La historia no escuchada

En su libro Literatura en las cenizas de la historia, Cathy Caruth analiza las experiencias traumáticas y cómo éstas siempre traen una pérdida secundaria; el de desaparecer del registro histórico. Son historias no escuchadas. Hoy en el caso de El Salvador, por ejemplo, la Catedral Metropolitana del centro ha quedado inquietante; blanca, lisa y simple. Su exterior sin adornos refleja una estética moderna que ya no hace referencia a la historia y la memoria que muchos aún asocian con el lugar. La fachada limpia parece reflejar mejor la cultura actual de silencio e impunidad del país. Meses después de la firma de los acuerdos de paz en 1992, una amnistía general blanqueó las violaciones de los derechos humanos de la guerra, evitando que se llevaran a cabo juicios y protegiendo a muchas personas de responsabilidad penal.

Al poco tiempo de la destrucción de la fachada empezaron a nacer nuevas imágenes de «Armonía de nuestra gente» de Llort en la producción cultural. Eran pequeños retos a la cultura de olvido e intentos de volver a contar la historia de la Catedral. Un mural público, Alegoría de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de Antonio Bonilla, muestra imágenes claves de la guerra más reciente de El Salvador; el arzobispo Romero está al centro, el emblemático monumento Salvador del Mundo de la capital, la firma de los Acuerdos de paz y la Catedral Metropolitana con la fachada de Fernando Llort aún intacta. Así también en la obra de teatro de Jorgelina Cerritos Audiencia de los confines: Primer ensayo de la memoria (Índole 2014) los personajes juntan los azulejos rotos del mural de Llort como símbolo de la recuperación de la memoria colectiva. Como escribe la crítica argentina Elizabeth Jelin, «la memoria es obstinada, no se resigna a quedar en el pasado, insiste en su presencia».

Estas representaciones de la Catedral con la obra de Llort intacta cuenta el pasado; recrea los referentes locales reinstalando la cultura y la historia en el centro de San Salvador. Cada una representa un regreso al sitio original de memoria que refleja el retorno de la experiencia traumática, como lo enfatizan críticos como Cathy Caruth: «el revivir traumático, como las pesadillas de la víctima del accidente, parece un recuerdo lúcido; se regresa, repetidamente, solo en la forma del sueño». Así también hay muchos escritores y artistas salvadoreños a partir de 2009 que están haciendo el trabajo de la memoria de regresar al pasado para re-presentar en la producción cultural lo que ha desaparecido y lo que se ha borrado. Entre ellos están Jorgelina Cerritos, Jorge Avalos, Jorge Galán, Róger Lindo, Claudia Hernández y Miguel Huezo Mixco, y artistas como Antonio Bonilla y el colectivo Fire Theory.

Pero el trabajo de la memoria, para poder sanar, exige la complicidad de un público dispuesto a ver y escuchar historias de trauma. En El Salvador, hasta ahora, el público de la memoria traumática ha sido escaso. Por ejemplo, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación obtuvo testimonios de las víctimas de la guerra solo para que el estado perdonara las violaciones de derechos humanos recién documentadas. Era como si sus testimonios fueron elicitados, archivados y documentados como parte del registro «oficial» solo para eliminar la posibilidad misma de remembranza y justicia. Primo Levi narra una pesadilla recurrente en Auschwitz en la que da testimonio, pero la respuesta de sus oyentes solo le regresa al trauma:

Todos me están escuchando y es esta misma historia la que estoy contando: el silbido de tres notas, la cama dura, mi vecino a quien me gustaría mover, pero a quién tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. También hablo difusamente de nuestra hambre y del control de piojos, y del Kapo que me golpeó en la nariz y luego me envió a lavarme mientras sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, estar en casa, entre personas amigables y tener tantas cosas que contar: pero no puedo evitar notar que mis oyentes no me siguen. De hecho, son completamente indiferentes … Mi hermana me mira, se levanta y se va sin decir una palabra. Un dolor desolador nace en mí. Ahora estoy bastante despierto y recuerdo que se lo conté a Alberto y que él me confió, para mi sorpresa, que también es su sueño y el sueño de muchos otros, quizás de todos. ¿Por qué sucede? ¿Por qué el dolor de lo cotidiano se traduce constantemente en nuestros sueños, en la escena que cada vez se repite más de la historia no escuchada?

Sobrevivir en El Salvador

A diario, muchos salvadoreños cruzan las fronteras del Valle de las Hamacas para nunca regresar, prefieren vivir en países extraños que sobrevivir en el suyo. Tras ellos, muchos otros más quisieran irse. Yo me fui.

Hace unos años, Santiago de Chile se ha convertido en mi nuevo lugar de residencia. La cordillera de los Andes, los vagones del metro y el Palacio de la Moneda se volvieron postales comunes. Quizá por cosas del destino –o por pura necedad– mi estadía se fue prolongando más allá de lo planeado y me he visto forzada a aceptar que, por mucho que lo intente, las pupusas nunca sabrán igual estando en otro país.

Más allá de la nostalgia, cuatro estaciones bien marcadas y un idioma –porque en Chile se habla chileno–, este largo y angosto país me ha ofrecido una sensación que era cada vez más difícil experimentar en El Salvador: seguridad.

Aunque usted no lo crea, estar siempre a la defensiva, caminar con miedo, sentirse constantemente inseguro, sospechar de todo aquel que se cruce en su camino, rezar cada vez que hay que subirse a un bus, volver a la casa y dar gracias por haber llegado vivo; en fin, todo eso ¡no es normal!

Nosotros, los salvadoreños, nos hemos acostumbrado a vivir así y ni siquiera nos damos cuenta. Ya somos inmunes, no nos percatamos. Lo natural es pedirles a todos nuestros familiares y amigos que nos manden un mensaje cuando lleguen a su casa, para estar tranquilos. Lo comprensible es que haya tropas de guardias de seguridad armados hasta los dientes en cada establecimiento comercial. Lo lógico es tener un celular viejito, por si te asaltan, para que se lleven ese. ¡Es que es obvio!

Pues no, no es obvio, no es natural, ni comprensible, ni lógico. Los índices anormales de delincuencia que sufre nuestro país han creado una especie de olla de vapor de la que, justificadamente, muchos ansían escapar. ¿Cuántos de los suyos se han ido? ¿Cuántos se quieren ir? ¿Usted se iría? Yo me fui.

Pero entonces, cuando uno se da cuenta de que es posible caminar por la calle con algún grado de seguridad, cuando subirse a un bus no implica temor a perder la vida, cuando los carros se detienen si un peatón va cruzando la calle y cuando es posible usar el metro sin asfixiarse, le entra a uno la ansiedad por volver y hacer algo.

En teoría, es el Estado el que debe ser garante de la seguridad de sus ciudadanos. Esta es, claramente, una deuda que los últimos administradores tienen con los salvadoreños, la principal, a mi juicio. Con este desdén, la violencia y la delincuencia parecen haber encontrado un lugar cómodo para instalarse: el país en el que ya se ven como lo normal.

Ojalá las alternativas de solución fueran más evidentes, porque son precisamente esa normalización de la violencia, esa cotidianidad de la inseguridad, la zozobra automática y socialmente aceptada las que no permiten que se enciendan las alarmas. Es un efecto paralizador que, poco a poco, va anestesiando los sentidos y las aspiraciones.

Sobrevivir no es normal. Lo normal es vivir, sin el «sobre» antes.

*Una versión de esta columna fue publicada en octubre de 2015.

La cueva negra de la biopsia

Necesitamos hacerte una biopsia. No esperabas oír esas palabras. Has venido a la visita médica para que te den alguna receta fácil, para saber que no es nada y para confirmarte que estás bien. No para meterte a esta cueva negra. La palabra biopsia está compuesta y procede del griego bio, «vida»; y opsía, «observar», e implica que hay una parte de tu propio ser que no se puede ver con claridad. El hecho de ser y reconocer que somos en el fondo un organismo biológico vulnerable nos reduce a lo más corporal. De hecho, esas cuatro palabras te transportan al umbral, a punto de entrar a tu propio tejido como si fueras un forastero.

Tratas de ser positivo. Que te hagan una biopsia quiere decir, primero, que uno tiene el acceso al cuidado preventivo necesario para mantener la buena salud; eso en sí es un privilegio que no hay que dar por hecho, dado que una gran parte de la población mundial ni recibe atención médica. Tenés suerte de estar en esta situación, pensás, pero en estos espacios esa lógica vacila y falla.

Entramos a la cueva opaca que son esos días de esperar los resultados. Son días en los que uno empieza a desprenderse de la trayectoria hacia el futuro porque tenemos muy presente que ese porvenir no le es prometido a nadie. Interesante es ver la facilidad con que soltamos hasta nuestros objetivos profesionales más claros sin mayores inconvenientes y cómo deja de tener tanta urgencia estar al tanto de las novedades de Facebook y Twitter. Lo único que interesa del internet es buscar síntomas, eso sí. Y qué anhelo de estar con tus seres más queridos para que estén cerca, pero que no te pregunten nada de nada. Guardas tus pensamientos, dudas y sospechas en silencio porque todavía crees que las palabras tienen algún control sobre la realidad. Como si fuera la diagnosis y no el mal en sí que te hiciera daño con palabras y conceptos malignos que identifican «genus», especie y fenómeno.

La ventaja de la oscuridad de estos días es que ya no eres ni vieja, ni gorda, ni imperfecta. Te ves en el espejo como un organismo bello que nunca has podido ver bien, ni apreciar, hasta hoy. A saber por qué. Pero ahora sí, ahora que tu reflexión te mira con esa expresión de zombi.

Y bueno, de ahí, todo lo más feo; pánico, ansiedad, puro cortisol. De hecho, según un estudio de Harvard publicado en la revista médica Radiology, esperar los resultados de una biopsia afecta los niveles de hormonas del estrés igual como recibir la mala noticia de un cáncer. En ese mismo estudio 126 mujeres se hicieron biopsias mamarias y después de cinco días 73 todavía no tenían los resultados de sus biopsias. Las que no sabían los resultados tenían los mismos niveles de cortisol que las 16 a quienes les diagnosticaron un cáncer. Total que esperar los resultados de biopsias mamarias no es nada chiche.

Al fin y al cabo hay que dar gracias por las veces que logramos encontrar la salida y zafarnos de las cuevas negras de la vida. Hay que salir de ese espacio tenebroso y saber apreciar el cielo despejado y la luz del día. En fin, lo más curioso que aprendes de esos espacios oscuros es que nos dilatan la experiencia humana dejándonos con más posibilidades de ver y entender qué es lo esencial de la vida. Terminan siendo fuentes de luminosidad.

Continente migratorio

Para este día se había convocado a través de redes sociales a una marcha armada en el centro de Santiago.

Un grupo de personas había solicitado permiso a la Intendencia de la Región Metropolitana de Santiago para hacer una marcha antiinmigrantes. Con el mensaje +salud + trabajo + educación para los chilenos y una niña envuelta en la bandera de Chile, un afiche rondaba en redes sociales con el hashtag #ChileRecuperaChile.

La marcha fue desautorizada. Varias instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Derechos Humanos, recomendó no dar el permiso para una marcha que reviste un mensaje violento, de incitación al odio, de irrespeto a tratados internacionales e incluso a la misma constitución.

¿Qué ha provocado esta manifestación? ¿Por qué hay un grupo de personas dispuestas a marchar en contra de los inmigrantes? ¡Eso solo pasa en Estados Unidos! ¿O no?

Hace solo unas semanas, se publicaron los resultados de un estudio que reveló que al menos 3 ciudades en Chile superaban el 10 % de población migrante, lo que a juicio de los expertos excede el límite recomendado, ya que podría generar problemas de convivencia. A esto se sumaron los comentarios del presidente Piñera que mencionó que el impacto migratorio no ha podido ser contrarrestado por la creación de empleos.

Esto genera una especie de caldo de cultivo para que los grupos más resistentes a la migración, así como otros grupos –mal llamados– patrióticos insistan en manifestaciones públicas que incitan la intolerancia hacia los migrantes.

El estudio además reveló que el grupo mayoritario de migrantes está conformado por venezolanos, quienes alcanzan el 23 % del total. Los salvadoreños viviendo en Chile son tan pocos que no marcan ninguna diferencia en las estadísticas, ni ocupan algún lugar del podio. Sin embargo, es inevitable pensar que en el hemisferio norte de este continente la realidad es otra: los salvadoreños son parte de las mayorías, marcan grandes diferencias y son parte del podio.

El fenómeno migratorio latinoamericano ha ganado fuerza en los últimos años. Entre las caravanas hacia Estados Unidos, las terribles jaulas de Trump y los campamentos de venezolanos en la frontera de Tacna en Chile-Perú, estamos frente a una crisis.

Ante un escenario preelectoral tanto en EUA como en Chile, las diferencias entre candidatos y sus propuestas también tendrán un importante componente migratorio: a favor o en contra. Así se irán definiendo los matices que para muchos electores son decisivos a la hora de votar. Y como se ha ido mostrando en la conducta de los chilenos, es relativamente rápido pasar de una conducta acogedora y empática con los migrantes –cuando son pocos– a una restrictiva –cuando son muchos.

Sin embargo, es imposible limitar la capacidad migratoria de las personas. La libertad de movimiento es uno de los derechos fundamentales recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, y la migración representa uno de los pilares de la historia de la humanidad. Lo que es posible es generar los incentivos necesarios en nuestros lugares de origen para que irse sea menos atractivo.

Mientras tanto, es imprescindible condenar y evitar las inhumanas acciones como las infames jaulas, la separación de familias en las fronteras, las marchas antiinmigrantes y demás acciones o políticas que atentan contra los derechos humanos de quienes llegan sedientos de una mejor vida a otros países.

Los primeros cincuenta días de Nayib Bukele

Me he puesto hoy una camiseta de Nayib, recién llegada de Amazon.com. En la camiseta aparece su cara pixelada con lentes y cachucha y abajo el texto, «Se les ordena comer pupusas de loroco». La referencia a las pupusas de loroco y la imagen en arte digital es una mezcla de nostalgia y futurismo. Capta algo del espíritu con que observamos los primeros 50 días de la presidencia de Nayib Bukele, desde acá.

Según las estadísticas más recientes de ONU, un 20 % de los salvadoreños vivimos fuera del país en diáspora. Somos los hijos de un país que continuamente nos expulsa y que nunca se ha hecho cargo de esa situación. Por eso llamó tanto la atención que Bukele asumiera responsabilidad por el hecho de que tantos salvadoreños nos sentimos obligados a irnos del país. En los primeros días de julio de este año, Bukele fue entrevistado por la periodista Cordelia Lynch, de Sky News, quien lo interrogó sobre la crisis migratoria de centroamericanos que buscan entrar a Estados Unidos. En esa entrevista el presidente reconoció lo que ningún líder salvadoreño había reconocido antes, que El Salvador tiene una responsabilidad por las condiciones que impulsan la migración. Ante dicha noticia, Bukele aseguró hacer todo lo posible por construir un país donde irse a Estados Unidos sea una opción y no una obligación. Fue la primera vez que un presidente salvadoreño nos haya dado alguna esperanza de poder, algún día, volver.

De ahí y de acuerdo con el refrán, «dime con quién andas, y te diré quién eres», Bukele le pidió a Estados Unidos un trato migratorio distinto a Honduras y Guatemala, nuestros vecinos del llamado Triángulo Norte de Centroamérica. El presidente declaró en una rueda de prensa, «que no se nos meta en la buchaca (bolsa de mesa de billar)». En el caso de la droga, hizo ver que El Salvador incauta el 75 % de la cocaína que grupos criminales pretenden llevar a Estados Unidos, mientras que en Honduras es el 2 o 3 %, y que cuando se establece el promedio del Triángulo Norte se dice injustamente que los decomisos son del 30 %. Este comentario también nos dio alguna esperanza de poder zafarnos de los problemas que acometen a Centroamérica como una región.

Los pasos que ha tomado Nayib Bukele para buscar reducir la delincuencia y la violencia de pandillas como equipar bien a policías, cortar el wifi en las cárceles y lanzar una campaña mediática y cultural para educar a los jóvenes nos han dejado pensando, desde acá, por qué nadie lo había hecho ya antes.

Sin embargo, y aunque Bukele esté haciendo muchas cosas bien, nadie es perfecto. La periodista Beatriz Calderón le hizo un llamado al presidente para no dejar al feminicidio fuera de su Plan de Control Territorial y para también hacerse cargo de esta crisis. Quiero también hacerle eco a la crítica constructiva de Calderón aquí cuando Bukele se refirió al caso de Keni Guadalupe Larios como un crimen pasional difícil de controlar fuera de la seguridad pública. El presidente caracterizó al caso de la mujer asesinada por su pareja como un caso doméstico que tenía «más que ver con la salud mental y con la cultura que con las pandillas». Claro, es un problema cultural que la sociedad salvadoreña siempre se ha hecho la vista gorda ante el problema de la violencia contra las mujeres. A pesar de lo difícil que pueda ser combatir al feminicidio, también es necesario hacerlo para mejorar las condiciones de muchas mujeres del país.

Muchos dicen que por fin se siente que hay un líder en El Salvador y una visión para el país que nos inspira. Lo claro es que nunca hemos pasado tanto tiempo en Twitter por las noches. Falta ver cómo responden las pandillas a las nuevas medidas del Plan de Control Territorial y cómo responden los jóvenes a las nuevas oportunidades que se les presentan. También falta ver cómo Bukele se enfrenta con la violencia de género. Con todo, y desde acá toda la evidencia de los primeros 50 días sugiere que tenemos razón de sentir que hay, por primera vez, mucha esperanza.

Sobre la migración

La primera vez que escuché la palabra «coyote» sin que hiciera alusión a un animal fue durante una conversación bastante casual entre algunos familiares: «¿Así que el Marito se fue para Estados Unidos?» «Sí, con un coyote. Todavía no sé si ya llegó, pero un tío lo iba a estar esperando, ojalá que llegue bien porque le tuvo que pedir dinero a montón de gente y es bien peligroso ese viaje».

Marito, según yo, era ya un adulto, pero ahora que lo pienso debe haber tenido unos 20 años. Lo veía muy de vez en cuando. Lo recuerdo muy delgado y sonriente, con bigote. Lo recuerdo moviendo bolsas de cemento, atendiendo gente y usando siempre una camisa blanca que le quedaba demasiado grande y cuyos primeros cuatro botones prefería no abrochar. Lo recuerdo trabajando. Pero, claramente, él estaba buscando una vida mejor.

Mi mente infantil no lograba procesar qué era un coyote y por qué Marito se había ido con uno, hasta que mi papá me explicó. Meses después supimos que Marito no había logrado cruzar, pero que lo iba a intentar otra vez. El coyote los había dejado abandonados a medio camino. «¡Y otra vez a juntar los mil dólares!» «Pues sí, ojalá que esta vez sí llegue».

Marito logró cruzar a la tercera vez. Eso supe como año y medio después de que inició toda esta historia. Siempre me impresionó saber que había personas que se atrevían a cruzar un desierto con tal de llegar a Estados Unidos.

Esto fue hace al menos 20 años.

¡Qué valientes los salvadoreños! Durante décadas miles han dejado su vida en manos de un coyote. Y ese, si lo logran, es solo el inicio de un viaje durísimo, que luego los enfrentará a un país incluso más desafiante, con otro clima, otro idioma, otras costumbres y, durante el último tiempo, un nivel de hostilidad hacia el inmigrante centroamericano que es especialmente severo. Pero todos esos inconvenientes son mejores que su vida actual.

Muchos han triunfado y ahora cuentan una historia de éxito, riqueza y libertad. Además, han conformado una red que inyecta millones de dólares al país a través de las remesas. Y es que la migración es un fenómeno sociológico milenario, es casi inherente al ser humano, así como el deseo de superación. Sin embargo, las condiciones que Donald Trump y su política migratoria han instalado han convertido el sueño americano en una pesadilla.

Si bien un país no tiene capacidad infinita de recibir inmigrantes, hay un rechazo particular al inmigrante centroamericano provocado por una característica generalizada: la pobreza. «Lo que molesta de los inmigrantes es que sean pobres», dice la filósofa Adela Cortina, quien ha ofrecido una explicación triste pero contundente, creando la palabra aporofobia para explicar esta fobia al pobre, que es capaz de describir la realidad de los cientos de personas que integran las caravanas.

¿Es evitable la inmigración? Lo posible es mejorar las condiciones de vida del país para entregar menos incentivos para querer abandonarlo.

12 reglas para la vida

Desde que descubrí el canal de YouTube de Jordan Peterson este mes, me he quedado completamente asombrada por la cantidad, y el valor, del contenido producido por este individuo. Su libro, «12 reglas para la vida: un antídoto para el caos» (2018) es uno de solo 14 libros que he sentido la necesidad de comprar en audiolibro en los últimos cinco años para poder escuchar y reflexionar sobre sus propuestas aprovechando del tiempo que manejo al trabajo y hago otras cosas.

Para aquellos que no están familiarizados con el Dr. Peterson, esta es una introducción rápida a su persona y trabajo. Jordan B. Peterson es un psicólogo canadiense, crítico cultural y profesor de Psicología. Ha enseñado en Harvard y en la Universidad de Toronto. El Dr. Peterson se especializa en psicología de la personalidad con un interés especial en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas. Ha publicado más de cien artículos científicos, transformando la comprensión moderna de la personalidad, mientras que su libro de texto, «Mapas de significado», revolucionó la psicología de la religión. En los últimos años, el Dr. Peterson se ha convertido en uno de los pensadores públicos más populares del mundo debido a sus charlas en YouTube, y su canal que cuenta con más de 1 millón de suscriptores, donde describe las profundas conexiones entre la neurociencia, la psicología y analiza algunas de las historias más antiguas de la humanidad.

En su libro, «12 reglas para la vida», Peterson escribe de una manera útil y práctica sobre la necesidad de hacerse cargo de la vida propia. En lugar de ver la responsabilidad como algo que uno necesita aceptar a regañadientes, Peterson demuestra que la responsabilidad es una herramienta subutilizada y fundamental para vivir bien. Ayuda a los lectores a encontrar la disciplina, el coraje, la fuerza y la claridad necesaria para vivir adecuadamente, dado el sufrimiento y el caos inherentes en la vida.

Aquí les dejo las 12 citas de Peterson que más me han impactado este mes:

1. «¿Puede imaginarse a sí mismo en 10 años si, en lugar de evitar las cosas que sabe que debería hacer, realmente las hiciera todos los días? Eso es fuerte».

2. «Vas a pagar un precio por todo lo que haces y por todo lo que no haces. No puedes elegir no pagar un precio. Lo único que se elige es el veneno que vas a tomar. Solo eso».

3. «Si cumple con sus obligaciones todos los días, no necesita preocuparse por el futuro».

4. «Hay muchas veces en la vida que no va a sentirse feliz… Uno no puede depender de eso ni orientarse por la felicidad. Hay que tener un propósito, ese es el barco que te llevará a través de la tormenta».

5. «No subestime el poder de la visión y la dirección en la vida. Estas son fuerzas irresistibles, capaces de motivar acción a pesar de lo que parecen ser obstáculos invencibles».

6. «Observe a la gente como si usted fuera un halcón, y cuando alguien hace algo bueno, tome nota y dígale».

7. «Ningún ambiente de aprendizaje es cómodo, por cierto. En mi caso, cada cosa importante en la vida que tuve que aprender fue dolorosa».

8. «Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene esa potencia bajo control voluntario».

9. «Si cree que los hombres fuertes son peligrosos, no se imagina las capacidades de los hombres débiles».

10. «El enfoque que uno tiene determina lo que uno ve».

11. «Hay algunos juegos que uno no puede jugar a menos que se compromete del todo».

12. «Es en la responsabilidad que la mayoría de las personas encuentra el significado que las sustenta a lo largo de la vida. No está en la felicidad. No está en el placer impulsivo».

Fondo y forma

Se hizo oficial, ahora Nayib Bukele, ese joven y disruptivo otrora dueño de discotecas, es ahora el flamante presidente de El Salvador. Sus detractores y admiradores continúan en una batalla de dimes y diretes en redes sociales que lo único que logran es acentuar las luces y sombras de este personaje que está en permanente escrutinio.

Sus fanáticos, porque en realidad, los nayilibers se asemejan más a un club de fans al más puro estilo de algunos adolescentes adoradores de su estrella de rock, aparecen como acérrimos defensores de su ídolo ante cualquier comentario que no aparente ser 100 % aprobatorio de Bukele.

Esto genera una dinámica que pone al nuevo mandatario en una discusión pública permanente: «atacado» y «defendido». Este juego lo mantiene en la palestra, y se traduce en quienes solo somos espectadores, en un interminable espectáculo –bastante cuestionable– de opiniones y críticas.

Desde el inicio de su carrera política como alcalde de Nuevo Cuscatlán, y en sus consecuentes cargos públicos, el estilo de Bukele ha estado marcado por una clara intención de hacerse notar y verse diferente: el celeste, la gorra, los calcetines, los Facebook Live, Twitter.

Este estilo de comunicación ha logrado generar una sensación de cercanía con una masa crítica de personas que ve en su «performance» una esperanza, una forma diferente de hacer las cosas.

El tema es precisamente la gran diferencia que existe entre el «fondo» y la «forma». La forma, por muy relevante que sea, se limita a la superficialidad de las cosas, puede resultar interesante, pero vacía. El fondo, sin embargo, es lo que hará la real diferencia. El fondo trasciende, es el largo plazo, son las consecuencias, las implementaciones, los cambios reales. Y me refiero a gobernar.

Es fácil dejarse llevar por las formas, sobre todo si tenemos décadas de estar enfrentados a decepciones y tradicionalismos; a numerosos reportajes de corrupción y despilfarros. En ese contexto, obviamente esas formas de hacer las cosas que marcan una clara distinción, que se muestran atractivas, novedosas, que cuentan con seguidores y personas que las aprueban y aplauden, convencen. Por ejemplo, esos despidos públicos a través de Twitter.

Pero ojo, las formas son algo que Nayib tiene dominadas hace muchos años. Nadie puede negar que ha sabido manejar magistralmente su marca, desligándose desde el primer minuto de su expartido, el FMLN, con el simple hecho de usar colores e insignias diferentes: el celeste y la «N» que lo han acompañado durante varios años.

El reto de este nuevo gobierno será lograr profundidad: fondo. Que sus cambios trasciendan el Twitter o la pintura de los edificios de gobierno. Sí, las formas son importantes, pero no lo son todo.

Yo deseo lo mejor para mi país. Por eso, espero que este nuevo gobierno dirigido por Bukele trascienda las formas y sea capaz de generar los cambios profundos que El Salvador necesita en términos de seguridad, salud, educación, empleo, inversión, infraestructura, calidad de vida… y tantas otras dimensiones que van más allá de la persona que está ahora a la cabeza del Ejecutivo.

Nayib, mucha gente cree en vos, miles de personas han puesto su confianza en tus «Nuevas Ideas» y tenés un país lleno de necesidades y también de potenciales. Demostranos con hechos que sos más que tus formas y tus tuits.

La pérdida del espacio público

Por los medios de comunicación supe de la triste muerte esta semana de la corredora apuñalada en Santa Elena el 23 de abril, María Olimpia Escobar. Sin conocerla personalmente sentí cierta identificación con ella por también ser corredora, mujer y por tener casi la misma edad.

Recordé antes en mis idas al país buscar espacios comunes para correr y que era difícil encontrarlos; me metía al campus de la UCA para correr en la pista de atletismo o llegaba al parque de la colonia Maquilishuat para dar vueltas en esos caminos encerrados y, otras veces, me resignaba a hacer ejercicios dentro de la casa. Nunca me atrevía a salir a correr sola en las calles por llegar siempre de pseudoturista, haber perdido el contacto directo con la cotidianidad del país y no poder evaluar bien el peligro real que implicaba ocupar el espacio público.

Hoy cuando llego a El Salvador siempre siento que asumo un miedo prostético prestado de los demás y nutrido de medios artificiales, de las noticias y avisos públicos. Confío siempre en los que conocen bien el país y viven permanentemente ahí para saber si en cierta zona se puede andar sola, si se puede ir de pie, si ir en taxi, o en carro para hacer algunos mandados. Evalúo el riesgo de viajar a ciertas partes del país y la gente siempre me recuerda que el tráfico es agresivo, que puede haber una llanta pacha u otro inconveniente inesperado. Hay amigos que me recomiendan solo salir a lo más necesario y dicen que ya no se puede andar por placer o de paseo en El Salvador. Lo tomo en cuenta y cuando salgo siempre entiendo que no hay ninguna garantía de seguridad en la ciudad ni en el país.

Algo más que noto al leer sobre el caso es la jerarquía que se establece entre los traumas en El Salvador. Por ejemplo, entre los pésames que se le dieron a la familia estaban los comentarios de los que percibieron la noticia principalmente a través de la clase social.

Recordaban que hay gente humilde que a diario sufre: “Gente humilde que a diario es asesinada, extorsionada y desaparecida en ciudades como Mejicanos, Lourdes, San Martín, Ciudad Delgado y toda la zona donde vivimos los plebeyos…”. El comentario sugiere que escribir sobre esta muerte y sentirse indignado por ella es en cierta forma una negación de las muertes de la gente humilde en el país y de la inseguridad que se vive a diario en otras zonas.

Quizás es verdad que representar públicamente la muerte de una persona o de cierta experiencia traumática implica no representar otro trauma o muerte, pero el problema con esta manera de ver las cosas es que hace de los traumas una competencia entre lo que se representa y lo que se deja al olvido.

Elimina la posibilidad de diálogo sobre el sufrimiento de diferentes grupos de personas en el país, entre la gente humilde y la gente con más recursos y entre la violencia que sufren los hombres y las mujeres. En fin, la muerte de esta mujer es una trágica e innecesaria muerte más que confirma que avanza la crisis nacional de la pérdida del espacio público. Sin darnos cuenta se ha perdido lo que era propio. La calle y el derecho de transitarla con seguridad ya no son nuestros.

El «millennial» salvadoreño

Dicen que los «millennials» o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más «rebeldes», menos conformistas, disruptivos, innovadores e inquietos.

Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los «me gusta» de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.

Dicen que trabajar con los «millennials» es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer rápido profesionalmente, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.

Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales; quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.

Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por «aceptarlos», porque consideramos que son parte de la sociedad.

Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.

Para los «millennial», la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).

Y por último, los «millennial» no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.

Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son «millennial». Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.

No soy socióloga y no quiero predecir que sea una «generación perdida», porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: «millennials» salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La primera versión de esta columna fue publicada en febrero de 2018.