Seguridad pública en 2019

El año termina y en El Salvador hay una tendencia clara: la reducción en las cifras de homicidios, que empezó con el ascenso de Nayib Bukele a la jefatura del Ejecutivo. Eso es, por donde se le vea, una buena noticia. Cualquiera que sea la explicación, esto implica que hoy menos salvadoreños mueren de forma violenta.

La buena noticia no quita que haya que buscar, con todo el afán necesario, las explicaciones al descenso. Entre otras cosas, para sistematizar las causas y usarlas como insumos para una política de seguridad pública sostenible.

Además, en un país en que el aparato de propaganda y desinformación del gobierno navega con facilidad, es indispensable que el periodismo, la academia, la sociedad civil en general -mencionar a la oposición política parece ya inútil- busquen lo que el barullo triunfalista del oficialismo pretende esconder.

Empecemos.

Estuve este año, como parte de una investigación amplia sobre seguridad y crimen organizado, en seis de los departamentos del país con mayores índices de violencia. Con matices, y a falta de ordenar toda la información, dos conclusiones son ya posibles. Una, el estado salvadoreño sigue sin ejercer control en amplias porciones de su territorio. Dos, los operadores políticos vinculados a la corrupción y al crimen organizado siguen siendo protagonistas en el manejo de la seguridad pública.

En La Unión, por ejemplo, los grupos de exterminio, algunos integrados por miembros de la PNC, fueron autores de un porcentaje importante de los homicidios registrados en ese departamento. En una franja significativa de la frontera entre La Unión y San Miguel, estos grupos son los que ejercen el control.

En toda la costa unionense, desde El Tamarindo hasta El Icacal, aun hasta los límites con playa El Cuco, grupos criminales ejercen un control silencioso pero efectivo en carreteras, manglares, cantones y, sobre todo, en las decenas de entradas del Golfo de Fonseca en tierra salvadoreña. Ahí sigue habiendo extorsión, ajustes de cuentas y, de acuerdo con autoridades locales, entrada regular de cocaína procedente de Nicaragua y Honduras.

Ante panoramas como este, y a falta de un diálogo serio entre el poder formal de la administración Bukele y la ciudadanía, el alegato del gobierno de que la baja de homicidios está relacionada a una estrategia basada en el despliegue masivo de la fuerza pública no se sostiene. Me inclino más por el análisis que pone en la voluntad de los grupos criminales, llámense pandillas o bandas de narcotráfico, el descenso en las cifras.

En corto: animados por la eficiencia del control territorial que ellos ejercen, los grupos criminales decidieron bajarle a la violencia para favorecer un escenario en que pactos políticos con el gobierno de turno -como los que hicieron con las tres últimas administraciones- son posibles. Negociar en lugar de confrontar. Esto, se ha dicho hasta la saciedad, es la política pública más peligrosa, no solo porque facilita la paz mafiosa que, al final, suele ser el prólogo de un estado criminal, sino también porque alienta la evolución de los grupos criminales a estadios más sofisticados.

2019 trajo una buena noticia, sí, pero también muestras de un ejercicio político que privilegia la opacidad para vender como exitosa una reducción de homicidios que no se explica solo con el despliegue de más soldados y policías en las calles.

Al lado de El Salvador, en Guatemala y Honduras, las bajas de homicidios también ocurrieron durante administraciones que facilitaron pactos con grupos criminales, en esos casos, de narcotraficantes y mafias políticas.

De nuevo, en países donde el abandono del estado y la tolerancia al crimen han sido fórmulas comunes de ejercicio político, las bajas sostenibles en las cifras de violencia con estrategias que no minen la gobernabilidad democrática nunca se lograrán con atajos o recorriendo callejones oscuros.

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Chile despertó

Atrás quedó el país al que miles de venezolanos, haitianos, peruanos y otros migrantes latinoamericanos elegían como un destino que prometía seguridad, estabilidad económica y prosperidad.

Hoy, diariamente se vive una situación tensa y violenta en las calles. No hay semáforos en cruces estratégicos de la capital, fueron destruidos. En su lugar, algunos emprendedores se ponen chalecos amarillos y con pitos de colores dirigen el caótico tránsito a cambio de monedas.

Los comercios operan en horarios irregulares. Es necesario cerrar de improviso cuando avisan de alguna marcha, o del cierre del metro, para que los trabajadores puedan buscar alguna forma de llegar a sus hogares.

Los bancos, supermercados, farmacias y centros comerciales que han sido el blanco de los ataques más violentos están blindados con láminas de metal para evitar ser -o volver a ser- víctimas de saqueos e incendios. Pequeños cartelitos que dicen «Soy Pyme» cuelgan de las vitrinas de los locales más pequeños en son de paz, como un susurro para que los vándalos no se desquiten con ellos.

El metro anuncia cada cierto tiempo que cerró alguna estación por «desmanes». Si hay suerte, algunos minutos después volverá abrir, sino pueden pasar horas. De lo contrario, simplemente no abrirá otra vez hasta el día siguiente, cuando la misma historia se vuelva a repetir.

Por whatsapp llega el itinerario de las marchas diarias, con hora, punto de encuentro y demanda exigida: «No más TAG», es decir el pago de las carreteras; «No más AFP»; «Derechos Humanos»; «Aumento a las pensiones»; «Aumento al salario mínimo»; y la lista continúa.

Por la mañana, las noticias hacen el recuento de los locales incendiados y saqueados, de los lesionados en las protestas, de los carabineros heridos y de los reportes sobre derechos humanos.

Por la noche, se anuncia otra vez que el dólar volvió a superar su máximo precio en la historia y el titular ya pierde relevancia. Mientras tanto, las cámaras de los noticieros empiezan a mostrar dónde están generándose las primeras concentraciones de la noche, con grupitos de encapuchados que tiran piedras a los carros lanza agua de carabineros que hacen el intento por dispersarlos.

Capas y capas de grafiti cubren las paredes de la ciudad, se han vuelto un muro de lamentos donde pueden leerse frases como: «Renuncia Piñera», «acos asesinos», «Chile despertó», «me paseo tu normalidad» y alguno que otro improperio.

Los editorialistas explican en sus columnas las razones de la crisis y, los políticos, discuten en el congreso el proceso para cambiar la Constitución. Ni unos ni otros dan con soluciones concretas al nuevo Chile que exige un cambio profundo, estructural e inmediato a sus demandas.

Las grandes tiendas, como H&M anuncian desesperadas promociones de «3×2 en toda la tienda» y «liquidación total» en un intento por vender. Los restaurantes de las zonas otrora turísticas permanecen cerrados y, si logran abrir, miran con cierta súplica a los transeúntes para que decidan entrar y comer algo.

Los torneos de fútbol han sido cancelados y los jugadores se niegan a entrar a las canchas por motivos de seguridad.

Hace calor, pero ya nadie habla de eso. El tema de conversación está acaparado por la contingencia.

Esta es la nueva normalidad, la que muchos defienden porque durante años fue su propia normalidad y ahora es la de todos.

Chile despertó.

Tiempo de compromisos y posturas claras

Si algo quedó demostrado en las últimas elecciones presidenciales es que el bipartidismo en nuestro país está muerto. 20 años de ARENA y 10 del FMLN han dejado mucho que desear en lo económico y social. Como reacción a repetidos actos de corrupción, pobre desempeño, exclusión y falta de pluralidad, han surgido nuevos proyectos políticos en el país. Uno de los más nuevos, el partido Nuestro Tiempo, fue recién avalado como partido político por el Tribunal Supremo Electoral en junio de este año.

Esta semana Nuestro Tiempo lanzó una campaña dirigida al resto de partidos políticos en el país. Desde afuera del edificio de la Asamblea Legislativa, Juan Valiente, Johnny Wright y Aida Betancourt presentaron un documento en donde de una manera clara, aterrizada y hasta un poco humorística, Nuestro Tiempo destaca prácticas básicas para operar como un partido político decente y democrático. Al mismo tiempo critican prácticas nocivas que por mucho tiempo han sido manera tradicional de operar de los partidos tradicionales en el país.

En resumen, hacen un llamado a la transparencia del origen de los fondos de un partido político y el uso de estos (mesura en la contratación de asesores, guardaespaldas, etc.), a que los funcionarios de los partidos, una vez en el poder, respondan a los intereses de la población y no solamente a los intereses de los miembros o el liderazgo de sus partidos, y a evitar el nepotismo. También se hace un llamado a respetar los tiempos electorales y a no llenar de pinta y pega los espacios públicos en tiempos de campaña. Esta serie de recomendaciones (o exigencias) no son mucho que pedir, sin embargo, es lo que tanto ha faltado en la dinámica partidaria durante toda la posguerra.

Este manual está alineado con los valores establecidos en los estatutos de Nuestro Tiempo. La libertad, dignidad, empatía, diversidad, solidaridad, transparencia y coherencia son elementos básicos de una democracia. Sin embargo, Nuestro Tiempo menciona poco o nada sobre sus principios o creencias económicas. Como votante quiero tener la mayor información sobre en qué cree un partido en lo económico y lo social, y así tener una idea de sus posturas ante problemas de país. ¿Qué piensa Nuestro Tiempo sobre las AFP y el sistema de pensiones? ¿Cuál es su postura frente a industrias históricamente (y de manera deliberada) protegidas por el Estado como el azúcar? ¿Cuáles piensan que deberían ser los polos de desarrollo económico?

Responder esta y otras preguntas relacionadas es importantísimo. Ningún partido es monedita de oro para caerle bien a todo mundo, ni debería intentar serlo. Superar el miedo a generar oposición es indicador que se tiene posturas definidas. La ausencia de estas posturas, y el peligro de en un futuro rodearse de gente deshonesta, eventualmente termina en populismo. Y de eso ya tenemos suficiente, pues no se trata de votar por una nueva opción solo por el hecho de ser nueva, es así como terminamos con gobernantes con complejo de dictadorcitos, de esos que se abren camino creando división y viendo a la Constitución como un obstáculo para sus objetivos antidemocráticos.

A pesar de esto, el documento cae como mensaje refrescante en un entorno donde lo único que escuchamos de los partidos son escándalos de corrupción, viajes en jets privados y acusaciones de acoso sexual. Espero que este documento, aparte de ser considerado por el resto de los partidos políticos (peco de tonto optimista), sirva como compromiso para los integrantes de Nuestro Tiempo para no cometer ni practicar los mismos comportamientos que ellos mismos achacan en este documento.

30 años

Lo que sabemos sobre la noche del 15 de noviembre y la madrugada del 16 de noviembre de 1989 lo sabemos, en gran medida, por el valor de Lucía Barrera de Cerna, la empleada de los sacerdotes jesuitas de la UCA que, hace 30 años, vio que fueron efectivos de la Fuerza Armada de El Salvador quienes entraron a la universidad para masacrar a seis religiosos y a otras dos empleadas.

Sin el valor de Lucía, las «fake news» que intentaron esparcir el ejército y la administración de Alfredo Cristiani hubiesen sido más exitosas. Primero, ese poder político creó, a través del conglomerado de medios de propaganda que manejaba el publicista Mauricio Sandoval, un ambiente de odio a los sacerdotes y, luego, utilizó esos medios y los privados de comunicación masiva para decir que el FMLN había planificado y ejecutado la masacre. Después, el aparato también intentó desprestigiar a Lucía Barrera y su testimonio.

Lucía fue, en 1989, víctima de la violencia desatada por la ofensiva del FMLN y la respuesta del ejército. Las balaceras la sacaron de su casa en Soyapango, como a miles de salvadoreños en la ciudad y su periferia. Fue a parar, con su esposo e hija, al recinto universitario, donde durmió la noche de la matanza.

Desde la ventana de un habitación prestada vio lo que pasaba en el jardín de al lado, en las afueras de la casa donde dormían Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Joaquín López, Juan Ramón Moreno, Elba Ramos y su hija Celina. Vio los uniformes de los soldados del batallón Atlacatl que, dirigidos por los tenientes Ricardo Espinoza Guerra y Yusshy Mendoza Vallecillos, habían sido enviados a la UCA con órdenes de matar a Ellacuría sin dejar testigos.

Aquella órdenes las dieron miembros del estado mayor conjunto de la Fuerza Armada de El Salvador y del alto mando del ejército. Las investigaciones judiciales posteriores, ordenadas por la Audiencia Nacional y la fiscalía de España, de donde eran nacionales varios de los sacerdotes, han descubierto también que hubo un intento masivo de la administración Cristiani por encubrir a los asesinos intelectuales y a los materiales.

En los próximos meses, si todo termina como lo ha pedido la fiscalía española, en Madrid enfrentará juicio por estos hechos el coronel Inocente Orlando Montano, viceministro de la defensa en 1989 y, cuando eso ocurra, toda la prueba recabada, incluido el testimonio de Lucía Barrera de Cerna, será del dominio público.

Treinta años han pasado desde que aquellos soldados a los que vio Lucía ejecutaron, sin reparos, con toda la brutalidad que la guerra les había enseñado, las órdenes de matar a sangre fría a civiles que nunca les opusieron resistencia. Y poco menos desde que el estado de El Salvador, sus elites políticas, utilizaran sin reparos al sistema de justicia para encubrir y proteger a los culpables. Ayer, sábado 16 de noviembre de 2019, la Universidad Centroamericana conmemoró, como lo hace desde 1990, estos martirios.

Uno de los actos iniciales de la conmemoración de este año fue la presentación de «La Verdad», el libro que Lucía Barrera escribió junto a la académica estadounidense Mary Jo Ignoffo. Ahí está escrita la primera verdad sobre la masacre, la que el poder quiso ocultar y a la que Lucía se aferró a pesar del hostigamiento y a las torturas psicológicas a las que la sometieron los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos en las postrimerías de la masacre.

En ese libro está la verdad de Lucía, que abrió la ventana a otras verdades sobre aquello. Es vital, hoy, que las nuevas generaciones de salvadoreños conozcan aquellas verdades. La generación de los hijos de quienes, peinando apenas los 20 años, vivimos de cerca aquella masacre y aquel país desangrado, tiene que saber cómo mata el poder a quienes se le oponen, como intenta denigrarlos, empequeñecerlos, hasta asesinarlos. Ese poder, en 1989, mataba, como mató a Ignacio, a Segundo, a Nacho, a Amando, a Joaquín, a Juan Ramón, a Elba y a Celina.

Collage de recuerdos

La memoria es rara. Recordamos, a veces, cosas y a personas que nunca nos pertenecieron. Mi bisabuela, Lillie Emma Elizabeth Pohl Müller Galindo es así para mí. Nunca haberla conocido parece un detalle mínimo, porque la puedo imaginar. En varios momentos he preguntado sobre su vida y persona y la he rastreado por internet en sitios de archivos de los antepasados. He logrado juntar, de piezas de su vida y de su persona, un cuadro tipo collage de «recuerdos.» Sé, por ejemplo, que era escorpio y que este mes cumple años. Mi bisabuela nació en 1888 y fue una joven estadounidense que, por circunstancias de la vida, llegó a El Salvador y terminó quedándose ahí hasta el día de su muerte. Ser inmigrante marcó su vida, como había también marcado la de sus papás, que llegaron a Nuevo México tras salir de Bonn, Alemania unas tres décadas antes.

Llegó a Acajutla, El Salvador, en barco, desde un remoto puerto norteño. Me la imagino saliendo de San Diego, o de alguna ciudad mexicana, con un sombrero modesto y un traje al estilo vintage conservador. Sé, además, que antes de irse, daba clases en un colegio y que dejó ese trabajo para hacerse cargo de una plantación de caña de azúcar en El Salvador, que le dejó como herencia un pariente. Dicen que Lilian era una joven pensativa y seria, con ojos claros y pelo color de paja. Quizás, de niña, mi bisabuela se parecía a mi hija Lillian, que lleva ahora el mismo nombre. Igual que muchos inmigrantes, Lilian no sabía por cuánto tiempo le tocaría permanecer en el istmo centroamericano. No creo que se imaginara que pasaría ahí la vida entera, ni que su nieta, mi madre, sería la que emprendiera el viaje de retorno a los Estados Unidos. También, sin saber por cuánto tiempo ni imaginándose que sería por la vida entera.

En un tiempo, Lilian vivió con la escritora Claudia Lars y formaron un fuerte lazo de amistad entre las dos. En Tierra de infancia*, Lars habla de ella: «Debo a la joven extranjera el conocimiento de muchos libros de la literatura inglesa, y le agradezco todavía su inteligente compañerismo, que estimuló mis primeros intentos de escritora y que me abrió luminosos caminos hacia el porvenir. Mi dormitorio –vecino al de ella- se fue llenando de revistas ilustradas y de periódicos de Nueva York y San Francisco, y la gran república del norte –cuna de Lincoln y del libérrimo Walt Whitman- se me volvió más familiar y próxima. Un vivo deseo de conocer parte de su grandeza empezó a crecer en mi corazón.»

Vivió con Lars hasta casarse. De ahí, se fue a vivir a la capital y el relato de Claudia Lars pierde vista de mi bisabuela. Son apenas dos páginas de la vida de ella que recoge en su libro y se las agradezco mucho. «Cuando llegué esta vez a mi casa, no encontré en ella a Lilian. Estaba en San Salvador, arreglando un asunto que siempre tiene importancia para cualquier mujer: iba a contraer matrimonio… No puedo negar que la noticia de su viaje a la capital me causó más dolor que regocijo, pues, en un pueblo como el mío, la pérdida de una compañera tan dulce era casi una tragedia. Sin embargo, pronto comprendí que ella tenía derecho a escapar del fastidio de su aislamiento, y deseé que la vida le regalara los siete secretos de la buena suerte.»

** Lars, Claudia. Tierra de infancia, UCA Editores, 2005, 203-205.

Días de furia

Nunca, ni siquiera en El Salvador, había sido testigo de una revolución social tan masiva, profunda e histórica como la que actualmente vive Chile.

La primera etapa fue excesivamente violenta. Puedo tratar, pero sé que no lograría describir el impacto que me causó ver en directo, por la televisión, la forma en que hordas de personas enfurecidas destruían todo a su paso: semáforos, bancas, barandas, señales de alto, cualquier cosa que significara dañar el espacio público. Lo más impactante, en definitiva, fue ser testigo de cómo varias estaciones de metro se incendiaban, literalmente.

¡Ah! Y cómo dejar de lado los saqueos. Los supermercados fueron el blanco favorito. Algunos salían lavadora al hombro del establecimiento, mientras que los más organizados llegaban en carro y se podían llevar más cosas: televisores, computadores, colchones…

Ni los periodistas daban crédito a lo que veían. «¡Es indescriptible!», decían, mientras en otra parte de la ciudad se reportaba otro incendio, esta vez en el edificio administrativo de la compañía de electricidad ENEL. Al mismo tiempo, una estación de metro más se incendiaba, y, desde otro extremo de Santiago, se reportaban más saqueos. La ciudad estaba ardiendo, la policía estaba superada, el Presidente no aparecía por ningún lado, los alcaldes pedían al ejército y, al unísono, como música de fondo, se escuchaban cientos de cacerolas golpeadas por los ciudadanos furiosos.

¿Por qué?

Una semana antes, el gobierno había anunciado un nuevo aumento al pasaje de metro que sería aplicado durante la hora más transitada. Ofrecía, además, condiciones de ahorro bastante ridículas si es que uno prefería despertarse más temprano y salir más tarde del trabajo para evitar el alza. Casi una burla.

Este aumento fue la gota que rebalsó el vaso de una ciudadanía que había estado reclamando -de manera más pacífica- inconformidades profundas sobre el sistema de pensiones, abusos en los cobros de la electricidad, el costo de las autopistas y, en general, el costo de la vida.

A solo minutos de haber iniciado el sábado 19 de octubre y superado por la situación violenta y destructiva, el Presidente Piñera declaró estado de emergencia, sacando al ejército a las calles. Muy contrario a lo que se podría pensar, esto generó incluso más molestia en un país donde el período de la dictadura militar es aun reciente.

Los días siguientes han sido un debate permanente entre formas de manifestación pacíficas y violentistas: unos marchan con cacerolas y pancartas; otros hacen barricadas y saquean lo que esté a su paso. La solicitud, que hasta hace poco no estaba tan clara: una reforma constitucional. ¿Para qué? Para garantizar una sociedad más equitativa.

Hace casi 7 años llegué a Chile. En cuanto llegué a este angosto país, me di cuenta de que había sido una buena decisión. Era ordenado, limpio, las cosas funcionaban, el transporte público era seguro, se podía caminar. También me di cuenta de que era bastante caro, pero supuse que ese era el costo de vivir en un lugar como era Santiago en aquel momento.

Chile ha dejado de ser el lugar que conocí. El 18 de octubre marcó el fin de una era. Mientras tanto, yo seguiré envuelta en una contradicción permanente entre lo que pienso y siento sobre este levantamiento. ¿Están los chilenos a punto de abandonar un modelo que ha sido exitoso en Latinoamérica?

Migrantes, remesas y nuestra fuga de talentos

Hoy en día se estima que alrededor de 1.4 millones de salvadoreños viven en Estados Unidos, eso significa que, por cada 5 salvadoreños que viven en El Salvador, hay uno que vive en EUA. La mayoría de los salvadoreños conocemos a alguien o tenemos a algún pariente que migró hacia el norte. Este fenómeno migratorio ha sido constante desde hace décadas.Y, aunque sus causas son variadas, ha tenido un gran impacto social y económico en El Salvador.

La mayoría no emigra porque quiere. En nuestro caso, la pobreza y la violencia naturalmente obligan. La tasa de pobreza que tenemos en el país es de 35% (¡Más de 2.3 millones de personas!) y una tasa de desempleo del 7%. Las tasas de homicidio, aunque han mejorado recientemente, todavía están a niveles altísimos: unos 50 homicidios por cada 100,000 habitantes. Solo Honduras y Venezuela nos superan en términos de homicidios. Esta combinación de pobreza, falta de oportunidades, exclusión y violencia hace que, para muchos, el exponerse a los peligros de emigrar ilegalmente a Estados Unidos sea una decisión racional, pero, básicamente, obligada.

Hay otro grupo que también ha tomado la decisión de emigrar por razones un poco distintas al grupo descrito anteriormente. Jóvenes profesionales y con preparación no encuentran espacios ni oportunidades en el mercado laboral salvadoreño. Saben que sus competencias y habilidades son mejor remuneradas en otras economías y que hay muy pocos trabajos en El Salvador que puedan valorar esas competencias a un nivel similar. Y, en mi opinión, no es tanto un tema de que las empresas no quieran pagar más y mejores salarios, es un tema de costos y beneficios. Nuestra economía es simplemente muy pequeña y el mercado está muy poco desarrollado como para poder sostener la oferta de talento preparado que tenemos en el país.

El impacto más medible e inmediato por este fenómeno migratorio es el de las remesas, las cuales son, básicamente, un motor de consumo para la economía salvadoreña. Para dar un poco de contexto, la economía de El Salvador (Medida por el «PIB» o Producto Interno Bruto) asciende a unos $27.5 mil millones, mientras que las remesas ascienden a unos $5.5 mil millones, representado un 20% de la economía nacional. Esto trae consigo beneficios y complicaciones. Por un lado, es una fuente de consumo que beneficia a un 20% de los hogares del país; por otro, hace resaltar la incómoda realidad de que somos un país poco productivo y mayormente consumista. El tener una fuente de ingresos externa tan grande hace que importemos mucho más de lo que exportamos, en detrimento de nuestra balanza comercial.

Sin embargo, no todo el dinero de las remesas se va a consumo, muchos de los hogares (especialmente en aquellos donde la cabeza de la familia es una mujer) destinan mucho de ese dinero a educación, lo cual tiene un impacto positivo en el ingreso esperado de los hogares en el futuro. Un segundo impacto menos visible es el costo de la fuga de talentos que tenemos. Estos profesionales que están trabajando, no sólo en EUA, pero también en otras economías como España, México, Chile y más, están innovando y generando riqueza fuera del país. Por el momento, parece que muy poco está cambiando social y económicamente, para motivar a estos profesionales a regresar o para lograr que los que se quieren ir se queden.

El ocaso del donjuán

Tan pronto como las acusaciones de acoso sexual se hicieron públicas, se cancelaron las presentaciones de Plácido Domingo en Nueva York, Filadelfia y San Francisco. El golpe fuerte, sin embargo, vendría un poco después en Los Ángeles, donde la presión pública y privada obligó al tenor a renunciar a su puesto como director de la Ópera de Los Ángeles.

Las acusaciones de una veintena de mujeres que trabajaron con él son ya conocidas en todo el mundo. Insinuaciones indeseadas, manoseos y besos furtivos, infidelidades ocasionales y, sobre todo, abuso de poder. Para Domingo fueron tres décadas en las que se esmeró por colocar a la Ópera de Los Ángeles en un sitio privilegiado en el horizonte de la ópera internacional.

Domingo respondió a las acusaciones en su contra describiendo algunas de ellas como inexactas. También intentó, aunque débilmente, explicarlas, quizá justificarlas, como «conductas del pasado que hoy se ven con otros ojos».

Su justificación no convenció a nadie; sin embargo, y sin condonar su conducta, su explicación tiene un sustento histórico. Si algo nos enseñaron Tirso de Molina (1630), Molière (1665), Carlo Goldoni (1734), Wolfgang Amadeus Mozart (1787), Giacomo Casanova (1822), Lord Byron (1824) o José Zorrilla (1844), es que la leyenda de Don Juan ha servido por siglos como arquetipo a la mayoría de los hombres. Ser un donjuán fue, antes del #MeToo, quizá el mejor elogio que se le podía hacer a un hombre no solo por su capacidad para seducir mujeres, sino como signo de virilidad.

El seductor se veía a sí mismo como un artista. Otra característica del Don Juan literario, que convenientemente ignoran los donjuanes modernos, es que el personaje, en tanto que transgresor de las costumbres y las reglas, al final de sus aventuras sufría un castigo por su conducta y su desenfrenada lujuria terminaba destruyéndolo. Curiosamente, la reacción de la opinión pública en Estados Unidos ha sido condenatoria y fulminante contra el tenor, mientras que en Europa parecería que la reacción a su donjuanismo ha sido vista como extrema.

«Para todos en la profesión la fama de seductor de Domingo era conocida, general y absoluta. Su talento inigualable, su poderío escénico, su talante de galán, su encanto personal y su caballerosidad lo convertían en un semidiós, escriben en El Periódico de Cataluña. Y es esta adoración al ídolo la que ha posibilitado que Domingo mantenga programados 17 conciertos en Europa para este año y el próximo. De estos se destaca uno en La Scala de Milán, el 15 de diciembre, en el que celebrará el 50.° aniversario de su debut en la insigne institución milanesa.

También se mantienen en la agenda sus presentaciones en Zúrich, Londres y Ginebra. La postura del Teatro Real de Madrid ha sido de apoyo total al cantante, a quien consideran un artista incuestionable con un historial de más de medio siglo que lo acredita como una de las voces más importantes del género lírico. Y aunque en su comunicado reitera su repudio a la violencia contra las mujeres, argumenta que este tipo de asuntos deben dirimirse en los tribunales.

Yo no tengo duda del talento del artista y reconozco que a diferencia de otros casos de famosos en el mundo del espectáculo, como por ejemplo el director de cine Roman Polanski, quien violó a una muchacha menor de edad; o del productor Harvey Weinstein, que obligó a infinidad de actrices a satisfacer su infinita lujuria a cambio de un papel, hasta ahora nadie acusa a Domingo de violación. Se lo denuncia por acoso sexual y por abuso de poder. Según los testimonios que se han recogido, todas las mujeres que lo han denunciado temían que desairarlo perjudicaría su situación laboral o sus carreras como cantantes.

Filosofía práctica de una maestra zen

Muchas veces estoy con mis estudiantes en medio de una lección y, de ellos, siento surgir una ola de energía caótica y fuerte. Con los años, he aprendido que es imposible luchar en contra de esa ola. Las opciones son quedarte ahí de pie y esperar a que te noquee, o lanzarte de lleno a ella y dejar que te lleve, uniéndote con su fuerza; buscando la manera de utilizar su poder.

Lo peor que puedes hacer es dejarte llevar por el pánico de que estás perdiendo el control de la clase. Esos son los profesores que les gritan a sus estudiantes como los perros pequeños que ladran de miedo y ansiedad. En las mejores condiciones el profesor está presente como un guía para proveer cierta estructura dándoles a los estudiantes la oportunidad de construir su propio conocimiento alrededor del sujeto o materia.

No puedo elegir cómo va a romper la ola, pero sí como surfearla. Por ejemplo, hay días en que vengo con una lección bien preparada y mis clases se oponen a trabajar o a concentrarse. Sobre todo, al final del día, los estudiantes más jóvenes y con menos autodisciplina se dejan vencer por la hambre, el cansancio y las frustraciones y se cierran al aprendizaje. Sacan los celulares y se ocupan de sus «streaks» en Snapchat o quieren ponerse audífonos para ver videos en Youtube.

Me piden comida, me piden permiso para ir al baño, para ir a tomar agua, o para cualquier cosa que se les ocurra que los saque de la clase. No es que no quieran ser buenos estudiantes, sino que, por varias razones complejas y enredadas, no pueden ser exitosos en ese momento. Doy clases en una escuela pública, en un distrito donde el 65% de los estudiantes viven en condiciones de pobreza.

Según el examen más reciente del Estado, la tasa de alfabetización es el 23% y solo el 18% de los estudiantes es competente en las matemáticas. Sin embargo, mi distrito no es una anomalía, al contrario, representa bien la condición de la mayor parte de las escuelas públicas de los Estados Unidos.

Muchos de los estudiantes viven en condiciones precarias, con familias que les dan poca estabilidad o apoyo. Muchas veces, se portan de mala manera porque están buscando hacer una conexión con un profesor o con otros estudiantes.

Hace poco puse a la clase a leer algo y a escribir una práctica y se quejaron de que era aburrido hacerlo. Luego, les di instrucciones para otra actividad y muchos no entendieron lo que estábamos haciendo, porque no habían prestado atención. Habían otros que ya estaban revisando mejor las últimas notificaciones en sus celulares.

Sentí subir la ola. Un estudiante levantó la mano y me comentó: «Señora, usted quiere que seamos clutch, en la clase de español.» No sabía entonces qué era ser «clutch», pero la clase me dio el ejemplo de Tracy McGrady, un jugador de baloncesto para los Houston Rockets, y la noche en que anotó 13 puntos en los últimos 33 segundos contra los San Antonio Spurs para ganar el partido.

La lección ese día constó en poner el video y, juntos, analizar la concentración y la atención de Tracy McGrady. Se veía que estaba el cien por ciento, absolutamente enfocado en lo que estaba haciendo. Esos 33 segundos fueron la culminación de tantas horas de tedio, de trabajo, de años de entrenamiento, de enfoque y de disciplina. Algunos entendieron que eso es lo que nos exige la vida para ser «clutch».

En fin, a lo que quiero llegar es a que, a veces, mis estudiantes están dispuestos a aprender algo y, otras veces, yo soy la que termina aprendiendo más que los estudiantes. Pase lo que pase en una clase, a lo largo de los años mis estudiantes me han enseñado a mantener un estado de calma y de atención, dejando que la pedagogía se guíe por la intuición, más que por el esfuerzo consciente. Tal vez ese sea el zen de los profesores: uno se convierte en un solo organismo con la clase, perdido en el ritmo del momento y en la energía en cuestión.