Veinte años de nada

Cuando el 4 de abril de 1999 la niña Katya Natalia Miranda Jiménez fue violada y asesinada en la Costa del Sol, la Fiscalía General de la República (FGR), la Policía Nacional Civil (PNC) y los tribunales eran, en esencia, instrumentos de las élites políticas para salvaguardar su impunidad. Eso hacía de ambas instituciones cuerpos muy deficientes en el cumplimiento de sus deberes constitucionales.

Katya Miranda, violada y asesinada a pocos metros de un rancho de playa en el que había dormido junto a su padre y su familia paterna, se convirtió desde su muerte en un doloroso recordatorio de esa impunidad perenne que 20 años después sigue ahí, intratable, carcomiendo a las cortes, a la Policía, a la FGR.

Al final, cuando se echa la vista atrás sobre las instituciones que forman el sistema de justicia salvadoreño lo único que se observa es un inmenso valle de impunidad. Habrá, acaso, algún par de picos marcados por la gestión de un puñado de funcionarios independientes que algo intentaron a pesar del poder político. Pero en general el paisaje es desolador.

Para entender por qué la muerte y violación de Katya Miranda fue un reflejo de todo eso hay que volver, siempre, a las circunstancias de los crímenes.

A la niña la sacaron de un rancho en el que dormían su padre, que era entonces escolta del presidente de la república; y su tío, que era el segundo al mando de la División de Investigación Criminal, una de las unidades más letales de la PNC. A la niña la sacaron de un rancho en el que había mucha gente armada. Nunca, ni por un instante, creí que alguien ajeno a ese rancho haya podido sacar a Katya de ahí.

La segunda circunstancia, esencial a todo acto de impunidad, tiene que ver con el encubrimiento. Y en esto el rol de la Fiscalía es muy importante. La Fiscalía, primero bajo las órdenes de Manuel Córdova Castellanos y luego bajo las de Belisario Artiga, se aseguró de que todo se hiciera para que el crimen no fuera resuelto; para que no hubiera justicia. Desde la intervención inicial en la escena del crimen hasta la fabricación de testimonios falsos, la FGR aplicó, íntegro, el manual del encubrimiento que en El Salvador de la guerra había escrito uno de sus puntos más dolorosos tras la masacre de la UCA en 1989, 10 años antes.

Y, como en el caso de los jesuitas, en el de Katya se involucró todo el Estado, no solo el ministerio público, los tribunales y la PNC. La Presidencia de la República, entonces en manos de Armando Calderón Sol del partido ARENA, hizo lo propio a través del Organismo de Inteligencia del Estado. El OIE abrió una investigación paralela cuyo único objetivo fue, de nuevo, obstaculizar la procuración de justicia.

En la década que siguió a la muerte de Katya Miranda, el crimen organizado acompañó al poder político, haciendo simbiosis con él, para apoderarse del aparato salvadoreño de investigación criminal y del de justicia. La década de 2000 fue el periodo en que el narco y los operadores políticos que le servían dejaron su huella en esas instituciones. Muchos de los protagonistas fueron los mismos. Muchos siguen vigentes en la política.

En la segunda década después de la muerte de Katya, la Fiscalía se convirtió, bajo el liderazgo de Luis Martínez, en un lupanar al servicio de narcos, políticos y empresarios corruptos y de cualquiera que pudiera pagar por hacer lo mismo que ocurrió en 1999: encubrir crímenes, inventar pruebas, perseguir a inocentes.

Buena parte de eso último está documentado en el expediente judicial de la llamada Operación Corruptela, en la que, por cierto, aparece el nombre del actual fiscal adjunto como sospechoso de recibir sobornos. Nada ha cambiado en 20 años.

El pensamiento mágico

Cuando mi hija se pasó a dormir en su propio cuarto le colgué un crucifijo de bronce en la pared, arriba de su cuna, sobre una placa de madera. Y eso que no soy religiosa. Lo hice porque había sido mío de niña, me parecía hermoso y porque era un símbolo de protección. La placa estaba suspendida por una cinta amarilla y sobre la madera estaba pintada la imagen de un ángel querubín. Cada noche, antes de acostarme, entraba a revisar la respiración de mi hija, a ver que estaba tapada bien, pero no sé cuando me empecé a fijar tanto en la cruz. Mi gran temor era que alguna noche entraría a su cuarto y encontraría invertido el crucifijo, como en películas de mi juventud, como «La profecía» o «La maldición de Damien», y a saber qué caja de pandora se abriría entonces. En mi mente lógica sabía que eran temores que no correspondían a la realidad y, por eso mismo, pasó mucho tiempo en que no le comenté nada de esa rutina a nadie. Entender que no era lógico no me ayudaba en esos momentos y, a veces, revisaba su cuarto, me calmaba, y tenía que volver en algunos momentos para ver que seguía colgado el crucifijo de la misma forma. Nunca se me ocurrió quitarlo de la pared y evitar todo ese proceso, porque eso habría dejado a mi hija sola y expuesta a todas esas fuerzas potenciales del mal sin, ni siquiera, cualquier mínima protección que le aportaba esa placa católica. Repito, no soy religiosa, pero lo que pasa es que mi escepticismo se extiende hasta los campos de la ciencia y la razón. No creo que nadie tenga las respuestas absolutas ni la perspectiva necesaria para entender ni explicar cómo funciona la experiencia humana.

La primera vez que oí mencionar el «pensamiento mágico» fue en un libro de Joan Didion, en que la autora describe cómo los rituales de su vida cambiaron cuando lidiaba con las enfermedades y, al fin, el fallecimiento de su marido e hija dentro del espacio de dos años. Para Didion, el hecho de no deshacerse de los zapatos de su marido, por ejemplo, aun después de su muerte, significaba que de alguna forma seguía existiendo la posibilidad de que él iba a volver y poder usarlos otra vez. La forma de razonar de la autora en ese tiempo iba en contra de la realidad empírica y todo ese libro tiene que ver con la misma insensatez que, de cierta forma, le da orden a la vida humana, sobre todo en momentos así, de crisis o de agobio.

Cuando encontré ese libro de Joan Didion sentí que la autora había puesto por escrito algo que yo ya había experimentado en mi propia vida. El crucifijo de mi hija quedó guardado en una caja en alguna cambiada de casa. El pensamiento mágico ahora tiene que ver con el acto de buscar señas en las cosas que uno encuentra en la calle o en las cosas que mira en el camino, pero también en tratar de actuar sobre ese mismo universo y de negociar con él. Es el acto de colgar un amuleto contra el mal de ojo o usar una pulsera de pita roja para la protección. Es cuando alguien te da un collar o unos aretes y perderlos o deshacerse de ellos significa, de alguna forma, perder algo de la conexión con esa persona. Es cuando se cae una fotografía y uno se preocupa que algo le ha sucedido a esa persona en ese instante. Es el silencio que sigue después de romper un espejo o cuando uno experimenta el «déjà vu». En fin, Joan Didion dice que la experiencia humana no se corresponde con explicaciones lógicas, cuando pierdes a alguien lo percibes con el corazón, no con el cerebro: «Es una sola persona que ya no está, pero es el mundo entero que ahora está vacío».

Una herramienta hacia el desarrollo sostenible

Las empresas y organizaciones son actores clave en nuestro entorno. De ellas dependen muchos factores de crecimiento económico, desarrollo social y situación ambiental de los países. Por tanto, son entidades sumamente relevantes que pueden contribuir o afectar el desarrollo sostenible.

Por tanto, se han creado diversas iniciativas para incentivar internacionalmente el monitoreo de la gestión integral de las empresas y su aporte al desarrollo sostenible. Los reportes de sostenibilidad y memorias integradas son instancias que las empresas modernas y conscientes de su rol en la sociedad pueden utilizar para hacer un ejercicio de análisis y evaluación interna de gestión a escalas social, económica y ambiental de su quehacer.

Usualmente, a partir de marzo, las empresas u organizaciones empiezan a publicar sus memorias anuales, documentos donde dan cuenta de su gestión financiera. Algunas entidades también publican reportes de sostenibilidad, informes adicionales donde relatan cómo abordan los temas sociales y medioambientales que se convierten en poderosas herramientas de comunicación.

Esta práctica de reportabilidad ha ido evolucionando y, actualmente, la tendencia es publicar un único documento llamado «memoria integrada» en el que se entrelazan los ámbitos de gestión económica, social y ambiental de la organización.

Estos informes son herramientas que, más allá de lo que exigen las leyes de cada país, tienen como objetivo generar una cultura de transparencia y diálogo de las empresas, instituciones u organizaciones con sus respectivos grupos de interés: inversionistas, accionistas, autoridades, trabajadores, proveedores, sociedad en general, entre otros.

La idea es contar con un documento de acceso público, muchas veces auditado por un tercero independiente, que entregue información relevante y verificada sobre la administración de las organizaciones. Estos documentos incluyen los focos estratégicos de la organización, sus resultados, compromisos y metas como un ejercicio de autoevaluación anual con una mirada transversal, es decir, que no se enfoca únicamente en el desempeño económico y los resultados financieros, sino que reúne la información de cómo se administran los recursos sociales y ambientales para llegar a dichos resultados.

Adicionalmente, organizaciones como Pacto Global de las Naciones Unidas apoyan este tipo de prácticas porque es una forma de generar trazabilidad sobre cómo las empresas aportan al desarrollo sostenible. Estos documentos se construyen según diversas metodologías. Una de las más conocidas es el GRI o Global Reporting Initiative (por sus siglas en inglés), que ofrece una serie de indicadores en aspectos relevantes de gestión como gobierno corporativo, personas, proveedores, comunidades, medio ambiente, etc. De esta manera, las organizaciones y sus grupos de interés, pueden monitorear anualmente los resultados de su accionar en estos ámbitos. Esta metodología tiene la virtud de incorporar a estos últimos como parte del proceso.

Las memorias integradas también cuentan con lineamientos internacionales, como los que brinda el International Integrated Reporting Council (IIRC), que ofrecen definiciones universales sobre cómo elaborar una memoria integrada. El IIRC exige un énfasis especial en la gestión de riesgos, con una mirada a largo plazo.

Los ejercicios de reportabilidad son también una herramienta interna de las organizaciones para monitorear sus riesgos, para escuchar a sus grupos de interés y para contribuir con el desarrollo sostenible.

En Latinoamérica, esta práctica es aún incipiente, pero ha ido ganando terreno en los últimos años. La invitación es a que cada vez más empresas salvadoreñas se sumen a esta buena práctica, y reporten con estándares internacionales con el objetivo de sumarse al desarrollo sostenible.

Latinos y gringos

Trabajando en varios países de Latinoamérica uno se da cuenta que hay diferencias entre nosotros, la mayoría son pequeñas, pero se notan. Pienso que en promedio la mayoría de latinos tenemos más o menos los mismos vicios y las mismas virtudes. Eso hace que adaptarse a cualquiera de estos países no tenga mayor complicación.

Desde hace unos seis meses he estado estudiando una maestría en Estados Unidos, y si bien no es lo mismo que trabajar, la dinámica académica tiene destellos de cómo se desenvuelve la cultura «anglosajona» en lo laboral. Las diferencias acá son varias, más marcadas. Estas son algunas de las diferencias que he notado en seis meses conviviendo con latinos y gringos (vale la pena destacar que esta lista es con base en nadita más que mi mera percepción y no pretende ser un estudio serio).

Reuniones: se trata de tener las menos posibles, el coordinar que varias personas se junten es bastante difícil. Se dedica poco tiempo para conversaciones de temas no relevantes a la reunión y se va al grano casi desde el principio. A la hora de describir una historia o de contar algo, por lo general, un gringo es mucho más estructurado: «Pasó A por las razones B y C. Para resolverlo vamos a hacer D». Por otro lado, cuando los latinos empezamos una reunión nos gusta comenzar con un «¿y cómo estás? ¿Qué tal el fin de semana?» y así. A la hora de contar una historia nos gusta construir narrativa y ser más descriptivos. Todo esto, pienso, nos lleva a construir relaciones y amistades más cercanas con nuestros equipos y compañeros de trabajo, y también a que nuestras relaciones sean menos transaccionales.

Puntualidad: aunque siempre hay excepciones, a los gringos les gusta mucho la frase «If you’re on time, you’re late» que es algo como «si llegás a la hora exacta, ya estás tarde». La puntualidad es la norma y no la excepción. La gente es muy respetuosa del tiempo de los demás. Esto, me parece, es reflejo de una cultura más rígida y estricta. Nosotros, por el contrario, pocas veces somos puntuales, pero también pienso que podemos ser más flexibles; y eso puede ser una gran ventaja tanto en lo personal como en lo profesional.

Orientación al servicio: este es un atributo más complejo y he notado que cambia de ciudad en ciudad. La amabilidad con la que te pueden tratar en un comercio no es la misma en Austin que en Nueva York. Sin embargo, la atención al cliente tiene altos estándares; si se trata de una devolución, cambio o cualquier problema con el envío de algún artículo casi siempre tratan de enmendarlo y de darte algo extra por la dificultad que tuviste. Esto es algo más difícil de encontrar en Latinoamérica. Si un cliente tiene algún inconveniente solo algunas empresas tratan de enmendarlo, con otras (muchas más) es muy probable que solo te llevés la mala experiencia. En lo que sí pienso que nadie nos gana es en el carisma. El trato humano, por lo general, es mucho más agradable y detallista en Latinoamérica.

De nuevo, esto no tiene fundamento más que el de mi experiencia. Nunca cae mal dar un paso atrás y fijarse un poquito en las diferencias culturales que podemos tener. Para bien o mal esas diferencias son reflejo de nuestra identidad y hacen un proceso de adaptación muy interesante.

Carta desde Washington

El reporteo me volvió a llevar a la capital de Estados Unidos y sus suburbios esta semana. Viví ahí nueve años. Quizá por eso, al volver esta vez, sentí que muchas cosas no han cambiado.

En Langley Park, el inglés es la lengua más difícil de escuchar. En los restaurantes étnicos –palestinos, libaneses, etíopes, italianos–, de la muy hípster Takoma Park, todos los cocineros hablan español. Las oficinas de asistencia a migrantes en Columbia Heights siguen atestadas de centroamericanos que buscan un papel para aliviar su exilio autoimpuesto. Y así.

Hay algo que ha cambiado: hay menos civilidad. No menos corrección política, que eso es otra cosa. Hay más desesperanza. Esto tiene que ver con Donald Trump y su administración.

Aterricé en el aeropuerto de Baltimore, uno de los tres que sirven al distrito de Columbia, el jueves de la semana pasada. Dos noticias dominaban en los medios impresos: la sobremesa y posibles implicaciones del testimonio en el Congreso de Michael Cohen, el exabogado de Trump que dijo bajo juramente a una subcomisión de la Cámara Baja que su exjefe era un mentiroso y un corrupto; y los intentos del statu quo demócrata y republicano por lapidar políticamente a Ilhan Omar, congresista musulmana elegida por un distrito de Minnesota a la que algunos acusan de racismo antisemita por denunciar al millonario lobby judío que lleva años influyendo la toma de decisiones en Washington.

El miércoles pasado se añadió otra noticia, esta más relacionada con nuestra parte del mundo: las llegadas a la frontera sur estadounidense de migrantes centroamericanos que buscan asilo, sobre todo las de hondureños y guatemaltecos, creció notablemente en el último trimestre (con un aumento de casi el 70 % en el caso de los nativos de Honduras). En Washington, la discusión que las cifras volvieron a encender en Capitol Hill fue la que Trump y los suyos han secuestrado con la falacia esa de que buena parte de los males en Estados Unidos tienen que ver con el arribo de los migrantes. También se habla en Washington, aunque con menos estruendo, de lo que el aumento en los flujos migratorios vuelve a decir sobre la inviabilidad de los tres estados nacionales del Triángulo Norte centroamericano, que siguen expulsando sin pausa a los suyos, sobre todo a los más jóvenes.

Hay, a pesar de toda la retórica trumpiana, quienes desde el Congreso apuntan, por ejemplo, que las migraciones centroamericanas están relacionadas con la violencia y a la precariedad económica, sí, pero también al saqueo que los gobernantes de Honduras, Guatemala y El Salvador han hecho de los fondos públicos que, se supone, están destinados a atender a las poblaciones más vulnerables. La corrupción de dos de esos gobernantes, Jimmy Morales y Juan Orlando Hernández, ha sido, de una forma u otra, protegida por el trumpismo.

El jueves pasado, un grupo de congresistas demócratas, entre los que se cuenta el poderoso senador demócrata Patrick Leahy y la representante Norma Torres –ambos miembros de los comités que asignan la ayuda externa estadounidense– advirtió con sanciones al gobierno de Jimmy Morales, en Guatemala, por, entre otras cosas, «aliarse con actores criminales y corruptos que intentan evadir a la justicia a cualquier costo».

Es una advertencia importante la del grupo liderado por Leahy y Torres, pero en estos días la atención del aparato político que en Washington se ocupa de Centroamérica parece preocupado únicamente por Venezuela y la obsesión de los republicanos más conservadores por invadirla. Centroamérica, a pesar del aumento en los flujos migratorios, sigue siendo un tema secundario.

Al final, en medio de todo el ruido político, poco cambia en el trajín cotidiano. Los llegados desde Lempira, Xela o Soyapango amanecen todos los días –la semana pasada con -3 Centígrados en el termómetro– para atender las jornadas de 10, 14 horas que la economía estadounidense les exige. Para ellos, como me repitió una migrante que llegó en 2010 y lleva desde entonces viviendo sin papeles, todo es mejor que volver a la tierra de la desesperanza que dejaron atrás.

Tóxico

Estaba sentada en la mesa de comedor en la casa de mis padres. Discutía con ellos la novedad de que el papá de mis hijos se había mudado al estado lejano de Arizona. Era curioso porque se había ido sin avisarle a nadie abandonando las responsabilidades inmediatas que tenía con los niños. Recuerdo detalles del cuarto mientras conversábamos; el sonido de la mesa cuando crujía contra el linóleo, la densidad de las viejas sillas de madera y la luz rosada del atardecer que poco a poco llenaba el espacio.

Ahí fue que entró al comedor un desconocido; un hombre joven sonriente y con un aire de confianza que me dejó perpleja. Sin romper la zancada nos tiró sobre la mesa una carta postal que quedó sin abrir y me dio la mano anunciando que tenía algo para mí de mi exmarido. Supe entonces la razón detrás de su huida repentina a Arizona. Sentí como que el joven me presionaba güishtes en la palma de la mano y sabía que venían llenos de alguna toxina letal. Antes de morir solo tuve chance de pensar que se quedarían solos mis hijos. Desperté.

Decidí que el año entrante no volvería a programar las lecturas de Borges y Cortázar para mis estudiantes en la misma semana. Leíamos en estos días ‘El sur’ y ‘La noche boca arriba’, dos cuentos en que se cruza el mundo de sueño con la realidad y el protagonista en cada caso sueña su muerte. Quizás por eso había terminado soñando la mía. Y sin embargo me quedé con la inquietud de la vividez de ese sueño y de lo que me habría querido comunicar aparte de la plena animosidad del divorcio.

He leído sobre casos de sueños proféticos, o premonitorios, que de alguna manía del subconsciente abren ventanas hacia el futuro que le permiten a uno acceder a una determinada información. Está el caso de Abraham Lincoln, por ejemplo, el presidente que soñó su muerte días antes de ser asesinado.

La respuesta me llegó el siguiente día cuando mi hijo me preguntó si yo no había recibido un correo que me había querido hacer llegar su papá. Me entró la sensación fugaz de haber estado en esa situación antes. No, no lo había encontrado en el buzón de email y de qué se trataba, le pregunté. Ernesto me explicó que su papá tenía programado un viaje inmediato a otro estado y que era referente a eso y al plan de tiempo compartido con ellos. Pensé en la carta postal no leída del sueño que había quedado sobre la mesa del comedor y no contesté nada ese día, que fue jueves.

Ha quedado pendiente una respuesta a esa carta que quedó perdida entre el umbral de dos mundos y ya sé lo que le voy a contestar. Que me encargo yo esa semana de los niños, que no hay problema y que goce sus días de vacaciones. En fin, hay que hacer el esfuerzo para encontrar el antídoto al veneno lastimoso de esa relación. Mando el correo electrónico, cierro la página de web y encuentro en otra página abierta un poema de Rumi del siglo 13. Lo leo y siento que leo el contenido de esa primera carta como si formara parte de un sueño lúcido:

«Más allá de las ideas de los males y las cosas buenas que nos hicimos,

hay un campo. Encontrémonos allí.

Cuando el alma se acuesta en esa grama,

El mundo está demasiado lleno para poder discutir.

Ideas, lenguaje, incluso la frase «nosotros»

Pierde todo sentido

La brisa del amanecer tiene secretos que contarte.

No te vuelvas a dormir…

La gente cruza el umbral

donde los dos mundos se juntan.

La puerta es redonda y está abierta

No te vuelvas a dormir».

Acceso, inclusión y alfabetización digital

Recientemente, y por temas laborales, me he encontrado navegando entre artículos, estudios e información relevante sobre brecha, inclusión y alfabetización digital. Temas muy vinculados al acceso a internet y tecnologías de información en el mundo digital.

Chile es uno de los países con mayor penetración de internet en América Latina, supera el 90 %. En el caso de Centroamérica, El Salvador cuenta con un 55 % de penetración, según información de un estudio presentado hace un año atrás. Claramente, la masificación de los teléfonos inteligentes y las tecnologías 3G y 4G han contribuido enormemente a democratizar el acceso a internet, aunque aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar tasas más cercanas al 100 %.

Anteriormente, las barreras de acceso no eran únicamente de precio, sino también de infraestructura tecnológica. Sin embargo, El Salvador ha logrado ir avanzando hacia una suerte de transformación digital en una etapa incipiente.

Dicha transformación digital es una urgencia para las empresas, que reconocen que al no incorporarse rápidamente a esta ola quedarán obsoletas o perderán clientes y negocios. Sin embargo, esta urgencia digital es también un requisito para las personas: la tecnología y la digitalización se hacen indispensables para vivir en el mundo de hoy, no solo a nivel de comunicación y socialización –con las redes sociales y el WhatsApp– sino también para fines educativos, laborales, pero también cotidianos.

La inclusión digital es relevante porque establece una línea base que busca garantizar que no haya una brecha por acceso a las posibilidades del mundo digital. Por ejemplo, evitar que un niño de una zona rural no pueda postular a una beca en el extranjero porque su acceso a internet es muy precario.

Sin embargo, la accesibilidad y la inclusión no son los únicos elementos necesarios. Es aquí donde se suma un tercer proceso: la alfabetización digital, que consiste –muy resumidamente– en saber usar los medios digitales, no solo a nivel de funcionamiento, sino también de contenido.

No solo se trata de saber utilizar un aparato digital, sino de comprender y aplicar cómo ese uso puede hacer que nuestra vida mejore o que seamos más productivos y eficientes gracias a esto. Siguiendo con el ejemplo del niño: no basta con que tenga acceso a internet, sino que, además, debe saber cómo encender la computadora, navegar en la web y, luego, comprender cómo hacer su aplicación a la beca.

Es decir, hay muchos procesos que rodean la transformación digital en términos de infraestructura, pero también de usabilidad. Por tanto, tenemos ante nosotros un importante desafío que involucra diversidad de actores públicos y privados que, al unir esfuerzos y alinear objetivos, seguramente terminarán por beneficiar al país.

La transformación digital es un fenómeno mundial. En Latinoamérica, nos encontramos en pleno proceso de implementación de tecnologías e infraestructuras digitales. Por otra parte, las empresas están iniciando o viendo los frutos de sus primeros esfuerzos de transformación.

Por otra parte, no debemos perder de vista que es un proceso transversal: impacta a las empresas, a las instituciones y también a las personas. Y es a estas últimas –sobre todo a aquellas en situaciones de mayor vulnerabilidad social y económica– a quienes mayor apoyo hay que brindar, sin perder de vista que la inclusión y alfabetización digital se pueden convertir en aliados para generar oportunidades y mejoras en su calidad de vida.

3 F desde fuera

Se siente un poco extraño vivir el sentimiento electoral de El Salvador estando lejos. Acá la gente seguía su vida cotidiana como si nada, mientras yo estaba revisando redes sociales a cada rato: leyendo artículos, comentarios y tuits sobre cómo se iba desenvolviendo la jornada electoral el 3 de febrero pasado.

Esta era la primera vez que me tocaba vivir unas elecciones presidenciales desde afuera. Imagino que unos 10 o 15 años atrás, cuando todavía no teníamos el “boom” de las redes sociales como ahora, era mucho más difícil informarse. Ahora podemos dar seguimiento a cada noticia en tiempo real y hasta ver en vivo los debates presidenciales. Aún así uno no deja de sentirse lejos, casi ajeno. Yo lo comparo con la diferencia entre ver un partido de fútbol por televisión versus verlo en el estadio.

Ese 3 de febrero por ahí de las 9 o 10 de la noche ya era bastante claro que Bukele y su partido GANA iban muy por delante del resto, ya tenían ganadas las elecciones. Después de tres décadas de bipartidismo alguien había logrado romper con el péndulo de poder, por lo menos en el Ejecutivo, que habían concentrado ARENA y el FMLN. Desde afuera casi me parecía mentira. Recuerdo despertar el lunes y revisar mi teléfono para cerciorarme que, en efecto, GANA se había llevado las elecciones.

El candidato de GANA, en mi opinión, está muy lejos de ser lo que necesita el país. Ya llevamos décadas sin un presidente que tenga por lo menos educación universitaria, confiando solo en sus “buenas intenciones”. Sé que la educación no garantiza la ética, pero es lo mínimo que deberíamos de exigir de alguien que tome las riendas del país en el Ejecutivo. El tener a alguien con buenas intenciones pero sin aptitudes o la preparación adecuada para gobernar es una receta perfecta para un populismo cortoplacista que genera muchos más problemas de los que soluciona. Ambas cosas, la preparación académica y las ganas de servir no son mutuamente excluyentes. Enfocarnos y demandar de la oferta política solamente uno de estos atributos es ser mediocres. Podemos exigir y nos merecemos más.

A pesar de todo ya tenemos presidente electo. Por primera vez alguien que no responde a cúpulas partidarias tiene la oportunidad de desechar lo malo que se ha venido haciendo y continuar lo que ha venido funcionando de administraciones anteriores. También necesitará contar con apoyo legislativo, ya que los 11 diputados de GANA (13% de la Asamblea Legislativa) no son algo significativo para poder gobernar. El tender puentes con rivales partidarios requerirá de una actitud más conciliadora y humilde de parte de Bukele, lo cual quizá sea su reto más grande hasta ahora en su carrera política. Este también parece ser un punto de quiebre para los partidos tradicionales. El mensaje que ha dado la gente en las urnas es de “evolucionar o morir”. Aplicar las mismas estrategias, los mismos mensajes y seguir con las mismas caras asegurará la extinción merecida de ARENA y el FMLN.

A los ciudadanos nos toca ser más vigilantes. Tenemos a un presidente electo que tiene muchas cosas por las cuales responder, como el financiamiento de su campaña y las investigaciones en proceso en la Fiscalía, y un comportamiento que para muchos es antidemocrático. Por mi parte, estando lejos, veo el panorama muy complicado. Espero equivocarme en mis sospechas y que el país dé un giro para que los salvadoreños tengan menos razones para irse del país y quienes estemos afuera tengamos más razones para regresar.

¿Y hoy?

Ganó por mucho. Los dos partidos grandes siguen revisándose las heridas para entender cómo sangraron tantos votos, sobre todo el FMLN. Lo cierto es que Nayib Bukele ganó, hoy es el presidente electo de la república, y la calidad numérica de su triunfo le abre a él, al país y a su oposición un escenario inédito en muchos ámbitos.

Admito, de entrada, que me cuento entre quienes pensamos que el triunfo de Bukele era una posibilidad, pero la contundencia de su triunfo me ha dejado sorprendido. Yo también me equivoqué al pensar que algunos viejos clichés en la política local, como aquello del territorio, las diferencias en las votaciones legislativas y las presidenciales o la importancia de las marcas partidarias eran factores a tomar en cuenta. Ya no. Al menos no en esta elección.

Nayib Bukele ganó y queda como una de las deudas más urgentes del periodismo local –y de otros como la academia por supuesto– empezar a buscar explicaciones a las causas. Más importante, sin embargo, es intentar entender lo que viene.

Una de las preguntas más importantes, para mí, es esta: cómo un candidato que compitió con un partido tan señalado por actos de corrupción, y cómo siendo él mismo un político que al menos en una de sus administraciones municipales y en su campaña no hizo gala de transparencia logró capitalizar tan bien el hartazgo que la corrupción de la clase política provocó en el electorado.

No me cabe duda de que buena parte de las debacles electorales y políticas de ARENA y el FMLN tienen que ver con su corrupción. Ni Hugo Martínez en el caso del Frente ni Carlos Calleja en la de la coalición arenera fueron capaces de despegarse del inmenso tufo a corrupción que desprenden ya los dos partidos. No fue solo la corrupción, fue también que ambas dirigencias se quedaron por muchos años en las oficinas del poder apreciándose el ombligo mientras se preocupaban por acaparar poder a toda costa, aun en detrimento de su propia clientela política. Nunca FMLN y ARENA se parecieron tanto como en esta derrota.

Bukele, a pesar de GANA, el partido de Guillermo Gallegos y Hérbert Saca, capitalizó ese hartazgo generado por la corrupción. Y capitalizó con creces: ganó en todos los departamentos, en bastiones de unos y otros. Su victoria es incontestable. Eso puede ser bueno para el país, pero también puede ser el augurio de un escenario macabro. Todo depende, ya, de un presidente que ganó sin partido, sin cúpula, a puro voto.

El mandato de Bukele puede ser macabro, si el presidente cede a la tentación de reproducir las prácticas que condenó en campaña, o si no entiende muy pronto que una cosa es desviar durante el proselitismo la atención de preguntas legítimas sobre malas prácticas señaladas a él y su entorno y otra es atarse a ellas durante cinco años sin consecuencias. Si Nayib Bukele opta por acudir a Hérbert Saca como operador político, a usar recursos públicos para promover de forma ilegal su imagen o a pactar con grupos y empresarios vinculados al crimen organizado, me gustaría creer que el mismo electorado que le dio su confianza abrumadora se lo reclame la próxima vez que esté en una urna.

Tampoco será buena noticia que, como le ocurrió a Mauricio Funes, Bukele ceda a los rasgos más confrontativos e irracionales de su personalidad. Me han dicho en las últimas 48 horas que Bukele es diferente; que él, a diferencia de Funes, tiene la humildad suficiente para escuchar y la inteligencia política para entender dónde se dibujan los límites. Espero, por el bien de este país, que así sea.

Si Nayib Bukele entiende su victoria holgada como una señal para hacer cosas atrevidas en el bien de la nación, como nombrar, de verdad, a funcionarios honestos y capaces, no acudir a la compra de voluntades políticas de diputados con los dineros reservados de Casa Presidencial y aprovechar la buena imagen internacional que construyó para hilar una política internacional digna, entonces las noticias serán mejores.

Las primeras señales están a la vuelta de la esquina. Gabinete. Interlocutores políticos. Pacto fiscal. CICIES. Actitud frente a funcionarios de segundo grado como el fiscal general de la república. Decisiones sobre el uso de fondos de CAPRES. La palabra, hoy, la tiene el presidente electo.

El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: «Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)». Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: «Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros». No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela «Los detectives salvajes», del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: «Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones». Bolaño agrega: «Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito».

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.