Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal «Dra. María Julia Hernández» denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, «La masacre ignorada del río Lempa», habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.

Bibliotecas: expresión universal de la cultura

Las Bibliotecas Nacionales son entidades existentes en cada país del mundo, una por cada país, le importan dramas históricos sin divisiones políticas, ni sesgos ideológicos. Menos de una decena de países en el globo carecen de estas «catedrales del conocimiento», como le llamaron los egipcios; o «república de las letras», como dicen los chinos. Nosotros hemos retomado el concepto de «biblioteca en la calle», que implica salir de las paredes y del escritorio hacia los usuarios que lo necesitan. Son tradición de humanismo para el desarrollo humano.

En Nínive (Siria) se edifica la primera biblioteca organizada más reconocida, con obras en tabletas de arcilla de hace 2700 años. Y luego está la de Alejandría, (Egipto, 2300 años), ahora una de las más grandes y bellas del mundo. Esa perennidad es la función patrimonial que preserva valores de identidad, conocimiento, información documental.

Con estas características las Bibliotecas Nacionales se convierten en acompañantes imprescindibles de desarrollo, brazo a abrazo con la humanidad. Y vistas en la era tecnológica se agrega como fuente adicionada a la investigación científica. En fin, son colectivos de nacionalidad, que, articulada con otras instituciones, despliega políticas de lectura promoviendo el libro como eje transversal educativo. Este gran paisaje nos lleva a pensar que una biblioteca también alfabetiza en emociones, sensibiliza, crea socialización familiar; fuente inicial para recrear ideas, y contribuir al pensamiento crítico que incide en formar sujetos propositivos y creativos. Incide en crear sensibilidad y sociedad democrática y conviviente. Es referente nacional e internacional de la producción literaria y cultural de un país.

Estas ideas parecieran nuevas, sin embargo, en El Salvador ya lo dijo un visionario del desarrollo social y la economía. ¿Qué fines tienen el libro que cultiva valores en la comunidad? Alberto Masferrer responde en su obra «Leer y Escribir» (1915): «Crea un nivel de cultura que contribuye a la democratización, a la salud y al bienestar como realidad posible, (ofrece) una extensa comunicación mental que nos vincula». De otra manera «viviremos en la anarquía de ideas y aspiraciones cada quien por su lado, sin posibilidad de transformar la Nación». Noten como este visionario autor salvadoreño incluye desde aquellas épocas salud mental y control de las emociones con el libro y la lectura.

En el caso de una Biblioteca Nacional es algo mucho más que el repositorio de obras que ofrece al usuario. Significa comunicación que humaniza con su información. Entra en contacto con la vida y con los que viven en un entorno social sin exclusiones de ningún tipo.

Y para no quedar solo en palabras, en el caso nuestro, la Biblioteca Nacional recibe jóvenes que no llegan solo por un libro, o una publicación periódica; también buscan descubrir el significado de su máxima institución bibliográfica que ofrece un diálogo con los bibliotecarios para compartir historia y libertad de pensamiento.

Porque desde ABINIA-América Central se decidió contar con funciones adicionales como la Biblioteca Móvil, destinadas a las comunidades; la Sala Infantil; promoción de la lectura y libros; y diversas formas de extensión cultural. Ofrece también un servicio adicional al usuario que necesita el diálogo para resolver limitaciones y vacíos de conocimiento, no solo tener acceso a la obra analógica o digital. Y en el caso de los niños se debe ofrecer dinámicas lúdicas para empatía y vocación por el libro y la lectura.

Porque las bibliotecas no solo deben limitarse a entregar obras para leerlas o investigar. Sino convertirse en hacedores adicionales de una civilización edificante para fortalecer la mejoría intelectiva y social desde edades tempranas.

Aprovecho para citar ideas del filósofo y escritor español Fernando Savater, quien hace un planteamiento innovador sobre libros y bibliotecas: formar seres humanos completos, ofrecer una perpetuación humanística: «Nos hacemos humanos unos a otros, repartimos humanidad a nuestro alrededor y la recibimos de los demás». Porque la Nación no es definida «por la tierra o sus componentes naturales», también se construye «por un estado de derecho, por el respeto a una Carta Fundamental y a las leyes de un país».

De modo que debemos obligarnos a educar como si cada ciudadano pueda ser un futuro gobernante. Insiste: «La educación es lo que lucha contra esa fatalidad que hace que el pobre siempre tenga hijos pobres y que el ignorante siempre tenga hijos ignorantes». Savater habla de la educación por medio del libro: «La literatura como alegría y salvación en el arte de educar para multiplicar nuestra alma». Y continúa: «La persona que sabe leer, que se aficiona a la alegría de la lectura, tiene goces extraordinarios. El mundo está lleno de diversiones caras. Cuanto más inculta es una persona, más dinero necesita para pasar los fines de semana… (pero) la riqueza que nos dan los libros es real, duradera y limpia».

Estas ideas expuestas llevan a la necesidad de apropiarnos del concepto extenso de las bibliotecas: educan, recrean, transforman mentalidades para una sociedad emocionalmente pacífica, porque significa formar en inclusión, equidad, tolerancia, solidaridad social, ética política, honestidad, como prevención de la violencia. Por eso muchos países han hecho de las bibliotecas un espacio espectacular con arquitecturas asombrosas y similares contenidos.

Cito los ocho millones de libros de la actual biblioteca de Alejandría, fundada hace dos mil años. La Nacional de China, con 31 millones de ejemplares, la más grande de Asia, «una especie de sumun del conocimiento».

Las Bibliotecas Nacionales conservan el patrimonio bibliográfico como función estratégica formativa de civilización de lo cual se ha ido apropiando en el curso de los siglos. Tal las Nacionales de Taiwán, de Irlanda, Croacia, España. Las Reales de Dinamarca y Suecia. Todas con un sistema que aúnan investigación científica y bienestar social, catedrales y repúblicas del libro. Soporte humanístico para el desarrollo integral.

Son diferentes las Bibliotecas Públicas, orientada a las comunidades con lecturas y atención a la niñez. De estas conozco espectaculares como las de Nueva York, San Francisco, Estocolmo. Pero esto es tema aparte.

Nota.- Segunda parte y final del trabajo solicitado por «Journal of Science, Technology and Society«.

Tribulaciones compartidas

La reciente publicación del libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, me dejó pensando en lo que me parece es un tipo de género literario que iremos viendo cada vez con menor frecuencia: los diarios personales.

He sido lectora de diarios de escritores desde hace años, porque busco en ellos la tribulación compartida de un oficio ingrato y poco estimado. Conocer algo de la vida o la manera de pensar y reaccionar del escritor en su entorno cotidiano, puede dar elementos para comprender o valorar aún más su obra.

Muchos escritores han ocupado sus diarios como semillero de ideas para sus textos, como ocurrió con los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir de Cesare Pavese. Los múltiples volúmenes de diarios de Anaïs Nin, permiten conocer facetas de otros artistas o escritores con los que Nin pudo relacionarse, así como las reflexiones sobre el arte y la literatura de una mujer que siempre estuvo a la vanguardia de su tiempo. Los cuadernos de Lanzarote de José Saramago, son oportunos para conocer con mayor profundidad el pensamiento del escritor, pero también para conocer la agobiante rutina de compromisos públicos a la que se mira enfrentado un autor reconocido y el cansancio que eso puede llegar a generar.

No es extraño encontrar diarios que parecen ignorar o minimizar eventos históricos y que se concentran sobre todo en los eventos privados, esos que marcan a todo ser humano y que pueden ser algo así como terremotos emocionales, que sacuden la personalidad de quien escribe, marcándole para bien o para mal. Pero como lectora de diarios de escritores, siempre encuentro que estos tienen el punto común de largas y profundas reflexiones sobre el oficio, que es lo que más me atrae de ellos.

Las dudas sobre el talento propio; las ideas que en un momento se convierten casi en obsesión y que luego, por el impedimento de desarrollarlas, pierden su importancia; la lectura de otros escritores donde se encuentran palabras o ideas mejor expresadas que las propias; la escritura como una especie de columna vertebral, de estructura que sostiene la vida y la psique del escritor, son todos elementos que siempre están ahí y que pueden servir de bálsamo y aliento para quienes nos desmotivamos con nuestro oficio en más de alguna etapa de la vida.

Ciertos escritores llevaron disciplinadamente la escritura de sus diarios con la clara intención de que, algún día serían publicados. Es el caso de los Diarios de John Cheever, quien dejó instrucciones a su familia de publicar sus diarios, como lo aclaró su hijo Benjamin, en la introducción de los mismos. La intención de publicar sus diarios no le impidió a Cheever escribir honestas confesiones sobre su bisexualidad y la lucha con su alcoholismo.

Por su parte, Ricardo Piglia, a pesar de estar enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, pasó los últimos tres años de su vida trabajando con la ayuda de su asistente, Luisa Fernández, para seleccionar el material de sus diarios, que comenzó a escribir desde que tenía 16 años. Así pudo conformar los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi. Casi puede decirse que sus diarios son el retrato de la formación de un escritor y de su visión sobre la literatura, que se fue desarrollando a lo largo de su existencia.

Para otros autores, el diario es un acompañante de vida que queda interrumpido por la muerte. Los diarios de las suicidas Silvia Plath y Alejandra Pizarnik, por ejemplo, fueron descubiertos por sus familias y editados en el peor sentido posible, es decir, censurándolos y cortándolos para dizque proteger la memoria de las fallecidas, por temas que podrían causar vergüenzas familiares. Solo el correr de los años y la magnitud que ambas escritoras alcanzaron en el concierto de la literatura universal, permitieron revisiones y nuevas ediciones íntegras del material original.

Parecerá un sinsentido que alguien que escribe textos de diferentes géneros, desde novelas hasta artículos, tenga todavía tiempo o deseos de escribir algo que no necesariamente resultará en su publicación inmediata o que, incluso, nunca será publicado. Pero la redacción de un diario, aparte de ser un desahogo o un recuento periódico de eventos y reflexiones, es un gran ejercicio de escritura, que obliga a mantener «la mano caliente». Cuando se escribe con honestidad, el diario obliga a encontrar la definición adecuada de sentimientos y sensaciones; a nombrar lo indecible ante los demás; de ejecutar descripciones de situaciones, objetos y personas o, simplemente, de mejorar las habilidades de redacción, lograr fluidez e ir al grano de lo que se quiere decir, sin rodeos o evasiones. Ejercitar dicho tipo de redacción contribuye, sin duda alguna, a la escritura de los diversos tipos de géneros literarios y a hacerlo con mayor precisión y claridad.

Es posible que, con el tiempo, los diarios de escritores se conviertan en una curiosidad que llame la atención, sobre todo para escritores incipientes, para admiradores de la obra de sus autores y para lectores que buscan algo más allá de sus lecturas acostumbradas.

La masiva utilización de las redes sociales como destinatario de desahogos y frivolidades por parte de todo tipo de personas, da la sensación de que la intimidad y la privacidad, necesarios para la escritura de un diario, son asuntos sobrevalorados e inexistentes. El ruido de las redes explota el morbo, el egocentrismo y el facilismo, dando incluso la impresión distorsionada de que lo que se redacta «es bueno» porque acumula miles de «likes», haciéndole pensar a algunos que ello los convierte en poetas o escritores, pese a no contar con un oficio regular como tal, publicaciones en papel o lo más necesario para serlo: calidad literaria y algo que decir.

Los diarios de escritores son, en ese sentido, un recordatorio vital de que la escritura no es una pose pública sino una forma de vida que, una vez asumida, encarnaremos hasta la muerte. La simbiosis entre la intimidad y el oficio, reflejada en tantos diarios literarios, así lo demuestra.

Biblioteca y patrimonio de la nación

Con el título de Biblioteca Nacional, Custodia del Patrimonio, será publicado en inglés este ensayo sobre Bibliotecas Nacionales en el «Journal Science and Technology», en contacto con otros 300 medios. Dado el trabajo que ha realizado nuestra entidad, me pareció necesario dar a conocer datos que no todos conocen. El trabajo a publicar lo leí al cumplirse el 147 Aniversario de nuestra institución como un pórtico a dos años de cumplir su siglo y medio de existencia, (julio 2020). A continuación transcribo la ponencia calificada por la publicación científica, como una investigación que se adapta a las exigencias de ese medio. Acto continuo publico una primera parte:

El papel que juega una Biblioteca Nacional amerita destacarse, más ahora que estamos por cumplir siglo y medio de existencia. El mandatario de aquel entonces (1870) compró la «Colección Lumbruschini», llamada así por haber pertenecido al cardenal Luigi Lambruschini, Secretario de Estado del Papa Gregorio XVI. Este dato es importante por la trascendencia que le dio el gobierno de aquella época para crear la segunda institución educativa de la Republica. La primera fue la Universidad de El Salvador.

Sin embargo, después de siglo y medio no nos hemos apropiado de valor institucional, entre otras cosas por los vacíos en investigación y esmero por lo patrimonial. Por ejemplo hay personas que me han preguntado cuántas bibliotecas nacionales hay en el país. La diferencia con las bibliotecas públicas, que pueden ser muchas: «Debería haber una en cada municipio», decía Masferrer refiriéndose a las públicas. Mientras las Bibliotecas Nacionales es solo una, la de cada Estado.

De manera que no es baldío insistir su papel de custodia del patrimonio bibliográfico de un país cuyo desarrollo estaría ligado a una labor educativa relacionada con las investigaciones sobre la memoria histórica. Cabe reafirmar de ellas que son «catedrales del conocimiento».

En diversas reuniones anuales que las Bibliotecas Nacionales centroamericanas tuvimos con asesoría de la Biblioteca Real de Suecia, se determinó como obligación social extender sus funciones a promover la lectura y el libro, contribuir a una alfabetización que no sea solo conocer primeras letras y dibujar la firma. Alfabetizar es crear lectura y lectores propositivos, como señaló Alberto Masferrer desde 1915.

La Biblioteca tiene funciones tradicionalmente aceptadas; pero va más allá: contribuye a formar desde sus funciones culturales con el libro y lectura. No solo recopila obras de todos los tiempos relativas a un país; o clasifica, y muestra a los lectores; debe conservarlas y preservarlas como libros antiguos, aunque no tenemos muchos si nos comparamos con los países de Europa que tienen en sus bibliotecas miles de libros tesoros, caso del Diario de Marco Polo (1300), Portugal; o los 95 tesis (1517) de Lutero sobre la Biblia, Alemania.

Al referirnos a una Biblioteca Nacional cabe hablar de tesoros patrimoniales de valores escritos. Vale decir museo del libro, con la diferencia que los objetos contenidos deben ofrecerse a los investigadores y lectores. Y en un museo solo se mira.

La preservación ha sido favorecida por la tecnología informática, por eso dimos prioridad a digitalizar las obras históricas nacionales para ofrecerlas en nuevos formatos. No digitalizamos obras contemporáneas por carecer de presupuesto para pagar derechos de autor.

Cuando se creó la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano (BDPI), en España, fuimos el 7º país de Iberoamérica en ingresar con nuestras obras patrimoniales. Nos adelantamos gracias a que fuimos equipados por la Universidad de Barcelona. Entrar a esa dimensión informática no hubiera sido posible sin el apoyo europeo, especialmente.

Actualmente contamos con 700 volúmenes en la BDPI; también nos incorporamos a la plataforma digital REDICCES (de universidades salvadoreñas), en la cual la Biblioteca fue aceptada. Aloja 800 obras. Ambos alojamientos nos dan presencia por Internet en la región de Iberoamérica (incluye Brasil, España y Portugal). Además, la BDPI está en proceso para ingresar a espacios más amplios como es el Instituto Iberoamericano de Berlín, para el acceso a otros países de Europa.

Los formatos digitales permiten a El Salvador favorecerse pues tiene casi un cuarto de su población en el extranjero que con sus remesas contribuyen al bienestar económico de familias desfavorecidas. Alojar esas obras permite al migrante facilidades de contar en su hogar con las señales de su identidad y proyectarlas a las nuevas generaciones que crecen en el exterior.

Otra asesoría que nos ofreció la Biblioteca Real de Suecia, fue crear ABINIA Centroamericana, para darle mayor representatividad en la ABINIA oficial (Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas de Iberoamérica). Se planteó entonces ofrecer servicios a niños y niñas, aunque no fuera función propia de una Biblioteca Nacional. Pero las necesidades de retrasos educativos lo requerían. Tampoco era función contar con un Bibliobús (donado por UNESCO). Además fortalecimos la Extensión Cultural.

El libro, expresión creativa de la memoria histórica, parte del ser nacional, permite conocernos, y tener mejor reconocimiento de la propia realidad.

Doy algunas cifras que pueden reflejar una idea de la importancia de esas incorporaciones. En Facebook llegamos a contar con cinco mil 300 seguidores diarios informados por esa plataforma digital. Y en Twitter sumamos 900 personas (son datos de 2018). De ese modo la Biblioteca Nacional llega a usuarios a distancia. Lo logramos en menos de dos años de promoción y divulgación por redes. Inclusive superamos en número de seguidores a algunos ministerios con mayores recursos en equipos de comunicación y con más años en esa ruta tecnológica. En dos años los superamos en seguidores.

A esto se agregan tres mil visitas mensuales que alcanzamos en el sitio web binaes.gob.sv para ofrecer información básica a lectores que nos buscan por Internet.

Con la divulgación de estos logros nos adelantamos a conmemorar el siglo y medio de existencia. Agrego el gran papel jugado por el equipo informático de la Biblioteca, con apoyo de algunas técnicas bibliotecarias, por sus esfuerzos de instalar un sistema informático propio de Administración Bibliotecaria, como aporte a la modernización. Todo un sueño de largo alcance.

Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión «golpe de estado», recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera «problemas». Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no solo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales solo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado.

Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no solo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman «libertad de expresión», pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no solo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, «I’d love to change the world». «Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer», dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.

Premio Nobel escribe novela centroamericana

El consejo que doy a escritores noveles, incluso jóvenes de educación media, que aspiran a escribir poesía o narrativa, es el de leer, leer y leer. Y les recuerdo la frase del poeta-bibliotecario por antonomasia, el argentino Jorge Luis Borges: «Me siento orgulloso de los libros leídos, más que de mis libros publicados». Y, por supuesto, se debe escribir y escribir. No pensar lo que se desea narrar, sino ponerse frente del teclado y escribir lo que se piensa.

Pongo de ejemplo al Premio Nobel Mario Vargas Llosa (Perú, 1936), quien ganó sus primeros premios internacionales a temprana edad. Y ahora, en el 2019, publica su novela histórica sobre Guatemala de 1951-1954 y las repercusiones actuales en los últimos treinta años de ignominias vividas por Centroamérica. Su Título es «Tiempos Recios» (Editorial Alfaguara, Madrid, 2019).

Siempre me llamó la atención la narrativa de este Nobel de Literatura. En su vida ciudadana es un exponente de ideas ultra liberales, y calificado como gran individualista. Sin embargo sus obras las orienta hacia temáticas sociales realistas relacionadas con el historial trágico arrastrado al siglo XXI hacia nuestros países.

Otro ejemplo de sus novelas es «La Fiesta del Chivo», narrativa sobre la satrapía de Leonidas Trujillo, a quien sus arrogancias enfermizas lo llevaron a bautizar la capital de República Dominicana como Ciudad Trujillo. Además, el sátrapa tuvo mucho que ver con lo ocurrido en Guatemala (1954), y las repercusiones actuales centradas en las desigualdades conocidas.

Hay una novela anterior del Nobel peruano: «El Sueño del Celta». Trata del negocio y cacería europea en África para establecer el mercado de esclavos que necesitaban los países en búsqueda de su desarrollo. Y su misma novela autobiográfica «La Ciudad y los Perros» (premiada en España, a sus 25 años), una obra social sobre los adolescentes «light» de la burguesía peruana.

«Tiempos Recios» se refiere a la invasión que sufrió Guatemala cuando Juan Jacobo Árbenz (gobernante de1951-54) dio continuidad a las reformas sociales iniciadas por el mejor presidente que ha tenido ese país, el educador y filósofo Juan José Arévalo (gobernó en 1945 a 1951). El gran pecado de ambos fue proponerse una reforma agraria que afectaría el dominio feudal ejercido por la empresa United Fruit Company, que con el banano y su infraestructura había convertido un gran imperio en Centroamérica. Por eso, en esa época, éramos considerados como «repúblicas bananeras». Espero no lo sigamos siendo con similares modalidades.

Además de Arévalo y Árbenz, el Nobel peruano agrega dos personajes inteligentes y perversos, Samuel Zemurray, de Nueva Orleans, conocido como «Hombre Banano», gerente de dicha empresa; y el publicista de Nueva York Edward Barneys, artífice de las manipulaciones políticas que dieron origen a la invasión a Guatemala, con mercenarios entrenados en Honduras y Nicaragua, dirigidos por el coronel guatemalteco Carlos Castillo Armas. A Barneys se le ocurrió que para deshacerse de las ideas modernizantes de Arévalo y Árbenz había que inventarse el peligro comunista que estos representaban, pese a ser declarados anticomunistas; pero sus gobiernos parecían poner el peligro los privilegios que le concedían los dictadores a la United. Según la prensa norteamericana de la época el gobierno de Árbenz ponía en peligro a los EUA, por su cercanía a Washington, y a dos horas del Canal de Panamá, en esa época propiedad norteamericana.

La paradoja fue que Árbenz y Arévalo tenían como modelo para Guatemala la democracia de los EUA, sacarla del feudalismo y de las injusticias que sufrían los trabajadores del banano carentes de los mínimos derechos. Aunque Costa Rica se salvó de esas dictaduras impuestas por la United, y sus socios de la geopolítica; su dominio se basaba en sostener un modelo feudal en las bananeras. Se describe en la novela testimonial «Mamita Yunai» (1940), del costarricense Carlos Luis Fallas.

«Tiempos Recios» se adentra a la histórica tragedia de Guatemala de 1954, que culminó años después en genocidios que golpearon a toda Centroamérica, y cuyos efectos aun se viven manifestadas en emigraciones dramáticas, desempleo e inequidades sin límites. Un dato interesante que agrega Vargas Llosa es el papel que juega la salvadoreña, esposa del derrotado Jacobo Árbenz, a quien tenía como asesora, «una talentosa, adinerada y culta salvadoreña, educada en los EUA: María Cristina Vilanova, de las famosas catorce familias», dice. Ella también aspiraba, como Arévalo y su marido, al modelo de democracia similar a los Estados Unidos.

Samuel Zemurray, como alto ejecutivo de la United Fruit Company, conocido como «Banano man», contrata al hábil y manipulador publicista (Edward Bernays), para evitar que en Guatemala se realizara una reforma agraria que perjudicaría al imperio bananero.

Para lograr esos fines Bernays propuso, una campaña mediática que evitaría la pérdida de los privilegios de «Mamita Yunai», incluyendo su poder para imponer las dictaduras militares en Centroamérica. De modo que promovió en la gran prensa norteamericana que Guatemala había caído «en las garras de las grandes potencias comunistas». Vargas Llosa hace un registro magistral de los personajes reales Barneys y Zemurray, quienes triunfaron en sus intenciones perversas. Para ello organizaron la invasión a Guatemala desde Honduras y Nicaragua, con sus gobiernos títeres, Lozano y Somoza, protagonistas necesarios para apoyar la invasión.

Barneys, empleado de Zemurray, manipuló a los periódicos progresistas y prestigiosos de los EUA. «Si lo hacemos en periódicos conservadores no van a creernos», decía. Y creó la histeria mediática en las alturas políticas de los Estados Unidos.

El otro personaje ya mencionado es el militar guatemalteco reclutado para dirigir la invasión. Este, a la vez fue asesinado por sus promotores por desviarse de las políticas corruptas. La gloria del coronel Carlos Castillo Armas solo duró cuatro años. Impuesto como presidente fue asesinado en la casa presidencial de Guatemala por los organizadores de la patraña.

La guillotina cayó sobre Centroamérica: genocidios, desempleo, injusticias desde el poder; que ahora repercute en desempleo y caravanas de sobrevivencia. Además, Vargas Llosa demuestra que las «fake news», no son nada nuevas.

Activismo o literatura

Al concluir la 71ª Feria del Libro de Frankfurt quedó clara una cosa: los lectores contemporáneos tienen una creciente necesidad de buscar libros que puedan dar explicación sobre el presente caótico que vivimos. Ensayos, géneros de no ficción y distopías sobre el cambio climático, feminismo e historia, fueron el tipo de libros que mostraron un aumento significativo en las contrataciones internacionales realizadas. Son también el tipo de libros que han tenido un aumento significativo en sus ventas en el último año, sobre todo en Europa.

Pensada como un gran mercado editorial (donde se negocian publicaciones, traducciones y representaciones literarias), la Feria del Libro de Frankfurt suele ser un buen termómetro para comprender por dónde van las tendencias de publicación y el interés de los lectores. Recién clausurada su más reciente edición el 20 de octubre pasado, también quedó claro que hay preferencia por la novela que retrata las crisis de nuestras diferentes realidades o segmentos poblacionales. Según Pilar Beltrán, responsable literaria de Edicions 62, un sello del grupo Planeta, «se le pide a la novela que apele al presente, que aporte más pensamiento y reflexión que evasión».

Ese reflejo de la realidad en la ficción novelística parece ser también algo que se le impone a los autores, en general. Hoy en día, da la impresión que el valor de un escritor radica en sus niveles de popularidad en las redes sociales, pero también en su activismo y el apoyo manifiesto a una u otra causa. Las virtudes literarias de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Esto fue notorio este año, luego de la entrega de los premios Nobel de Literatura a la polaca Olga Tokarczuk y al austríaco Peter Handke.

En el caso de Tokarczuk, se destacó su feminismo, su compromiso con el medio ambiente y la incomodidad de su militancia de izquierda ante el gobierno de su país. Aunque a Handke se le destaca como alguien hábil para retratar «la periferia y la condición humana» (según el comunicado de adjudicación de su Nobel), ha sido imposible ocultar la amistad personal que tuvo el austríaco con Slobodan Milosevic y su negación del genocidio y los campos de concentración en Bosnia y Herzegovina.

La presión de los periodistas sobre Handke fue tal, que el flamante Nobel anunció a los pocos días de ganar su premio, que no respondería más preguntas a la prensa. «De ninguna persona que se me acerca oigo que ha leído algo de mi obra, que sabe lo que he escrito», comentó defraudado el escritor durante una rueda de prensa, agregando fuera de cámara que, a pesar del premio, ningún periodista está interesado en realidad en sus libros.

En su columna del 26 de octubre pasado, titulada «Opiniones» y publicada en el diario El País, el escritor Antonio Muñoz Molina hace un par de reflexiones importantes sobre este asunto. «A los escritores ya casi no les preguntan en las entrevistas por los libros que han escrito. Les preguntan por Cataluña, si son españoles, o por el Brexit, si son británicos, o por Donald Trump, si vienen de Estados Unidos», argumenta Muñoz desde el inicio de su texto.

Después de describir el trabajo de la novela como muy complicado, Muñoz dice: «Uno comprende que leer un libro entero puede ser fastidioso, pero quizá quien lo ha escrito, cuando va a ser entrevistado, merece la cortesía de que el entrevistador haya leído con algo de atención eso que a él, al autor, le costó tanto, y que sienta curiosidad por saber cómo se hizo».

Utiliza como ejemplo sobre su argumento novelas recién publicadas por John Le Carré, Ian McEwan y Javier Cercas, reconociendo que si bien una novela puede incluir exposiciones y debates de ideas, debe hacerse desde el pacto de la ficción, para no convertir a los personajes en meros portavoces del autor. Puede haber escritores que sientan la urgencia de denunciar algo, concluye Muñoz, pero para ello también existen el ensayo, el artículo y el panfleto. «La novela rara vez puede ser un instrumento de intervención inmediata: sus materiales proceden de una larga maduración en gran medida inconsciente, casi tan lenta como la que convierte en suelo fértil la materia vegetal en el suelo de un bosque», recuerda el autor.

La 71ª Feria del Libro de Frankfurt hizo por su parte un llamamiento a todo el sector librero: «El libro y los media tienen la responsabilidad de analizar y cuestionar críticamente los paradigmas que definen el siglo XXI: la diversidad debe ser protegida, necesitamos autores que clamen contra las injusticias y asuman riesgos y, claro, editores comprometidos con este contenido y que encuentren los formatos para ello».

Si bien es cierto los lectores buscan libros y géneros que les permita comprender el momento actual, hay quienes exaltan en demasía las opiniones y la imagen de un escritor por encima de sus textos. Lo que no debería olvidarse es que hay una diferencia entre literatura y activismo, y que este último (por muy noble y valiosa que sea la causa en lucha) no es disculpa para publicar una obra mediocre o regular ni tampoco, por el contrario, para exaltarla, a sabiendas de que es una obra oportunista cuya vigencia perecerá pronto.

Todo esto recuerda a la vieja discusión del escritor comprometido y la validez o no de obras que no estén alineadas con las exigencias del momento político o histórico que vive el autor. Sigue existiendo una expectativa de buena conducta y de calidad moral notoria sobre el escritor, como si eso fuera una garantía para escribir una obra de calidad.

Estas son decisiones que, al final del día, le corresponde tomar al escritor, quien deberá valorar si quiere escribir una obra inmediatista, para retratar las inquietudes contemporáneas urgentes y colmar así la expectativa social, o esperar al mejor momento para hacerlo, sabiendo que la literatura es un potaje de cocimiento lento, sobre todo cuando se trata de retratar una época en cuyo torbellino todavía vamos dando tumbos.

Literatura: periferia y mujer en la novela

En las entrevistas que me piden los jóvenes y docentes hay dos preguntas que nunca faltan, una es sobre la «Generación Comprometida». Y la otra, sobre el papel de las mujeres como personajes en mi narrativa. Dejo lo de la «Generación» para otra oportunidad y retomo al compromiso de dar voz a la mujer desde sus espacios de vida. De lo que estoy seguro es de que ambos temas tienen que ver con el proceso de desarrollo cultural. Y quizás eso le pone un acento didáctico a mis libros, pese a que todo escritor rechaza cualquier didactismo en su obra literaria.

En verdad, si acaso hay algo de didáctico, el mostrar una faceta de la mujer como agente cambiante de vida, no solamente un ser sin voz, o madre sacrificada que acepta que los otros decidan por ella, sino activa y participante, de acuerdo a las aguas del río social que no deja de fluir. Incluso en la madre hay transformaciones que implican una presencia más visible.

Al este respeto, tengo un poema titulado «Mamá» (publicado por 1978), en el que me gusta cómo queda completo con un epígrafe de mi buen compañero de letras el periodista, historiador, poeta y fundador de editoriales Ítalo López Vallecillos: «Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país, ellas son sin duda la Patria ofendida». Frase de Ítalo que motivó posteriores personajes mujer en mi obra narrativa.

Dicho epígrafe me pareció muy apropiado al poema, y posteriores novelas: la mujer que simboliza la patria. Así, a la vez que inspiré a Ítalo al mencionar mujer y patria para referirse al poema, del cual ofrezco a mis lectores los primeros versos: «Mamá querida, oración por todos./Llena eres de gracia como las primeras lluvias que originan las primeras milpas». Esto como reconocimiento a quien alimenta desde sus senos, y con ello incide en salud, y rendimiento escolar. La madre a quien, pese a todo, se le impone una carga injusta de exclusiones.

Retomando el hilo, como se hace en Twitter, ya no me referiría a la mujer sacrificada, «o mujer maléfica», «ligera de faldas» (como la cultura patriarcal nominó. A la rosa de El Principito, Consuelo Suncín). Pienso en esa «patria ofendida» y que para compensar, por lo menos en los países del Triángulo Centroamericano, merecería cambiarse el nombre Patria por Matria, las humilladas en sus limitaciones, las que con modestias económicas, han hecho sobrevivir la población en esos países.

En resumen, aspiro a proyectar a la mujer en la historia, no como heroína de inventiva; y menos objeto de intereses ofensivos, sino como la mujer en el tiempo dentro de una sociedad que se distinguió siempre por el prejuicio y la desigualdad.

Se trata de manejar lo literario relacionándolo con un proceso de ubicación, un reconocimiento a las necesidades e intereses de la mujer en sus particularidades como persona, como agente de transformación social, y no el ser objeto para atraer una atención sesgada, sino participante directa en la vida social, económica y política. Tampoco se trata del ser despechado, o la madre sufrida, la mujer «mártir».

La mujer debe estar donde le toca estar, empoderada o empoderándose en sus decisiones. A los demás nos toca avanzar en cultura para garantizar espacios incluyentes.

Conozco mujeres que en su rol de madres concilian la vida familia con la vida laboral, no importa si son criticadas hasta por la misma familia extendida; ellas rompen con paradigmas, cumplen con las exigencias del trabajo y a su vez garantizan el bienestar de sus hijos e hijas haciéndose acompañar de ellos en sus labores. En fin de cuentas la mujer orienta en la formación inicial, sin edad límite para comenzar su función, puede ser desde el vientre materno o desde sus primeros meses. Es la que asume las obligaciones vitales, aunque la cultura tradicional le resulta difícil reconocerlo con hechos. De esta manera de educar hay frutos, en mágica conciliación entre trabajo y responsabilidad familiar. Es otro diferente caso cuando la mujer trabaja en casa sin percibir salario sin reconocimiento a su aporte en la productividad del país, no obstante que las labores hogareñas hacen que cada quien tome sus responsabilidades ocupacionales aunque la madre no se devengue sueldo.

Además, tiene la ventaja histórica y función orgánica natural, y privilegio maravilloso, de procrear, en el mal nominado «producto» o embarazo, toda una ventaja de la naturaleza, aunque tanto hombre como la mujer son los que resultan embarazados. Otra cosa es que la cultura patriarcal solo atribuya el embarazo a la madre y la responsabilice si dicho «producto» no llega a feliz término. Al respecto, les invito a leer «Los poetas del mal», mi novela con temática de la mujer arraigada y desarraigada de su entorno social que me permitió destejer sus emociones de historia personal y colectiva. ¡Una reedición, please! Además, tiene otro privilegio de la naturaleza consistente en que solo ella tiene otro privilegio de darle un futuro de sanidad temprana, como es el hecho de amamantar, el acto más humano en el desarrollo de salud integral futura.

De modo que si la narrativa es pasión, debe ser pasión por visibilizarla en su historia íntima de necesidades e intereses comunes, en su participación para el cambio social, lo que da la pauta al crecimiento, incluyendo sensibilización y salud preventiva al nuevo ser, cuando con su calor compartido por el cuerpo materno otorga uno de los valores más fundamentales de la humanidad: la sensibilidad fortalece una vida digna. La cultura tecnológica debe promover ese proceso que previene las desviaciones violentas y las depredaciones sin sentido.

Nota.- Agradezco a docentes universitarios de los EUA por sus invitaciones este año y el próximo que me permiten conmemorar cuarenta años de «Un día en la vida», semilla germinativa literaria donde la mujer es personaje de la sociedad en transformación.

El rompecabezas de nuestra historia

Por asuntos de trabajo, me ha tocado hacer una investigación que me obliga a repasar y profundizar en la historia salvadoreña de los últimos 50 años, un período importante y determinante para el país, que involucra sucesos políticos, catástrofes naturales, la guerra y la posguerra, con todas sus causas y consecuencias.

Es un trabajo interesante pero también agotador. Es fascinante reconstruir la narrativa histórica nacional y darse cuenta de cómo las decisiones o la desidia de los gobernantes, los políticos y la sociedad en su conjunto, se fueron acumulando hasta arrastrarnos a consecuencias inimaginables. Por ejemplo, la falta de atención y reparación adecuada de los daños del terremoto de 1965 a la infraestructura afectada en aquel entonces, fue uno de los antecedentes por los cuales los daños del terremoto de 1986 en el centro de San Salvador fueron tan grandes. Estructuras viejas y averiadas, que sólo recibieron renovaciones cosméticas se desplomaron, borrando o inutilizando muchos de los edificios emblemáticos del centro de la ciudad.

No es posible dejar de conmoverse o indignarse ante varios eventos históricos y el manejo que se ha hecho de los mismos. Pero quizás lo más desconcertante es darse cuenta de la enorme cantidad de carencias de las fuentes investigativas con las que se cuenta en el país.

Quienes nos vemos en la necesidad de hacer trabajos de investigación debemos convertirnos en auténticos detectives, no sólo para cotejar y verificar fuentes y versiones, sino sobre todo para rastrear y encontrar la documentación que se necesita. Esto es alarmante si se piensa que se trata de la historia contemporánea reciente. Mientras más antiguos sean los documentos que se buscan, más compleja y extensa se torna la investigación y más brumosa se torna la realidad.

Hay grandes vacíos de información y de documentos que respalden, analicen y sirvan para comprender nuestro devenir social. Nos hemos tragado las versiones oficiales de nuestra historia, sin tomarnos la molestia de cuestionar, verificar o ahondar en ellas, poniéndonos en riesgo de ser manipulados ideológicamente, según conveniencias coyunturales.

Esto obliga al investigador a consultar numerosas fuentes para terminar con fragmentos que se deben armar, como un rompecabezas. Es parte de la tarea, claro, pero en El Salvador las dificultades para ello se multiplican. Aparte de la dispersión y escasez de fuentes, uno de los problemas es el estado de conservación del material bibliográfico y documental, archivos visuales (fotográficos o filmados) y archivos sonoros (entrevistas, discursos, programas de radio, etc.). Muchos están en deterioro y no han recibido restauración alguna, o no son mantenidos en las condiciones adecuadas, sufriendo el peligro de perderse para siempre. Vea cualquiera el video de la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec y sabrá a lo que me refiero.

Cuesta encontrar documentos en sus versiones íntegras. Ya que estamos con el ejemplo, un documento vital como los Acuerdos de Paz completos, que consta de 98 páginas, no es fácilmente localizable en internet. Lo cual nos lleva al problema del acceso y la digitalización. Hay escasas iniciativas por digitalizar el patrimonio documental y ponerlo a disposición de la población. Muchas instituciones carecen del equipo, el financiamiento y el personal para realizarlo de la mejor manera, pero también da la impresión de que hay personas que prefieren que los documentos se pierdan o los guardan con un celo mezquino incomprensible, sin tomar en consideración que la documentación histórica de un país no puede ser privilegio de unos cuantos. Dicha documentación es parte de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial y tiene un valor que trasciende lo económico y lo ideológico.

Igual de valiosas son las fuentes vivas, personas que vivieron y fueron partícipes o testigos de momentos fundamentales de nuestra historia, que guardan no sólo recuerdos importantes, sino que también, a veces, conservan objetos, recortes de periódicos, cartas, diarios y otros materiales que por ser personales se consideran subjetivos pero que pueden contribuir a complementar las narrativas oficiales o académicas y dar un color humano a los sucesos.

Dentro de este contexto, hay instituciones que llevan adelante iniciativas de carácter independiente, cuyo trabajo tampoco es valorado en toda su magnitud. El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), las bibliotecas y centros de documentación de universidades e instituciones independientes, como la UCA y FUNDASAL (que, por cierto, alberga documentación valiosa sobre uno de los temas menospreciados del país: la vivienda, y en particular, la vivienda popular y asentamientos humanos), son algunos ejemplos. Recordemos la inundación que sufrió la Biblioteca Nacional a fines de abril de este año y la afectación de cientos de periódicos y otros documentos que fueron rescatados de manera oportuna gracias a las diligencias de su director, del personal y de grupos de voluntarios que apoyaron dicha labor. Este tipo de riesgos y peligros son una amenaza real permanente a nuestro acervo cultural.

Todas estas carencias terminan reflejadas en la evidente subestimación y desprecio de la importancia de nuestra historia, de la construcción de una narrativa objetiva y equilibrada de la misma, no sólo para comprender cómo los vaivenes de nuestro quehacer a lo largo del tiempo han marcado y determinado buena parte de los eventos que nos atormentan en el tiempo presente, sino también para comprender en qué consiste y de dónde proviene lo que consideramos nuestra salvadoreñidad.

Es imprescindible pensar en fundar instituciones, desde la sociedad civil, que financien y fomenten la investigación, la preservación y digitalización del patrimonio documental, así como la redacción y publicación de estudios y ensayos que ahonden en nuestro pasado, de manera veraz, objetiva y no ideologizada.

También se necesita fomentar los estudios humanísticos a nivel universitario y de bachillerato, para crear ciudadanía crítica, pensante y con capacidad de análisis, que sepa discriminar y reconocer los vacíos, contradicciones y peligros en la narrativa manipulada de las versiones de nuestra historia, que venimos tragando pasivamente desde antes de la guerra.

Quizás así podamos tener, algún día, un cuadro realista y equilibrado de lo que por ahora continúa siendo el rompecabezas de nuestra historia nacional.

Novela histórica y sus héroes

¿Por qué es importante conocer memoria histórica de los héroes? ¿Qué es un héroe, qué cualidad es necesaria para ser declarado tal? Una razón principal sería para que su ejemplo de sacrificio y vida digna quede grabada en la conciencia de la nación.

Hay dos héroes inobjetables en América Latina, Simón Bolívar, que en once años liberó del imperio español a cinco países: Bolivia, Perú, Ecuador Colombia, Venezuela. Si pensamos en las distancias geográficas, nos damos cuenta de su proeza. Se dice que recorrió en caballo el equivalente a darle dos vueltas al planeta. Pese a todo, murió en la mayor pobreza, vejado. Y Martí, si bien cierto no fue un guerrero, fue el pensador de la independencia de su país, y considerado el apóstol de la independencia de Cuba, asegurando un gobierno con base popular. Desde niño, y muy joven, sufrió cárceles, incluso trabajos forzosos bajo las autoridades españolas.

Una búsqueda de heroísmo similar en nuestras luchas regionales fue la que me llevó al interés de la guerra centroamericana que tuvo como campo de batalla Nicaragua y Costa Rica, con participación de los cinco ejércitos regionales: «En defensa de la soberanía y la independencia», declararon los presidentes de Honduras, Guatemala y El Salvado. Walker fue vencido en 1857 haciéndolo retornar a su país por barcos norteamericanos que vieron sería derrotado con ignominia. En 1860 invade, nuevamente, Centroamérica por Honduras. Fue capturado y fusilado (1860).

La idea de Walker era imponer la esclavitud, para lo cual se había declarado presidente de Nicaragua, por la fuerza de sus armas y del ejército invasor. La historia lo conoce como el filibustero, un invasor de territorios, diferente a los piratas que asaltan mar adentro. Walker se consideraba un civilizador de países atrasados. Al proclamarse presidente de Nicaragua, su primer decreto fue establecer la esclavitud que desde 1824 se había abolido proclamándolo José Simeón Cañas, para Centroamérica. Para Walker la base de civilización era la agricultura y la esclavitud.

Sin apoyo oficial de sus gobiernos organizaba ejércitos privados que tenía como base la doctrina predominante en el Sur de ese país: racismo, y dominio total incluyendo México, Centroamérica y el Caribe. William Walker, era abogado, periodista, médico y poeta, y dejó un libro de memorias donde expresa su idea de invadir México y Centroamérica una territorio de retaguardia para sus fines civilizatorios. La guerra de Secesión estaba a las puertas. Siete meses antes de comenzar esa guerra, donde murieron casi ochocientos mil personas norteamericanos. Abraham Lincoln encabezó el ejército contra los esclavistas.

Volviendo a la guerra de malos nicaragüenses que se aliaron a los mercenarios de Walker, me pareció atinente hacer una investigación literaria de una guerra desconocida, darla a conocer a lectores diversos. Así surgió mi libro «Así en las Aguas como en la Tierra». Una novela histórica que sigue los pasos creativos conservando los datos fidedignos. Tres frases me indicaron de inmediato la dimensión de la épica centroamericana; fueron el impulso de escribir la obra.

Una de esas frases fue la del capitán y poeta salvadoreño Francisco Iraheta, al informar a su jefe general Ramón Belloso: «Señor, en mi compañía no hay más novedad que anoche murió el último». Se refiere a batallas cerca del lago de Granada. Otra frase: «El general Walker tiene la sabiduría de Dios y la valentía del demonio», dicha por el oficial favorito Timothy Crocker, hombre de varias guerras en Europa y México, gran experto en artillería.

La tercera frase es la siguiente: «La tronazón de cañones y fusilería parecía un infierno». Parte de guerra dirigida a Juan Rafal Mora, presidente de Costas Rica, y artífice de la alianza regional, y participante directo. En los últimos años ha sido proclamado, Héroe de la Patria Centroamericana, junto al salvadoreño general José María Cañas.

También están los héroes desconocidos, los soldados, los oficiales y funcionarios públicos caídos y que los anales de los países centroamericanos, lo han ido relegado al olvido. Los intelectuales en el poder del siglo XIX optaron por callar, debido a las diferencias ideológicas en una región que estaba por dividirse. Los muertos quedaron en las montañas y las ciudades, y las ideologías fueron enterradas a conveniencia. Eso me hace recordar un poema que, de niño, me decía mi madre: «No son los muertos los que en dulce calma/ la paz disfrutan de la tumba fría/, muertos son los que tienen muerta el alma/Y aun viven todavía». (Antonio Muñoz Feijoo 1851-1890, Colombia).

Terminada la guerra, al presidente Juan Rafael Mora le dieron un golpe de Estado los mismos militares que pelearon a sus órdenes., pero que vendieron su lealtad. El golpe de Estado expulsó a Mora y Cañas, quienes se asilaron en El Salvador, Santa Tecla. Era presidente Gerardo Barrios, amigo de los desterrados.

Comencé a escribir desconociendo el exilio de los dos héroes en nuestro país. Al conocer ese hecho vi que me faltaba el elemento mujer que siempre está presente en mis novelas. Reparé que sus parejas los habían acompañado al exilio, incluyendo sus hijos pequeños, Guadalupe, hermana del ex presidente Mora, estaba casada con Cañas; e Inesita, casada con Juan Rafael Mora.

En Santa Tecla llegó la hora que los dos héroes debían regresar vía Puntarenas, convencidos por sus asesores dentro de Costa Rica, fue el punto emotivo de la historia. Ambas estaban embarazadas, por lo cual su dolor e incertidumbre les hacía compartir la tragedia de la partida hacia un encuentro impensable de sus compañeros con la muerte. Que sucedió semanas después. Fueron capturados y pasados por las armas, fuera de todo proceso, por lo cual se considera un crimen de Estado.

En otra invasión de Walker a Honduras (1860) este fue capturado y ejecutado. La paradoja: seis meses después comenzó la Guerra de Secesión: del Sur contra el Norte (1861-1865). La sociedad industrial derrotó a los esclavistas. Y los héroes Cañas y Mora pasaron a figurar como los protagonistas de la épica más gloriosa de Centroamérica.