparecieron en la conquista española, cuando trajeron la viruela a América y contaminaron al nuevo continente. Ahora, pese a la inteligencia artificial y avances científicos en salud, tenemos miedo. Con efectos anímicos que producen ira y rencor, que nos hace olvidar al enemigo mundial pandémico.

El riesgo es del planeta y los países con desarrollo precario son el sector más vulnerable. Pienso en el llamado Triángulo Norte, en la tragedia de las caravanas, en los indocumentados, los sin casa, ahora los más vulnerables. Aunque no solo estos son las víctimas, lo somos todos. El enemigo invisible circula en el entorno social, en aglomeraciones, por lo cual el distanciamiento es la única «medicina», mientras no se someta al virus.

Las personas somos logística y estrategia para vencer. No vale desarrollo económico, social, o avances en salud. El virus no hace distinciones. Un asintomático contagia a tres y estos a otros diez en una cadena interminable. Comenzó con uno y ya va por millones tras semanas y meses. Su objetivo alcanzará la humanidad sino se detiene.

Reitero que cada quien -sin distinciones- debe proponerse construir consensos frente al enemigo invisible. Quiero insistir en la peste del cólera en la época de la guerra centroamericana contra los filibusteros dirigidos por William Walker (1856), declarado Presidente de Nicaragua por la fuerza de sus armas. Este hecho logró unificar a Centroamérica para combatirlo. Los filibusteros habían sido contratados en Nicaragua por el partido opositor (liberales) para «eliminar» al partido gobernante (conservadores). Ambos partidos, desde la independencia centroamericana, produjeron polarización y guerras civiles.

Sin embargo, al darse cuenta que los mercenarios contratados tenían otro plan, que implicaba reprimir a los mismos aliados liberales y apoderarse de Centroamérica, partidos y gobiernos, se reunificaron para combatir a Walker. Sin la distinción de tintes políticos acudieron a Nicaragua a combatir a la Falange Americana (como se hacían llamar los mercenarios). Solo la unidad logró derrotar a los filibusteros que pretendían imponer la esclavitud y supremacía blanca y terminar con «los mestizos» centroamericanos. Aquella sinergia emergente, salvó la soberanía de la región cuyos países estaban en las primeras etapas de conformarse a tres décadas de haber logrado su independencia.

Pero en los primeros combates entre costarricenses y filibusteros, ciudad nicaragüense de Rivas, apareció el cólera morbus, que causó la segunda mortandad similar a la viruela traída por los conquistadores, de los siglos pasados. Las pestes no hacen distinción; sin embargo, por ser Walker un médico sobresaliente, pudo intuir que el origen podría estar en guardar ciertas normas de higiene. El origen y conocimiento de virus y bacterias eran desconocidos como causas de la epidemias. De ese modo la población costarricenses fue diezmada y luego el cólera fue llevada a los respectivos países por sus ejércitos.

Esa alegoría puede servirnos para ver la oportunidad de los consensos, única forma de controlar el COVID– 19 que azota a la humanidad. Y cada país tiene las posibilidades de aminorar la mortandad; y más será necesaria la unificación social si pensamos en la depresión económica posterior. Aunque ahora la prioridad es salvar las vidas. Para esto hay que construir una sinergia mundial. Apropiarnos de esa visión; aprender de errores, de las experiencias en Italia, España, Alemania, los Estados Unidos y Ecuador. Y las inesperadas consecuencias en Brasil y México. No podemos desconocer esas crónicas anunciadas de la pandemia. La vacuna estará lista en un año, pero el virus trabaja en semanas y meses, acaba con personal médico y sanitario.

No hay duda que los efectos mundiales van a repercutir con fuerza en nuestra región, en especial los llamados del Triángulo Norte; por su población emigrada, y por sus vulnerabilidades. Quizás ya no seremos los mismos, pese a que ya sufrimos pandemias seculares. Salvemos las vidas que construirán las nuevas visiones. Decía una experta psicóloga que la estrategia de distanciamiento social, por ahora, es la única «medicina» y requiere cuatro aspectos: aceptación, paciencia, confianza y gratitud.

El escritor guatemalteco, Marlon Meza, residente en Francia, narra cómo comenzó a multiplicarse en Francia. Después de muerto un turista, se descubrió 12 contaminados. Sin embargo, una semana después hubo una concentración religiosa con casi dos mil personas que se abrazaban y tomaban de las manos. «De regreso a sus hogares todos empezaron a padecer malestares que despertaron sospechas». Nadie sabía por qué. «Y en menos de 48 horas se multiplicó la epidemia en todo el territorio». Ante eso, el Presidente Macron ordenó el cierre de toda reunión pública: hoteles, cines, festivales, museos. Además, acciona con ayuda psicológica en línea para la población.

Comienza en Europa esa guerra de repercusiones impredecibles; llega a los Estados Unidos con miles de fallecidos donde residen millones de salvadoreños (hace ocho días hubo más de 39 fallecidos solo en Nueva York). La muerte está en Centroamérica, motivo suficiente para reunificar criterios respecto al distanciamiento social, sin obviar estrategias psicológicas. Solo quien no acciona no comete errores. Dice un médico español: «Nadie supo ver llegar a este enemigo invisible, todos hemos fallado».

Pero debemos aprender a crear y descubrir la necesidad de cuidar el planeta, redescubrirnos por dentro; respetar a los nuevos héroes de la salud y de seguridad ciudadana. No somos perfectos, pero si perfectibles. Solo quien no acciona no comete errores. Necesitamos accionar ahora y en la postguerra viral.

Nota. Mi pesar a la familia de dos grandes amigos escritores chilenos: Luis Sepúlveda, promotor de la Literatura Iberoamericana en España, víctima de la pandemia; y a Sergio Román Lagunas, gran promotor y divulgador de las letras centroamericanas, fallecido hace un año por otras causas. Román Lagunas desde el Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA), logró reunirnos en universidades de todos los países de América Central, Europa y los Estados Unidos. Mi respeto profundo a ambos en esta Semana Mundial del Libro.

Pequeñas epifanías

A medida que se agotan mis alimentos durante esta cuarentena, pienso mucho en Magdalena.

Magdalena es una joven que todos los martes, jueves y sábados suele vender frutas y verduras en los alrededores de la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Es originaria de Cojutepeque y los días que le toca venir, sale temprano para pasar antes por el mercado La Tiendona y abastecerse de los mejores productos. Viene acompañada de su esposo y su madre. Él ayuda con la venta o llevando encargos voluminosos a vecinos de la zona que, por uno u otro motivo, no pueden llegar en persona. Su madre vende marquesote, salpores y otro tipo de panes.

Ni Magdalena ni los suyos, y quizás tampoco los vecinos que acudimos a su venta, nos damos cuenta real del valor de su servicio, que trasciende la simple compra venta. No es solamente que nos ayuda con el abastecimiento, sino que, al acercar el mercado hacia esta zona, nos ahorra el tiempo de ir por nuestra cuenta. Comprarle a ella es un mandado que los vecinos podemos resolver a pie, en menos de media hora. Pero más allá todavía, este tipo de servicios crean núcleos de comunidad. Gracias a ese encuentro en la venta, conocemos un poco a los habitantes de la zona. Aunque no sepamos nuestros nombres o el lugar exacto donde vivimos, los rostros de estos conocidos conforman parte de nuestra cotidianidad, de las rutinas de vida.

También me pregunto por otras personas de la zona y cómo estarán pasando esta emergencia: la señora morenita de pelo corto que vende los periódicos en la esquina; las dos señoras mayores que todos los días se sientan sobre el frío cemento de la acera a pedir monedas, en la calle de las Somascas; los muchachos del pan francés, el de la mañana y el de la tarde, con su pito distintivo; el que vende queso y su pregón sostenido, que alarga el sonido de la «o» final con la virtuosidad de un cantante; la señora de los tamales de elote y chipilín o la que vende la lotería en la gasolinera cercana.

Una tarde reapareció uno de los panaderos. Al escuchar su corneta, fue evidente el júbilo en la colonia. Varios salimos a buscar el pan, guardando la debida distancia, saludándonos apenas con la mirada, resignados a cierta frialdad. La llegada del panadero es otro de esos pequeños momentos de convivencia que extrañamos y que también forman comunidad. No nos vemos en la colonia, pero coincidimos a la hora del pan. Además, estos vendedores forman parte de un ritual imprescindible: la salvadoreñísima costumbre del café con pan dulce de cada tarde, y la cena o desayuno acompañados de nuestro pan francés, tan sencillo, pero tan fundamental en nuestra dieta.

Al interrumpirse este sistema de pequeños vendedores y servicios se suspende y se afecta, de manera indirecta, el sentido de comunidad de las personas. Estos pequeños hábitos e iniciativas, que forman parte de nuestras rutinas cotidianas, son lo primero en extrañarse en tiempos de emergencia. Son las rutinas, su continuidad, las que nos proporcionan una sensación de seguridad, de inalterabilidad. Sin embargo, muchas veces damos por sentado que dichos eventos cotidianos, elementales y en apariencia faltos de importancia, pervivirán por siempre. No es hasta que se interrumpen que tomamos consciencia de su verdadero y profundo valor.

Es frecuente escuchar en estos días la expresión de que «cuando volvamos a la normalidad» haremos tal o cual cosa. Posponemos el presente e imaginamos que la futura realidad será idéntica a la que teníamos cuando inició la pandemia. Nos cuesta aceptar que esto que estamos viviendo, es nuestra nueva realidad y que dejará cambios indelebles en muchos.

Ojalá dediquemos algunos momentos del encierro para examinar esa realidad y replantearla. Seguramente seguirá habiendo panaderos y vendedoras de legumbres, pero la emergencia ha situado en su justa dimensión la importancia real de algunas personas, relaciones y servicios a los que estábamos acostumbrados y ante los cuales nos terminamos insensibilizando, por pura costumbre. Cada una de estas personas tiene también una historia de vida de la cual ni nos enteramos. A veces, no sabemos ni sus nombres.

Otro decir que se escucha con mucha frecuencia es que ojalá salgamos convertidos en mejores personas después de esta emergencia, que todo lo que estamos viviendo nos ayude a resignificar y a revalorar el mundo para cambiarlo. Es un deseo noble, pero poco realista. No es la primera pandemia que sufre la humanidad. Hemos sufrido también grandes tragedias comunes como las dos guerras mundiales, las bombas atómicas en Japón y otros eventos que han conmocionado a la humanidad a lo largo de la historia. Después de que se calman las aguas de cada emergencia, la humanidad ha vuelto a hacer girar la misma rueda en la que se encuentra atrapada, como un hámster vicioso. Los sistemas económicos y políticos, que giran en torno al dinero y el poder, se encargarán de empujarnos para que retomemos nuestra vida anterior lo más pronto posible, con todas sus imperfecciones e injusticias.

La prisa por retornar a lo que llamamos «normalidad», y que hoy por hoy añoramos, a pesar de que ya antes las cosas andaban mal, nos hará olvidar esas pequeñas epifanías personales que nos han sido reveladas en medio de la suspensión de la enajenación y la rutina diaria. En pocos pervivirá la noción de lo descubierto y, con el paso del tiempo, la cuarentena será uno de esos extraños recuerdos comunes, de los que hablaremos hasta la próxima pandemia, guerra o desastre.

Pienso mucho en Magdalena durante estos días de cuarentena y me pregunto cómo se la estará pasando. ¿Qué estarán haciendo ella y su familia para sobrevivir? ¿Habrán sido beneficiados con el subsidio de los 300 dólares?

No tengo idea, pero espero que pronto podamos volver a vernos y conversarlo, entre canastos llenos de verduras y frutas, junto a los vecinos de siempre, sin miedo a ningún tipo de contagio.

Y, sobre todo, ánimo

Quizás habré tenido unos nueve años, en segundo grado, escuela pública «Antonio Rosales», de San Miguel, cuando llegaba a conversar a la barbería «La flor»; a unas cuatro cuadras frente al parque del cementerio. Además, el barbero tenía los periódicos para servicio de sus clientes, yo era uno de ellos, y a él le gustaba conversar conmigo. En ese entonces ya leía los diarios en una venta de granos cerca del mercado. El propietario, don Chico Estrada, me permitía pasar por su negocio a leer, los días de semana, al regresar de la escuela a mi casa. De modo que, a esa edad ya estaba informado en temas de mi interés, tiras cómicas en primer lugar. Todo un paraíso para un niño que podía defenderse solo en la calle, ¿Edad de Oro de la época?

Al barbero don Saúl le interesaban las noticias internacionales. «Y a vos cipote, ¿qué clase de noticias te gusta leer?». Le respondía que las nacionales porque las internacionales eran noticias muy lejanas. Yo le repreguntaba «¿Y a usted porqué le gustan las internacionales?». Me respondía que los barberos usaban instrumentos fabricados en Alemania, y en tiempos de guerra (Segunda Guerra Mundial), era difícil conseguir navajas y tijeras, marca Solingen. «Son las mejores del mundo», me decía.

Reflexionando sobre uno de los elementos de mi trabajo humanista, como es el periodismo cultural, he tenido tiempo de reflexionar sobre la vocación no solo de la lectura, sino la de estar informado. Gracias a ello quise conocer la realidad desde chiquillo, pude experimentar escritura creativa a temprana edad, y alternar con mayores.

Sin información es difícil adivinar, pese a profundidades teóricas: se debe convivir con las realidades terrestres. Conocer y formarse con libros, informarse con periódicos, analógicos o digitales, incluso con redes sociales, todo es viable para la lectura. Por ella se conocen desánimos, pasiones, ira social; para descubrir la otra realidad del pensamiento creativo, no dogmático, sin prejuicios.

Todos esos medios formativos propician diferentes grados de conocimiento: se reflexiona para fortalecer el espíritu crítico, que conlleva proponer ideas constructivas. Aunque en los primeros veinte años de paz, pocos ocupamos los espacios reflexivos para sanar las iras sociales, provenientes de lesiones físicas o sicológicas, propio de un país con tantas tragedias históricas.

Y por lo general, esas limitaciones del pasado reciente se revierten en negativismo para la convivencia; dichos vacíos producen animosidades muchas veces injustificadas: problemas sicológicos producto de exclusiones e inequidad que afectan la convivencia y la paz social.

La información, que tiene como fuente todo tipo de lectura, podría reconstruir nuestros sistemas biológicos, incluyendo defensas inmunológicas, porque recrea, y produce actitudes sensibles, importantes para adquirir una cultura de reconstrucción. Con lo cual ganamos porque podemos disfrutar de buen ánimo, incluso alegría, para anteponerse a la ira, a ansiedades y al estrés que destruye el sistema inmunológico, explicables por los vacíos que tenemos a lo largo de la historia. La idea es neutralizar el círculo sin fin que afecta nuestro bienestar físico y psíquico.

Recuerdo que leí en el Washington Post (mediados de los años 80) sobre una visita hecha por psicólogos norteamericanos que conocieron la zona de guerra en Guazapa, decía la nota que «de no parar el conflicto en estos momentos, El Salvador sufrirá graves consecuencias por las tres generaciones futuras». La prisa por cubrir grandes vacíos institucionales no permitió atender las secuelas. Como consecuencia, el costo ha sido trágico en los últimos treinta años.

¿Qué podemos decir ahora que nos asola una guerra global como una pandemia asintomática hasta presentar resultados impredecibles? Si con una guerra tradicional ya no fuimos los mismos, desde ese punto de vista anímico, ¿que podría suceder con un virus inesperado, destructivo en sus efectos inmediatos, al grado que analistas internacionales lo asimilan a una tercera guerra mundial? Por esa razón el mundo está obligado a ganarla juntos. Los humanos la transmitimos, los humanos estamos obligados a ganarla. Todos formamos parte de esas «fuerzas aliadas». Por eso, ahora más que nunca requerimos solidaridad planetaria.

Es la hora de crear pensamiento efectivo que nos lleve a las renovaciones que nunca fueron posibles a cabalidad, un esfuerzo intelectual (concepto tan detestado), cuya bandera concilie todos los matices. Somos pasajeros asociados de un planeta que se expande al futuro.

Sabemos que subsisten otras tres pandemias que provocan hasta tres millones de muertes anuales: la tuberculosis, la malaria y el VIH; pero la característica de la actual, que muchos minimizaron como una gripe agravada, es la velocidad con que afecta al mundo antes de reacomodarnos para combatirla. Todo pareciera impredecible, y la incertidumbre se vuelve negativa para el buen ánimo defensivo.

La preocupación en nuestro país tiene dos frentes sensibles: el comercio informal, que responde a pobreza centenaria (hace cien años lo escribió Alberto Masferrer y murió por intentar resolverla); y las remesas. Ante eso vamos a requerir madurez participativa y sensibilidad hacia los demás. Si queremos salir de la crisis hacia la renovación social y económica del país futuro, debemos cultivar motivaciones, y sueños con el deseo de vivir.

Economía y educación: estructuran el bienestar de las naciones, mantienen la armonía social. El teórico de la economía capitalista Adam Smith en su libro «Teoría de los Sentimientos Morales» (1759), afirma: «Por más egoísta que parezcamos los humanos, hay elementos que nos hace interesarnos en la felicidad de los otros (…) ni el mayor malhechor, o transgresor de las leyes carece del todo de estos sentimientos». Son palabras maestras para darnos aliento. Pensamientos, algunos milenarios, dirigidos a la humanidad con gran intuición para remontarse sobre los siglos. Palabras y advertencias base de la cultura occidental.

Veámoslo si no con Salomón, (hace unos 6 mil años): donde figura la frase conocida: «Nihil novum sub soli», es decir: «¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol», Libro del Eclesiastés. Demos gracias entonces a la vida. Quedemos en casa. Socialicemos con tecnología.

La cuarentena de la cultura

Comenzó de manera imperceptible. Debido a la emergencia del coronavirus, se empezaron a cancelar numerosos eventos públicos para evitar aglomeraciones y limitar el contagio. Teatros, cines, festivales, conciertos, museos, librerías fueron de los primeros afectados, muchos con cierres indefinidos y postergación o cancelación de eventos.

Algunos músicos decidieron hacer algo para compensar al público que ya había comprado sus boletos. Comenzaron a transmitir por internet conciertos desde los teatros vacíos. A medida que la emergencia se intensificó y que la cuarentena domiciliar se incrementó, más músicos realizaron transmisiones similares desde sus propios confinamientos.

A los museos se les ocurrió entonces abrir de forma gratuita y general los contenidos por suscripción de sus páginas web. Algunos escritores regalaron sus libros en formato electrónico. Las librerías, aunque cerradas, ponían a disposición envíos domiciliares de libros.

Súbitamente, hay una gran avalancha cultural disponible de forma gratuita para millones de personas alrededor del mundo que, encerradas en sus casas y sin saber bien en qué ocupar tanto tiempo libre inesperado, encuentran una reconfortante fuente de distracción en películas, libros, música, teatro, series, juegos, etc.

Sin duda, la intención inicial de todos estos artistas e instituciones es generosa. Para muchos, hay una sensación de deber. ¿Para qué sirve el arte si no puede, entre otras cosas, ser refugio o bastón sobre el cual apoyarse? Distraerse, evadir un poco la realidad, sumergirse en otras imaginaciones son reacciones humanas necesarias para mantener la cordura en un momento de mucha angustia. Es un gesto desinteresado y humano, el de querer ayudar a otros, a darles ánimo. Mientras el mundo es todo incertidumbre, queda la certeza de que el ser humano también es capaz de crear belleza.

Trato de imaginar a los encuarentenados del mundo viendo todo ese material y leyendo todos esos libros. Temo que hasta puedan sufrir el Síndrome de Stendhal, un empacho ante la excesiva exposición de belleza artística. En el peor de los casos, quizás no todos disfrutarán esta sobre oferta, ya que como colectivo estamos viviendo una forma de duelo, que se suma a una comprensible preocupación. No todos tenemos la concentración o disposición de ánimo como para sentarnos a leer o escuchar música con serenidad.

La paralización de las diversas estructuras culturales supone un problema económico gravísimo para millones de personas, cuyos trabajos o empresas dependen de los servicios derivados de dicho segmento y que ahora se miran afectados. En la cadena de producción y distribución del libro, por ejemplo, las editoriales independientes y las librerías más pequeñas, se proyectan como los sectores más afectados. Eso sin mencionar a los escritores, quienes solemos sobrevivir de oficios relacionados con el sector editorial. Para los artistas, las presentaciones públicas (en conciertos o representaciones teatrales, por ejemplo,) suponen la mayor parte de sus ingresos económicos. También debe señalarse que dicho sector, por la naturaleza de su trabajo, pocas veces tiene garantizado un seguro médico o una pensión para los de mayor edad.

En años recientes, la inversión estatal e institucional a la cultura ha sido disminuida, de manera notoria, alrededor del mundo. Notoria es también la reducción de las carreras humanísticas en muchas universidades. Hay gobiernos que se complacen en decir que la cultura no es prioritaria frente a los acostumbrados «problemas urgentes», ya de todos conocidos, y han hecho reducciones drásticas a sus presupuestos.

La coyuntura actual supone un mal augurio para las industrias culturales. El Consejo de Cultura Alemán, por ejemplo, advirtió hace pocos días que numerosos cines, teatros, clubes y galerías de arte podrán caer en bancarrota, a pesar de los paquetes de ayuda que recibirán del gobierno. Este panorama se repite prácticamente en todos los países, donde por el momento resulta impredecible saber cuándo se retornará a una forma de normalidad, que permita cobrar taquilla por sus eventos. Las afectaciones económicas generales afectarán también la capacidad de gasto del ciudadano común. Comprar un libro o pagar entradas para un concierto será un lujo inaccesible para quienes pierdan sus empleos, como resultado de una crisis que ya manifiesta síntomas preocupantes.

El coronavirus es la emergencia más grande que nos ha tocado vivir como humanidad desde la 2ª Guerra Mundial. Los contagios se aceleran y pese a las cuarentenas (que sólo sirven para evitar la enfermedad, pero no para adquirir inmunidad), no tenemos idea de cómo el virus vaya a comportarse a futuro. Algunos expertos indican que se verán rebrotes anuales y que tendremos que aprender a convivir con dicha realidad.

Estamos viviendo semanas de mucha tensión, donde las angustias son múltiples, ya que trascienden lo estrictamente sanitario. Sin duda alguna, los diferentes productos culturales a los que hemos tenido acceso han sido útiles y necesarios para distraernos y evadir un poco la incertidumbre que este escenario tan complejo nos plantea.

Quizás ahora comprendamos que sumergirse en un libro, en una película, en una sinfonía o en otras manifestaciones del arte nos ayuda a sobrellevar no sólo estos momentos de angustia colectiva, sino también las crisis y soledades personales. Quizás esta situación nos ayude a comprender que el arte, en todas sus manifestaciones, nos hace sentir acompañados y nos ayuda a mantener la fortaleza emocional que necesitamos para poder superar etapas como la actual.

Ojalá que esta experiencia nos permita valorar y comprender cuál es la función del arte y de la literatura en la sociedad y en nuestras vidas. Es una función que se suele subestimar y hasta despreciar en épocas normales, porque damos por hecho que siempre tendremos cultura disponible. Ojalá lo recordemos cuando los artistas comencemos a pasar el sombrero para seguir sobreviviendo. Ojalá lo recordemos cuando retomemos alguna forma de cotidianidad y cuando gobiernos y financistas redistribuyan los presupuestos de cultura, sean estatales o de instituciones privadas.

Ojalá que los presupuestos culturales (y también los de salud, educación y ciencias) dejen de ser los primeros sacrificados en tiempos de crisis y que, por el contrario, reciban incrementos sustanciales que reflejen el reconocimiento de nuestras sociedades a su ilimitada importancia y valor.

Pandemia y cultura ciudadana

En agosto de 1970, se publicó mi primera novela «El Valle de las Hamacas». Recibí tres reseñas de diarios de Buenos Aires, una de ellos elogiosa de Camilo José Cela, muchos años después Premio Nobel, escritor español, exiliado en Argentina. Las otras dos reseñas no estuvieron de acuerdo. Entre estas, me llamó la atención la que decía: «Se nota que el escritor no tiene nada que decir». Y resulta que para cualquier país centroamericano, era decir bastante. Y, además, necesitamos decir mucho. Igual, cincuenta años después.

Todo escritor de América Latina tiene mucha responsabilidad social, el problema es cómo abordarla, qué decir y qué grado de cultura lectora hay en el entorno para dirigirse a él. En esa época éramos un país inadvertido en el Sur de nuestro continente, excepto por una publicación de la época: «La Pájara Pinta», revista literaria. Cuando muchos no sabían de la existencia de El Salvador. Ni aun los escritores.

Y esto no es parcialismo político: nos decían los poetas de «la pájara pinta», lo único que conocían del país. Dos décadas después, cuando iba rumbo a la Universidad de Stanford, me encontré con el presidente de la Unión de Escritores de Chile, y me decía de ignorar la existencia de nuestro país excepto porque a veces desde México le publicaban a Roque Dalton y entre paréntesis escribían «salvadoreño». Son verdades increíbles: ellos comenzaron a saber del país por el drama de la guerra civil.

Esta introducción me la impulsó escribir la realidad del virus global. Muchos en el primer mundo no lo creyeron, hasta que llegó la muerte. Pese a que el Viejo Continente sufrió mortandades por pandemias y pestes desde hace siglos, cuando se desconocían las causas por lo cual se atribuía a castigo de Dios. Así la Peste Negra causó en aquellos continentes la muerte de 200 millones (años 1347-1341). Se calcula que causó la muerte de la mitad de la población mundial. Más reciente, en el siglo pasado, la Gripe Española (1918-1919), causó 40 millones de muertos en dos años. Y el VIH/SIDA, desde 1981, lleva un aproximado de 30 millones de fallecidos.

En Centroamérica, la más conocida es la epidemia del cólera morbus, en 1856, comenzó con la guerra contra los filibusteros que en esos momentos se oponía luchando la fracción conservadora de Nicaragua y sobre todo los milicianos de Costa Rica, bajo la jefatura del presidente Juan Rafael Mora.

En las primeras batallas que se dieron entre costarricenses y los filibusteros, la más trágica y heroica fue en la ciudad de Rivas, Nicaragua, (1856). El jefe filibustero William Walker había invadido Costa Rica, fueron derrotados y perseguidos hasta Rivas, territorio nicaragüense en la costa del Pacífico. Y los mercenarios invasores fueron derrotados de nuevo.

Pero los costarricenses no pudieron culminar la derrota con la eliminación de Walker que dirigía el combate, y fue porque la peste del cólera comenzó a fulminar a los costarricenses que peleaban al mando de los generales José Joaquín Mora y José María Cañas (salvadoreño).

En esa batalla sobresalió el soldado Juan Santamaría, reconocido héroe de Costa Rica. Posteriormente los cuatro, incluyendo al que fuera tres veces presidente, Juanito Mora, han sido declarados en las últimas décadas héroes de la Guerra Patria Centroamericana. Aunque en esa primera batalla de Rivas aun no participaban los ejércitos de la región.

Me he extendido en ese punto porque, después de esa batalla, el ejército costarricense, al rescatar los soldados heridos y enfermos por la peste, contagió a todo el país. Así un acto de humanidad y heroico, dicho rescate», llevó la epidemia a casi toda Costa Rica causando la mortandad de la décima parte de su población. Una vez ampliada la guerra a toda Centroamérica, la epidemia causó cientos de víctimas, incluyendo el general Mariano Paredes, expresidente de Guatemala, jefe del ejército que combatía en Nicaragua.

Esa epidemia las ignoramos en El Salvador, igual otros países hermanos, a excepción de Costa Rica. Hasta hace poco ni siquiera hay placas o monumentos conmemorativos, de una épica que incluyo grandes pérdidas por la guerra y el cólera. Es el drama centroamericano del silencio, del olvido, de la ingratitud histórica.

Fueron sucesos de mediados del siglo XIX. Podemos imaginarnos el terror que se producía entre los combatientes por falta de conocimiento de las causas letales, de la que solo se conocían los efectos: una muerte dolorosa, horrible, en el mundo, era el cólera morbus.

Y en el entorno de la cuarta revolución industrial, es un pecado desconocer la trascendencia de una pandemia que por mutación tiene su origen en los años 80 del siglo pasado. Precisamente por desconocer los efectos, o cura de esa mutación, el prevenir juega un papel fundamental que evitará una mortandad incontenible, si recordamos las pestes de la Edad Media. Claro, eso implica un costo hasta ahora incalculable que afectará la economía mundial.

Y si bien es cierto que el tabaco origina 8 millones de muertes al año, es un mal conocido y depende de la voluntad de cada quien; pero el virus que nos tiene en cuarentena familiar por ser exponencial, es decir de efecto multiplicador, puede producir en pocos meses un exterminio impredecible, podemos mencionar las casi ochocientos muertos en 24 horas, en Italia, y por dos días más no bajaron de 500 fallecidos. O los más de quinientos en España, cuando escribo estas líneas.

La diferencia es que la ciencia actual puede descubrir y combatir los orígenes de toda peste, que en el pasado europeo originó millones de muertos. Para mientras se descubre la vacuna, la prevención es quedarse en casa y otras indicaciones promovidas.

No es pesimismo, ni aventura hacia lo desconocido, conocemos sus efectos. Como se dice en estos días en Italia, «calma, en la Segunda Guerra Mundial nos llamaron para partir hacia la muerte en la guerra, ahora solo previenen quedarnos en casa».

Así es, la esperanza para cualquier edad es prevenir, la vida es hoy con la responsabilidad de mañana.