Se viene el 3 de noviembre

Buena parte del mundo se dispone a contener el aliento en espera de los resultados de la elección presidencial en Estados Unidos que ocurrirá el primer martes de noviembre.

Las encuestas, por primera vez desde que empezó la contienda, dan una ventaja de dos dígitos al demócrata Joseph Biden, la cual parece estable. Y, en algunos de llamados estados bisagra -en los que los dos partidos grandes se han repartido victorias-, como Florida, Ohio, Carolina del Norte o Pensilvania, Biden lleva una leve ventaja, según un cálculo basado en varias mediciones que ha hecho El País.
Otros estados que han solido votar republicano, como Texas y Arizona, hoy se pintan también a favor de Biden.

Aún es pronto, y a tres semanas de la elección los números se ven bastante parecidos a los que en 2016 daban ventaja a Hillary Clinton en la presidencial que Trump terminó ganando. Hoy, como hace cuatro años, todo vuelve a indicar que los demócratas ganaran la mayoría del voto popular. Eso, sin embargo, no es garantía de que recuperarán la presidencia: Clinton ganó más votos que Trump y, en 2000, el demócrata Al Gore obtuvo más votos que George W. Bush, pero al final el republicano recaló en la Casa Blanca.

Lo anterior es posible por el sistema sufragista estadounidense, en el que los votantes eligen a sus funcionarios de forma indirecta, a través de representantes de colegios electorales en cada estado. Al final, el que suma 270 votos electorales gana su pase a Washington. El sistema se presta a una aritmética que hace posible ganar, aun sin ganar la mayoría del sufragio.

Este año, según varios especialistas en Washington con los que hablé en los últimos días, y a pesar de que las encuestas se parecen un tanto a las de 2016, varias cosas juegan en favor de Biden. La más importante es, acaso, la desastrosa respuesta de Trump al coronavirus y el impacto que la pandemia ya tiene en la economía estadounidense.

Trump, fiel a su guion de político matón que desprecia el conocimiento, minimizó la pandemia, trató de achacarla a un complot chino e incluso se burló de sus víctimas. Más de 215,000 muertos y casi 8 millones de contagios después, la mayoría de los estadounidenses coincide en que el presidente falló.
La incapacidad de Trump para alejarse de su base racista, y de su propio racismo, parece haber potenciado a favor de los demócratas el apoyo más claro de algunas minorías -sobre todo la afroamericana- que no votaron a favor de Hillary Clinton en 2016 y a quienes hoy atrae la figura de la vice presidenciable Kamala Harris, de orígenes africanos e hindúes.

Diferente será hoy, también, la disposición de Trump a aceptar la derrota, según se desprende de algunas de sus declaraciones públicas y silencios. Ya a mediados del año pasado, un académico basado en Washington me adelantaba que el trumpismo es perfectamente capaz de apelar a la violencia ante un resultado adverso. La semana pasada, un exdiplomático estadounidense en Centroamérica, me confirmó el temor: “Será una noche muy larga”, me dijo.

Al final, si Trump pierde y los demócratas terminan ganando mayoría en la cámara de representantes y el senado -varios puestos del congreso van a elección también el 3 de noviembre-, un nuevo escenario político se abrirá en Estados Unidos y el mundo.

En el Triángulo Norte de Centroamérica, uno de esos cambios puede ser que los presidentes que lograron cheques en blanco a cambio de arrodillarse ante las políticas migratorias inhumanas de Trump dejen de contar con el apoyo incondicional de Washington y sus embajadores. (Más de esto en próximas entregas).

Adiós

Cuando era pequeña aprendí a evitar decir adiós y que de alguna manera las despedidas eran menos dolorosas de esa manera. Recuerdo que mi tía vivía en una ciudad unas horas al norte de nosotros. A veces llegaba en moto, otras veces con sus perros y en otras ocasiones, con amigos. Sus visitas siempre estaban llenas de comida y energía alegre y yo la ponía al día con todas las cosas que se había perdido desde la última visita. En algún momento más tarde, simplemente me daba cuenta de que ya no estaba y que se había ido. Mi madre me explicó que a mi tía no le gustaban las despedidas.

Desde aquel entonces las despedidas nunca han sido fáciles. Quizás es porque decir adiós se trata de aceptar que los procesos de la vida tienen un principio, un medio y un final. Al mismo tiempo, el adiós significa que hemos aprendido a cerrar ciclos cuando un proceso se ha secado para que no continúe invocando nuestra energía de una manera que ya no nos sirve de la misma forma que antes. Adiós significa que sabemos liberarnos de fases y procesos para estar psíquicamente disponibles para asumir nuevos compromisos.

Como seres humanos, tendemos a ceñirnos a lo que sabemos y conocemos. Es un hábito muy fuerte que nos empuja a la inercia total. Consideramos que es más fácil seguir haciendo algo familiar que reflexionar sobre cómo mejor invertir el tiempo y la energía de una manera que valore nuestra autenticidad y el hecho de que el tiempo es finito. Cerrar un ciclo conscientemente significa reflexionar sobre quiénes somos en este momento y reconocer los procesos personales de evolución y de transformación.

Cuando empecé a escribir esta columna «Meridiano 89 oeste», con Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, estaba en medio del doctorado, animada con teorías, con las palabras y con los textos. Quería discutir ideas y argumentos, pero, a veces, pienso que de tanto leer se me secó el cerebro como Don Quijote que: «Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.» Cuando soy honesta conmigo misma, lo que anima mi creatividad ahora es el trabajo manual; la carpintería, el dibujo, la siembra, el arte y fijarme en las sombras de mi aguacatero mientras caminamos. Si pienso en mi trabajo ideal, después de tanto leer, estudiar y analizar textos, me fascinaría ser cartero y caminar distancias entregando cartas como las de antes; sobres llenos de palabras y textos pero sin escribir, leer, ni analizarlas.

Antes de morir, Don Quijote se vuelve hacía Sancho y le pide perdón por la ocasión que le había dado de parecer loco como él, haciéndole caer en el error en que él había caído de que su imaginación era la realidad y no una locura. Con esto mis queridos amigos también les pido perdón y les agradezco su lectura a lo largo de los cuatro años de Meridiano 89 oeste. Cierro esta columna con mucho agradecimiento y cariño.

Estallido social: a un año de que Chile despertara

Hace un año, luego de un inesperado anuncio de aumento de 30 pesos al pasaje del Metro de Santiago, empezaron a manifestarse algunos signos de indignación entre estudiantes y algunos ciudadanos. Estos atisbos de molestia fueron olímpicamente ignorados por las autoridades. La tensión fue aumentando en las semanas siguientes, hasta llegar al evento que marcó un antes y después para Chile: el estallido social.

Luego del alto grado de violencia inicial, medio país saqueado y toque de queda instalado, durante las jornadas posteriores empezaron a surgir las demandas de fondo. Ahí, la rabia que un día antes había -literalmente- incendiado Chile, se manifestaba a través de pancartas y marchas donde abundaban mensajes como: «Chile despertó», «Educación gratuita y de calidad», «No + AFP«, «Renuncia Piñera«, «Mejores salarios», «Nueva Constitución para Chile», «Hasta que la dignidad se haga costumbre», etc.

Estos mensajes buscaban evidenciar temas valóricos como desigualdad y dignidad; así como problemas prácticos como educación, pensiones, salud, transporte público, sobre endeudamiento y muchos más.

Esta ebullición social se mantuvo intensamente de manifiesto en las calles entre octubre y diciembre. Durante el verano, la intensidad bajó, aunque un mensaje central se mantuvo en la agenda como la demanda más trascendental: una nueva constitución para Chile.

Hoy, a un año del inesperado estallido social chileno que dio la vuelta al mundo, nos encontramos a pocos días de lo que se puede catalogar como su gran triunfo: el plebiscito. En esa instancia los chilenos podrán votar «apruebo» o «rechazo» para definir si este largo país del sur tendrá una nueva Constitución, una que deje atrás el legado político-económico de largo plazo de la dictadura de Augusto Pinochet. Además, deberán votar cómo debería construirse esta nueva Carta Magna.

Aquí se manifiesta una innovación, a la que fue difícil llegar, ya que haya dos opciones para responder a la pregunta ¿Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución? Las alternativas son «Convención Mixta Constitucional» o «Convención Constitucional».

La primera opción estaría conformada en partes iguales por miembros del Congreso, así como otros que la ciudadanía podrá elegir en una nueva votación. La segunda opción, más innovadora, implica que todos los miembros serán electos por la ciudadanía. Es decir, con esta última alternativa, «los mismos de siempre» no tendrán una participación asegurada en el proceso, permitiendo que sea un documento libre de sesgos o intereses políticos.

La pandemia ha atrasado este proceso, cuya votación debería haber sido en abril. Así, la crisis sanitaria ha jugado un rol polémico. Por ejemplo, el grupo que promueve el «rechazo» argumenta que muchos adultos mayores y sus cuidadores no podrán votar, ya que es muy arriesgado salir y enfermarse, convirtiéndola en una votación poco legítima. Por otra parte, como en nuestro país, el Covid ha puesto de manifiesto con mayor intensidad las numerosas falencias sociales que inspiraron el estallido social inicialmente, por lo que el incentivo para votar podría, incluso, verse incrementado.

Vivir este proceso de transformación social inmerso en una pandemia ha sido, por decir lo menos, un vaivén de pensamientos, emociones e incertidumbre. Como fanática de la política, lo vivo y lo analizo con afán de aprender de las experiencias y extrapolarlo a la realidad salvadoreña, más convencida que nunca que un proceso constitucional es profundamente complejo y trascendental.

Terrorismo contra la prensa

Corren días difíciles para la prensa en Centroamérica. Impulsados por sus ansias de amasar poder sin contrapesos, varios gobernantes de la región han emprendido o profundizado ataques e intentos de callar, desprestigiar y arrodillar a la prensa independiente que ha descubierto en ellos y sus administraciones indicios de corrupción, comportamientos antidemocráticos e incluso posibles crímenes.
Empiezo por El Salvador.

La más reciente arremetida del presidente Nayib Bukele y su administración contra periodistas y medios inició los primeros días de septiembre. El primer día del mes, el sitio La Página, administrado por el estado salvadoreño, publicó una nota calumniosa en mi contra, basada en una supuesta investigación de la fiscalía que, si existió, nunca fue judicializada y sobre la que nunca autoridad alguna me notificó.

Como ya es usual en este guion de difamación, la noticia falsa fue retomada por el mismo presidente, media docena de sus funcionarios más cercanos, otros sitios con apariencia noticiosa que son manejados desde el Ejecutivo, acólitos y decenas de cuentas apócrifas en Twitter y Facebook.

Dos días después de aquel ruido que el gobierno pretendió generar, El Faro publicó una investigación sobre pláticas entre la administración Bukele y el liderazgo de la pandilla MS13 en las cárceles del país. El reportaje está basado en decenas de documentos oficiales cuya autenticidad ningún vocero del gobierno ha podido desmentir hasta la fecha.

Tras esa publicación supimos, por una demanda de amparo que El Faro introdujo ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, que el gobierno de Bukele lleva meses utilizando al Ministerio de Hacienda como otra forma de intimidar al periódico y a sus periodistas y de obstaculizar su trabajo. Agentes de Hacienda y de la Policía también han intentado intimidar a mi familia en El Salvador.

Estas denuncias y otras interpuestas por colegas en lo que va de esta presidencia encendieron todas las alarmas entre organizaciones de protección a periodistas y en el congreso y Departamento de Estado de los Estados Unidos, el principal aliado político de Bukele.

El 10 de septiembre, 14 congresistas, incluidos presidentes de comités legislativos y uno de los senadores demócratas más influyentes en temas de cooperación con Centroamérica, mandaron una carta al presidente Bukele para mostrarle su preocupación por los ataques al periodismo. El secretario jurídico de la presidencia intentó bajar el tono a la misiva diciendo que era “una carta más”, lo que, antes que otra cosa, demuestra su profunda ignorancia sobre cómo funciona Washington.
Estos desmanes del Ejecutivo salvadoreño deben de entenderse como una muestra más de las tendencias autoritarias que Bukele mostró sin contrición el 9 de febrero, cuando entró acompañado de militares al Palacio Legislativo. A esto se ha sumado, durante el encierro por la pandemia, el desprecio a resoluciones emanadas de la Sala de lo Constitucional, el uso indiscriminado de la fuerza pública y, de nuevo, el gasto de miles de dólares en el aparato propagandístico estatal para intentar acallar ya no solo a la prensa sino a cualquier voz crítica o de oposición. Es, en suma, una estrategia deliberada para aterrorizar a las voces no amigables; a los críticos; a quienes han descubierto la entraña de la corrupción y el autoritarismo.

El mismo patrón se ha profundizado en la Nicaragua de Daniel Ortega, quien recién embargó bienes de un canal de televisión crítico de su régimen.
En Guatemala, el 11 de septiembre, la policía detuvo a Sonny Figueroa, un periodista que ha publicado temas de corrupción relacionados al gobierno de Alejandro Giammattei. Figueroa fue liberado por un juez y la fiscalía investiga posible mal procedimiento policial.
La alerta debe de ser clara: la prensa centroamericana está en peligro.

El Panóptico en la era Covid

Aprendí sobre el panóptico de Foucault por primera vez en una clase de la Universidad. En ese momento tenía el lujo de tomarlo como nada más que una teoría interesante. La noción de que la arquitectura podía funcionar como metáfora de los sistemas modernos de poder, conocimiento y orden era fascinante, pero ultimamente como profesora y en mis intentos de trabajar con otros profesores para negociar las condiciones de trabajo con la junta directiva durante una crisis de salud global, he vuelto al panóptico como una metáfora útil para entender cómo los directores ejercen poder al manejar la comunicación entre los trabajadores. El panóptico es un modelo de construcción institucional y un sistema de control diseñado por el filósofo y teórico social inglés Jeremy Bentham en el siglo XVIII. El concepto del diseño es permitir que todos los presos de una institución sean observados por un solo guardia de seguridad, sin que los prisioneros sepan si están siendo observados. Si bien es físicamente imposible que un solo guardia observe todas las celdas a la vez, el hecho de que los prisioneros no saben cuándo están siendo vigilados los motiva a actuar como si los estuvieran vigilando en todo momento. Por lo tanto, los reclusos se ven efectivamente obligados a regular su propio comportamiento.

La configuración básica del panóptico de Bentham es la siguiente: hay una torre central rodeada de celdas. En la torre central está el vigilante. En las celdas hay prisioneros, o trabajadores, o niños, según el uso del edificio. La torre emite una luz brillante para que el vigilante pueda ver a todos en las celdas. Sin embargo, las personas en las celdas no pueden ver al vigilante y, por lo tanto, deben asumir que siempre están bajo observación. Los prisioneros nunca se comunican. El vigilante controla la circulación de información y de conocimiento. Como obra de arquitectura, el panóptico permite que un vigilante observe a los ocupantes sin que los ocupantes sepan si están siendo observados o no. Como metáfora, el panóptico sirve como una forma de comprender las tendencias de vigilancia de las sociedades disciplinarias.

El panóptico de Jeremy Bentham fue originalmente idea de su hermano. Su hermano Samuel trabajaba en Rusia en una finca en Krichev y tenía una fuerza laboral poco calificada, por lo que organizó a su fuerza laboral en un círculo alrededor de su escritorio central para poder vigilar lo que todos hacían en cada momento. Bentham fue a visitar a su hermano a fines de la década de 1780 y decidió que el arreglo centralizado podría aplicarse a una variedad de situaciones, no solo a prisiones, sino a fábricas, escuelas y hospitales.

El filósofo francés Michel Foucault revitalizó el interés por el panóptico en su libro de 1975 «Disciplina y castigo». Foucault usó el panóptico como una forma de ilustrar la proclividad de las sociedades disciplinarias a subyugar a sus ciudadanos. Foucault describe al prisionero de un panóptico como el receptor de una vigilancia asimétrica: «Se le ve, pero no se ve; es un objeto de información, nunca un sujeto en comunicación».

La forma principal en que la junta escolar se comunica con los empleados es a través de un modelo de comunicación unidireccional similar al panóptico. En gran parte, recibimos encuestas para llenar en formularios de Google en lugar de oportunidades para dialogar y de conversar con otros trabajadores. Inicialmente, parecía que las encuestas eran una invitación a los trabajadores a aportar ideas e inquietudes, pero esta tecnología se ha convertido en un método para controlar la información y de silenciar a los empleados.

Con todo, los profesores hemos llenado decenas de encuestas desde marzo. Nos preguntan sobre problemas que vemos en los procesos de limpieza, para desinfectar las clases, el uso de mascarillas y la filtración del aire en las aulas. También hemos escrito decenas de cartas sobre las mismas condiciones de trabajo. La administración protege los datos sin permitirnos un consenso colectivo. Mientras tanto, el panóptico está lleno de trabajadores. La torre emite una luz brillante para que el vigilante pueda ver a todos en las celdas. Sin embargo, desde las celdas no podemos ver al vigilante ni comunicarnos con nadie más.

Recuperación: palabra clave para la pandemia y la economía

¿Puede una población enferma ser productiva? ¿Está la economía sobre la salud? ¿Es posible abrir la economía y controlar la pandemia al mismo tiempo? Estas y más interrogantes se han ido apoderando de la agenda.

En Chile, el desempleo ha alcanzado el 30%, una cifra desesperante, trágica y que recoge a miles de familias que han visto un profundo desgaste en su situación económica. En El Salvador, según datos del Ministerio de Economía, el Covid podría cobrar más de 60 mil empleos.

Ante este escenario, las medidas de recuperación económica son imprescindibles, tanto aquellas dirigidas a las Pymes, al sector informal y a los emprendedores, principales protagonistas de la generación de empleo. Sin embargo, esto no debería ser a costa de poner a la población en riesgo. ¿Es posible alcanzar este equilibrio en épocas de pandemia?

El desarrollo digital es un importante aliado para mantener los niveles de productividad en algunas industrias. Es así como la pandemia ha implicado la aceleración de procesos de transformación digital y flexibilización en la toma de decisiones y procedimientos en diversas empresas. Por ejemplo, incursionar en plataformas como Instagram y Facebook como canales de venta adicionales, cuando anteriormente solo tenían fines publicitarios.

A nivel empresa, esta pandemia ha implicado una sacudida a los modelos de gestión tradicionales que eran, usualmente análogos, lentos y desactualizados. En algunos casos -para las empresas con mayor capacidad de autocrítica- se ha convertido en una especie de auto-evaluación para reflexionar sobre su nivel de digitalización, capacidad de adaptación y flexibilidad, modelo de gobernanza y toma de decisiones, tipos de liderazgos, análisis de riesgos, etc.

Para agregar otro componente a este proceso de recuperación económica, a nivel mundial, se está hablando de una «recuperación verde». Es decir, si ya estamos replanteándonos la forma de hacer las cosas, por qué no aprovechar de hacerlo de manera sustentable, considerando aspectos ambientales, sociales y de gobernanza que aporten al desarrollo sostenible y a la lucha contra el cambio climático.

Según los expertos, las empresas que no replanteen su forma de hacer las cosas, considerando las complejidades y oportunidades que la pandemia ha sacado a relucir, estarían desaprovechando un momento histórico que marca el antes y después de la industria. E incluso, podrían poner en riesgo su continuidad en el mercado.

Esto, por tanto, se convierte en una oportunidad para obtener recursos de aquellos inversionistas que han incorporado aspectos ambientales, sociales y de gobernanza que aporten a una recuperación verde dentro de sus criterios de evaluación para proyectos y empresas.

Todo esto debe ser analizado -e implementado- con especial cuidado y responsabilidad con la salud de los trabajadores.

Por otra parte, el gobierno juega un rol clave a través de la generación de políticas socioeconómicas que impulsen una recuperación que responda a las expectativas y estándares internacionales. Además, pueden hacer un importante aporte al generar las instancias que promuevan que las empresas adopten este tipo de medidas y análisis en sus estrategias.

Recuperación es una palabra clave, con muchos desafíos, no solo para los enfermos de covid-19, sino también para una economía golpeada por la pandemia que se enfrenta a una fase post covid-19 amenazada por el cambio climático.

La dignidad del presidente

Barack Obama es, ante todo, un político muy efectivo. Lo volvió a demostrar el miércoles 19 de agosto, en el discurso que pronunció en la convención del partido demócrata que nominó a Joe Biden como candidato a arrebatar la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump en las elecciones del 3 de noviembre. Esa efectividad de Obama no es una simple argucia; tiene sustento.

Haciendo un uso magistral de los escenarios obligados que ha impuesto la pandemia, Obama se paró frente a un mural que recoge las primeras líneas de la Constitución de los Estados Unidos. «Estoy en Filadelfia», empezó, y, ya ubicado en la ciudad en que nació la Unión Americana, utilizó los primeros minutos para volver a los preceptos básicos de la carta magna estadounidense, a sus aberraciones y a sus grandes virtudes:

«No era un documento perfecto; permitió la esclavitud y falló en garantizar a las mujeres, incluso a algunos hombres, la habilidad de participar en el proceso político, pero, insertada en este documento había una estrella que nos guiaría por generaciones: un sistema representativo, una democracia…»

Y siguió: «La única oficina que, por Constitución, elegimos todos, es la presidencia… Deberíamos esperar que el presidente sea el custodio de la democracia; que más allá de su ego, de su ambición o sus creencias políticas, el presidente preserve, proteja y defienda esta democracia».

Ya con esa entrada, Obama nos recordó que la política, un ejercicio que al final no es más que la administración del poder hecho por seres humanos imperfectos y ambiciosos, solo ha adquirido sentido revolucionario en la Historia -con mayúscula- cuando esos hombres y mujeres han sido capaces de sobreponerse a sus propias limitaciones y las impuestas por el poder que les rodea.

Enseguida, Obama hizo su particular arenga política. Donald Trump, dijo, no ha sido capaz de honrar los preceptos constitucionales. Y luego pidió el voto de los estadounidenses para Joseph Biden, su exvicepresidente.

Las palabras del presidente número 44 de los Estados Unidos, sin embargo, van más allá de la coyuntura electoral de Estados Unidos, y eso es posible porque Obama aún conserva algo muy escaso en el mapa político que le siguió en América y que le permite, incluso ahora, erigirse por encima de la cloaca en que su sucesor en la Casa Blanca y otros presidentes de la región han convertido el ejercicio político: A Barack Obama aún le queda dignidad.

El discurso de Obama en la convención demócrata fue, en sí mismo, diferente a las parrafadas y balbuceos a las que recurren líderes actuales como Donald Trump, Nayib Bukele, Jair Bolsonaro o el mismo AMLO. En las narrativas de estos últimos hay mucho de megalomanía, de interés particular, de «fake news» y, al final, de superficialidad.

Y, de nuevo, no fue la palabra lo que hizo del discurso de Obama algo relevante; fue la calidad política del expresidente.

Obama cometió muchos errores durante su administración. Para el caso de los latinos en Estados Unidos, por ejemplo, llevó al extremo el cálculo político de endurecer la expulsión de indocumentados para beneficiar a migrantes jóvenes; en el camino destruyó los sueños de muchas familias para beneficiar a otras. Y, a veces, fue demasiado cauteloso, incluso timorato, para llevar adelante sus políticas.

Lo que nunca hizo Obama fue hacer de sí mismo el principio y fin de su presidencia. Tampoco hizo de la mentira sistemática, patológica, el hilo conductor de su narrativa política. Y nunca acudió al músculo del Estado para intentar aniquilar a adversarios políticos. Obama fue, en ese sentido, un ejecutor impecable de la altura que se espera de un presidente.

Veo a mi alrededor y no me queda más que lamentar la pérdida de esa dignidad en los despachos presidenciales de Washington a San Salvador.

Cómo se va un aguacatero

Era una perra mayor, pero como la encontramos en un refugio de animales, nunca supimos su edad exacta. Había señales en los últimos meses de debilidad y de cansancio e incluso mi vecina, que trabaja en un hospital veterinario, se acercó para examinar a la perra. Me dijo que parecía tener algún decaimiento neurológico. Su consejo fue: «Se ve contenta y feliz. Mientras coma y tenga más ratos buenos que ratos malos, no hay remedio aparte de amarla y mimarla.» Yo prefería ver su desequilibrio y la forma en que inclinaba la cabeza como cosas normales en una perra mayor.

Cuando se caía en casa me preocupaba, pero siempre recuperaba el equilibrio y seguimos con nuestros días. Comprendí, en mi mente lógica, que la perderíamos, pero de alguna manera esa idea nunca entró en mi corazón. Me negué a aceptar la realidad porque todavía era posible huir de ella. No quería afrontar directamente el tiempo ni la muerte. Mientras tanto, la realidad me llamaba a ser consciente de ella y a entregarme a ella, a ceder a todos sus colores, olores y sonidos, a no rechazar nada, a aceptarla completamente sin reservas ni distracciones. Lo que habría ganado hubiera sido más aprecio por cada uno de esos últimos preciosos momentos fugaces.

Esta semana, la realidad por fin me agarró sin ninguna manera de zafarme de ella. La sensación de no poder esconderme de la muerte cuando nuestra querida perra moría en mis brazos fue intensa. Llamé a mi hijo a la habitación donde estaba con mi hija para que él también pudiera despedirse de ella. «Se está muriendo,» le dije rotundamente. Pronuncié las palabras y sentí que me envolvió de un solo una realidad que rápidamente me abrumaba. Esta vez, cuando traté de retirarme y alejarme de la situación, ya estaba inmersa en su tsunami. Ya no había nada que me distrajera de la realidad. No importaba que yo quisiera que fuera de otra manera. No quedaba nada que hacer aparte de seguir avanzando hacia la aceptación.

Al día siguiente, hice todas las cosas difíciles que acompañan a la muerte, pero las hice con la presencia de un corazón desgarrado. No había nada que hacer aparte de relajarme en la certeza del dolor y la pérdida. Mientras cavaba un hoyo en mi patio temprano en la mañana y mientras mis hijos dormían, salí del pequeño mundo egocéntrico que siempre me rodea y encontré un espacio más amplio. Dejé de sentirme atrapada por la realidad y me encontré al borde de una expansión. Era como salir de un carro apretado y pequeño en la cima de una montaña.

Los momentos y las experiencias de la vida son impermanentes, como la huella fugaz en el cielo del colibrí que comenzó a aparecer en los días posteriores a la muerte de mi perro. ¿Es posible amar y experimentar la vida sin proyectar constantemente nuestras preferencias en la realidad? Después de todo, a la realidad no le importa lo que pensemos de ella. Un colibrí es un colibrí sin importar si nos parece una belleza o si le asignamos otro significado. En los últimos meses de la vida de mi perra no vi las cosas con claridad por dejar que mi visión se empañara por reacciones emocionales. ¿Será posible amar sin volvernos dependientes y sin aferrarnos al amor?

Por ahora, he encontrado una organización local que recibe y acoge perros. Sacan perros de refugios llenos de animales y de centros de eutanasia y encuentran personas dispuestas a abrir sus hogares temporalmente mientras buscan familias para adoptarlos permanentemente. Cada hogar de acogida salva la vida de un perro y reduce el hacinamiento en el refugio de animales. Los perros que lleguen a mi casa serán transeúntes y no tendré nada a que aferrarme aparte de preciosos momentos fugaces, pero siempre fue así.

Millennials en pandemia

Hace poco surgió una especie de debate entre algunos amigos. Un bando se quejaba del encierro y el otro bando defendía que las condiciones del confinamiento eran considerablemente favorables al compararlas con lo que vivieron las generaciones que enfrentaron pandemias previas, como la gripe española: «Al menos tenemos Whatsapp y Zoom,» decían. «No tenemos derecho a quejarnos», agregaban.

A partir de esta discusión, se evidenció lo afortunada que había sido nuestra generación -todos treintones- al no sufrir tantos contratiempos históricos, si la comparábamos con la de nuestros abuelos e, incluso, la de nuestros padres. «Mis abuelos vivieron guerra, dictadura, crisis económica y quién sabe cuánto más», recordaba uno de los participantes. La contraparte respondió: «Claro, pero también vivían en el pueblo, en su campo, donde tenían animales y plantas; eran autosustentables, no tenían que ir al súper, ni dependían de la economía nacional para sobrevivir.»

En fin, las condiciones del encierro actual varían abismalmente de acuerdo con el contexto laboral y socio económico de cada cual y, en general, creo que sería injusto decir que ha sido fácil. Sin embargo, probablemente para los millennials, quienes estamos experimentando nuestro primer hito pandémico y crisis económica mundial, esto ha implicado un profundo cambio de estilo de vida.

Según una encuesta reciente realizada en Chile, las personas pertenecientes a las generaciones Centennials (18-24 años) y Millennials (25-34 años) están sintiendo el impacto de la pandemia de coronavirus más severamente que cualquier otra generación, en diversos ámbitos de la vida.

En lo laboral, el home office improvisado impulsará una reflexión sobre nuevos mecanismos de trabajo que pueden resultar en diversas ventajas: procesos más eficientes, disminución de costos para las empresas e, incluso, beneficios ambientales, si consideramos que el teletrabajo permite reducir las emisiones de CO2 que generan los traslados.

Sin embargo, este nuevo modelo también plantea un desafío para los millennials, un grupo que privilegia los beneficios laborales, que busca ambientes laborales atractivos, que exige equilibrio vida-trabajo. ¿Cómo hacer compatible el home office con esas exigencias?

Por otra parte, en el ámbito social, los viajes, conciertos y eventos masivos que se lucen en redes sociales deberán esperar, así como las actividades de desarrollo personal y profesional, como inversiones en educación o congresos. ¿Será momento, entonces, de que nuestra generación, acusada de superflua, aproveche este contexto para poner atención en las cosas importantes?

Como en otros países, la pandemia ha expuesto y profundizado aun más las problemáticas sociales: desde la necesidad de mejor infraestructura médica y condiciones dignas para el personal de salud; hasta la precarización del empleo y la imposibilidad de hacer cuarentenas estrictas sin ingresos garantizados.

La pandemia implica un cambio cultural que la generación millennial nunca ha debido afrontar, pero que tiene un importante componente digital que podemos aprovechar. La oportunidad para una transformación digital real es urgente en estas circunstancias, ya que puede significar la continuidad operacional de muchas empresas y el aseguramiento de las condiciones laborales de sus trabajadores.

Mientras tanto, sigamos cuidándonos para evitar ser víctimas del Covid.

Fracasos

Las respuestas de los tres gobiernos del Triángulo Norte centroamericano a la pandemia del coronavirus han estado marcadas por la corrupción, delirios autoritarios e importantes dosis de incompetencia. En los tres países las cifras de infecciones y muertes no baja mientras los sistemas de salud colapsan y el estancamiento económico está a pocos pasos de la recesión.

Guatemala, Honduras y El Salvador recibieron la llegada del coronavirus con medidas estrictas de confinamiento que, en general, recibieron elogios. Al final, sin embargo, los encierros regentados por los tres gobiernos no previnieron ni evitaron mucho.

En El Salvador, detrás de la estridente narrativa del presidente Nayib Bukele, que anunciaba el encierro como la única medida posible ante el advenimiento de un escenario apocalíptico plagado de miles de muertos en las calles, no hubo nunca un plan consistente para utilizar la cuarentena para lo que, según los epidemiólogos, debe servir, como cortafuegos para evitar la propagación del virus.

Que el encierro hubiese servido para cortarle los caminos al virus dependía, en buena medida, de estudios epidemiológicos que determinasen focos críticos de propagación, rutas de contagio o políticas de aislamientos escalonados. Nada de eso acompañó, en El Salvador, al confinamiento.

El encierro siempre fue, en los casos que hoy son considerados exitosos en este tema -como España o Corea del Sur-, solo un componente de respuestas mucho más complejas, pensadas por salubristas, médicos y científicos, no por políticos estridentes.

En el caso salvadoreño, centenares de ciudadanos fueron encerrados en albergues improvisados donde, según decenas de testimonios, no existían condiciones higiénicas para, en efecto, contener al virus.

Otro guion común, en los casos de Guatemala y El Salvador, fue el del gobernante como víctima. Bukele lo hizo sobre todo en sus redes sociales, donde volcó una de las líneas preferidas de sus propagandistas: recibí al país en la ruina, pero soy un gobernante esforzado, un líder que está haciendo todo lo posible con lo poco que me dejaron. Giammattei prefirió la televisión para recitar, domingo a domingo, la misma perorata: recibimos mal el país… Y así. La culpa siempre fue de alguien más.

Para Juan Orlando Hernández ese argumento era muy difícil. El hondureño va para su séptimo año en el poder -cuestionada reelección de por medio-, con lo que buscar culpables antes que él no parece viable.

La gestión de JOH también acudió al encierro estricto desde el principio de la pandemia y, si se escucha a organismos locales e internacionales de Derechos Humanos, esto le ha servido para desplegar aún más al ejército y la policía en todas las ciudades y pueblos del país. Para este presidente, arrinconado como está por múltiples acusaciones de ser parte de una red internacional de narcotráfico, los militares siempre han sido un sostén vital.

Bukele también ha utilizado la pandemia para extender su impronta en la fuerza armada de su país, a la que acude para todo, desde cercar pueblos y ciudades que no cumplen la cuarentena hasta utilizar a los militares para repartir víveres con logos de su gobierno o para que combatan una epidemia de langostas en el campo. No es poco para un presidente que, un mes antes de la llegada del virus, había entrado a la Asamblea Legislativa escoltado por soldados con armas largas.

Al coronavirus lo ha acompañado otra plaga que ya es endémica en Centroamérica, la de la corrupción. En Honduras, un empresario designado por la presidencia para hacer las compras de emergencia pagó sobreprecios de hasta 40 millones de dólares por hospitales móviles que nunca llegaron. En El Salvador, familiares del ministro de Salud vendieron insumos al Estado. Y así.

Casi cinco meses después, con la economía en serio riesgo y las desigualdades históricas a flor de piel, Centroamérica debe lidiar, una vez más, con lo que deja la incompetencia de sus líderes.