Impunidad: la historia de la agente Sherill Hernández en Honduras

Sherill Yubissa Hernández Mancía, de 28 años, era la jefa de la unidad especial de la fiscalía hondureña a cargo de investigar narcotráfico y corrupción en el departamento de Copán, centro de una de las rutas de tráfico de droga más importantes de Centroamérica. El 11 de junio de 2018 compañeros de Hernández encontraron su cadáver.

Luego, el estado hondureño dio dos explicaciones sobre esa muerte.

Las más altas autoridades del Ministerio Público (MP), incluidos el fiscal general Óscar Chinchilla y el jefe de la unidad élite de investigación criminal, han sostenido desde el principio que la agente se suicidó por problemas económicos y personales.

Julissa Villanueva, exjefa del departamento de medicina forense del MP, sostiene que a la joven la asesinaron. Y, por sostener eso, a Villanueva la persiguieron, la amenazaron de muerte, la removieron de su puesto y, por último, la despidieron.

Hace poco publiqué, junto a investigadores de la Fundación InSight Crime, un reportaje que explora todas las inconsistencias en las investigaciones oficiales que apoyan la tesis del suicidio, así como las versiones de agentes antidrogas y funcionarios hondureños según quienes a Hernández la mataron por las investigaciones que realizaba en Copán a pandilleros, políticos y narcotraficantes.

El camino hacia ese reportaje empezó en Tegucigalpa en agosto de 2019. Habíamos escuchado varias veces, de varias fuentes, retazos de la historia de Sherill Yubissa Hernández. En una de esas pláticas, con mujeres de una organización feminista, alguien mostró una foto de la escena del crimen. Había algo que no cuadraba: la cama y las almohadas sobre las que yacía el cadáver de la gente estaban limpias; la sangre no estaba donde debía de estar.

Empezó, entonces, la búsqueda de más detalles. En Copán oímos sobre los reacomodos del narco tras las capturas de los líderes de los grandes clanes locales de la droga -La familia Valle y el exalcalde Alexander Ardón, aliado político del presidente Juan Orlando Hernández. Y oímos que Sherill Hernández investigaba justo eso, a los narcos, cuando murió.

Las pruebas definitivas para dar vida al texto periodístico llegaron en forma de fotos y documentos -actas de la policía y la fiscalía- relacionados con la escena del crimen. Todo apunta a la comprobación de una hipótesis, la que defiende la exjefa forense de Honduras: en un intento más bien torpe, agentes del estado contaminaron el cadáver, la habitación, el arma para hacer pasar por suicidio un asesinato.

Hay tres historias en esta historia. La primera, más evidente, es la del suicidio que, según todos los indicios, no lo es. La segunda, más profunda, la inmensa capacidad del estado hondureño para, amparado en campañas mediáticas inverosímiles y actuaciones ilegales de sus funcionarios, encubrir crímenes que comprometen sus nexos con el crimen organizado.

La tercera historia tiene que ver con algo igual de grave: el desprecio absoluto del sistema por la vida, sobre todo la de las mujeres. Tras las explicaciones oficiales de la fiscalía hondureña –»se mató por problemas sentimentales», «era una mujer joven con muchos problemas económicos»- se esconden todos los rasgos misóginos que suelen existir en las fiscalías centroamericanas.

Cuando escribía sobre Sherill Hernández volvía a todos esos crímenes encubiertos por el estado de El Salvador sobre los que he escrito a lo largo de mi carrera. El Chele Tórrez. Katya Miranda. La masacre de la UCA. Con todos ellos se consolidó la incapacidad de las instituciones salvadoreñas para llevar justicia a los muertos y para descubrir las intrincadas redes de poder que suelen tejerse alrededor de esos crímenes.

El Salvador no es Honduras. Aún.

Acaso porque el poder del narcotráfico está, por razones geográficas e históricas, mucho más presente en las oficinas del estado, la vida de quienes buscan la verdad es mucho más frágil en Honduras.

La capacidad del estado salvadoreño para encubrir, inventar pruebas y desviar a la justicia es, sin embargo, tan posible como lo fue en Honduras en el caso de la agente Sherill Hernández.

Cómo romper concreto

El concreto espeso aúlla como un animal. Toca quebrar el concreto del patio de la casa y al principio la losa rechaza los golpes de la almádena con un eco cavernoso. Con más esfuerzo los bordes y la superficie del hormigón comienzan a desmoronarse y liberar polvo, pero la piedra sigue intacta e impenetrable. Sigo sin avances notables y casi me doy por vencida hasta que, con un golpe entre tantos, aparece un hilo en el concreto, una grieta casi invisible. Esa grieta es el punto clave de inflexión. Con el próximo golpe se hunde la daga en carne. Ahora, con cada martillazo la progresión es geométrica.

Romper el hormigón es un trabajo riguroso y me da mucho tiempo para pensar. Es una buena metáfora además de los momentos en que nos atascamos y nos encontramos en proyectos o caminos que parecen difíciles y que no llevan a ninguna parte. Hasta el trabajo creativo se puede convertir en una disciplina de avivar chispas que niegan a prenderse fuego. Ahí terminan miles de poemas desconocidos, cuadros en montones, artículos que nunca se publican y cuadrados de tejer que nunca llegan a ser colchas. Hay etapas en que uno se cansa y hasta escribir o hacer arte se convierten en empeños agotadores. Parece que estás cincelando un muro de piedra que no quiere ceder.

Con un golpe entre tantos, hay un pequeño avance; otra grieta en el hormigón. Mientras trabajo, estoy escuchando un libro en audio de Michael Singer llamado El alma sin ataduras. Allí, el autor analiza la inspiración y los momentos sublimados en que sentimos que la energía creativa y la motivación se mueven libremente en nosotros. Nos sentimos ligeros, capaces y productivos. Creamos arte por el puro gozo de crear arte.

Singer pregunta si hay algo externo que podría sucederle a una persona que cambiaría su perspectiva de una manera que le haría dejar de sentirse bloqueado o atascado en la vida. Quizás si te compraran un cuadro, si tuvieras contrato para publicar un libro de poemas o si te ofrecieran algún trabajo deseado. Si es así, y un hecho externo fuera capaz de producir tal cambio interno, entonces liberar tu energía es una decisión que puedes tomar ahora conscientemente de dejar fluir esa energía que emana de uno mismo. Con el próximo golpe se hunde la almádena y se quiebra el hormigón. El punto clave es entender que abrir el corazón y pensar de alguna forma que permita fluir la creatividad e inspiración a través de ti ahora y en todo momento es una decisión.

No era tan cool

En el mundo entero, hoy por hoy, la principal preocupación es la pandemia. Esta tiene importantes consecuencias a corto y mediano plazo; tanto a nivel sanitario, como económico.

¿En qué han estado trabajando los gobiernos de otros países? Aquí algunos ejemplos: fortalecer el sistema de salud; adquirir ventiladores, comprar tests e insumos médicos para los enfermos; entregar beneficios sociales a los trabajadores de la salud y servicios críticos; generar políticas sociales y económicas para quienes están sufriendo las consecuencias de las cuarentenas y el distanciamiento social; legislar el teletrabajo; definir mecanismos de repatriación de compatriotas varados en el extranjero; y en establecer colaboración intersectorial para planificar regresos seguros a la actividad comercial, por mencionar algunas cosas. Es decir, ¡hay mucho qué hacer!

¿En qué ha estado trabajando el gobierno de El Salvador? Pareciera que en improvisar. No hay un plan claro, tal como sucedió con el plan de gobierno, el cual nunca existió. Por otro lado, las pocas iniciativas realizadas, como la entrega de los $300 dólares, han sido esporádicas y pésimamente ejecutadas. No han formado parte de una estrategia.

En El Salvador, ha tomado más relevancia la figura del presidente -y sus desaciertos-, que la pandemia en sí misma. Entre las acusaciones infundadas a diversos países y la polémica con las pandillas, el madatario ha generado titulares internacionales como: «Bukele, el primer dictador milenial«.

El autodenominado presidente «cool» ha demostrado que, por mucho que le guste tomarse fotos en la ONU, liderar a un país en crisis requiere otras habilidades. ¡Oh sorpresa! La propaganda, las mentiras y las infinitas cadenas nacionales no son suficientes para responder a las complejidades en el manejo de un país en pandemia. Se requieren planes, estrategias, acciones y liderazgos capacitados.

Y por eso hay pitazón a las 8 de la noche. Porque parece que el único plan es generar conflictos y divisiones, intimidar, cerrar empresas, cancelar el transporte público, encerrar a toda la población sin alternativas de salud viables, con sus fuentes laborales en peligro, sin apoyo económico sostenido del gobierno y sin un horizonte claro.

El gobierno, liderado por Bukele, ha tenido al menos dos meses para hacer un plan sanitario y económico, pero, en su lugar, hemos visto una prepotencia sistemática, regaños televisados y un evidente desconocimiento de la realidad salvadoreña.

Bukele ha mostrado su verdadero rostro, sus verdaderas capacidades e intenciones: autoritarismo, cultura de miedo y mentiras. ¿Serán estas señales suficientes para que algunos de sus más fieles fanáticos recapaciten?

Mientras tanto, este es el momento para que los tanques de pensamiento, universidades, fundaciones, sector privado y otros actores expertos en políticas públicas se luzcan. Hoy más que nunca necesitamos de su experiencia para generar planes, con un verdadero sentido de país, que puedan ser entregados al gobierno y que, al menos, nos den la esperanza de que no todo está perdido.

Por otra parte, hago un llamado a los ciudadanos para que realicen una profunda reflexión acerca de la polarización que cada día incrementa en torno a Bukele. Sé que al presidente le gusta instalar odio y división, es parte de la propaganda, pero los salvadoreños ya sabemos mucho del dolor de la polarización y, aunque la crítica y la oposición son sanas para el equilibrio de poderes, evitemos a toda costa el fanatismo.

El fanatismo ciega, nubla la razón y nos convierte en la masa obediente que cualquier tirano anhela.

La PNC y el alza en homicidios

La escalada de violencia en los últimos días ha vuelto a poner en la mesa la discusión sobre las causas reales de la disminución sostenida de homicidios durante los meses que Nayib Bukele lleva como presidente. Y, a mí, me ha hecho preguntarme de nuevo por los viejos tumores de la Policía Nacional Civil.

Sobre los 76 homicidios registrados entre el viernes 24 y el martes 28 de abril, la conclusión más clara parece ser que el éxito del plan control territorial del que tanto ha hecho alarde el gobierno depende, en gran medida, de la buena voluntad de las pandillas para no matar. En corto: sí hay control en los territorios; lo ejercen la MS13 y las dos facciones del Barrio 18.

Aún falta a la academia y al periodismo salvadoreños responder con mejor disciplina a otras preguntas que se desprenden de la premisa anterior. Está claro que al gobierno, enfrascado en los interminables monólogos de la justificación y el desencuentro, no le interesa publicidad alguna a lo que de verdad pasa tras bambalinas en los pasillos de su ministerio de seguridad, su oficina de reconstrucción de tejido social y su policía, los tres vértices de la ejecución de las políticas públicas en seguridad, y a la interacción real de estas oficinas con las pandillas.

Partamos, de nuevo, de la premisa inicial: la baja sostenida de homicidios desde junio de 2019, rota temporalmente en los últimos días, no tiene nada que ver con las fotos de policías y soldados haciendo patrulla en los territorios. Todo eso es propaganda. Nada más. Tampoco tiene que ver la disminución en homicidios con los gestos autoritarios de Bukele, su director de centros penales o los oficiales de la Fuerza Armada.

Hasta ahora, los analistas en seguridad más inteligentes de El Salvador -José Miguel Cruz, Jeannette Aguilar, Ricardo Sosa, por ejemplo- coinciden en dos cosas al hablar de las bajas de homicidios: solo son sostenibles porque las pandillas han decidido permitirlas, y lo han hecho porque su capacidad para extorsionar se mantiene intacta.

En ese mapa, entonces, ¿cuál ha sido el papel de la Policía Nacional Civil? La respuesta más fácil es que, como el ejército, la PNC se ha mantenido en los márgenes de los territorios, entrando a ellos para tomarse las fotos que luego suben a Twitter o para ejecutar acciones tendientes a mantener el estatus quo, ese en que las pandillas mantienen su calma unilateral.

Pero el asunto, en la Policía, es hoy más complejo según me han contado en las últimas semanas dos jefes de alto nivel. Al mando policial han llegado, de nuevo, oficiales que han sido investigados desde hace al menos una década por presuntos vínculos con bandas de narcotraficantes como el Cartel de Texis y Los Perrones. Son los mismos que han revoloteado en las principales jefaturas de la PNC desde finales de los 90.

En el contexto actual hay que añadir, a la precariedad de la Policía, el ruido que el regreso de estos oficiales pueda ocasionar en al balance interno de poder en una institución marcada, además, por las tendencias autoritarias del gobierno de turno y la permisividad de los grupos de exterminio heredada de las dos administraciones del FMLN.

No es un cóctel bonito. Ni el del país ni el de la Policía, que parece de nuevo condenada a enfrentar la inseguridad desde los cálculos particulares de pandillas y políticos mientras la secuestran, de nuevo, oficiales manchados por dudas serias sobre sus compromisos pasado con el crimen organizado y la delincuencia común.

En estos momentos, además de funcionarios más honestos y comprometidos con la seguridad real de los salvadoreños que conviven a diario con las pandillas, el país vuelve a necesitar a la Policía que, se supone, nacería de los Acuerdos de Paz de 1992.

El amor en los tiempos del corona

Mi primer crush fue Jimmy Carter, el Presidente de los Estados Unidos entre 1977 y 1981. Fue en esos años que salimos de El Salvador como migrantes y nos establecimos en Wisconsin. Tiene lógica que su persona marcara mi niñez porque, a los cuatro años de edad, Carter era quizás de las pocas personas públicas que veía con alguna regularidad que no fuera dibujo animado. Recuerdo verlo y pensar, con la psicología de una niña, que era benévolo y determinado, rebelde, sincero, amable y cariñoso; un Luke Skywalker en la vida real.

No me había vuelto a suceder una infatuación así por una figura pública hasta llegar la pandemia. Ahora, confieso haber pasado las primeras semanas del mes de abril enamorada de Andrew Cuomo, el Gobernador demócrata de Nueva York. Paso atenta a sus conferencias de prensa de cada día a las 10 y media de la mañana en que presenta la evolución del virus y la respuesta del estado en saco y con Powerpoint. Su forma de ser comunica lealtad, autodisciplina y desinterés. Quizás también tiene algo de Luke Skywalker su manera de luchar a favor de la gente de Nueva York, muchas veces en contra del gobierno federal. Otros políticos hablan con cautela y prudencia, pero Andrew Cuomo habla claro, incluso cuando lo que dice es un ataque directo al Presidente; es admirable. También hay algo entrañable y reconfortante en la manera en que Andrew cuenta historias de su familia y bromea con su hermano Chris en CNN: «Acabo de llamar a mamá, justo antes de venir a este programa», le informó Andrew a Chris, «y por cierto, ella me dijo que yo soy su hijo favorito. La buena noticia es que dijo que tú eres su segundo favorito.»

Traigo mi Cuomo Crush a colación aquí porque he empezado a darme cuenta de que no soy la única extrañamente fascinada por el gobernador. En un artículo para Jezebel titulado, «¿Ayuda, creo que estoy enamorada de Andrew Cuomo?», Rebecca Fishbein escribió: «Parece que he sido víctima del síndrome de Estocolmo, que MerriamWebster define como «la tendencia psicológica de un rehén para vincularse, identificarse o simpatizar con su captor». Explicó Fishbein: «Cuomo no me tiene como rehén tanto como el coronavirus, pero él es el único que me dice qué hacer, dónde yo puedo ir (a ningún lado), a quién puedo ver (a nadie), a quién no puedo escuchar (al Presidente Trump ni al Alcalde Bill de Blasio), lo que no puedo comer (cualquier cosa que no sea pasta)».

Más que síndrome de Estocolmo, creo que el fenómeno del Cuomo Crush tiene más que ver con sentirnos desesperados con la falta de héroes y del heroísmo en la vida política de los Estados Unidos. Por una parte, estamos luchando contra el coronavirus y por otra, contra nosotros mismos con la sociedad inmersa en un debate sobre reabrir la economía a toda costa y si vale más la economía o la vida humana. En el poema épico «La Odisea», que se escribió en el siglo VIII a. C., el guerrero griego Odiseo se pierde de camino a casa después de la Guerra de Troya de 10 años y pasa otros 10 años luchando, sin miedo, por regresar a casa para salvar a los que ama. Para los griegos, Odiseo era un héroe, una palabra que se deriva del término griego antiguo para «protector». Pero él era más que eso. El valiente capitán encarnaba las virtudes y atributos que la sociedad griega apreciaba, y proporcionó un modelo para que los griegos emularan. En el momento que vivimos ahora en los Estados Unidos, necesitamos héroes humanos como Andrew Cuomo más que nunca.

El virus no es excusa

El mundo se encuentra en crisis: una pandemia. El covid-19 ha venido a cambiar lo que todos conocíamos como rutina para transformarla en incertidumbre -social, económica, emocional- total.

Pero El Salvador, un país ya golpeado por la pobreza y problemáticas sociopolíticas profundas, ahora, además, enfrenta a Nayib Bukele y sus políticas anti Covid-19, que rayan en el autoritarismo.

Escribo esta columna con mucha preocupación. Estoy viviendo en un país cuyo contexto es estar inmerso en una compleja crisis social desde octubre del año pasado. La sociedad chilena está profundamente decepcionada de sus gobernantes, por lo que la relación entre sociedad civil y gobierno está muy desgastada. Chile es ahora un país cuya principal solicitud es reescribir su constitución, volver a nacer. El gobierno está absolutamente deslegitimado, con una crisis de confianza compleja en todas las instituciones y sumido en una crisis económica provocada por la paralización del país a raíz del estallido social.

Y aún así, la represión y el miedo no han sido parte de las tácticas de contención de la crisis sanitaria. Porque el miedo y la represión no son normales. Porque el miedo, las amenazas y el autoritarismo son solo propias de regímenes anti democráticos.

El mundo entero está viviendo esta crisis, pero los países cuestionados por sus prácticas represivas contra la población son escasos y son reprochables. La idea es proteger a la población del virus, que ya es bastante complejo y ya causa suficiente miedo.

Por tanto, esta crisis sanitaria no es una justificación para amenazar la institucionalidad nacional.

Aprovecharse de la situación para desautorizar a los otros poderes del estado, apresar personas a diestra y siniestra para mandarlos a las cámaras de contagio en que se han convertido los «centros de contención» y evitar la entrada de sus propios habitantes al país no es normal. Repito, no es normal; incluso en tiempos de pandemia.

Además, si esto viene seguido del penoso espectáculo de amedrentamiento al poder legislativo con soldados armados hasta los dientes y hordas enfurecidas dispuestas a atacar, estar alerta es lo mínimo.

La pandemia no será vencida por un superman «cool» con «maneras de dictador», como dice cierta columna de opinión.

Obviamente, todos los países necesitan liderazgos capaces de navegar en épocas de crisis, quienes se rodean de expertos y equipos asesores. Pero estos liderazgos no son ungidos por poderes divinos. Hace muchos años que dejaron de ser elegidos directamente por los dioses. Y tampoco tienen capacidades especiales para hablar con el más allá. Preocupa ver que ese tipo de conductas sea aplaudido en pleno 2020.

En fin. Lo que intento transmitir, viendo lo que sucede en El Salvador desde el extranjero, es una profunda preocupación no solo por los efectos de la pandemia a nivel económico, sino también a nivel político.

Mientras tanto, estar en casa se vuelve difícil, porque hay que trabajar, pero sin caer en las garras del coronavirus o de la policía, que te castigaría recluyéndote en algún centro de contención.

Que esta crisis se convierta en una oportunidad de fortalecer nuestra institucionalidad y protegerla. Pero también, para transparentar las profundas necesidades de la mayoría de la población y la urgencia de políticas públicas sólidas y reales que sean soluciones factibles para quienes más lo necesitan.

El populismo y el caudillismo no son la solución. La solidaridad, sí.

Líderes

Mayo de 2005. Antonio Saca, entonces presidente de El Salvador, se había puesto al frente de un esfuerzo para convencer al país de que la inminente llegada del huracán Adrián requería de un plan de emergencia extraordinario. Saca apeló a datos meteorológicos confusos a los que su máquina de propaganda política dio aires de catástrofe.

Durante unas horas, Tony Saca mantuvo la ilusión. Adrián era, en efecto, un huracán categoría 5 horas antes de tocar tierra salvadoreña, pero al entrar por las costas de La Paz, era ya una tormenta tropical.

En 2005, Saca era un presidente muy popular. Su capital político era tal que opacaba a quienes en su partido, Arena, no se atrevían a contradecirlo en público. Incluso el FMLN, liderado entonces por el incólume Schafik Hándal, se unió al llamado político del presidente.

La tormenta tropical Adrián no pasó a más y, aun con toda la aceptación de la que Saca gozaba, dejó un tufillo a patraña, una sensación de que el presidente usó la posibilidad de una tragedia para anotarse puntos políticos.

He pensado mucho en aquello, que viví desde la redacción de La Prensa Gráfica, en estos días en que, ante la amenaza de una catástrofe de otra índole, los ciudadanos volvemos a ver a nuestros líderes -hayamos votado por ellos o no- en espera de sus respuestas, del uso que hagan de las herramientas que la ley les confiere para dirigir a sus naciones en momentos críticos. Pienso entonces en lo que están haciendo los presidentes de El Salvador -mi país- y Guatemala -el lugar donde vivo.

La amenaza de un huracán, obvio, no es lo mismo que la realidad de un virus que ya se probó letal en extremo. Y Nayib Bukele y Alejandro Giammattei no son Tony Saca. Aún.

A ambos presidentes se les ha de reconocer que tuvieron el valor y la astucia de cerrar sus países pronto. No es algo sencillo: implica enfrentar a sociedades y actores que, por hambre o avaricia, estaban más inclinados a negar el peligro que a cambiar sus formas. A Bukele se lo hizo más fácil, en principio, la enorme cintura política que le sigue dando su popularidad.

El cierre de fronteras era algo que había que hacer. Pero esa era solo la reacción inicial; vendría luego la parte más difícil de gobernar: ejecutar políticas públicas acordes al momento, buscar cómo financiarlas y, lo más importante, liderar a los sectores con poder ajenos al Ejecutivo, empezando por el congreso y terminando por el sector privado, en la construcción de esas políticas.

Ahí ha sido Giammattei el que lo ha tenido más fácil. Hijo político de la elite económica guatemalteca, el presidente no ha tenido demasiado problema en articularse con el empresariado para mostrar sonrisa conjunta. Eso le ha dado margen para tomar decisiones complicadas, como cerrar buena parte del comercio del país en una época tan vital para el turismo guatemalteco como la semana santa. Pero también ha hecho que el cierre sea más flexible, lo que sigue exponiendo a los guatemaltecos a la infección.

A Bukele le ha costado más a pesar de que, de nuevo, es mucho más popular que Giammattei y de que el débil papel de la oposición local le ha permitido navegar con comodidad en la opinión pública.

Le ha costado más al salvadoreño porque a su acertada decisión inicial de cerrar el país le siguieron las líneas más recurrentes, que son las menos positivas, de su guion sobre el manejo del poder: la falta de políticas públicas coherentes, la relevancia en su gabinete de asesores más preocupados en esparcir mentiras en redes sociales que en gobernar, la apuesta por la falta de transparencia y la agobiante insistencia de victimizarse ante el fracaso.

En las crisis los países necesitan líderes. No tuiteros. No maestros de la propaganda. Líderes.

Ya no estamos en Kansas

Decía el científico Carl Sagan que no se puede convencer de nada a aquel cuyas creencias están basadas en una arraigada necesidad de creer. Suena a una gran parte de la población de los Estados Unidos y a su fe en la potencia e invulnerabilidad del país. Una pandemia y miles de gente muerta por una enfermedad sin piedad es algo que pasa solo en las noticias y en países lejanos. Así piensa la gente. Aún viendo cómo se extendía el virus a los países de Europa, nadie realmente pensaba que nos tocaría. Ya llegó a las costas de esta tierra y los casos empiezan a inundar los hospitales de Nueva York y de California y muchos escapan la cuarentena y siguen insistiendo en celebrar sus vacaciones de primavera haciendo fiestas en las playas. Hay jóvenes que se burlan de las medidas de seguridad y suben videos a TikTok y a Snapchat en que llegan a los supermercados a toser sobre la comida. Otros todavía hacen fiestas de corona para contaminarse a sí mismos y a los demás. Ninguno de ellos cuestiona el poder del «Gran sueño americano,» ven la cortina pero no quieren saber lo que oculta, simplemente quieren seguir creyendo en la magia.

Es Totó que primero se fija en la actividad detrás de una cortina y revela que el Mago de Oz no es un mago sino un hombre común y corriente que no les puede salvar. En la película, el Mago desesperado ordena: «No presten atención al hombre detrás de la cortina» («El Mago de Oz», 1939). Es lo que estamos experimentando como país, solo que aquí lo que está detrás de la cortina es algo mucho más nefasto. Es una política vacía de valores que prioriza al dinero por sobre la vida humana. Siempre lo ha hecho pero no queríamos verlo, es más, no teníamos que verle la cara, hasta ahora. Ahora estamos en una crisis y hay que tomar decisiones difíciles. La gente ha querido creer en la nobleza del liderazgo de los Estados Unidos cuando no hay ética ninguna. Por eso el vicegobernador Dan Patrick de Texas propuso el martes que la gente mayor debe sacrificarse para salvar la economía de los Estados Unidos: «Volvamos a trabajar, a vivir, seamos inteligentes. Y los que tenemos más de 70 años, ya nos cuidamos, pero no sacrifiquen el país, no lo hagan, no sacrifiquen el gran sueño americano», expresó. Las controversiales palabras de Patrick fueron emitidas en una entrevista con la cadena Fox News, en la que agregó «estoy dispuesto a jugarme mi supervivencia a cambio de mantener América tal y como es».

Tras hacerse públicas sus palabras, las críticas comenzaron a llegar y miles de usuarios en redes sociales lamentaron el sentir del político, viendo quizás por primera vez la cara diabólica de nuestro Oz. El presidente de los Estados Unidos Donald Trump ya advirtió este lunes que «el remedio no puede ser peor que el problema» y subrayó que no se puede permitir que siga deteriorándose la economía. Su postura quedó clara; hay que reanimar la economía cueste lo que cueste en vidas humanas. El Gobernador de Nueva York Andrew Cuomo preguntó incrédulo en una conferencia de prensa, «¿Qué es esto, alguna teoría darwiniana de la selección natural? Si alguien ya no puede mantener el paso, entonces dejamos a los ser humanos en los márgenes de la vida humana?» Sí, desgraciadamente así es, cabalito, Totó. Ya no estamos en Kansas.

El virus que nos hace más humanos

Habíamos escuchado sobre pandemias, las habíamos visto en las películas, pero nunca habíamos vivido una, a escala mundial, con cuarentenas nacionales y miles de fallecidos.

Este paisaje apocalíptico que nos ha obligado a mantenernos encerrados, aplicar intensas medidas de limpieza y -por alguna razón desconocida- arrasar con el papel higiénico, también nos obliga a replantear las prioridades políticas, los sistemas económicos y las normas laborales actuales.

Nuestro planeta, que durante años ha sido sobre exigido a nivel ambiental, manifestando síntomas preocupantes como sequía, calentamiento global, contaminación del aire, deforestación y quién sabe cuántas cosas más, está teniendo un respiro. Esta enfermedad ha sido la única forma de disminuir la actividad comercial y productiva a nivel mundial. Sus efectos son ya evidentes.

En medio de la crisis, una persona muy sabia -mi mamá- me compartió un video que no solo resume de manera magistral la situación, sino que plantea una profunda reflexión. Me tomo aquí la libertad de transcribir ese movilizador mensaje de «Empatía viral»:

«Y así un día se llenó el mundo con la nefasta promesa de un apocalipsis viral. Y de pronto, las fronteras que se defendieron con guerras se quebraron con gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio que se repartía igual para ricos y pobres. Las potencias que se sentían infalibles vieron cómo se puede caer ante un beso, ante un abrazo.

Y nos dimos cuenta de lo que era y no importante; y entonces, una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista y un hospital se hizo más urgente que un misil. Se apagaron luces en estadios, se detuvieron los conciertos, los rodajes de películas, las misas y los encuentros masivos y, entonces, en el mundo hubo tiempo para la reflexión a solas, para esperar en casa que lleguen todos, para reunirse frente a fogatas, mesas, mecedoras, hamacas y contar cuentos que estuvieron a punto de ser olvidados.

Tres gotitas en el aire nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos ha dicho que no solo los indigentes traen pestes, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas eran accesorios.

No hay un lugar seguro, en la mente de todos nos caben todos y empezamos a desearle el bien al vecino. Necesitamos que se mantenga seguro, necesitamos que no se enferme, que viva mucho, que sea feliz. Y junto a una paranoia hervida en desinfectante nos damos cuenta que, si yo tengo agua y el de más allá no, mi vida está en riesgo.

Volvimos a ser la aldea, la solidaridad se tiñe de miedo y a riesgo de perdernos en el aislamiento, existe una sola alternativa: ser mejores juntos.

Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón. Cuando todos los mapas se tiñan de rojo con la presencia de que corona, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar esperanzas será bien recibido bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel. Dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te anime a extender tu mano cuando nadie más lo quiera hacer.

Puede ser -solo es una posibilidad- que este virus nos haga más humanos y, de un diluvio atroz, surja un pacto nuevo con una rama de olivo desde donde empezará de cero.»

Narcos Centroamérica (I)

Bien podría ser una serie de Netflix, pero por ahora el guion, crudo, se escribe a diario en los tres países del Triángulo Norte de Centroamérica y tiene todos los ingredientes en los que la ficción televisiva ha basado sus exitosas series sobre narcos.

Hay, en este guion, contrabandistas que se vuelven millonarios con el dinero de la cocaína desde hace tres décadas, gobiernos-piltrafa que no alcanzan a esconder su incapacidad o complicidad en el tema a pesar de sus interminables cortinas de humo y políticos corruptos de todo color. Y hay muertos. Secuestro de los sistemas judiciales y las policías. Impunidad.

Esta es guion del narcotráfico centroamericano, que no existe solo a millas de distancia de las costas de El Salvador o en complicidades aisladas de funcionarios del gobierno hondureño o en los gobiernos departamentales y municipales de la franja fronteriza entre Guatemala y Honduras.

El narcotráfico centroamericano existe, sobre todo, gracias a los estados nacionales que son cómplices por acción, como en el caso hondureño; por omisión y debilidad, como ha ocurrido en El Salvador; o por la combinación de ambos como pasa en Guatemala.

Bastan algunas cifras, divulgadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos en su último informe sobre la situación del narcotráfico en el mundo, para ilustrar: por el corredor del norte centroamericano pasa entre el 85 y el 90 por ciento de la cocaína que llega desde Suramérica a pistas clandestinas en La Mosquitia hondureña, a playas del Pacífico guatemalteco o ingresa por el Golfo de Fonseca a las carreteras de El Salvador y Honduras.

Por décadas, los tres gobiernos del Triángulo Norte han enfocado su narrativa política, sus recursos y su capital político en combatir a las pandillas MS13 y Barrio 18. Y, mientras lo hacían, el narcotráfico, amparado por agentes de esos gobiernos, creció.

La historia que mejor ilustra este guion, por ahora, es la de Honduras.

La realidad, decía, supera a la ficción: el pasado martes 3 de marzo, fiscales del distrito sur de Nueva York acusaron al hondureño Geovanny Fuentes Ramírez de dirigir una conspiración para la producción de cocaína en Honduras y para transportar esa droga a Estados Unidos. En la acusación, los fiscales aseguran que Fuentes contó con la protección del presidente hondureño Juan Orlando Hernández y de su hermano, Tony Hernández -condenado por narcotráfico.

En corto: según la fiscalía neoyorquina, el presidente de Honduras brindó protección a un narco que tenía un laboratorio donde se producían entre 300 y 500 kilogramos de cocaína al mes.

Juan Orlando Hernández, a través de la cuenta de Twitter de su casa presidencial, dijo lo que ya dijo media docena de veces, cada vez que algún testigo, criminal o los mismos fiscales estadounidenses lo relacionan con el narco: que es mentira, que él no tiene nada que ver.

He reporteado sobre el narcotráfico en Honduras durante los últimos dos años. Ahí, en las montañas de Olancho, de Lempira, en el Valle de Sula, en las fronteras desprotegidas del occidente hondureño, en Copán y Santa Bárbara, todos los indicios apuntan a esto: desde finales de los 90 la transformación de las bandas de contrabandistas en grupos violentos de narcos y del país entero en el principal hub del narcotráfico en Centroamérica ocurrió, en gran medida, gracias a la complicidad activa del estado, que en la última década ha estado en manos del Partido Nacional de Hernández.

Honduras es, hoy, el caso más evidente, pero algo similar ha ocurrido en Guatemala, donde los territorios fronterizos siguen siendo feudo de los grupos locales que controlan porciones estratégicas de las rutas que suben hacia México. De El Salvador siguen saliendo vuelos y cargamentos de cocaína que recalan en Panamá o transitan por el norte hacia Jutiapa, en Guatemala.

Es, todo, solo una parte del guion que escriben los narcos de Centroamérica.