El subestimado oficio de la traducción literaria

Hace un par de meses, le pedí a alguien que viajaba a Brasil que me trajera una novela de Hilda Hilst. Había leído un artículo sobre el carácter experimental de su obra y quise leerla. Hilst es considerada una de las escritoras más importantes de aquel país. Escribió poesía, dramaturgia, ensayo y también narrativa.

Al buscar sus títulos en español no encontré ninguno. Solamente los había en inglés. Me pareció insólito que una escritora de la altura de Hilda Hilst no esté disponible en español. Aunque me causó rechazo la idea de leer a una escritora brasileña traducida al inglés, no tenía otra opción. Temí que algo de la cadencia y el ritmo del portugués se perderían en la traducción, como en efecto sentí cuanto terminé de leer With My Dog Eyes (Com meu olhos de cão en su título original). De ahí mi idea de conseguirlo en portugués, que medio leo. Aunque no lo comprendiera totalmente, podría tener una mejor percepción de su trabajo.

Esto me hizo pensar mucho en el asunto de las traducciones literarias. Si lo analizamos, buena parte de lo que leemos es traducción. Lo cual impone sobre el libro un doble trabajo: el del autor y el de quien traduce, aunque muchas veces, los traductores son casi invisibles y no reciben el crédito ni los honorarios debidos por su trabajo.

Una buena traducción termina siendo una versión del original en otro idioma. Para lograr eso, es imprescindible que el traductor comprenda no solo las palabras y significados del texto sino también las sutilezas implícitas en el tono, los juegos de palabras, las referencias culturales, el contexto de la historia y la intención del autor al usar un término específico y no alguno de sus sinónimos. A partir de ello, deberá encontrar la expresión adecuada en el idioma en el que se trabaja. Dicha búsqueda puede llegar a ser tan complicada como la escritura del libro original. Ambos, escritor y traductor, siempre buscan el término exacto que permanezca fiel al espíritu de lo que se quiere decir.

La traducción permite también presentar ante lectores de otros países libros y autores a los cuales no se podría tener acceso de otra manera. Sin embargo, las demandas del mercado editorial internacional obran como filtro para la publicación de traducciones. Es conocido que en la industria editorial estadounidense se publican poco. Lo mismo pasa con el mercado europeo. La única excepción son las editoriales con intereses y audiencias específicas que, con mucho esfuerzo, financian y encargan alguna eventual traducción para su publicación. Editoriales más grandes no arriesgan en ello a menos que el autor o su libro ya sea un éxito de ventas en su país o que la obra suscite interés por algún asunto coyuntural regional o global.

Pensando en El Salvador, la traducción literaria es un oficio poco ejercido, pese a que algunas universidades donde se estudia idiomas tienen como opción la especialidad de traducción, aunque no con énfasis en literatura. No tenemos en el país agencias de traductores literarios ni tampoco de agentes literarios, quienes serían las personas encargadas de colocar dichos trabajos en las editoriales internacionales. Los pocos autores salvadoreños que han sido traducidos lo han logrado, en su mayoría, como resultado de gestiones personales.

Cuando el amigo volvió de Brasil, no solo me trajo la novela solicitada, sino que me trajo la narrativa completa de Hilda Hilst, editada bellamente el año pasado por la editorial Companhia Das Letras de Sao Paulo, en una caja que trae dentro dos tomos con todas sus novelas y cuentos. Es la primera vez que se publica la prosa completa de Hilst y es la única manera de conseguir sus novelas, ya que no hay en existencia ediciones individuales. Las ediciones están además ilustradas con dibujos hechos por la autora. Es un auténtico tesoro.

Leerla será más bien ir estudiando el texto, pero no me desanima. Estoy consciente de que quizás no lo entenderé plenamente, por ser un idioma que no domino, pero habrá otras impresiones que me dejará su lectura y que también forma parte de una experiencia lectora válida. Hace años, por ejemplo, se me antojó comprar una edición de la poesía completa de Cesare Pavese en italiano. Algo que me sorprendió al leer sus poemas, pese a no entenderlo por completo, era el ritmo y la sonoridad que tenían gracias a la pronunciación del idioma original, un ritmo que siento no está bien logrado en algunas de sus traducciones.

Ese tipo de sutilezas solo es posible descubrirlas leyendo una obra en su idioma original. Comprender, capturar y transmitir esas percepciones en una traducción es parte del reto del oficio de la traducción literaria, para que los lectores se acerquen lo mejor posible a la concepción original de quien escribió el texto.

La traducción de obra literaria es una profesión valiosa pero muchas veces invisibilizada. No apreciamos su valor ni su importancia para el intercambio de ideas y pensamiento entre culturas, continentes y épocas diferentes. Nuestro bagaje cultural y nuestro conocimiento del mundo serían mucho más pobres sin la existencia de dicha profesión.

A finales de agosto pasado, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal de México, la traductora Edith Verónica Luna publicó un artículo titulado «Del traductor traidor al traductor autor» donde profundiza mucho sobre varias vicisitudes de este oficio, a las que ahora se suma la amenaza de que los traductores de carne y hueso sean sustituidos, en un futuro cercano, por inteligencia artificial.

Pensar que una máquina podrá ejercer un mejor trabajo haciendo una traducción literaria es algo que Luna no considera pueda ocurrir: «(…) alimentar la memoria de un traductor automático la enriquece y perfecciona, pero una máquina difícilmente será capaz de traducir una metáfora, identificar el sarcasmo, reconocer una cita o referencia de otro libro, o detectar un cambio de registro, entre otras cosas».

Esperemos que así sea, por el bien de los lectores del futuro.

Las cuatro vidas de Roberto Armijo

Visité a Roberto Armijo unas cinco veces en su tercera vida. Cuando él vivía entre el barrio histórico de Montmartre (ver película «Amélie», y de Edith Piaf), a dos cuadras del Folies Bergere y el Moulin Rouge, ambos en plaza Pigalle, y a cinco cuadras de la basílica del Sagrado Corazón, cercana a la plaza de los grandes pintores, Picasso, Dalí, Matisse, que trabajaron en ese lugar (Place du Tertre). El poeta me recibió siempre con una botella de vino, el de más bajo costo entre los de calidad, el Côtes du Rhóne, acompañados con sopa de frijoles con hueso de cerdo. El poeta fue un gurmé de tercer mundo en París, donde vivió 27 años, su tercera vida.

Comentábamos su literatura y los dramas del destierro, lejano de la patria física y cultural que dejó en El Salvador. Patria que solo ofrece el refugio de los recuerdos, con nostalgias enriquecedoras; pero también tristeza por los desangramientos de la guerra. Esa que 50 años antes Salarrué asoció con terruño; pero la describe con ira en «Mi respuesta a los patriotas»: «Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza, la tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores y creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo…». Y que continúa golpeando en esta época hasta obligar a abandonarla. Así vio Roberto Armijo su patria en su tercera vida parisina.

La primera vida, testimonio de su infancia está expresada en «El Asma de Leviatán». La segunda la resume en los poemas publicados en la antología «De Aquí en Adelante», y en su poema al padre (Roque Dalton lo pone como epígrafe en su novela Pobrecito Poeta) y que comienza: «Una vez más la patria me duele dentro de mí…».

En esa primera vida ocurrió su primera muerte en Chalatenango, narrada en su novela. Nunca hablamos de esta muerte. Ocurrió cuando estudiaba la educación media. Los estudiantes del instituto, ahora llamado INFRAMEN, llegaron con coronas de flores a Chalatenango; pero los familiares salieron al encuentro de los jóvenes para que dejaran las flores en la calle, pues Roberto había «revivido».

Después de dicha resurrección comienza su segunda vida de limitaciones, grandes pobrezas, ¿cómo comprar libros para disfrutar su gran pasión de la lectura? Esa que como dije resume en poema dedicado al padre y en «De Aquí en Adelante». Entonces tuvo la suerte de encontrarse con dos personas que lo apoyaron en su temprano desarrollo intelectual. Sus maestros del INFRAMEN le dieron acceso a sus bibliotecas privadas, Alberto Rivas Bonilla y Ramón López Jiménez. Hizo otros amigos que lo apoyaron, caso Pepe Simán. También tuvo gran apoyo para paliar su enfermedad en su padrino, médico, miembro de las tantas Juntas Cívico Militares de gobierno (1961), José Francisco Valiente.

El drama juvenil de Armijo fue la dolencia de un asma cruel; y en esa época tenía tres hijos: Rabín (conocido como Claudio); Manlio (conocido por Juan, muerto en la guerra) y Roberto, abogado. También el poeta estudió Derecho. Solo hizo dos años por enfrentar las angustias económicas ante su familia temprana.

En su tercera vida de la diáspora en Francia procreó un hijo a quien conocí de tierna edad: Rodrigo Odiseas. Hay una fotografía en la Revista Cultura, número 121, 2017, junto a su madre y padre y este servidor.

Pasados los años Odiseas ya tiene tres hijos y uno de ellos se llama Manlio Armijo. Así es, el poeta Armijo proyectó ese nombre inusual al bautizar a su segundo hijo como Manlio Armijo (Juan); y éste tuvo otro Manlio Armijo, quien años más tarde nominó a su primer hijo con el mismo nombre. Creo que la patria real, y la nostálgica de la diáspora produce estas rarezas generacionales.

La muerte de Manlio, conocido como Juan, fue dolor constante del poeta Armijo, por la forma de su muerte, sus restos permanecieron varios días tendidos a campo abierto sin que nadie pudiera acercarse. Nunca lo superó su tragedia, y quiso resucitarlo en sus poemas, así como él mismo había resucitado para vivir su segunda vida.

En París, vivía rodeado de poesía. «En búsqueda de nuevos universos e historias de mundo… escuchando en sueños los bramidos de tigres y lágrimas…», leyendo los clásicos para conocer «la historia del mundo y el porvenir del universo». Los versos entrecomillados son de «La Tortuga Ecuestre», México, 1938, del poeta peruano César Moro, otro que sufrió destierro en Francia. Cito al peruano Moro, por ser de la misma nacionalidad que el poeta más amado por Armijo: César Vallejo, que murió «en París con aguacero».

Los tres poetas construyeron una patria de nostalgia, contrapuesta a esa patria terruño y dolida de Salarrué, no menos dolorosa que la patria llevada a rastras por desiertos, muros y crímenes. «Como si la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!», dice Vallejo para definir esa otra patria, que asoció a su cadáver triste, pero capaz de alzarse lentamente «para abrazar al primer hombre y echarse a andar», todos aquellos nacidos en el día «en que Dios estuvo enfermo», (Los Heraldos Negros, Lima, 1918). Versos de dos peruanos que nos rememoran resurrección y vivencias de Armijo en su primera vida.

La cuarta vida de Armijo inicia al morir, (1997), con la edición y reedición de su literatura. Por la que estaba dispuesto a ofrecer su sangre. Por esos poemas, teatro y ensayos escritos en el barrio parisino, y que ahora traspasan el tiempo, despierta para ofrecernos una cuarta vida de valores literarios.

Nuestro poeta lo percibió años antes: «Seré llevado a la muerte pero sobreviré, blandiendo mis versos, porque en ellos soy grande… y la Patria nos acogerá… como acoge un padre o madre a un hijo ciego…». Esa es la patria de la nostalgia; existente e inexistente

Lluvia plástica

A mediados de agosto, la revista Science Advances publicó un estudio que demuestra que la contaminación por plástico está presente no solo en el fondo de los mares, sino también en los lugares más remotos e inhabitados del planeta.

Entre 2015 y 2017, un grupo de investigadores tomó muestras de nieve en tres lugares diferentes de Alemania, en los Alpes suizos y en el Ártico, que tras ser analizadas, mostraron presencia de microplásticos. Debido a su tamaño y ligereza dichas partículas pueden moverse con facilidad en la atmósfera e incluso viajar y llegar a lugares con escasa presencia humana, como el Ártico.

Los tipos de plástico encontrados en las muestras tenían diferentes orígenes y provienen de objetos como pintura, llantas, mangueras, empaques de hule y otros de uso industrial.

Por su parte, el Servicio Geológico de Estados Unidos analizó también de forma reciente muestras de agua de lluvia recolectadas en las Montañas Rocosas del estado de Colorado. Detectaron que el 90 % de las muestras tomadas tenía presencia de microplásticos. El hallazgo fue accidental, ya que lo que se buscaba era estudiar la contaminación por nitrógeno, pero al analizar las muestras, la presencia de fibras y fragmentos multicolores inusuales obligaron a investigar su origen. De la misma manera que con las muestras de nieve, se concluyó que los materiales llegaron a la lluvia porque su tamaño les permitió moverse libremente en la atmósfera.

Este tipo de contaminación, no tan evidente por su tamaño, ha puesto en alerta a la comunidad científica que desconoce los efectos que los microplásticos tendrán en la salud humana, ha medida que dicha contaminación aumente. Debido a que el plástico ya se encuentra como elemento contaminante en los océanos, una persona promedio ingiere ya alrededor de 100 partículas de plástico anuales tan solo por consumir crustáceos. Pero las investigaciones demuestran que no solo estamos comiendo plástico y absorbiéndolo a través de la piel debido al uso de numerosos productos, sino que ahora también lo estamos respirando.

Una señal de que estamos siendo abrumados por la presencia del plástico es que las empresas globales que lo producen no han reducido sus porcentajes de producción, sino más bien todo lo contrario. Diversas organizaciones estiman que en 2016 se produjeron 335 millones de toneladas de plástico. Se calcula que para el próximo 2020, la producción superará los 500 millones de toneladas anuales.

Es necesario mencionar que el plástico es prácticamente eterno y puede tardar cientos y hasta mil años en degradarse total y efectivamente. Como demuestran también los estudios citados al inicio, el plástico se termina fragmentando en partículas micro y nanoscópicas que siguen presentes y propagándose, ahora hasta en la lluvia, la nieve y el aire. También hay que mencionar que el plástico, al ser expuesto a la radiación solar emite metano y etileno, dos potentes gases que crean el efecto invernadero y que son buena parte de los culpables del actual cambio climático.

Tampoco podemos limitarnos a creer que la solución del problema es el reciclaje. Una investigación realizada por la National Geographic indicó que en los últimos 70 años se han producido 8,300 millones de toneladas métricas de plástico, la mayoría de ellas de objetos desechables. De esa cifra apenas se ha reciclado el 9 %. El resto va a parar a los rellenos sanitarios o a los océanos, donde la basura acumulada se convierte en islas flotantes o es consumida por los organismos vivos. Recordemos los numerosos casos de ballenas y otros animales muertos que aparecen en las playas con sus estómagos llenos de bolsas y otros objetos.

Por lo general, cuando se difunde este tipo de estudios, las recomendaciones finales insisten en orientarse hacia los consumidores y sugerir cambio en los hábitos de compra y consumo. Pero la verdad es que el entorno no ayuda a efectuar esos cambios de manera que tengan un impacto significativo. Si pensamos que la mayoría de productos vienen empacados, tienen componentes o están hechos totalmente de plástico, los esfuerzos individuales por minimizar su uso son bastante inocuos, sobre todo en países como el nuestro donde no existen normativas ni leyes para regular la producción, disposición y mucho menos el reciclaje de este tipo de material.

Aunque el cambio de hábitos de consumo de las personas es imprescindible para poder reducir de manera significativa este tipo de contaminación, los esfuerzos deben enfocarse también y sobre todo en negocios, empresas y grandes corporaciones que fabrican y ofrecen sus productos finales empaquetados o producidos con plásticos de diverso tipo. Los gobiernos y políticos también deben ser presionados para implementar medidas, leyes y sobre todo sanciones ejemplarizantes que impidan la creciente contaminación.

Pero dichos cambios tienen que ser, sobre todo, culturales. Es imprescindible cambiar la costumbre de lo desechable, del comprar y botar, del uso único. Se debe pensar en un regreso a otro tipo de materiales ciento por ciento biodegradables (como el papel) o reutilizables (como el vidrio y los envases metálicos). La fabricación de plástico, lejos de aumentar cada año, debe disminuir.

Para lograr estos cambios, todos deberemos hacer sacrificios, grandes y pequeños, pero ahí reside buena parte del problema. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sacrificar un poco de nuestra pequeña comodidad personal y andar cargando con pajillas de metal, bolsas de tela y otros recipientes cada vez que vayamos a comprar comida? ¿Cuándo se inaugurarán en el país supermercados y almacenes que vendan productos a granel y con cero uso de plástico? ¿Cuántos de esos grandes consorcios y corporaciones están dispuestos a modificar sus ingresos económicos y cesar o reducir al mínimo imprescindible la fabricación de plástico y su utilización como empaque para miles de productos de la vida cotidiana?

No solo los consumidores debemos cambiar nuestros hábitos. También debe cambiar el diseño de una economía que no es amigable más que para el bolsillo de unos pocos, pero que nos está matando lenta y silenciosamente a todos, personas, animales, plantas y hasta al planeta mismo

El valioso silencio de Francisco Gavidia

Me une con Francisco Gavidia varias circunstancias formales de la vida: ambos somos de San Miguel, y nacimos en la misma calle, apenas separadas las casas por tres cuadras. Algo más, Gavidia tuvo récord como director de la Biblioteca Nacional (13 años); en esto ya lo superé pues, pronto, si Dios es grande, como decía mi madre, cumpliré 20 años como director de la misma entidad; también ambos terminamos los estudios de Leyes, aunque nunca la ejercimos; y los dos tuvimos un padre abogado.

Aunque de don Chico Gavidia se ha escrito mucho en el pasado, me sentí confundido cuando estaba en proceso de escribir mi novela «Los poetas del mal». Esta obra de sana ironía trata de la palabra y la vida. Por eso pensé en Francisco Gavidia y en su sello más resaltante del que se nos hablaba desde niños en el sistema escolar. Me refiero a su relación con el poeta nicaragüense Rubén Darío, un hecho que más parecía una leyenda. Sin embargo, en la obra «Autobiografía», del nicaragüense, descubrí que dicha leyenda era una realidad.

En ese proceso de escribir mi libro mencionado, referido a los males que se nos atribuyen a los escritores de poemas, más por la incomprensión del receptor que por la palabra transformada, me hice la pregunta relativa al silencio del humanista por antonomasia de El Salvador. Mi respuesta afectaba a Gavidia, porque, hasta entonces, desconocía el origen de ese silencio y aislamiento (tomar nota: sin información no hay conocimiento).

No desconocía que ambos eran casi de la misma edad (dos años mayor el salvadoreño que el nicaragüense); pero, además, Gavidia murió a los 92 años (1955); y Darío, su maestro inicial, falleció a los 49 años (1916). ¿Por qué, entonces, nuestro poeta salvadoreño se había cobijado en el silencio de la palabra escrita cuando, por su poder, podía sonar como un aullido mostrando su presencia? Mientras el nicaragüense optó por gritar a un auditorio universal.

Cuando los dos eran muy jóvenes, de visita el nicaragüense en San Salvador, su amigo salvadoreño le hizo ver al visitante adolescente las nuevas métricas y la musicalidad poética, algo que los españoles no habían descubierto, pese a su gran canon literario. Darío se adelantó para mostrar la renovación poética de nuestro idioma, mientras su maestro se encerraba en sus sabias palabras.

Francisco Gavidia había recibido al poeta nicaragüense de visita en El Salvador, cuando este tenía 17 años, y Darío se encontró con un estudioso de 20 años. En esa ocasión el salvadoreño señaló al nicaragüense la ruta para una nueva poesía.

Ante eso, pensé que el descubridor se había distanciado del territorio descubierto, mientras el nicaragüense salió en búsqueda de los territorios mundiales de la literatura.

«Tienes que salir de estas tierra» –a Chile, sugirió el general y poeta Juan José Cañas. El joven Darío, pobre de bienes, abandonado por padre y madre, a diferencia de Gavidia, de padres terratenientes, le respondió a Cañas: «¿Pero, general, cómo me voy a ir a Chile si no tengo recursos?» Su consejero respondió: «Vete a nado aunque te ahogues en el camino» (Darío. 1983. «Autobiografía». pág. 34). Y luego reconoce como maestro a Gavidia, «el primero que ensayara en castellano la métrica francesa, pues dominaba muy bien el idioma francés». «De ese modo, de la lectura de los alejandrinos franceses (de Víctor Hugo) surgió en mí la idea de renovar la métrica», continúa Darío… (op. cit. pág. 47).

Darío era poeta, pero también de relevantes creaciones en prosa. Mi duda al escribir sobre Gavidia surgió del hecho de que este había vivido 41 años más que Darío, quien solo tuvo educación formal hasta cuarto grado. Por lo contrario, Gavidia fue un gran estudioso, vivía en su biblioteca escribiendo historia, poesía, narraciones, periodismo, filósofo, dramaturgo, además de manejar varios idiomas: francés, alemán, inglés, italiano, portugués, hebreo, latín y griego.

En fin, Gavidia pasó una odisea de su genio, como dicen en su obra asociada Roberto Armijo y Pepe Rodríguez Ruiz («Francisco Gavidia, la odisea de su genio». 1965). ¿Fue acaso su silencio y soledad la ruta de su odisea? Lo que no ocurrió con Darío, quien clamó por un lugar a su poesía haciéndose acompañar aun de quienes no creían en él, comenzando por escapar de Centroamérica, como le sugirió el general Juan José Cañas.

Fue ese silencio y encierro incomprensibles lo que quise expresar en «Los poetas del mal», lo cual calificaba como una aventura sumisa a las penas y dificultades adversas, comprensibles para países poco abiertos al pensamiento de la época. Porque la literatura, las expresiones culturales, poco audibles, hay que gritarlas para que surtan los efectos necesarios e incidan en el desarrollo social. En ese proceso de escribir mi novela, escuché una conferencia de Carlos Cañas Dinarte que me hizo cambiar la valoración que ya había escrito sobre Gavidia. Entonces, reparé los motivos del silencio y del encierro, comprendí las grandes dificultades para enfrentarse a una vida que está en todas partes, y para él solo estaba su buró de escritor.

Explico mejor mi revaloración: en «Autobiografía» (pág. 47) el poeta Darío escribió que «sucedió que recién llegado a París (Gavidia de 22 años) oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban… e incontinente se arrojó al río (el Sena), afortunadamente, alguien lo vio y pudo salvarlo». Gavidia explicó después que lo hizo después de leer una noticia que se condenaba a muerte a un inocente.

Sobre esto el periodista Óscar Girón, (septiembre de 2001) al hacerle entrevista a un nieto de Gavidia le confirmó que su amado abuelo sufría alucinaciones, porque joven sufrió un conato de derrame cerebral. Esto obligó a Gavidia a retirarse de las letras cuando tenía 21 años. Desde entonces, optó por un silencio para hablar con las letras. Un silencio que grita para romper los muros del tiempo y de la indiferencia.

Los hermanos Romero

Una noche de enero se escucharon en la colonia maullidos de gato chiquito. Eran tan fuertes y afligidos que varios vecinos salimos a ver qué pasaba. Una gata callejera, que vive en el techo de unas casitas que están a la entrada de la colonia, había vuelto a parir. De alguna manera, uno de sus críos había llegado al pasaje. Estaba escondido entre unas macetas, en la acera de mi casa, maullando a todo pulmón. Su piel era atigrada en gris, con el pecho blanco. Tendría un par de meses de nacido.

Tres o cuatro vecinos nos apiadamos. Alguien asumió que era hembra. «Pobrecita la gatita», dijimos todos. Un par de personas le pusieron comida. Intentamos agarrarla, pero huía muerta de miedo. En los días siguientes, la gatita siguió maullando. De pronto aparecía la madre a darle teta. También aparecía el padre, un gato grande, blanco y con parches grises. Los tres se juntaban en las noches a jugar en mi parqueo. Poco a poco, la gente dejó de poner comida. Poco a poco, sus padres dejaron de llegar.

Agarré por costumbre dejarle en el jardincito de enfrente un cumbito con agua limpia. Cuando iba a cambiar el agua en las mañanas, la descubría dormida encima de un tronco redondo, despojo de una mata de huerta cortada. También se echaba en una maceta muy grande de la casa de enfrente, sobre el techo del carro de un vecino al que le presto mi cochera o en el filo de la ventana de la sala.

No he querido volver a tener animales desde 2011 cuando murió Loli, mi gata de 17 años. No quería volver a pasar por la tristeza y el vacío en la que nos deja la muerte de un animal querido. Pero ver a aquella gatita solitaria, enfrentada a los peligros del tráfico de la Panamericana (que tenemos a la orilla), los perros de la colonia y algún humano mata gatos, me hizo decidir agarrarla, mientras encontraba a quien regalarla. En mi casa correría menos riesgos. El asunto era capturarla.

Era huraña, salvaje y veloz. De solo ver a cualquiera, se escondía en un tubo de aguas lluvia que conecta con mi patio interno. No se dejaba tocar y si la mirabas demasiado, corría a esconderse. Empecé una tarea que no sé si definir como un acto de paciencia, perseverancia, disciplina u obstinación, pero me hice el propósito de ganarme su confianza.

Todos los días le daba comida. Todos los días me sentaba con ella un rato, sin hacer ni intento de agarrarla, para no asustarla más. Cada día iba acercando un poquito más el platito de comida a la puerta de mi casa, hasta que por fin lo puse adentro. La gatita se animaba a entrar, aunque huía a la calle a mi menor movimiento. Así es que ella comía y yo me sentaba a observarla, a distancia, sin moverme.

La animalita comenzó a quedarse adentro, primero dos horas, después cuatro, hasta que, al fin, se quedó del todo. La primera vez que pude acariciar su lomo, tres meses después, fue un triunfo. La acariciaba un par de veces y me mordía, suavecito, como para recordarme su rudeza, que era un animal de la calle. Pero le terminó gustando eso de los cariñitos. Ronroneaba.

La convivencia me permitió descubrir que en realidad no era hembra sino macho. No tuve duda que debía llamarse Orlando, como el personaje de la novela homónima de Virginia Woolf. Quien lea el libro, comprenderá el motivo.

Su madre era testigo de lo bien que se había puesto su crío. A veces me pedía comida y yo se la daba. Quería ganármela para ver si era posible esterilizarla y que deje de parir tanto. Ya tenía otra camada, en el techo de las casitas de enfrente. Eran dos. Podía verlos desde la ventana de mi baño. Uno de ellos me pareció gracioso porque tenía la nariz negra, en la parte blanco y gris de su carita.

Un domingo, los dos nuevos críos aparecieron en mi jardincito de enfrente. La madre gata, nada tonta, me los fue a dejar. Sabía que quedaban en buenas manos. Para Orlando, tener la compañía de sus hermanitos fue un evento jubiloso. Jugaban como desquiciados. Orlando se tiró a la calle de nuevo, con los chiquitos. Un día, uno de los nuevos desapareció. Quedó el de la nariz negra. Lo llamé Carboncito, porque tiene cara y cuerpo de que entró en un saco de carbón y salió entilado.

Orlando jaló a Carboncito dentro de la casa, lo que me pareció bien para que no corrieran peligro afuera. Estaba ya hablando con un par de gentes, a ver si los regalaba, pero al verlos jugar y lo inseparables que se habían tornado, decidí quedarme con los dos.

Carboncito vivía en casa, pero no se dejaba agarrar. Con los días, al verme acariciar a Orlando, fue tomando confianza también. Por fin, un par de meses después, se ha hecho más querendón que su hermano.

Parte de su salvaje rutina de juegos ocurre en el jardincito interior. Destruyeron la sábila, los helechos, el papiro y una maceta de begonias. Corren por el jardín y los cuartos, suben y bajan las gradas a la velocidad de un par de caballos disputándose un derbi.

Una tarde, después de sus juegos, abracé a Carboncito. Olía maravilloso, pero no distinguía el olor. Hundí mi nariz en su pelo y me di cuenta que se había frotado contra mi plantita de romero. Ahí se ganó el apellido, Carboncito Romero. Y así fue como surgieron los hermanos Romero.

Mientras los veo dormir, agotados, después de jugar, pienso en tantos animales que viven en la calle, salvajes, sin garantía de sobrevivir el día, enfermos, con hambre, donde los riesgos son permanentes y donde los humanos somos un peligro mortal. Aunque de pronto también hay gente corazón de pollo que, para un par de animalitos, podemos llegar a representar la diferencia entre la vida y la muerte.

Una novia vestida de negro

Cuando estuve asignado al Archivo General de la Nación hice gestión para construirle un edificio. Casi funciona porque se me dio la posibilidad concreta; pero se frustró la idea. Otra gestión interesante fue conseguir copia de los archivos de Consuelo Suncín, «la rosa del Principito». Por razones de celo en Francia, esas gestiones, hay un muro para llegar a dichos archivos, si se trata de un salvadoreño. Preferí no chocar, pues se arriesgaba a poner más bloques al muro, aunque mi intención era recuperar un personaje mujer protagonista de nuestra memoria histórica.

Aunque en diferentes ámbitos se aspiraba a rescatarla, como se logró rescatar al general salvadoreño José María Cañas, gracias a Costa Rica, héroe de la Guerra Patria Centroamericana, gesta heroica como para escribir «una épica homérica», como dice el filósofo tico doctor Arnoldo Mora.

La importancia de esa epopeya es haber frustrado las pretensiones de convertir a Centroamérica en zona de esclavos, tema que ahondo en la novela «Así en la tierra como en las aguas» (2018. EUNED, Costa Rica. 284 págs.). Esclavos no en sentido figurado, esclavismo de verdad, como podemos ver en el filme de Quentin Tarantino «Django sin cadenas». Pero «mejor no meneallo, Sancho».

Continúo con Consuelo Suncín. Se casó vestida de negro, y eso originó otro de los tantos rechazos sufridos por la aristocracia francesa: afirmaban que su boda con Antoine Saint Exupéry, la salvadoreña lo consideraba un día de luto, un luto que rememoraba a Enrique Gómez Carrillo, guatemalteco, de quien había quedado viuda. «Era el mejor espadachín de París y llamado ‘Príncipe de la crónica en Europa’». Muchos intelectuales europeos suspiraban para que sus libros llevaran un prólogo de Gómez Carrillo ¡Imagínense dos centroamericanos! Quien lo pensaría en estos momentos de caravanas y niños detenidos en las fronteras en condiciones deplorables. Los dos escritores centroamericanos hacen ratificar el dicho salvadoreño de que «no somos tan cinco de yuca»; pese a las tragedias vividas después de la actual posguerra en la región, denominada como Triángulo. El misterio del luto lo revela el libro que comento.

Mi esfuerzo por promover la figura de la salvadoreña partió de ¡un japonés! Sus amigos le llamamos don Yuki; y creció mi interés en la década de los noventa, cuando aquellos archivos amurallados fueron abiertos al periodista francés Alain Verdicolet, quien descubrió las «Memorias» de nuestra compatriota, publicadas simultáneamente en tres idiomas: en Nueva York, en París y en Madrid (2000). Por eso los círculos intelectuales europeos lo denominaron «año de la resurrección de Consuelo Suncín».

Insistí en pedir copia de los archivos por ser patrimonio salvadoreño. ¡Para qué lo dije! Ahora están vedados a los salvadoreños. Me guardo la razón. Pero lo importante es que después de Verdicolet se logró una nueva apertura de esos archivos, que ha permitido escribir una biografía por dos académicas francesas en 2010. Previo, mantuve contacto con una de las autoras. Aunque después reparó que su amistad con un salvadoreño estorbaba el acceso a los archivos. Y salió la biografía titulada «Une Mariee Vetue de Noir» («Una novia vestida de negro». París. 630 págs.).

Antes de 2000 Paul Webster había roto el silencio sobre la salvadoreña. Dice en su libro: «La denigración no disminuyó ni 20 años después de su muerte» (Consuelo murió en 1979). Luego Verdicolet en 2000 tuvo acceso a cartas, documentos y libros, considerado año de la resurrección de la que había sido esposa de Saint Exupéry y descubrió las «Memorias».

El descubrimiento siguió en 2010. Dicen las autoras: «Francia la olvidó mientras construía los numerosos monumentos en honor del héroe Saint-Exupéry». Esta en una entrevista opina: «La rosa es Consuelo: los tres volcanes son los volcanes de El Salvador. Los tres baobabs son las tres ceibas a la entrada del pueblo de Armenia, en El Salvador. La rosa que tose es Consuelo, que sufría de asma… Las otras cinco mil rosas pueden ser las otras mujeres de Saint-Exupéry, pero para el Principito esas rosas no valen nada, la única que vale es su rosa».

La biografía contiene fotos, documentos íntimos, cartas y grabaciones audiovisuales realizadas por Consuelo antes de morir. Y se logró ordenar y «rescatar de ese desorganizado archivo toda la parte hispana que había sido sistemáticamente ignorada», dice la autora, quien agrega que la pauta para el desarrollo de «Una novia vestida de negro» la dio Consuelo Suncín: «En 1978, sintiéndose morir, sentía escribir le era más difícil, y decide grabar sus recuerdos, contar la verdad sobre su vida», agrega mi amiga autora (Debo agradecer que mi amiga autora me envió dos ejemplares del libro).

Antes de su muerte Consuelo declaró: «Cuando nos casamos él no era famoso, sino un joven desconocido. Yo también era joven… Mi marido (Antoine) desapareció a los 44 años, (sin conocer la fama)… de eso no nos preocupábamos… (porque) una no tiene un espejo permanentemente, se trata de crecer y desarrollarse como ser humano, es lo más importante». Alguien me dijo un día: «Usted se casó con un hombre famoso», y yo le respondí: «No, yo solo escogí a un desconocido aviador… Desgraciadamente, puedo decir que si Antoine tuvo fama y éxito como escritor no pudo darse cuenta; no pudo vivir ese prestigio pues había muerto antes de alcanzarlo» («El Principito» se publicó en inglés en Nueva York [1943]), cuando Saint-Exupéry se había incorporado a la guerra como aviador. Años después, su libro es de los más traducidos en el mundo. Y no es una obra para niños, sino «de un niño». Esto me hace recordar «Cuentos de cipotes». «No se trata de un libro para niños», dice Salarrué, «sino sobre niños».

Nota bene: «Si no te gusta un libro no lo leas; si no quieres leer no lo hagas. La lectura no es una moda, es una forma de felicidad, y no debe obligarse a nadie a ser feliz», Jorge Luis Borges, poeta argentino y bibliotecario por antonomasia.

La esquiva responsabilidad moral

Oskar Gröning era un devoto coleccionista de estampillas. En una de las reuniones anuales del club de filatelia al que pertenecía, Gröning comenzó una conversación casual con alguien que resultó ser negacionista del holocausto. Este argumentaba que era imposible que la matanza y los campos de concentración hubiesen sido reales. Al despedirse, el negacionista le prestó un libro sobre el tema. Gröning se lo devolvió, dejando un mensaje de su puño y letra en una de sus páginas: «Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí».

A partir de entonces, Gröning consideró necesario hablar de su experiencia como miembro de la SS, en particular, de los dos años que estuvo asignado como contador del campo de concentración de Auschwitz. Su función consistía en hacer inventario de todos los bienes y el dinero que portaban los judíos al arribar al Lager, y enviarlo todo a Berlín.

Pasó tres semanas escribiendo su historia en 87 páginas, que luego dio a sus hijos. Concedió una extensa entrevista a la BBC. La revista alemana Der Spiegel también habló con él. Las autoridades y los sobrevivientes del campo comenzaron a seguir su pista. En septiembre de 2014 por fin fue llevado a juicio, luego de que en Alemania se admitió como recurso legal que todo empleado en un campo de concentración podría ser juzgado como cómplice de asesinato por crímenes de lesa humanidad, aunque sus cargos fuesen burocráticos o de mantenimiento. Al momento del juicio, Gröning tenía 92 años.

El documental «El contador de Auschwitz» (2018), de Matthew Shoychet, habla sobre el juicio contra Oskar Gröning, pero también plantea puntos de reflexión importantes: ¿cuándo termina la culpa de alguien? ¿Es válido juzgar a alguien a los 90 y tantos años por crímenes cometidos cuando tenía 23? Si él obedecía a una cadena de mando, ¿estaba eximido de la responsabilidad moral que implicaba aceptar ciertas órdenes?

Juristas entrevistados para el documental coincidieron en que la edad de los acusados no debería ser obstáculo para enfrentar la justicia. Alguno también comentó que para matar a las víctimas de Auschwitz no fue tomada en consideración su edad. De hecho, los ancianos, junto con bebés de meses y niños de corta edad que llegaban al campo, eran aniquilados de inmediato por considerárseles no aptos para trabajar.

Gröning no mató a nadie directamente, pero era parte del engranaje de exterminio. Aunque solicitó su transferencia en un par de ocasiones, el cambio le fue denegado, recordándosele el juramento de lealtad y secretismo que había asumido y firmado en papel antes de ser asignado al campo. Su testimonio en el juicio y sus entrevistas para los medios de comunicación narran cosas que confirman no solo que sabía lo que ocurría, sino que lo aprobaba y asumía como algo normal. Verlo, saberlo y tratar de asumirlo con indiferencia, como una parte más de su trabajo, era acaso su mecanismo de sobrevivencia interior.

Después de escuchar a 60 testigos en el juicio, Gröning se admitió moralmente culpable de los muertos de Auschwitz. La corte debería decidir si también lo era a nivel criminal. Cosa que en efecto ocurrió. El 15 de julio de 2015, Oskar Gröning fue condenado a cuatro años de cárcel, acusado de cómplice del asesinato de por lo menos 300,000 judíos. Se hicieron un par de apelaciones, pero ambas fueron rechazadas y la sentencia ratificada. Gröning murió a los 96 años en marzo de 2018, sin haber entrado nunca a prisión.

Que Gröning hablara abiertamente de su experiencia en Auschwitz terminó siendo algo positivo y necesario. Víctimas y victimarios del holocausto tienen ya una avanzada edad y están falleciendo. Quienes menos han hablado son los responsables directos de la matanza y su testimonio resulta importante para completar la narración de los hechos.

Uno de los sobrevivientes judíos entrevistados, Bill Glied, quien falleció antes de que el documental pudiera completarse, estaba convencido de que a pesar del tiempo transcurrido y de la edad de Gröning, este debía ser juzgado. Consideraba que el juicio era importante para establecer un precedente y construir el marco legal para proteger a futuras víctimas, aunque el acusado no llegara a cumplir su sentencia.

El documental presenta varios planteamientos que sirven como detonantes de reflexión y que aplican perfectamente a nuestra realidad actual, por la discusión en la Asamblea Legislativa de la llamada ley de reconciliación nacional, pero también por la reanudación del juicio contra los militares acusados por la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Recordemos que también hay negacionistas sobre esa y otras masacres de nuestra guerra civil.

En El Salvador, la masacre de 1932 sigue siendo un evento del cual se habla con incomodidad, a pesar de lo mucho que marcó nuestro presente. Nadie fue juzgado ni acusado por aquella matanza. Todo lo contrario, se emitió «amplia e incondicional amnistía a favor de los funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar, que de alguna manera aparezcan ser responsables de infracciones a las leyes, que puedan conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión del presente año», según el Decreto Legislativo N.º 121, artículo 2, del 11 de julio de 1932. No dudemos que dicho decreto dejó establecida la impunidad que favoreció las matanzas acontecidas años después.

En nuestro país, los involucrados en diferentes eventos históricos que han marcado nuestro presente de violencia ni siquiera han tenido el gesto de reflexionar y admitir su responsabilidad moral en los hechos. Un gesto que, si demostrara ser sincero, contribuiría mucho más a una reconciliación efectiva que una ley cuya redacción podría dejar abierta la puerta para continuar la impunidad y permitir la repetición de hechos similares a futuro.

Como ciudadanía deberíamos estar más atentos a esto porque, a fin de cuentas, los más vulnerados seríamos, como siempre, nosotros.

Memoria histórica y voz poética

Naciones Unidas tiene un programa (Memoria del Mundo) en el que participan la Biblioteca Nacional; bibliotecas universitarias, que suman nueve instituciones, en que se prioriza a promotores de la palabra. La memoria histórica rescata la voz literaria en tanto tiene de historia del pasado trascendente memoria de valores para conservar y recopilar documentación, visibilizar las personas que con su voz se convirtieron en testigos o protagonistas de su tiempo. Rescatarlas del olvido es fortalecer el desarrollo de los valores que sostienen una nación.

Esta vez quiero referirme a dos escritores, hermanos de la voz creativa.

Son dos escritores que conocí muy bien, aunque los ámbitos de encuentros fueron diferentes: como estudiantes en la universidad con Roque Dalton; y Escobar Velado como conversador de poesía alrededor de una taza de café. Con el primero predominaba la vocación organizativa del joven por participar como civiles en buscar soluciones sociales y políticas, al grado que ya a los 23 años se experimentaron las primeras expulsiones forzosas del país. Explico mejor para quienes no conocen esa época en la que las organizaciones partidarias eran inadmisibles, y si lo permitían, se consideraba una misión imposible, había que sustituirla por foros universitarios y expresiones públicas; porque la primera legislación sobre partidos se dio a principios de los sesenta del siglo pasado y la dictadura venía desde 1932. Escobar Velado murió en 1961, a los 42 años. No vivió esa legalidad política buscada. Antes de esos años organizar un partido político era labor de soñadores que terminaba en pesadilla.

Cuando menciono mis diferentes ámbitos de encuentro con uno y otro, lo relaciono con el hecho de que con Dalton éramos de la misma edad, mientras Escobar Velado era un abogado establecido, como hermano mayor nos duplicaba la edad. Pero ambos tuvieron como punto común que hicieron del poema una razón de vivir. Cualquier encuentro culminaba en la temática poética.

No importaba si Dalton le diera más relevancia a escribir poesía de ideas, razón por lo cual muchos críticos más de alguna vez lo han marginado cuando se refieren a poetas latinoamericanos, aun sus mismos promotores como Mario Benedetti (hizo una antología fundamental, pero no se arriesgó a hacerle un prólogo). Pienso que analizar a nuestro compatriota implica un compromiso, requiere el manejo de un entorno específico. De mi parte, por entender mejor ese entorno (tan diferente al Uruguay de Benedetti) le he prologado dos antologías. Aunque en el país hay escritores (Roberto Paz Manzano y Luis Melgar Brizuela) que han ido a fondo para descubrir el valor literario del poeta; pues hay discrepancias nacionales por parte de voces críticas, escasas, que juzgan al poeta en su contenido político.

«Lo importante en un poema es decir cosas», afirmaba Dalton al dialogar con sus hermanos de literatura. Significaba expresar una idea por sobre la estética formal; lo cual implicaba conocer las claves del lenguaje poético, por lo cual no es válido de aplicar el calificativo de poesía panfletaria.

Ese insistir en ideas lo llevaron a un final trágico, porque los jóvenes lo vieron como un competidor teórico para lo cual no tenían argumentos («Memorias de un guerrillero», de Juan Ramón Medrano). Lo acusaban de haber escrito poesía («Poemas clandestinos») para repartirlas al público y ganar notoriedad, cuando él ya la tenía con creces. «Nosotros no teníamos ni siquiera una idea cercana del enorme error político e histórico que se había cometido», dice Medrano. Similar testimonio nos da Carlos Eduardo Rico en su libro «En silencio tenía que ser, testimonio de guerra». Tanto Medrano como Rico estuvieron con la organización que cometió el crimen.

Casi tres décadas antes Escobar Velado fue expulsado de su país hacia Guatemala, Nicaragua, Costa Rica («Diccionario de autores salvadoreños», Carlos Cañas Dinarte). Pese a escribir una poesía más emocional: «lo que duele en el corazón». Pero aspiraba a multiplicar su voz más allá del poema, en búsqueda de una concientización nacional.

Sin pretender comparaciones, y en otro contexto, Alberto Masferrer y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero hicieron de su voz un medio para la redención social.

De generaciones distintas, pero de formación similar (ambos se formaron en el Externado de San José y en la universidad). Sin embargo, la voz poética de Dalton expresaba lógica formativa, quizás didáctica. Igual Escobar Velado, pero predominaba la sencillez paternal. Y así, ambos fueron víctimas propiciatorias de la realidad que quisieron cambiar. Velado partía desde su corazón; Dalton desde su intelectualidad poética y lógica. Con esas diferencias los dos poetas fueron blancos de la cultura autoritaria, porque ambos demostraron que la poesía era capaz de hacer ver los vacíos del país. El uno desde su sensibilidad emotiva. El otro convencido de que la poesía no estaba hecha solo de emociones y palabras, sino también de ideas.

Escobar Velado trazó la ruta de su poesía hacia sus ensueños (Ver «Patria exacta»). Dalton aspiraba al cambio de la realidad. Pero los dos fueron los «ciervos perseguidos», nunca perseguidores, aunque su voz aspirase a borrar mordazas de su tiempo en una sociedad de disparos y silencios. Escobar, un activista de su poesía, parte desde sus vulnerabilidades hacia la compasión, soñador al fin siguió a sus maestros trágicos de la poesía: los poetas Nazim Hikmet, el español Miguel Hernández, muerto en la cárcel; y el peruano César Vallejo, los más cercanos a la personalidad del salvadoreño. Mientras Dalton pasó de la poesía de Neruda y Vallejo a la poesía francesa, muy cercano a posiciones lógicas de la poesía.

Su compañero de organización política Juan Ramón Medrano afirma: «Varios años después… (reparé que) Dalton trascendía toda diferencia política e ideológica… al asesinarlo… (mi organización) se había inmortalizado» (op. cit.). Es así como vida y obra de Velado y Dalton son parte de nuestra memoria histórica.

Pero no basta, es imprescindible escuchar la voz de su familia para resarcir los daños y, de esa manera, completar una obra fundamental hacia la memoria del mundo. Un homenaje meritorio de su patria para los dos poetas.

La sombra de una guerra

El 14 de julio de 1969 marcó el inicio de las acciones militares que dieron lugar a la guerra entre El Salvador y Honduras, conocida también como guerra de las 100 horas, guerra de la dignidad nacional o guerra del fútbol, este último nombre acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski y el reportero jamaiquino Bob Dickens.

Ya se sabe que este último y desafortunado término coincidió con los partidos de fútbol clasificatorios para el Mundial de 1970, pero que las causas reales de la guerra tenían que ver con los intereses hegemónicos de los grandes terratenientes de ambos países. Se calculaba que en Honduras vivían unos trescientos mil salvadoreños, sobre todo campesinos y comerciantes, quienes buscaron en el país vecino las oportunidades que no tenían en el propio.

El entonces presidente de Honduras, general Osvaldo López Arellano, decidió emprender una reforma agraria para apaciguar una creciente tensión con jornaleros que exigían tierras para sembrar. La mejor manera de hacerlo, para quedar bien con campesinos y terratenientes al mismo tiempo, era enfocarse en las tierras donde se habían afincado nuestros compatriotas.

Por otro lado, datos de la época afirman que El Salvador dominaba el 30 % del comercio centroamericano, gracias al Mercado Común Centroamericano, y se había apropiado de parte importante del mercado hondureño desplazando a los industriales locales, quienes iniciaron protestas e incitaron a no comprar productos salvadoreños de ningún tipo.

Las tensiones políticas y comerciales entre ambos países culminaron con el rompimiento de las relaciones diplomáticas a finales de junio. Nuestros compatriotas comenzaron a ser expulsados de sus casas, a ser amenazados y asesinados. Un grupo denominado La Mancha Brava se encargaba de las ejecuciones, mientras un amenazante ambiente antisalvadoreño iba en aumento. Volantes y campos pagados en prensa escrita describían a nuestros connacionales como «ladrones, borrachos, vividores, maleantes y rufianes». La OEA, que comenzó a mediar para evitar el conflicto, era catalogada de «Organismo Encubridor de Agresores».

Muchos salvadoreños fueron capturados y mantenidos en lo que la prensa de nuestro país describió como auténticos campos de concentración. Otros comenzaron a retornar, muchos de ellos con apenas la ropa que traían puesta, dejando atrás todas sus pertenencias a merced del saqueo y la expropiación.

El gobierno del entonces presidente general Fidel Sánchez Hernández fue tomado por sorpresa. No estaba preparado para recibir a miles de personas que regresaban en una situación desesperada ni tampoco para lanzarse a una guerra. No había presupuesto ni logística para brindar la ayuda humanitaria que se necesitaba, trabajo que fue asumido por organizaciones benéficas, pero sin lograr dar abasto inmediato a los miles de expulsados de Honduras, cuya cifra total se estima fue superior a las 95,000 personas.

Para apoyar el gasto militar, la Asamblea Legislativa aprobó la emisión del «bono de la dignidad nacional». Los bonos, que estaban en el rango de los cinco a los diez mil colones, tenían una vigencia de 20 años y podían ser comprados por toda la ciudadanía.

Aunque el cese al fuego se dio de manera formal el 18 de julio de 1969, con la intervención de la OEA, se siguieron dando algunos combates esporádicos hasta el final del mismo mes. Las tropas salvadoreñas se mantuvieron en las posiciones ocupadas en Honduras hasta agosto. Las repatriaciones de salvadoreños continuaron durante el resto del año. Muchos de quienes retornaban venían con enfermedades como hepatitis y tifoidea, debido a las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que permanecieron detenidos en Honduras.

El retorno de todos aquellos expulsados hizo crecer los asentamientos informales que se venían formando en los núcleos urbanos de nuestro país y tensionó todos los servicios sociales desde lo habitacional hasta lo laboral. Esto fue particularmente sensible en San Salvador que, a partir del crecimiento industrial de los años sesenta, se había convertido en el destino de cientos de personas que se desplazaron del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades de vida y de trabajo.

El Mercado Común Centroamericano se vio gravemente afectado a partir del cierre de las rutas terrestres de los productos por parte de Honduras. También hubo conflictos de intereses con Nicaragua y Costa Rica. La incipiente bonanza económica salvadoreña decayó. El acumulado de las demandas por mejores niveles de vida y la eventual represión por parte del Gobierno contra quienes organizaban o participaban en las protestas públicas llevó a la creación de movimientos armados, que culminarían en las acciones que llevaron a la guerra civil de los ochenta.

Terminada la guerra El Salvador-Honduras, los ejércitos de la región renovaron su armamento y equipo, algo que al Gobierno de Estados Unidos vio con buenos ojos. Se temía la influencia que podría tener el régimen de Fidel Castro en Cuba sobre los incipientes movimientos insurgentes centroamericanos. Sin saberlo, esa modernización de equipo y técnica militar resultarían útiles para las guerras internas que se desarrollarían en varios países centroamericanos.

Como dato curioso debe mencionarse que la guerra entre El Salvador y Honduras quedó registrada en los anales de la historia militar mundial como la última en la cual se realizaron combates aéreos entre aviones de pistón y hélice, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, y que componían las fuerzas aéreas de ambos países.

El Tratado General de Paz entre El Salvador y Honduras no se llegaría a firmar hasta el 30 de octubre de 1980, en Lima (Perú), pero la disputa fronteriza que quedó abierta a partir de la guerra se resolvería en la Corte Internacional de Justicia. Poco menos de 450 kilómetros cuadrados, conocidos como Los Bolsones, pasaron a formar parte del territorio hondureño, en detrimento del territorio salvadoreño.

Más allá de los hechos y de la poca relevancia que se le da a este conflicto en nuestra historia, es necesario notar que la guerra de las cien horas, a pesar de su brevedad, tuvo consecuencias que alimentaron las causas que llevarían a la guerra civil de los ochenta.

A 50 años de aquel evento, bien cabe recordarlo.

Reflexiones desde una literatura personal

En 1986 tuve la oportunidad de publicar en inglés la primera edición de mi novela «Cuzcatlán donde bate la mar del sur». Salió al mismo tiempo en Londres y en Nueva York y, posteriormente, en Bonn, Alemania. Algo inusual para un escritor centroamericano. Posteriormente se editó en español, en Costa Rica y Honduras. Y 12 años después se publicó en El Salvador, aunque sin mi autorización; no lo reclamo, solo señalo una paradoja, dada nuestras realidades, por lo general trágicas, por lo cual no es fácil ponderar el júbilo.

Pese a todo, debemos reconocer que los salvadoreños estamos en todas partes, y más ahora con los nuevos tiempos de cuarta y quinta generación tecnológica que el pensamiento transgrede fronteras, nos consideramos ciudadanos del mundo por capacidades propias u obligados a huir de los dramas vitales, para buscar un destino, llámese felicidad o desgracias (pienso en la niñez, pienso en Valeria y Óscar Martínez).

Esa vocación de éxodo me hace recordar en la India a dos parejas salvadoreñas con sus respectivos niños y niñas, propietarias de una escuelita en español, cuyos estudiantes y maestros me concedieron el honor de invitarme a un almuerzo. «Somos biólogos, pero la necesidad nos hizo maestros en Calcuta«, me dijeron en una visita que hice para presentar un libro en aquel país. Como vemos, nuestra gente es bella.

Pero volviendo a «Cuzcatlán donde bate la mar del sur», mi tendencia a hacer novela histórica me ha vuelto en cierta forma un privilegiado, pues por ellas despierto un afán por conocer un país pequeño y de corazón grande, pero también desfallecido por dramas y tragedias.

La obra, poco conocida en El Salvador, despertó emoción en las editoriales arriba mencionadas, incluso se produjo una película documental con apoyo de la BBC de Londres y Channel Four de Inglaterra. Se trató de una época de oro literario propiciada desde Costa Rica. Por eso decía, las diásporas (el éxodo, las huidas) producen hallazgos y tragedias. Es como jugar a la ruleta rusa, caso de las caravanas que parten de nuestro llamado Triángulo Norte.

De mi parte he aprendido a fortalecer mi espíritu regional después de descubrir la Guerra Patria Centroamericana que me llevó a escribir la novela «Así en la Tierra como en las aguas», (EUNED, 2018). En fin, los recuerdos son historia, y es una veta para el escritor. Permiten descubrir con propiedad que el pasado es presente y futuro a la vez (es el actual milagro de los pueblos asiáticos, hace poco asolados, y ahora de reconocido desarrollo). Pero hay algo más, esos recuerdos deben culminar con la búsqueda de la trascendencia social, y de ahí la importancia de la obra literaria que por lo general no tiene edad (excepto los llamados «best seller«, que pueden ser flor de un año).

Esas evocaciones me han llevado a escribir novela histórica sin proponérmelo, pues partí hacia dicho género desde mi posición de conocer la poesía desde niño. También es histórica «Caperucita en la zona roja», y una última novela que tuvo reconocimiento de trascendencia en Nueva York (2007). Libro que se mantiene inédito, dadas nuestras explicables y lastimosas penurias en el ramo de las publicaciones. Esa obra tiene que ver con los orígenes de una violencia que se vuelve difícil afrontarla por su gran permanencia en nuestra rutas siniestras de tragedias y que por eso hacen parecer la violencia como una señal arraigada de cultura nacional. Creo que no nos hemos apropiado de lo que mencioné arriba: que los tiempos pasados son los tiempos de siempre. El cohete que nos lleve al futuro no va a arrancar sin el combustible fósil del pasado y el presente.

Con esos antecedentes un amigo, maestro universitario y fundador de talleres de literatura, me aconsejó dedicarme a escribir, agradezco el consejo pero esa labor me apropié desde mis 12 años, en San Miguel, cuando en cuarto grado comencé a descubrir las claves del poema hasta llegar a la novela. Por ejemplo, esa obra mencionada de 2007, no hubiera sido posible sin escribir en mis viajes y en mis fines de semana. En otra de ellas: «Los poetas del mal», decidí cerrar con una nota final que dice: «Noches de Antigua Guatemala, aeropuertos y hoteles de Chicago, Lisboa, Managua, Panamá, Bogotá, Estocolmo, Chile, Argentina, Madrid. Y días aciagos de San Salvador, 2001-2003″. Lo escribí para mis colegas directores de Bibliotecas Nacionales por mi aparente insociabilidad, por no poder acompañarlos a las recreaciones nocturnas después de largas horas de trabajo en reuniones iberoamericanas. Dada su fraternidad, me entendieron. Gracias por comprender mis horas de trabajo literario.

Por supuesto que comprendo la sugerencia, escribo los fines de semana, asuetos, en «fiesta de guardar»; para escribir aunque sea una obra cada cinco u ocho años una obra sobre las realidades que me asombran. Por eso no es contradictorio escribir para no publicar. Hay que resguardar algo para el futuro, para que los nietos del jaguar conozcan su pasado, aunque no siempre fue mejor; pero ayuda a reconstruir en todas sus dimensiones el bien común, relacionado con el sueño de lograr una Centroamérica distinta, sin niños y niñas prisioneros en el extranjero por huir de la muerte nacional.

Reflexión primera: pese a las dificultades que tiene el oficio de escribir es importante fomentar el poder de la palabra. Poder que me permite reiterar: nunca he viajado con viáticos, ni pasaporte oficial, ni pasajes pagados por GOES. Mis gastos deben ser financiados por la entidad organizadora. Consciente de nuestras penurias culturales.

Reflexión dos: ante la tragedia de Angie Valeria y Óscar Martínez, repienso ¿qué estamos haciendo todos para dignificar a nuestra gente, niños, jóvenes o ancianos?

Reflexión tres: ¿por qué decido donar mi biblioteca para el Museo Roque Dalton? Porque él debe estar con sus hermanos de literatura, no solo mi persona sino Escobar Velado, López Vallecillos y Roberto Armijo. Todos con un lema para su vocación «no puede haber estética sin ética social». Autenticidad hasta el fin.