Meridiano 89 oeste

Adiós

Si pienso en mi trabajo ideal, después de tanto leer, estudiar y analizar textos, me fascinaría ser cartero y caminar distancias entregando cartas como las de antes; sobres llenos de palabras y textos pero sin escribir, leer, ni analizarlas.

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Investigadora y escritora radicada entre Madison, Wisconsin, y San Salvador

Cuando era pequeña aprendí a evitar decir adiós y que de alguna manera las despedidas eran menos dolorosas de esa manera. Recuerdo que mi tía vivía en una ciudad unas horas al norte de nosotros. A veces llegaba en moto, otras veces con sus perros y en otras ocasiones, con amigos. Sus visitas siempre estaban llenas de comida y energía alegre y yo la ponía al día con todas las cosas que se había perdido desde la última visita. En algún momento más tarde, simplemente me daba cuenta de que ya no estaba y que se había ido. Mi madre me explicó que a mi tía no le gustaban las despedidas.

Desde aquel entonces las despedidas nunca han sido fáciles. Quizás es porque decir adiós se trata de aceptar que los procesos de la vida tienen un principio, un medio y un final. Al mismo tiempo, el adiós significa que hemos aprendido a cerrar ciclos cuando un proceso se ha secado para que no continúe invocando nuestra energía de una manera que ya no nos sirve de la misma forma que antes. Adiós significa que sabemos liberarnos de fases y procesos para estar psíquicamente disponibles para asumir nuevos compromisos.

Como seres humanos, tendemos a ceñirnos a lo que sabemos y conocemos. Es un hábito muy fuerte que nos empuja a la inercia total. Consideramos que es más fácil seguir haciendo algo familiar que reflexionar sobre cómo mejor invertir el tiempo y la energía de una manera que valore nuestra autenticidad y el hecho de que el tiempo es finito. Cerrar un ciclo conscientemente significa reflexionar sobre quiénes somos en este momento y reconocer los procesos personales de evolución y de transformación.

Cuando empecé a escribir esta columna «Meridiano 89 oeste», con Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, estaba en medio del doctorado, animada con teorías, con las palabras y con los textos. Quería discutir ideas y argumentos, pero, a veces, pienso que de tanto leer se me secó el cerebro como Don Quijote que: «Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.» Cuando soy honesta conmigo misma, lo que anima mi creatividad ahora es el trabajo manual; la carpintería, el dibujo, la siembra, el arte y fijarme en las sombras de mi aguacatero mientras caminamos. Si pienso en mi trabajo ideal, después de tanto leer, estudiar y analizar textos, me fascinaría ser cartero y caminar distancias entregando cartas como las de antes; sobres llenos de palabras y textos pero sin escribir, leer, ni analizarlas.

Antes de morir, Don Quijote se vuelve hacía Sancho y le pide perdón por la ocasión que le había dado de parecer loco como él, haciéndole caer en el error en que él había caído de que su imaginación era la realidad y no una locura. Con esto mis queridos amigos también les pido perdón y les agradezco su lectura a lo largo de los cuatro años de Meridiano 89 oeste. Cierro esta columna con mucho agradecimiento y cariño.

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